5 El discurso narrativo
5.12. Acciones y funciones en el discurso narrativo.
Abstracción y formalización
El presente epígrafe se refiere a las principales propiedades teóricas relacionadas con los conceptos de actancialidad y funcionalidad en el relato literario.
El estudio realizado por M. Petrovski en 1925 sobre El disparo, de Pushkin, repre- senta la influencia de la escuela morfológica alemana sobre la labor de los formalistas rusos. M.A. Petrovski es el principal representante ruso de la morfología compositiva. En 1921 realiza un análisis formal del cuento de Maupassant En voyage, y en 1925 estudia, con la misma metodología, el cuento de Pushkin titulado El disparo, en el que distingue “construcción” y “función” de la historia narrativa. La “composición” narra- tiva se caracteriza para este autor por la progresión, tal como la había diseñado Aristó- teles (conflicto-nudo-desenlace), y sigue una serie de principios a través de cuya apli- cación se va convirtiendo en “disposición” (un particular punto de vista, un determina- do modo narrativo...) Petrovski distingue en la forma narrativa del relato la construc- ción (aspecto anatómico) y la función (aspecto fisiológico). La constitución, a su vez, está determinada por dos categorías básicas: 1) la alternancia de segmentos estáticos
(descriptio) y su segmentación dinámica (narratio), y 2) la oposición entre dispositio y compositio en el sentido propuesto por Schissel en su manifiesto programático15.
Discípulo de M.A. Petrovski, A.A. Reformatski escribió en 1922 un Ensayo sobre el análisis de la composición de la novela, donde sigue muy de cerca el modelo de W. Dibelius. Distingue entre categorías estructurales y funcionales, matiza el concepto de compositio (“organización artificial” no cronológica del “tempo narrativo”), oponién- dolo al de dispositio, que es organización cronológica. Establece así un precedente di- recto del concepto de “argumento” (sjuzet), que los formalistas desarrollarán amplia- mente, de la mano de Tomachevski.
Respecto al concepto de función narrativa, en el sentido que este concepto ad- quiere en la obra doctrinal de V. Propp (1928), se ha señalado a V. Gippius, B. Nejman y A.I. Nikiforov como autores precursores del funcionalismo narratológico, e introduc- tores en la Rusia de los formalistas de la morfología alemana del Ur-Tipo (L. Dolezel, 1990: 177 ss). En este sentido, A.I. Nikorov había advertido en 1928 que “el reagrupa- miento de las funciones individuales de los personajes principales y secundarios en un cierto número de combinaciones libremente (aunque no del todo libremente) es lo que constituye el núcleo de la trama de la fábula”.
Acaso las aportaciones más célebres, respecto a las investigaciones sobre narratolo- gía, corresponden al etnólogo y folclorista V. Propp, cuya Morfología del cuento (1928) ha sido una obra esencial en la configuración y desarrollo de los modernos estudios sobre la novela. Frente a la variedad de elementos que integran la narración (personajes, espacios, acciones...), V. Propp se propone identificar en el relato un conjunto de ele- mentos invariantes, a partir de los cuales resulte posible establecer un determinado nú- mero de unidades funcionales, cuya ordenación y disposición estructural facilite la comprensión del discurso y la identidad de sus diferentes elementos compositivos.
Desde esta perspectiva, Propp (1928/1971: 33) elabora el concepto de función, al que considera como “la acción de un personaje definida desde el punto de vista de su significación en el desarrollo de la intriga”. La función es una abstracción de la acción, del mismo modo que el actuante lo es del personaje; un mismo personaje puede desem- peñar varias funciones diferentes (sincretismo), así como una misma función puede ser ejecutada por sucesivos personajes (recurrencia): “Lo que cambia son los nombres (y al mismo tiempo los atributos) de los personajes; lo que no cambia son sus acciones, o sus funciones. Se puede sacar la conclusión de que el cuento atribuye a menudo las mismas
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Cfr. AA. VV. (1984, 1984b), A.I. Alonso Martín (1986), M.C. Bobes (1985, 1991), C. Bremond (1973, reed. 1990), J. Campbell (1949, trad. 1959), C. Castilla del Pino (1989), J. Courtés (1976, trad. 1980), S. Chatman (1978, trad. 1990), R.E. Elliott (1982), E.M. Forster (1927, trad. 1983), R. Gaudreault (1996), R. Girard (1961, trad. 1985), A.J. Greimas (1966, trad. 1976; 1970, trad. 1973; 1976, trad. 1983), Ph. Hamon (en R. Barthes et al. [1977: 136 ss]), H. James (1884, trad. 1975), J. Kristeva (1969, trad. 1981), U. Margolin (1989), F. Mauriac (1952, trad. 1955), M. Mayoral (1990), J.H. Miller (1992), F. Poyatos (1993), V. Propp (1928, trad. 1977), J. Ricardou (1971), P. Ricoeur (1977, trad. 1988; 1977a, trad. 1987), V. Sklovski (1975), J. Villegas (1978), M. Zéraffa (1969). Vid. los siguientes números mo- nográficos de revistas: Character as a Lost Cause, en Novel, 11, 3 (1978); Theory of Character, en Poe-
acciones a personajes diferentes. Esto es lo que nos permite estudiar los cuentos a par- tir de las funciones de los personajes “ (V. Propp, 1928/1972: 32).
V. Propp., en su Morfología del cuento (1928), se propone estudiar las formas inva- riantes de los cuentos tradicionales: “La palabra morfología significa el estudio de las formas”. Se apoya en el concepto de “función”, que representa un valor constante en los relatos, son limitadas en número, y su sucesión es con frecuencia idéntica; además, el concepto de función habrá de sustituir en la teoría de Propp las nociones de motivo (Veselovski) y elemento (Bédier). Como veremos, sus ideas fueron desarrolladas am- pliamente por los formalistas franceses, en Europa, y por A. Dundes (1958), en Nor- teamérica.
El funcionalismo iniciado por V. Propp encuentra en el estructuralismo francés, concretamente en la obra de A.J. Greimas, Cl. Bremond, G. Genette, L. Tesnière, etc., célebres continuadores, que pretendieron “la réinterprétation linguistique des dramatis personae “ (C. Chabrol, ed., 1973), al considerar que la estructura del relato y la sin- taxis de las lenguas serían un modelo único. R. Barthes, en 1966, en Comunications 8, también sostenía, como los formalistas de principios de siglo, que la noción de persona- je era completamente secundaria, subordinada como lo estaba a la trama, y le negaba su dimensión psicológica, que consideraba de influjo burgués.
M.C. Bobes considera que, dentro de la narratología, el enfoque funcionalista es el que parece tener más aceptación y desarrollo teórico, acaso porque puede ser el más específicamente literario. V. Propp distinguió en 1928, en sus estudios sobre los cuen- tos tradicionales rusos, siete tipos de personajes, desde una dimensión estrictamente funcional: Agresor, Donante, Auxiliar, Princesa, Mandatario, Héroe y Falso-héroe. A.J. Greimas (1966), apoyándose en el léxico de la gramática funcional de Tesnière, deno- mina actantes a los personajes implicados en las acciones, y, precisando el modelo de Propp, los agrupa, por su forma de participar en las acciones, en tres parejas: Destina- dor-Destinatario; Ayudante-Oponente; Sujeto-Objeto. R. Bourneuf y R. Ouellet (1972) siguen las teorías de E. Souriau, y consideran las situaciones, que identifican con los roles funcionales, como el resultado de la combinación de seis fuerzas o funciones: las del protagonista, el antagonista, el objeto, el destinador, el destinatario y el ayudante. En consecuencia, el célebre cuadro actancial de Greimas quedaría integrado por los siguientes actuantes:
Sujeto: fuerza fundamental generadora de la acción en la sintaxis narrativa. Objeto: lo que el sujeto pretende o desea alcanzar.
Destinador: instancia que promueve la acción del sujeto y sanciona su actuación. Destinatario: entidad en beneficio de la cual actúa el sujeto.
Ayudante: o auxiliar, papel actancial de los actores que ayudan al sujeto. Oponente: actores que adoptan la actitud contraria a la del sujeto.
D. Villanueva (1990: 22) ha escrito a propósito de tales modelos actanciales que “estas teorías no lo son, en puridad, del personaje literario, sino de la estructura de la acción, del argumento, de la historia, independientemente de cómo haya sido contada. Nos conducen hasta una estructura superficial, nunca del discurso, y eso no siempre. El
método fue concebido para el estudio de formas elementales del relato”. No hay que olvidar, finalmente, la nueva lectura que Gaudreault propone del cuadro actancial grei- masiano, en su trabajo “Renouvellement du modèle actantiel”, publicado en número 107 de la revista Poétique (1996).