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Odisea Cristiana. P o r W i l f r i d o G o n z á l e z

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Academic year: 2021

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P o r W i l f r i d o G o n z á l e z atanael era un hombre que valoraba la honestidad, un hom-bre íntegro y sincero. Era un hombre que creía en Dios, que creía en las profecías acerca de la venida del Mes-ías, el Salvador de Israel. Él no había perdido la esperanza como muchos judíos oprimi-dos bajo el Imperio Romano. Y solía meditar en la Ley, en los Profetas, y en los Salmos.

Cierto día se fue a meditar y a orar lejos del bullicio, y se refugió del calor del sol bajo la sombra de una higuera, y meditaba en las maravillo-sas profecías que anunciaban la

libe-ración de Israel con la venida de su glorioso Rey y Salvador, el Hijo de Dios. “¿Cuándo será esto, Adonai? ¿Tendré el privilegio de ver a nuestro Mesías? Mira que tu pueblo sufre bajo este imperio extranjero, aunque muchos se han acostumbrado… pero yo se que tú tienes algo mejor para tu pueblo… ¡cuanto anhelo ver la salvación de Israel! ¡Cuanto anhelo ver renacer la esperanza de mi na-ción!...” Sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz que le llamaba a lo lejos: “¡Natanael!, ¡Na-tanael!” Era su buen amigo Felipe…

Juan 1: 45-50 (combinando Reina

Valera y Dios Habla Hoy en todo el

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artículo): “Felipe halló a Natanael, y

le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret. Y le dijo Natanael: ¿De Na-zaret puede haber algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y compruébalo. “Jesús vio venir a Natanael, y dijo de él: Aquí viene un verdadero Israelita, en el cual no hay engaño. Natanael le dijo: ¿Cómo es que me conoces? Respondió Jesús, y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera te vi. Respondió Natanael, y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel. Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije, te vi debajo de la higuera, crees? cosas mayores que éstas verás.” Yo creo que este relato fue inspirado por Dios para tocar nuestro corazón mostrándonos de una manera her-mosa que Jesucristo (y, por conse-cuencia, el Padre y el Espíritu Santo) nos conoce íntimamente, que siem-pre está muy cerca de nosotros. Sí, lo hemos oído muchas veces, que Dios es omnipresente y todo eso… pero el creyente suele pasar por angustias y temores innecesarios antes de llegar a sentir de corazón que Cristo está cerca, pero muy, muy cerca.

En lo personal el relato acerca del primer encuentro entre Natanael y Jesús me emociona profundamente. Me imagino la sonrisa de Jesús anti-cipando la sorpresa de Natanael al decir: “Aquí viene un verdadero

israe-lita, en quien no hay engaño”. Me imagino la cara de asombro de Nata-nael, tal vez con una leve sonrisa al responder: “¿Cómo es que me cono-ces?” Me imagino a Jesús, ahora con una sonrisa traviesa (como cuando le decimos a algún amigo: “¡Adivina

que!”), saboreando anticipadamente el sorprender aún más a Natanel: “Te vi antes que Felipe te llamara, cuan-do estabas debajo de la higuera”. Y me imagino a Natanael con la boca y los ojos muy abiertos, y luego con el rostro radiante por una mezcla de alegría y asombro: “Maestro, ¡tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Isra-el!”

Veamos otros dos ejemplos que nos muestran que Jesús nos conoce de una manera personal e intima.

Zaqueo

Zaqueo era un cobrador de impues-tos. Era judío pero trabajaba para el gobierno de Roma en Jericó. Como representante oficial del gobierno romano cobraba impuestos a los

Jesucristo nos

conoce

íntima-mente, siempre

está muy cerca

de nosotros...

pero muy,

muy cerca.

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Odisea Cristiana judíos, lo cual era considerado des-preciable por los judíos en general. Pero Zaqueo probablemente consi-deraba que él simplemente se adaptó a la realidad, él necesitaba un trabajo, el gobierno romano tenía esa vacante y él la tomó. Comoquiera que haya sido, Zaqueo era un hom-bre honrado, y era diligente en su trabajo, por eso había llegado a ser líder entre los cobradores de impues-tos de Jericó (“el principal de los publicanos”). El relato está en Lucas

19:1-10.

Como todos los judíos de la región, Zaqueo oyó hablar de un tal Jesús, que afirmaba ser el Mesías, el Cristo. Oyó de sus milagros y de su predica-ción, y quería saber más de él. Cuan-do Jesús vino a Jericó, Zaqueo quería verlo y oírlo personalmente pero por su baja estatura y por tanta gente que se amontonaba alrededor de Jesús no lograba acercarse lo sufi-ciente.

Otra vez mi mente vuela al pasado y me imagino la escena: Zaqueo, bus-cando por uno y otro lado, no puede penetrar la multitud (pero Jesús ya lo está viendo – tal como había visto a Natanael – y sonríe anticipando la sorpresa que le va a dar). Entonces Zaqueo corre más adelante y se tre-pa a un árbol. Cosa curiosa: Un oficial del gobierno, líder entre los recauda-dores de impuestos, un hombre rico, trepado en un árbol, mirando desde arriba con gran interés a aquel

predi-cador que tanto revuelo había cau-sado. Jesús y la multitud avanzaban aproximándose al árbol… de pronto la mirada de Jesús se dirige hacia arriba y se fija en los ojos de Zaqueo. Antes de conocer a Jesús, Zaqueo había llegado a sentir admiración por aquel maestro que predicaba buenas noticias. Siendo publicano, menos-preciado por muchos, no podía espe-rar que aquel gran maestro le dirigie-ra la palabdirigie-ra. Pero allí estaba Jesús, mirándolo a los ojos con una cordial sonrisa, y luego ¡le llama por su nombre, y le pide hospedaje! Ese día no hubo hombre mas feliz que Za-queo en toda Jericó.

“Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso. Y viendo esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pe-cador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: Mira, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, le devuelvo cuatro veces más. Y Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”

Veamos ahora un relato muy conoci-do el cual he condensaconoci-do para abre-viar.

La mujer samaritana Juan 4:3-42

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que se llamaba Sicar… Y estaba allí el

pozo de Jacob. Entonces Jesús, can-sado del viaje, se sentó, así junto al pozo. Era como la hora sexta.” Una vez más me imagino a Jesús que desde que venía por el camino ya había visto a la mujer samaritana que “casualmente” se lo iba a encontrar. Y ahora sentado junto a aquel pozo, cansado y sediento, sonríe antici-pando la sorpresa que está a punto de darle a aquella mujer. (¿Se ha puesto usted a pensar que a Dios le encanta sorprendernos?).

“Vino una mujer de Samaria a sacar agua… y Jesús le dice: Dame de be-ber. (Porque sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.) Y la mujer samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo Judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? porque los judíos no se tratan con los samari-tanos. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber: tú pedirías de él, y él te daría agua vi-va… La mujer le dice: Señor, dame esta agua, para que no tenga sed, ni venga acá a sacarla. Jesús le dice: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Res-pondió la mujer, y dijo: No tengo marido. Le dice Jesús: Bien has dicho, No tengo marido; porque cinco mari-dos has tenido: y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.

“Le dice la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres

adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde es necesario adorar. Le dice Jesús: …la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad... Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Le dice la mu-jer: Sé que el Mesías ha de venir, el cual se dice el Cristo: cuando él venga nos declarará todas las cosas. Le dice Jesús: Yo soy, que hablo contigo… Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a aquellos hombres: Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿si quizás es éste el Cristo?

“Entonces salieron de la ciudad, y comenzaron a venir á él.

“Jesús les dijo [a sus discípulos]… Alzad vuestros ojos, y mirad los cam-pos, porque ya están blancos para la siega.

“Y muchos de los Samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testi-monio, diciendo: Que me dijo todo lo que he hecho.

“Viniendo pues los Samaritanos á él, le rogaron que se quedase allí: y se quedó allí dos días. Y creyeron mu-chos más por la palabra de él. Y de-cían a la mujer: Ya no creemos por tu dicho; porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdade-ramente éste es el Salvador del

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Odisea Cristiana do, el Cristo.”

Tres personas completamente distin-tas, pero a las tres sorprendió Jesús demostrándoles que les conocía de una manera que revelaba la podero-sa e íntima presencia de Dios en nuestra vida diaria.

¿Que le diría Jesús a usted? ¿Que me diría a mí? ¿Que le diría a cada uno de nosotros en lo personal si nos lo encontráramos?

Tal vez diría: “Te vi cuando estabas des-esperado por tanto estrés en tu trabajo” o “Te vi cuando estabas angustiado porque no podías conseguir tra-bajo – y sentí mucho pesar” o “Te vi angus-tiada cuando te diste cuenta que tu hijo era drogadicto – y me dolió el corazón” o “Te

oí cuando fascinado me alabaste al ver la belleza de aquellas flores – ¡me sentí en las nubes!” “Te vi llorar cuando no podías hacer la tarea de matemáticas – y lloré contigo, ¡mi niño precioso!”… ¡cuantas cosas nos diría Jesús!

Bueno, no dudes que Jesús está allí, junto a ti, en todo momento. Re-cuerda a Natanael, reRe-cuerda a Za-queo, recuerda a la mujer samarita-na, y haz una pausa en el ajetreo diario en casa, en la calle, en el

traba-jo, en la escuela, en la playa, en el cine, en el hospital… en todas partes, en todo momento, en las buenas y en las malas. Jesús está allí, siempre lo ha estado (junto con el Padre y con el Espíritu Santo, porque son insepa-rables), y se alegrará si le diriges unas palabras según las circunstancias particulares que estés viviendo: “¡Que ricas quesadillas, muchas gra-cias, Señor!” o “Señor, ¡no se que voy a hacer!” “Dios, ¡que hermoso

caba-llo!” “¡Que lindos son mis niños! Gracias, Dios mío” “Señor, perdóna-me, pero ¡mis hijos me tienen har-to!” “Padre, si el tráfico no baja voy a llegar tarde, ¡ayúdame por favor!” y así por el estilo. A Dios puedes decir-le cualquier cosa (de todos modos El oye todo lo que dices, ¿no?).

Así que “acerquémonos osadamente al trono de la gracia” (Hebreos 4:16). Si estás alegre, díselo; si estás triste díselo; si estás enojado, enamorado, deprimido, preocupado, emocionado o arrepentido… ¡díselo! Porque por

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medio de los relatos que acabas de

leer (léelos con calma en tu Biblia y deja que tu mente se impresione con la esencia de estos relatos) Jesús te habla de corazón a corazón y te dice: “Siempre estoy cerca de ti, siempre te estoy viendo, te amo, morí por ti, platícame lo que sientes, yo te escu-cho, cuenta conmigo…”

Para terminar quiero enfatizar que en los relatos mencionados tanto Natanael como Zaqueo y la mujer samaritana, al saber que Jesucristo los conocía perfectamente antes de que ellos lo conocieran personalmen-te, reaccionaron básicamente de la misma manera: Fueron incitados a la acción, querían que los demás tam-bién recibieran de alguna manera ese maravilloso conocimiento. Natanael se convirtió en uno de los discípulos de Jesús. Zaqueo se llenó de gozo al confirmar que el camino del dar que él ya estaba practicando encajaba muy bien en la enseñanza del Mesías que personalmente le aseguraba que la gracia de la salvación también era para él y los de su casa. Y la mujer samaritana corrió a anunciar las buenas noticias, ¡y muchos vinieron a Jesús por el testimonio de ella, y creyeron en El!

De la misma manera, si esta verdad ha penetrado tu corazón, entonces tú también podrás ser un medio por el cual el Espíritu Santo ayude a otros a conocer al que nos conoce tan íntimamente. El mundo necesita

saber esto, y tú puedes ayudar. ¿Cómo? Yo creo que, a nuestro nivel, necesitamos imitar a Jesús: Necesi-tamos conocer a las personas que nos rodean, preocuparnos por ellas, demostrarles que les amamos – re-flejar a Jesús para ellas. Jesús tenía poder sobrenatural para conocer a las personas por medio de la omni-presencia del Espíritu Santo pero nosotros no, nosotros tenemos que preguntar “¿Cómo estás?” Y que realmente nos interese conocer las circunstancias que atraviesan las personas que nos rodean, preguntar-les por su familia, por su trabajo, por su salud, que nuestro corazón sea sensible hacia los demás (“Gozaos con los que se gozan: llorad con los que lloran” – Romanos 12:15). ¿Acaso no haría una gran diferencia en este mundo si más y más perso-nas vivieran de esta manera? Por eso es vital que estemos conscientes de que Jesús nos conoce personalmente para que lo conozcamos nosotros a Él, y para que ayudemos a los demás a conocerlo. Y estará más cerca el día en que “toda la tierra será llena del conocimiento del Señor como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9). ◊ Odisea Cristiana

Wilfrido González es

Pastor Asistente de la Iglesia de Dios Mundial en Mexicali y Tijuana, Baja California, México.

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