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3. Ser joven hoy en algunas ciudades del suroccidente colombiano *

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del suroccidente colombiano

Ana Yancy Montoya Altamirano**

Todo indicaría, desde la mirada adulta, que los jóvenes en las diferentes épocas se han portado mal. Algunos con dignidad, indignados o sin dignidad. A lo largo de los tiempos, los mayores han debido asistir a la innegable y necesariamente “imparable”

irrupción juvenil y reconocer en sus propuestas transformadoras rumbos interesantes, viables y válidos para la sociedad. De la mano de los jóvenes, se han trazado nuevas formas de plantearse la fe, la política, la ciencia, el cuerpo, los afectos, el medio ambiente y los sentidos que deben alentar la vida. Nuevas formas que constituyen verdaderas rupturas con las generaciones que les preceden y que no se reducen a una oposición etaria, sino que su espectro impacta, ante todo, las configuraciones sociales y culturales existentes, para dar paso a nuevos modos bajo los cuales se dinamiza al sujeto y lo social.

En las últimas décadas, a nivel mundial y local, los jóvenes vienen ocupando en el tejido social un lugar particularmente notorio, en el que se advierten al menos dos matices que, por de- más, resultan contradictorios: por un lado, son los depositarios de la esperanza de sus generaciones predecesoras de que encar- nen, ya no una propuesta renovadora, sino una respuesta eficaz de reestructuración del resquebrajamiento de un mundo que da

* Este trabajo corresponde a la primera parte de la investigación Juventud, violencia y paz en cuatro municipios del suroccidente colombiano, avalada por la Dirección de Investigaciones de la Universidad Autónoma de Occidente.

** Universidad Autónoma de Occidente.

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la impresión se ha salido de la comprensión y el manejo de los adultos tutores; y por otro, cargan con la denominación de seres superficiales, desarraigados de cualquier sentido y amenazantes de la seguridad social.

Es importante señalar que esta contradicción, hasta cierto punto, no es propia de la época actual, sino que ha prevalecido a lo largo de humanidad en el momento en que cada sociedad debe asumir el inevitable traspaso generacional de responsabilidades y privilegios. Miremos, por ejemplo, las siguientes afirmaciones:

La juventud de ahora ama el lujo, tiene pésimos modales y desdeña autoridad, muestra poco respeto por sus superiores y prefiere insulsas conversaciones al ejercicio. Son ahora los tira- nos y no los siervos de sus hogares. Ya no se levantan cuando alguien entra en su casa. No respetan a sus padres. Conversan entre sí cuando están en compañía de sus mayores. Devoran la comida y tiranizan a sus maestros.

Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juven- tud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible.

Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón.

Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de man- tener nuestra cultura.

Esta juventud de hoy no sirve ni para taco de escopeta.

Lo particular de estas frases es que son dichas por adultos de diferentes épocas: la primera se le atribuye a Sócrates, año 470 a 399 a. C., la segunda a Hesíodo, año 720 a. C., la tercera estaba escrita en un vaso de arcilla descubierto en las ruinas de

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79 Babilonia y con más de 4000 años de existencia, y la última fue

dicha por una abuelita, año 2005, siglo XXI.

En ellas se evidencia la peculiar tirantez adulto-joven y la ineludible pregunta de ¿qué habita a los jóvenes que los lleva a portarse mal, en el sentido de desafiar ordenamientos sociales?

Pareciera que, pese a la tensión de los enfoques sobre los términos de joven o adolescente y el relieve que para uno u otro toman los factores sociales y psicológicos, son innegables los avatares internos y externos con los que lidian los jóvenes para encontrar un lugar en el mundo, como es indiscutible también que ese lugar, en el futuro, será, al fin y al cabo, el de relevo generacional.

Es decir que, si se desea atender el problema de la configura- ción de identidades en los jóvenes, no es omisible en estos análisis considerar sus procesos psíquicos que posibilitan, por un lado, su afirmación generacional, y por otro, su orientación hacia la virtud, en la que los valores e ideales sociales pueden hacer que el potencial moral de los jóvenes aflore de manera edificante o que sucumba a las tentaciones narcisistas que esta época alienta bajo el horizonte del “todo está permitido”.

Con esta tensión subjetiva a cuestas, los jóvenes transcurren por escenarios socioeconómicos, no siempre favorables, como es el caso de los jóvenes de esta investigación. Es importante in- dicar que, de los municipios que constituyen su foco: Jamundí, Puerto Tejada, Santander de Quilichao y Cali, este último, no solo concentra la mayor diversidad étnica y cultural colombiana, sino que, notoriamente, ocupa el noveno puesto en la lista de ciudades más violentas del mundo, según el tradicional estudio que el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia

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Penal realiza cada año y cuya última versión presentó en enero de 2014.1

Por otro lado, según el estudio liderado por Foro por Colombia y citado en el periódico El País,2 en Cali, el 34,2 % de su población es joven y el 50 % de estos jóvenes, entre los 15 y 29 años, viven en condiciones de pobreza, habitan en su mayoría sectores como las comunas de ladera y el Distrito de Aguablanca.

Sus pocas oportunidades de educación, salud y empleo, así como el hecho de ser las víctimas de la mayoría de los homicidios que se cometen en la ciudad, evidencian la vulnerabilidad a la que están expuestos cotidianamente.

Con este panorama, se puede dimensionar que, en la actua- lidad, el despliegue subjetivo de estos jóvenes no cuenta con un asidero favorable y puede ser, contrario a lo deseable, conquista- do por cualquier propuesta organizada de infracción a la ley que se traduce en la promesa de un fácil y rápido acceso a lo que se desea, pero que el entorno social precario niega.

Para dar cuenta de algunas formas de ser joven y de las con- figuraciones de identidad de la muestra investigada, se presenta, a continuación, parte de los hallazgos y consideraciones finales al respecto. Es de señalar que resultados sobre “las concepciones de ser joven” y “las identidades relacionadas con la escolaridad, etnia y proyecciones de futuro” no se presentarán con el fin de hacer énfasis en la relación adulto, joven, institucionalidad y violencia.

1 Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, Las 50 ciudades más violentas del mundo 2014, consultado el 6 de agosto de 2018, https://www.

seguridadjusticiaypaz.org.mx/biblioteca/prensa/summary/6-prensa/198-las-50- ciudades-mas-violentas-del-mundo-2014.

2 El País, “El 50% de los jóvenes de Cali vive en la pobreza”, 1 de septiembre de 2014, consultado el 6 de agosto de 2018, http://historico.elpais.com.co/paisonline/calionline/

notas/Diciembre092003/A209N1.html.

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Percepciones de los jóvenes de la relación adulto-joven

Pese a la moratoria social dispensada a los jóvenes, estos ad- vierten las contradicciones y ambivalencias con las que el mundo adulto afronta el devenir de las lozanas generaciones.

Con relación a lo anterior, la siguiente entrevista resulta reveladora:

Digamos que los jóvenes son como ese espacio en que la adultez te dice: Vos ya tenés que tomar decisiones solo, pero en el momento en que vos decís: Bueno, voy a decidir solo, entonces te van a decir: No, pero vos no has terminado de educarte y yo no sé qué. Entonces, siempre como que te exigen, pero no te dan la libertad suficiente para que vos podás decidir por vos mismo.3

Es probable que la inevitable ambivalencia que sufren los adultos frente a los jóvenes lleve a la sociedad a diseñar identida- des juveniles que, además de ser interiorizadas y naturalizadas por la sociedad, en general, pueden tener consecuencias poco alentadoras para los jóvenes, tales como el etiquetamiento, la dis- criminación y la obturación de oportunidades para su adecuado proceso subjetivo. Amartya Sen, citado en Pierre Bourdieu, nos señala: “En ocasiones, una clasificación que es difícil de justifi- car intelectualmente puede, sin embargo, volverse importante a través de dispositivos sociales. […] en otras palabras, el mundo social hace diferencias por el solo hecho de diseñarlas”.4

Con relación a este aspecto, se puede apreciar el comentario de uno de los entrevistados:

3 Entrevista con A. F., 18 de noviembre de 2013.

4 Amartya Sen, Identidad y violencia: La ilusión del destino (Buenos Aires: Katz, 2007), 45.

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Pues hay una exclusión por parte de la sociedad, porque, por ejemplo, uno en la edad que está todo el mundo cree:

No, que… el muchacho está viendo un producto en la tienda, se lo va a robar… eh… Que está caminando por ahí… va a robar a alguien. Porque uno a la edad que está todo el mundo piensa que uno es el malo, que es el que va a hacer daño.

Sí, exacto por lo que decía él, como no tenemos un lugar en especial, se forman las pandillas, y eso ya ha generado un estigma en la sociedad y ya piensan que todos los jóvenes son ladrones, que todos andan armados, que todos… Pues sí, eso es lo que yo opino.5

Por otra parte, aunque los jóvenes reconocen a los adultos su función orientadora y reguladora del comportamiento de los hijos, identifican en ellos a la vez algunas inconsistencias que los confunden en su transitar hacia la autonomía. Se observa aquí que la favorable demanda hacia los adultos de proveerlos de pautas con las cuales conducirse se pone en riesgo ante las propias confusiones y desapegos de los adultos:

Hay veces que hay adultos que dan también como el ejemplo, hay adultos que son ya mayores, o sea, no sé, yo digo, a mí me parece muy inmadura la parte de ellos, ya son unos hombres hechos y derechos que andan con niños de 16, 17 años.

Ellos son en su banda, yo no sé cómo le dicen a eso, y andan con niños de 15 y 16 años, hacen sus cosas, a mí no me parece.6 Yo siempre he querido como buscar a alguien que estuviera pendiente de mí, que yo sintiera que… que no me mostrara el cariño así como de lejos, sino que yo sintiera el apego de esa persona. Entonces yo decía: Si yo hago las cosas bien, que a ella le guste, entonces ella se acercará más a mí… a ver si yo podía encontrar a esa mamá que siempre había querido.7

5 Entrevista con R. O., 18 de noviembre de 2013.

6 Entrevista con M. P., 15 de julio de 2013.

7 Entrevista con K. M., 28 de agosto de 2012.

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83 Este vacío de acompañamiento a los jóvenes, y flexibili-

zación de normas que les trazan un difuso camino, tiene sus consecuencias apenas visibles en las presentes generaciones de jóvenes, cuyas vidas tambalean en opciones sociales de estanca- miento, delincuencia o violencia, y abre preguntas no solo sobre el porvenir de ellos, sino sobre las consecuencias que tendrá en las generaciones que ellos mismos engendrarán y formarán.

Perinat plantea que

en la sociedad de los mayores existían reglas de convivencia, normas de comportamiento público y privado que, sea cual fuere el juicio de valor que merezcan hoy, daban seguridad y hacían del mundo un escenario previsible. Las nuevas generaciones se abren a la vida en un mundo sin apenas reglas, porque hay un vacío de consenso acerca de normas, metas y valores asociados que regulen la vida social.8

La institucionalidad frente a los

jóvenes: percepciones de desamparo e ilusiones de protección

Pese a que las administraciones locales disponen de pro- gramas y estrategias encaminadas a atender a los jóvenes en su desarrollo integral, “en su dimensión social, política, educativa, deportiva, cultural, económica y ambiental”,9 la percepción de los jóvenes frente a los entes gubernamentales es de desatención y falta de reconocimiento hacia la juventud, independiente de la clase social o etnia o de cualquier otra clasificación, lo que, a su juicio, termina finalmente en una conquista de jóvenes por la delincuencia, en ese espacio cedido por la institucionalidad.

8 Adolfo Perinat Maceres, coord., Los adolescentes en el siglo XXI: Un enfoque psicosocial (Barcelona: UOC, 2003), 65.

9 Alcaldía de Santiago de Cali, Jóvenes, consultado 6 de agosto de 2018, http://www.cali.gov.co/jovenes/.

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Ser joven en Cali es un poco difícil, porque no hay un apoyo de la Alcaldía en sí, sino que siempre se dirigen a poblaciones de adultos o de niños, los jóvenes casi nunca nos reconocen en la ciudad, eso sí hay que admitirlo. Y hay muy pocos espacios donde podamos socializar como jóvenes, espacios como más apropiados para nosotros. Eso es… no sé, lo que yo pienso frente a la juventud en Cali.10

En general, en sus relatos, se expresa la preocupación por ha- cer parte de una sociedad en la que las instituciones sociales no pueden garantizarles seguridad, sino que dejan bajo la responsa- bilidad de los jóvenes el cuidado de sí, como si la lógica impuesta por la inseguridad social naturalizara el deber saber protegerse del peligro, y no al contrario, que lo institucional minimice el pe- ligro, proteja a sus menores y los forme en un cuidado de sí que no tenga como principal urgencia la protección de la integridad física y la vida, pues ellas estarían, en principio, a salvo de ame- nazas sociales, gracias a un Estado verdaderamente empoderado en sus funciones político-institucionales y de regulación social.

Los jóvenes muestran claramente cómo, a pesar de sus pretensio- nes de libertad, autonomía y autodominio, son más vulnerables de lo que, incluso, llegan a ser conscientes o en aquello que la sociedad da por sentado en ellos.

Yo pienso que el tema de la seguridad en Cali es alarmante y pues hay muchos menores de edad que se quedan hasta tarde en las calles, entonces se exponen demasiado a… pues a esos peligros y desafortunadamente los cogen mal parqueados, y por lo menos ahorita pierden la vida como otros por cualquier situación. Esto pasa a cualquier hora del día y hay personas que se exponen demasiado y no saben […] no saben cuidarse, protegerse y ellos dicen que se saben defender… que se saben defender en la calle, hay unos que dicen que se pueden defender solos, pero no es así, realmente no es así.11

10 Entrevista con L. G., 18 de noviembre de 2013.

11 Entrevista con D. J. 18 de noviembre de 2013.

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85 En todo caso, en las narraciones, los jóvenes dejan ver que

por sus ojos pasa un Estado, entes gubernamentales y sociedad debilitados, ineficientes e ineficaces frente a la protección de sus ciudadanos y a la regulación de vínculos sociales:

No solamente somos nosotros como jóvenes, sino todos los ciudadanos estamos expuestos a que nos roben. Y si la Alcaldía, la Gobernación e, incluso, la Presidencia no hacen algo al respecto para que se mejore la seguridad en el país, vamos a seguir en las mismas. No va a cambiar absolutamente nada.12

Pero, sobre todo, pasa por sus ojos la ilusión de que a la gente “no le dé lo mismo robar y matar” o, al menos, que la socie- dad adulta les provea de toda orientación y protección. En este aspecto, ante la ilusión de jóvenes y adultos sobre el papel del Estado, resulta pertinente acoger los aportes de Sigmund Freud13 y Anthony Sampson,14 quienes señalan que, aunque es lógica tal pretensión como lo es que se les apueste a ordenamientos sim- bólicos que calmen la agresividad, siempre hay un tercero al que se le asigna un poder que media entre las partes que están en tensión. Pero ese tercero, que en este caso es el sistema social y el Estado, tiene un origen violento, y en uso de su poder, en momentos de tensión, puede permitirse injusticias, violencias y desatenciones.

12 Entrevista con L. G., 18 de noviembre de 2013.

13 Sigmund Freud, “De guerra y muerte: Temas de actualidad”, Obras completas, vol. XIV (Buenos Aires, Amorrortu, 1915), 301.

14 Anthony Sampson, “Reflexiones sobre la violencia, la guerra y la paz”, en Violencia, guerra y paz: Una mirada desde las ciencias humanas, eds., Angelo Papacchini, Darío Henao Restrepo y Víctor Mario Estrada (Cali, Universidad del Valle, 2000), 71-99.

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La violencia y su relación con los jóvenes

La compleja constitución psíquica humana, la infortunada conjugación de componentes psicológicos, en general incons- cientes en los adultos sobre el sentido de “amenaza” que para ellos representan los jóvenes, y las situaciones socioeconómicas inseguras, presentes, por ejemplo, en los municipios indagados, hace que la vulnerabilidad propia del ser joven sucumba, en algunas ocasiones, ante los riesgos de la violencia y de grupos delincuenciales organizados, a los que les conviene que los jó- venes abandonen sus múltiples identidades y se arraiguen solo a la de “infractor de la ley”, que les garantiza, fantasiosamente, la adquisición rápida de sus sueños materiales. Sen expone:

“La incitación a ignorar toda filiación y toda lealtad distintas de las que emanan de una identidad restrictiva puede ser pro- fundamente engañosa y también contribuir a la tensión y a la violencia sociales”.15

Digamos que es decir como: Ve, yo te doy cien mil pesos, y vas y matás a este man, y vas y pasás como tres meses en la cárcel de menores y salís. Y pues si el man no tiene cómo conseguir la plata, pues cien mil pesos por tres meses, pues…

digamos que es un buen negocio para él. Entonces yo creo que es más también la falta de educación y de conciencia de las personas al quitar una vida por cien mil pesos. O sea, no solamente es como que dé papaya, sino la impunidad que tienen los actos violentos.16

Lo particular es que no todos los jóvenes, así como tampoco todos los adultos, inclusive compartiendo condiciones sociales adversas, toman el camino de la violencia. Por el contrario, muchos presentan estupor ante un panorama violento y buscan

15 Amartya Sen, Identidad y violencia: La ilusión del destino (Buenos Aires: Katz, 2007), 46.

16 Entrevista con A. F., 18 de noviembre de 2013.

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87 asirse a aquello que pueda alejarlos de escenarios violentos,

contrastando con aquellos que se orientan hacia conquistas nar- cisistas en las que la violencia es una promesa de goce. “Cuando termine el colegio, no quiero hacer nada, yo quiero tener plata, ir a la Policía o el Ejército, trabajar, tener muchas propiedades aquí en Colombia y en el extranjero”.17

En relación con los procesos de identificación de los jóvenes, Sampson18 plantea que hay una particular relación entre vio- lencia y apego a la vida, que permite comprender alguna de las razones por las cuales los jóvenes están en el ojo del huracán de la violencia. Se sostiene que aquel que se encamina hacia la vio- lencia es porque su apego a la vida no es aún lo suficientemente consistente. Se encuentran en el relato de los jóvenes entrevista- dos alusiones a ello. Se explican acciones violentas de sus pares desde la indiferencia ante la vida y observan una temprana mo- tivación en ellos en pertenecer a grupos bélicos. Otros expresan abiertamente su deseo de enfilarse en grupos donde es claro su carácter de agresión y violencia, así esté legitimada socialmente.

“Hum… indiferencia ante el valor de una vida, porque pues es lo que más se pierde y también la falta de responsabilidad social por el bienestar de las personas, muchas veces influyen muchos los equipos (de fútbol) ¿no? Las barras… no sé aquí como se lla- me, del Cali y el América… eso influye mucho acá”.19

La guerra, como muy bien lo comprendió primero que todo el fascismo, es, en la época moderna, cosa de los jóvenes, de los adolescentes. Los combatientes, los que matan y dejan sus cuerpos mutilados en el campo de batalla, son justamente los menos comprometidos con la vida, los menos atados

17 Entrevista con G. D., 15 de agosto de 2014.

18 Sampson, “Reflexiones sobre la violencia, la guerra y la paz”. En Violencia, guerra y paz: Una mirada desde las ciencias humanas, eds., Angelo Papacchini, Darío Henao Restrepo y Víctor Mario Estrada, 71-99. Cali, Universidad del Valle, 2000.

19 Entrevista con L. G., 18 de noviembre de 2013.

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a los recuerdos, los más fascinados —como los antiguos griegos de la epopeya homérica— por el espectáculo de la agonía y la arbitrariedad del sino. No han tejido los lazos con la lenta repetición de los días y de las noches que confiere densidad a la vida humana; no les habita, en palabras de Paul Eluard, el “duro deseo de durar”. Por lo general, no poseen más formación que la militar, y su única “familia” son sus compañeros de armas.20

Por otra parte, la vulnerabilidad de los jóvenes a quedar atra- pados en agresiones y violencias, como víctimas o victimarios, se intensifica si se atiende a que, en estas edades, la configuración de identidades pone de relieve la vivencia en grupos de pares que posibilitan tanto reconocerse como un ser distinto como vi- vir experiencias similares y en conjunto, que le dan sentido de pertenencia generacional para enfrentar el mundo. En estos gru- pos de pares, la violencia puede ser invocada como una forma de identidad, que obedece a la necesidad de ser reconocido y respetado por los demás.

El siguiente relato es ilustrativo al respecto: “No, pues…

Los jóvenes hoy en día… El más violento es el más respetado y para ganar respeto en las calles de esa forma se la ganan, sea cual sea […] que hasta el más rico hasta el más pobre, en todos lados hay violencia… pues yo creo eso”.21

Sin embargo, estas formas de identificarse en las que la agresividad se encarna no se corresponden con el nivel máxi- mo de manifestación de la agresividad: la violencia descarnada y la muerte. Para llegar a ella, no basta una frágil construcción simbólica, como tampoco el impulso de hacerse respetar o el de

20 Sampson, “Reflexiones sobre la violencia, la guerra y la paz”. En Violencia, guerra y paz: Una mirada desde las ciencias humanas, eds., Angelo Papacchini, Darío Henao Restrepo y Víctor Mario Estrada, 71-99. Cali, Universidad del Valle, 2000.

21 Entrevista con J. D., 18 de noviembre de 2013.

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89 conformar grupos de pares dominantes, pues las contenciones

psíquicas defienden al sujeto del desborde, del caos que repre- sentaría violar uno de los grandes ordenamientos simbólicos de la humanidad como es el de no atentar contra la vida de otro y contra la propia. Desde una perspectiva psicoanalítica, tal violación implica “un aprendizaje muy intenso” mediado por la sujeción a una fuerte autoridad, a la que se le prodigue desme- surada obediencia y que al servicio de una ideología se justifique tal disolución de amarres simbólicos frente al respeto a la vida.

“Es que aquí en Jamundí hay un poco de matoncitos sin freno, no más les dan un fierro y ni siquiera conocen el patrón, porque, es verdad, les dan un fierro y matan por nada, marica”.22

Sucede, entonces, que los actos de violencia de jóvenes de las poblaciones estudiadas, registrados cotidianamente por los medios de comunicación, más que a deliberaciones indivi- duales propias, siempre están asociados a grupos infractores y delincuenciales, a los que se les supone una estructura, unos líderes o cabecillas, una ideología de derecha, de izquierda o simplemente que represente una visión de mundo individualista muy propio de la actualidad, a los que jóvenes con las ruptu- ras simbólicas descritas acuden con motivación y convicción.

Esto, por supuesto, no descarta casos diferentes en que jóve- nes no lábiles terminan enfilando las rutas de la violencia, por presión, secuestro, desespero social y moral e, incluso, por pa- tologías psicológicas, pero tal vez estos casos no sean los más representativos de la verdadera violencia de las poblaciones es- tudiadas y del país. La situación política, económica y social y las tensiones ideológicas de la nación son escenarios propicios para el cultivo de la violencia, en cuanto cumplen con los requisitos que ella exige.

22 Entrevista con K. J., 15 de julio de 2014.

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Consideraciones finales

Así los adultos de la época insistan en señalar a los jóvenes como seres superficiales, individualistas y desarraigados, ellos constituyen la esperanza de renovación del mundo, por su simple capacidad de iniciativa.23 Tal como se ha demostrado a lo largo de la humanidad, ellos han ofrecido nuevas formas de pensar la cultura, las creencias, las ideologías y los vínculos con otros. Por tanto, la sociedad adulta, desde todos sus ámbitos, les debe orientación y protección.

Sin embargo, es evidente que algo falla en los adultos a la hora de hacerse cargo de ellos. El origen de esta falla es más oculto que evidente. Se hace inconsciente en cuanto resulta per- turbadora la idea de declinar ante la llegada de otros que sabrán comprender el mundo, desenvolverse en él y mantenerlo, desde sus propias visiones y acciones.

Para los adultos de esta época, de inspiración narcisista, es más angustiante cualquier idea de caducidad, pues todo está al servicio de la ilusión de inmortalidad y disfrute, condiciones más cercanas a la juventud. Así, envejecer, tener responsabilidad y capacidad de juicio no son opciones coherentes con las pro- puestas de la actualidad.

De ahí que los jóvenes no solo se percaten de la dificultad de los adultos para asumirlos a cabalidad, sino que anhelen atención y amarres afectivos con ellos de mayor certeza, y mayor claridad y consenso en los ordenamientos que los orientan sobre los vínculos que deben establecer con lo social.

23 Hannah Arendt, La condición humana (Barcelona: Paidós, 1993), 11.

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91 El llamado de atención no se restringe a sus seres más

íntimos. Desde una conciencia de civilidad, notan que la institu- cionalidad social es inefectiva y los deja en el mayor desamparo vital. En consecuencia, crecen en un sistema social que naturaliza la irresponsabilidad y la violencia, desde donde asumen como también “natural” que sean ellos los que deban hacerse cargo de ellos mismos y donde se culpabilizan cuando no lo hacen.

Es decir, que ser víctima de cualquier agresión o violencia ocu- rre porque no se ha cuidado debidamente, “ha dado papaya”.

Cuando lo no debido es el medio que el adulto y la sociedad le ofrece para desplegar su potencial de iniciativa.

Las agresiones y la violencia con las que usualmente, en estos territorios, se enuncia a los jóvenes, en general, no se inscriben en la individualidad de ellos. Son, ante todo, fenómenos de carácter político, económico y social que calan hondamente en el psiquis- mo de algunos jóvenes lábiles en sus ordenamientos simbólicos, que los hace receptores de ideologías que diluyen la dicotomía yo/otro, bajo la falacia de una conquista absoluta de lo que se quiere, sujetada por el poderío de un jefe irrestricto.

Desde estas consideraciones, pensar en posibilidades pa- cifistas para la sociedad y estos jóvenes, por la vía de tejidos simbólicos más precisos y de inclinación al bien, implica, entre muchos aspectos, cuestionar el psiquismo adulto frente al lugar que en él tienen los jóvenes, no olvidar el origen violento del Estado y sus hoy frecuentes tendencias totalitarias que desde una perspectiva de sujeto cobija, por supuesto, a los jóvenes.

Conlleva también pensar en las razones que hacen que cobren poder ideologías, legítimas o no, y sus líderes, en los jóvenes.

De ahí que la intención loable de fortalecer la institución edu- cativa, la familia, o la institucionalidad, o de diseñar estrategias y acciones educativas para los jóvenes, per se, en lo que muchos

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posan sus esperanzas, puede resultar ineficaz e irrelevante en la atención que la problemática de la violencia-jóvenes requiere.

La circularidad de acciones sociales y educativas, que se repite década tras década, y su fracaso que se evidencia en el recrudeci- miento y las formas inéditas de la violencia, no solo son ejemplos de una necesidad de pensar desde otras perspectivas el fenóme- no de la violencia, sino que admiten el cuestionamiento de por qué una sociedad y sus adultos insisten en mantener acciones poco efectivas a problemáticas que nombran como apremiantes o insostenibles. El sostenimiento de ellas a lo largo del tiempo y permitir su densificación también dice de sus actores en calidad de tutores.

Obras citadas

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Referencias

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