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El Tres Letras. Historia y Contexto Del Movimiento de Izquierda Revolucionaria - Salinas, Sergio

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EL TRES

LETRAS

sergio salinas

historia y contexto del

movimiento de izquierda

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El tres letras

Historia y contexto del

Movimiento de Izquierda Revolucionaria

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El tres letras. Historia y contexto

del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) Primera edición: noviembre de 2013

© Sergio Salinas Cañas, 2013 Registro de Propiedad Intelectual

Nº 230.013 © RIL® editores, 2013

Av. Los Leones 2258 cp 7511055 Providencia

Santiago de Chile Tel. (56-2) 22238100

SJM!SJMFEJUPSFTDPNrXXXSJMFEJUPSFTDPN Composición, diseño de portada e impresión: RIL® editores

*NQSFTPFO$IJMFrPrinted in Chile ISBN 978-956-01-0040-5

Derechos reservados.

miento de Izquierda Revolucionaria (MIR) / Sergio Salinas Cañas. -- Santiago : RIL editores, 2013.

364 p. ; 23 cm.

ISBN: 978-956-01-0040-5

1Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Chile).

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Introducción ...13

Capítulo 1 Los hitos históricos: los hechos portadores de futuro ...35

1.1 Estados Unidos en la Guerra Fría: entre la Alianza y la seguridad nacional ...36

1.2 Fin del estalinismo ...44

1.3 El tercermundismo...46

1.4 Nace una teoría económica para la Nueva Izquierda Revolucionaria...50

1.5 Las revueltas estudiantiles: de París, Praga a Tlatelolco ...56

1.6 La generación beat: la alucinación al poder ...64

1.7 The New Left en Gran Bretaña...71

1.8 Los cambios en la Iglesia y el nacimiento de la teología de la liberación ...75

Capítulo 2 El contexto regional: la revolución llega a Latinoamérica....81

2.1 La Revolución Cubana ...81

2.2 El foquismo como praxis para alcanzar la revolución...86

2.3 Diferencia del foquismo con la insurrección leninista ...94

2.4 La nueva izquierda revolucionaria y su expansión en América Latina...99

2.4.1 La olvidada guerrilla venezolana...100

2.4.2 Las primeras guerrillas en el Perú...102

2.4.3 El Che Guevara en Bolivia ...107

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2.4.6 La guerrilla peronista y trotskista

en Argentina...116

2.5 Diferencia del foquismo con la guerra popular maoísta...122

2.6 El ejemplo de un cristiano en la guerrilla ...125

2.7 El mesianismo en el imaginario en las oleadas guerrilleras...128

Capítulo 3 El contexto chileno ...137

3.1 Chile: entre la polarización y los cambios ...137

3.2 Coyuntura económica y cambios socioculturales ...140

3.3 El gobierno de Eduardo Frei y «la revolución en libertad» ...147

3.4 La vía chilena al socialismo y el triunfo de Salvador Allende...153

3.5 Contexto general en las ciencias sociales...159

3.6 Movilización estudiantil: quiebres políticos y reforma universitaria ...167

3.7 Iglesia, cristianos de base y revolución en Chile ...183

3.8 Ámbito cultural: la Nueva Canción chilena ...197

3.9 Ámbito cultural: el Nuevo Cine chileno ...208

Capítulo 4 Subjetividades y contextos. La formación del imaginario político en el MIR...215

4.1 Nacimiento y primeros pasos del MIR...215

4.1.1 El MIR y sus primeras reflexiones políticas ....232

4.1.2 El MIR y la Unidad Popular ...238

4.1.3 El golpe militar y el inicio de la resistencia ...262

Capítulo 5 Subjetividades: de la radicalización ideológica a la radicalización política en los militantes del MIR...279

(10)

5.2.1 El inicio de la militancia...307 5.2.2 Radicalidad política en el MIR: sentimientos, sacrificios y abandonos ...332

Conclusiones ...341 Referencias...347

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Gracias por al apoyo y paciencia que me han entregado estos últi-mos años. En especial, a mi padre por sus consejos y ayuda,

y a Félix, quien sigue presente en nuestros recuerdos. La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado. Pero no es quizás menos vano el hecho de preocuparse en comprender el pasado si no se sabe nada del presente.

Marc Bloch1

La historia no va donde uno quiere, pero lo que uno quiere puede influir sobre el curso histórico, máxime cuando ese uno es el pueblo organizado...

Ignacio Ellacuría2

El Bío-Bío ocultaba sus voces en su mar de sangre hacia el mar, las novias marineras bailaban cueca de lilas para distraer al enemigo, lanzaban las gaviotas cautivas de su seno a la cielumbre...

Julio Huasi

1 Marc Bloch, Apología de la historia, Barcelona, Editorial Empúries, 1984.

37 p.

2 Jesuita y rector de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas,

asesinado junto a otros cinco religiosos y dos mujeres en 1989. Ferrán Cabrero, El camino de las armas: visiones de la lucha guerrillera y civil en

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A los violentos enfrentamientos que se registraron el 2011 en Europa, África y Asia, y que recibieron nombres tan diversos como «la primavera árabe», «revolución democrática árabe» o «el movimiento de los indignados», se les han sumado nuevas y más violentas protestas este año en Grecia y España. Estas últimas movilizaciones han dejado al descubierto las dificultades que enfrenta la Unión Europea para salir de la recesión que vive y una crisis política variable en intensidad y magnitud según el país que se trate.

En algunas de estas movilizaciones se han presentado una serie de características comunes, la capacidad de autoconvoca-toria vía redes sociales, la participación de jóvenes, cesantes, de fuerzas sindicales y de inmigrantes. Junto con aquellas, se pre-senta asimismo un sentimiento en contra de la reprepre-sentación partidista tradicional y su modo de hacer política. No obstante, la que se comparte en todas ellas es el uso de la violencia política, como instrumento para la satisfacción de demandas político-económicas o, incluso, para alcanzar el poder político.

La violencia política constituye un concepto límite en la mo-dernidad occidental que ha sido poco estudiado, quizá debido al peso fundamental que tiene el Estado-nación en el pensamiento político. En la construcción del Estado-nación la articulación con la violencia fue fundamental. Max Weber, en su obra

Eco-nomía y Sociedad1, concebía el Estado como aquel ente que se 1 Véase Max Weber, Economía y sociedad, México, Fondo de Cultura

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otorgaba a sí mismo «el monopolio de la violencia legítima». La racionalidad política moderna ha negado la violencia política, expulsándola fuera de su universo simbólico, en tanto que su aceptación implicaría una disolución del ente soberano.

Solo aquellos autores que han mantenido una posición crítica con el proyecto moderno (Sorel, Lenin, Benjamin, entre otros) han desarrollado una reflexión sustantiva acerca de la misma. El fenómeno de la violencia política emerge tras cada uno de los conceptos fundamentales que forman la arquitectura conceptual del imaginario político moderno. La génesis del Estado-nación, la separación de poderes, el reconocimiento de los derechos funda-mentales, los derechos sociales y el derecho de autodeterminación de los pueblos serían impensables sin la guerra de treinta años, la Revolución Inglesa, la Revolución Francesa, las convulsiones sociales del siglo XIX, las dos guerras mundiales y las luchas por la descolonización constituyen su ambiente habilitador. La violencia podemos verla también en los mecanismos represivos de la autoridad como forma de control social.

Asimismo, durante toda la historia política de América Lati-na, la violencia ha estado presente. Sin embargo, solo en la década del sesenta se apoderó del imaginario de miles de personas, la creencia en que la vía armada era el único camino para alcanzar el poder y realizar las grandes transformaciones estructurales de la sociedad. No cabe duda de que la Revolución Cubana fue un factor desencadenante, pero no el único. Cuba había demostrado que para realizar las grandes transformaciones sociales y políticas que se requerían, la revolución era legítima y posible.

Esta praxis política, si bien presenta diferencias contextuales y por cierto de magnitud, afectó la gobernabilidad y estabilidad de democracias que eran frágiles2, con un modelo económico en 2 «La estabilidad del sistema, a diferencia de la gobernabilidad, dice relación

con la vigencia de la institucionalidad democrática. La estabilidad apunta a la permanencia y proyección del sistema democrático por sobre los cam-bios de gobierno a que dé lugar la alternancia en el poder, demostrando la capacidad de absorber, canalizar y resolver por medio de los mecanismos institucionales los diversos conflictos societales que se dan en su interior. Siendo distintos los conceptos de gobernabilidad y estabilidad, entre ellos

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crisis y que se veían desbordadas por las demandas de cambio político y social. Los discursos rupturistas provenían de un lado y otro del espectro político, del lado revolucionario y del lado contrarrevolucionario. Finalmente, fue este último el que se im-puso, con dictaduras militares que se instalaron en media docena de países, con los resultados por todos conocidos.

A escala internacional, la Guerra Fría es un componente esencial de este cuadro. América Latina no escapó, y no podía escapar, al enfrentamiento planetario entre los dos proyectos geopolíticos entonces dominantes.

La llegada del autoritarismo y las dictaduras militares a un número importante de países de América Latina y la consecuente represión contra el «enemigo interno», provocó –además de las derrotas parciales de los primeros grupos partidarios de la vía armada– el inicio de la crisis de esta opción de cambio, la que se alargaría y se ahondaría en los procesos de transición a la democracia.

En ese momento, el balance de la lucha –puesta en marcha en medio del fervor revolucionario– era dramático para sus participantes. Miles de muertos, desaparecidos, exiliados y un imaginario político hecho trizas. No se puede hablar de la historia de América Latina en los últimos 75 años3 sin analizar

esta experiencia.

En el caso chileno, el golpe de Estado de 1973 igual rompió dramáticamente algunos de los mitos4 de su historia política: la

tradición democrática del sistema político y las fuerzas arma-das respetuosas del orden constitucional y sin injerencia en la

hay una estrecha relación en cuanto a que el primero se cimentará en el segundo». Sergio Salinas, «Consolidación democrática, gobernabilidad y violencia política en América Latina», Centro de Estudios Miguel Enríquez,  IUUQXXXBSDIJWPDIJMFDPN"NFSJDB@MBUJOBBM@WHBNFSJDB@MBUJ-OB@EH@QEG DPOTVMUBEPFMEFPDUVCSFEF

3 Algunos autores como Habermas denominan a este período como «un breve

sigloXX». Ver Jürgen Habermas, «Nuestro breve siglo», Revista Nexos, n°

248, agosto 1998, México DF, p. 41.

4 Véase con respecto a los mitos y la política, Gilberto Aranda y Sergio Salinas,

«Cronotopos y parusía: las identidades míticas como proyecto político»,

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política contingente. «Desde ese mismo día 11, con el simbólico bombardeo de la casa de los Presidentes de Chile, las fuerzas armadas dejaron en claro que Chile no había escapado de la oleada autoritaria que azotaba a América Latina, y que se ins-tauraba una dictadura militar al igual como había pasado antes en Brasil, Argentina, Uruguay y Bolivia»5.

Por otra parte, la mayoría de los grupos pertenecientes a la nueva izquierda revolucionaria (NIR) consideraban inevitable el

enfrentamiento armado, sobre todo en Latinoamérica, donde los golpes de Estado eran la respuesta más habitual a la cuestión de la lucha por el poder. Régis Debray calificó a los «golpes» como «un rito esencialmente latinoamericano que se había enraizado en la historia desde las luchas por la independencia»6.

El tres letras, como casi en silencio, apenas susurros, se de-nominaba al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR)7

durante la época de la dictadura militar, había vivido desde su concepción y etapa embrionaria un profundo debate en torno a la recepción y la apropiación del contexto intelectual y político de la época. Luego vivió un nuevo debate, esta vez en torno a su propio camino para establecer una justificación de la violencia política. Porque, incluso si el zeitgeist8 era propicio, la lucha

armada era una opción y no una necesidad histórica.

A través de un fuerte debate interno, desde su fundación el 15 de agosto de 1965, hasta mediados de 1969, se da una primera etapa: «Justificación interna de la violencia armada». Posteriormente, viene una segunda etapa: «Paso a la acción», que se representa con la irrupción en la escena política pública delMIR con los asaltos a bancos. En otras palabras, el paso de

5 Rolando Álvarez, Desde las sombras. Una historia de la clandestinidad

comunista (1973-1980), Santiago, Lom Ediciones, Santiago, 2003, p. 9.

6 Véase Régis Debray, «El castrismo», Cuadernos de Ruedo Ibérico.

Suple-mento 1967,.BESJEIUUQXXXBSDIJWPDIJMFDPN*EFBT@"VUPSFTEFCSBZ

EFCSBZQEG DPOTVMUBEPFMEFTFQUJFNCSFEF

7 De aquí en adelante se utilizará solo la sigla MIR.

8 Término alemán que literalmente significa «espíritu de la época». Alude a

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la radicalización ideológica a la radicalización política, es decir, vivir la revolucionariedad en el día a día.

Este «paso a la acción» escapa del debate interno y se agrega al debate más general que se desarrollaba en el seno de la izquierda. «El MIR debió también enfrentar las dificultades materiales y los límites culturales, que se hacía necesario desde ya tomar en cuenta. En el plano interno, por otra parte, las di-ficultades suscitadas por el paso a la acción no fueron menores. Lo político y lo militar que la dirección mirista se obstinaba en hacer coexistir en cada militante, devinieron fuente de incesantes debates internos, de oposiciones y de divisiones»9.

Pese a que no se reconocía abiertamente, esta generación de militancia en la nueva izquierda revolucionaria latinoamericana, reflejada en la figura del Che, enfatizaba el «voluntarismo»10,

en-tendido como la capacidad de los seres humanos de «construir» su propia historia y no esperar el cumplimiento de leyes objeti-vas del desarrollo de la naturaleza y de la sociedad tal como lo afirmaba el materialismo histórico. Citando a uno de los poetas favoritos de Ernesto Guevara, León Felipe: «en la aventura de parirse a sí mismo»11.

Esta decisión trágicamente los colocaba en un camino sin vuelta atrás que, por una parte, les permitía anticipar –a partir de sus análisis– la inevitabilidad del enfrentamiento armado, probablemente a través de los golpes de Estado y, por otra, tener la conciencia de que no estaban en condiciones político-militares para enfrentarlo. De cierta manera, no podían escapar de la

9 Eugenia Palieraki, «La opción por las armas. Nueva izquierda

revolu-cionaria y violencia política en Chile (1965-1970)», Revista Polis, n° 19, 4BOUJBHP 6OJWFSTJEBE#PMJWBSJBOB IUUQXXXSFWJTUBQPMJTDM QBMJIUN DPOTVMUBEPFMEFTFQUJFNCSFEF

10 «Al rechazar el voluntarismo, el marxismo-leninismo señala el carácter

rela-tivo del libre albedrío, examina la voluntad de las personas como derivada de las leyes objetivas del desarrollo de la naturaleza y de la sociedad

(Fac-tores objetivos y subjetivos de la historia)». Definición de «voluntarismo»

en Diccionario Rosenthal-Yudin (XXII Congreso PCUSIUUQEJBNBUFT (consultado el 21 de septiembre de 2012).

11 Véase Sergio Ramírez, «Consecuencia  revolucionaria: Desmitificar al Che

QBSBRVFTJHBDPNCBUJFOEPvIUUQXXXMBGPHBUBPSHDIFOVFWPTDIF@ IUN DPOTVMUBEPFMEFTFQUJFNCSFEF

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predestinación de su destino, no en el sentido religioso, sino que por su propia elección racional. Y políticamente, no les quedaba más que confirmar en el discurso y la acción el camino escogido.

Además, estaba presente la necesidad de reclutar militantes y convertirlos en cuadros político-militares casi en una carrera contra el tiempo. A lo que se suma –como afirma Jame Petras– el problema de la intervención política y la educación «para crear al sujeto revolucionario, condición básica para una revolución social»12.

Este dilema fue muy bien expresado por el escritor argen-tino Abelardo Castillo, en la editorial «Matar la muerte» de la revista El Escarabajo de Oro, de noviembre de 1967, dedicada a Ernesto Guevara:

Ustedes no han matado a nadie: han resucitado a un hombre. Y a algo más. Hasta el 8 de octubre se podía dudar [de] que haya seres capaces de pelear por los otros, hacer una revolución, alcanzar el poder, abandonarlo todo y comenzar de nuevo: renunciar a lo temporal, que es lo mismo que negar el tiempo. Elegir y acatar un destino13.

Es por las razones anteriormente expuestas, que en este libro nos centraremos, utilizando la metodología que han seguido otras investigaciones similares realizadas principalmente en Europa, en el período fundacional, de consolidación y de inicio de la lucha armada. Esta etapa, el salto del discurso a la acción, del

MIR, porque es en ese momento cuando se establecen los rasgos

fundamentales de toda organización política. Estos primeros pasos en el camino de la lucha armada marcaron a este partido tal como los primeros años determinan el carácter y personalidad de un niño. Este es el objetivo de este libro14.

12 James Petras, «Latinoamérica: 30 años después del Che Guevara», América

Libre Ož #VFOPT"JSFT IUUQXXXOPEPPSHBNFSJDBMJCSF

BOUFSJPSFTJOEFYIUN DPOTVMUBEPFMEFTFQUJFNCSFEF

13 Citado en Hugo Biagini, La contracultura juvenil. De la emancipación a

los indignados, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2012, 252 p.

14 Véase en el caso argentino a María Matilde Ollier. La autora, para mostrar

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forma-Este período va entre 1965 y 1973 (nacimiento y período de afianzamiento como partido revolucionario en construcción) y entre 1973 y 1975 (contrarrevolución, lucha por la sobrevida, muerte de Miguel Enríquez y resistencia popular). No obstante, no enfrentaremos de forma rígida y esquemática estos lapsos, ya que ciertos hechos pueden tener nacimiento fuera de las fechas establecidas.

Así este libro presenta como propuesta teórica una historia social comprensiva que incluye el estudio de lo «subjetivo» de la acción social. Interesa, por una parte, saber cómo se forjó el sentido subjetivo que guió la acción de los militantes del MIR

y, por otra, conocer las causas «estructurales»15 de la violencia

ción de la identidad temprana a partir de presentar: 1) las imágenes que internalizaron las experiencias ocurridas en ámbitos privados, públicos y políticos sobre la política argentina como antinomia irresoluble, peronis-mo/antiperonismo y 2) la estructura afectiva-valorativa cuyos ejes eran libertad, justicia y verdad, que aprendieron en lo privado y en lo público. Ambas volvieron creíble el discurso revolucionario. En algunos casos, los protagonistas también aprendieron el discurso revolucionario en las esferas privadas y públicas durante la niñez y adolescencia. Cualquiera haya sido el caso, todos ellos sufrieron un proceso de radicalización ideológica previo ingreso a la Izquierda Revolucionaria (IR). «En este capítulo trato de señalar

el proceso y las esferas donde la radicalización ideológica se produjo. Con ese ecléctico mundo de ideas revolucionarias y movidos por su vocación de intervención en el espacio público, decidieron entrar en la IR, es decir, comenzaron su radicalización política. En este libro, planteo que el pase de su radicalización ideológica a su radicalización política fue producido por su vocación de intervención en el espacio público. Finalmente, describo el universo político de la IR para ver cómo su discurso político temprano es resignificado desde el paradigma de la IR». María Matilde Ollier, «El

BQSFOEJ[BKFSBEJDBMMPQÙCMJDP QSJWBEPZMPQPMÎUJDPvXXXDIPMPOBVUBT FEVQF DPOTVMUBEPFMEFNBZPEF

15 También se puede utilizar como sinónimo los conceptos de violencia

es-tructural y cultural, tal como lo han definido algunos autores, como mis profesores en la Escola de Cultura de Pau de la Universitat Autònoma de Barcelona, Vicenç Fisas y Johan Galtung: violencia estructural como la violencia indirecta originada por la injusticia y la desigualdad como conse-cuencia de la propia estructura social, ya sea dentro de la propia sociedad o entre el conjunto de las sociedades (alianzas, relaciones entre Estados, etcétera) y violencia cultural: aspectos de la cultura, materializados por medio de la religión y la ideología, el lenguaje y el arte, y las ciencias en sus diferentes manifestaciones, que justifican o legitiman la violencia directa o la estructural. Este tipo de cultura hace que los otros dos tipos de violencia parezcan correctos o al menos no equivocados.

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política armada en Chile. La intención es establecer una rela-ción entre el conocimiento histórico-social objetivo y el análisis de los mecanismos de formación, distribución y consumo de sentidos socialmente construidos que realizan los actores en su vida cotidiana. Con ello se pretende demostrar «la existencia de una realidad histórica, tanto socio-real como socio-simbólica imprescindible para interpretar y analizar la violencia política armada»16.

Como sostiene Roberto Sancho17, entender las

racionalida-des de los actores individuales, colectivos y del propio conflicto, supone superar las perspectivas maniqueas, de los buenos y los malos, y pensar integralmente los problemas de la sociedad y relacionarlos con el conflicto.

Cabe recordar que en América Latina los estudios sobre la violencia18 política en las décadas de 1960 y 1970 se ajustan

principalmente a dos perspectivas: aquellos que examinan la izquierda revolucionaria y los que abordan el tema de la «me-moria», centrados en las víctimas del terrorismo de Estado.

Hay que aclarar que usaremos como categorías centrales de este libro los conceptos de «violencia política» o «violencia política armada». Por violencia política19 entenderemos, tal

como lo entiende Julio Aróstegui, «toda acción no prevista en reglas, realizada por cualquier actor individual o colectivo, dirigida a controlar el funcionamiento del sistema político de

16 María Matilde Ollier, «El aprendizaje radical...». Op. cit.

17 Roberto Sancho Larrañaga, La Encrucijada de la violencia política armada

en la segunda mitad del siglo XX en Colombia y España: ELN y ETA. Za-ragoza, Tesis Doctoral, ZaZa-ragoza, Departamento de Historia Moderna y Contemporánea, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Zaragoza, 2008, p. 22.

18 La violencia contiene y responde a factores etológicos (biológicos),

psi-cológicos (mentales), psicosociales, simbólico-culturales, políticos, éticos e históricos, cuando menos. De ahí que muchas disciplinas tengan algo o mucho que decir sobre ella.

19 Véase Julián Aróstegui, «Violencia, sociedad y política: la definición de

la violencia», Revista Ayer, n° 13, Madrid, Asociación de Historia Con-UFNQPSÃOFB    IUUQXXXBIJTUDPOPSHEPDTBZFSBZFS@QEG (consultado el 3 de junio de 2011).

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una sociedad o a precipitar decisiones dentro de ese sistema»20.

Por su parte, «violencia política armada» ha sido utilizado en diversas investigaciones, en variadas disciplinas, principalmente en Europa. Es abarcador, ya que permite no solo la comprensión de una organización, sino que además la comparación con otros grupos, de modo que es posible el entendimiento del fenómeno político-social de donde estas derivan. «De la misma manera, permite interpretar que toda política tiene una dosis de violencia, llegando en algunos casos a la vía armada»21.

Entendemos por «violencia política armada» la acción de imponer la voluntad política propia a otro, por medio del uso sistemático de la fuerza armada para producir un orden social y político determinado. «Este concepto pretende retomar los postulados clásicos de Weber frente al poder, así como la perspec-tiva foucaultiana de que el poder sólo existe en el acto, y éste es ante todo una relación de fuerza entre las partes en conflicto»22.

Ambos conceptos tienen un carácter de «medio alcance» y la función es caracterizar la naturaleza del MIR.

En relación a las dos perspectivas principales de los estudios sobre la violencia política en América Latina (aquellos que exa-minan la Izquierda Revolucionaria y los que abordan el tema de la «memoria»), es necesario señalar algunas precisiones23.

Como dice María Matilde Ollier en referencia al caso ar-gentino, la reflexión en torno a los dos enfoques mencionados, suma una larga lista de textos académicos, periodísticos, de

tes-20 Eugenia Palieraki, op. cit.

21 Roberto Sancho Larrañaga, op. cit. 22 Ibid., p. 14.

23 Diversas recientes tesis en Europa y Latinoamérica utilizan alguna de estas

dos categorías. Entre ellas, destacan la de Eugenia Palieraki (La opción por las armas. nueva izquierda y violencia política en Chile 1965-1970), de la Universidad de París I; la de Roberto Sancho Larrañaga (La encrucijada de la violencia política armada en la segunda mitad del siglo XX en Colombia

y España: ELN y ETA), de la Universidad de Zaragoza; la de Miren Alcedo (Militar en ETA: historias de vida y de muerte), Universidad del País Vasco; y

la de Javier Cervantes Mejía (Raíces, aparición e impacto del levantamiento armado del EZLN, una aproximación a la historia de la guerrilla en México,

1960-1994), que si bien es tesis de licenciatura, trabaja en profundidad esta temática, Universidad Autónoma del Estado de México.

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tigos materiales, de protagonistas, etcétera. Aunque se trate de conjuntos bibliográficos diferentes, ambas perspectivas enfren-tan a muchos investigadores con un problema ético-político: los integrantes de la Izquierda Revolucionaria fueron las víctimas centrales del terrorismo de Estado. Lo que por sí solo dificulta la indagación del pasado reciente, ya que «extraer conclusiones negativas sobre la izquierda revolucionaria significa promover posiciones favorables al terrorismo de Estado»24.

En el caso chileno, los trabajos vinculados a la memoria, principalmente los realizados por organizaciones que participa-ron en el apoyo a los familiares de víctimas a los derechos hu-manos han tenido un mayor desarrollo. Una interrogación nodal ha sido: ¿de qué forma debe tratar una sociedad el tema de la memoria y el olvido de los traumas sociopolíticos?, grave dilema que se plantea a los individuos y a la sociedad. Para comprender este complejo proceso, hay que tomar en cuenta las dimensiones sociales, políticas, culturales y de significado que lo conforman.

Algunos de estos artículos afirman que se han realizado diversas propuestas para enfrentar el tema de la memoria y el olvido de las violaciones de derechos humanos. En términos sociales, la propuesta de «olvidar» ha estado sustentada en la ilusión de que de este modo se facilitaría la paz y la armonía de las relaciones sociales.

«El olvido ha sido planteado por algunos sectores sociales como una condición para lograr consensos y así exorcizar el temor generalizado de nuevas confrontacio-nes. Estos mismos sectores son los que han intentado la instalación de una ‘memoria oficial’, término que usamos parafraseando el concepto de ‘historia oficial’ planteado por Martín-Baró. Una ‘memoria oficial’ ha pretendido 24 María Matilde Ollier, «Partidos en armas: Las tensiones entre la lógica

contestataria y la obediencia debida», San Martín, Escuela de Política y (PCJFSOP 6OJWFSTJEBEEF4BO.BSUÎOIUUQXXXVOTBNFEVBSFTDVFMBT QPMJUJDBDFOUSP@IJTUPSJB@QPMJUJDB0MMJFSQEG DPOTVMUBEPFMEFBHPTUPEF 2010).

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silenciar, ocultar, olvidar y manipular acontecimientos, promoviendo de esta forma un particular contexto polí-tico-social, que escamotea la violencia vivida. Terminada la dictadura en Chile fueron necesarios catorce años para levantar el silencio forzado sobre esta forma de represión política, la tortura, que estaba pendiente. Se ha dicho que ésta es una tarea que enfrentan todas las democracias en transición, dado que las dictaduras mantienen a sus pueblos en una realidad disociada, en que la experiencia social queda fragmentada»25.

Por otra parte, Chile ha construido un imaginario nacional que sigue vigente hasta hoy, pero que cada vez es más cuestio-nado. Como señala Eugenia Palieraki, no es la oportunidad para analizar si esto corresponde a una verdad histórica o a una construcción, fundada tanto a partir de los trabajos de politólo-gos extranjeros como de los mitos de la historiografía nacional: Chile es «un país de orden y con una larga tradición democrática y republicana; un país donde la búsqueda de consensos ha sido por largo tiempo –y sigue aún considerándose– como la fuerza motriz de su historia»26.

Eugenia Palieraki, doctora en ciencia política griega afirma que pese a que en los últimos años la historiografía chilena mues-tra un claro interés por sujetos complejos y polémicos (Unidad Popular y en menor medida los años sesenta), esto no ha signi-ficado la emergencia de un verdadero debate y las lecturas que se realizan están –muchas veces– sometidas a consideraciones ideológicas o políticas. En cambio en Europa no que existen estas consideraciones en los trabajos sistemáticos de estudio y de conceptualización de la violencia política.

Pese a que existen pocas obras sobre estudios acerca de la violencia política en Chile, normalmente vinculadas a una po-sición política, cuatro principales interpretaciones se destacan:

25 Cristián Barría, Elena Gómez e Isabel Piper, «La construcción de la memoria

del trauma sociopolítico en el espacio intersubjetivo»: XXJMBTDMBSUJDVMPT JMBT@BSU@DOC (consultado el 20 de marzo de 2010).

26 &VHFOJB1BMJFSBLJ PQDJUWFSUBNCJÊOFOIUUQXXXDFEFNBPSHVQMPBET

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La primera consiste en negar prácticamente la existencia de la violencia política: los «extremistas» (de izquierda, siempre) serían asimilados a los criminales, a los delincuentes comunes. Esta interpretación, defendida en el terreno de las ciencias políti-cas y de la sociología por Talcott Parsons, ha hecho su aparición en Chile sobre todo a través de los medios de comunicación de centro y de derecha, y ello a partir de finales de los años sesenta27.

La segunda interpretación ve en la utilización de la violen-cia política en Chile una imitación de modelos extranjeros: la Revolución Cubana y la guerrilla guevarista. Curiosamente, ella fue concebida y defendida con fervor por los intelectuales del Partido Comunista, en las décadas de 1960 y 1970, y retomada por los intelectuales ligados a la dictadura de Pinochet. «Para los defensores de esta teoría, la violencia política era extranjera a las costumbres nacionales y su adopción no podía ser sino una influencia maléfica de otros países, deseosos de entrometerse en los asuntos nacionales»28.

La tercera interpretación, a menudo vinculada a la ante-rior, atribuye la violencia política a los extremos: a la aparición simultánea en los dos extremos y que se retro-alimenta, o bien como la violencia de la extrema derecha en tanto respuesta a la violencia de extrema izquierda (la encontramos en los escritos y la prensa del Partido Comunista y de la Democracia Cristiana). Se trata de una versión chilena de la «teoría de los dos demonios». En el caso argentino, ella ha sido formulada y defendida por el presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), Ernesto Sábato, en el Informe Final, también llamado Nunca Más. Esta es la más difícil de tratar, puesto que es la más repetida y la que se ajusta mejor a la versión nacional de una «historia de consenso». En una interpretación donde los dos extremos se juntan, esta ultraizquierda extremista –que por su radicalismo es vista como alejada de la historia y el tem-peramento chileno– es presentada a la vez como colaboradora de la extrema derecha, el movimiento menos significativo de la

27 Ibid. 28 Ibid.

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izquierda chilena, y al mismo tiempo principal responsable de la crisis de 1970-1973 y de la caída de Allende29.

En un registro completamente diferente, la cuarta interpre-tación encarna la violencia política a través de dos actores que se oponen sin tregua desde el alba de los tiempos: el Estado, por una parte, y por otra los dominados; la violencia de las clases dominantes contra la del bajo pueblo. Esta interpretación concibe la violencia como una constante de la historia chilena, ocultando toda dimensión temporal. En este marco interpretativo, la vio-lencia del MIR llega a ser la traducción de la violencia popular;

y la represión después del golpe de Estado, «la repetición del ciclo violencia popular-violencia del Estado. Teniendo el mérito de integrar al actor-Estado en el debate sobre la violencia, esta interpretación es a pesar de todo algo esquemática»30.

Eugenia Palieraki concluye que en las interpretaciones de la violencia política de los años sesenta, la izquierda revolucionaria es a menudo considerada como actor principal de la violencia política. En segundo lugar, las otras corrientes políticas son ra-ras veces tomadas en cuenta y el Estado menos aún. En tercer lugar, las conclusiones son más dictadas por los fines ideológicos que por un estudio histórico basado en las fuentes. Por último, la violencia política es imaginada como una táctica propia de ciertos movimientos o partidos políticos, una práctica innata, sin que las razones que hayan conducido a su adopción y el rol específico que cumple sean examinados.

Por estas razones –siguiendo a Roberto Sancho–, este libro se posiciona frente a la disciplina histórica desde la constatación del carácter eminentemente político, discursivo y comunicativo de la historia y de las formas de comunicar el pasado, ya que la experiencia histórica no es traducción directa y objetiva de una realidad externa a las subjetividades de los individuos, así como a las relaciones de poder que se establecen en una sociedad. «Con ello la historia, para nosotros debe recurrir también a métodos

29 Ibid. 30 Ibid.

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interpretativos y comprensivos que se acerquen no solamente a las condiciones materiales que constituyen las sociedades»31.

Como afirma Miguel Ángel Cabrera, «se hace imprescindible reconstruir las creencias, las intenciones y el universo mental de los sujetos, única manera de calibrar los efectos de la mediación simbólica sobre su práctica porque el ser social es el ser percibido, pues es en éste, y no en el primero, donde están inmediatamente enraizadas la identidad y las acciones de los individuos»32.

De la misma forma, siguiendo a la historiadora Cristina Moyano, podemos afirmar que la historia política está de vuelta. «Detrás de la afirmación taxativa hay también una tesis clave: la historia política ha comenzado a recuperar un sitial clave en la producción historiográfica, no sólo nacional sino que también en otros espacios latinoamericanos y anglosajones, así como en la tradición de la escuela francesa de los annales»33.

En cuanto al marco metodológico, este libro se enmarca dentro del campo de los estudios sobre memoria social, área que se ha enriquecido en los últimos años en América Latina a partir de los estudios sobre el pasado reciente, la violencia política y la experiencia dictatorial principalmente.

La memoria social es una perspectiva multidisciplinaria que aporta una visión analítica –entre otros temas– para interpretar las luchas y conflictos entre las diferentes versiones del pasado y entre las múltiples relaciones tejidas entre pasado, presente y futuro; las distintas maneras de conmemorar y rememorar; las diversas relaciones que se establecen entre memoria e identidad; los múltiples lenguajes y narrativas con las que el pasado reciente se relata; los diversos actores e instituciones que se encargan de la gestión de esas memorias; los lugares físicos y simbólicos en

31 Roberto Sancho, op. cit., p. 23.

32 Miguel Ángel Cabrera, Historia, lenguaje y teoría de la sociedad, Madrid,

Editorial Cátedra, 2001, p. 31.

33 Cristina Moyano Barahona, «La historia política en el Bicentenario: entre

la historia del presente y la historia conceptual. Reflexiones sobre la nueva historia política», Revista de Historia Social y de las Mentalidades, vol. 15, nº 1, Santiago, Departamento de Historia, Universidad de Santiago, 228 p.

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los que esas referencias al pasado se instalan en la ciudad y en la sociedad; entre otras muchas temáticas.

La memoria social34 se presenta, en este sentido, como marco

de interpretación, como proceso social a ser estudiado, o como fuente de herramientas metodológicas para abordar otros objetos y procesos.

Sin embargo, no es esta la única temática que los estudios sobre memoria abordan actualmente. En los últimos años, este campo se ha enriquecido con aportes de investigaciones que tra-bajan sobre problemáticas diversas vinculadas con la identidad y el recuerdo de la militancia política en distintos momentos de la historia35.

Además, en este libro pretendemos redimensionar la im-portancia que tuvieron factores como el papel del «contagio» ideológico y de las formas de lucha que se dio en muchos países y en cientos de ciudadanos en un período relativamente corto. Paradojalmente mientras que en la historiografía sobre el tema de la violencia prima lo nacional, en la decisión de iniciar el camino de las armas primó el ambiente revolucionario internacional.

Respecto de las fuentes hay que señalar que en este texto se utilizaron fundamentalmente fuentes escritas, una exhaustiva revisión de libros, documentos y tesis, algunas de las cuales con-tienen entrevistas a militantes. Algunas de estas fuentes escritas usadas son muy poco conocidas y pocas veces citadas. Dentro de las fuentes se emplearon documentos del MIR; su órgano de difusión El Rebelde (MIR); el archivo 1965-1973 de revista Punto

Final (MIR); el boletín informativo de la Agencia Informativa de la Resistencia (AIR) y comunicados oficiales del período. Cabe

señalar que hay que leer a los autores citados pensando en el

34 Véase J. Fentress y C. Wickham, Memoria social, Madrid, Editorial Cátedra,

2003.

35 En América Latina se han desarrollado varias jornadas internacionales de

estudio sobre militantismo, como la desarrollada en Santiago el 5, 6 y 7 de julio de 2007, organizada por el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Chile, IDEA-USACH, Arcis, ICAL, llamada «De las

movili-zaciones obreras al termundialismo. Europa y América Latina, siglos XX y

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año en que escribieron, ya que muchos de ellos han cambiado sus reflexiones, discursos y posiciones políticas.

Además, se utilizaron fuentes audiovisuales, como entrevis-tas a Miguel Enríquez, películas nacionales y extranjeras que mostraban el espíritu de la época y transmisiones radiales, como las clandestinas realizadas por Radio Liberación a principios de la década de los ochenta, que espero sea tema de un próximo trabajo.

Y por último, se recurrió a fuentes orales36, en el entendido

de que en los últimos años la historia oral se ha convertido en una herramienta al servicio de la comunidad científica, con una metodología susceptible de ampliar la base de estudio de la historia social. Cabe recordar que la historia oral es una técnica de investigación histórica de carácter cualitativo y basada en la memoria.

Es necesario explicar que solo algunas de las entrevistas realizadas se citaron en este libro, ya que correspondían al rango etario de los fundadores y primeros militantes, dejando de lado otras que fueron realizadas a personas que iniciaron su militancia luego del golpe de Estado, a pesar de que sus aportes enriquecieron este trabajo.

Es importante afirmar que el uso de testimonios de vida como instrumento de análisis social introdujo elementos nuevos que reordenaron el discurso político jerarquizando a los protago-nistas y desalojando de su lugar preferente a las élites de poder. «Asimismo la primacía del estudio cuantitativo, series de precios, salarios, conflictos..., fue cediendo terreno en favor del estudio

36 El interés de usar estas fuentes recae en la resignificación y en la legitimación

de voces, en un período donde estas no podían dejar otro tipo de registro, por su carácter de enemigo interno y clandestino, y que en la memoria oficial están cargadas de satanización y estigmas impuestos por quienes detentaban el poder de la época. José Palma Ramos, Violencia política, estrategia político-militar y fragmentación partidaria en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en Chile. 1982-1988. La guerra popular

de la vanguardia del pueblo, Memoria para optar al título de profesor de historia, geografía y educación cívica, Santiago, Departamento de Historia y Geografía, Facultad de Historia Geografía y Letras, Universidad Metro-politana de Ciencias de la Educación, 2009, p. 13.

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más cualitativo de biografías anónimas en donde aparecían temas nuevos como la emoción, utilizada como una categoría nueva de reflexión y toma de conciencia. Los/las historiadores/as orales fueron los primeros en prestar una atención académica seria a la significación de las motivaciones emocionales, en la formación de imágenes del pasado»37.

Sin embargo, pese al «efecto democratizador y socializador de este método, enfatizando su capacidad de rescatar el mundo de las experiencias y de las estructuras de sentimientos»38, hay

que tomar ciertas precauciones en su aplicación. La historia oral trae aparejado algunos problemas, «lo que vuelve a las razones del escepticismo de muchos historiadores hacia el método»39.

Ronald Greele habla en este sentido de la polarización entre un populismo entusiasta, en el que el historiador/a desaparece para dar la voz al pueblo y una concepción tradicional de historiografía objetiva en la que el histo-riador-a/autor-a asume una posición privilegiada como intérprete de los testimonios de sus entrevistados40.

Otro peligro que puede afectar a este tipo de estudios es el NFNPSJBMJTNP EFàOJEPQPS%PSB4DIXBS[TUFJO41 como la mera

recolección anecdótica y contraproducente para lograr una voz polifónica para la disciplina. «Es decir, no se trata sólo de recopilar, sino también de interpretar, para no caer en el culto

37 Pilar Díaz Sánchez y José María Gago González, «La construcción y

uti-lización de las fuentes orales para el estudio de la represión franquista»: IUUQIJTQBOJBOPWBSFEJSJTFTEPTTJFSEQEG DPOTVMUBEPFMEF marzo de 2010).

38 "OESFBT %PFTXJKL  j"MHVOBT SFáFYJPOFT TPCSF MB DPOTUSVDDJÓO Z FM VTP

EF GVFOUFT PSBMFT FO IJTUPSJBv IUUQXXXEIJVFNCSQVCMJDBDPFTEIJ EJBMPHPTWPMVNFWPM@BUHIUNM DPOTVMUBEPFMNBS[PEF

39 Al respecto véase Paul Thomson, «La historia oral y el historiador», History

Today, nº 7, vol. 33, traducción de Tomás Austin 1990. Junio de 1983:

IUUQXXXMBQBHJOBEFMQSPGFDM0SBM)JTUPSZIJTUPSJBPSBMIUN DPOTVM-tado el 13 de marzo de 2010).

40 Pilar Díaz Sánchez, op. cit.

41 Citado en Federico López, «Informe sobre la X Conferencia de Historia

Oral», Revista Voces Recobradas, n° 2, Buenos Aires, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, agosto de 1998.

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a la anécdota pintoresca, en la memoria por la memoria y sin perspectivas generalizadoras»42.

En relación a las fuentes orales, el método a seguir fue el de entrevistas estructuradas, con preguntas preparadas y basadas en conocimiento previo. Las preguntas estuvieron dirigidas, fundamentalmente, a captar información sobre las motivaciones personales que tuvieron los entrevistados para optar por la vía armada y ver qué elementos del contexto mundial y nacional impulsaron esta decisión, ejes fundamentales de este libro.

Además, cabe señalar que en los últimos años se han rea-lizado variadas tesis académicas, reflexiones de exmilitantes o cercanos, y compilaciones sobre discursos de sus dirigentes o sus documentos oficiales referidas al MIR.

Por otro lado, existen libros e investigaciones sobre el MIR

y la violencia política en Chile, llenas de estigmas y satanización derivadas de diferencias políticas y, por otra parte, cubiertas de una visión heroica, cuasi mítica de la historia del MIR –debido a que fueron realizadas por exmilitantes– que cuentan con una carga política emocional muy fuerte. «Lo que complejiza aún más este panorama, es que además de vivir el crepúsculo revolucio-nario, estos historiadores y exmilitantes, terminaron muchos de ellos en sendas distintas, producto de la división y atomización del partido»43. Como señala el profesor Mario Garcés, «sin

querer desmerecer esos intentos, la mayor parte sólo se quedan en especificidades y recalcando lo bueno, sin un balance autocrí-tico de la primavera –los 60 y la UP– y el otoño de la izquierda

revolucionaria, la dictadura y los gobiernos concertacionistas»44.

En torno a la bibliografía del MIR, esta no es muy amplia si

la comparamos con la de otros partidos de izquierda de Chile, como el Comunista y Socialista. Sin embargo, se puede men-cionar algunos interesantes textos como Carlos Sandoval: MIR

una historia (tres capítulos); Julio Pinto (editor): Su Revolución

42 "OESFBT%PFTXJKL op. cit. 43 José Palma Ramos, op. cit., p. 8.

44 Mario Garcés, Seminario: «El MIR en la historiografía», Museo Benjamín

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contra nuestra Revolución; Luis Vitale: Contribución a la historia delMIR; Pedro Naranjo y Mario Garcés: Miguel Enríquez y el

Proyecto Revolucionario; y Mario Amorós: La memoria rebelde: testimonios sobre el exterminio del MIR de Pisagua a Malloco

(1973-1975). Otros son el artículo de Cristián Pérez: Si quieren guerra, guerra tendrán, e Igor Goicovic, con el libro Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Colección América, Editorial

Esca-parate, 2012) y los artículos: Teoría de la violencia y estrategia

de poder en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, 1967-1986 y El contexto en que surge el MIR.

Con respecto a tesis de investigación, resaltan las tesis de Sebastián Leiva, tanto en su trabajo de pregrado, llamado La

política del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) durante la Unidad Popular y su influencia sobre los obreros y pobladores de Santiago; y en la de magíster, Teoría y práctica del poder popular: los casos del Movimiento de Izquierda Revolu-cionaria (MIR, Chile, 1970-1973) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores - Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP,

Argentina, 1973-1976); Marlene Martínez, con La experiencia política de los militantes del Movimiento de Izquierda Revolu-cionaria (MIR): motivaciones, práctica partidaria y división de la militancia. Chile (1973-1988). Otra centrada en la memoria

y los testimonios de Tamara Vidaurrázaga con Mujeres en rojo

y negro. Reconstrucción de memoria de tres mujeres miristas (1971-1990); Pedro Valdés Navarro, con Elementos teóricos en la formación y desarrollo del MIR, 1965 y 1970, y José Palma Ramos, con Violencia política, estrategia político-militar y

frag-mentación partidaria en el Movimiento de Izquierda Revolucio-naria (MIR) en Chile. 1982-1988.

En el plano internacional, destacan los dos avances de la tesis doctoral de Eugenia Palieraki, con La opción por las armas.

Nueva izquierda y violencia política en Chile 1965-1970, primera y segunda parte.

Este libro se estructuró de la siguiente manera: la Introduc-ción, donde se presenta el problema de investigación; el Capítulo 1: Los hitos históricos: los hechos portadores de futuro, donde se

(33)

analiza los más importantes acaecidos en el marco de la Guerra Fría y los debates y cambios que comienzan a darse en la izquier-da tradicional; el Capítulo 2: El contexto regional: la revolución llega a Latinoamérica, en el cual se analiza el debate ideológico, estratégico y táctico que se comienza a dar en la Nueva Izquierda Revolucionaria; el Capítulo 3: El contexto nacional, donde se analiza la situación política nacional y los cambios producidos en las décadas de 1960 y 1970, como también el ámbito cultural que se vivía en esa época; el Capítulo 4: Subjetividades y contextos. La formación del imaginario político en el MIR, en el cual se describe

el nacimiento y primeros pasos del MIR; sus primeras reflexiones políticas; el MIR y la Unidad Popular y el golpe de Estado y el

inicio de la resistencia armada; el Capítulo 5: Subjetividades: de la radicalización ideológica a la radicalización política en el MIR,

donde se analizan los sentimientos, sacrificios y abandonos que tuvieron que realizar los militantes de un partido revolucionario, los cuadros político-militares de tiempo completo, y finalmente un apartado con las conclusiones finales.

Finalmente, quiero agradecer al doctor Igor Goicovic, por su guía, su aporte intelectual y los consejos que me ayudaron a culminar con éxito mi tesis doctoral en estudios latinoamerica-nos, base fundamental de este libro. A mis profesores del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Chile. A mis amigos-académicos, en especial a Gilberto Aranda del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile por impulsar-me a escribir y a mi compañero de la Universidad Autónoma de Barcelona, Ferrán Cabrero, un intelectual viajero por el mundo. Y por último, a mis profesores en el diplomado de cultura de paz Cátedra UNESCO de la Universitat Autònoma de Barcelona, quienes aportaron a mi conocimiento, un mundo nuevo: Vicenç Fisas, Johan Galtung y John Paul Lederach, entre otros.

(34)

Declaración de principios del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Santiago, septiembre de 1965.

(35)
(36)

Los hitos históricos:

los hechos portadores de futuro

45

There’s a battle outside And it is ragin’ It’ll soon shake your windows. And rattle your walls For the

times they are a-changin’.

Bob Dylan

Por los hitos históricos se entenderá aquellos sucesos a nivel internacional que se convirtieron en hechos portadores de futu-ro, es decir, tuvieron implicancia directa –tiempo después– en el desarrollo y consolidación de la Nueva Izquierda Revolucionaria (NIR) en América Latina. Esta selección de sucesos se desprende

de los documentos y comunicados del MIR y del testimonio de los propios militantes.

45 Se incluye este concepto por ser útil para explicar de mejor forma los hitos

históricos según la teoría de conflictos. En términos precisos el concepto de hechos portadores de futuro fue creado por Pierre Massé y recibió importantes aportes de otros autores como Gaston Berger, Beltrand Jo-uvenel, Maurice Blondel y Decouflé. Pierre Massé sostiene que los hechos portadores de futuro están formados en su mayoría por factores de cambio, políticos, económicos, tecnológicos o culturales, apenas perceptibles hoy, pero que pueden constituir las tendencias importantes del mañana. Véase Pierre Massé, Le plan ou l’anti-hasard, Gallimard, NRF, colección Idées, 1965.

(37)

1.1 Estados Unidos en la Guerra Fría:

entre la Alianza y la seguridad nacional

La estrategia de Estados Unidos para enfrentar el período generado después de la Segunda Guerra Mundial, llamado la Guerra Fría46, tuvo dos proyectos claramente visibles en

Latino-américa: en lo económico, la Alianza para el Progreso y una nueva estrategia militar: la doctrina de la seguridad nacional (DSN). «Pero si por una parte la Revolución Cubana fue responsable de la internacionalización de la movilización en el continente en cuanto favoreció el desarrollo de la izquierda revolucionaria latinoamericana; por otra, lo fue en parte también su contrapar-te, las que en las actuales teorías de los movimientos sociales se denomina una internacionalización de la represión»47.

La doctrina de seguridad nacional «como ideología, recono-ció sus orígenes en una visión bipolar del mundo desde la que, supuestamente, Occidente, liderado por los Estados Unidos, representaba el bien, la civilización, la democracia y el progreso;

46 El origen del término «Guerra Fría» surgió tras la Segunda Guerra Mundial.

Si bien fue un invento periodístico que popularizó Walter Lippman median-te una serie de artículos aparecidos en The New York Herald Tribune, su contenido lo enunciaron los autores que formularon la Doctrina Truman en 1947, especialmente George Kennan, Hans Morgenthau y Strausz-Hupé. La invención del vocablo se atribuyó a Richard Baruch, pero en realidad MP BDVÒÓ FM QFSJPEJTUB )FSCFSU #BZBSE 4XPQF  BVUPS EF VOB JOUFSFTBOUF serie de reportajes sobre la Gran Guerra, que en 1946 era colaborador del gobierno de Estados Unidos en la ONU. Pedro Rivas Nieto y Pablo Rey García, «Bipolaridad y Guerra Fría en Iberoamérica. La Doctrina de Seguridad Nacional en el mundo de bloques», Revista Espacios Públicos, n° 24, vol. 12, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2009: IUUQSFEBMZDVBFNFYNYTSDJOJDJP"SU1EG3FEKTQ J$WF (consultado el 19 de noviembre de 2010).

47 Eduardo Rey Tristán, «La izquierda revolucionaria uruguaya 1955-1973»,

Sevilla, Serie Historia y Geografía n° 96. Diputación de Sevilla, Serie Nuestra América n° 17, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Escuela de Estudios Hispano-Americanos n° 435, Universidad de Sevilla, 2003, 49 p.: <http://books.google.cl/books?id=5yXNjGlM5VQC&pg=PA51&lpg= PA51&dq=%22nueva+izquierda+revolucionaria%22&source=bl&ots=x VX"HQTJH+$I075Y$15H[:53G4ZU0@&IMFTFJV, 51$5#TNDO"FLR04+%HTB9PJCPPL@SFTVMUDUSFTVMUSFTOVN WFE$#T2"&X"2WPOFQBHFROVFWBJ[RVJFSEB SFWPMVDJPOBSJBGGBMTF DPOTVMUBEPFMEFPDUVCSFEF

(38)

mientras que la entonces Unión Soviética estaba al frente del mal, el atraso y la dictadura»48.

De cierta manera, la doctrina de seguridad nacional es la adaptación de una base filosófica moral y de mitos políticos convertidos en herramienta para «los nuevos tiempos». La his-toria norteamericana desde la misma independencia nos muestra muchos de estos mitos fundadores, como el de la Divina Provi-dencia presente en su «Destino manifiesto».

Otro mito se relaciona con la idea particular de Estados Unidos, influida por la ética protestante  y la idea calvinista de la purificación en el trabajo: La «Gran República» y su necesaria exportación hacia otros pueblos, «para que encuentren el cami-no». Esta idea de los llamados padres fundadores estará presente en la Convención de Filadelfia en 1787. El imperativo básico es el de un Ejecutivo fuerte y la ampliación de las relaciones comer-ciales. Sin embargo, será en 1818 cuando se reafirme el supuesto del liderazgo histórico de la «Gran Nación Norteamericana», sobre la base de dos principios: «la exportación del modelo y la exclusividad de acción en el continente»49.

Posteriormente, en 1823, el presidente de EE.UU., James

Monroe, planteó como respuesta a la amenaza que suponía la restauración monárquica en Europa y la Santa Alianza, lo que se conocería como la Doctrina Monroe: «América para los americanos».

Como afirma Cristián Fuentevilla «aquí se expresan por primera vez unidos los conceptos de interés nacional y de área de influencia en Latinoamérica. Su expresión concreta no es el rechazo a la negociación, pero se expresa también en la justifi-cación del recurso de la fuerza para la ‘satisfacción del interés y

48 Édgar Velásquez Rivera, «Historia de la Doctrina de la Seguridad Nacional»,

Revista Convergencia, n° 27, enero-abril, vol. 9, Toluca, Universidad

Autó-noma del Estado México, Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública, 2002: <http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/src/inicio/ArtPdfRed. KTQ J$WF DPOTVMUBEPFMEFOPWJFNCSFEF

49 Cristián Fuentevilla Saa, «El Destino Manifiesto en la representación de la

Doctrina de la Seguridad Nacional», Revista Polis, n° 19, Santiago, Uni-versidad Bolivariana, 2008: <http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/src/inicio/ "SU1EG3FEKTQ J$WF DPOTVMUBEPFMEFOPWJFNCSFEF

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el crecimiento nacional’. Y será un corolario de intervenciones en Panamá, Nicaragua, Haití y Honduras que resumen el interés económico presente en estos países»50.

La primera convocatoria de la materialización de los intere-ses hemisféricos en el marco de la doctrina de seguridad nacional en construcción, fue la reunión del 2 de septiembre de 1947 en Río de Janeiro, que constituyó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), también llamado Tratado de Río.

Según el artículo 3.1 de este tratado: «en caso de (...) un ata-que armado por cualquier Estado contra un Estado Americano, será considerado como un ataque contra todos los Estados Ame-ricanos, y en consecuencia, cada una de las partes contratantes se compromete a ayudar a hacer frente al ataque en ejercicio del derecho inminente de legítima defensa individual o colectiva que reconoce el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas»51.

En la década de 1950 a 1960, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca estuvo asistido y convocado a lo menos 20 veces, principalmente a partir del bloqueo a Cuba y del conflicto entre Honduras y Guatemala. Este tratado además implica el desarme de las FF.AA. de Costa Rica, ya que se consideraba que

elTIAR en su planteamiento cooperativo las hacía innecesarias. Como sostiene Cristián Fuentevilla «los primeros presupues-tos teóricos en función del carácter de la DSN, están sujetos a las experiencias de las guerras de Liberación Nacional, en función de crear una relación con las características contrainsurgentes de estos conflictos y las materias que definirán el tipo de enemigo que se configura en el marco de la DSN. Lo cierto y lo que se evidencia hasta aquí, es que bajo los propósitos científicos de un conflicto de contención la concepción del enemigo interno jugará un rol gravitante, bajo el manejo cognitivo de las dinámicas de resistencias a las políticas colonialistas europeas y la de EE.UU.»52.

En 1946, se crea la Escuela de las Américas, que funcionará en Panamá hasta su traslado a Georgia (1984). Uno de los

obje-50 Ibid. 51 Ibid. 52 Ibid.

(40)

tivos de esta escuela era la de proveer de un instrumental teórico en guerra psicológica y de manejo de información en el marco de las detenciones y los posteriores interrogatorios.

Fuentevilla sostiene que «en este contexto permite además socializar las experiencias de los golpes de Estado (del francés

coup d’État), en países que prematuramente estuvieron sujetos

a la represión, aniquilamiento y neutralización de las diferentes expresiones de disidencia política. Por lo tanto, también sujetos a sus experiencias en estos campos de acción. Probablemente, Brasil sea el más emblemático en patentar una serie de ejercicios de torturas como el pau-de-arara y otros, pero que se comien-zan a diferenciar en 1964, de otros golpes militares previos en Latinoamérica, como el de Uruguay en 1954 o el de Ecuador en 1963, Argentina en 1962 y Perú el mismo año, etc.»53.

Esta Escuela dictó cursos en español y portugués destinados a «brindar» a los militares latinoamericanos una formación que les permitiera contribuir a la seguridad de sus respectivos países. Para Édgar Velásquez «en tales escuelas los cursos in-culcaron una ideología anticomunista y una filosofía contrarre-volucionaria. Estas concepciones del Pentágono dedicaron un tiempo desmesurado al anticomunismo y al adoctrinamiento pronorteamericano»54.

En septiembre de 1975 se habían graduado 33 mil 147 alumnos en la Escuela de las Américas, y muchos de ellos ocu-paron altos cargos en sus gobiernos. En octubre de 1973, más de 170 graduados eran jefes de gobierno, ministros, comandantes, generales o directores de los departamentos de inteligencia de sus respectivos países. Los golpes de Estado en Perú, Bolivia, Panamá y Chile fueron llevados a cabo por los más aplicados oficiales que habían asistido a cursos en la Escuela. Velásquez Rivera sostiene que «en los pocos países de la región donde no hubo golpes de Estado, altos oficiales también egresados de la

USARSA, se vieron comprometidos con la violación sistemática de derechos humanos, lo cual indujo a Organizaciones No

Gu-53 Ibid.

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bernamentales de Estados Unidos a presionar a su gobierno para que se desmontaran estos centros»55.

Por otra parte, la religión tampoco fue excluida por la doc-trina de seguridad nacional: esta se presentó como defensora de la civilización cristiana contra el comunismo y el ateísmo. Ofreció a instituciones eclesiásticas favores y privilegios, prestigio y apoyo. Édgar Velásquez sostiene que «el cristianismo que la

DSN promovió fue uno centrado en los mitos, ritos, costumbres

y gestos de la ortodoxia judeocristiana. Un cristianismo sin com-promiso popular. La DSN no concibió una Iglesia comprometida

con los grandes problemas estructurales y coyunturales del pue-blo latinoamericano, sino con los principios tutelares del orden, la autoridad, la defensa de la propiedad privada y, en general, con los postulados del conservadurismo. La DSN promovió la

llegada de otras confesiones religiosas a América Latina desde los años 60, las cuales se convirtieron a la postre en importante base social de la derecha, con el propósito exclusivo de penetrar en aquellos sectores sociales más vulnerables económicamente y políticamente maleables y reventarles su capacidad de lucha y organización por unas mejores condiciones de vida. La DSN

conspiró contra el clero comprometido social, política y evan-gélicamente con el pueblo56».

Un buen ejemplo del punto anterior se da en noviembre de 1976, cuando un oficial encargado del servicio de comunicacio-nes sociales del Gobierno chileno envió una circular a todas las instituciones nacionales para recordar a la nación que –como sostiene Rivas Nieto- «el mundo actual está en guerra. El impe-rialismo soviético extiende cada vez más su dominación mediante una guerra de conquista que usa todas las formas conocidas de agresión moral, espiritual y física. Y era tan peligroso porque su Dios –la dialéctica histórica– era santificado e identificado con los fines últimos de la vida. Era un enemigo con el que por vez primera en la historia no había nada en común»57.

55 Ibid. 56 Ibid.

(42)

La definición más comúnmente aceptada del concepto de seguridad nacional, especialmente por el «alcance político estra-tégico» de la misma, es la propuesta por la Escuela Superior de Guerra de Brasil y que señala lo siguiente según Andrés Nina: «Seguridad Nacional es el grado relativo de garantía que, a tra-vés de acciones políticas, económicas, psico-sociales y militares, un Estado puede proporcionar, en una determinada época, a la Nación que jurisdicciona, para la consecución y salvaguardia de los objetivos nacionales, a pesar de los antagonismos internos o externos existentes o previsibles»58.

En el caso chileno, la Academia Nacional de Estudios Po-líticos y Estratégicos (Anepe) definió, en 1982, a la seguridad nacional como «una necesidad vital del Estado-nación, cuya satisfacción la obtiene alcanzando el conjunto de condiciones que garanticen a la comunidad el logro de sus legítimas aspiraciones e intereses permanentes, de acuerdo con las exigencias del bien común, empleando para esta finalidad el potencial nacional»59.

Y en relación a la doctrina de seguridad nacional estadouni-dense, el Ejército chileno señaló: «Tiene como finalidad básica la de crear las condiciones favorables para evitar, y si ello no es posible, enfrentar, un futuro conflicto internacional cuyos efec-tos devastadores sin duda afectarán al territorio y la población de ese país, aun en el supuesto caso de que no se utilicen armas nucleares»60.

La doctrina de seguridad nacional en el marco de la Guerra Fría aporta a lo menos dos momentos que constituyen una pri-mera aproximación a un silogismo: el primero se da en la década de 1950 en el contexto de la contención y el segundo se produce en la década de 1960 bajo los impulsos de la contrainsurgencia.

58 Andrés Nina, «La Doctrina de Seguridad Nacional y la integración en

América Latina», Revista Nueva Sociedad, n° 27, noviembre-diciembre,  IUUQXXXOVTPPSHVQMPBEBSUJDVMPT@QEG DPOTVMUBEP FM 22 de noviembre de 2010).

59 Ejército de Chile, La Seguridad Nacional, Santiago, Comando de Institutos

Militares, Academia de Guerra, 1984, p. 13.

(43)

Por contrainsurgencia entenderemos una característica de las políticas represivas estatales, que utilizando diversas medidas legales e ilegales, tiene como objetivo detectar y destruir a los miembros y bases de apoyo de los eventuales grupos insurgentes. Esta medidas pueden ir desde las tácticas militares (las que inclui-rán la tortura como método de obtención de información) hasta la labor social del ejército (cortes de cabello, arreglar aparatos electrodomésticos, regalar despensas y dulces a los niños). Todas estas acciones realizadas con el objetivo de obtener información de qué fuerzas y quiénes son probables simpatizantes de las guerrillas.

La contrainsurgencia pasó a ser parte inseparable de los ob-jetivos de la política de seguridad externa estadounidense, con la aprobación de la Ley de Ayuda Exterior en 1961 por el presidente John F. Kennedy. En este marco, Estados Unidos buscó además la cualificación de la fuerza militar especializada para este tipo de conflictos, para lo cual la Fuerza de Tarea del Comando Sur siguió bajo el patrimonio de la Escuela de las Américas. De esta manera, el mandatario pretendía frenar cualquier posibilidad de expansión de la Revolución Cubana, mientras se mantuviera en combate en Vietnam.

Recordemos que Estados Unidos justificó la guerra en Viet-nam por la famosa «teoría del dominó». Se jugaba en ella el crédito del país, porque –como sostiene Pedro Rivas Nieto– «si se cedía en el Vietnam nadie creería en su determinación de de-fender a sus aliados contra el comunismo. Los Estados Unidos, que tras la Segunda Guerra Mundial habían ayudado a construir un nuevo orden internacional, ayudado a rehabilitar Europa y Japón, frenado la expansión soviética en Grecia, Turquía, Berlín y Corea, y firmado sus primeras alianzas permanentes en tiempos de paz, se embarcaron en una complicada aventura en Indochina. Los Estados Unidos entraron en esa guerra porque, según sus cálculos, Vietnam del Norte, controlado por China y ésta a su vez por el Kremlin, atacaba el equilibrio internacional. Indochina era además la piedra angular de la seguridad estadounidense en el Pacífico»61.

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El otro proyecto estratégico norteamericano para enfrentar la Guerra Fría en América Latina, y que era la otra cara de la mone-da de la doctrina de segurimone-dad nacional, fue lo que el presidente John F. Kennedy denominó la Alianza para el Progreso (1961 y 1969). «Lo que en definitiva se traducía en la reedición de las po-líticas desarrollistas en materia económica en Latinoamérica»62.

Como señaló el embajador estadounidense en Chile, Char-les Cole, en el aniversario de la independencia de su país: «Y si tenemos buen éxito, si nuestro esfuerzo es suficientemente audaz y decidido, el fin de la década marcará el comienzo de una nueva era en la experiencia americana. Subirá el nivel de vida de toda familia de América; todos tendrán acceso a una educación básica; del hambre no quedará recuerdo; la necesidad de ayuda exterior considerable habrá desaparecido; la mayoría de las naciones habrán entrado en un periodo en el que podrán crecer con sus propios recursos, y aunque todavía quedará mucho por hacer, cada república americana será dueña de su propia revolución de esperanza y progreso»63.

Para el presidente Kennedy algunos de los puntos iniciales principales de la Alianza para el Progreso eran los siguiente: una década de esfuerzo máximo; una reunión del Consejo Económico Social Interamericano para iniciar una planificación de la Alianza; apoyo para la integración económica latinoamericana mediante un área de libre comercio y de mercado común centroamericano; y una renovación del compromiso de Estados Unidos de defender a todas las naciones del continente.

Un año después de establecida la estructura básica de la Alianza, el presidente Kennedy afirmó: «Estas reformas sociales constituyen el corazón de la Alianza para el Progreso. Consti-tuyen la condición previa de la modernización económica me-diante el cual aseguramos al pobre y al hambriento, al obrero y al campesino su plena participación en los beneficios de nuestro

62 Cristián Fuentevilla, op. cit.

63 Alianza para el Progreso, «Documentos básicos», declaración de Charles

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