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Clase obrera, intelectualidad y lucha armada: Análisis del 68 alemán e italiano

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Clase obrera, Intelectualidad y Lucha armada. Análisis del 68 alemán e italiano

Working Class, Intelligentsia and Armed Struggle. An analysis of the 1968 movements in Germany and Italy

ADRIÁN ALMEIDA DÍEZ Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea

[email protected]

Resumen: El presente artículo pretende repasar brevemente la relación entre intelectualidad y la lucha de la clase obrera, con especial atención al período de 1968 en el contexto alemán e italiano y al fenómeno de la lucha armada.

Palabras clave: Intelectuales, lucha armada, República Federal de Alemania, Italia, socialismo, violencia política.

Abstract: This article attempts to explain briefly the relation between intellectuals and the working class struggle, taking special attention to the period of 1968 in the German and Italian context and to the emergence of the armed struggle.

Keywords: Intellectuals, armed struggle, German Federal Republic, Italy, socialism, political violence.

Recibido: 5 de enero de 2017; aceptado: 17 de abril de 2017; publicado: 27 de marzo de 2018.

Revista Historia Autónoma, 12 (2018), pp. 205-223.

e-ISSN: 2254-8726; DOI: https://doi.org/10.15366/rha2018.12.011.

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206 Introducción

El final de la Segunda Guerra Mundial marcó en Occidente la conclusión definitiva de las luchas obreras tal y como se entendían en el pasado. En este sentido, la revolución, la revuelta y la insurrección, formas tan típicas hasta entonces de la lucha obrera, se vieron arrinconadas a tenor del buen hacer económico y la puesta en marcha del Estado del Bienestar en los países occidentales, que mejoraron la calidad de vida de la clase obrera. Aún hubo tiempo, no obstante, para que la izquierda tuviera una oportunidad de plantear alternativas al consumo masivo y cerrazón conservadora que trajo aparejada la instalación de la sociedad del bienestar. Como decía Sidney Tarrow, los movimientos sociales de los años 60 estaban “más ligados al bienestar que a la miseria”1. Aquellos años, marcaron, en efecto, un antes y un después, en Occidente y también en América Latina y en el bloque socialista. En concreto, 1968 fue un año que pasará a la historia como el “último ensayo” de revolución tradicional. Un año que se estudiará por las nuevas generaciones —dirá Arendt— como antaño se estudió y se analizó 1848.

1968, el año del nacimiento de la llamada nueva izquierda, comenzó a activar una sintonía, en todo caso, extraña en el accionar de la izquierda. Por primera vez, se pusieron en evidencia dos circunstancias que tuvieron una enorme trascendencia. De un lado, en países como Francia, la revuelta se propició de un modo, podría decirse, clásico: una vanguardia estudiantil, intelectual, arrastra en sus reivindicaciones políticas a los obreros. En contraste, en la República Federal Alemana, cada uno de estos sectores en protesta durante el 68 alemán, configuró reivindicaciones distintas y asumió, a su vez, prácticas políticas diferentes. La última de las grandes estrategias desarrolladas por la nueva izquierda occidental fue la lucha armada, la cual se planteó como una vía radical y en cierto punto desesperada, para la consecución de una clase obrera dispuesta a la revolución social, toda vez que esta había seguido a los estudiantes en las protestas (al menos durante ciertos períodos), desmarcándose de los sindicatos y partidos clásicos, pero que, en última instancia, no secundó las propuestas de revolución. El presente ensayo trata de reflexionar sobre aquel período de cambio en las relaciones de producción capitalistas, de emergencia de una nueva generación y de una nueva izquierda que, en última instancia (y no en bloque), desarrolló estrategias de lucha armada.

1 Tarrow, Sidney, El poder en movimiento, los movimientos sociales, la acción colectiva y la política, Madrid, Alianza, 1997, p.149.

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1. El Partido y la masa

El operaísmo italiano, surgido en los años 60, marcó una línea novedosa para la izquierda, al comprometer lo que tradicionalmente se había asumido por todas las posturas de izquierda hasta ese momento: la necesidad del partido político. Un partido que llevara a las luchas políticas aquellas reivindicaciones de corte laboral que pudieran darse de forma espontánea entre la clase trabajadora. En ese sentido, y marcando una cierta sintonía con lo que había sido la postura tradicional del anarquismo en torno a la huelga revolucionaria, el operaísmo pergeñó una tendencia que no obstante ya había sido ensayada con los planteamientos en torno al sindicalismo revolucionario. A su vez, tal tendencia, también llamada marxismo autonomista, recogió los frutos que otro italiano, Gramsci, había considerado al hablar del

“consejo de fábrica”. El de Ales, con aquel planteamiento, sugirió la creación en el mismo entorno productivo de una institución propia de la clase trabajadora, al margen, si bien no de espaldas, de la institucionalidad del Estado burgués. La significación que este planteamiento logra entre las nuevas corrientes de izquierda en Italia es fundamental en un sentido: la Italia de los años 60-70 ha dejado de contar, al igual que Alemania Federal, con partidos de izquierdas abiertamente revolucionarios. En el caso italiano, PCI y PSI adoptan por el período el papel de verdaderos estabilizadores del sistema. En Alemania, se ilegaliza al KPD en 1956. En 1959, y tras el Congreso de Bad Godesberg, el SPD gira hacia el socioliberalismo, concluyendo así definitivamente su camino por el marxismo. Con ese paso, que convertía al SPD en un “partido atrapatodo” (Otto Kirchheimer), la formación se propuso la tarea de llegar a gobernar Alemania.

Johannes Agnoli ya recordaría que la estabilidad de las nuevas democracias en los Estados capitalistas europeos salidos de la Segunda Guerra Mundial, dependía del carácter que fueran a tomar los partidos de clase y la propia clase obrera2.

Tiempo atrás, las discusiones sobre el carácter del partido fueron muy importantes. Rosa Luxemburgo, en Alemania, planteó una línea de análisis crítica con el partido socialdemócrata al querer este plantear una eliminación de las propuestas revolucionarias (Berstein) o su aplazamiento ad infinitum hasta el día en que el capitalismo se desmoronara por sus propias contradicciones (Kautsky). Influenciada, como el resto de miembros socialdemócratas, por los sucesos revolucionarios de Rusia de 1905, Luxemburgo considerará que por encima de las tareas parlamentarias de la formación política o la simple organización de la clase obrera3, se hallaba la huelga de masas como elemento decisivo en la toma del poder político por parte de la clase trabajadora y en la consiguiente eliminación del capitalismo: “la huelga de masas es

2 Agnoli, Johannes y Peter Brückner, La transformación de la democracia, México, Siglo XXI, 1968.

3 Fetscher, Irin et al. (dirs.), El Socialismo. De la lucha de clases al Estado providencia, Barcelona, Plaza&Janés, 1976, p. 151.

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simplemente la forma de la lucha revolucionaria”4 en la etapa capitalista de la lucha de clases.

En dicha huelga, en la que confluirían los objetivos económicos y políticos, el papel de la socialdemocracia “no consiste en preparar y dirigir técnicamente las huelgas de masas sino, […]

en dirigir políticamente la movilización en su conjunto”5 de cara a “mantener permanentemente al proletariado en tensión revolucionaria”6.

En Italia, Gramsci situó al partido en una posición de “animador interno” de las clases populares, contraponiendo, en cierta forma, la atribución militarizada e instrumental del partido sostenida por Lenin. El partido, núcleo de intelectuales, debía fundamentar la lucha política desde el aporte cultural para el cambio social. La misión del partido, en definitiva, se centraría en “arrebatar la hegemonía social a las clases dominantes mediante otra hegemonía”7 alternativa y constitutiva de una nueva organización social. El Partido sería —dice Gramsci— “primera célula en la cual se resuman los gérmenes de voluntad colectiva que tienden a convertirse en universales”8.

Gramsci, a su vez, pretenderá una argumentación superadora de la visión tradicional de los partidos políticos aducida por los pensadores clásicos del tema como Ostrogorski, Weber, Michels (o en fechas más recientes, Duverger). Autores centrados en el estudio de la dinámica organizativa del partido, al que atribuían una tendencia evolutiva hacia la burocratización y el elitismo9. Para Gramsci, el partido no sería tampoco una organización basada en la conquista y ejercicio del poder, como señalarán Loewenstein o Weber10, sino el “Príncipe moderno”, configurador de la sociedad futura. El italiano lo expresa así: “el protagonista del nuevo Príncipe no podía ser un héroe personal, sino un partido político, el determinado partido que en cada momento dado […] intente crear un nuevo tipo de Estado”11. Como Sorel o Luxemburgo, Gramsci consideró que el papel del marxismo en general no era dirigir, sino hacer pensar por sí mismo al pueblo12.

Lenin, por otro lado, se había basado en una idea fundamental para caracterizar el papel del partido: la absoluta distancia entre los levantamientos espontáneos de las masas obreras y su capacidad para constituirse en una masa que trascendiera sus luchas laborales. Es decir,

4 Luxemburgo, Rosa, Huelga de masas, partido, sindicatos, p. 187. «https://www.marxists.org/espanol/

luxem/06Huelgademasaspartidoysindicatos_0.pdf» [consultado el 28 de abril de 2017].

5 Ibídem, p. 205.

6 Fetscher, Irin et al. (dirs.), El Socialismo… op.cit., p. 152.

7 González Casanova, José Antonio, Teoría del Estado y Derecho Constitucional, Barcelona, Vicens-Universidad, 1980, p. 182.

8 Gramsci, Antonio, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, Madrid, Nueva Visión, 1980, p. 12.

9 Michels expresaba la llamada “ley de hierro de la oligarquía”: “la organización es lo que da origen a la dominación de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegantes.

Quien dice organización dice oligarquía”. Cita procedente de Michels, Robert, Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna, citado en Caparrós Valderrama, Rafael,

“Robert Michels y las teorías competitivas de la democracia”, en Entelequia, 6 (2008), pp. 207-243.

10 Sánchez Agesta, Luis, Principios de Teoría política, Madrid, Editorial Nacional, 1983, p. 224.

11 Gramsci, Antonio, Notas… op. cit., p. 28.

12 Kanoussi, Dora, Una introducción a los cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci, México, Plaza y Valdés, 2000, p. 122.

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Lenin constató en la obra ¿Qué hacer? que unos obreros espontáneamente organizados, incluso tendentes al socialismo, se hallaban, no obstante, peligrosamente atraídos hacia la influencia de la ideología burguesa, lo cual imposibilitaría una vigorización temporal de las propuestas revolucionarias13. El papel del partido con respecto a esa clase obrera pasaría por “intervenir desde el exterior, sacudiéndola para sacarla de la espontaneidad autocomplaciente”14. En 1920, Lenin lo expresaba así:

“el partido político puede agrupar tan solo a una minoría de la clase, puesto que los obreros verdaderamente conscientes en toda sociedad capitalista no constituyen sino una minoría de todos los obreros […] solo esta minoría consciente puede dirigir a las grandes masas obreras y llevarlas tras de sí”15.

Esa atribución al partido le valdrá las críticas de Luxemburgo, que polemizaría con el ruso desde 1906. Para la teórica, “revolución quería decir una sucesión de una larga e ininterrumpida lucha de clases, en las que el proletariado alcanzaría un necesario grado de madurez” y conquistaría el poder político. Este paso último no significaría un golpe de Estado de una minoría revolucionaria16. Luxemburgo, después de alabar la llegada al poder de los bolcheviques, criticará en 1918 a Lenin por la continuación de su estrategia de separación entre el partido y la clase obrera que hacía, en palabras de la teórica socialista, de las condiciones rusas una extrapolación para la estrategia revolucionaria de todos los partidos comunistas: “El peligro comienza cuando hacen de la necesidad una virtud, y quieren congelar en un sistema teórico acabado todas las tácticas que se han visto obligados a adoptar en estas fatales circunstancias”17.

En el trasfondo de este debate, nos encontramos con la permanente discusión en torno al papel del partido al respecto de la clase obrera y la revolución. Para Luxemburgo, la vía para acelerar la caída del capitalismo se basaba en la huelga de masas, y en la unidad entre la acción sindical y de partido en las tareas orientativas. En el caso de Gramsci, el partido actuaría como un núcleo intelectual a través del cual ganar la hegemonía. La postura leninista pasaba por descartar el espontaneísmo (que veía subordinado a la ideología burguesa) y plantear un partido guía que hiciera la revolución completa por la clase obrera. En medio de las propuestas del “reformismo de la difunta Segunda Internacional y el revolucionarismo de la Tercera”18 y todos sus matices, se encontrarían los austromarxistas de Otto Bauer, Max Adler o Karl Renner, entre otros.

Discusiones aparte, el partido, con independencia de su papel con respecto a la clase obrera, formaba parte integral de la propia clase obrera. Es decir, estaba formado por miembros,

13 Lenin, ¿Qué hacer?, Moscú, Progreso, 1981.

14 Zizek, Slavoj, Repetir Lenin, Madrid, Akal, 2004, p. 31.

15 Lenin, Discursos pronunciados en los congresos de la Internacional Comunista, Moscú, Progreso, 1976.

16 Fetscher, Irin et al. (dirs.), El Socialismo… op. cit., p. 151.

17 Luxemburgo, Rosa, La revolución rusa, pp.401-402 «https://www.marxists.org/espanol/

luxem/11Larevolucionrusa_0.pdf» [consultado el 28 de abril de 2017].

18 Sasson, Donald, Cien años de socialismo, Barcelona, Edhasa, 2001, p. 99.

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por una dirigencia, que, en su mayoría, provenía de la propia clase obrera. Tras la primera posguerra del pasado siglo, aquella tendencia de los cuadros de los partidos comunistas cambió de una forma evidente. Hogaño, serían los propios intelectuales (en principio no llamados a tal tarea) quienes masivamente se adentrarían en el proceso revolucionario. Aquellos cuadros de estudiantes salidos de las universidades, que, en efecto, dejarían de cumplir su papel cohesionador de la sociedad capitalista, para adentrarse en un proceso de cambio radical convirtiéndose en revolucionarios. Hobsbawm escribía en 1971:

“el que los revolucionarios típicos de hoy sean intelectuales […] puede verificarse examinando la composición de las organizaciones y grupos, generalmente muy pequeños, que proclamaban partidarios de la revolución en su sentido más literal, es decir, de la insurrección o del total rechazo del statu quo…”19.

Tales intelectuales habrían escapado de unas condiciones de vida que pudieran catalogarse de proletarias y si se hallaron en vías de convertirse en revolucionarios, siguiendo al historiador británico, es porque sus condiciones de acceso a los puestos de élite en la sociedad capitalista se encontraban cerrados. Hobsbawm ha dicho, precisamente, que en el caso de las revueltas de México, los estudiantes eran conscientes de que a mayores cantidades de rebeldía “mejores serían los empleos que les ofrecerían al licenciarse”20. Es pues, que tratarían de abrir esa puerta cerrada a patadas a sabiendas de que si no lo hacían, su proceso de conversión intelectual, tras largos años de esfuerzos, económicos y académicos, no se vería nunca recompensado ni socialmente reconocido. Lo que debe quedar claro, como apunta Bobbio, es que el papel del intelectual varía en función de sus intereses con respecto al poder, sin constituir nunca una clase homogénea ni tener una única doctrina21. En ese sentido, “los intelectuales tienen el derecho a manifestar tanto su consenso como su disenso frente al poder dependiendo del período histórico”22. Theodor Geiger o Lewis Coser han observado cuatro actitudes de los intelectuales en relación al poder dependiendo de si ellos están en el poder, si tratan de influir en él desde fuera, si lo legitiman o si lo critican y combaten23.

En las revueltas que se darán en los años sesenta y setenta en Europa, nos encontramos así con un colectivo intelectualista que mayoritariamente criticará y combatirá al poder en base a sus oportunidades dentro de la sociedad. Se dará, paralelamente, un fenómeno de enorme trascendencia: los partidos de izquierda tradicional y los sindicatos de los países se verán, al menos parcialmente, desplazados de los procesos de revuelta. En primer lugar, porque la tarea

19 Hobsbawm, Eric, Revolucionarios, Barcelona, Crítica, 2013, p. 347.

20 Hobsbawm, Eric, Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 2012, p. 302.

21 Díaz, Elías, “Norberto Bobbio: la responsabilidad del intelectual”, en Doxa, 28 (2005), pp. 37-49. DOI: https://

doi.org/10.14198/DOXA2005.28.02.

22 Baca Olamendi, Laura, “Los intelectuales y el movimiento del 68”, en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, vol. 43, 147 (1998), pp. 161-180. «http://www.journals.unam.mx/index.php/rmspys/article/

download/49133/44186» [consultado el 28 de noviembre de 2016].

23 Díaz, Elías, “Norberto…” op. cit., pp. 37-49.

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de agitación y la reivindicación política en la calle la asumen, como se verá muy claramente en Francia, los propios estudiantes, trayendo desde fuera —parafraseando a Lenin— y con el recelo de los propios comunistas, la conciencia socialdemócrata. En segundo lugar, las reivindicaciones de corte laboral son asumidas directamente por las propias masas obreras que sobrepasan en su accionar espontáneo a las centrales sindicales (en Italia y Francia). Es significativo, por ejemplo, que en 1968, la densidad sindical en Francia era de apenas el 20%24. Igualmente, el PCF se afanaba durante aquel período en “reafirmar su control cuando los obreros empezaron a participar en las acciones de los estudiantes”25. El 21 de mayo de 1968, 5 millones de trabajadores franceses se encontrarían en huelga26.

Aquel fenómeno contestatario abrió precisamente interrogantes muy hondos en el seno de la izquierda marxista-leninista, ya que tanto en el campo laboral como en el estrictamente político veía que el proceso espontáneo los dejaba fuera de la acción de revuelta. En otro sentido, se constató que la intelectualidad de izquierdas, o revolucionaria, y buena parte de los obreros no militaba, como sí lo harían al finalizar la Segunda Guerra Mundial, dentro de los partidos y sindicatos comunistas. Por el contrario, la intelectualidad estudiantil, adoptó generalmente propuestas de acción, llegando incluso a clamar por la revolución y arrastrar, como en el caso francés, a los propios sindicatos.

Surgirían en esta época en paralelo nuevas propuestas en torno al marxismo, como el autonomismo, y se volvería a un marxismo idealista que sería criticado por Althusser. Autor que atacaría sin contemplación el historicismo de Gramsci y sus propuestas, rescatadas en América Latina con especial impulso, en torno a la “filosofía de la praxis”. A la sazón, las nuevas generaciones de izquierda se vieron muy estimuladas por las luchas antiimperialistas del Tercer Mundo (incluso más que por la tradición antifascista)27. Mao, Fanon, el Che, Debray, Carlos Marighella, Gramsci, Lukács, Luxemburgo o Kosch se convirtieron durante la época en las referencias intelectuales de la nueva izquierda. China, Argelia, Cuba y Vietnam sustituyeron a la URSS como referencia internacional de los procesos de emancipación. “Los jóvenes marxistas y sus viejos profesores estaban en desacuerdo con los que hasta entonces habían sido los dos modelos principales del socialismo”, el modelo de Berstein o el de Stalin28. La aparición de estos nuevos movimientos sociales, por consiguiente, y como ha indicado McAdam, no tiene que ver en exclusiva con una estructura de oportunidades políticas domésticas (EOP), sino con la activación de procesos políticos a escala global29. Desde el análisis de la EOP, hay que indicar

24 Eley, Geoff, Un mundo que ganar, Barcelona, Crítica, 2003, p. 345.

25 Ibídem, p. 345.

26 Gern Rainer, Horn, “The changing nature of European working class”, en Fink, Carol et al., 1968: The World Transformed, Washington, German Historical Institute, 1998, p. 353. DOI: https://doi.org/10.1017/

CBO9781139052658.

27 Gildea, Robert et al., “European radicals and the Third World. Imagined solidarities and radical networks 1958-73”, en Cultural and Social History, 8 (2011), pp. 449-472. DOI: https://doi.org/10.2752/14780041 1X13105523597733.

28 Sasson, Donald, Cien… op. cit., p. 428.

29 McAdam, Doug, “Orígenes conceptuales, problemas actuales y direcciones futuras”, en Ibarra, Pedro y Benjamín Tejerina, Los movimientos sociales. Transformaciones sociales y cambio cultural, Madrid, Trotta, 1998, p. 91.

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en paralelo, y siguiendo a Sidney Tarrow y Donatella della Porta, que la desactivación de los movimientos sociales durante las ofensivas gubernamentales fundamentó, en buena medida, la aparición de grupos practicantes de la lucha armada bajo la estrategia del terrorismo30. Al respecto del caso italiano, los autores apuntan precisamente que “las formas más dramáticas de movilización surgen cuando el ciclo de protesta masivo declina; con otras palabras, cuando la movilización de masas se relaja, la violencia política se incrementa en magnitud e intensidad”31.

2. Los hechos

La República Federal de Alemania, surgida en 1949 tras los acuerdos alcanzados entre las autoridades alemanas de los Länder y las potencias de ocupación occidentales, logró durante una larga década un potencial económico enorme, que comenzó a agotarse a mediados de los años 60. Este agotamiento, circunscrito a un descenso de la tasa de beneficio (motivada, como en Italia, por el fin de la fase expansiva de contratación laboral a tenor del cierre de las “fuentes internas de mano de obra sobrante” y un cambio en la composición orgánica del capital)32, vino acompañado por un resquebrajamiento del orden político prevalente desde la formación de la república. En el resquebrajamiento del primer paradigma republicano tuvo mucho que ver la renuncia de la socialdemocracia al marxismo primero y, después, a su papel de oposición a los democristianos, cuando aceptó entrar en el gobierno federal con estos. Como señalaba Agnoli, se estaba produciendo en la RFA un rebrote clandestino de los postulados izquierdistas comandados por ciertos intelectuales —Böll, Marcuse, Abendroth, etc.—33 algunos sectores minoritarios de los trabajadores industriales y una gran capa de profesores y estudiantes de las universidades. En tal sentido, y aunque sin exagerar las conexiones entre ambos elementos, nos encontramos a mediados de los años 60 con una ralentización del “milagro económico” y con una ruptura del paradigma político que había guiado a la RFA desde 1949. Comienza así, a partir de esta época, a cuestionarse el paradigma antitotalitario (que volvía equivalentes al

30 La obra Los condenados de la tierra de Fanon resultará paradigmática de la legitimación de la violencia. En su prólogo, Sartre escribía: “ninguna dulzura borrará las señales de la violencia; solo la violencia puede destruirlas”, en Fanon, Frantz, Los condenados de la tierra, Tafalla, Txalaparta, 2004, p. 18.

31 Della Porta, Donatella y Sidney Tarrow, Unwanted Children: Political Violence and the Cycle of Protest in Italy, 1966-1973, citado en Sánchez Cuenca, Ignacio y Paloma Aguilar Fernández, “Violencia política y movilización social en la transición española”, en Baby, Sophie, et al., Violencia y transiciones políticas a finales del siglo XX.

Europa del Sur-América Latina, Madrid, Casa de Velázquez, 2009, pp. 96-97.

32 Sasson, Donald, Cien… op. cit., p. 402; y Heinz-Roth, Karl y Angelika Ebbinghaus, El otro movimiento obrero, Madrid, Traficantes de Sueños, 2001, pp. 309-330-331. El retraso en la introducción de nueva tecnología en las industrias alemanas durante el período precedente y el aumento permanente de la mano de obra habían motivado, junto con otros factores, un aumento elevado de la tasa de ganancia. Cuando la demanda de fuerza de trabajo excedió su oferta, los obreros y sindicatos “se encontraron en un mercado favorable al vendedor”. Sasson, Donald, Cien… op. cit., p. 402.

33 Agnoli, Johannes et al., 1968. El mundo pudo cambiar de base, Madrid, Catarata, 2008, p. 222.

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nazismo y al comunismo) y la memoria oficial del olvido con respecto al nazismo (que había supuesto una reintegración de ex cargos nazis en el funcionariado). En definitiva, se inicia una ruptura (generacional, política y económica) con la “época Adenauer”. Período en el cual se asientan los principios básicos del actual Estado Alemán.

El papel pactista de la socialdemocracia, que salva a los democristianos en las tareas de gobierno para salvar a su vez a todo el Estado34, viene motivado en buena medida por la desaceleración económica. En 1967, 742 empresas se ven afectadas por huelgas35. Dos años antes, la cifra de empresas afectadas no pasaba de 2036. En ese contexto, las propuestas socialdemócratas en torno a la extensión del Estado social fueron bienvenidas. La coalición gubernamental entre los dos teóricos extremos, formada en 1966, acabará por generar una frustración general entre la clase estudiantil, que cuestionaba el corporativismo del Estado y la nula crítica al pasado. La clase obrera, no obstante, nunca se acercó en demasía a una lucha conjunta con los estudiantes, a pesar de que durante dos décadas, como señalan Heinz-Roht y Ebbinhaus, no decayeran las llamadas a las huelgas37. En abril de 1968, el diario liberal Der Spiegel calculó que solo el 32% de los obreros berlineses de entre 16 y 30 años apoyó la revuelta en la ciudad38. Albert Steger recogía las siguientes declaraciones de un obrero alemán por la época:si los estudiantes quieren destruir todo en nombre de los trabajadores, nosotros no lo vamos a apoyar. Siempre acabamos pagando nosotros, pues somos nosotros quienes debemos reconstruir todo”39. La clase estudiantil, encuadrada en la Oposición Extraparlamentaria (APO), postularía el antiautoritarismo como gran bandera, que se articuló en el rechazo a la despolitización y el autoritarismo de los poderes de Bonn (especialmente tras la introducción por parte del gobierno de la Gran Coalición de las Leyes de Emergencia). Los estudiantes buscarían volver a las formulaciones plenamente liberales del parlamento y el orden institucional, los cuales eran considerados por este bloque de protesta como plenamente vendidos a los intereses de un capitalismo que incitaba al consumo masivo y a “la vegetación de las mercancías”40. Durante las protestas y los análisis de los estudiantes al sistema político-económico federal, cabe destacar la enorme influencia que ejerció sobre ellos el filósofo de la escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse, con obras tan paradigmáticas como El hombre unidimensional. En palabras de André Gorz:

34 Sacristán, Manuel, “Cuando empieza la vista”, en Grützbach, Frank, Heinrich Böll: un artículo y sus consecuencias, Barcelona, Seix Barral, 1976, p. 12.

35 Statistisches Jahrbuch für die Bundesrepublik Deutschland,1969, Streiks, Stuttgart, Statisches Bundesamt, 1969.

36 Statistisches Jahrbuch für die Bundesrepublik Deutschland,1968, Streiks, Stuttgart, Statisches Bundesamt, 1968.

37 Heinz-Roth, Karl y Angelika Ebbinghaus, El otro… op. cit., p. 329.

38 “Was denken die Berliner über die Studenten? Blitzumfrage des Spiegel über die Reaktion auf die Oster- Demonstration in Berlin”, en Der Spiegel, 22 de abril de 1968. «http://www.spiegel.de/spiegel/print/d-46106800.

html» [consultado el 3 de abril de 2017].

39 Steger, Hans Albert, “Los movimientos estudiantiles en Alemania como problema sociológico”, en Revista Mexicana de Sociología, vol. 33, 1 (1971), pp. 101-120. DOI: https://doi.org/10.2307/3539525.

40 Cotarelo García, Ramón, “La praxis de la teoría crítica”, en Boletín Informativo de Derecho Político, 1 (1978), pp. 45-57.

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“el interrogante que plantea Herbert Marcuse es si una sociedad industrialmente avanzada no producirá individuos esencialmente incapaces de sobreponer su buen sentido a las mezquinas exigencias y a las limitaciones a que están expuestos por el proceso que ha desatado la producción y el consumo de masas”41.

Las propuestas estudiantiles primigenias caen en un orden esencialmente reformista, tanto en Alemania como en Italia. No obstante, en el caso alemán e italiano, el movimiento de protesta acabó por radicalizarse y postular plenamente la acción revolucionaria y violenta.

Lo cual, en esencia, acabó por derivar en propuestas de lucha armada durante los años 70.

Alexander Straßner ha considerado, no obstante, advertir que, aunque no hay explicación de la lucha armada sin el movimiento estudiantil, la mayoría de estudiantes no se decantó por ella42. Della Porta ha advertido, en la misma línea, que el surgimiento de la violencia no procede de la propia ideología de la movilización estudiantil, sino del decrecimiento de la propia movilización masiva43.

En Italia se desarrollaría igual que en el caso alemán, aunque con un poso ideológico y teórico mucho más profundo, una ruptura con el proceso que se había denominado de “Reconstrucción”. Un período en el cual, y bajo la necesidad de reconstruir el país, las organizaciones de izquierda, especialmente el Partido Comunista, se habían abandonado a los pactos de Estado y habían asumido la renuncia a los planteamientos revolucionarios. Los años cincuenta italianos evidenciaron igualmente la existencia de dos bloques obreros en el seno de las fábricas, tal y como recogen Nanni Balestrini y Primo Moroni44. Estos bloques eran:

obreros profesionales con memoria política y herederos de la Resistencia, y obreros de escasa cualificación, inmigrados del sur del país y de escaso encuadre político. Como ocurriría en la RFA, durante los años 50 se inició también en Italia un proceso arduo por parte del empresariado por salvar el modelo de producción industrial clásico del fordismo, a base del ofrecimiento de trabajo a masas de trabajadores inmigrantes45 que entraban inmediatamente a competir con los trabajadores autóctonos (política o sindicalmente militantes). Entre 1955 y 1971, 9 millones de personas se desplazan del sur al norte italiano. En ese contexto, los recién llegados se encuentran con problemas derivados de falta de infraestructuras y servicios sanitarios, y con el desprecio de los oriundos46. Fueron precisamente estos obreros inmigrantes, que carecían de experiencia de protesta previa y de militancia en los sindicatos y partidos de clase tradicionales (una tipología

41 Gorz, André, “El hombre unidimensional de Marcuse”, en Marcuse, Herbert, La sociedad industrial y el marxismo, Buenos Aires, Quintaria, 1969, p. 80.

42 Straßner, Alexander, “Die 68er-Bewegung und der Terrorismus in der Bundesrepublik”, en Lingen, Markus et.al., Historisch-Politische Mitteilungen. Archiv für Christlich-Demokratische Politik, Colonia, Böhlau-Verlag, 2013, p. 101.

43 Della Porta, Donatella, Social Movements, Political Violence and the State. A Comparative analysis of Italy and Germany, Cambridge, Cambridge University Press, 2006, p. 196.

44 Balestrini, Nanni y Primo Moroni, La horda de Oro 1968-1977. La gran ola revolucionaria, creativa y existencial, Madrid, Traficantes de Sueños, 2006.

45 En la RFA, desde el sur de Europa y desde la República Democrática de Alemania.

46 Negri, Antonio, Los libros de la autonomía obrera, Madrid, Akal, 2004, pp. 340-341.

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de obreros denominados por Mario Tronti como “obreros masa”), los que desarrollaron los procesos huelguísticos en las fábricas del entorno de Turín en 1962, los cuales tuvieron su gran culmen en la protesta desarrollada en la plaza Statuto de esta ciudad. Balestrini y Maroni comentan que:

“las huelgas de 1962 constituyen la primera gran oleada de huelgas obreras después de la Resistencia, pero también, con plaza Statuto, la primera gran revuelta obrera después de la Resistencia y la Reconstrucción, precedida solo por los acontecimientos de julio de 1960 en Génova”47.

Tras aquellas experiencias, se desarrollará un interesante debate entre los teóricos Tronti y Panzieri los cuales, y en la publicación Quaderni Rossi, comienzan a estudiar el período de huelgas y la nueva autonomía de la clase obrera en el planteamiento de sus reivindicaciones laborales, abriendo así la corriente interpretativa del obrerismo. En 1964, la publicación se divide en dos corrientes entre los partidarios de Panzieri que sugiere la independencia de las dos realidades de la sociedad capitalista, la obrera y la burguesa. Indicará a su vez, que “la lucha proletaria […] depende del momento o del desarrollo del capital y no de la radicalidad de la insubordinación obrera”48. Tronti, que fundará la publicación Classe operaia, considerará, contrariamente, que es el capital quien se ve obligado a mutar en cada fase histórica por el desarrollo de las luchas autónomas de la clase obrera. En el fondo de la cuestión, se advierte una crítica muy evidente a los partidos tradicionales de clase. En paralelo, la aceptación por parte del PCI de la doctrina de coexistencia pacífica y de la vía pacífica al socialismo, hace considerar a parte de su militancia que el partido ha renunciado a apoyar a los revolucionarios del Tercer Mundo, así como a hacer la revolución en casa. En ese contexto, fermentan a la sombra del PCI diversos grupos marxistas leninistas, que se declaran a favor de los nuevos procesos revolucionarios, y que al igual que los obreristas, habían dado constancia del “nacimiento del obrero masa”. No obstante, y al contrario que buena parte de estos últimos, los grupos se declaran abiertamente a favor de constituir un nuevo partido vanguardia49.

A estas discusiones se le unen los problemas en el seno educativo. En 1967, los estudiantes ocupan las universidades de Turín, Pisa, Milán y Venecia ante los proyectos de reforma educativa. A finales de febrero de 1968, 19 de las 33 universidades del Estado habían sido ocupadas50. En el verano de 1969, y en el contexto de las luchas obreras de la FIAT, nacen las organizaciones Potere Operaio51, de la publicación La Classe, que pone el acento en la actividad política en el seno de las fábricas, y Lotta Continua. A finales de 1969, llega el culmen de la protesta obrera ante las duras condiciones de trabajo. Los obreros se encuadran en los

47 Balestrini, Nanni y Primo Moroni, La horda… op. cit., p. 154.

48 Ibídem, p. 153.

49 Ibídem, p. 177.

50 Hilwig, Stuart, Italy and 1968: Youthful Unrest and Democratic Culture, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2009, pp. 19-20. DOI: https://doi.org/10.1057/9780230246928.

51 Arruzza, Cinzia, “El mayo reptante”, en Agnoli, Johannes et al., 1968… op. cit., p. 204.

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Comités Unitarios de Base (surgidos en 1968), junto con la clase estudiantil. En referencia al mayo francés, pero conectado a lo anterior, Astarian sostenía que “lejos de reiniciar la Comuna de París o la Revolución de Octubre, los huelguistas, tanto por su absentismo como por su rechazo violento a la vuelta al trabajo, anunciaban el fin de la identificación entre revolución y afirmación del trabajo”52.

En otras palabras, se pondría en evidencia la crisis del fordismo occidental. En esa línea, precisamente, la escuela del obrerismo italiano consideró que las revueltas contra el trabajo de los obreros durante los años sesenta era una forma de rechazo y “extrañamiento” al trabajo.

Una vía a la emancipación que, siguiendo a Franco Berardi, Bifo, superaba las propuestas del marxismo humanista en torno a la necesidad de luchar contra la alienación obrera. En opinión de este autor, y de la escuela obrerista en general, la formulación en torno a la cuestión de la intelectualidad y el trabajo tiene una importancia capital. Para el obrerismo italiano, y en contraposición a las ideas de Marcuse, la efervescencia obrera y estudiantil marca un punto de unión: la clase trabajadora tradicional se ve abocada a una fase de decadencia, explicitada por su rechazo al trabajo, al tiempo que la contestación estudiantil pone en evidencia la emergencia de una nueva clase trabajadora postfordista, sustentada en sí misma en la producción intelectual;

general intellect. En otras palabras, los estudiantes serían parte integral de la clase trabajadora dentro de una nueva fase abierta en el período final de la etapa fordista del modo de producción capitalista. Bifo:

“los estudiantes son una parte del trabajo social, trabajo en formación, un factor decisivo del cambio de la composición orgánica del capital. Por tanto, la lucha de los estudiantes no es exaltada como lucha ideológica, y menos como sustituto de la lucha obrera [Marcuse], sino que es pensada como movimiento específico de un social interno a la dinámica del trabajo productivo”53.

Desde este punto de vista obrerista, las protestas estudiantiles no son ni luchas políticas que solivianten y guíen a la clase trabajadora ni luchas sustitutas de una clase obrera enferma de inmovilismo. Las luchas estudiantiles, como las obreras, son luchas que participan del común rechazo al estadio de las relaciones de producción existentes. En otras palabras, la clase estudiantil, es vista como “una fuerza de trabajo en formación, expropiada de su saber de igual modo que los obreros fabriles son expropiados del producto de su trabajo”54. En tal sentido, los estudiantes levantados en Italia, Francia o Alemania no serían una fuerza “guía” o “sustituta”, sino esencialmente igual a la de la clase asalariada. Ambas luchas, equivalentes en los planos,

52 Astarian, Bruno, Las huelgas en Francia durante mayo y junio de 1968, Madrid, Traficantes de Sueños, 2008, p. 16.

53 Berardi, Franco, Almas al trabajo. Alienación, extrañamiento, autonomía, Madrid, Enclave, 2016, p. 44.

54 Ibídem, p. 46.

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serían, igualmente, políticas a pesar de no encontrarse “guiadas” por un grupo o colectivo de

“conscientes”. En opinión de Jürgen Krahl:

“la ausencia de una reflexión sobre la constitución […] categorial de la conciencia de clase como categoría no empírica ha llevado al movimiento socialista a una tácica reducción de la conciencia de clase en un sentido leninista que es inadecuado a la metrópolis”55.

3. Lucha armada e intelectualidad

La lucha armada marcó el final de la historia de las protestas en Italia y Alemania Federal.

Una lucha armada caracterizada por la lucha contra la institución estatal y como una última fórmula de hacer asumir a la clase obrera la necesidad de la revolución. Aspecto que convertía a estos grupos (la Fracción del Ejército Rojo, RAF, en Alemania y las Brigadas Rojas, BR, en Italia) en teóricas vanguardias y núcleos de irradiación de conciencia de clase entre los obreros.

La lucha armada se enmarcará, a su vez, en una lógica de lucha contra la propia legitimidad del ejercicio privativo de la violencia por parte del Estado. Al respecto de la violencia ejercida por estas organizaciones, hay que destacar el carácter fundacional que conceden a su empleo en un sentido soreliano —“la violencia proletaria se convierte en garantía de conciencia proletaria”56, en una alternativa de poder y “expresión de rechazo de la legitimidad del Estado en sí mismo”57— y en contraposición a las ideas sobre la violencia desarrolladas por Arendt, quien considerará la violencia en un sentido no creativo de poder, sino exclusivamente destructivo; “la violencia no puede destruir al poder; es absolutamente incapaz de crearlo”58. Hay que destacar no obstante, que tal empleo de la violencia en Sorel se halla en el ejercicio de la huelga general revolucionaria, “que se propone la aniquilación de la violencia estatal”, a la que contrapone la huelga política, cuyo objetivo es “el interés por el poder estatal”59. Benjamin, por su parte, ofrece una reinterpretación de las categorías de huelga general revolucionaria y política. Al respecto de la segunda, la huelga es un derecho natural recogido por el Estado para el ejercicio violento por parte de los obreros que desean “un cambio de amo”60. Al respecto del ejercicio de la primera, el Estado reacciona con “decidida hostilidad”, pues el ejercicio de un derecho

55 Krahl, Hans Jürgen, Konstitution und Klassenkampf, Frankfurt, Neue Kritik, 1971, en ibídem, p. 69.

56 Kersfeld, Daniel, Georges Sorel: Apóstol de la Violencia, Buenos Aires, Signo, 2004, p. 41.

57 González Calleja, Eduardo, La violencia en la política, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2002, p. 281.

58 Arendt, Hannah, Sobre la violencia, Madrid, Alianza, 2006, p. 77.

59 Pérez López, Carlos, “Walter Benjamin y Georges Sorel: entre el mito de la huelga general y una política de medios puros”, en Transformação, vol. 38, 1 (2015), pp. 213-238. DOI: https://doi.org/10.1590/S0101- 31732015000100012.

60 Mayorga, Juan, Revolución conservadora y conservación revolucionaria, Barcelona, Antrophos, 2003, p. 234.

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natural a la violencia recogida por el Estado, puede llegar a plantear la destrucción de ese propio ordenamiento jurídico en la medida en que la huelga es general.

Los obreristas interpretaron el proceso de huelgas obreras de Francia, Alemania o Italia de tal modo. Es decir, asumiendo que las “huelgas salvajes” tenían un componente esencialmente revolucionario que, por consiguiente, las atribuciones de los partidos como partidos vanguardia quedaban cuestionadas y que, en definitiva, desde la emergencia de la nueva izquierda, se arrinconaba la ambición de regir el Estado y se ponía pie a la constitución de sociedades paralelas. En esa visión tuvo mucho que ver el hecho de que, como ocurrió en Italia y Francia, las centrales sindicales y los partidos comunistas clásicos se vieran sobrepasados. Los obreristas no vieron en el desarrollo de las protestas estudiantiles, procesos típicamente vanguardistas, sino esencialmente ciclos de protesta que adelantaban una nueva fase en la cual el trabajador occidental se convertía en un intelectual. Touraine y Marcuse, por su parte, observaron a partir de las revueltas que “el movimiento obrero no será ya el actor principal de la sociedad que se está formando”61.No obstante, en opinión de la escuela italiana, el enfoque marcusiano aún

“distinguía mecánicamente […] entre lucha salarial implícitamente economicista e integrada y lucha política revolucionaria [ahora asumida enteramente por los estudiantes]”62. Desde ambas posiciones se interpretará, en palabras de Touraine, que los nuevos movimientos sociales “no se orientarán a la toma del poder sino al cambio de la sociedad”63.

La lucha armada, entendemos, se organizó desde la propia insuficiencia de obreros y teóricos intelectuales para plantear conjuntamente propuestas de cambio político plausibles. En este sentido concreto, el proceso abierto de lucha armada se proyectó como una vía desesperada por corregir procesos de efervescencia social espontánea que no llegaron a derivar en estrategias concretas por suplantar el poder Estatal vigente (incluso si, como en el caso del “Otoño Caliente”

italiano de 1969, se daban vías de lucha unificadas entre obreros y estudiantes). En este fracaso, jugarían un papel importante las propias desavenencias dentro de los movimientos, así como el recelo mutuo (más en Alemania que en Italia) entre obreros y estudiantes. En el caso italiano, la creación de los consejos de fábrica durante el otoño de 1969, marcó un punto de discordia muy importante en el plano laboral, pues fueron atacados por los sindicatos, así como por simpatizantes de Potere Operaio, Lotta Continua64 y “también por las asambleas autónomas y los comités de base”65. En diciembre del 69, sindicatos, patronal industrial y gobierno llegan a un acuerdo para el sector metalúrgico.

61 Sánchez Prieto, Juan María, “La historia imposible del mayo francés”, en Estudios Políticos, 112 (2001), pp.

109-133.

62 Berardi, Franco, Almas… op. cit., p. 45.

63 Sánchez Prieto, Juan María, “La historia…” op. cit., pp. 109-133.

64 Balestrini, Nanni y Primo Moroni, La horda… op. cit., p. 439.

65 Ibídem, p. 439.

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En ese contexto, surge el Comité Político Metropolitano de Milán (CPM) en septiembre de 1969 que, además de criticar al PCI, al que acusaba de ayudar a la represión en las fábricas66, entablará una discusión sobre el empleo de la violencia política como vía. Unos planteamientos violentos que acabaron por fermentar, desde la impotencia por la represión, el terrorismo estatal (la “estrategia de alta tensión”) y la actividad de grupos terroristas de ultraderecha (Ordine Nuovo), la acción violenta entre los colectivos de izquierdas (en concreto de la organización surgida del CPM, Sinistra Proletaria). La RAF y las BR convienen en tomar las armas a su vez como una vía profundamente simbólica de desafiar al poder político vigente, visto el nulo resultado por hacer tambalear el Estado a partir de las protestas estudiantiles o las huelgas.

Hay que recordar por mediación de Calleja que “la violencia es otra forma de hacer política, entendida esta en sentido amplio”67. Su uso tratará de controlar espacios de poder político, de influenciar en las decisiones gubernativas y de reformar, conquistar o conservar el Estado68:

“la violencia política […] forma parte de un extenso continuum de acciones demostrativas más o menos aceptadas por la sociedad, y dirigidas a la obediencia o a la desobediencia respecto del poder político […]. Normalmente, la violencia y la contraviolencia tienden […] a ser simbólicas y a constituir la demostración de un latente pero claro potencial de escalada”69.

Seguimos, por consiguiente, un modelo explicativo del terrorismo que interpreta que este es una estrategia, un instrumento, para la subversión. Una vía extremada de comportamiento político que tratará de influir en la sociedad para, a su vez, determinar o, en última instancia, conquistar el poder del Estado70. No hay que olvidar en la explicación sobre los orígenes de la estrategia terrorista, un tipo de violencia insurgente, el contexto sociopolítico y su desarrollo. La insatisfacción al respecto del sistema político, “aspectos de la modernidad como la tecnificación […], una sociedad posindustrial estable”, la falta de movilización de las masas o un “agudo descontento de individuos pertenecientes a alguna élite”, pueden ser causas de una activación de la estrategia del terrorismo71.

En virtud de lo anterior, hay que señalar que los núcleos dirigentes de la RAF y BR provienen, en mayor medida, de la clase intelectual, aquella que en la fase del posfordismo se interpreta será la clase proletaria general, y dicen surgir a partir de una necesidad constatada: no ha habido, pese a la unidad puntual entre obreros y estudiantes, tanto en el plano presente, como en la propia capacidad de conceptualización del estudiante como futuro obrero, perspectiva de socavar plenamente los rasgos presentes y futuros del capitalismo metropolitano. La unión orgánica de los teóricos partidos de clase con los elementos conservadores del Estado, la no

66 Tessandori, Vicenzo, Imputazione: banda armata, Milán, Baldini e Castoldi, 2004, citado en Azcona, Manuel y Mateo Re, Guerrilleros terroristas y revolución (1959-1988), Pamplona, Aranzadi, 2015, p. 128.

67 González Calleja, Eduardo, La violencia… op. cit., p. 265.

68 Ibídem, pp. 270-271.

69 González Calleja, Eduardo, Asalto al poder, Madrid, Siglo XXI, 2017, pp. 87-88.

70 González Calleja, Eduardo, La violencia…op. cit., p. 465-466.

71 Ibídem, pp.459-461.

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confluencia general entre obreros y estudiantes, y la incapacidad por realizar procesos radicales de cambio a partir de formas pacíficas, determinaron la asunción de vías extremas en las luchas de la izquierda. El declive de la acción colectiva —mayoritariamente— pacífica, fruto de la asunción por parte del sistema político de parte de las demandas, supuso la emergencia de otras vías para realizar los objetivos primigenios propuestos.

En la RFA, el fin de la efervescencia política culminó con la llegada del SPD al poder, que mediante una extensión en la atribución social del Estado aplacó la efervescencia en el seno de la universidad y en las fábricas72. En paralelo, el gobierno concede mayores derechos de manifestación y amnistía a varios presos del movimiento estudiantil73. Hay pues, un cambio en la EOP, que culmina con la reducción de la movilización de los movimientos sociales (y su parcial institucionalización) y con el surgimiento de grupos violentos74. La RAF surge de los rescoldos de una tendencia de la Oposición Extraparlamentaria que interpreta aquel hecho como un camino vulgar para acallar un proceso radical de cambio social y económico en la federación. La Fracción considerará igualmente que las luchas estudiantiles han sido del todo fracasadas en las tareas de orientación y dirección política: “la chispa del movimiento estudiantil […] no se convirtió en el incendio de la pradera de la lucha de clases ampliadas”75.

De forma inversa, la emergencia del grupo y la llegada de Schmidt a la cancillería, supone el retroceso de la vía reformista abierta por el antecesor de este último, Brandt. Eley concluye que el SPD, a tenor de las leyes antiterroristas sancionadas y la aprobación del Radikalenlerlass,

“malgastó la oportunidad de sacar partido a las energías de 1968. En lugar de atreverse a más democracia, según la frase evocadora de Brandt, cerró las escotillas y reabrió la grieta que lo separaba de la izquierda”76. Desde otro punto de vista, la acción de la RAF debe observarse a través de la atmosfera filosófica surgida por los integrantes de la Escuela de Frankfurt. En este sentido, tanto las revueltas estudiantiles como la posterior acción armada de la RAF serían — dice Cotarelo— acciones inminentemente superadoras de la teoría crítica formulada por Adorno y otros miembros de la Escuela. Una teoría que debía contraponerse a la teoría tradicional a través de la formulación permanente, y bajo las circunstancias de la realidad histórica dada, de vías para la emancipación social77. “La Teoría Crítica se autoconstruyó como teoría de la cosificación tardocapitalista, habilitada esencialmente para desempeñar una crítica ideológica inmanente y para formar […] la disposición estructural de una conciencia revolucionaria”78.

72 Della Porta, Donatella, Social Movements… op. cit., p. 208.

73 Della Porta, Donatella, “Movimientos sociales y Estado: algunas ideas en torno a la represión policial de la protesta”, en McAdam, Dough, et al. (ed.), Movimientos sociales: perspectivas comparadas, Madrid, Istmo, 1996, p. 117. DOI: https://doi.org/10.1017/CBO9780511803987.

74 Ibídem, p. 117. McAdam ha indicado que él junto con Tilly y Tarrow señalaron la necesidad de recordar que buena parte de los cambios en la política institucionalizada se han debido a los movimientos sociales. McAdam, Dough, “Movimientos sociales, elecciones y política contenciosa: construyendo puentes conceptuales”, en Funes, María Jesús, A propósito de Tilly, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, 2011, p. 162

75 Hoffman, Martin (coord.), Rote Armee Fraktion. Texte und Materialien zur Geschichte der RAF, Berlín, ID- Verlag, 1997, p. 36.

76 Eley, Geoff, Un mundo… op. cit., p. 414.

77 González Soriano, José Antonio, “La teoría crítica de la escuela de Frankfurt como proyecto histórico de racionalidad revolucionaria”, en Revista de Filosofía, vol. 27, 2 (2002), pp. 287-303. «http://revistas.ucm.es/index.

php/RESF/article/viewFile/RESF0202220287A/9798» [consultado el 29 de diciembre de 2016].

78 Ibídem.

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La praxis de la teoría crítica, formulada en la necrológica a Adorno de Krahl, sugiere que la teoría crítica, como teoría para la emancipación, no debe formularse solo como teoría, sino como praxis. Cotarelo concluye:

“atrapado en un cepo, entre una teoría que condena la praxis y una praxis que se subleva contra la teoría, el movimiento antiautoritario se divide en dos sectores, ambos negando la vigencia de la teoría crítica: el primero, que rechaza explícitamente las conclusiones cognoscitivas de la teoría crítica y termina postulando las acción inmediata en cada situación […], el segundo, que vuelve a la búsqueda de formas más tradicionales de praxis revolucionaria”79.

En el caso italiano, la decepción por la nula política revolucionaria del PCI “y una insatisfacción por una actitud reformista que venía del partido, generaron una diáspora de aquellos jóvenes que querían cambiar el statu quo utilizando maneras más extremistas e inmediatas”80. Tras el derrumbe de la coalición de extrema izquierda en las elecciones de 1976, “los militantes más radicales optaron por la lucha armada”81, integrándose en las ya operativas BR o fundando nuevas organizaciones como Prima Linea. Son estas circunstancias, precisamente, y más que el mero hecho económico, las que impelen a las nuevas olas de militantes de izquierdas a la adopción de posturas extraparlamentarias primero, a las que, después, añaden la táctica armada.

Heleno Saña advertía:

“el giro burgués del SPD equivale, mutatis mutandis, al compromeso storico que el PCI establece en Italia con la DC y el lanzamiento del eurocomunismo como modelo reformista dentro del espectro marxista-leninista, un modelo que […] representa el aburguesamiento interior y exterior de la clase trabajadora.

Esta estrategia de acomodación a la DC será llevada a las últimas consecuencias por Enrico Berlinguer […], pero fue ya preparada cuidadosamente por el exestalinista Palmiro Togliatti, cuya vía italiana al socialismo presupone una entente implícita de los comunistas con las clases medias, el catolicismo y la burguesía”82.

Tanto la RAF como las BR, por tanto, plantearán una disputa desde un modo aparentemente clásico en torno a la idea del partido vanguardia y en contraposición a las tendencias autonomistas que abogaban por una unidad intrínseca entre los fenómenos de protesta laboral y estudiantil (intelectual). Rossana Rossanda ha comentado que, en todo caso, las BR: “surgen sobre la ola de un movimiento, obrero y no obrero, que Alemania no ha tenido. La RAF sabe que se halla aislada y quiere zarandear al indolente pueblo alemán, en el cual se han integrado los obreros”83.

Bifo, contraponiendo las formulaciones de la RAF y las BR, expresaba que mayo del 68

“es la revuelta del general intellect contra el dominio capitalista y la búsqueda de una alianza

79 Cotarelo García, Ramón, “La praxis…” op. cit., pp. 45-57.

80 Azcona, Manuel y Mateo Re, Guerrilleros… op. cit., pp. 185-186.

81 Ibídem, pp. 185-186.

82 Saña, Heleno, “El terrorismo desarraigado cultural”, en Ideas, 2 (1985), pp. 159-168.

83 Moretti, Mario, et al., Brigadas… op. cit., p. 24.

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222

con los obreros que no tiene que ver con la política, sino con la composición social y técnica del trabajo intelectual”84. Y es que para los filósofos obreristas (Panzieri, Negri, Bifo, Virno), y a tenor de la emergencia del general intellect en el contexto posfordista de la producción capitalista, la “subversión de las relaciones de producción capitalistas solamente se desarrolla con la institucionalización de una esfera pública no estatal, una comunidad política que tiene como bisagra al intelecto general”85. Considerar

ían

, por tanto, que con el 68 se constaba la muerte de la clase obrera tradicional y la emergencia de una nueva clase obrera intelectual.

En todo caso, el principal problema mostrado en las revueltas, como decíamos, no fue, pese a todo, la capacidad por plantear objetivos comunes ante realidades, posiblemente, similarmente percibidas, sino el nivel de concienciación de cada una de las partes. La clase obrera alemana, v.g., se conformaba muy significativamente con protestar a fin de garantizar su posición económica estable, al tiempo que la RAF asumía decididamente su papel guía.

Cabría decir, además, que no hay red económica alternativa en las sociedades actuales que llegue a comprometer el desarrollo del capitalismo. El autonomismo parte de considerar en sus análisis el estadio de las relaciones de producción capitalistas en Occidente como el estadio actual del capitalismo general. Se obvian así fenómenos tan importantes como la situación del trabajo en la producción periférica y se imagina que el trabajo posfordista pondrá en marcha el comunismo espontáneo86. Considerando la denuncia de Luxemburgo a Lenin por su extrapolación del caso ruso a la vía revolucionaria general, podría decirse que los autonomistas hacen del norte italiano una descripción global del actual estadio del modo de producción capitalista. A tenor del papel emancipador otorgado a una supuesta intelectualidad general, cabe añadir que el trabajo intelectual en un mundo occidental hegemónicamente no progresista,

“solo puede desarrollarse en el mercado capitalista, convirtiéndose en plusvalía en el mismo momento en el que se despliega”87.

4. Conclusión

El presente artículo ha tratado de observar la discusión dentro de los partidos comunistas clásicos en torno a la idea del partido, a través de estas discusiones aproximarnos a la discusión general en torno a la intelectualidad y la clase obrera y, por último, razonar la situación, a tenor de la emergencia de los movimientos sociales de los años 60, de ambas esferas.

84 Berardi, Franco, Almas... op. cit., p. 261

85 Virno, Paulo y Michael Hardt, Radical though in Italy, Mineápolis, University of Minesotta Press, en Kraniauskas, John, Políticas culturales. Acumulación, desarrollo y crítica cultural, México, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, 2016.

86 Collado, Patricia, “Mutitud o exclusión. El necesario debate en torno a las consecuencias”, en Estudios de Filosofía Práctica e Historia de las Ideas, 8 (2006), pp. 79-89.

87 “Intelectuales y lucha de clases”, en Laberinto, 15 (2004), pp. 3-6.

(19)

El surgimiento de los nuevos movimientos sociales ha abierto, como ya indujeron los primeros estudiosos del tema, no solo la discusión sobre sus orígenes, sino, en esencia, sobre su composición social y sobre el papel de la izquierda tradicional en todo el proceso. La emergencia de los movimientos no puede comprenderse sin atención a la vía abierta por las escuelas obreristas, con su principal aporte teórico del extrañamiento al trabajo y su cuestionamiento al tradicional papel del partido. El análisis del 68, por consiguiente, puede concluirse, como hace Bifo, considerando que con

é

l emerge “la alianza entre trabajo intelectual de masas y rechazo obrero del trabajo industrial”88. En el presente artículo, y al referirnos al surgimiento de la lucha armada, hemos tratado de advertir que esto no fue del todo así en su tiempo ni con posterioridad. La lucha de las RB y de la RAF se constituye esencialmente como una vía para revolucionar a la propia clase obrera interna. Las protestas obreras de mediados y finales de los años sesenta constituirían un rechazo a las fórmulas de la cadena de montaje, pero no puede decirse que este rechazo se formulara como una vía para el rechazo al trabajo mismo.

Si por algo se caracterizó el posfordismo fue porque los industriales europeos se dieron cuenta que su último intento por revalorizar los capitales en suelo europeo, en base a una mano de obra no sindicada ni activa políticamente, había resultado un fracaso. El nuevo obrero masa seguía revelándose espontáneamente, rechazando, incluso, a los partidos de clase tradicionales (especialmente en Italia). A tenor de esta perspectiva, la RAF o las BR, soliviantadas a su vez por otras circunstancias históricas de Italia y la RFA, se propusieron la tarea de arrastrar a los obreros a la revolución, visto que estos se habían movilizado, pero en última instancia no habían conseguido cambiar el sistema económico vigente. Valga al respecto una cita elocuente de Renato Curcio, uno de los fundadores de las BR, en agosto de 1970:

“El movimiento obrero que se está desarrollando en las grandes fábricas manifiesta una necesidad de poder totalmente política: la lucha contra la organización del trabajo, el destajo, los ritmos de los jefes. Por eso se mueve fuera de las estructuras tradicionales del movimiento obrero […]. Es indispensable entonces formar una vanguardia interna a este movimiento que pueda representar y construir esta perspectiva de poder”89.

88 Berardi, Franco, Almas… op. cit., p. 21.

89 Franceschini, Alberto, Mara Renato e io, Milán, Mondadori, en Azcona, Manuel y Mateo Re, Guerrilleros…op.

cit., p. 129.

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