El inicio de la Primera Guerra Mundial coincide con los cambios en la estructura social y económica chilena que se pro- yectarían hasta finales del siglo XX. La guerra ejerce una poderosa influencia en el desarrollo de las actividades industriales internas, que deben sustituir forzadamente muchas importaciones que el país no podía obtener en el exterior. «La industria nacional venía emergiendo lentamente en las décadas anteriores, sin por ello desvirtuar el carácter de economía exportadora que predominaba en el país. Con el estímulo de la sustitución de importaciones forzada por la guerra se da un paso importante hacia una indus- trialización que después de la crisis del 30 había de convertirse en el eje central del proceso de desarrollo económico»256.
La industrialización sustitutiva (IS), al igual que otras formas de industrialización, no consiste solo en un cambio de técnicas
255 Ibid.
256 Óscar Muñoz (editor), «Perspectivas históricas de la economía chilena: del
de producción y en una mayor diversificación de productos, sino también en una profunda alteración de la división social del tra- bajo, de las estructuras y relaciones de clases y del orden político. Desde el punto de vista espacial, los efectos se dejan sentir en una profundización de la división del trabajo entre campo y ciudad, en la acentuación de las tendencias a la concentración urbana y en una creciente especialización regional del sistema nacional de ciudades en torno de un polo central de estructura diversificada.
El efecto de la industrialización sustitutiva en la concentra- ción urbana tiene aspectos cuantitativos y cualitativos que des- tacar. En el aspecto cuantitativo, acentúa las tendencias de con- centración urbana producidas en el auge primario-exportador. Las políticas de promoción industrial estimulan la transferencia de capitales desde los sectores primarios a la industria, es decir, desde las regiones hacia las ciudades principales. «Como gene- ralmente la industrialización sustitutiva tiene un efecto negativo sobre el sector agrícola, la emigración desde el campo hacia las ciudades industriales se acelera, ya sea por la atracción de las nuevas oportunidades abiertas en la ciudad industrial como por el estancamiento del campo»257. A lo que se sumó la migración
de los obreros mineros del norte, «afectados por la crisis de los años 20-30»258.
La literatura, en especial la llamada generación neocriollista
de 1940 (Nicomedes Guzmán, Alberto Romero, Gonzalo Drago,
Andrés Sabella y Volodia Teitelboim), es la que mejor retrata las consecuencias cualitativas de la industrialización sustitutiva; entre ellas, la injusticia social, la explotación, la vida miserable de los suburbios, la degradación moral en la pobreza y la co- rrupción en el poder.
257 Guillermo Geisse, Economía y política de la concentración urbana en Chile,
El Colegio de México Pispal, México DF, 1983, p. 115.
258 Guillermo Geisse y M. Valdivia, «Urbanización e industrialización en Chile»,
RevistaEURE, vol. 5, n° 15, julio de 1978, Instituto de Estudios Urbanos Z5FSSJUPSJBMFT6OJWFSTJEBE$BUÓMJDBEF$IJMF QIUUQXXXFVSFDM OVNFSPVSCBOJ[BDJPOFJOEVTUSJBMJ[BDJPOFODIJMF EFTFQUJFNCSFEF 2012).
La población fue instalándose en la periferia de la ciudad, en poblaciones que aparecían de un día para otro, y en conventillos que fomentaban las enfermedades y el mal vivir, lo que entre otros factores explica por qué Santiago presentaba los índices de mortalidad infantil más altos de América Latina. «Tancredo Pinochet Le Brun, en un estudio elaborado en 1917 después de recorrer diferentes lugares del país, afirmó que ‘todo Chile es un matadero infantil’, concluyendo que las deplorables condiciones de vida e higiene, el alcoholismo, la violencia y la precariedad de las habitaciones, eran responsables de las muertes de los niños»259.
Como afirma el historiador Mario Garcés, el conventillo se convirtió en ese momento «en el último bastión para albergar a las clases populares con sus ingresos deprimidos, cuando los tenía, y su salud quebrantada por las epidemias, el juego, el alcoholismo y el hacinamiento. En este contexto era muy difícil hablar de futuro»260.
Entre los libros destacados de esta literatura social, cabe mencionar a La sangre y la esperanza (1943), de Nicomedes Guzmán; a La viuda del conventillo (1930), de Alberto Romero;
Cabo de Hornos (1941), de Francisco Coloane, entre otros261..
259 Sin autor, «Ser pobre en Chile de comienzos del siglo XX», Narrando
Historias, Revista de Literatura e Historia Social, 20 de mayo de 2010:
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260 Mario Garcés, Crisis social y motines populares en el 1900, Santiago, Lom
Ediciones, 2003, p. 90.
261 En La sangre y la esperanza el contexto de tal historia, en el cual se inserta
la vida del protagonista, Enrique Quilodrán, es quizá lo más importante de la novela: la clase del proletariado en aquella época, la huelga de los ferroviarios de 1934 en el marco del gobierno de Arturo Alessandri Palma Z NÃTQBSUJDVMBSNFOUF MBWJEBFOMPTDPOWFOUJMMPTDBQJUBMJOPTIUUQXXX NFNPSJBDIJMFOBDMBSDIJWPTQEGT.$QEG DPOTVMUBEPFMEF abril de 2012).
El comienzo de La viuda del conventillo refleja a cabalidad el resto del libro: «Pintor, albañil, gañán al día. Hizo de todo, y cuando el maletín de las profesiones se quedó vacío, el pobre hombre se arrimó al conventillo, despacito, y fumando, fumando, pensó una porción de cosas, la vista per- EJEB FO FM DJFMP BMUP Z B[VMv IUUQXXXNFNPSJBDIJMFOBDMBSDIJWPT QEGT.$QEG DPOTVMUBEPFMEFBCSJMEF
Respecto a este último punto, el historiador Gabriel Salazar afirma que hacia 1930 los cesantes del salitre que habían sido albergados en Santiago tuvieron que salir escapando de sus albergues (se habían reventado las alcantarillas) «y se tomaron los primeros sitios eriazos que encontraron, tuvieron que levan- tar a pulso en ellos, acaso sin saber lo que hacían, los nuevos rancheríos del siglo XX: las ubicuas poblaciones callampas»262.
De esta manera, las «poblaciones callampas» se suman a los «conventillos».
Una de las razones principales del estancamiento del campo entre 1930 y 1960 fue la persistencia de relaciones de producción atrasadas. Lo que se manifestaba principalmente en la estructura monopólica de la propiedad de la tierra y, cuestión complementa- ria, en la supervivencia de la pequeña propiedad de subsistencia o de producción simple de mercancías. Los datos mostraban que 85% de las explotaciones agrícolas tenían superficies inferiores a las 50 hectáreas. Salvo casos excepcionales, la gran mayoría corresponde a pequeños productores que no ocupaban fuerza de trabajo asalariado y, probablemente, en gran parte correspondían a producción de subsistencia.
En cambio entre 1930 y 1960, el latifundio (de 201 a más de 5.000 ha) correspondía a menos de 6% de los productores y controlaba 87% de la superficie agrícola de Chile. «El monopolio de la propiedad agraria provoca, como se sabe, un derroche de recursos productivos y se constituye en un freno para la acumu- lación de capital en la medida en que no obliga a utilizar a fondo la tierra y a capitalizar al máximo el excedente, toda vez que el latifundio no se encuentra sujeto a la competencia»263.
Dentro de los aspectos cualitativos, el historiador Igor Goi- covic afirma que el proceso de migración campo-ciudad permi- tió desde los años cuarenta una alta concentración de sectores populares en lo que van a ser denominados posteriormente los cordones periféricos de las grandes ciudades, lo que en el len-
262 Gabriel Salazar, Movimientos sociales en Chile. Trayectoria histórica y
proyección política, Santiago, Uqbar Editores, septiembre de 2012, p. 175.
guaje de la época se denominó las poblaciones callampas. «Chi- le hasta ese momento había sido una sociedad eminentemente rural, pero desde la época del cuarenta en adelante comienza a transformarse rápidamente en una sociedad eminentemente urbana, en la cual los bolsones de pobreza que se comienzan a construir en los intersticios de las grandes ciudades, particu- larmente Valparaíso-Viña del Mar, Concepción-Talcahuano y todo lo que es la zona sur de Santiago, va a hacer irrumpir en el escenario urbano un nuevo componente social, un nuevo actor social, los pobladores»264.
Por otro lado, vamos a estar en presencia durante este mismo período de un amplio y sostenido desarrollo del proceso de in- dustrialización que permite que se articule en torno a los centros económicos de estas grandes ciudades un más numeroso y cada vez más politizado movimiento obrero. «El proceso migratorio va a producir la ampliación en ese sentido del proletariado como sector social protagónico al interior de los procesos sociales en Chile»265.
Para Gabriel Salazar, la «toma», que implicaba una violencia ejercida por los llamados «callamperos», consistía en legalizar, a la larga, dos objetivos estratégicos del ser marginal de ese pe- ríodo: a) la toma ilegal de un sitio urbano, y b) la integración a la sociedad urbana mediante una transgresión autointegradora promovida por los marginales266.
Por otra parte, el Estado que emerge al iniciarse la década de 1930 tiene nuevos rasgos democráticos y nacionales. Entre los primeros, conforma un nuevo ordenamiento institucional basado en la Constitución promulgada en 1925, que rompe con el parlamentarismo como núcleo de expresión oligárquica. Promueve una amplia legislación laboral y sindical, la amplia- ción del derecho al sufragio, la racionalización social del sistema educacional, previsional y de salud. Al mismo tiempo, instaura
264 Igor Goicovic, «El contexto en que surge», op. cit., pp. 4-5. 265 Ibid.
el impuesto a la renta y, finalmente, sanciona la separación entre la Iglesia y el Estado.
En suma, la crisis y el fin del ordenamiento comercial ex- portador provocó un cambio político y social sustantivo. Se desarrolló una nueva hegemonía política que se expresó en la construcción de un Estado y un orden económico de marcados rasgos democráticos y nacionales.
A partir de 1940, el Estado desarrolló una activa política de inversión directa en industrias básicas nacionales: siderurgia, petróleo, energía eléctrica, fundición y refinación de cobre de la pequeña y mediana minería, materias primas agropecuarias básicas, etcétera. A esto es necesario agregar la inversión pública indirecta, es decir, los créditos de largo plazo del Estado para el desarrollo de proyectos industriales. «La Corporación de Fo- mento de la Producción (Corfo), fundada durante el gobierno del Frente Popular de 1938, tuvo un rol destacado como banco de fomento industrial. Todo ello se manifestó en que, en 1959, el sector energía e industria recibió el 44% de la inversión pública total. Entre 1960 y 1970, el sector donde la inversión pública creció más rápidamente fue precisamente el sector industrial. Todo ello se dio en un marco en que la inversión pública total fue desplazando a la inversión privada. En efecto, a fines de la década de 1960, aquella llegó a ser más del doble de ésta»267.
Para otros autores, como Fernando Henrique Cardoso268, el
proceso de industrialización y sustitución de importaciones que aconteció entre las décadas de 1950 y 1960 en Latinoamérica, tuvo como rasgo distintivo la presentación y participación de las clases medias urbanas y de la burguesía industrial y comercial en el sistema de dominación.
267 Guillermo Geisse, op. cit., p. 131.
268 Fernando Cardoso y Enzo Faletto, Dependencia y desarrollo en América
Latina, 23a ed., México, 1988, en Fahra Neghme y Sebastián Leiva, La po-
lítica del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) durante la Unidad Popular y su influencia sobre los obreros y pobladores de Santiago, Tesis para obtener el grado de Licenciado en Educación en Historia y Geografía,
Este proceso de industrialización respondió, de al- guna manera, a una política de acuerdos entre sectores agroexportadores y financieros como sectores medios e industriales urbanos. También, en algunos casos, forma- ron parte los sectores populares integrados por sus tres componentes típicos: la masa obrera, la masa popular urbana y la masa agraria. En esta propuesta populista, formada por intereses contradictorios, se buscó generar un consenso para legitimar el sistema que se presentó al país como un programa de industrialización pluriclasista que ofrecía beneficio a todos269.
Al igual que el movimiento obrero, el movimiento de pobla- dores –como sostiene Mario Garcés– comenzaba ya en estos años a convertirse en uno de los dos grandes protagonistas colectivos del siglo XX. Cabe recordar que un alto grupo de hombres y mujeres del pueblo nunca alcanzaron la condición obrera, de- biendo permanecer en la categoría de «subproletariado». «Miles de mujeres de pueblo permanecieron durante gran parte del siglo como lavanderas de ropa ajena y del planchado, o como sirvientas domésticas, y nunca alcanzaron la condición obrera en sentido estricto; sin embargo, estas mismas mujeres fueron protagonistas fundamentales del movimiento de pobladores, en los años sesenta. Algo parecido ocurrió con esa gran diversidad de ‘trabajadores de cuenta propia’, maestros de diversos oficios o trabajadores temporales en tareas de sobrevivencia legales e ilegales, que difícilmente se pueden asimilar a la noción de ‘ejército industrial de reserva’; sin embargo, muchos de ellos se hicieron dirigentes del movimiento de pobladores en los años sesenta y setenta»270.
El 30 de octubre de 1957 se realizó el primer modelo re- conocido de una «toma planificada»: la población La Victoria. Los protagonistas de esta toma no levantaron una «callampa», sino una «población», «razón por la cual ya no fueron llamado
269 Ibid, p. 30.
270 Mario Garcés, Tomando su sitio. El movimiento de pobladores de Santiago,
‘callamperos’, sino, técnicamente, ‘pobladores’. Allí nació, pues, formalmente, para la historia, el movimiento de pobladores»271.
Así, en su lucha por obtener «un sitio en la ciudad», los po- bladores y sus organizaciones maduraron discursos y plataformas sectoriales, desarrollaron un «repertorio» de movilizaciones que abarcó desde la toma misma de un terreno hasta la ocupación de instituciones y oficinas estatales, aprendieron a relacionarse (negociando y/o confrontándose) con los partidos políticos y el aparato estatal, y «finalmente terminaron, ante la masividad de las ocupaciones, modificando el espacio urbano»272.