La Vana Espera
Francisco A. Baldarena
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biblioteca digital abierta
Texto núm. 6913
Título: La Vana Espera
Autor: Francisco A. Baldarena Etiquetas: cuento
Editor: Francisco A. Baldarena
Fecha de creación: 16 de septiembre de 2021 Fecha de modificación: 1 de agosto de 2022
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La Vana Espera
Muere la tarde, crece la espera; el tipo está inquieto, anda de aquí para allá. De lejos se le nota la crispación, pero sobre todo la rabia, en los puños cerrados y las mandíbulas apretadas, y que espera a alguien que demora a llegar. Lo que corrobora de manera inconsciente, o porque no está ni ahí con lo que piensen de él, cuando patea una lata de gaseosa y la hace volar y perderse entre las flores de un cantero cercano, y por el dramatismo que pone al secarse la frente; parece que va a convulsionar.
Todo el tiempo mira hacia una esquina de la plaza en particular. ¿Espera una novia, una amante, o alguien de quién está enamorado sin que el otro lo sepa? ¿Está ahí por un encuentro, por una constatación o por una ilusión? Quién sabe, pero de cualquier manera es una espera que lo desespera.
Mira por enésia vez la hora en el reloj pulsera, y no conforme también en el de la iglesia. El ansia crece minuto a minuto; estira el pescuezo, se alarga como un elástico, pero incluso el excesivo estiramiento no le basta, hay mucha gente en la esquina. Ahora con mirada urgente se ha puesto a buscar alguna cosa. Ya la ha encontrado: es un banco. Va
Se escupe las manos, se aferra al mástil y empieza a trepar, con dificultad pero asimismo consigue llegar a la punta, y allá, abrazado al mástil como la bandera cuando llueve y el viento la adhiere a él, solamente encuentra la desilusión de un horizonte cruel, en el cual alguien, la mujer que espera, brilla por su ausencia. Y ahí, su abrazo pierde fuerza y él resbala, lento como baba espesa, y se va desinflando, se va achicando hasta convertirse en una insignificancia de hombre.
Por la expresión que ha adquirido la cara, puede adivinarse que ha encontrado razones dolidas, esas que acuchillan por dentro, y que lo angustia una ausencia sin motivo. Finalmente baja del monumento y se deja caer en un banco, donde termina de consumirse con las primeras sombras del crepúsculo. Quién sabe cuándo se irá a su casa, si es que se va porque puede que pase la noche durmiendo en el banco, la verdad, no podré saberlo porque ya me voy, y desde mi nido en la torre telefónica, en la otra cuadra, por los edificios que hay sobre la avenida no puedo ver la plaza, solo la punta del mástil.
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