• No se han encontrado resultados

Los Gallináceos. Francisco A. Baldarena. textos.info Libros gratis - biblioteca digital abierta

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Los Gallináceos. Francisco A. Baldarena. textos.info Libros gratis - biblioteca digital abierta"

Copied!
9
0
0

Texto completo

(1)
(2)

Los Gallináceos

Francisco A. Baldarena

textos.info

Libros gratis - biblioteca digital abierta

(3)

Texto núm. 6827

Título: Los Gallináceos

Autor: Francisco A. Baldarena Etiquetas: cuento

Editor: Francisco A. Baldarena

Fecha de creación: 9 de agosto de 2021

Fecha de modificación: 4 de diciembre de 2021

Edita textos.info

Maison Carrée c/ Ramal, 48

07730 Alayor - Menorca Islas Baleares

España

Más textos disponibles en http://www.textos.info

(4)

Los Gallináceos

La gallina creyó que el gallo estaba enloqueciendo. De un día para el otro apareció con el cuento de que no creía que el mundo fuera solamente hasta donde ellos podían ver, ni que el gallinero fuera el centro del universo.

"No creo que la vida sea la realidad en que vivimos, sino apenas un aspecto de ella", le dijo el gallo, picoteando a su alrededor.

La gallina, sin descuidar su quehacer, le respondió:

"¿Acaso te falta algo? Mírate la pechuga, gallo, está que explota".

"Tú dices eso porque en lo único que piensas es en comer todo el santo día, pero dime una cosa, ¿de dónde crees que viene la ración que nos alimenta, hmm?"

La gallina paró su actividad, estiró el cogote y miró hacia un punto del bosque.

"De allá", le dijo, señalando con un ala.

"¡Ajá! Pero ¿y qué crees que hay detrás del bosque, eh?", replicó el gallo, desplegando las alas.

La gallina lo miró de arriba abajo.

"Gallo ingenuo, es tan evidente que hasta un pollito recién salido del cascarón lo podría adivinar: más bosque, gallo, más bosque", después siguió con su picoteo.

El gallo, contrariado, arañó el piso varias veces.

"¿Y de dónde crees que viene todo lo que ves que no sea de madera,

(5)

como el alambrado, las chapas del granero, las herramientas y el tractor y el arado?, por darte solo unos pocos ejemplos, vaya a saber uno qué más hay dentro de la casa del amo".

"¡Pero qué gallo testarudo!, todo viene del bosque", respondió la gallina, sujetando con una pata la lombriz que acababa de sacar debajo de un cascote.

"¡Pero gallina de Dios!, ¿acaso crees que el bosque es mágico? No te das cuenta que allí solo hay árboles, animales y pájaros, acaso algún que otro fruto silvestre y nada más", replicó el gallo, levantando las alas al cielo.

La gallina volvió a mirarlo con detenimiento.

"Sabes una cosa, gallo, tú te haces demasiadas preguntas sobre cosas que a nosotros los gallináceos no nos incumbe. El mundo es lo que ves y la vida es como es y punto. Nosotros damos los huevos y los amos no dan casa y comida a cambio, ¿qué más armonía que esa? Es el equilibrio perfecto".

"¿Huevos nada más?, ¿y qué me dices de los gallináceos que de vez en cuando son llevados a la casa y nunca más les vemos las plumas, eh?" El gallo sacudió la cresta un par de veces y esperó la respuesta.

La gallina paró con el picoteo.

"Creo que deben estar en otra granja para que no haya superpoblación.

Eso creo yo, ¿estás conforme ahora?" La gallina volvió a bajar la cabeza y a seguir escarbando sistemáticamente.

"Ahí está el problema, en el conformismo, en la normalidad".

"¿Y cuál es el problema en conformarse? Si se está conforme quiere decir que está todo bien, ¿para qué complicarse la vida?", dijo la gallina, escupiendo una piedrita.

"¿Y de la normalidad, qué me dices? Deberías darte cuenta que si hay

(6)

normalidad es que algo raro pasa", insistió el gallo.

"Algo raro debería haber con lo anormal", retrucó la gallina.

"¡No y no gallina!, ¿acaso tú has sido la normalizadora de nuestras vidas?", retrucó el gallo.

"¡Claro que no! ¿Quién soy yo? Para eso está el amo", le contestó la gallina.

"¿Entonces?, no ves que él es quien normaliza todo y nosotros lo único que hacemos es decir que está todo bien, que la vida es así y nos conformamos con la normalidad de cambiar huevos por bienestar". El gallo sacudió el cuerpo.

"Dime una cosa, hasta no hace mucho tiempo nunca habías dicho nada sobre nuestra vida, pero desde unos días para acá se te ha dado por cuestionar nuestro mundo, ¿qué pasa contigo?, ¿qué bicho te picó?", preguntó la gallina, mirándolo seriamente.

"Es que se me dio por pensar", dijo el gallo, tocándose la cabeza con un ala.

"Ajá, y ahora te preocupas por algo que nunca cambiará. Creo que tu problema es que piensas mucho sobre todo. Así envejecerás antes de tiempo, gallo", respondió la gallina, tocándose también la cabeza.

"Mira, cuando muchos piensan poco es porque hay pocos que piensan mucho", retrucó el gallo.

"No entendí ni un pío, ¿puedes explicármelo mejor?" La gallina paró su actividad.

"Muy bien, ¿cuánto somos en el gallinero?"

"Creo que somos unos cien gallináceos", respondió la gallina.

"Ajá, cien gallináceos que pensamos poco y decimos que la vida es así y asado, pero que, en realidad, es como nuestro amo no la muestra. Ahí tienes un ejemplo, cien que pensamos poco hacemos lo que uno, ¡solo

(7)

uno!, dice qué hay que hacer".

"¿Y de qué me sirve a mí saber eso si ahora que ya lo sé no puedo cambiar lo instituido?", preguntó la gallina.

El gallo miró hacia el bosque.

"Te sirve para no aceptar las reglas impuestas por otros. Con esto quiero decir que puedes pensar por ti misma, volar sobre el alambrado y huir hacia allá y seguir y seguir y seguir, y hacer lo que quieras libremente como los animales salvajes y los pájaros", dijo el gallo, señalando el bosque.

"Sí, y que me coman los zorros o los gatos salvajes, o me atrape el amo, que no se quedará con los brazos cruzados pensando con tristeza cuán sabrosos eran mis huevos, sino que saldrá con los perros detrás de mí y entonces estaré de vuelta aquí en menos de lo que canta un gallo", retrucó la gallina, mirándolo de lado mientras seguía escarbando y picoteando.

El gallo se rascó la cresta y se quedó pensando un rato con la vista puesta en el bosque. De pronto, percibió en uno de los árboles un alboroto de hojas y enseguida una pequeña lluvia de plumas cayendo suavemente como la nieve en un calmo día de invierno.

"Creo que tienes razón, gallina; nuestra desgracia es haber nacido gallináceos en un mundo gobernado por hombres", dijo al fin el gallo, suspirando con resignación mientras se ponía a picotear a la par de la gallina, como todos los días de su vida.

Los Gallináceos by Francisco A. Baldarena is licensed under a Creative

Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0

(8)

Internacional License.

(9)

Referencias

Documento similar

Ella eleva la Patria al alto asiento De la gloria inmortal, deslumbradora, Y cual de fresca brisa al soplo lento Reverdece el matiz de flor odcra:. Tal la educación al

En el transcurso de los quince años que llevaba desempeñando la mayordomía de la Estancia, jamás nadie se había levantado antes que él y cuando aparecían en el galpón los

Así creció la fama del operador asceta que dedica su faena á la sociedad en que vive, devolviéndole útiles los obreros que le entregan como ruedas inservibles en el engranaje

Era hombre bueno y admirado que veía el corazón del Chino y se imaginaba que era desgraciado porque lo veía pequeño, solo y con el cuello irritado..

Cada hijo pensaba que los padres ya habían vivido más que ellos y que el otro hermano no era tan bueno como él; el padre, que sus hijos tenían todo el futuro por delante,

Cuando Bartolo, aturdido por el chaparrón de contumelias, se refugiaba en su cuarto, como quien huye de un perro rabioso, ella, á través del ojo de la cerradura,

el resplandor de luz anaranjada y amarilla deformaban las sombras proyectadas sobre las paredes oscuras de los hombres que, a cada tanto, se acercaban a la entrada para juntar

Bueno y pacífico como era, habría muerto á quien hubiese osado decirle que la tal historia era un monumento de palabras huecas, de falsedades y de vulgaridades como un alegato