La Prensa Colombiana, la Bomba Atómica y la Guerra Fría Rafael Acosta Esmeral
Código 200521640 Universidad de los Andes
Trabajo de Grado 17 de Noviembre 2015 Dirigido por el Profesor Camilo Quintero
TABLA DE CONTENIDO
INTRODUCCIÓN 3
CAPÍTULO UNO 7
LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Y LA BOMBA ATÓMICA
CAPÍTULO DOS 22
LA BOMBA ATÓMICA DURANTE EL PERIODO DE ENTREGUERRA
CAPÍTULO TRES 38
LA BOMBA ATÓMICA DURANTE LA GUERRA FRÍA
CONCLUSIÓN 51
INTRODUCCIÓN
Bien sabido es que la prensa escrita, en su calidad de medio de comunicación masivo, tiene el poder de formar a la opinión pública y acaso influenciarla. Y es que en un sentido amplio, se puede afirmar que los medios de comunicación escritos presentan una noción de la realidad que es consistente con las estructuras de poder político, económico y social establecidas en un momento determinado. Así, se llega a que los medios de comunicación escrita cumplen con un rol de primera importancia a la hora de difundir estas estructuras dominantes de poder y lograr así que haya aprobación, disentimiento, o consenso por parte de la opinión pública. Dado que la prensa escrita se ve mediada por las estructuras de poder dominantes, es apenas lógico suponer que de haber cambios en estas estructuras habrá también cambios dentro de sus contenidos y sus formas escritas.
Particularizando en el caso de la prensa escrita colombiana, hay múltiples casos en los que se puede evidenciar cambios en los contenidos y las formas en que se presentan temas determinados. Este documento se enfoca en un tema que más allá de generar cambios tanto en la prensa escrita como en la opinión pública, significó un quiebre fundamental en la historia de la humanidad (y ciertamente en el balance de poderes a nivel mundial): la bomba atómica. A partir de los artículos de prensa seleccionados, se pretende indicar que opinión ha tenido la prensa colombiana con respecto a la energía atómica.
Los artículos de prensa analizados en este trabajo demuestran que durante la Segunda Guerra Mundial y los años que le siguieron (incluyendo el periodo que comprendió la Guerra Fría), la prensa colombiana se vio influenciada por las buenas relaciones políticas y económicas que mantenía el gobierno colombiano con las fuerzas de los aliados, principalmente Estados Unidos de América (en el marco de una política de la buena vecindad). Debido a los anuncios de los mismos científicos que desarrollaron la bomba atómica, y también debido a los mismos efectos de las explosiones atómicas, se observa que hubo un cambio tanto de contenidos como de formas en los artículos de prensa escrita publicados en los principales periódicos del país. Así, se observa que más allá de que en un principio la opinión pública favoreciera el desarrollo y la detonación de
las bombas atómicas en Japón, con el tiempo la prensa escrita asumió una postura más autónoma (es decir, desligada de los intereses políticos del país) y objetiva con relación a la energía atómica. Dicho de otra manera, si bien en un principio la prensa escrita difundió el bombardeo atómico de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki con alegría y entusiasmo, pronto hubo un cambio rotundo al evidenciarse una fuerte sensibilización ante el peligro, la destrucción y la muerte que se hicieron sinónimos de la bomba atómica.
Continuando con el análisis de los artículos de prensa escrita publicados en el país con relación a la bomba atómica, hay que también considerar cómo fueron estos artículos en el periodo de entreguerra y posteriormente durante los comienzos de la Guerra Fría. Durante este periodo se observa que la prensa escrita nacional empezó a concentrarse más en las implicaciones de la bomba atómica dentro del marco de la creciente guerra armamentista como factor de disuasión. Del mismo modo, conforme la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética crecía, empezó a haber una especie de división global. Los medios nacionales enfocaron la conversación, ya no en torno al enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, sino en torno al enfrentamiento entre el Este y el Oeste, entre el comunismo y el capitalismo. Al volver a ser el foco la política y la inminencia de un conflicto bélico, la prensa nuevamente abandonó su autonomía política e ideológica y se interesó por influenciar a la opinión pública a favor de los intereses de Estados Unidos y en contra de los intereses de la Unión Soviética.
Cabe resaltar que en este trabajo investigativo, he decidido estudiar el tratamiento que tuvo la prensa colombiana sobre la Bomba Atómica porque este ha sido un campo poco estudiado por la literatura o por los historiadores. Si bien, existen muchos análisis sobre la posición de beligerancia que expuso Colombia ante las potencias del Eje y sobre el impacto de la Segunda Guerra Mundial en Colombia, puedo decir que no existe un análisis sobre los cambios de opinión que tuvo la prensa en los distintos medios de comunicación del país, lo que genera un vacío académico, ya que, como indique en el primer párrafo, las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki y la Guerra Fría fueron acontecimientos que cambiaron la visión y el alcance de las guerras.
Lo anterior nos supone que las explosiones atómicas generaron un cambio en el desarrollo de la vida política de los países, (incluido Colombia), un cambio en la dinámica de sus relaciones
internacionales, específicamente de los acuerdos de paz para limitar y controlar el uso de las armas de destrucción masiva. Por esto se hace importante estudiar qué opinión hubo en Colombia sobre estos acontecimientos, y resulta interesante para aquellos que quieran averiguar no solo los impactos de la Segunda Guerra Mundial en Colombia sino sobre las percepciones que hubo en este país sobre las explosiones que dieron por finalizada esta guerra. Así también, podremos entender cómo contribuyó la detonación de la bomba atómica en el inicio de la Guerra Fría que polarizó al mundo entero al consolidar a los Estados Unidos de América y a la Unión Soviética en esferas de influencia de alcance global. En un sentido más amplio, lo que pretendo (dentro del marco del pueblo colombiano durante mediados del siglo pasado) es abordar la problemática de cómo la prensa escrita condiciona los rumbos de la opinión pública al reforzar las estructuras de poder político, económico y social imperantes.
Para concluir con esta introducción, resulta pertinente indicar como se define la historia de las relaciones internacionales, corriente a la que corresponde este trabajo. De acuerdo a Juan Carlos Pereira Castañares, quien es un historiador español que se especializa en el campo de la historia de las relaciones internacionales, esta historiografía se define como una disciplina joven, incorporada tardíamente a los estudios universitarios pero que se ha venido fortaleciendo en España en Latinoamérica entre las diversas corrientes historiográficas. Indica el autor que hasta hace poco, muchos colegas (historiadores) desconocían este tipo de historiografía, la infravaloraban o sencillamente la confundían con diplomáticos, guerras y muchas anécdotas internacionales. Sin embargo, aclara Pereira Castañares, que desde el 2001 gracias a la importante publicación de artículos que pertenecen a esta corriente historiográfica así como la presencia amplia de este tipo de hacer historia en los diferentes masters de las universidades, han consolidado plenamente esta disciplina académica y como área de investigación.
“Nadie duda ya de que en los planes de estudio de grado, en los de postgrado o en los diferentes masters hoy existentes, debe tener una presencia amplia y permanente la Historia de las Relaciones Internacionales. La demanda de los diferentes alumnos, la realización de trabajos de investigación y Tesis Doctorales, la participación en congresos o seminarios de un creciente número de alumnos e investigadores así nos lo confirman día a día. La incorporación de nuevos socios a la Comisión Española de Historia de las Relaciones
Internaciones (CEHRI), creada en 1991, y en la que hoy se integran 150 personas de muy diversas procedencia y formación, avalan también esas afirmaciones.” (Pereira 2009) Al observar el texto de Pereira el cual se compone a partir del apoyo de 25 profesores universitarios dedicados a la corriente historiográfica de las Relaciones Internacionales, y al observar el texto de Pierre Renouvin y Jean Baptiste Duroselle quienes construyeron el texto titulado Introducción a la historia de las relaciones Internaciones. Claramente se aprecia que los autores han trabajado el
tema de las relaciones Internaciones, dándole prelación al siglo XIX y el siglo XX. En el caso del profesor Renouvin su texto parte de la Primera Guerra Mundial y finaliza con el derrumbamiento de Alemania y el de Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Resulta importante indicar que de acuerdo a este texto la Historiografía de las Relaciones Internaciones se ocupa sobre todo e analizar y de explicar los tratos entre las comunidades políticas organizadas dentro de un territorio, es decir, entre los Estados.
“En efecto debe tener en consideración los vínculos establecidos entre los pueblos y entre los individuos que componen estos pueblos: el intercambio de productos y servicios, las comunicaciones de ideas, el juego de las influencias reciprocas entre las formas e civilización, las manifestaciones de simpatías o de antipatías” (Renouvin 2001).
Como indique anteriormente este trabajo se concentra en artículos de prensa publicados en distintos diarios colombianos, durante las explosiones atómicas que se iniciaron a partir del Proyecto Manhattan, para determinar la opinión que tuvo la prensa colombiana. Al realizar esta investigación fue indispensable apoyarme en las relaciones Internacionales que tuvieron los presidentes de las naciones que aquí se estudian, así como las iniciativas y los gestos de los gobiernos, sus decisiones y en la medida de los posible analizar sus intenciones. Así mismo el hecho de que en este trabajo no solo se estudien los tratos entre las comunidades que se analizaran a continuación, sino que también expongamos intereses económicos y financieros, las características de la mentalidad colectiva, movimientos demográficos entre otras, me permiten decir que este trabajo corresponde a la historiografía de las Relaciones Internacionales.
CAPÍTULO UNO
LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Y LA BOMBA ATÓMICA
Para poder empezar a entender el por qué del tratamiento que le dio la prensa escrita colombiana a la bomba atómica hay que hablar de la segunda guerra mundial, que dio inicio en 1939 y resultó en la muerte de más de 50 millones de personas antes de llegar a su fin en 1945 con la rendición de Japón. Vale la pena subrayar que la guerra llegó a su fin presuntamente debido a la detonación de dos bombas atómicas, una en la ciudad de Hiroshima (detonada el 6 de agosto de 1945) y la otra en la ciudad de Nagasaki tan solo dos días después. En un principio, la detonación de las dos bombas atómicas en Japón recibió una gran cobertura mediática en el país. Los primeros artículos publicados en la prensa escrita se enfocaban en presentar a la bomba atómica como un invento maravilloso que había logrado poner fin a la guerra y que revolucionaría al mundo positivamente.
Se ha iniciado una nueva era: la de la fuerza atómica. Como otras muchas épocas en el progreso del hombre hacia la civilización ha nacido para la destrucción de la guerra… En esta forma, los Estados Unidos, grandes ya por sus hazañas científicas y militares, han llegado a poseer el arma destructiva más poderosa del hombre. (El Tiempo, 1945a)
En este fragmento tomado de un artículo publicado el 11 de agosto de 1945 se puede comprobar que en la prensa escrita colombiana había una gran expectación y una evidente alegría por el uso de la bomba atómica para ponerle fin a la guerra. Esto se refuerza al ver que la sinopsis del mismo artículo, titulado simplemente “La Bomba Atómica”, describió el anuncio del presidente Truman sobre la bomba atómica como sensacional, como “un invento que con solo dos aplicaciones liquidó la guerra” y como “una definición magistral.” Vemos entonces que impera la alegría por el fin de la guerra y el optimismo por un nuevo orden mundial en el que haya paz y no
haya guerra. Poco parece importar el caro precio que debió pagar la población japonesa para que la guerra llegara a su fin.
Gracias al desarrollo y a la utilización de la bomba atómica, Estados Unidos (y en un sentido más amplio el mundo occidental) logró poner fin a un conflicto bélico que había dividido y desestabilizado al mundo civilizado. También hay que tener en cuenta que la victoria de los Aliados, liderados por Estados Unidos, se había logrado en Europa con la rendición de Alemania y la caída del llamado Tercer Reich el 8 de mayo de 1945. Pero persistía el conflicto debido a que el imperio de Japón insistía con sus pretensiones de dominación y conquista en el Pacífico. En Occidente se quería poner fin a un conflicto que había dejado decenas de víctimas, entre muertos, heridos y desaparecidos (militares y civiles) y que además había generado pérdidas materiales incalculables.
El mundo estaba en guerra. El desarrollo de la energía nuclear rápidamente encontraba asidero dentro de la industria bélica. En el curso de la Segunda Guerra Mundial, cada nación industrial importante inició un programa para construir bombas atómicas: los alemanes, los británicos, los franceses (antes de su rendición), los soviéticos, los americanos y los japoneses (Castrillon, 2013). Pero el desarrollo de armas nucleares requeriría un compromiso masivo de fondos públicos, fondos que tendrían que ser desviados del esfuerzo bélico. Si las bombas atómicas podían construirse se creía que serían decisivas.
Por esto era que ninguna de las partes involucradas en el conflicto podían darse el lujo de no invertir en su desarrollo. Pero para llegar a esa inevitable conclusión se dependía de dos análisis corolarios. En primer lugar, había que establecer si era posible inventar este tipo de armas. En segundo lugar, había que decidir si el enemigo era capaz de producirlas a tiempo para afectar el resultado de la guerra. Ambas evaluaciones dependían críticamente de cuánto confiaban los científicos en sus gobiernos y en el nivel de confianza que tenían los gobiernos para con sus científicos (Asada, 1998).
En los Estados Unidos había amplia confianza; el presidente Franklin Delano Roosevelt autorizó debidamente un programa de armas nucleares a gran escala el 9 de octubre de 1941
(Asada, 1998). Por otro lado, en Alemania no había tal confianza y el resultado fue la fragmentación y parálisis del programa científico que buscaba desarrollar la bomba atómica. Después de 1942, Werner Heisenberg, Otto Hahn y Richard von Weizsächer dirigieron su atención a la construcción de un reactor nuclear y el plan de la bomba atómica quedó de lado. Además, cabe mencionar que los científicos alemanes tampoco creían que los aliados podrían hacer lo que ellos mismos no habían juzgado factible (Castrillon, 2013). Los franceses no lograron hacer despegar su programa nuclear, y en cuanto a los soviéticos, el programa tuvo que esperar porque los recursos estaban concentrados en repeler un intento de invasión por parte de los alemanes. Fue solo en 1943 que Rusia revivió el programa y sus labores de espionaje revelaron el alcance del desarrollo de los programas en Gran Bretaña y Estados Unidos. Finalmente, los japoneses vieron que un programa para desarrollar la bomba atómica estaba más allá de sus recursos; su error estuvo en erróneamente dictaminar que también estaba más allá de los recursos de Estados Unidos (Asada, 1998). Estados Unidos sabía muy poco de lo que estaba pasando con los programas de los demás países para el desarrollo de la bomba atómica. De hecho, hasta 1944 corrían en contra de un reloj alemán imaginario, calculando que desde el descubrimiento de la fisión hacia adelante, los alemanes podrían tener por lo menos una ventaja de dos años (Castrillon, 2013). Pero hubo un reloj más urgente y preocupante: el reloj de la guerra misma. Los jóvenes soldados morían en los campos de batalla de Europa continental, así como también en las playas de las diferentes islas del pacífico.
Durante la Primera Guerra Mundial, los alemanes, los británicos y los franceses habían utilizado gas venenoso argumentando que lo hacían para acortar la guerra y salvar vidas (Asada, 1998). Estados Unidos racionalizó la búsqueda de la bomba atómica de la misma manera. Robert Oppenheimer, al reclutar a los científicos que junto a él desarrollarían la bomba atómica en un laboratorio secreto en Nuevo México, les advirtió que aunque no podía decirles en que estarían trabajando, sí podía asegurarles que su trabajo pondría fin a la guerra y salvaría vidas (Asada, 1998). Y es que lo único que importaba en aquel momento era ponerle fin a la guerra, sin importar cómo se hacía. Esto se refuerza en un artículo publicado el 11 de agosto de 1945 en El Tiempo, el cual se tituló “La Bomba Atómica Causa en el Mundo una Tremenda Sensación”. Sin darle mayor importancia al hecho de que la bomba atómica había sido utilizada para destruir dos ciudades japonesas, matando a miles de personas, el artículo inicia de la siguiente manera: “La energía atómica dominada revolucionará totalmente la industria y el comercio del mundo” (El Tiempo, 1945b). En el mismo artículo se plantea incluso que incluso el Vaticano había manifestado estar
impresionado por el descubrimiento, dando así a entender que era causal de celebración, no solo por poner fin a la guerra, sino también (y quizás más importantemente) por ser un descubrimiento científico revolucionario.
El programa que permitiría a Estados Unidos desarrollar la primera bomba atómica fue denominado el Proyecto Manhattan y aunque oficialmente dio inicio en 1941, sus orígenes se remontan a 1939, año en que los físicos alemanes descubrieron cómo dividir un átomo de uranio (Asada, 1998). Los temores pronto se extendieron sobre la posibilidad de que los científicos nazis utilizaran esa energía para producir una bomba capaz de una destrucción indescriptible. Los científicos Albert Einstein y Enrico Fermi huyeron de Europa y encontraron asilo en Estados Unidos. Ellos coincidieron en que el presidente Franklin Delano Roosevelt debía saber lo que estaba ocurriendo en términos del desarrollo de la tecnología atómica en Alemania. Einstein escribió una carta al presidente Roosevelt instando al desarrollo de un programa de investigación atómica hacia finales de 1939 (Asada, 1998). Roosevelt vio ni la necesidad ni la utilidad para un proyecto de este tipo, pero acordó proceder lentamente. A finales de 1941, el esfuerzo estadounidense para diseñar y construir la bomba anatómica recibió su nombre de código - el Proyecto Manhattan.
En un principio la investigación se basó en sólo unas pocas universidades: la Universidad de Columbia, la Universidad de Chicago y la Universidad de California en Berkeley (Asada, 1998). Un gran avance se produjo en diciembre de 1942, cuando Fermi llevó a un grupo de físicos para producir la primera reacción nuclear en cadena controlada en la Universidad de Chicago. Después de este hito, los fondos se asignaron más libremente, y el proyecto avanzo a una velocidad vertiginosa. Las instalaciones nucleares fueron construidas en Oak Ridge, Tennessee y Hanford, Washington (Castrillon, 2013). La planta de montaje principal fue construida en Los Álamos, Nuevo México. Robert Oppenheimer fue puesto a cargo de poner las piezas juntas en Los Álamos. Después se sumó la factura final, cerca de 2 mil millones de dólares habían sido gastados en la investigación y el desarrollo de la bomba atómica. El Proyecto Manhattan empleó a más de 120,000 estadounidenses mientras duró (Castrillon, 2013). Pero antes de que Oppenheimer comenzara a reclutar científicos para el Proyecto Manhattan, Szilard, Fermi y sus colegas de Columbia y luego en la Universidad de Chicago tuvieran que realizar el paso intermedio: construir un reactor nuclear experimental para demostrar que era posible conseguir una reacción en cadena
controlada en uranio (Coleman, 2008). Sería una reacción en cadena lenta de neutrones y relativamente fácil de controlar, no la reacción rápida requerida para el funcionamiento de la bomba atómica. El diseño del reactor que desarrollaron Szilard y Fermi (y que ellos patentaron) comprendió una asamblea esférica del tamaño de un garaje para dos coches de bloques de grafito perforados con agujeros ciegos en los que se insertaban discos de óxido de uranio o de metal (Asada, 1998). En un primer momento, el reactor requería aproximadamente 700,000 libras de grafito altamente purificado, todo el metal de uranio que pudieran conseguir (que resultó ser 12,400 libras) y unas 80,000 libras de óxido (Castrillon, 2013). Pero ninguno de estos materiales podía conseguirse fácilmente; su fabricación tuvo que ser planeada, desarrollada y subsidiada.
El secreto de la bomba en últimas llegó a ser la producción industrial en una escala enorme; los costos totalizaron 2,200 millones de dólares para 1945, año en que terminó la guerra (Asada, 1998). Lo que comenzó como un experimento menor en un banco de laboratorio en Alemania en 1938 se convirtió, en los Estados Unidos, en una industria comparable en escala a la industria automotriz (Castrillon, 2013). Niels Bohr había vuelto a Dinamarca en 1939 seguro en la convicción de que ninguna nación podía permitirse el lujo de construir una industria semejante durante la guerra (Sherwin, 2015). Estados Unidos no sólo lo hizo, sino que lo hizo de forma redundante, persiguiendo tres caminos diferentes y costosos para la acumulación de las cantidades necesarias de materiales fisionables. El Proyecto Manhattan se convirtió en la principal prioridad para el gobierno de Estados Unidos. Desde su inicio, las necesidades de materiales y personal del Proyecto Manhattan fueron prioritarias, mas que las de cualquier otro programa de la guerra. Y esto no fue porque alguien pensara que la bomba atómica iba a ganar la guerra, sino porque si el enemigo lograba hacerse con ella primero la victoria de los aliados, que estaba casi garantizada, podría bruscamente convertirse en una estrepitosa derrota.
El presidente Harry Truman esperaba con impaciencia noticias de una prueba victoriosa mientras asistía a la Conferencia de Potsdam. La Unión Soviética aun era neutral en la Guerra del Pacífico; Stalin había prometido declarar la guerra y comenzar la lucha contra los japoneses, y hasta que llegó la noticia de la prueba exitosa en Nuevo México las principales preocupaciones de Truman había sido apuntalar el compromiso de Stalin (Bes, 2011). Pero con la prueba cambiaron las apuestas. Truman quería poner fin a la guerra antes de que los rusos se unieran a ella, para evitar una división política del Japón como la división que se dio en Alemania (Bes, 2011). Y en
verdad las primeras bombas atómicas no serían siquiera una extensión cuantitativa de la destrucción del bombardeo estratégico que ya había causado la fuerza aérea estadounidense en varias ciudades japonesas. Desde finales de abril, la fuerza aérea había bombardeado sistemáticamente a las ciudades japonesas buscando su destrucción total, matando a cientos de miles de civiles en el proceso; se estima que estos bombardeos produjeron la muerte de más de 50,000 personas (Castrillon, 2013). Hiroshima y Nagasaki sobrevivieron las bombas atómicas sólo porque se habían reservado deliberadamente como objetivos, por lo que los efectos de esas primeras bombas podrían evaluarse.
“La devastación de Hiroshima se completó el 6 de agosto de 1945. Little Boy detonó con una energía de 15 kilotones; el 90% de los edificios de la ciudad se vieron dañados o destruidos. Adicional a esto, el 90% de todo el personal médico de Hiroshima murieron o resultaron heridos. Hasta el 1 de septiembre, al menos 70,000 personas habían muerto. Más murieron después debido a los efectos de la radiación”. (Castrillon, 2013).
Pero ahora había una lucha por el poder entre los líderes civiles y militares en el gobierno de Japón. No hubo rendición, y el 9 de agosto de 1945 explotó la bomba Fat Man sobre Nagasaki, detonando con una energía de 22 kilotones, matando a por lo menos 40 mil personas y devastando a la ciudad completamente (Asada, 1998). Entonces la Unión Soviética también entró en la guerra y enfrentó el liderazgo japonés desplegando un ataque en Manchuria y Hokkaido (Asada, 1998). Por último, y rompiendo la tradición, el emperador Hirohito insistió en que el gobierno comunicase su rendición y de mala gana lo hizo. El 15 de agosto de 1945, en una emisión histórica al pueblo entero, Hirohito habló específicamente de una nueva y cruel bomba, cuyo poder para hacer daño era incalculable, tanto así que había destruido dos ciudades japonesas y destruido las vidas de decenas de miles de personas.
Las bombas atómicas que explotaron sobre Hiroshima y Nagasaki no ganaron la guerra del Pacífico, pero contribuyeron decisivamente a poner fin a la guerra. Lo que podría haber sucedido de no haber utilizado las bombas es imposible de anticipar, salvo que las dos ciudades habrían sido bombardeadas incesantemente por la fuerza aérea estadounidense. Los japoneses se podrían haber rendido, o los aliados podrían haber tenido que invadir las islas japonesas, que era precisamente lo
que planeaban cuando la bomba atómica fue probada con éxito (Asada, 1998). Entonces, no es claro que el uso de las bombas atómicas haya sido necesario. Lo único que queda claro es que con el advenimiento de la guerra atómica hubo un escalamiento importante en los niveles de destrucción del arsenal de guerra.
“El número de muertes de civiles en Japón superó en gran medida el número de muertes estrictamente militares infligidos a los japoneses en combate por las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Esta declaración está impregnada de importancia, puesto que si sigue habiendo duda de que el énfasis en la guerra se ha desplazado de las fuerzas militares a la población civil, entonces este hecho debe disipar toda incertidumbre”. (Castrillón, 2013).
Con la enfermedad, el bloqueo, el hambre y el fuego, a veces era posible matar a un gran número de personas en el pasado. El arsenal del siglo XX estaba comprendido por artillería masiva y bombardeos aéreos lo que hizo que tal masacre fuera más segura y más eficiente. Los avances tecnológicos se hicieron a escala industrial; la muerte se hizo una función directa del tiempo y de los recursos invertidos en el trabajo. La bomba atómica fue la culminación de esta tendencia, un mecanismo que implicó la muerte total sobre sus objetivos a un bajo precio, de manera indiscriminada y casi instantánea. Si las personas murieron en Hiroshima y Nagasaki no dependía de sus identidades, ya fueran estos combatientes o no, trabajadores forzados coreanos, prisioneros de guerra estadounidenses, mujeres embarazadas, niños, abuelas, bebés recién nacidos o sacerdotes sintoístas, etc.; pero solamente sobre el accidente de su distancia de la zona cero aquel día.
Colombia, entonces como ahora, era un fiel aliado de los Estados Unidos, y esto sin duda influyó en que el país se hubiera solidarizado con la causa de los Aliados en contra de los poderes fascistas de Adolfo Hitler y Benito Mussolini. El apoyo hacia la causa Aliada instaba a Colombia a oponerse también a las actuaciones de Japón en el Pacífico, especialmente el notorio bombardeo de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Dicho bombardeo se planteó originalmente como un ataque preventivo para proteger los intereses japoneses en el Pacífico, pero su efecto fue todo lo contrario. Estados Unidos se vio fuertemente sacudido y debido al clamor popular del pueblo estadounidense, el país inmediatamente abandonó la política de no intervencionismo que hasta aquel momento había mantenido.
Esta indignación se trasladó a Colombia, y no solo porque fuera aliada de Estados Unidos, sino también porque sus enemigos iban en contra de los principios capitalistas y democráticos que el país defendía. Aquí también debemos hacer mención de la política de la buena vecindad que Estados Unidos implementó durante la administración de Franklin Delano Roosevelt. Esta política buscaba unificar los intereses de los países americanos y alinearlos con los intereses norteamericanos. Fue a partir de esta política de la buena vecindad, y en gran medida a la inclinación de Eduardo Santos hacia apoyar a la democracia y oponerse a los regímenes totalitarios europeos que Colombia pasó, al igual que Estados Unidos, del no intervencionismo a un intervencionismo pasivo para apoyar a Estados Unidos.
“Cuando Estados Unidos declaró la guerra a los poderes del Eje, Colombia rompió sus relaciones diplomáticas con éstos, acto que demostró de parte de quién estaba la posición oficial colombiana. Eduardo Santos estaba convencido de que con este accionar el país estaba dando prueba de su adhesión al proyecto democrático y al pacto de solidaridad interamericana, y por tanto, la neutralidad no podía ser una opción en la hora crítica de los Estados Unidos”. (Mesa, 2014).
La prensa escrita colombiana también hizo eco de este hecho en los días posteriores a la detonación de las dos bombas atómicas en suelo japonés. En un breve artículo titulado “Al Día Siguiente del Golpe de Pearl Harbor, Colombia Rompió Relaciones con el Imperio Nipón”, el diario El Tiempo recordó la solidaridad de Colombia para con Estados Unidos. Yendo más allá, este artículo fue un recordatorio para todo el pueblo colombiano de que había que tomar una postura fuerte en contra del totalitarismo que Japón quiso ejercer en el Pacífico.
“La bomba se utilizaría, por consiguiente, en el escenario de la Guerra del Pacífico, en donde las fuerzas estadounidenses encontraban una violenta oposición de los japoneses y acusaban en cada batalla ingentes pérdidas de vidas humanas… El poder destructor de la bomba superó cualquier expectativa”. (El Tiempo, 1945c).
Del mismo modo, este fue un artículo que buscó hacerle ver al pueblo colombiano que Estados Unidos había tenido una justa causa para utilizar la bomba atómica contra Japón, puesto que Japón lo había atacado en el pasado y sin ningún tipo de provocación. Por eso la única opción que tenía Japón era rendirse si no quería ser destruida. Esta era la única opción que tenía el entonces
imperio japonés, puesto que como se pudo leer en el fragmento de la noticia incluid arriba, Estados Unidos no estaba dispuesta a seguir soportando los violentos e ininterrumpidos ataques de las fuerzas japonesas en el Pacífico. Finalmente, la solidaridad de Colombia con Estados Unidos, recordaba y enfatizada con este artículo, aludía también tácitamente a la ya mencionada política de la buena vecindad que llamaba a la unión de los países americanos y a la celebración conjunta de sus triunfos. Esto último también se enfatiza con un artículo titulado “Júbilo en Londres por la Rendición”, en el que se dice incluso que los obreros y empleados ingleses tendrían dos días de fiesta (El Tiempo, 1945d).
Hasta aquí es claro que en un principio la prensa escrita colombiana tomó una postura de apoyo a Estados Unidos. Los artículos en principio evidenciaban optimismo, alegría y entusiasmo, y esto se entiende dado el contexto político y social que se vivía en el momento en que Estados Unidos decidió recurrir a la última solución para vencer a Japón. Sin embargo, pronto hubo cambios tanto en los contenidos como en las formas de los artículos que se publicaban en la prensa colombiana con relación a la bomba atómica. Y es que cuando pasó el furor que causó el descubrimiento de la energía atómica y la felicidad que provocó el fin definitivo de la segunda guerra mundial, el mundo se vio de frente con la destructiva y peligrosa realidad de la bomba atómica.
De hecho, los primeros artículos que arrojaron luz sobre lo peligroso de la bomba atómica se publicaron en los días posteriores a los ataques en contra de Japón. Por ejemplo, un artículo publicado el 9 de Agosto de 1945 en El Tiempo titulado “Durante 70 Años no se Podrá Vivir en la Zona Afectada por la Bomba” advirtió que las zonas afectadas por las bombas continuarían experimentando mortales reacciones radioactivas durante varias décadas. Otro artículo publicado en esa misma edición de El Tiempo se tituló “Otra Bomba Atómica Sobre el Japón” y en él se menciona que los nipones compararon la bomba atómica con terribles atrocidades bárbaras. El artículo también aseguraba que la bomba detonada en Hiroshima destruyó de forma absoluta el 60% del área total urbana (El Tiempo, 1945f).
Otro artículo, también publicado en El Tiempo del 11 de Agosto, se tituló “La Bomba Atómica: Es lo Más Aterrador que He Visto, Dice un Cabo del Ejército Nipón”, y en él se transmite la experiencia de un hombre que presenció la destrucción de la bomba atómica a la distancia. Al
transcribirse el testimonio del militar japonés el lector no puede evitar sentirse sobrecogido por el temor que sentía el soldado japonés y por la totalidad de la destrucción que causó la bomba atómica en suelo nipón: “Era el infierno, el mismo infierno. Igual que en el mundo de los muertos, no había nadie que pudiese emitir ni un mero gemido” (El Tiempo, 1945g). Ya aquí se puede empezar a ver que la prensa escrita no está siendo influida por los intereses políticos y económicos del gobierno colombiano, o al menos no tan fuertemente como en un principio. Más importante, se puede ver que más allá de la novedad de la bomba atómica como el principal logro científico de la época, se tomaba consciencia de que la guerra se había elevado a un nuevo techo, un techo que no conocía límites de destrucción y que podría incluso propiciar el fin de la raza humana si no se controlaba.
Esto también se refuerza en una fotografía publicada en la portada de Revista Cromos en Agosto de 1946 y que se tituló “La Postguerra”. La imagen presenta un grupo de niños, claramente afligidos, sucios y heridos, mientras caminan por las ruinas de Hiroshima. Esta es una fotografía desgarradora en la que claramente deja de apreciarse una posición enceguecida por la victoria que implicaron las explosiones atómicas, y se muestra a la prensa colombiana mucho más sensible y consiente sobre el uso de la energía atómica. Considero que el hecho de que el fotógrafo y la revista hayan preferido fotografiar a niñas en vez de adultos, es una decisión que resulta muy importante para este análisis. Considero que el hecho de retratar a niñas no es una casualidad sino que tanto el fotógrafo como el director de la revista Cromos decidieron publicar esta imagen porque la intención de la prensa era reflejar su sensibilidad. Ya no se buscaba celebrar el avance científico que marcó la época y puso fin definitivo a la guerra, sino que se criticaba fuertemente el uso indiscriminado de esta tecnología bajo cualquier circunstancia.
Revista Cromos La Post Guerra Agosto 1946
Es decir que esta fotografía tiene el objetivo de demostrar que la opinión de la prensa con respecto a la implementación de la energía atómica ha cambiado, que ha dejado de estar cegada por la victoria de los Aliados y que ahora ha tomado una posición autónoma con respecto a los hechos. En la fotografía también resulta muy importante revisar el vocabulario que aparece debajo de la misma. El enunciado emplea la palabra terrible explosión para explicar los acontecimientos, es decir, que la intención de la imagen es claramente rechazar las explosiones atómicas y concientizar al público de que más allá de ganar una guerra lo que se ocasiono fue la destrucción de dos ciudades. Por lo que hemos expuesto hasta aquí, se puede apreciar que la prensa ha modificado su opinión con respecto al uso de las bombas atómicas, ya la prensa no tiene el interés
de decir que la energía atómica fue un sensacional descubrimiento sino que se pretende concientizar al público, a través de imágenes y su vocabulario, de que emplear este tipo de armas ocasiona grandes pérdidas y consecuencias para la humanidad
Con todo, el fin de la guerra y la muerte y destrucción que significó el uso de la bomba atómica generó un cambio importante de contexto. Ya no había un contexto de guerra que justificara el deseo de la opinión pública de que hubiera una solución definitiva sin importar cuan destructiva fuera. Ya la guerra había terminado y no se quería saber más de muerte ni de destrucción. La muerte por incineración y radiación de unos 200,000 habitantes de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 marcó el comienzo de manera espectacular en la era atómica, sin duda uno de los acontecimientos más importantes en la historia registrada (Castrillon, 2013). Pero con la destrucción de Hiroshima y Nagasaki se sobrevino un cambio en la mentalidad de la opinión pública, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.
Se quería que hubiera paz y se quería evitar cualquier circunstancia que pudiera acercar al mundo a una nueva guerra. Tristemente, con la bomba atómica se dieron ambas condiciones. Por un lado, el mundo se vio obligado a enfrentar la realidad de las consecuencias de la bomba atómica y se propició el escenario para la Guerra Fría. En el artículo “Un Dramático Relato Sobre la Rendición del Imperio Japonés”, publicado en El Tiempo el 19 de agosto de 1946, se describe la decadente situación del imperio japonés; se dice incluso que el propio emperador dijo que como fuera terminaría con la guerra sin importarle lo que le pasara.
Al analizar el artículo de prensa titulado “Puede controlarse la Energía Atómica” publicado en la Revista Cromos el 20 de Julio de 1946, se hace mucho más evidente que después de un año la prensa colombiana está preocupada por el descubrimiento de los EE.UU. Insisto de que el descubrimiento dejo de ser sensacional, como lo expreso el periódico El Tiempo un día después del lanzamiento de la primera bomba, y ahora lo que existe es una preocupación por el uso de la energía atómica. El artículo publicado por Joseph Jones quien es un abogado norteamericano y quien además trabajó durante la Segunda Guerra Mundial como funcionario del departamento de Estado, nos refleja la preocupación por el control de la energía atómica.
Este articulo además de manifestar la preocupación de Estados Unidos por el uso del descubrimiento científico y la preocupación de la prensa colombiana en explicarle a los lectores
de que la energía atómica debe controlarse, manifiesta también de que los científicos responsables del descubrimiento suguieren urgentemente que los países creen mecanismo de control sobre la fabricación de estas bombas. Un ejemplo de lo anterior es la pregunta que hace el senador McMahon a uno de los científicos: “Podrían decirnos, ustedes que desencadenaron esta terrible fuerza, que debemos hacer para salvarnos todos? Y los científicos respondieron: Deben ustedes instituir un control internacional con vigilancia” (Revista Cromos, 1946). En este sentido se aprecia que la preocupación por el control de la energía atómica es generalizado y que el descubrimiento, como dice la fuente, de la terrible fuerza está generando un temor mundial de posibles ataques.
El hecho de que esta noticia se publique en la revista Cromos nos sugiere de que la prensa colombiana está muy preocupada por concientizar al público, y por lo mismo a recurrido a periodistas extranjeros como el caso de Jones para que la concientización llegue directamente desde su origen o desde el lugar de la noticia, es decir, para que no existan intermediarios que puedan distorsionar las manifestaciones de preocupación. Para continuar con el análisis revisemos lo que calla la fuente. Es decir no únicamente lo que dice sino lo que no está diciendo. En este sentido vemos que la fuente dejo de reflejar la felicidad por ganar la guerra así como también dejo de usar un vocabulario que reflejara un apoyo incondicional a los Estados Unidos.
Como alcance a indicar anteriormente, entre sus más profundas consecuencias, la destrucción de estas dos ciudades contribuyó a los orígenes de la Guerra Fría. La posesión americana de un monopolio sobre la energía atómica y el posterior esfuerzo del Secretario de Estado James Byrnes para practicar la diplomacia atómica rápidamente catalizó desacuerdos entre Estados Unidos y la Unión Soviética, a tal punto que se dio una confrontación implacable (Castrillon, 2013). También hay que resaltar que los propios científicos involucrados, incluyendo al propio Robert Oppenheimer (cabeza del llamado Manhattan Project), quien pasó a la historia no solo como uno de los creadores de la bomba atómica, sino también por decir: “Ahora me he convertido en la muerte, destructora de mundos” (Hijiya, 2000). Oppenheimer reconoció que la bomba atómica era peligrosa para el mundo y que sin un debido control la energía atómica no representaba un adelanto científico sino la destrucción de la vida debido a todos las consecuencias que se derivaba de su uso, como por ejemplo la radioactividad.
En un artículo publicado en El Espectador el 7 de Agosto de 1946 se reconoce que la radioactividad era un peligro real que afectaría a los tripulantes de los barcos expuestos durante mucho tiempo: “… tal vez pasarán muchos meses antes de que todos los blancos queden aptos para la inspección y rehabilitación, porque la radioactividad infligiría una muerte lenta a las tripulaciones permanentes” (El Espectador, 1946). Por último, vale señalar que con el desarrollo de la bomba atómica hubo un escalamiento en las hostilidades entre Estados Unidos y la Unión Soviética, lo que contribuyó al inicio de la Guerra Fría. Así, más que actuar como una fuerza disuasiva contra la guerra, la bomba atómica llevó a una nueva guerra en la que se vieron enfrentadas las dos mayores potencias del mundo en aquel tiempo.
Durante la Segunda Guerra Mundial la bomba atómica fue vista y valorada como un instrumento potencial más que un instrumento de política real. Los funcionarios responsables que creían en su impacto en la diplomacia tendrían que a su desarrollo (y tal vez incluso una demostración de poder). Tal como lo observara Henry Stimson, secretario de guerra, en aquel momento: La bomba como un arma meramente probable parecía una caña débil sobre la que apoyarse, pero la bomba como una realidad colosal era muy diferente (Sherwin, 2015). Que los políticos consideraran esta diferencia antes de Hiroshima ha sido bien documentado, pero si basaban las políticas diplomáticas en tiempos de guerra sobre una exitosa demostración anticipada del poder de la bomba sigue siendo una fuente de controversia (Sherwin, 2015). En este debate habría que contemplar dos cuestiones fundamentales. En primer lugar, había que determinar si el desarrollo de la bomba atómica afectaría la forma en que los políticos estadounidenses realizaban diplomacia con la Unión Soviética. En segundo lugar, había que determinar qué consideraciones diplomáticas relacionadas con la Unión Soviética influían en la decisión de usar la bomba atómica contra Japón
Para comprender la naturaleza de la relación entre la energía atómica y las políticas diplomáticas que se desarrollaron durante la Segunda Guerra Mundial, la bomba debe ser vista como la veían los responsables políticos antes de Hiroshima. Es decir, como un arma que podría utilizarse para controlar la diplomacia de la posguerra (Castrillon, 2013). Para esta tarea nuestra opinión actual es conceptualmente inadecuada. Después de más de un cuarto de siglo de experiencia entendemos, como no lo hicieron los políticos en tiempos de guerra, las limitaciones de la bomba como un instrumento diplomático. Para apreciar la profunda influencia de la
suposición de la guerra sin respuesta sobre el impacto de la bomba en la diplomacia, debemos reconocer los efectos de la posguerra que los responsables políticos y sus asesores para los que la bomba podría ser utilizada.
En este esfuerzo, las expectativas de Churchill y del propio Roosevelt deben ser examinadas con mucho cuidado; las ideas de los científicos deben ser consideradas junto con las de los políticos. La decisión de Truman de usar la bomba atómica contra Japón debe evaluarse a la luz del legado atómico de Roosevelt y los problemas de la inminente paz deben ser considerados junto con las exigencias de la guerra (Bes, 2011). Para aislar las alternativas básicas de política de energía atómica que surgieron durante la guerra requiere que primero nos preguntemos si las alternativas eran, de hecho, reconocidas.
Lo que emerge con mayor claridad a partir de un examen minucioso de la formulación de la política de guerra de energía atómica es la conclusión de que los políticos nunca cuestionaron seriamente la hipótesis de que la bomba atómica se debía utilizar contra Alemania o Japón (Bes, 2011). A partir del 9 de octubre de 1941, el momento de la primera reunión para organizar el proyecto de energía atómica, Stimson, Roosevelt, y otros miembros del grupo de políticas superior concibieron el desarrollo de la bomba atómica como una parte esencial del esfuerzo de la guerra total (Sherwin, 2015). Aunque la propuesta de construir la bomba fue hecha inicialmente por los científicos que temían que Alemania podría desarrollar el arma primero, los que tienen la responsabilidad política de la persecución de la guerra aceptaban las circunstancias de la creación de la bomba como justificación suficiente para su uso contra cualquier enemigo.
Después de haber alimentado este punto de vista durante la guerra, los Estados Unidos efectivamente acusaron a los que más tarde criticaron el uso de la bomba con dos errores. En primer lugar, se argumentó que estos críticos hicieron la pregunta equivocada: No se trataba de si la rendición de Japón se podría haber obtenido sin necesidad de utilizar la bomba, pero si un curso diplomático y militar diferente hubiera conseguido una rendición anteriormente (Bes, 2011). En segundo lugar, el supuesto básico de estos críticos era falsa: la idea de que la política estadounidense debería haberse basado principalmente en el deseo de no emplear la bomba parecía tan irresponsable como una política controlada por un deseo positivo de usarla. La guerra, no la bomba, había sido el foco principal de su atención.
Reconociendo que el monopolio de la bomba atómica dio a Estados Unidos una nueva y poderosa ventaja militar, Roosevelt y Stimson se interesaron cada vez más en convertirla en una ventaja diplomática. En diciembre de 1944 la discusión giró en torno el uso del secreto de la bomba atómica como un medio de obtener un quid pro quo por parte de la Unión Soviética (Sherwin, 2015). Pero viendo la bomba como un instrumento de diplomacia potencial, Estados Unidos pareció no verse movido a formular un plan concreto para llevar a cabo el intercambio antes de que la bomba fuera usada. Y es que si bien era cierto que la bomba atómica tenía una probabilidad de éxito muy alta, también lo era que para poder ser una herramienta efectiva en el ejercicio diplomático tenía que ser utilizada exitosamente en la guerra. Fuera o no que el espectro de las ambiciones soviéticas durante la posguerra creara un deseo positivo para determinar el poder de la bomba, hasta que fuera ejecutada esa decisión la diplomacia atómica siguió siendo una idea que nunca se cristalizó en una política (Asada, 1998).
CAPÍTULO DOS
LA BOMBA ATÓMICA DURANTE EL PERIODO DE ENTREGUERRA
Aunque Roosevelt no dejó ninguna declaración definitiva respecto a la asignación de un papel a la bomba atómica durante la posguerra, sus expectativas sobre su posible valor diplomático se pueden extraer del registro existente. Un análisis de las políticas elegidas de entre las alternativas con que fue enfrentado Estados Unidos sugiere que el valor potencial diplomático de la bomba comenzó a dar forma a sus políticas de energía atómica desde 1943 (Castrillon, 2013). Estados Unidos pudo haber sido cauteloso respecto de contar con la bomba atómica como una realidad durante la guerra, pero no obstante eligió alternativas políticas que promovieron el potencial diplomático de la bomba en la posguerra si las predicciones de los científicos resultaban ciertas. Estas políticas se basan en la suposición de que la bomba podría ser utilizada de manera efectiva
para asegurar los objetivos diplomáticos de la posguerra; esta suposición fue mantenida durante las administraciones de Roosevelt y Truman (Castrillon, 2013).
A pesar del acuerdo general de que la bomba iba a ser un factor de extraordinaria importancia diplomática después de la guerra, aquellos estrechamente asociados con su desarrollo no estaban de acuerdo sobre la forma de utilizarla con mayor eficacia como instrumento diplomático. Convencido de que las políticas de energía atómica de guerra tendrían consecuencias en la posguerra, varios científicos aconsejaron Roosevelt adoptar políticas encaminadas a la consecución de un sistema de control internacional de la posguerra (Carpintero, 2007). Churchill, por su parte, instó al presidente a mantener el monopolio atómico como contrapeso diplomática contra las ambiciones de la posguerra de otras naciones, especialmente la Unión Soviética (Carpintero, 2007).
Estados Unidos formó su política de energía atómica a partir de las decisiones que tomó entre estas recomendaciones contradictorias. Así, en 1943 rechazó el consejo de sus asesores científicos y se comenzaron a considerar los componentes diplomáticos de la política de energía atómica en conjunto con el Reino Unido únicamente (Carpintero, 2007). En este orden de ideas, parece claro que la intención de Roosevelt, y posteriormente de Truman, no fue otra más que asegurarse de que la bomba atómica se convirtiera en un arma determinante a la ahora de inclinar la balanza de poder político y militar a favor de Estados Unidos.
En retrospectiva, parece que las políticas de Estados Unidos fueron consistentes con su reputación pública para la cooperación y la conciliación. Además, es claro que los dirigentes políticos estadounidenses asumieron un compromiso para con la seguridad colectivo, siendo esta el garante efectivo de la seguridad nacional (Carpintero, 2007). Por último, se hace evidente que Estados Unidos hizo todo lo posible para asegurar que la Unión Soviética y sus aliados continuaran funcionando como socios durante la posguerra. En última instancia, Roosevelt parece haber deseado relaciones de posguerra amistosas con la Unión Soviética, e incluso trabajó duro para alcanzarlas. Sin embargo, sus planes de desarrollo de la bomba atómica y sus intenciones de usarla para inclinar la balanza de poder a su favor son una clara indicación de que Estados Unidos no confiaba en la posibilidad de establecer relaciones cercanas y amigables con la Unión Soviética.
Al igual que la gran alianza en sí, la asociación de energía atómica estadounidense fue forjada por la guerra y sus exigencias. La amenaza de una bomba atómica alemana precipitó un matrimonio apresurado de conveniencia entre la investigación británica y los recursos estadounidenses (Carpintero, 2007). Cuando los científicos en Gran Bretaña propusieron una teoría que explicaba cómo construir la bomba atómica relativamente rápido, las autoridades tuvieron que asumir que los científicos alemanes estaban construyendo una. Aun peor, había pleno convencimiento de que si se hiciera un explosivo de esas características, sería miles de veces más potente que los explosivos existentes, y su uso podría ser determinante. Estados Unidos creyó plenamente en el proyecto de la bomba atómica desde el principio y se hizo el tema de principal importancia en la agenda. Se quería que el programa avanzara no sólo en lo que se refería al desarrollo, sino también en cuanto al tiempo. Esto era muy esencial, ya que Estados Unidos y sus aliados sentían dolorosamente los peligros de no hacer nada (Carpintero, 2007).
Las altas apuestas involucradas durante la guerra no impidieron que los funcionarios en Gran Bretaña o Estados Unidos consideraran las implicaciones de sus decisiones con relación a la energía atómica durante la posguerra. Se puede argumentar que Roosevelt, un político pragmático, renovó la alianza de energía atómica en tiempos de guerra para mantener relaciones armoniosas con el Reino Unido en lugar de perturbarlas sobre la base de un tema de la posguerra (Carpintero, 2007). De hecho, parece lógico que el presidente tomara en cuenta esta consideración, aunque también hay que reconocer que para Estados Unidos el éxito de la diplomacia durante la posguerra el poder militar era prerrequisito (Carpintero, 2007).
Ya en agosto de 1941, durante la Conferencia del Atlántico, Roosevelt había rechazado la idea de que se podría confiar en una organización internacional eficaz podría para mantener la paz. Estados Unidos estaba convencido de que una fuerza policial internacional liderada por Estados Unidos sería mucho más efectiva. En la primavera de 1942 el concepto se había ampliado: los dos policías se convertirían en cuatro, y se añadió la idea de que todas las demás naciones estarían desarmadas (Castrillon, 2013). A los infractores primero se les pondría en cuarentena, y si persistían en sus actividades disruptivas, se bombardearía una ciudad cada día hasta que se comportasen (Asada, 1998).
El concepto de dominación de gran potencia siguió siendo la idea central del enfoque a la organización internacional que lideró Estados Unidos bajo el liderazgo de Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial (Asada, 1998). La forma precisa en que Roosevelt esperaba integrar la bomba atómica en sus planes para mantener la paz durante la posguerra no es clara. Sin embargo, en el contexto de sus decisiones respecto de la política de energía atómica de 1943 y sus conceptos de paz, sus acciones en 1944 sugieren que tenía la intención de aprovechar al máximo el potencial de la bomba como un instrumento de diplomacia durante la posguerra.
Si Estados Unidos consideró que la bomba podría ser utilizada para crear un orden mundial más pacífico, Roosevelt parece haber considerado la amenaza de su poder más eficaz que cualquier oportunidad que ofrecía para la cooperación internacional. Si Roosevelt estaba menos preocupado que Churchill sobre las ambiciones soviéticas durante la posguerra, no estuvo menos decidido que el primer ministro británico para evitar compromisos con los soviéticos para el control internacional de la energía atómica (Asada, 1998). Así, Estados Unidos cambió de parecer y no se limitó a usar la bomba atómica para salvar vidas y poner fin a la guerra. La intención cambió y lo que se quería era que la bomba atómica sirviera para amedrentar a la comunidad internacional y hacer valer por fuerza los intereses en la agenda norteamericana.
Harry Truman heredó un conjunto de políticas diplomáticas y militares de energía atómica que incluyeron intenciones parcialmente formuladas, múltiples compromisos con el Reino Unido y la asunción de que la bomba fuera un arma legítima contra Japón (Asada, 1998). Pero ninguna política se resolvió definitivamente. Según el Acuerdo de Quebec, el presidente tenía la opción de decidir el futuro de los aspectos comerciales de la asociación de energía atómica según su propia estimación de lo que era justo. Aunque la asunción de que la bomba se utilizaría durante la guerra fue compartida por aquellos que fueron partícipes de su desarrollo, las asunciones formuladas al principio de la guerra no fueron necesariamente válidas en su conclusión.
Truman estaba atado al pasado por su propia posición incierta y por el prestigio de su predecesor. Desde que Roosevelt se había negado a entablar negociaciones con el gobierno soviético para el control internacional de la energía atómica, y puesto que no había expresado ninguna objeción a la utilización de la bomba durante la guerra, habría requerido un considerable valor político y confianza para que Truman alterara dichas políticas (Castrillon, 2013). Pareciera
claro que Estados Unidos había llegado a una situación que no permitía vacilaciones. Si la bomba atómica se desarrollaba exitosamente no quedaba más remedio que utilizarla.
Por otra parte, habría requerido el estímulo de sus asesores, puesto que bajo las circunstancias, la limitación más seria en las decisiones del nuevo presidente era su dependencia en el asesoramiento. Así, el legado atómico de Truman, mientras que incluía varias opciones, no implicaba necesariamente una completa libertad para elegir entre todas las alternativas posibles (Asada, 1998). Stimson había estado preparándose para informar a Truman sobre la bomba atómica durante casi diez días, pero en las anteriores veinticuatro horas lo había tomado un sentido de urgencia (Sherwin, 2015). Las relaciones con la Unión Soviética habían disminuido notablemente como resultado de la incapacidad del Departamento de Estado para resolver los principales problemas entre los aliados antes de seguir adelante con la Conferencia de San Francisco en la Organización de las Naciones Unidas (Castrillon, 2013).
El secretario de Estado, junto con sus especialistas soviéticos, ahora se sentía obligado a seguir adelante con los planes para usar la bomba atómica. Para salir del lío que habían creado ellos instaban a Truman a asumir una postura fuera contra los rusos. Pero ya para ese momento lo había hecho. Veinticuatro horas antes el presidente se había reunido con el canciller soviético, y con brutal franqueza acusó a su gobierno de romper el Acuerdo de Yalta.
“Con un memorándum sobre los aspectos políticos del desempeño de la S-1 [la bomba atómica]… Stimson fue a la Casa Blanca el 25 de abril. El secretario no era del todo consciente de cómo las diversas fuerzas habían formado esas decisiones: las recomendaciones de Bush y Conant; las políticas que Roosevelt había seguido; las incertidumbres inherentes durante la alianza en tiempos de guerra; la preocupación opresiva para el secretismo; y su propia inclinación a considerar las implicaciones de largo alcance”. (Sherwin, 2015).
Aunque su lenguaje revela la sensibilidad de Stimson a la importancia histórica de la bomba atómica, él no puso en duda la sabiduría de usarla contra Japón. Tampoco sugirió medidas concretas para el desarrollo de una política de posguerra. Su objetivo era informar a Truman de los problemas más sobresalientes: la posibilidad de una carrera armamentista atómica, el peligro de una guerra atómica, y la necesidad de un control internacional si la Organización de las
Naciones Unidas iba a funcionar (Sherwin, 2015). Si el problema de la correcta utilización de esta arma podía ser resuelto Estados Unidos tendría la oportunidad de traer al mundo un modelo en el que la paz del mundo pudiera salvarse. Para hacer frente a este difícil desafío, Stimson sugirió el establecimiento de un comité especial para considerar los problemas de la posguerra inherentes al desarrollo de la bomba (Sherwin, 2015). Si su presentación fue la declaración contundente del problema que los historiadores de la Comisión de Energía Atómica describieron, su fuerza era inherente en el problema mismo, no en cualquier formulación o iniciativa audaz ofrecida hacia una solución (Sherwin, 2015). Por otro lado, si esta reunión dio lugar a una estrategia de enfrentamiento retardada que requeriría la demora de todas las disputas con Rusia hasta que la bomba atómica hubiera sido demostrada, no hay ninguna evidencia para comprobar semejante afirmación.
Lo que surge de una lectura cuidadosa de los acontecimientos que tuvieron lugar y las acciones de los involucrados es que se trataba de un argumento en contra de cualquier enfrentamiento. Dado que la bomba atómica era potencialmente el problema más peligroso de cara al mundo de la posguerra, y dado que la resolución más conveniente del problema implicaba alguna forma de control internacional, la cooperación soviética tenía que estar asegurada (Coleman, 2008). Habría sido imprudente seguir una política que impidiera la posibilidad de la cooperación internacional en materia de energía atómica después de que la guerra terminó.
A pesar de las profundas consecuencias atribuidas al desarrollo de la nueva arma, no se había sugerido que Truman reconsiderara su uso contra Japón (Asada, 1998). Tampoco había habido ninguna mención de la posibilidad de que conseguir la cooperación soviética durante la Soviética podría verse disminuida si Stalin no recibía un compromiso de control internacional antes de un ataque (Asada, 1998). La pregunta de por qué se pasaron por alto estas alternativas surge naturalmente. En principio, pareciera que ninguno de los hacedores de política militar y diplomática en Estados Unidos estaba interesado en algún tipo de control para las bombas atómicas, lo cual contrasta con los deseos de los diferentes actores involucrados en la Segunda Guerra Mundial (y en el panorama internacional en un sentido más amplio y general). Incluso Niels Bohr había hecho una distinción clara entre el uso de la bomba atómica durante un periodo de guerra y su impacto subsiguiente en la diplomacia de la posguerra.
En Europa la Segunda Guerra Mundial había llegado a su fin, pero más allá de que Japón siguiera siendo una amenaza para los intereses de Estados Unidos, había temor de que a pesar de la primacía de su arsenal bélico pudiera haber una ofensiva por parte de la Unión Soviética en Europa, un continente que estaba en ruinas tras la guerra. De ahí que hubiera un interés por parte de naciones europeas por explorar y experimentar con la tecnología atómica. En el país también se creía que era importante que el bloque de naciones occidentales y capitalistas se fortaleciera y esto se refleja en la prensa escrita. En un artículo publicado en 1950 titulado “Rearme para la Defensa Europea” el diario El Espectador informaba a la opinión pública colombiana que delegados europeos urgían a sus países para que aumentaran su fuerza militar efectiva, logrando así fortalecer la defensa común europea. Otro artículo, el cual se tituló “Vigorosa Unión Europea Pide el Canciller Sforza”, también hizo eco de este llamado a la unión de los países europeos para enfrentar la amenaza comunista de la Unión Soviética.
“Dejadme ahora que haga una última anotación en respuesta a la propaganda soviética que siempre habla del rabioso imperialismo norteamericano que quiere dominar a Europa. En mi opinión, el hecho de que los norteamericanos nos pidan con tanto ahínco –quizás demasiado ahincadamente– que nos unamos, es la prueba más evidente de la falta de cualquier idea imperialista en América”. (El Espectador, 1950a).
Estas declaraciones fueron incluidas en un artículo que ocupó un lugar importante dentro de las páginas del periódico. No se trató de un artículo menor con un título en letras pequeñas, sino de un titular en letras grandes que incluso incluía una fotografía del canciller italiano Sforza. Al transcribir las declaraciones de este dirigente político italiano lo que se quería era indudablemente mostrarle al pueblo colombiano que el comunismo era un peligro y si en Europa había temor de una posible incursión, entonces en Colombia había que tener mucho cuidado y mucha alerta para evitar que el comunismo incursionara y lograr socavar la institucionalidad democrática del pueblo colombiano. Y artículos como este, en un contexto en el que el desarrollo de la tecnología atómica estaba en ascenso, pretendían que la opinión público viera el constante desarrollo de nuevas tecnologías para fortalecer las defensas militares en contra de la amenaza comunista. Yendo hacia delante puede verse como el gobierno colombiano, y el pueblo colombiano en general, resistió las incursiones comunistas (aunque no siempre legalmente) y fue así como el movimiento ANAPO
de Gustavo Rojas Pinilla fue derrotado y los grupos de ideología comunista tuvieron terminaron degenerando en grupos guerrilleros al margen de la ley (como se comentó anteriormente).
La preocupación por ganar la guerra obviamente ayudó a crear esta dicotomía aparente entre el uso de la bomba atómica durante la guerra y los potenciales problemas diplomáticos de la posguerra con la Unión Soviética que planteaba su desarrollo. Pero una mirada más de cercana de la forma en que Bohr y Stimson definió la naturaleza del problema diplomático creado por la bomba sugiere que para Stimson y sus asesores (y en última instancia por el presidente al que aconsejaron) no había dicotomía en absoluto (Sherwin, 2015). Bohr, por su parte, aprehendía el significado de la nueva arma incluso antes de que se hubiera desarrollado, y no tenía ninguna duda de que los científicos de la Unión Soviética también entenderían sus profundas implicaciones para el mundo de la posguerra. Él también estaba seguro de que iban a interpretar el significado del desarrollo a Stalin de la misma manera en la que científicos de Estados Unidos y Gran Bretaña se las habían explicado a Roosevelt y Churchill (Sherwin, 2015).
Así, el problema diplomático, como Bohr lo analizó, no era la necesidad de convencer a Stalin de que la bomba atómica era un arma sin precedentes que amenazaba la vida del mundo, pero la necesidad de asegurarle al líder soviético que no tenía nada que temer de las circunstancias de su desarrollo (Castrillon, 2013). Al informar a Stalin durante la guerra que Estados Unidos pretendía cooperar con él en la neutralización de la bomba a través de un control internacional, se razonó que su uso en tiempos de guerra podría considerarse al margen de los problemas de la posguerra.
A pesar de que Estados Unidos creía que la bomba podría incluso significar la ruina de la civilización o podría significar la perfección de la civilización, estaba menos seguro que el arma en un estado poco desarrollado podría ser utilizado como un instrumento eficaz de la diplomacia. Hasta que se fijó su certeza real, el gobierno consideró que cualquier planteamiento previo a Stalin habría sido prematuro (Asada, 1998). Pero a medida que las incertidumbres de la paz inminente se hicieron más evidentes y preocupantes, Stimson, Truman y el secretario de Estado designado, James Byrnes, empezaron a pensar en la bomba como una especie de panacea diplomática para los problemas de la posguerra (Sherwin, 2015).
Ya hacia finales de la Segunda Guerra Mundial parecía claro que la bomba atómica le permitiría a Estados Unidos estar en posición de dictar sus propias condiciones al final de la guerra. En aquel tiempo Truman y Stimson estaban discutiendo nuevas contrapartidas que debían establecerse en la consideración de la posible asociación de energía atómica con la Unión Soviética (Sherwin, 2015). Suponiendo que el impacto de la bomba atómica en la diplomacia sería inmediato y extraordinario, coincidieron en nada menos que la liquidación de los problemas en Polonia, Rumania, Yugoslava y Manchuria (Asada, 1998). Pero también llegaron a la conclusión de que ninguna revelación se haría a Rusia ni a nadie hasta que la primera bomba se hubiera detonado de forma exitosa contra Japón. Nuevamente, lo que se quería era garantizar que la bomba atómica actuara como una fuerza disuasiva favorable a los intereses de Estados Unidos en un potencial enfrentamiento con la Unión Soviética para el final de la guerra.
¿Era una advertencia implícita a Moscú la razón principal de la decisión de usar la bomba atómica contra Japón? A la luz de la ambigüedad de la evidencia disponible la cuestión desafía una respuesta inequívoca. Lo que se puede decir con certeza es que Truman, Stimson, Byrnes, y varias otras personas involucradas en la decisión conscientemente consideraron dos efectos de una demostración del poder de la bomba en combate. En primer lugar, el impacto del ataque atómico a los líderes de Japón, que podrían finalmente ser persuadidos para poner fin a la guerra, y segundo, el impacto de ese ataque a los líderes de la Unión Soviética, que podrían luego estar más dispuestos a cooperar con Estados Unidos. Pero si la hipótesis de que la bomba podría llevar la guerra a una conclusión rápida fue el principal motivo para su uso, la expectativa de que su uso también inhibiría ambiciones diplomáticas soviéticas claramente desalentó cualquier inclinación a cuestionar esa suposición (Asada, 1998). Así, al final de la guerra la actitud más influyente y ampliamente aceptada hacia la bomba era una extensión lógica de cómo se veía el arma y cómo se había valorado antes –como un instrumento potencial de la diplomacia.
Entre los restos de la guerra y las relaciones de incertidumbre de la paz, los científicos así como los responsables políticos quedaron atrapados por la lógica de sus propias suposiciones incuestionables. En el verano de 1945 no sólo la conclusión de la guerra, sino también la organización de una paz aceptable, parecían depender del éxito de los ataques atómicos contra Japón (Asada, 1998). Y la noticia de una prueba exitosa de la bomba atómica llegó a Truman mientras se encontraba en la Conferencia de Potsdam en julio de 1945. El día después de recibir