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EL ORIGEN DE LA FILOSOFÍA

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Historia de la Filosofía | 2º Bachillerato

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EL ORIGEN DE LA FILOSOFÍA

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EL ORIGEN DE LA FILOSOFÍA

¿Qué hace que sea en Grecia donde se desarrolle la filosofía y no en cualquier otra zona de oriente? ¿Cómo explicar que, en una civilización concreta, se genere una forma de pensamiento nueva, en contraposición con las anteriores formas de pensamiento? ¿Cuáles son sus características? ¿Y cuáles eran las características del pensamiento anterior? Tanto los orientales como los griegos disponían de una

mitología y de unas creencias religiosas similares. Y la estructura explicativa de las mismas es también similar. Un mito es un relato acerca de los orígenes, una narración, no una solución a un problema; puede referirse al origen del mundo, o al origen de un objeto particular, o de una clase específica de animales, etc. Al mismo tiempo que narra, sitúa al hombre en la realidad, le asigna un papel, una función, un sentido, por lo que adquiere también una función social: hacer comprensible el orden social.

La existencia de esta forma de pensamiento está atestiguada en todas las civilizaciones, y también, por supuesto, en la griega. En todo caso, esas explicaciones míticas acerca del origen, comunes a todas las civilizaciones, poseen unas

características también comunes que contrastan con las características del pensamiento filosófico: el recurso a entidades sobrenaturales para explicar ese origen, y el recurso a una lógica ambivalente, permitiendo que el mismo elemento o la misma entidad se comporte ya sea como un dios, ya sea como un elemento natural, estarían entre las más significativas. El rechazo de estas características, será propio de la filosofía. Y tal rechazo no parece producirse en la llamada filosofía oriental.

El nacimiento de la filosofía es explicable aduciendo causas históricas y sociales. La inexistencia de una casta sacerdotal en Grecia, dadas las características especiales de

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la religión griega, elimina la posibilidad de instaurar un dogma religioso, así como la posibilidad de hacer de lo religioso un discurso cerrado, accesible sólo a los que pertenecen a la casta sacerdotal; no hay, pues, secretos que ocultar. El contacto con otras culturas (en las colonias griegas diseminadas por todo el Mediterráneo desde el siglo VII a. C.), lo que posibilitó el contraste crítico entre costumbres, conocimientos y creencias. La expansión de la ciudad (la polis), centro económico, político y cultural,

donde cobra cada vez mayor importancia el debate público mediante argumentaciones racionales. El saber es trasladado a la plaza, en plena ágora, siendo

objeto de un debate público donde la argumentación racional terminará por

predominar sobre el relato sobrenatural.

“Pero la forma griega de esta gran crisis, cuyo centro se puede situar en el siglo VI, es enteramente peculiar. Porque esta crisis se ha desenvuelto en Grecia con la mediación de unos instrumentos racionales (la geometría, la «democracia», la física) que no fueron utilizados, o no lo fueron del mismo modo, en Israel, en la India, en China. Por eso también el «ciclo de la metafísica presocrática» es algo enteramente peculiar, y lo es precisamente en tanto pertenece a un proceso de desarrollo (que hay que considerar ahora diacrónicamente) característico de estos pueblos mediterráneos.”

Gustavo Bueno: La metafísica presocrática.

Digamos, con terminología de hoy, que los primeros filósofos griegos, los

presocráticos, iniciaron la ciencia, la demostración y sistematización de saberes

matemáticos, principalmente geométricos, la observación racional y desmitificadora de la naturaleza, plantearon racionalmente problemas sobre ésta y ensayaron soluciones también racionales a los mismos (no «científicos» en el sentido moderno, pues tanto la inexistencia de métodos adecuados como la misma amplitud y generalidad de sus preguntas imposibilitaban la experimentación). Lo que caracteriza a estos pensadores es su intento de comprensión de la naturaleza (“Physis”) por medios

exclusivamente racionales: desean hallar el primer principio (“arkhé”) de la

naturaleza. Ensayarán distintas soluciones: Tales lo identificará con el “agua” (fuente primigenia de vida), otros con pequeñas partículas materiales que forman todas las cosas o “átomos” (Demócrito y los atomistas), y otros con el “número” (el orden

numérico del universo) como los pitagóricos. También hubo ensayos para delimitar la

naturaleza del saber filosófico: así Parménides distinguirá el conocimiento sensible (la

“vía de la opinión”), sujeto al error, del conocimiento puramente racional propio del

sabio y que le ha de conducir a la verdad (la “vía de la verdad”).

En el siglo IV a.C. había ya, pues, un cuadro completo del saber, racionalizado o en vías de racionalización, que abarca todos los grandes temas que pueden en principio interesar al hombre, más un inicio de reflexión sobre ellos que permitía que el pensamiento se pusiese como objeto de consideración el pensamiento mismo. Es entonces cuando aparecen los dos grandes clásicos, Platón y Aristóteles. Su privilegiada capacidad personal, la relativa riqueza de recursos materiales y espirituales de Atenas y el estado aún embrionario en que se hallaban los distintos campos de estudio les permitieron abarcar y dominar el conjunto de éstos y crear

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alguno nuevo. Así compusieron una «filosofía» que incluía la totalidad de la cultura

científica y humanística y abría además, a partir de ésta, nuevas perspectivas y nuevos interrogantes.

“La mayoría de los primeros filósofos creyeron en principios que se dan bajo la forma de la materia, pues afirmaron que el elemento y principio primero de todas las cosas es aquel a partir del cual todas las cosas existen y llegan, por primera vez, a ser..., pues es necesario que haya alguna sustancia natural, una o múltiple, de la que nazcan las demás mientras ésta se conserva.

Por lo que se refiere al número y a la especie de tal principio, no dicen todos lo mismo, sino que Tales, el introductor de este tipo de filosofía, dice que es el agua, tomando esta idea posiblemente de que veía que el alimento de todos los seres es húmedo (...) Anaxímenes y Diógenes afirman que el aire es anterior al agua y que, entre los cuerpos simples, él es principio por antonomasia. Por su parte, Heráclito afirma que lo es el fuego, y Empédocles, a su vez, añadiendo la tierra como cuarto de los ya mencionados, afirma que son los cuatro”.

Aristóteles: Metafísica

Los Sofistas

Los filósofos presocráticos se habían ocupado

preferentemente del estudio de la naturaleza (“physis”),

es decir de la investigación acerca del principio último de la realidad, del "arjé". Los sofistas, aunque

contemporáneos prácticamente de los últimos presocráticos, desplazarán su centro de interés hacia el

estudio del hombre y de la sociedad, y de todo lo

relacionado con ellos.

La sofística se desarrolla fundamentalmente en Atenas, aunque no precisamente a

través de filósofos atenienses, sino de extranjeros afincados en Atenas o que residen temporalmente allí, y que encuentran una predisposición por parte de la sociedad ateniense hacia la recepción de sus conocimientos.

Los cambios sociales que tienen lugar en Atenas a lo largo del siglo V y que la llevarán a ejercer la hegemonía cultural y política en el mundo griego, bastarían para explicar el desarrollo de la sofística, así como el papel de los sofistas como personajes "ilustrados", poseedores de un saber útil que transmitirán a los atenienses: un sistema democrático en el que el uso de la palabra resulta fundamental en la vida política y en la búsqueda de éxito personal.

Los sofistas no formaron una escuela, aunque sus enseñanzas poseían características

comunes entre las que podemos destacar: el interés por el hombre y la sociedad, en relación con la creciente reflexión sobre el fenómeno de la civilización y la cultura; el

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mantenimiento de una posición relativista y escéptica, tanto respecto a la posibilidad

del conocimiento (“no es posible conocer la verdad universal”) como respecto a las formas de organización social y política del hombre (“no existen valores absolutos”); el interés por la retórica y la erística (las artes del discurso), en una sociedad democrática en la que el dominio de la palabra y del discurso significaba el éxito y la consideración de sus miembros; ello les convertiría en los educadores de la sociedad ateniense y en los primeros pedagogos, especialistas en el arte de enseñar, estudiosos y conocedores de sus dificultades y recursos; por último, lejos de un interés especulativo, lo que guiaba la investigación de los sofistas era la finalidad práctica, es decir: enseñar el arte de vivir y de gobernar.

"La palabra es una gran dominadora, que con un pequeñísimo y sumamente invisible cuerpo, cumple obras divinísimas, pues puede hacer cesar el temor y quitar los dolores, infundir la alegría e inspirar la piedad (...) La persuasión, unida a la palabra, impresiona al alma como ella quiere (...) Tal como los distintos remedios expelen del cuerpo de cada uno diferentes humores, y algunos hacen cesar el mal, otros la vida, así también, entre los discursos algunos afligen, y otros deleitan, otros espantan, otros excitan hasta el ardor a sus auditores, otros envenenan y fascinan el alma con convicciones malvadas».

Gorgias: Elogio de Elena.

Sócrates

(- 470 a - 399)

Los sofistas habían afirmado el relativismo gnoseológico y moral. Sócrates criticará

ese relativismo, convencido de que los ejemplos concretos encierran un elemento común respecto al cual esos ejemplos tienen un significado. Si decimos de un acto que es "bueno" será porque tenemos alguna noción de "lo que es" bueno; si no tuviéramos esa noción, ni siquiera podríamos decir que es bueno para nosotros pues, ¿cómo lo sabríamos? Lo mismo ocurre en el caso de la virtud, de la justicia o de cualquier otro concepto moral. Para el relativismo estos conceptos no son susceptibles de una definición universal: son el resultado de una convención, lo que hace que lo justo en una ciudad pueda no serlo en otra. Sócrates, por el contrario, está convencido de que lo justo ha de ser lo mismo en todas las ciudades, y que su definición ha de valer

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universalmente. La búsqueda de la definición universal se presenta, pues, como la

solución del problema moral y la superación del relativismo.

“La sentencia de Sócrates, «Sé que no sé nada», se refiere a que la ciencia de la naturaleza no implica todavía un saber acerca de como hemos de dirigir la propia vida. Bajo este aspecto, el saber de la naturaleza es un no saber. Y también los puntos de vista que circulan en la ciudad sobre la vida recta —sobre la justicia, la dicha y la virtud— son una mezcla de saber y no saber. Sócrates no se limita a elevarse por en-cima de las opiniones, sino que las examina en el diálogo; quiere llegar a opiniones mejor fundadas, aunque sin caer en la ilusión de que las opiniones puedan aquietarse en una verdad absoluta. El tratado relativo a las cosas humanas comienza siempre por lo que se dice acerca de ellas. A través de la maleza de las opiniones nos abrimos el camino hacia la comprensión de los asuntos humanos. No podemos aban-donar el mundo de las opiniones, sólo podemos purificarlo.”

R. Safranski: El mal.

¿Cómo proceder a esa búsqueda? Sócrates desarrolla un método práctico basado en el diálogo, en la conversación, la "dialéctica", en la que a través del razonamiento inductivo se podría esperar alcanzar la definición universal de los términos objeto de investigación. Dicho método constaba de dos fases: la ironía y la mayéutica. En la primera fase el objetivo fundamental es, a través del análisis práctico de definiciones concretas, reconocer nuestra ignorancia, nuestro desconocimiento de la definición que estamos buscando. Sólo reconocida nuestra ignorancia estamos en condiciones de

buscar la verdad. La segunda fase consistiría propiamente en la búsqueda de esa

verdad, de esa definición universal, ese modelo de referencia para todos nuestros juicios morales. La dialéctica socrática irá progresando desde definiciones más incompletas o menos adecuadas a definiciones más completas o más adecuadas, hasta alcanzar la definición universal.

Esa verdad que se buscaba ¿Era de carácter teórico, pura especulación o era de carácter práctico? Todo parece indicar que la intencionalidad de Sócrates era práctica: descubrir aquel conocimiento que sirviera para vivir, es decir, determinar los

verdaderos valores a realizar. En este sentido es llamada la ética socrática "intelectualista": el conocimiento se busca estrictamente como un medio para la

acción. De modo que si conociéramos lo "Bueno", no podríamos dejar de actuar conforme a él; la falta de virtud en nuestras acciones será identificada pues con la ignorancia, y la virtud con el saber.

“En el sentido socrático, el hecho de que alguien actúe bien o mal es asunto del conocimiento suficiente o insuficiente. Nadie, dice Sócrates, quiere algo malo voluntariamente y a sabiendas. Esto podría entenderse como exoneración de la responsabilidad. Pero la cosa no está pensada así. Querer involuntariamente el mal significa, más bien, que todos quieren lo bueno para ellos, aunque no sepa cada uno lo que es bueno para él. El conocimiento incompleto de lo pertinente tiene como consecuencia que se produzca una confusión y equivocación. «Todo el que hace algo

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en forma inadecuada pretende algo que falsamente le parece bueno.» Por eso en Sócrates el conocimiento de sí mismo está en el punto central.”

R. Safranski: El mal.

Sócrates tuvo un trágico final: pese a ser uno de los ciudadanos más destacados de Atenas se granjeó muchos enemigos, precisamente por su fidelidad a un modo de vida basado en la razón y la verdad. En la democracia del momento, dominada por las

disputas entre intereses diversos, las enseñanzas socráticas representaban una molestia cuando no un peligro. Fue acusado de corromper a la juventud y de

asebeia”, es decir, de impiedad respecto a los dioses de la ciudad. Su defensa ante el

tribunal, cargada de ironía, no negó los cargos: él se limitaba a mostrar a los jóvenes que le escuchaban dónde está el camino de la virtud: en cultivar uno mismo el alma con espíritu crítico; es en último término la conciencia de cada uno, debidamente

entrenada en la sabiduría, la soberana en la vida de los hombres. Finalmente su condena a muerte supuso un duro golpe a la legitimidad de la democracia ateniense, algo que influirá decisivamente en uno de sus más brillantes discípulos: Platón.

“Pues bien, yo tuve una asombrosa experiencia al encontrarme allí. Pues no me inundaba un sentimiento de compasión como a quien asiste a la muerte de un amigo íntimo, ya que se le veía un hombre feliz, Equécrates, tanto por su comportamiento como por sus palabras, con tanta serenidad y tanta nobleza murió. De manera que me pareció que, al marchar al Hades, no se iba sin un destino divino, y que, además, al llegar allí, gozaría de dicha como nunca ningún otro.”

Referencias

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