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Mestro, Jesús - Introducción a la teoría de la literatura

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Academic year: 2021

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© Jesús G. Maestro · Introducción a la teoría de la literatura – ISBN 84-605-6717-6 A mis alumnos,

que deben saber que el lenguaje es el primer simulacro de conocimiento.

Índice

1. La Teoría de la Literatura y las disciplinas literarias

1.1. Posibilidades de un conocimiento científico de la literatura. 1.2. Las disciplinas de los estudios literarios.

1.3. La Historia de la literatura. 1.4. La Crítica literaria.

1.5. La Literatura Comparada.

1.6. La Poética y la Teoría de la Literatura. 1.7. La Retórica y la Teoría de la Literatura. 1.8. La Ecdótica y la Teoría de la Literatura. 1.9. Los paradigmas de la investigación literaria. 2. Enfoque histórico de la Teoría de la Literatura

2.1. La teoría literaria en la Grecia clásica: el nacimiento de la Poética y la Retórica. 2.2. La teoría literaria en la época helenística.

2.3. La teoría literaria en Roma.

2.4. La teoría literaria en la época medieval. 2.5. La teoría literaria clasicista.

2.6. La teoría literaria ilustrada y romántica.

2.7. La teoría literaria desde el Romanticismo hasta el Formalismo ruso. 3. La Teoría de la Literatura en el siglo XX

3.1. La poética formal: el Formalismo ruso. 3.2. La poética formal: el New Criticism. 3.3. La poética formal: la estilística. 3.4. La poética estructuralista.

3.5. Poéticas de la conciencia, de lo imaginario y mitocrítica. 3.6. Teorías psicoanalíticas de la literatura.

3.7. Teorías sociológicas de la literatura. 3.8. La pragmática literaria.

3.9. Las poéticas de la recepción literaria. 3.10. La semiótica o semiología.

3.11. Teoría postestructuralista: la deconstrucción.

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4. Conceptos básicos de Teoría de la Literatura

4.1. El concepto de literatura. La crisis de la literariedad. 4.2. Ontología, metodología y epistemología de la literatura. 4.3. Literatura y producción: el autor.

4.4. Literatura y comunicación.

4.5. Literatura y texto: la cuestión de la textualidad.

4.6. Literatura, mediación y postprocesamiento: la transducción. 4.7. Literatura y recepción: el lector.

4.8. Literatura y referencia: la ficción.

4.9. La interpretación del significado literario. La hermenéutica literaria. 4.10. Los géneros literarios.

5. El discurso narrativo

5.1. El discurso narrativo. Narración y narratividad. 5.2. La narración no literaria.

5.3. Las formas de la narración literaria.

5.4. El concepto de novela. Hacia una teoría general de la novela. 5.5. La novela como construcción lingüística y literaria.

5.6. El narrador: sus relaciones con el lenguaje y la referencia.

5.7. La modalidad narrativa: tipología del discurso verbal en el relato. 5.8. Los sistemas sémicos no lingüísticos en el relato.

5.9. La perspectiva o focalización en el discurso narrativo. 5.10. La pragmática de la comunicación narrativa.

5.11. El personaje en el relato.

5.12. Acciones y funciones en el discurso narrativo. Abstracción y formalización. 5.13. El tiempo en el relato. Formalización literaria y valor sémico. El cronotopo. 5.14. El espacio en el relato. Formalización literaria y valor sémico. La descripción. 6. El discurso lírico

6.1. El discurso lírico. El concepto de lírica. Verso y prosa.

6.2. El lenguaje y el lenguaje de la poesía. La función poética del lenguaje. 6.3. Métrica, ritmo y sistemas de versificación.

6.4. La estrofa. 6.5. El verso.

6.6. El estrato fónico de la poesía. 6.7. El estrato sintáctico de la poesía. 6.8. El estrato semántico de la poesía. 6.9. La metáfora en el discurso lírico. 6.10. La pragmática de la lírica.

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7. El teatro

7.1. La especificidad del teatro como género literario y como forma de espectáculo. 7.2. El teatro como texto y representación.

7.3. Géneros, formas y tradiciones teatrales. Lo trágico y lo cómico. 7.4. Renovación de las formas dramáticas en el teatro del siglo XX.

7.5. La representación teatral y sus signos. Posibilidades de una semiología del teatro. 7.6. La acción dramática. Funciones y situaciones dramáticas.

7.7. El personaje teatral en la teoría literaria moderna. 7.8. Las formas del lenguaje dramático.

7.9. El tiempo en el teatro. Historia, discurso y representación.

7.10. Los espacios del drama. Los ámbitos escénicos: las relaciones sala-escenario. 7.11. Teatro y sociedad. Comunicación, mediación y recepción del espectáculo teatral. Bibliografía

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La Teoría de la Literatura

y las disciplinas literarias

1.1. Posibilidades de un conocimiento científico de la literatura1

Una de las primeras exigencias que ha de plantearse la teoría de la literatura es una reflexión sobre las posibilidades de un conocimiento científico de la literatura, así como una delimitación del concepto de “ciencia de la literatura”, en el marco de una teoría general del conocimiento científico, en la que han de tener cabida una epistemo-logía de las ciencias naturales y una epistemoepistemo-logía de las ciencias humanas.

La ciencia es con frecuencia resultado de un análisis discursivo y crítico para hacer asequible al conocimiento lo que la realidad es; numerosos epistemólogos la con-ciben como creación de determinadas condiciones objetivas que permiten la verifica-ción de ciertos fenómenos, y que exige a su vez la existencia de determinadas condicio-nes favorables para la observación.

El objetivo de este tema consiste en analizar, en el contexto de las obras litera-rias, las relaciones entre la epistemología y la concepción del objeto de conocimiento estudiado por ella: “de qué modo la interpretación filosófica del ser y el esclarecimiento filosófico del ente determinan el marco y la marcha de las ciencias” (W. Szilasi, 1945/1980: 15).

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Cfr. la siguiente bibliografía: F. Abad (1981-1982), V.M. Aguiar e Silva (1967, trad. 1984), P. Aullón de Haro (1994, 1994a, 1994b), P. Bange (1984), M.C. Bobes (1994), M. Bunge (1969, trad. 1983; 1980, trad. 1981), M. Cahn (1991), R.S. Crane (1967), A. Chicharro (1987), W. Dilthey (1883, trad. 1980), J.M. Ellis (1974, trad. 1988), E. Ermatinger (1930, trad. 1946, reimpr. 1984), K.P. Feyerabend (1974, trad. 1981; 1981; 1989, trad. 1990), P. Finke (1982), D. Fokkema (en M. Angenot et al. [1989: 325-351]), H.G. Gadamer (1960, trad. 1984), G. Gusdorf (1967, 1973), C.G. Hempel (1965, 1988), J. Hin-tikka, A. Macintyre, P. Winch et al. (1976), H. Krag (1987, trad. 1989), T.S. Kuhn (1962, trad. 1994; 1977, trad. 1983; 1981, trad. 1989), I. Lakatos (1971, trad. 1974; 1978, trad. 1983), I. Lakatos y A. Mus-grave (1970, trad. 1975), L. Laudan (1977), J. Law (1992), A. Lefevere (1977, 1978, 1982), G. Levine (1987), W. Mignolo (1978, 1983a, 1989), J. Mosterín (1984, reimpr. 1987), U. Moulines (1991), Th. Pavel (1978), E. Prado Coelho (1987: 21-69), K. Popper (1994, trad. 1997), I. Prigogine e I. Stengers (1979, trad. 1986, reimpr. 1990), S. Schmidt (1980, trad. 1990; 1982; 1983; 1987), R. Seamon (1989), R. Senabre (1994), R. Shusterman (1993, 1995), Q. Skinner (1985, trad. 1988), E. Spolsky (1993), P. Szondi (1978, trad. 1992: 13-42), S. Toulmin (1972, trad. 1977), F. Vernier (1975), D. Villanueva (1991: 15-46; 1994; 1994a), P. Watzlawick (1981, trad. 1988), M. Wehrli (1951, trad. 1966), R. Wellek y A. Warren (1949, trad. 1985), L. Wittgenstein (1921, trad. 1973; 1953, trad. 1988), G. von Wright (1971, 1987). Vid. también los siguientes números monográficos de revistas: Literary Theory in the University:

A Survey, en New Literary History, 14, 2 (1983); Philosophy of Science and Literary Theory, en New Literary History, 17, 1 (1985); Science et littérature, en Littérature, 82 (1991), y El futuro de las hu-manidades, en Letras de Deusto, 54 (1992).

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Si consideramos la relación histórica entre Ciencia y Filosofía, observamos que el conocimiento griego se concentró en el pensamiento teórico, y por ello la filosofía permaneció como disciplina autónoma, y que, de modo semejante, durante la Edad Me-dia, el dominio de la teología hace que los problemas filosóficos pervivan con su propia autonomía. Sin embargo, en la Edad Moderna, desde el ámbito de la filosofía, las cien-cias particulares adquieren su autonomía (Kepler, Descartes, Leibniz..., son hombres de ciencia y de filosofía). La comprensión del ser (y de las cuestiones objetivas) se despla-za de la especulación lógica al trabajo científico, a la práctica empírica y verificable. De la Edad Moderna a la Contemporánea, esta evolución está determinada por la filología y la teología protestante (Kant, Hegel, Schleiermacher...)

La ciencia tiende a concebirse desde entonces como el esclarecimiento gradual de la trascendencia objetiva; el objeto de conocimiento sólo es definible mediante una prestación de trascendencia de sentido por parte del sujeto. Las ciencias naturales tratan de hacer que sea posible enlazar numéricamente la causa con el efecto, y establecen las condiciones de apriorismo de la medida y de la mensurabilidad.

Por su parte, las ciencias humanas pretenden la observación de los fenómenos en condiciones susceptibles de ser interpretados, condiciones que se ven con frecuencia limitadas al no cumplirse con suficiencia tres exigencias básicas: a) disponer de unida-des de interpretación constantes (fallan las magnituunida-des de tiempo y espacio); b) inter-pretación directa del objeto de conocimiento mediante la aplicación a él de modelos de análisis que resulten uniformes (el acto de interpretar y el fenómeno analizado difícil-mente pueden darse, a la vez, en simultaneidad de tiempo e identidad de espacio); c) finalmente, la constancia del objeto y de los modelos de interpretación durante la inter-pretación es irrealizable.

La superación de los presupuestos positivistas de la ciencia decimonónica por otros planteamientos relativistas propios del siglo XX introduce cambios fundamentales en los paradigmas de la concepción científica, entre los que ha de destacarse la acepta-ción de la imposibilidad de predicacepta-ción de una situaacepta-ción futura (no hay determinismo), al no ser posible la determinación completa de la situación presente, ni el enlace unívoco de una causa con un efecto. La predicción ha sido sustituida por una expectativa de pro-babilidad, y la legalidad funcional por la estadística.

El pensar funcionalista (Funktionbegriff), que fue justificado por I. Kant (1781) de forma completa y definitiva, parte de presupuestos subjetivos que determinan el concepto bajo el cual se pretende el conocimiento científico de los objetos en su mani-festación fenoménica. Una teoría (theoria, visión) previamente constituida por el sujeto, en función del cual existe la realidad y sus objetos, se proyecta sobre estos últimos, y determina, mediante hipótesis conceptuales preconcebidas, el conocimiento de los mis-mos.

Sin embargo, la epistemología kantiana, diseñada sobre el factum de las ciencias naturales, dispone que las condiciones del conocimiento científico sólo se alcanzan so-bre los fenómenos de la naturaleza, los cuales responden a los principios de exactitud y causalidad, dado que en su existencia fenoménica es posible reconocer relaciones

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exac-tas y necesarias. En consecuencia, para I. Kant no es posible formular sobre los fenó-menos culturales juicios sintéticos a priori, como esquemas abstractos de validez uni-versal que, previos a la experiencia, se proyectan sobre ella para ordenarla y convertirla en posible objeto de conocimiento.

La epistemología kantiana es, pues, discutible en el ámbito de las ciencias humanas, donde incluso puede rechazarse, como ha demostrado la obra y el pensamien-to de epistemólogos y hermeneutas posteriores (R. Ingarden, 1931; K. Popper, 1934; H.G. Gadamer, 1960; T.S. Kuhn, 1962; I. Lakatos, 1978; P.K. Feyerabend, 1970), quienes se han esforzado en justificar como científico el conocimiento de los fenóme-nos culturales, desde métodos propios y específicos de la investigación humanística. De este modo, dada la especificidad de los objetos culturales y su manifestación fenoméni-ca, la investigación cultural pretende como posible su conocimiento científico, si bien en nuestros días se discuten todavía los modos y posibilidades de alcanzarlo.

1.2. Las disciplinas de los estudios literarios2

Dada la diversidad de orientaciones disciplinares que pueden identificarse en el estudio de la Literatura, parece conveniente insistir en la necesidad de su interrelación en el marco general de una Ciencia de la Literatura, sin olvidar las características parti-culares de cada una de estas disciplinas, y la pertinencia, pedagógica y científica, de situar a cada una de ellas en su ámbito epistemológico relativo, pues, como ha señalado M.C. Bobes (1995: 37), de las diferentes teorías existentes, “algunas desbordan los lí-mites de la ciencia literaria, otras adquieren pretensiones de totalidad sin admitir los presupuestos adecuados, y no faltan teorías con intenciones excluyentes; la mayoría se refieren a un aspecto de la literatura, y son válidas pero parciales”.

El concepto de literatura del que se parte condiciona el método que se aplica. En cuanto al método, como ha reconocido K. Hamburger, “las ciencias de la naturaleza [...] buscan las causas de los síntomas que los fenómenos indican, y no descansan hasta en-contrarlas en una ley, en alguna regularidad legal, en alguna estructura” (K. Hamburger, 1957/1995: 12).

Los estudios literarios no inmanentistas han seguido dos modos fundamentales en su realización (en ambos casos se actúa sobre un presupuesto determinista): a) limi-tar la interpretación de la obra a los significados manifiestos, o b) desplazarla hacia el significado latente, que suele ser una proyección de gustos, intereses o competencias del lector.

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Cfr. sobre esta cuestión la siguiente bibliografía: F. Abad (1981-1982, 1983), M. Angenot (en M.P. Malcuzynski [1991: 145-152]), P. Aullón de Haro (1984: 9-19; 1994, ed.), M.C. Bobes et al. (1995), A. Compagnon (1983), A. Chicharro (1987, 1990), W. Dilthey (1883, trad. 1980), N. Frye (1957, trad. 1977; 1971, trad. 1986), M.A. Garrido Gallardo (1976, 1987), J.A. Hernández Guerrero (1990), B. Hrus-hovski (1976), R. Ingarden (1976), G. Lanson (1965), J.C. Mainer (1988), A. Marino (1988), W. Migno-lo (1978a, 1983a), C. Reis (1981, 1995), G. Renard (1900), A. Reyes (1944, reed. 1963), D. Villanueva (1991, 1994, 1994a), R. Webster (1990), R. Wellek (1963, 1970, 1982, 1985), R. Wellek y A. Warren (1949, trad. 1985).

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La teoría de la literatura, la crítica literaria, la historia literaria y el comparatis-mo literario, tienen cocomparatis-mo objeto de estudio el discurso literario, es decir, algo que se manifiesta fenoménicamente de forma diversa y parcial. Lo mismo sucede en el conjun-to de las restantes ciencias humanas (hisconjun-toria, lingüística, sociología, etc...)

La teorización avanza a partir de ejemplos concretos que se observan en las obras, a las que el comparatismo somete a su vez a procedimientos de analogía y con-traste, que comprenden no sólo modelos morfológicos (diálogo, personajes, modalidad discursiva, cronotopo...) o problemas de genología, sino también corrientes temáticas, influencias, intercambios, criterios históricos y periodológicos, etc...

El gran problema al que se enfrentan las ciencias humanas en la delimitación de su objeto de conocimiento es que, frente a lo que sucede en la naturaleza, los fenóme-nos culturales no responden a relaciones necesarias (causalidad) ni exactas (identidad), sino que todos ellos se presentan al hombre a través de manifestaciones parciales y dis-cretas.

Tras recordar las palabras de F. de Saussure, en que advierte que de cualquier lado que se mira la cuestión, en ninguna parte se nos ofrece entero el objeto de la lin-güística, M.C. Bobes (1993: 18) ha escrito que “la teoría de la literatura tiene ante sí el mismo problema, quizá más agudo. En ninguna parte aparece por entero, o en forma identificable en un continuo, la literatura o los rasgos literarios, y ninguna teoría ha encontrado el criterio que permita señalar los límites del lenguaje literario frente a otros fenómenos artísticos, o los límites del discurso literario frente al discurso lingüístico”.

Es indudable que el pensamiento humano se manifiesta de forma discontinua, y que sus posibilidades de conocimiento, comprensión y comunicación actúan de forma igualmente discreta. Ningún ser humano dice en un solo discurso todo lo que sabe y pretende, del mismo modo que ninguna obra literaria u objeto artístico se agota en una sola lectura, aunque formalmente se objetive en una sola emisión, pues las formas ad-quieren siempre cierta estabilidad frente a la multiplicidad e indeterminación de senti-dos que comunican.

A propósito de la pluralidad de lecturas de que pueden ser objeto las obras lite-rarias, y de la relatividad del sentido en las ciencias humanas, frente a las tendencias de la crítica deconstructivista, R. Wellek (1985), en un revelador artículo publicado en las actas del X Congreso de la Asociación Internacional de Literatura Comparada (New York, 1982), advierte que “I and others have tried to combat this skepticism by a con-cept I have called perspectivism “, término utilizado por J. Ortega desde sus Meditacio-nes del Quijote (1914), y actualizado aquí con el fin de designar el conjunto de lecturas (Sinn, interpretantes, según Peirce...) propuestas por la colectividad de intérpretes sobre una misma obra o texto literario (Bedeutung, referencia, objeto...)

El criterio de perspectivismo, tal como lo presenta R. Wellek, está estrechamen-te vinculado a aquellas propuestas desde las que se promueve una inestrechamen-terrelación entre las diferentes disciplinas literarias, actitud que en España ha sido ampliamente asumida y difundida por autores como D. Villanueva y F. Abad, entre otros muchos: “There may

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be multivalence, ambiguity, a looseness of structure which allows the manifold “con-cretizations” (to use Ingarden’s term) in history, but preserves a core of objectivity. This objectivity cannot be a complete ontic objectivity. A work of art is not an autono-mous entity independent of conscious experiences, but it is still not purely subjective; its properties and quelities can be described, its values apprehended and distinguished and not merely imposed by the reader, listener or spectator” (R. Wellek, 1985: 396-397).

La literatura es el objeto de estudio de la Teoría literaria, así como de la Crítica y la Historia, y de la llamada “Literatura Comparada”, es decir, de un conjunto de dis-ciplinas que se ocupan de la comprensión metodológica y científica del discurso litera-rio. Es necesario, pues, delimitar los modos de actuación de unas y otras disciplinas sobre su objeto de conocimiento, así como sus fines y posibilidades interpretativas.

1.3. La Historia de la literatura3

Del mismo modo que la crítica literaria y la teoría de la literatura encuentran ciertas afinidades en su origen, a partir del pensamiento de Aristóteles y Platón, la His-toria de la literatura, con antecedentes diversos y desiguales (la carta Prohemio del Marqués de Santillana, el Recueil de Claude Fauchette, la tradición de las Bibliothecae, etc...), encuentra su configuración como disciplina científica y universitaria desde el último tercio del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX, a veces en estrecha relación con los planteamientos metodológicos que hoy identificamos en la llamada “literatura com-parada”.

El objetivo del presente tema consiste en mostrar precisamente los fundamentos que definen la aparición de la Historia de la literatura como disciplina científica y

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Cfr., a este respecto, AA. VV. (1985a, 1990), F. Abad (1987), M.H. Armstrong (1989), R. Aron (1986), E. Auerbach (1958), P. Aullón de Haro (1994c), R. Barthes (1963), A. Chicharro Chamorro (1993), R. Cohen (1974), R.G. Collingwood (1946, trad. 1965), P. Cornea (1983), B. Croce (1943), G. Delfau y A. Roche (1977), R. Escarpit (1958), M. Etreros (1986), I. Even-Zohar (1978, 1979, 1990), L. Febvre (1953), D.W. Fokkema (1984), J. Frow (1986), C. Guillén (1971; 1989), J.A. Hernández Guerrero (1992), R.D. Hume (1992), G. Idt (1977), H.R. Jauss (1970,1975, 1977, 1989), F. Kermode (1988), E. Kushner (1984, 1990), D. La Capra (1985, 1989), G. Lanson (1965), F. Lázaro (1990: 76-92), J. Le Goff (1986), G. Luckács (1910, trad. 1991), J.C. Mainer (1988), U. Margolin (1975), J.J. McGann (1985), C. Moisan (1987, 1989, 1990), G. Mounin (1984), P. O’Donnell (1989), L. Patterson (1987, y en F. Len-tricchia y Th. McLaughlin [1990: 250-262]), M. Pazzaglia (1978), D. Perkins (1992), J. Perus (1972), G. Petronio (1981), K. Pomian (1984), F. Rico (1983, refundido en 1990), A. Soria (en AA.VV. [1971: 3-18]), L. Spitzer (1948, trad. 1955), H. Steinmetz (1988), I. Tinianov (1973, trad. 1991), S. Toulmin y J. Goodfield (1965, trad. 1990), C. Uhlig (1982), I. Urzainqui (1987), F. Vodicka (1976), R. Weimann (1973a), R. Wellek (1983), H. White (1973), P. Zumthor (1972). Vid. también los siguientes números monográficos de revistas: Is literary History Obsolete?, en New Literary History, 2, 1 (1970);

Explora-tions in Literary History, en New Literary History, 8, 2 (1977); Interpretation and Literary History, en New Literary History, 12, 2 (1981); Faire de l’histoire littéraire, en Pratiques, 34 (1982); L’histoire littéraire et le texte, en Degrés, 39-40 (1984); On Writing Histories of Literature, en S.J. Schnidt (ed.), Poetics, 14, 3-4 (1985); Histoire littéraire, 1, en Le Français aujuord’hui, 72 (1985); Histoire littéraire,

2, en Le Français aujuord’hui, 73 (1986); History and..., en New Literary History, 21, 2 (1990); New

Historicism, New Histories and Others, en New Literary History, 21, 3 (1990); Theory of Literature History, en PMLA, 107, 1 (1992).

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versitaria, como discurso científico e institucional, desde fines del siglo XVIII (Veláz-quez -1754-, Tiraboschi, Adnés, Padre Sarmiento, Llampillas, Warton, Koch...), y su consolidación a lo largo del siglo XIX, apoyándose con frecuencia en los modelos posi-tivistas de investigación, característicos de las ciencias naturales, de un lado, y en las formas de interpretación propugnadas por el idealismo alemán, de otro (Goethe, Herder, F. Schlegel, Bouterwek, Sismondi, Gervinus, Nisard, Ticknor, A. de los Ríos, Taine, Cantú, De Sanctis...), hasta el triunfo de las literaturas nacionales, y la expansión y con-figuración de los estudios comparatistas.

Desde el punto de vista del sentido moderno de la diferenciación histórica, G.B. Vico y J.G. Herder se configuran como los pensadores decisivos del siglo XVIII, como han demostrado los trabajos de A. Battistini y E. Raimondi, I. Berlin, A. Sorrentino, y Ph. Verene, entre otros.

G.B. Vico, como precursor de la historiografía y sociología modernas, altamente estimado por W. Goethe, Jacobi, J.G. Herder, G.W.F. Hegel, A. Comte..., propone en sus Principi di una scienza nuova d’intorno alla comune natura delle nazioni (1725) una nueva periodización y clasificación de la historia basada en saberes filológicos, y supera la mera oposición binaria entre antiguos y modernos, a la vez que sostiene, fren-te a R. Descarfren-tes (1637), que la ciencia es un “saber por causas”, de modo que al sujeto sólo le es posible conocer científicamente aquello que causa u origina. En consecuen-cia, Dios dispone del conocimiento absoluto, al ser causa primera de todas las cosas, mientras que el hombre sólo puede poseer un conocimiento científico sobre el mundo matemático y humanístico, cuyos elementos y realidades construye mental y verbal-mente como obra suya.

J.G. Herder reacciona contra la idea kantiana del sentido cosmopolita de la his-toria, y no acepta el esquema histórico de J.J. Winckelmann, cuya Geschichte der Kunst des Altertums (1764) confirmaba la hegemonía del arte griego. En sus Ideen zur Philo-sophie der Geschichte der Menschheit (1784-1791), Herder pone de relieve la influen-cia del clima, la religión, la forma de estado sobre los pueblos, considerados como or-ganismos vivos, para señalarles el camino hacia una actitud humana digna e idealista (Humanitätsideal), de modo que los modelos del arte clásico cesan de ser aplicables al presente, así como las normas propias de otros tiempos resultan cada vez más inade-cuadas a las variadas formas culturales del arte moderno.

Son numerosos los autores que se han ocupado de reflexionar acerca de la fiabi-lidad de la investigación histórica, al advertir que cuanto más nos alejamos en el tiempo de los objetos y acontecimientos que estudiamos, menos seguros resultan nuestros co-nocimientos. De este modo, Fokkema considera que “la investigación histórica se funda en gran parte en aproximaciones y el único consuelo que puede tener el historiador es el de determinar el grado de aproximación de estas aproximaciones, en otras palabras, el de establecer una certidumbre progresiva” (D. Fokkema, 1989/1993: 394).

Ante problemas de esta naturaleza, es posible señalar la existencia de dos postu-ras u orientaciones en la investigación histórica. Por un lado, se encuentran los denomi-nados presentistas, que apoyados en presupuestos del pensamiento idealista, consideran

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que el investigador está condicionado por sus conocimientos adquiridos desde el pre-sente, y no le es posible sobrepasar los límites de su saber actual para reconocer y com-prender las normas y valores del pasado.

Según esta teoría, no sería posible reconocerse en los acontecimientos del pasa-do, porque exploramos el pasado con medios lingüísticos y conceptuales modernos, lo que impide al lector moderno comprender y asimilar las experiencias del pasado como tal (Erich Auerbach, R. Wellek y A.Warren...)

Por otro lado, los historicistas, apoyados en presupuestos epistemológicos que sirven de base a criterios deterministas, están seguros de ser capaces de reconstruir los juicios de valor de una determinada época histórica. Evitan construir réplicas de las condiciones y modos actuales de pensamiento a partir de documentos históricos (que según los historicistas es lo que hacen los presentistas). Tratan de demostrar cómo ha sido posible, en otras épocas, pensar y sentir de modo diferente de como se hace en la actualidad (Cunningham).

Autores como Ankersmit han insistido en que, históricamente, el pasado se ma-nifiesta por medio de entidades que no forman parte y que no remiten incluso a los fe-nómenos reales o a los aspectos de estos fefe-nómenos.

Por su parte, investigadores como K. Eibl, Ibsch y Schram, establecen una dife-rencia importante entre explicación (erklären), relación establecida entre los “hechos”, por medio de hipótesis que muestran las regularidades entre ellos, y comprensión (vers-tehen), reconstrucción de las relaciones que alguien más establece o ha establecido en-tre los “hechos”, por medio de sus hipótesis sobre las regularidades, a fin de resolver un problema. Los fenómenos naturales se explican; los fenómenos culturales se explican y se comprenden.

El pensamiento de H.G. Gadamer (1960) ha tratado de demostrar cómo la inter-pretación hermenéutica se apoya en los fenómenos históricos (obras transmitidas), y hasta qué punto su conocimiento está determiando por el efecto de los mismos en la historia (Wirkungsgechichte). La conciencia histórica efectual es un momento de la realización de la comprensión. Es la conciencia de la situación hermenéutica, que pre-senta en cada caso caracteres propios, y hace prácticamente imposible un saber objetivo de ella, por lo que ser histórico significa no poder resolverse nunca totalmente en auto-transparencia.

N. Frye (1971) se ha referido a algunos de los enfoques externos de la literatura, entre ellos la investigación histórica de la literatura. Considera que el historicismo no ha prestado la debida atención a la relevancia que la literatura tiene para la historia: la crítica historicista rara vez tiene verdadera conciencia de que la literatura “constituye en sí misma un elemento activo del proceso histórico” (N. Frye, 1971: 18), y con frecuen-cia se desplaza desde el contexto histórico del poema a su contexto dentro de una de-terminada concepción unitaria de la historia, con el impulso de descubrir el significado último de la literatura en algo ajeno a ella misma.

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En torno a la Historia de la literatura existen cuestiones fundamentales que la configuran como disciplina desde la que es posible ordenar e interpretar diacrónicamen-te el hecho lidiacrónicamen-terario4. En efecto, los valores literarios se objetivan en los textos, pero se afirman en la historia, de modo que a lo largo de ella es posible observar transforma-ciones esenciales y funcionales en algunas de las categorías o invariantes del fenómeno literario.

La mayor parte de los investigadores coinciden en afirmar que la historia litera-ria tiene como objeto de estudio los textos literarios, así como sus relaciones con una tradición literaria en la que están implicados, sus posibilidades de adscripción a un de-terminado género o forma literaria, y su pertenencia a tal o cual escuela, movimiento o grupo generacional, todo ello en el marco de una cultura o una civilización, caracteriza-da a su vez por su desarrollo en el marco de un período o etapa histórica particular. El análisis de este conjunto o sistema literario requiere la concurrencia de varias discipli-nas afines, la filología, la lingüística, la teoría de la ciencia, la sociología, la filosofía, etc..., así como la consideración de múltiples factores que atañen al autor, al texto, al lector, a las posibilidades y medios de transmisión y reproducción de las obras litera-rias, a los modos y transformaciones de los sistemas comunicativos, así como a sus di-ferentes modalidades genológicas, formales, temáticas, periodológicas, etc.

El formalismo de Wölfflin había demostrado que un determinado sistema artís-tico podía transformarse y cambiar completamente aun cuando géneros, temas y for-mas, prevalecieran en tales alteraciones. Como ha escrito a este respecto E. Orozco (1988: 194), lo más importante es “el hecho de que formas y sistemas se hacen antagó-nicos al no coincidir el sistema que, además, es irrepetible, como irrepetible es la situa-ción histórica y en general la vida por mucho que haya en ésta de permanente o de recu-rrente”.

La identificación de ciertos elementos estructurales de la tradición literaria, co-mo las convenciones, los géneros y la utilización recurrente de determinados procedi-mientos formales, que autores como Frye han dado en llamar “arquetipos”, permiten

4

Vid. en este sentido la obra de F. Abad (1983), V.M. Aguiar e Silva (1967, reed. 1984), P. Aullón de Haro (1994, 1994c), J. Barnouw (1979), H. Béhar y R. Fayolle (1990), W. Binni (1963), Ch. Bouazis (1972), C. Bousoño (1981), R. Boyne y A. Rattansi (1990), F. Braudel (1969), O. Calabrese (1989), M. Calinescu (1987), M. Calinescu y D. Fokkema (1988), B. Cerquiglini (en L. Hay [1989: 105-120]), M. Coyle et al. (1990), H. Cysartz (en E. Ermatinger [1930, trad. 1946, reimpr. 1984: 93-135]), W.F. Eggers (1980), D.W. Fokkema (1984), D.W. Fokkema y H. Bertens (1986), M. Foucault (1966, 1969), A. Fow-ler (1972), R. García Magda (1989), A. Glucksmann (1985), C. Guillén (1971, 1985, 1989), I. Hoesterev (1991), L. Hutcheon (1988), N. Jansen (1975, trad. 1977), H.R. Jauss (1967, 1970, 1989), F. Kermode (1988, 1990), P. Laín (1946), G. Lanson (1965), J.F. Lyotard (1979, trad. 1989), J. Marías (1989), J.G. Merquior (1972), C. Moisan (1987, 1989, 1990), J.M. Monner (1970), R. Neuhäuser (1979), J. Ortega y Gasset (1946-1983: III, 145-152 y V, 29-71), J. Petersen (en Ermatinger [1930, trad. 1946: 135-193]), J. Picó (1988), K. Pomian (1984, trad. 1990), P. Ricoeur (1983-1985, trad. 1987), J. de Sena (1977), W.V. Spanos (1987), G. de Torre (1967: 63-87), S. Trachtenberg (1985), R. Wellek (1963, 1965-1986, trad. 1969-1988; 1970; 1983), H. White (1973; 1975; 1987; trad. 1992), E. Wölfflin (1924, reed. 1976), I.M. Zavala (1991), P. Zumthor (1983, trad. 1991; 1987, trad. 1989)Vid. también los siguientes números monográficos de revistas: A Symposium on Periods, en New Literary History, 1, 2 (1970); Neohelicon, 1 (1973); Theory of Literary History, en Publications of the Modern Language Association of America, 107, 1 (1992).

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alcanzar un enfoque histórico de la literatura, el cual no se limita a una simple asimila-ción de la literatura a algún otro tipo de historia, sino que pretende una auténtica impli-cación en la historia de los hechos y significados literarios.

En el mismo sentido parece haberse pronunciado T.S. Eliot, al referirse a la tra-dición como fuerza creadora e informadora que actúa sobre el autor, si bien, al igual que otros creadores y estudiosos, no parece haber llegado a identificar los factores esenciales de esa tradición.

En este sentido, autores como N. Frye proponen una historia, o mejor, un análi-sis histórico, de los elementos, procedimientos y categorías formales que, a lo largo de los tiempos, han intervenido en la creación literaria: “Este cuerpo global de la literatura puede estudiarse a través de sus principios estructurales más amplios, que acabo de des-cribir como convenciones, géneros y grupos recurrentes de imágenes o arquetipos. Es-tos principios estructurales son ignorados en gran medida por la mayor parte de los crí-ticos sociales. Como consecuencia, el trato que otorgan a la literatura es normalmente superficial, un simple ir recogiendo elementos de las obras literarias que parecen intere-santes por motivos no literarios” (N. Frye, 1971: 22).

Cada uno de estos enfoques debe, según Frye, dar cuenta de la forma literaria del objeto que examina, del lenguaje poético y metafórico de la obra literaria, y de lo que él considera ha de ser la verdadera cualidad de un poeta: su relación negativa con el contexto histórico escogido.

Otra de las cuestiones básicas relacionadas con la historia literaria es la que se refiere a la periodología. Con frecuencia se ha sostenido la tesis de que la Antigüedad carecía de una conciencia histórica adecuada para establecer una clasificación en perío-dos, tal como ha sido posteriormente elaborada por la Edad Moderna, y se ha insistido además en que, de haber apreciado diferentes etapas en el transcurso de su historia, probablemente no habrían sido capaces de expresarlas debido a la ausencia de una ter-minología histórica adecuada (A. Alföldi, W. Hartke, F. Klinger; E.R. Curtius, 1948).

Respecto a la periodología en la historia de las artes, y en relación con concep-tos básicos de la historicidad literaria, tales como “Barroco”, “Renacimiento”, “Manie-rismo”, “culteranismo”, etc., E. Orozco ha señalado que “la valoración y caracteriza-ción de los cambios, y por lo tanto la periodizacaracteriza-ción, se hacen necesarias, aun cuando siempre será imposible precisar límites cronológicos exactos, y dentro de ellas podrán establecerse más amplios o más breves períodos” (E. Orozco, 1988: 191).

Parece conveniente insistir en la relatividad de los límites temporales de cada uno de los períodos históricos que habitual o tradicionalmente se mencionan al hablar de historia literaria, relatividad a la que, frente a autores a menudo franceses, E.R. Cur-tius se ha referido con frecuencia, al afirmar, respecto a la Edad Moderna, que “querer forzar el desarrollo de todas las literaturas europeas, desde 1500, para hacerlo caber en un esquema estrecho que no es sino abstracción de la literatura francesa, equivale a deformar lamentablemente la historia. Por desgracia, la literatura comparada francesa ha erigido este error en doctrina oficial. Paul van Tieghem, tan benemérito por sus

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in-vestigaciones sobre el prerromanticismo del siglo XVIII, construye su Histoire littérai-re de l’Europe et de l’Amérique de la Renaissance à nos jours (1941) soblittérai-re las siguien-tes bases: Renacimiento, clasicismo, romanticismo, realismo, época actual, incorporan-do el prerromanticismo al clasicismo. Esto conduce a una serie de resultaincorporan-dos inadmisi-bles” (E.R. Curtius, 1948/1989: 381).

Con algunas implicaciones en el ámbito del comparatismo, el canon literario constituye otra de las cuestiones fundamentales de la historia de la literatura. Puede ilustrarse este concepto acudiendo al nacimiento de las literaturas europeas en lengua romance. La primera de las literaturas románicas que establece un canon literario esta-ble, de orientación profundamente clásica, es la italiana, lo que se explica por la posi-ción cultural de Italia desde fines del siglo XV: estudio de la cultura antigua, floreci-miento de la poesía neolatina, crecifloreci-miento de la literatura en lengua vulgar, y aparición de los primeros tratados, etc... El gran problema entonces de la cultura italiana era la carencia de una lengua literaria común, aspecto que no se manifestó en ninguna otra de las grandes naciones modernas, y que debe ponerse de relieve desde el punto de vista del estudio comparado de las literaturas europeas. Este fenómeno explica que las ten-dencias clasicistas del Cinquecento italiano no hayan influido sino de forma muy indi-recta sobre las literaturas europeas contemporáneas, y haya sido necesaria la irradiación de las teorías racionalistas francesas de los siglos XVI y XVII para consolidar la efica-cia de su manifestación en las letras europeas.

1.4. La Crítica literaria5

Este tema tratará de clarificar el controvertido estatuto de la Crítica literaria en relación con su delimitación disciplinar, así como en sus implicaciones en la Teoría de la literatura y sus posibilidades concretas de interpretación de textos.

En lo que se refiere a la primera de estas cuestiones, la Crítica literaria como disciplina universitaria e institucionalizada, resultará conveniente examinar la visión histórica que comprende el análisis de su nacimiento y desarrollo en la modernidad, desde fines del siglo XVIII europeo, y su continuidad a lo largo del XIX, prestando especial atención a la querelle des Anciens et der Modernes (Shlegel, Mme. Staël, Tai-ne, A. France, F. Brunetière...)

5

Cfr. AA. VV. (1972, 1993), P. Aullón de Haro (1984, 1994, 1994b, 1994c), R. Barthes (1963; 1964a, trad. 1967; 1966, trad. 1972; 1973), M. Beker (1985), C. Bonet (1967), W.C. Booth (1988), B. Croce (1894, reed. 1927), M. Charles (1985), A. Chicharro (1987, 1989, 1990, 1993), J. Domínguez Caparrós (1978, reed. 1982), T.S. Eliot (1933, trad. 1988; 1965, trad. 1967; 1972), N. Frye (1957, trad. 1977; 1971, trad. 1986), A. García Berrio (1989, 1994), P. Gebhardt (1980), W. Godzich (1998), T. Hernández (1994), J.A. Hernández Guerrero (1992), G. Mathieu-Castellani y M. Plaisance (1990), W. Mignolo (1978, 1983), J. Mukarovski (1977, 1977a), E. Olson (1976), P. Palievski (1985), A. Reyes (1944, reed. 1963; 1952), R. Selden (1985), J. de Sena (1977), B.H. Smith (1988; en F. Lentricchia y Th. McLaughlin [1990: 177-185]), R. Senabre (1994), G. Steiner (1979, trad. 1990: 92-131; 1989, trad. 1991; 1990), T. Todorov (1984, 1987), R. Wellek (1963: 21-36; 1965-1986, trad. 1969-1988; 1970: 327-343; 1981; 1985), R. Wellek y A. Warren (1949, trad. 1953, reimpr. 1985). Vid. además los siguientes volúmenes monográficos: Hermeneutics Criticism, en Comparative Criticism, 5 (1983); L’invention critique, en

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Respecto a las relaciones entre la Crítica literaria y la Teoría de la literatura, autores como M.C. Bobes Naves han insistido en que esta última tiene como objeto el conocimiento científico de las obras literarias, conocimiento que pretende en su aplica-ción una validez general, mediante procedimientos inductivos, como hemos indicado en temas anteriores a propósito del pensamiento funcionalista, justificado por I. Kant (1781) en su obra epistemológica.

Como ha escrito a este propósito M.C. Bobes (1993: 13), “toda investigación científica pretende alcanzar conocimientos generales sobre su propio objeto de estudio mediante la aplicación de un método adecuado [...]. Hay que discutir la posibilidad de alcanzar conocimientos generales sobre un objeto, la literatura, que se manifiesta feno-ménicamente en formas tan cambiantes y diversas como las obras literarias”.

Paralelamente, la Crítica literaria se ocuparía del análisis de autores y obras con-cretas, insistiendo más en una valoración, de orden literario, lingüístico, filosófico, histórico, sociológico, etc., que en un conocimiento pretendidamente científico de los textos. En este sentido, la crítica literaria se encuentra tradicionalmente vinculada a la labor del comentario de textos, a la reflexión expositiva y la interpretación, todo lo cual, etimológicamente, desemboca en el mismo objetivo, que es el juicio valorativo, el aná-lisis de los valores, dentro del que la axiología ocupa un lugar destacado.

Las obras literarias concretas constituyen el objeto de estudio científico de la teoría de la literatura y el objeto de análisis valorativo de la crítica literaria. Los límites entre una y otra resultan indiscutiblemente volubles, y su delimitación es más concep-tual o virconcep-tual que práctica. En este sentido, deben recordarse las palabras de R. Wellek y A. Warren al afirmar que “ocioso es decir que el término ‘crítica literaria’ se utiliza a menudo de modo que acaba por comprender toda la teoría literaria” (R. Wellek y A. Warren, 1949/1985: 49). No obstante, ambos autores insisten en la conveniencia de establecer matices diferenciales, al advertir que se “ignora una provechosa distinción. Aristóteles era un teórico; Saint-Beuve era, fundamentalmente, un crítico [...]. Lo más indicado parece ser llamar la atención sobre estas distinciones calificando de ‘teoría literaria’ el estudio de los principios de la literatura, de sus categorías, criterios, etc., y diferenciando los estudios de obras concretas de arte con el término de ‘crítica literaria’ (fundamentalmente estática de enfoque) o de ‘historia literaria’” (R. Wellek y A. Wa-rren, 1949/1985: 48).

La investigación científica de la literatura se caracteriza porque 1) no está obli-gada a resolver problemas relativos a la naturaleza de su objeto de conocimiento (onto-logía), ni los modos de conocimiento (metodo(onto-logía), ni las posibilidades de adquirirlo (epistemología), ya que estas son cuestiones que corresponden a una filosofía de las ciencias humanas; 2) la investigación literaria debe tomar como punto de partida el fe-nómeno empírico, es decir, el discurso literario, cuya existencia se da convencional-mente por supuesta, y debe acudir a la filosofía (pensar esencial) para justificar como científicos (pensar funcional) los medios necesarios para el conocimiento del objeto6.

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Cfr. también AA.VV. (1980a), Ch. Altieri (1991), P. Aullón de Haro (1984, 1994, 1994b), A. Chicha-rro (1987, 1993), T.S. Eliot (1933, trad. 1988); 1965, trad. 1967), J.M. Ellis (1974, trad. 1988), H.G. Gadamer (1960, trad. 1984), A. García Berrio (1994), R. von Hallberg (1984), T. Hernández (1992), J.A.

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N. Frye, en su propósito de elaborar un método de investigación sobre la litera-tura que dé cuenta de “los fenómenos más importantes de la experiencia literaria” y que conduzca a “una visión del puesto que la literatura ocupa dentro de la civilización” (1971/1986: 13), se plantea dos preguntas fundamentales: 1) ¿cuál es el objeto global de conocimiento del que forma parte la crítica?, a lo que debe responder una epistemo-logía de la literatura, como conjunto de reflexiones acerca de las posibilidades de ad-quirir conocimiento científico sobre los fenómenos literarios, y 2) ¿cómo llegamos al significado de lo literario?, cuestión que debe resolverse desde una metodología, como conjunto de reflexiones acerca de los medios de que dispone el hombre para conocer científicamente los fenómenos literarios. N. Frye intentará ver, desde este punto de vis-ta, “qué significado podría descubrirse en las obras literarias a partir de su contexto en la literatura misma [...]. Siempre he insistido en que la crítica no puede extraer sus prin-cipios de otro campo, pues significa arrancarlos de su contexto real, y que debe elaborar los suyos propios” (1971/1986: 15-16).

En la práctica de la crítica literaria es posible tener en cuenta la eficacia u opera-tividad de los modelos de interpretación de textos literarios. Los modelos se construyen a partir de los rasgos generales del objeto que se estudia, que es conocido previamente por el investigador desde una perspectiva no científica, y pretenden un conocimiento que ha de satisfacer requisitos lógicos de coherencia, autonomía, consistencia interna, suficiencia de axiomas centrales... Los modelos pueden resultar más eficaces incluso que las hipótesis teóricas, ya que al estar más cerca de las manifestaciones reales que se ofrecen a la observación, constituyen un instrumento esencial para la aceptación, modi-ficación y construcción de estas últimas, a partir de las exigencias de su operatividad y validez empíricas.

Todo modelo resulta ser con frecuencia una apriorización de la experiencia, que se proyecta, sobre los hechos que la han suscitado, para verificarla científicamente. El componente empírico de los modelos exige un contraste constante con la realidad, con el fin de obtener el grado de representatividad más adecuado del objeto y de ampliar el alcance de sus posibles aplicaciones prácticas.

Tal como se sugiere en la obra de J.C. Mckinney, el modelo es una realidad, un medio para reducir las diversidades y complejidades de la realidad a un marco general y coherente, no completamente abstracto, que permite iniciar el conocimiento, y en el cual es posible distinguir cuatro modalidades fundamentales: a) coherencia lógica, o cumplimiento del sistema de hipótesis que se toman como punto de partida en la elabo-ración del modelo; b) debe verificar empíricamente la validez de los axiomas que postula; c) sus propiedades operativas y metodológicas podrán ser comparadas con las de otros modelos; y d) las tesis o conclusiones obtenidas deben ser lógicamente

Hernández Guerrero (1992), H.R. Jauss (1977, trad. 1986), H. Levin (1958), E. Olson (1976), R. Pfeiffer (1968, trad. 1981; 1976, trad. 1981), I.A. Richards (1924, trad. 1976; 1929, trad. 1967, reimpr. 1991), S.J. Schmidt (1980, trad. 1990), R. Selden (1988), J. de Sena (1977), R. Senabre (1994), W. Shumaker (1974), B.H. Smith (1988), C. Uhling (1990). Vid. además los siguientes volúmenes monográficos:

Ca-non, en Comparative Criticism, 1 (1979); Canons, en Critical Inquiry, 10 (1983); Explication, Evalua-tion, Aesthetic Attitude, en Poetics Today, 5, 1 (1984).

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otros modelos; y d) las tesis o conclusiones obtenidas deben ser lógicamente consisten-tes con el conjunto de las hipóconsisten-tesis iniciales.

Como resulta fácilmente observable, la expresión “crítica literaria” designa en la práctica un conjunto de actividades interpretativas en relación con los textos literarios que, por sus variadas funciones y aplicaciones, encuentran implicaciones esenciales en el ámbito de la teoría literaria, y de forma acaso menos inmediata, en dominios cultura-les afines como la filología, la lingüística, la sociología, la psicología, el biografismo, lo imaginario, etc., insistiendo con frecuencia en la dimensión axiológica del texto litera-rio, considerado en su dimensión comunicativa, y tratando incluso de destacar sus valo-res referenciales frente a otros textos y contextos históricos, sociales y culturales.

1.5. La Literatura Comparada7

Cl. Pichois y A.M. Rousseau (con P. Brunel, 1983: 15-16) mencionan las deno-minaciones que adquiere la expresión Literatura Comparada en algunas de las lenguas modernas, e insisten de forma notoria en que se trata de una designación “completa-mente defectuosa”, si bien no proponen otras alternativas, e incluso no declaran de for-ma precisa en qué consiste tal defecto o ambigüedad: “Literatura comparada es una expresión tan defectuosa y al propio tiempo tan necesaria como “historia literaria” y “economía política”; pero, contrariamente a éstas, aquélla aún no ha pasado de veras al dominio público, por lo menos en Francia [...]. Sin embargo, ninguno de los sustitutos propuestos, demasiado largos o abstractos, ha arraigado. Y muchas lenguas conocen la misma dificultad por haber imitado al francés: letteratura comparata (italiano), tura comparada (español), hikaku bungaku (japonés). El inglés dice comparative litera-ture (“littéralitera-ture comparative”, es la fórmula que hubiese deseado Littré); el alemán es aún más explícito: verglichende Literaturwissenschaft (ciencia “comparante” de la lite-ratura, donde el participio de presente subraya el acto, es decir, el método, con menos-cabo del objeto pasivo; fijémonos, de paso, en la otra denominación, vergleichende

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Cfr. sobre esta disciplina N. Bachleitner, A. Noe y H.G. Roloff (1997), F. Baldensperger (1921), S. Bassnett (1986), R. Bauer (1990), H. Bloom (1988,; 1994, trad. 1995), P. Brunel, C. Pichois y A.M. Rousseau (1983), P. Brunel e Y. Chevrel (1989), T.F. Carvalhal (1997), Y. Chevrel (1989), A. Cio-ranescu (1964), F. Claudon y K. Haddad-Wotling (1995), R. Clements (1978), J. Culler (1979), R. Etiemble (1974, trad. 1977; 1988), D.W. Fokkema (1982), C. Guillén (1985), M.F. Guyard (1951, reed. 1978), S. Jeune (1968), F. Jost (1974), C. Koelb y S. Noakes (1988), A.M. Machado y D.H. Pageaux (1981, 1988), A. Marino (1982, 1988), D.H. Pageaux (1983), S.S. Prawer (1973), D. Romero López (1998), H.G. Ruprecht (1985), M. Schmeling (1981, trad. 1984), F. Strich (en E. Ermatinger [1930, re-impr. 1984: 453-474]), G. Steiner (1994, trad. 1997: 121-146), E. Sullà (1998), P. Swiggers (1982), R. Trousson (1965), P. van Tieghem (1931, reed. 1951), D. Villanueva (1994), J. Weisgerber (1984), U. Weisstein (1968, trad. 1975, 1981) , R. Wellek (1963, 1970). Vid., además de los sucesivos volúmenes de Proceeding of the Congress of the International Comparative Literature Assotiation / Actes..., que recogen las actas de los congresos internacionales sobre comparatismo desde el año 1959, y los del anua-rio 1616, de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada, los siguientes números monográ-ficos de revistas: Wege zur Komparatistik, en Arcadia, 8 (1983); Litteratura universalis, en Neohelicon, 10, 1 (1983); Questiones theoriae litterarum universarum, en Neohelicon, 10, 2 (1983); D’où venons

nous? Que sommes-nous? Où allons-nous. The Permanent Crisis of Comparative Literature, en Cana-dian Review of Comparative Literature, 11, 2 (1984); Méthodologie des études de réception: perspec-tives comparatistes, en Y. Chevrel (ed.), Oeuvres and Critiques, 11, 2 (1986); Sobre literatura y literatu-ras, en Revista de Occidente, 197 (1997).

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teraturgeschichte, “historia literaria ‘comparante’”, en boga a fines del siglo XIX); el neerlandés vergelijkende literatuurwetenschap es un claro calco del alemán” (Cl. Pichois y A.M. Rousseau, con P. Brunel, 1983: 15-16).

En el mismo sentido se pronunciaban en 1949 autores como R. Wellek y A. Wa-rren, al afirmar que “el término comparative literature, empleado por los estudiosos anglosajones, es embarazoso, y constituye, indudablemente, una de las razones por las cuales esta importante modalidad de los estudios literarios ha tenido menos éxito aca-démico del esperado”. Tras referirse a algunos de los sentidos que en las distintas len-guas modernas puede adquirir el término adyacente comparative, sostienen que “ningu-no de estos adjetivos de distinta formación resulta muy lumi“ningu-noso, ya que la compara-ción es método que utilizan toda la crítica y todas las ciencias, y de ningún modo des-cribe cabalmente los procedimientos específicos de los estudios literarios (R. Wellek y A. Warren, 1949/1985: 57). Años más tarde, en su ensayo Discriminations, R. Wellek (1970: 3-26) se ocupaba de describir el nombre y la naturaleza de la expresión “compa-rative literature”, proporcionando datos de interés, que resultan reproducidos con fre-cuencia en obras posteriores, y reiterando la convencionalidad de una denominación más afortunada que precisa.

Desde este punto de vista, el pensamiento del comparatista F. Jost ratifica una vez más la ambigüedad de esta denominación, al afirmar que “le terme de littérature comparée [...] impose l’idée de comparaison, sans en déterminer aucunement l’objet” (F. Jost, 1968: 314).

A. Marino ha sido acaso más preciso que otros autores a la hora de discutir la conveniencia de determinadas denominaciones, y denunciar la “crise congénitale” de la expresión literatura comparada, derivada en gran medida de una tradición literaria que no ha sabido discutir a tiempo la supuesta eficacia de su utilización en el ámbito de la teoría comparatista de la literatura: “La question essentielle reste posée: si le “mot” est en “crise” endémique et si aucune définition n'est acceptable, qui nous empêche de re-formuler le mot et la chose: c'est-à-dire la problématique comparatiste dans son ensem-ble? Si le terme est conventionnel, porquoi ne pas lui substituer par une autre conven-tion, mais plus adéquate et modernisée? Il faut donc sortir des vieilles ornières” (A. Marino, 1988: 12).

Las definiciones sobre Literatura Comparada no han dejado, sin embargo, de existir y sucederse desde sus más incipientes comienzos. He aquí una de las concep-ciones más abiertas de comparatismo literario, enunciada por H.H. Remak en 1961, desde la cual los confines del modelo comparatista se extienden a todas las modalidades de creación y estudio del humanismo y la sociología: “Comparative literature in the study of literature beyond the confines of one particular country, and the study of the relationships between literature on the one hand, and other of the areas of knowledge and belief, such as the arts (e.g. painting, sculpture, architecture, music), philosophy, history, the social sciences (e.g. politics, economics, sociology), the sciences, religion, etc., on the others, and the comparison of the literature with other spheres of human expression” (H.H. Remak, 1961: 3).

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En 1979, los estatuos de la A.I.L.C., elaborados durante el IX congreso de la asociación, celebrado en agosto del mismo año en la localidad de Innsbruck, recogen la siguiente delimitación de los estudios de literatura comparada, que sitúan en el ámbito del “étude de l'histoire littéraire, de la théorie de la littérature et de l'interprétation des textes, entreprise d'une point de vue comparatif international”.

P. Brunel mantiene en 1983 el concepto de comparatismo literario sostenido en 1967 por Cl. Pichois y A.M. Rousseau, al considerar que la denominada “Literatura Comparada” es ante todo el resultado de la confluencia de cuatro estratos disciplinarios: los intercambios literarios internacionales, la historia general de las literaturas naciona-les, la morfología literaria y la historia de las ideas y el pensamiento. “La littérature comparée —escribían estos autores en 1967— est l’art méthodique, par la recherche de liens d’analogie, de parenté et d’influence, de rapprocher la littérature des autres do-maines de l’expression ou de la connaissance, ou bien les faits et les textes littéraires entre eux, distants ou non dans le temps ou plusieurs cultures, fissent-elles partie d’une même tradition, afin de mieux les décrire, les comprendre et les goûter” (P. Brunel, 1983: 150).

C. Guillén, en sus estudios sobre Literatura Comparada (1985: 13), enuncia una definición, que matiza poco después, en los siguientes términos: “Por Literatura Com-parada (rótulo convencional y poco esclarecedor) se suele entender cierta tendencia o rama de la investigación literaria que se ocupa del estudio sistemático de conjuntos su-pranacionales”. El mismo autor declara en nota a pie de página su coincidencia con H. Dyserinck (1972: 11) y afirma que “[wir können] die Komparatistik spezifisch suprana-tional nennen”.

Como autores precedentes, C. Guillén distingue el uso adjetivo o sustantivo del vocablo que designa la operación comparativa, el cual en las lenguas latinas, procedente del supino del verbo comparare, califica el objeto de estudio, es decir, adjetiva una on-tología literaria, mientras que, en las lenguas de procedencia germánica, el valor de la comparación, si bien recae igualmente sobre el adyacente del sustantivo Literatur, lo hace para expresar de forma activa una intención metodológica sobre el objeto de cono-cimiento: “La forma pasiva del participio, comparée, empleada por Villemain, es el engendro poco feliz que las lenguas románicas (italiano, portugués, rumano, español) calcarán; en vez del adjetivo activo que se utilizará en inglés —comparative—, en ale-mán —vergleichende—, en holandés, húngaro, ruso, etc. También es sensato que sea la ciencia o el saber quien compare —vergleichende Literaturwissenschaft —, no el obje-to del saber, o sea la literatura misma” (C. Guillén, 1985: 13).

Autores como R. Pogglioli, en un artículo de 1943, recuerdan que a fines del siglo XIX los principales modelos o categorías de investigación de la literatura compa-rada se agrupaban en cuatro modalidades8. La temática se ocupaba del estudio de los

8

Cfr. J.P. Barriceli y Gibaldi (1982), E. Caramaschi (1985), R. Célis (1982), K. Cohen (1979), J.L. Cu-pers (1988), Ph. Chardin (en P. Brunel e Y. Chevrel [1989: 164-176]), H.S. e I. Daemmrich (1987), G. Durand (1963, trad. 1981), E. Frenzel (1963, reimpr. 1983; 1966, trad. 1980; 1980), A. García Berrio (1968, 1977-1980), A. García Berrio y T. Hernández (1988), J.M. Glickson (en P. Brunel e Y. Chevrel (1989: 245-261]), C. Guillén (1985), J.D. Hunt (1971), F. Jost (1974), Z. Konstantinovic et al. (1981),

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temas literarios desde el punto de vista de sus implicaciones en el folclore, y en ella se incluía igualmente todo tipo de estudios sobre el origen y transmisiones de leyendas, romances, relatos... La escuela francesa de G. Paris y la tendencia alemana de la Stoff-geschichte desempeñaron uno de los papeles más representativos de esta corriente. La morfológica se destinaba esencialmente al estudio de los géneros y formas literarios, y estuvo fuertemente influida, a fines del siglo XIX, por las corrientes organicistas de las ciencias naturales, las teorías darwinistas y, de forma especial, por la doctrina positivis-ta de F. Brunetière acerca de l’évolution des genres littéraires.

La crenológica se orientaba al estudio de las fuentes literarias; como sabemos, el término “crenología” (del griego krené, “fuente”) fue propuesto por P. van Tieghem en 1931 para designar, en el ámbito de la literatura comparada, el estudio de las fuentes y relaciones de influencia entre literaturas históricas o nacionales. La fortuna del escri-tor era con frecuencia un término utilizado a fines del siglo XIX para designar lo que hoy podemos entender como influencias de obras, escritores, escuelas; traducciones, intercambios, relaciones internacionales, viajes, intermediarios, etc... Los contenidos de esta modalidad, así como la denominada por van Tieghem “crenología literaria”, suelen abordarse en nuestros días desde el estudio de las relaciones literarias supranacionales, o desde la internacionalidad de las influencias literarias, insistiendo en la importancia que en ella adquieren la historia literaria, la poética de la recepción y la estética de la traducción.

Según los modelos franceses del comparatismo literario, cuya exposición más representativa la ofrece P. van Tieghem en su manual sobre La Littérature Comparée (1931), era posible distinguir hasta seis categorías diferentes en el estudio de esta disci-plina, al margen de la denominada “literatura general”, referida entonces a determina-dos problemas teóricos de historia literaria: 1) Genres et styles, 2) Thèmes, types et lé-gendes, 3) Idées et sentiments, 4) Les succès et les influences globales, 5) Les sources, y 6) Les intérmediaires.

Algunos autores han discutido en nuestros días la conveniencia de presentar una historia de las ideas morales, filosóficas, científicas, religiosas, emotivas... — cosmovisiones y Weltanschauungen—, como modelo o categoría del comparatismo

G.E. Lessing (1766, trad. 1977; 1767-68, trad. 1985), F. Medicus (en E. Ermatinger [1930, reimpr. 1984: 195-250]), F. Meregalli (1989: 32-37), E. Moreno Báez (en AA.VV. [1971a: 49-56]), C. Peña-Ardid (1992), M. Praz (1970, trad. 1979), M.C. Ropars-Wuilleumier (1981), J. Seznec (1972), S. Thompson (1955-1958, 1982), R. Trousson (1965, 1981), D. Villanueva (1991, 1994a), K. Wais (1936), U. Weis-stein (1968, trad. 1975; 1982), R. Wellek y A. Warren (1949, trad. 1953, reimpr. 1984), T. Ziolkowski (1983). Vid. los siguientes números monográficos de revistas: Music and Literature, en C.S. Bronw (ed.), Comparative Literature, 22, 2 (1970); Problèmes de la traduction, en Revue de Sciences

Humai-nes, 158 (1975); Littérature et nation au XXe siècle, en Revue de Littérature Comparée, 54, 4 (1980); Récrire-Traduire, en Revue de Sciences Humaines, 180 (1980); The Languages of the Arts, en Compara-tive Criticism, 4 (1982); Gaston Bachelard, en Revue de Littérature Comparée, 230 (1984); La citation,

en Revue de Sciences Humaines, 196 (1984); Mythos, drama, musica, en Neohelicón, 11, 2 (1985); Du

thème en littérature, en Poética, 64 (1985); Musique et littérature, en Revue de Sciences Humaines, 205

(1987); Littérature et musique, en Revue de Littérature Comparée, 243 (1987); Photolittérature, en

Re-vue de Sciences Humaines, 210 (1988); Le texte étranger. L’oeuvre littéraire en traduction, en ReRe-vue de Littérature Comparée, 250 (1989); Peinture et littérature, en Littérature, 81 (1991); Poétiques orienta-les. Poétiques occidentales, en Revue de Littérature Comparée, 258 (1991).

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literario. En este sentido, C. Guillén (1985: 123) advierte que “ninguna práctica reco-mendada por P. van Tieghem —ni siquiera la pesquisa de fuentes— ha envejecido más deprisa. Hoy la historia de las ideas —tal como la practicó Lovejoy en América, o la cultiva en España José Luis Abellán— se acerca o incorpora al ámbito del estudio de la filosofía o del pensamiento”.

Sin embargo, los manuales y estudios de Literatura Comparada que confieren valor taxonómico a una “historia de las ideas”, continuaban siendo numerosos a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, al menos hasta hace apenas una década. Es el caso de estudios y monografías como los de M.F. Guyard (1951), S. Jeune (1968), A. Cioranes-cu (1964), H. Dyserinck (1977), quienes se aproximan en algunos aspectos a las teorías de P. van Tieghem, en especial en lo que se refiere a la historia de las ideas y el concep-to de “literatura general”.

U. Weisstein, en su Einführung in die vergleichende Literaturwissenschaft (1968) , confirma y actualiza los cuatro modelos de R. Pogglioli, a los que añade una quinta categoría: 1) Influencia e imitación, 2) Recepción y efecto, 3) Género, 4) Histo-ria de temas y motivos, y 5) Epoca, período, generación y movimiento.

Desde el punto de vista de C. Guillén, una de las aportaciones más originales de este manual consiste en la incorporación al comparatismo literario de los denominados por P. Maury (1934) arts et littératures comparées, proyecto impulsado también por H. Remak, N.P. Stallknecht, H. Frenz, A.M. Rousseau, Cl. Pichois y otros especialistas, y que cuenta con célebres precursores, entre los que pueden mencionarse J. Seznec, en Francia, y O. Walzel, en Alemania, con su estudio, inspirado en H. Wölfflin, sobre la Wechselseitige Erhellung der Künste (1917). No obstante, C. Guillén no oculta sus reti-cencias hacia el proyecto de “abrir desmesuradamente el compás” de los estudios com-paratistas, ya que este tipo de soluciones disciplinares conllevan con frecuencia la susti-tución del criterio de “supranacionalidad”, esencial en la concepción actual de la Litera-tura Comparada, por el de “internacionalismo”, habitual en los comparatistas de la “hora francesa” de principios de siglo (P. van Tieghem, 1931).

Desde mediados del siglo XX, son numerosos los autores que introducen apor-taciones de interés en las taxonomías y modelos de investigación del comparatismo literario. De este modo, H. Peyre señalaba en 1952 el resurgir de la Stoffgeschichte o tematología, descuidada por los comparatistas franceses, y cuya actualidad aparece li-gada al interés que en la antropología y el psicoanálisis adquieren mitos, símbolos y alegorías, tal como demuestra P. Brunel en la segunda redacción del manual de Cl. Pichois y A.M. Rousseau (1983: 124-128). Del mismo modo, autores como H. Levin han insistido en la vertiente temática del comparatismo literario, al elaborar un réper-toire de thèmes, tras la obra de G. Bacherlard y S. Thompson, y en la importancia de la traducción, las tradiciones y movimientos culturales, y la transformación que a lo largo de la historia experimentan los géneros literarios.

En su introducción a la Literatura Comparada, C. Guillén (1985) se adhiere a los modelos de investigación propuestos por A. Owen y F. Jost en 1969 y 1974 respecti-vamente. El manual de A. Owen distingue cinco categorías, referidas a 1) Literary

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criti-criticism and theory, 2) Literary movements, 3) Literary themes, 4) Literary forms, y 5) Literary relations. Por su parte, F. Jost desarrolla cuatro modelos de comparatismo, que comprenden, en una ordenación ligeramente diferente, contenidos similares a los de anteriores clasificaciones: 1) Relations: analogies and influences, 2) Movements and trends, 3) Genres and forms, y 4) Motifs, types, themes. De modo semejante, en su Teo-ría de la literatura, R. Wellek y A. Warren (1949/1985: 303 ss) distinguen, a propósito de las configuraciones históricas de las creaciones literarias, cuatro categorías principa-les: evolución, influencias, géneros y períodos.

La propuesta de C. Guillén resulta, sin duda, uno de los modelos más actuales, tanto por su disposición y nomenclatura, como por la amplitud y operatividad de sus contenidos y relaciones. Las cinco categorías a las que se refiere C. Guillén son las si-guientes: 1) Genología literaria: los géneros; 2) Morfología literaria: procedimientos formales; 3) Tematología: temas y motivos literarios; 4) Las relaciones literarias: inter-nacionalididad; 5) Historiología: configuraciones históricas.

1.6. La Poética y la Teoría de la Literatura9

La Poética comprende un conjunto de orientaciones metodológicas que surgen con el nacimiento del pensamiento europeo, y que son desarrolladas inicialmente por Aristóteles en el tratado del mismo título. Como conjunto de reflexiones acerca del mo-do y posibilidades de adquirir conocimiento científico sobre los fenómenos culturales, la Poética nunca ha dejado de evolucionar, especialmente con posterioridad a la supera-ción de la teoría mimética y el nacimiento del pensamiento idealista, que establece las bases para el desarrollo de los estudios literarios desde el punto de vista del autor y los procesos de expresión, los cuales habrán de desembocar a lo largo del siglo XIX en el objetivismo histórico, derivado de las corrientes positivistas y deterministas, cuyo fun-damento epistemológico se encontraba en los modelos de investigación elaborados por las ciencias de la naturaleza, justificado por I. Kant desde 1781.

A comienzos del siglo XX, y en el área cultural alemana desde el último tercio del siglo XIX, los estudios de poética comienzan a orientarse hacia la consideración de los procedimientos formales del discurso literario, en busca de su especificidad frente a otras manifestaciones del lenguaje (historiografía, lenguaje ordinario...), originando de este modo un desplazamiento desde el emisor y sus posibilidades de expresión hacia el

9

Cfr. T. Albaladejo (en P. Aullón de Haro [1984: 141-207]), Aristóteles (1980, 1982, 1992), R. Barilli (1984), A. Battistini y E. Raimondi (1984), R.S. Crane (1952, 1957), J. Culler (1975, trad. 1978), D. Delas y J. Filliolet (1973), L. Dolezel (1990), A. García Berrio (1975, reed. 1988; 1977-1980; 1979; 1989; 1994), A. García Berrio y T. Hernández (1988, 1988a), C. Gentilli (1984), J.A. Hernández Guerre-ro (1991), R. Jakobson (1960, trad. 1981 y 1984; 1963, trad. 1984; 1968, trad. 1977; 1981), F. Jameson (1972, trad. 1980), F. Lázaro Carreter (1980, 1986, 1990), I. Lotman (1970, trad. 1978), H. Meschonnic (1970-1977, 1985), R. Pajano (1970), J.M. Pozuelo Yvancos (1988, 1988a, 1993), S. Reisz de Rivarola (1989), R. Seamon (1989), C. Segre (1985), H. Suhamy (1986, reed. 1991), T. Todorov (1968, trad. 1975; 1971, trad. 1988; 1977; 1978; 1987), B. Tomachevski (1928, trad. 1982), K. Uitti (1969, trad. 1977), P. Valéry (1957, trad. 1975), A. Yllera (1974). Vid. también los números monográficos de las revistas Jakobson, en L’arc (1976), y The Future of Structural Poetics, en T.A. van Dijk (ed.), Poetics, 8, 6 (1979).

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mensaje y su construcción textual. Surgen de este modo las denominadas poéticas for-males y funcionales, que como hemos de ver no se limitan al estudio formal de la obra literaria, sino que consideran la forma del discurso artístico como portadora de un sen-tido, y determinada a su vez por una variedad de usos, normas y funciones (I. Tynia-nov) en los que las corrientes estructurales y funcionalistas hallarán apoyos decisivos para el desarrollo de su investigación científica sobre los fenómenos literarios.

En la segunda mitad del siglo XX los estudios de poética experimentan un nue-vo desplazamiento en lo que se refiere al foco u objeto de investigación, al considerar al lector como una de las bases interpretativas más importantes en el proceso de comuni-cación y comprensión de los fenómenos literarios. Surgen de este modo las poéticas de la recepción, con el discurso inaugural de H.R. Jauss (1967) en Constanza, y la obra de W. Iser, entre otros autores, como U. Eco, en el área cultural italiana, que encuentran importantes antecedentes en la fenomenología de E. Husserl y R. Ingarden, y en la her-menéutica de H.G. Gadamer. A lo largo de los temas siguientes trataremos de describir la configuración de la poética moderna, a partir de las primeras aportaciones de las de-nominadas “poéticas formales”, que, esenciales en la disposición metodológica de la moderna Teoría de la Literatura, surgen como consecuencia del agotamiento y las limi-taciones del objetivismo histórico, derivado de los estudios literarios centrados en la figura del autor.

La Poética de Aristóteles es, como sabemos, una obra clave. En ella se plantean cuestiones sobre la actitud del poeta y su labor en los procesos de composición de la obra literaria (poiesis: técnica, inspiración...), y en los procesos genéticos fundamenta-les del arte (mimesis), así como sobre el valor social y la finalidad de la obra literaria (catarsis), y las relaciones de la literatura con la realidad (mimesis); paralelamente, es posible identificar varias consideraciones acerca de las formas de expresión (géneros literarios), y también de las posibles unidades y categorías estructurales de cada una de las partes de la tragedia. El modelo aristotélico está elaborado sobre presupuestos pre-dominantemente racionalistas, cuyos contenidos adquieren un desarrollo mereológico del que están excluidas reflexiones sobre la ontología de la obra literaria, cuya existen-cia no se discute; la Poética se basa de este modo en una filosofía de las esenexisten-cias y se acoge a una epistemología apoyada a su vez en el presupuesto ontológico que admite la existencia de verdades inalterables y generales, sobre las que se constituye el objeto de la ciencia. La teoría literaria discurre paralela a una filosofía de las esencias, y a una creación literaria concebida como un proceso mimético, que transciende analógica u homológicamente las variantes anecdóticas de la acción literaria (fábula) en la repro-ducción de la realidad (mímesis).

Los presupuestos de la poética aristotélica se mantienen prácticamente sin dis-cusión hasta fines del siglo XVIII, en que son sustituidos por los principios epistemoló-gicos del pensamiento idealista. No obstante, y pese al agotamiento de la teoría miméti-ca, la Poética de Aristóteles no ha dejado de verse enriquecida y considerada por las diferentes teorías de la literatura surgidas a lo largo de los siglos XIX y XX, y de forma especialmente relevante por las múltiples corrientes metodológicas y epistemológicas desarrolladas y divulgadas a lo largo de la segunda mitad de nuestro siglo.

Referencias

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