LA ÚLTIMA EJECUCIÓN Y LA ETAPA FINAL DE LA CÁRCEL DE SEPÚLVEDA
te a los años 1864-1899, bajo el epígrafe “Decapitado”, está la crónica (1) de la asistencia que la Hermandad prestó, el 2 de ju- lio de 1889, al último reo ajusticiado en la villa (2), Luis Guijarro,
“hasta el último momento de su vida (3)”. La firma el abad, Nemesio Onrubia Herrero, “para recuerdo de la cofradía y para que sirva de norma por si en lo sucesivo llegara a suceder otro caso, lo que Dios no quiera”.
Esta cofradía tenía a su cargo los entierros de la cárcel y el hospital. Ella y la extinta de la Cruz, a la cual el mismo hospital había pertenecido hasta la supresión gubernativa de la misma en la regencia de Espartero, pusieron fin a un litigio por la prece- dencia ante el tribunal eclesiástico diocesano, mediante una con- cordia estipulada el 6 de octubre de 1629. Según una de sus cláu- sulas. la Cofradía de la Cruz no estaba obligada a salir a los en- tierros de los ajusticiados acompañados por la de Plagas, de no ser llamada por el reo, sus herederos o alguna persona devota.
Caso de acudir, se observaban las reglas del acuerdo sobre la di- cha precedencia, que consistía en la rotación por años, salvo la reserva siempre del mejor lugar para la hermandad que cubrise- se al difunto con su paño, una norma aplicada igualmente en to- dos los demás entierros.
Las estampas macabras
Volviendo a nuestro caso. Se había velado a Guijarro duran- te veinticuatro horas, por los hermanos nombrados ad hoc, des- de que a las ocho de la mañana de la víspera se le puso en ca-
pilla, alternando aquéllos de dos en dos horas. Media hora antes de terminar la vela, se reunieron al toque de las campanas del Salvador los oficiales de la Cofradía (4) y el casero, en la misma capilla de la cárcel, con las varas e insignias, y justamente a las ocho tomaron al reo en brazos, le sacaron (5) y le colocaron, en- tre un contador y el abad (6), en el carro que le llevó al patíbu- lo, levantado en las eras de la Picota, “y después fueron agarra- dos al carro para que más se tardara en el tránsito, yendo delante del carro con las varas el alcalde y dos contadores”. El trayecto duró tres cuartos de hora. Una vez llegados, se apearon del ca- rro dos padres misioneros y el párroco de Navares de Enmedio, pueblo del reo (7); le desató el verdugo, le volvieron a coger en brazos los cofrades, le bajaron (8); y uno de los padres misione- ros (9), el mayordomo y el abad, le sirvieron las meleras del su- plicio (10). El abad le entregó al padre que le confesó, el verdu- go le sentó en el banquillo, y a las nueve y diez expiró instan- táneamente.
A la seis de la tarde, llevando un oficio del juez, volvió a su- bir la Cofradía con el pendón y el crucifijo, los ambleos y las va- ras, la Guardia Civil entregó al abad el cadáver, que el verdugo había descolgado con ayuda del abad mismo, se le colocó en la caja que la propia Hermandad le había hecho (11), y los herma- nos enterradores con el abad le llevaron al cementerio, recibien- do tierra a las siete y cuarto. Los demás hermanos asistieron a las exequias en El Salvador. La Hermandad le mandó decir un ofi- cio y dos misas rezadas.
Añade el cronista: “Este desgraciado Luis Guijarro llevó con una paciencia admirable todos los sinsabores que pudo produ- cirle la condena a muerte”. Una apostilla concordante con el sen- timiento popular en Sepúlveda, del que yo alcancé a recoger bastantes testimonios orales. Naturalmente que ninguno de mis informantes vive, y desde aquí me siento entrañablemente uni- do a su memoria y agradecido por su contribución, sin la cual este trabajo no habría podido llevarse a cabo.
En Navares de Ayuso, Ayuso a secas llamado corrientemen- te, era enconada la enemistad entre los Chupitas, cuyo jefe de familia era Luis Guijarro senior, de unos sesenta años, con va- rios hijos, de ellos sólo adulto su homónimo, y el matrimonio de Tomasón y la Culis, ése algo más joven, con dos hijas de trece y once años. Guijarro fue durante diez años alcalde.
Sustituido por Tomasón, éste investigó la documentación mu- nicipal, resultando alcanzado en las cuentas su antecesor. Para llenar el descubierto era preciso destinar a ello toda la soldada de Guijarro hijo.
En Ayuso se celebra San Marcial el treinta de junio, pero tan parsimoniosamente como lo exigen las faenas de la siega. Al anochecer de ese día, el joven Guijarro se llegó a Las Rubieras, un paraje del término lindante con el de Encinas, donde las dos hijas de Tomasón guardaban su rebaño y estaban durmiendo en la red, y las dio muerte machacándolas el cráneo con piedras, parece que después de violarlas. Una tierra vecina estaba sem- brada de algarrobas en flor. El asesino arrancó muchas, cubrió los cuerpos con ellas, y los enterró.
Una vez encontradas por unos vecinos, en la investigación inicial, el forense pidió una nueva exhumación después de dar- las sepultura. Ello mientras el crimen permanecía oculto. La ma- drugada siguiente, se vio en las inmediaciones al Puros, un ga- nadero cincuentón, con un chaleco manchado de sangre.
Detenido él, la Guardia Civil encontró la prenda en su casa, pe- ro se demostró era sangre de una vaca. Su sola infración había sido sacrificarla antirreglamentaruamente. Luego fue interrogado un joven apodado Revólver, a quien el día de autos se había vis- to merodeando por Las Rubieras, y que no supo dar de ello ex- plicaciones muy convincentes. Hasta que dos pastores de Encinas declararon que la misma noche del delito habían oído una voz de niña decir “Luis, no mates a mi hermana”. Así las co- sas, Revólver dejó a los dos Guijarro, padre e hijo, el calabozo que venía ocupando en la cárcel de Sepúlveda, pero el padre fue puesto en libertad enseguida.
Otra fiesta de Ayuso es el 29 de octubre, curiosamente lla- mada San Veintinueve, un tanto paganamente. Aquel año, esa noche estaba clara como lo había sido la de San Marcial. Por eso la escogió el Juez de Instrucción para constituirse en Las Rubieras y comprobar si desde el paraje donde habían estado los pastores de Encinas podían oírse gritos dados allí. La prueba fue positiva. Al fin Luis Guijarro junior confesó su crimen, se le le- vantó la incomunicación, y pasó del calabozo a una celda común del piso superior. Los mozos del pueblo declararon haberles ex- trañado que aquél hubiese dejado el baile de San Marcial, sin es- perar la ronda a las muchachas. El párroco, a quien a la maña- na siguiente, yendo a decir misa a un pueblo de acarreo, Luis le ayudó a subirse al burro, le notó muy excitado.
La Audiencia celebró en la Villa el juicio oral. El acusado mantuvo su confesión lisa y llanamente. Nos dijeron inmexacta- mente que el día de San Juan se le puso en capilla. La ejecución se anunció por edictos con bastante tiempo. Se recordaba que el día señalado era Santa Isabel.
Sólo los ancianos de Sepúlveda y la tierra se acordaban de la ejecución capital anterior (12 y13). Dos labradores de La Pedriza que apenas habían cosechado el año en cuestión, el Corzo (14) y el Canas, intimidados por unos recaudadores que acudieron para co- brar la contribución, fueron tras ellos por el camino de la Villa, al- canzándolos y acuchillándolos ya cerca de ésta, pasada la Fuente de las Canalejas, junto al paso del Duratón por el Puente de Picazos.
El Corzo guardó silencio en el proceso. “Lo que no parla ésta no lo paga éste”, cuentan que decía señalando la lengua y el gaznate. En cambio el Canas se defendió profusamente. El resultado fue su con- dena a muerte, librándose el otro con cadena perpetua. No res- pondemos de los detalles espeluznantes que nos contaron, pues no tenían mucha precisión y eran ya de segunda mano. Según ellos, la condena del Canas fue al descuartizamiento, se arrastró su cuerpo por la Villa, y se colgó su cráneo sobre Picazos, atemorizando a los campesinos de paso que oían silbar el viento a través de sus oídos.
Pero volvamos a la ejecución de Guijarro. La construcción del patíbulo, y la del féretro de pino embadurnado de negro, se en- comendó al tio Ángel el carpintero, que tenía el taller en la Subida al Salvador. Sus martillazos durante la faena intimidaban a la gente advertida. El verdugo, Paco, fue a comprobar su ade- cuación. Para ello se colocó en el lugar del reo, pidiendo al me- nestral que ensayase apretando para comprobar la resistencia, hasta rozar el susto. Recordamos la novela de Ramón J.Sender, El verdugo afable. El de marras ganaba dos pesetas diarias. Su sueldo sería el doble de ir de uniforme, con la picota bordada en la gorra. Se quejaba de que le odiase la gente, e incluso de su denominación. Él se llamaba ejecutor de la justicia. En cuan- to despachase a Guijarro había de ir a Navas de Roa, un pueblo de la Ribera donde entonces se cosechaba un vino muy áspero que sabía a madera y a nueces. Allí habían de ser ejecutados ocho vecinos que habían quemado vivo al boticario en la plaza.
Nuestro verdugo tenía que suplir al de Valladolid, que tenía las oposiciones recién ganadas, pero no podía actuar por ser uno de los reos su hermano.
Llegado el día, Luis confesó con su párroco y comulgó. Al sa- lir de la cárcel iba cargado de grillos y cadenas. En Sepúlveda se habían congregado unas diez mil personas, más del doble de los toros más concurridos. A la puerta esperaba un carro devaras con tres machos, y junto a un criado de labranza bizco su amo, el Pichón. Estaba rodeado por una veintena de guardias civiles, catorce frailes y clérigos y un piquete de caballería mandado por un alférez. Parece algo exornada la escena del camino, tal y co- mo nos la contaron. Según tales relatos, cada eclesiástico lleva- ba en la mano un crucifijo grande, que iban mostrando al reo su- cesivamente, mientras todos ellos rezaban, y el piquete iba ob- sesionado por mantener despejado el trayecto.
La apariencia infantil, convertida por algunos en cara de san- to, del mozo cayó bien a los curiosos, y entonces ya empezó a correr la leyenda de su inocencia. Según ella el verdadero crimi-
nal habría sido el padre, motivado el hijo para inculparse por no dejar a la familia en el desamparo. Había quienes llevaban a sus niños sobre los hombros, para mostrarles adonde conducían las malas acciones.
Llegados al erial donde el patíbulo estaba dispuesto, los guar- dias y los soldados le rodearon dándole la espalda. El lienzo de Gutiérrez Solana, Garote vil, nos recuerda lo que nos contaron y contamos bastante de cerca. El verdugo pidió de rodillas perdón al reo, el párroco de éste subió para la última exhortación, mien- tras aquél manipulaba en sus útiles, y ya impaciente por el re- traso amenazó humorísticamente al cura con tocarle a él su tur- no si no daba por finalizado su ministerio. El reo fue colocado mientras el párroco rezaba el credo en voz alta, y la manivela fue apretada en el preciso momento de las palabras su único hijo.
Mientras tanto, la Culis se había abierto paso dando gritos de venganza, hasta ser amenazada por el alférez. Muerto el reo, tras de la última vuelta a la argolla, los guardias civiles formaron ya de cara al mismo, una pareja dio escolta al verdugo hasta el Juzgado para dar cuenta de su cumplimiento y recibir su dieta, y el piquete se retiró cuando el erial quedó despejado, y ya to- caban a clamor las campanas de todas las iglesias. En la capilla de la cárcel, donde a todo el mundo se dio permiso para desfi- lar, se cantó el oficio de difuntos y se sucedieron las misas. El llanto al celebrar la suya del párroco de Navares al celebrar la suya fue un argumento para los partidarios de la versión de la inocencia. ¿No había él oído la última confesión del reo? Éste fue enterrado en la fosa común del nuevo cementerio, hacía muy poco inaugurado. Se dice que entre las piedras con que el se- pulturero cubrió sus restos brotaron amapolas reales.
A punto de finalizar la década de los cuarenta del pasado si- glo, oimos decir en un informe al fiscal jefe de la Audiencia de Segovia ser casi nula la criminalidad en la provincia. De algunos de los contraventores excepcionales que pasaron por la cárcel sepulvedana tenemos noticias, pese a la destrucción de los ar- chivos judiciales, una inexplicable laguna en la conservación de
nuestro patrimonio histórico. El tio Pitoto asesinó en La Ventosilla a sus suegros. Vuelto de Melilla al cabo de los treinta años de su condena, repetía constantemente “Dios nos libre de un mal pensamiento”, contando que en tan largo período sólo había probado el vino una vez, aunque dulce, con ocasión de una visita del obispo de Málaga. Al herrero de Castrojimeno fue su hermosa novia la que le indujo a dar muerte al anciano de su oficio que en el pueblo le hacía la competencia y a su mujer. Y una labriega de Arevalillo se mostró tan complaciente con un acreedor que había añadido un cero a su recibo de mil reales que para saldar su deuda le invitó a su bodega, seprándole la ca- beza del tronco mientras trasegaba el vino de su propia cosecha en una jarra de barro. Al dejar este capítulo se nos vienen a las mientes los versos de François Villon, el poeta tan entroncado en ellos: Frères humains qui aprés nous vivez/ n’ayez les coeurs con- tre nous endurcis;/ car si pitié de nous pauvres avez,/ Dieu en au- ra plus töt de vous merci.
Prisión de partido
Las llamadas en el antiguo régimen Reales Cárceles de Sepúlveda, fueron sucedidas en la nominación por la prisión preventiva que era la Cárcel del Partido, cuando aquél tramon- tó. Suprimida en 1931, tomando su relevo el denominado de- gradadamente depósito municipal, se restableció de 1935 (15) a 1938. Nosotros vamos a ocuparnos exclusivamente de la última etapa del período carcelario, desde los tiempos de la ejecución de la pena de muerte de que hemos tratado (16), aunque hare- mos alguna referencia al intermedio y posterior, en cuanto ha- biendo permanecido en el mismo edificio (17), algunos detalles pueden ilustrar el otro. En esta cárcel preventiva del partido te- nía lugar la prisión provisional de los procesados por su Juzgado de Instrucción, y se cumplían la pena de arresto mayor (18) y el apremio personal para los insolventes (19). El número de reclu- sos solía ser reducido (20), pero su permanencia relativamente
larga (21), salvo el caso de los detenidos puestos en libertad in- mediata, provisional o definitiva. Su personal fijo plenamente de- dicado, de carrera podríamos decir, consistía en el Jefe y un Vigilante de Segunda (22).
A lo largo del siglo XIX, la documentación acusa una insa- tisfacción constante por el estado de la cárcel. Continuamente se subraya su insalubridad (23), el hacinamiento y la falta de seguridad, siempre pendiente su traslado a una nueva sede (24). La palabra “camastro” es oficial en la documentación (25), y exclusiva siempre o casi (26) que sale a propósito de repara- ciones o compras (27). Su edificio municipal, primero encima y luego frente a la misma casa consistorial, esquina de la Plaza del Trigo a la Plaza Mayor, pegada a la fachada a ésta del cas- tillo que con aquélla formaba ángulo recto, tenía dedicado a los reclusos la galería del piso superior- ambos sexos y enfermería (28)-, y los semisótanos de los calabozos. El alto edificio de cal y canto, tiene en el piso bajo huellas de un porche tapiado, de arcos posteriormente rebajados. El arco de entrada, un tanto sombrío, mantuvo su negro rótulo “Prisión de Partido (29)”
años después de no existir ya ésta. Daba también acceso a la vivienda del Jefe y la capilla. El ayuntamiento abonaba al Jefe una gratificación de cien pesetas anuales por tocar a diario las treinta y tres campanadas de la queda, por la circunstancia de estar la campana y su espadaña ubicadas allí. El 1 de agosto de 1953, el maestro albañil Antonio Cristóbal Miño firmaba un re- cibo de quinientas veintinueve pesetas por “arreglar la cárcel, coger los desperfectos, y blanquear todas las celdas de muje- res, hombres y pasillos”. Mantenimiento elocuente de la ago- biante simplicidad topográfica.
Franqueado el arco de la entrada, había dos enormes puer- tas chapeadas de hojadelata, con sendos grandes cerrojos dán- dose frente y una escalera de piedra. Por la de la izquierda se iba a los calabozos y la capilla. La derecha correspondía a otro calabozo más amplio, oblongo, alto, corto y estrecho, de planta más elevada, con un ventanuco de curva peraltada cerrado por
tela metálica que daba a la Plaza del Trigo. Además de estos ca- labozos, los más seguros, en el piso de las celdas comunes ha- bía tres más, los cuales no eran sino ostugos que prolongaban otras tantas de aquéllas. Pero eran los más penosos, de tan pe- queños (30) que casi impedían moverse a los ocupantes, un tan- to emparedados. En todos se respiraba un vaho de humedad y olor a insectos.
A la derecha de la vivienda del alcaide estaba la oficina, un pequeño recinto con una mesa de nogal, un tosco sillón renaci- miento y unas sillas de paja. Empotrado en un recodo de la pa- red, estaba el armario con los legajos del archivo. Colgado un cartón con la enumeración en letra herrumbrosa de los pueblos del partido por orden alfabético.
Detrás de la oficina, con vistas a la Plaza Mayor, estaba el de- partamento de las mujeres. Consistía en una única celda con dos camastros. Notemos que este vocablo es el que aparece en la do- cumentación oficial. El piso era de tarima, y las puertas estaban barnizadas de gris o almazarrón.
A la Plaza del Trigo daba la rotonda que servía de cuarto de aseo y las seis celdas de los hombres. Cada una tenía un ventanuco al pasillo, dos cerrojos de proporciones muy des- iguales, una estampa de la Virgen, una enorme cerradura y su camastro. El pasillo tenía ventanas grandes a la Plaza de su si- tuación. Detrás de las celdas, y separadas de ellas por unas re- jas de madera, estban las habitaciones de vigilancia. Adosadas a las ventanas del pasillo había unas tablas donde los presos comían de pie.
La capilla estaba delante de los dos calabozos del piso bajo (31). Abovedada de cañón, en su cabecera había un pequeño al- tar de madera, que se prolongaba hasta los muros en una cajo- nería de pino. Encima del ara, la pared tenía dibujado un arco, y en él había una imagen de Cristo. Todo tenía un tono verdoso y oxidado y el frío era intenso en invierno.
El 29 de julio de 1815, en el expediente instruido a instancias de la Real Cancillería de Valladolid, se califica esta cárcel de “ló- brega y húmeda, homicida de los infelices presos que entran en ella”, y lamentablemente se conviene en que con motivo de la época desgraciada de la guerra destructora la Villa y la Tierra ca- recen de propios y arbitrios para hacer una nueva”. En el libro de acuerdos de 1819, consta un papel suelto, en que el maestro Manuel Valdés certificaba que todo el lienzo del tejado que mi- raba a poniente estaba hecho una gotera. El 6 de diciembre de 1820, el Regente informaba al Jefe Político de ser inhabitable, y a lo largo de todo el trienio liberal llegan al tono patético las ca- vilaciones de la Comunidad para allegarse con fondos destina- dos a tal fin, concretamente la busca de algo que vender.
El 10 de febrero de 1838, los ediles reconocían alarmados su mal estado, con peligro para su propio edificio que seguía debajo.
Los maestros de albañilería y carpintería Manuel y Policarpo López, dictaminaron sólo cinco días después tener desplomadas más de una cuarta sus cinco columnas sobre las que caía todo el peso del tejado, estando toda la armadura fuera de su lugar, “cuya ruina se ha impedido por corta providencia evitar con puntales”, habiendo muchísimas aguas introducidas por el malísimo estado en que se hallaba el tejado, “rota la ila, descabezados tres tirantes y los sola- res y estribos distallados (32). Al día siguiente, la corporación tomó para hacer frenta a la situación la drástica medida de imponer me- dio real más en cántara de vino, sorteando la Diputación para la luz verde a la misma la oposición del intendente.
Pero el 11 de septiembre de 1868, el Juez, el Fiscal y la Junta de Sanidad, llamaban la atención sobre el aumento de las enfermedades entre los presos, eco de lo que estaba ocurrien- do en toda la población, pero en mayor grado por su excesivo número. Lo único que pudo hacerse fue habilitar para enfer- mería la que hasta hacía muy poco había sido sala de sesiones municipal, y la limpieza, aseo, ventilación y desinfección con agua clorurada, “tan recomendada en esta clase de abasteci- mientos”. El 3 de mayo de 1869, luego de tomar nota de que
de allí habían salido sino los primeros los más inmediatos ca- sos de fiebre tifoidea, se hacía ver que sólo recibía aires del mediodía, siendo los calabozos, además de casi todos subte- rráneos, como ya sabemos, pequeños y manando agua casi to- do el tiempo (33), estando almacenado el gran número de pre- sos, ya que había puntos en que la anchura no llegaba a los seis pies. Ante la impotencia hacendística, y por coincidir la fe- cha con el traslado de la casa consistorial, se pensó entonces proponer al gobierno la vbenta de los terrenos de la cárcel mis- ma para con su precio construir otra nueva.
Precisamente de 1868 tenemos la noticia del único ser hu- mano que sepamos pasó toda su brevísima vida en esta prisión.
En efecto, a las nueve y media de la mañana del 7 de junio na- ció en ella Felipe-Trinidad Simón Pérez, donde estaban recluidos sus padres, Inocente, de Valtierra, en la diócesis de Pamplona, y Manuela, de Usagre,en la de Badajoz. Sus abuelos maternos, Antonio y Francisca Sánchez, eran de Casas Viejas, pero los pa- ternos, Vicente y Teresa Solor, de Escatrón, en el arzobispado de Zaragoza (34). Una movilidad rara entonces. A las nueve de la mañana del 17 de agosto (35) murió. Sólo para ser bautizado en San Bartolomé salió de la cárcel.
Así las cosas, el 26 de marzo de 1870, se hacía ver que en esa si- tuación no se podía cumplir apenas con los requisitos exigidos por la ley penitenciaria reciente, de 21 de octubre del año anterior, y se encargó a un sobrestante de carreteras, Antonio del Ocio, que se avistase con los propietarios de sendos edificios del lugar adecuados para el traslado, concretamente Serapio del Río Gil de Gibaja, due- ño de la antigua casa solariega de sus ascendientes en San Millán,
“excelente por su situación, patio y pozo”; Antonio de la Plaza y Juan-Ramón Zorrilla en La Virgen, y José Fernández Bustamante no se dice dónde. Del Río lo descartó de momento, Plaza pidió cinco mil escudos, y Zorrilla los veintitrés mil reales a que ascendía la ca- pitalicación de su renta de setecientas cuarenta. Entonces se pensó en la antigua casa del curato de La Virgen, que era del Estado, y se reiteró su comisión a Ocio pero nada más se hizo.
Unos y variopintos legajos
La cárcel era sostenida por los pueblos del partido (36), re- partiéndose sus gastos (37) entre ellos por el número de habi- tantes (38). A esos fines funcionaba la llamada Junta de Prisiones del Partido (39), aunque también entraban los del Juzgado de Instrucción (40). El plural se explica por haber tres cárceles de tránsito, en Pedraza, Cerezo de Abajo y Boceguillas (41). Éstos dos últimos lugares están en el antiguo Camino Real, entonces ya Carretera de Francia, por lo cual se justifica su necesidad. En Pedraza pernoctaban presos de los partidos de Sepúlveda y Riaza camino de Segovia, y del partido camino de Sepúlveda.
De los dos legajos dedicados a esta materia en el Archivo Municipal hemos manejado las actas de dichas juntas desde 1887, que contienen la aprobación de las cuentas rendidas por los depositarios y la formación de los presupuestos; desde 1913 los presupuestos, y desde 1917 también las cuentas (42), que son mucho más ilustrativas. Complementariamente, los libros de con- tabilidad, desde 1902 (43). La máquina de escribir aparece tími- damente en 1915, sólo para la autorización gubernativa remitida de Segovia. Ya en los años del Depósito Municipal es el imperio de los pequeños caracteres y la cinta morada tras de los cuales adivinamos la huella viviente del auxiliar de secretaría Ulpiano de Frutos de la Cruz, toda una época en el ayuntamiento inicia- da en los años de la guerra., concidiendo con la secretaría de Benito Sánchez Curto.
El cargo de las cuentas, o sea los ingresos, tiene sólo dos par- tidas- “cargáreme”-, a saber el remanente del año anterior, y el reparto a los pueblos de lo presupuestado para el siguiente. La data. o sea los gastos- “libramiento (44)”, con cargo a los llama- dos “fondos carcelarios (45)”-, es mucho más variada (46s) y pa- ra el historiador rica. En 1917 el remanente era de 1.908’88 pe- setas, y los pueblos abonaron 8198’25. Los gastos ascendieron a 10.032’67. En 1931 el presupuesto había sido de 9.506; los gas- tos, en parte ya del Depósito, sólo llegaron a 6.331’08.
En 1917, además del personal de carrera de que dijimos (47), estaban adscritos a la cárcel los dos médicos forenses (48), un far- macéutico, dos secretarios y dos auxiliares de contabilidad, un de- mandadero “para el servicio exterior”, el capellán y su sacristán (49), además de dos barberos y un suministrador de agua, el agua- dor (50), y su compañera (51). Es una contingencia la omisión el practicante (52). Al Jefe se le asignaban doscientas diez y seis pe- setas por leña (53) y carbón para cocer los alimentos a los presos.
En cambio no existía ninguna partida para calefacción (54).
El 6 de octubre de 1900, el Gobernador Civil había objetado al presupuesto que se le remitió, la falta de asignación para ca- pellán, exigido éste según una orden circular del Director de Penales de 20 de octubre de 1899. Reunida la Junta el 13 de no- viembre acordó crear la plaza del mismo (55) “que celebre para los reclusos el santo sacrificio de la misa todos los días festivos, por las tales órdenes de la superioridad, y abundan en sus mis- mas ideas y sentimientos (56)”.
Los ediles no hicieron entonces referencia alguna a la deuda histórica y sacra que accidentalmente venían a satisfa- cer con esa decisión. En efecto, desde 1790 no se decía misa en la capilla carcelaria. Sin embargo, a esa asistencia espiri- tual a los presos pobres, los domingos y días de fiesta con- cretamente al salir el sol, se aplicaron las rentas de una ca- pellanía eclesiástica colativa, instituida por un sepulvedano, Diego García, emigrado a las Indias, que testó ante Juan de Torres en Panamá, el 1 de junio de 1607 (57). No vamos a ha- cer aquí la historia de la institución. El ayuntamiento tenía su patronato, y con arreglo a la voluntad del fundador se nom- braban los capellanes o poseedores de la capellanía. Tuvo di- ficultades por disminuirse sus rentas. Pero sobre todo por la desidia, ya que no sencillamente la mala voluntad de los ca- pellanes, con el inconveniente suplementario de no ser fácil, no sabemos el motivo (58), encontrar clérigos que quisieran celebrar en la cárcel, pues los capellanes no lo hacían perso- nalmente. Así se llegó a la interrupción de 1790. En 1816, en
la visita del obispo Isidoro Pérez de Celis, se mandó al pá- rroco de San Bartolomé, Domingo Nieto, que oficiase a la jus- ticia y regidores urgiéndoles al cumplimiento de sus deberes como patronos. Ello no dio resultado. El 5 de mayo de 1819, el nuevo párroco, Francisco Vázquez Luengo, requirió al ayuntamiento “en junta que tuvieron en su sala capitular”, notarialmente, valiéndose del escribano Antonio-Andrés de la Plaza, y lo anota el 15 de septiemnbre en el Libro de cape- llanías. Pero sin continuación, como tampoco la tuvieron los varios avisos más que el 11 de mayo de 1827 certificaba ha- ber pasado. Y la última anotación, de 26 de abril de 1833, fir- mada por su sucesor Pedro Luengo, dice sencillamente: “No obstante de haber oficiado a los señores del ayuntamienton de esta Villa sobre el contenido y mandato [episcopal] y re- petido otros varios avisos sobre lo mismo y nombramiento de capellán, por hallarse vacante, nada he podido conseguir”. Y un rectángulo de papel suelto que hemos encontrado en ese mismo folio reza así: “Capellanía con el título de la Cárcel fundada por Diego García en junio de 1607. Tiene de carga anual cincuenta misas, y hallándose sin cumplir desde el año de 1790, resulta estarse debiendo hasta el de 1842 inclusive 2.650 misas”. No hemos echado la cuenta del crecimiento de la deuda al llegar a esos umbrales del siglo XX de que nos estamos ocupando. Nos acordamos de una novela de Franz Werfel, El ladrón del cielo. Claro que la historia de las cape- llanías la roza muy a menudo. Pero este caso resulta particu- larmente escandaloso.
Volviendo a esta restauración novecentista, en las cuentas de las iglesias de Sepúlveda, hasta el siglo XX no aparecen a cargo de la fábrica los gastos llamados de oblata, o sea de las sagradas formas y el vino. Ello se explicaba por ser de cuen- ta de los sacristanes. En la capellanía de la cárcel eran satis- fechos aparte a cuenta de los fondos de la misma; “oblata de hostias” dicen los recibos de 3’75 y 3 pesetas respectivamen- te, firmados por el sacristán, Juan Serna López (59) en 1918 y
1919. El 22 de abril de 1918, sor Jacinta Bermúdez suscribe otro de 6 pesetas por el lavado, planchado y arreglo de la ro- pa de la capilla. Nos llega el aroma de suavidad femenina de las Franciscanas de la Divina Pastora, quienes entonces tení- an colegio en la Villa. Con la asistencia religiosa está relacio- nada la partida que encontramos en abril de 1919, una pese- ta de socorro a cada preso el día de la comunión (60). Se tra- taba del cumplimiento de la obligación de hacerlo una vez al año, por pascua florida, entonces uno de los mandamientos de la Iglesia. De la civilización de la cera hemos escrito nos- otros en diversas ocasiones. En 1918 y 1919 nos encontramos facturas de la que se adquirió para la capilla (61), capítulo que en la misma entra de lleno (62).
Naturalmente que las misas celebradas en esta capilla eran sencillamente las rezadas, sin detrimento de ser siempre las mismas en aquel rito latino a wonderful solemnity como de- cía el cardenal converso Newman. Las dimensiones y el am- biente habrían hecho estridente cualesquiera otros desplie- gues ceremoniales. Pero hubo una excepción. El 30 de enero de 1920, al conmemorarse el centenario de Concepción Arenal. El jefe Gerardo Ortega presentó una cuenta por el evento que incluía por una parte el rancho extraordinario a los reclusos mañana y tarde, y por otra las tres partidas de mi- sa solemne de primera; sacristán, organista y monaguillos; y cera (63). En cuanto al organista suponemos se trataría de un armonio llevado para la ocasión de alguna de las iglesias. En 1921 y 1922 sabemos que nuestra cñarcel estaba suscrita a la revista Progreso penitenciario.
El 13 de septiembre de 1902, la viuda del que había sido practicante de medicina de la cárcel, Cipriana Valdés López, so- licitó a nombre de su hijo, el barbero Agustín Horcajo Valdés, la atención de tal a la cárcel. Se la denegó por no existir la plaza.
Pero en 1913 ya se consignaban 175 pesetas al barbero Jesús Antón Fernández, sustituido en mayo de 1914 por el citado Agustín, ambos en 1917, Agustín (64) solo desde 1920.
La tradición oral
Casto Navares entró de demandadero en 1913, permane- ciendo hasta la supresión de la cárcel. A su mujer, Severina, de- bemos algunas noticias que ilustran y aclaran las archivísticas de manera muy decisiva. Como había más presos que celdas, había que compartirlas, corrientemente por parejas o tríos. Los presos fregaban y barrían (65). Al tocar la queda, todos forma- ban en el corredor, y el llavero los iba encerrando en sus cel- das luego de revistados con un farol. Los jueves y domingos eran días de visita.
Para pagar la cocina (66), cada uno había de dejar en el es- tablecimiento diez céntimos, o sea una perra gorda diaria.
Solían juntar todos los socorros y comer a mediodía, un cocido muy pobre con un poco de tocino añejo, y de noche unas pa- tatas cocidas, siempre una manteca muy ranncia por condi- mento. En el archivo han dejado huellas las comidas extraordi- narias navideñas. De 1922 nos consta la cena de nochebuena y dos comidas el día siguiente, el de año nuevo y el de reyes, de paso aportándonos datos de interés para la historia de la ali- mentación y la hostelería sepulvedanas en el siglo XX, luego llamadas a tanto desarrollo, al consumarse un tránsito de la car- nicería a la cocina (67).
La señora Severina recordaba el encarcelamiento de algunos
“serranos” por el hurto de un pino e incluso una berza. Con al- gunos casos más folletinescos, como el cura ciego de Valdesimonte al que unos atracadores conminaban haciéndole decir el yo pecador a que les señalase donde guardaba los aho- rros (68). El de la gitana que dio a luz en su celda (69). Y los gitanos compañeros de celda que, agazapados uno sobre otro, dedicaban las noches a abrir un boquete en el techo, desde donde habrían podido descolgarse como primera etapa de li- bertad al huerto de la familia Cossío, prolongada ésta a los to- rreones del castillo, ello abortado (70) por el soplo del vecino
de celda, acabando todo con una paliza que fue curada con sal y vinagre (71). Por cierto que uno de los varios conceptos de la factura suscrita por el herrero Víctor Marugán, a 29 de abril de 1917, por un importe de cuatro pesetas, era el de “poner y quitar los grillos a los presos”.
A propósito de estas facturas y recibos, que enriquecen estos legajos, a pesar de figurar ya sus cantidades en los correspon- dientes libramientos uniformados, ¿fue un erudito o un econo- mista quien dijo aquello de que “en el principio fue el membre- te”? De veras que, ante el cambio radical producido al avanzar la segunda mitad del siglo XX hasta los más escondidos rincones de la vida cotidiana, los tales han alcanzado una insospechada relevancia testimonial. Como tambiñen los escritos a mano en simples pedazos de papel, de los trabajadores o proveedores de menor envergadura o pretensiones más escasas. Por ejemplo, en cuanto a la misma formación día a día del propio archivo, y su materialidad de que arriba decíamos, el de la Unión Mecanográfica Española. Como para la historia de la imprenta en Sepúlveda, con su distintivo tácito la única de Juan Casado (72) y sus sucesores, tendentes los caracteres a la anchurosidad y no demasiado marcada la tinta.
Terminamos teniendo a la vista el Libros del servicio dia- rio de señores empleados, partes de requisa (73) y movimiento de la población reclusa de 1913 y 1914 (74). En el folio vuel- to de la izquierda constan los movimientos de cada día, a pe- sar de que las altas y las bajas en que consistían, apostilladas con el “quedan para mañana”, figuran también en el recto de la derecha, donde cotidianamnte se repiten las cifras de los hombres, mujeres y enfermos. El vigilante firma debajo su re- cibí, y el jefe su entregué (75). Nunca se omite el parte igual- mente diario, a saber “tengo el honor de participar a usted que durante mi guardia (76) no ha ocurrido novedad alguna, habiendo hecho diferentes requisas, y una interior y exterior, a la hora del relevo”.
NOTAS
(1) Ff.87v-88r; texto en nuestro libro Las cofradías de Sepúlveda (Segovia, 1985) 250-1.
(2) No hemos conseguido ver el pliego escrito por el médico de Sepúlveda, Pedro Gutiérrez, impreso en Valladolid en 1673, titulado Relación verdadera en que se describen la pasión, muerte, delitos, etc de Pedro Navarro [...] que se ajusticia en Sepúlveda, año de 1673. Le incluye Agustín Durán en su
“Catálogo de piezas sueltas impresas en el siglo XVII”, haciendo parte de su
“Romancero general o colección de romances castellanos anteriores al siglo XVIII”.
(3) Típico producto de la literatura de la época, el libro de Francisco-María Sánchez Morales, Páginas de sangre. Historia del Saladero, precedida de un no- table episodio crítico-criminal por Víctor Hugo titulado “El último día de un reo de muerte” (Madrid, 1870-1).
(4) El alcalde, el mismo abad, y los tres contadores.
(5) Según los testimonios orales de que diremos le ayudaron a bajar el al- caide o jefe de la cárcel y sus dos llaveros o vigilantes. De estos dos nos habló la informadora que luego citaremos para el régimen de la prisión, aunque en la documentación sólo aparece uno.
(6) Según nuestros comunicantes, fue el Pichón quien le impulsó en las ca- deras, ayudándole el bizco a subir un pie que se le había quedado rezagado en la misma carreta.
(7) Éste era Navares de Ayuso. Parece ser que el cura era él mismo para los dos lugares.
(8) Según la información oral le ayudaron a subir dos guardias civiles, quienes también le pusieron luego en la caja.
(9) Hermanos de la Paz y Caridad, nos dijeron de palabra. No hemos po- dido identificar su familia religiosa.
(10) A nosotros nos dijeron que era ron, y que se lo habían dado antes de salir, por lo cual recorrió el camino ya sin pleno conocimiento. Aunque enro- jeciendo progresivamente a lo largo de él.
(11) O sea costeado.
(12) Según el correspondiente Libro de colecturía de San Bartolomé, tuvo lugar un ajusticiamiento el día 5 de enero de 1830.
(13) El último homicidio en el pueblo había sido en una taberna por una jugada. El muerto era muy grueso, congestivo. La cuchillada mortal dejó os- tensiblemente al descubierto sus “mantecas”, me dijeron.
(14) El 20 de enero de 1820, el juez ofició al ayuntamiento sobre la ne- cesidad de socorrer a Isidoro Corzo Cadenas, acordándosele dos reales dia- rios. Nada sabemos de la posible identidad de este Corzo y el de nuestro re- lato.En el Libro de matrícula de la parroquia de San Bartolomé consta que ya estaba preso el año anterior y que tenía veinticinco años. En el Libro de ve- heduría de la Casa de Expósitos de San Cristóbal {1826-1848], el 19 de agos- to de 1826, a propósito de la causa, autorizada por el escribano Juan Llorente, sobre la averiguación de los autores de la muerte de tres comisionados de la Intdencia de Segovia, consta una providencia del alcalde mayor mandando amamantar por cuenta del establecimiento a una criatura de la presa Antonia Sebastián, mujer del vecino de Urueñas Francisco Martín, sin perjuicio de reintegrársela a su tiempo si hubiera disposición. La crió a reales, o sea por dinero, provisionalmente, Rosenda Lobo, y luego a grano en Velosilo, la mu- jer de Carlos Gómez, falleciendo el 19 de mayo de 1827.
(15) Parece haberse debido a la influencia personal del Ministro de Justicia, que era el notario Cándido Casanueva, quien había sido juez de primera ins- tancia en la Villa (en el presupuesto carcelario de 1909 consta el alquiler de su vivienda como tal juez).. A su vez, su intervención cerca de su colega de Instrucción Pública, Filiberto Villalobos, salmantinos los dos, fue decisiva para la construcción del Grupo Escolar.
(16) En la sesión municipal del 12 de marzo de 1902, ante la confirmación por el Tribunal Supremo de la pena de muerte impuesta a Eleuterio López Gómez, preso allí, se acordó pedir el indulto a la Reina Regente e interesar a los representantes en cortes.
(17) Siendo efímeras las estancias de los detenidos, y sin personal fa- cultativo. Hemos visto tres libros de contabilidad de las Cargas de Justicia de 1942 a 1953, el Registro de Salida de Documentos y Comunicaciones del Depósito de 1942 a 1963, y los dos libros de actas de la Junta Local de Libertad Vigilada, de 1945 a 1953. En una carpeta se conservan recibos suel- tos de las liquidaciones de la Prisión Provincial al Depósito, por la manu- tención de los detenidos, hasta 1981, cuando aquélla ya se llamaba Centro Penitenciario de Cumplimiento y Diligencias. A propósito de dicho Registro, no en él sino en el del ayuntamiento, se anotó la comunicación del jefe de la cárcel, del ingreso en ella, en julio de 1936, a disposición de la autoridad mlitar, del alcalde Elías Sanz Velasco, los concejales Antonino Albarrán Moreno y Pedro Antón Morata, el maestro Ángel Prieto Alonso y el sindica- lista Lucio Esteban Mansilla, los cuales fueron asesinados el día 21 de agos- to en terrenos del monte de la Comunidad. Naturalmente no consta su sali- da de la prisión. Este dato complementa los aportados por Santiago Vega Sombría, en su libro sobre la represión en la provincia, De la esperanza a la persecución (Madrid, 2004).
(18) O sea de un mes y un día a seis meses.
(19) El cual, hasta la reforma del Código Penal en 1932, tenía lugar no só- lo como sustitutivo de las penas pecuniarias, sino también de las responsabili- dades procesales anejas a la causa.
(20) De 1918 a 1922, lo sabemos por los socorros, para esos años conser- vados íntegros, oscila entre las cifras de 1 y 13.
(21) El 1 de enero de 1914 había en él dos procesados por robo. Durante el año anterior había habido 26 altas, a saber 14 a disposición del Juzgado y una del Gobernador Civil, 9 cumpliendo arresto mayor y 2 transeúntes. Las ba- jas fueron 27; de elos 12 puestos en libertad por el Juzgado, 9 por haber cum- plido el arresto, 5 conducidos a Segovia (uno a disposición del Gobernador) y uno a Madrid.
(22) Éste recibía una compensación por el alquiler de su vivienda, al no tenerla en la misma cárcel como era el caso de su jefe. Ello desde haberlo so- licitado, el 12 de septiembre de 1910, Ciríaco Martín Carrillo. A veces, por ejem- plo en 1909, eran dos.
(23) Desde 1928 aparece aparte en los presupuestos el capítulo titulado
“salubridad e higiene”.
(24) El único proyecto concreto que conocemos del mismo fue a la casa de los Gil de Gibaja, en San Millán, a fines del ochocientos propiedad de Serapio del Río, llamada luego a esmerados destinos hostaleros más amables.
(25) En 1917 aparece una factura de 68 pesetas por tres camastros con el porte y su colocación.
(26) Una factura de Ángel Linage, a 1 de abril de 1917 , entre otros concep- tos incluye 20 varas de lona para 4 petates, paja para ellos, una manta de Palencia y otra berrenda; y para Boceguillas 15 varas de tela de jergón y 3 mantas pardas.
(27) En 1907 se adquieren unas llamadas sacas de dormir, y al año si- guiente bálago para los jergones de la enfermería. También aparece estopa pa- ra petates.
(28) Pierre Chaunu en su estudio sobre la muerte en París en el antiguo régimen subraya el número elevado de quienes en aquella gran ciudad se mo- rían solos. Lo hemos recordado a propósito de la cuenta que el jefe de la cár- cel sepulvedana suscribió para las de 1917, por el “lavado de ropas de enfer- mería y demás de la misma, por muerte del penado Felipe Pérez Martín”, tres pesetas. El acompañamiento a los entierros de los fallecidos en la cárcel y el hospital de la Villa, en estos tiempos, posteriores a la supresión de la Cofradía del Hospital, estaba a cargo esclusivo de la de la Veracruz y de las Cinco Llagas, Plagas llamada corrientemente.
(29) Podemos documentar su pintura, en dos recibos de julio de 1919, uno de Tomás Onrubia por los pinceles, la cola y la tiera negra, y otro del pintor
Pablo Navares por la mano de obra, “inscripción” y “letrero de entrada” que en uno y otro se dice.
(30) El 8 de noviembre de 1928 el herrero Víctor Marugán firmó una fac- tura de 67’65 por el “arreglo de rejas de los calabocines y arreglo de las puer- tas y cerradura de los calabozos”.
(31) El 19 de feberero de 1924 consta una factura de Pedro López de 2’20 por dos cristales para su ventana.
(32) Lenguaje de los oficios de otrora, como se ves. Además, se dice ser necesarias “ cuatro sopandas de treinta pies para cortar el peso a una tirante tan larga y que no se vaya el tejado de un pie cuadrado”, a real y medio, diez y ocho reales en total esta partida. El conjunto 3.743’17 las obras imprescindi- bles, aunque luego se ampliaron y se quedó con ellas Policarpo en 6.900.
(33) Sin haber retertes ni excusados.
(34) Dice la partida de bautismo que se desconocen las profesiones de to- dos ellos.
(35) Murieron en este mes, el 18 a las cinco de la tarde, Hilarión Francisco, de Aldealcorvo, hijo de Josè y de Josefa Velasco, marido de Petra Llorente, de cicuenta y cuatro años; y el 30 a las diez y cuarto, Josefa Pèrez Solís, de Buitrago.
(36) Las llamadas “atenciones a los empleados de prisiones”, o sea los fa- cultativos, eran ingresadas por la Junta Administrativa del Partido en la Tesorería de Hacienda de Segovia.
(37) Del partido hacía parte la Comunidad de Villa y Tierra. Hasta 1926 in- clusive, las cantidades correspondientes a los pueblos de la misma, algunos años se pagaban globalmente por ella. Por el alquiler de la cárcel era acreedor el ayuntamiento de la Villa, y por el del edificio del Juzgado la Comunidad, co- mo la Comunidad de Pedraza por el de su cárcel de tránsito. En el Juzgado ha- bía tenido ésa su última sede independiente, antes de pasar al mismo ayunta- miento. Yo conocí aún a quienes recordaban haber habitado allí el llamado “tio Juan de Villa y Tierra”.
(38) En 1914 las siete cuotas más altas iban de 906 a 306 pesetas, según la población de 2265 Cantalejo, 2245 Sepúlveda, 1119 Prádena, 962 Pedraza, 923 Fuenterrebollo, 903 Arcones y 765 Cabezuela. Las diez más bajas, de 58 a 117’60 pesetas, según la población de 145 Pajarejos, 203 Castroserna de Abajo, 209 Ventosilla y Tejadilla, 225 Hinojosas del Cerro, la misma de 231 Grajera y Arevalillo, 246 Castroserraciín, 263 Castroserna de Arriba, 291 Sigueruelo y 294 Aldeonte.
(39) Por eso en las cuentas generales de caudales del ayuntamiento la lla- mada corrección pública, consistente allí en la cárcel nada más, es a la vez
acreedora y deudora. En las primeras del siglo XX, 1901, la partida es coin- cidente, 369’72.
(40) Por eso resultaba más exacta la denominación de Cargas de Justicia, que fue la oficial desde 1924.
(41) Su personal consistía en un alcaide. En septiembre de 1927 el alcalde y el secretario fueron a Madrid alamados, a enterarse en el Ministerio del “origen de la cantidad que por atenciones carcelarias se reclama a este presidencia”.
(42) Éstas y los presupuestos- de los que faltan algunos años- continúan hasta 1953. En 1954 las tomó a su cargo el Ministerio de Justicia, cesando la competencia municipal. El depositario Matías Conde Lozoya, falleció de la epi- demia de gripe en 1918, teniendo que firmar las cuentas de 1917 su sustituto Juan Burgaleta. Él había sucedido en 1914 a su suegro Esteban Sanz y Sanz, y éste al suyo, Cayetano Velasco Vega, en 1892. El depositario percibía un uno y medio por ciento, a título de cobranza de la cantidad recaudada durante el año.
Desde 1918 se llevan las cuentas de 31 a 31 de marzo; el segundo semestre de 1926 está aislado, y a partir de 1927 se vuelve a las anualidades naturales.
(43) Hasta 1942, faltando los años 1907, 1908, y de 1916 a 1918. En las cuentas hay relaciones mensuales de los llamados “socorros” a los presos po- bres, en la práctica la inmensa mayoría, “Relación de los presos que han sido socorridos durante el mes de la fecha, con expresión de los días devengados por cada uno”. También eran socorridos los preso en tránsito, y con carácter extraordinario los enfermos. Éstos ocasionaban gastos imprevistos, natural- mente, como el lavado de ropa y la desinfección, además de algunos farma- céuticos. En 1918 el socorro diario era una peseta; cincuenta céntimos por las noches de los de tránsito. Nosotros oímos aún recordar los tres reales anterio- res. Luego diremos de los extraordinarios por pascua florida. En 1922 aparecen 9 pesetas por los de navidad, año nuevo y reyes. El 29 de septiembre de 1907 se pagaron a Esteban Sanz once pesetas por ocho pares de alpargatas para otros tantos presos que salieron de esta cárcel para la de Segovia.
(44) Firmados por el interventor y el presidente, que era el alcalde de Sepúlveda, con la toma de razón del auxiliar de contabilidad y el recibí del de- positario. Además del presidente, desde 1895 asistía un representante de la Villa.
(45) A pesar de la unificación de este epígrafe, en este estudio prescindi- remos de los gastos del Juzgado, tales como sus salidas y la conducción de pliegos y piezas de convicción, la calefacción y el material de oficina, la casa y luz del juez, y el material farmacéutico o anexo y lavado en las autopsias.
(46) A partir del 10 de agosto de 1925, gobernando la dictadura de Primo de Rivera, hay mucha simplificación. De gastos fijos sólo aparecen los corres- pondientes al forense, el secretario y el auxiliar que siempre eran funcionarios municipales sin plena dedicación, y el depositario, además de la locomoción del Juzgado. En cambio se transfirieron cinco mil pesetas al presupuesto de la
nueva Delegación Gubernativa del Partido, mientras que el 30 de junio del año siguiente fue la Delegación la que transfirió a la Junta el sobrante de 4.415’25.
(47) Alguna vez en las cuentas resulta abonárseles el uniforme, a jefe y vi- gilantes. En 1912 se consignaron once pesetas por la hechura de una caja de nogal para la conducción de la correspondencia del jefe. Todo un símbolo de unos tiempos definitivamente idos.
(48) ”Profesores facultativos de Medicina y Cirujía”.
(49) El primero desde 1901; el segundo desde 1916 “por ayudar a misa to- do el año”.
(50) Quien subía el agua “con sus caballerías”.
(51) Las retribuciones de estos nueve individuos o parejas eran de pesetas 1000, 200, 500, 500, 547’50, 200, 50, 175 (como el practicante) y 160. Notemos que el personal de secretaría era el mismo del ayuntamiento, por lo cual hay que ver sus sueldos como gratificaciones. Los gastos de material de oficina y estufa, de la secretaría, no sólo de la cárcel, a pesar de ello se incluyen en los fondos carcelarios.
(52) ”De cirujía menor”, que se precisa, mientras que al médico se le lla- ma también “médico-cirujano”. tramontada la antigua equiparación de ciruja- nos a practicantes y hasta cierto panto barberos.
(53) El 14 de abril de 1810, el alcaide Antonio de las Heras alegaba que con sus tres reales diarios no podía sustentar a su familia, y uno de sus motri- vos de queja eratener que pagar la leña cuando había presos. Se le concedió el aumento de uno, como pedía.
(54) En 1906 se adquirió un brasero con su alambrera. No consta el desti- no. También aparecen esteras de paja.
(55) En 1902 fueron capellanes los coadjutores Cipriano Santos María y Pedro Álvaro, éste sucedido en el cuarto trimestre de 1905 por el propio pá- rroco Eugenio de Laorden; de 1906 a 1913 Guillermo Abad de La Serna, y a partir de entonces Blas Guadilla Serna, ambos clérigos sepulvedanosque vivie- ron siempre en la Villa salvo los años de seminario. La provisión a la capilla de ropas, no siendo de extrañar no quedasen completas después de tanto tiempo de interludio, costó 139’52 pesetas. Naturalmente había que proveerse de la epacta o calendario litúrgico elaborado e impreso en el obispado. En 1903 consta la peseta satisfecha por la primera.
(56) Para no alterar aquel año el presupuesto y el repartimiento, sus 350 pesetas, pagaderas por trimestres vencidos, se sacaron de imprevistos- 280- y de las obras de reparación-70, con lo cual quedó reducido su capítulo de 750 a 680. Digamos de paso que estas obras eran muy frecuentes. Solo por su exa- men llegaría uno a la conclusión de ser necesario un nuevo edificio.
(57) Curiosamente en la creencia de haber en Sepúlveda catedral y prelado.
(58) No podía ser la hora temprana. Al contrario, la difícil y se pagaba mu- cho más era la tardía, por la mayor duración del ayuno eucarístico.
(59) Éste fue retratado en sus días juveniles por el escultor Emiliano Barral.
Su abuelo Miguel Barral, y su padre Isidro, canteros y maestros de obras, tra- bajaron varias veces en obras de reparación de la cárcel. Tal Miguel, en 1920, 1921- una de sus partidas sillería para el balcón, algo muy sepulvedano-, 1922, 1923 y 1924; Isidro en 1917 y 1918.
(60) Sesenta céntimos en 1917, pero además por las que la cuenta dice se- mana santa y pascuas; en 1922 una peseta los días de jueves y viernes santo, pascua y comunión. Por supuesto que ningún otro dato tenemos de la asis- tencia espiritual a los presos. Sería instructivo comparar aquel ambiente con el de la película escandinava, de Annette K.Olesen, Forbrydelser, En tus manos, protagonizado por una pastora de la iglesia luterana encargada de una cárcel de mujeres.
(61) El 30 de junio de 1918 una libra de cera de la Virgen del Pilar y dos paquetes de velas esperma nuevas; el 28 de septiembre de 1919 “dos libras de cera para la capilla”- otras tantas en 1922., 2’50, 8’50 y 5 pesetas en el comer- cio de Ángel Linage Arias. El 18 de noviembre de 1909 se abonaron al cape- llán Abad cuatro libras. Estas partidas a veces se englobaban en la “compra y reparación de efectos”, de la que también hacían parte otras de la capilla, co- mo una vez el arreglo de la tarima. La presencia de la cera era regular.
(62) También se hacía su acopio para prevenir cortes de la todavía joven electricidad. Por ejemplo en septiembre y noviembre de 1918, dirante varios dí- as, determinantes de una compra extraordinaria de paquetes de velas.
(63) 93’15 en total, sucesivamente por los cuatro conceptos que hemos enumerado 52’15, 15, 10 y 16. Fijñemonos en esta última cantidad, la corres- pondiente a la cera, la más alta de las tres dedicadas a la celebración religiosa.
(64) Notable guitarrista, éste tuvo un papel notable en la dimensión lúdi- ca de la Sepúlveda de la preguerra, con sus rondallas y funciones en el teatro, dramáticas, de recitado y musicales.
(65) Aunque en la documentación aparecen partidas por el fregado ex- traordinario, tal en las reparaciones y obras.
(66) No prosperó la sustitución en 1868 de este sistema por el del rancho.
(67) Hasta esta última etapa, el cordero asado estaba en manos de los pro- pios carniceros que criaban las reses, y sólo se consumía en marcadas ocasio- nes, como los tratos o los ajustes de los agosteros el día de San Pedro, muy predominantemente entre hombres solos. Las siete comidas de la factura de 1922 están firmadas por el figonero Julián Antoránz, a saber “cortador y ven-
dedor de carnes frescas y pescados”. Ascendieron a 108 pesetas. Mientras que en 1926, sólo constan 18’35 por una comida de navidad. El confitero Ángel Esteberaánz, el 20 de enero de 1922 había facturado dos comidas extraordina- rias ese mes- 32 y 34’80-, también una muestra de la apertura de esta rama, muy esmeradamente cultivada en la Villa, a la gastronomía por una parte y tam- bién en otros casos a reuniones propias de bar.
(68) Huellas en la documentación, más del Juzgado que de la cárcel, ha dejado el crimen de que fue víctima en 1935 el médico de Cantalejo, Julián Para Santa Engracia, estudiado por Francisco Fuentenebro Zamarro en su libro Los médicos y su tragedia en Cantalejo (Madrid, 2000). Variada y demostrativa de la trascendencia contingente de estos fondos archivísticos para la reconstruc- ción de la vida cotidiana. A mano firma un Domínguez Pereira el “vale- 50 pe- setas- por gasto de material de las maquetas realizadas al recluso Agustín Agudiéz y la realizada al Sr.Para de la nariz”. En el servicio de taxis y ómnibus firmado por Jacinto Albarrán- (en un papel común, por resultar demasiado pe- queño el de su membrete de “gran servicio de automóviles de sport y ómnibus para bodas y familias a precios reducidos”)- se salen de lo corriente dos viajes de coche grande y otros dos de ómibus con la Guardia Civil a Cantalejo. Y de interés para los inicios del despliegue de la hospitalidad segoviana adaptada a los tiempos del turismo moderno. En la capital y en Cantalejo se facturaron sen- das comidas al Juez especial y las cuatro personas de su séquito. Lo curioso es que el restaurante de asar del futuro Mesonero Mayor de Castilla en aquélla arroja una cifra menor- 21’90 frente a 30’80- que el café y fonda La Unión de Miguel Álvaro. De ésta por otra parte consta exclusivamente una comida y ca- fés a cinco señores, mientras la otra detalla más y por cierto no frugalmente, a saber cuatro raciones de potaje y una de bacalao vizcaína, cinco de langosta, medio cochinillo y cuatro flanes.
(69) Naturalmente que un nacimiento en la cárcel era más raro que una defunción. En 1917 se pagaron tres pesetas por el lavado de la ropa de un pre- so difunto. ¿Antes o después de su muerte? Nos hacemos esta pregunta recor- dando la documentación del Hospital de Sepúlveda en el antiguo régimen.
Cuando la ropa dejada por los enfermos fallecidos, incluso los mendigos, tenía algún valor, se vendía. “Provecho de ropa” era el epígrafe de la partida corres- pondiente de los ingresos.
(70) El 14 de mayo de 1804 se había escapado un preso de Pedraza, Diego Justa, alias Toledo, parece que sólo por un día. Fue encarcelado el alcaide. A Pedraza, a la vez que los socorros a ocho presos más de allí, se la pedían los gastos de la compostura del calabozo para mayor seguridad, y la de la garita.
(71) En los libros del servicio diario de dos años con los que terminaremos este trabajo no consta ninguna novedad a lo largo de ambos.
(72) ”Imprenta, librería y objetos de escriorio. Modelación completa para ayuntamientos y juzgados municipales. Gran surtido en menaje para escuelas
y objetos de escritorio”; cfr.C.LIDÓN MARTÍNEZ, La litografía industrial en el Norte de España de 1800 a 1850. Aspectos históricvos, estéticos y técnicos (Gijón, 2002).
(73) Un funcionario del cuerpo a quien se los hemos mostrado se ha mos- trado sorprendido de la coincidencia de la nomenclatura, a la vez que elogia- ba el esmero de sla sosegada elaboración del texto.
(74) En papel pautado y encuadernación de cartoné, de 200 páginas folia- das, faltando en el primero desde la 366 y en el segundo de la 366 a la 390. La apertura está firmada por el jefe, Guillermo Provencio, con el sello en tinta de la Jefatura de la Prisión Preventiva.
(75) De faltar uno de los dos se sustituían mutuamente.
(76) Otras veces “después de practicada una escrupulosa requisa en toda la prisión, me hago cargo de la guardia”.