¿A qué llamamos Dios?
1. UNA INTRODUCCIÓN NECESARIA
Las ins2tuciones, tanto polí2cas como religiosas, guardan una coherencia con las cos- mogonías que las sustentan. La cosmogonía aporta el orden, el estatus y el honor de- bidos a los colec2vos o a los individuos en el ámbito polí2co, social, familiar y religio- so de un pueblo. Este orden cósmico jerárquico viene representado simbólicamente
de manera piramidal, en cuyo vér2ce está situado Dios y en la base el estatus más ba- jo: los esclavos. La ilustración de la pirámide social egipcia que mostramos más abajo es paradigmá2ca de todas las cosmogonías.
DIOS
Orden polí-co
Ningún orden social se en2ende al margen de su respec2va cosmogonía. Las diferen- cias y las similitudes entre las civilizaciones 2enen su origen en sus diferentes cosmo- gonías. Una similitud cosmogónica en cualquier civilización es la jerarquía que origi- na, tanto en el cielo como en la 2erra.[24] La jerarquía social terrestre es una evoca-
ción de la jerarquía celeste, que sirve como modelo. Por ello, en el ámbito terrícola, el vér2ce de la pirámide imaginaria de esta jerarquía está siempre ocupado por el rey, el emperador... que es elegido por el dios, que en algunas cosmogonías adquirían in- cluso el Xtulo de “hijo de dios” (cuando no se asemejaban a los dioses mismos). Esta simbiosis entre el dios y su ungido (elección divina) es común a todo el an2guo Orien- te. En Mesopotamia an2gua, aun en el caso del hijo que sucede a su padre, que era la ley ordinaria, y en todas las épocas, el rey es considerado elegido por el dios. Desde Gudea, que es el “pastor notado por Ninguirsu en su corazón”, hasta Nabonido, al que “Sin y Nergal determinaron para que reinase, cuando todavía estaba en el seno de su
[24] En la cosmogonía bíblica esta jerarquía comienza en el cielo, encabezado por Dios y los Ángeles (Job 1-2; Daniel 10:13, 12:1; Judas 9; Apoc. 12:7). En la esfera terrenal le sigue siempre el rey o los gobernan- tes polí2cos (1 Sam. 24:10; 2 Sam.12:7; Sal. 2:2; Rom. 13:1; etc.).
madre”, y hasta Ciro, del que una composición babilónica dice que Marduk designó su nombre para la realeza sobre el universo.[25] De este Ciro, en relación con el Dios de
Israel, leemos en el deuteroisaías: “El que llama a Ciro: Pastor mío… Así dice el Señor de su ungido, de Ciro, a quien llevo de la mano”. (Isaías 44:28; 45:1 BTI). Esta idea de elección divina se lleva al extremo en Egipto, donde a cada faraón se le considera hijo de Ra, el dios solar. En los reinos arameos de Siria, Zakir, rey de Hamat y de La'as, di- ce: “Baal Samain me ha llamado y ha estado conmigo, y Baal Samain me ha hecho rei- nar”. Este Zakir era un usurpador, pero Bar-Rekub, rey de Senyirli, es sucesor legí2mo y dice: “Mi señor Rekub-el me ha hecho sentar en el trono de mi padre”. [26]
En la monarquía israelita el rey era “el ungido de Dios” (2Samuel 12:7). En general, los gobernantes, los magistrados, etc., se consideraban puestos por Dios mismo y ocupa- ban el lugar jerárquico inmediato después de Dios y sus Ángeles. Esta idea de que el rey y los gobernantes son puestos por Dios mismo ha perdurado hasta entrada la Edad moderna, cuando en Europa empezaron a erradicarse las monarquías, pero per- siste en el mundo cris2ano fundamentalista, que sigue orando por los gobernantes de acuerdo a Romanos 13:1 y 1 Timoteo 2:2 como “puestos por Dios”. En los sistemas po- lí2cos modernos, donde rigen las democracias, quienes gobiernan son elegidos por el pueblo, no por Dios. El centro de gravedad de este orden polí2co social se derivaba de la jerarquía cosmogónica representada por la pirámide imaginaria antes citada. En el Nuevo Testamento, con la figura del Cristo ya presente, el rango jerárquico adquie- re este orden: Dios-Cristo-Varón-Mujer-(esclavo), que sirve para la “teologización” del estatus de la mujer. (1Cor. 11:3).
Orden social y familiar
En el orden social (códigos domés2cos), el estatus del varón libre primaba en calidad de esposo, padre y amo; el estatus de la esposa superaba solo al de los hijos y los es- clavos, independientemente del sexo de estos.
Estos códigos domés2cos que hallamos en el NT ya los consideraba Aristóteles en La PolíCca como los elementos básicos de la casa:
“Una vez que hemos puesto de manifiesto de qué partes consta la ciudad, tenemos que hablar en primer lugar, de la administración domés2ca (oikonomia), ya que toda ciudad se compone de casas. Las partes de la administración domés2ca corresponden
[25] R. de Vaux, Ins2tuciones del An2guo Testamento. [26] Ibídem
a aquellas de que consta a su vez la casa, y la casa perfecta consta de esclavos y li- bres. Ahora bien, como todo se debe examinar por lo pronto en sus menores ele- mentos, y las partes primeras y mínimas de la casa son el esclavo y el amo, el marido y la mujer, el padre y los hijos, habrá que considerar respecto de estas tres relaciones qué es y cómo debe ser cada una, a saber: la servil (despoCké), la conyugal (gamiké) (pues la unión del hombre y la mujer carece de nombre) y la procreadora (teknopoieC- ke), que tampoco 2ene nombre adecuado” (I, 1253 b 6-8) [27]
En el Nuevo Testamento encontramos estos códigos domés2cos (sumisión de la mu- jer, la esclavitud...) sobre los cuales se exhorta a cumplir fielmente como una expre- sión de obediencia a Dios mismo, lo que significa que no solo se aceptan dichos códi- gos domés2cos, sino que se “teologizan”, se les otorgan un carácter sagrado.