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TEOLOGIZACIÓN DE LA TUTELA DE LA MUJER

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¿A qué llamamos Dios?

4. TEOLOGIZACIÓN DE LA TUTELA DE LA MUJER

Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino es- tar en silencio” (1 Tim. 2:12)

Tal como hicieron con el convencionalismo del velo y la ins2tución de la esclavitud, así hacen con el estatus de la mujer en la sociedad patriarcal donde viven: la “teologi- zan”.

Como…”, “Porque…”, son las expresiones Xpicas que autores usan para “teologizar” la proposición relacionada con el estatus de la mujer en la época del Nuevo Testa- mento.

La sumisión de la mujer al varón era una ins2tución polí2ca milenaria del orden social patriarcal en el judaísmo y en el mundo greco romano. Esta milenaria ins2tución ha

estado encuadrada en el orden cosmogónico patriarcal de Oriente Medio y de toda la cuenca del Mediterráneo hasta prác2camente la Edad Moderna. En la an2güedad (también en el Israel bíblico) la mujer pasaba de la tutela del padre a la tutela del ma- rido. De hecho, la mujer pasaba del padre al marido mediante un contrato de compra venta (Ver Génesis 29).

Basado en este orden piramidal cosmogónico patriarcal, el varón libre (marido, padre y amo), ocupaba la cúspide de dicho orden (por encima de él se hallaba el ungido del dios: el rey (y el sacerdote). Al varón le seguía en rango la mujer libre en calidad de es- posa y madre. Por eso el marido era “la gloria de Dios” y la esposa era “la gloria del marido” y en este orden (ver 1Cor. 11:7). Le seguían en un rango inferior los hijos y las hijas (y las concubinas cuando las había). Al úl2mo rango pertenecían los que no tenían ningún estatus (honor): los esclavos y las esclavas. Esta era la cosmovisión que se tenía del mundo y su ordenación según los rangos del estatus y el honor en la épo- ca de los escritores bíblicos.

Los líderes cris2anos, especialmente de la segunda y tercera generación, para ganarse un estatus como organización religiosa en el mundo greco romano (como lo había ga- nado, mucho antes, la sinagoga judía), aceptaron y “teologizaron” los códigos domés- 2cos mundanos de la época.

Como Sara… Como la iglesia (1Ped. 3:1-7; Efesios 5:24)

(Textos afines: Efesios 5:21-6:9; Colosenses 3:18-4:1;1Timoteo 2:11-14).

La iglesia de 1Pedro está pasando por una crisis de iden2dad (finales del siglo prime- ro)[30], y está siendo objeto de censura por parte de “los de afuera” (3:1,16; 4:4,14). Si

bien Pablo ofrecía apoyo moral a los cris2anos cuyas parejas les estaban abandonan- do por causa de su fe (1Cor. 7:15-16), Pedro quiere más bien que las mujeres no solo eviten dicho abandono, sino que ganen a sus maridos incrédulos para la fe mediante el silencio tes2ficante y una conducta irreprochable: que sus maridos no tengan ningu- na ocasión de reproche contra ellas.

Para ello, el autor de 1Pedro recurre a la “teologización”: “Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza” (1Pedro 3:3,6). El autor de 1Pedro ve una corres-

[30] Una crisis acentuada por la frustración de que la “parusia” (2ª venida de Cristo) no acababa de reali- zarse, y muchos estaban abandonando la iglesia (2Ped. 3).

pondencia entre el estatus de la mujer de su época y el estatus de la mujer de la épo- ca veterotestamentaria. Nada había cambiado en cuanto a este estatus femenino. Teo- logizar este estatus era normal, coherente y necesario desde el punto de vista misio- nal y por causa de la situación que atravesaba la iglesia.

Como la Iglesia…” (Efesios 5:24)

En la época de la carta a los Efesios la iglesia está en el proceso de ins2tucionaliza- ción. Está dejando atrás la censura de “los de afuera” por causa del protagonismo que habían ejercido las mujeres del primer movimiento de Jesús, que era contracultural y ofendía a las gentes. Por ello, la exhortación hacia las mujeres es muy fuerte: se les insta a aceptar el estatus que su estado requiere y que impera en la sociedad: la sumi- sión al marido. El autor no ve otra figura mejor que se adapte a la sumisión de la mu- jer al marido que aquella que vincula la Iglesia con Cristo, la cual (la Iglesia) es su cuer- po y él (Cristo) su cabeza. La analogía entre el estatus de la mujer en el orden social patriarcal de la época y el vínculo entre la Iglesia y Cristo era perfecta. Teologizar este estatus de sumisión y tutela de la mujer al varón no requería pensar mucho ni rebus- car figuras complejas:

Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (Efesios 5:24).

¡Pero el orden social del mundo occidental ha cambiado y con él el estatus de la mu- jer!

Porque Adán…” (1 Tim. 2:13)

Una caracterís2ca de la sociedad de la época del Nuevo Testamento (que persis2ó en el 2empo) era dis2nguir y valorar a las personas de forma heterogénea y heterónoma (dependiente): el libre, el esclavo, el artesano, la mujer… Las primeras comunidades cris2anas (primeros escritos de Pablo), sin embargo, inauguraron una singular fraterni- dad basada en la igualdad, lo cual desconcertaba bastante a “los de afuera”. La decla- ración de Pablo: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mu- jer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28) es una magnifica ex- presión del entusiasmo del rito de iniciación que pronos2caba un nuevo orden social. Pero esta expresión entusiasta del Apóstol hacía frente al dicho griego atribuido a Pla- tón: “Porque he nacido ser humano y no bes2a, hombre y no mujer, griego y no bár- baro”.

Obviamente, el prís2no enfoque cris2ano de la vida chocaba frontalmente con los va- lores dominantes de la época y rompía los consensos sociales. La ruptura de los con- sensos sociales siempre origina mucha desconfianza entre las gentes. Esto es un fenó- meno social universal. Los cris2anos, al principio, por eso mismo, estaban bajo sospe- chas. El hecho de que los autores de las Pastorales insistan tanto en el estatus de la mujer según los códigos domés2cos de la época (sumisión al hombre) es un indicador de que dicho estatus había sido anteriormente “subver2do”. Es decir, la imposición del silencio a la mujer en el entorno cúl2co y la prohibición de que esta enseñe a los varones (1 Timoteo 2:11-12), implica que la mujer ha estado hablando (profe2zando) y enseñando antes libremente (1Cor.11:5). Pero esas prác2cas innovadoras resquebra- jaban el consenso social que imponían los códigos domés2cos. De ahí, las fuertes exhortaciones para adaptarse al estatus establecido según el orden social patriarcal. Y como en otros casos, este orden se “teologiza”. ¿Cómo teologiza el autor el estatus de la mujer? En este caso recurriendo a un midrash judío del Génesis:

Proposición: “Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hom- bre, sino estar en silencio”

Explicación teológica: “Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión” (1Timo- teo 2:13-14). Añadir que, de los dos relatos de la creación de Adán y Eva en Génesis, el autor usa el segundo, Gén. 2:18-23. El primero, Gén. 1:27, no le hubiera valido. In- sis2mos una vez más: Gn 2 no es un desarrollo de Gn 1. Ambos relatos corresponden a tradiciones independientes en el 2empo y el espacio.

Para entender cualquier realidad presente debemos mirar al retrovisor de la cosmogo- nía de la que derivamos, que es el referente que da sen2do a nuestra civilización, a nuestras creencias y al orden social y polí2co establecido. Piense el lector en el cam- bio de paradigma que supuso la Revolución francesa, cuando al rey se le despojó de su patronazgo divino: ¡era una persona común como las demás!

Los autores bíblicos en general, y los del Nuevo Testamento en par2cular, dependie- ron de su personal cosmovisión para entenderse y emi2r su visión del mundo tanto desde un punto de vista cosmológico como polí2co, social y religioso.

Soteriológicamente, los escritores de la Biblia, como sus coetáneos, creían en un cielo allá arriba, donde estaba Dios (y adonde fue el Cristo resucitado), y creían en un infra- mundo, abajo (el infierno), lugar gobernado por el príncipe de las 2nieblas. Y creían

que la historia de los hombres estaba abocada a dirimir su realidad frente a esos dos con2ngentes: el cielo y el infierno.

PolíCcamente, asumieron el orden cosmogónico piramidal donde la jerarquía terrenal seguía el modelo celes2al como voluntad divina (Rom. 13:1). A pesar de que Jesús de Nazaret puso en duda este modelo cósmico (“... los que son tenidos por gobernan- tes... Pero no será así entre vosotros...” - Mar. 10:42-44), los líderes cris2anos lo acep- taron.

Socialmente, a pesar de que Jesús de Nazaret también cues2onó el modelo social y familiar (¿quién es mi madre y mis hermanos?), y no hizo diferencia entre hombre y mujer, los líderes cris2anos de la segunda generación en par2cular, para abrirse un es- pacio ins2tucional en la sociedad greco romana, no solo aceptaron el orden social vi- gente (el orden cosmogónico tradicional y los códigos domés2cos), sino que lo “teolo- gizaron”; es decir, lo fundamentaron sobre paradigmas religiosos de la Escritura a la que se remiXan. Así legi2maron la esclavitud, la tutela de la mujer e incluso el uso del velo.

La pregunta per2nente es: ¿Tenemos que seguir manteniendo aquella an2gua y obso- leta cosmovisión del mundo y de la realidad?

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