Caer en la cuenta

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Caer

en la

cuenta...

Emilio Lospitao

Caer en la cuenta no cues-ona la fe,

escribe desde ella. Cues-ona las

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Caer en la cuenta...

Edición digital

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Emilio Lospitao (2018) ©, autor

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Sección 2

Índice

1.

Introducción

2. Reconciliarnos con (la imagen de) Dios

3. La familia que viene

4. Biblia y revelación

5. Creencias...

6. Inerrancia bíblica

7. De ateísmos y teísmos

8. El cielo de la Biblia

9. Imágenes míticas de Dios

10.¿A qué llamamos Dios?

11.Teologizaciones

12.La Tierra ni está quieta ni es plana

13.¿De qué hablamos cuando hablamos de nuevo paradigma?

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CAER EN LA CUENTA...

Introducción

Caer en la cuenta no cues2ona la fe, escribe desde ella.

Cues2ona las imágenes falsas de Dios y una teología caducada.

Advertencia al lector

El lector no va a encontrar en el presente trabajo relatos devocionales, si por tales re-latos entendemos la literatura de auto ayuda, espiritualista y de inspiración religiosa. No es el propósito de esta obra. Esto no significa que sus contenidos estén al margen de la espiritualidad, entendiendo esta como el deseo de saber más y conocer mejor la realidad que compete a la fe y a la razón, que no se excluyen, más bien se exigen para la legi2midad de ambas. La “verdad”, lo que quiera que entendamos por ello, no llega del cielo, como la lluvia, sino que la alcanzamos mediante el esfuerzo que supone el estudio diligente: pensar, analizar, usar la inteligencia y la razón, que es lo que nos ha-ce libres (Jn. 8:32). Aun cuando no subvaloramos la aportación posi2va que 2ene el devocional, cualquiera que sea el medio, no obstante, soy de la convicción de que ad-ministrar solo ese “alimento” fomenta el infan2lismo teológico y la inmadurez intelec-tual, dejando a las personas a expensas de lo emo2vo, que es adonde se dirige lo de-vocional. La experiencia enseña que, a la larga, esto origina dependencia y resulta, por lo tanto, tóxico. Por desgracia, en las iglesias en general, y por el abuso de lo devo-cional, no se suele cul2var ni incen2var el pensamiento crí2co, ni siquiera en los lla-mados “estudios bíblicos”, que resultan en otros devocionales más. Se cree –y se di-ce– que con ello se “edifica” a la grey, cuando consciente o inconscientemente se la está alienando por la falta de ese pensamiento crí2co.

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quiera que esto sea– no cae del cielo como la lluvia, sino que procede de la búsqueda y del estudio diligente. De tal búsqueda y, sobre todo, del hallazgo, surge la forma-ción teológica y el fortalecimiento espiritual.

Sobre el =tulo

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helenistas que pasando por Samaria en su huída anunciaron el evangelio llegando has-ta An2oquía y Damasco (cf. Hechos 9:1-2; 11:19).

El autor de Hechos parece que 2ene intención de poner en evidencia este “caer en la cuenta” de la primera comunidad cris2ana respecto a la naturaleza, el alcance y las consecuencias de “la gran comisión”. Los líderes judeocris2anos radicados en Jerusa-lén, cuando oyeron de Pedro mismo la explicación de cómo y por qué había entrado en casa de gen2les y había compar2do mesa con ellos, exclamaron: “¡De manera que también a los genCles ha dado Dios arrepenCmiento para vida!” (Hechos 11:18). ¿Qué concepto tenían estos líderes judeocris2anos de la llamada “gran comisión”? Es-te registro en el libro de Hechos nos indica que el conocimiento referenEs-te a la “mi-sión” y su alcance fue un proceso de maduración teológica a través de un estar cayen-do en la cuenta. La “revelación” misma, entonces, no debe de ser otra cosa que ese

estar cayendo en la cuenta más que una comunicación dialógica entre Dios y el ser hu-mano (Queiruga). La cues2ón, entonces, es: ¿qué estará intentando decirnos el Espíri-tu Santo hoy ante tantos cambios en el mundo a nivel cienXfico, polí2co, social, culEspíri-tu- cultu-ral, familiar, económico...? Porque es a través de este “caer en la cuenta” como pare-ce que nos habla Dios.

Sobre el eslogan

...no cuesCona la fe, escribe desde ella. CuesCona las imágenes falsas de Dios y de una teología caducada”.

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también la cris2ana–, han dependido de dichas imágenes para estructurar sus “teolo-gías” (cosmovisiones teológicas) desde las cuales entramaron sus creencias y expresio-nes ritualistas que le ofrecen su sen2do de ser y de actuar. El arraigo a dichos textos sagrados, escritos en épocas precienXficas, ha petrificado imágenes falsas de Dios. De esas falsas imágenes y de algunas teologías caducadas damos cuenta de soslayo en los arXculos que siguen.

La hermenéu-ca como tema transversal recurrente

No obstante la heterogeneidad de los tópicos presentes en este trabajo, la hermenéu-2ca es un tema transversal recurrente y reitera2vo. Diríamos que es su razón de ser. Está en consonancia con otro trabajo, esencialmente hermenéu2co, “La Biblia entre líneas”, del que incluyo algunos datos en esta obra. Existe, por lo tanto, una acentua-da crí2ca al “biblicismo” que, creo, es la raíz de muchas ideas erróneas que se 2ene de la Biblia misma y de Dios. Es ese “biblicismo” el que arroja una ingente de falsas imágenes de Dios, imposibles de aceptar en el nuevo paradigma teológico que se atisba. Por ello, creo que desvelar y denunciar esas falsas imágenes de Dios es una obligación para una exégesis crí2ca. José María Vigil, teólogo jesuita, 2tula unos de sus arXculos: “Errores sobre el mundo que redundan en errores sobre Dios”.[1] Esos errores sobre Dios se derivan, por un lado, de la cosmogonía y la cosmología bíblicas, que son precienXficas, y de la interpretación literalista que hace el fundamentalismo por otro.

Prác2camente hasta el siglo XVIII la lectura y la interpretación de la Biblia se hacía de manera literal (a veces alegórica). Es decir, hasta esa fecha más o menos todos los exé-getas eran “fundamentalistas”, aunque este término en este caso lo u2lizamos anacró-nicamente (no aparece hasta finales del siglo XIX). Pero a par2r de los movimientos culturales del Renacimiento y luego de la Ilustración, que revolucionaron la Ciencia, la Filosoma y la Teología, fueron surgiendo reglas y métodos nuevos, alejados del literalis-mo, para leer e interpretar la Biblia. Dicha revolución cultural ha abierto las puertas de un nuevo paradigma teológico.

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Ha sido esencialmente la hermenéu2ca y las ciencias bíblicas modernas las encarga-das de poner en evidencia el error del literalismo bíblico. Desde este literalismo se afirmaba que Dios había creado el mundo en seis días de 24 horas hace seis mil años (los par2darios de la Tierra Joven); que el Sol giraba alrededor de la Tierra (todavía hay algunos que lo defienden); que el cielo era un lugar msico donde moraba Dios; que Dios había matado a todos los primogénitos de un país (Egipto) por culpa de su gobernante (el faraón); y un largo etcétera que prestaremos atención más detenida-mente en algunos de los capítulos de este trabajo. Lo que quiero decir es que hubo un 2empo cuando todos los lectores e interpretes de la Biblia eran literalistas. Pero hoy esa manera de leer e interpretar la Biblia ya es insostenible.

Una cues-ón de perspec-va

Respecto a la hermenéu2ca como método de comprensión de una realidad lejana y dis2nta en el espacio y en el 2empo a la nuestra, cabe el razonamiento y la lógica si-guiente. Si nos convir2éramos en observadores de una comunidad exó2ca, de cual-quier lugar desconocido de nuestro planeta, y fuéramos tomando nota de todo lo que hacen y preguntáramos por qué lo hacen; y si fuéramos ordenando sus creencias y preguntáramos por qué lo creen; etc. llegaríamos a tener una perspec2va amplia de la vida social, polí2ca, religiosa y familiar de esa exó2ca comunidad. Este es el trabajo de campo del antropólogo, cuyas observaciones metódicas fundamentan la cultura social de la que se nutre la hermenéu2ca de cualquier texto y también, como no po-día ser de otra manera, del texto bíblico. Entonces, a través de dichas observaciones, y a la luz de todo su entramado social, polí2co, religioso y simbólico comprendería-mos cada detalle, por simple que fuera, de tal comunidad: sus tradiciones, sus cos-tumbres y por qué dicen lo que dicen sus textos escritos si los tuvieran. Esto es lo que el estudiante de la Biblia debe de hacer para entender los pormenores que hallamos en sus páginas, para lo cual no 2ene más remedio que leer y estudiar libros de antro-pología social tales como “InsCtuciones del AnCguo Testamento”, de Roland de Vaux; “El mundo del Nuevo Testamento”, de Bruce J. Malina, y otros muchos de la misma naturaleza. En el caso de la historia del pueblo israelita podríamos parcelar su historia por etapas y ver que en cada una de esas etapas las ins2tuciones fueron evolucionan-do o transformánevolucionan-dose. No importa en qué etapa se dice “algo” referente a los miem-bros de esa comunidad”, ese “algo” 2ene un contexto social, polí2co y religioso.

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Las raíces culturales del 2po de sociedad que hallamos en el pueblo de la Biblia debe-mos ubicarlas, primero, en Mesopotamia, cuna de la civilización de todo Oriente Me-dio, y, por lo tanto, de nuestra civilización mediterránea. De Mesopotamia procedía Abraham, el padre del pueblo hebreo, y de allí proceden la mayor parte de las leyes que encontramos en el Pentateuco. También encontramos en la Biblia rastros de la ci-vilización egipcia, donde se supone que el pueblo hebreo se formó como tal pueblo; y, por supuesto, de la civilización cananea, con cuyos ancestros convivieron las sagas de Abraham, Isaac y Jacob. Como los demás pueblos de su entorno, el pueblo israelita contuvo en su ordenamiento legal ins2tuciones como la esclavitud, las leyes de la gue-rra, el repudio, la venganza personal, la patria potestad absoluta, etc., además de las muchas ordenanzas de carácter religioso derivadas de la cons2tución sinaí2ca. Pero la columna vertebral sobre donde se basaba la sociedad del pueblo del Éxodo, de inte-rés para nuestro trabajo, fue el orden social patriarcal y las relaciones que giraban en torno al paterfamilias en su papel de esposo, padre y amo; es decir, la tutela de la mu-jer, la patria potestad absoluta y la esclavitud, que 2enen su raíz en la cosmogonía de la época, donde se fundamentaba el orden social, polí2co y religioso, de las que da-mos cuenta brevemente en este trabajo.

Interpelación de la Modernidad al lenguaje y a los conceptos teológicos actuales

Existe una asincronía brutal, incomprensible, entre los conocimientos que nos ha aportado la ciencia moderna y el lenguaje y los conceptos teológicos que man2ene el fundamentalismo religioso. El teólogo jesuita José María Vigil dice que la historia de las religiones es la historia de un conocimiento humano en conCnuo crecimiento, y de una religión cuyas afirmaciones sobre Dios van retrocediendo paralelamente a aquel avance de aquel conocimiento humano creciente.[2]

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res-puestas visibles y sa2sfactorias. No obstante, por la ignorancia, el vulgo insisXa en lo mismo cada vez que los efectos se producían porque no disponían del conocimiento que ofrece hoy la ciencia. Por ejemplo, la gente común entregaba ofrendas, encendía velas... a Santa Bárbara cuando había tormentas y relámpagos; pero vino Franklin e inventó el pararrayos (1753). A par2r de entonces la gente comenzó a poner un para-rrayos en el tejado de su casa y se acabaron los rezos y las ofrendas a Santa Bárbara. ¡Así es como la Modernidad fue echando fuera a Dios de la vida común! Mejor dicho, la Modernidad echó fuera las falsas y mí2cas imágenes de Dios, no a Dios mismo; pe-ro a la Religión parece gustarle mantener esas imágenes falsas de Dios, bien porque ella misma las necesita, o bien porque con ellas puede mantener controlada a la feli-gresía.

En el campo de la cosmología y la cosmogonía ha ocurrido lo mismo. Hasta el siglo XVI tanto la Ciencia como la Filosoma y la Teología se basaban en una cosmovisión aris-totélico-ptolemaica: Se creía que el Sol giraba alrededor de la Tierra; que esta estaba quieta además de ser el centro del mundo; el mundo se concebía (en el lenguaje sim-bólico) con tres plantas (el huevo cósmico): arriba, el cielo donde moraba Dios; en me-dio, la Tierra (plana para el vulgo); y abajo, el inframundo, el Infierno. Tanto el lengua-je bíblico, como algunos conceptos teológicos derivados de este lengualengua-je, se funda-mentan en esta cosmovisión. Pero a pesar de los cinco siglos que han transcurrido desde el reconocimiento del sistema heliocéntrico, y los avances de la ciencia en to-das las disciplinas, que contradice dicha cosmovisión, el mundo religioso fundamenta-lista permanece en esos arcaicos conceptos y lenguajes del pasado. Habría que pre-guntarse quién ha echado fuera a Dios de la vida común, si la Modernidad con sus lu-ces o el pensamiento religioso, incapaz de evolucionar y actualizar su prédica.

El teólogo católico Andrés Torres Queiruga dice que o logramos cambiar muy honda-mente las palabras y conceptos con que expresamos y vivenciamos nuestra fe, o la ha-cemos incompresible e increíble para las nuevas generaciones (Creer de otra manera,

Sal Terrae). Y el teólogo y ex sacerdote Leonardo Boff, se pregunta: “¿Qué hacer, pues, con los relatos de la Navidad y con el pesebre?”, para afirmar a con2nuación: “Que conCnúen. Pero que sean entendidos y revelen aquello que quieren y deben revelar: que la eterna juventud de Dios penetró este mundo para nunca más dejarlo; que en la noche feliz de su nacimiento nació un sol que ya no ha de conocer ocaso”. [redescris2anas.net]. María Clara Bingemer, teóloga brasileña, afirma que existe una fuerte sed de espiritualidad, pero, la mayoría de las veces, fuera de las insCtuciones

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religiosas ... El crisCano del futuro –sigue diciendo– cuesConará mucho a la Iglesia y hará su propia síntesis. [periodistadigital.com]. Ese futuro, creo, ya ha llegado.

Una nota personal

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va-rios picos de ocho mil metros de altura que hay en el planeta?; ¿un cas2go de esa en-vergadura porque los hombres se habían vueltos muy malos?; ¿más malos que algu-nos hombres (y mujeres) de hoy? Mi sen2do común me decía que esos relatos debe-rían tener alguna significación simbólica, moralista sin duda, pero no estaba seguro. La lista de preguntas que me formulaba a mí mismo era muy larga. En cualquier caso, teniendo en cuenta que venía de una absoluta indiferencia religiosa, y a pesar de es-tas cues2ones puramente hermenéu2cas, había descubierto al Jesús de los Evange-lios. O quizás solo había estado dormido en algún rincón de mi alma.

Un hogar espiritual

Una cosa siempre lleva a otra de igual o parecida naturaleza. Cuando conocí lo que ha-bría de ser mi familia espiritual (la Iglesia de Cristo del Movimiento de Restauración en Madrid), y donde luego crecí espiritualmente, ya había dado el gran paso que me separaba de la indiferencia a la fe. La persona del Jesús que encontré en la lectura del Nuevo Testamento me llevó a la fe en Dios. Este “hogar espiritual” fue decisivo para el paso que di a con2nuación (el bau2smo por inmersión solicitado deliberadamente por mí, en el verano del año 1972). No sé decir exactamente por qué, pero nunca hu-biera llegado a donde llegué, en cuanto a la fe se refiere, en el seno de la Iglesia católi-ca que había conocido en mi niñez. Estrené mi fe en un marco religioso con aires nue-vos y frescos para mí. Pero mis dudas hermenéu2cas no se resolvieron con la ense-ñanza que recibí aquí; más bien al contrario. PresenXa que había que entender dichos relatos tal como se leían: ¡literalmente, lo decía la “Palabra de Dios”! Formular las pre-guntas descritas más arriba esperando respuestas crí2cas era cuando menos una inge-nuidad. Si todos veían el cielo absolutamente azul, ¿cómo iba yo a sugerir que se avis-taban nubes en el horizonte? Algo te dice que 2enes que callar y asen2r. Desde enton-ces he sido un devorador de libros, todos ellos relacionados directa o indirectamente con la Biblia: históricos, antropológicos, exegé2cos, teológicos… De todo. El primer gran tema con el que rompí mi conformismo fue con el del estatus de la mujer en la iglesia, pero con esta disconformidad traspasé una linea roja. Aun así, este paso, co-mo otros que le siguieron, era ya irreversible.

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El adoctrinamiento 2ene la diabólica habilidad de corromper la natural capacidad que 2enen las personas para entender e interpretar la realidad. Este fenómeno es clara-mente manifiesto en el entorno de las sectas, donde los sujetos adoctrinados dejan de percibir la realidad común para ver y sen2r solo la “realidad” que le inculcan sus adoctrinadores. Hoy puedo afirmar que un poco de esto ocurre también en las igle-sias, en cualquier iglesia. Es cierto que la hermenéu2ca, como disciplina, se basa en reglas y métodos para interpretar un texto, cualquiera que sea su naturaleza, sagrada o profana; y que dichas reglas y métodos hay que aprenderlos, por supuesto; pero el quehacer hermenéu2co 2ene una parte de “arte”, de “sen2do común”, de “lógica”. Este “sen2do común” y esta “lógica” nos pone sobre aviso de que cualquier obra lite-raria ajena a nuestra cultura, distante a nuestro entorno geográfico y lejana de noso-tros en el 2empo, 2ene un mensaje “cifrado” para el lector moderno. Por “cifrado” no me refiero a “claves” ocultas, misteriosas o mágicas; es más prosaico que todo eso. Cualquier editor de un supuesto texto arcaico se verá obligado a añadir a pie de pági-na notas crí2cas que le sirvan de guía al lector y pueda entender sin dificultad lo que lee; ¡pero el lector ya se había apercibido de la necesidad de esas explicaciones, por-que lo por-que leía no le resultaba totalmente inteligible! En cierta medida esto es lo por-que intentan hacer los “comentaristas” de los textos bíblicos. Pero estos “comentaristas”, aunque se nutren de una vasta información interdisciplinar para realizar su trabajo, no están libres de presuposiciones e influencias teológicas que pueden distorsionar el sen2do del texto bien por acción o por omisión. Esta distorsión se produce cuando, fuera de toda lógica y al margen de cualquier regla hermenéu2ca, se interpreta literal-mente el texto bíblico (por ejemplo, que Dios hizo al primer hombre del polvo de la 2erra y a la primera mujer del costado de éste, que una burra hablara, etc.).

Descubriendo la hermenéu-ca

La presencia de diferentes géneros literarios en los libros de la Biblia, entre ellos le-gendarios, épicos, mí2cos..., nos aboca a una profunda revisión de la filosoma herme-néu2ca para entenderlos e interpretarlos según las reglas de dichos géneros, así co-mo del lenguaje simbólico, aspectos indispensables a tener en cuenta para una correc-ta aproximación a los textos bíblicos. Este proceso, que no 2ene vuelcorrec-ta atrás, surge del cambio de paradigma que supuso el paso del geocentrismo al heliocentrismo, por-que con él comenzó la ciencia moderna, y con esta las demás ciencias incluidas las ciencias bíblicas, la arqueología moderna, la crí2ca textual, etc..

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que su lectura se deba relegar a los eruditos; pero sí requiere para el neófito una míni-ma guía hermenéu2ca además de conocer, aunque sea elementalmente, la historia de los libros de la Biblia y, sobre todo, la historia del Canon, tanto del An2guo como del Nuevo Testamento (La Crí2ca Textual).

En principio, las versiones de la Biblia que leemos en nuestro idioma son traducciones de las lenguas originales (hebreo, arameo y griego); algunos manuscritos, además, con2enen neologismos de otros idiomas que se me2eron en los textos durante el pro-ceso de traducción y las copias que requería la transmisión de los mismos. Pues bien, lo que nosotros leemos “tan claro” en nuestras versiones es el resultado de una ingen-te labor de traducción realizada por equipos de especialistas en esos idiomas, pero que, a veces, 2enen que conjeturar lo que algunas palabras del texto original signifi-can, y decidirse, en algunos casos, por una traducción plausible. A esto hay que aña-dirle la problemá2ca de la mul2tud de textos que difieren entre sí por el proceso que originó las muchas traducciones a otros idiomas y la mul2tud de copias de copias que requería la transmisión de la Escritura hasta la invención de la imprenta. Hoy los erudi-tos disponen de más de cinco mil escrierudi-tos del Nuevo Testamento que cotejándolos se descubren más de 250 mil variantes. Teniendo en cuenta que los escritos originales se perdieron, no 2ene sen2do hablar siquiera de textos “originales”. A esto, además, hay que añadirle los prejuicios teológicos del equipo traductor. Así que, limitarse a recitar textos para exponer y defender esta o aquella teoría o doctrina, me parece cuando menos ingenuo, por no decir otra cosa. En fin...

El primer arXculo que sigue a esta introducción, “Reconciliarnos con (la imagen de) Dios”, 2ene que ver también con la experiencia personal de quien suscribe, que mar-có el inicio de una larga y honesta reflexión teológica, espiritual y emocional. Las con-clusiones a las que llegué, por su propia y compleja naturaleza, no se dirimieron en un día, en un mes ni siquiera en un año; pero se dirimieron. Y se dirimieron no desde lo emocional solo, sino a través de la razón, del intelecto, de lo cogni2vo y de un ansia por saber y conocer. Es la única manera de hacer una transición sin aspavientos y con cierto equilibrio, dando pasos hacia adelante, firmes y seguros, sin prisas pero sin pau-sas. La experiencia también me ha ido enseñando que dar estos pasos implica pagar un precio, pero creo que ha merecido la pena. La libertad siempre exige pagar un pre-cio; un precio que el vulgo poco pensante no puede entender (quizás tampoco quie-re).

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Reconciliarnos con

(la imagen de)

Dios

A lo largo de los siglos el grupo cultural crisCano occidental ha desarrollado su propia estéCca para expresar lo que pensaba y sen^a colecCvamente. Esto quiere decir que se ha construido su propio lenguaje, en el senCdo tanto estricto como amplio, ha for-mulado leyes y confesiones, ha creado rituales y los ha hecho obligatorios, ha edifica-do y equipaedifica-do monasterios e iglesias. Por medio de figuras y colores le ha daedifica-do forma a sus esperanzas, expectaCvas, imaginaciones, miedos, alegrías, dudas conscientes o inconscientes. “Un nuevo crisCanismo es posible”

Roger Lenaers

En la madrugada del 25 de enero de 1989, después de tres años de padecer un cán-cer, y sufrir varias crisis hospitalarias (amén de pruebas y sesiones de quimioterapia), fallecía una mujer joven en el hospital de La Princesa de Madrid. Dejaba seis hijos de entre 8 y 16 años de edad. Nadie –o como el que más– había orado nunca tan sincera y angus2osamente a Dios por aquella mujer. Aquel 25 de enero fue el comienzo de una honesta y larga reflexión acerca de ese Dios a quien había estado orando. No ha-bía en mí un ápice de resen2miento, de rencor o alguna otra clase de sen2miento ne-ga2vo hacia él. Simplemente, si acaso, perplejidad. ¿Pero por qué –pensaba durante aquella larga reflexión– tenía Dios que rever2r el proceso cancerígeno de las células del cuerpo precisamente de aquella mujer, cuando tantas otras mujeres, con hijos o sin ellos, necesitarían de su intervención, en peores circunstancias que las suyas qui-zás?

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de un Dios intervencionista es bíblica. Es más, en la Biblia no hay lugar para otra ima-gen de Dios que no sea esa. Quizás la cues2ón radique en una reflexión seria acerca de la naturaleza de la Biblia misma. En casos parecidos, yo mismo había pon2ficado que Dios tendría algún plan desconocido para nosotros e incomprensible para nues-tra razón. ¿Un plan –me preguntaba durante esa larga reflexión– que comienza dejan-do a seis niños sin madre cuandejan-do más la necesitan?... ¡Con las secuelas que dejan...! Pensar en esa teoría hoy me parece un juego macabro por parte de Dios. No, no creo que haya ningún plan. Debe ser algo más sencillo que todo eso.

Durante el Encuentro de las Iglesias de Cristo del Movimiento de Restauración en Can-gas de Onís (Asturias–España) en el año 2015, me reencontré con una hermana en la fe con la que llevábamos muchos años sin vernos. Según mi impresión ella guardaba gratos recuerdos de mi persona como predicador (Sería mi época dorada de arengas y sermones alentadores). En algún momento de nuestra conversación le dije que ha-bía dejado de ofrecer “devocionales… porque los devocionales infan2lizaba a la igle-sia”. Cambió su rostro. La había decepcionado. Esta afirmación la he repe2do otras ve-ces convencido de que es así. Los devocionales (solos y con2nuados) atontecen e in-fan2lizan a la grey. Además, esta necesita cada semana la “dosis” de “espiritualidad” que se espera del predicador de turno. El otro extremo, “hacer pensar” todas las se-manas, puede agobiar e incluso alejar del redil. ¡Menudo problema! No es que haya abandonado el “devocional” de manera absoluta, no, en alguna ocasión no habrá más remedio que echar mano de él, sobre todo en los momentos más cruciales de una persona: ¡cuando pierde a un ser querido! Hablar de la esperanza es compa2ble con cualquier exposición que suponga afrontar la realidad... la realidad que no queremos afrontar.

Que la imagen que tenemos de Dios es errónea, a pesar de ser “bíblica”, lo he tratado en otros arXculos, especialmente en el úl2mo capítulo del breve trabajo “La Biblia en-tre líneas”.

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Tarso en el camino a Damasco: Saulo (Pablo), en un instante, pasó de ser perseguidor de una idea (la fe en Jesús) a divulgador de ella. Ambos dieron un paso contracorrien-te en sus vidas. Dejaron una contracorrien-teología profundamencontracorrien-te arraigada e incontracorrien-teriorizada desde su infancia, para dar un giro copernicano de 180 grados. Pues bien, una vez dado ese paso, ya es irreversible. Yo nunca podré volver a esa imagen intervencionista, arbitra-ria, destruc2va a veces, de aquel dios.

La imagen del Dios autén2co, del verdadero, debe ser aquella que nos muestra el Je-sús de los Evangelios –independientemente de la teologización de sus relatos–. Ya sé que sigue siendo solo una imagen, pero debe ser la real, la que se acerca más al Dios que crea –y sigue creando– por amor. Un Dios que “sigue creando” por amor, está siempre procurando lo bueno y el bien para todas sus criaturas, sin acepción de perso-nas, vivan donde vivan y sea cual sea su credo (los credos son solo creencias parciales del todo). Por lo tanto, este Dios no manda ninguna clase de mal contra nadie ni con-tra nada, ni siquiera lo permite (que sería igual de cómplice), sino que lo sufre con no-sotros. Orar a este Dios, pues, no puede ser hacerle “caer en la cuenta” de que le ne-cesitamos, de que debe intervenir por lo que le pedimos (por supuesto tenemos el recho y la necesidad de hacerlo, y lo hacemos –ahí están los Salmos); orar a Dios de-be ser tomar conciencia de que él ya está haciendo lo que es bueno en pro de su crea-ción, entre la que nos encontramos nosotros y él mismo. Pero el Mal existe, es una realidad. “Dios es el an2-Mal” (Queiruga), pero la realidad de cada día nos muestra que no es su vocación intervenir puntualmente, si lo hiciera sería un Dios arbitrario que hace acepción de personas (un dios tapagujeros).

El Dios de Jesús es aquel que ensalza a quienes “dan de comer al hambriento y visten al desnudo” (Mateo 25:31-46) porque él mismo no puede hacerlo. Obviamente, esta es una imagen de Dios dis2nta de la tradicional, de la que oímos cada domingo en los sermones, pero es la imagen que se corresponde con la realidad que percibimos en el día a día. Solo hay que abrir los ojos y “caer en la cuenta”.

Aquella mujer que exhaló su úl2mo aliento en el Hospital de la Princesa de Madrid ha-ce 28 años fue una de las deha-cenas, cientos, miles de mujeres jóvenes que apagaron la llama de su vida en aquel mismo día en el mundo por las mismas causas. Dios lo sa-bía, pero no hizo nada para evitarlo en ninguno de los casos. No hizo nada porque esa no es su misión. Sí es nuestra misión “caer en la cuenta” de esa realidad.

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La familia que viene

Podríase decir que la historia de las religiones es la historia de un conocimiento huma-no en conCnuo crecimiento, y de una religión cuyas afirmaciones sobre Dios van retro-cediendo paralelamente a aquel avance de aquel conocimiento humano creciente. “Errores sobre el mundo que redundan en errores sobre Dios”

José María Vigil

Los sistemas polí2cos, antes de alcanzar el modelo democrá2co en el que vivimos la mayoría de los países occidentales, tuvieron que sufrir cambios estructurales imptantes a lo largo de su historia. Ello supuso mucho dolor, no solo por el cambio de or-ganización social que conllevaba, sino por las luchas fratricidas que originaban en mu-chos casos, especialmente cuando dimu-chos cambios se producían por medio de revolu-ciones. Lo mismo ocurrió con los modelos de familia anexionados a los sistemas polí2-cos y a la organización social que los legi2maba; los cambios de modelos familiar en estos casos venían de un proceso más lento al unísono con la evolución social.

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personas, sea a nivel familiar o social. También en la iglesia. La paz reina hasta que al-guien “sugiere” alguna novedad que afecte emocional, intelectual o materialmente al grupo. La paz reina porque todo funciona según lo que “se da por sentado”… hasta ese momento. La fidelidad a la tradición se corresponde con este axioma. Por otro la-do, una “sugerencia” dictada abre una nueva perspec2va ante la cual una parte del grupo está de acuerdo (los innovadores) y la otra en desacuerdo (los conservadores). Así se cumplen las afirmaciones axiomá2cas de Schutz y Pareto. La cues2ón es que es-ta tensión originada por la “sugerencia” se traduce en una clase de “inseguridad”. Las novedades siempre producen inseguridades por la sencilla razón de que aún no se co-nocen los resultados.

Esta tensión, de carácter social, familiar y religiosa, se palpa en los Evangelios en el en-torno de Jesús por causa de sus enseñanzas y su ac2tud personal. El “reinado de Dios” que Jesús predicaba se hacía visible por medio de sus enseñanzas y su conduc-ta, que originaban perplejidad y confusión entre las gentes. El “¿quién es mi madre y mis hermanos?” (Marcos 3:31-35), o “el que ama a su padre o madre más que a mí, no es digno de mí...” (Mateo 10:37) debió de sonar como un revulsivo contra la ins2tu-ción patriarcal tradicional de la familia judía. Y la confusión entre las gentes debió de ser mayúscula cuando Jesús declaró que “nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre” (Marcos 7:14-19), poniendo en duda la ins2tución del templo y su sistema sacrificial. Lo que queremos decir es cualquier cambio ins2tucional, ya sea social, familiar o reli-gioso (o polí2co), siempre origina muchos recelos y tensiones en cualquier colec2vo.

El modelo de familia que encontramos en la Biblia hebrea, por ejemplo, es patriarcal, cuya figura dominante era el varón en su papel de marido, padre y amo (la ins2tución de la esclavitud estaba inserta en aquel modelo social). Además, era patrilocal y poligí-nica; es decir, patrilocal porque la herencia y los Xtulos se transmiXan por vía paterna (el varón), y poligínica porque el varón –y solo este– podía tener varias mujeres en ca-lidad de esposas o concubinas. El ejemplo más conocido en la Biblia hebrea es la fami-lia de Jacob, agente fundante del pueblo de Israel. Jacob compar2ó lecho con cuatro mujeres coetáneas: Raquel y Lea, hermanas entre sí (y primas en primer grado de Ja-cob), y las esclavas respec2vas de estas: Bilha y Zilpa. El patriarca tuvo 12 hijos varo-nes y una hija con dichas mujeres (Gén. 29-30).

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escla-vos, que dependían del paterfamilias (familia, del laXn, "grupo de siervos y esclavos patrimonio del jefe de la gens"). Es decir, históricamente, el concepto de “familia” es muy amplio y abierto.

Desde hace muy pocas décadas, en Occidente ha emergido un 2po de familia plural, entre ellos, el monoparental: hombres divorciados y mujeres divorciadas con hijos a su cargo pero sin parejas; o bien hombres y mujeres solteros con hijos adoptados (o propios en el caso de las mujeres). Por otro lado, no son pocas las familias que están compuestas por hermanos o hermanas solteros que conviven juntos; o grupos de mu-jeres y hombres que deciden vivir en “familia” compar2endo el mismo espacio (nor-malmente jubilados). Recientemente se han añadido a esta pluralidad de 2pos de fa-milia las personas del colec2vo LGTB con el mismo proyecto de vida que cualquiera de los otros modelos de familia.

En el Nuevo Testamento encontramos algunos de estos modelos de familia que corres-ponden a las minorías en la sociedad judía, pero muy próximos al entorno de Jesús. Así, tenemos a la familia compuesta por los hermanos Lázaro, Marta y María (Juan 11-12). En Hechos se cita a María y su hijo Juan Marcos, posiblemente una viuda que vivía con su único hijo (Hechos 12:12). La casa de Felipe nos muestra a una familia compuesta por un padre (posiblemente viudo) con sus cuatro hijas (Hechos 21:8-9). El discípulo que Jesús amaba vino a formar una familia muy singular, con María la ma-dre de Jesús (Juan 19:26-27).

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Por ello, en la Comunidad de Madrid (España), gobernada por Cris2na Cifuentes (PP), se aprobó una ley integral el 22 de julio de 2016 contra la discriminación por diversi-dad sexual y de género que tenía como fin primordial proteger legal, social, moral y msicamente a las personas homosexuales (Ley 3/2016). Esta ley se ha conver2do en un reto y un agravio para el sector religioso (en especial el fundamentalista) porque pone freno a sus mensajes homófobos tanto verbal como escrito, por los cuales pue-den ser pue-denunciados a tenor de dicha ley.

Los catastrofistas, dialéc2camente, se oponen a esta pluralidad de modelos de familia u2lizando su ar2llería pesada con informaciones sesgadas, cuando no falsas, para crear miedo y, sobre todo, fana2smo entre sus fieles. Pero intuimos que ninguna ce-rrazón va a impedir esta evolución social y familiar que se está generalizando cada vez más en todos los países occidentales.

Desde el siglo XVI, especialmente con el movimiento cultural de la Ilustración y los cambios polí2cos y sociales surgidos a tenor de dicho movimiento, el cris2anismo en general, pero el fundamentalista en par2cular, se sin2ó agredido, y se revolvió tenaz-mente contra todo lo que consideraba un peligro para la fe que predicaba. En gene-ral, con el 2empo, el cris2anismo progresista ha venido a reconocer que come2ó un error porque no exisXa tal peligro, y, a posteriori, ha entendido que perdió el tren de la Historia.

¿Qué pensarán los catastrofistas bíblicos de turno, que se oponen a estos nuevos mo-delos de familia, si en vez de evolucionar hacia delante, evolucionáramos hacia atrás, volviendo otra vez al modelo y al sistema social patriarcal, es decir, al modelo de la fa-milia de Jacob?

¿No deberíamos “caer en la cuenta” de que la Biblia no pretende fijar un modelo de familia ni siquiera acudiendo al Génesis? ¡Es la propia Biblia la que da cuenta de ese plural modelo familiar!

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La Biblia y la revelación

Los progresos de los reformadores en el estudio histórico de la Biblia muy pronto se perdieron en el período de la post-reforma; una vez más se uClizó la Biblia de forma acríCca y ahistórica para apoyar la doctrina ortodoxa. La Biblia no sólo se consideró como un libro libre de errores y contradicciones, sino también sin desa-rrollo o progreso. Se atribuía a toda la Biblia el mismo valor teológico. La Historia se perdió totalmente en el Dogma y la Filología se convirCó en una rama del mis-mo. “Teología del Nuevo Testamento”

George Eldon Ladd

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Este “caer en la cuenta” de que Dios ya estaba desde siempre “revelándose” a tra-vés de su creación, especialmente en el ser humano, es el mismo caer en la cuen-ta de que los libros sagrados (la Biblia para los cris2anos) son trazos borrosos que los hombres han esbozado de la revelación percibida. De ahí las imágenes desfigu-radas de Dios en dicha “revelación”.

Jesús de Nazaret, con su ac2tud, su ejemplo y sus enseñanzas, es un referente ní-2do que nos permite caer en la cuenta no solo de lo que es esencial y fundamen-tal, sino, sobre todo, del carácter inequívoco del Dios siempre “revelándose”. La interpretación literalista de los textos religiosos, creando y dando forma a las “or-todoxias”, no es un patrimonio del fundamentalismo contemporáneo, sino una corriente de pensamiento que se retrotrae a los orígenes de la cultura escrita. Lo escrito adquiere en el 2empo una autoridad inquebrantable, porque es el eje de la tradición que, a falta de originalidad, se convierte en verdad absoluta. En los Evangelios vemos a Jesús luchando contra esta forma de pensamiento fijada en la tradición, ¡incluso en la tradición escrita, la Escritura!, que había desvirtuado el carácter de Dios. De ahí que Jesús estuviera empeñado en que las gentes “caye-ran en la cuenta” de que la imagen que tenían de Dios era errónea a pesar de que, a veces, provenía de la evocación de unos textos sagrados. Y ese empeño fue una constante durante su ministerio. Unas veces mediante la enseñanza direc-ta, “fue dicho..., pero yo os digo” (Mateo 5); otras, reprendiendo a los discípulos cuando estos evocaron el “fuego del cielo” como había hecho el profeta Elías (2Reyes 1:1-15), en su caso para destruir a los samaritanos; y otras, guardando si-lencio primero e interpelando después a sus interlocutores para evitar nada me-nos que un “mandato divino” según constaba en la Ley de Moisés (Lev. 20:10). En el primer caso, Jesús lleva a la cota más alta el espíritu de la letra; en el segundo, mostrando su desconformidad, zanja el tema con un “no sabéis de qué espíritu sois” (Lc. 9:54-55); en el tercero, dirigiéndose a la mujer acusada de adulterio con un empá2co “ni yo te condeno” (Juan 8:11). En todos los casos Jesús se distancia de la nefasta imagen de Dios que evocaban los textos sagrados. Para los interpre-tes literalistas y las meninterpre-tes legalistas, de cualquier época o lugar, la ac2tud de Je-sús de Nazaret les resulta dimcil de entender, porque les rompe los esquemas aprendidos, pero, sobre todo, porque pone en duda la seguridad que ofrece un “así dice la Biblia”.

El Jesús de los Evangelios –a pesar de que son relatos teologizados– es un referen-te ní2do para caer en la cuenta de cuál es el verdadero carácter de Dios. Pero, no

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obstante ser Jesús de Nazaret nuestro referente, “no hemos de olvidar que, como hombre histórico, estaba sujeto a las limitaciones humanas y temporales” (Claude Geffré). Geffré, teólogo dominicano-francés, dice que hay que dis2nguir “entre la revelación como acontecimiento y la revelación como mensaje. Como aconteci-miento sucedido en Jesús es insuperable, irrebasable; como mensaje transmiCdo a través de Jesús y sus seguidores es limitada y no puede pretender agotar la ple-nitud de verdad que está en Dios. Dicho de otro modo: la verdad de Dios se nos comunica, incluso en Jesús, de forma limitada, finita, dado el vehículo humano”[3].

Como dice Goyret, “La Biblia es un canal humano que puede (y no siempre logra) comunicar un mensaje divino. Para el que está dispuesto a recibir ese mensaje, y se pone los “lentes” de la compasión y de la solidaridad (es decir, lee desde y con el amor de Jesucristo), el mensaje divino está ahí, a través de la palabra bíblica y, muchas veces, a pesar de la Biblia misma”. (Leonardo Goyret - en Facebook).

Evocamos una vez más el relato de la conversión del centurión romano, Cornelio, y el caer en la cuenta tanto de Pedro como de los líderes cris2anos de Jerusalén según Hechos 10, que hemos citado en la introducción de este trabajo. Estos líde-res cris2anos, de la talla espiritual y teológica de Pedro, tuvieron que evolucionar hacia una comprensión más clara de lo que hoy nosotros llamamos “revelación de Dios”. Dios no había cambiado, fueron ellos quienes tuvieron que cambiar en su forma de pensar. Dios no cambia, somos nosotros quienes debemos ir cam-biando según los conocimientos y la luz que nos ofrecen la historia de las religio-nes, las ciencias msicas y sociales y los avances teológicos.

En todos los casos (los discípulos de Jesús, los fariseos o los escribas, los líderes cris2anos de Jerusalén, el mismo Pedro…) incide un múl2ple común denomina-dor: la cosmovisión teológica desde la que pensaban, el concepto que tenían de la Escritura y la imagen que albergaban de Dios. Jesús se opuso a este denomina-dor común que se hacía visible en la praxis co2diana de las gentes. Se propuso que cambiaran de mentalidad, de visión de la realidad… El relato de Hechos 10 es un subproducto de la reflexión teológica que la comunidad fue desarrollando. Así que, “caer en la cuenta” implica una reflexión profunda, un hacer diferente, una ac2tud dis2nta, ya sea por ac2va o por pasiva, ya sea moral, material, intelectual, teológica o filosófica.

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junto de libros que forman la Biblia. No son equivalentes. La Biblia, como tal con-junto de libros, no es la Palabra de Dios. Este concepto es un engendro teológico construido en el 2empo. La Palabra de Dios es el Cristo (el Logos). Pero esto es otra cosa. Los libros que componen la Biblia, escritos por muy diferentes autores, en lugares y momentos muy dis2ntos, recogen la experiencia que dichos autores tuvieron del Dios que se revelaba en los sucesos de la historia, que interpretaron desde su cosmovisión personal, desde la cultura de su 2empo, para dar respues-tas a pregunrespues-tas e indagaciones de su 2empo, además de intereses personales y polí2cos (Quién escribió la Biblia, Richard Elliot Friedman). Por ello, su lectura e interpretación hoy debe contar con disciplinas hermenéu2cas adecuadas para su exégesis e interpretación.

O sea, una cosa es la Biblia (conjunto de libros religiosos), y otra dis2nta es la reve-lación hallada en ella. Esta dis2nción viene de “caer en la cuenta”.

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Empirismo y creencias

...la exégesis bíblica es el lugar pionero y fronterizo por donde los estudios religiosos y teológicos entran en diálogo con las ciencias profanas y con la razón misma de la mo-dernidad. Podríamos recordar lo que supuso el encuentro, ciertamente turbulento, de la Biblia con las ciencias de la naturaleza en el Renacimiento, o con las ciencias históri-cas en el siglo xix. Y es que, por su misma naturaleza, la exégesis Cene que echar ma-no de ciencias muy diversas, que han nacido al margen del pensamiento religioso y que poseen un desarrollo autónomo (las ciencias del lenguaje, tan diversificadas, la historia, la arqueología...) “La mesa comparCda”

Rafael Aguirre

Nos guste o no nos guste la única realidad que vivimos y vemos es la realidad msica. Esto no significa que estemos negando alguna otra realidad, que la hay, o, al menos, la intuimos. Esto ha sido así desde las edades del homo sapiens. Por ello, durante el tránsito de los mitos a la filosoma griega (primeros pasos de la ciencia), los filósofos se dividieron entre monistas y dualistas. Los primeros se atuvieron a la naturaleza obser-vable y verificable (la materia); la lista de sus postulantes es larga, desde Tales de Mile-to en la an2güedad hasta Karl Marx en la edad moderna. Los segundos (con Platón a la cabeza) percibieron que había algo más, transcendente, divino o casi divino, que conforma la esencia de prác2camente todas las religiones y parte de la filosoma. Este forcejeo dialéc2co, si se puede llamar así, entre monismo y dualismo, viene durando desde entonces.

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experimental. Pero hasta el siglo XVI, con el cambio de paradigma que supuso el paso del geocentrismo aristotélico/ptolemaico al heliocentrismo copernicano, y especial-mente hasta el siglo XVII, la ciencia propiaespecial-mente dicha tuvo que superar su noche os-cura. La luz vino progresivamente descubrimiento tras descubrimiento en todos los campos del saber humano.

Empirismo

Todo lo que hoy sabemos del mundo msico se lo debemos a la ciencia experimental. Es cierto que en muchos aspectos esto que sabemos es “provisional” todavía, como no podía ser de otra manera, pero lo que sabemos es “cienXfico”, es decir, verificable. Si no fuera verificable no sería “cienXfico”. Esta es la diferencia entre lo “msico” y lo “metamsico” (lo que está más allá de lo msico). La ciencia se encarga de enunciar lo que puede inves2gar desde su método epistemológico. Lo que está fuera de su episte-mología pertenece a la metamsica, de lo cual se encarga bien la filosoma o la teología. Pero son campos ontológicos diferentes. Por eso la ciencia no puede afirmar ni negar nada que pertenezca al ámbito metamsico, que es el que corresponde a la fe y a la reli-gión, es decir, a las “creencias”. Si esto no se 2ene claro, toda discusión se conver2rá en un diálogo de besugos. Muchas controversias 2enen su raíz en este galimaXas.

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Evolucionismo versus creacionismo

Desde hace algunas décadas existe una cruzada en los Estados Unidos de Norteaméri-ca entre creacionistas y evolucionistas. Como suele ocurrir, los extremos ideológicos se tocan. Esto ocurre con estos dos grupos. Por un lado está el movimiento cris2ano creacionista denominado de la Tierra Joven, que cree –siguiendo literalmente el libro del Génesis– que Dios creó el mundo hace seis mil años en seis días de 24 horas, y que las especies del reino animal que hoy contemplamos son exactamente las que Dios creó al principio (a esto se le llama “fijismo”). Por el otro lado está el movimiento evolucionista materialista que, apoyándose en dicha teoría, no solo afirma que todo vino a ser por un proceso evolu2vo, sino que niega que exista algún Dios creador. Una cruzada estéril en la que ninguno de los dos bandos caen en la cuenta de que Ciencia y Religión parten de metodologías dis2ntas y contrapuestas de inves2gación. La Biblia no es un libro de ciencia (valor que le otorgan los creacionistas) y no pretende, por lo tanto, explicar el “cómo” de las cosas. La Ciencia, por su lado, no puede –ni pretende– afirmar ni negar las realidades transcendentes. No es ese su come2do, su campo de inves2gación ni su interés.

Pero no todos los evolucionistas son materialistas, o sea, ateos, como muestra el he-cho de que muhe-chos cienXficos son creyentes de cualquier religión; estos cienXficos creyentes piensan que la evolución biológica no se opone a la noción cris2ana de crea-ción. Contrario al “fijismo” creacionista, Carlos A. Marmelada, profesor de Filosoma, y licenciado en Filosoma y Ciencias de la Educación por la Universidad de Barcelona, di-ce que el concepto biológico de evolución hace referencia al dinamismo real que se da en la historia de la vida y que se expresa a través de un despliegue que se lleva a cabo en el Cempo, siendo la teoría de la evolución la explicación cien^fica de ese hecho[4].

Con lo que no es compa2ble la evolución biológica es con el biblicismo de la creación hace seis mil años en seis días de 24 horas.

Fernando Sols, catedrá2co de Física de la Materia Condensada en la Universidad Com-plutense, y doctor en Física en la Universidad Autónoma de Madrid, por su parte, afir-ma que la evidencia cien^fica a favor de la conCnuidad histórica y el parentesco gené-Cco de las diversas especies biológicas es abrumadora, comparable a la seguridad que tenemos de la validez de la teoría atómica o la esfericidad de la Tierra. Este nivel de confianza se ha alcanzado gracias a la adquisición y comprensión de una gran can-Cdad de información obtenida a parCr del registro fósil y de los avances en genéCca

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molecular.[5] Lo dice respecto a la naturaleza en su totalidad. El hombre, en principio,

y biológicamente, es una parte más de dicha naturaleza. Cualquier otra cualidad, o realidad, atribuida al ser humano, no le corresponde a la ciencia afirmarlo, sino a la filosoma y, par2cularmente, a la teología, o sea, a la religión. Esto significa que esa otra cualidad transcendente pertenece a la “creencia”. ¿Hay mo2vos para creer que esa otra cualidad es real? ¡Sí!

Francis Collins, gene2sta estadounidense, conocido por haber dirigido el Proyecto Ge-noma Humano, premiado con el Príncipe de Asturias de Inves2gación CienXfica y Téc-nica en el 2001, y autor del libro ¿Cómo habla Dios? La evidencia cien^fica de la fe,

afirma la evolución teísta o creación evolu2va. La evolución, para estos cienXficos cris-2anos, no se opone a la fe ni está en contra de ella. Evolución y fe son perfectamente compa2bles. La evolución de la vida es una realidad confirmada por la ciencia. Es la Teología la que debe revisar sus “creencias” y sus propuestas. Es decir, la pregunta consecuente sería a qué llamamos fe y qué proposiciones hay que aceptar para ser reconocida como válida.

Creencias y é-ca

Lo que la Biblia dice acerca de los orígenes –aunque elaborado teológicamente–, en el fondo es lo mismo que nos venían diciendo los mitos de otras civilizaciones, y res-ponde a las mismas grandes cues2ones del ser humano y su historia: el origen del mundo, de la vida, del hombre y de la mujer; el porqué del sufrimiento y del mal; de la muerte; del más allá; del cas2go o el premio en ese más allá; incluso de un salva-dor. La diferencia que existe entre la cosmogonía bíblica y las demás cosmogonías del entorno cultural no anula el carácter mí2co de todas ellas. Los autores de la Biblia, aun cuando desmi2fican los mitos de las otras cosmogonías, lo hacen a la vez usando el relato mí2co como medio literario para señalar la realidad, pero sus relatos no son descripciones o e2ologías históricas de dicha realidad. La interpretación literalista de los primeros capítulos del libro de Génesis, por lo tanto, es una aberración exegé2ca. ¿O no es una aberración entender literalmente que los “hijos de Dios tomaron para sí mujeres al ver que eran hermosas” (Gin. 6:1-2); o que Dios devastara su creación con un diluvio universal (Gin. 7-9)?

Desde un punto de vista é2co, todas las religiones comparten los mismos tópicos y persiguen el mismo fin: el amor hacia los demás, la jus2cia, el bien común, etc. Por ello, por cuanto todas las religiones comparten esos mismos tópicos, no se puede

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cir que una en par2cular tenga el monopolio de la virtud. Es más, el hecho de que to-das las religiones compartan esos mismos tópicos con ese mismo fin, es un indicador de que el ser humano alberga en sí mismo una cualidad universal é2ca, independien-temente de sus creencias. A veces, paradójicamente, ocurre que pierden esa cualidad é2ca precisamente cuando aparece la creencia religiosa, sobre todo suele ocurrir más en las religiones monoteístas al considerar que ellas son, por separado, la única reli-gión verdadera. La historia de las guerras religiosas así parecen confirmarlo. Lo que queremos decir es que para ser é2co no es necesaria una creencia religiosa. El ser hu-mano lo es independientemente de si cree o no cree en alguna fe en par2cular. El mo-vimiento cultural llamado Humanismo, aun cuando surge en un ambiente geográfico e histórico cris2ano, lo trasciende aportando a su medio social una é2ca no necesaria-mente religiosa. Este alcance humanista está presente en el juicio de Mateo 25:31-46, donde lo que dirime la clase de premio o cas2go se fundamenta esencialmente en la é2ca, si dio de comer al hambriento, vis2ó al desnudo, etc.

Creencias e inquisición

Nicolás Copérnico (1473-1543), polaco, clérigo y cienXfico, afirmó que no era el Sol el que giraba alrededor de la Tierra, sino esta alrededor del Sol (aunque no lo publicó en vida por miedo a la Inquisición). No obstante, esta teoría ya la había sugerido Aristar-co de Samos en el siglo III a.C. Pero sería el matemá2Aristar-co italiano Galileo Galilei (1564-1642) quien defendió abiertamente la tesis copernicana del sistema heliocéntrico. En-tonces, la Ciencia, la Filosoma y, sobre todo, la Teología se echaron sobre el italiano co-mo buitres carroñeros y no pararon hasta reducirle al silencio de la reclusión domici-liaria (salvó la vida por los pelos). Hoy los escolares de primaria cuando leen este epi-sodio histórico se llevan las manos a la cabeza (vivimos con muchísima más informa-ción).

¿Por qué la Ciencia, la Filosoma y la Teología del siglo XVI no pudieron aceptar la revo-lucionaria idea de un sistema heliocéntrico? Básicamente por dos mo2vos:

a) La cosmología aceptada desde hacía siglos era deduc2va, se basaba en la simple ob-servación; era el Sol el que se veía mover de Este a Oeste; además contaban con el aval de la enseñanza del sabio Aristóteles, que había afirmado el sistema geocéntrico.

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Hoy la ciencia moderna, que comenzó con una metodología induc2va, de la que sur-gió una manera dis2nta de estudiar el cosmos, confirma inequívocamente el heliocen-trismo de nuestro sistema solar: Copérnico y Galileo tenían razón (incomprensible, ciertamente, en su época). La certeza que se 2ene hoy del sistema heliocéntrico está probada (además de por la leyes de Kepler y de Newton), por la exac2tud con la que envían naves no tripuladas al resto de planetas de nuestro sistema solar para intercep-tarlos y estudiarlos. Los especialistas en astromsica y en astronomía saben perfecta-mente dónde está cada planeta en un momento dado, y saben cuándo y cómo enviar dichas naves no tripuladas para captarlos siguiendo las coordenadas según el sistema heliocéntrico. Es decir, el geocentrismo se basaba en “creencias” y deducciones. Hoy no “creemos” en el sistema heliocéntrico, lo conocemos por la información fiable y falsable que ofrecen las ciencias astronómicas y matemá2cas.

Durante el año 2017 el mundo cris2ano, especialmente el protestante y evangélico, ha celebrado el 5º Centenario de la Reforma. El monje agus2no MarXn Lutero, a la vez que solventaba un problema personal espiritual, “cae en la cuenta” estudiando la carta de Pablo a los Romanos que la venta de indulgencias que prac2caba la Iglesia de Roma era contraria a la doctrina bíblica de la “gracia”. Como el monje no se retracta-ba de la denuncia que había formulado mediante las 95 tesis colgadas públicamente en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wirenberg (Alemania) contra la Iglesia de Ro-ma, esta le excomulgó. Así surge el movimiento religioso llamado Reforma Protestan-te. De este movimiento, con el 2empo, saldrían cientos de denominaciones religiosas cris2anas con sus peculiaridades y doctrinas diversas. Pero cuando vamos al fondo de la cues2ón “caemos en la cuenta” que todo se centra en “creencias”. No existe absolu-tamente nada sustanciado en leyes o principios obje2vos y evaluables. ¡Solamente creencias! Y es que, tratándose de “transcendencias”, no cabe otra cosa que las “cre-encias”. Alguien anotará que eran creencias “bíblicas” contra creencias “no bíblicas”; pero aunque sean “bíblicas”, no dejan de ser “creencias”. Las creencias sobre lo tras-cendente son subje2vas y privadas, y todas válidas en principio.

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Ser-vet y a los cientos de anabap2stas víc2mas de la intolerancia reformada). Quemar a los “herejes” era el deporte favorito de la época. Las familias al completo acudían a las plazas públicas donde se iban a quemar a los “reos”. ¿Y por qué se quemaban a es-tos “reos”? Simplemente por cues2ón de “creencias”. Los “herejes” no eran crimina-les que atentaban contra la integridad msica de las personas, de su hacienda o de su patrimonio, no, simplemente no creían en las doctrinas (“creencias”) de la Iglesia ofi-cial, ya fuera la de Roma o la de la Reforma. ¡Ejecutaban a las personas simplemente por sus “creencias”!

Hoy los “ortodoxos” ya no queman a los “herejes”, las leyes laicas no se lo permiten. La historia es dinámica, los movimientos culturales van y vienen. El movimiento que desarrolló la sensibilidad suficiente para no quemar públicamente a los “herejes” fue el Humanismo que condujo al Renacimiento. El Renacimiento fue un movimiento cul-tural iniciado en el sur de Italia que sacó del ostracismo a los clásicos (los filósofos griegos), a los que el mundo de las “creencias” (cris2anas) había sepultado durante el 2empo que duró la Edad Media, mil años. Fue el antropocentrismo (el valor del hom-bre) humanista lo que hizo caer en la cuenta la barbarie que suponía matar a un ser humano solo por lo que creía o no creía. Pero estos cambios no suceden de un día pa-ra otro, a veces ni siquiepa-ra de un siglo papa-ra otro. En algunos casos –o en todos– los movimientos culturales conviven hasta que el viejo pierde su vigor o desaparece para siempre (¿para siempre?).

En la historia de la filosoma algunos de estos “movimientos culturales” entraron en conflicto sentando cátedra mediante la formulación de “creencias” (escuelas filosófi-cas). La diferencia entre estas “creencias” filosóficas y las “creencias” religiosas es que rara vez por causa de las primeras se mató a nadie. DiscuXan, se contradecían, pero la confrontación quedaba en el suelo de la simple dialéc2ca. Es cierto que a Sócrates le condenaron a muerte por su “filosoma”. Pero en los 2empos del filósofo la religión y los mitos estaban siempre de por medio: le condenaron a muerte porque su “filoso-ma” estaba robando a la gente “la fe en los dioses”. Hoy ese miedo sigue vigente. Cier-ta apología cris2ana Cier-también 2ene miedo de que nuevas “filosomas ateas” roben a los cris2anos la fe en Dios. De este “ateísmo” hablaremos en el capítulo 7.

El tren de la historia

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“creen-cias”. Además, desde un punto de vista social y polí2co, el cris2anismo debería “caer en la cuenta” de que lo que importa para el bien de la Humanidad (al margen de la le-gi2midad de la fe religiosa, cualquiera que esta sea) es lo ÉTICO. Lo é2co encuentra su razón de ser en lo inmanente, lo que 2ene que ver con la vida de las personas aquí y ahora. Sin esta é2ca las “creencias” no 2enen credibilidad, cualquiera que sean sus propuestas o sus promesas para el “más allá”. El “porque tuve hambre, y me disteis de comer...” de Mateo 25:31-46, citado más arriba, es un aforismo profundamente é2-co que sigue vigente.

Desde el siglo XVI, en las sociedades occidentales, y al unísono con el desarrollo de to-das las áreas del saber humano, hemos venido haciendo una catarsis de las creencias. Ya no creemos que el Sol gire alrededor de la Tierra (algunos todavía piensan que sí porque lo dice la Biblia). Ya no creemos que las enfermedades, los rayos, los terremo-tos, etc., sean un cas2go divino (aunque hay quienes todavía lo creen así). Ya no cre-emos que Dios creó el mundo hace seis mil años en seis días de 24 horas (aunque hay quienes lo defienden ateniéndose a la Biblia). La hermenéu2ca, gracias a la luz que ofrece la historia, la antropología social y las ciencias en general, nos permite dis2n-guir en los libros sagrados (la Biblia) los dis2ntos géneros literarios, el propósito peda-gógico de algunos textos, el trasfondo mí2co de otros, etc. Solo tenemos que abrir los ojos y “caer en la cuenta”.

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Inerrancia bíblica

Los crisCanos afirman que “la Biblia es la palabra de Dios”. En mi modesta opinión, la discusión sobre si debe usarse, en esa aserción, el verbo “ser” o el verbo “contener” (“la Biblia conCene la palabra de Dios”) no Cene mucho senCdo. En primer lugar, por-que fue originalmente una discusión por-que se inició en otros lares y a parCr de presu-puestos parCculares que dependían de otras discusiones teológicas; y en segundo lu-gar, porque la disCnción misma resulta insostenible si se toma en cuenta el tesCmonio bíblico mismo. “Biblia y Filosoda”

Plutarco Bonilla A.

La literatura evangélica en general está asentada sobre el concepto de la “inerrancia” bíblica. Los defensores de este concepto afirman que esta “inerrancia” es una conse-cuencia de la “inspiración” divina de la que fueron objeto las personas que escribie-ron los libros sagrados. Esta “inspiración” e “inerrancia” da como resultado la conoci-da “infalibiliconoci-dad” de la Biblia. Es decir, que caconoci-da palabra, caconoci-da frase, caconoci-da conoci-dato históri-co de la Biblia ha pasado por la mente, la voluntad y la supervisión de Dios mismo, que lo ha “inspirado”[6]. Obviamente, creer que esto es así, entra en el ámbito privado

de las creencias religiosas. Incluso los argumentos con los cuales se quiere defender dicha “inerrancia”, “inspiración” e “infalibilidad” no dejan de ser eso: afirmaciones desde la fe dogmá2ca.

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Qué duda cabe que los libros que forman la Biblia 2enen una gran riqueza cultural por su diversidad de géneros literarios: narra2vo, legendario, épico, mí2co…, y por la información antropológica que ofrecen sus relatos. Esto no elude el valor religioso que la Biblia 2ene para la comunidad que la recibe como “revelación”. Sin embargo, – precisamente por esta rica variedad literaria– su lectura e interpretación requiere de una hermenéu2ca interdisciplinar que tenga en cuenta la cultura, las ins2tuciones so-ciales, polí2cas y religiosas, de la época de sus autores.

Especialmente desde el siglo XVIII los eruditos “cayeron en la cuenta” de esta realidad y fueron incorporando disciplinas como la lingüís2ca, la antropología social... para rea-lizar una exégesis más coherente con la realidad histórica de la Escritura. No obstante esta lógica, cierto sector del cris2anismo (fundamentalista) sigue empeñado en leer e interpretar los textos bíblicos de manera literal, al margen de los presupuestos más elementales de la hermenéu2ca. Sin duda habrá muchos textos que habrá que leerlos e interpretarlos literalmente, pero de otros habrá que tener mucho cuidado.

Pues bien, fundamentado en esa supuesta “inerrancia”, “inspiración” e “infalibilidad” de la Biblia, en marzo de 2013, Emilio Monjo Bellido[7] firmaba un arXculo en

Protes-tante Digital con el Xtulo “Fe y cosmología” en el que asegura que todo lo escrito en los libros de la Biblia “además de ser palabra de salvación, es información” [8].

Infor-mación cienXfica, se en2ende. La tesis del Dr Monjo es que el Sol gira alrededor de la Tierra. En la defensa de este geocentrismo no está solo, le acompañan dos matemá2-cos, Juan Carlos Goros2zaga y Milenko Bernadic, autores del libro “Sin embargo no se mueve”[9]. Posteriormente, otro autor, Will Graham, publicaba en el mismo medio un

arXculo, como corolario de lo anterior, 2tulado “Por qué creo en la inerrancia bíbli-ca”[10]. Aunque este úl2mo habla de cosas dis2ntas, existe un común denominador

en-tre ellos: la “inerrancia” de la Biblia.

[7] Emilio Monjo Bellido es director del Centro de Inves2gación y Memoria del Protestan2s-mo Español (CIMPE), y de la Colección Historia de la Editorial MAD. En cuanto al campo de formación y académico es Doctor en Filosoma por la Universidad de Sevilla, y autor de va-rias obras.

(Fuente:hrp://protestantedigital.com/l/autores/7/Emilio_Monjo). [8]hrp://protestantedigital.com/magacin/13369/Fe_Y_Cosmología

[9]hrp://protestantedigital.com/sociedad/28862/El_Universo_gira_sobre_la_Tierra_cien2 ficos_catolicos_contra_Galileo.

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Aquí no pretendemos refutar exhaus2vamente los arXculos y el libro citados, pero sí exponer algunas observaciones que 2enen que ver con la “inerrancia” de la exposi-ción de Graham, con el “geocentrismo” de Monjo y con el libro “Sin embargo no se mueve” de los autores citados. Dejamos cinco pinceladas sobre el tema de fondo: a) La cosmología; b) El canon del Nuevo Testamento; c) La “inspiración” de la Escritura; d) La Crí2ca Textual; y e) El Jesús de los Evangelios y algunas imágenes de Dios “bíbli-cas”. Lo que puede dar de sí un esbozo de esta naturaleza.

A) Sobre la cosmología

Ciertamente, la cosmovisión y el lenguaje de la Biblia es geocéntrico (por eso el Dr Monjo se siente seguro citando la Biblia para afirmar que el Sol gira alrededor de la Tierra). Basta leer Josué 10:12-13 para cerciorarnos de que es así. Esta es la percep-ción que tenían –y tenemos– los terrícolas respecto al Sol y la Tierra. Por la mañana vemos que el sol sale por el oriente y al final de la tarde se oculta por el occidente; conclusión: el Sol gira alrededor de nuestro planeta, que, además, es sen2do inmóvil (cuando vamos leyendo en el AVE tampoco percibimos que vayamos a casi 300 km/h o los 900 km/h de un avión comercial).

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El cálculo de las coordenadas que requieren las expediciones aeroespaciales de naves no tripuladas para el acercamiento y el estudio de los planetas del sistema so-lar se basan en los principios del sistema heliocéntrico, cálculos que serían muy dife-rentes en el caso de que la Tierra estuviera quieta en el centro del sistema solar y fue-ran los otros planetas –junto con el Sol– los que girafue-ran alrededor de ella. Dudar del sistema heliocéntrico a estas alturas es el disparate más grande que se puede esperar de personas medianamente cultas. Lo cual significa que el adoctrinamiento y el fana-2smo religioso no encuentran límites. Negar hoy el sistema heliocéntrico solo es posi-ble bien por causa de una profunda ignorancia, o bien por causa del fana2smo religio-so; sobre todo cuando dicha negación procede de personas intelectualmente cultas, a veces incluso muy cultas, como ocurre con los autores de “Sin embargo no se mueve”.

Un pequeño dato escolar

Tanto si es el Sol el que gira alrededor de la Tierra como si es esta la que gira alrede-dor del Sol, la elíp2ca que 2enen que recorrer mide unos 930 millones de km, por cuanto el radio medio de dicha elíp2ca es el mismo, 150 millones de km, la distancia que separa la Tierra del Sol (se obvia que es una elíp2ca teórica teniendo como focos el centro del Sol o de la Tierra respec2vamente). Estos datos son aproximaciones pe-ro válidos para el obje2vo que persigue.

Según el sistema heliocéntrico, la Tierra recorre durante un año los 930 millones de km que 2ene la elíp2ca. Esto significa que la Tierra se desplaza a 107.000 km/h para cubrir dicho espacio además de rotar sobre su propio eje, cuya rotación produce el día y la noche.

Según el sistema geocéntrico, primero, la Tierra está está2ca, no gira sobre su eje (se-gún defienden los geocentristas), por ello la noche y el día resulta de la vuelta que da el Sol alrededor de la Tierra cada 24 horas. Esto significa que para cubrir la distancia de dicha elíp2ca (930 millones de km) el Sol debe desplazarse a una velocidad de 38.750.000 km/h (¡casi 39 millones de km/h!). Si la velocidad de la Tierra girando alre-dedor del Sol ya nos produce vér2go, ¿qué diremos de la velocidad del Sol girando al-rededor de la Tierra?

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B) Sobre la historia del canon del Nuevo Testamento

En el arXculo sobre la “inerrancia” de la Biblia, Will Graham comienza con el aserto de que “Dios es veraz”. ¡Obviamente! Es lo que se espera que sea Dios aunque la Biblia no lo dijera. Pero respecto a que la Biblia tes2fica sobre sí misma que es “inerrante” me parece caer en el viejo y Xpico sofisma de todas la religiones del Libro: “La Escritu-ra es inspiEscritu-rada por Dios porque lo dice la EscrituEscritu-ra”; que es lo mismo que decir que el Papa es “infalible” porque lo dice el dogma de la infalibilidad que promulgó un Papa. Por ello, no podía faltar en este punto citar 2Timoteo 3:16 (“toda la Escritura es inspi-rada por Dios...”)[11] además de cualquier declaración de algún otro escritor

neotesta-mentario sobre la “inspiración” de la Escritura (hebrea).

Ahora bien, ¿a qué Escritura se refería el autor de 2Timoteo 3:16? Obviamente, se re-fería a la Escritura hebrea y desde el concepto sagrado que fue adquiriendo con el 2empo dependiendo de qué división de la Escritura se tratara, no era igual la Torá, que los Profetas o los (otros) Escritos. El autor de 2Timoteo 3:16 no podía referirse a los escritos del Nuevo Testamento (NT) porque esta parte de la Biblia cris2ana aún no estaba formada ni reconocida como tal.

A este respecto, hay que decir lo que sigue:

i) Hasta mediado del siglo II d.C. no tenemos un núcleo de lo que sería después el NT, que consisXa en solo 20 libros: 4 Evangelios, 13 cartas de Pablo, Hechos, 1ª de Pedro y 1ª de Juan.

ii) Entre mediados del siglo II hasta el siglo V, cuando el canon del NT se cierra, hubo cuatro listas pre-canónicas atribuidas a Clemente de Alejandría (150-215), a Orígenes (185-254), a Hipólito de Roma (+235), y a Eusebio de Cesarea (+340).

iii) Clemente omiXa SanCago, 3ª de Juan y 2ª de Pedro. Orígenes reconocía la Didajé, el Pastor de Hermas y la Carta de Bernabé. Eusebio reconocía (y era una aceptación generalizada) una lista de libros “discu2dos”, es decir, puestos en duda: SanCago, Ju-das, 2ª de Pedro, 1ª, 2ª y 3ª de Juan y Apocalipsis. Eusebio, además, reconocía que

Hechos de Pablo, El Pastor de Hermas, Apocalipsis de Pedro, la Carta de Bernabé y la

Didajé, eran leídas públicamente en las iglesias apostólicas.

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