EPIGRAFÍA Y NUMISMÁTICA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA.
PARTE I: EPIGRAFÍA LATINA. TEMA 1. INTRODUCCIÓN. 1.1. Definición y límites de la epigrafía.
La epigrafía se define como la ciencia que estudia las inscripciones antiguas realizadas sobre materiales duros, como piedra o bronce, aunque también estudia todos los textos grabados, pintados o estampillados sobre madera. Eran muy frecuentes en la Antigüedad las tablillas enceradas o tabulae ceratae. Conservamos conjuntos de tablillas enceradas en Dacia, las tablas donde se escribían carteles electorales en la ciudad de Pompeya, tablillas encontradas en ciudades inglesas.
También la epigrafía estudia inscripciones pintadas sobre otros materiales duros y. entre las más importantes, destacan las encontradas en la Muralla de Adriano, o las pinturas parietales de Pompeya, o estampilladas, como las estampillas que aparecen en los objetos de metal, signos que nos permiten reconstruir el proceso de fabricación y comercialización de los objetos.
También se realizaban inscripciones sobre hueso, barro cocido –como los tituli
picti, que tenían un carácter fiscal, o las inscripciones realizadas sobre ánforas, que nos
permiten reconstruir el proceso de fabricación y comercialización de los productos que éstas contenían– y los grafitos hallados en Pompeya en las paredes de las casas u otros edificios.
Quedan fuera del estudio de la epigrafía los textos escritos sobre pergamino, que son objeto de estudio de la paleografía, y los textos escritos sobre papiro, que son objeto de estudio de la papirología.
La importancia de las fuentes epigráficas y sus problemas han hecho de la epigrafía una ciencia muy especializada, cuyo objetivo es el análisis del soporte escriturario, la lectura del texto epigráfico, su interpretación, datación, valoración, y la relación del texto con otros de su misma naturaleza.
Aspectos no tenidos en cuenta antes en la epigrafía, como el estudio del soporte del texto epigráfico, o el contexto en que apareció la inscripción, son cada vez más importantes en los estudios epigráficos y ayudan a una mejor comprensión de los textos epigráficos antiguos. En el antiguo Corpus Inscriptionum Latinarum1 (C.I.L.), p. e., no
aparecían estudios sobre el soporte o sobre el contexto en que aparecieron las inscripciones, pero en la reelaboración de este Corpus (C.I.L.2), si aparecen (Véase la
inscripción de la lámina 19, en la fotocopia 73, que habla de la reconstrucción de un edificio en la ciudad de La Bitolosa, en los Pirineos).
Las inscripciones romanas más antiguas conservadas son del S. VI a. C., las cuales están escritas en una letra capital arcaica muy difícil de traducir. Las inscripciones serán más abundantes en época republicana, alcanzando su auge en época de Augusto. Así, de los XVII volúmenes del C.I.L., el primero recoge todas las inscripciones romanas conservadas desde la fundación de Roma hasta el final de la República, y el resto recogen las inscripciones conservadas a partir de Augusto, del Alto y del Bajo Imperio. La moda epigráfica bajo Augusto comenzará a decaer hacia el 220 d. C., siendo su caída muy rápida desde entonces y alcanzando su punto más bajo entre
1 Las referencias al Corpus Inscriptionum Latinarum, se hacen habitualmente de la siguiente forma: la
primera edición de la obra, C.I.L., y la reelaboración C.I.L.2 En números romanos aparece el número del
volumen. Cuando un mismo volumen se divide, a su vez, en varios volúmenes éstos se citan con una barra seguida de un número árabe.
mediados y finales del S. III. Esto hace que para el Bajo Imperio, las inscripciones epigráficas sin desaparecer del todo sean mucho más escasas y, por tanto, que la epigrafía deje de ser, como era para épocas anteriores, una fuente de primer orden para el historiador.
1.2. Importancia como fuente para la Historia Antigua: el hábito epigráfico.
Evidentemente, cada nueva generación de historiadores, empleando nuevos planteamientos y métodos de investigación, pueden realizar avances, pero, actualmente, las esperanzas de realizar avances en Historia Antigua se cifran, en buena parte, en la aparición de nuevas fuentes. En esto, las fuentes de la pairología y la epigrafía son las que más han aumentado cuantitativamente en los últimos años: en relación con la papirología, se han descubierto, p.e., un papiro que reconstruye toda la red viaria existente en Hispania, u otro papiro el que se menciona la existencia de la provincia Transduriana, de la que no se tenía conocimiento, que debió tener una breve existencia y que se acabó incluyendo en la provincia Hispania Citerior.
En relación con la epigrafía, han aparecido en Hispania en los últimos años nuevas inscripciones que han convertido en básica a esta ciencia. Así, cuando en 1892, se publicó el C.I.L.II (volumen dedicado a las inscripciones de Hispania), éste contenía 6.400 inscripciones, y ahora conocemos unas 20.000. Por ello se está trabajando en una reelaboración de este corpus y, en concreto, de este volumen, el C.I.L.II 2. Si el C.I.L.
está dividido por provincias romanas, ahora el C.I.L.2 aparece dividido por conventus
(circunscripciones en que se dividían las provincias). Así, en lo referente a Hispania, se llevan publicadas todas las inscripciones referentes al conventus astigitanus (C.I.L.II 2 /
5), al conventus corduvensis (C.I.L.II 2 / 7), y a la parte meridional del conventus
tarraconensis (C.I.L.II 2 / 14).
Los epígrafes constituyen una fuente objetiva y directa que nos ofrece mucha información, pero que también nos da varios problemas: su desigual reparto espacial y temporal, la cuestión de restituir textos que están mutilados o tienen lagunas, la datación de los epígrafes, y el hecho de que sea una fuente que necesita ser interpretada en su contexto histórico.
El estudio de los diversos conjuntos epigráficos delimitados por criterios geográficos o temáticos, permite abordar mejor los distintos temas históricos, dándonos más información que un epígrafe sólo, p. e., sobre los sistemas empleados para explotar los recursos de un territorio (p. e., los tituli picti que aparecen en las ánforas olearias, nos permiten conocer como era la producción y comercialización del aceite en la Bética). De igual forma, los epígrafes nos ayudan a conocer como se organizaba un municipio o colonia romanos, las creencias religiosas de sus habitantes, los diferentes grupos sociales que había, o como se realizaban las obras de construcciones públicas. Según Fergus Millar, las inscripciones leídas en bloque permiten conocer como era la vida, la estructura social, las mentalidades y los valores, de la población que estaba bajo el dominio de Roma.
La utilización de los conjuntos epigráficos y de la información contenida en ellos para llegar a deducciones que estén basadas en estadísticas, debe ser encarada cuidadosamente, debido a la existencia de hábitos epigráficos (disposiciones tomadas por la gente a la hora de realizar inscripciones), que no siempre son los mismos, varían a lo largo del tiempo.
El auge de los epígrafes se produjo bajo Augusto, ya que éstos eran utilizados como propaganda de Augusto y luego de los emperadores; posteriormente, las elites sociales emplearon los epígrafes para reseñar sus logros y su ascenso social, y los miembros de los grupos más humildes los utilizaron también, aunque sólo para reseñar el lugar donde estaban enterrados.
No debemos hablar, por tanto, de la existencia, no existencia o decadencia de las instituciones o cargos romanos basándonos en el volumen estadístico de las
inscripciones conservadas. Así, la crisis del S. III d. C. se demuestra no sólo por la disminución del número de inscripciones grabadas, sino porque estas son sustituidas por inscripciones pintadas (p.e., se conserva una inscripción pintada del año 280 en el municipio de Singilia Barba dedicada al Augusto Licinio).
La no-aparición en epigrafía de una institución o divinidad no significa que no existiera, ya que esta ciencia está sujeta a nuevos descubrimientos que pueden cambiar las cosas. La magistratura de la cuestura, p.e., no aparece documentada epigráficamente en la provincia Hispania Ulterior, pero sí aparece en la Hispania Citerior, por lo que no es lógico pensar que no exista en la Ulterior. Así, en los años ochenta del S. XX, apareció la Ley Municipal, en tablas de bronce, de Irni (situada en El Sahucejo, Sevilla), donde hay un capítulo entero dedicado a la cuestura. Por tanto, si en un municipio pequeño de la Bética aparece documentada la cuestura, esto demuestra la existencia de dicha magistratura en la Bética.
Debido a los problemas ya citados de las fuentes epigráficas, nos encontramos, incluso, con problemas a la hora de estudiar los grupos sociales, p. e., para conocer el
origo (origen) de los grupos sociales, como los caballeros y los senadores. Del grupo de
los caballeros o equites que ocuparon milicias ecuestres se conservan 2.100 inscripciones para todo lo que era el Imperio Romano, y sólo en 100 de ellas se indica el
origo de los caballeros, lo que representa el 4 % de las inscripciones conservadas. Por
ello, si tenemos en cuenta que se calcula que en todo el Imperio Romano, durante los S. I y III d. C., hubo unos 52.200 caballeros, sólo conocemos, cuantitativamente hablando, el origo del 0,22 % del total de los caballeros que había en el Imperio.
Al analizar la epigrafía deberemos tener en cuenta las normas siguientes:
1. La epigrafía romana se desarrolló fundamentalmente en zonas urbanas y, por tanto, es más escasa en las zonas rurales, excepto en lo que se refiere a inscripciones funerarias.
2. Los hábitos epigráficos eran más fuertes entre los romanos o los grupos indígenas más romanizados que entre los grupos indígenas nada o escasamente romanizados.
3. Normalmente las inscripciones nos hablan de los ricos propietarios de tierras, los funcionarios imperiales, las elites municipales o las clases medias urbanas, es decir, de la gente que podía costearse con su dinero la erección de un epígrafe, y nunca de los grupos sociales más pobres.
4. Los estudios demográficos basados en la epigrafía no son fiables por varias razones: en cada región, dentro del hábito epigráfico imperante en todo el mundo romano en cada época, solían existir modas. Por ejemplo, se ha pretendido estudiar la esperanza de vida de la población del Imperio por los datos epigráficos, aunque en Roma los epígrafes indican la edad de fallecimiento de las personas si eran jóvenes, y en el norte de África sólo cuando habían llegado a viejos (si tenemos en cuenta el último dato, la esperanza de vida en el norte de África durante el Imperio Romano era de 47 años, siendo mayor que la esperanza de vida en Europa o EE.UU. a finales del S. XIX, lo cual es imposible). Además, debemos tener en cuenta que no toda la población podía permitirse costear un epígrafe, y que los que los que lo hacían generalmente disfrutaban de mejores condiciones de vida y, por tanto vivían más años.
El objetivo de la epigrafía era conseguir la perdurabilidad de una persona o hecho determinados en la memoria de la comunidad, el intentar ser recordado y pasar a la historia. Esto explica la importancia que los romanos dieron a las inscripciones honoríficas. Éstas, generalmente, iban acompañadas del levantamiento de una estatua de la persona mencionada en el epígrafe, y servían para que la gente recordase a esa persona y lo que había hecho y esas personas pasaban a convertirse en ejemplos a imitar por las generaciones futuras.
Para un romano, mantener su recuerdo en su ciudad de origen era algo parecido a la inmortalidad. A su muerte, muchos romanos dejaron fundaciones de dinero para
que, en el día del nacimiento del difunto, se celebrasen actos en los que se recordase su memoria mediante la celebración de banquetes o el reparto de dinero entre la población.
El temor al olvido en los romanos se hace muy evidente, p. e., en una sociedad que aplicaba como un gran castigo la damnatio memoriae, que consistía en borrar los nombres de personas de toda estatua o edificio. Esto se hacía con emperadores que hubieran gobernado muy mal o con senadores que hubiesen cometido algún delito grave (p. e., se ha descubierto hace poco en Hispania una senato consulto que decretaba la
damnatio memoriae para Gneo Pisón, acusado de querer matar a Germánico, el
heredero del emperador Tiberio (14-37 d. C.).
La epigrafía no sólo servía para perpetuar el nombre de las personas que querían ser recordadas o que habían beneficiado con sus actos a toda la comunidad, sino que esto ayudaba a otros miembros o descendientes de esa persona a la hora, p. e., de presentarse a unas elecciones, debido a que estas personas se beneficiaban del prestigio conseguido por sus parientes entre el resto de la comunidad.
1.3. Recursos bibliográficos e informáticos: principales corpora epigráficos2.
Aunque ya desde el S. XVII aparecieron distintas obras en las que se recopilaban inscripciones antiguas, la obra más importante en este sentido es el C.I.L. o Corpus
Inscriptionum Latinarum. Esta obra fue encargada a la Academia de Berlín en el S.
XIX, se empezó a publicar en 1863 y fue dirigida en sus comienzos por Th. Mommsen. La elaboración y publicación del C.I.L. II estuvo dirigida por Ae. Hübner.
El C.I.L. está dividido según un criterio geográfico por provincias romanas, aunque con algunas excepciones: el C.I.L. I recoge las inscripciones conservadas en todo el Imperio hasta la época de Julio Cesar; el C.I.L. IV a recoge las inscripciones parietales halladas en Pompeya; el C.I.L. XV, recoge todos los instrumenta conservados en el Imperio Romano (inscripciones realizadas sobre soportes móviles, o fácilmente transportables); el C.I.L. XVII, recoge las inscripciones de los miliarios de todo el Imperio Romano (inscripciones que se ponían en los caminos para señalar las distancias entre ciudades). Por lo que nos interesa, el C.I.L.II recoge los epígrafes hallados en Hispania, y ahora se está procediendo a su reelaboración, el C.I.L.II 2, por conventus.
Hasta la fecha se han publicado las inscripciones referentes a los conventus (Así, en lo referente a Hispania, se llevan publicadas todas las inscripciones referentes a los
conventus astigitanus (C.I.L.II 2 / 5), corduvensis (C.I.L.II 2 / 7), y la parte meridional
del tarraconensis (C.I.L.II 2 / 14).
En lo referente a otras provincias romanas, el C.I.L.VIII recoge las inscripciones halladas en el norte de África. Es frecuente que una misma provincia ocupe varios volúmenes del C.I.L.: el C.I.L. XII y XIII se ocupa de las Galias y, en el caso de Italia, el C.I.L. X, XI, I, IV, XV, y XVII.
En un principio, el C.I.L. comprende XVII volúmenes y se planeó la elaboración, que aún no se ha acometido, del volumen XVIII, que recogería todas las inscripciones latinas en verso halladas en todo el Imperio Romano. El C.I.L. está dividido por provincias romanas y, a su vez, cada volumen, se divide por conventus y ciudades. El problema de esta organización consiste en la identificación de las ciudades, puesto que muchas ciudades actuales no tuvieron entidad de ciudades en época romana. Todos los epígrafes de una ciudad van reunidos y acompañados de una introducción histórica, y cada volumen cuenta con unos índices alfabéticos muy útiles que ayudan a localizar los epígrafes, por los nomen, cognomen, por temas de tipo militar, religioso, municipal etc.
También existen antologías de inscripciones romanas agrupadas por temas o por provincias, como los trabajos de H. Dessau, J. Vives, Fabré, Mayer y Rodá, y P. Piernavieja, citados en las fotocopias 68 y 69.
En las revistas sobre epigrafía aparecen anualmente las nuevas inscripciones que se hayan publicado. Entre estas revistas destacan la francesa L´Année Épigraphique, la portuguesa Ficheiro epigráfico y las españolas Hispania Antiqua Epigraphica e
Hispania Epigraphica.
También Internet se ha convertido en un recurso fundamental a la hora de recoger los repertorios epigráficos. Además de las direcciones de la Red señaladas en la página 70 debemos destacar dos más en relación con la epigrafía: la primera es la página web de la revista Hispania Epigraphica, y es www.ucm.es/info/archiepi; la segunda pertenece a la página web del departamento de Historia Antigua de la universidad de Alcalá de Henares (Madrid) y es www.2.alcalá.es/imágines.
1.4. El alfabeto: tipos de letras.
El alfabeto latino3 contaba en un principio con 21 letras, introduciéndose, a
partir del S. II a. C., dos letras más, la i griega y la zeta, con lo que pasó a tener 23 letras. Los orígenes del alfabeto latino no están claros. Unos especialistas creen que su origen es el alfabeto griego arcaico calcídico (de la isla de Calcis), mientras otros creen que su origen es el alfabeto arcaico etrusco.
En el alfabeto latino, en un principio y hasta el S. IV d. C., se utilizaron sólo las letras mayúsculas o capitales. En las inscripciones anteriores a la época de Augusto (27 a. C.- 14 d. C.), se utilizó la letra capital arcaica, que se escribía con un punzón de metal o stilus, de la que derivaron, por un lado, la capital cuadrada y la capital actuaria o rústica, empleadas en inscripciones monumentales, y, por otro lado, la cursiva, que es la letra de uso corriente y que hallamos en paredes de casas u otros soportes. Los tres últimos tipos de letra mencionados se emplearon desde el S. I a. C. al III d. C. A finales del S. III d. C. ya aparecen otros tipos de letras, las minúsculas, que se escriben sobre pergamino y papiro, y que no son objeto de estudio de la epigrafía.
La capital arcaica es un tipo de letra que lleva este nombre por ser en la que están escritos los testimonios más antiguos conservados en epigrafía romana y la que se utilizó hasta la época de Augusto en las inscripciones. Sus letras son angulosas y rígidas y carecen de ápices, que son las puntas que tienen las letras en sus ángulos o extremos. Junto a las formas normales de las letras de la capital arcaica, aparecen en algunas letras formas distintas particulares a este tipo de letra, que nos ayudan a identificarla y a datar inscripciones.
La capital cuadrada, monumental o elegante deriva de la arcaica y se desarrolló desde la época de Cesar y Augusto (S. I a. C.). Se llama cuadrada a este tipo de letra, porque la mayor parte de las letras que la forman pueden inscribirse en un cuadrado, y los especialistas dicen que son letras hechas con regla y compás. La capital cuadrada se caracteriza porque las letras son más proporcionadas que en la cursiva, nunca les faltan los ápices y todas las letras están a la misma altura, excepto la efe, la i y la ele.
La capital rústica, actuaria, clásica o libraria es menos solemne en su aspecto que la capital cuadrada, pero no por ello es menos elegante. Sus rasgos recuerdan a las letras trazadas a pincel, las letras son más estrechas y altas que en la capital cuadrada, y los ápices tienden a alargarse y a curvarse.
La cursiva se deriva, también, de la capital arcaica y que se desarrolla, desde un punto de vista cronológico, al mismo tiempo que aquella. Sus rasgos son más cursivos debido a la rapidez con que se trazan las letras y al stilus que se utiliza para trazarlas. Esto hace que las letras se simplifiquen y que los rasgos de éstas se deformen. Este tipo de letra aparece en las tablillas enceradas y en los grafitos de Pompeya, siendo también frecuente su uso sobre barro, pero no aparece en las inscripciones monumentales.
1.5. Siglas y abreviaturas.
En todas las inscripciones tenemos siglas y abreviaturas que aparecen continuamente4. Las siglas más frecuentes servían para indicar los praenomina5.
También había una serie de fórmulas muy comunes que servían para indicar expresiones, títulos o cargos conocidos y que se indicaban con la letra/s inicial/es de la palabra/s; p.e. D.M. = Diis Manibus, o PR. = praetor o praefectus. Se indicaban palabras muy comunes por lo que la gente de la época debía saber reconstruir los textos de las inscripciones, saber de que tipo eran las inscripciones y situarlas en su contexto.
Las abreviaturas se diferencian de las siglas en que no solo aparecen la letra inicial de la palabra sino alguna otra. Lo más normal era que las abreviaturas suprimiesen las letras finales de las palabras: p. e., a., an. o ann. = annorum, o LIB. =
libertus. Era menos corriente que se eliminara alguna letra intermedia de la palabra:
p.e., COS = cónsul.
1.6. Numerales.
Los romanos utilizaron algunas letras del alfabeto para indicar los numerales6.
Es frecuente que en epigrafía para indicar cifras se añadan letras en vez de simplificar (p.e., el seis en epigrafía = VI o IIIIII). Para indicar las cifras superiores a mil, los romanos ponían sobre la/s letra/s una raya horizontal y dos rayas verticales a los lados. También se hacían referencias a monedas: si se citaba una cantidad en denarios, se indicaba con el símbolo X con una raya horizontal; si se citaba una cantidad en sestercios, se indicaba con el símbolo HS con una barra horizontal.
1.7. Signos de interpunción.
Los romanos utilizaron una serie de signos de interpunción7 para separar y
distinguir las palabras en los textos, pero esta práctica, frecuentemente, no se cuidó. La interpunción se realizaba colocando un signo a la altura media de las letras o palabras, y estos signos eran muy variables. El signo más frecuente es un cuadrado, realizado mediante cuatro golpes de cincel. Posteriormente, surgieron otros signos, siendo los más frecuentes entre ellos el triángulo y, a partir del S. I d. C., la hereda, que era una hoja de hiedra.
1.8. Diferentes tipos de soportes.
Un problema muy importante aparece a la hora de definir los distintos tipos de soportes8.
Dentro de la tipología de los bloques de piedra, están los moldurables o sin moldurar (17) que pueden ser un sillar, un fuste de columna, un basamento, donde se inscriben textos. La forma más frecuente de los bloques es un parelelepípedo, donde los textos de las inscripciones podían ir colocados en dirección vertical o en horizontal. Sólo se alisaba la cara anterior del bloque, porque éste se empotraba a una construcción, sea un mausoleo, sea un templo etc. (2). A veces el bloque tenía una moldura que delimitaba su campo epigráfico (espacio donde se inscribían los textos), que puede adquirir forma rectangular o de tabula ansata, una tabla con dos asas. Este tipo de soporte se encuentra tanto en inscripciones monumentales como funerarias, y no en inscripciones honoríficas o votivas (dedicadas a un dios).
Las placas (3,4 y 6), molduradas o sin moldurar, son generalmente unos sillares de piedra de tamaño más pequeño que los bloques. Normalmente, tienen forma rectangular, pero también han aparecido placas de forma cuadrangular, romboidal o redondeada. Los textos de las inscripciones podían ir colocados en dirección horizontal
4 Véase la lista de las abreviaturas más frecuentes en las fotocopias 57 a 64.
5 Véase la lista de los preaenomina más frecuentes y sus abreviaturas en la fotocopia 6. 6 Para este epígrafe véase la fotocopia 4.
7 Para este epígrafe véase la fotocopia 3.
8 Véanse para este epígrafe las fotocopias 71 a 74. Entre paréntesis se indican los números de los dibujos
o vertical al monumento. Las placas se utilizaron para dedicar monumentos, para inscripciones monumentales. También existen unas placas de mediano tamaño para inscripciones funerarias, aunque, a veces, las placas se adosaban a los pedestales de las estatuas. Las placas de tamaño más pequeño se utilizaban para adosarlas a los nichos de los columbarios. Las losas y lápidas son piedras de pequeño grosor y que son lo mismo que las placas.
Lo que distingue a un bloque de una placa no es la forma ni la función sino la proporción entre sus dimensiones. Generalmente, tenemos un bloque cuando la suma de las dimensiones mayores divida por la dimensión menor es igual o menor a 6, y una placa, cuando el resultado de esta operación es mayor de 6. Sin embargo, esta fórmula presenta problemas si las dimensiones mayores están desproporcionadas con respecto a la dimensión menor. El grosor de las placas es variable, pero con piedras de textura dura, como mármol o caliza, pude llegar sólo a 2 cm.
Entre las grandes inscripciones monumentales realizadas sobre bloque o placa, hay una variante que consistió en el empleo de letras hechas de metal, de bronce dorado, llamadas letras áureas. Estas letras se fijaban al campo epigráfico con unos agarres de plomo (2). Algunos investigadores han podido reconstruir textos de inscripciones gracias a la presencia de estos agarres, p. e., G. Alfoldy pudo reconstruir gracias a los agarres una de estas inscripciones que estaba en el acueducto de Segovia. En otras ocasiones, las letras áureas se colocaban en un campo epigráfico donde, previamente, el texto se inscribía en los surcos correspondientes a los huecos de las letras (7). Otra variante de esto consistía en que dichos huecos, llamados alvéolos, se rellenaban, antes de fijar las letras áureas, con plomo, estaño, pasta vítrea o estuco.
Los bornes o hitos (9 a 11) son unos soportes que pueden tener forma de tambor de columna, de columna troncocónica o de parelelepípedo. Se utilizaban para marcar los límites del territorio de las ciudades, o de las cuadrículas de las centuriaciones o los límites de un espacio o locus funerario (9).
Los miliarios (12 a 14) son un tipo de borne, pero lo estudiamos de forma independiente al ser muy específico de las redes viarias. Los miliarios tienen forma de columna, o de parelelepípedo, pero la forma más normal era de columna cilíndrica y, a veces, troncocónica. El texto suele adaptarse a la curvatura de la columna, suele tener una moldura y, a veces, puede tener un campo epigráfico plano y rectangular.
Las aras o altares (15 y 16) son otro tipo de soporte epigráfico, los cuales pueden ser votivos (dedicados a una divinidad) o funerarios. Los altares no llevan complemento alguno, lo que los diferencia de los pedestales. Se estructuran en tres partes: un zócalo, un cuerpo intermedio paralelelipédico, donde se coloca la inscripción, y un coronamiento. En el coronamiento podía haber o no un focus (“hogar”), que es un cuenco pequeño y, a los lados, el coronamiento podía tener unos modillones, especie de almohadillas. También es frecuente que en la parte superior del altar, hubiera un
cimacio, de forma semicilíndrica, cónica o circular, que era una representación figurada
de una ofrenda puesta sobre el focus.
Los pedestales (17 y 18) son un tipo de soporte que consistía en una base, llamada en las fuentes basis statuae. A diferencia de los altares, los pedestales estaban destinados a soportar estatuas o, menos frecuentemente, trípodes. Podían ser honoríficos, votivos o funerarios. El problema está en como distinguir los pedestales del primer tipo de los del tercero, cuando los pedestales suelen aparecer en un sitio distinto del que estuvieron originalmente. Generalmente, es difícil distinguir unos de otros, excepto cuando en el pedestal aparecen las fórmulas pius in suis o amantissimum filium, pues entonces se trata de un pedestal funerario. Un pedestal se estructura en tres partes: un zócalo, un cuerpo intermedio paralelelipédico, donde se coloca la inscripción, y un coronamiento formado por una cornisa y un cimacio. Normalmente, la inscripción aparece en el cuerpo central del pedestal en uno de sus lados mayores, y puede o no estar enmarcada por un marco con o sin moldurar. Los pedestales monolíticos suelen
aparecer más tardíamente, a partir de la segunda mitad del S. II o principios del III d. C., aunque en Italia aparecen ya en la primera mitad del S. II. Han aparecido, también,
pedestales con secciones de formas raras, como hexagonales, octogonales o cilíndricos.
Los pedestales ecuestres siempre tienen una sección rectangular y alargada, debido a la forma del tipo de estatua que soportan.
Las estelas (20 a 22) son monumentos de tamaño variable que se caracterizan porque son construcciones autónomas que tienen un perfil recortado y un débil grosor, que suele ser 1/3 o menos de la longitud del lado frontal. Las estelas podían colocarse de forma aislada encima de una tumba, o encontrarse en un monumento o construcción arquitectónica. Las estelas suelen estar ornamentadas, frecuentemente, con decoración de fachada de templo con frontón y dintel sostenido por columnas o pilastras, colocándose en el hueco central de la estela un retrato del difunto. Otras veces, la estela estaba ornamentada con decoración de cabecera semicircular y triangular con motivos astrales, geométricos o florales. También se han conservado algunas estelas “antropomorfas”. La inscripción se situaba en la parte central de la estela donde se ponía el nombre del difunto.
Las cupae (23 y 24) son monumentos de sección semicilíndrica, tienen siempre un carácter funerario y su forma recuerda a un tonel o baúl. Suelen presentar en uno de sus lados un campo epigráfico con los datos del difunto, el cual puede adaptarse a la curvatura del monumento o ser como una especie de cartela plana situada en un lateral de la cupa.
Las urnas cinerarias, que contenían las cenizas de los difuntos incinerados, podían presentar formas y materiales diversos. Podían estar hechas de piedra, cerámica vidrio o metal. La inscripción podía ir colocada sobre la cubierta de la urna o cofre o en uno de los lados de ésta. La forma de las urnas es paralelepipédica con cubierta plana o a dos aguas.
Un sarcófago (25) es un soporte que puede ser de piedra, o también de metal en el que se ha excavado un hueco en el que ha de caber el difunto. La/s inscripción/es podían estar colocadas en la cubierta o en uno de los lados del sarcófago.
Las hermae son unos bloques de piedra paralelepipédicos en los que se ponía la inscripción, los cuales terminaban en el busto de una persona o divinidad.
Los puteales (26) son brocales de pozos, que podían presentar epígrafes.
Las inscripciones rupestres solían ser muy frecuentes. La mayoría eran votivas, aunque no siempre. Podía haber, p.e., inscripciones en bloques de piedra que indicaran vías. Se han encontrado en el santuario de Panoias (en Portugal), el cual estaba dedicado a un culto mistérico y estaba ubicado sobre un afloramiento granítico, sobre el que han aparecido epígrafes. Las inscripciones rupestres pueden, también, ser pintadas, como es el caso de las cuevas-santuario (p. e., el Santuario de la Cueva negra de la Fortuna, en Murcia).
El mosaico es otro tipo de soporte (31). Fue muy frecuente poner textos sobre mosaicos desde época republicana. Los más interesantes son de fines de la República romana (en Hispania, se ha encontrado, p. e., uno de estos mosaicos en Itálica, varios en Cartagonova etc.), pues nos ofrecen información de la construcción de templos u otros edificios públicos encargada por los magistrados de las ciudades, por ciudadanos particulares, o por los representantes de las asociaciones socioprofesionales o collegia. En época imperial sigue habiendo mosaicos con textos, pero, con frecuencia, los textos se reducen a explicar el contenido del mosaico, o a indicar el nombre de los animales, dioses o personas que aparecen en el mosaico. Cuando aparece un nuevo mosaico, se sabe si éste está dedicado por las asociaciones socioprofesionales o collegia, porque en él aparecen los nombres de sus representantes, los magistri, bajo la abreviatura Magis, aunque también pudiera ser que no fueran representantes de asociaciones socioprofesionales, sino de asociaciones de ciudadanos, como los Conventus civium
Los instrumenta o instrumentum domesticum son soportes móviles, o fácilmente transportables sobre los que se realizan inscripciones. Se han descrito 31 tipos diferentes de instrumenta. Dentro de esta tipología, los más frecuentes son los siguientes: las cerámicas con marcas de alfarero (27), con tituli picti (en este caso, son inscripciones pintadas); los sellos de los fabricantes de ánforas (29); los lingotes de metal, generalmente de plomo, en los que se transportaba a Roma el metal extraído de las provincias (28), en cuya parte superior, en el molde del lingote, se ponía un sello con el nombre del productor del lingote; las fístulas, o cañerías de plomo utilizadas para abastecer de agua a las casas (30); los diplomas militares, que eran una placas de bronce en las que se concedía la ciudadanía romana a los ciudadanos peregrinos a los soldados que se licenciaban tras cumplir 25 años en el servicio militar; los vasos metálicos con inscripciones como, p. e., los vasos de Vicarello, que son cuatro pequeños vasos de plata hallados en unas termas, las Aquae Apollinares, situadas al norte Roma, vasos en los que se indicaba el recorrido en millas entre Roma y Gades, con las jornadas que se hacían, las distancias entre ciudades, y los lugares donde el viajero podía parar a descansar; Y, por último, las tabellae defixionum eran pequeñas placas de metal, generalmente de plomo, que contenían textos mágicos o conjuros que eran maldiciones contra rivales en el amor, en el juego, o personas a las que se deseaba hacer daño o matar. Se confiaban a las almas de los muertos arrojándolas en las tumbas, para que llegaran a los dioses de los infiernos, de los que se esperaba la realización de las peticiones formuladas.
1.9. Los métodos de datación.
El sistema de datación oficial romano consistía en citar en ablativo los nombres de los cónsules romanos epónimos, que daban nombre al año, seguido de la abreviatura COS. = ConSulibus. Así, podemos datar todas las inscripciones en las que aparezcan los nombres de los cónsules epónimos, por el año de consulado (23)9.
En las inscripciones oficiales donde aparece citado el emperador se citan todos los nombres del emperador y los nombres de los cargos que había ocupado u ocupaba en el momento de levantarse la inscripción. Entre estos cargos está la potestad tribunicia que nos sirve para datar sus años de reinado. Los emperadores tomaban la primera potestad tribunicia el día en que asumían el trono y la renovaban al año siguiente en la misma fecha. Así se hizo hasta el año en que subió al trono el emperador Trajano (98-117), quién estableció que la primera potestad tribunicia, tomada el día en que asumían el trono, debía renovarse por segunda vez el día 10 de diciembre del mismo año, y que luego se renovaba anualmente todos los años ese mismo día, por lo que los emperadores podían tomar las dos primeras potestades tribunicias el mismo año10.
En algunas inscripciones, rara vez, se toma como fecha de datación el año de la fundación mítica de la ciudad de Roma (753 a. C.), con el año y la fórmula Ab Urbe
Condita (“desde la fundación de Roma”). Pero en la mayoría de las inscripciones no
tenemos datos para fechar con precisión y debemos hacer dataciones aproximadas con intervalos más o menos grandes.
Se pueden dar algunos criterios generales de datación de inscripciones, pero éstos pueden variar de una región a otra. Además, se suelen utilizar fórmulas epigráficas para datar inscripciones y hay que tener en cuenta que la introducción de las fórmulas epigráficas no se suele producir el mismo año en todas las regiones. Los criterios de datación pueden dividirse en dos grupos:
Criterios externos:
Arqueológicos: la datación arqueológica de una inscripción es muy fiable y útil (Pompeya, programas electorales del 79 d. C.), pero por desgracia la mayoría de los
9 Véase la lista de los cónsules ordinarios del 110 a. C. al 395 d. C. en las fotocopias 44 a 47. A partir de
ahora, también, los números que van entre paréntesis hacen referencia al número de la/s inscripción/es, que sirven como ejemplo, de la selección de inscripciones que hay en las fotocopias 75 a 87.
epígrafes se han encontrado fuera del contexto arqueológico en el que aparecieron. Por otra parte, los estudios de la decoración del soporte pueden ayudarnos a datar las inscripciones.
Paleográficos: los criterios paleográficos para datar inscripciones no han gozado de mucho crédito, salvo para diferenciar las republicanas de las imperiales. Pese a ello podemos destacar algunos datos interesantes:
1. El sombreado (que se conseguía alternando trazos verticales anchos y hondos con trazos horizontales finos y más superficiales) no se difunde hasta mediados del S. I a. C.
2. Las interpunciones cuadradas no se dan después de época augustea; la hereda
distinguens no aparece hasta mediados del S. I d. C. y su uso no se generalizó hasta el
II. En Hispania las interpunciones triangulares con el vértice hacia arriba siempre son anteriores a época Flavia (69). El círculo se introduce en el S. II d. C.
3. El símbolo HS para el sestercio es sustituido desde el 180-200 por SS que están unidas por una barra media. Las inscripciones que indican un precio en denarios (X) son siempre posteriores al 100 d. C.
Criterios internos:
Los criterios que han proporcionado mejores resultados para datar son los relativos a las fórmulas epigráficas empleadas y a la onomástica11:
1. Fórmulas funerarias:
- Fórmula Pius in suis (7) aparece desde época julio-claudia (no anteriormente).
- Fórmula Hic situs est (7) se utiliza desde mediados del S. I a. C. en la Bética y hasta inicios del S. III d. C. No obstante, si la fórmula está abreviada suele datarse en los S. I, II o inicios del III d. C.
- La fórmula sit tibi terra levis (7) (normalmente abreviada) aparece poco antes de mediados del S. I d. C., perdurando hasta inicios del S. III.
- La fórmula Diis Manibus o Diis Manibus Sacrum (7) no aparece en provincias hasta el S. II d. C. y permite datar las inscripciones de los S. II o III d. C.
- La definición del locus funerario: (in fronte pedes..., in agro pedes;
locus pedum...; locus quoquo versus pedum...) aparece desde las primeras
inscripciones conservadas en Hispania, pero deja de aparecer a fines del S. I d. C (28,29).
- Desde época de Augusto se generaliza la indicación de la edad del difunto (6) en genitivo (annorum), que aparece abreviada: S. I: an(norum). S. II: ann, anno, annor(um).
2. Onomástica:
- La aparición de praenomen y nomen sin cognomen en Hispania, parece indicar una fecha anterior a mediados del S. I d. C. En Roma el
cognomen aparece en el S. III a. C., pero no se generalizó hasta época de Sila
(82-79 a. C.). En las inscripciones funerarias anteriores a mediados del S. I a. C., los difuntos suelen aparecer indicando sólo su praenomen y nomen (cuando son varios suele indicarse su grado de parentesco: mater, pater,
filius...).
- El praenomen comienza a hacerse raro desde fines del S. II para desaparecer a lo largo del III d. C.
11 Véase A.U. Stylow: “Los inicios de la epigrafía latina en la Bética. El ejemplo de la epigrafía
funeraria”, en Roma y el nacimiento de la cultura epigráfica en Occidente. Zaragoza, 1995, págs. 219-238. Este autor es el director del grupo de historiadores encargados de la redacción de los volúmenes en que se divide el volumen II del C.I.L2., dedicado a Hispania, obra que aún no ha concluido.
- La mención del abuelo, bisabuelo y tatarabuelo en las inscripciones (precedida de la palabra nepos, pronepos o abnepos, respectivamente “nieto”, “biznieto” y “tataranieto”) es típica del S. I y desaparece después de época trajanea (114 d. C.), salvo en el caso de los emperadores y sus familias (14, 57).
- La indicación de la tribu desaparece desde fines del S. I en Italia y generalmente desde inicios del S. II en África e Hispania.
1.10. Edición de las inscripciones.
Para publicar una inscripción nueva es preciso dar unos datos sobre ella según unas normas convencionales conocidas por todos los epigrafistas, datos que van en este orden.
Aspectos externos:
- Lugar del hallazgo de la pieza. - Lugar de conservación de la pieza. - Bibliografía utilizada para hallar la pieza.
- Fotografía de la pieza, acompañada o no de un calco o dibujo de ella. Aspectos internos:
- Descripción del soporte según su tipo, material, la longitud (alto, ancho y largo) en centímetros, tanto de la pieza como del campo epigráfico, si tiene moldura o no, la altura de las letras línea por línea o por grupos de líneas, el estado de conservación del soporte y su decoración, si la tiene.
- Transcripción del texto conservado, sin restituir ninguna abreviatura. - Lectura del texto, procurando restituir las abreviaturas y partes perdidas, para lo cual se utilizan los signos del Sistema Leyden, el cual ha sido mejorado recientemente en algunos aspectos12.
TEMA 2. LA ONOMÁSTICA ROMANA Y EL CURSUS HONORUM . 2.1. Ciudadanos romanos.
En la onomástica romana, venían marcadas las distinciones y las diferencias sociales entre los ciudadanos romanos y los que no lo eran, y la forma que tenían los ciudadanos romanos de poner su nombre en las inscripciones nos permite, según cuantos sean los nombres que aparecen, conocer las diferencias de estatus social entre los ciudadanos romanos y los que no lo eran.
2.1.1. Los trianomina y su transmisión.
Según Varrón, los ciudadanos romanos solo tenían, en un principio, un nombre, al que añadían el nombre del padre en genitivo. Sin embargo, otros autores creen que ya desde un principio, existían el nomen y el cognomen. A partir del S. III a. C., se va a generalizar el uso de los trianomina: el praenomen, el nomen y el cognomen. A los
trianomina se añadían la indicación de la filiación del individuo y el nombre de la tribu
a la que pertenecía. Tanto la filiación como la tribu se colocaban entre el nomen y el
cognomen, y estos elementos eran necesarios para elaborar el censo oficial de
ciudadanos romanos, como indica una ley del 45 a. C. Los trianomina se daban a los niños a los nueve días del nacimiento, y a las niñas a los ocho días.
El praenomen era el nombre propio o individual de cada individuo y permitía distinguir a los hijos de una misma familia. Según Varrón, existían en Roma unos 30
preanomina, pero sólo 8 de ellos eran los más corrientes. En las inscripciones, el praenomen suele aparecer abreviado13. El praenomen debe reconstruirse en nominativo,
lo que indica el nombre de la persona que dedica la inscripción, o en dativo, lo que indica el nombre de la persona a quién está dedicada la inscripción.
El praenomen fue perdiendo valor como nombre propio y, durante la República, fue frecuente que varios hijos de una misma familia tuvieran el mismo praenomen, y se sabe que varias familias romanas importantes utilizaron sólo uno, dos o tres
praenomina para todos sus miembros. Esto hizo necesaria la utilización del cognomen
para diferenciar a varios miembros de una misma familia que eran hermanos entre sí. El nomen era el distintivo que llevaban todos los individuos que pertenecían a una misma gens, o conjunto de familias unidas entre sí por descender de un antepasado común conocido. Todas las familias que pertenecían a una misma gens estaban sometidas a la autoridad del paterfamiliae. En principio, el cognomen apareció para diferenciar a las distintas familias pertenecientes a una gens, pero esto se perdió pronto, aunque, en el caso de las familias romanas importantes, éstas ponían un segundo
cognomen para diferenciar a cada individuo.
El nomen suele aparecer entero en las inscripciones, y sólo se abrevia en el caso de los miembros de la familia imperial o de las familias nobles romanas. Los hijos legítimos de un matrimonio tomaban como nomen el del padre, mientras que los ilegítimos tomaban el de la madre. Cuando un individuo era adoptado abandonaba su
praenomen y nomen originales y tomaba los del adoptante, aunque solía conservar su
antiguo nomen convertido éste en cognomen y acabado con la terminación –anus. Aunque a veces, sobre todo en el Alto Imperio, el adoptado podía conservar, también, su praenomen original. El nomen aparece en las inscripciones en nominativo o en dativo concordando con el praenomen.
El cognomen no apareció hasta el S. III a. C., y su uso no se generalizó hasta la época de Sila. Los cognomina sirvieron para distinguir a los miembros de una misma familia dentro de una gens. El cognomen también se heredaba pero, la repetición del uso de varios praenomina en una familia, hizo necesario el empleo del cognomen para diferenciar a sus distintos miembros en el seno de ella. Sin embargo, desde época temprana, el cognomen dejó de heredarse y servía para distinguir a los distintos miembros de una misma familia.
Los cognomina aparecen en las inscripciones en nominativo o dativo, concordando con el nomen (4,5), y podían ser muy variados. Encontramos cognomina que pueden derivar de particularidades físicas del individuo (Niger, Albanus, Scaevola –“oscuro”, “blancuzco”, “zurdo”– etc.); otros marcan el orden de nacimiento de los miembros de la familia (Primus, Secundus, Tertius –“primero”, “segundo”, “tercero”– etc.); otros indican el origen geográfico o étnico del individuo (Africanus, Celtiber,
Germanus –“africano”, “celtíbero”, “germano”– etc.); otros son relativos a una virtud o
capacidad de la persona (Celer, Fortunatus, Felix, Delicatus –“rápido”, “afortunado”, “feliz”, “delicado”– etc.); también encontramos cognomina de raíz griega, que eran muy frecuentes (Hermes, Eros etc.), o de raíz celta o de otros pueblos indígenas sometidos por Roma (Urchail, Eburancus etc.).
2.1.2. Filiación y tribu.
La filiación se indicaba poniendo el nomen del padre del individuo abreviado y la palabra filius también abreviada (F o Fil.) No obstante, en el caso de las familias nobles romanas, también se indicaba la afiliación poniendo, además del nombre del padre, el praenomen del abuelo, bisabuelo o tatarabuelo, seguido de la palabra nepos (“nieto”), pronepos (“biznieto”), abnepos (“tataranieto”) o adnepos (tátara tataranieto)..
La filiación servía para atestiguar que los individuos eran hijos legítimos de matrimonios entre ciudadanos romanos, ya que los hijos ilegítimos tomaban el nomen de la madre, o no indicaban su filiación, o indicaban su ilegitimidad con la fórmula
spurii filius.
A continuación de la filiación se indicaba abreviado el nombre de la tribu a la que pertenecía el individuo, sin poner detrás la palabra tribu, pues era algo sobreentendido14. En Roma había 35 tribus, 31 tribus rústicas y 4 tribus urbanas, y un
individuo, en principio, pertenecía a una tribu determinada según cual fuera su lugar de nacimiento, aunque, más tarde, los individuos pasaron a heredar la tribu del padre. En sus orígenes, las tribus, conjunto de gens unidas por tener un antepasado común muy lejano, eran unidades de voto, por lo que sólo si un individuo estaba adscrito a una tribu era ciudadano romano y, por tanto, podía votar en los comitia tributa (asamblea por tribus).
Cuando se extienda la ciudadanía romana por las conquistas de Roma, los habitantes de las provincias romanas que tengan la ciudadanía romana, serán incluidos en una de las 35 tribus que había en Roma, siendo las más frecuentes las tribus Galeria (38,41,42), Sergia (50,60), Quirina (18,19,51) y Papiria (37). En Hispania se observa que la mayoría de los indígenas que obtuvieron la ciudadanía romana en época de Julio Cesar, fueron adscritos a la tribu Sergia, la mayoría de los indígenas que obtuvieron la ciudadanía romana en época de Augusto fueron adscritos a la tribu Galeria, y la mayoría de los indígenas que obtuvieron la ciudadanía romana en época Flavia, a partir del
Edicto de Latinidad (73-74 d. C.) de Vespasiano (69-79 d. C.), fueron adscritos a la
tribu Quirina. Los libertos se adscribían a la tribu Palatina. Un liberto o esclavo liberado por un ciudadano romano adquiría automáticamente la ciudadanía romana y, desde época republicana, era costumbre incluir a los libertos en la tribu Palatina.
Había dos formas de obtener la ciudadanía romana. La ciudadanía podía a ser concedida por un magistrado con imperium a título personal (ex viritim), o a comunidades enteras (como hizo Cesar con las comunidades hispanas que lo apoyaron durante la Guerra Civil, como Gades o Ulia), o muchas ciudades hispanas15 durante la
época flavia, lo que permite averiguar cuando las ciudades hispanas dejaron de ser municipios o colonias de derecho latino y se convirtieron en municipios o colonias de derecho romano.
La indicación de la tribu desapareció en las inscripciones con el emperador Caracala (211-217), cuando éste concedió, en el 213, la ciudadanía romana a todos los habitantes del imperio que no la tenían, aunque la indicación de la tribu había comenzado a desaparecer a partir del S. I d. C.
2.1.3. Origo.
La origo indica el lugar de procedencia de un individuo o el lugar donde éste tiene la ciudadanía local, siendo esto así para los ciudadanos romanos, excepto para los libertos que tomaban como origo la de los patronos que los habían liberado de la esclavitud. La origo (6, 32, 53) se situaba detrás del cognomen y suele indicarse en ablativo o en genitivo, aunque en las inscripciones no siempre aparece ésta.
En ocasiones, en lugar de indicarse en las inscripciones como origo el lugar de procedencia o la ciudad donde se tiene la ciudadanía romana, la persona indica el pueblo del que forma parte, precedido de la palabra nation (p. e., nation hispanus,
germanus etc.): La nation se suele indicar cuando la persona muere en un territorio
distinto del de su procedencia. También el individuo podía indicar en lugar de la origo su lugar de residencia precedido de la palabra domo.
2.1.4. Supernomina y polinomina .
Hablamos de supernomina cuando los ciudadanos romanos tenían en su cadena onomástica más nombres aparte de los trianomina. Además, dentro de los supernomina debemos hablar de los agnomina. Hablamos de agnomina cuando un individuo tenía varios cognomina. El ejemplo más claro de esto lo tenemos en el caso de los emperadores y miembros de la familia imperial y las familias romanas importantes.
En ocasiones, aparece un tipo de cognomen llamado signum, una especie de apodo del individuo y que se llama así por estar siempre precedido de la palabra signum, aunque también puede estar precedido de las palabras vocatur o sive.
Hablamos de polinomina, cuando las personas tienen varios nomina y
cognomina puestos unos a continuación de los otros. La polinomía fue una práctica
común desde el S. II a. C. entre los miembros de las familias senatoriales y nos permite conocer los matrimonios, adopciones, u otros vínculos existentes entre los miembros de las distintas ramas de una misma familia (33,34). Fue una práctica frecuente el tener un individuo la cadena nomen + cognomen + nomen + cognomen, para conservar así el
cognomen de la madre.
2.1.5. Onomástica de la mujer.
En las inscripciones, en cuanto a la onomástica de las mujeres, no aparece el
praenomen, excepto en casos excepcionales, y tampoco aparece la tribu a la que
pertenecen las mujeres (15, 17).
2.2. Esclavos y libertos .
En las inscripciones en las que aparecen citados esclavos, el esclavo solamente llevaba un nombre, generalmente un cognomen, que le era impuesto por el mercader que lo había vendido o por el dueño al que pertenecía, seguido de la palabra servus (“siervo”). Otra posibilidad es que, tras el nombre del esclavo y delante de la palabra
servus vayan, en genitivo, los trianomina del dueño.
Cuando un esclavo recibía la libertad adquiría la ciudadanía romana y se convertía en liberto. Entonces, el antiguo esclavo convertía su nombre en cognomen y adoptaba como praenomen y cognomen propios el praenomen y el nomen de su antiguo amo, ahora convertido en su patrono. Como los esclavos carecían de filiación, los libertos indicaban ésta utilizando el praenomen de su patrono seguido de la abreviatura L. o LIB. = LIBertus (4,5). Cuando el dueño de un esclavo era una mujer, como éstas no indican el praenomen en las inscripciones, el esclavo o el liberto indicaba su filiación con una ce vuelta a la izquierda y tomaban el praenomen del padre de su dueña.
En el caso de los esclavos que eran propiedad ciudades o comunidades enteras, junto al nombre del esclavo, se pone el nombre de la comunidad a la que pertenecía seguido de la palabra servus. Al ser liberados, los antiguos esclavos tomaban el nomen de Publicius e indicaban su condición con el nombre de la comunidad a la que pertenecían seguido de la palabra libertus
Cuando a fines del S. II d. C. se ponga de moda entre los ciudadanos romanos el omitir su filiación en las inscripciones, los esclavos también se sumarán a esta moda para no indicar que habían sido esclavos o tenían orígenes serviles, por lo que, a partir de esa fecha, se nos hace difícil distinguir en las inscripciones a aquellas personas que eran esclavos o que tenían orígenes serviles.
Hoy es comúnmente aceptado entre los investigadores que todas las personas que aparecen con cognomina originarios del Mediterráneo Oriental (Eros, Hermes, Tyche, Abascantus etc.) suelen ser libertos o descendientes de libertos. Esta afirmación se basa en que estas personas serían esclavos comprados en Oriente y en el hecho de que la mayoría de las personas con cognomina oriental, cuando aparecen citados en las inscripciones, también se citan los nombres de sus hijos, y los cognomina de éstos son latinos. También puede ser que existiera la moda de adoptar cognomina de origen oriental, o que estas personas fueran descendientes de comerciantes oriundos de Oriente y emigrados a Occidente. Sin embargo, hoy sólo podemos mantener esta afirmación con un valor estadístico y siempre que se contraste la filiación de la persona con otros aspectos del epígrafe. P. e., si tenemos en cuenta que la mayoría de los seviros
augustales son libertos –un sacerdocio que era la única magistratura a la que los libertos
podían acceder– si aparece un cognomen oriental junto a la indicación del sevirato se deducirá que esa persona era un liberto (11,13).
La origo de un liberto era la de su patrono, con lo que éste obtenía la ciudadanía local de su patrono. A los libertos se les incluía en la tribu Palatina, una de las cuatro tribus urbanas de Roma.
En cuanto a los esclavos pertenecientes a las corporaciones profesionales y a empresas privadas, como, p. e., las Sociedades de Publicanos, cuando eran liberados indicaban su condición de libertos utilizando un nomen derivado de la empresa o corporación a la que hubiesen pertenecido: p. e., el nomen Fabricius indicaba que el liberto había sido esclavo de una corporación local de artesanos, el nomen Argentarius indicaba que el liberto había pertenecido a la Societas Publicanorum Sisaponensis, encargada, en el conventus corduvensis, de la explotación de las minas de plata y mercurio del norte de Córdoba etc.
Los esclavos y libertos imperiales indicaban su condición con la abreviatura AUG. S = AUGustus Servus o AUG. LIB. = AUGustus LIBertus, respectivamente, o, también CAES. S = CAESaris Servus o CAES. LIB. = CAESaris LIBertus. Un liberto imperial o un esclavo imperial liberado, conservaba su cognomen antiguo y tomaba como suyos el praenomen del emperador que lo había liberado y el nomen del
emperador anterior a la subida al trono de éste (p. e., el nomen Flavius si había sido liberado por uno de los emperadores de la dinastía flavia).
En ocasiones, nos encontramos inscripciones de esclavos y libertos en que después de los trianomina de éstos, se pueden encontrar las palabras Verna, que indica que una persona es o había sido esclavo por nacimiento o que nació esclavo en la casa de su dueño, o Alumnus, que indica que una persona nacida libre había sido abandonada al nacer y había sido criada como esclava por sus amos.
2.3. Latinos y peregrinos.
La ciudadanía latina (ius latii) fue, en principio, un estatuto jurídico especial que dieron los romanos a los demás habitantes de la región del Lazio, pero luego esta ciudadanía fue dada a los habitantes de regiones enteras (p. e. la Galia Cisalpina, o la Galia Narbonense, o Hispania gracias al Edicto de latinidad de Vespasiano).
Existían pocas diferencias entre los ciudadanos romanos y los latinos. Éstas eran las siguientes: los ciudadanos romanos estaban inscritos en tribus y los latinos no; los romanos formaban parte de las legiones y los latinos sólo podían formar parte de los cuerpos auxiliares de las legiones; los romanos tenían derecho a voto en las Asambleas y los latinos no; y los ciudadanos romanos podían realizar el cursus honorum y los latinos no podían. En las comunidades de derecho latino menor (ius latii minus), sólo adquirían la ciudadanía latina todas aquellas personas que, desde el año de concesión de dicho estatuto a la comunidad, hubieran desempeñado alguna magistratura, ellas, sus hijos y sus padres. En cambio, en las comunidades de derecho latino mayor (ius latii
maius), adquirían la ciudadanía latina todos los habitantes de esa comunidad.
Los ciudadanos latinos tenían los trianomina, pero no indicaban la tribu, puesto que no podían inscribirse en ninguna de las tribus de Roma. Por ello, como es frecuente que, a partir del S. I d. C., los ciudadanos romanos omitan la mención de la tribu en las inscripciones, es difícil distinguir en las inscripciones cuando se trata de ciudadanos romanos o de ciudadanos latinos y peregrinos (23).
Los ciudadanos peregrinos eran los habitantes de los territorios conquistados por Roma que no gozaban de derechos y privilegios políticos y jurídicos que tenían los ciudadanos romanos y latinos. En las inscripciones, los ciudadanos peregrinos suelen mencionar sólo un nombre, generalmente el cognomen, seguido del cognomen del padre en genitivo y de la palabra filius (2,3). También hay inscripciones de ciudadanos peregrinos en las que es frecuente que éstos adopten nombres latinos pero conservando la estructura onomástica de los indígenas (9).
2.4. Nombres y títulos de los emperadores y de miembros de la familia imperial16.
En Roma y las provincias del Imperio Romano se conservan gran número de inscripciones que citan a emperadores vivos o divinizados y a sus familiares. Antes de acceder al trono imperial, estas personas tenían una onomástica similar a la de cualquier ciudadano romano, pero, al acceder al trono imperial la cambiaban y le añadían nuevos títulos. La onomástica e intitulación que vemos en las inscripciones de los emperadores y sus familiares suele seguir un mismo esquema, aunque éste no siempre se cumple.
La intitulación imperial comenzaba con las palabras Imperator Caesar que, de hecho actuaban como nomen y praenomen del emperador, a las que se añadía el
cognomen que tenía el emperador antes de subir al trono (25,58). Como excepción a
esta regla, los emperadores Tiberio, Calígula (37-41) y Claudio (41-54) no ponían en su intitulación la palabra imperator (54). Hasta el S. II d. C. no se empezará a poner en la intitulación imperial, el praenomen y el nomen que los emperadores tenían antes de subir al trono.
A continuación se expresaba la filiación del emperador con la palabra filius precedida del cognomen del emperador anterior, acompañado, si éste ha fallecido, de la
palabra divi (25,56,57). Después de la filiación se ponía, o bien un solo cognomen, que era el que tenía el emperador antes de su coronación, o bien se ponían dos cognomina, añadiendo al anterior el cognomen de su antecesor (30,59).
A partir del S. II d. C., se acostumbró a poner después de las palabras Imperator
Caesar los trianomina de los emperadores, es decir, el praenomen y el nomen anterior a
su coronación y los dos cognomina. Además de estos nombres, los emperadores solían contar con un nombre oficial que constaba del nomen anterior a su coronación y del primer cognomen del emperador que los había adoptado, a los que añadían el
praenomen anterior a su coronación y el cognomen de su antecesor.
Después de los nombres personales del emperador, se colocaba el título de
Augustus, título que tenía connotaciones religiosas y que había sido concedido a
Octaviano por el Senado y que luego fue adoptado por todos sus sucesores, y que, en ocasiones, podía aparecer acompañado de calificativos referentes al emperador, p. e.,
pius, invictus –“pío”, “invicto”– etc.
A continuación, podía ir una serie de cognomina honoríficos, que hacían referencias a las victorias militares obtenidas por el emperador o por sus generales sobre pueblos o regiones. Esto nos permite datar inscripciones, ya que conocemos el año en que se llevaron a cabo las campañas y sabemos en que momento los emperadores tomaban estos cognomina.
Otro título que formaba parte de la intitulación imperial era el de Pontifex
Maximus, o máxima autoridad sacerdotal de Roma. A continuación, se indicaba la
potestad tribunicia seguida de un numeral, lo que indicaba cuantas veces había asumido la potestad tribunicia ese emperador. Después iba la palabra imperator, normalmente abreviada, seguida de un numeral, lo que indicaba el número de aclamaciones imperiales otorgadas por el Senado romano para celebrar sus victorias militares. A continuación la palabra consul abreviada (COS.), y seguida de un numeral, lo que indicaba cuantas veces había asumido el consulado un emperador. Esto nos permite datar inscripciones, ya que conocemos una lista de casi todos los cónsules romanos ordinarios año por año.
Algunos emperadores asumieron el título de censor, los emperadores Claudio, Vespasiano, Tito (79-81) y Domiciano (81-96). Por último, con la abreviatura P.P., aparece el título Pater Patriae (“Padre de la Patria”), que había sido concedido a Augusto por el Senado y que luego fue adoptado por todos sus sucesores. Los emperadores anteriores a Claudio colocaban este título al final de la intitulación imperial, pero los emperadores posteriores a Claudio colocaron en medio de la intitulación imperial
En cuanto a la onomástica de los miembros de la familia imperial, decir que la familia imperial suele aparecer mencionada en las inscripciones con las expresiones
Domus Augusta o Domus Divina (“familia augusta” o “divina”). Los herederos al trono
imperial recibieron el título de Caesar o el de Princeps Iuventutis (“Príncipe de la Juventud”), aunque el segundo lo recibían todos los hijos de los emperadores, y no sólo el heredero.
Muchas princesas y emperatrices recibieron el título de Augusta, y algunas de ellas, excepcionalmente, recibieron el título de Mater Patriae (“Madre de la Patria”) o el de Mater Populi Romani (“Madre del pueblo romano”), generalmente abreviado.
2.5. El cursus honorum .
Numerosas inscripciones honoríficas o funerarias servían para recordar la trayectoria de una persona y resaltaban los méritos que había conseguido en vida, indicándose el estatus social del ciudadano honrado con esos méritos y los cargos públicos que ésta había asumido en vida.
Al conjunto de cargos y funciones públicas o religiosas ejercidas por un ciudadano romano o en el Estado o en una ciudad determinada o en una corporación
profesional, se le denominaba cursus honorum. La “carrera de los honores” se llamaba así porque los romanos consideraban que el desempeño de magistraturas civiles o religiosas era un honor u honos, y de ahí venía la gratuidad del desempeño de magistraturas.
Para ejercer determinados cargos públicos o religiosos, un ciudadano romano tenía que pertenecer al grupo de ciudadanos privilegiados, los honestiores, llamados así para diferenciarlos de los ciudadanos no privilegiados, los humiliores. Los honestiores podían pertenecer, a su vez, en uno de los tres ordines, en que se dividía el grupo de ciudadanos privilegiados: el Ordo Senatorius (el de los “senadores”), el Ordo Equester (el de los “caballeros”) y el Ordo Decurionum (el de las “élites locales”).
Para ingresar en los cargos y funciones públicos civiles o religiosos, un ciudadano romano debía tener un patrimonio mínimo, evaluado en sextercios, y debía de ser incluido en una lista o album por decisión del emperador, en el caso de los senadores y caballeros, o por decisión de los senadores y magistrados locales, en el caso de las élites locales. El desempeño de ciertos cargos abría las puertas para poder acceder a los ordines superiores.
La entrada en uno de los tres ordines permitía a sus miembros utilizar determinadas insignias y títulos que servían para identificarlos. Los senadores llevaban el latus clavus, que era una túnica con una banda ancha de color púrpura, y los caballeros eran identificados por llevar un caballo público, el angustus clavus, que era una túnica con una banda estrecha de color púrpura, y un anillo.
En epigrafía, el cursus honorum de una persona se indicaba de dos maneras: una, en orden directo, indicándose los cargos en el orden en el que la persona los desempeñó; otra, en orden indirecto, indicándose los cargos que la persona desempeñó en el orden de mayor a menor importancia de éstos.
Como las funciones públicas que podía desempeñar un ciudadano romano eran distintas según a que ordo de los tres perteneciera, estudiaremos de forma separada el
cursus honorum de cada ordo, aunque teniendo claro que se podía promocionar desde
un ordo inferior a los superiores.
2.5.1. El cursus honorum senatorial .
Según las fuentes, los candidatos a senadores de Roma debían ser los ciudadanos romanos más nobles, más virtuosos y más ricos. Durante la época republicana (509-27 a. C.), cada cinco años se redactaba el album senatorial, o lista de los senadores, donde, en principio, eran incluidos los ciudadanos romanos que habían desempeñado la pretura y, a partir de la época de Sila, también los que habían desempeñado la cuestura.
A finales de la República, las diferencias entre senadores y caballeros eran mínimas, hasta que Augusto estableció que los candidatos a senadores debían tener una fortuna mínima de 1 millón de sestercios. El acceso al orden senatorial sólo estaba abierto a los hijos de los senadores y a algunos miembros del orden ecuestre a los que el emperador premiaba por sus servicios con la lati clave, aunque esa concesión no suponía la entrada directa del caballero en el orden senatorial, sino que primero debía ejercer la cuestura.
A mediados del S. I d. C., se estableció otro sistema de ingreso en el orden senatorial, la adlectio, que consistía en que, durante la realización del censo de senadores, el emperador incluía en él a personas que no habían desempeñado magistraturas senatoriales mediante adlectio, y los colocaba en determinada posición en el cursus honorum senatorial, p. e., en el tribunado de la plebe, lo que se indica en epigrafía con la fórmula adlectos inter tribunicios, o en la edilidad, lo que se indica en epigrafía con la fórmula adlectos inter aedilicios.
Dentro del orden senatorial estaban incluidos los senadores, sus mujeres y todos sus descendientes hasta el tercer grado y, a partir del S. II, se daba a los senadores el