Capítulo 6 6 CONCEPTOS AXIOMÁTICOS
7. EL ROL COGNITIVO DE LOS CONCEPTOS
La historia del siguiente experimento fue relatada por un profesor de psicología en el aula de una universidad. No puedo garantizar la validez de las conclusiones numéricas específicas que se extrajeron de él, ya que no pude revisarlo personalmente. Pero he de citarlo aquí, pues es la manera más clara en la que puede ilustrarse un cierto aspecto fundamental de la consciencia, de toda consciencia, ya sea animal o humana.
El experimento se llevó a cabo para hallar el grado de habilidad que poseen las aves para tratar con los números. Un observador oculto estudió el comportamiento de una bandada de cuervos reunidos en un claro del bosque. Cuando un hombre entró en el claro y avanzó dentro del bosque, los cuervos se ocultaron en la copas de los ár- boles y no volvieron a descender hasta que el hombre regresó y se hubo alejado del claro, retornando por el camino que había tomado al venir. Cuando tres hombres entraron en el bosque, y regresaron solo dos de ellos, los cuervos continuaron ocultos en los árboles hasta que el tercero se hubo retirado también. Pero cuando en- traron en el bosque cinco hombres, y regresaron solo cuatro de el- los, salieron los cuervos de su escondite. Aparentemente, su poder de discriminación no se extendía más allá de las tres unidades y su habilidad perceptiva matemática consistía de una secuencia tal como: uno-dos-tres-muchos.
La verdad del principio que ilustra, sea este experimento en partic- ular exacto o no, puede determinarse introspectivamente: si omiti- mos todo conocimiento conceptual, incluso la capacidad de contar
en términos de números, e intentamos ver cuántas unidades (u ex- istentes de todo tipo) podemos discriminar, recordar y manipular por medios puramente perceptivos (es decir: visual o auditiva- mente, pero sin contar), hallaremos que el rango de la capacidad de percibir del hombre podrá ser mayor, pero no mucho mayor que la del cuervo: a lo sumo podremos comprender y retener cinco o seis unidades.
Este hecho es la mejor demostración del rol cognitivo de los conceptos.
Como la consciencia es una facultad específica, tiene una naturaleza o identidad específica y, en consecuencia, su alcance es limitado: no puede percibir todo a la vez; como la consciencia, en todos sus niveles, requiere un proceso activo, no puede procesar todas las co- sas juntas. Ya sea que las unidades con las que uno trata sean cosas percibidas o conceptos, el alcance de lo que el hombre puede reten- er en el enfoque de su atención consciente en un momento dado, es limitado. En consecuencia, la esencia del incomparable poder cog- nitivo del hombre es la capacidad de reducir una vasta cantidad de información a un número mínimo de unidades, siendo este el tra- bajo que efectúa su facultad conceptual. Y el principio de la eco- nomía de unidades es uno de los principios guía esenciales de esa facultad.
Obsérvese cómo opera este principio en el campo de las matemátic- as. Si el experimento antes descripto fuese realizado con un hombre en lugar de los cuervos, estaría capacitado para contar y, en con- secuencia, recordar un más elevado número de los hombres que cruzaron el claro (cuán elevado habría de ser ese número depender- ía del tiempo disponible para percibirlos y contarlos).
Un “número” es un símbolo mental que integra unidades en una única unidad mayor (o que subdivide una unidad en fracciones) con referencia al número básico “uno”, que es el símbolo mental básico
de la “unidad”. En consecuencia, 5 representa a 1, 1, 1, 1, 1. (Metafísicamente, los referentes del “5” son cinco existentes cualesquiera de un tipo específico; epistemológicamente son rep- resentados por un solo símbolo).
Contar es un proceso automatizado, rápido como un rayo, de redu- cir el número de unidades mentales que uno tiene que retener. En el proceso de contar, “uno, dos, tres, cuatro, etc.”, la consciencia hu- mana retiene únicamente una unidad mental en un momento dado; la unidad mental particular que representa la suma que ha identi- ficado en la realidad (sin tener que retener la imagen de la percep- ción de los existentes que componen esa suma). Si alcanza, por ejemplo, la suma de 25 (o 250), esta continúa siendo una unidad in- dividual, fácil de recordar y manejar. Pero imagínese el estado en que se encontraría su propia consciencia si yo procediese a proveerle esa suma mediante unidades percibidas, a saber: 1, 1, 1, 1, 1, 1, 1… etcétera.
Obsérvese el principio de la economía de unidades en la estructura del sistema decimal, que demanda de la mente humana que retenga únicamente diez símbolos (incluyendo el cero) y una simple regla de notación para números mayores o fracciones. Obsérvense los métodos algebraicos que hacen posible que páginas de cálculos complejos se reduzcan a una ecuación simple y única. Las matemát- icas son una ciencia de método (la ciencia de la medición, o sea de establecer relaciones cuantitativas), un método cognitivo que permite al hombre efectuar una serie ilimitada de integraciones. Las matemáticas indican el rol del patrón cognitivo de los concep- tos y la necesidad psico-epistemológica que satisfacen. La concep- tualización es un método para expandir la consciencia del hombre por medio de la reducción de la cantidad de unidades contenidas, un medio sistemático para una integración ilimitada de datos cognitivos.
Un concepto sustituye con un símbolo (una palabra) el enorme agregado de percepciones de entes concretos que subsume. A efecto de realizar esta función de reducción de unidades, el símbolo tiene que ser automatizado en la consciencia humana, o sea que la enorme suma de sus referentes debe estar inmediatamente (implí- citamente) a disposición de la mente consciente cuando use ese concepto, sin que requiera una visualización perceptual o un resu- men mental, de la misma manera en que el concepto “5” no re- quiere que se visualicen cinco rayas cada vez que se lo usa.
Por ejemplo, si un hombre ha entendido por completo el concepto de “justicia”, no necesitará recitarse un extenso tratado sobre el sig- nificado del concepto mientras presta atención a las evidencias presentadas en un caso juzgado en los tribunales. La mera frase “Debo ser justo” retiene automáticamente este significado en su mente y permite que su atención consciente permanezca en libertad para entender la evidencia y evaluarla de acuerdo con un complejo conjunto de principios. (Y, en caso de duda, el recuerdo consciente del significado preciso de “justicia” le proveerá de la guía que necesita).
Es el principio de la economía de la unidad el que necesita que los conceptos sean definidos en términos de sus características esen- ciales. En caso de duda, un hombre recuerda la definición del con- cepto, la o las características esenciales le darán una comprensión instantánea del significado de este, o sea de la naturaleza de sus ref- erentes. Por ejemplo, si considera alguna teoría social y recuerda que “el hombre es un animal racional”, evaluará la validez de la teoría de acuerdo con eso; pero, por lo contrario, si recuerda que “el hombre es un animal que posee un pulgar”, su evaluación y con- clusión serán muy distintas.
Aprender a hablar es un proceso de automatizar el uso (o sea el sig- nificado y la aplicación) de los conceptos. Más aún, todo
aprendizaje involucra un proceso de automatización, es decir, ad- quirir primero el conocimiento a través de la atención y observación plenamente consciente y enfocada, y establecer luego las conex- iones mentales que hacen a ese conocimiento automático (in- stantáneamente disponible como contexto), y libera la mente hu- mana para que persiga la obtención de un conocimiento mayor y más complejo.
El estado del conocimiento automatizado en su mente es experi- mentado por el hombre cual si tuviese la misma calidad (y certeza) directa, fácil y evidente del conocimiento perceptible. Pero se trata del conocimiento conceptual, y su validez depende de la precisión de sus conceptos, la cual requiere una precisión tan estricta de su significado (es decir, un conocimiento tan exacto de los referentes específicos que subsumen) como las definiciones de términos matemáticos. (Es obvio que los desastres surgirán si se automatizan los errores, las contradicciones y las aproximaciones no definidas). Esto nos lleva a un aspecto crucial del rol cognitivo de los concep- tos: los conceptos representan condensaciones de conocimiento, lo cual posibilita el estudio y la división de la labor cognitiva.
Recuérdese que el nivel de percepción de la consciencia es la base del desarrollo conceptual humano. El hombre forma los conceptos como un sistema de clasificación, cada vez que la gama de datos percibidos se vuelve demasiado grande para que su cerebro pueda manejarlos. Los conceptos representan tipos específicos de exist- entes, que incluyen todas las características de estos existentes, de los observados y aun de los no observados, conocidos y desconocidos.
Es de importancia crucial comprender el hecho de que un concepto es básicamente una clasificación “abierta” que incluye las caracter- ísticas que todavía deben ser descubiertas de un grupo de existentes
dados. La totalidad del conocimiento humano se apoya sobre este hecho.
El patrón es como sigue: cuando un niño capta el concepto “hombre”, el conocimiento representado por este concepto en su mente consiste en datos percibidos, tales como el aspecto visual del hombre, el sonido de su voz, etc. Cuando el niño aprende a diferen- ciar entre entes vivos y materia inanimada, agrega una nueva carac- terística, la de “vivo”, al ente que designa como “hombre”. Cuando el niño aprende a diferenciar entre diferentes tipos de consciencia, incluye una nueva característica al concepto de hombre, la de “ra- cional”, y así en adelante. El principio implícito que guía este pro- ceso es el de: “Sé que existe un ente tal como es el hombre; conozco muchas de sus características, pero posee muchas otras que no conozco y que todavía debo descubrir”. Este mismo principio dirige el estudio de toda otra clase de existentes, percibidos y conceptual- izados por separado.
El mismo principio rige la acumulación y la transmisión del conoci- miento de la humanidad. Partiendo del conocimiento del hombre que puede tener un salvaje y que no es mucho mayor que el de un niño, hasta el nivel actual, cuando prácticamente la mitad de las ciencias (las humanidades) se dedican al estudio del hombre, el concepto “hombre” no ha cambiado: se refiere al mismo tipo de entes. Lo que sí ha cambiado y se ha ampliado es el conocimiento sobre estos entes. Las definiciones de los conceptos pueden cambiar con los cambios en la designación de las características esenciales, y también pueden tener lugar reclasificaciones conceptuales a me- dida que crecen los conocimientos, pero estos cambios son posibles, sin alteraraciones, por el hecho de que un concepto subsume todas las características de sus referentes, incluso lo que todavía no ha sido descubierto.
Dado que los conceptos representan un sistema de clasificación cognitiva, un concepto dado sirve (metafóricamente hablando) como una carpeta de archivo en la cual la mente humana archiva su conocimiento sobre los existentes subsumidos. El contenido de es- tas carpetas varía de persona a persona, de acuerdo con su nivel de conocimientos, extendiéndose desde la información primitiva y generalizada en la mente de un niño o de un iletrado, hasta la enormemente detallada suma que hay en la mente de un científico, pero perteneciente a los mismos referentes, al mismo tipo de exist- entes, y subsumida bajo el mismo concepto. Es este sistema clasific- atorio el que posibilita actividades tales como el aprendizaje, la educación, la investigación, la acumulación, la transmisión y la ex- pansión del conocimiento. (Es obligación epistemológica de cada individuo saber qué contiene su archivo mental en relación con cada concepto que usa, mantenerlo integrado con sus otros archivos mentales y buscar más información cuando necesite com- probar, corregir o ampliar sus conocimientos).
El alcance de la confusión que reina en el presente sobre la nat- uraleza de la facultad conceptual del hombre queda elocuentemente demostrado por lo que sigue: es precisamente el carácter “abierto” de los conceptos, la esencia de su función cognitiva, lo que men- cionan los filósofos modernos en sus intentos de demostrar que los conceptos no tienen validez cognitiva. “¿ Cuándo podemos aseverar que sabemos lo que representa un concepto?”, claman, y ofrecen, como un ejemplo del dilema humano, el hecho de que se puede creer que todos los cisnes son blancos, para descubrir luego la exist- encia de un cisne negro, con lo cual queda invalidado el concepto. Este criterio implica la presuposición no admitida de que los con- ceptos no son un dispositivo cognitivo del tipo de consciencia que posee el hombre, sino un depósito de omnisciencia cerrada y fuera de contexto, y que los conceptos se refieren, no a los existentes en el mundo externo, sino al estado de conocimiento congelado y
suspendido dentro de cualquier consciencia dada y en cualquier momento dado. Basándose en tal premisa, cada avance en el conocimiento es un revés, una demostración de la ignorancia del hombre. Por ejemplo, los salvajes sabían que el hombre posee una cabeza, un tronco, dos piernas y dos brazos; cuando los científicos del Renacimiento comenzaron a disecar los cadáveres y descubri- eron la naturaleza de los órganos internos del hombre, invalidaron el concepto de “hombre” que tenía el salvaje; y luego, cuando los científicos modernos descubrieron que el hombre posee glándulas internas, invalidaron el concepto que se tenía de “hombre” en el Renacimiento, etcétera.
Al igual que un niño malcriado, desilusionado, que había esperado cápsulas predigeridas de conocimiento automático, un positivista lógico patea la realidad y grita que considerar el contexto, la integ- ración, el esfuerzo mental y la investigación personal de primera mano es esperar demasiado de él, y que rechaza un método de cog- nición tan exigente, y que él fabricará sus propias construcciones. (Esto equivale, de hecho, a decir que “como lo intrínseco fracasó, lo subjetivo es nuestra única alternativa”). El chasco se lo lleva su audiencia: es este exponente de los anhelos primordiales de un místico por una omnisciencia fácil, rígida y automática, lo que los hombres modernos toman como la defensa de una ciencia fluida, dinámica y progresiva.
Es el carácter “abierto” de los conceptos lo que permite la división de la labor cognitiva entre los hombres. Un científico no podría es- pecializarse en una rama particular de estudio si no dispusiese de un contexto más amplio, sin la correlación e integración de su tra- bajo con los demás aspectos de la misma materia. Considérese, por ejemplo, la ciencia de la medicina. Si el concepto de “hombre” no fuese el concepto unificador de esa ciencia (si algunos científicos estudiasen solamente los pulmones del hombre, otros únicamente su estómago, otros solo la circulación sanguínea y otros únicamente
la retina del ojo), si todos los nuevos descubrimientos no se refir- iesen al mismo ente y, en consecuencia, no se integrasen en estricta correspondencia con la ley de no contradicción, el colapso de la ciencia médica no tardaría mucho.
Ninguna mente puede retener todo el conocimiento que se encuen- tra hoy disponible para el hombre, mucho menos retener detalles minúsculos. Y, sin embargo, este conocimiento debe ser integrado y quedar abierto a la comprensión y la verificación individual, si no se desea que la ciencia colapse bajo el peso de minucias no relacion- adas, no comprobadas y contradictorias. Tan solo la más rigurosa precisión epistemológica puede implementar y proteger el avance de las ciencias. Únicamente las definiciones más estrictas y contex- tualmente absolutas de los conceptos pueden capacitar a los seres humanos para integrar sus conocimientos, continuar ampliando sus estructuras conceptuales formando nuevos conceptos dentro del más severo orden jerárquico, como y cuando se necesiten, y, en consecuencia, condensar la información y reducir la cantidad de unidades mentales con las cuales deben tratar.
En lugar de eso, los guardianes de la epistemología científica, los filósofos, les enseñan a los hombres que la precisión conceptual es imposible, que la integración es indeseable, que los conceptos no tienen referentes fácticos, que un concepto denota nada, excepto su característica definitoria, la cual no representa nada más que un convencionalismo social arbitrario, y que un científico debería real- izar encuestas públicas para descubrir el significado de los concep- tos que usa. (“No busquen el significado, busquen el uso que se les da”). Las consecuencias de tales doctrinas se evidencian hoy día en cada rama de las ciencias, principalmente en las humanidades. Los conceptos representan un sistema de archivo mental y de archivos cruzados, tan complejos que la computadora electrónica más avanzada es, en comparación, un juguete para niños. Este
sistema actúa como contexto, como marco de referencia, a través del cual el hombre entiende y clasifica (y continúa estudiando) cada existente que encuentra y cada aspecto de la realidad. El lenguaje es la implementación física (audiovisual) de este sistema.
Los conceptos y, en consecuencia, el lenguaje, son primeramente una herramienta de cognición, no de comunicación como se consid- era comúnmente. La comunicación es meramente la consecuencia, no la causa ni el propósito primario de la formación de los concep- tos, una consecuencia crucial, de importancia invaluable para los seres humanos, pero aun así solamente una consecuencia. El conocimiento precede a la comunicación; la condición previa ne- cesaria de la comunicación es que se tenga algo que comunicar. (Esto es cierto incluso tratándose de la comunicación entre ani- males, o de los resoplidos y gruñidos que sirven de comunicación entre seres humanos con dificultades para expresarse, y mucho más de la comunicación por medio de una herramienta tan exacta y compleja como es el lenguaje). El propósito primario de los concep- tos y del lenguaje es el de proveer al hombre de un sistema de clasificación y organización cognitiva que lo capacite para adquirir conocimientos en escala ilimitada, lo que significa mantener orden en la mente humana y capacitarla para pensar.
Muchos tipos de existentes son integrados en conceptos y repres- entados mediante palabras especiales, pero muchos otros no lo son y se identifican únicamente a través de descripciones verbales. ¿Qué es lo que lleva al hombre a integrar un grupo dado de exist- entes dentro de un concepto?: los requerimientos de la cognición (y el principio de la economía de unidades).
En la periferia del vocabulario conceptual del hombre existe una gran cantidad de laxitud, un área ancha donde la elección es op- cional, pero en lo que atañe a ciertas categorías fundamentales de existentes, la formación de conceptos es forzosa. Esto incluye
categorías tales como: a) los concretos percibidos con los cuales los hombres tratan a diario, representados por el primer nivel de ab- stracciones; b) los nuevos descubrimientos de las ciencias; c) los nuevos objetos producidos por el hombre que difieren en sus carac- terísticas esenciales de objetos previamente conocidos (por ejemplo “la televisión”); d) las relaciones humanas complejas que involuc- ran combinaciones de comportamientos físicos y psicológicos (por