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Jorge Lomar

Ediciones Corona Borealis

La Inteligencia del Amor © 2008, Jorge Lomar

© 2010, Ediciones Corona Borealis Pasaje Esperanto, 1

29007 - Málaga Tel. 951 100 852 www.coronaborealis.es

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Segunda edición: mayo 2014 ISBN: 978-1499532173

Distribuidores: http://www.coronaborealis.es/librerias.php

Todos los derechos reservados. No está permitida la reimpresión de parte alguna de este libro, ni tampoco su reproducción, ni utilización, en cualquier forma o por cualquier medio, bien sea electrónico, mecánico, químico o de otro tipo, tanto conocido como los que puedan inventarse, incluyendo el fotocopiado o grabación, ni se permite su almacenamiento en un sistema de información y recuperación, sin el permiso anticipado y por escrito del editor. Dedicado a mis padres, quienes en lugar de cortarme las alas me ayudaron a volar. A mis maestras, Reyes y Mar. Y a todos los aventureros libres con los que comparto este viaje.

ÍNDICE

Prólogo ... 15

Prefacio del autor ... 17

Parte I. Conocimiento La Piel ... 23

Nuestros disfraces ... 31

Yo soy Amor... pero ¿qué es el Amor? ... 45

El triángulo de la comprensión ... 67

Esencia y carencia ... 79

Parte II. Experiencia El origen de la experiencia ... 101

Aventureros... ¿libres? ... 112

Amor desde el temor ... 128

Otros ídolos de la mente temor ... 151

Parte III. Ser Con la corona puesta ... 169

Proyección y perdón ... 181

La Inteligencia del Amor ... 205

Terminología ... 215

Citas para meditar ... 223

Bibliografía ... 227

Agradecimientos

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Enseña solamente amor, pues eso es lo que eres. UN CURSO DE MILAGROS

PRÓLOGO

La aventura del descubrir

Si a lo largo de la Historia ha habido algún fundamento ante el que las humanidades se han inclinado y reverenciado, sin duda ha sido el del Amor. Es por ello que aquel lector decidido a adentrarse en esta investigación de su Inteligencia se verá inmerso en un inspirado viaje al hondo sentir humano, un viaje pleno de paisajes en donde las neuronas y las hormonas de los psicocuerpos, bailan con las emanaciones más sutiles de los santos y de los sabios.

Pues bien, cuando Jorge Lomar me sugirió prologase su libro, no imaginé la aventura del descubrir que me esperaba al traspasar ya sus primeras páginas. Reconozco que al poco de abordar sus claros y bien documentados contenidos, me vi envuelto por una música integradora que fascinando mi atención, sumergió mi ser por entre los pliegues más resonantes del alma.

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Al cerrar el libro, respiré muy hondo y una vez más confirmé el sentimiento de que la actual Humanidad está en los albores de una nueva dimensión. En realidad y tras leer entre líneas lo que está sucediendo se diría que el Homo Sapiens está caducando en beneficio de un emergente Homo Amans; un salto que sin duda señala un estado de conciencia en el que la íntima vivencia de la «no separación», permitirá dejar atrás los tan frecuentes «contratos psicológicos de mutua satisfacción» que en el seno cotidiano de nuestro actual desarrollo se establecen en nombre del amor. Este amor cotidiano que vivimos en el nivel dual de la persona es un sucedáneo que aparece como reflejo de ese «amor totalidad» que en esencia todos somos. El amor del nivel persona, aunque es legítimo por su inherente humanidad, vive zarandeado en la noria luminosa y sombría de la dualidad y, en muchos casos, expresa un abanico de sutiles manipulaciones y dependencias.

Y todo este nuevo amanecer que muchos seres, tras vivirse en pequeñas dosis de conciencia unitiva vislumbran como real, es consecuencia de la emergente visión ampliada de ser y relacionarse, una visión que está siendo naturalmente expresada por la nueva raza de integradores y místicos que empieza a aumentar la población indiscriminada de este Planeta Tierra.

Vemos que ante un modelo sociocultural tan saturado en el que se sostienen las actuales relaciones humanas, y ante una revolución de la consciencia tan

deconstructora como la que inevitablemente sucede en nuestras vidas, brotan

investigadores sinceros con talante, como Jorge Lomar, que de manera tan sanadora como misionera se lanzan al reto de indagar en los entresijos del Misterio.

Se trata de seres que abordan la vivencia del Gran Origen por entre las grietas de luz en el muro de la opacidad dualista, seres que se atreven a mirar y transmitir lo visto anunciando los tesoros que laten en la infinitud del corazón humano. En realidad estos osados visionarios son las antenas de comunicación que la Inteligencia de las Inteligencias parece estar movilizando de forma anónima por entre la vida diaria de este mundo. Su sutil propuesta de acción inspira la intuición de los despiertos

mediante meditaciones de radiante vacuidad, meditaciones irradiadoras de sutiles ecos tan solo captables de manera consciente por las antenas de los atentos

peregrinos del salto que ya han aprendido a contemplar.

Y por último, si tuviera que sintetizar en una sola idea, la visión de esta inteligencia que el lector se dispone a abordar, tan solo diría desde el seno de un amplio silencio que:

Comenzamos el camino con el amor que tenemos, y llegaremos con el amor que somos.

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PREFACIO DEL AUTOR

Aquí se indica un camino o un modo de ver de entre los miles que existen. Todos ellos sirven adecuadamente para las mentes a las que son útiles durante algún tiempo. Este libro pretende ser útil durante algún tiempo, produciendo algo de claridad en ti.

El propósito final es comunicar. Esto significa para mí compartirme. Al compartirme, me expreso y aplico energía a las luces que yo veo como la Inteligencia del Amor en mí.

Estas luces surgen de mi comprensión, mi experiencia vital y de mi esencia. Por esta causa, el libro se divide en tres partes: conocimiento, experiencia y ser. No hace falta que se lean linealmente, pero tal vez sea más cómodo hacerlo así. No son fases evolutivas, ni cronológicas en ninguna línea de tiempo. No son grados de nada, solo son aspectos distintos del mensaje que expongo.

El subtítulo del libro «Un viaje del miedo al Amor» hace referencia a cierto tipo de viaje de la conciencia que se puede elegir libremente y que aquí intento facilitar para quien guste elegirlo. Paralelamente al trascurso de este viaje, el lenguaje del libro va transformándose. En el comienzo es más cercano a la realidad sensorial, las

referencias a lo externo son más habituales. Según va avanzando, se va haciendo menos materialista y profundiza más en lo puramente mental. Indagamos en los programas que mayormente están a cargo de nuestra mente. Finalmente, pierdo casi el compromiso con lo causal y lo argumentativo, acercándome a la expresión más íntima de lo que, al nivel más esencial, puedo compartir. He intentado que esta evolución del lenguaje haya fluido paulatinamente, de modo que resulte accesible habituarte a mis modos de explicarme. Reconozco que he elegido un tema profundo e íntimo. Por ello sé perfectamente que este no es un libro para todo el mundo. Está especialmente dedicado a los buscadores de la Verdad.

No pretendo haber alcanzado la Verdad absoluta. Esa es inexplicable y no cabe en ningún libro. Ella nos espera a cada uno de nosotros en la eternidad mientras

nosotros nos vemos comprometidos en atravesar el tiempo. En el tiempo lo absoluto solo se intuye. Por ello, en este libro nada debe de ser entendido como la Verdad, sino como meras intuiciones de un observador.

Las personas que nos dedicamos a comunicar debemos recordar siempre cómo ha cambiado nuestro modo de ver desde que comenzamos a mirar al mundo por dentro. Todos tenemos acceso a la verdad, está dentro de nosotros y en ningún otro sitio. Pero el modo de llegar a ella es diverso y subjetivo, como todo lo relativo a la percepción.

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orilla de un río. El que bebe directamente del río no necesita que nadie le venda un vaso de agua, aunque esté recogida del mismísimo río. Le basta agacharse un poco para beber.

Este libro toca los temas más sutiles, pero pretende ser comprensible y clarificador. Por ello, se redunda en una serie de claves, se asocian a distintos temas y se miran las conclusiones desde distintos ángulos.

He intercalado recuadros entre el texto, a modo de grandes paréntesis. Algunos de ellos son breves artículos en los que me centro en temas específicos, en otras ocasiones son prácticas o breves autoexploraciones. En algunos casos son simplemente anécdotas que he querido anotar.

Hablando de temas tan sutiles como de la Inteligencia o el Amor, he decidido

incorporar un sencillo glosario de las palabras que más confusión suelen despertar. Está en el apéndice «Terminología». En este apartado incluyo también un recuadro donde

JORGE LOMAR

distingo lo espiritual de lo mental. En general, trataré siempre con inicial mayúscula lo relativo a lo espiritual o a lo eterno.

En ocasiones he separado ciertas frases, de modo que te puedan resultar útiles por si solas, ya sea como recordatorios sencillos o como contemplación. Todas ellas están reunidas al final del texto, en el apéndice «Citas para meditar».

El Amor está más allá de la mente. Sin embargo, una mente capaz de ponerse a su servicio está potencialmente disponible en cada uno de nosotros. Este libro habla de este potencial. Intento ser lo más clarificador posible al respecto. Mi función es facilitar.

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Conocimiento

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Lo habitual es vernos limitados y definidos por nuestra piel. La piel es la frontera entre lo que somos y lo que está fuera. Ella nos protege y defiende del exterior. Ella limita nuestro ser.

Bajo este sistema de pensamiento nos identificamos con una forma material mortal, el cuerpo, y por tanto nos acompaña el miedo a la muerte en cada deseo, cada pensamiento, en cada acción y en cada palabra.

Desde Descartes [pienso luego existo] y posteriormente, con la consideración de la psicología como ciencia, hemos ampliado el concepto de nuestro ser como algo más que un pedazo de carne. Una nueva parte de nuestro yo que no es palpable y

totalmente subjetiva, por tanto difícilmente experimentable con criterios tradicionalmente científicos: la mente.

El pensamiento está reconocido. Aunque no se pueda ver, nadie niega su existencia, pues ¡todos pensamos! Es una experiencia subjetiva pero compartida. Doy por hecho que la persona que hay delante piensa, al comprobar cotidianamente que yo pienso e inferir del comportamiento de mi semejante, que él también piensa. Por eso, aunque no es posible demostrar que piensas, todos creemos pensar. Más complicado sería ponernos de acuerdo en explicar en qué consiste aquello de pensar.

Últimamente, en parte gracias a la amplia difusión de los trabajos de Goleman sobre Inteligencia Emocional, se acepta que hay una importante parte de nuestra mente que tiene un carácter emocional y resulta fundamental conocerla para mejorar nuestra experiencia vital. La psicología ahora nos enseña que la emoción y la mente no es algo separado, y que las emociones no son obstáculos o estorbos del limpio

raciocinio, sino verdaderas herramientas de experimentación cuya comprensión es

definitiva. Actualmente se empieza a reconocer el mundo emocional más como una herramienta intuitiva que como un problema a evitar.

Aún así, la psicología convencional no va mucho más allá de entender la mente como un subproducto del cerebro. Según la visión actual de la psicología académica —y en general de la ciencia médica—, los pensamientos surgen del cerebro o son creados allí. La predominancia sigue estando en la materia, en el cuerpo, ya que el cerebro forma parte del cuerpo.

Posteriormente, los psicólogos humanistas, transpersonales e integrativos dan un paso más allá y entran a considerar ampliamente otra zona de nuestro ser aún más alejada de la percepción científica: la conciencia, el alma y el espíritu. Normalmente se considera una parte de nosotros que trasciende la existencia física, el pensamiento y la emoción. Evidentemente, estas corrientes psicológicas no son tenidas en cuenta por la corriente principal del pensamiento, que prefiere interpretar nuestra

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El alma ha sido un tema tradicionalmente ignorado por la ciencia, relegando a la humanidad a una definición en términos observables y repetibles. Lo observable y repetible tiene poco que ver con lo espiritual, que solo se experimenta por uno

mismo, de maneras inobservables, irrepetibles, a veces sutiles e íntimamente

milagrosas. Pero sobre todo, de un modo inexplicable. La mente no alcanza a la experiencia espiritual. Es como si hubiera una brecha dimensional entre ambas. Muchas personas se van adaptando a las nuevas y modernas ideas de la psicología, la física y la psiconeuroinmunología. Algunas empiezan a reconocer que somos algo más grande que nuestros cuerpos, pensamientos y emociones. Normalmente, las personas que siguen de cerca los avances de la ciencia perdieron de vista el estudio de la antigua sabiduría influenciados por las premisas científicas. En casos muy contados, ambas fuentes de conocimiento comienzan tímidamente a dar señales de su convergencia, al menos en algunas áreas específicas.

Según se van difundiendo estas nuevas ideas que aceleran nuestra comprensión del mundo, oiremos hablar, además de la mente racional y emocional, de la mente

intuitiva: una zona de la mente aún no descrita científicamente que nos conecta con el universo, con nuestro propósito y con nuestro potencial de autorrealización. No nos dejemos engañar por las palabras. Al hablar de autorrealización, hablamos de espiritualidad.

Estamos en las puertas de un suceso histórico: el encuentro entre la espiritualidad y la ciencia. La cita ya está fijada, por un lado, la física cuántica, la astrofísica y la psiconeuroinmunología como punta de flecha del pensamiento científico hacia la diana de la Conciencia. Por el otro lado, las nuevas formas de espiritualidad o nueva conciencia —normalmente derivada de antigua sabiduría de oriente y occidente presentada con palabras sencillas—, como movimiento integrativo que ha inspirado a un sinfín de personas de todo el mundo a abrirse a nuevas comprensiones y

renunciar a esquemas y viejas creencias limitantes. Se trata del encuentro de oriente y occidente, lo viejo y lo nuevo, lo masculino y lo femenino. Lo que era posible e imposible al mismo tiempo.

A esta cita me gusta llamarlo nuevo paradigma, como una nueva etapa en la

estructura de nuestros contenidos mentales colectivos, al profundo nivel de creencias y valores. Este nuevo de modo de pensar —un paradigma es un modelo— está en proceso de expansión y, a pesar de su nombre, trae cierto sabor de la más antigua y perenne sabiduría del ser humano. Se puede llamar «nuevo» porque toda esta

sabiduría fue socialmente enterrada hace siglos por la religión organizada y la visión cartesiano-materialista.

Su perspectiva encaja con principios fundamentales del chamanismo —que por

cierto dispone de bases filosóficas similares a lo ancho del mundo—, de las antiguas escrituras del Vedanta, el Ayurveda, el Taoísmo, el Budismo y el Zen, la Kabbalah,

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las más auténticas profundidades del esoterismo —como por ejemplo el Kybalion, el gnosticismo paleocristiano y los alquimistas así como H. P. Blabatsky, Gurdjeff o Paracelso—, ciertos descubrimientos fundamentales de un buen puñado de filósofos «oficiales» occidentales —como Platón, Leibniz, Kant, Berkeley, entre muchos otros — así como escrituras contemporáneas como Un Curso de Milagros, y un sinfín de comunicadores actuales —Deepak Chopra, Eckhart Tolle, Neale Donald Walsch, Greg Braden—, tanto autores como científicos —la Interpretación de Copenhague y otras teorías similares—.

Las bases de toda esta sabiduría recogida mediante comprensión, revelación o la intuición de la verdad, se integran en la llamada filosofía perenne, la filosofía común y eterna que subyace tras todas las religiones y filosofías, filosofías y sistemas de pensamiento trascendentes. Éste término, aplicado a este significado amplio, fue referido por primera vez por el filósofo alemán Leibniz en el siglo XVII.

Más tarde, supo recopilarla excelentemente Aldous Huxley en 1945. Hoy en día es explorada por importantes filósofos modernos como Ken Wilber o Stan Grof. Es uno de los pilares de la psicología transpersonal.

Por lo tanto, todos estos conocimientos del nuevo paradigma han estado siempre con nosotros, codificados en antiguas escrituras, guardados por sociedades secretas y escuelas de misterios, transmitidos oralmente de generación en generación de

chamanes, alejados y protegidos de la ignorancia y del poder. La verdad estaba allí para quien supiera buscarla con verdadera determinación.

No era fácil expresarla o difundirla. En todos los países han existido distintas formas de inquisición que han protegido a la corriente principal del pensamiento —egoico y controlador— de la desafiante verdad oculta en estos conocimientos perennes. Por ejemplo, los alquimistas debían explicar al mundo que sus estudios tenían que ver con la conversión de metales, una especie de magia que persigue la transmutación del plomo en oro, en lugar del verdadero entrenamiento mental que estaban llevando a cabo y que de ningún modo podía ser comprendido por los no iniciados. Si tú, como alquimista, explicabas tu trabajo sin la suficiente prudencia, había altas probabilidades de encontrarte invitado a una barbacoa en una posición de honor, concretamente en el mismo centro del ardiente fuego. Y si en ese momento no estaban de moda las «hogueras educativas», siempre ha habido otras efectivas formas de exclusión y destierro para quien no se atuviera a las interpretaciones convencionales.

Hoy día, aunque el avance en materia de libertad de expresión ha sido considerable, siguen existiendo mecanismos de protección de la corriente principal del

pensamiento. Por ejemplo, es fácil que se te tache de pertenecer a una secta solo porque expongas ciertas ideas. O bien, eres incluido en el saco de la «nueva era», algo que por muchos se considera un cajón de sastre de experimentos creativos de la

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mente mágica e infantil. Mi visión a este respecto es mucho más compasiva con el despliegue de la llamada nueva era —traducción de new age—. Creo que es muy importante y tremendamente significativo que tantas personas en todo el mundo se hayan abierto a ideas novedosas. De hecho, ha sido el principio de un gran cambio de mentalidad social a nivel profundo que comenzó en la segunda mitad de los sesenta. Con toda probabilidad, fue la puerta de acceso a una filosofía nueva e integradora que pretende ver mucho más allá de las apariencias y que aquí denominamos nuevo paradigma. Aún falta tiempo para que tal modo de pensar fructifique socialmente en nuevos modos de hacer colectivos. Pero muchos ya disfrutamos ahora del cambio de estructura mental.

A lo largo de este libro manejaremos ampliamente la perspectiva del nuevo

paradigma, ya que tras su estudio, comprensión y experimentación, cobran de nuevo sentido los principios universales del amor, la verdad, la libertad, etc. El nuevo paradigma parte sobre todo de una nueva percepción, pero conlleva también una nueva reflexión, una investigación novedosa sobre lo que la vida es. Desde la nueva percepción de lo que somos, todo cambia.

Durante estas décadas estamos comprobando poco a poco cómo la ciencia es

representada cada vez más a menudo por mentes inquietas y abiertas a codearse con lo no demostrable, y por otro lado, vemos cómo recogemos nuestro legado de

sabiduría milenaria y lo despojamos de los oscuros fantasmas de la superstición, la mitología y el afán de control.

A nivel social el cambio de mentalidad aún está latente. En nuestro interior, nuestro modo de pensar y sobre todo de sentir, debido al inconsciente colectivo y a la

educación recibida así como a la influencia del entorno cultural en el que vivimos, y del cual estamos inevitablemente impregnados, lo que cada día manifestamos es una autopercepción basada en nuestro cuerpo, en la piel, la carne y los huesos.

Demasiado a menudo nos tratamos unos a otros como objetos. Y así nos manejamos nosotros mismos también, en nuestros anhelos, objetivos y decisiones.

La separatidad, de la que hablaba Eric Fromm en su Arte de Amar, ha determinado nuestra sociedad. Desde muchos puntos de vista parece ser éste un escollo

fundamental, algo que hace que la evolución en realidad parezca no ir a ninguna parte. En cierto modo, los problemas más importantes que afrontaba el hombre de Cro-Magnon hace unos 20.000 años —enfermedad, desastres naturales, disputas y violencia entre los grupos, asesinato, afán de poder entre los miembros de un mismo grupo, manipulación del conocimiento, etc.— siguen estando vigentes hoy día tan solo vistiendo formas más sofisticadas.

El vacío que hemos dejado entre nosotros, cada cual con su piel-frontera, inunda nuestro corazón de soledad y reclama Amor a gritos, un regreso a casa que

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Vivir en el temor

Sin lugar a dudas, lo que es realidad para nuestra mente, es lo que experimentamos internamente como realidad, es decir, lo que sentimos, independientemente de aquello que tradicionalmente llamamos lo de afuera. Puede ser que haya un sol precioso y un clima perfecto. Si nuestra mente está atormentada, tendremos un día

tormentoso. Por tanto, es más preciso hablar de experiencia que de realidad. La

realidad, vista por nuestros sentidos, o explorada por nuestra mente, depende del observador y cada mente vive una realidad distinta. En concreto, la experiencia finalmente depende de cómo nos percibimos.

En general, nos percibimos como materia mortal y nos identificamos con ella. Vemos que allí «afuera» las formas materiales mueren constantemente. En la experiencia de nuestros sentidos, todo tiene un principio y un fin. Todo cambia. Desde la sonrisa de un niño hasta un lavavajillas, pasando por todos los parientes y amigos a los que vemos marcharse del mundo en nuestro caminar, todo está sujeto a un tiempo de caducidad. Si nos percibimos en la misma calidad que esas formas externas, convivimos constantemente con el miedo al final, en cada pensamiento, palabra y en cada acto. Esto ha determinado el mundo en el que vivimos de modo que se manifieste inestable y temible. Nuestra experiencia emocional, como

consecuencia, es un sentir de inestabilidad y temor.

Este modo generalizado y socializado de pensar y sentir, lo denomino vivir en el

temor.

Vemos que las formas materiales «mueren», muy a pesar de que la ciencia haya demostrado y explicado que la materia/energía no se crea ni se destruye, sino que sólo se transforma. Para empezar, recordemos que la materia y la energía es lo mismo manifestándose en frecuencias distintas. Todos los objetos que percibimos son en realidad campos magnéticos manejando grupos de energía, esencialmente luz, cuyas variables físicas están en permanente cambio. Las características especiales de nuestros sentidos hacen que «sintonicemos» de un modo particular con estos grupos ordenados de energía y los veamos como materia concreta. Sin embargo, la materia es energía en una banda concreta de frecuencias particularmente baja. Por ello, algunos científicos llaman a la materia «energía congelada».

La energía permanece, nunca muere ni se destruye. Son las formas las que

desaparecen, permutan y renacen. El árbol es procesado por el hombre para llegar a convertirse en un mueble. Una vez que es inútil, es tratado como combustible,

convirtiéndose en calor y ceniza. El calor regresa a la atmósfera y la ceniza a la tierra. El aire y la tierra vuelven a formar parte de un nuevo árbol.

Las formas mueren aunque la energía permanezca, y nosotros percibimos nuestro ser como una forma, no como una energía en transformación. Por tanto, bajo esta

percepción somos mortales.

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cuerpos. Y nos pasamos toda la vida buscando mayores posibilidades de

supervivencia, acumulamos bienes, dinero y recursos, manejamos la información para competir y luchar, ya que solo saldrá adelante el más fuerte, el que mejor se adapte, el que mejor compita. Buscamos los modos de proporcionar placer al cuerpo como única posibilidad de felicidad, aunque sea efímera y escasa como todo lo relacionado con lo material. Y hacemos sagrado el hecho de «trascender» mediante una familia. Nuestros hijos se convierten en nuestra máxima realización.

Aunque sea lo normal o habitual, es exactamente a esta forma de vida a la que yo llamo vivir en el miedo. No es natural vivir así, si llamamos natural a lo que

corresponde a nuestra auténtica naturaleza. Tarde o temprano, nuestra intuición hace que sintamos un profundo vacío. Aquello que verdaderamente anhelamos no puede encontrarse en esta estructura mental.

NUESTROS DISFRACES

El primero de todos los disfraces que el ser humano adopta, es el de «un cuerpo». La piel es nuestro primer disfraz, y como hemos visto hoy día la mayor parte de las personas creen ser este disfraz básico.

Nuestra mente también ha desarrollado otras definiciones de nosotros mismos que se aventuran más allá de nuestra dimensión material. Aunque nos relacionamos y

dirigimos con pautas materialistas, los humanos nos consideramos como algo más que materia. Decimos como mínimo «no soy solo un pedazo de carne, tengo

sentimientos y pienso». Si bien se suele sostener la creencia de que tanto los pensamientos como los sentimientos surgen del cuerpo, intuitivamente son muy respetados como una cualidad superior que nos hace humanos.

Disfraces mentales

Ser arquitecto, abogado o albañil, ser padre, esposo, novio, estudiante, músico, pertenecer a una tribu urbana o étnica, a un grupo, una ideología, un equipo de futbol, una religión o comunidad, disfrutar de un mismo hobby o ser motero son algunos de los diversos ejemplos de vestiduras de origen mental. Igualmente son formas, solo que de tipo mental. Formas cambiantes que vienen y van, es decir, disfraces,

máscaras, roles y papeles que tomamos y representamos en el teatro del mundo. Evidentemente, haciendo un rápido repaso a tu pasado te darás cuenta que cada una de esas formas solo ocupa cierto espacio de tiempo en tu vida. No siempre fuiste padre. Ni esposa. Tampoco fuiste madre en todo momento. Ni arquitecto. Ni socio del club de futbol. Esas formas mentales fueron cambiando con el tiempo, se

redefinieron. No eran tu esencia, no eran tu identidad, sino disfraces.

Prácticamente con cada persona con la que nos relacionamos adoptamos distintos disfraces. Dentro de estos disfraces sociales, hay «microdisfraces» expresados en

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comportamientos relacionados con el concepto que tenemos de una persona o de un grupo con el que puntualmente interactuamos. Es un arte en el que el ser humano está especializado. Somos unos grandísimos actores.

Los disfraces son útiles para experimentar. Son herramientas para expresarnos con las que desarrollamos nuestra conciencia día tras día. Crean escenarios y situaciones que sirven de verdadero entramado vital. Se trata de formas mentales con las que nos identificamos fuertemente en momentos puntuales o durante toda la vida.

Hay ocasiones en las que una persona experimenta un disfraz como una identidad toda la vida excepto en sus últimos minutos. En otras, una situación de cambio drástico, una crisis, un accidente o una depresión facilita el abandono de un disfraz. Por lo general, los disfraces van mutando alrededor del desarrollo de tu personaje o personalidad. Esto es normal y todos pasamos por ello.

Cuando eras un bebe y empezaste a explorar este mundo que no recordabas en absoluto, te encontraste poco a poco con seres a tu alrededor. Probablemente

estableciste relación con tus padres. Ellos se comunicaban contigo de mil maneras e insistían en que tenías un nombre y que eras un cuerpo. Eso no tenía mucho que ver con lo que verdaderamente eres, pero aceptaste poco a poco el modelo que se te presentaba. De hecho, no tenías alternativa. Era como si tu memoria ancestral hubiera sido borrada.

Entonces en algún momento te dijeron «eso está mal» y te mostraron cara de pocos amigos. Verdaderamente trastornado por la súbita retirada de afecto, prestaste mucha atención a aquello que estaba mal. También había cosas que fueron apreciadas por aquellos seres, y que eran recompensadas con alabanzas y gestos especiales de cariño. ¡Eras muy importante de repente! Te sentías amado. También era, por tanto, muy importante darse cuenta de lo que estaba bien.

En poco tiempo habías aceptado un modelo básico de lo que está bien y lo que está mal en ti. Tenías una idea de ti, como enseñaba Antonio Blay. Habías aceptado un yo

idea. Puede que esa idea sea «yo soy torpe» o «yo soy lento» o bien «yo soy fuerte»

o «yo soy bello». Según ibas creciendo, el yo idea se iba formando y desarrollando cada vez más, incorporando matices más sofisticados, enriqueciendo tu armario de disfraces mentales.

Aprendías ideas sobre ti y sobre el mundo. Ideas que contienen y cubren a otras ideas. Intercambiabas ideas al expresarte. Pronto te diste cuenta de que todo el mundo funcionaba así. La gente elabora juicios, los comparte y los intercambia. Te dijiste «Bien, ya estoy integrado y sé lo que soy». Este yo idea genera un yo ideal1,

que es el grupo de deseos y objetivos vitales fundamentales que sirven para que te entretengas durante toda tu vida.

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El yo ideal se desarrolla y va mutando paralelamente al constante cambio del yo idea. Permanecerás motivado exclusivamente por las diferencias entre el yo idea y el

yo ideal, a no ser que profundices en la búsqueda de la verdad. A esta dedicación se la llama habitualmente autorrealización y significa hacerse real, ser quien

realmente eres más allá de todas las vestiduras mentales.

Ninguno de tus disfraces es real, ninguno es tu esencia. Todos ellos vienen y van, y finalmente todos desaparecen. Eckhart Tolle2 nos recomienda visitar un cementerio mensualmente como práctica meditativa para darnos cuenta de donde acaban todos los éxitos y fracasos.

1 Los conceptos de yo idea y yo ideal fueron así presentados y explicados por Antonio Blay en «Ser: Curso de Psicología de la Autorrealización», un resumen de sus últimas conferencias.

2 En «La Nueva Conciencia», libro y DVD editado con su conferencia en Barcelona del 2007.

En realidad, los disfraces que hemos inventado y adoptado han configurado un

mundo mental tan rico y complejo que la mayor parte de nosotros no tenemos control sobre ellos, sino que más bien son ellos, los disfraces personales, los que dirigen nuestra vida interior, como consecuencia nuestro comportamiento y finalmente nuestra relación con el mundo.

Eso que llamamos «realidad de allá afuera» es la gran obra de teatro resultante de la interacción de todos estos disfraces, percibida desde un observador que cree ser un personaje.

Los seres humanos que viven en el temor —casi todos— están presos en un cuerpo y en un sinfín de disfraces mentales sin los cuales creen no ser nada. Tanto es así que perder un disfraz es un motivo de duelo y sufrimiento, es perder «una parte de mí». Es una muerte parcial. Y esto se refleja en cada pareja que se rompe, en cada trabajo perdido, en cada ruina económica, en cada fracaso, en cada accidente o en cada depresión, por citar algunos ejemplos.

A otro nivel también desarrollamos disfraces especiales que interpretamos evolutivamente a lo largo de nuestra vida. A veces vestimos el disfraz de

«justiciero», defendiendo aquellas ideas que nos parecen más convenientes o en la lucha por tener la razón. Tener la razón significa identificarnos con alguna idea a la que consideramos una verdad. Curiosamente, la verdad no necesita ser defendida. Sin embargo, normalmente la defensa de la verdad es un asunto muy personal. En ocasiones nos disfrazamos de extraños profesores. Juzgamos, condenamos e incluso castigamos a otras personas con el lema «para que aprendan». Otras veces, el famosísimo disfraz de «victima» con la que ganamos el favor del que desee vestir el disfraz de «salvador» o bien encontramos fácilmente un «agresor» que haga real nuestra vestidura mental. ¿Qué tal el disfraz de «vengativo»? ¿Y el disfraz de

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«autosuficiente»? Todos ellos son también disfraces que, a poco que hayamos

indagado en nosotros mismos, hemos vestido no una, sino muchas veces a lo largo de nuestra vida. Son disfraces sostenidos por emociones distorsionadas, debidos a una visión característica del mundo.

Es curioso ver como a menudo reducimos lo que un humano es a lo que hace. «¿Tú eres psicólogo?», decimos a menudo. Sin embargo, lo que esa persona es no puede ser que cambie a la edad de los 45 años, cuando decide «hacerse músico». Sin duda, la profesión o el título académico, son papeles sociales que encarnamos mentalmente y damos forma con uniformes, gestos y otros atrezzos que hemos elaborado. Sirven igualmente como recursos de experimentación, herramientas para nuestro gran y complejo juego. Solo nos queda preguntarnos a dónde nos lleva este juego.

En realidad creemos ser relatos que pasean por el mundo. La identidad construida mediante todos estos disfraces consiste en la historia de tu vida. Es mucho más una historia que una vida. Vamos por ahí justificando nuestra identidad en una serie de retazos de nuestro recuerdo. Mantenemos una falsa identidad sustentada con nuestro pasado.

Imagina que en este preciso instante perdieras la memoria. Entonces alguien te pregunta ¿quién eres? Pensarías un momento, pero no encontrarías palabras. Sin tu pasado, sentirías que no eres nadie. Buscarías en tu pasado tu identidad, buscarías las pistas de la historia de tu vida para reconstruir tu personaje.

Nuestra falsa identidad es como una historia que nos hemos creído. Normalmente, los seres humanos están identificados con su pasado. En el presente no disponen de

identidad esencial a no ser que estén autorrealizados, se hayan hecho reales.

Como vemos, en el teatro humano la lista de disfraces que hemos ingeniado es

interminable. Navegamos entre distintos disfraces sin siquiera darnos cuenta de cual estamos vistiendo. Finalmente, antes o después, en mitad del oleaje de la danza de las formas, algún día nos preguntamos ¿quién soy? Y tal vez, tras darnos cuenta de que ningún disfraz que imaginemos puede llegar a definirnos real y esencialmente — pintor, español, padre, apolítico, sincero, amigo, experto— llegamos a otra pregunta definitiva: ¿qué soy?

Nuestro ser esencial

Pregúntate…

¿Qué es lo que estamos haciendo con todas estas formas? ¿En realidad qué soy a un nivel más auténtico y esencial, trascendiendo las formas materiales y todos los disfraces psicoemocionales?

¿Qué es lo que hago real cuando me autorrealizo?

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respecto a lo que somos en la Kabbalah, base de la antigua sabiduría hebrea. Su simbología explica que la vasija sagrada se rompió en un sinfín de pedazos, que es lo que somos nosotros —la vasija y los pedazos—. Con el devenir vamos de nuevo recomponiéndola. En oriente encontramos un sinfín de definiciones detallistas y simbólicas de nuestra existencia trascendente, que identifica de un modo u otro al humano con un Ser que trasciende lo material e incluso lo mental, jugando

descuidadamente en un jardín al que llaman maya —la ilusión de las formas—. Estos conceptos nos ayudarán mucho a comprender el sueño mental en el que vivimos. Si regresamos a nuestro más reciente saber científico occidental encontramos para empezar el increíble trabajo de la prestigiosa Dra. Elisabeth Kübler-Ross, quien ha realizado numerosos estudios clínicos con niños considerados en estado terminal y ha demostrado experimentalmente que la muerte es una transición a otro estado

mental. Sus estudios partieron de mirar a la muerte cara a cara, algo con lo que el ser humano casi nunca se ha atrevido, debido de nuevo a ese paralizante miedo que demostramos ante la terminación física. Esta valiente mujer, desde la observación científica en un sinfín de testimonios de sus pacientes, verificó las vivencias que muchos de ellos tuvieron en otra dimensión de la conciencia, un estado más allá de lo que llamamos muerte.

Kübler-Ross nos explica cómo las personas moribundas, en sus experiencias

cercanas a la muerte eran capaces de cruzar información con familiares y conocidos mientras los pacientes estaban muertos clínicamente, lo cual significa que no hay señal física de actividad mental en el cerebro. Estas personas sufren muertes clínicas cortas, que van desde minutos hasta horas, y después regresan a lo que llamamos vida. Y en muchos casos con información de ciertos acontecimientos verificados que habían sucedido en otras partes del mundo. En otros casos, recuerdan frases y

palabras de idiomas desconocidos por ellos mismos. Sus reminiscencias incluyen sueños simbólicos. La Dra. Kübler-Ross no era especialmente religiosa. Su

experimentación la hizo recorrer el mundo impartiendo centenares de seminarios sobre la preparación a la transición de la muerte física.

El psiquiatra Raymond Moody trabajó con las experiencias cercanas a la muerte y las regresiones a vidas pasadas publicando un libro fundamental para el

conocimiento de esta transición, llamado «Vida después de la Vida». Al comparar los trabajos de Moody y Kübler-Ross resultan evidentes sus conclusiones: la muerte no es un final, sino una transición a un estado de mayor conciencia.

Brian Weiss, el famoso psiquiatra y autor norteamericano, consiguió sorprendentes avances en la superación de fobias y otros trastornos mentales mediante la regresión a vidas pasadas. Tal como explica en sus famosísimos libros, en dinámicas de

regresión hipnótica a la infancia al solicitar que la conciencia de un paciente se situase en el momento exacto del trauma, el Dr. Weiss observaba cómo sus pacientes

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entraban en vívidas experiencias emocionales ubicadas en un tiempo anterior al nacimiento. Brian Weiss tampoco creía firmemente en el alma antes de sus descubrimientos. Fue su experiencia personal la que le llevó posteriormente a escribir títulos tales como «Solo el amor es real».

De modo que no podemos decir que no haya estudios científicos. Los hay y son relevantes, honestos y con conclusiones inequívocas. Han trabajado haciendo uso de la observación científica y son reconocidos profesionales.

El movimiento espírita internacional representado por el muy respetado Allan Kardec, lleva siglo y medio recapitulando información interesantísima sobre entidades que se declaran humanos pero que no conviven con nosotros en nuestra dimensión material-mental, es decir, no están involucrados con la materia ni con muchas otras de nuestras etiquetas mentales. Ellos proveen de una información de tal calidad y sentido común en muchos de los casos que resulta imposible relacionarlo sencillamente con simples alucinaciones. Allan Kardec era un lingüista y pedagogo absolutamente escéptico hasta que comenzó a acudir a las sesiones de espiritismo y pudo recopilar e interpretar la información de estas experiencias.

El misticismo de las distintas tradiciones ha documentado estados de consciencia trascendentes interesantísimos. Hay muchos más testimonios alrededor del mundo, experiencias asombrosas de personas sencillas en cada rincón y en cada familia — personalmente he conocido un buen número de casos— que nos puede abrir los ojos acerca de nuestra existencia más allá de la muerte. No es de extrañar que algunas estadísticas hablen de que el 90 % de la humanidad crea de algún modo en el alma inmortal. Sin embargo, no nos comportamos como seres inmortales. La conciencia colectiva permanece atascada en la percepción de nosotros mismos como seres materiales y disfraces mentales. ¿Por qué se niega el ser humano a cambiar la percepción de sí mismo? ¿Por qué renunciamos a un estado superior de existencia? Como hemos visto, no se trata de que no exista conocimiento al respecto. Lo hay para aquel que busca. Es un conocimiento tan bueno como pueda ser conocer el riesgo de cáncer que conlleva fumar: procede de la observación. Mientras que esta

observación provoca una campaña mundial para dejar de fumar, la otra observación

sobre nuestra naturaleza nos llevaría a una campaña mundial para vivir como seres

eternos.

Sin embargo, éste sería un cambio radical y revolucionario en la mente colectiva. Nos encontramos con el verdadero motivo por el cual el ser humano no actualiza el pensamiento sobre sí mismo. Sabernos eternos e ilimitados nos llevaría a otro mundo, otra sociedad y otro ser humano.

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El Amor pleno, incondicional y verdadero es el concepto más revolucionario que ha existido jamás. Choca con todas las estructuras sociales: el mercantilismo, la

competitividad, la justicia, la familia, el gobierno… Trastoca la ética y la moral existente, al destruir por definición —incondicional— la separación percibida entre lo bueno y lo malo, invalida cualquier concepto romántico o sentimental del amor, deshace ideas tan arraigadas socialmente como el merecimiento, el premio y el castigo o el compromiso, eleva el sentido de la vida a las máximas expectativas haciéndonos olvidar la materia e incluso alterando la percepción de la existencia. Como vemos, el Amor vuelve al mundo del revés.

Es por ello que cada vez que se ha respaldado seriamente este concepto, el ego

humano se ha revuelto contra sus manifestadores. Los Kennedy —John F. y Bobby—, John Lennon, Martin Luther King, Gandhi, Osho y Jesús, todos ellos de distintas formas mensajeros de la Verdad, fueron todos asesinados por el ego asediado ante su mensaje de Amor. Son claros ejemplos que nos da el mundo de las formas de cómo nuestra mente se resiste a la gran revolución. Es la adicción a nuestras ilusiones, manifestada como resistencia al cambio, uno de los más profundos obstáculos. El ser humano es adicto a sus disfraces, al temor y al sufrimiento. Se trata de un hábito, una especie de drogadicción que tiene aprisionado al ser humano y no le permite tomar el camino más sencillo para dar el salto cuántico definitivo en su conciencia que le permita descubrir que el otro ser humano, aquel que tenemos enfrente y yo, somos lo mismo.

El Amor que subyace en nosotros está cubierto por una espesa capa de miedo, una memoria dolorosa, una culpa inconsciente. Nuestra vivencia mental colectiva en el miedo desde hace milenios nos produce lo que se definió como vivir en el ensueño. Es esta conciencia colectiva a la que llamo vivir en el miedo.

El despertar es un proceso que va disolviendo las capas de nuestra piel, de nuestra materialidad, y las de nuestra personalidad para irnos llevando poco a poco hacia el Ser esencial. Es como ir quitando capas de la piel de una cebolla. Capas de

esquemas, dogmas y de autopercepciones inconscientes de dolor y sufrimiento. A medida que vamos levantando capas, vamos re-conociendo, recordando y

comprendiendo.

Sintonizando con lo que Soy

Por favor relájate y déjate llevar por este «viaje guiado» a través de tu yo. Lee muy despacio cada frase, mantén tu respiración tranquila. Realiza una lectura consciente y presente. No leas otra frase hasta que la anterior está completamente interiorizada y comprendida. Si no estás de humor, por favor, salta hasta el capítulo siguiente y regresa en otro momento.

Este proceso meditativo permite una sintonización con la lectura de este libro. Repítelo tantas veces como te guste. Respira hondo, lee despacio y siente.

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Visualizamos la imagen de nuestro cuerpo e imaginamos que desde dentro de

nosotros, entre los poros de nuestra piel, surge nuestra luz interior como un símbolo del amor que realmente somos.

Esa luz se hace más grande y potente al enfocar nuestra conciencia en ella, al enfocar nuestra atención absoluta en lo que somos en esencia.

La luz se filtra por nuestra piel hasta que la disuelve y ya dejamos de verla y sentirla.

Disolvemos la piel

Si disolvemos con nuestra conciencia la capa de la piel, hemos sintonizado con nuestro ser de energía. La energía que nos rodea y que ahora soy yo. La piel sigue estando ahí, pero he afinado mi conciencia en una escala superior de frecuencia y ya no puedo verla. Solo puedo ver y sentir mi energía de vida.

Encontraremos el aura, el cuerpo energético, el nivel donde se gestan las enfermedades, donde se equilibran las fuerzas, donde se desenvuelven las emociones.

El incesante mundo de las emociones al que tantas veces permitimos que dirija nuestra experiencia. El deseo y el miedo, la alegría y la paz…

Las vemos como mil colores que se entremezclan con los colores de otras personas, con colores del pasado y otros del futuro… Nos mezclamos con las emociones de los que nos rodean ahora mismo, nuestro seres queridos que no están aquí, aquellos seres que todavía no hemos aprendido a comprender y amar, las emociones que retenemos del pasado, las emociones que nos produce el futuro, las expectativas y temores.

Pero… ¿soy yo mis emociones? No, en esencia no. Eres algo más. Las emociones pasarán y yo seguiré siendo yo. Inspiro profundamente y elevo la frecuencia de sintonización de mi conciencia…

Disolvemos la energía

Si disolvemos con nuestra conciencia la piel de la energía, encontraremos que somos pensamiento. Ya no hay emoción, esta energía es más sutil. Hemos alcanzado un nivel de densidad realmente bajo, y nuestra conciencia está muy expandida ahora en esta nueva frecuencia.

Flujo y movimiento de la información, de las formas más conceptuales y abstractas. Es el baile de las ideas, de las figuras mentales. Encontraremos nombres,

clasificaciones, números, adjetivos, conceptos. Y el mundo de las ideas en estado puro.

Encontraremos nuestra interpretación del mundo, incluso encontraré una imagen de mi mismo. Las formas que dominan y producen mi experiencia.

La mente moldea la energía, ésta se congela gracias a un mentalismo llamado tiempo y se convierte en materia. Aquí está nuestro centro motor, la construcción de nuestro mundo, la explicación de cada suceso en nuestro mundo personal. ¿Soy yo mis

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pensamientos? No. Nuestro pensamiento no soy yo. Es el pensamiento de un

«escritor». Es el pensamiento de una «madre». Es el pensamiento de un «contable», un «matemático», un «maestro», un «experto»… de un enamorado.

Pero nuestra experimentación cambia, y nosotros seguimos siendo en esencia esa luz que observa, contempla, esa conciencia que experimenta. Y enfoca su

experimentación más aún.

Disolvemos los pensamientos

Si disolvemos nuestro pensamiento… solo así podremos alejar la distracción y mirar por fin lo que es. El silencio eterno, la paz, la conciencia absoluta. Estoy invirtiendo el camino de mi mirada y por fin apunto hacia mí mismo.

¿Qué soy Yo por fin? Soy pura luz y silencio, eso que milenariamente se llamó Dios o el Espíritu, y de eso formo parte. Esta es la esencia que podemos descubrir en nosotros si salimos de nuestra piel, de nuestra energía, de nuestro pensamiento… Nos damos cuenta de que, desde muy dentro, estamos unidos a una Inteligencia y un Amor, a una sabiduría y una energía mucho más grande que nosotros. Estamos unidos a una Conciencia eterna e indestructible y la buena noticia es que, realmente somos parte de Ella.

Tú no eres cuerpo, ni emoción, ni mente.

Eres algo que no se puede explicar con palabras del todo, eres algo más grande que las palabras y que la mente, eres algo imperceptible y más allá de pensamientos, energía y materia. Eres Amor puro.

Somos esencialmente Amor.

Pregúntate…

¿Qué sientes cuando te dices a ti mismo « Yo soy Amor»? ¿Es verdad para ti esta afirmación?

¿Te hace sentir bien?

¿Qué significa para ti esta afirmación?

YO SOY AMOR… PERO ¿QUÉ ES EL AMOR?

Energía

Muchas veces hemos escuchado a lo largo de nuestra vida, que el Amor es la fuerza que une. Todo el mundo suele estar de acuerdo. El Amor es el pegamento del

Universo. El Amor es una energía específica que tiende a la unidad. Si observamos el Amor solo bajo el punto de vista de la energía, lo primero que tenemos que

considerar es que estamos viendo tan solo un pálido reflejo de lo que el Amor es en profundidad. El Amor es unidad pura.

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Si recordamos el relato de la caverna de Platón, lo que percibimos son tan solo sombras del exterior reflejadas toscamente en la pared de la cueva. La energía es un reflejo de la mente. Lo mental se manifiesta en lo energético. Por ello, la idea

absoluta de la unidad, el Amor, se manifiesta como una energía específica de unión. Del mismo modo, la idea absoluta de la separación, se manifiesta en las energías temor-odio. Conviene darse cuenta, para comenzar a explorar la dimensión

energética del amor, que la energía es moldeada por la mente. Este conocimiento existe desde la más remota antigüedad y ha sido celosamente guardado por el esoterismo.

El mundo relativo y las energías

Al considerar el Amor bajo el primario punto de vista de la energía, entramos de lleno en el mundo de la dualidad. Las energías se desenvuelven con naturalidad en nuestro mundo de mil experiencias. Un mundo en el que todo es lo que es —una forma, una idea o una emoción— en relación a otra cosa, por eso lo llamamos mundo relativo. Podemos decir que algo es rojo en relación a otros colores que también hayamos percibido. Para aquella persona que solo conoce el rojo, no existe tal concepto de rojo, al no haber visto nada distinto que eso. Para que el concepto o entidad cognoscible «rojo» cobre presencia en la mente y en la percepción, para que pueda ser experimentable, es preciso que exista por lo menos una experiencia

contrastada, un verde o un azul.

Del mismo modo, cualquier concepto tal como verdad, justicia, belleza o realidad necesitará de su contraste para darle consistencia, para que sea percibido o

cognoscible. No servirá hablar de verdad sin un concepto de falsedad, no existe la justicia sin la injusticia, ni la belleza sin la fealdad. No existe la realidad sin ilusión. La experiencia funciona igualmente por contraste. Si imaginamos la luz de una vela, una pequeña llama, necesitamos cierto entorno sombrío para poder verla o

experimentarla. Si la colocamos delante de un inmenso foco de luz, como por ejemplo el sol, no podremos ver el diminuto punto de luz que constituye la llama. Necesitamos oscuridad para percibir la luz.

Del mismo modo, cualquier otra experiencia o concepto tal como alegría, seguridad, poder o expansión, necesitarán de otra experiencia tal como la tristeza, inseguridad, incapacidad o contracción para poder ser reales y poder sentirse. Y sentir… sin duda es uno de los motivos por los que estamos aquí.

El mundo, tal como lo conocemos, se trata por tanto de un sistema dual, polar o relativo. Particularmente en el estudio físico de la energía observamos la relatividad con suma facilidad. En la electricidad y el magnetismo tenemos los polos, en la ondulatoria las crestas y valles, las cargas de las partículas atómicas, todo es ritmo, ciclo y dualidad. La energía siempre dispone de polaridades en las que se genera

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movimiento, es el dinamismo que constituye la base física de la experiencia, lo que produce el acontecer, las entrañas del tiempo. Las realidades se muestran a nuestros sentidos de modo que necesitemos un polo para percibir el otro. De este modo

establecemos grados y diferencias. Así funcionan las energías y así funciona nuestra mente, ya que como ya se ha dicho, la mente es la que moldea la energía. La

particularidad de la dualidad proviene de la mente que ordena la energía. Es la mente el fundamento de la experimentación de cada día.

La particularidad de la dualidad proviene de la mente que ordena la energía.

Emoción y sentimiento

Los sentimientos y emociones humanas son poderosas energías. En la palabra

emoción, etimológicamente, moción expresa movimiento —motere— y la partícula

e, indica «hacia afuera» ó «alejarse». La emoción es una energía natural que surge de

nuestro interior y cuyo objetivo es expresarse o salir al exterior. Su efecto muchas veces nos aleja de nuestro centro, y en parte por ello los humanos tenemos el hábito de interferir este movimiento natural temiendo al descontrol. La represión emocional es un problema generalizado que se sigue transmitiendo de generación en generación, si bien parece que últimamente en círculos minoritarios se está tomando conciencia de ello.

Si salimos a la calle y preguntamos a las personas que nos encontramos «¿Qué es el

Amor?», la mayor parte intentará explicar un sentimiento, después de poner algún

gesto que exprese la dificultad de la pregunta. No cabe duda de que el Amor se

siente o creemos sentirlo. Todos los humanos identificamos este sentimiento,

produce una indescriptible alegría y tiende a que nos excedamos de nosotros

mismos, de nuestra piel-frontera y explotemos para compartirnos. Es el sentimiento

del agradecimiento con la vida, el momento y los demás. Es un sentimiento que nos une interiormente a todo. Y como todo sentimiento, es efímero, viene y va.

Se ha dicho «El amor es la experiencia de Dios en mi». El amor es el sentimiento más alto. Pero no es solo eso. Estaría mejor dicho: el Amor produce el sentimiento más alto. El sentimiento de amor no es más que la punta del iceberg. Es el síntoma o la consecuencia de percibir y ser consciente de la realidad del Amor. El Amor es más que una emoción, más que el placer o el éxtasis y más que el puro sentir. El Amor es un concepto tan abstracto e inabarcable para el ser humano, que meramente se ha limitado a sentirlo. Finalmente se ha confundido tan vasta idea con su energía perceptible: la emoción amor.

Emoción amor

Como ya se anotó para introducir el capítulo, la energía es el reflejo de una idea. La emoción es una energía-experiencia, una energía que brota de nuestro interior a modo de servicial mensajero. En el caso de la emoción amor sentimos el reflejo de

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una idea de unión, expansión y plenitud, una experiencia que nos conecta con lo esencial.

En un principio, y para entender el Amor al nivel de energía-emoción, nos conviene adoptar el punto de vista polarizado ya que nos resulta muy fácil distinguir dos

extremos por comparación. Es algo para lo cual nuestra mente está severamente entrenada. Por tanto, en un polo tendremos al amor, una energía que tiende hacia la unidad, la comprensión y la comunión. En el otro polo encontraremos, como siempre ocurre en el mundo de la energía, a su opuesto: el temor. Una energía que tiende a la separación, a la lucha, a la fragmentación, a la huída y al aislamiento.

Como emoción es fácil distinguir el amor del temor, pero tampoco fuimos educados para ser conscientes de tan evidente diferencia. La emoción, como energía que es, responde a le ley de la dualidad y se manifiesta en el juego de fuerzas. Lo más sencillo para empezar a encontrar diferencias entre la energía amor y la energía temor será explorar nuestras propias emociones. En la tabla que vemos a

continuación, vemos diferencias claras entre la manifestación de la energía del amor y del temor.

AMOR Expande Abre

Emite

Permanece Revela Comparte Sana Desnuda Regala

Quiere Deja ir Alivia

Repara

TEMOR Contrae Cierra Capta Huye

Oculta Acumula Daña

Cubre Se aferra Prohíbe Agarra Duele Ataca

«Cualquier pensamiento, palabra u obra se basa en una de estas dos energías. No hay mas entre lo que elegir. Pero hay libre albedrío para elegir una energía en cada

pensamiento, palabra y obra.»3

Para empezar, podemos sentir tales diferencias en nuestras propias reacciones y comportamientos, en cualquier situación que cada día experimentemos. Más adelante es interesante ver como hemos construido procesos mentales, justificaciones y

reacciones automatizadas partiendo de una adaptación o constante sumisión a la energía temor y sus manifestaciones o formas. Profundizando en esta observación, acabamos por darnos cuenta de que la energía temor es nuestra energía preferida para sostener el mundo que vivimos… hasta que nos ponemos la corona.

3 Cita de Neale Donald Walsch en «Conversaciones con Dios» vol. 1, la tabla procede de una recopilación de opuestos expuesta en este mismo libro.

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¿Amor es consciencia? Teniendo en cuenta que muchas veces se identifica el amor

con una loca emoción, voluble y caprichosa a veces, rara vez fiable, que trae buenos momentos y amargas decepciones a la larga, es posible que si se pregunta al aire si el amor es consciencia, habitualmente recibiremos la contestación de que

precisamente, el amor es lo opuesto a la consciencia.

Todo aquello que afecta a los conocimientos, al servir como alimento del intelecto, es algo que muchas personas suelen separar rigurosamente del Amor. Por ello se distingue a menudo Amor y sabiduría, el primero contenido en el sentir y el segundo perteneciente al pensar. Y es que muy habitualmente se ha considerado al Amor simplemente un sentimiento, dejando fuera la inteligencia inherente a su naturaleza. No es posible hablar de Amor sin hablar de sabiduría o inteligencia.

La Inteligencia del Amor

Si estudiamos la etimología de inteligencia, nos encontramos con la palabra latina

intelligent a, que significa capacidad de comprender. Bajo este punto de vista, la

Inteligencia del Amor es la capacidad de comprender el Amor. Sin duda, es la máxima aspiración de la inteligencia humana. También puede entenderse como la capacidad de comprender intrínseca del Amor. En este sentido hablaré a fondo en este libro. Ambas interpretaciones quedan integradas cuando relacionamos nuestra verdadera identidad con el Amor.

La palabra latina, si profundizamos aún más, proviene a su vez de la acción

inteligere, de intus y legere. Se puede traducir como «entre» y «elegir». A este nivel,

Inteligencia del Amor se puede traducir como «saber elegir según lo haría el Amor» o también, como elegir Amor. Esta elección, en cualquiera de sus sentidos, sabemos que es también la del alma.

Existe Inteligencia propia del Amor; superior a cualquier otra inteligencia, un modo de interpretar característico, un modo de ver que lleva a la conciencia de unidad, en definitiva, una mentalidad o un sistema de pensamiento del Amor. Esta Inteligencia del Amor puede elegirse como nuestra guía en el viaje del temor al Amor. Esta decisión es lo que yo llamo «ponerse la corona» y supone una apertura al auténtico Conocimiento.

Tal y como apunta todo el saber antiguo, la mente da forma a la energía. Por tanto, si existe una energía amor y otra energía temor, sin duda, tenemos que trasladar esta dualidad también a la mente. Existe una mente amor y una mente temor, ya que la dualidad precisamente surge desde la mente. Por tanto, si la energía manifiesta tan claramente su polaridad en cada una de sus formas, ello es debido a que en un orden superior creativo, en lo mental, también existe dualidad. Profundizaremos en la mente dual más adelante.

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Existe conocimiento en relación al Amor, profundo y rara vez comprendido. Este es el Conocimiento al que la sabiduría intemporal se ha referido constantemente. Este conocimiento se menciona en singular en oposición a los conocimientos, cuya pluralidad nos susurra la ilusión en las mil formas de lo intelectual y mundano. En realidad, el Amor es, más que cualquier otra cosa, Inteligencia.

Nuestra mente puede funcionar en base al sistema temor o en base al sistema amor, tal como si fueran dos «sistemas operativos» distintos. Lo normal es que nuestra mente se encuentre casi desbordada de «programitas» del sistema operativo temor. De vez en cuando, surgen brillos de otro sistema operativo que aún no hemos

integrado y que nuestro sentimiento más elevado nos invita a descubrir mediante una experimentación valerosa. Sobre este tema precisamente versa este libro.

Tu mente ha sabido construir un cuerpo con cien billones de células, un complejo diseño energético organizado meticulosamente para alimentarse, respirar,

inmunizarse y repararse, usando sistemas de coordinación, equilibrio, movilidad, distribución, purificación y muchas cosas más. Cada célula se comunica con las demás de un modo automático e inmediato. No necesitan llamarse por teléfono y quedar a una hora para intercambiar sustancias químicas, electricidad o información. Los neuropéptidos que el cerebro arroja al torrente sanguíneo, así como otros

medios más avanzados de comunicación sistémica aún por descubrir —como por ejemplo el efecto de entrelazamiento cuántico que muestra nuestro ADN con el resto del cuerpo4—, consiguen que los organismos funcionen integrados como un reloj. Todo esto ocurre a espaldas de tu consciente. Es el subconsciente el que se halla conectado con el saber de la naturaleza, inmensamente más extenso e integrado con la totalidad que nuestro pequeño saber, tal como un terminal informático se halla conectado a un gran programa central con el cual opera confiadamente. Nuestra mente consciente se encuentra desintegrada de este saber universal que hace funcionar las cosas «por si solas». En nuestro estado de separación creamos formulas de «creatividad independiente» que nos alejan de lo esencial.

Ya he hablado del sistema operativo temor, por tanto, podemos decir que el temor también es energía ordenada por un tipo de programación mental o sistema de pensamiento. A esta mentalidad la llamamos ego.

Miremos de cerca la Inteligencia Amor. ¿Cómo maneja la información a diferencia del modo en que lo hace el temor?

Verdad

Tomar consciencia es darse cuenta. Y darse cuenta es ver la verdad. La definición más inteligente que existe de la palabra inteligencia, tal vez sea la de «capacidad de ver la verdad».

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Inteligencia es la capacidad de ver la verdad.

Vivir en la verdad es inevitable pero se puede hacer inconscientemente. Reconocer

la verdad es a lo que se ha llamado «hacerse consciente». Se llama consciencia pura

al conocimiento pleno, a la luz total sobre un asunto, la verdad total, la información completa bajo todos los puntos de vista posibles. Ser consciente es asumir la verdad, darse cuenta de cómo son las cosas sin engaños ni ilusiones.

4 El experimento de Poponin y Garaviev de 1995 sobre la influencia del ADN en las partículas de materia y un estudio posterior de 1993 presentado en la revista estadounidense «Advances» abren estas hipótesis.

Un canario que se haya criado enjaulado en el salón de una casa vive toda su vida creyendo que el mundo se reduce a las pareces que puede percibir, a las luces,

sombras y colores que desde su ubicación permanente puede conocer. Tal vez un día su dueño, por error, deja la puerta de su jaula abierta. El pajarillo se asoma

tímidamente y finalmente decide salir. Vuela y vuela hasta escaparse por una

ventana. Descubre entonces, en medio de una sensación que oscila entre el temor y el asombro, una verdad más grande. Descubre un mundo inmenso que contiene al que anteriormente creía único.

Esta es la sensación que tenemos cuando realmente comprendemos algo. Es una sensación de «ver la verdad» tal como si ciertas barreras de la mente se

derrumbasen y accediéramos a una expansión de nuestra visión. Esto se llama comprensión o toma de conciencia. En el momento de comprender desde el fondo, no necesitamos demostraciones, ni verificaciones externas. Tenemos la certeza de un «ajá» interno y seguro. Es el sentir de la evidencia. Hemos comprendido, hemos accedido a un nivel superior de inteligencia. Ahora solo nos queda ser coherentes con el nuevo nivel de verdad descubierto.

Una diferencia de base entre el Amor y el temor es la inexorable tendencia a la

verdad del Amor, ya que el Amor es la Verdad. Por tanto, es el impulso esencial a

hacerte consciente.

El Amor es la Verdad.

Su Inteligencia es el Conocimiento auténtico.

- Claro, el amor es la verdad, pero ¿qué verdad? ¿es que existe una sola verdad? ¿tu verdad o la mía?

- Para el Amor, la respuesta siempre es «sí y si ». El viaje que realiza la

consciencia es un viaje de comprensión, de integración de tu verdad y la mía, y más tarde cualquier otra verdad. Toda la verdad. La verdad total o última es la suma o la integración de todas las verdades, aunque parezcan contradictorias cuando nos

localizamos en distintos puntos de vista. El Amor es el motor oculto de la conciencia

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sola, unificada y pensadora de lo total. Esa es la relación entre amor y verdad: la verdad es un propósito del amor, es el material de trabajo del amor. El Amor es

consciencia total, toda la verdad, todo el conocimiento y la sabiduría unidos. El amor promueve la verdad

El amor produce verdad, mueve la experiencia hacia la verdad, pro-mueve verdad. No una verdad concreta, sino la máxima verdad que podamos concebir en un estado de conciencia determinado. Tu verdad, la mía y la de aquel, la verdad total: la máxima verdad comprensible en la conciencia del observador.

Muchas veces se le llama luz, ya que la luz es la manifestación física que nos permite ver todas las cosas. Del mismo modo relacionamos ver con hacernos

conscientes. Ciertamente, la que en realidad ve es la conciencia, la mirada pertenece

a la mente.

Cuando entramos en una habitación y accionamos el interruptor de la luz, de repente vemos cosas que «no estaban ahí». De no haberlo hecho, probablemente hubiéramos tropezado con ellas, habríamos avanzado temerosamente entre lo desconocido y tal vez nos hubiéramos hecho daño. Habría sido más complicado hacer cualquier cosa, ya que no hubiéramos podido conocer el medio en que nos movíamos. Nuestra energía hubiera estado enfocada en gran medida en

protegernos.

Acabo de descifrar las claves de funcionamiento de la mente temor. Es una mente desprotegida en su separación y vulnerabilidad, no tiene luz para ver.

El amor arroja luz sobre los hechos, deshace los engaños y desea ir hasta el fondo de la verdad. El amor te invita a percibir la vida tal como es, no como te gustaría que fuera o como hubieras imaginado que fuera, ni como te conviene para tu mayor comodidad o para mantener este o aquel disfraz. Tal vez al principio, perder un ego o un conjunto de ilusiones te hace sentir dolor, ya que identificabas estas ilusiones como parte de ti. Pero finalmente te das cuenta de que este dolor te ha liberado de una continua frustración en la vivencia del engaño. Te has liberado de todo un conjunto de dolores que arrastrabas alrededor del ego perdido. El amor te llama a integrar la vida tal como es. Amar implica ir silenciando todas las ilusiones —o egos, simplemente porque el Amor solo ve lo verdadero.

El Amor produce un cambio en el modo de percibir que nos hace más conscientes. En definitiva, cuando cambia tu percepción, lo observado también cambia para ti. Tu modo de percibir la realidad es lo que configura tu realidad.

Una persona que jamás haya visto una cámara de vídeo, observará este objeto con curiosidad sin encontrar mucho sentido. Se fijará en el pequeño cristal curvo de la lente, en la caja metálica, en la correa y solo podrá relacionarlo con objetos que

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anteriormente hayan participado de su experiencia, de su percepción. Si

anteriormente conoció la cámara fotográfica, puede ser que relacione ambos objetos y se aproxime a la conclusión de que se trata de un «capturador de momentos». Sin embargo, una persona que ve una cámara de vídeo después de haber visto cientos de ellas reaccionará de modo muy distinto. Mientras que el primero observa la cámara con curiosidad, comparándola con objetos parecidos y sin idea del propósito del objeto, el segundo probablemente revisará su peinado, cuidará su postura y se sentirá nervioso por lo que esa cámara es capaz de registrar. Dos seres humanos con

diferente experiencia perceptiva previa, viven una realidad muy distinta.

Es evidente que el modo como percibimos nos hace experimentar la realidad de un modo tan distinto que podemos decir que nuestra percepción configura nuestra

realidad. En otras palabras, todo depende del cristal con el que se mire.

El Curso de Milagros habla del Conocimiento como el estado en el que la mente

está al servicio del Amor. Es la mente de Dios. Por ello, y siguiendo al Curso, es

imposible conocer nada sin Amor. Para conocer, ¡es preciso amar! Sin amor, el conocimiento no es auténtico.

Se hace una clara distinción entre el conocimiento de la mente dual, cuyo objetivo es hacer clasificable, caracterizable y juzgable a cualquier cosa y el conocimiento de la mente divina.

Este mensaje, en toda su profundidad, es la mejor fusión entre Inteligencia y Amor que he visto jamás.

Para conocer auténticamente es preciso amar.

Si creías que para saber si alguien merece tu amor, primero debías conocerle, recuerda que lo primero que necesitas para conocer lo que sea, incluyendo a una persona, es… amarla.

Amar es la percepción correcta.

Valor

El pensamiento es una herramienta para compartir. Cuando no extiende Amor o Conocimiento mediante la función de compartir, se convierte en una herramienta de construcción de realidades falsas, ilusiones o sueños. También en una herramienta de creación de problemas igualmente falsos. Vivir en el miedo, fielmente agarrado a la programación del ego puede que resulte cómodo, pero solo lo es cuando no conoces más que esa manera de pensar. En sí misma, la programación mental del ego está estructurada para perpetuarse y sobrevivir. Esa función es la principal, no hacerte feliz o reconocer tu verdadera identidad. Cuando conoces el gozo y la comodidad de la paz, del amor y la alegría de ser, entonces ya no te resulta tan cómodo estar

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La mirada del Amor sobre la vida está limpia de preconceptos, sabe dar una valiente oportunidad de plenitud a todo lo que sucede en el sagrado momento del ahora. De este modo, la mirada del amor encuentra equilibrio en todo lo que ve y fácilmente reconoce de nuevo la Verdad tras cada forma.

La mirada del amor surge del observador que se ha identificado con lo esencial. El observador que sabe que es Amor, ve Amor en todas partes. Al re-conocer la verdad oculta tras la forma, la mirada del amor re-crea autenticidad en lo percibido, hace regresar a tu conciencia la esencia que antes estaba oculta tras una forma efímera y perecedera. La esencia es el verdadero valor. Si la percepción configura lo que llamamos realidad, el Amor crea valor.

El amor crea valor al cambiar la percepción.

El amor no teme pues, es valor, entendiéndolo ahora como antónimo de «temor». El temor intenta escapar de la verdad. Busca el engaño que evite el cambio y mantenga las cosas como están, intenta sobrevivir. En la seguridad y la comodidad nada obliga a aumentar el conocimiento o a cambiar el modo de ver el mundo. El temor no es amigo de los cambios. El Amor es el cambio y la paz simultáneamente cuando afecta a la realidad construida mediante la intuición o mente superior, aunque a la mente dual le sea imposible comprender ambas cosas juntas.

El motivo por el que el Amor es valiente es su propia naturaleza. El Amor es ilimitado e infinito. Lo ilimitado e infinito no es posible que pueda temer nada, ya que nada necesita ni nada carece. Nada que ganar y nada que perder.

Libertad

El Amor es libertad. Esto es algo que a nuestra mente no le gusta, no puede

entenderlo. Esa mente dual y diseccionadora que vive principalmente en el miedo desea controlar. Si hablamos de libertad total, la mente se siente temerosa e insegura.

Es habitual creer que amor y libertad son incompatibles, porque amor se relaciona con compromiso y sacrificio. Este es el punto de vista de un mundo empapado en el recuerdo doloroso de un sinfín de relaciones de desamor. El amor humano está distorsionado por el mismo miedo, no es el amor real, es amor dual.

El Amor verdadero es lo infinito y lo ilimitado y la libertad es su única ley, le guste o no a nuestra mente tan necesitada de conceptos. El Amor no conoce las

limitaciones, ni las definiciones, ni los conceptos, ni las formas que comprimen las esencias. De eso se encarga el pensamiento repetitivo, que opera con un programa de separación en cada una de las formas y situaciones, en el análisis metódico, en su propia estructura de funcionamiento.

Referencias

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Porque se ha dado cuenta de que conforme internet y los móviles cambiaban el mundo, no cambiaba a mejor la vida de esas personas, sino más bien al contrario, se extendía

Así como Jesús no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por el bien del mundo, salgamos a amar y servir a toda la creación en nombre de aquel que nos llama a deleitarnos

Tanto en La sala del niño Jesús como en Algo tan feo en la vida de una señora bien, el narrador va incluso más lejos: paralelo al mundo de lo narrado que fue, construye el mundo de