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Diez Del Corral, F. - La Revolución Rusa

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Academic year: 2021

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Biblioteca Básica de Historia

Monografías

!La

Revolución

M i Rusa

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ISBN 8 4 - 2 0 7 - 3 3 6 9 - 5

9 788 4 2 0 733692

P

or sus consecuencias mun­diales, lo Revolución Rusa de 1917 es el acontecimiento político más importante del siglo XX. Como la Revolución Francesa de 1789, cierra una era, destruyendo definitiva­ mente la monarquía absolu­ ta como tipo de Estado, y creando uno nuevo: el Esta­ do socialista de economía planificada. Este libro, más allá de la mera narración cronológica de los hechos, examina las raíces de la Re­ volución al hilo de los aconte­ cimientos que hicieron posi­ ble el triunfo bolchevique. FRANCISCO DIEZ DEL CORRAL, antiguo militante del FLP, ha publicado diversos trabajos directamente relacionados con la Revolución Rusa y, en general, con el fenómeno re­

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Colección: Biblioteca Básica Serie: Historia (Monografías) Diseño: Narcís Fernández

Maquetación: Juan Carlos Quignón Edición gráfica: Mercedes Castro

Coordinación científica: Joaquina Prats i Cuevas (Catedrático de Instituto y Profesor de Historia

de la Universidad de Barcelona)

© del texto, Francisco Diez del Corral Zarandona © de la edición española, Grupo Anaya, S. A.. 1988

Juan Ignacio Lúea de Tena, 15. 28027 Madrid

Primera edición, junio de 1988

Segunda edición, corregida, julio de 1989 Tercera edición, julio de 1991

Cuarta edición, septiembre de 1994

I.S.B.N.: 84-207-3369-5 Depósito legal: M-21.442/1994

Impreso en ORYMU. S. A. C / Ruiz de Alda, 1 Polígono de la Estación. Pinto (Madrid) Impreso en España - Printed in Spain

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534 bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte, sin la preceptiva autorización.

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Contenido

Un nuevo m undo 4

1 Rusia en la época zarista 8 2 El ensayo general de 1905 20 3 1914-1917: La agonía del absolutismo 30 4 F ebrero de 1917:

el estallido revolucionario 40 5 El G obierno provisional 48

6 El regreso de Lenin 60

7 Todo el poder a los Soviets 70

8 El asalto al poder 82

D atos para una historia 90

Glosario 92

Indice alfabético 94

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Un nuevo mundo

A ntes de Marx, la explotación del hom bre por el hom bre se consideraba algo relacionado con las personas o, todo lo más, con las institucio­ nes o regímenes políticos. A partir de Marx, la explotación es un hecho social que, aunque rea­ lizado a través de personas, se considera deri­ vada de un sistem a y de un mecanismo econó ­ mico en cierto modo independiente de la volun­ tad hum ana: un m ecanism o ciego. La Revolu­ ción rusa, cuya finalidad última es la realización práctica del ideal de igualdad, sin cuya existen­ cia ninguna verdadera libertad ni dem ocracia re­ sulta posible, es la primera revolución en la his­ toria del m undo que considera la injusticia so ­ cial no com o una consecuencia de la distribu­ ción de la riqueza, sino, en prim er lugar, com o una consecuencia de la form a de producción de esa riqueza. La prim era, por tanto, que quiere conscientem ente cam biar de raíz no ya un go­ bierno o una forma de gobierno, sino todo un sis­ tem a económ ico basado en la propiedad priva­ da de los medios de producción. La primera, en fin, que intenta no sólo la creación de una so ­ ciedad mejor por la acción de los hom bres, sino la transform ación del hom bre mismo m edian­ te la creación de una sociedad nueva y distin­

ta, realm ente humana.

Así, por sus consecuencias nacionales y m un­ diales, la Revolución rusa de 1917 constituye el acontecim iento político y económico-social más im portante del siglo xx.

Com o la Revolución francesa de 1789, la Re­ volución rusa cierra una era de la Historia y abre una nueva época para la humanidad.

Esta nueva situación constituye el punto final de un proceso de descom posición del zarismo que coincide, en O ccidente, con el m om ento de máximo desarrollo del capitalismo puro. La

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El fam oso c a rte l de D. M oor q u e lleva por título «¿Te alis­ ta s te voluntario?» 6 (1920).

toria de la Revolución m arca así el m om ento cul­ m inante de ese sistem a capitalista y la señal de su decadencia.

Pero el proceso revolucionario ruso tenía en realidad raíces profundas y antiguas. Hay que te­ ner en cuenta que, desde m ediados del siglo XIX, eran frecuentes en Rusia los estallidos de violen­ cia popular —y populista se llamó el movimien­ to social que más radicalm ente se enfrentó en­ tonces con el terror zarista—, seguidas de las consiguientes oleadas de represión.

En pleno régimen zarista, y paralelam ente a los avances de la industrialización, avanzó tam ­ bién la penetración de las aspiraciones liberales, que en la última década del siglo se habían co n ­ vertido ya en ideales igualitarios de em ancipa­ ción política y social de grandes m asas de o b re­ ros y cam pesinos. Es un cambio. Y la fundación, en 1897, del Partido Socialdem ócrata ruso, cuyo program a se inspira en las ideas de Carlos Marx, de recien te penetración entonces en Rusia, constituye la expresión más avanzada de ese cambio. Así, la victoria de la Revolución rusa en 1917 significó, por una parte, la liberación del yugo zarista y, por otra, la creación de un nue­ vo orden social. Lo que a su vez significa la d es­ trucción radical de un tipo de Estado, el Estado capitalista, y la aparición de un nuevo Estado hasta entonces desconocido en la historia de la humanidad: el Estado socialista, el Estado de lo que se llamaría la URSS, Unión de Repúbli­ cas Socialistas Soviéticas. Y aunque posterior­ m ente, en algunos m om entos, ese Estado deri­ vara a nuevas formas de opresión y dominio que sus fundadores no habían previsto, los avances sociales y el progreso material de que se b ene­ fician hoy las clases trabajadoras de O ccidente no hubieran sido posibles sin el terrem oto revo­ lucionario que conmovió al m undo en 1917.

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Rusia en la época zarista

En 1896, en la ceremonia de coronación como zar de Nicolás II, último monarca de la dinastía de los Ro- manov, el arzobispo metropolitano de Moscú decla­ raba: «Esta corona visible es el símbolo de la corona invisible que Nuestro Señor Jesucristo te otorga como jefe y señor de todas las Rusias, acompañada de su bendición, al entregarte el poder soberano y su­ premo sobre todo tu pueblo». Así, el Zar no sólo era el jefe del Estado y de la Nación, sino la encarnación misma del propio Dios en la Tierra. Una Monarquía medieval en plena época de la industrialización mo­ derna, en la época de la máquina de vapor y del te­ légrafo. Algo así como si por las autopistas circula­ ran, hoy, diligencias.

Lo cierto es que, desde su creación, Rusia no co­ noció otro sistema de gobierno que el poder absolu­ to ejercido por monarcas absolutos, sin ningún freno legal. El propio monarca hacía la ley. Hasta 1864, para poder aplicar una ley no se consideraba necesario darla a conocer previamente. Incluso en épocas pos­ teriores, las leyes se promulgaban como documentos internos confidenciales, conocidos tan sólo por los

E scudo d e los Ro- m a n o v , d i n a s t í a ru sa, originaria de L ituania, que reinó e n R u s i a d e s d e 1613 a 1917. La fa­ milia to m ó el nom ­ b re de uno de su s m iem bros, Rom án, q u e vivió en la pri­ m era m itad del si­ glo XVI.

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funcionarios, aunque obligaban a todos los ciudada­ nos, que podían ser castigados sin saber por qué.

A principios del siglo XVI, Iván el Terrible (1533-1584) hizo del terror un instrumento de Estado al servicio del absolutismo, lo que tendría enormes consecuencias a lo largo de toda la historia rusa pos­ terior, incluso después de la Revolución.

Pedro el Grande (1682-1725), símbolo de la voca­ ción occidental de Rusia, reforzó el absolutismo y ex­ tendió el dominio del Estado sobre la Iglesia, uno de los pilares del sistema de poder absoluto.

Catalina II (1762-1796) perfeccionó aún más el sis­ tema colocando a la Nobleza en los puestos de la

Ad-Los zares En m ayo de 1913, N icolás II y la em ­ p e ra triz A lejandra p resid iero n en S an P e te sb u rg o la s o ­ le m n e c o n m e m o ­ ra c ió n del te r c e r c e n te n a rio de la di­ n a s tía R o m a n o v . En el m om ento de a c c e d e r al tro n o , N icolás II, sin nin­ g u n a p re p a ra c ió n p o lítica , d e s c o n o ­ cía ab so lu ta m e n te los a s u n to s d e Es­ t a d o . Q u iz á p o r eso su e s p o sa Ale­ j a n d r a , c o n f u s o p erso n a je de ex a l­ ta d o te m p e ra m e n ­ to , a c a b a ría de h e­ c h o g o b e r n a n d o Rusia y d e s c a rg a n ­ d o a N icolás d e esa d u ra ta re a . Un za r débil y u n a za rin a fre n é tic a —el fre­ nes! del a b s o lu tis­ m o — q u e u n a y o tra vez a c o n se ja ­ ba a su m arido una m ayor firm eza en el ejercicio de ese p o d e r a b so lu to . 9

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Los zares

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La d in a stía Roma- nov, q u e rein ó en Rusia d esd e princi­ pios del siglo XVII h a s t a la a b d i c a ­ ción, el 2 de m arzo d e 1917, d e N ico­ lás II, últim o d e los z a r e s , r e c ib e s u n o m b re de un n o ­ ble m oscovita d e la p rim e ra m itad del siglo XVI, Rom án, cuya hija co n tra jo m a t r i m o n i o c o n Ivan IV el Terrible. En 1613 los E sta ­ d o s g e n e r a l e s ( Z e m s k ij S a b o v ) elegían com o z a r a M iguel R o m an o v , co n el q u e se ini­ ciab a una d in a stía q u e ib a a d u r a r m ás de tre s siglos V que só lo p rodujo, a ex c ep c ió n de Pe- d r o e l G r a n d e (1672-1735) ( a r ri­ b a ), p e r s o n a lid a ­ d e s m e d i o c r e s , a m a n te s del p o d er a b so lu to .

ministración del Estado, hecho también de enormes consecuencias futuras.

Bajo el reinado de Nicolás I (1825-1855), llamado «el gendarme de Europa», el despotismo zarista al­ canzó quizás su punto más alto.

Y aunque en 1861 Alejandro II (1855-1881) liberara a los campesinos rusos del régimen de servidumbre, en contra de las esperanzas de apertura que esa me­ dida despertó, el aparato del Estado y los mecanis­ mos del poder despótico permanecieron invariables.

Tan invariables que, en su célebre manifiesto del 21 de abril de 1881, Alejandro III (1881-1895), cono­ cido como «el idiota coronado», proclamaba oficial­ mente el carácter divino de todas sus decisiones: «a partir de ahora, sólo con Dios discutiré los destinos del imperio». Por si acaso, ese mismo año se organi­ zó la Ochrana, policía política que desde este mo­ mento hasta 1917 jugaría un papel fundamental en la represión del movimiento revolucionario, aunque la propia eficacia de esa represión produjo la elevación del nivel de conciencia revolucionaria de las masas y su encuadramiento y organización. Es un fenóme­ no que siempre se repite: la contrarrevolución esti­ mula la revolución.

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Un inmenso Imperio

A mediados del siglo XIX y hasta 1867 —año en que Alaska, colonizada por el zarismo desde finales del si­ glo XVIII, fue vendida a los Estados Unidos—, el Im­ perio Ruso se extendía por tres continentes: Europa, Asia y América. Un Imperio dividido entre las aspira­ ciones unitarias y europeístas de sus dirigentes y la resistencia de los territorios y poblaciones no euro­ peas a la unificación política y lingüística impuesta por el poder. Según el censo de 1897, el primero realiza­ do en Rusia, la población de ese Imperio se elevaba a 123 millones. Quince años después, en 1913, habría aumentado a 159 millones. Rusia era entonces el es­ tado más poblado de Occidente y, todavía, de pobla­ ción sobre todo campesina.

El imperio ruso

M apa del Im perio R uso a finales del siglo XIX.

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El gigante dormido

A m ed iad o s del si­ g lo X IX , s ó lo un 12 % de la po b la­ ción ru sa hab itab a en las ciu d ad e s. El re s to se com ponía de d e c e n a s d e mi­ llones de ca m p e si­ nos que vivían en m is e ra b le s con d i­ ciones. R educidos a la situ a c ió n de s i e r v o s , c o n s t i ­ tu ían , com o la tie ­ rra y los a p e ro s de la b ra n za , una p ro ­ p iedad m ás de los nobles.

Tradición y modernidad

Una de las características fundamentales de la histo­ ria rusa es la lentitud de los cambios, la lenta evolu­ ción de las clases sociales y de la organización social. Desde el siglo XVII, por ejemplo, y hasta la víspera misma de la Revolución de 1917, la agricultura ape­ nas experimentó cambio alguno. En este sentido, Ru­ sia constituía una sociedad feudal o semifeudal en ple­ no siglo XX. Pero ai mismo tiempo, desde los prime­ ros años de ese siglo, la industria rusa había alcan­ zado ya el nivel de los países más avanzados e inclu­ so en muchos aspectos los superaba.

Esta combinación de modernidad y atraso es el ras­ go más original de la situación de la Rusia prerrevo- lucionaria y lo que explica, en parte, que en el país quizá más feudal de Europa se produjera la revolu­ ción más moderna del mundo: la primera revolución proletaria de la época contemporánea.

Sin embargo, a finales del siglo XIX sólo el 13% de la población rusa vivía en las ciudades y los campe­ sinos representaban el 80% de la población total.

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Unos campesinos recién salidos del régimen de ser­ vidumbre, pero que conservaban todavía —y conser­ varían hasta 1906— su vieja forma de comunidad agraria tradicional, el Mir, especie de asamblea local con funciones económico-sociales que, si bien contri­ buyó a la formación de un espíritu comunitario, cons­ tituyó en definitiva un obstáculo para la moderniza­ ción de la agricultura.

Desde principios del siglo XX se produjo un acele­ rado proceso de desarrollo de la población urbana que, de 1897 a 1913, aumentó en un 70%. Este desa­ rrollo urbano tuvo lugar al mismo ritmo que la indus­ trialización del país, acelerada sobre todo de 1910 a 1914.

Urbanización, industrialización, modernización, desarrollo acelerado de la producción. Un proceso poco compatible con la persistencia, todavía en ple­ no siglo XX, de una organización social feudal o se- mifeudal. De la tensión que ese choque entre moder­ nidad y antigüedad produjo surgió el voltaje revolu­ cionario. El gigante dormido P o r s u e l e v a d a c o n c e n tra c ió n de o b re ro s, la a c e r e ­ ría Putilov, d onde tr a b a j a b a n m iles d e p e r s o n a s , d e ­ s e m p e ñ ó u n im ­ p o rta n te papel en el d esarro llo de la huelga política y su u tiliz a c ió n c o m o in s t r u m e n to fu n ­ dam en tal de lucha. Es allí d o n d e c o ­ m enzó, en 1905, el g ran p ro c e so hu el­ g u ístic o in s u rre c ­ cional. 13

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La «intelligentsia» C o n A. P u s h k in (1799-1837), p o eta, novelista y d ra m a ­ t u r g o , c o m ie n z a en Rusia la gran li­ te ra tu r a de a lc a n ­ c e u n iv e r s a l. S u o b ra , p o r encim a d e lo n a c io n a l o p articu la r, p la n tea la c o n t r a d i c c i ó n f u n d a m e n ta l q u e la te en la n a tu ra le ­ z a m is m a d e la vida: la c o n tra d ic ­ ción e n tre el o rd e n y el ca o s, el a z a r y la necesid ad . E uro­ p e o l i b r e e n la rea c c io n a ria E uro­ p a d e la S a n t a A lia n z a y p e r s o ­ nalm en te c o m p ro ­ m etido en la lucha p o r la l i b e r t a d , P u sh k in , q u e s u ­ frió exilios y d e s ­ tie rro s, p u e d e c o n ­ sid e ra rse el g ran lí­ rico de la lite ra tu ­ ra rusa. A la d e re ­ c h a , e s t u d i a n t e s ru so s.

Un grupo muy especial

En esta sociedad contradictoria y desgarrada por ten­ siones de signo opuesto, hay un grupo social que va a desempeñar un papel fundamental en el largo pro­ ceso revolucionario: la «intelligentsia», una palabra rusa inventada en el siglo XIX y que a partir de en­ tonces adquirió ya un significado mundial. Grupo so­ cial de composición diversa —periodistas, artistas, li­ teratos, pensadores—, la «intelligentsia» se define so­ bre todo por su rechazo radical del orden político constituido. Por encima de sus diferencias teóricas, los miembros de la «intelligentsia» comparten una convicción común: la de ser un grupo encargado de una alta misión moral, liberar al pueblo ruso. Y tie­ nen fe: fe en la justicia de su causa, fe en las ideas que la animan, fe, en fin, en la razón y en la ciencia.

Hasta finales de 1860, este grupo reducido, pero cuyo radio de influencia y acción iba extendiéndose cada vez más, se consideraba a sí mismo como el ins­ trumento de la transformación de Rusia, como el «motor del cambio». En adelante, dejará de conside­ rarse protagonista del cambio, para ponerse al servi­ cio de los verdaderos protagonistas: el campesinado al principio, y el proletariado, después.

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Los decembristas

En la madrugada del 14 de diciembre de 1825, diez años después de la derrota de Napoleón en Water- loo, 3.000 soldados, al mando de 30 oficiales, ocupa­ ron la plaza del Senado, en San Petersburgo: trata­ ban de evitar que los senadores prestasen juramento de fidelidad a Nicolás I, nuevo zar tras la muerte de Alejandro. Fue un golpe de Estado de un grupo de oficiales miembros de la aristocracia dirigidos por Pa­ blo Pestel. Pero fracasó: los sublevados fueron dete­ nidos y los principales jefes de la conspiración, entre ellos Pablo Pestel, ahorcados.

La acción de los decembristas, a pesar de su fra­ caso, constituye una fecha histórica. Abre paso en Rusia al período acción-represión, constante ya has­ ta 1917, e inicia un enfrentamiento con el poder que durará hasta el derrocamiento definitivo del zarismo.

Los decembristas no querían cambiar el orden so­ cial, sino sólo el orden político. Eran nobles aislados de las masas que, al regresar a su país tras la derrota de Napoleón, introdujeron en Rusia, hasta entonces sin contacto con el exterior, las ideas liberales de la Ilustración. Pero el pueblo ruso no sólo deseaba li­ bertad, sino, sobre todo, igualdad. Más aún: única­ mente en 1825 la lucha contra el poder se hizo en nombre de la libertad. El aviso de diciembre La co n ju ra d ec em ­ b rista se proponía d e s tro n a r a N ico­ lás II y p o n e r en su lugar a su h e rm a ­ no, el g ran d u q u e C o n s ta n tin o , p ara in tr o d u c ir a s i en Rusia un régim en c o n s t i t u c i o n a l . P e r o l a s t r o p a s leales al Z ar so fo ­ c a r o n in m e d ia ta ­ m e n te el golpe de E s ta d o , p o r o tr a p a r te mal org an i­ za d o v plan tead o . C inco d e los con- j u r a d o s f u e r o n a h o r c a d o s y 120 d e p o r ta d o s a Si-

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¿Qué hacer?

N u trid o de un c ris­ tianism o prim itivo q u e im p re g n a su vida y su s novelas e n u n r i g u r o s o id e a l i s m o m o r a l b ase, a la vez, de su c o n d e n a de las e s tru c tu r a s so c ia ­ les, e c o n ó m ic as y políticas del m un­ do m o d ern o , y de las form as de a r ­ te q u e e s e m undo p r o d u c e , el c o n ­ d e L e ó n T o ls tó i (1828-1910) aplica su c ritica a to d o s los ám b ito s de la v id a in d iv id u al y colectiva. En e ste s e n t i d o , la o b r a co m p leta del a u to r de G uerra y P az p u e d e d e f i n i r s e , com o una «crítica del sistem a».

Tras la ejecución de los decembristas, el fracaso de 1825, lejos de paralizar la lucha, sirvió de aguijón para nuevos y más radicales planteamientos. Los que eran sólo rebeldes, se convirtieron de este modo en revolucionarios.

Es el momento en que la «intelligentsia» se consi­ dera el «motor del cambio». Pero, de acuerdo todos en la necesidad de un cambio radical, sus miembros no coincidían en la vía a seguir. Para unos, no había más camino que el de las sociedades occidentales, es decir, el desarrollo de una economía «capitalista», lo que significaba la desaparición de la comuna rural rusa, el Mir. Eran los occidentalistas.

Para otros, los eslavófilos, había que evitar preci­ samente la contaminación de las sociedades occiden­ tales, que consideraban corrompidas, y buscar la sal­ vación en la recuperación de las virtudes tradiciona­ les —espiritualidad, solidaridad, generosidad— del pueblo ruso. Por tanto, al contrario que en el plan­ teamiento occidentalista, el progreso consistiría en el desarrollo de la comuna rural rusa tradicional, evitan­ do la etapa capitalista para pasar así directamente al socialismo.

Una vieja disputa que, en una u otra forma, se re­ petirá a lo largo del proceso revolucionario y cuya huella permanece todavía hoy.

¿Qué hacer? Esa era la angustiosa pregunta que desde Pedro el Grande y Catalina de Rusia venían re­ pitiéndose, generación tras generación, las clases cul­ tivadas rusas. La misma que se planteó, a todo lo lar­ go del siglo XIX, la «intelligentsia». Qué hacer para mo­ dernizar y occidentalizar Rusia, qué hacer para librar­ la de la tiranía zarista, qué hacer para convertir la re­ belión en revolución, qué hacer, en fin, para forjar un instrumento que fuese capaz de llevar a cabo esa re­ volución.

Una revolución que depende de los hombres y exi­ ge, por eso, la aparición de un nuevo tipo humano, como el popularizado en el «catecismo revoluciona­ rio» de Nechaev: el hombre entregado en cuerpo y alma a la causa y dispuesto en todo momento a sa­ crificarse por ella, el apóstol de la idea, el héroe re­ volucionario que renuncia a todo deseo, sentimiento o interés individual en nombre del interés de la co­ munidad. Un militante político que rompe con el pa­

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sado para construir, mediante el testimonio violento de los hechos y a menudo utilizando el terror, un fu­ turo de justicia y fraternidad. Un racionalista frío y lú­ cido que reniega de la charlatanería «literaria» y hace de la ciencia utopía y de la utopía, ciencia.

Nicolás Chernichevski fue uno de esos nuevos hombres. Y no es casual que su obra más conocida, el relato que se convertirá en «biblia» de todos los re­ volucionarios de la época, se llame precisamente así:

¿Qué hacer?

Aunque Chernichevski, nacido en 1828, no hizo más que recoger rasgos y actitudes propias de su ge­ neración, e incluso rasgos comunes a toda la «intelli- gentsia», los héroes de su narración crean al mismo tiempo un modelo de comportamiento que tuvo una gran influencia entre la juventud universitaria. Algu­ nos años después, su lectura marcaría ya para siem­ pre a un joven marxista llamado Vladimir Illich Ulia- nov, Lenin, futuro destructor del imperio zarista y constructor del Estado Soviético. Tanto le marcaría, que una de sus obras fundamentales, aquella en que expone la teoría y la práctica del partido revolucio­ nario, se titularía también, como la obra de Cherni­ chevski, ¿Qué hacer? La respuesta a esta pregunta fue la creación del partido que llevó a cabo la Revo­ lución de 1917; sus miembros, los bolcheviques, se­ rían los herederos de aquel «hombre nuevo».

¿Qué hacer? N i c o l á s C h e r n i ­ c h e v sk i (1828-89), novelista y crítico literario, e s el a r ­ q u etip o mism o de ese «hom bre n u e ­ vo» que va a p ro ta ­ g o n iz a r el m o v i­ m ie n to rev o lu cio ­ nario ru so del siglo XIX. En ¿Q ué h a ­ cer?, novela e s c ri­ ta en 1863 d u ra n te su e s ta n c ia en p ri­ sión, C h e rn ich e v s­ ki h ac e algo m ás que n a rra r una h is­ toria: p ro p o n e un m o d e lo d e v id a , b a s a d o en la a u to ­ disciplina y la re ­ nuncia q u e re c o n ­ c i l i a a l h o m b r e co nsigo mismo. 'ITO U.-1 \ 11» V ;i3s ?a-:k¿30Bí ohqbhtlj i p ivHJUtl» H. r.MCPHbUUCBCKArO

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Los radicales A lejandro H erze n (1812-1870), e s c ri­ to r y filósofo, e s tá co n sid e ra d o com o el c r e a d o r del p o ­ pulism o. Eslavófilo al principio y p o s­ te rio rm e n te occi- d en talista, a p a rtir de 1850, d e c e p c io ­ n ad o p o r la R evo­ lución de 1848, r e ­ niega de O c c id e n te y r e p l a n t e a s u s c o n c e p c io n e s en u n a c é le b re a u to ­ b io g rafía : P a sa d o y p e n s a m i e n t o . T r a s a d h e r ir s e a las te sis a n a rq u is­ ta s de P ro u d h o n , H erze n ve e n la co- m u n id a d a g r a r ia eslava (obscina) el germ en d e u n a o r ­ g a n iz a c ió n s o c ia ­ lis ta , a n t i e s t a t a i . Su idea fundam en­ tal era e s ta b le c e r u n p u e n t e e n t r e la é lite ilu s tr a d a y las m a sas cam ­ pesin as.

El populismo

A mediados del siglo XiX, tras la muerte de Nicolás I en 1825 y la humillación sufrida por Rusia en la Gue­ rra de Crimea, la «intelligentsia» en su conjunto pa­ recía estar de acuerdo en una cosa: en su fe en las virtudes del campesino ruso, el mujik, y en la convic­ ción de que el propio pueblo ruso, representado por esa clase campesina, había de ser el protagonista principal de la lucha. Según este planteamiento, que enlaza con las tesis de los eslavófilos, el capitalis­ mo es sólo un «accidente» en el desarrollo de la his­ toria rusa, que puede evitarse volviendo a las tradi­ ciones de la comuna campesina.

Es entonces cuando apareció el «populismo», ex­ presión que se remonta a 1861, año en que Alejan­ dro Herzen, escritor y revolucionario exiliado en Lon­ dres, lanzó a los estudiantes rusos la consigna de acercamiento al pueblo: «id al pueblo».

El populismo no era una organización particular ni un conjunto coherente de ideas, sino un movimiento radical y socializante compuesto de grupos diversos que alcanzó im p o rtancia d u ra n te la década 1860-1870, llegó a su punto más alto en 1881, con el atentado de Narodnaya Volia —la «Voluntad del Pue­ blo»—, que costó la vida a Alejandro II, y comenzó a decaer después dando paso, a finales de la década, a la aparición de las primeras organizaciones de ideo­ logía propiamente socialista. Aunque algunos popu­ listas, como Tkachev, uno de los primeros que dio a conocer en Rusia el materialismo histórico de Marx, y precursor del partido de tipo leninista, puedan con­ siderarse ya verdaderos revolucionarios socialistas.

Lo cierto es que, durante años, los grupos popu­ listas fueron los grandes protagonistas de la lucha contra el zarismo. Su táctica osciló entre dos polos: el convencimiento del pueblo mediante un lento tra­ bajo de educación (vía recomendada sobre todo por Lavrov) y el empleo del terror como medio funda­ mental de lucha para quebrar el Estado zarista y pro­ vocar al tiempo la movilización del campesinado. Se­ gún épocas, grupos y circunstancias primó una u otra vía, sin que se excluyeran mutuamente. Pese a sus diferencias respecto a los medios, compartían fines úl­ timos semejantes y eran, por tanto, solidarios políti­ camente: pueden considerarse un solo movimiento.

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Nihilistas y anarquistas

Aunque por su radicalismo revolucionario y su ideal igualitario, los nihilistas, corriente aparecida hacia 1860, puedan incluirse dentro del movimiento gene­ ral populista, constituyen un grupo ideológico propio: se muestran críticos con la creencia en las virtudes revolucionarias del campesino y, frente a la liberación social, proclaman la liberación individual reafirmando la importancia de las «minorías pensantes».

En la misma época, el anarquismo de Bakunin, que persigue la destrucción del Estado y, en general, de toda forma de vida social organizada, y que cree cie­ gamente en las posibilidades insurreccionales del campesinado, alcanzó también gran influencia.

Los radicales El 18 de feb ero de 1861 se publicaba el A c ta d e e m a n c i­ pación, c o n c ed ien ­ do la libertad a los siervos. La em an ­ cipación, m ás for­ mal que real, no li­ b eró al ca m p e sin a­ d o de la m iseria.

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20 En 1871 a p a recía la p rim e ra tr a d u c ­ ción al ru s o de El C ap ita l de C a rlo s M arx, a u n q u e al­ g u n o s c o n o c ie ra n y a e l s o c ia lis m o científico d e M arx y Engels. U na d o c ­ tr in a fu n d a d a en un optim ism o radi­ cal re s p e c to a las posibilidades de li­ b era ció n de la h u ­ m anidad a tra v é s de la acció n revo- l u c i o n a r i a y la ciencia. A la d e re ­ c h a , los fu n d ad o ­ re s de la «U nión de L ucha p a ra la C la­ se O b re ra » , a n te ­ c e d e n te del P arti­ do S ocialdem ócra- ta, e n tre los q u e se e n c u e n tra Lenin.

El ensayo general de 1905

Tras el atentado de 1881, la «intelligentsia», decepcio­ nada por los nulos resultados de la desaparición físi­ ca de Alejandro II (al que sucede Alejandro III sin que se produzca ningún cambio), comienza a interrogar­ se sobre la eficacia del método terrorista. Es el mo­ mento en que, de la fe en el mujik va a pasarse a la fe en el proletariado, clase cada vez más numerosa y aureolada por el prestigio que le dieron los sucesos de la Comuna de París, que tuvieron lugar en el año 1871.

La penetración del marxismo

Exiliado en Ginebra, George Plejanov, «el padre del marxismo ruso», había comprendido con claridad la nueva situación. Antiguo miembro del grupo populis­ ta «Tierra y Libertad», a partir de 1878 se alejó del populismo y tras el estudio de la obra de Marx y En­ gels fundó, en 1883, el grupo «Liberación del Traba­ jo», fundamentalmente dedicado a la difusión de las ideas de Marx y Engels. Una ideología «occidental» —y próxima, por eso, a algunos planteamientos de los occidentalistas— que definía a la clase obrera como la clase encargada de una «misión histórica»: la de suprimir por la revolución toda forma de explo­ tación humana y construir así un nuevo mundo: el co­ munismo o sociedad sin clases.

Es entonces cuando se pasa del espíritu de rebe­ lión al espíritu de revolución.

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En 1888 se creó el Partido Comunista polaco —Po­ lonia pertenecía entonces al Imperio Ruso— y, en 1895, la «Unión de Lucha para la Liberación de la Clase Obrera», en cuya fundación tuvo un destacado papel Vladimir Illich Ulianov, Lenin. Tres años después se creó también (Congreso de Minsk) el POSDR, Parti­ do Obrero Social Demócrata Ruso, núcleo primitivo del que saldrían los bolcheviques.

Durante la misma época apareció asimismo el Par­ tido socialista-revolucionario, heredero de los popu­ listas y que compartía con ellos la confianza en el campesinado.

Bolcheviques y mencheviques

En 1903 tuvo lugar en Londres el II Congreso del POSDR, en el que verdaderamente se constituyó el Partido. En la discusión sobre el punto primero de los estatutos, en el que se definían los requisitos para poder ser considerado miembro del Partido, se pre­ sentaron dos proyectos: el de Lenin, que considera­ ba indispensable la «participación personal en una de las organizaciones del Partido», y el de Martov, que sólo exigía el «apoyo y adhesión personal».

Tras un duro enfrentamiento verbal, la propuesta de Martov resultó vencedora por 28 votos contra 22 y una abstención. Al finalizar el congreso, y con los

En busca de un Partido

M i e m b r o d é l a «U nión de Lucha p a r a la C l a s e O b re ra » , y unida a Lenin d esd e 1898, al q u e ac o m p a ñ a en su exilio inicial a S iberia y del que ya no se s e p a r a r á —sa lv o p a s a je ro s a l e j a m i e n t o s — h a s t a s u m u e r te en 1924, N adiezh- d a K r u p s k a i a (1869-1937) e n c a r­ na c o n la m a y o r p u re z a el ideal de la « c o m p añ e ra r e ­ volucionaria»: mili­ ta n te q u e co m p ar­ te co n su p are ja, am o r y revolución fu n d ien d o in se p a ­ rab le m en te am bos se n tim ien to s. A la i z q u i e r d a , L e n in en el II C o n g reso . 21

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Fracaso y esperanza C o n P l e j a n o v y A x e lr o d , M a rlo v ( 1 8 7 3 - 1 9 2 3 ) f u e un o de los c re a d o ­ r e s d e l P a r t i d o S o c i a l d e m ó c r a t a r u s o y fu n d a d o r, co n Lenin, del p e­ riódico «Iskra». Re­ p re s e n ta n te en el co n g re so de 1903, e n c a b e z ó la fra c­ ción m enchevique. E n 1905, t r a s la te n ta tiv a de reu n i­ ficación de am bas c o rrie n te s, M artov defendió la te sis de la n e c e s i d a d d e p a s a r a n t e s p o r u n a p rim e ra e ta p a d e d e m o c r a c i a b u rg u esa . En s e p ­ tie m b re p a rtic ip ó c o n L e n in e n la c o n f e r e n c i a d e Zim m erw ald, p ara te rm in a r la gu erra.

delegados divididos ya en dos campos, en el momen­ to de las votaciones para elegir la composición de los órganos centrales del partido —entre ellos el perió­ dico Iskra—, se produjo un vuelco de la situación y fue entonces Lenin quien consiguió la mayoría. Mar­ tov, que acusó a Lenin de haber eliminado injustifi­ cadamente de la redacción de Iskra a hombres indis­ pensables, rechazó los resultados de la votación. Era la ruptura. Ruptura entre «bolcheviques» (que en ruso quiere decir mayoritarios) y «mencheviques» (minoritarios), un episodio histórico que marcaría todo el futuro del movimiento obrero. Aunque en abril de 1906 el «congreso de la unidad», celebrado en Estocolmo, reunificara pasajeramente ambas ten­ dencias.

En realidad, se trataba de una cuestión de fondo. Bajo las diferencias aparentemente formales se es­ condían dos concepciones opuestas de organización: la de un tipo de partido de vanguardia cerrado, clan­

destino, centralizado y militarizado, según el modelo

expuesto por Lenin en su ¿Qué hacer? de 1902, y la de un partido de tipo parlamentario poco apto, se­ gún el mismo Lenin, para tomar el poder en las con­ diciones específicas rusas. Con el tiempo, estas dife­ rencias de concepción se convirtieron en diferencias ideológicas sobre la posibilidad o imposibilidad de pa­ sar directamente en Rusia del zarismo al socialismo, sin etapas capitalistas intermedias. Los hechos aca­ barían dando la razón a Lenin.

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El «domingo sangriento»

El 3 de enero de 1905, las tropas japonesas entraron en Port Arthur. La derrota de las tropas del zar en la Guerra Ruso-japonesa puso de manifiesto el desba­ rajuste e ineficacia del gobierno de Nicolás I. La hu­ millación va a actuar ahora como amplificador del desconcierto social y político: las masas sólo toleran sus muertos cuando éstos son vencedores, no cuan­ do son bajas de un ejército vencido.

En San Petersburgo, el domingo 9 de enero, tras una oleada de huelgas, una manifestación de familias trabajadoras, encabezada por el pope Gapón, mar­ cha hacia el Palacio de Invierno. Los manifestantes no iban a exigir un cambio de régimen ni ponían en duda —menos aún— la soberanía del zar. Se trataba de una manifestación pacífica: la presencia de niños y los iconos que los manifestantes alzaban así lo prue­ ba. Sólo querían pedir al zar —suplicar— una mejora de sus miserables condiciones de vida. Y el cese de la guerra.

Pero la multitud, aunque se manifieste pacíficamen­ te, siempre infunde miedo al poder y sus represen­ tantes. Los soldados abrieron fuego. Fue una carni­ cería. Una carnicería —el «domingo sangriento»— que provocó en las masas un cambio radical: de ob­ jetos pasivos del poder, se convierten ahora en suje­ tos activos de la revolución.

Fracaso y esperanza

M ás de 70 m u e r­ to s , 240 h e rid o s y una ola de indigna­ c ió n p o p u la r que p ro v o có la m ayor o le ad a de huelgas q u e R u s ia h a b ía c o n o c id o h a s ta el m om ento: tal fue el saldo del «dom in­ go sa n g rie n to » , 8 de e n e ro d e 1905, en S an P e te rs b u r ­ go. El principio de una revolución.

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Una revolución que fracasa

Durante la primavera y el verano, un vendaval de huelgas sacudió los cimientos del régimen zarista. La concentración obrera en grandes fábricas facilitaba la huelga política, que se convirtió en el método funda­ mental de lucha. El 22 de junio se sublevó la marine­ ría del acorazado Potemkin (episodio que años des­ pués relataría el cineasta Eisenstein en una película destinada a hacerse famosa) y, en octubre, hubo huel­ ga general en toda Rusia. En agosto, obligado por la presión popular y siguiendo los consejos de su minis­ tro Witte, Nicolás II anunciaba la creación de una Asamblea representativa, la Duma, de base muy limi­ tada y con poderes puramente consultivos. Desde Gi­ nebra, Lenin seguía los acontecimientos. El 14 del mismo mes se constituyó en San Petersburgo, me­ diante la acción espontánea de grupos de obreros en huelga, un consejo de trabajadores: el Soviet de di­ putados obreros, el primer Soviet del movimiento re­ volucionario ruso y en el que Trotski —que en no­ viembre sería nombrado presidente de! mismo— iba a desempeñar un importante papel.

Era un nuevo órgano político que, durante las se­ manas siguientes, se multiplicó por toda Rusia y que

El 22 de junio de 1905, tr a s la m u e r­ te , a m a n o s de un oficial, de un m ari­ n e ro q u e se q u eja­ ba del mal e s ta d o de la com ida, la tri­ pulación del a c o ra ­ zado P o te m k in se a m o tin a b a a p o d e ­ rá n d o se del barco: l o s a m o t i n a d o s izaron la b a n d e ra roja en la bahía de S e b a sto p o l, en el M ar N egro, y d e s ­ p u és de h a c e r e s ­ ca la en O d e sa se dirigieron a R um a­ nia, d o n d e se les co n ced ió asilo p o ­ lítico.

Fracaso y esperanza

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en la Revolución de 1917 desempeñaría un papel fun­ damental. Fue el momento culminante del proceso.

El 17 de octubre, el Zar firmaba un manifiesto con­ cediendo una Constitución: la proyectada Duma ten­ dría poderes legislativos, se ampliaría su representa­ ción y se garantizarían los derechos civiles. Witte fue nombrado primer ministro. Rusia dejaba de ser una monarquía absoluta para convertirse —por sólo tres meses— en una monarquía constitucional: una «re­ volución legal» para evitar la revolución de los revo­ lucionarios.

El 8 de noviembre Lenin regresó a Rusia. Pero los bolcheviques, en esa época aislados todavía de las masas, seguían el movimiento, pero sin lograr dirigir­ lo. Los mencheviques, por su parte, no pensaban si­ quiera en tomar el poder. Y los socialistas-revolucio­ narios —los «eseritas»— estaban perplejos: confiaban

Fracaso y esperanza El c in e a sta soviéti­ co E insenstein in­ m ortalizó la re b e ­ lión del P o te m k in en una película (El a c o r a za d o P o te m ­ kin), rea liza d a en 1925. N a rra los s u ­ c e so s d e 1905 y es una de las o b ra s m a e stra s del cine m udo.

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Fracaso y esperanza

M inistro del In te­ rio r en 1905 y P re ­ sid e n te del C o n s e ­ jo d e M i n i s t r o s d e sd e 1906, Stoly- p in (1 8 6 2 -1 9 1 1 ), que se había d is­ tinguido p o r la r e ­ p resió n del m ovi­ m iento cam pesino, pro m u ev e u n a re ­ form a a g ra ria cuyo o b j e t i v o f u n d a ­ m ental es, en defi­ nitiva, c o n te n e r la te n sió n social en el cam po m ed ian te la c r e a c i ó n d e u n a c a p a de p e q u e ñ o s p r o p ie ta r io s a c o ­ m o d a d o s, los k u ­ laks. S u a s e sin a to en 1911 p o n e fin a l a s r e f o r m a s . A p a rtir de e s te m o­ m e n to , el a b so lu ­ tism o vuelve al m é­ t o d o c l á s i c o : el a p lastam ie n to p o r la violencia del m o­ v im ie n to r e v o lu ­ cionario.

en el campesinado y la clase protagonista del movi­ miento había sido, en cambio, el proletariado.

Sólo el Partido Constitucional, el Partido Cadete, constituido ese mismo año, y que en las elecciones a la primera Duma consiguió una tercera parte de los escaños, no parecía desbordado por la situación. Pero el Partido Cadete no era un partido revolucio­ nario, sino un partido liberal. Y los liberales no diri­ gen una revolución obrera: la frenan.

Así, agotado por la aceleración de los primeros me­ ses de lucha, sin una conciencia clara de sus objeti­ vos últimos, el movimiento empezó a decaer. El 16, 17 y 18 de diciembre el gobierno aplastó en Moscú una huelga general insurreccional. Llegaba la hora de la represión. Antes de que finalizara el año, la revo­ lución había concluido.

En diciembre de 1907, Lenin volvió al exilio. Antes de partir, pronunció esta frase: «Un poco de pacien­ cia; 1905 volverá».

A favor de corriente

La cifra de huelguistas, casi dos millones en 1905, des­ cendió a 650.000 en 1906, 540.000 en 1907, 93.000 en 1908, 8.000 en 1909 y 4.000 en 1910, año del periodo 1905-1917 en que menos huelgas se produjeron. Tras el retroceso primero y la derrota después del movi­ miento huelguístico insurreccional, el zarismo se re­ cuperaba.

Divididos y perseguidos, los socialistas —bolchevi­ ques, mencheviques, socialistas-revolucionarios— acaban en las cárceles o toman de nuevo el camino del exilio.

Por su parte, las masas obreras, desmoralizadas por la represión y sin líderes ni partidos, volvieron a la antigua indiferencia. Así, con la situación ya domi­ nada por el poder, de 1907 a 1912 la Duma cumplió íntegramente su tercer mandato. El régimen de Nico­ lás II, alternando las concesiones con la represión, se estabilizó. La reforma agraria de Stolypin —ministro del Interior y primer ministro tras la disolución, en 1906, de la primera Duma— desmanteló el antiguo sistema de propiedad comunal, el Mir, creando una nueva categoría de campesinos acomodados, los ku­

laks, en la que el régimen debería apoyarse. Se tra­

taba de diversificar la propiedad rural y crear nuevos 26

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Fracaso y esperanza El 7 d e a b r il d e 1906 se reu n ía la 1.a D um a elegida, en p rin c ip io , p o r sufragio universal. De m ayoría c a d e te (180 dip u tad o s) y sin ningún r e p re ­ s e n t a n t e c o n s e r ­ v a d o r ( z a r is ta s ) , fu e d i s u e l t a d o s m e s e s d e s p u é s . Aqui, Lenin y S ta- lin r e u n i d o s e n T am m erfors.

propietarios como antídoto del socialismo revolucio­ nario. El autor de la reforma lo vio con claridad: de esta forma «el gobierno se asentará en la propiedad individual destinada a desempeñar un importante pa­ pel en la reconstrucción de nuestro imperio sobre só­ lidos cimientos monárquicos». Como tantas otras ve­ ces, el poder intentaba evitar una revolución social lle­ vando a cabo una revolución legal, que se producía, además, a favor de corriente: en un momento de «re­ lanzamiento» de la economía rusa, propiciada por la favorable coyuntura económica europea de esos años.

Relanzamiento de la economía agraria, relanza­ miento de la producción industrial. A favor de la re­ forma política, a favor de la expansión económica, el régimen de Nicolás II podía sentirse tranquilo. El fan­ tasma de la revolución se desvanecía. Aunque próxi­ mo, 1905 quedaba ya muy lejano.

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Fracaso y esperanza

Las lecciones de una derrota

Mientras tanto, los derrotados reflexionaban sobre las causas de la derrota. No todos sacan las mismas conclusiones.

Pero todos, pese a la derrota final del movimiento revolucionario y a la amargura del exilio, miran, no obstante, al futuro. Porque, aunque frustrada, la Re­ volución de 1905 dio a las masas conciencia de su fuerza. Se dieron cuenta de que el zarismo era vul­ nerable, que podía ser derrocado.

Para el Partido Cadete, las concesiones legales he­ chas por el poder mostraban la posibilidad de un ré­ gimen liberal en Rusia, que de hecho cuenta ya con un parlamento. Hay, pues, que profundizar en la vía parlamentaria. Su objetivo último es lograr un parla­ mentarismo de corte británico. Aunque para llegar a él haya que hacer las paces con el poder, negociar, consensuar, buscar algún acercamiento

T r a s el a p l a s t a ­ m ie n to del m ovi­ m ie n to i n s u r r e c ­ cional de 1905, el exilio. En 1907 hay e n P a r is m ás de 25.000 e m ig ra d o s políticos de to d a s las te n d e n c ia s, e n ­ tr e ellos Lenin. En la im agen, el Club d e los Em igrados R usos en París. 28

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Los socialistas-revolucionarios, ante el fracaso final de un movimiento obrero en el que por otra parte no confiaban, volvieron de nuevo sus ojos hacia el cam­ pesinado y las tradiciones de la lucha populista.

Para los mencheviques, el desarrollo de los acon­ tecimientos confirmaba sus tesis: el movimiento de 1905 había fracasado porque, en las condiciones de Rusia, la revolución socialista era sencillamente im­ posible. Sólo cabía una revolución «democrático-bur- guesa», etapa histórica anterior y obligatoria, realiza­ da por la propia burguesía y en la que el proletariado tendría en definitiva un papel de comparsa. La tarea era, pues, impulsar a esa burguesía al poder. Pero los bolcheviques —aunque no todos— veían las cosas de otra forma. Aun admitiendo también la necesidad de pasar antes por una revolución «burguesa», Lenin negaba que la burguesía pudiera y quisiera hacer esa revolución; entendía el proceso y la transición de la etapa «burguesa» a la etapa «socialista» como una re­ volución «ininterrumpida» —la «revolución perma­ nente» que Trotski teorizaría— realizada por el pro­ letariado en alianza con los campesinos. Una revolu­ ción que empieza siendo «burguesa» y acaba siendo «socialista»: en definitiva, el proceso que tendría lu­ gar en 1917.

Por eso, el fracaso de 1905 —que en todo caso re­ veló a millones de obreros y campesinos las posibili­ dades del combate político y no simplemente econó­ mico— no demuestra para Lenin la imposibilidad de una revolución socialista en Rusia, sino la debilidad organizativa de un instrumento revolucionario que no ha estado a la altura de las circunstancias y no ha con­ seguido dirigir el movimiento obrero ni lograr la uni­ dad de acción con los campesinos. Fortalecer, afinar ese instrumento y corregir esa alianza obrero-campe­ sina: tal es la tarea que durante esos años, a la espe­ ra del «Gran Día», se impusieron los bolcheviques bajo la dirección de Lenin.

Mientras, la fosa que separa ambas fracciones se ahonda cada vez más y en enero de 1912 se produce la ruptura definitiva. La Conferencia de Praga, orga­ nizada por Lenin y a la que asistió un pequeño nú­ mero de sus fieles, declaró que los mencheviques se habían autoexpulsado del partido. A partir de ese mo­ mento, sólo ellos, bolcheviques, eran ya ese partido.

Fracaso y esperanza El prim er nú m ero de «Pravda» a p a r e ­ ció el 12 de m arzo d e 1 9 1 2 , c u a t r o m eses d e s p u é s de la escisión definiti­ va e n tre bolchevi­ q u e s y m enchevi­ q u es en el C o n g re ­ s o d e P r a g a . El n u e v o p e r ió d ic o , ó rg an o de los b o l­ cheviques, su p e ró in m e d i a t a m e n t e , en tira d a e influen­ cia, las publicacio­ n es m encheviques. D e s a p a r e c i d o al iniciarse la g u erra de 1914, re a p a re c i­ do c o n la R evolu­ c ió n d e F e b r e r o ; en o c tu b re de 1917 se convirtió en el ó rg an o c e n tra l del C o m ité B o lch e v i­ q u e e n M o s c ú . H a s ta 1937 e s tu ­ vo dirigido p o r Bu- jarin.

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El 28 de junio de 1914 el arc h id u q u e F ra n cisc o F e rn a n ­ d o , h e r e d e r o del tr o n o a u s tro -h ú n ­ garo, e ra a s e sin a ­ do en S arajevo, c a ­ pital de B osnia. El te rro ris ta , un e s tu ­ d ian te de 19 a ñ o s lla m a d o G a v r ilo Princip, que d ec la ­ ró h a b e r com etido el m agnicidio p ara lib e ra r a los s e r­ bios de la opresió n a u s tría c a , fue d e ­ te n id o in m e d ia ta ­ m e n te . El h e c h o d e s e n c a d e n ó la P r i m e r a G u e r r a Mundial.

1914-1917:

La agonía del absolutismo

El 4 de agosto de 1914, en medio de un delirante en­ tusiasmo, el Parlamento francés aprobaba en París la «unión sagrada» entre proletarios y burgueses. El mis­ mo día, en Berlín, los votos social-demócratas permi­ tían que el Parlamento alemán aprobara por unani­ midad el presupuesto para la guerra. En sólo unas ho­ ras, uno de los pilares del movimiento obrero, el in­ ternacionalismo, se desmoronaba aparatosamente.

La guerra

El 29 de julio, un día después de la declaración de gue­ rra del Imperio Austrohúngaro a Serbia, el ejército ruso se movilizaba. El 1 de agosto, Alemania decla­ raba la guerra a Rusia. Al día siguiente, en San Pe- tersburgo —que va ahora a llamarse Petrogrado—, la multitud vitoreaba a la familia imperial, asomada a un balcón del Palacio de Invierno. La muchedumbre de súbditos, de rodillas, entona el himno nacional... El 6 de agosto, el Imperio Austrohúngaro declaraba a su vez la guerra a Rusia.

En Moscú, Plechanov y los dirigentes del Partido Socialista Revolucionario, también ellos dominados por patriótico entusiasmo, animaban a sus seguido­ res a que se enrolasen en la ya inevitable contienda.

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Un conflicto, indudablemente, al que la Rusia impe­ rial podía aportar mucho. Entre otras cosas, más de 85 millones de campesinos y tres millones de obreros como carne de cañón.

En Suiza, Lenin condena, insulta, maldice, repren­ de. Pero ha adivinado, desde el primer momento, las posibilidades revolucionarias que la guerra —ese «acelerador de la historia», trae consigo. Una guerra imperialista y por intereses imperialistas que en prin­ cipio parecía más bien destinada a beneficiar al régi­ men zarista, desde meses atrás enfrentado de nuevo con movilizaciones y huelgas. Una ocasión, por tan­ to, para ahogar el movimiento de masas en la marea del patriotismo. Y una ocasión, además, legalizada por una Duma que desde el primer momento se de­ claraba dispuesta a apoyar al gobierno en defensa del país, al que la guerra brindaba la oportunidad —pro­ clamaba Miliukov, líder de los liberales— de realizar sus seculares aspiraciones nacionales: la conquista de Constantinopla. Sólo los social-demócratas—bolche­ viques y mencheviques— se oponían a una guerra im­ perialista expresando su decidida intención de no apoyar al régimen. En cualquier caso, una minoría en medio del general entusiasmo que habría sido segu­ ramente barrida si el desarrollo de la contienda hu­ biera sido favorable a las armas rusas.

El principio del fin

El 1 de a g o sto de 1914, Rusia d ec la ­ r a b a la g u e r r a a A lem ania. La casi t o t a l i d a d d e lo s p a rtid o s ap o y a ro n al g o b ie rn o . Sólo lo s d ip u ta d o s so- c i a l d e m ó c r a t a s —b o lc h e v iq u e s y m e n c h e v i q u e s — d e c la ra ro n que no ap o y a rían en p rin ­ cipio al régim en y se o p o n d rían a una g u e rra im perialis­ ta . E n c u a lq u ie r ca so , R usia no e s ­ ta b a en co n d icio ­ n es de e n fre n ta rs e con las p o te n c ia s ce n trale s.

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El principio del fin

Líder y uno de los f u n d a d o r e s d e l P a r t i d o C a d e t e , Pavel N icoláievich M ilíu k o v ( 1 8 5 9 - 1943) fue m inistro de A su n to s E x te­ rio re s en el prim er G o b i e r n o P r o v i­ sional, c o n stitu id o en m arzo de 1917. E n fre n ta d o d esd e el prim er m om ento co n el S oviet p o r su a c titu d «conti- nuista» re s p e c to a la g u e rra y su d e ­ se o de m a n te n e r a to d a c o s ta la alian­ za m ilitar co n In­ g la terra y F rancia, lo que equivalía a p e rp e tu a r la políti­ ca im perialista de N icolás II, se vio obligado a dim itir.

El d esastre

Pero ni el ejército ruso, insuficientemente equipado, ni el régimen, decrépito, ni la situación del país, con una red de transportes incomparablemente inferior a la alemana, estaban en condiciones de oponerse a la máquina de guerra de Guillermo II. Así, desde los pri­ meros momentos, tras unos pequeños éxitos, las tro­ pas rusas, tan mal equipadas como alimentadas, co­ secharán derrota tras derrota. El 30 de agosto, en Tannenberg, Hindenburg aniquilaba el II Cuerpo de Ejército, que sufrió 300.000 bajas. Un auténtico de­ sastre. En 1915, nuevo desastre: caída de Varsovia y penetración alemana en la Rusia blanca. El gobierno consideró la posibilidad de evacuar Petrogrado. L¡- tuania, Polonia y Galitzia cayeron en poder de los ale­ manes. Un año después de empezado el conflicto, sin munición, sin fusiles y sin cañones, desmoralizadas y desorganizadas, las tropas del zar habían dejado de ser un verdadero ejército. Las bajas se elevaban a 150.000 muertos, 770.000 heridos y 900.000 prisione­ ros. En los últimos meses de 1916 hubo un millón de desertores, un millón de soldados «que con sus pies votaban por la paz». El entusiasmo patriótico de 1914 era ya sólo un jirón irreconocible por el barro y la san­ gre de la derrota. Con ella, el gobierno había perdido la ocasión de frenar el movimiento huelguístico, que en el primer semestre de 1914 había movilizado a 159.000 personas. El ejército, «espina dorsal de la pa­ tria», estaba doblemente «tocado»: por sus pérdidas y por las consecuencias del taponamiento constante de esas pérdidas. Nuevos y nuevos soldados cada vez más conscientes de la sinrazón de la carnicería y cada vez más rebeldes. En octubre de 1916 un delegado del gobierno, de inspección en el frente, anotaba: «El estado de ánimo de las tropas es realmente inquie­ tante; las relaciones entre soldados y oficiales son cada día más tensas... frecuentemente los oficiales se niegan a ponerse al frente de las tropas ante el temor de que sus propios soldados disparen sobre ellos.»

Pero el miedo, a su vez, provoca el endurecimien­ to de la disciplina. En las Memorias del soldado Pi- reiko —citadas por Trotski en su Historia de ¡a Re­ volución Rusa— se lee: «cualquier falta, por pequeña que fuera, se castigaba a vergajazos». Por eso, sigue escribiendo Pireiko, «a la tropa, lo único que le intere­

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saba era la paz. Cómo se produciría ésta y quién se­ ría el vencedor, eran cuestiones que le tenían sin cui­ dado. Lo que le importaba era que llegara cuanto an­ tes. Estaba harta de la guerra». Un ejército, se lamen­ taban los ministros de la autocracia, que «ya sólo se componían de cobardes y desertores».

Por otro lado, parte de la antigua oficialidad tuvo que ser sustituida por jóvenes mandos de una nueva generación, simpatizantes con el progresismo e inclu­ so con la revolución. Así, la disciplina amenazaba también romperse por parte de quienes en principio debían imponerla.

Paralelamente a la descomposición del ejército en los frentes de batalla, en el interior se descomponía también el poder civil y aumentaba la desorganiza­ ción de la economía. En menos de tres años se su­ cedieron más de quince «ajustes» de gobierno con mi­ nistros cada vez más impopulares y nombramientos cada vez más caprichosos y extravagantes. Así, en­ tre la corrupción y el vacío, aislado del pueblo y en medio de una agitación social cada vez más violenta, el régimen se desintegraba: locomotoras que no fun­ cionaban, fábricas que no producían, políticos que no gobernaban, soldados que no combatían. El desastre.

El principio

del fin

Un añ o d e s p u é s de co m en z ad a la gue­ rra , «sin m unición, sin fusiles y sin c a ­ ñ o n e s » , t r a s la s p rim e ra s p e n e tra ­ cio n es en la P ru sia o riental, el ejército r u s o , e n p l e n o ca o s, se b ate en r e ­ tira d a en to d o s los fren tes: la d e s b a n ­ dada. Aqui, so ld a ­ d o s ru so s c a p tu r a ­ d o s en la b atalla de Lem berg, a finales de 1914.

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El principio del fin

El « sin iestro Ras- putín» (1872-1916) fue en definitiva un a v e n t u r e r o q u e , a p r o v e c h á n d o s e d e l d o m in io q u e ejercía so b re la z a ­ r in a , y h a c ie n d o valer su « m isterio ­ sa» y ben éfica in­ flu e n c ia s o b r e el z a re v itc h , llegó a t e n e r p o d e r re a l —n u n ca m ejor di­ c h o — en las d ec i­ sio n e s políticas y m ilita r e s d e u n a m o n a rq u ía d e c ré ­ pita y envilecida. Un régimen decrépito

Para que exista una situación revolucionaria no sólo hace falta que una mayoría de la población ya «no pueda más», sino que la minoría en el poder pueda cada vez menos. Y este es el caso de Rusia en vís­ peras de la revolución: unas masas al borde de la de­ sesperación y un poder, el zarismo, al borde de la pa­ rálisis. Un régimen que, tras la engañosa recupera­ ción de 1907-1912, era un organismo decrépito y, an­ tes de morir, ya corrupto. Y que quizás por eso aca­ ba produciendo un zar «averiado», de escaso carác­ ter y nula energía, dominado por una zarina de ori­ gen alemán, la princesa Alejandra, exaltada y dese­ quilibrada. Un zar psicológicamente débil que com­ pensa su debilidad y la conciencia que de ella tiene autoconvenciéndose del papel de monarca absoluto que la historia le ha asignado y obrando en conse­ cuencia como tal —«el poder autocrático supremo pertenece al emperador de todas las Rusias», recuer­ da a la Duma— justo en el momento en que más se necesitaba el compromiso y la apertura. Un poder ab­ soluto ejercido precisamente por quien no tenía con­ diciones para ejercerlo y que acaba creando a su al­ rededor un inmenso vacío político. Esta contradicción entre la debilidad real y la obstinada dureza aparente

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del «emperador» equivale en cierto modo a la contra­ dicción fundamental que venía minando al régimen: la de un poder absoluto que, sin dejar de serlo, se so­ mete a un parlamento, la Duma, por mínimo poder real que esa Duma tuviera. En este sentido, desde 1906 el régimen estaba ya «tocado».

Así, la incierta pareja imperial y su confusa corte —picaros, traidores, iluminados y locos—, en la que destaca la sombría figura de Rasputín, son en reali­ dad la expresión visible del agotamiento histórico del régimen y la dinastía que desde siglos venía represen­ tándolo.

Pero si esa desintegración general es consecuen­ cia directa de la derrota en los frentes de batalla, poco a poco las masas han ido tomando, cada vez más, conciencia de su fuerza y el movimiento de oposición a la guerra deja de ser un movimiento de resistencia para aparecer como un movimiento de acoso al po­ der. Paulatinamente, la palabra «paz» va asimilándo­ se a la idea de revolución, entendida ésta como des­ trucción del poder zarista.

El mal m enor

En parte, este proceso es resultado de la propagan­ da bolchevique, pese a la deportación de la plana ma­ yor del partido a principios de 1915. Porque, a dife­ rencia de los mencheviques, cuya actitud no era en la mayoría de los casos diferente a la de los «patrio­ tas» partidarios de la guerra, la «traición» de los so­ cialistas occidentales no había mellado la voluntad ni las convicciones de Lenin, que desde el primer mo­ mento comprendió las posibilidades revolucionarias de la guerra y recomendó un esfuerzo propagandís­ tico en este sentido. Frente a las tesis de Martov, lí­ der de los mencheviques «izquierdistas», que procla­ maba la necesidad de concluir la guerra mediante una paz autodeterminada sin anexiones ni indemnizacio­ nes, el proyecto de Lenin se basaba en convertir la guerra en una revolución socialista que se propaga­ ría por toda Europa. Para esa estrategia, «paz» y «re­ volución» eran, en efecto, términos complementarios e inseparables.

En septiembre de 1915, ambos asistirán a la con­ ferencia de Zimmerwald, la primera que se celebraba contra la guerra, y que daría lugar al enfrentamiento

Paz y revolución En la c o r r e s p o n ­ d e n c ia m a n ten id a co n el z a r d u ra n te la g u e rra , c u a n d o é s t e s e e n c a r g ó p e rso n a lm e n te de la d irec ció n de las o p e r a c io n e s mili­ t a r e s , A le j a n d r a F iodorovna, p re sa d e e x tra v ia d o fu­ r o r a b s o lu tista , e s ­ cribió a su m arido: «a R usia, le g u sta q u e le a c a r i c i e n c o n la f u s t a , e s algo q u e e s tá en la p ro p ia n a tu ra le z a d e s u s g e n t e s » . P o co tiem po d e s ­ p u és, e s a s g en tes b a rría n de la h isto ­ r ia la m o n a rq u ía za rista . 35

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y revolución

C o n una d e s a s tr o ­ sa red ferro v iaria y d e te le c o m u n ic a ­ cio n es, la c a p a c i­ d ad ofensiva y d e ­ fensiva del ejército ru so e ra muy infe­ r i o r a la d e s u s enem igos. P ese a lo cual, en lo s pri­ m e ro s m o m e n to s la s t r o p a s r u s a s a v a n z a r o n e n la P r u s i a o r i e n t a l c re a n d o la ilusión de una posible vic­ toria.

entre «moderados» y «radicales», estos últimos parti­ darios decididos de una paz revolucionaria a través de la derrota del zarismo. Un año antes, nada más llegar a Berna tras su expulsión de Austria, Lenin leía a un grupo de sus fieles las después llamadas «tesis de septiembre», en las que afirmaba que era tarea de la social-democracia «denunciar implacablemente la mentira, los sofismas y las frases “patrióticas” propa­ gadas por las clases dominantes, por los terratenien­ tes y la burguesía en defensa de la guerra». En esa situación, concluía Lenin, «es imposible determinar, desde el punto de vista del proletariado internacio­ nal, la derrota de cuál de los dos grupos de naciones beligerantes constituiría el mal menor para el socia­ lismo. Pero, para nosotros, social-demócratas rusos, no puede caber duda alguna de que, desde el punto de vista de la clase obrera y de las masas trabajado­ ras de todos los pueblos de Rusia, el mal menor se­ ría la derrota de la monarquía zarista...».

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Un «derrotismo» que podía resultar —y resultó— verdadera dinamita ideológica para esa muchedum­ bre de derrotados, esas masas hambrientas y decep­ cionadas que podían ahora liberar su rencor de ven­ cidos con el entusiasmo de llegar a ser vencedores de quienes les habían llevado al desastre.

Al mismo tiempo, en los confines del Imperio, re­ surgen los nacionalismos, estimulados en parte por Alemania, que ve en el movimiento de las nacionali­

dades un factor más de desintegración de! enemigo.

Un aprendizaje autogestionario

Pero ademas de los efectos que la propaganda bol­ chevique, desde fuera, pudiera tener, y de las posi­ bles consecuencias de la agitación nacionalista, otro factor colaboró, desde dentro mismo del proceso de disolución del poder y sus instituciones, en la acele­ ración del proceso y el desplome final del régimen: la aparición de poderes paralelos, a consecuencia del vado político creado por las derrotas.

En efecto, desde las primeras derrotas, ante la in­ capacidad por parte del poder civil, y la imposibilidad por parte del poder militar, de organizar eficazmente un aparato económico y administrativo capaz de en­ frentarse con la situación, se crearon múltiples comi­ tés privados que constituían de hecho poderes para­ lelos. Las primeras iniciativas en este sentido surgie­ ron para resolver el dramático problema de los refu­ giados, cientos de miles de personas que desde 1915 inundaban las ciudades. El caos en el aparato pro­ ductivo estimuló también el nacimiento de diversos comités para su reorganización. Esta multiplicación de comités y organismos de cooperación, si en algún momento pudo contribuir a una pasajera estabiliza­ ción, ahondó en definitiva aún más la fosa entre el po­ der y la población. Por una parte, ésta decubrió las posibilidades del autogobierno, lo que contribuyó a anular el secular reflejo de obediencia y creó, por con­ tra, el reflejo de desobediencia. Por otra, provocó aún mayor confusión entre los gobernantes, que no sa­ bían muy bien a qué atenerse, y estimuló, de recha­ zo, en los «cooperantes» la voluntad de invadir zo­ nas de competencia estatal cada vez más extensas.

Un aprendizaje autogestionario, en resumen, que en 1917 daría todos sus frutos.

Paz y revolución V l a d i m i r I l l i c h U l i a n o v , L e n i n (1870-1924), tiene 17 a ñ o s c u a n d o su h e r m a n o A le ja n ­ d ro e s a h o rc a d o , a c u sa d o de c o n s ­ p ira r c o n tra la vida d e A le ja n d r o III. « N o so tro s no s e ­ g u ire m o s e s e c a ­ mino», afirm ó e n ­ to n c e s Lenin, d a n ­ do a e n te n d e r que el m ovim iento r e ­ volucionario d e b e ­ r í a s e g u i r o t r a s vías: la acció n de m a sas bajo la di­ re c c ió n de un p a r ­ tid o d e v a n g u a r ­ dia. Su ac tu a c ió n co m o líder rev o lu ­ cionario ha o s c u ­ recid o o tra im por­ ta n tísim a fac e ta d e s u l a b o r : la d e c o n s tru c to r de un n u ev o E stad o .

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La desintegración

E nferm o de h em o­ f i l i a , e l p a d e c i ­ m ie n to d e l z a re - vitch Alejo influyó en alguna m edida en la devoción de la za rin a p o r el « te ­ n e b r o s o » R a sp u - tin : u tiliz a n d o la h ip n o sis, é s te lo­ gró, en o ca sio n e s, p a s a je ra s m ejorías e n la débil salud d e l h e r e d e r o del tro n o . ¿Locura o traición?

En agosto de 1915, en contra de la opinión de sus mi­ nistros, Nicolás II tomaba directamente el mando de las tropas dejando los asuntos del Estado al cuidado de la zarina, que se encargó con gusto de la tarea bajo la dirección y consejo de Rasputín, su amigo, confidente y mediador directo entre ella y Dios. Es el momento de mayor influencia del enigmático «mon­ je», que impuso como ministro del Interior a Proto- pov, desequilibrado personaje detestado por la pobla­ ción, y como Presidente del Consejo, en febrero de 1916, a Stürner, anciano corrompido e igualmente de­ testado. Así, el mito de un monje maléfico que habría embrujado a la familia imperial se propagaba de boca en boca por toda Rusia minando definitivamente el es­ caso prestigio que aún pudiera conservar la familia imperial. Los resultados de todo esto fueron tan ca­ tastróficos que el 17 de diciembre de 1916 miembros

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