Ernesto Milá
El Pequeño
Tablero Local
Geopolítica de España
Editorial PYRE
Colección Geopolítica 6
Título: El pequeño tablero local. © Ernesto Milà. 2005
© Pyre, SL Portada: César 1ª Edición: Enero 2005
Producciones y Representaciones Editoriales, SL Apartado de Correos 9288 - 08080 Barcelona E-mail: [email protected]
ISBN 84-933678-7-7 Dep. Legal: B-XXXXX-2002 Impreso en España
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Introducción
A finales del 2003, en nuestro ensayo «Identidad, Nación, Nacionalidad» apuntamos a la necesidad de una redefinición de España y de su papel en la postmodernidad. Esta tarea im-plica, necesariamente, abordar el significado de España desde varios puntos de vista. Uno de ellos –el que hemos decidido abordar ahora– es el de la geopolítica que nos servirá para definir una estrategia en política internacional.
¿Por qué la Geopolítica?
Lo más sorprendente de Ratzel –en la práctica el fundador de esta ciencia– es que, en las 600 páginas de su largo tratado, jamás definió el concepto de geopolítica. Quien quiera una de-finición habrá de recurrir a otros tratadistas (Haushoffer, Stanzs Hupé, Wigert, Andreas Dorpalen, etc). Hasta Ratzel la «geo-grafía política« estudiaba a los Estados entendidos como entes implantados en una dimensión geográfica y vinculados a un te-rritorio concreto. En realidad, cuesta diferenciar la «geografía política« de la «geopolítica». Hubo que esperar que la «escuela alemana« clarificara éste extremo a partir de Haushoffer. En un artículo publicado a principios de los años 30 y firmado por Haushoffer, Vogel y Sieger, se definía a la geografía política como la «doctrina de la división del poder estatal en los espacio de la superficie terrestre y su determinación por la forma y estructura, clima y vegetación del suelo». En ese mismo artículo, la geopolítica era definida como «la ciencia de las formas de vida políticas en los espacios vitales natura-les que considera a través del proceso histórico, un ser
vin-culado al medio ambiente». Y más adelante, el propio Haushoffer hacía escrito: «Los descubrimientos de la geo-grafía representan el armazón de la geopolítica. Los acon-tecimientos políticos han de concurrir dentro de éste arma-zón para tener consecuencias permanentes» (…) «Antes o después ha de prevalecer la característica limitación te-rrestre de los acontecimientos políticos. De este modo la geopolítica se convierte en un arte. La cuestión de guiar la política práctica hasta este punto, obliga a dar un paso hacia lo desconocido. Ese paso lleva al éxito sólo si se guía por la geopolítica«. Y concluye: «La geopolítica es la cien-cia geográfica del Estado». Y Weigert, mucho más conciso y breve establece esta definición: «Geopolítica es la ciencia que trata de la dependencia de los hechos políticos con rela-ción al suelo». Hupé alude a la finalidad de la geopolítica: «Proporcionar las bases para los proyectos de una estrate-gia política de carácter global». Y Dorpalen, uno de los dis-cípulos de Haushoffer, define el marco de la que esta ciencia extrae su información cuando escribe: «La geopolítica es una técnica política que se basa en los descubrimientos de la geografía política, la historia, la antropología, la geología, la economía, la sociología, la psicología y otras ciencias que, combinadas, explican la situación política».
Algunos tratadistas –especialmente, la escuela anglosajona– no suele establecer diferencias entre geopolítica y geografía política, sin embargo, la escuela francesa y alemana, si tienden a las diferenciaciones. Para estos, las diferencias entre ambas ramas del saber geográfico se refieren principalmente a la in-terpretación de los conocimientos recopilados (geografía polí-tica) o bien a la aplicación práctica de estos conocimientos (geopolítica). En este sentido, Vicens–Vives decía que la
geopolítica es una ciencia dinámica (como una película que se inicia en el pasado más remota y se proyecta sobre un futuro cuyas características se pretende elucidar), mientras que la geo-grafía política es una ciencia estática (como un fotograma de esa misma película, siempre vinculada a un momento concreto del pasado o del presente).
El propio Vicens–Vives, siguiendo en esto a la escuela ale-mana, define el núcleo de la geopolítica como compuesto de
«vida« y «síntesis«: síntesis en tanto que para poder
estable-cer una tesis geopolítica es preciso recurrir al análisis de una multiplicidad de aspectos en la vida de un pueblo; vida en la medida en que se trata de un análisis activo, dinámico, creativo que pasa revista a la trayectoria de los pueblos y a su futuro.
Pero, además tal como estableció Sigfried Passarge, la Geopolítica «postula una política estatal de conformidad con los vínculos geográficos». Por mucho que lo intentasen, los bolivianos o los suizos, naciones enclastradas en el núcleo central de dos masas continentales, jamás lograrán ser poten-cias marítimas: su destino, su historia y sus limitaciones, están definidas por su situación geográfica. Eso explica los conflictos de Bolivia con sus vecinos en los últimos doscientos años y sus principales episodios bélicos y políticos. La orientación de un Estado jamás puede ignorar su situación y su definición geopolítica.
Ahora bien, siguiendo a Dorpalen, para poder establecer cuál será su posible orientación futura, será necesario analizar su pasado histórico (geohistoria), sus componentes étnicas y antropológicas (geobiología), sus características morfológicas (geografía física) y su psiquismo (geopsicología). A partir de lo cual estaremos en condiciones de realizar la «síntesis« a la que aludía Vivens.
No hay, en definitiva, posibilidades de redefinir España sin realizar un análisis geopolítico mínimo.
Las dos tendencias básicas de la historia de España A poco que examinemos la historia de la Península Ibérica, desde la más remota antigüedad hasta nuestros días, advertire-mos la existencia de dos tendencias contrapuestas que se alter-nan y suceden en infernal cadencia: una tendencia hacia la uni-dad alternada con una tendencia al cantonalismo.
La particular situación geográfica de España ha hecho que desde el Paleolítico Superior, la Península Ibérica haya sido un escenario de tránsito de distintas culturas: en algunas zonas de la Península, la cultura solutrense se superpuso a la auriñacense que había logrado abarcar todo el territorio peninsular y prác-ticamente toda la Europa que quedó a salvo de las glaciaciones. Sin embargo, la cultura solutrense que, históricamente buscó extenderse hacia el norte y logró penetrar a través de la Penín-sula a toda Europa, ocupó solamente las costas mediterráneas y parte del valle del Guadiana, remontaron el Tajo hasta llegar prácticamente a las fuentes del Duero.
Posteriormente, cuando aparecieron las civilizaciones neolíticas, éstas se expandieron por las zonas costeras del At-lántico, por el sur de Andalucía, abarcando toda la cornisa cantábrica, los Pirineos y eludiendo casi completamente las zonas del interior peninsular, si bien remontaron el valle del Tajo y el del Duero hasta no más lejos de Palencia.
Esta diferencia de zonas de colonización señala dos tipos de pueblos: atlánticos (neolíticos) y mediterráneos (paleolíti-cos), asentados en dos zonas de la península bastante bien di-ferenciadas. Las distintas oleadas íberas y celtas posteriores supusieron una confirmación de las dos tendencias y una cierta
balcanización de la Península, a la que se unió el área de in-fluencia de la potencia comercial Fenicia en el tercio sur de la Península. A diferencia de los fenicios, situados en el otro ex-tremo del Mediterráneo, los griegos tuvieron una muy débil presencia en la costa mediterránea española con algunas colo-nias, limitándose a mantener su área de influencia en el Medite-rráneo Oriental con una cierta tendencia a seguir rutas comer-ciales hacia Norte atravesando el Bósforo y los Dardanelos y mateniendo sólidas bases en todas las costas del Mar Negro.
Pero luego llegó Roma y con Roma, la tendencia al cantonalismo peninsular fue abortada, considerándose toda la península como una unidad geográfico–política que solamente fue dividida a efectos administrativos en dos (Hispania Ulterior y Citerior) posteriormente en tres (Lusitania, Bética y Tarraco-nense) y en el período final, en cinco (Gallaecia, Lusitania, Ta-rraconense, Cartaginense y Bética). Al margen de que la corni-sa cantábrica estaba alejada del núcleo central de irradiación del Imperio (el mundo mediterráneo), lo cierto es que la feliz conclusión para las legiones romanas de las guerras cántabras sellaron, por vez primera, una unidad peninsular digna de tal nombre.
Tras este período, se seguiría el 411 las invasiones bárbaras y el establecimiento de las tribus suevas, vándalas y alanas en distintas zonas que desbarataron la administración romana creándose reinos autónomos como el Suevo de Galicia, mien-tras los vándalos marcharon hacia el sur, se asentaron momen-táneamente en Andalucia y los alanos poblaban el centro. Entre el 448 y el 456, el Reino Suevo de Galicia alcanza a dominar prácticamente todo el territorio peninsular, salvo una franja de la costa mediterránea. Reckiario, el primer rey católico suevo es el único que en ese momento mantiene la ambición de unir a
los reinos peninsulares. Pero, finalmente, no será él, sino los visigodos quienes restablezcan de nuevo la unidad peninsular. Con las primeras tribus bárbaras lo que triunfa es el cantonalismo. Con los visigodos, la tendencia opuesta.
Llamados por los romanos para expulsar a las tribus bárba-ras y restablecer la administración imperial, los visigodos en-tran en la Península el 418 y logran el objetivo propuesto, si bien el Reino Suevo resistirá hasta el 585, año en que Leovigildo vence al suevo Audeca y Galicia queda incorporada a su reino. Desde su entrada en la Península, los visigodos habían eviden-ciado una tendencia a la unificación de los territorios, espe-cialmente cuando se establecieron definitivamente y traslada-ron la capital de su reino desde Tolosa hasta Toledo, tras la batalla de Vouillé. Pero, en las postrimerías de ese período, se producen las primeras rebeliones en la Septimania (especial-mente la protagonizada por el Conde Paulus), que indican que había reaparecido de nuevo la tendencia hacia el cantonalismo. Pero el 711 ocurre la mayor tragedia en la historia de Espa-ña. El reino visigodo es masacrado por la primera oleada islámica y, tras la confusión inicial y un período en el que todavía se mantienen los restos de la administración latino–visigoda, so-bre una situación de cantonalismo virtual, se impone de nuevo una administración central, el Califato de Córdoba que, prácti-camente domina a toda España. Más tarde, triunfará de nuevo la tendencia al cantonalismo; en efecto, tanto entre los reinos cristianos de un lado y entre la zona de ocupación islámica de otro, se generará un fenómeno de fracturación política; apare-cen las taifas en la zona sur, mientras los reinos cristianos no logran fusionarse sino hasta muy avanzada la Edad Media. En-tre el 711 y el 1479, momento histórico del inicio de la reunificación castellano–aragonesa, la Península vive un nuevo
y largo período de cantonalismo, al que seguirá un esfuerzo de convergencia a partir de los Reyes Católicos y que se prolon-gará durante los grandes Austrias.
Posteriormente, reaparecerán iniciativas cantonalistas en el siglo XVII a la que seguirá el proceso de centralización impre-so por los primeros borbones. Las Juntas de la Guerra de la Independencia, tienen un carácter completamente local, y es con ellas que se impone nuevamente el cantonalismo. Pero lue-go, el jacobinismo liberal abolirá los fueros y tenderá a la des-trucción de los cuerpos intermedios de la sociedad, en pleno siglo XIX. Con una diferencia de pocos años, se producirán los estallidos cantonalistas situados en la aureola de la I Repú-blica y la aparición del nacionalismo catalán (a partir del bom-bardeo de la ciudad por Espartero y Van Hallen). Nuevamente reaparece la tendencia al cantonalismo que será neutralizada en los primeros años del siglo XX, reaparecerá brevemente durante la II República y volverá a ser barrida durante el franquismo. En este sentido, la constitución de 1979, intenta establecer un punto de equilibrio entre ambas tendencias, pero en su ambigüedad está implícita la actual potencialidad disgregadora que vivimos en la actualidad y que tiene distintos frentes, todos ellos graves: el social–nacionalismo catalán de la mano de Maragall, el independentismo de Carod, el naciona-lismo vasco con Ibarreche y, en general, en todo el territorio nacional, una tendencia a la disolución del Estado en beneficio de los cantones autónomos.
El justo punto medio
Hoy, es indudable que prevalece en la política española la tendencia hacia el cantonalismo y la disgregación. Ya hemos visto que no es la única vez en la historia que esto ha ocurrido:
de hecho, la historia de España está sometida a una tensión permanente entre las fuerzas que tienden a su disgregación y aquellas otras que propelen la integración peninsular.
Ahora bien, cometeríamos un error si concibiéramos que toda la historia de España discurre solamente en torno a este proceso dialéctico centralización–cantonalismo. De hecho, la realidad nunca es completamente blanca o negra, existe una «lógica borrosa« que implica la existencia de distintos matices. Ahora bien, a la hora de plantear una política de futuro, es evidente que no puede tomarse como modelo el siglo XIX es-pañol, el más absurdo e inútil de toda nuestra historia, en el que la tendencia al centralismo extremo se alterna con la fragmen-tación más radical; ambas posiciones son la derivada de un proceso de decadencia extrema que tocó fondo con la crisis finisecular del 98.
Los instantes de crisis deben servir como señales de alerta, pero es necesario buscar la inspiración para guiar el futuro en otros momentos de nuestro pasado. Es, pues, necesario plan-tearse en qué momento España vive su mejor período históri-co. Y a esa pregunta solo puede contestarse de una manera: el período que incluye la conquista de Granada, el descubrimien-to de América, los dos grandes Emperadores (Carlos V y Fe-lipe II) en los que el desarrollo imperial, se une al florecimiento espiritual, cultural y científico, es en esos momentos en los que hay que buscar el modelo histórico y la inspiraicón.
Pero ese período tiene un elemento nuevo que no había es-tado presente antes: el Imperio formado por un núcleo geohistórico central (Castilla–Aragón) en torno al cual gravitan una serie de «nacionalidades« en Europa y de Virreinatos en América. Un territorio tan extenso como el Imperio, no podía estar formado por una sola nación; lo difícil en todo Imperio es
obtener la adquiescencia de las nacionalidades que lo compo-nen. Solamente en Europa, las posesiones imperiales de los Habsburgo incluían España, el Sacro Imperio, Cerdeña, Sicilia, Nápoles, el Franco Condado, los Países Bajos, Luxemburgo, Silesia, Bohemia, Eslovaquia, Austria, y un largo etcétera.
Un imperio de tal amplitud, al que había que añadir las po-sesiones africanas y grandes extensiones en el continente ame-ricano, no podía gobernarse desde una centralización absoluta. Se imponía un alto grado de descentralización y la creación de administraciones que tuvieran sus raíces en los propios territo-rios administrados pero que, al mismo tiempo, fueran «leales« a la administración imperial. Más que nunca, en el Imperio renacentista fue preciso salvaguardar la noción feudal de «leal-tad» del emperador en relación a los distintos cuerpos interme-dios de la sociedad… y viceversa.
El régimen de equilibrios era absolutamente inviable sin la concurrencia de varios elementos; el primero de todos ellos introducía un factor vital; en efecto, un imperio surge allí en donde hay una «voluntad de poder«. Esa voluntad de poder se pone al servicio de una «causa« (en el caso de los Austrias, la defensa de la catolicidad) y es entonces, cuando confluye con otros elementos de carácter geopolítico e histórico, que apare-cen los grandes períodos históricos en la vida de un pueblo.
El Imperio Romano duró un ciclo de 800 años gracias al aparato administrativo y de comunicaciones que fue capaz de crear y gracias a la potencia cultural de Roma, muy superior al resto de culturas de su entorno. Esto se unió al instinto geopolítico de los grandes césares que renunciaron a conquis-tas territoriales para evitar alejarse de un espacio geopolítico privilegiado –el Mediterráneo– en el cual Roma ocupaba una posición de centralidad. Los grandes césares de Roma
mani-festaron una prudencia geopolítica propia de grandes estadísti-cas, a diferencia de la figura de Alejandro Magno, general vic-torioso mientras vivió, pero nulo estadista, capaz de alejarse del marco geopolítico de Hélade.
El imperio español logró mantenerse en su apogeo durante un ciclo de algo más de un siglo, gracias a factores militares (haber neutralizado el poderío continental francés y dotarse de un fuerte poderío naval, triunfante a partir de Lepanto) y geopolíticos (España estaba geográficamente, mejor que cual-quier otro país, para mantener relaciones con el Nuevo Mundo situado al otro lado del Atlántico; consiguió estar presente en dos escenarios marítimos, Mediterráneo y Atlántico), unido a los factores culturales (idea de «misión» y «destino», inherente en toda la pintura y literatura del Siglo de Oro) y a un régimen de articulación de las nacionalidades, heredado del Sacro Im-perio que se había visto obligado, desde los Otones, a gober-nar sobre territorios muy diversos.
Justo en ese período histórico, el Imperio de los Austrias encontró el justo punto medio entre el cantonalismo y el jacobinismo, entre la dispersión y la uniformización, y por ello, en ese preciso instante, se produjo un salto cualitativo (en rela-ción a la visión cantonalista que había dominado a toda la Edad Media española, si bien en aquel período jamás se perdió la idea entre los Reinos Cristianos de pertenecer a una misma comunidad de destino procedente de la Hispania Visigoda) y cuantitativo (en relación a la extensión de los territorios admi-nistrados).
La superación de las tensiones dialécticas cantonalismo– jacobinismo regresó justo cuando se debilitaron las fuerzas que generaron el Imperio de los Austrias. La conclusión de esta experiencia histórica es clara: la tensión desaparece en
mo-mentos de gran tensión histórica y política, cuando se dan dis-tintos factores que generan, no sólo un proceso de concentra-ción interior, sino de proyecconcentra-ción exterior.
La cuestión es, de qué manera puede traducirse en términos de modernidad y de realismo político, éste que fue el mejor período en la historia de España.
I PARTE
¿Poder terrestre o poder marítimo?
Reviste especial importancia la distinción geopolítica que se establece entre espacio oceánico y espacio terrestre que lleva directamente a la clasificación de las naciones como «naciones marineras» o «naciones terrestres», o bien «potencias oceánicas» y «potencias continentales». Vale la pena resumir aquí lo que implica cada una de estas clasificaciones.
Potencias oceánicas: rasgos generales
Las potencias oceánicas hacen del mar el eje de su activi-dad. Pronto, incluso en momentos muy tempranos de su desa-rrollo, el mar les lleva directamente al ejercicio del comercio. En el curso de su desarrollo, la actividad marítima se convierte en la actividad central que configura el carácter de la comuni-dad y las propias estructuras del Estado. El mar y la activicomuni-dad comercial inducen a la relación con otros pueblos vecinos y las necesidades comerciales –las mismas en todas las épocas– fa-vorecen un carácter tolerante y liberal e inducen en poco tiem-po al cosmotiem-politismo.
La guerra no se presenta como la primera actividad para conseguir nuevos mercados, sino que, inicialmente, se intenta la colaboración con otras potencias, los acuerdos bilaterales y el establecimiento de redes que busquen, fundamentalmente, un control comercial, no político. Salvo, naturalmente, que para ampliar los mercados sea preciso recurrir a la fuerza; algo que no se evita, en absoluto. No son principios éticos y morales los que inducen al pacificismo, sino la economía de esfuerzos y el
pragmatismo propio del comerciante a la búsqueda de buenos y lucrativos negocios. Pero cuando la paz no lleva la cuenta de beneficios al lugar deseado, se recurre a la guerra.
En lo que se refiere a la forja del carácter, estos pueblos y sus negocios promueven automáticamente el individualismo adolecen de falta de una conciencia colectiva arraigada. Aun cuando exista, sus derechos y libertades individuales son con-sideradas como anteriores y superiores a los del Estado. Ratzel explica que el poder marítimo contiene «elementos espiritua-les«: prudencia, perseverancia y amplitud de miras. Política-mente, su sistema de organización es liviano, tienden a dismi-nuir el aparato estatal (no es la administración pública lo que interesa al comerciante, sino la rentabilidad de sus negocios, el Estado sólo sirven en la medida en que a su sombra pueden realizarse también buenos negocios). Pero, claro, todo esto a condición de que las costas sean una puerta abierta y no una frontera desde la que se otee la presencia de un enemigo siem-pre dispuesto a atacar.
De las distintas formas de ser terrestre
Frente a las potencias oceánicas, se encuentran las poten-cias continentales o terrestres, con unas características com-pletamente diferentes. En este tipo de sociedades el individuo se disuelve en el grupo, encuentra su riqueza en la tierra y tien-de a ampliarse constantemente mediante las conquistas. El in-dividuo aislado está situado por debajo del Estado y de la Comunidad. Son los intereses colectivos los que privan sobre los particulares.
Mientras el mar es relativamente uniforme, el territorio te-rrestre es absolutamente diverso. En las zonas montañosas sue-len asentarse poblaciones que adquieren un carácter áspero,
apegado a sus tradiciones seculares, celosos de su indepen-dencia, tienden al aislamiento y a la formación de microestados, mientras que la población de los valles suele estar predispuesta a las renovaciones culturales y de cualquier otro tipo a las que se adaptan con facilidad y tienden a la formación de Estados complejos.
Existe pues, una contradicción fundamental entre «valle« y «montaña». Vicens señala que tanto la «dieta, la ocupación o las costumbres de los pueblos de la montaña chocan con las de los valles». Por lo demás, en la montaña se han refugia-do los proscritos, los perseguirefugia-dos, los réprobos que defienden contra viento y marea su libertad e independencia, en tanto que a resguardo en lugares de difícil accesibilidad.
Históricamente, los pueblos montañeses se han visto esti-mulados por una climatología adversa (siempre y cuando no sea excesivamente adversa) desplegando posibilidades históri-cas en un momento concreto y descargando fuertes dosis de agresividad contra la población de los valles. Frecuentemente los Estados situados en los llanos han sido arrasados por inva-siones de pueblos procedentes de la montaña. Pero los pue-blos montañeses jamás han tendido a la formación de Estados complejos sino, más bien, de microestados. Han protagoniza-do el cantonalismo y la parcelación del territorio; algunos de estos Estados montañeses todavía subsisten en Europa: Ando-rra, el principado de Mónaco, San Marino o en Asia (Nepal o Buthan).
Los pueblos montañeses suelen adherirse sin gran dificultad a un poder central aglutinador, pero cuando éste falla, tienden a disgregarse. La conclusión final es que la montaña favorece el cantonalismo y acentúa (o facilita) las oposiciones sociales que lo generan.
Pero en la «tierra firme« existen otras características morfológicas que inducen determinados comportamientos: los ríos, por ejemplo, que se convierten en canales de tránsito de mercancías y de dinámicas históricas. En el pasado, las pobla-ciones de las montañas se vieron arrastradas por el curso de los ríos, hacia las tierras bajas, mientras que, frecuentemente, las invasiones se han canalizado ascendiendo a través de los ríos, como si se pretendiera elucidar el misterio de sus oríge-nes. El río, a fin de cuentas, comunica, para bien o para mal.
Los valles, por su parte, situados en torno a los ríos tienen también unas características neohistóricas muy concretas: es-tán poblados por gentes de la misma cultura y lengua y limitan con cordilleras montañosas. Desde estas cordilleras es más fá-cil defender el territorio en la medida en que, generalmente, las riveras de los ríos están deforestadas y abiertas como resulta-do de la glaciación cuaternaria. En los valles resulta imposible establecer fronteras, éstas vienen dadas por cordilleras monta-ñosas, ríos o selvas espesas.
En las cordilleras, la inaccesibilidad hace que los pasos, bre-chas o extremos se convierten en zonas de tránsito de invasio-nes en el peor de los casos, o que favorezcan las comunicacio-nes en el mejor. Los pasos de montañas se han definido geopolíticamente como «ganglios del sistema de comunica-ciones» o «puertas de invasión». Por el contrario, la presen-cia de masas boscosas ha supuesto la aparición de fronteras naturales bien protegidas y, desde luego, suponen un refugio superior a la montaña. Cuando el bosque se encuentra en zona montañosa, esa frontera resulta inexpugnable. Contrariamente al bosque, la estepa es una «región de comunicación abierta» a través de la que se producen las grandes invasiones y en torno a las cuales se forjan grandes imperios o Estados.
Finalmente, antes o después, toda masa terrestre termina en un litoral. Éste puede generar estímulos importantes para las poblaciones y movilizar energías sociales. Pero para que ello se produzca es preciso que se den una serie de condiciones: el papel de las costas será favorable cuando éstas se hallen a prudencial distancia de otras que, económicamente, sean ten-tadoras y técnicamente alcanzables.
En general, cuando «cuaja« una potencia terrestre, suele dar mayor importancia al Estado. Al tener que administrar territo-rios progresivamente más extensos, se forman estructuras sóli-das y complejas. El comercio es secundario en relación a la actividad del Estado.
Geopolítica de España y su política exterior
Con estos elementos generales, ya podemos disponer de unas bases sólidas para definir el papel geopolítico de España. Además, para ello, será preciso atender a su situación geográ-fica en el extremo occidental de la masa continental eurasiática, constituyendo la frontera suroeste de Europa. Esta privilegiada situación hace que sobre nuestro territorio se hayan conjugado dos movimientos neohistóricos: el que tiende de Este a Oeste (corriente mediterráneo–atlántica) y el que tiende de Norte a Sur (corriente euroafricana).
No hay que olvidar que la marcha de la historia siempre ha sido de Este hacia el Oeste. En esa dirección se han generado los más fuertes movimientos históricos incluso en la actualidad, cuando la «Doctrina Rumsfeld« establece el Océano Pacífico como el teatro principal de operaciones de los EEUU, es decir, hacia su Oeste. En este sentido, la «fachada« atlántica de Eu-ropa está formada por la Península Ibérica, Francia y el Reino Unido. El papel de los países situados más al Norte
(Dinamar-ca, la Península Escandinava) es menor en función de su aleja-miento geográfico y su proximidad a zonas de climatología más hostil. El estudio sobre las líneas de comunicaciones desde fi-nales de la Edad Media, cuando las condiciones técnicas faci-litaron la navegación oceánica, indican que quedó definida una línea de expansión desde la Península hasta las Canarias y las Azores y de ahí hacia el Atlántico Sur con «Cathay» como destino buscado y Sudamérica con el encontrado realmente. Anteriormente, otra línea de penetración, la Norte–Sur, había sido definida desde el Paleolítico y el Neolítico, trayectoria que luego siguieran en dirección descendente los vándalos hasta establecerse en el actual Marruecos, y más tarde, nuestros an-tepasados, para asegurarse una franja defensiva en el Principa-do de Marruecos, controlar el mar de Alborán y la otra orilla del Estrecho y prevenir la posibilidad de nuevos ataques llega-dos del Sur.
Pero estas rutas, no solamente han sido de tránsito hacia América o hacia el Magreb. También han sido rutas por las que han discurrido las invasiones: desde el Sur se produjo la prime-ra oleada islámica y las que siguieron posteriormente, y desde el Atlántico llegaron los grandes ataques vikingos y normandos de la Edad Media que consiguieron adentrarse, remontando los ríos, por el corazón de la Península. Esta tendencia no ha cambiado en el curso de los siglos: hoy la inmigración constitu-ye una verdadera tendencia de Sur a Norte que, desde el pun-to de vista geopolítico, puede ser considerada una coloniza-ción pacífica (al menos por el momento), mientras que de Oes-te a EsOes-te se han producido, sobre el plano cultural, la penetra-ción de los productos americanos, y sobre el plano militar, la construcción de bases avanzadas de la thalasocracia norteame-ricana.
Así pues, por su situación geográfica, España es.
1) Ruta avanzada y bidireccional de dos líneas de expan-sión: Norte–Sur y Este–Oeste.
2) Ocupa un tercio de la fachada atlántica de Europa (eje Finisterre – Gibraltar – Canarias).
Mientras duró la «guerra fría« y la bipolaridad (1945–1989), aun cuando en teoría, España no hubiera estado adherida a la OTAN, en la práctica, los acuerdos tejidos por Franco con los EEUU suponían una inclusión efectiva en la Alianza Atlántica a la que proporcionábamos cuatro elementos clave:
1) El control del tráfico naval sobre el Estrecho de Gibral-tar, operado a través del Mar de Alborán cuya costa Sur, al independizarse el Principado de Marruecos que-dó recudido a Ceuta, Melilla y las Islas Adyacentes, su-ficientes elementos como para asegurar el control de la navegación y el cierre del Estrecho para embotellar a la flota soviética en el estanque Mediterráneo.
2) «Profundidad« a la Alianza cuyas líneas quedaban am-pliadas más de 1000 km con la inclusión de España. Sin esta inclusión era imposible defender Europa Occidental de un ataque soviético (real o supuesto) pues, entre la frontera Germano Occidental y el Atlántico francés de Bretaña y Aquitania, apenas existían entre 900 y 1000 km.
3) El portaviones atlántico del Archipiélago Canario situa-do en la ruta del Atlántico Sur, pero también en la ruta del petróleo que, desde el Golfo Pérsico bordea las cos-tas de África para llegar a Europa, uno de los ejes en disputa en el mundo bipolar a partir de 1973 (primera crisis del petróleo con el cierre del canal de Suez e inicio de la era de los superpetroleros).
4) Base avanzada para la llegada de aprovisionamientos, por mar y por aire de EEUU, potencia aislada geográficamente y, por tanto, segura en el caso de con-frontación bipolar, donde, históricamente se ha concen-trado la producción de armamento destinado a los cam-pos de batalla europeos durantes los dos últimos con-flictos mundiales.
Ahora bien, liquidada la era de la bipolaridad, el mundo pasó a una situación de inestabilidad unipolar a cuyo fin esta-mos asistiendo. En esa nueva etapa, el papel geopolítica de España, lejos de atenuarse, queda realzado en la perspectiva de un mundo multipolar en el que España es la frontera Sud– Oeste de Europa y, por tanto, el puesto avanzado en las comu-nicaciones con tres bloques exteriores a Eurasia:
1) El Magreb, cuya evolución futura se basará en tres factores: – Inestabilidad interior (conflicto sociales a causa de la po-breza, políticos a causa del déficit democrático y religio-sos a causa de los choques entre distintas facciones del islamismo local) que pueden derivar en conflictos arma-dos civiles.
– Presión demográfica propia y recepción de la presión demográfica procedente del Africa Subsahariana que exceden con mucho las posibilidades de integración de los Estados locales.
– Progresiva penetración de los EEUU (hoy competidor de la UE, mañana enemigo) que al verse rechazados en el territorio de la Unión Europea, intentan seguir presen-tes en el Mediterráneo a partir del Magreb (penetración efectiva en Marruecos y Argelia, presencia consolidada en Egipto desde su derrota en la guerra del Yonkipur y neutralización de las veleidades libias).
2) Iberoamérica, cuya evolución futura girará en torno a tres ejes:
– El intento de consolidación de Brasil como primera po-tencia regional si se dan distintos factores políticos (po-sibilidad de establecimiento de una política de Estado estable), sociales (disminución de la pobreza y el analfa-betismo), de comunicaciones (si aumentan las vías de comunicación entre el Brasil atlántico y los países del Pacífico: especialmente Chile, Bolivia y Perú), lingüísticos (bilingüismo práctico en Brasil para facilitar el intercam-bio con el resto de Iberoamérica de lengua española). – La concentración de esfuerzos de EEUU para lograr una
mayor penetración económica y un mejor control políti-co, especialmente en los países de la cuenca del Pacífico (Chile, Perú, Ecuador y Venezuela). Lo que supondrá, en la práctica, una guerra comercial con España, princi-pal inversor en la zona en estos momentos.
– La estabilización de una zona de librecomercio similar al antiguo Mercado Común que favorezca la integración de las economías regionales y genere un gran mercado de consumo en condiciones de propulsar una industria estratégica propia.
3) Los EEUU, cuya evolución en los próximos veinte años ten-drá como ejes:
– El aumento de influencia de la minoría hispana en la vida cultural, en la sociedad y en la vida cultural de los EEUU que, por primera vez en su historia dejarán de ser un país WASP con minorías recluidas en ghetos y sin cultura ni tradiciones propias. [ver nuestro artículo «América se escribe con Ñ« publicado en infokrisis, Anexo I] – Un aumento de la inestabilidad social a causa de las
estratificación étnica de la misma. La integración racial de los años 60 ha fracasado completamente y EEUU tiene ante la vista un conflicto civil que será a la vez racial y social en un momento de regresión de las libertades públicas y de los beneficios sociales en nombre de un liberalismo salvaje cada vez más extremo.
– La sensación de fracaso civilizacional y neoimperial que generará la breve tentación unilateralista que se asevera-rá inviable cuando concluya el segundo mandato de Bush, debiéndose aceptar el hecho consumado de una multipolaridad. Esto hará que cristalicen de nuevo las tendencias aislacionistas tradicionales en EEUU y el país se recluya en su territorio nacional, y con aspiraciones hegemónicas reales solamente sobre Iberoamérica. – Una quiebra inevitable de la economía norteamericana
que arrastra desde principios de los 80 un incremento de la deuda pública, actualmente extremo y que solamente está avalado por la aparente estabilidad política y el peso militar de EEUU, como soportes para el valor de cam-bio del dólar, más que el valor de éste en sí mismo. Esta quiebra puede ser el desencadenante de la fractura ra-cial y sora-cial a la que hemos aludido
– El desplazamiento del teatro principal de operaciones de EEUU, del Atlántico Norte al área del Pacífico con todo lo que ello implica: proliferación de bases militares y de intervencionismo en la zona, acuerdos comerciales preferenciales con esos países y, posibilidad de enfrentamientos con una zona, posiblemente no tan de-sarrollada como la Unión Europea, pero en situación ascendente y en donde EEUU va a encontrar fuertes competidores económicos (Japón) y a la vez militares (China y Rusia).
Cada uno de estos tres actores geopolíticos interacciona en el devenir histórico de España que, inevitablemente, va a estar vinculado a la Unión Europea, antes que a cualquier otro blo-que, pero, al mismo tiempo, va a tener que afrontar problemas nuevos:
– El inevitable deterioro de las relaciones con Marruecos que no ha renunciado a sus aspiraciones a construir un «Gran Marruecos« teniendo, por tanto, aspiraciones pre-tensiones territoriales sobre Ceuta, Melilla, Islas Adya-centes y Canarias (lo que atenta directamente contra la soberanía nacional), ni realiza esfuerzos reales para cor-tar la producción y exportación de haschís con la que inunda a España (lo que atenta directamente contra la salud pública nacional), ni tampoco para contener la ria-da de inmigrantes que aspiran a acceder a los escapara-tes de consumo europeos (lo que atenta directamente contra el orden público y la seguridad ciudadana). Esto, sin olvidar, el gaseoducto de Tarifa que supone un cor-dón umbilical con las reservas argelinas (cuyo corte im-plicaría un atentado contra nuestro crecimiento econó-mico).
– El inevitable distanciamiento con los EEUU a causa de la «alianza más segura» que practica este país en la zona (actualmente orientada hacia Marruecos y entre 1956 y 1999 orientada preferencialmente hacia España) con la contrapartida del ascenso hispano en EEUU que tende-rá a atenuar este distanciamiento. Desde 2000, con el descubrimiento de bolsas de petróleo en distintas zonas de Marruecos (la zona Este fronteriza con Argelia, la zona costera del Sahara administrada por Marruecos y la pla-taforma continental canaria, reivindicada por éste país), EEUU ha aumentado su penetración dentro de
Marrue-cos, siguiendo la que ya había iniciado desde 1998 en Argelia. Esto es hasta tal punto cierto que Marruecos está integrado en el dispositivo militar norteamericano como parte de Oriente Medio y garantiza –tal como se demostró con el desembarco norteamericano en Ma-rruecos durante la Segunda Guerra Mundial– el acceso de EEUU al extremo occidental del mundo islámico. – El inevitable endurecimiento de la relación económica de
EEUU con Iberoamérica que gravitará en torno a una potencia regional emergente (Brasil) que pretenderá ha-cer valer su influencia ante presencias exteriores, inclui-da la española y en torno a una potencia histórica pre-sente en la zona desde la Doctrina Monroe (EEUU) que seguirá consideran a Centroamérica y el Caribe como su «patio trasero» y a la masa sudamericana como su «coto privado de caza«. De hecho, es significativo que en las páginas del amplio estudio de Brzezinsky «El Gran Ta-blero Mundial» no haya ni un solo capítulo dedicado a Iberoamérica, significativo en tanto que los EEUU con-sideran esta zona geopolítica como una propiedad sobre la que posee derechos preferenciales.
Teniendo en cuenta todos los factores señalados hasta aho-ra inducen a unas líneas en política exterior determinadas por estos tres ejes que más adelante detallaremos y que ahora ape-nas enunciamos:
– Desde el punto de vista cultural: en EEUU
penetra-ción, esto es contribuir al aumento de influencia del
mundo hispano en los EEUU, haciéndolo extensible, no solamente a los troncos étnicos indios venidos del Sur de Río Grande, sino también a la propia población hasta ahora WASP, esto es, restando impacto a los productos culturales surgidos de ese núcleo; para lo que es preciso
«hispanizarlo«. Esto, parecía ilusorio en décadas ante-riores, pero un estudio de las curvas demográficas de la población hispana en los últimos diez años, deja prever un vuelco completo a la situación. En otras palabras: culturalmente, se trata de recuperar la idea de que parte de la tradición norteamericana es hispana y que prácti-camente la mitad del territorio de los EEUU (según ates-tigua el Tratado de Paz de París de 1763 que marca el límite entre las posesiones inglesas y españolas en Amé-rica del Norte) fue hispano y colonizado por españoles (Florida y el Virreinato de Nueva España cuya parte norte correspondía a los actuales Estados de California, parte de Nevada, Texas, Nuevo México y parte de Oregón). Esto aporta raíces históricas para avalar y justificar la penetración cultural.
– Política de contención hacia un mundo árabe impre-visible, atrasado y sin posibilidades de alcanzar un nivel óptimo de desarrollo económico a causa del atraso his-tórico que supone el islamismo así como el fracaso de los intentos occidentalizadores (Nasser, el baasismo iraquí, sirio y libanés, los vaivenes persa–iraníes), un mundo árabe al que le quedan únicamente treinta años de reservas petrolíferas para seguir manteniendo una pro-videncial fuente de ingresos y dentro del cual no existe ni un solo país en el que pueda hablarse de una situación de estabilidad real.
– Política de cooperación con entre la Unión Europea e Iberoamérica en aras de asegurar la estabilidad de
las inversiones españolas, evitar que los intercambios co-merciales en el subcontinente se realicen solamente en dirección Norte–Sur con el grado de dependencia que implica. El mantenimiento de una situación imperial de los EEUU sobre Iberoamérica, implicaría en corto
es-pacio la reaparición de una tentación intervencionista en el resto del mundo. De ahí que la Unión Europea y Es-paña en concreto deban apoyar el desarrollo de los gran-des países iberoamericanos: Brasil (llamado a ser por sus geografía, reservas, población y tecnología, el ger-men de una potencia regional), Argentina, Chile (países con gran potencial económico y cultural, cuyas contra-posiciones geopolíticas se trata de atenuar) y Venezuela (ruta más corta hacia Iberoamérica).
Tres consecuencias de una línea política exterior
Lo visto hasta ahora nos permite formular tres consecuen-cias.
La primera consecuencia a desarrollar es la siguiente: con-tra más atenuada esté la influencia cultural protestante y calvi-nista en los EEUU, mayores espacios de libertad tendrán los pueblos Iberoamericanos y mayor estabilidad tendrá un siste-ma multipolar. En ese contexto el papel de España queda reubicado como puente –no retórico sino muy real– entre Eurasia y el continente americano.
La segunda consecuencia a desarrollar es: dada la inesta-bilidad del mundo islámico, la única política posible es la con-tención. De nada sirve ayudar a políticas de desarrollo regional en países que, de la noche a la mañana, pueden deslizarse brus-camente hacia el fundamentalismo más radical, o países que albergan en su interior un potencial explosivo que hace inviable la inversión en desarrollo; dadas las peculiares características del islam y la intensidad con que esta religión condiciona la vida de los pueblos árabes y magrebíes, les imprime agresividad, les dota de un mesianismo enfermizo e históricamente superado y genera objetivos teocráticos que enlazan con un pasado
remo-to, y dada, finalmente, el papel geográfico de «frontera sudoeste de la Unión» que tiene España, por todo ello, la contención es la única política posible, no sólo para España sino para toda la Unión Europea. Este axioma puede ser desarrollado a partir de las tesis que expusimos en nuestra serie de artículos contra-rios a la integración de Turquía en Europa [ver anexos] y la posibilidad de que el «espacio turcófono» sea un factor de des-estabilización permanente entre las tres potencias euroasiáticas. La tercera consecuencia no es otra que reconocer que el destino de España y el de Europa, a lo largo de todo el siglo XXI, van a estar indisolublemente unidos. Si bien es cierto que en el pasado, las contradicciones y los intereses contrapuestos, frecuentemente, se tradujeron en guerras y conflictos, éste pe-ríodo ha concluido. La última guerra civil entre europeos (1939– 45) y la fabricación de nuevas armas de destrucción masiva, indican que, de producirse un nuevo conflicto de esas caracte-rísticas en suelo europeo, implicaría casi necesariamente la des-aparición de Europa, incluso físicamente.
Dicho todo esto regresemos ahora al examen de España como potencia naval o terrestre. Si acabamos de examinar las necesidades en política exterior de nuestro país, veamos ahora cuál es su problemática interior.
La pérdida del sentido de Estado
La configuración geográfica de España determina que en su proyección exterior, se vea limitado por el hecho de ser una península. Esta península está situada en el confín de Eurasia: tiene una doble vertiente, Atlántica y Mediterránea. Mientras que por tierra se encuentra limitada a la frontera pirenaica, son los mares los que abren los horizontes geopolíticos de España.
El drama de nuestro país consiste en que a partir de la bata-lla de Trafalgar, su poder naval resultó absolutamente pulveri-zado y ya no estuvo en condiciones de asegurar la neutraliza-ción de las tendencias independentistas de las nacientes bur-guesías locales iberoamericanas. En pocos años se perdieron las colonias y cuando España logró, hacia finales del siglo XIX haber reconstruido un mínimo poder naval, la escuadra de nue-vo fue barrida por la estadounidense, más moderna y próxima a sus bases. A partir de ese momento y hasta nuestros días, la capacidad naval española ha estado a mínimos y solamente en los años del franquismo logró disponer de una industria naval, fundamentalmente orientada hacia la construcción civil, pero que no dispuso nunca de presupuesto suficiente como para re-verdecer nuestro poder naval, especialmente para un país de costas tan dilatadas.
De hecho, mientras duró el período imperial de los Austrias, España alternó la capacidad naval con la terrestre. Pero resulta evidente que alternar estos dos dominios tenía contrapartidas negativas: no poder especializarse en ninguno. En aquellos mis-mos siglos, Inglaterra, fue desarrollando una marina progresi-vamente más poderosa que, finalmente, logró llevar su pabe-llón a todo el mundo y asegurar un siglo XIX de crecimiento industrial acelerado. Esto, unido a los yacimientos de hierro y hulla, aseguró la preponderancia británica en el XIX y una rá-pida industrialización. Pero en España, en ese mismo momen-to, fallaron tres elementos básicos que hicieron que España perdiera el paso de la modernidad:
– faltó la estabilidad política y sobraron las discordias civi-les interminabcivi-les a lo largo de todo el siglo;
– faltaron materias primas y, faltó, por tanto posibilidades de desarrollo industrial;
– finalmente, amputado el poder naval, España se recluyó en sí misma sin grandes posibilidades de proyectarse hacia el exterior.
Así se perdió el siglo XIX. España pasó a ser una «potencia atrancada« según la denominación con la que Haushoffer de-nominó a aquellos países que veían su poder inmovilizado por falta de materias primas y de energías vitales interiores. Esta falta de autoestima y confianza en sí misma, fue reconocido y paliado por la Generación del 98, pero lo primero la escasez de materias primas– resultó un handicap irremediable (a pesar de que España y Suecia se transformaron en exportadores de hierro a Inglaterra cuando éste se agotó en las islas británicas). Las crisis políticas que se desarrollaron al entrar en el siglo XIX y que han proseguido, prácticamente sin fin hasta nuestros días (entendemos que la situación autonómico–constitucional actual es la enésima evidencia de esa inestabilidad lacerante e irresponsable) han demostrado suficientemente la incapacidad de España y del pueblo español para comprender lo que es el Estado, la misión del Estado, las políticas de Estado, la vincu-lación entre el Estado y la Nación y la situación superior del Estado sobre las facciones políticas que se disputan su admi-nistración. Todo esto ha generado una situación de inestabili-dad cuya primera característica ha sido la impermanencia y la facciosidad irreconciliable de las partes enfrentadas.
De hecho, el mayor alegado contra los nacionalismos vasco y catalán es que precisamente en esas dos nacionalidades (las llamamos «nacionalidades« y no simplemente regiones en tanto que disponen de rasgos identitarios propios y siempre han sido partes personalizadas de un todo, aun cuando no hayan alcan-zado nunca situaciones de independencia tal como se conciben en nuestros días, sino más bien, regímenes forales particulares)
encarnan, mejor que cualquier otra, el ser y la personalidad españolas. De la misma forma que se habla de las «dos Españas«, así mismo puede aludirse a los «dos Países Vascos» o las «dos Catalunyas« con la misma facilidad: la Catalunya de Maciá no es la de Cambó, la de Gaudí no es la de Dalí, la del Empordá, no es la del Penedés, ni el País Vasco de Arana es el de Baroja o Unamuno, ni el del entorno de ETA es el de «Basa Ya« o demás entidades antiterroristas. Al 50%...
La disparidad de caracteres y tipos psicológicos que se da en nuestro país, es reforzada, además por la dispersión de los núcleos geo–históricos, y parece inhabilitar a nuestro país, al menos desde inicios del XIX, para comprender lo que es la «misión del Estado y de la Nación« en la modernidad.
Ahora bien, es preciso recordar que uno de los rasgos ha-bituales del «poder terrestre« es la capacidad para estructurar Estados complejos y dotados de un fuerte sentimiento de «mi-sión« y «destino«. Éste no es el caso de la España actual. Su sentido colectivo del Estado pareció agotarse a finales a lo lar-go del siglo XVIII. Y, desde entonces sigue ausente, con bre-ves centelleos puntuales, más en personalidad aisladas que en movimientos políticos de masas. El franquismo fue uno de esos momentos puntuales a los que aludíamos.
Las orientaciones geopolíticas del franquismo
En este sentido, es preciso reivindicar al franquismo como uno de los momentos específicos de la historia de España, al que intentamos juzgar en términos de actualidad política, sino de historia.
El franquismo surgió de una revuelta militar contra la legali-dad republicana, una legalilegali-dad que no lograba sacar a España
del empantanamiento secular de los dos últimos siglos: porque, a pesar de las buenas intenciones, los intentos liberales del si-glos XIX y especialmente la II República, se habían traducido en sonoros fracasos históricos. Afortunadamente, en los últi-mos años, ha aparecido una tendencia revisionista que ha cues-tionado la versión tan políticamente correcta como maniquea que ve en la República una legalidad lacerada gratuitamente por una insensata revuelta militar. Las cosas son mucho más complejas y así se ha encargado de recordarlo esta tendencia revisionista encabezada por Pío Moa.
El franquismo, históricamente, recompuso una política de Estado y, sobre todo, supuso una concentración de esfuerzos –bajo la forma de una dictadura– para lograr recuperar el paso con la industrialización. La historia enseña que, tanto en Espa-ña como en Rusia, países atrasados en el primer tercio del siglo XX y China, fundamentalmente agrario hasta los años ochen-ta, la única forma de lograr recuperar el terreno perdido, con-siste en concentrar esfuerzos, subordinar cualquier energía y vitalidad al desarrollo económico y planificarlo, evitando el riesgo de cambios políticos bruscos que adopten decisiones contra-dictorias. Es innegable que el franquismo estuvo lejos de los estándares democráticos que entonces se daban por Europa, pero no es menos cierto que el atraso industrial de más de un siglo que tenía la España de 1939, entró en vías de superación. La España democrática de 1979, fue posible sólo gracias al crecimiento de las fuerzas productivas realizado durante los veinticinco años anteriores (a partir del Plan de Estabilización) que, a partir de cierto punto, para seguir progresando, precisa-ban de un marco democrático (que permitiera la apertura de nuevos mercados a través de la integración en la entonces lla-mada Comunidad Económica Europea). El ingreso en el
Mer-cado Común, no hubiera podido acometerlo la España pobre y miserable de 1936, amenazada por el aventurerismo anar-quista, el fantasma de la revolución bolchevique que seducía tanto a las minúsculas formaciones de extrema izquierda (PCE y POUM) sino también a un amplio sector del PSOE, y, para colmo, con unas fuerzas independentistas con idéntico poder centrífugo que en la actualidad. La mezcla de atraso e inestabi-lidad política es siempre la garantía para persistir en el subde-sarrollo.
Resultaría difícil juzgar en términos políticos actuales la ta-rea histórica de Napoleón reduciéndola a un simple golpista contra el Directorio, o bien limitando el papel político de Stalin a ser un gran masacrador. Ciertamente, Napoleón era un gene-ral poco dispuesto a ser eternamente un segundón en manos de un Directorio de limitada talla, y Stalin debió afrontar proble-mas de modernización, conflicto y conspiraciones muy reales en el interior, pero fue algo más que un gran represor. Lo mis-mo puede decirse de Franco y del franquismis-mo. En el mis-momento en que el franquismo sea analizado como una parte de la histo-ria de España en lugar de cómo un elemento de caracterización (y caricaturización) política del presente, habremos ganado perspectiva y madurez histórica.
El hecho de que el núcleo inicial del franquismo fuera un grupo de oficiales africanistas que habían vivido la experiencia de la guerra de África y, en buena medida, se tratara de oficia-les brillantes, estrategas notaboficia-les que habían actualizado sus conocimientos al paso con los importantes avances de la cien-cia militar y de las ciencien-cias geográficas que se produjo en el primer tercio del siglo XX, generaron el que, tras la derrota de las potencias del Eje –a las que Franco era altamente tributa-rio, pero a las que no ayudó en la medida requerida por la
situación estratégica creada por la primera fase de la Segunda Guerra Mundial– la clase política del franquismo se viera obli-gada a establecer una política exterior (y en buena medida una geopolítica, no olvidar que buena parte de los investigadores alemanes terminaron residiendo en España a partir de 1945 e incluyeron en el interior del régimen aportando sus conocimien-tos y asesoramiento técnico) que, fue aplicada durante 20 años ininterrumpidamente [ver nuestro artículo sobre «Política Exte-rior española, de Castiella a ZP«, en Anexo II].
El franquismo insistió en desarrollar una innegable potencia-lidad marítima que se tradujo en un formidable impulso a la construcción naval con fines comerciales, que no tuvo su para-lelo en la reconstrucción de una flota potente y dotada de los más modernos adelantos técnicos. Entre 1956 y 79, España se vio obligada a aprovechar el detritus naval norteamericano pro-cedente de la Segunda Guerra Mundial, reconvirtiéndolo y ja-más pudo llevar a efecto un programa naval que superara el atraso secular generado a partir de Trafalgar, Cavite y Cuba.
Para el franquismo resultó evidente que España solamente podía reconstruir su potencia a través de los mares. La amistad que le deparó la Argentina de Perón y la tarea de los ideólogos de extracción falangista del régimen, impuso la recuperación de la «hispanidad« como eje central de una política exterior mucho más ambiciosa de lo que parece hoy y que tuvo traslaciones en todos los terrenos: desde la creación del Insti-tuto de Cultura Hispánica, hasta la celebración del Congreso Hispano–Luso–Americano–Filipino, o incluso al mantenimien-to de relaciones con Cuba, incluso tras la subida de Castro al poder, pasando por iniciativas tácticas mucho más banales como la participación en los festivales de la OTI (Organización de Telecomunicaciones Iberoamericanas) o el impulso de
emisio-nes de TV transcontinentales como «Trescientos Milloemisio-nes«. Estas iniciativas, así como la presencia de jóvenes iberoamericanos en los congresos anuales organizados por la Delegación Exte-rior del Frente de Juventudes, tendían a establecer puentes con Iberoamérica, que revalidaban los nexos históricos del pasa-do, justo en el momento en que parecía difícil que de Europa pudiera llegar otra cosa que no fuera una riada turística, pero, desde luego, mucho menos capitales y un régimen de aranceles bastante desalentador.
Ahora bien, los problemas que afrontaba el franquismo im-pedían que en este terreno –como en la creación de una fuerza fuera nuclear española cuya creación, Carrero Blanco contem-pló a finales de los años 60 e intentó llevar a la práctica hasta el momento mismo de su muerte– se pudiera ir muy lejos. Lo importante era que estaban sentadas las bases para el futuro.
El desmantelamiento de la política exterior
En lugar de considerar al franquismo como historia y como acción de gobierno, a partir de 1977 y especialmente de 1979, se rompió con todas estas iniciativas. La idea de la «hispani-dad« empezó a ser denostada como reaccionaria. El intento del PSOE de proyectar nuevamente el papel internacional de España a través de los «eventos del 92« quedó limitado y fue incapaz de insuflar lo esencial: el sentido de cooperación en el marco de la idea de «hispanidad«, retenida como reaccionaria incluso desde las instancia del poder socialista. En lugar de eso, tanto en la Expo–Sevilla, como en el entramado de las celebra-ciones del Vº Centenario, se empezó a exaltar el «mestizaje« y se pidieron disculpas taxativas al trato que los Conquistadores dieron a los indígenas. El problema no es reconocer el hecho en sí del mestizaje sino atribuirle una importancia central,
cuan-do, en realidad, a poco que examinemos los hechos, resulta completamente irrelevante.
A decir verdad, poco había de que disculparse. Ciertamen-te, las culturas indígenas habían desaparecido, pero es innega-ble que esta desaparición se produjo, no tanto por la acción de un pequeño puñado de conquistadores sino por que sus posi-bilidades vitales interiores se habían agotado. No eran otra cosa que una superestructura burocrático administrativa, tiránica y degenerada, en algunos casos con una irreprimible tendencia a los sacrificios humanos masivos, como pocas veces se han con-templado en la historia de la humanidad, que se desmoronó con la mínima presión exterior, abandonada especialmente por sus propios súbditos.
A partir del momento en que el énfasis se sitúa en reales o supuestos «mestizajes interculturales«, resulta absolutamente imposible detraer algún tipo de criterio geopolítico aplicable a la orientación de las relaciones internacionales: lo que se está haciendo es reactualizar el papel de culturas que fueron barri-das por la historia y que no tienen lugar en la modernidad, cul-turas que tienen interés para los antropólogos, etnólogos e his-toriadores del pasado, pero no para la creación de lineamientos políticos en el presente.
El problema era que, realmente, los socialistas creían que este mestizaje era «justo y necesario«, mientras que al aznarismo le faltó tiempo y valor para no entrar en el juego de lo política-mente correcto, dejando las cosas en este terreno, más o me-nos, como estaban. La cuestión es: el mestizaje real existió so-lamente en Centroamérica y en los países andinos donde el peso demográfico de los aborígenes sudamericanos era ma-yor, pero estuvo casi completamente ausente en el cono sur. Además, es innegable que absolutamente en toda Iberoamérica,
incluida Cuba, las élites gobiernantes eran (y en buena medida, siguen siendo) étnicamente descendientes de los colonizadores europeos (hasta el punto de que países como Argentina son, en realidad, «latinoamericanos«, más que «iberoamericanos« en sentido estricto). Reconocer este hecho, es reconocer por donde ha discurrido la historia: las clases dirigentes iberoamericanas han sido de origen europeo, los indígenas han estado casi com-pletamente ausentes o han protagonizado episodios puntuales que no han desembocado en formas estables. En estos mo-mentos, en países andinos como Bolivia, estamos asistiendo al reverdecer del indigenismo. Va a ser cuestión de analizar de cerca la evolución de este país (y de los vecinos) para advertir si, realmente, el indigenismo es capaz de insertarse en la mo-dernidad o, simplemente, se trata de un fenómeno de rechazo al fracaso de formaciones políticas tradicionales. Y nos parece que esta segunda posibilidad es más cierta.
Por nuestra parte, consideramos a dichos movimientos como inestables: de la misma forma que inicialmente absorbieron los valores del catolicismo llevados por los colonizadores, perdie-ron en pocas décadas sus propias tradiciones, se sumaperdie-ron al consumismo y a los valores de la cultura americana en los años 70–80, fueron objeto preferencial de penetración de las sectas evangélicas y de los cultos exóticos llegados de EEUU (en los 90), su reverdecer en estos momentos se realiza sobre el va-cío. En efecto, las tradiciones indígenas son tradiciones muer-tas, de las que apenas queda constancia en los libros de antro-pología y en los estudios especializadotes sobre chamanismo y cultura andina, pero que, en la práctica no son otra cosa que unas pocas costumbres tribales que han subsistido hasta nues-tros días, habiéndose perdido el eje central de esas tradiciones y no existiendo ninguna transmisión directa capaz de
recons-truirlas. A pesar de lo que se suele decir en Bolivia y Perú, nuestra opinión es que, en los siglos XVII y XVIII se agotaron completamente los filones centrales de las culturas indígenas americanas, permaneciendo sólo algunos aspectos parciales, folklóricos y costumbristas a partir de los cuales resulta impo-sible reconstruir el conjunto.
La Hispanidad es el único criterio cultural capaz de estable-cer un denominador común y una referencia universal para to-dos los países de Iberoamérica sobre la que fundamentar una cooperación común y un proceso de convergencia (que, en la actualidad solo puede ser económico) capaz, no solo de pro-pulsar sus maltrechas economías, sino además, de establecer puentes con Europa a través de España.
Las exigencias mínimas del poder naval
Ahora bien, decir «potencia marítima« implica necesaria-mente aludir a los rasgos que acompañan a este tipo de poder: el carácter comercial.
Como ya hemos dicho, los fracasos históricos del siglo XIX generaron el atraso económico de España. La falta de una in-dustria de exportación hizo que España no destacara como potencia comercial. El Imperio Español, por lo demás, se ha-bía forjado con la idea mesiánica de expandir la catolicidad en dos frentes: expandiéndolo en el Nuevo Mundo y combatien-do a la reforma protestante en Europa; esto lo que le dio una solidez misional y un destino histórico en cuya realización, nues-tro país se agotó y desangró. En este sentido, tanto Colón como los Reyes Católicos tenían excepcionalmente claro que en el Nuevo Mundo se encontraba un nuevo terreno para obtener buenos rendimientos económicos que permitirían, entre otras cosas la organización de una nueva cruzada en Tierra Santa. El
problema fue que, a medida que fue acentuándose la decaden-cia española, la colonización mostró ser un «mal negocio«: la piratería siempre hizo que no llegaran a España los beneficios de la colonización y la precariedad de los tránsitos marítimos unidos a climatologías adversas hicieron que parte de lo obte-nido con la explotación de las riquezas naturales se perdiera por el camino. Este hecho, unido a la formación de incipientes burguesías locales, indujo a la independencia progresiva de las naciones americanas.
Pero hasta el último momento se demostró que existía una posibilidad muy cierta y real de que España y los españoles representáramos un papel de primer orden en los intercambios comerciales entre ambos lados del Atlántico: el papel de los «indianos« no puede ser olvidado, sino que es preciso reivindi-carlo como uno de los momentos más creativos y vitales de nuestra trayectoria como pueblo. Prácticamente, toda la geo-grafía española produjo esta raza de hombres indómitos, lla-mados al comercio y a la aventura de ultramar. Ciertamente, no todos ellos, obtuvieron ingentes beneficios, pero si es rigurosa-mente cierto que a partir de ellos, se generaron dinastías eco-nómicas que tuvieron importancia a lo largo de todo el siglo XIX español y que incluso existen en nuestros días. Hombres de la talla de Joan Güell i Ferrer, de los hermanos Vidal– Quadras, del gallego Pedro Ximeno y de Joseph Xifré (ambos triunfaron en Nueva York en torno a 1930–50), de los Partagaz y de tantos otros, muestran que nuestro pueblo sí está dotado para el comercio, tal como, por lo demás, confirman hoy la presencia de empresas españolas en Iberoamérica y el hecho de que sea España el principal inversor en aquella zona.
Pues bien, esta tendencia debe hacernos pensar que el des-tino geopolítico de España, en tanto que nación
preferente-mente orientada hacia los mares y con posibilidades de ejercer a través de estos notorios tráficos comerciales, consiste en au-mentar su poder naval. Incluso dentro del marco de la Defensa Europea Común, asegurar con nuestras propias fuerzas, el con-trol del eje central del Mediterráneo Occidental (el mismo que ya fue la columna vertebral de la expansión marítima de la Co-rona de Aragón a partir de las costas mediterráneas de España y del portaviones balear), dando sentado que el flanco norte está cubierto por la marina francesa e italiana y el flanco sur, hoy, como ayer, es inestable y hostil.
Por otra parte, en el Atlántico, es indispensable fortalecer el eje Gibraltar – Canarias (que, como prolongación del eje Gi-braltar – Baleares) constituye la columna vertebral de nuestro glacis defensivo, con tres objetivos:
1)Asegurar una política contención respecto al Magreb en cuyo contexto hay que incluir la cláusula de salvaguardia de los derechos y libertades del pueblo saharui,
2)Garantizar la libre navegación por el Atlántico Sur a par-tir de Canarias y la integridad del tráfico entre marítimo entre los países de la Hispanidad, y
3)Asegurar el último tramo de la ruta del petróleo del golfo pérsico hacia Europa.
España, en definitiva, debe mirar nuevamente hacia el mar, máxime cuando el fracaso de la política exterior norteamerica-na en Oriente Medio y su aislamiento creciente, el desmantelamiento efectivo de la Alianza Atlántica, la creación progresiva de un sistema integrado de Seguridad y Defensa Europea, abren las puertas a que las naciones de la Hispanidad conviertan de nuevo, como en los siglos XVI y XVII al Atlán-tico Sur en algo similar a un «mare clausum«. Para asumir una tarea de estas características es, ante todo, imprescindible dis-poner de una industria naval propia, con una cartera de
pedi-dos que justifique su existencia y a través de la cual se pueda abordar un programa de construcciones navales que garantice la existencia de una flota de superficie y submarina en condi-ciones de asegurar la integridad de los mares.
Además, de esta idea «oceánica« de España derivan tam-bién una serie de «exigencias mínimas« de política exterior:
1)Apoyar decididamente a Argentina en su recuperación de las Islas Malvinas y de las Georgias del Sur, posicio-nes clave ante el Estrecho de Magallaposicio-nes y el acceso a la Antártida y para garantizar la seguridad en la navegación por el Atlántico Sur.
2)Acelerar la retrocesión de Gibraltar, reconociendo –lo que parece ser el principal problema de la cuestión–, un estatuto especial para los «llanitos« que garantice sus actuales medios de vida, pero bajo soberanía y pabellón español.
3)Apoyar las iniciativas francesas de presencia en el África Subsahariana, así como los programas de cooperación europea con esta zona deprimida. Apoyo a Portugal en el mantenimiento de lazos privilegiados con sus antiguas posesiones africanas. En este sentido, la norma que debe regir la cooperación al desarrollo y los paliativos a la caótica situación africana son: «apoyo al desarrollo y tu-tela de ese desarrollo a cambio de seguridad y bases avanzadas«.
Estos tres puntos marcan las prioridades de una política de Estado en el área atlántica. Una política que, aun siendo autó-noma, debe ser encuadrada dentro del marco de la Unión Eu-ropea y que tiende a realizar el destino geopolítico de España: una vocación de integración en tanto que extremo occidental de Eurasia y una vocación oceánica propia en tanto que «ma-dre patria« de los países de la Hispanidad.
II PARTE
Geopolítica de lo centrífugo
En el capítulo primero aludíamos a la doble tendencia pre-sente en toda al historia de España que, por una parte, tendía a la fusión de los pueblos peninsulares y, por otra, alternativa-mente, al estallido y separación. Hoy nos encontraríamos en ese período de estallido que, a la postre, no sería sino el prelu-dio de un nuevo período unitario… Vale la pena preguntarnos en qué elementos geopolíticos se apoyan las actuales tenden-cias centrífugas.
La montaña y los originenes de la Reconquista
Tras producirse la dislocación del reino visigodo en los pri-meros momentos de la invasión islámica, los distintos núcleos resistentes se refugiaron en las montañas de la cornisa cantábrica y de las vertientes pirenaicas. Buena parte de los resistentes eran representantes de la antigua nobleza visigoda que se ne-garon a aceptar entregar tributo al Islam y, desde los inicios de la lucha por la expulsión del invasor, quisieron mantener vivo el recuerdo del Reino Visigodo de Hispania. Todos ellos se con-sideraron, con mayores o menores pretensiones en definitiva, «reyes de las Españas« (Don Pelayo, al parecer, había sido portaespada del último rey visigodo, Rodrigo), sin renunciar al momento en el que se restituiría la unidad del viejo reino visigodo.
Resulta difícil entender como, a partir de este entusiasmo unitario, por qué los reinos peninsulares prosiguieron hasta el siglo XV su fragmentación. En el siglo XI, el cantonalismo
his-pano se extendía tanto en la España islamizada como en la cris-tiana: Galicia, León, Castilla, Navarra, Aragón y nueve conda-dos en el espacio catalán, evidenciaban una parcelación extre-ma. En la zona todavía ocupada la situación era aún peor.
La geopolítica explica perfectamente el por qué de esta ten-dencia, cuando, realizando un análisis histórico, establece que siempre ha existido como constante el cantonalismo montañés. Los pueblos que han desarrollado su hábitat originario en las montañas siempre han sido celosos de sus libertades, tradicio-nalistas, opuestos al progreso y desconfiados de todo lo que viene del llano, pero, así mismo, con tendencia a prevenirse de los montañeses de otras latitudes. En la primera fase de la Re-conquista, absolutamente todos los núcleos de las que partie-ron los núcleos de resistentes, eran núcleos montañeses, cada uno de los cuales se desarrolló de manera independiente de los demás. La montaña les impuso unos rasgos de carácter im-prescindibles para que pudieran sobrevivir en un medio hostil y aislado. Allí, en las alturas, nuestros ancestros almacenaron posibilidades históricas que se manifestaron en el momento oportuno. De hecho, la primera fase de la Reconquista no fue otra cosa más que una serie de descargas de agresividad de las poblaciones montañesas contra las llanuras habitadas por islamistas.
El avance de los reinos cristianos hacia el Sur
Esto hizo que hacia el siglo XI, los reinos de Galicia, León, Castilla y Navarra, hubieran logrado expanderse casi en para-lelo hacia el sur a partir de los originarios núcleos montañeses en donde se articularon los distintos focos de la resistencia. En los Pirineos subsistían los nueve condados catalanes y el Reino de Aragón, reducido éste último a una pequeña franja pirenaica