entre la Alianza y la seguridad nacional
La estrategia de Estados Unidos para enfrentar el período generado después de la Segunda Guerra Mundial, llamado la Guerra Fría46, tuvo dos proyectos claramente visibles en Latino-américa: en lo económico, la Alianza para el Progreso y una nueva estrategia militar: la doctrina de la seguridad nacional (DSN). «Pero si por una parte la Revolución Cubana fue responsable de la internacionalización de la movilización en el continente en cuanto favoreció el desarrollo de la izquierda revolucionaria latinoamericana; por otra, lo fue en parte también su contrapar- te, las que en las actuales teorías de los movimientos sociales se denomina una internacionalización de la represión»47.
La doctrina de seguridad nacional «como ideología, recono- ció sus orígenes en una visión bipolar del mundo desde la que, supuestamente, Occidente, liderado por los Estados Unidos, representaba el bien, la civilización, la democracia y el progreso;
46 El origen del término «Guerra Fría» surgió tras la Segunda Guerra Mundial.
Si bien fue un invento periodístico que popularizó Walter Lippman median- te una serie de artículos aparecidos en The New York Herald Tribune, su contenido lo enunciaron los autores que formularon la Doctrina Truman en 1947, especialmente George Kennan, Hans Morgenthau y Strausz-Hupé. La invención del vocablo se atribuyó a Richard Baruch, pero en realidad MP BDVÒÓ FM QFSJPEJTUB )FSCFSU #BZBSE 4XPQF BVUPS EF VOB JOUFSFTBOUF serie de reportajes sobre la Gran Guerra, que en 1946 era colaborador del gobierno de Estados Unidos en la ONU. Pedro Rivas Nieto y Pablo Rey García, «Bipolaridad y Guerra Fría en Iberoamérica. La Doctrina de Seguridad Nacional en el mundo de bloques», Revista Espacios Públicos, n° 24, vol. 12, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2009: IUUQSFEBMZDVBFNFYNYTSDJOJDJP"SU1EG3FEKTQ J$WF (consultado el 19 de noviembre de 2010).
47 Eduardo Rey Tristán, «La izquierda revolucionaria uruguaya 1955-1973»,
Sevilla, Serie Historia y Geografía n° 96. Diputación de Sevilla, Serie Nuestra América n° 17, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Escuela de Estudios Hispano-Americanos n° 435, Universidad de Sevilla, 2003, 49 p.: <http://books.google.cl/books?id=5yXNjGlM5VQC&pg=PA51&lpg= PA51&dq=%22nueva+izquierda+revolucionaria%22&source=bl&ots=x VX"HQTJH+$I075Y$15H[:53G4ZU0@&IMFTFJV, 51$5#TNDO"FLR04+%HTB9PJCPPL@SFTVMUDUSFTVMUSFTOVN WFE$#T2"&X"2WPOFQBHFROVFWBJ[RVJFSEB SFWPMVDJPOBSJBGGBMTF DPOTVMUBEPFMEFPDUVCSFEF
mientras que la entonces Unión Soviética estaba al frente del mal, el atraso y la dictadura»48.
De cierta manera, la doctrina de seguridad nacional es la adaptación de una base filosófica moral y de mitos políticos convertidos en herramienta para «los nuevos tiempos». La his- toria norteamericana desde la misma independencia nos muestra muchos de estos mitos fundadores, como el de la Divina Provi- dencia presente en su «Destino manifiesto».
Otro mito se relaciona con la idea particular de Estados Unidos, influida por la ética protestante y la idea calvinista de la purificación en el trabajo: La «Gran República» y su necesaria exportación hacia otros pueblos, «para que encuentren el cami- no». Esta idea de los llamados padres fundadores estará presente en la Convención de Filadelfia en 1787. El imperativo básico es el de un Ejecutivo fuerte y la ampliación de las relaciones comer- ciales. Sin embargo, será en 1818 cuando se reafirme el supuesto del liderazgo histórico de la «Gran Nación Norteamericana», sobre la base de dos principios: «la exportación del modelo y la exclusividad de acción en el continente»49.
Posteriormente, en 1823, el presidente de EE.UU., James
Monroe, planteó como respuesta a la amenaza que suponía la restauración monárquica en Europa y la Santa Alianza, lo que se conocería como la Doctrina Monroe: «América para los americanos».
Como afirma Cristián Fuentevilla «aquí se expresan por primera vez unidos los conceptos de interés nacional y de área de influencia en Latinoamérica. Su expresión concreta no es el rechazo a la negociación, pero se expresa también en la justifi- cación del recurso de la fuerza para la ‘satisfacción del interés y
48 Édgar Velásquez Rivera, «Historia de la Doctrina de la Seguridad Nacional»,
Revista Convergencia, n° 27, enero-abril, vol. 9, Toluca, Universidad Autó-
noma del Estado México, Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública, 2002: <http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/src/inicio/ArtPdfRed. KTQ J$WF DPOTVMUBEPFMEFOPWJFNCSFEF
49 Cristián Fuentevilla Saa, «El Destino Manifiesto en la representación de la
Doctrina de la Seguridad Nacional», Revista Polis, n° 19, Santiago, Uni- versidad Bolivariana, 2008: <http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/src/inicio/ "SU1EG3FEKTQ J$WF DPOTVMUBEPFMEFOPWJFNCSFEF
el crecimiento nacional’. Y será un corolario de intervenciones en Panamá, Nicaragua, Haití y Honduras que resumen el interés económico presente en estos países»50.
La primera convocatoria de la materialización de los intere- ses hemisféricos en el marco de la doctrina de seguridad nacional en construcción, fue la reunión del 2 de septiembre de 1947 en Río de Janeiro, que constituyó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), también llamado Tratado de Río.
Según el artículo 3.1 de este tratado: «en caso de (...) un ata- que armado por cualquier Estado contra un Estado Americano, será considerado como un ataque contra todos los Estados Ame- ricanos, y en consecuencia, cada una de las partes contratantes se compromete a ayudar a hacer frente al ataque en ejercicio del derecho inminente de legítima defensa individual o colectiva que reconoce el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas»51.
En la década de 1950 a 1960, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca estuvo asistido y convocado a lo menos 20 veces, principalmente a partir del bloqueo a Cuba y del conflicto entre Honduras y Guatemala. Este tratado además implica el desarme de las FF.AA. de Costa Rica, ya que se consideraba que
elTIAR en su planteamiento cooperativo las hacía innecesarias. Como sostiene Cristián Fuentevilla «los primeros presupues- tos teóricos en función del carácter de la DSN, están sujetos a las experiencias de las guerras de Liberación Nacional, en función de crear una relación con las características contrainsurgentes de estos conflictos y las materias que definirán el tipo de enemigo que se configura en el marco de la DSN. Lo cierto y lo que se evidencia hasta aquí, es que bajo los propósitos científicos de un conflicto de contención la concepción del enemigo interno jugará un rol gravitante, bajo el manejo cognitivo de las dinámicas de resistencias a las políticas colonialistas europeas y la de EE.UU.»52.
En 1946, se crea la Escuela de las Américas, que funcionará en Panamá hasta su traslado a Georgia (1984). Uno de los obje-
50 Ibid. 51 Ibid. 52 Ibid.
tivos de esta escuela era la de proveer de un instrumental teórico en guerra psicológica y de manejo de información en el marco de las detenciones y los posteriores interrogatorios.
Fuentevilla sostiene que «en este contexto permite además socializar las experiencias de los golpes de Estado (del francés
coup d’État), en países que prematuramente estuvieron sujetos
a la represión, aniquilamiento y neutralización de las diferentes expresiones de disidencia política. Por lo tanto, también sujetos a sus experiencias en estos campos de acción. Probablemente, Brasil sea el más emblemático en patentar una serie de ejercicios de torturas como el pau-de-arara y otros, pero que se comien- zan a diferenciar en 1964, de otros golpes militares previos en Latinoamérica, como el de Uruguay en 1954 o el de Ecuador en 1963, Argentina en 1962 y Perú el mismo año, etc.»53.
Esta Escuela dictó cursos en español y portugués destinados a «brindar» a los militares latinoamericanos una formación que les permitiera contribuir a la seguridad de sus respectivos países. Para Édgar Velásquez «en tales escuelas los cursos in- culcaron una ideología anticomunista y una filosofía contrarre- volucionaria. Estas concepciones del Pentágono dedicaron un tiempo desmesurado al anticomunismo y al adoctrinamiento pronorteamericano»54.
En septiembre de 1975 se habían graduado 33 mil 147 alumnos en la Escuela de las Américas, y muchos de ellos ocu- paron altos cargos en sus gobiernos. En octubre de 1973, más de 170 graduados eran jefes de gobierno, ministros, comandantes, generales o directores de los departamentos de inteligencia de sus respectivos países. Los golpes de Estado en Perú, Bolivia, Panamá y Chile fueron llevados a cabo por los más aplicados oficiales que habían asistido a cursos en la Escuela. Velásquez Rivera sostiene que «en los pocos países de la región donde no hubo golpes de Estado, altos oficiales también egresados de la
USARSA, se vieron comprometidos con la violación sistemática de derechos humanos, lo cual indujo a Organizaciones No Gu-
53 Ibid.
bernamentales de Estados Unidos a presionar a su gobierno para que se desmontaran estos centros»55.
Por otra parte, la religión tampoco fue excluida por la doc- trina de seguridad nacional: esta se presentó como defensora de la civilización cristiana contra el comunismo y el ateísmo. Ofreció a instituciones eclesiásticas favores y privilegios, prestigio y apoyo. Édgar Velásquez sostiene que «el cristianismo que la
DSN promovió fue uno centrado en los mitos, ritos, costumbres
y gestos de la ortodoxia judeocristiana. Un cristianismo sin com- promiso popular. La DSN no concibió una Iglesia comprometida
con los grandes problemas estructurales y coyunturales del pue- blo latinoamericano, sino con los principios tutelares del orden, la autoridad, la defensa de la propiedad privada y, en general, con los postulados del conservadurismo. La DSN promovió la
llegada de otras confesiones religiosas a América Latina desde los años 60, las cuales se convirtieron a la postre en importante base social de la derecha, con el propósito exclusivo de penetrar en aquellos sectores sociales más vulnerables económicamente y políticamente maleables y reventarles su capacidad de lucha y organización por unas mejores condiciones de vida. La DSN
conspiró contra el clero comprometido social, política y evan- gélicamente con el pueblo56».
Un buen ejemplo del punto anterior se da en noviembre de 1976, cuando un oficial encargado del servicio de comunicacio- nes sociales del Gobierno chileno envió una circular a todas las instituciones nacionales para recordar a la nación que –como sostiene Rivas Nieto- «el mundo actual está en guerra. El impe- rialismo soviético extiende cada vez más su dominación mediante una guerra de conquista que usa todas las formas conocidas de agresión moral, espiritual y física. Y era tan peligroso porque su Dios –la dialéctica histórica– era santificado e identificado con los fines últimos de la vida. Era un enemigo con el que por vez primera en la historia no había nada en común»57.
55 Ibid. 56 Ibid.
La definición más comúnmente aceptada del concepto de seguridad nacional, especialmente por el «alcance político estra- tégico» de la misma, es la propuesta por la Escuela Superior de Guerra de Brasil y que señala lo siguiente según Andrés Nina: «Seguridad Nacional es el grado relativo de garantía que, a tra- vés de acciones políticas, económicas, psico-sociales y militares, un Estado puede proporcionar, en una determinada época, a la Nación que jurisdicciona, para la consecución y salvaguardia de los objetivos nacionales, a pesar de los antagonismos internos o externos existentes o previsibles»58.
En el caso chileno, la Academia Nacional de Estudios Po- líticos y Estratégicos (Anepe) definió, en 1982, a la seguridad nacional como «una necesidad vital del Estado-nación, cuya satisfacción la obtiene alcanzando el conjunto de condiciones que garanticen a la comunidad el logro de sus legítimas aspiraciones e intereses permanentes, de acuerdo con las exigencias del bien común, empleando para esta finalidad el potencial nacional»59.
Y en relación a la doctrina de seguridad nacional estadouni- dense, el Ejército chileno señaló: «Tiene como finalidad básica la de crear las condiciones favorables para evitar, y si ello no es posible, enfrentar, un futuro conflicto internacional cuyos efec- tos devastadores sin duda afectarán al territorio y la población de ese país, aun en el supuesto caso de que no se utilicen armas nucleares»60.
La doctrina de seguridad nacional en el marco de la Guerra Fría aporta a lo menos dos momentos que constituyen una pri- mera aproximación a un silogismo: el primero se da en la década de 1950 en el contexto de la contención y el segundo se produce en la década de 1960 bajo los impulsos de la contrainsurgencia.
58 Andrés Nina, «La Doctrina de Seguridad Nacional y la integración en
América Latina», Revista Nueva Sociedad, n° 27, noviembre-diciembre, IUUQXXXOVTPPSHVQMPBEBSUJDVMPT@QEG DPOTVMUBEP FM 22 de noviembre de 2010).
59 Ejército de Chile, La Seguridad Nacional, Santiago, Comando de Institutos
Militares, Academia de Guerra, 1984, p. 13.
Por contrainsurgencia entenderemos una característica de las políticas represivas estatales, que utilizando diversas medidas legales e ilegales, tiene como objetivo detectar y destruir a los miembros y bases de apoyo de los eventuales grupos insurgentes. Esta medidas pueden ir desde las tácticas militares (las que inclui- rán la tortura como método de obtención de información) hasta la labor social del ejército (cortes de cabello, arreglar aparatos electrodomésticos, regalar despensas y dulces a los niños). Todas estas acciones realizadas con el objetivo de obtener información de qué fuerzas y quiénes son probables simpatizantes de las guerrillas.
La contrainsurgencia pasó a ser parte inseparable de los ob- jetivos de la política de seguridad externa estadounidense, con la aprobación de la Ley de Ayuda Exterior en 1961 por el presidente John F. Kennedy. En este marco, Estados Unidos buscó además la cualificación de la fuerza militar especializada para este tipo de conflictos, para lo cual la Fuerza de Tarea del Comando Sur siguió bajo el patrimonio de la Escuela de las Américas. De esta manera, el mandatario pretendía frenar cualquier posibilidad de expansión de la Revolución Cubana, mientras se mantuviera en combate en Vietnam.
Recordemos que Estados Unidos justificó la guerra en Viet- nam por la famosa «teoría del dominó». Se jugaba en ella el crédito del país, porque –como sostiene Pedro Rivas Nieto– «si se cedía en el Vietnam nadie creería en su determinación de de- fender a sus aliados contra el comunismo. Los Estados Unidos, que tras la Segunda Guerra Mundial habían ayudado a construir un nuevo orden internacional, ayudado a rehabilitar Europa y Japón, frenado la expansión soviética en Grecia, Turquía, Berlín y Corea, y firmado sus primeras alianzas permanentes en tiempos de paz, se embarcaron en una complicada aventura en Indochina. Los Estados Unidos entraron en esa guerra porque, según sus cálculos, Vietnam del Norte, controlado por China y ésta a su vez por el Kremlin, atacaba el equilibrio internacional. Indochina era además la piedra angular de la seguridad estadounidense en el Pacífico»61.
El otro proyecto estratégico norteamericano para enfrentar la Guerra Fría en América Latina, y que era la otra cara de la mone- da de la doctrina de seguridad nacional, fue lo que el presidente John F. Kennedy denominó la Alianza para el Progreso (1961 y 1969). «Lo que en definitiva se traducía en la reedición de las po- líticas desarrollistas en materia económica en Latinoamérica»62.
Como señaló el embajador estadounidense en Chile, Char- les Cole, en el aniversario de la independencia de su país: «Y si tenemos buen éxito, si nuestro esfuerzo es suficientemente audaz y decidido, el fin de la década marcará el comienzo de una nueva era en la experiencia americana. Subirá el nivel de vida de toda familia de América; todos tendrán acceso a una educación básica; del hambre no quedará recuerdo; la necesidad de ayuda exterior considerable habrá desaparecido; la mayoría de las naciones habrán entrado en un periodo en el que podrán crecer con sus propios recursos, y aunque todavía quedará mucho por hacer, cada república americana será dueña de su propia revolución de esperanza y progreso»63.
Para el presidente Kennedy algunos de los puntos iniciales principales de la Alianza para el Progreso eran los siguiente: una década de esfuerzo máximo; una reunión del Consejo Económico Social Interamericano para iniciar una planificación de la Alianza; apoyo para la integración económica latinoamericana mediante un área de libre comercio y de mercado común centroamericano; y una renovación del compromiso de Estados Unidos de defender a todas las naciones del continente.
Un año después de establecida la estructura básica de la Alianza, el presidente Kennedy afirmó: «Estas reformas sociales constituyen el corazón de la Alianza para el Progreso. Consti- tuyen la condición previa de la modernización económica me- diante el cual aseguramos al pobre y al hambriento, al obrero y al campesino su plena participación en los beneficios de nuestro
62 Cristián Fuentevilla, op. cit.
63 Alianza para el Progreso, «Documentos básicos», declaración de Charles
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desarrollo y en la dignidad humana, que es el propósito de las sociedades libres. Al mismo tiempo, comprendemos las dificulta- des de rehacer estructuras sociales tradicionales profundamente arraigadas. Pedimos que un progreso substancial y firme hacia la reforma acompañe el esfuerzo para el desarrollo de las naciones americanas»64.
El asesinato del presidente Kennedy (1963) y el paulatino abandono de este proyecto, en muchos casos por los golpes de Estado contra los presidentes partidarios de la iniciativa, hicieron que a fines de los sesenta esta alianza estuviera agonizando. Las críticas no obstante, principalmente desde la izquierda latinoa- mericana, habían comenzado años antes. «La Alianza para el Progreso, como lo anticiparon los espíritus lúcidos de América Latina, nació muerta. Sólo vivió en las esperanzas de nuestros pueblos que, engañados, creyeron que ella les garantizaría ocupa- ción, alimento, techo y salud, seguridad social, educación, cultura y esparcimiento. Hace seis años, en 1961, en este mismo lugar de Punta del Este, los encargados de los diversos gobiernos del continente practicaron un descarnado recuento de la miseria de América Latina, para extender la mano en pos de la propina»65.