Introducción a la
Epistemología Objetivista
Ayn Rand
Catalogo
Introducción a la Epistemología Objetivista
EDICIÓN ORIGINAL
1966-Ayn Rand
TÍTULO ORIGINAL
Introduction To Objectivist Epistemology
TRADUCCIÓN
Luis Kofman
CORRECCIÓN
Marta Castro
DISEÑO DE TAPA E INTERIORES
Ecuación
DIRECCIÓN EDITORIAL
Sandra Cotos Alejandro Leibovich
© 2011 by Grito Sagrado Editorial de Fundación de Diseño Estraté-gico. © Ayn Rand, 1966. Renewed
Grito Sagrado Editorial. Tel: 5411-4115-0100 Buenos Aires-Argentina [email protected] www.gritosagrado.com.ar ISBN: 978-987-1239-61-0
Hecho el depósito que marca la ley 11.723.
1a ed. - Buenos Aires: Grito Sagrado Editorial de Fundación de Diseño Estratégico, 2011.
314 p.; 22x14 cm.
1. Ensayo Estadounidense. I. Cotos, Sandra, dir. II. Leibovich, Ale-jandro, dir. III. Pelz, Rosa, ed. lit. IV. Título. CDD 814
Reservados todos los derechos, incluso de reproducción en todo o en parte, en cualquier forma.
Distribuidor exclusivo de eBooks: Objetivismo Internacional https://larebeliondeatlas.org/ebooks/
Índice
ÍNDICE
Prólogo a la primera edición………... 1. Cognición y medición………....….. 2. Formación de conceptos………... 3. Abstracción de abstracciones………... 4. Conceptos de conciencia………... 5. Definiciones……….... 6. Conceptos axiomáticos………... 7. El rol cognitivo de los conceptos………... 8. Consciencia e identidad………... Sumario
La dicotomía analítico-sintética, por Leonard Peikoff……... Apéndice
Prólogo de la segunda edición, por Leonard Peikoff……... Prefacio de Harry Binswanger………... Contenido del Apéndice………... Índice………...
Prólogo
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN(Esta obra fue publicada originalmente en las ediciones de julio de 1966 a febrero de 1967 de The Objectivist )
Esta serie de artículos se presenta por “demanda popular”. Hemos recibido tantas solicitudes de información sobre la epistemología objetivista que he decidido redactar un resumen de uno de sus ele-mentos cardinales: la teoría objetivista de los conceptos. Estos artículos pueden ser considerados como presentación previa de mi futuro libro sobre el objetivismo y se ofrecen para guía de los estu-diantes de filosofía.
El tema de los conceptos (conocido como “el problema de los uni-versales”) es la cuestión principal de la filosofía. Dado que los seres humanos obtienen y mantienen sus conocimientos en forma con-ceptual, la validez del conocimiento humano depende de la validez de los conceptos. Pero los conceptos son abstracciones o univer-sales, mientras que todo lo que el hombre percibe consiste en obje-tos particulares, concreobje-tos. ¿Cuál es la relación entre las abstrac-ciones y los concretos?¿A qué, específicamente, se refieren los con-ceptos en realidad? ¿Se refieren a algo real, a algo que existe, o son meros inventos de la mente humana, construcciones arbitrarias o aproximaciones imprecisas sobre las que no puede afirmarse que representen conocimiento alguno?
“ Todo conocimiento es en forma de conceptos. Si estos conceptos corresponden a algo que se encuentra en la realidad, son reales, y el
conocimiento humano se funda en hechos; si no se corresponden con nada que se encuentre en la realidad, no son reales y el conoci-miento humano está compuesto por meros inventos de su propia imaginación” (Edward C. Moore,American Pragmatism: Peirce, James&Dewey, Nueva York: Columbia University Press, 1961, p. 27).
Para ejemplificar el tema tal como se presenta generalmente: cuando nos referimos a tres personas como “hombres”, ¿qué es lo que designamos con este término? Las tres personas son tres indi-viduos que difieren en todo aspecto particular y pueden no tener ni una sola característica idéntica ni sus huellas dactilares). Si se de-tallan todas sus características particulares, no hallaremos una que represente la “esencia de hombre”. ¿Dónde se encuentra la “esencia de hombre” en los hombres? ¿Qué, en la realidad, corresponde al concepto “hombre” que formamos en nuestra mente?
Sobre esta cuestión existen en la historia de la filosofía esencial-mente cuatro escuelas del pensamiento:
1. Los “realistas extremos” o platónicos, quienes sostienen que las abstracciones existen como entes o arquetipos reales en otra di-mensión de la realidad y que los concretos que percibimos son meramente sus reflejos imperfectos que, empero, evocan en nuestra mente a las abstracciones. (De acuerdo con Platón, lo hacen evoc-ando el recuerdo de los arquetipos que conocimos en esa otra di-mensión antes de nacer).
2. Los “realistas moderados”, cuyo ancestro fue (desafortunada-mente) Aristóteles, quienes sostienen que las abstracciones existen en la realidad pero lo hacen tan solo en concretos, en la forma de esencias metafísicas y que nuestros conceptos se refieren a estas esencias.
3. Los “nominalistas”, que sostienen que todas nuestras ideas son únicamente imágenes de concretos y que las abstracciones son meramente “nombres” que damos a un arbitrario agrupamiento de concretos sobre la base de vagas semejanzas.
4. Los “conceptualistas”, quienes comparten el punto de vista de los nominalistas de que las abstracciones no tienen correspondencia al-guna con la realidad, pero que sostienen que los conceptos existen en nuestras mentes como alguna suerte de ideas, pero no de imágenes.
(Existe también una posición nominalista extrema, la moderna, que consiste en declarar que el problema es una cuestión sin sentido, que la “realidad” es un término carente de sentido, que nunca podremos saber si nuestros conceptos corresponden o no a algo, que nuestro conocimiento consiste en palabras, y que las palabras son una convención social arbitraria).
Si a la luz de tales “soluciones” el problema puede parecer esotérico, permítaseme recordar al lector que el desarrollo de las sociedades humanas, del conocimiento, de la ciencia, del progreso y de cada vida humana depende de ello. Lo que aquí está en juego es la efica-cia del conocimiento de la mente humana.
Como escribí en mi obra El nuevo intelectual: “Para invalidar a la mente humana debe invalidarse el nivel conceptual de su conscien-cia. Más allá de todas las tortuosas complejidades, contradicciones, errores, racionalizaciones de la filosofía posrenacentista, la línea consistente, el fundamento que explica todo lo demás, es: un ataque concertado contra la facultad conceptual del hombre. La mayoría de los filósofos no intentaron invalidar al conocimiento conceptual, pero sus defensores hicieron más para destruirlo que sus enemigos. Fueron incapaces de ofrecer una solución al ‘prob-lema de los universales’, o sea, definir la naturaleza y la fuente de las abstracciones, determinar la relación de los conceptos con los
datos perceptuales y probar la validez de la inducción científica... Los filósofos fueron incapaces de refutar la afirmación del médico brujo de que los conceptos de los filosófos eran tan arbitrarios como los caprichos de los médicos brujos y que el conocimiento científico de los filósofos no tenía mayor validez metafísica que las revelaciones de los hechiceros”.
Estas son las razones por las cuales decidí presentar al lector mi epistemología objetivista por medio de una nueva teoría de los con-ceptos. He titulado a mi trabajo “Introducción”, ya que la teoría se presenta fuera de su contexto completo. Por ejemplo, no incluyo aquí un tratamiento de la validez de los sentidos humanos, dado que los argumentos presentados por quienes atacan los sentidos son meras variantes de la falacia del “concepto robado”.
Para los propósitos de esta serie, debe aceptarse la validez de los sentidos y ha de recordarse el axioma de que: “ La existencia ex-iste”. (Casualmente, esta es la manera en que se traduce en forma de proposición y, consecuentemente, en forma de axioma, el hecho primario que es la existencia). Recuérdese la declaración completa: “La existencia existe, y el hecho de aprehender esa afirmación im-plica dos axiomas corolarios: que existe algo que uno percibe y que uno existe poseyendo consciencia, siendo la consciencia la facultad de percibir aquello que existe” ( La rebelión de Atlas).
(Para conveniencia del lector, se provee un resumen del texto al fi-nalizar este trabajo).
AYN RAND
Nueva York, julio de 1966
Capítulo 1
1. COGNICIÓN Y MEDICIÓNLa consciencia, como un estado de conocimiento, no es un estado pasivo sino un proceso activo que consiste en dos factores esen-ciales: diferenciación e integración.
Si bien, cronológicamente, la consciencia humana evoluciona pas-ando por tres estados: el estado de las sensaciones, el perceptual y el conceptual, epistemológicamente la base de todo el conocimiento humano es la etapa de las percepciones.
Las sensaciones, como tales, no son retenidas por la memoria hu-mana ni puede el hombre experimentar una sensación pura y ais-lada. Hasta donde puede establecerse, la experiencia sensorial de un bebé es un caos indiferenciado. El entendimiento discriminado comienza a nivel de las percepciones.
Una percepción es un grupo de sensaciones retenidas e integradas automáticamente por el cerebro de un organismo viviente. Es en forma de percepciones que el hombre capta la evidencia de sus sen-tidos y aprehende la realidad. Cuando hablamos de “percepciones directas” o del “conocimiento directo” nos referimos al nivel de la percepción. Son las percepciones, no las sensaciones, lo dado, lo evidente. La comprensión de las sensaciones como partes compon-entes de las percepciones no es directa sino que es adquirida mucho más tarde por el hombre, no es algo que se comprende de inmedi-ato: se trata de un descubrimiento científico, conceptual.
El bloque de construcción del conocimiento humano es el concepto de un “ existente”, de algo que existe, sea una cosa, un atributo o
una acción. Dado que es un existente, el hombre no puede captarlo explícitamente hasta que haya alcanzado el nivel conceptual. Pero dicho concepto se encuentra implícito en toda percepción (percibir algo es percibir que existe) y el hombre lo capta implícitamente en el ámbito de la percepción, es decir, capta las partes que constituy-en el concepto “existconstituy-ente”, los datos que más tarde serán integrados a través de ese concepto. Es este conocimiento implícito el que permite que su consciencia se continúe desarrollando.
(Puede suponerse que el concepto de “existente”’ se encuentra im-plícito aun a nivel de las sensaciones, si y hasta donde una con-sciencia sea capaz de discriminar a ese nivel. Una sensación es una sensación de algo, en contraposición de la nada de los momentos precedentes y siguientes. Una sensación no indica al hombre qué existe sino únicamente que eso existe).
El concepto (implícito) de “existente” atraviesa tres etapas de de-sarrollo en la mente humana. La primera etapa es la del niño al darse cuenta de los objetos, de las cosas, lo cual representa el con-cepto (implícito) de “ ente”. La segunda, e íntimamente ligada, etapa asociada es la consciencia de las cosas específicas, particu-lares, que puede reconocer y distinguir del resto de su campo de percepción, lo cual representa el concepto (implícito) de “ identidad”.
La tercera etapa consiste en captar las relaciones entre estos entes captando las similitudes y diferencias de sus identidades. Esto re-quiere la transformación del concepto (implícito) de “ente” en el concepto (implícito) de “ unidad”.
Cuando un niño observa que dos objetos (a los que más tarde aprenderá a designar como “mesas”) se parecen entre sí pero se diferencian de otros cuatro objetos (“sillas”), su mente enfoca un at-ributo particular de los objetos (su forma), aislándolos de acuerdo
con sus diferencias e integrándolos como unidades en grupos sep-arados, de acuerdo con sus similitudes.
Esta es la clave, la entrada al nivel conceptual de la consciencia hu-mana. La capacidad de considerar a los entes como unidades es el método de cognición distintivo del hombre, un método que nin-guna de las demás especies vivas puede emular.
Una unidad es un existente considerado como miembro separado de un conjunto de dos o más miembros similares. (Dos piedras son dos unidades; así lo son también dos metros cuadrados de super-ficie, si se consideran como partes distintas de una extensión con-tinua de suelo). Nótese que el concepto de “unidad” involucra un acto de consciencia (un enfoque selectivo, una cierta manera de considerar las cosas), pero no es una creación arbitraria de la con-sciencia: es un método de identificación, o clasificación, de acuerdo con los atributos que una consciencia observa en la realidad. Este método permite efectuar cualquier cantidad de clasificaciones y clasificaciones cruzadas: uno puede clasificar las cosas de acuerdo con su forma, color, peso, tamaño o estructura atómica; pero el cri-terio de clasificación no es algo inventado, sino que es percibido en la realidad. En consecuencia, el concepto de “unidad” es un puente entre la metafísica y la epistemología: las unidades no existen como unidades; lo que existe son cosas, pero las unidades son cosas ob-servadas por una consciencia en ciertas relaciones existentes. Al aprehender el concepto (implícito) de “unidad”, el hombre al-canza el nivel conceptual de la cognición, que consta de dos campos interrelacionados: el conceptual y el matemático. El proceso de la formación de los conceptos es, en gran parte, un proceso matemático.
La matemática es la ciencia de la medición. Antes de abocarnos al asunto de la formación de conceptos, debemos considerar previa-mente la cuestión de las mediciones.
La medición es la identificación de una relación, una relación cuantitativa establecida por medio de un estándar que sirve como unidad. Los entes (y sus acciones) se miden mediante sus atributos (longitud, peso, velocidad, etc.) y el estándar de medición es una unidad concretamente especificada que representa el atributo apropiado. En consecuencia, se mide la longitud en centímetros, metros y kilómetros, el peso en kilos, la velocidad al medir la dis-tancia recorrida en un tiempo dado, etcétera.
Es importante resaltar que, si bien la elección de un estándar dado es opcional, las reglas matemáticas que determinan su uso no lo son. No importa que se mida la longitud en metros o pies; el es-tándar provee únicamente la forma de notación, no la sustancia ni el resultado del proceso de medición. Los hechos establecidos por la medición serán los mismos, cualquiera que sea el estándar particu-lar que se use; el estándar no puede ni alterarlos ni afectarlos. Los requerimientos de un estándar de medición son: que represente al atributo adecuado, que sea fácilmente percibido por el hombre y que, una vez elegido, permanezca inmutable y absoluto dond-equiera que se lo use. (Por favor, recuérdese esto pues tendremos motivos para recordarlo más adelante).
Ahora bien, ¿cuál es el propósito de la medición? Obsérvese que la medición consiste en relacionar una unidad fácilmente perceptible con cantidades más grandes o más chicas, y luego con cantidades infinitamente mayores o infinitamente menores, que no sean dir-ectamente perceptibles por el hombre. (El término “infinitamente” se utiliza aquí en su sentido matemático, no metafísico). El propósito de la medición consiste en expandir el rango de la con-sciencia humana, de su conocimiento, más allá del nivel de percep-ción, o sea más allá del poder directo de sus sentidos y de los con-cretos inmediatos de cualquier momento dado. El hombre puede percibir la longitud de un metro en forma directa, pero no puede hacer lo mismo con diez kilómetros. Al establecer la relación entre
metros y kilómetros, es capaz de entender la magnitud de cualquier distancia sobre la Tierra, y al establecer la relación entre kilómetros y años-luz, las distancias entre galaxias.
El proceso de medición es un proceso de integrar una ilimitada es-cala de conocimientos a la limitada experiencia de percepción del hombre, un proceso de hacer al universo conocible incorporándolo dentro del rango de la consciencia humana, y establecer su relación con el hombre.
No es un accidente que los primeros intentos de medición hechos por el hombre (evidencias de lo cual han sobrevivido hasta nuestros días) consistieran en relacionar las cosas consigo mismo, como, por ejemplo, tomando la longitud de su pie como estándar de longitud o al adoptar el sistema decimal, cuyo origen se supone radica en los diez dedos del hombre como unidades para contar.
Es aquí donde la antigua sentencia de Protágoras puede recibir un nuevo significado, opuesto al que él intentó darle: “El hombre es la medida de todas las cosas”. El hombre es la medida, pero epi-stemológicamente, no metafísicamente. En lo que se refiere al conocimiento humano, es el hombre el que debe ser la medida, ya que debe llevar todas las cosas al terreno de lo humanamente cognoscible. Pero, lejos de que esto lleve al subjetivismo, los méto-dos que debe emplear requieren la más rigurosa precisión matemática, el más riguroso cumplimiento con las reglas y los hechos objetivos, si se pretende que el producto final llegue a ser el conocimiento.
Esto es cierto tanto de los principios matemáticos como de aquellos mediante los cuales el hombre forma sus conceptos. Las habilid-ades matemáticas y conceptuales del hombre se desarrollan simul-táneamente. Un niño aprende a contar cuando comienza a aprender sus primeras palabras. Y es el nivel conceptual de su consciencia lo
que el hombre debe expandir para avanzar más allá de la etapa de contar sus diez dedos.
Capítulo 2
2. FORMACIÓN DE CONCEPTOSUn concepto es la integración mental de dos o más unidades que han sido aisladas de acuerdo con una o más características es-pecíficas, y se han integrado mediante una definición específica. Las unidades involucradas pueden ser cualquier aspecto de la real-idad: entes, atributos, acciones, cualidades, relaciones, etc.; pueden ser concretos percibidos o diferentes conceptos formados con an-terioridad. El acto de aislarlos involucra un proceso de abstracción, o sea un enfoque mental selectivo que extrae o separa un cierto as-pecto de la realidad de todos los demás (o sea que aísla un cierto at-ributo de los entes que lo poseen o una cierta acción que realizan los entes). La unión involucrada no es una mera suma sino una in-tegración, o sea una mezcla de las unidades en una entidad mental nueva y singular, que se usa, a partir de ese momento, como una sola unidad de pensamiento (pero que puede dividirse en sus unid-ades componentes cuando así sea requerido).
Para poder usarla como una sola unidad, la enorme suma integrada por un concepto deberá adquirir la forma de un único concreto es-pecífico perceptual, que la diferenciará de todos los demás con-cretos y de todos los demás conceptos. Esta es la función que cumple el lenguaje. El lenguaje es un código de símbolos audi-ovisuales que cumplen la función psico-epistemológica de convertir a los conceptos en el equivalente mental de concretos. El lenguaje es el campo exclusivo y la herramienta de los conceptos. Toda pa-labra que usamos (excepto los nombres propios) es un símbolo que denota un concepto, o sea que representa un número ilimitado de concretos de cierto tipo.
(Los nombres propios se utilizan para identificar e incluir entidades particulares en un método conceptual del conocimiento. Obsérvese que en las civilizaciones avanzadas aun los nombres propios re-sponden a los principios definitorios de género y diferencia: por ejemplo, en John Smith, “Smith” actúa como género y “John” como diferencia, o, dando otro ejemplo, Nueva York, Estados Unidos). Las palabras transforman a los conceptos en entes (mentales); las definiciones les proveen de identidad. (Las palabras sin defini-ciones no son lenguaje sino sonidos inarticulados). Más adelante trataremos extensamente las definiciones.
Lo que antecede es una descripción general de la naturaleza de los conceptos como productos de un cierto proceso mental. Pero la pre-gunta de la epistemología es: ¿Cuál es, precisamente, la naturaleza de ese proceso? Específicamente, ¿a qué se refieren los conceptos en la realidad?
Examinemos ahora el proceso de formación del concepto más simple, el concepto de un solo atributo (cronológicamente no es este el primer concepto que puede captar un niño, pero es el más simple epistemológicamente), por ejemplo, el concepto de “longitud”. Si un niño considera un fósforo, un lápiz o un palo ob-servará que el atributo que tienen en común es su longitud pero que sus longitudes específicas difieren en cada caso. La diferencia es de medidas. Para formar el concepto de “longitud” la mente de la cri-atura retiene el atributo, pero omite sus medidas particulares. O, más precisamente, si el proceso fuese identificado en palabras, con-sistiría en lo siguiente: “La longitud debe existir en alguna cantidad pero puede existir en cualquier cantidad. Identificaré como ‘longit-ud’ al atributo de cualquier cosa existente que la posea y que pueda ser cuantitativamente relacionada con una unidad de longitud, sin especificar la cantidad involucrada”.
La criatura no piensa utilizando tales palabras (no posee todavía el conocimiento de las palabras), pero esa es la naturaleza del proceso que su mente realiza sin usar palabras. Y ese es el principio que utiliza su mente cuando, habiendo captado el concepto de “longitud” al observar los tres objetos, lo usa para identificar el at-ributo de longitud en un trozo de cuerda, una cinta, un cinturón, un pasillo o una calle.
El mismo principio guía el proceso de formación de los conceptos de entidades, por ejemplo, el concepto “mesa”. La mente del niño aísla dos o más mesas de los demás objetos, fijándose en la carac-terística distintiva: su forma. Observa que las formas varían, pero que tienen una característica en común: una superficie plana, nive-lada, y uno o más soportes. Forma el concepto “mesa” al retener esa característica y omitir todas las medidas particulares, no solo las medidas de la forma sino las de todas las demás características propias de las mesas (muchas de las cuales no conoce todavía en ese momento).
La definición adulta de “mesa” sería: “Objeto construido por el hombre que consiste de una superficie plana, nivelada, y uno o más soportes destinado a sostener a otros objetos menores”. Obsérvese qué se especifica y qué se omite en esta definición: la característica distintiva de la forma se especifica y retiene; se omiten las medidas geométricas de la forma (que si la superficie es cuadrada, redonda, oblonga o triangular, etc., la cantidad y forma de los soportes, etc.); se omiten las medidas de tamaño o peso; se especifica que se trata de un objeto material, pero se omite de qué material está hecho, como así también las características que diferencian a un material de otro, etc. Obsérvese, sin embargo, que los requerimientos utilit-arios de la mesa fijan ciertos límites a las medidas omitidas en forma de “no mayor que, ni menor que” las requeridas para su propósito. Esto elimina tanto a una mesa de 3 metros de altura como a otra de cinco centímetros de altura (aunque esta última
puede ser subclasificada como un juguete o una mesa miniatura) y elimina también los materiales no adecuados, tales como los no sólidos.
Observe cuidadosamente que la expresión “sin especificar las medi-das” no significa, en este contexto, que no existan medidas; simple-mente significa que las medidas existen, pero no se especifican. Que las medidas deben existir es una parte esencial del proceso. El prin-cipio seguido es el siguiente: las medidas significativas deben existir en una cierta cantidad, pero pueden existir en cualquier cantidad. Un niño no tiene consciencia, ni necesita tenerla, de todas estas complejidades cuando forma el concepto “mesa”. Lo forma al difer-enciar las mesas de todos los demás objetos en el contexto de su conocimiento. A medida que su conocimiento crece, también crecen en complejidad las definiciones de sus conceptos. (Trataremos este tema cuando tratemos las definiciones). Pero el principio y la man-era en que se forman los conceptos siguen siendo los mismos. Las primeras palabras que aprende un niño son aquellas que denot-an objetos visuales, y retiene sus primeros conceptos en forma visu-al. Obsérvese que la forma visual que él le da a estos conceptos se reduce a aquellos elementos esenciales que distinguen al tipo par-ticular de ente de todos los demás entes, por ejemplo, la manera universal en que un niño dibuja a un hombre se compone de un óvalo como torso, un círculo como cabeza, cuatro palos como ex-tremidades, etc. Tales dibujos son un registro visual del proceso de abstracción y de formación de los conceptos en la transición que efectúa la mente al pasar del nivel de percepción al vocabulario completo del nivel conceptual.
Existen evidencias que permiten suponer que el lenguaje escrito se originó en forma de dibujos, tal como parece indicar la escritura pictográfica de los pueblos de Oriente. Con el crecimiento del conocimiento humano y de su capacidad de abstracción, una
representación pictográfica de los conceptos ya no era la adecuada para su capacidad conceptual, y fue reemplazada por un código totalmente simbólico.
Un concepto es una integración mental de dos o más unidades que poseen las mismas características distintivas, omitiendo sus medi-das particulares.
El elemento de similitud está involucrado de manera crucial en la formación de cada concepto; la similitud, en este contexto, es la relación entre dos o más entes existentes que poseen la o las mis-mas características, pero en diferente medida o proporción. Obsérvese el papel múltiple que, en sus dos partes esenciales de diferenciación e integración, desempeñan las mediciones en el pro-ceso de formación del concepto. Los conceptos no pueden formarse al azar. Todo concepto se forma primero al diferenciar dos o más entes existentes de otros existentes. Toda diferenciación conceptual se efectúa en términos de características conmensurables (o sea ca-racterísticas que poseen una unidad de medición común). Por ejemplo, no se podría formar un concepto intentando distinguir ob-jetos largos de obob-jetos verdes. Las características inconmensurables no pueden ser integradas en una sola unidad.
Las mesas, por ejemplo, se diferencian en primer lugar de las sillas, camas y otros objetos mediante la característica de la forma, que es un atributo que poseen todos los objetos involucrados. A partir de ahí, el tipo particular de la forma se toma como una característica distintiva de las mesas, es decir, se especifíca una categoría determ-inada de medición geométrica de la forma. Luego, dentro de esta categoría, se omiten las medidas particulares de las formas de las mesas individuales.
Nótese el hecho de que una forma dada representa una cierta cat-egoría o conjunto de medidas geométricas. La forma es un atributo;
las diferencias en las formas, ya se trate de cubos, esferas, conos o toda combinación compleja, son una cuestión de medidas que se diferencian entre sí; toda forma puede ser reducida o expresada por un conjunto de medidas lineales. Cuando, en el proceso de forma-ción de los conceptos, el hombre observa que la forma es una carac-terística conmensurable de ciertos objetos, no necesita medir todas las formas involucradas ni saber cómo medirlas; meramente tiene que observar el elemento de similitud.
La similitud se capta por medio de la percepción; al hacerlo el hombre no se da cuenta ni tiene que ser consciente del hecho de que se trata de una cuestión de medición. Es misión de la filosofía y de la ciencia identificar este hecho.
En cuanto al proceso mismo de medir las formas, un amplio sector de las matemáticas superiores se ocupa, desde la geometría y de ahí en adelante, de la tarea de descubrir métodos mediante los cuales pueden ser medidas las distintas formas, métodos complejos que consisten en reducir el problema a los términos de un método simple y primitivo, el único del que dispone el hombre en este ter-reno: la medición lineal. (El cálculo integral, utilizado para medir el área de los círculos, es un ejemplo de lo dicho).
En relación con esto, tanto la formación de conceptos como las matemáticas aplicadas tienen una tarea similar, así como la epi-stemología filosófica y las matemáticas teóricas tienen una meta similar: la meta y la tarea de reducir el universo al rango del conoci-miento humano, mediante la identificación de relaciones con los datos provistos por la percepción.
Otro ejemplo de mediciones implícitas puede ser observado en el proceso de la formación de los conceptos de los colores. El hombre forma tales conceptos al observar que matices diversos de azul son similares, diferenciándose de los tonos de rojo y, en consecuencia,
diferenciando la gama del azul de la gama del rojo, amarillo, etcétera.
Transcurrieron siglos antes de que la ciencia descubriese la unidad a través de la cual podían medirse adecuadamente los colores: la longitud de las ondas de luz, un descubrimiento que afirmó en término de pruebas matemáticas las diferenciaciones que los seres humanos hicieron y hacen en términos de similitudes visuales. (Toda cuestión sobre “casos límites“ será contestada más adelante). Una característica conmensurable (tal como es la forma en el caso de las mesas o el matiz en el caso de los colores) es un elemento es-encial en el proceso de formación de conceptos. Yo lo llamaré “De-nominador Conceptual Común” y lo definiré como “la o las carac-terísticas reducibles a una unidad de medición a través de la cual el hombre diferencia dos o más existentes de otros existentes que también la o las posean”.
La o las características distintivas de un concepto representan una categoría específica de medición dentro del “Denominador Concep-tual Común” involucrado.
Pueden formarse nuevos conceptos, al integrar conceptos formados con anterioridad en categorías más amplias o subdividiéndolos en categorías más específicas (un proceso que estudiaremos más ad-elante). Pero, en última instancia, todos los conceptos son redu-cibles a su base en entes perceptuales que son la base (lo dado) en el desarrollo del conocimiento humano.
Los primeros conceptos que forma el hombre son los conceptos de entes, dado que los entes son los únicos elementos primarios exist-entes. (Los atributos no pueden existir por sí mismos; son mera-mente características de los entes; los movimientos son movimien-tos de los entes; las relaciones son relaciones entre entes).
En el proceso de formar conceptos de los entes, la mente de un niño debe enfocar una característica distintiva, o sea un atributo, para aislar a un grupo de entes de todos los demás. En consecuencia, se da cuenta de los atributos mientras forma sus primeros conceptos, pero se da cuenta de ellos por su percepción, no conceptualmente. Solo después de haber captado una cantidad de conceptos sobre los entes, puede avanzar a la etapa de abstraer atributos de los entes y formar los conceptos separados de los atributos. Lo mismo es válido para los conceptos de movimiento: un niño se da cuenta de los movimientos por percepción, pero no puede conceptualizar al “movimiento” hasta que ha formado ciertos conceptos sobre aquello que se mueve, es decir, los entes. (Hasta donde puede com-probarse, el nivel de percepción de la consciencia de una criatura es similar a la de los animales superiores: los animales superiores es-tán capacitados para percibir los entes, los movimientos, los atrib-utos y una cierta cantidad de entes. Pero lo que un animal no puede realizar es el proceso de abstracción, el proceso de separar mental-mente los atributos, los movimientos o las cantidades de los entes. Se ha dicho que un animal puede percibir dos naranjas o dos papas, pero no puede entender el concepto “dos”).
Los conceptos acerca de los materiales se forman observando las diferencias existentes entre los materiales constituyentes de los entes. (Los materiales existen únicamente en la forma de entes es-pecíficos, tales como una pepita de oro, una tabla de madera, una gota o un mar de agua). El concepto “oro”, por ejemplo, se forma al aislar los objetos de oro de todos los demás y al abstraer y retener luego el material, el oro, y omitir la medida de los objetos (o de las aleaciones) en los que puede haber oro. En consecuencia, el materi-al es el mismo en todas las instancias concretas subsumidas en el concepto, y difiere solo en la cantidad.
Los conceptos de movimiento se forman al especificar la naturaleza característica del movimiento y de los entes que lo realizan y/o del
medio en el cual es realizado, omitiendo las mediciones particulares de cualquier instancia dada de este movimiento y de las entidades involucradas. Por ejemplo, el concepto “caminar” denota un cierto tipo de movimiento realizado por entes vivos que poseen piernas, y no se aplica al movimiento de una serpiente o de un automóvil. El concepto “nadar” denota el movimiento de todo ente vivo que se impulsa a sí mismo a través del agua y no se refiere al movimiento de un buque. El concepto “volar” se refiere al movimiento de todo ente que se impulsa a sí mismo en el aire, ya sea un ave o un avión. Los adverbios son conceptos de las características del movimiento (o la acción); se forman al especificar una característica y omitir las mediciones del movimiento y de los entes involucrados, por ejem-plo “rápidamente”, que se aplica tanto a “caminar”, “nadar”, “hablar”, etc., y deja abierta y pendiente la medida de cuánto es “rápido”, lo cual se refiere, en cada caso, al tipo de movimiento involucrado.
Las preposiciones son conceptos de relación, predominantemente relaciones espaciales o temporales entre existentes; se forman al pecificar la relación y omitir las medidas de los existentes y del es-pacio o tiempo involucrado, por ejemplo, “en”, “dentro”, “tras”, “sobre”, etcétera.
Los adjetivos son conceptos de atributos o de características. Los pronombres pertenecen a la categoría de conceptos de entes. Las conjunciones son conceptos de la relación entre los pensamientos y pertenecen a la categoría de los conceptos de consciencia.
En cuanto a los conceptos de consciencia, los trataremos más ad-elante y con mayor detalle. (Para anticiparme a preguntas tales como “¿Puede medirse el amor?”, me permitiré la filosófica respuesta de: “¡Y cómo!”).
Ahora podemos contestar la pregunta: ¿A qué nos referimos precis-amente cuando designamos a tres personas como “hombres”? Nos referimos al hecho de que son seres vivos que poseen la misma ca-racterística que los distingue de todas las otras especies vivas: una facultad racional, aunque la medida específica de su característica distintiva como hombres, al igual que la de todas sus otras caracter-ísticas como seres vivos, sean diferentes. (Como seres vivos de un tipo determinado poseen innumerables características en común: la misma forma, el mismo rango de talla, los mismos rasgos faciales, los mismos órganos vitales, las mismas huellas dactilares, etc., y to-das estas características difieren únicamente en sus medito-das). Al respecto, vale la pena citar aquí dos conexiones entre los campos de lo conceptual y lo matemático, aparte del hecho obvio de que el concepto de “unidad” es la base y el inicio de ambos.
1. Un concepto no se forma observando cada concreto subsumido dentro de él, ni tampoco especifica el número de tales concretos. Un concepto se asemeja a una secuencia aritmética de unidades es-pecíficamente definidas, que se extiende en ambas direcciones, abierta en ambos extremos y que incluye a todas las unidades que pertenecen a esa clase particular. Por ejemplo, el concepto “hombre” incluye a todos los hombres que viven actualmente, a los que han vivido o vivirán. Una secuencia aritmética se extiende hacia el infinito, sin implicar que ese infinito realmente exista; tal extensión significa tan solo que cualquier cantidad de unidades que existan han de ser incluidas en la misma secuencia. El mismo prin-cipio se aplica a los conceptos: el concepto “hombre” no especifica (ni necesita hacerlo) qué cantidad de hombres habrán existido en última instancia, especifica únicamente las características del hombre y significa que cualquier cantidad de entes que posean es-tas características deberán ser identificados como “hombres”.
2. El principio básico de la formación de conceptos (que establece que la medida omitida debe existir en alguna cantidad, pero puede existir en cualquier cantidad) es el equivalente del principio básico del álgebra, que determina que los símbolos algebraicos deben recibir algún valor numérico, pero pueden recibir cualquier valor numérico. En este sentido y en este respecto, la consciencia percep-tual es la aritmética, pero la consciencia conceppercep-tual es el álgebra de la cognición.
La relación entre los conceptos y sus constituyentes particulares es la misma que la relación entre los símbolos algebraicos y los números. En la ecuación 2a = a + a puede sustituirse la “a” por cu-alquier número, sin que ello afecte la verdad de la ecuación. Por ejemplo: 2 x 5 = 5 + 5, o 2 x 5.000.000 = 5.000.000 + 5.000.000. De la misma manera y por el mismo método psico-epistemológico, un concepto es utilizado como un símbolo algebraico que repres-enta cualquier secuencia aritmética de las unidades que subsume. Permítase a quienes intentan invalidar los conceptos, declarando que no pueden hallar la “esencia de hombre” en los hombres, que intenten invalidar el álgebra declarando que no pueden encontrar la “esencia de a” en 5 o en 5.000.000.
Capítulo 3
3. ABSTRACCIÓN DE ABSTRACCIONES
A partir de la base del desarrollo conceptual –o sea desde los con-ceptos que identifican los concretos percibidos–, el proceso de cog-nición se desarrolla en dos direcciones que interactúan entre sí, tanto hacia un conocimiento cada vez más extensivo y comprehens-ivo, como hacia integraciones más amplias y diferenciaciones más precisas. Siguiendo este proceso yde acuerdo con la evidencia cog-nitiva, conceptos formados con anterioridad se integran en otros más amplios o se subdividen en otros más delimitados.
El rol del lenguaje (que trataremos con amplitud cuando hablemos de las definiciones) debe mencionarse brevemente en este lugar. El proceso de formación de un concepto no se habrá completado mientras las unidades que lo constituyen no hayan sido integradas en una sola unidad mental mediante una palabra específica. Los primeros conceptos que un niño forma son los conceptos de los entes que percibe, y las primeras palabras que aprende son aquellas que los designan. Si bien una criatura no tiene que realizar la proeza genial efectuada por alguna mente o mentes en la infancia prehistórica de la especie humana: la invención del lenguaje, sí debe realizar independientemente la hazaña de captar la naturaleza del lenguaje y el proceso de simbolizar los conceptos mediante palabras.
Aun cuando un niño no da origen a cada concepto por sí mismo (ni necesita hacerlo) a través de la observación de cada aspecto de la realidad que enfrenta, sí debe efectuar el proceso de diferenciar e integrar los concretos percibidos, para entender el significado de las
palabras. Si el cerebro de un niño se encuentra físicamente dañado e incapacitado para realizar este proceso, no aprenderá a hablar. Aprender a hablar no consiste en memorizar sonidos, ese es el pro-ceso mediante el cual aprende a “hablar” un loro. Aprender consiste en entender los significados, es decir captar los referentes de las pa-labras, o sea los tipos de existentes que las palabras denotan en la realidad. En este sentido, el aprendizaje de palabras es un acel-erador invaluable del desarrollo cognitivo de una criatura, aunque no es un sustituto del proceso de formación de conceptos, ya que nada puede reemplazar eso.
Después de la primera etapa del aprendizaje de ciertos conceptos fundamentales, ya no existe un orden particular en el cual un niño aprenderá los nuevos conceptos; durante un tiempo existe un amp-lio campo de lo optativo, en el cual podrá aprender simultánea-mente conceptos simples, primarios y otros complejos, derivados, etc., dependiendo ello de su propia iniciativa mental y de las influ-encias fortuitas de su medio ambiente. El orden particular en el cu-al aprenderá nuevas pcu-alabras carece de importancia en esta etapa, siempre y cuando entienda su significado. Su desarrollo conceptual pleno e independiente no comenzará hasta que no haya adquirido un vocabulario lo suficientemente amplio que le permita formar frases, o sea hasta que sepa pensar (momento en el cual podrá or-denar gradualmente su desordenado equipo conceptual). Hasta ese momento es capaz de retener los referentes de sus conceptos por medios de percepción, predominantemente visuales; a medida que su cadena de conceptos se aleja más y más de los concretos perci-bidos, la cuestión de las definiciones verbales se vuelve crucial. En este punto se desata el infierno.
Aparte del hecho de que los métodos educativos de la mayor parte de sus mayores son tales que en lugar de ayudarlo tienden a mutilar su desarrollo futuro, se vuelve aquí crucial la elección y la
motivación propia de la criatura. A partir de ese momento existen muchas diferentes maneras mediante las cuales los niños proceden a aprender nuevas palabras. Algunos (una muy pequeña minoría) avanzan de manera continuada, usando el mismo método que apli-caron hasta entonces, es decir, tratando a las palabras como con-ceptos, requiriendo una comprensión clara y directa (dentro del contexto de sus conocimientos) del significado exacto de cada pa-labra que aprenden, sin permitir que jamás se quiebre la cadena que liga sus conceptos con los hechos de la realidad. Algunos pro-ceden por el camino de las aproximaciones, donde la neblina se es-pesa con cada paso, donde el uso de las palabras es guiado por el sentimiento de: “Más o menos creo saber de qué se trata”. Algunos reemplazan la cognición por la imitación, sustituyen la compren-sión por la memorización, y adoptan algo que es lo más parecido a lo que puede llegar una mente humana a la psico-epistemología de un loro, por lo que no aprenden conceptos ni palabras sino una sarta de sonidos cuyos referentes no son los hechos de la realidad, sino las expresiones faciales y las vibraciones emocionales de sus mayores. Y algunos (la gran mayoría) adoptan una precaria mezcla de los tres sistemas en diversas gradaciones.
Pero cómo aprende una persona los conceptos y la cuestión de qué son los conceptos son dos temas separados. Al considerar la nat-uraleza de los conceptos y el proceso de abstraer a partir de abstrac-ciones, debemos asumir la existencia de una mente capaz de realiz-ar (o de perfeccionrealiz-ar y revisrealiz-ar) este proceso. Y debemos recordrealiz-ar que no importa cuántas personas reciten un concepto cual si fuese un sonido carente de significado, alguna persona tuvo que darle origen en algún momento.
Las primeras etapas de integrar conceptos en conceptos más amp-lios son bastante simples, ya que se refieren todavía a concretos percibidos. Por ejemplo, el hombre observa que los objetos a los que identificó mediante conceptos tales como “mesa”, “silla”,
“cama”, “ropero”, etc., tienen ciertas similitudes, pero se diferen-cian de otros objetos a los que identificó como “puerta”, “ventana”, “cuadro”, “tapices”, e integró a los primeros en el concepto más amplio de “mobiliario”. En este proceso los conceptos sirven como unidades y se tratan epistemológicamente cual si cada uno fuese un concreto (mental) único, recordando siempre que metafísicamente (o sea, en la realidad) cada unidad representa un número ilimitado de concretos reales de un cierto tipo.
Las características distintivas de estas unidades son categorías es-pecificadas de mediciones de forma, tales como “una superficie plana y nivelada con soporte o soportes” para el caso de las mesas. En relación con el nuevo concepto, estas características distintivas se consideran ahora de la misma manera como las mediciones de las formas de mesas individuales se consideraron al formarse el concepto de “mesa”: se omitieron las medidas sobre la base del principio de que un mueble debe tener alguna forma, pero puede tener cualquiera de las formas que caracterizan a las diversas unid-ades reunidas bajo el nuevo concepto.
La característica distintiva del nuevo concepto es determinada por la naturaleza de los objetos de los cuales sus unidades constitutivas están siendo diferenciadas, o sea por su “Denominador Conceptual Común” que, en este caso, es el de “objetos de tamaño importante dentro de una habitación humana”. La definición adulta de “mobili-ario” sería: “Objetos movibles hechos por el hombre, considerados para ser usados en una habitación humana, que pueden soportar el peso de un cuerpo humano o que pueden sostener y/o almacenar otros objetos más pequeños”. Esto diferencia al “mobiliario” de ele-mentos arquitectónicos tales como puertas o ventanas, de objetos ornamentales tales como cuadros o cortinas, y de una variedad de objetos menores que pueden ser usados dentro de una habitación, tales como ceniceros, objetos decorativos, chucherías, platos, etcétera.
Las características distintivas del “mobiliario” atienden la aptitud para una gama específica de funciones en un lugar también es-pecífico (ambas son características que pueden ser medidas): el “mobiliario” no debe ser tan grande que no tenga cabida en una habitación humana ni tan pequeño que no pueda cumplir la función especificada, etcétera.
Obsérvese que el concepto “mobiliario” es una abstracción que se encuentra alejada de la realidad, percibida un paso más allá de cu-alquiera de los conceptos que lo constituyen. “Mesa” es una ab-stracción, dado que designa cualquier mesa, pero su significado puede darse a entender señalando simplemente uno o dos objetos percibidos. No existe tal objeto perceptible como “mobiliario”; sola-mente existen mesas, sillas, camas, etc. El significado de “mobili-ario” no puede comprenderse a menos que se haya entendido primero el significado de los conceptos que lo constituyen; son es-tos sus conexiones con la realidad. (En un nivel inferior de una ca-dena conceptual ilimitada, lo dicho es una ilustración de la estruc-tura jerárquica de los conceptos).
Obsérvese también que el concepto de “mobiliario” involucra una relación con otro concepto que no es una de sus unidades constituy-entes, pero que debe ser entendido antes de que pueda compren-derse el significado de “mobiliario”: el concepto de ‘habitación”. Este tipo de interrelación entre los conceptos se hace progresiva-mente más compleja, a medida que el nivel de formación de los conceptos se aleja cada vez más de los concretos percibidos. Examinemos ahora el proceso de subdividir el concepto “mesa”. Al observar las diferencias de tamaño y función de diversas mesas, el hombre subdivide el concepto en: “mesa de comedor”, “mesa de café”, “mesa auxiliar”, “escritorio”, etc. En las tres primeras clasific-aciones se mantiene la característica distintiva de “mesa”, su forma, y las diferenciaciones son meramente una cuestión de medidas: la
gama de medidas de las formas se ajusta de acuerdo con una fun-ción utilitaria más específica. (Las “mesas de tertulia” son más ba-jas y más pequeñas que las mesas de comedor; las “mesas auxili-ares” son más altas que las mesas de tertulia, pero más bajas que las mesas de comedor, etc.). En el caso del “escritorio”, en cambio, se conserva la característica distintiva de “mesa”, pero se combina con un nuevo elemento: un “escritorio” es una mesa con cajones para almacenar material relacionado con la escritura. Los primeros tres ejemplos no son realmente conceptos nuevos sino casos diferencia-dos del concepto “mesa”. “Escritorio”, en cambio, involucra una categoría significativa en sus características distintivas, pues invol-ucra una categoría adicional de medidas que recibe un nuevo sím-bolo lingüístico. (En lo que se refiere al proceso de la formación de conceptos, no habría diferencia alguna si el “escritorio” fuese defin-ido como “mesa de oficina” o si se formase una palabra nueva para cada una de las subcategorías de “mesa”. Empero, existe una razón epistemológica para las designaciones usadas, que trataremos con mayor detalle cuando abordemos la cuestión de las definiciones). Cuando los conceptos se integran en un concepto más amplio, el nuevo concepto incluye todas las características de sus unidades constitutivas, pero sus características distintivas se consideran como medidas omitidas y una de sus características comunes de-termina la característica distintiva del nuevo concepto: aquella que representa a su “Denominador Conceptual Común” con los exist-entes de los cuales es diferenciado.
Cuando se subdivide un concepto en otros más delimitados, se toma su característica distintiva como “Denominador Conceptual Común”, y se la aplica a una gama más reducida de medidas es-pecíficas o se la combina con una o varias características adi-cionales, para formar las características distintivas individuales de los nuevos conceptos.
Observemos estos dos principios con otro ejemplo: las ramifica-ciones del concepto “hombre”.
El tipo de consciencia particular del hombre es la característica dis-tintiva mediante la cual un niño (en un momento determinado de su desarrollo) lo diferencia de todos los demás entes. Al observar las similitudes entre “gato”, “caballo”, “pájaro”, y al diferenciarlas de otros entes, los integra en el concepto más amplio de “animales”, incluyendo más tarde al “hombre” dentro de este concepto más amplio. La definición de “animal” (en términos generales) sería: “Un ente vivo que posee las facultades de consciencia y de locomoción”.
La característica distintiva del hombre, su facultad racional, se omite de la definición de “animal” sobre la base del hecho de que un animal debe poseer algún tipo de consciencia, pero puede poseer cualquiera de los tipos de consciencia que caracterizan a las diver-sas unidades que se agrupan bajo el nuevo concepto. (El estándar de medición que diferencia un tipo de consciencia de otro es su rango).
Las características distintivas del nuevo concepto son característic-as propicaracterístic-as de todcaracterístic-as lcaracterístic-as unidades constitutivcaracterístic-as: conllevan tanto al at-ributo “vida” como también las facultades de “la consciencia y la locomoción”.
Con la ampliación de sus conocimientos y al observar las similit-udes entre los animales, las plantas y ciertos entes submicroscópi-cos (y lo que las diferencia de los objetos inanimados) el hombre las integra en el concepto de “organismo”. La definición de “organismo” sería, en términos generales: “Un ente que posee las capacidades de la acción generada internamente, de crecimiento a través del metabolismo y la reproducción.”.
Las características distintivas del nuevo concepto son propias de to-das las unidades integrantes. Las características distintivas de “an-imal” se omiten en esta definición, sobre la base del principio de que las “acciones generadas internamente” deben existir en alguna forma (incluyendo “la consciencia y la locomoción”), pero pueden existir en cualquiera de las formas que caracterizan a las diversas unidades integradas bajo el nuevo concepto.
Con el crecimiento del conocimiento humano, un concepto muy amplio, tal como es el de “animal”, se subdivide en nuevos concep-tos, tales como “mamífero”, “anfibio”, “pez”, “ave”, etc. Cada uno de estos se subdivide a su vez en subcategorías más y más definidas. El principio de la formación de los conceptos sigue siendo el mismo: las características distintivas del concepto “animal” (las facultades de “consciencia y locomoción”) son el “Denominador Conceptual Común” de estas subdivisiones y son retenidas, pero calificadas por agregado de otras características (anatómicas y fisiológicas) para formar las características distintivas de los nuevos conceptos. (El orden cronológico en el cual el hombre forma o aprende estos conceptos es opcional. Por ejemplo, un niño puede integrar primero los concretos apropiados en conceptos tales como “animal”, “pájaro”, “pez”, para luego integrarlos en conceptos más amplios al expandir su concepto de “animal”. Los principios involucrados y la elección final de las características distintivas serán los mismos, siempre y cuando alcance el mismo nivel de conocimiento). Pasando ahora al proceso de la subdivisión conceptual, puede sub-dividirse el concepto de “hombre” en innumerables subcategorías, de acuerdo con diversos aspectos o atributos. Por ejemplo, concep-tos tales como “niño”, “adolescente”, “joven” y “adulto” se forman de acuerdo con las mediciones del tiempo, es decir, de acuerdo con la cantidad de años vividos. Estos conceptos retienen la
característica distintiva de “animal racional”, pero sujetado a un rango específico de años.
El concepto “hombre” puede ser subdividido también de acuerdo con características tales como el origen racial (anatómico): caucásico, negro, mongol, etc., o según el origen nacional (político-geográfico): norteamericano, inglés, francés, etc., o de acuerdo con la actividad profesional: ingeniero doctor, artista, etc. (lo cual invol-ucra los conceptos de consciencia), y aun de acuerdo con caracter-ísticas tales como el color de cabello: rubio, castaña, pelirroja. En todos estos casos se retiene la característica distintiva de “animal racional”, pero sujetada por características especificadas que rep-resentan categorías especificadas de medición.
El concepto “hombre” puede ser subdividido de acuerdo con ciertas relaciones especiales, por ejemplo, de acuerdo con una relación bio-lógica (padre, hijo, hermano) o una de índole legal (esposo, esposa) o una relación económica (empleador, empleado), etc. En todos es-tos casos se retiene la característica de “animal racional”, pero com-binada con una relación especificada.
Algunos conceptos de relación (tales como el “legal” o el “econ-ómico”) involucran conceptos de consciencia. Las abstracciones más complejas (tanto en lo que se refiere a integraciones más amp-lias y a subdivisiones más delimitadas) son aquellas que involucran una combinación de conceptos de acción con conceptos de con-sciencia. (Estudiaremos esto con mayor detalle en el próximo capítulo).
Merecen ser citados aquí dos aspectos del contenido cognitivo de las abstracciones.
1. La formación (o el aprendizaje) de conceptos más amplios re-quiere un conocimiento mayor (o sea un rango más amplio de evid-encia conceptualizada) que el que requería cualquiera de los
conceptos constitutivos incluidos. Por ejemplo, el concepto “animal” requiere un conocimiento mayor que el concepto “hombre”, dado que demanda tener conocimiento del hombre y de algunos otros animales. Exige tener un conocimiento suficiente de las características del hombre y de otros animales, para poder difer-enciar al hombre de aquellos, así como para distinguir a los ani-males de las plantas o de los objetos inanimados.
En este contexto, es un error muy difundido que cuanto más amplio el concepto tanto menor es el contenido cognitivo, sobre la base de que sus características distintivas se encuentran más generalizadas que las características distintivas de los conceptos constitutivos. El error reside en suponer que un concepto no consiste en otra cosa que su característica distintiva. Pero el hecho es que en el proceso de abstraer a partir de abstracciones no se puede saber cuál es la característica distintiva, a menos que se hayan observado otras ca-racterísticas de las unidades involucradas y de los existentes de los cuales fueron diferenciadas.
Así como el concepto “hombre” no consiste meramente en la “fac-ultad racional” (si lo fuese, ambos serían equivalentes e intercambi-ables, lo cual no es así) sino que incluye todas las características de “hombre”, donde la “facultad racional” actúa como característica distintiva. Así, en el caso de conceptos más generales, el concepto “animal” no consiste meramente en “consciencia y locomoción”, sino que subsume todas las características de todas las especies ani-males, con “consciencia y locomoción”, como la característica dis-tintiva. (Trataremos este tema con mayor detalle cuando estud-iemos, más adelante, las definiciones).
Un error de esa naturaleza solo es posible sobre la base de la suposición de que el hombre aprende los conceptos a través de la memorización de las definiciones, es decir, sobre la base de estudiar la epistemología de un loro. Pero no es esto lo que estamos
estudiando aquí. Entender un concepto es comprender y, en parte, volver a trazar el proceso mediante el cual fue formado. Volver a mirar este proceso es comprender al menos algunas de las unid-ades que contiene (y, en consecuencia, conectar la comprensión que uno tiene del concepto con los hechos de la realidad).
Así como las integraciones más amplias de conceptos requieren un conocimiento más extensivo, así las subdivisiones más delimitadas de los conceptos requieren un conocimiento aun más comprehens-ivo. Por ejemplo, el concepto “padre” requiere más conocimientos que el concepto “hombre”, ya que requiere tener conocimientos tanto del hombre, del acto de la reproducción y de la relación consecuente.
2. La formación de un concepto provee al hombre de los medios para identificar no solamente los concretos que ha observado, sino todos los concretos de ese tipo que pueda encontrar en el futuro. En consecuencia, cuando le ha dado forma o captado el concepto “hombre”, no necesitará tener que considerar a todo hombre que encuentre de allí en adelante como un nuevo fenómeno que debe estudiarse desde el comienzo: lo identificará como “hombre” y apli-cará el conocimiento que ha adquirido sobre el hombre (lo cual le brinda la libertad de estudiar solamente las características particu-lares, individuales del que se incorpora, es decir, las dimensiones individuales dentro de las categorías establecidas para el concepto “hombre”).
Este proceso de identificación conceptual (de subsumir a un nuevo concreto dentro de un concepto apropiado) se aprende a medida que se aprende a hablar, y se torna automático en el caso de exist-entes conocidos perceptualmente, tales como “hombre”, “mesa”, “azul”, “longitud”, etc. Pero esto se vuelve progresivamente más di-fícil a medida que los conceptos del hombre se alejan de la eviden-cia perceptual directa, para involucrar complejas combinaciones y
clasificaciones cruzadas de muchos conceptos anteriores. (Obsér-vense las dificultades de identificar a un sistema político dado o diagnosticar una enfermedad aún desconocida). En tales casos, saber si un concreto ha de ser integrado o no dentro de un cierto concepto no se realiza automáticamente, sino que requiere un nuevo esfuerzo cognitivo.
En consecuencia, el proceso de formar y aplicar conceptos contiene la regla esencial de dos métodos fundamentales de cognición: la in-ducción y la dein-ducción.
El proceso de observar los hechos de la realidad y de integrarlos en conceptos es, en esencia, un proceso de inducción. El proceso de subsumir nuevos casos bajo un concepto ya conocido es, en esencia, un proceso de deducción.
Capítulo 4
4. CONCEPTOS DE CONSCIENCIALa consciencia es la facultad de conocer, la facultad de percibir aquello que existe.
Conocer no es un estado pasivo, sino un proceso activo. En los niveles más bajos del conocimiento se requiere un complejo pro-ceso neurológico para permitirle al hombre experimentar una sensación y para integrar esas sensaciones en percepciones; ese proceso es automático y no está sujeto a la voluntad: el hombre es consciente de sus resultados pero no del proceso mismo. En un niv-el superior, conceptual, niv-el proceso es psicológico, consciente y volit-ivo. En cada caso, el conocimiento se logra y mantiene mediante una acción continua.
Directa o indirectamente, cada fenómeno de la consciencia se de-riva del conocimiento del mundo externo. Cierto objeto, o sea cierto contenido, se halla involucrado en todo estado de consciencia. La extrospección es un proceso de cognición dirigido hacia lo exterior, un proceso de aprehender algún existente o existentes del mundo externo. La introspección es un proceso de cognición orientada hacia lo interior, un proceso de aprehender las propias acciones psicológicas en relación con cierto(s) existente(s) en el mundo ex-terno, acciones tales como pensar, sentir, rememorar, etc. Solo en relación con el mundo externo las diversas acciones de la conscien-cia se pueden experimentar, entender, definir o comunicar. La con-sciencia es el conocimiento de algo. Un estado de concon-sciencia car-ente de contenido es una contradicción en términos.
Dos atributos fundamentales se encuentran involucrados en cada estado, aspecto o función de la consciencia del hombre: el conten-ido y la acción; el contenconten-ido de la consciencia y su acción en rela-ción con ese contenido.
Estos dos atributos son el Denominador Conceptual Común funda-mental de todos los conceptos concernientes a la consciencia. En el nivel perceptual de la consciencia, una criatura solamente ex-perimenta y es capaz de realizar unos pocos procesos psicológicos; su total desarrollo conceptual requiere que aprenda a conceptualiz-ar estos procesos (lo cual puede hacer una vez que ha alcanzado una cierta etapa de su desarrollo conceptual extrospectivo).
Para formar los conceptos de consciencia, uno debe aislar la acción del contenido de un estado de consciencia determinado mediante un proceso de abstracción. Así como, extrospectivamente, el hombre puede abstraer atributos de los entes, así también puede abstraer, introspectivamente, las acciones de su consciencia de sus contenidos y observar las diferencias entre estas distintas acciones. Por ejemplo (a nivel adulto), cuando un hombre ve caminar a una mujer en la calle, la acción de su consciencia es percepción; cuando advierte que es hermosa, la acción de su consciencia es evaluación; cuando experimenta un estado interno de placer y aprobación, de admiración, la acción de su consciencia es emoción; cuando se de-tiene para mirarla y trazar conclusiones, a partir de la evidencia, sobre su carácter, edad, posición social, etc., la acción de su con-sciencia es reflexión; cuando, más tarde, recuerda el incidente, la acción de su consciencia es reminiscencia; cuando considera que su apariencia mejoraría si su cabello fuese rubio en lugar de castaño y su vestido azul en lugar de rojo, la acción de su consciencia es imaginación.
También puede observar las similitudes entre las acciones de su consciencia en distintas ocasiones, al observar que estas mismas ac-ciones, en diferentes secuencias, combinaciones y gradaac-ciones, son, fueron o pueden ser aplicables a otros objetos: a un hombre, un perro, un automóvil o a toda la calle; a la lectura de un libro, al aprendizaje de una nueva habilidad, a la elección de un empleo o a cualquier objeto dentro del ámbito de su consciencia.
Tal es la característica del proceso por el cual (con pasos lentos y graduales) el hombre aprende a formar los conceptos de consciencia.
En el terreno de la introspección, los concretos, las unidades que están integradas en un solo concepto, son las instancias específicas de un proceso psicológico dado. Los atributos mensurables de un proceso psicológico son su objeto o c ontenido, y su intensidad. El contenido es algún aspecto del mundo externo (o se deriva de al-gún aspecto del mundo externo) y puede medirse mediante los di-versos métodos de medición aplicables al mundo externo. La inten-sidad de un proceso psicológico es el resultado de la suma automát-ica de muchos factores: su alcance, su claridad, su contexto cognit-ivo y de motivación, el grado de energía o esfuerzo mental re-querido, etcétera.
No existe un método exacto para medir la intensidad de todos los procesos psicológicos pero, como en el caso de la formación de los conceptos de los colores, la conceptualización no requiere el conoci-miento de mediciones exactas. Gradaciones de intensidad pueden medirse, y de hecho se miden, aproximadamente en una escala comparativa. Por ejemplo, la intensidad de la emoción de la alegría, en respuesta a ciertos hechos, varía de acuerdo con la importancia que tienen estos hechos dentro de la jerarquía personal de valores; en estos casos los hechos varían, tal como sucede cuando se compra un traje nuevo o se obtiene un aumento de sueldo, o se contrae
matrimonio con la persona amada. La intensidad de un proceso de pensamiento y del esfuerzo intelectual requerido varía de acuerdo con el alcance del contenido; varía cuando se entiende el concepto de “mesa” o el concepto de “justicia”, cuando uno entiende que 2 + 2 = 4 o que “ e = mc2”.
La formación de los conceptos introspectivos sigue los mismos principios que la formación de los conceptos extrospectivos. Un concepto perteneciente a la consciencia es una integración mental de dos o más casos de un proceso psicológico que posee las mismas características distintivas, omitiendo tanto los contenidos particu-lares como también las mediciones de la intensidad de la acción, basado en el principio de que estas medidas omitidas deben existir en alguna cantidad pero pueden existir en cualquier cantidad (es decir, que un proceso psicológico dado debe poseer algún conten-ido y algún grado de intensidad, pero puede poseer cualquier con-tenido o gradación de la categoría apropiada).
Así, por ejemplo, se forma el concepto “pensamiento” al retener las características distintivas de la acción psicológica (un proceso de cognición orientado hacia un propósito específico), pero omitiendo los contenidos particulares así como el grado de intensidad del es-fuerzo intelectual. El concepto de “emoción” se forma al retener las características distintivas de la acción psicológica (una respuesta automática que procede de la evaluación de un existente) y omitir los contenidos particulares (los existentes), así como el grado de in-tensidad emocional.
Obsérvese que he mencionado los términos alcance y jerarquía en conexión con la intensidad de los procesos psicológicos. Estos son términos que pertenecen a la categoría de las mediciones, e indican métodos más precisos para medir algunos fenómenos psicológicos. Con referencia a los conceptos que pertenecen a la cognición (“pensamiento”, “observación”, “razonamiento”, “aprendizaje”,
etc.), el alcance del contenido provee un método de medición. El al-cance se mide por dos aspectos interrelacionados: por el ámbito del material fáctico involucrado en un proceso cognitivo determinado y por la longitud de la cadena conceptual requerida para tratar con ese material. En virtud de que los conceptos tienen una estructura jerárquica, es decir, puesto que las abstracciones más elevadas y complejas se derivan de otras más simples y básicas (comenzando por los conceptos de los concretos perceptualmente apreciados), es la distancia que los separa del nivel perceptual de los conceptos usados en un proceso cognitivo dado la que indica la amplitud de tal proceso. (El nivel de abstracción con el que un hombre está ca-pacitado a tratar indica cuánto tuvo que saber previamente para al-canzar ese nivel. No me refiero aquí a los hombres que meramente recitan vagas abstracciones memorizadas, sino tan solo a aquellos que captan todos los pasos intermedios involucrados).
En lo que respecta a los conceptos referentes a evaluación (“valor”, “emoción”, “sentimientos”, “deseos”, etc.), la jerarquía involucrada es de un tipo distinto y requiere un tipo de medición completa-mente diferente. Se trata de un tipo únicacompleta-mente aplicable al pro-ceso psicológico de evaluación y puede ser designado como “ medi-ción teleológica”.
La medición es la identificación de una relación, una relación cuantitativa establecida mediante un estándar que sirve de unidad. La medición teleológica no se realiza con números cardinales, sino con números ordinales, y el estándar sirve para establecer una rela-ción calificada entre los medios y el fin.
Por ejemplo, un código moral es un sistema de medición teleológica que califica las opciones y acciones accesibles para el hombre, de acuerdo con el grado en el cual se cumple o se frustra el estándar de valor del código. El estándar es el fin, para alcanzar el cual las ac-ciones humanas son los medios.
Un código moral es un conjunto de principios abstractos; para practicarlo el individuo debe traducirlos en concretos apropiados, debe elegir las metas y los valores particulares que desea obtener. Esto requiere que defina su jerarquía de valores particulares según su importancia, y que actúe de acuerdo con ellos. En consecuencia, todas sus acciones deben ser guiadas por un proceso de medición teleológica. (El grado de incertidumbre y de contradicciones en la jerarquía de valores de un hombre es el grado por el cual no será capaz de realizar tales mediciones y en el que fracasará en sus in-tentos de efectuar los cálculos de valor o de realizar una acción con un propósito).
La medición teleológica debe efectuarse dentro y contra un con-texto inmenso; consiste en establecer la relación existente entre una elección dada y todas las demás elecciones posibles, y la jerarquía personal de valores.
El ejemplo más simple de este proceso, que todos los seres hu-manos hacen (con distintos grados de precisión y éxito), puede ob-servarse en el terreno de los valores materiales, en los principios (implícitos) que guían la forma en que un hombre gasta su dinero. A cualquier nivel de ingresos, el dinero que posee un hombre es siempre una cantidad limitada; al gastarlo, compara el valor de su compra contra el valor de toda otra compra que podría hacer con el mismo monto de dinero, lo pondera contra la jerarquía de todas sus demás metas, deseos y necesidades, y de acuerdo con eso hace la compra, o no.
El mismo tipo de medición guía las acciones de un hombre en el contexto más amplio de los valores morales o espirituales. (Por “es-piritual” me refiero a “perteneciente a la consciencia”, y menciono “más amplio” porque es la jerarquía de los valores de un hombre en ese dominio la que determina su jerarquía de valores en el área ma-terial o económica).