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por
Leonidas
Moral
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La
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(Los
pasos perdidos, de Alejo
Carpentier
y
El Sefior
Presiden-te, de
Miguel Angel Asturias), habría (lue agregar
La hojaras.
ca,
prim
e
ra
novela del
escritor colombiano
Gabriel García
Márquez
(n.
1928), publicada
en
1955
(2).
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Márquez
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comienzo
de
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novela.
Se
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ci
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de
Antigona,
de Sófocles,
que
corresponde
(l) {to
1nidas Morales. "La vortüdne: un viaje al pafs ele los muertos". En Anales de ln
lsn8 · v15e9rsldad v. particularmend~ Chile. Año te, ppCXXIII. 169-170. . N~ 134, abril-junio ele 1965. pp. 148-170. Cf. pp.
(2) La ho_larasca. (Novela). Bo,::otá-Colombia, Ediciones - S.L.B .. 1955. 137 p.
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Hemos consultado varias ediciones de las Tra¡¡cdlas de Sófocles.Para
lascitas
quesi,rucn, nos atenemos a la traducción de J. Alcmany Bolufcr (Sófocles. Tragedias. Prólogo de Félix F. Corso. Madrid-Buenos Aires. Librería Perlado Editores, 19~). cuva lectura cori~cspondc. casi cabalmente, .il tc;,i;to del epígrafe elegido por García Már-quez. Las demás traducciones dific:en en mayor o menor grado en m.Hlces de
inter-pretación del orhi:inal strici::o. •
(4) Luis Harss. "Gabriel Garclo Márqucz o la cuerda floja". En Los nuestros. Buenos Aires.Editorial Sudamericana. 1966. Vid. p. 396. ·
(5) Sobre este tema, véase la impresionante inveslii?ación realizada por Mons. Germán Gu1.mán Cnmpo~. Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna: La violencia en Co• lomhln. Es1t.1dio de un Proceso Socinl. Bof!otá. Colomhia, Ediciones Tercer
Mun-do, Tomo I, Segunda edición, 1962. 430 p.; Tomo II, 460 p.
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etc.
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y
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literaria
(7)
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(6) Véase, al final de este trab.iio, la bibliog1·nfia que hemos nrcp.1rado.
(7) Gilbert Highet ha estudiado delnlladnmenlc la influencia clásica en las lilcrnturns de
la Europa occidental v de los Estndos Unidos, en su mcmor.ible investigación titulada
LaA. tradición clásica (1949). Tra<lucciún cspaiíola tic Antonio Alatorrc. México-Buenos
134
•re~. Fondo de Cultura Económica, 1954. (Lcn¡::un y Estudios Lllcrnrlos). 2 vols. Los .,capitu_los XXII y XXIII de esta obra -"Los poetas simbolistas v James Jovcc" y 1
!---"
.rcmterpretoción de los mitos' ' - son particularmente iluminadores de la ·preva--~ncra dcdd1\'ersos elcmcnto5 de la tradición clásicn en In Jitcrnturn contemporánea, en
e caso e autores "que cucntnn y reinterprelnn los mitos gricaos en forma
drá-1as o _relatos. dán<;toles n vece~ un nml1icnte_ moderno. pero casi siempre conscrmndo
e a_nti~o escenario v los antiguos persona1cs" (t. II, p. 338). En este punto, la
in-v~stigac1ón de Hi!!het nartc ele ¡,, cnnsicleraciCn ele situocioncs reconocibles en las
o
/n
como cl.ibor~c(oncs de esos mitos. Nos parece ,·e,· una dirección distintn delgidn ,.ema en la pnsic16n ac!rmtada por T. S. F.hot .il conc-<'br ~ Cockt11II P~rtv, Convcn, • 0 de oue uno de los d<'fcclos m:worcs de Reunión de famtlla era "la f;ilta de con-f,\;r~ e¡;1r
1c la historia l!riel!a v la situación morlern;i", e inclinado toclavla - al esc ri-"to ne, ta .1 Pnrtv- a huscnr su tema en un dr?mafur!!o !!ricl!o. señal,i que decidió
quem~rd~ simnl_emcnte como punto de pc1-tid.1" v disimular s11s nr~,,.enes de tal manera m
ª
~e Pt1r!rern i<lcntificarlns micntrns no los dcscuhriese él mismo: "En esto. al ciónlns. e temdn éxitn. Pu.-,s ne1dic. n11c vo .sen'\ - v ninrrr',n crítico teatral-rccono-en
i~
~;icntcs de !11i ~istoria en el Akl'stes de Eurfr,ides. Tuve. ,-n rfrc,n. n11c <'ntrnrtr;,,m I"! ~ ;:i<"l:i~ cxr,hcar.1t•mcs t>:it·;, rnnvcnrer n oui~nc~ c~t:1hnn f:trniliari7.ados con to
mir-n~oc ~ cs(:t _oh-a <le '" n,_,tr,nticicl:id rl•.~ su insnir;ici~n. Y ao11cllos Que en un co-cido
·
ant:
;~n!Jeron cnr:,fnnd1dns nnte la exc,-<ntric;i concl11ct;i ele mi hu~snedCORRESPONDENCIAS
ENTRE
LOS
MOTIVOS
FUNDAMENTALES DE "LA
HOJARAS
CA
"
Y
LAS
TRAGEDIAS DE SOFOCLES
1. Formul
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oído
la
crueldad
de
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os dioses que si las
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l
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sino sepultadme
y
celebra mis funerales;
que
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gloria
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cuando
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vida.
Monologa
el coronel:
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Es lo único
que
necesito
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que no
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los
gallinazos".
En e
l
mismo
compromiso
que me hacía con
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raer,
en la
manera de
proponerlo, en el ritmo de sus
pisadas
sob
r
e
l
as
baldosas
del
cuarto, se advertía que este hombre
había
em-pezado a
morir
desde
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aza-da
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completo.
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abría b
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el úl
-timo r
esco
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do
de vid
a
que quedaba
en
sus
duros
ojos
ama-allZÜn consuelo después que hube llnmado su atrnción hacia el comportamiento de Hcracles en la obra de Eurípides". (Poesln y drama. Traducción de Jo;gc Zalam~a.
Buenos Aires. Emecé Editores, S.A., 1952. p. 46 v 4S). En el Prefacio a su traducción
de CocktaJI Parly, Miguel Alfredo Olivera puntualiza la relación entre la obra griega Y
la de Eliot. Cf. Cocktail Parry. Buenos Aires. Emecé Editores. S.A., 1950 p.11.
En un plano semejante al indicado por Eliot se nos aparece el propósito narrativo
de Gabriel Garcla Márqucz en La holorasca.
(8) Sófocles. Edlpo en Colono. Edit. cit.. po. l65•166.
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Senci-llamente
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cabeza de todo el mund
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a la vida.
Y
él
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nriente, por
pr
im
e
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vez apaciguados
su duros,
ojos amarillos:
-Todo eso es cierto, coronel.
Pero
no olvide
que un
muer-to no habría podido eotcrrarme.
(9)
2. La
condenación.
1
La
condenación d
~
oJ
j;üees
se decreta a su
muerte,
cuan-do
éste cae
luchando
~
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j1'r
a s_;1
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1?U1a
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Eteocles,
defensor de
Tebas,
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que a tac~
c
v
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_j
é921t_(}
~
g-:ivo
comandado
por
aqué
l.
Creonte,
promovido a
[
Cin
éfcl
o d
~
---e
bas,
determina
que
Eteo-cles, héroe de
l
a ciudad, se
l
inhumado
gloriosamente.
Polini-ces,
que ha
invadido h1.
\
tie
-r
a
natal, no tendrá
sepultura en
ella. Su cuerpo,
arro_iacl
O"
fuera de las murallas, servirá
de
ali-mento a perros
y
aves de rapma.
D
ice Antigona a
Ismena:
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B
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t
l:li
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J
~tre
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e,
de
nuestros dos
her-manos
1
<
§t':')i~0<i,u.llt@in6~}
(§
<il@ U¡!~
@Í!:
nebres y se
deje
al otro
insepulto?
A
Eteocles, según
dicen,
en cumplime
i
nto
de la ley
divina
y
humana,
sepultó en tierra
para
que obtenga
t
odos
lo
s
honores,
allá bajo, ent
r
e
los
muertos.
Y
respecto
de
ca-dáver
de Polinic
es,
que miserablemente ha muerto, etc
.
(Cf.
Supra,
la cita recogida como
epígrafe en
La
hojarasca)
.
(9) ~ l!oJarasca. Edil. cit._ p. 131. En Mlenlms agonizo, de William Faulkncr, el cum-plumcnto de una promesa conslituyc también el núcleo de ta siLuación dcscncadc-danAte. Las peripecias del fúnebre viaje hacia Jefferson tienen su origen en la decisión
e nse ~e cumplir la promesa hecha a su esposa: "Estaría impaciente por llegar al cementerio ese de los su:vos, el de Jeffcrson, donde tantos de su mism_a san¡¡rc la esperan. L':' prometí que yo y los chicos la llevaríamos all:i todo lo aprisa que las :;nul~ ca_minen,. de fo:ma y m::inera que puc~lá d~scansar tranquila" (Mientras
agonl-j:,°·
;idrid, Agudar, 1957. p. 36). Aunque la s1tuac1én que se dcsarroll:l en la novela de A~~Jkner es des<?lada v dram:'itica, no tiene la Lcrr-ibiliclad ele la tragedia, en la que ROna es lapidada por cumplir el compromiso contraído con Polinices; en La ho-Jaras1ca, la acti_tud del coronel lend~á consccuencia5 imprevisibles. Recuérdese que la
~ove a concluye en el momento en que el cadáver del médico va a ser conducido al u~m?iteí'o ?ºr aquél, desafiando la voluntad del pueblo. Se trata, por lo tanto, de
los hm¡;t.1 a ierto, Que apunta a la violencia de una 1·eacci6n más que probable de
este a I an!es_ contra el coronel v sus escasos acompañantes. No es la única vez que
tudia~r~f"cl1m 1ento aparece en la obra de García Márqucz. Luis Hcrss lo describe al
es-de una . cuento La siesta del martes, cuando anota que el relato vive en la sugerencia 0 mi ·t·d I o esta nna~er_1mp!fcito" 1 de algo que (Los no nuestrosha sucedido todavía" ... de algún , p. 404). modo lo que fue
Y Antígona continúa:
Ya s
abe
s lo
que h
a
y,
y
pronto podr
ás
demostrar si eres
de
sa
ngr
e
noble o
una cob
arde
que d
esd
ice de la
nobleza
de
sus
p
a
<lres.
·
Ismcn
a.
-
¿
Y qué? ¡Oh d
es
dich
a
da!,
s
i
la
s cosas están así
,
¿podré
rem
e
di
ar
yo.
t
an
to
s
i
desobedezco
como
s
i ac
ato
a
esas órdenes?
Antíg
ona.-
Si me aco
m
pañ
a
rás
y me
ayudarás
,
es
l
o
que
has
d
e
pens
a
r.
·
I
sm
e
na
. -
¿E
n qué
empresa? ¿
Qué
es
lo
que piensas?
Antí
go
na.
-
Si
vendrás
conmigo
a
levantar
el
cadáver.
Ismena.-
¿Piensas sepultarlo,
a pesar
de
haberlo prohibido a
t
oda
la
ciuclad?
Antí
go
na.- A mi herm
an
o,
(y no al
tuyo,
si
tú
no
qui
e
res; pues
nunc
a
di
rán
d
mí
l
o
he
abando
nad
o.
I
smena.
-
¡Oh
~
dic
l,ac
;
;,l
-
¡¿
Habi
en
dolo prohibido Creonte?
Antígona.-
Ningún
dereéf
o
t
i
ene
a privarme
d
e
lo
s
míos. (10)
"A
fin d
e
cornprende
~
la
A
bnegación
de
An
tí
gona -dice
Paul
de Saint
-
Víct
or
-
,
convie
~
tene
r
en
cu
e
n
ta
las
ideas
que
se
abrigan
en
la
ntigü
e
d
ª-
d respect
a
1
,e
sep
ultura.
Esta
e
ra,
e
ntonces,
el
v
e
rd'
adév
o
f
ln
e
tt
e'íl.
h
e
,
{
.e
&
ndo
es trecho e
inmu
ta
ble de
.
s
u
p
•
enir.
L
a
sruva
ci
'
n
,
~
e
l
senti
do
relig
ioso
de
la
palabra, depencfia
de a
ob
se
:?v
anc1
l
de sus
rito
s
. - Ser
enterrado
o n
o
serlo era el problema
de l
a
vida
futura"
(
11 ).La
privación de la
s
epultur
a
equivalía, pu
es
, a una
c
on
dena-ción,
y
no
se
i
m
p
onía s
i
no
a
los
c
riminales más odiosos,
a
los
tra
id
ores a
Ja
p
atri
a
y
a
lo
s
ase
s
inos.
Era sa
c
rilegio
execr
a
-ble dejar
sin sep
ultura
el
cadáver de un ciudadano.
Aunque
l
a
concepción
crist
iana -
específica
m
e
nt
e
l
a
ca.
tólic
a -
excl
u
ye
d
e
hon
ras
fúnebres
a
los
su
icid
as
,
en
L
a
ho
-jarasca
e
l
alcance de
la
condenación adqui
er
e otra
d
i
m
ensió
n
de terribilidad, de
si
gno eminent
e
mente trágico. El pueblo de
Macondo
es
p
e
ra qu
e
el
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d
e
s
u
casa
,
si
n
que
nadi
e
se
pr
este siquiera
para
sepultarlo.
(10) Sófocles. Antf¡:ona .. Eclil. cit., pp. 177-178.
(11) Paul de Saint-Victoi:. Las dos carátulas, Historia del teatro griego y de las grande,
épocas del orle teatral. Buenos Aires, Editorial "El Ateneo", 1SS2. 2 vols Vid. Tomo
I, p. 466.
La
sentencia con
d
enatoria
del pueblo contra
e
l
médico
ha
sido dictada h
ace
di
ez
.1ños. Recuerda el corone
l:
Porqu
e
l
a
noch
e
en que pu
s
ieron ln
s
cuatro
damajuanas de
aguai
·
di
cn
t
e e
n
la plaza,
y
Macando fue un pueblo atropellado
por un
g
rupo
de bárbaro
s
am
1ado
s;
un
pueblo
empavorecido
que enterraba
s
u
s
muertos
en
la fo
sa
común,
a
l
guie
n
debió
de recorda
r
que
en e
s
ta
e
s
quina
había un médico. Entonces
fue cuando pm,i
e
ron las parihuelas
co
ntra
In
pu
erta, y
Je
gri-t
n
ron
(porque
no
ab
rió
;
habló de
s
de
~tdcntro);
le
g1
-
itaron:
"
Docto1
·,
atienda
a
es
tos h
e
ridos
qu~
ya los
otros
médico
s
no
dan
nbasto",
y él
rc
s
pondi
6:
"Llévenlos
a
ot1
·:1
pal"le,
yo no
sé
nada de esto'';
y
le dijel"On: "Usted
es
el único médico que
nos queda. Tien
e
que
ha
ce
r una
obra
de c
a
ridad";
y
é
l r
es-pondió
(
y
tamp
oco a
brió la
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im
a
ginado por la tu
rb
a-multa
e
n la mitad
de
la
sala
,
la
lámpara
en a
lto,
i
lu
mi
n
a
dos
l
os
duro
s
ojos
am
a_
r
i
ll
i
s: •'Se
me olvidó todo lo
que
sa
bia
de
eso.
Llévenlo
s
a
'o
tr
a_.
ar
t
e"
y
sigL1ió
(porqu\.! la puerta no
se abrió jamás) con la
pu
e
ta cerr
a
d
a,
mientras hombres
y
mujere
s
de
Mac
o
ndo
~-
onizab.in frente
a
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a.
La
multitud
habría
s
ido
cap
' f
de
odo e
v
oehe.
Se disp
o
nío1n a
in
ce
n-diar
la
casa
y
e
q:1
cir
j
cenizas a su único
habit
ante
. Pero
en
esas ap
a
reció
El
(Sac
h
or
ro.
Dicen
que
fu
e
como
si
hubiera
es-t
ado aquí
invisibl
e
.,
m ntando gu
a
rdi
a
para
e
vitar la de
s
t
ruc-ción
de la casa
y
el
ho
re. "Nad
i
e
to
c
ará esta
pue
rta
'
', dicen
que dij
~
~yflchorro.
Y
icer que fue eso
tod
o
lo
qu
e
dijo,
abierto
I
e
il
a:\ltOÚ
LWU
ñh
o
tresp
landor de
la
furia rural
s
u
i
nexpres·v,0
Y.>
·
do
osliro
d
e.
~
a.._vera
de
vaca.
Y
e
n
to
nces
e
l impul
so
s
c?';
efren
~
, c
~
rnbió de cur
s
o,
pero tu
vo a
ún la
fuer-za suficiente
para
que gritaran esa
sente
ncia
que
aseguraría,
para
todo
s
los
siglos, eJ advenimiento de
este
miércoles.
(
12)
Con
anterior
idad,
el corone
l
ha
rememorado
la
misma
si-tuación:
...
mientras el ren
c
or crecía,
s
e ramificaba,
se conver
tí
a
en
una viru
l
e
ncia col
ec
tiva, qu
e
n
o
daría tregu
a
a
Mac
ondo
en
d
re
sto
<le su vida para que
en
cada oído siguiera
retumban-do la sentencia
-
gritada esa noche- que condenó al doctor
a
pudrirse detrás de esta
~
paredes.
(13)
La
condenación
del médico que
ha d
efraudado
l
a
inv
oca.
ción
del
pueblo
,
traicionando
u
n principio de soJidaridad, por
02) La_ ho.lnrasca. Edit. cit. pp. 129-130.
(13) lb1dem, p. 26.
138
l
o
que se
ha
hec
h
o
ac1:eedor
a
l
odio
co
le
c
tivo,
repit
e
en
má
s
de un sentido
l
a condenación
de
Polinic
es
po
r
s
u
acto de
re-belión
con
t
ra
la
Ciudad.
Estos
son
los motivos
qu
e est
imamo
s
como pr
i
ncipales
e
n
La hojaras
ca,
y
c
u
yo
correlato es el
de
las
dos
c
i
ta
d
as
tra.
gedias de
S
ófocles, especia
l
mente Anlígona.
P
ero
aún es
posi-ble
es
ta
blecer
otras re
l
aciones
muy claras.
ACTITUD
DE
L
O
S PERSONA
JES
1.-
El
carácter
d
e
An
tí
gona
es
inflexible. "Es
l
e
corazón
to
do te
rnu
ra
-
señala Sa
in
t
-
Víctor
-
se
env
u
e
lv
e en el
deber
co
m
o
en
una tri
pl
e
coraza
d
e
bronce. Inacces
ibl
e a
l
miedo,
n
o
a
dmit
e
que
lo
s
i
enta
n
l
os d
e
más; su
e
ne
rgía no
concibe
dis-c
ulpas
p
ara
l~
flaqueza.
En
e
ste
aspecto
,
una
líu
e
a
de
ri
g
id
ez
la dib
uj
a,
pa
rec
ida
a
l tr
az
o
du
ro
y
pu
ro
qu
e
d
esc
r
ibe
en
sil
u
e-ta
a
las
f
iguras
trágicas repr
ese
n
ta
das
en
lo
s
vasos gri
e
gos". (
14)
De
ah
í
sus reproches a
smena, gu
e
s~
sien
t
e incapaz de
o
b
rar
contra
la
volunt
ad
,
e
lo
s
✓
ci
ud
ad
anos
-
r
epresen
t
ados
por e
l
Coro-,
cuya voz
ayor e
a
clei
Creonte. Nada
l
a
de.
ten
dr
á en su decisión
de
l
a
rrowar
]
a m
u
e
rte
po
r
cumplir
l
a
promesa formula
d
a a
Poli
n
ices
,
E
l
coronel acLúa con la
1
!.@1
1a
entereza; com
o
Ant
í
gena,
podrí
a
d
eci
r: "No
be
n
acido
pa
r
a
com
p
art
i
r o
di
o,
sino amor":
Vi
n
e.
I!b\'t
é
9t~~
a
d
e
J
a
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tr
q
u
e se
han
c
riado en
m
i
cnsa. <Obb
u
l:: a
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l
~c\§
e a
·
g
\l
c;~e aco
mp
añara.
As
í
el
aclo se
co
nvi
erLe
en a
l
go
más familiar,
m
ás
h
umano,
me-n
os
personalis
t
a
y
desafi
an
te
que
si yo mis
m
o
hub
iera
arras-tr
a
d
o
e
l
cad
á
v
er
por
l
as
call
es
del
pueblo
ha
sta
e
l
cem
ent
erio.
Creo a Macando capaz
de to
do
después de
l
o que
h
e
visto
e
n
lo que
va corrido
de
este s
i
g
l
o.
P
e
r
o s
i
no
han
de
res
p
eta
rm
e
a
mí,
ui siquiera po
r
ser
viejo, corone
l
de la rep
úb
lica, y
para
rema
te
c
ojo de
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cuerpo
y
entero
d
e la conc
i
enc
i
a, e
s
p
ero
que
a
l m
e
n
os respeten a
mi hij
a p
o
r
se
r
mujer.
No lo
hago po
r
mí.
T
a
l
vez
no se
a
tampoco
p
o
r
la
t
ranquilidad
del
muerto.
Apen
as
para
cum
plir
con
u
n compromiso sagrado. Si
h
e
t
raí·
do
a
I
sabel
no
h
a sido
por cob
ar
día,
sino por una simple
medida
de caridad
.
Ella
ha
tr
aído
e
l
niño
(y
entiendo
que lo
ha
h
echo
p
or
eso
mismo)
y
ahora estamos aqu
í,
lo
s
tres,
so•
port
a
ndo
el
peso
de
est
a
dura
emergencia
(15).
Cl4l Paul de Sa.im-Victor. Ob. cit., Tomo I, p, 474.
( IS) La hojarnsca- Edít, cil., pp. 27-28.
En uno de
sus
monólogos, Isabel
s
e
ha
reforido
también
a la actitud
de
s
oberbia
desafinnte que
su
padre ::i.doptaba ca.
cla
vez que hacía
algo con
lo
cual no estarían de
acuerdo
los
demás
(
16 ).2.-
Ot
ro parale
lism
o evidente es e
l
que
corresponde
a
la
situación
de
los personajes trügicos Polinices
y
Eteoclcs
fren-te
a
la
del médico
y e]
sacerdote conocido
en
Macando
como
El
Cachorro.
Estos últimos
han llegado
al
pueblo
e
l
mismo día,
hac
e
veinticinco
años
. L
ejos
ele
ver aquí
una coincidq1cia
gra-tuita, nos parece que
e
l
novelista quiso
alegor
i
zar en este
he-cho la
relación
de
l
os
hermanos
en
la trng;,;dia.
La
llegada al
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se
r,
por lo tanto, una
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ele
nacimiento co.
mún.
Po
r
otra par
.
te, debe
tenerse
<.;.'.Ilcuenta
que la
impresión
de un notab
l
e
parecido
físico entre e
l
médico
y
El
Cachorro
se explícita claramente
en
la
novela en
más ele una ocasión;
de manera muy precisa, en
elos
momentos
de
los recuerdos
del coronel:
t:z
'
\l
-
¿Usted
1o' o
habar
d:&E.
l Cachorro?-
Le
pre
g
unt
é
.
Respond;6
-
q e no
? :
dfje:
"El Cachono
es
el párrnco,
peco
más que
'es
o es
i
•:igo de todo
e
l
mmdo. Usted
debe
conocerlo"
_.
...
-Ah,
sí,
sí
,
dijo
é
-
.
1
también
tiene
hijos,
¿no?
-N
~tl:>Ugta
e
cfu~
Q~
Jc
g~é\§
ora,
dije
yo. La
gente
inventa
<
d(j
s
w
e
~
dntell~
G
61?p'i$f'cf6
1
Jo
qui
eren
mucho
y
h
a-ce lo pos
i
ble
por demostrar
lo contrario. Pero allí tiene usted
un
caso, doctor.
El
Cachorro
está muy lejos de ser un
r
ezan-dero, un santurrón como decimos
.
Es un hombre comp
l
eto
que
cumple con sus deberes corno un hombre.
.
.
.
.
.
.
. .
..
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
. . .
.
. . .
. .
...
..
...
..
.
...
.
-Creo
que
El Cach.o
,·
ro
va a ser santo,
dije
yo
-
.
Y
en
eso
también era sincero. "Nunca
habíamos visto
en
Macando
n
a-da
i
gual.
Al
principio se le tuvo
desconfianza
porque es
de
~quí, porque los viejos
l
o recue1·dan cuando salía a coger pá
-Jaros como todos
lo
s
muchachos. Peleó en
la
guerra, fue
co-ronel y eso
era
una dificultad. Usted
sabe
que
la
gente no
respe
t
a a
los
veteranos
por
l
o
mismo que
respeta a
lo
s
sacer-dotes
.
Además, no estábamos acostumbrados a que se
nos
leyera
el
almanaque
Bristol
en vez de
l
os Evangelios" .
.
.
.
.
.
.
..
.
. .
. .
.
..
.
.
.
. .
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
. .
.
. .
. .
.
.
. .
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
~-::::--:::-:---
-(16) Cf. Ibídem. p. 33.
..
1 ,
Ahora
estaba sonriente y escuchaba con
una
atención
di-námica
y
complacida.
Yo también me sentía entusiasmado.
Dije:
''Todavía
h
a
y algo
que
a
usted
le
interesa, doctor. ¿Sabe
desde cuándo
está
El Cachorro en
Macando?
El
dijo
que no.
-Llegó por casualidad el
mismo día que usted -dije
yo-
.
Y todavía
algo
má
s
curioso:
Si usted
tuviera
un hermano
ma-yor, estoy seguro
de
que
seria igual
a
El
Cachorro.
Física-mente, claro.
(17)
E
l
s
e
gundo
momento clave
alude a
la única vez en que se
encuentran
El
Cachorro
y
el
médico:
El
Cachorro
habló
muy
poco en esa visita.
Desde
su
en-tr
a
da
a
la habitación
parecía
impresionado por la visión del
único hombre
que n
~
conoció en
quince años de estar en
Ma-condo.
Esa
vez
me
d
i>
~
ta
(y
mejor que
nunca,
acaso
por-que e
l ·
doctor
~
e
.
l
a
bia
co
~
~
bigote) del extraordinario
par
e
cido de es
os
d
ó"s
ho
~
re
s
o eran exactos,
pero parecían
hermanos. El
<U
n
{
era
¡y
arr
o
~~
mayor,
más delgado y
es-cuálido
.
Pero
~
l:!iía
en e ellos la
comunidad de rasgos que
existe
entre dos
h
rrna
os,
aunque el uno
se
parezca
al
padre
y
el
otro a
l
a
~
d
e
.
Entonces me
acordé de
la
última noche
en el corredor.
o
m
:
-E
st
~
,
e
\
p
l
Cachorr
a
o doctor. Alguna
vez
usted me
pro-metió
B1~2rn
~
ca e Letras
Mientras
E
t<~clJllogH
c
fJWr. P
g
~P9
V
cftf§U
l
a
la
vida del
pue-blo, el
m
é
dico concita en torno suyo, cada vez más, esa sorda
odiosidad que
culmina en el repudio
final
y
en la condenación.
A la muerte de
El Cachorro,
ocurrida hace cuatro años,
Ma-condo le rinde
--como
Tebas a Eteocles-
los
más
conmove-dores homen,Ztjes
fúnebres
.
Monologa
el
coronel:
El
Cachorro
los
tenía sometido!- a
una disciplina
férrea.
In-cluso
despu
é
s de que murió el sacerdote,
hace cuatro años
-uno
ante
s
de mi
e
nfermedad
-
se
m
a
ni
f
es
tó
esa
disciplina
en
la manera apasionada como todo
el
mundo
arrancó
las
flores
y
los arbustos
<le
su huerto
y
los
llevó a
la
tumba, a
rendir
l
e a
El
Cachorro
su tributo
final. (19)
(17) La boJarascn. Edil. cit., pp. 101-102. (18) La ho.larnscn. Edil. cit., p. 118. (19) Ibídem. pp. 128-129.
Sabemos
ya cuá
l
es
la
actitud de Macando an
Leel médico.
La
rel~~ión entre el destino de éste
y
el
de
Po
l
inices
nos
pa-rece
indudable.
3.-
Situación de
I
smcna. Repue
s
ta
de
su
temor
in
ic
i
al,
I
smena
in
tenta reivindicar
su
p
arte en
l
a acc
i
ón de Ant
ígon
a
y
afrontar también
el
castigo. S
i
n
forzar
demasiado e
l
parale
-lismo,
creemos que
l
a primera actitud negativa
de
Ismcna
es-tá
representada
en
La
hojarasca por
e
l
tcnninante rechazo
de
la mujer del coronel, Adclaida,
a
acompnñar
l
o
(2º).
El
segun-do
momento, r
eivindicatorio
,
corre
s
pond
e
a
la posiciün de
I
sa
-bel,
a pesar
de
que
l
a adhesión de ésta hacia su
padre
aparece
dismin
u
ida por la resen
•a
y
e
l
mi
e
do.
4.-
Otras
relaciones.
H
ay e
n
La hojarasca alguno
s
aspec
-tos
que
contri
bu
yen a fijar aún
má
s
la
determinación
del
co-rrelato
que hemos
propues
i
.
I
L
a
Antigüedad
r
emot
~
n
~
G
~
bía
la
separación d
e
l
alma
y
l
a
del
cuerpo.
El
sep
'\~1
:k
ii"
er§l
...1
Ía
~
a
de una nueva ex
ist
en-cia. Se colocaban, pues
:,,
fü
laero
<é
l
~
ifun
to s
u
s vasos
y
sus
armas; "a veces
-dice Saint
-)'
ictor
-
se
ll
egaba
has
la
a
de-gollar sus
caball_os
y
su
"!'
e
~
cla
¡
os
para que
el
espectro
de
l
due-ño
estuviese rodeado
d
e"'9.J)q_
a
,
s~r
v
i
dumbrc de fantasmas" (
21 ).En
La hojarasca,
un
acto y
¡,¡na
-1.
·eflcxión
del
cornnel
es
table-cen una suerte de
correspopdcncia
con esta costum
br
e:
B
usco
c
J3i:Q,\iQJ~~ª
e
Q.~rb•~!J;'q~
fondo sus barati
j
as
di
s
pcrsa
s~
J
B
[ ~ ~ .
1(
1.l
'fü\l
'
éJ
~
YtJ'i G
!mY©rál"f'
ncó
n,
con
las mismas
cosas que
trajo hace
veint
icin
co años.
Yo recuerdo:
Tenía dos
camisas
ordinarias,
una caja de dientes,
w,
retrato
y
ese
viejo
formulario
empastado
.
Y
voy reco
g
i
endo estas cosas
a
ntes
d
e
que
cierren el
a
taúd
y
las
echo dentro de
é
l.
E
l
retrato
está
todavía
en el fondo
del
baú
l
,
cnsi en
el
mismo
s
i
t
io
en
que
estuvo aquella vez.
Es
el daguerrotipo de
u
n militar
condeco-rado. Echo
el retrato
e
n
la caja.
Echo la
dentadura pos
ti
za y
finalmente
el formular
i
o.
Cuando he
concluido
l1ago
una
se-ñal a
l
os
hombre
s
para
que cierren el
ataúd.
P
i
enso:
,1hora
está
de viaje
otra vez.
Lo
más
natw
·
a[
es
que en
el
último se
lleve las cosas que l
e
acompaiiamn
en
el penúltimo. Por lo
m:nos,
eso es
lo
más natural.
Y
entonces
me parece verlo, por
pnmera vez, cómodamente muerto.
(20) Cf. Ibídem. PP. 124-125
(21) Paul de Saint-Victor.
Ob.
cit.. Tomo I. p, 466.14
2
)
Examino
la
habitación
y
veo que se ha olvidado un zapato
en
la cama.
Hago
una
nueva señal
a
mis
hombres, con el
za-pato
en
la mano,
y
ellos vuelven a
levantar
la tapa en el
pre-ciso
instante
en que
pita el
tren, perdiéndose en la
última
vu
elta
a
l
pueblo
(22).
Nos parece también altamente significativa la manera
có-mo el médico decide suicidarse. En el ámbito de
la
tradición
- y
desde los tiempos homéricos-
la
inuerte
por
ahorcamien-to
era considerada infamante o propia
de
los
impuros. Es por
eso que
se ha
ahorcado
Yocasta.
En
Edipo rey,
éste
expres
a
que sus crím
e
nes "son mayores que
los
que se
expían
con
la
es
trangul
ación"
(2
3).Ismena, al recordarle
a
Antígena la
su
ma
de las
desgracias familiares,
a
lude
igualmente
a
este
pe-cho:
¡Ay de mí! Reflexio
~
a,
1ermana,
que
nuestro padre
murió
aborrecido
e
infamaclo,
d'es
pués que, por los pecados que en
sí mismo hab'a
.
ae
p
u15Ierto
~
;,
rrancó los ojos él con
su
propia mano. Ta
~
tíié
n
SJJ,'
ma
1i_
e
--:._
y
mujer
-nombres
que
se
contradicen-
<e0
un l
ai'
o
ele
~
as
se quitó
la
vida. Y como
tercera desgra
§i:
a
nues
}:
os dos
'
fiermanos
en un mismo
día
se -degüellan los
d
sdic
actos
dándose muerte uno a otro
con
sus propias mano~.
Y
ahora
que
solas
qtredamos
nosotras dos, considera de
qué
ma
e
1
a_
rr
ás
-t
in
~
me
~
1o
i;j,
r
e
r
i
o
~J
i con d~sprecio de la
ley des
00
'!Ué
C!:e
fil02
fo
..
i
rl1e
n.
y
.la
momd
a
del tirano (24).
((Jorge Pucdnelli Con_verso»
La
presencia de la
fa
t
ahdao
en
La hojarasca
y
el
senti-miento de
expiación
de oscuras culpas
'reconocidas
por el
co-ronel
remiten
también el sustrato trágico
que
da sentido
a
la
no~ela. Recuérdase
el
final de
Antígona:
Coro.
-
Pues no pidas nada; que
de la
suerte
que el
destino
tenga
asignada
a
los
mortales, no hay quien pueda
eva-dirse.
Creont
e. -
Echad
de
aquí
a
un hombre inútil, que
¡ay,
hijo! te
maté
sin
querer;
y
a ésta también. ¡ Pobre de roí!
No sé hacia
qué
lado
deba
inclinarme,
porque todo
lo
que tocan mis
ma-nos
se vuelve
contra mí; sobre
mi
cabeza descargó intolerable
fatalidad.
(25)
(22) La ho.iarasca. Edil. cit.. p. 29. (23) Sófocles. Edioo rey. Edit. cit., p. 120.
{24) Sófocles. An:kona. Edil. cit., p. 178. (25) Id., Ibídem, p. 212.