Miss Simpatía
Francisco A. Baldarena
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Texto núm. 6897
Título: Miss Simpatía
Autor: Francisco A. Baldarena Etiquetas: cuento
Editor: Francisco A. Baldarena
Fecha de creación: 11 de septiembre de 2021 Fecha de modificación: 4 de diciembre de 2021
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07730 Alayor - Menorca Islas Baleares
España
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Miss Simpatía
I
26 de abril, en una inmobiliaria del centro, a las tres y veintidós de la tarde.
1) Ella.
Está agachada, sacando el dinero de la caja fuerte.
Alguien entra. Larga todo y sale rápido de la oficina, a ver qué quiere.
Abre la puerta, adquiere su mejor sonrisa, y sale.
2) Él.
Agarra el maletín del asiento del pasajero y baja del auto.
Entra a la inmobiliaria, no hay nadie. Cierra la puerta y se vuelve. En el mismo momento una simpática joven, de larga melena rubia, sonriendo, sale de una puerta.
3) Ambos.
¡Buenas tardes! ¿En qué puedo ayudarle?, le dice ella, sin perder la sonrisa, a un joven con uniforme militar, de gala, del otro lado del escritorio. Mientras le dice esto, detecta de inmediato el maletín que él sostiene en la mano izquierda.
Buenas tardes, responde él, mirando únicamente una simpática boca sonriéndole.
Es su mejor sonrisa, ella lo sabe y saca partido. Cinco segundos de vistas cruzadas y silencio es la medida justa, después de eso es ridículo y antes precipitado. Pone las manos en la cintura, inclina ligeramente la cabeza hacia el hombro izquierdo y anima al joven a hablar.
Él cierra y abre los párpados varias veces seguidas, fingiendo salir de una abstracción, porque es su manera de hacerle saber a una mujer que ella lo ha impactado.
Estoy buscando un departamento para alquilar y tiene que ser para hoy...
Hace una pausa.
Vi uno, amueblado (al decir esto se da vuelta y señala la vidriera), que me gustó, y si es posible ir a verlo ahora, cerraríamos el negocio hoy mismo.
La última frase la complementa dándole tres palmaditas al maletín que sostiene en la mano izquierda.
Ella imagina posibles contenidos dentro del maletín, pero no titubea, ni pierde la sonrisa.
Sí, no hay problema, dice.
En su profesión el mejor es el que actúa con más rapidez. Vuelvo enseguida, dice luego y vuelve a la oficina.
A él le parece que la simpática habla con alguien.
Y tras un minuto la ve volver, sonriente, y ponerse a buscar algo en un cajón del escritorio.
Acá están, dice ella, mostrándole al joven un manojo de llaves; después busca la del departamento señalado por él. La encuentra, la mete dentro de la mochila que trae colgada en un hombro y le dice, sonriente:
¡Vamos, entonces!
II
Rumbo al departamento, en el auto del joven, a las tres y veintinueve.
1) Él.
Le cuenta que es teniente coronel, y para impresionarla, aclara que es el más joven de los de su clase en conseguirlo.
2) Ella.
estar atenta al mensaje subliminal: él la desea.
Después hablan de otras cosas.
III
Llegan a la dirección y entran al departamento, son las cuatro y doce.
1) Ella.
Y por supuesto, hay que atacar de sorpresa.
Cierra la puerta y le dice, sin preámbulos, directa, sonando a confesión, pegada a la nuca de él:
Siempre me han fascinado los militares, principalmente cuando visten uniforme de gala.
2) Él.
Ha triunfado una vez más: se vuelve y facilita la seducción, dejándose caer dócilmente en el sofá detrás de él, empujado por los dedos de ella sobre su pecho.
3) Ella.
Pasa por detrás del sofá, se inclina, abraza al joven y junta las manos en el pecho y le susurra al oído palabras lascivas.
4) Él.
Tiene los ojos cerrados, detrás de los párpados sueña con lo que se viene.
Siente las manos de ella retirarse. Ahora la imagina desabotonándose la blusa.
5) Ella.
Rapidez absoluta.
Saca de uno de los bolsillos laterales de la mochila un frasco con cloroformo y un paño. Embebe el paño, guarda el frasco.
Y sincronización.
Lleva la mano con el paño a la boca de él, y abraza con fuerza su cabeza.
Unos segundos de resistencia y acaba todo.
6) Él.
Siente, entonces, que le tapan la boca, y que se va del todo a la nada IV
En el departamento, son las cinco pasadas.
1) Él.
Despierta: se encuentra solo, la simpática se ha ido y se ha llevado el maletín.
V
El mismo día, en una casa de un barrio elegante, a las once y cuarenta y siete de la mañana.
1) Él.
Acerca la cara a la de la mujer acostada a su lado. Está dormida. Ha hecho un buen trabajo: la mujer acostada a su lado, satisfecha, duerme profundamente; una leve sonrisa lo confirma.
Se levanta, muy despacio, con cuidado de no despertarla. Recoge las medias ligas que ella ha dejado caer junto a la bombacha y el corpiño.
2) La mujer.
Despierta: está siendo amordazada por el amante casual. El peso del amante sobre la espalda la inmoviliza. Siente las manos atadas en la espalda.
3) Él.
Después de atar los pies a la mujer la deja sola; cuando vuelve trae un cuchillo en la mano.
4) La mujer.
Al ver entrar al amante armado con un cuchillo, prevé su fin. Se agita y consigue quedar boca arriba, la cara se le enrojece, sus gritos ahogados mueren en la mordaza.
5) Él.
Sujeta la cabeza de la mujer por los cabellos y le dice, apoyando la punta filosa del cuchillo debajo del ojo izquierdo:
Dame la clave de la caja fuerte y no te desangro como a un chancho,
¿entendiste bien?
6) La mujer.
Tiene los ojos agrandados, casi a punto de querer salírseles de las órbitas, le duelen. Asiente.
7) Él.
Afloja la mordaza para que ella le pase la clave. Después vuelve a ajustarle la media y va al despacho del marido.
8) La mujer.
Al rato, ve al amante volver con un maletín en la mano, dejarlo sobre la cómoda e ir al ropero.
9) Él.
Abre el ropero, corre las perchas, hurga entre los trajes del marido y encuentra un traje militar, de gala. Minutos después abandona la casa y en el auto de ella se dirige a la inmobiliaria, donde ha visto por la mañana el anuncio del alquiler de un departamento, en el centro, que le ha gustado.
VI
En una comisaría, a las siete de la noche.
La dueña de la inmobiliaria relata a un agente, el robo sufrido esa misma tarde:
"Yo estaba en mi despacho, en el fondo, hablando por teléfono con un cliente, cuando oí la puerta de entrada. Entonces interrumpí la llamada y
fui a atender. Era la muchacha. Sonriente, toda simpatía ella; cara de ángel, pelo rubio, lacio y largo, ojos celestes. Ni me dejó preguntarle qué quería; sacó un revólver o una pistola, la verdad no sé la diferencia entre un arma y otra. En fin, me redujo y obligó a abrir la caja fuerte. Después me encerró en la despensa donde tengo los artículos de limpieza, atada y amordazada con cuerdas que ella sacó de la mochila que traía con ella.
Por el hueco de la cerradura la veía poner todo el dinero en la mochila. De repente oí que alguien entraba al negocio, temí que fuese un cómplice.
Ella largó la mochila en el piso y salió. La oí hablando con alguien. Al ratito ella volvió, me aflojó la mordaza y me preguntó dónde guardaba las llaves de los departamentos y las casas. Bueno, le dije donde estaban y que en cada, descrito en un papel colado en ella, indicaba a qué propiedad correspondía. Entonces me volvió a ajustar la mordaza y después, de espaldas a mí, se puso a hurgar en la mochila. Cuando se volvió, me tapó la nariz con un pañuelo y me desvanecí. Y hace una media me despertó mi marido, que vino a la inmobiliaria a ver si me había pasado algo, porque yo demoraba en llegar a casa y tampoco contestaba el teléfono".
VII
En el aeropuerto, a las siete y tres.
1) El vendedor de pasajes aéreos.
Siente carraspear a sus espaldas, se da vuelta y ve una angelita de pelo negro y anteojos de aumento, sonriendo un sol de primavera.
2) Ella.
Le pide un pasaje para el vuelo a Europa de las siete y veinte.
3) El vendedor.
Sí, en el acto, le responde, acompañando la afirmación con una lánguida sonrisa romanticona estampada en el rostro.
De inmediato se pone a buscar el pasaje en un cajón.
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