BARRIO DE LA HARA
Estaba situado al Este del pueblo, separado por la vía del ferrocarril Tánger-Fez. Considerando el barrio como un todo, diríamos que
limitaba al Norte con la carretera a Taatof, Mexerah y Teffer y la zona Sur del acuartelamiento de
Regulares-4. Al Sur con un
descampado que llegaba hasta el paso a nivel que daba acceso a los zocos de carbón (fager) y verduras. Al Este, campo y kabilas y, al Oeste, vías del ferrocarril y carretera de circunvalación
Desde el “pueblo” se llegaba al barrio a través del puente sobre el ferrocarril que daba servicio a la carretera de Taatof y por el paso a nivel frente a los zocos. Para acortar distancias solíamos cruzar las vías por lugares no permitidos.
Lo habitaban, principalmente, Suboficiales del ejército, algunos funcionarios y gentes de diferentes oficios.
Cuando yo era niño la zona del barrio habitada por españoles se circunscribía a siete u ocho calles. Creo recordar que hubo una más, pero éste fue eliminada para hacer la carretera a Taatof; en ella vivió la familia Vilaseca (el Sr. Emilio y la Sra. María Luisa, que tenían un estanco) con sus hijos José Luis y Héctor. También hubo en esa calle una barbería.
Paralela a la desaparecida estaba la calle que llamábamos de los
Gitanos, ya que en ella, además de “payos”, vivía una familia de raza gitana apellidada Cortés. Estaba
compuesta por la matriarca: la Pipi, apodo que, según ella, le pusieron porque la casaron muy jovencita, casi una niña, y los mayores decían que parecía una pollita, por eso lo de pi, pi,… Procedían de la
provincia de Almería, y, en principio, además de la madre, había dos hijos: el Capote y el
Noveo, ambos viudos. Capote tenía, a su vez, dos hijos solteros: el
Bernardo y la Rerra.
Noveo era padre de cuatro hijos: Ana que se casó con un soldado gitano y se la llevó a Almería; María una muchacha guapa y limpia, que era la que llevaba la casa;
Sebastián, que ejercía como camarero; y Quico, que murió ahogado en el río Lucus, cuando estaba trabajando de peón de
albañil, allá cerca de la finca de los Seguí.
Después se vino de España otra hija de la Pipi, Ana creo que se llamaba, con dos hijos: el Manué, a quien llamábamos “el gitano señorito”, pues iba siempre muy pinturero: chaqueta ceñida, camisa blanca, pañuelo al cuello, pantalón
estrecho y zapatos de tacón.
Vamos, algo parecido a la idea que yo tenía “del hijo y nieto del
Camborio”. Además estaba reñido con el trabajo. Del otro hijo, a pesar de que era de mi edad, no recuerdo su nombre de pila, aunque todos le decíamos “el Veneno”, que era como le llamaba su madre.
Esta familia vivía de realizar
trabajos tales como el esquilado de los mulos de Regulares,
asesoramiento a los terratenientes cuando tenían que comprar ganado,
etc. Era una gloria acercarse por esa casa al caer la tarde, pues si bien es cierto que el “parné” no abundaba, más bien escaseaba, la alegría se desbordaba a raudales. Organizaban unas juergas “a palo seco” que eran famosas en el pueblo. Muchas palmas, mucho cante y mucho baile. El pobre Quico, desde muy niño era un
consumado bailaor. Muchas veces fue requerido para animar las
juergas de los señoritos en casa de la Rondeña.
A modo de anécdota, contaré el episodio del fantasma que
atormentó a esta familia durante casi una semana. Sucedió un mes de agosto de no sé qué año: Al
despuntar la noche de un día de ese mes, comenzaron a caer sobre el tejado de cinc de los Cortés unas piedrecitas, espaciadas en el tiempo. Al principio no las dieron importancia, pero dada la
reiteración comenzaron a
preocuparles. Lo denunciaron a la policía. Las malas lenguas decían que el bromista pudiera ser Juanito “el Cachondo”; otros que Pepe “el Malagueño”; los de más allá que Pepillo “el Flamenco”. El caso es que cuando sospechaban de alguno, éste siempre estaba
presente entre los mirones. Nunca conocimos quién fue el autor de la broma. Se corrió por el barrio que las tiraba un fantasma. Había que ver el “canguelo” que cogieron mis pobres gitanos. Buena gente estos Cortés. Su recuerdo perdura en mí con simpatía.
Siguiendo con las calles,
mencionaré: La de Amparo, que era donde teníamos la tienda y vivíamos mi madre, mis hermanos, Lucía y
Joaquín, y yo. También recuerdo como vecinos a Juan Balao y su esposa Concha; al Brigada Torca (Maestro de la Banda de Música de Regulares), su esposa Sra. Paula y a su hija Valentina; a la Sra. Pepa, la coja, y su hijo Pepe; durante un tiempo a Antonio Llorente y su madre; al Sargento Coto y familia y a la Sra. María, la Malagueña, con su hijo Pepe.
La calle de Durán, dónde vivía Domingo Durán y familia, además de los Arjona Florido, los Vázquez Florido, el Sr. Mulio, los Zapata,….
La calle de la Panadería. En ella estaba la otra tienda del barrio: la de Juanito, en la parte Norte, y como su nombre indica, la panadería de Carrillo, al Sur. Además, junto con sus padres, vivían Nieves y
Juanichi, y creo que una hermana menor cuyo nombre no recuerdo. Al final de la calle habitaba la familia Rico Guerrero: la abuela Matilde, con sus nietas: María, Mati, Fini y Paquita, a las que recuerdo
especialmente, pues Mati era la mejor amiga de mi hermana Lucía.
La calle de los Cuevas, donde
vivieron Pepe y Dolores Cuevas; los Barea y Fidel y Paca. Recuerdo que en casa de éstos últimos se reunían por las tardes a jugar a la
Lotería (hoy le llaman Bingo) y, en cada partida, la anfitriona se
quedaba con un “real”, en concepto de quebranto o desgaste de los cartones. También creo que en esta calle vivió una familia (el padre era militar) que tenía un hijo que había padecido la “polio” en las dos piernas. Se llamaba Rafaelito.
En otra calle, innominada (al menos yo no recuerdo cómo la
llamábamos), de pocos vecinos, vivió una familia que tenía una finca en la zona del puente del Kerma, uno de cuyos hijos (¿Se llamaba Ramón?) murió ahogado al intentar atravesar la riada a caballo, en una de las crecidas con que
periódicamente nos obsequiaba el río Lucus.
La calle del Patio Barranco; donde había dos patios de vecinos, tan característicos en Andalucía. El ya mencionado de Barranco y el de la Sra. Remedios. En esta calle vivió un tiempo la familia Sánchez Aguilar y en la vivienda siguiente el señor Lupi y su esposa la señora
Marcelina. La he dejado al final a propósito, porque era famosa por sus Cruces de Mayo. ¡Y qué Cruces de Mayo!
Recuerdo que en el Patio Barranco se celebraba o exponía (no sé cual será la palabra correcta) la mejor Cruz de Mayo de todo el pueblo. Durante un par de días acudía a visitarla gente de todos los lugares. Era digno de alabar el esmero que ponían las vecinas en su
preparación. Por las noches se cantaba y bailaba al son de la
guitarra que tañía un señor, que era carabinero, cuyo nombre no
recuerdo. Y nosotros, los chiquillos, nos fabricábamos unas diminutas cruces, recubiertas de flores
silvestres, para solicitar ¡Un chavito para la Cruz de Mayo! Qué
contentos nos poníamos si, al
declinar el día, podíamos presentar la “ingente” cantidad de veinticinco o treinta céntimos. ¡Un real o más, qué fortuna!
Para finalizar, ya que no he podido detallar a todos y cada uno de los que vivimos en el barrio (por
razones obvias, desgraciadamente las neuronas no se regeneran), ni sus profesiones, a modo de
resumen, citaré que contábamos con: Una carbonería; la de la Sra. Pura Cejudo, madre de Paquito Conesa. Una, por llamarla de alguna forma, funeraria regentada por el Sr. Mulio. Un valenciano, no sé si
soltero o viudo, que, además de fabricar los ataúdes, disponía de una carroza tirada por dos caballos negros, empenachados, para dar el último paseo a los finados. Una fábrica de gaseosas, propiedad de Ambrosio Croce, un italiano de Alcazarquivir, padre de Joselito y Carlota, que también tuvo una churrería. Una panadería, la de Francisco Carrillo e Hijos. Una vaquería, la de Domingo Durán, padre de mi gran amigo Juanele. Y dos tiendas de comestibles
(Ultramarinos Finos se decía
entonces) que eran la de Juan Pérez Lupion y la nuestra.
Hasta aquí los recuerdos que he podido evocar después de devanar pacientemente la maraña en que se presentaban tras más de cuarenta y ocho años abandonados en mi “almario”.
Emilio al Kasraui
PLAZA DEL TEATRO
Cuando en mayo de 2005 regresé, después de tantos años (48), a mi pueblo y lo callejeé visitando los lugares por los que transcurrieron mis primeros veinticuatro años de vida, no pude menos que evocar el cómo era entonces y a la gente que lo habitaba.
A mi memoria acudían situaciones, hechos y anécdotas que creía
olvidados; pero que, a la vista de lo que contemplaba, revivían en mí historias que habían quedado como posos en el fondo de mi ser.
Contemplando la Plaza del Teatro no pude menos que comparar el hoy con el ayer, ese ayer de tan felices recuerdos, no en vano ha supuesto el primer tercio de mi peripecia vital. El cómo es hoy lo conocéis todos los que habéis visitado Alcazarquivir
recientemente. Yo conocí una Plaza del Teatro rectangular, abierta y limitada por el Paseo.
Vista de frente, con el Paseo a nuestra espalda, se hallaban, a la izquierda, dos esbeltas palmeras, cerca de la Peña Militar. Por cierto que las susodichas palmeras
tuvieron un final poco afortunado. El caso es que después de una noche de “vino y rosas” un oficial, joven y calavera, consideró que las palmeras le impedían ver la luna y decidió eliminar el obstáculo; ni corto ni perezoso tomó un hacha y se empleó en consumar el
arboricidio. Cuando sus
compañeros de farra trataron de
impedirlo el mal ya estaba hecho y las palmeras hubieron de ser
abatidas.
Posteriormente, en ese solar, se levantó un edificio con tres o cuatro arcos en los bajos de su fachada, a modo de pórtico, que aún perdura. En su parte delantera recuerdo que tenía un comercio un muchacho marroquí, buen dominador del idioma español y que vestía a la europea, al que conocíamos como “el Chino”. Además allí se instaló una farmacia, no recuerdo su nombre, la tercera de las que
disponía el pueblo, junto con la de Bofill y la de Albarracín.
A la derecha, partiendo del lateral de Banco Hispano Americano, estaba una entrada accesoria del Bar Las Columnas ¡¡ Quién no se acuerda de Mochito, su propietario o gerente ¡¡ . A continuación un pequeño comercio de tejidos: El Barato, cuyo propietario, el señor Melul, era padre de mi condiscípulo Fortunato Melul Tapiero y hermano de Elías, el de la ferretería de la calle Zenaidía. Después seguía la
zapatería de Hontoria, que tenía la exclusiva de los zapatos Gorila, con fama de irrompibles. La puerta siguiente era la del comercio de José Martínez y Hnos. En la parte que daba al Paseo vendían tejidos y en la de la Plaza exponían muebles y artículos diversos. Sin solución de continuidad tenía su vivienda Ismael Almanzor, dotada de un pequeño jardín en cuya esquina sobresalía una Dama de Noche. Arbusto poco vistoso con infinidad de flores que, consecuentes con su modestia, durante el día
su insignificancia, pero que llegada la noche se abrían regalándonos su fragancia. Como diciendo ¡¡ Soy poquita cosa, pero os doy lo mejor de mí ¡¡.
Seguía el garaje de “Rompetechos”, dónde se dedicaban a la mecánica del automóvil
Nunca supe su verdadero nombre y me consta que alguno hubo de salir “pies para qué os quiero”, ya que el apodo le incomodaba. Finalmente había un edificio de
pisos (dos o tres) donde tuvieron su domicilio las familias de Héctor Vilaseca, Diego Zambrano y alguno más que no recuerdo.
Al frente teníamos el Teatro-Cine Pérez Galdós (Dos funciones por día, los domingos tres), punto de encuentro de la sociedad
alcazareña. Aún recuerdo cómo los domingos, después de la misa de once, acudíamos presurosos a la taquilla para procurarnos la entrada para la función de las siete, ya que éstas se agotaban rápidamente. Al parecer existía un mal llamado tráfico de influencias y se reservaban localidades para
determinadas personas que dejaban su propina.
Se trataba de un teatro “apañadito”, con su foso junto al escenario, Su patio de butacas con un pasillo central y dos laterales. Sus palcos a derecha e izquierda, más elevados que las butacas. Y arriba, al fondo, la localidad de general. El gallinero le llamaban unos, otros el pulguero.
A pesar de ser un teatro de pueblo nos visitaban compañías
importantes. Recuerdo haber visto
a María Fernanda Ladrón de
Guevara, Antonio Vico, Celia Gámez (La de la Blanca Doble), Gabi
Ubilla, el Profesor Alba (Hipnotismo) y alguno más.
En cuanto a películas, os puedo asegurar que cuando llegué a España estuve viendo filmes repetidos durante dos años.
El teatro tenía adosado en su lateral izquierdo un bar. De éste recuerdo poco; pero sí que supe por primera vez del juego de las quinielas.
Entonces se apostaba por el tanteo (Ejemplo: Barcelona–Oviedo; 4-2; Real Sociedad–Zaragoza; 1–1; Madrid– Salamanca; 3–0; etc.) y no por el 1-X-2 de ahora. Los premios eran en especie, generalmente productos comestibles y un garrafón de vino.
El edificio siguiente estaba
separado del teatro por un pasaje del mismo nombre. En el bajo vivía el Sr. Galviño, de nombre Francisco. Escritor y factótum de «El
Anunciador Comercial», el periódico del pueblo. En el frente tenía Arias un taller de bicicletas y en los pisos superiores habitaban Yamin
Benasuli y el Sr. Mateo, de la Farmacia Bofill.
Separado por la calle de ¿Lal la Aicha al Jadra?, en el edificio siguiente tuvo un almacén un
miembro de la familia Pérez, casado con la hija menor de Antonio Martín, y a continuación había un bakalito.
Ya en el lateral izquierdo se situaba la vivienda de la familia Salvador, los hermanos D. Alfonso y D. Rafael, terratenientes ambos. Se
accedía a ella por un callejón que la separaba de la Peña. Se trataba de una casa cuya apariencia exterior no daba una idea de su
suntuosidad. Según se entraba, en su planta baja, tenía un enorme patio azulejado, al estilo andaluz, y en el centro una fuente con ranas de cuyas bocas manaba el agua. El piso superior era abalaustrado y donde se encontraban las
viviendas.
La Peña Militar se trataba de un casino frecuentado por la sociedad alcazareña, tanto militar como civil. Podríamos decir que era el centro social de la ciudad. Constaba de un gran patio central, donde se
celebraban bailes de disfraces en Carnaval y el de Añoviejo, alrededor del cual se situaban: Al frente un gran salón social con amplios ventanales, y, a los lados, la Biblioteca, sala de lectura, varios salones menores y el bar.
En la parte superior: Un lugar para la orquesta y salones de billar y juegos de mesa.
Hasta ahora me he referido a lo que recuerdo del entorno de la plaza; pero no al área central. Se trataba de una zona amplia, pero pelada, con piso de tierra, desde donde se lanzaban fuegos artificiales.
Recuerdo que mis tíos vivían en el Pasaje del Teatro y tenían un perro, de raza indefinida, al que llamaban “Prieto”, y cuando se quemaban los fuegos de artificio corría aterrorizado y no paraba hasta llegar a mi casa en el Barrio de la Hara. Allí dormía esa noche y al día siguiente lo devolvíamos a su
hogar.
También se instalaban tiovivos, circos y el Teatro-Circo Chino. Precisamente ahí tuve ocasión de escuchar por primera vez a Mari Fe de Triana, la que luego fue diva de la canción española.
EL PASE0
… ante una mirada
se alternan la belleza de la vida y el absurdo de las convenciones sociales...
( El Paseo, de Robert Walter )
Cuando aún no conocíamos la televisión, ni el teléfono móvil, ni tantas cosas consideradas hoy “imprescindibles”, me suelo preguntar ¿Es posible que los muchachos de mi época fuéramos felices, si no teníamos “na de na”?. Pues, ciertamente, lo fuimos; ya que hicimos de la necesidad virtud y, además, teníamos “El Paseo”.
Supongo que los del “chupete” no tendrán ni idea de a qué me refiero; los del “biberón” hayan oído algo; pero los “charfos” lo hemos
disfrutado. Esta reflexión no tiene otro fin que dejar constancia de otra forma de vida, muy distinta de la de ahora.
Posiblemente a muchos
alcazareños si les nombro Sidi Buhamed no sabrán identificarlo; pero, ¿A que sí saben qué era el Paseo?
Ciertamente no era El Paseo de la Fama de Hollywood; ni el Paseo del Prado, de Madrid; ni, mucho menos, el Paseo de Caballos, de la Feria de Sevilla. Era… ¡Nuestro Paseo!, el lugar dónde diariamente se daba cita el “todo Alcázar”
A partir de las cinco de la tarde, en verano, aparecía Laguna, el
jardinero mayor de la Junta
Municipal, y su cuadrilla tirando de
la manguera; esa serpiente de goma de cuyas fauces brotaba un chorro de agua que, además de limpiar, refrescaba la calle. Con el tiempo ¡Oh maravilla de la civilización! el riego se realizaba con un viejo Bedford tripulado por Gervasio Cabello.
Hacia las siete de la tarde se cerraba Sidi Buhamed con una barrera a la altura de la confluencia con la calle Zenaidía, frente al bar El Nido, y otra frente a la tienda del Indio y Almacenes Balaguer.
Además de lugar de encuentro (…a las ocho en el Paseo…) era el
escaparate donde los alcazareños lucían su palmito: Las damas empingorotadas estrenaban la última moda recibida por correo de Galerías Preciados; las menos pudientes su vestidito de percal o muselina, y los varones sus galas: El militar su marcialidad, y los paisanos lo más “chic” de la
temporada : La sahariana blanca o crema, sus gafas de sol, su
americana a la última moda…, o como le sucedió al que esto
escribe: su trinchera…, comprada pensando en el invierno; pero como en septiembre una nube despistada dejó caer cuatro gotas, pensó ¿Qué mejor ocasión que ésta para
lucirla? Y allá va hecho “un
cromo”, teniendo que soportar la burla de sus “compis” por lo extemporáneo del estreno.
Los padres aprovechaban para realizar compras en Alfredo; La Bandera Española; José Martínez y Hnos.; el indio Ko-Hi-Noor, o
Peña militar, el Nido o, más lejos, el Café Imperial; siempre vigilantes.
Las nenas, con “carabina”,
hermanos menores que se chivarían si consentían acercarse a algún pretendiente. Mozalbetes en busca de novia, amiguita o lo que saliera; grupúsculos; grupos; cuadrillas; chicle; pipas…; los cuchicheos entre amigos; las sonrisas
cómplices; el sonrojo cuando te cruzabas con el/la que te gustaba y no te atrevías a declarárselo…; el sí, pero hasta allí, que nos pueden ver mis padres que están en el
Imperial…; a fulanita le permiten usar medias ¡Jo, qué suerte! De ahí salió algún noviazgo que, pasado el tiempo, se convirtió en matrimonio.
Animación luces, ruido, Radio Paseo, música, publicidad (“No discutas, con tapa o sin tapa, el Bar La Plata es el que más se destaca…”; ¿A dónde vas?, al
Canaletas, a visitar a Miguelito, que tiene especialidad en pinchitos y filetitos…; Y ya que te coge a mano, compra en Vera Fino Menciano, Discos dedicados: Para fulanita, de quién ella sabe… Y más y más.
Y así hasta las nueve o nueve y media, en que la gente salía del cine y tocaban a retirada.
Nos vemos mañana en el mismo sitio.
EL JARDIN DE LA PAZ
…-Dios plantó un jardín en Edén, al Oriente, y
puso allí al hombre que había creado….
( Génesis 2.8 )
Tal como le definen los entendidos, jardín es una zona de terreno donde se cultivan especies vegetales para el placer de los sentidos. Por tanto, la jardinería es el arte de crear
espacios naturales a base de
plantas vivas, incluyendo, a veces, construcciones en su diseño; tales como fuentes, estanques, pérgolas, bancos, etc. Para la cultura islámica el jardín es la representación
terrenal del Paraíso, que el Corán promete a sus fieles.
Llegado a este punto es cuando me quiero referir al jardín de mi niñez “ El Jardín de la Paz “. No es
comparable a Versalles, ni al
Generalife, ni tan siquiera al Jardín de las Hespérides de Larache; pero es “ mi jardín “, el nuestro, el de todos los que amamos
Alcazarquivir.
Intentaré describirlo, seguro que torpemente, ya que los años no perdonan, por lo que solicito indulgencia si no se ajusta
estrictamente a vuestros recuerdos.
Se trata de un espacio trapezoidal, de forma irregular, limitado por la Plaza del Reloj, donde tiene su acceso principal a través de unos escalones, dado que se halla
situado sobre el nivel de las calles adyacentes. Otro de sus lados linda con la calle del Benchaprut, tambien dotado de escalones. Otro, el de mayor longitud, lo separa de la calle que conocíamos como Paseo de los enamorados, aunque yo siempre la denominé como el Paseo de los melancólicos, no me pregunteis por qué. Es la calle que partiendo de la Plaza del Reloj termina en la
carretera de circunvalación, junto al Hospital Civil. Y la cuarta,
perpendicular al Benchaprut, iba a confluir en el antes citado Paseo de los enamorados.
Como he mencionado con
anterioridad, el jardín se encuentra elevado, casi en su totalidad, sobre el nivel de las calles que le rodean, excepto una pequeña porción
triangular que está a ras del suelo y a la que me referiré más adelante. Vaya por delante que desconozco quién le puso ese nombre tan romántico y quién lo construyó. A pesar de mis indagaciones sólo he encontrado una referencia en la que se le cita en el libro “ Vida y obra de Isidro de las Cagigas “, de Manuel Enrique Gutiérrez Camacho, que en su página 190 dice : “ …..El 2 de noviembre (se refiere al año de 1928) la ciudad agradecida le rinde un homenaje, tan merecido como justificado, en el Jardín de la Paz, que él mismo decoró…….”
Cerca de la entrada nos
encontramos con una fuente, compuesta de una especie de
estanque circular que recibe el agua que se desborda desde un plato elevado, sobre el que las
golondrinas, lanzadas en vuelo rasante, rozaban la superficie del agua con sus picos y volvían a
elevarse con chillidos de triunfo. En el estanque inferior nadaban unos pocos de peces, de color rojizo, ávidos de las migas que les
proporcionaban los visitantes, que al menor atisbo de peligro se
refugiaban al resguardo de unos juncos acuáticos que emergían hasta la superficie. Alrededor del estanque
destacaba una zona empedrada de pequeños guijarros, dispuestos de tal manera que dibujaban formas geométricas.
Y cerca de la fuente alguna palmera y pocos árboles de gran porte,
como alguna pinnácea, que no soy capaz de discernir si se trataban de pinos, abetos, cipreses o tuyas.
El jardín estaba limitado por unas barandillas de hormigón,
compuestas de pies derechos y tres barras transversales, junto a las que destacaban arriates de arbustos trepadores y flores.
Paralelas a éstas había unas
pérgolas a las que se enroscaban Madreselvas; Buganvillas de flores insignificantes, sin olor, de las que llamaban la atención los colores rojos o morados de sus brácteas, y Heliotropos, la planta que ama al sol, que nos regalaba la fragancia de sus flores, cuyo aroma nos recuerda a la vainilla. Bajo ellas unos bancos alicatados de azulejos, a los que protegía del sol, y a
ambos lados paseos de tierra.
En la zona central parterres cuyos límites los cerraban bojes y mirtos o arrayanes, primorosamente
recortados por el señor Laguna, Jardinero mayor de la
Junta Municipal. Y en su centro Rosales olorosos; Pensamientos de terciopelo, Margaritas rodeadas de blancas brácteas y en su botón amarillo, como media yema de huevo, sus diminutas flores;
Milenramas con olor a miel; grupos de Canna índica, también llamadas Lengua de dragón, de grandes hojas oblongas de color verde o rojizo, con inflorescencias rojas, amarillas o rosas, donde multitud de mariposas, abejas, mariquitas y abejorros zumbaban perezosamente cumpliendo su benefactora labor de polinización.
Recuerdo con añoranza mi niñez, tan lejana, cuando mi madre nos sacaba de paseo en las tardes de los domingos y terminábamos, casi siempre, en el Jardín de la Paz. Nos daba unas monedas, pocas, y nos decía : ¡¡ Hala, para que
compréis un pastel. !!. Salíamos corriendo hacia la confitería de la Viuda. de Paradinas en la Plaza del Reloj, junto a la antigua Farmacia Central, y mientras mis hermanos dudaban en qué pastel gastar su propina, yo ya tenía decidida mi elección: ¡¡ Un merengue ¡!.
Blanco, cremoso, cuya forma cónica sobre una galleta circular, me atraía de tal manera que tenía que forzar mi voluntad para no engullirlo
rápidamente ¡¡ Había que prolongar su disfrute, lamer poco a poco y procurar no terminar antes que mis hermanos ¡!
Después, ya en el C.O.E.M.,
aprovechábamos los recreos para, con el fin de sustraernos de la vigilancia de los “profes”
poder dar las primeras caladas a algún que otro cigarrillo.
Más tarde, en el paso siguiente entre la adolescencia y la adultez, cuando las hormonas comenzaban a excitarnos y sentíamos en nuestro cuerpo “algo raro” y las feromonas comenzaban a realizar su labor de atracción, nos veíamos junto a las chicas que nos gustaban, en
silencio, tanteando sus límites y luchando con nuestras propias dudas y vacilaciones internas, sin atrevernos a tomar la iniciativa. ¡¡ Cuántos noviazgos habrá visto el Jardín de la Paz. Ay si pudiera hablar ¡¡
Por último voy a tratar de describir el triángulo del misterio. Misterioso para mí ya que nunca entendí por qué le llamaban la Biblioteca de verano. Una porción triangular a nivel del suelo a la que se
descendía desde el jardín por unos escalones. En su centro se elevaba algo así como un “As de copas” de la baraja española y la parte de la “copa”, propiamente dicha, estaba dividida en compartimentos que, supongo, servirían para alojar los libros. A su alrededor, en círculos, había unos bancos igual que los del jardín, pero sin respaldo, bellamente alicatados de azulejos. Todo esto rodeados de naranjos amargos, iguales a los del Paseo de los enamorados.
Puedo testificar que yo jamás ví libros ni lectores en esa,
pomposamente llamada, Biblioteca de verano.
PELOPAJA
Entre los muchos recuerdos que conservo de mi barrio de la Hara, tiene un lugar propio en mi memoria un niño algo mayor que yo, que se llamaba Micael y al que
apodábamos Pelopaja. ¿Por qué ese apelativo? Pues porque, como dice Pedro de León en su canción
Tatuaje: “…..era…….rubio como la cerveza”
Se trataba de un chico huérfano que vivía con su tía Elizabeth, ocupando una vivienda en uno de los patios del barrio. La cual, además de su trabajo habitual, se ayudaba
realizando rifas semanales de objetos de poco valor (Torres de cazuelas; piezas de tela; sábanas; etc.), que reservaba en las tiendas del pueblo y pagaba después con lo recaudado. Esta mujer ejerció de madre y volcó en su sobrino todo el amor que no pudo dar a los hijos que nunca tuvo.
Ya de niño era de naturaleza inquieta, soñadora. Fue capaz de despegar los pies del suelo, elevarse sobre la realidad y volar como las aves, abstrayéndose de lo que le rodeaba.
En el colegio empezaron a aflorar sus dotes de rapsoda. Era capaz de memorizar largas poesías,
declamarlas sabiendo jugar con la voz y el sentimiento. ¡ Cuántas veces le habré escuchado recitar los 86 versos de “El Piyayo”, de Juan Carlos de Luna. Que
comienza: ¿Tú conoces al Piyayo?/ un viejecito renegro/ reseco y
chicuelo/………., y sigue:……. Que pide limosna por tangos/ maldice
cantando fandangos/ ………… O los 129 versos de “El Parque de María Luisa”, de José Antonio Cavestany : Escuche usté amigo/ ¿Ha estao usté en Sevilla?... ¡
Lo que para los chicos de su edad era normalidad, para el Pelopaja era aburrimiento. El buscaba
experimentar emociones. Soñaba con ser payaso que hiciera reír al mundo entero, con triunfar en la escena y ser aclamado por
multitudes. Soñó con ser
explorador como Livingstone; o aviador como el Bill Barnes de las novelas de bolsillo; o quizá el Juan Centella de los comics y no dudó en cambiar la seguridad de su hogar por intentar hacer realidad las quimeras que soñaba.
Por ello, si llegaba al pueblo un circo no dudaba en agregarse a él. Si se organizaba una velada de boxeo se presentaba como “un elegante estilista”, aunque su nulo arte pugilístico solo le deparara golpes y contusiones. Si se habilitaba un festival “de lo que fuera”, allí estaba Pelopaja para colaborar desinteresadamente.
Vienen a mi memoria aquellos años, tan lejanos, de la niñez en los que, hacia finales de primavera, para combatir el sol solíamos proveernos de sombreros de paja que, cada cual según su inclinación,
convertíamos en una imitación del Stetson, si nos creíamos vaqueros del lejano oeste; o en Salacots, si nos imaginábamos intrépidos exploradores. El caso es que a mi madre no se le ocurrió más que comprarme un “Canotier”,
argot, conocíamos como de
“galleta”. Y allá iba yo luciéndolo orgulloso cuando apareció el Pelopaja. Me desposeyó del
sombrero y se puso a cantar “Fleur de París”, quitándoselo y
poniéndoselo y dando pasos de baile al más puro estilo de su
admirado Maurice Chevalier. ¿Cómo quedó el canotier después de este episodio? Mejor no contarlo………
Entre apariciones y desapariciones más o menos prolongadas fueron pasando los años; con la
preocupación de la señora Elisabeth por sus ausencias y la alegría por el reencuentro cada vez que
retornaba.
La última vez que ví al Pelopaja fue hacia el año 1954, en Melilla, en donde me encontraba cumpliendo el servicio militar. Estaba paseando con unos amigos cuando veo venir hacia mí a un legionario que me abraza efusivamente. Era mi amigo Micael que estaba de paso, camino de Málaga, donde iban a sacar en procesión al Cristo de la
Buena Muerte. Me comentó que se había alistado en el Tercio y estaba de guarnición en Canarias y me rogó que no lo comentara en el pueblo, ya que no quería preocupar a su tía.
Pensándolo bien no me extrañó su alistamiento, pues, conociéndole, era lógico que quisiera emular las hazañas que había admirado en películas como “Beau Geste” en la que su ídolo Gary Cooper se
enfrentaba a Brian Donlevy, el siniestro sargento Markoff, y el héroe se coronaba de gloria al servicio de su patria adoptiva.
Y mira por donde; ahí, en la
Islas Afortunadas, encontró sentido a su vida: Se enamoró de una
muchachita canaria, formaron un hogar y trajeron al mundo dos hijos, a los que, a buen seguro, a la hora de dormir les contaría historias maravillosas; unas vividas en realidad y otras, las más, inventadas.
Después he sabido que mi amigo Micael, el Pelopaja, falleció hace tiempo. Espero y deseo que allá donde se encuentre, se habrá
reunido con su querida tía y seguirá actuando, recitando, contando
chistes y divirtiendo a cuantos estén con él en “el más allá”. Y en caso de que, como algunos creen, exista la reencarnación, nada le haría más feliz que ser reconvertido en juglar y así poder viajar por el mundo frecuentando los palacios, subiendo a los castillos y actuando en las ferias de los pueblos; donde nobles, burgueses, soldados y siervos se asombren ante su arte. Maliaño, octubre de 2009
Emilio al Kasraui
LA CAZA DE AVES SILVESTRES
Nací y me crié en Alcázarquivir,
pequeña ciudad situada al sudoeste de lo que fue Protectorado español en Marruecos. Una localidad que podríamos catalogar como rural. Rodeada de fincas productoras de cítricos, olivares, leguminosas y eminentemente cerealista. Tenía a gala de ser el zoco más importante del país en la comercialización de
cereales.
Como es natural, los juegos de los niños de mi época consistían y
estaban relacionados con los oficios y aficiones que practicaban los mayores. De entre éstas, una de las que
destacaba era la caza. A poco de que se saliera de los límites del pueblo, no era raro encontrarse con perdices camufladas a la sombra de los
palmitos; conejos al resguardo de las chumberas y cañaverales y, si uno se adentraba en la gaba (el bosque), es posible que se topara con una camada de jabalíes.
En ese ambiente ¿A quiénes íbamos a imitar los niños? La respuesta es evidente : ¡A los cazadores! Pero para cobrar perdices, conejos y, no
digamos, jabalíes se necesitaba utilizar armas de fuego y nosotros no
teníamos edad para su tenencia. Así que nos dedicábamos a cazar
¡Pajaritos! Los había quiénes eran virtuosos con el tirachinas. ¡Donde ponían el ojo, ponían la china!. Y “pájaro que vuela a la cazuela”, solían decir. Otros, como yo, menos dotados nos dedicábamos a la caza incruenta de aves canoras y para ello
utilizábamos la Liga ¿Y qué es eso de la Liga, se preguntarán algunos? Para definirlo me ceñiré a cómo lo dictamina el diccionario : Liga = Sustancia
viscosa para cazar pájaros. ¿Y cómo se obtiene? La contestación es obvia : De dos maneras: O la compras, o la fabricas. En nuestro caso como en cuanto al “parné” andábamos siempre al descubierto : La fabricábamos. Para lo cual quemábamos trozos de
neumáticos y, sin llegar a la
calcinación, obteníamos una sustancia pegajosa con la que impregnábamos unas varillas de unos 15 a 20 cm. Algunos, los más mañosos, las hacían cortando finas tiras de caña. Nosotros, menos hábiles, utilizábamos los
folículos, desprovistos de las hojas, de las acacias.
Hasta aquí sabemos con qué
cazábamos. A continuación trataré de describir: Qué, Cuándo; Dónde y Cómo cazábamos.
Qué cazábamos.- Preferentemente Jilgueros; Verderones y Lúganos. Estoy seguro que el Jilguero puede ser el más conocido; el Verderón o Verdón (como le llamábamos en Alcázarquivir) algo menos y el Lúgano el gran
ignorado.
Cuándo cazábamos.-
Siempre que podíamos y el tiempo nos lo permitía. Aunque si tenemos en cuenta el aforismo popular que nos dice, refiriéndose a las aves : “ En marzo, nidarzo; en abril, hueveril y en mayo, pajarayo”, a partir de la
primavera y preferentemente desde junio en adelante, que es cuando ya volaban los juveniles, es decir las
crías. A éstas era fácil distinguirlas, ya que tenían la parte del pico adyacente a la cabeza de color amarillo. ( Lo que para los humanos sería la comisura de los labios)
Dónde cazábamos.-
Procurábamos que fuera en “sitios de paso” de las aves. Aquéllos que
utilizaban preferentemente para ir a los bebederos, o en sus ciclos migratorios.
Tratábamos que fueran lugares casi rasos, de escasos matorrales y, a ser posible, alejados de los árboles. ¿Y por qué el no tener árboles cerca? Pues lisa y llanamente para que las avecillas, desconfiadas por naturaleza, no se posaran en ellos y acudieran directamente al cimbel o engaño. . Cómo cazábamos.-
Ya lo hemos comentado, con Liga. Para ello, una vez escogido el lugar. Disponíamos los trebejos; que eran tres o cuatro cardos secos, la liga, el cimbel y los reclamos.
Los cardos los conocemos todos y la liga ya la hemos descrito; pero, se preguntarán algunos, ¿Y el cimbel, qué es el cimbel? En primer lugar cómo lo define el diccionario: Cimbel = Ave o figura que se utiliza como señuelo para cazar pájaros. Por tanto el cimbel es un pájaro, no el artilugio que se utiliza para hacer visible al cimbel; que es una especie de palanca en forma de Te (T) invertida que se fija en el suelo. En la parte superior lleva un cordelillo de unos 35 cm. al que va sujeto el cimbel, que ha sido
embragado para que en su
semilibertad pueda mover las alas e iniciar el vuelo hasta donde le permita la cuerda que le sujeta. Se maneja a distancia mediante otra cuerda larga unida a la palanca.
Una vez en el lugar elegido, si hubiera cerca un bebedero mejor,
procedíamos a “plantar” los cardos, colocábamos los palitos con la liga en las alcachofas, situábamos el cimbel, enmascarábamos las jaulas de los reclamos y ¡A esperar!
Tan pronto los reclamos intuían la presencia de sus congéneres iniciaban sus “saludos” de bienvenida o sus peticiones de socorro, vaya usted a saber. Por nuestra parte tirábamos de la línea para que se moviera la
palanca y obligara al cimbel a aletear. Al escuchar los trinos y visualizar los movimientos del cimbel, los visitantes cambiaban el rumbo y se posaban en los únicos lugares que sobresalían del suelo, que eran las varillas de los cardos portadores de la liga. Cedían aquellas, se pegaban a las alas ¡Y allí se acabó la libertad! Nosotros, los predadores humanos, no teníamos más que recogerlos, despegarlos con cuidado y enjaularlos.
Como complemento a este relato, seguidamente se expone una descripción de la morfología y característica de las aves que
cazábamos; que principalmente eran: Jilgueros; Verderones y Lúganos.
JILGUERO (Carduelis Carduelis)
Ave paseriforme perteneciente a la familia de los fringílidos, granívoro, se alimenta de semillas, especialmente de la de los cardos y, en la estación de cría, de algunos insectos.
Ave que desde tiempos remotos ya se criaba en cautividad, debido a su
alegre canto con trinos parecidos a los del canario; pero con un toque
asilvestrado, más recio. Para establecer un símil, yo diría que el
primero cantaría zarzuela y el segundo ópera.
Al tratarse de una especie fácil de cazar se la designa con diferentes nombres, tales como: Carduelina; Colorín; Pájaro pinto; Sietecolores; Sirguero; etc. Con su imagen se han editado sellos de correos, incluso
figura en el escudo de una localidad de la Bohemia Central.
Tienen cabeza con aspecto tricolor: Rojo madroño (La cara), blanco y negro. Pico afilado, pálido y fuerte, para descascarillar las semillas.
Cuerpo blanquecino la parte delantera, con toques de ocre; la parte trasera marrón.
Alas negras, con franjas amarillas y puntas blancas en las plumas remeras y lomo marrón en las hembras y negro en los machos.
Cola negra, presentando puntos
blancos en las timoneras. Longitud de 12 a 14 cm. Peso de 14 a 20 gramos. Longevidad en cautividad, de 8 a 10 años.
VERDERON (Carduelis Chloris)
Orden Paseriforme. Familia Fringilae, como la del Jilguero. Mide de 13 a 15 cm. El macho de color
verdiamarillento, con manchas
amarillas en alas y cola. La hembra, de tonos más apagados, con color marrón en la parte posterior. Canto articulado. Intercala notas típicas de llamada (Tsuip,,,,,Tsuip…..) Tambien imita el canto de otras aves.
LÚGANO (Carduelis Spinus)
Ave granívora, se alimenta de pequeñas semillas. Pico fino para acceder a las semillas del cardo.
Cabeza: Desde el borde del pico hasta la nuca, negra, en forma de boina. Se va convirtiendo en verde según avanza hacia la espalda, con listas oscuras. Garganta y laterales del cuello
amarillos. Base amarilla que va clareando hasta llegar al blanco. La hembra, más pálida que el macho, no presenta la boina en la cabeza. Pájaro poco espabilado y curioso, pues también se podía atraer sin reclamo. Buen imitador del canto de otras aves.
En Maliaño, a 1 de junio de 2012 Emilio Al Kasraui