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Corazones Al Servicio de Las Fragilidades Humanas - Arnaldo Pangrazzi

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ARNALDO PANGRAZZI

Corazones al servicio

de las

fragilidades humanas

(3)

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la red: www.conlicencia.com o por teléfono: +34 91 702 1970 / +34 93 272 0447

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Título original:

Cuori a servizio delle fragilità umane. Volontari testimoni di speranza

© Arnaldo Pangrazzi, 2016

[email protected]

Traducción: M. M. Leonetti © Editorial Sal Terrae, 2017 Grupo de Comunicación Loyola

Polígono de Raos, Parcela 14-I 39600 Maliaño (Cantabria) – España Tfno.: +34 94 236 9198 / Fax: +34 94 236 9201

[email protected] / www.gcloyola.com

Imprimatur: † Manuel Sánchez Monge

Obispo de Santander 20-12-2017 Diseño de cubierta: Vicente Aznar Mengual, SJ

Edición Digital ISBN: 978-84-293-2635-2

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E

ste libro contribuye a la formación de los voluntarios, en particular a quienes trabajan en las instituciones sanitarias

Trata sobre la distribución geográfica del voluntariado, sus motivaciones, los objetivos y el espíritu de la asociación a la que pertenecen, los itinerarios formativos para habilitar al servicio, la función del grupo en el crecimiento de sus miembros, los valores que hay en el corazón del testimonio, el mapa de las presencias junto a las diversas fragilidades humanas, las competencias requeridas para trabajar con profesionalidad, las trampas que pueden obstaculizar el espíritu del voluntariado.

ARNALDO PANGRAZZI, religioso camilo y una de las más reconocidas figuras en

pastoral de la salud y ayuda a enfermos terminales y personas en duelo, profesor de Pastoral y Formación pastoral clínica en el «Camillianum» de Roma, es autor de numerosos libros, en Sal Terrae, podemos mencionar: «Girasoles junto a sauces. En diálogo con los enfermos»; «El Enneagrama. Un viaje hacia la libertad»; «Sufrimiento y esperanza. Acompañar al enfermo»; «La pastoral de la salud. Sanación global»; «Dejarse curar por Jesús. Curar en el nombre de Jesús»; «El dolor no es para siempre. Los grupos de ayuda mutua en el duelo». Y en Mensajero: «La pérdida de una persona querida. Itinerarios de curación».

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Índice

Portada Créditos Preámbulo

Ser girasoles junto a los sauces llorones[2] 1. RADIOGRAFÍA DE UNA GALAXIA

Un fenómeno de vastas proporciones Geografía del voluntariado Beneficios del voluntariado Voluntarios en el mundo de la salud

La transformación de la cultura El voluntariado socio-sanitario Aliviar el dolor a través del amor

2. TESELAS FUNDAMENTALES DEL VOLUNTARIADO Las motivaciones para el servicio

Purificar las motivaciones Itinerarios motivacionales Sembradores de esperanza

La inspiración de una «mujer vestida de blanco» Educar en la esperanza

Itinerarios formativos Formación de base

Formación sectorial o específica Formación permanente

Sanadores heridos junto al que sufre Un herido entre los heridos El dolor que sana

Juntos para servir mejor. La vida asociativa Modo de situarse en el grupo

Objetivos del grupo

El grupo: de la individualidad a la comunión Crear unidad en torno al estatuto Un relato emblemático

Aspectos de la vida de grupo

3. LA VISITA AL ENFERMO: CORAZÓN DEL SERVICIO Tras las huellas del buen Samaritano

Los protagonistas

Testigos de la misericordia Humanizar los centros sanitarios

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Aspectos deshumanizadores de las instituciones El hospital: espejo de la humanidad

La aportación de los voluntarios a un clima humanizador 1) La acogida

2) La centralidad del enfermo 3) La curación global del enfermo 4) La irradiación de la esperanza Caleidoscopio de presencias sanadoras

Ser humilde Estar presente Ser fármaco Ser mediador

Ser compañero de viaje

La geografía del sufrimiento humano

Los diversos rostros del sufrimiento humano El sufrimiento físico

El sufrimiento mental El sufrimiento social El sufrimiento emocional El sufrimiento espiritual Una mirada realista Cultivar la competencia relacional

Educarse para observar Educarse para escuchar Educarse para responder Cultivar la empatía

Cultivar la competencia emotiva

Ofrecer acogida a los sentimientos Favorecer la liberación del dolor

Integrar los sentimientos para un crecimiento global Las trampas que obstaculizan el espíritu del voluntariado

1. La terapia de la autonarración (pseudopsicoterapeuta) 2. Atención a los problemas físicos (pseudomédico) 3. Apagar los sentimientos (pseudobombero)

4. Minimizar los problemas (pseudoactor) 5. Espiritualizar el dolor (pseudosacerdote) 4. JUNTO A LAS DIVERSAS FRAGILIDADES

Voluntarios junto a los discapacitados Actitudes culturales y discapacidad El voluntario junto a los discapacitados Voluntarios junto a los ancianos

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Reacciones ante las pérdidas La consumación de la vida

La ternura de los voluntarios junto a los ancianos Voluntarios junto a los enfermos psíquicos

Causas de los trastornos psíquicos e intervenciones El malestar mental y la contribución de los voluntarios Voluntarios junto a los enfermos graves y los moribundos

Miedos y esperanzas de los moribundos El voluntario: custodio de las confidencias Voluntarios junto al que está en duelo

Ofrecer consuelo a los afligidos Acoger los desahogos y las lágrimas

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Preámbulo

Según los datos del Istat (Istituto di Statistica), en poco más de 20 años, el porcentaje de italianos[1] que se dedican al voluntariado ha pasado del 6,9 al 10%, con más de 5

millones de personas comprometidas a aliviar las estrecheces y los sufrimientos del prójimo. El mayor incremento se registra en las franjas de edad de los jóvenes y los ancianos, sobre todo en los de más de sesenta años.

De todos modos, la participación en el voluntariado anda todavía lejos de los valores registrados en otros países europeos como Holanda, Suecia y el Reino Unido, donde el porcentaje supera el 40%. En cualquier caso, los datos del Istat ilustran una tendencia positiva que habla a favor de una sociedad fuertemente comprometida con la vertiente de la solidaridad y del altruismo.

De los pequeños riachuelos que eran hace algunas décadas, los voluntarios se han transformado en grandes ríos que están penetrando y transformando las instituciones, el tejido social, el mundo eclesial.

Sus intervenciones se extienden desde el sector educativo hasta la protección civil, desde el mundo socio-asistencial hasta las instituciones sanitarias, desde la tutela medioambiental hasta la promoción cultural.

El ámbito sanitario incluye a más del 26% del voluntariado, con más de treinta mil asociaciones implicadas en diversas actividades, entre las que podemos citar: la asistencia sanitaria, el apoyo moral, la escucha y el acompañamiento de enfermos, el transporte de personas con movilidad limitada, la tutela de los derechos de los enfermos.

Más allá de la especificidad de cada grupo, existe un ingrediente esencial en el voluntariado que tiene que ver con la aptitud para la relación de ayuda como medio de acogida, comprensión y acompañamiento de las personas afectadas por diferentes fragilidades.

Este libro quiere ser una pequeña contribución a la formación de las personas inscritas en las diferentes asociaciones de voluntariado, en particular las que trabajan en las instituciones sanitarias.

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En los diferentes capítulos nos iremos ocupando de temas de particular relieve, como la distribución geográfica del voluntariado, las motivaciones que inducen a las personas a entregarse a los otros, los objetivos y el espíritu de la asociación a la que pertenecen, los itinerarios formativos para habilitar al servicio, la función del grupo en el crecimiento de sus miembros, los valores que hay en el corazón del testimonio, el mapa de las presencias junto a las diversas fragilidades humanas, las competencias requeridas para trabajar con profesionalidad, las trampas que pueden obstaculizar el espíritu del voluntariado.

En primer lugar, el servicio de los voluntarios se dirige a personas con diferentes necesidades: el destinatario principal de su intervención es el mismo enfermo, que se encuentra en el corazón de su opción. El voluntario se abre, a través de su visita, al don de la reciprocidad, favorece el diálogo, aprende lecciones gratuitas sobre el arte de vivir y de padecer, crea un clima de acogida y alivia la soledad.

En segundo lugar, su atención se dirige, asimismo, a los familiares del enfermo, que pueden vivir momentos estresantes en el cuidado diario de un familiar con capacidad limitada o encamado, o incluso experiencias angustiosas en la sala de reanimación o en la unidad de traumatología o al lado de un moribundo amado. En algunas ocasiones, parte de su tiempo está dedicado también al personal sanitario, estresado a veces por la carga de trabajo o por problemas personales o familiares que repercuten en su tarea profesional. Un horizonte que no se debe descuidar tiene que ver con la ayuda recíproca

entre los voluntarios como miembros de una familia o asociación en la que se crece, se

conocen unos a otros, existe una confrontación constructiva, se ayudan mutuamente, sobre todo cuando alguien se ha visto golpeado por adversidades (enfermedades, problemas relacionales, la muerte) que imposibilitan su servicio.

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Ser girasoles junto a los sauces llorones

[2]

Una sugerente metáfora del significado de la presencia del voluntario es percibirlo como un girasol que lleva su luz y su sonrisa a los enfermos (sauces llorones) que viven la estación de la enfermedad. Querría volver a proponer esta imagen recuperándola de un texto mío anterior, con la conciencia de que en cada uno de nosotros habita tanto el girasol como el sauce llorón, y de que el mundo de la salud necesita muchos girasoles:

«Se quiera o no, es imposible arrancar de la vida los sauces llorones. Antes o

después, el dolor llama a nuestra propia puerta; para algunos con el semblante del sufrimiento físico o mental; para otros con el sabor amargo de heridas personales nunca cicatrizadas; y para otros mediante la aridez del espíritu o la falta de ideales.

En primer lugar: la vida interpela a cada sauce a ahondar en sus raíces para encontrar y despertar a su propio médico interior. A la sombra de cada sauce hace guardia un girasol, lo mismo que detrás de cada problema se esconde un don.

Ningún rostro está tan lleno de lágrimas que no le quede espacio para una sonrisa; ninguna tragedia es tan grave que no deje algún hilo de esperanza a lo largo de su recorrido, como ninguna noche es tan larga que no venga seguida de un nuevo día. El llanto del sauce no anula la presencia del girasol, que vive en el mismo jardín. Solo quien está en contacto con su propio girasol sabe cantar a la esperanza.

En segundo lugar: el mundo tiene mayor necesidad de girasoles que de sauces. Sauces no son solo los enfermos, sino también quienes ven la realidad con los ojos del pesimismo, quienes critican todo lo que no se corresponde con sus expectativas, quienes se sienten víctimas de la injusticia de la vida, quienes no se sienten contentos si no están descontentos.

Las imágenes de aflicción y negatividad reclaman la presencia de los girasoles que transmitan sol, luz y resurrección.

Girasoles son quienes se acercan al dolor sin minimizarlo o banalizarlo, sino derramando el óleo de la curación y alimentando la esperanza en el corazón de quien sufre. Girasoles son quienes contrapesan los días lluviosos con el arco iris de la compresión y los rayos luminosos de la amabilidad y la bondad.

El girasol tiene una historia que contar: no pretende crecer él solo, sino que vive feliz en comunión, sin competir por el espacio o por la luz, pues para todos hay sol y alimento suficientes. El girasol no es egoísta ni avaro; acoge en la trama de su rostro abejas, mariposas y otros insectos que necesitan su linfa y sus dones.

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El girasol no contempla la realidad desde arriba para dominarla, sino para iluminarla con su luz y besarla con su sonrisa. Se confía al sol para recibir energía y vida, pero también sabe inclinarse ante la noche para aceptar la otra dimensión de la existencia.

En el mundo de la salud son símbolos de esperanza todos los que honran la vida como el girasol. El girasol no se hace ilusiones de que los dones que posee, las sonrisas que dirige, la luz que ofrece, el aceite que segrega... sean mérito suyo: por eso se mantiene en constante adoración del Sol que le da la vida y le alimenta.

En el corazón de cada girasol hay un canto de alegría dirigido a Dios, dador de todo bien».

ARNALDO PANGRAZZI

[1]. Según http://www.plataformavoluntariado.org/guia-voluntariado.php, todavía no tenemos capacidad para estudiar la cifra referente a España, por varios motivos: 1) Cada entidad puede tener un concepto muy diferente sobre lo que es voluntariado y considerar como tal algo que otra organización no tiene en cuenta; 2) las organizaciones no disponen de ninguna herramienta para enviarnos sus datos concretos sobre el voluntariado de que disponen en sus proyectos; 3) la labor se dificulta dada la gran rotación de personal voluntario que suele haber en los proyectos. (NdT).

[2]. A. PANGRAZZI, Sii un girasole accanto ai salici piangenti, Ed. Camilliane, Torino 1999, 187-188 (trad.

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1.

RADIOGRAFÍA DE UNA GALAXIA

«Demasiado a menudo contribuimos

a la globalización de la indiferencia; tratemos, más bien, de vivir

una solidaridad global».

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Himno a la vida

«La vida es una oportunidad, aprovéchala; la vida es belleza, admírala;

la vida es dicha, saboréala; la vida es un sueño, hazlo realidad.

La vida es un reto, afróntalo; la vida es un deber, cúmplelo;

la vida es un juego, juégalo; la vida es preciosa, cuídala.

La vida es riqueza, valórala; la vida es amor, vívelo; la vida es un misterio, descúbrelo;

la vida es promesa, realízala.

La vida es tristeza, supérala; la vida es un himno, cántalo; la vida es una lucha, acéptala; la vida es una aventura, vívela;

La vida es la vida, defiéndela».

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Un fenómeno de vastas proporciones

El voluntariado es un fenómeno que interesa a hombres y mujeres de diversas edades, profesiones, culturas, razas e ideologías.

Los voluntarios, hace unos años pequeños riachuelos reducidos con frecuencia al ámbito parroquial y, en ocasiones, provistos tan solo de una fuerte carga emotiva, se han ido transformando gradualmente en ríos que atraviesan y humanizan la cultura y las instituciones civiles, eclesiales y sanitarias.

El siguiente lema, adoptado por la Asociación de Familias de Discapacitados de Italia, ilustra de manera eficaz el fenómeno del voluntariado, tal como se ha ido consolidando en el curso de las últimas décadas en respuesta a toda una serie de desafíos y necesidades:

«La esperanza es como una senda en el monte. Antes no existía. Pero cuando muchos caminan juntos por el mismo sitio, la senda empieza a existir».

Geografía del voluntariado

El voluntariado, más que un planeta, es una galaxia con una infinidad de siglas, identidades, itinerarios formativos, finalidades operativas, órganos de información e intervenciones. Va desde una forma de voluntariado espontánea e individual a otra caracterizada por la pertenencia a grupos parroquiales o institucionales, a organizaciones y asociaciones constituidas jurídicamente con coordinaciones locales, regionales, interregionales, nacionales o internacionales. Desde los grupos pequeños hasta las asociaciones nacionales, cada núcleo tiene su historia, su misión, su estatuto y sus criterios de pertenencia.

Existe un voluntariado que trabaja predominantemente en el interior de la más amplia comunidad civil (voluntariado ambiental) y eclesial (grupos de Cáritas o de catequistas), y otro que se halla más presente en las instituciones (hospitales, casas de reposo, centros de rehabilitación).

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Hay un voluntariado que da prioridad a la atención a las emergencias (ambulancias o Fundación Cruz Blanca) o se hace presente en las calamidades (protección civil), y otro más comprometido con la vertiente internacional (servicio en los países pobres o compromiso con la promoción de misiones de paz).

Los ámbitos de acción abarcan toda una variedad de mundos que incluyen la esfera

cultural (escuela, formación, tutela de bienes artísticos e históricos, iniciativas de

promoción humana), medioambiental (salvaguarda de la naturaleza, lucha contra la contaminación, protección de los animales, tutela de los bienes comunitarios), social (acogida de extranjeros, solidaridad con los débiles y los marginados, visita a los encarcelados, ayuda a los pobres y a los sin techo), religiosa (consuelo espiritual a enfermos y moribundos, enseñanza religiosa, animación de iniciativas parroquiales, participación en actividades caritativas y misioneras), sanitaria (visita a enfermos, tutela de los derechos de los discapacitados y de los enfermos psíquicos, ayuda práctica y moral a los ancianos, apoyo a las viudas, a los toxicómanos, etc.).

Este enorme depósito de recursos humanos y profesionales corre el riesgo de verse contaminado por la presencia de fuerzas políticas o económicas que tratan de instrumentalizarlo, desnaturalizando su autonomía y su capacidad propulsora e innovadora. Para protegerse hay que mantenerse vigilantes, a fin de salvaguardar el espíritu y los principios que constituyen el corazón mismo de su identidad.

Beneficios del voluntariado

El voluntariado beneficia a la sociedad, y formar parte del mismo beneficia a quien lo practica. La positividad de esta presencia la corroboran los numerosos artículos que se publican a diario sobre el tema. Diversos estudios parecen sostener que ayudar al prójimo mejora la salud y la calidad de vida.

Entre los beneficios psicológicos se cuentan la reducción del egocentrismo, una mayor capacidad de afrontar las crisis y de empatizar con el que sufre, una disminución del sentido de victimismo y del aislamiento social.

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calidad del sueño.

Entre los beneficios mentales se citan el hecho de que se nos educa para adquirir una visión más realista de la realidad, una mayor conciencia de las verdades de la existencia y el desarrollo de habilidades comunicativas y de escucha.

Entre los beneficios espirituales se incluyen el descubrimiento del sentido más auténtico de la existencia, la posibilidad de dar testimonio de la caridad y la esperanza, una impronta más profunda en la relación con Dios y con los demás.

Ser voluntario constituye, por tanto, una oportunidad única e irrepetible para descubrirnos a nosotros mismos, nuestras capacidades y nuestros límites, y para vivir el amor en el encuentro con el prójimo que sufre. Como escribía el papa Juan Pablo II: «El mundo del sufrimiento humano invoca constantemente otro mundo: el del amor humano» (Salvifici Doloris, 29).

«La verdadera felicidad no se deriva de lo que obtenemos,

sino de lo que damos».

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Voluntarios en el mundo de la salud

En la sección anterior hemos esbozado la «geografía del voluntariado», compuesta por una multiplicidad de grupos comprometidos en mejorar los diferentes contextos sociales: desde la salvaguarda de los bienes medioambientales hasta la promoción social; desde el compromiso en el tema de la paz hasta el dedicado al consuelo espiritual.

El voluntariado sigue siendo un laboratorio capaz de liberar una multiplicidad de fuerzas a través de un mosaico de iniciativas orientadas a mejorar los contextos de vida y ofrecer acogida, ayuda y respuestas a las fragilidades humanas.

La transformación de la cultura

Dado su carácter de donación y entrega, el voluntariado es, ante todo, levadura para la transformación de la sociedad y sus valores.

En un mundo caracterizado por la productividad, por la búsqueda de los intereses privados y del beneficio, su testimonio hace de él un signo y una llamada a interpretar de otro modo la ciudadanía humana.

Su presencia construye silenciosamente el advenimiento de una nueva cultura que valora:

– el ser más que al tener;

– la reconciliación con la fragilidad más que la huida de la misma o su eliminación; – la práctica del altruismo más que la del egoísmo;

– al espíritu de grupo más que la autorreferencialidad.

Una buena parte de estos testigos del altruismo trabaja en el complejo mundo de la salud. Se trata de una presencia discreta, pero significativa, en cuanto que contrasta con la tendencia común a buscar la propia comodidad, el placer, la búsqueda de los bienes materiales, el desinterés por los problemas del prójimo.

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Sin recurrir al micrófono, el testimonio de estos corazones humanizados y humanizadores crea nuevas sendas a lo largo de las cuales se puede redescubrir la humanidad.

El voluntariado socio-sanitario

La legislación italiana, en la ley marco de 1991 (11 de agosto, n. 266), dice textualmente: «La República Italiana reconoce el valor social y la función de las actividades de

voluntariado como expresión de participación, solidaridad y pluralismo, promueve su desarrollo preservando su autonomía y fomenta su aportación original a la consecución de los objetivos de carácter social, civil y cultural...» (art. 1)[1].

Al subrayar la importancia de la presencia solidaria junto a las clases más débiles, la legislación reconoce al voluntariado como órgano de consulta, programación y control en la gestión de los servicios. Este se ha ido consolidando, de hecho, como presencia cualificada en diversos organismos comprometidos en la tutela y la calidad de los servicios al ciudadano.

A lo largo de las últimas décadas se ha ido consolidando una significativa evolución del voluntariado, que se confía cada vez menos a la espontaneidad individual y cada vez más a la organización del grupo; cuenta con itinerarios formativos bien definidos, está implicado en el trabajo en red y colabora con una variedad de organismos civiles y sanitarios, a fin de responder mejor a los desafíos planteados por el sufrimiento humano.

El maremágnum del voluntariado socio-sanitario está representado por una miríada de asociaciones implicadas en actividades tales como el transporte de los enfermos, la asistencia sanitaria, el apoyo humano y espiritual, la ayuda material a los necesitados, la tutela de los derechos de los enfermos, los centros de escucha, los grupos de ayuda mutua, las actividades culturales y recreativas en favor de los ancianos y los discapacitados, el acompañamiento de los moribundos...

Entre las diversas asociaciones se señalan las implicadas en primeros auxilios (Cruz Roja, Confederación de las Misericordias de Italia, Asociación Nacional de las Asistencias Públicas), las que actúan en el frente del soporte asistencial a los enfermos

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la donación (Avis, AIDO), las orientadas a la ayuda mutua (Asociaciones de mujeres operadas de cáncer de mama, Asociaciones de afectados de esclerosis múltiple, Asociaciones de lucha contra la insuficiencia respiratoria, Asociaciones de afectados de cáncer de pulmón), las surgidas para la asistencia en peregrinaciones (Unitalsi, Oftal, Fraternidad de Nuestra Señora de Lourdes).

Aliviar el dolor a través del amor

Hay un voluntariado de inspiración cristiana y otro independiente de las confesiones

religiosas: lo que tienen en común es el espíritu de gratuidad en el servicio.

Este ejército de hombres y mujeres, testigos de la proximidad, está presente en los hospitales, en las casas de reposo, en los centros de rehabilitación, en las parroquias, en los «primeros auxilios», en los programas de cuidados paliativos, junto a los enfermos crónicos y asistiendo a los ancianos en sus domicilios.

Las áreas de servicio prestan atención a las fragilidades físicas (personas infartadas, enfermos de sida, traumatizados de todo tipo...), psíquicas (diversos desequilibrios y descompensaciones que minan la integridad de la persona), sociales (dependencias, reclusiones), espirituales (personas que experimentan el vacío de la existencia, el fracaso de la vida, la sensación de inutilidad...).

Toda fragilidad es una llamada a la solidaridad; toda herida invoca respeto y comprensión.

El voluntario que sabe acercarse a los diversos rostros del sufrimiento humano y es capaz de entrar en sintonía con las necesidades y los estados de ánimo de sus interlocutores se convierte en presencia benéfica, compañero de viaje, amigo y confidente, rayo de sol que ilumina el camino de quien vive su via crucis personal y familiar.

«Vuestra felicidad está en el bien que hagáis, en la alegría que difundáis,

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en la sonrisa que hagáis florecer, en las lágrimas que hayáis enjugado».

(Raoul Follereau)

[1]. La legislación española al respecto, puede verse en: https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-20 15-11072, (NdT).

(24)

2.

TESELAS FUNDAMENTALES

DEL VOLUNTARIADO

«Señor, enséñanos

a salir de nosotros mismos. Enséñanos a salir por las calles

y dar a conocer tu amor».

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Bendice, Señor

Bendice, Señor, mi mente

para que no sea indiferente ni insensible, sino solícita a las necesidades

de mi prójimo enfermo.

Bendice, Señor, mis ojos

para que reconozcan tu rostro en el rostro del que sufre

y saquen a la luz sus tesoros interiores.

Bendice, Señor, mis oídos

para que oigan las voces que suplican escucha y respondan a los mensajes

de quien no sabe expresarse con palabras.

Bendice, Señor, mis manos

para que no permanezcan cerradas ni frías, sino que transmitan calor y cercanía a quien necesita una presencia amiga.

Bendice, Señor, mis labios

para que no pronuncien frases vacías, sino que expresen la comprensión y gentileza

nacida de un corazón que ama.

Bendice, Señor, mis pies

para que pueda yo dejar un buen recuerdo de mi paso

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del enfermo contigo. Amén.

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Las motivaciones para el servicio

Un aspecto fundamental para garantizar un testimonio competente y cualificado es la motivación de los voluntarios.

En la selección de los candidatos es preciso prestar atención a las motivaciones que hay detrás de esta opción.

Hay quienes entran en el voluntariado para colmar el vacío o el aburrimiento que les produce el exceso de tiempo libre; los hay que desean brindar una aportación destinada a mejorar la sociedad, promover los derechos del enfermo o corregir las injusticias; hay también quienes se sienten inspirados por razones religiosas y desean conjugar la participación en la vida litúrgica con un compromiso concreto en el plano de la caridad; hay quienes tratan de compensar contrariedades o frustraciones experimentadas en su vida conyugal o laboral; hay quienes andan en busca de espacios para su propio protagonismo social o ven en el voluntariado la oportunidad de encontrar un trabajo o de adquirir experiencias útiles para su propio currículum; hay quienes optan por el voluntariado movidos por los amigos que lo practican; hay quienes se encuentran con el «nido vacío» y buscan entregar su propio afecto a una comunidad más amplia; hay quienes han pasado por una experiencia de enfermedad o de duelo que les ha transformado y abierto en mayor medida al prójimo; hay quienes han recibido mucho de la vida y desean expresar su propia gratitud entregándose a los demás; hay quienes buscan un marco en el que poder satisfacer sus propias necesidades personales.

Purificar las motivaciones

Las motivaciones son muchas, diferentes y, a veces, contradictorias.

Hay también quienes entran en el voluntariado para contar a otros sus propios problemas, o andan en busca de su alma gemela o de un posible compañero o compañera de vida; hay quienes lo perciben como un modo de llevar adelante cruzadas religiosas (catequizar, distribuir estampas religiosas) o políticas (lucha contra la corrupción o las

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injusticias); hay quienes buscan obtener beneficios para facilitar exámenes diagnósticos para sus propios seres queridos.

Con frecuencia, las motivaciones en que se basa una opción no están siempre claras; en ocasiones, cambian, se apagan o se vuelven más profundas las razones iniciales.

Detrás de toda motivación está la humanidad de cada voluntario.

Muchos grupos registran preocupantes defecciones de voluntarios, a menudo debidas a la fragilidad de la motivación o a la dificultad para hacer frente a situaciones dolorosas o a conflictos con otros voluntarios, con la autoridad o con el personal sanitario.

La madre Teresa de Calcuta solía decir: «Para hacer que una lámpara esté siempre encendida, no debemos de dejar de ponerle aceite». Así ocurre con la motivación: para que no se apague es preciso alimentarla.

Itinerarios motivacionales

Las etapas que ayudan a consolidar la motivación son:

– dar un nombre al porqué o a los porqués de la propia opción (conciencia); – purificar la motivación, limpiándola de los elementos que la contaminan;

– profundizar en las razones del propio servicio a través de reuniones en las que compartir y proceder a una confrontación constructiva;

– renovar la propia motivación, a fin de poder dar lo mejor de uno mismo al enfermo.

Muchas asociaciones, con el fin de evitar el riesgo de admitir a candidatos «problemáticos» en el voluntariado, han establecido el requisito de una entrevista preliminar, realizada por una o más personas designadas o por un psicólogo, que emplea también tests psicológicos para evaluar la idoneidad del candidato.

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En la medida en que las motivaciones se hacen más profundas, como las raíces de una planta, el voluntario se pone en condiciones de hacer frente a las contrariedades y las tempestades que, inevitablemente, puede experimentar en contacto con el mundo hospitalario o con los enfermos, en la relación con los coordinadores o con otros voluntarios, sin dejarse arrastrar por el desaliento, en caso de que hubiera idealizado demasiado la asociación haciéndose la ilusión de haber encontrado en ella el paraíso terrenal.

«La medida de una vida bien empleada no es su duración, sino su donación».

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Sembradores de esperanza

El dolor tiene a veces la función de sanar la propia vida. El sufrimiento puede convertirse para muchas personas en un lugar privilegiado para encontrarse a sí mismas, a Dios y a los demás.

De acontecimientos adversos, a primera vista casuales, puede brotar una nueva primavera interior, una nueva orientación de la propia existencia.

El testimonio que sigue ilustra cómo la acción de una voluntaria hizo nacer un río de esperanza en la vida trastornada de Danilo, que se convirtió, a continuación, en coordinador regional de una asociación de voluntarios hospitalarios.

La inspiración de una «mujer vestida de blanco»

«Corría el año 1995 cuando le fue diagnosticado a mi hija (15 años), en el

Hospital de Padua, un carcinoma en un riñón. Mi esposa y yo nos quedamos sin palabra, sin voluntad para reaccionar. Te sientes como si ya nada tuviera sentido, como si el mundo estuviera a punto de caérsete encima. Querrías no haber nacido, querrías desaparecer de la faz de la tierra, a fin de no mendigar compasión. A veces basta con un diagnóstico para que tus certezas se hundan como un castillo de naipes azotado por el viento.

En el pasillo encontramos a una persona que nos detuvo amablemente preguntándonos el motivo de nuestras lágrimas. Le contamos nuestra historia. Inmediatamente nos hizo sentarnos y nos habló como una persona inspirada. Sentí de inmediato una atracción hacia ella: estaba seguro de haber encontrado un hombro en el que apoyar mi cabeza; me había entrado de golpe el deseo de luchar; comencé a ver de nuevo aquella luz que había entenebrecido mi vista; se apoderó de mí la esperanza de que mi hija saldría con bien de aquella tesitura. Las lágrimas dejaron de correr por mi rostro. Había tenido lugar un milagro.

El amor caritativo que aquella mujer nos había mostrado me imponía momentos de meditación sobre mi pasado. Al observarla, mientras se inclinaba vestida de blanco sobre los enfermos con una gran serenidad, me di cuenta de que yo no había sembrado nada en mi vida. La llamé y, pidiéndole perdón por la molestia, le hice un montón de preguntas: quería saberlo todo sobre ella en un instante.

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De repente había llegado a mi vida un ciclón que, al hablarme de amor, de bondad, de compasión, de disponibilidad, de altruismo, me había trastornado. Ahora esa mujer ya no está, pero yo le estoy infinitamente agradecido, porque al mirar el horizonte hizo aparecer para mí el arco iris. Un arco iris que, desde hace más de trece años, me indica el mejor camino a seguir».

Educar en la esperanza

El voluntario, con la miríada de pequeños gestos que va tejiendo cada día, siembra la

esperanza irradiada por una sonrisa afable, una mirada acogedora, una ocurrencia que

levanta la moral, una caricia que consuela, una actitud que alivia la soledad, una presencia que habla más que mil palabras.

En segundo lugar, su tarea consiste en despertar la esperanza en las personas, a través de la identificación de los valores presentes en ellas, la movilización de actitudes constructivas ante las adversidades, la disponibilidad para confiarse a Aquel que dijo: «Venid a mí los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).

Por último, el voluntario se dedica a educar en la esperanza, para que esta no quede confinada en el horizonte de la curación física, sino que abarque la totalidad de la persona. Muchas personas se desesperan porque no obtienen la curación anhelada. No siempre es posible vencer una enfermedad de modo definitivo; también la ciencia denuncia a menudo sus propios límites, y los médicos su impotencia.

El voluntario, por una parte, da espacio a las lágrimas, a las protestas de los enfermos o de sus familiares; por otra, orienta con delicadeza para descubrir los valores que brotan a la sombra del dolor.

«En cada hombre hay pequeñas y grandes esperanzas, esperanzas pueriles y esperanzas adultas, esperanzas terrenas y esperanzas religiosas: todo un conjunto de esperanzas que, cada una a su modo, sirven para ayudar al hombre a soportar el cansancio de vivir y encontrar la fuerza para seguir adelantes» (F. Canova).

El voluntario se acerca con delicadeza a los afligidos para dar testimonio de la esperanza y hacerla presente por medio de sus gestos y sus palabras.

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«Allí donde hay un voluntario, hay humanidad y esperanza».

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Itinerarios formativos

La formación constituye un elemento central y determinante para asegurar una presencia cualificada del voluntario. La calidad del proyecto formativo incide en el espíritu de la asociación, en la calidad del servicio prestado al enfermo y en el clima del grupo.

El proyecto formativo se orienta a promover tres modalidades de inteligencia en el voluntario:

1. La inteligencia del saber: el voluntario se familiariza, a través de las lecciones impartidas, con los fines de la asociación, con los conceptos básicos del servicio y con las dinámicas del mundo de la salud.

2. La inteligencia del saber hacer: los conocimientos deben traducirse en capacidades prácticas y en estrategias operativas, a fin de garantizar intervenciones eficaces al servicio de los enfermos, de las familias y de las instituciones.

3. La inteligencia del ser: es de fundamental importancia que el voluntario cultive su interioridad, dé testimonio de los valores asociativos y sepa transmitir la inteligencia del corazón en las relaciones.

Cada organización de voluntariado ha elaborado sus itinerarios formativos en función de su propia finalidad y ámbitos de servicio. Algunos itinerarios formativos son muy simples y esenciales; otros son más elaborados y consistentes.

En general, el proyecto formativo abarca tres horizontes: 1. La formación de base

2. La formación sectorial o específica 3. La formación permanente

Formación de base

La formación de base es la tarjeta de visita de la asociación, en cuanto que está orientada a plasmar la identidad del voluntario, cuidando su competencia y su horizonte operativo.

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En el caso de muchas asociaciones de voluntariado, el curso básico consiste en un ciclo de reuniones (entre 8 y 12) con lecciones de hora y media o dos horas. Las lecciones las imparten expertos (médicos, psicólogos, enfermeros, capellanes, representantes de la dirección sanitaria) o representantes de la misma asociación (presidente o encargado del proyecto formativo).

Los contenidos del curso de base pueden estar relacionados con el estatuto de la asociación y la ley del voluntariado, la identidad y la deontología del voluntario, la estructura hospitalaria (servicios, recursos), las normas higiénicas y de comportamiento, la colaboración con los otros agentes sanitarios, la relación de ayuda, el cuidado global del enfermo, el arte de la comunicación, la vida de grupo y la amistad con otros voluntarios.

Después de las lecciones, el voluntario se inserta en una unidad, y a menudo le acompaña un voluntario «tutor» que le introduce en el medio, le presenta al personal y hace las veces de guía en las etapas iniciales del servicio. Algunas asociaciones dan una importancia fundamental a esta mediación, por lo que cuidan la preparación del «tutor» de modo que incida positivamente en la identidad del futuro voluntario.

Formación sectorial o específica

Esta consiste en una preparación orientada a la unidad en la que el voluntario desarrollará su servicio; además, pretende incrementar sus conocimientos sobre las patologías específicas de los enfermos, de modo que su acercamiento sea más eficaz, y su colaboración con otros profesionales más cualificada.

Esta formación corre a cargo, por lo general, de profesionales que trabajan en el sector o de voluntarios responsables de la unidad.

Los temas que se tratan, en función de la unidad, pueden estar relacionados con los enfermos psíquicos, los ancianos, gente traumatizada, niños afectados por enfermedades graves, personas dializadas, drogadictos; o con temas relacionados con la humanización, la animación de grupos, los recursos espirituales y religiosos en la enfermedad, la colaboración con los agentes sanitarios y con la administración; etc.

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La formación específica puede afectar también a los responsables de la asociación y tocar temas o preocupaciones comunes relacionados con la dirección de una reunión, la gestión de situaciones conflictivas, el ejercicio de la autoridad, la relación con las instituciones, los aspectos prácticos o burocráticos de la vida asociativa, etc.

Formación permanente

«Cualquier persona que deja de aprender es vieja, ya tenga veinte u ochenta años.

Cualquiera que sigue aprendiendo se mantiene joven. Lo más grande que hay en la vida es mantener la mente joven» (Henry Ford).

La formación permanente está relacionada con la continua puesta al día de los voluntarios, a fin de capacitarles para responder a los múltiples desafíos planteados por el mundo de la salud y consolidar su competencia humana, relacional, emotiva.

El abanico de las oportunidades formativas en este ámbito abarca las jornadas de estudio, la participación en congresos regionales o nacionales, la asistencia a conferencias, la lectura de libros, los fines de semana formativos relacionados con: la elaboración de las pérdidas, la gestión de los conflictos interpersonales, la animación de grupos...

El conjunto de estas intervenciones formativas pretende convertir la presencia del voluntario –tanto en el hospital como en sectores específicos tales como los cuidados paliativos o la asistencia a los enfermos psíquicos– en una voz discreta, digna de confianza, preciosa y autorizada para asegurar una cura más humana y global al servicio de las fragilidades humanas.

«Dime, y yo olvido; enséñame, y yo recuerdo; involúcrame, y yo aprendo».

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Sanadores heridos junto al que sufre

Hay un riachuelo rojo que atraviesa la historia, y son las heridas que marcan profundamente: la historia del mundo (injusticias, atropellos, guerras, marginaciones...); la vivencia de cada familia (divisiones, conflictos, incomprensiones, abandonos...); las heridas de cada persona.

La biografía de cada individuo registra una multiplicidad de heridas, desde las más leves hasta las mortales, desde las superficiales hasta las profundas, desde las que invaden la esfera física hasta las que afectan a la dimensión mental, emotiva y espiritual.

Cada persona está marcada por toda una variedad de heridas: «Todos estamos

heridos, a lo que parece... algunos de nosotros más que otros: llevamos dentro las heridas de la infancia; después, ya de adultos, restituimos lo que hemos recibido. A fin de cuentas, herimos a alguien... después nos ponemos manos a la obra para ponerle remedio en la medida en que podamos» (de la serie televisiva Anatomía de Grey).

Nadie puede presumir de pasar indemne por la vida. Algunas heridas son «originales» y vienen de lejos (del nacimiento o de la infancia) y dejan marcas profundas (por ejemplo, escasa autoestima, sensación de abandono...); otras son superficiales y cicatrizan pronto; otras se adormecen y quedan sin resolver; y otras son asumidas y transformadas en sabiduría y en crecimiento humano y espiritual.

La presencia de las heridas nos recuerda el carácter provisional de todo bien, la fragilidad de toda relación, la precariedad del cuerpo, el carácter transitorio de la vida.

Las heridas físicas están relacionadas con la condición del cuerpo e incluyen las

células (por ejemplo, el cáncer...), el metabolismo (por ejemplo, la diabetes, algunos tipos de obesidad, enfermedades endocrinológicas...), los músculos y los huesos (por ejemplo, la parálisis, la discapacidad...), los órganos (por ejemplo, el infarto...).

Las heridas de la mente se manifiestan en trastornos del humor, estados depresivos,

trastornos de la personalidad, demencias, fijaciones...

Las heridas emotivas o del corazón tienen que ver con la sensación de abandono o

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Las heridas espirituales están relacionadas con el alejamiento de Dios, la sensación

de vacío y de inutilidad, la pérdida de objetivos o de valores... Las heridas son inevitables y crecen junto con las personas.

Un herido entre los heridos

La misión del voluntario es ser un sanador herido junto a los enfermos. En cada persona que desee ayudar habita un herido, y la asunción y la elaboración de las propias heridas constituye un requisito indispensable para poder facilitar la curación de las heridas ajenas. Las heridas no curadas producen pus en el organismo, contaminan las relaciones, tienen consecuencias negativas en la propia imagen, hacen crecer el sentimiento de soledad, en ocasiones se traducen en actitudes de desconfianza y en aislamiento respecto de los demás.

En consecuencia, es indispensable que el voluntario haya trabajado sobre sí mismo de una manera adecuada (proceso introspectivo e integrador) y cicatrizado sus propias heridas, a fin de poder ayudar a los enfermos. De lo contrario, más que en un «sanador herido», se arriesga a transformarse en un «herido vagabundo» que lleva por el pasillo del hospital sus propias heridas, proyectando sobre los otros sus propios problemas no resueltos.

La herida cicatriza sacando a la luz al propio médico interior y reparando los tejidos lesionados o regenerando las células dañadas.

La conciencia del propio proceso de cicatrización de las heridas contribuye a consolidar una metodología constructiva en el acompañamiento de las heridas ajenas, basada en la acogida, la comprensión y la transformación del dolor en recurso y en incremento de humanidad.

Del mismo modo, allí donde no se ha realizado este recorrido, el voluntario se arriesga a juzgar los sentimientos, a espiritualizar o sublimar el dolor, a recurrir a soluciones apresuradas o a dispensar demasiados consejos fáciles. Es justamente lo que dice W. Shakespeare: «Todos los hombres saben dar consejos y consuelo al dolor que

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El dolor que sana

En el corazón de la tradición cristiana hay un amor infinito que nos rescata a través de la vía del dolor: «Con sus cicatrices nos hemos sanado» (Is 53,5). Las heridas se convierten, con frecuencia, en un lugar privilegiado de encuentro con nosotros mismos, con Dios o con los otros, y a menudo favorecen la curación interior.

Gandhi decía que «el hombre es un escolar, y el dolor es su maestro». Muchos han descubierto, a la sombra del sufrimiento, lo que es esencial en la vida, dando con ello un sentido más profundo a su propia existencia.

El dolor se vuelve, por tanto, lugar de purificación de los valores, camino hacia la autenticidad, oportunidad para transformar «la desgracia en gracia»; dicho con palabras de Etty Hillesum: «Si el dolor no ensancha nuestros horizontes y no nos hace más

humanos, liberándonos de las pequeñeces y de las cosas superfluas de la vida, ha sido inútil».

El voluntario, como buen samaritano, se hace prójimo de los desgraciados para verter el aceite del consuelo en sus heridas.

El aceite que vierte está compuesto de humanidad, delicadeza de acercamiento, discreción en el adentramiento en el mundo del otro, capacidad de respetar las confidencias, creatividad en el ofrecimiento de consuelo espiritual.

«Lo importante no son las heridas causadas por la vida

sino lo que haces con ellas».

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Juntos para servir mejor.

La vida asociativa

Hay una modalidad de voluntariado que se practica individualmente, sin códigos ni reglamentos, representada por personas de buena voluntad que visitan a los enfermos, a quienes viven solos o están necesitados, en su casa o en alguna institución, como expresión de proximidad y solidaridad. Con todo, la mayoría de los voluntarios actúan a través de la pertenencia a asociaciones locales, regionales o nacionales, con estructuras internas, códigos de comportamiento e itinerarios formativos.

El grupo, pieza esencial del voluntariado organizado, es un conjunto de personas que han respondido a una llamada y a una misión. También Jesús, en el curso de su vida terrena, llamó y formó a un grupo de 12 personas para que fueran sus colaboradores más cercanos en la obra de evangelización. Con estas personas, humildes y dispuestas, cambió la historia del mundo.

El voluntariado no es solo el testimonio de personas particulares, sino de un grupo unido por unos signos distintivos externos y por un espíritu que irradia en los diferentes contextos de servicio a los que sufren.

La historia de cada grupo depende de sus miembros. Las personas que lo forman son portadoras de diferentes motivaciones, necesidades, personalidades, estilos comunicativos, actitudes, preocupaciones y esperanzas. Hay quienes colaboran para dinamizar el grupo, y hay quienes, con su actitud negativa, pueden decretar la agonía o la muerte del mismo.

Modo de situarse en el grupo

Cada voluntario elige el modo de situarse en el grupo y de influir en su clima, ya sea que colabore con los otros o que manifieste resistencias; ya sea que hable o que permanezca en silencio; ya sea que participe en las reuniones o que las evite; ya sea que presente propuestas constructivas o que adopte actitudes derrotistas.

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Algunos voluntarios no acuden a las reuniones de grupo y se justifican diciendo que prefieren dedicar su tiempo a los enfermos. Consideran una pérdida de tiempo el intercambio y la confrontación con los otros. Les parece que en las reuniones se habla demasiado; que los tímidos no tienen voz en el capítulo; que las reuniones son un estrado para el exhibicionismo de unos pocos, que cunden los prejuicios o actitudes de superioridad, que se dan resistencias a una verdadera confrontación, que hay una concentración en el cumplimiento de los deberes y se descuidan las relaciones, que prevalece la tendencia a criticar sobre la de promover a las personas, que faltan estímulos constructivos para convertirlas en momentos fecundos y fructuosos.

Otros, en cambio, aprecian la importancia del grupo y consideran las reuniones como momentos para conocerse y confrontarse, relacionarse con personas de diferentes mentalidades y culturas, escucharse y compartir experiencias personales, recibir ayuda e inspiración, desarrollar capacidades de liderazgo y de organización, trabajar juntos sobre fines y objetivos colectivos, activar diversas competencias, crecer en flexibilidad y sabiduría, con la conciencia de que trabajar juntos es más fructífero que trabajar cada cual por su cuenta.

El grupo no es algo opcional en la vida asociativa, sino una necesidad y un compromiso serio.

Objetivos del grupo

La experiencia del grupo tiene diferentes objetivos en el voluntariado y puede implicar el encuentro de las personas que trabajan en una misma unidad o en el interior de un centro hospitalario; voluntarios que siguen a los enfermos en una parroquia o se reúnen con una finalidad formativa u organizativa en el seno de una asociación.

Los objetivos generales del grupo persiguen:

– alentar la participación y el mutuo conocimiento de los miembros; – promover el crecimiento individual y colectivo;

– favorecer el diálogo y la confrontación constructiva; – elaborar proyectos comunes y evaluar sus resultados.

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El grupo es un lugar de crecimiento, a través del cual se promueve la formación de sus miembros y la capacidad de idear y elaborar proyectos. Nunca es un fin en sí mismo: pretende consolidar la formación, en orden a prestar un servicio más eficaz a los enfermos y al mundo de la salud y promover la colaboración con todos aquellos que se toman a pecho el alivio del sufrimiento (médicos, enfermeros, administrativos, psicólogos, agentes pastorales...).

El significado del grupo no está ligado a los años de historia con que cuenta o al número de sus propios miembros, sino al dinamismo que lo anima, a la energía beneficiosa que transmite, a la actualidad de su presencia y testimonio.

«Solos podemos hacer muy poco;

juntos podemos hacer mucho más».

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El grupo:

de la individualidad a la comunión

Michel Quoist escribió:

«Si la nota dijera:

“una nota no hace melodía”..., no habría sinfonía.

Si la palabra dijera:

“una palabra no puede llenar una página”... no habría libro.

Si la piedra dijera:

“una piedra no puede levantar una pared”... no habría casa.

Si la gota de agua dijera:

“una gota de agua no puede formar un río”... no habría océano.

Si el grano de trigo dijera “no hay grano de trigo capaz de sembrar todo un campo”...

... no habría cosecha»[1].

Crear unidad en torno al estatuto

El grupo está formado por muchos sujetos, y cada uno es una nota, una palabra, una piedra, una gota de agua, un grano de trigo. Tomadas una a una, una piedra no hace una

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casa, una palabra no es un libro, pero muchas piedras contribuyen a construir edificios, y muchas palabras sirven para comunicar.

El estatuto en que se inspira el grupo define su identidad y su objetivo, su configuración interna, los criterios de pertenencia, los itinerarios de formación, los destinatarios del servicio.

Es de vital importancia que los nuevos candidatos sean introducidos inicialmente en el conocimiento del estatuto y se comprometan a honrar su espíritu, como criterio de referencia y de orientación en sus propios comportamientos.

Ningún grupo es un paraíso terrenal, tampoco el voluntariado.

En el grupo confluyen los diferentes rostros de la humanidad, en sus expresiones más sublimes y en sus aspectos menos nobles, que recuerdan los límites y las debilidades de sus componentes.

Los voluntarios, junto a las buenas intenciones que les animan, pueden traer consigo vicios, antiguos y siempre nuevos, envidias, búsqueda de roles de poder, críticas inoportunas o actitudes de rivalidad con respecto a la autoridad designada.

Es preciso monitorizar los impulsos negativos y transformarlos en compromiso constructivo, en diálogo orientado a la clarificación y al respeto mutuo.

Un relato emblemático

El siguiente relato propone las dinámicas que se pueden desencadenar en un grupo y las enseñanzas que se pueden extraer.

«Cuentan que una vez se celebró en la carpintería una extraña asamblea: fue una

reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido! Y, además, se pasaba el tiempo golpeando.

El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo. Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás.

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Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro, que siempre se pasaba el tiempo midiendo a los demás según su propia medida, como si fuera el único perfecto.

En eso, entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Finalmente, la tosca madera inicial se convirtió en un fino mueble.

Cuando la carpintería quedó nuevamente sola, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho y dijo:

“¡Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades! ¡Eso es lo que nos hace valiosos! ¡Así que no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos buenos!”

La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte; que el tornillo unía y daba fuerza; que la lija era adecuada para afinar y limar asperezas; y observaron que el metro era preciso y exacto. Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de calidad. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos» [2].

El relato nos invita a educarnos para valorar los dones de las personas, más que para detenernos en la puntualización de los límites o las deficiencias. El grupo va construyéndose poco a poco, con paciencia, constancia, apertura y sabiduría.

Aspectos de la vida de grupo

Variables importantes en el desarrollo de un grupo tienen que ver con:

– el clima que se respira en él;

– los roles interpretados por los miembros; – el ejercicio de la autoridad;

– la conducción de una reunión; – la gestión de los conflictos; – las etapas de crecimiento;

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Cada uno de los aspectos mencionados desempeña un rol estratégico en la animación y en la vitalidad de la vida asociativa[3]; a continuación, vamos a limitarnos a

comentar algunos de los elementos mencionados.

En primer lugar, el clima del grupo se caracteriza por:

– Unos elementos ambientales, como la elección de un lugar adecuado y tranquilo para las reuniones, preferentemente bien ventilado, con las sillas dispuestas en círculo a fin de promover el intercambio;

– Unos aspectos relacionales: son recomendables las actitudes de acogida de los miembros, el respeto mutuo, la posibilidad de expresarse, la implicación en las deliberaciones.

En segundo lugar, los roles interpretados por los componentes pueden ser constructivos u obstaculizadores, en función de que contribuyan a la laboriosidad del grupo o pongan de manifiesto la insolencia.

Entre los roles positivos se incluyen los de mediador, responsable, carismático, optimista, disponible, colaborador, organizador, promotor de entusiasmo, sabio, sensible, motivador. Entre los nocivos o problemáticos se incluyen los de: pedante, intransigente, individualista, belicoso, perturbador, desconfiado, criticón, obstinado, autoritario, pasivo, saboteador, centralizador, manipulador.

Cuanto más unido y sólido se muestre el grupo por dentro, tanto más incisiva será su presencia hacia fuera.

El grupo es una pieza esencial del voluntariado organizado, y las reuniones que en él se desarrollan representan un momento central de su vida: ayudan a afinar la sensibilidad de sus miembros y a liberar su fuerza y su dinamismo.

Reproducimos las diez reglas seguras que alguien ha escrito para acabar con una asociación[4]:

1. No intervenir en las reuniones.

2. Llegar tarde cuando hay que intervenir.

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4. No aceptar nunca encargos, puesto que es más fácil criticar que realizar.

5. Ofenderse si uno no es miembro de la directiva; y si forma parte de la misma, no intervenir en las reuniones o bien abstenerse de presentar sugerencias.

6. Si la directiva pide una opinión sobre algún tema, responder que no se tiene nada que decir. Y decir a todos, después de las reuniones, que no se ha oído nada nuevo, o bien exponer lo que se habría debido hacer.

7. Hacer solo lo estrictamente indispensable; pero cuando los otros socios se remangan la camisa y ofrecen su tiempo, sin segundas intenciones, lamentarse de que la asociación esté dirigida por una camarilla.

8. Demorar en lo posible el pago de la propia cuota. 9. No esforzarse por reclutar nuevos socios.

10. Lamentarse de que no se publique casi nada en el boletín o en la revista de la asociación, pero no ofrecerse nunca para escribir un artículo o dar algún consejo constructivo al respecto.

[1]. M. QUOIST, Parlami d’amore, SEI, Torino 1987, 41 (trad. esp.: Háblame de amor, Herder, Barcelona

2009).

[2]. A. PANGRAZZI, Far bene il bene, Ed. Camilliane, Torino 2005, 82-83 (trad. esp.: Hacer el bien, PPC,

Madrid 2006).

[3]. Para ulteriores contribuciones en esta materia remitimos a A. PANGRAZZI, Il gruppo: luogo di crescita,

Ed. Camilliane, Torino 2000, p. 14 (trad. esp.: El grupo, lugar de crecimiento, San Pablo, Madrid 2001).

[4]. Ibid., p. 21. Dieci regole sicure per uccidere un’associazione – ufficiale; en línea: win.auge.it/dieci_reg ole.htm

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3.

LA VISITA AL ENFERMO:

CORAZÓN DEL SERVICIO

«Somos vasijas de barro,

frágiles y pobres,

pero llevamos dentro un gran tesoro».

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Dios se sirve

«Dios se sirve de la soledad, para enseñar la convivencia.

Se sirve de la rabia para mostrar el valor infinito de la paz.

Se sirve del tedio para subrayar la importancia de la aventura

y del abandono.

Dios se sirve del silencio para impartir una enseñar

sobre la responsabilidad de las palabras.

Se sirve del cansancio para que pueda comprenderse el valor del despertar.

Se sirve de la enfermedad para subrayar la bendición de la salud.

Dios se sirve del fuego para impartir una lección sobre el agua.

Se sirve de la Tierra para que se comprenda el valor del aire.

Se sirve de la muerte para mostrar la importancia de la vida».

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Tras las huellas del buen Samaritano

La parábola del buen Samaritano constituye, desde hace más de dos mil años, un paradigma de referencia para la acción amorosa junto a los que sufren. El comportamiento y las actitudes del buen Samaritano propuestos por Cristo, médico de las almas y de los cuerpos, han inspirado a infinidad de personas y asociaciones comprometidas con el mundo de la salud.

El relato, aunque arraigado en la tradición cristiana, dada su simplicidad y esencialidad, encuentra aplicaciones prácticas en el interior de otras tradiciones religiosas, que captan su espíritu y sus enseñanzas, válidos para personas de todo tiempo y lugar.

Los protagonistas

La parábola, además de la figura central del Samaritano, corazón del relato, presenta a otros personajes que recuerdan de cerca actitudes y modos de ser que reflejan realidades actuales.

Al desventurado se le considera, con frecuencia, como el único herido del relato, en cuanto que «tropezó con unos asaltantes que lo desnudaron, lo hirieron y se fueron dejándolo medio muerto» (Lc 10,30).

En realidad, «cada una de las figuras del relato se encuentra herida: los asaltantes

están socialmente heridos, en cuanto que probablemente proceden de familias marcadas por la pobreza y por la violencia, cuyos rasgos han heredado; el levita y el sacerdote están heridos por las expectativas y los condicionamientos religiosos del tiempo, que mortifican su corazón y su humanidad; el posadero vive, quizá, en una situación de precariedad económica y, ciertamente, no está cualificado profesionalmente, porque es el administrador de una posada y carece de competencias médicas o en materia de enfermería; el Samaritano está herido psicosocialmente, pues pertenece a un pueblo considerado impuro y marginado por los judíos»[1].

Cada uno de los personajes manifiesta rasgos de una humanidad que, en ocasiones, reconocemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Precisemos algunas de sus

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manifestaciones.

Los Asaltantes representan a los explotadores de los débiles, a la gente corrupta, a

los manipuladores, a quienes roban la vida y la esperanza, a las personas irresponsables, a todos los que agreden al prójimo de palabra o de obra.

Los Desventurados representan a cuantos experimentan las diferentes fragilidades

humanas relacionadas con el sufrimiento físico, mental, social, emotivo y espiritual.

El Sacerdote y el Levita representan a cuantos prestan atención a las normas y a los

aspectos legales y olvidan a las personas o matan el espíritu. Son espejo de esa humanidad que está atenta a la imagen, a los roles, a los títulos, a los privilegios, a la formalidad..., pero carece de humanidad. El papa Francisco alerta contra el peligro de la «globalización de la indiferencia» (Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 54) y dice: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes

que una Iglesia enferma por encerrarse en sí misma y aferrarse cómodamente a sus propias seguridades» (n. 49).

El Asno –«Le echó aceite y vino en las heridas y se las vendó. Después, montándolo en su cabalgadura, lo condujo a una posada» (Lc 10,34)– representa a los

sujetos olvidados o ignorados en los asuntos humanos. El Samaritano no podía cargarse a la espalda al desventurado, pues habría comprometido la ya precaria condición del mismo; por eso se sirve del asno como un precioso colaborador en la obra de asistencia.

«Los asnos son a menudo los sujetos olvidados, porque no desempeñan un papel

importante, no tienen un micrófono en la mano ni poseen títulos académicos. En las instituciones sanitarias son las personas que, con frecuencia, tapan los agujeros, sembrando centenares de pequeños gestos de bondad y solidaridad que no son registrados por las crónicas. Los asnos son las personas humildes, vestidas de benevolencia; a veces, los voluntarios que prestan apoyo a la obra de los profesionales. Es bueno que también los agentes de pastoral sepan valerse de la valiosa colaboración de muchos “asnos” de buena voluntad que contribuyen a la humanización de las instituciones» [2].

El Posadero representa las realidades estructurales destinadas a garantizar la cura a los heridos. En este relato, el samaritano, tras haberse valido de la ayuda del asno, pudo contar con otro precioso aliado en la cura del desventurado: el dueño de la posada. El

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