López Contreras Un estilo político
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(2) malicia y la cautela que ponen en sus obras los políticos de larga travesía, coincidía con las características personales del propio general López. Porque López Contreras es hijo de padre caraqueño y madre andina. Su progenitor, el general Manuel López, caraqueño de La Vega, marchó al Táchira al mando de uno de los cuerpos de esas expediciones que periódicamente se enviaban a Los Andes bajo mando de Daboín, Vizcarrondo o Vallenilla. Allí casó con la señorita Catalina Contreras. Pocos meses después del nacimiento de Eleazar, moría el padre en Cúcuta, víctima de la fiebre amarilla. Entre faldas y frailes La señorita Contreras era sobrina del Padre Contreras, sacerdote famoso por sus obras en toda la región andina. Entre tías y clérigos crece el niño, hasta que un buen día lo envían al Colegio de Monseñor Jáuregui, en La Grita. El Padre Jáuregui tenía una personalidad exuberante. Odiaba la guerra y la barbarie que ella entroniza. Fundó escuelas, colegios, asilos, periódicos, órdenes religiosas. Era un clérigo doblado de pionero y de político. Condiciones que le valieron el odio de Castro y el destierro perpetuo. En la última década del siglo pasado, fundó este Colegio de La Grita. Pero como en Venezuela la cultura ha viajado siempre a lomo de mula, era ahora, en los albores del siglo XX, cuando los jóvenes estudiantes de La Grita conocían a Chateaubriand y a Michelet y leían sus textos con la devoción con que se deletrean las Escrituras. Las poesías de Núñez de Arce y las endechas de Lozano y Maitín eran delicia en las tardes neblinosas y nostálgicas de la fría ciudad. Aquella literatura debía dejar su sello en cuantos entonces concurrieron a las aulas gritenses. Cipriano Castro Caracas era para el andino de antes del 99, una remota ilusión, una ambición imposible. Más allá de las altas montañas, muy cerca del mar, en una hermosa ciudad, graves doctores y barbudos generales disponían de la suerte del país. "El Cojo Ilustrado" llevaba en sus retratos Avril y de Manrique la noticia de fiestas, palacios, mujeres y avenidas que eran imán y desvelo de muchachos ambiciosos. En la montaña la vida era dura, simple, difícil. Y una mañana, con el pretexto de un desacato cualquiera contra el cuerpo siempre martirizado de la Constitución, uno de esos jóvenes ambiciosos, Cipriano Castro, antiguo oficial de los Araujos y de Rangel Garbiras, proclamó su jefatura y ofreció acampar en el Capitolio de Caracas. Pronto se le juntaron todos cuantos adoran esta clase de aventuras: los que tienen cuenta pendiente con la justicia, los que no tienen nada que perder, los que no encuentran espacio en su reducido escenario aldeano, los que sueñan con el poder, el dinero o la gloria. La noticia de la invasión se extendía y pronto todo el Estado estaba en pie de guerra. El estudiante López Contreras, que poco o nada sentía la vocación eclesiástica, abandona el colegio y en la noche oscura y fría va en busca de los expedicionarios. Cuenta diecinueve años y pronto ostentará el título de Capitán. Antagonismo insuperable Mientras la mayoría de sus compañeros, hombres cuya edad oscila entre los 25 y los 35 años, logran figuración de primer plano en el Gobierno que al triunfo de la Revolución Restauradora establece Castro en Caracas, López permanece en un plano muy secundario. Apenas si logra ejercer durante unos días, el cargo de Edecán del Presidente. Pero sin que medien motivos visibles, razones apreciables de distanciamiento, entre Castro y López se extiende siempre una zona insalvable de secreta malquerencia. Primero no quiere hacerle caso porque es demasiado "niño", después le reclama culpas ajenas ante personas extrañas. Y la verdad es otra: son caracteres antagónicos, naturalezas opuestas. Castro es todo violencia, acometividad, extroversión. López es lento, cauteloso, enrevesado. El Capitán, ahora Coronel, tiene que ir a vegetar en Tucacas, en Puerto Cabello, lejos de UCAB/CIC/RECOM/SVI/Ramón José Velásquez. Página 2 de 7.
(3) la gran ciudad en donde todo se decide. Jefe de Batallón unas veces, de Fortaleza otras, en algunas funcionario de Hacienda como Jefe de Resguardos o Interventor de Aduanas o simple Jefe Civil como en Río Chico. Amigo de los Jefes Este lento vaivén que lo conduce de La Vela a Güiria y de Tucacas a Río Chico y en el cual consume más de una década de su vida, se prolonga más allá de la caída de Castro y del advenimiento al poder de su Gran Protector. Y es que Gómez también inició sus relaciones políticas con López, manteniendo hacia él una zona de reserva, una actitud de desconfianza. Y todo por la culpa de La Conjura. El mismo López Contreras cuenta en su libro de Memorias Militares el incidente, así: El año de 1906, un grupo de políticos castristas (Carnevali, Delgado Chalbaud, Torres Cárdenas) se unieron para impedir que el Vicepresidente Gómez asumiera el poder, frente a la inminencia aparente de la muerte de Castro. En gomecistas y conjurados se había dividido la gente del gobierno, mientras Castro agonizaba en La Victoria. Unos y otros hablaron con López y a todos manifestó que no tomaba parte en conjuraciones porque él era amigo de los dos Jefes y sostenía la necesidad de la unión. Castro entendió esto como demostración de gomecismo. Gómez lo entendió como muestra de castrismo. En el comienzo, un paraguas El año de 1914 fue de fortuna para el postergado personaje. Cayó su gran enemigo, Ezequiel Vivas, valido todopoderoso del Dictador, al mismo tiempo que Gómez recordaba su reincorporación al Ejército y le confiaba el mando de las tropas acantonadas en Ciudad Bolívar. En el desembarcadero de la ciudad están esperando al nuevo Jefe Militar todos los oficiales de la Guarnición. Observan, a medida que desciende todo el pasaje, que no viene allí ningún militar. Cuando van a interrogar a algún pasajero acerca del personaje a quien esperan, se acerca a ellos un hombre vestido de jefe civil y con un paraguas en la mano. Era el mediodía de un tórrido día guayanés, y el coronel López Contreras venía a tomar el mando de la Guarnición. Otra gravedad presidencial Ya tiene un pie en el estribo y no está dispuesto a volverse dejar derribar. Ahora lo trasladan a Caracas y pronto otra enfermedad presidencial le permite consolidar definitivamente su nueva situación de personaje del gomecismo. Esta vez el enfermo grave es Juan Vicente Gómez y el recuerdo de la gravedad de Castro lo enseña a proceder de otra manera. El régimen se divide en grandes pasos en juanchistas y vicentistas, según que unos sigan al hermano del Dictador, Juancho, o el hijo de José Vicente. Juan Vicente es el Presidente, aun cuando todo haga presagiar la muerte y López no ve la necesidad de tomar partido. El no es juanchista, ni vicentista, es constitucionalista, es decir, gomecista. Cuando Gómez se restablece y conoce todos los manejos de hijos y hermanos que ya lo daban por muerto y se repartían el botín de la nación, liquidó la desconfianza que sintiera por el Coronel López. Fin de un tiempo lento Los años gomecistas eran lentos, iguales, angustiosos. Moverse a prisa, era acercarse al abismo de las cárceles. Palabra y acción debían medirse con tino, calculando hasta sus últimas derivaciones. El Coronel López, ahora General, llena esta etapa escribiendo folletos como el titulado "Condiciones Militares del General Juan Vicente Gómez" o libro de mayor duración con "El Callao Histórico". Pero esta calma de lustros, comienza a turbarse una tarde de carnaval. Voces juveniles, jóvenes y muchachas empiezan a forzar las puertas de la fortaleza rural. Vienen hablando un lenguaje desconocido y no tienen ningún General que los comande. Se empieza a nombrar dos apellidos: Betancourt y Villalba. Se estrenan términos novedosos, cuya virtud nadie niega: justicia social,. UCAB/CIC/RECOM/SVI/Ramón José Velásquez. Página 3 de 7.
(4) desposeídos, proletarios, oligarquías, reforma agraria. La respuesta oficial no se hace esperar: plomo, plan y cárcel. Los jerarcas del gomecismo se reúnen en las oficinas del telégrafo, presididos por Colmenares Pacheco y por José Rosario García. Convocan a López que es Jefe de la Guarnición, le piden cuenta de sus actos y le dan órdenes que éste no acata. Ante el futuro incierto, quiere dejar una constancia: El Ejército es una cosa, los generales del gomecismo otra. El 7 de abril del mismo año 28 se sublevan los cuarteles de Caracas. López domina el levantamiento y entre los prisioneros se encuentra un hijo suyo. Pero García ha hecho prosperar la especie de que López estaba comprometido con los golpistas y pocos meses después es enviado al Táchira. Poco dura el destierro, pues a la vuelta de meses, el viejo consejero del Dictador cae en desgracia política y retorna López para ocupar la Cartera de Guerra y Marina. Son ya los años de la total decadencia de Gómez. La muerte está presente, pero no acaba de cargar con él. La máquina sigue rodando, por ley de inercia. Cada personaje cree tener derecho a la sucesión y contar con "su gente". Pérez Soto con los larenses, Tinoco con los petroleros, Eustoquio con sus "muchachos", Velasco y García con sus "Chácharos", pero son aspiraciones confusas, sin forma, fomentadas por la ilusión de poder real que dan los cargos. En el mejor de los casos son combinaciones infantiles en las cuales cuenta el Jefe Civil de un perdido Municipio y los Jefes de dos Cuarteles distantes y sin importancia. El más peligroso por sus condiciones personales es Eustoquio. López se ha apoderado de la maquinaria del Ejército y sabe que cuenta con toda la joven oficialidad que odia a los viejos caimacanes, explotadores de la tropa, rapaces y amorales. Dos detenciones sin importancia y logra conjurar el peligro de un golpe contra el arreglo político ya acordado. Y la muerte de Gómez que era esperada como el comienzo de la tormenta, se redujo al saqueo de unas cuantas casas vacías. De la pesadilla a la confusión Diciembre de 1935, fue para Venezuela y para los venezolanos, como el despertar de una pesadilla interminable. De todos los rumbos regresaban al país, hombres y mujeres que contaban por decenas los años de destierro. De cárceles y castillos, volvían otros. Algunos llegaban para morir, pero la inmensa mayoría para predicar sus credos y lograr prosélitos. Viejos caudillos de La Libertadora y del Consejo de Estado, retornaban con las mismas palabras y las mismas costumbres del año 2 y del año 11. Aventureros de leyenda arrastraban a su paso por las calles, la boba admiración popular. Jóvenes políticos, maestros ya en las artes de la elocuencia, dominaban multitudes, lanzándolas por los caminos de su voluntad. Cada quien aspiraba a fundar su Partido y a tener su periódico. Se vivía en tiempo de vigilia política. En las aulas, se olvidaron los temas de los programas para hablar de la disolución del Congreso. Y los comerciantes se creían en la obligación de pegar su "gritico". En este océano de confusión, navegaba no menos confundido y confuso, el ahora Presidente López Contreras. Y así un día recibe una comisión de universitarios y al hablarse de la inminente reorganización ministerial les dice: "Mañana tendrán nuevo Ministro de Instrucción. Les voy a dar una sorpresa, será uno de los suyos, joven y amigo de sus ideales. Estarán muy contentos". Y al día siguiente aparece en la Gaceta el nombramiento del doctor José Ramón Ayala, venerable figura del conservatismo criollo. Y otro día, de golpe y porrazo, impone al país una legislación social tan avanzada que coloca a Venezuela, hasta entonces en el último sitio, entre los primeros países en materia de leyes de protección al obrero. Pero cuando cualquiera espera que capitalice políticamente esta audacia legislativa y que, con la bandera de sus conquistas, constituya una fuerza popular, ya que no hay todavía líderes, ni partidos consolidados, cuando esto se espera, empieza a llamar "agitadores", desde los micrófonos de la radio, a los líderes obreros que quieren poner en práctica las leyes sabiamente dictadas.. UCAB/CIC/RECOM/SVI/Ramón José Velásquez. Página 4 de 7.
(5) El estilo bolivariano Pero pronto el hombre de la calle pudo darse cuenta de que en el Presidente López, esta confusión no era casual, sino deliberada. Mejor dicho, que era su estilo. Su manera peculiar de encarar las situaciones. En cada época el Presidente de Venezuela obliga al mundo político a adoptar sus manías, a imitar sus gestos. Con Castro todos eran donjuanes; con Gómez, ganaderos; con Andueza, borrachos y con López, devotos de las cartas y de los mensajes del Libertador. En nombre del Libertador se ganaba una elección de concejales y en nombre del Libertador se decretaba la ampliación de un cementerio. Y en su empeño rememorativo de héroes y sucesos, Ministros y Secretarios se veían obligados a realizar hasta sacrificios físicos, pequeñas molestias ajenas a la vida de los poderosos, como la causada por el sol meridiano de Caracas, el doce de octubre de uno de esos años, cuando López y su Gabinete (Rangel, Mejía, Pietri, etc.) marcharon, de impecable paltó levita, con una corona de hojalata en la mano a ofrendarla ante el busto antes abandonado de Miguel de Cervantes Saavedra. Por su Gobierno desfilaron, en rauda marcha, todas las figuras que regresaron del destierro con gran prestigio y que constituían cierto peligro político. Linares, Olivares, Smith, Dominici, Tellería, Ortega Martínez, Blanco Fombona, lo que Mariano Picón Salas llamó la "gerontocracia", los hombres de treinta años atrás, volvieron a brillar con su luz declinante. Como sus amigos iban a pedirles lo que ellos no podían dar, pues apenas tenían el prestigio de sus nombres y el título del Ministerio, pero no el poder decisivo para complacer tantos apetitos, al salir de sus cargos volvían a sus casas sin peligrosidad de ninguna naturaleza. Animó a su Ministro de Obras Públicas, Pacanins, a fundar un Partido, el Parnac y a su Secretario, Rangel Lamus, a fundar otro, el PAN, y alimentados ambos por él y dependientes ambos de la misma voluntad, el uno vigilaba enconadamente las palabras y las acciones del otro, beneficiándose de esta mutua vigilancia, pues cada personaje relataba a López, todas las mañanas, la vida y milagros de su enemigo palaciego. Decía a los regionalistas cerriles y un poco desolados ante la necesidad de dar cabida a todos los venezolanos en los cargos de la Administración Pública, que esperaran confiados, que el era "el Jefe natural de la Causa" y cuando gente de Oriente y del Centro abordaban los ternas, les recordaba malicioso su origen caraqueño, sus años de vida en el Centro, su familia oriental. Ningún Secretario logró durante su tiempo el papel de Gran Mentor o Co-Presidente. Y cuando Rangel Lamus, el más importante de todos, se creía el florentino de la Señoría, se enteró una mañana que desde la noche anterior lo había reemplazado un honesto abogado trujillano. Con el problema de sucesión presidencial, no actuó en forma distinta. Mantuvo en muchos la esperanza de la designación. Más de cinco generales recibieron oferta formal. Más de cinco doctores hablaron en la intimidad de sus alcobas, con sus esposas, acerca de los días de gloria que les había prometido el General López, con la designación para sucederlo en el cargo supremo. El doctor Diógenes Escalante, alquiló casa y compró muebles, Félix Galavís creía estar seguro. A Cristóbal L. Mendoza le dejó ver la posibilidad. A José Antonio González, también. Mejía, Pietri y Rangel, lo creyeron. Y a la postre impuso su candidato. A la oposición popular, de base estudiantil y obrera, la única, la auténtica, apenas la toleró un año. Las fuerzas populares jugaron todos sus efectivos y su futuro en una sola carta la huelga de junio. La represión más enconada dio al traste con las nacientes organizaciones. Y en todo el país no quedaron como fuerzas de acción sino los grupos estadales, con fin exclusivamente electoral, denominados Cívicas Bolivarianas. Estas Cívicas constituyeron en el tiempo post-gomecista, el primer ensayo de un curioso sistema que UCAB/CIC/RECOM/SVI/Ramón José Velásquez. Página 5 de 7.
(6) ya va adquiriendo características de institución tradicional: hacer política al margen de la política y sin políticos. Agrupaban en su seno a esos ciudadanos que el lenguaje convencional de los periódicos llama "elementos representativos", "fuerzas vivas". Gente bien olientes, cómodas y simpáticas que en corrillos y entrevistas dan declaraciones en las cuales se autotitulan "elementos de orden y trabajo, enemigos de la política", pero silenciosos y eficaces usufructuarios de todas las situaciones y de todos los regímenes. Grata compañía para la hora del triunfo y de la bienandanza, huidizos y desmemoriados en los tiempos de la cruel derrota. Y así llegó al término de su período. Durante su mandato no hubo conspiraciones, ni levantamientos. Y dejó en el mando a quien quiso. Una elección equivocada Los grandes electores siempre se equivocan. Meditan largos días acerca de quién es la persona que más les conviene para prolongar su influencia y terminan eligiendo a quién menos está dispuesto a hacer el papel de marioneta. Lo que le está pasando a Grau en Cuba, con Prío, le pasó al cauteloso López Contreras en Venezuela, con Medina. Medina gobernó a su leal saber y entender. Adoptó otro estilo, llamó a otros hombres. López, enconado, decía que eran cosas del Secretario. Detrás de López asomaba la faz de otro Secretario, Rangel Lamus ahora de regreso a su confianza. Duelo de Secretarios, como el de Gutiérrez y Planas en tiempos de José Tadeo y José Gregorio. En política no hay mayores odios que los que sienten quienes hasta ayer fueron aliados y amigos. Frente al candidato de Medina y del Gobierno, para la sucesión presidencial, López construyó su propio Partido, también bajo el aspecto de Juntas Estadales de acción electoral y lanzó su candidatura. Por primera vez se dividía la gente que dominaba el aparato político, policial y administrativo del Estado, desde 1899. La Presidencia rotatoria López Contreras sabía que hacer política electoral es difícil en Venezuela cuando no se cuenta con las ventajas del Poder. Sin embargo logró sembrar preocupación en el Gobierno. La elección la practicaría el Congreso y diputados hubo que firmaron compromisos con Medina y con López. Para asegurar su Estado Mayor, lanzó la curiosa teoría de la Presidencia rotatoria. "En Venezuela, decía, hay escasez de candidatos presidenciales". Cuando yo vuelva a dejar el Poder aspiro a tener formados lo menos cuatro, en la forma siguiente: yo me encargo y luego pido permiso por seis meses, entonces viene Rangel; luego, otro seis meses, entonces viene Pietri; luego, el doctor Díaz, o Mejía o Egaña. Sorprendidos dormidos Y en éstos dimes y diretes andaban en estos devaneos, cuando los sorprendió el golpe militar del 18 de octubre de 1945. Nadie sabía nada. En el primer instante, Medina creyó que eran cosas de López. Los lopecistas creían que era una maniobra de Medina para evitar el triunfo de López. Y mientras tanto tomaba cuerpo la sublevación. Cuando llegaba a Miraflores, a informarse de la verdad de la situación, lo detuvo un Subteniente y lo desarmó. "Joven, estas cosas las castiga Dios", fue cuanto le dijo. Después de varios días de prisión lo expulsaron para Estados Unidos. Dos conspiraciones Y empezó de nuevo, tras cinco años de paz, el tiempo de las conspiraciones venezolanas en el exterior. Esas conspiraciones que con tanto cuidado se preparan y que luego no paran en nada. Era un permanente ir y venir: de Ciudad Trujillo a Managua, de Miami a Nueva York, de Barranquilla a Cúcuta. Enviados y más enviados. Compromisos y promesas. Todos iban a López como el centro natural. López disertaba, pedía informaciones y más informaciones. Seguridades. Plazos. De pronto. UCAB/CIC/RECOM/SVI/Ramón José Velásquez. Página 6 de 7.
(7) comprendió que su jefatura revolucionaria empezaba a cuartearse, que la fe en su estrella tambaleaba y tras de comentar: "aquí en Miami hay dos conspiraciones: una de todos contra Acción Democrática y otra de todos menos yo, contra mi", cogió el tren y se fue a New York, a vivir lejos de las intrigas de la Florida y a escribir su libro de recuerdos, cuyo título evoca el de los panfletos, adventistas: "El Triunfo de la Verdad". Impasibilidad ante el ataque Aconseja Baltasar Gracián en su sapiente Oráculo que el hombre en el combate de la política debe permanecer impasible ante el ataque. Ni vituperio, ni halago deben trastornar sus planes, ni alterar el gesto de la cara, la acción de las manos o el compás de los pasos. López Contreras, quien apenas habrá tenido tiempo de informarse acerca de la remota existencia de un Gracián y que mirará con desabrimiento y desinterés la portada de "El Príncipe", practica sin saberlo muchas de las reglas que para el dominio de los hombres, aconsejan estos consagrados maestros universales. Entre otras, la de no mostrar cambio en el gesto habitual ' en ninguna de las ocasiones en que testigos, así sean los más íntimos, puedan observar las reacciones del personaje frente a los ataques que se le prodigan. Habla poco de sus enemigos y cuando lo hace les antepone su titulo, manera de ser parecida a la de aquellos oradores colombianos, que en los tumultos del 9 de abril, en Bogotá, pedían: "la horca para el Excelentísimo Señor Presidente, doctor Ospina". En su tertulia de New York, cada visitante creía de su obligación hablar muy mal del entonces Presidente del Gobierno venezolano. López una tarde sorprendió al auditorio con esta original teoría: "A mí me piden que odie al señor Betancourt y yo no lo puedo odiar. Y no puedo odiar al caballero Betancourt porque él completó mi personalidad de hombre público venezolano. Y es que sin destierro y sin cárcel no hay políticos en Venezuela. Ustedes lo saben, desde el Libertador, cuando el infame decreto. Y luego le tocó a Páez, y a Monagas, y a Mariño, y a Guzmán. Eso lo dice la historia". No hay nada nuevo, ni la Avenida Bolívar Al cabo de seis años de destierro, regresó este cauteloso y complicado político venezolano, mezcla de andino y caraqueño, de militar y civil, de seglar y clérigo, de vivo y de ingenuo. Dijo que llegaría en barco y llego en avión. Anunció su arribo para la mañana del miércoles y llegó el martes a la hora del crepúsculo. Lo esperaban por el mar y descendió de las nubes. Cuando le preguntaron los reporteros cómo encontraba al país, comentó: -Todo lo mismo. Porque la Avenida Bolívar fue planeada bajo mi Administración. Y mis amigos siguen siendo mis amigos y mis enemigos siguen siendo mis enemigos. Agregó que viene a acompañar a sus hijas, quienes tienen vacaciones hasta el otoño... © Copyright Ramón J. Velásquez Todos los derechos reservados. UCAB/CIC/RECOM/SVI/Ramón José Velásquez. Página 7 de 7.
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