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Los Dioses. Francisco A. Baldarena. textos.info biblioteca digital abierta

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Academic year: 2022

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Los Dioses

Francisco A. Baldarena

textos.info

biblioteca digital abierta

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Texto núm. 6869

Título: Los Dioses

Autor: Francisco A. Baldarena Etiquetas: cuento

Editor: Francisco A. Baldarena

Fecha de creación: 30 de agosto de 2021 Fecha de modificación: 2 de agosto de 2022

Edita textos.info

Maison Carrée c/ Ramal, 48

07730 Alayor - Menorca Islas Baleares

España

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Los Dioses

I

Los remolinos del viento helado levantaban unas tras otras largas llamaradas en la hoguera que habían encendido en la entrada de la cueva;

el resplandor de luz anaranjada y amarilla deformaban las sombras proyectadas sobre las paredes oscuras de los hombres que, a cada tanto, se acercaban a la entrada para juntar brasas con un omóplato de bisonte destinadas a alimentar el fuego en el círculo de piedras, en el centro de la cueva a cuyo alrededor, hombres y mujeres con sus hijos pequeños en los brazos y los demás durmiendo pegados a sus espaldas, apretujados los unos a los otros, formaban un segundo círculo.

Discutían sobre la estrategia de caza del día siguiente cuando, por un breve momento, un rayo silencioso iluminó la oscuridad más allá de la entrada.

Alarma general; las mujeres buscaron los rincones de la cueva, abrazadas a sus hijos, y los hombres, empuñando lanzas y cuchillos de obsidiana, corrieron a la entrada, pero ya lo que fuere que haya sido aquel rayo, se extinguía detrás de la espesura del bosque que rodeaba la cueva. Mudos y con expresión incomprensible en los rostros, se quedaron mirando hacia ese punto impreciso.

A Montaña Azul, el jefe de la tribu, le pareció que aquello pudiera ser un signo de mal augurio, un anuncio de una tragedia mayor.

De cualquier manera, al amanecer iremos a investigar, dijo, al fin, y los demás hombres concordaron.

Arroyo Zigzagueante, su compañera, cuando el marido le contó lo que pensaba, ellas le sugirió consultarlo con el chamán.

II

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hollín. Montaña Azul descubrió la calavera amarillenta y la puso sobre una de las piedras del círculo, pero el mensaje en forma de tremulante luz anaranjada transmitido desde las cavidades oculares fue imposible de ser interpretado.

El chamán ya duerme el sueño eterno, nada nos puede decir, dijo Hueso Blanco, el segundo en importancia en la tribu. Montaña Azul, Arroyo Zigzagueante y los hombres y mujeres que se habían aglomerado alrededor de la calavera del chamán para escuchar lo que tuviera para decir, concordaron.

Hueso Blanco está cierto, el poder de ver lo que se esconde a nuestros ojos se fue con él, y ahora debemos interpretar las cosas del mundo y del cielo por nosotros mismos, opinó Montaña Azul.

Después echaron más brasas al círculo de fuego y se recogieron en sus rincones y desaparecieron debajo de las pieles de animales salvajes.

III

El sol bendecía la tierra con los primeros rayos y los hombres de la tribu hacía bastante tiempo que marchaban en la espesura boscosa; seguían el curso del río que cortaba el bosque como una cicatriz sinuosa. Cerca del mediodía llegaron a la Gran Roca, una inmensa placa de piedra caliza en un recodo del río, donde atraparon peces y allí mismo asaron y comieron.

Después del almuerzo reanudaron la marcha entre los altos árboles, siguiendo la misma dirección del rayo.

A media tarde dieron con lo que habían venido a buscar.

Allí estaba, en un claro del bosque, una nave plateada reflejando destellos luminosos sobre la vegetación circundante, silenciosa y amenazadora.

Los hombres se quedaron escondidos entre los árboles a una distancia prudencial, esperando que alguien saliera.

El crepúsculo anticipaba la noche cuando, a un costado de la nave, se abrió un portal del cual emergió una escalera luminosa que deslizó suavemente hasta tocar el suelo. Vistiendo atuendos inconcebibles, dejaron ver sus siluetas en la entrada luminosa un hombre y una mujer.

Bajaron escrutando las primeras estrellas que ya empezaban a hacerse

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visibles en el firmamento. En sus manos sostenían un extraño artefacto que despedía destellos luminosos.

Cuando llegaron al suelo elevaron al cielo los respectivos artefactos, con la clara intención de enviar señales al espacio.

Eso fue lo que interpretó Montaña Azul, que inmediatamente ordenó el ataque.

¡Ahoraaa!

La voz potente de Montaña Azul detuvo las intenciones del hombre y la mujer que ante la repentina aparición de la horda salvaje soltaron los artefactos y levantaron las manos, y al cabo de ello fueron atravesados de lado a lado por filosas lanzas. Fin de su aventura.

Juntemos ramas y troncos, ordenó Montaña Azul.

IV

Esa noche la pasaron alimentando la hoguera alrededor de la nave. Con lo que la luz del nuevo día los encontró contemplando un oscuro y humeante montón de chatarra retorcida; a un lado asomaban de las cenizas algunos restos de huesos ennegrecidos.

¿Será que vendrán más dioses?, preguntó Hueso Blanco, con la vista puesta en el cielo de un límpido azul.

No sé, si el chamán todavía viviera tal vez podría decírnoslo, respondió Montaña Azul.

Si no enviaron señales antes de que les cayéramos de sorpresa anoche, puede que los demás no se enteren que la tierra ha vuelto a recobrar el antiguo equilibrio, dijo Hueso Blanco. Montaña Azul miró la vegetación, el cielo, la chatarra retorcida después y por fin señaló:

Ojalá así sea, la historia no debe volver a repetirse.

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Referencias

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