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Filosofía de la Ciencia - Kuhn y Popper

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Academic year: 2020

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KUHN, THOMAS (1922-1996)

LA TENSIÓN ESENCIAL:TRADICIÓN E INNOVACIÓN EN LAINVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

Estoy muy agradecido por la invitación que se me hizo de participar en esta importante conferencia, y la interpreto como prueba que los estudiantes de la creatividad son sensibles a los enfoques divergentes que tratan de identificar en los demás. Sin embargo, no abrigo grandes esperanzas sobre el resultado de este experimento conmigo. Como la mayoría de ustedes sabe, no soy psicólogo, sino más bien un ex físico que trabaja ahora en la historia de la ciencia. Quizá mi interés por la creatividad no sea menor que el de ustedes, pero sí son muy diferentes mis objetivos, mis técnicas y mis fuentes, a tal grado que no estoy muy seguro de cuánto tengamos, o deberíamos tener, que decirnos unos a otros. Estas reservas no implican una excusa; más bien, apuntan hacia mi tesis central. En las ciencias, como indicaré más adelante, es preferible emplear lo mejor que se pueda las herramientas de que se dispone, que detenerse a contemplar los enfoques divergentes.

Si una persona de mis antecedentes e intereses tiene algo pertinente que exponer en esta conferencia, no será acerca de los intereses centrales de ustedes: la personalidad creativa y su identificación precoz. Pero, implícita en los numerosos artículos de trabajo distribuidos a los participantes de esta conferencia, hay una imagen del proceso de la ciencia y del científico; tal imagen condiciona muchos de los experimentos que ustedes harán y también las conclusiones que extraerán; y acerca de ello es muy posible que el físico-historiador sí tenga que decir. Aquí me limitaré a un aspecto de esta imagen, el cual está condensado como sigue en uno de los artículos de trabajo: el científico básico "debe carecer de prejuicios, al grado de que pueda observar los hechos o conceptos 'evidentes por sí mismos' sin que forzosamente tenga que aceptarlos y, a la inversa, debe dar rienda suelta a su imaginación para que ésta juegue con las posibilidades más remotas" (Selye, 1959). En el lenguaje más técnico de otros de los artículos de trabajo (Getzels y Jackson), se repite este aspecto de la imagen subrayando el "pensamiento divergente, … la libertad de partir en direcciones diferentes … rechazando la solución antigua y tomando una dirección nueva".

Estoy convencido de que es enteramente correcta esta descripción del "pensamiento divergente" y la búsqueda concomitante de quienes son capaces de tenerlo. Todo trabajo científico está caracterizado por algunas divergencias, y en el corazón de los episodios más importantes del desarrollo científico hay divergencias gigantescas. Pero tanto mi propia experiencia en la investigación científica como mis lecturas de la historia de las ciencias hacen que me pregunte si no se insiste demasiado en la flexibilidad y la imparcialidad como características indispensables para la investigación básica. Por eso, sugeriré más adelante que algo así como el "pensamiento convergente" es tan esencial como el divergente para el avance de la ciencia. Como estos dos modos de pensar entran inevitablemente en conflicto, se infiere que uno de los requisitos primordiales para la investigación científica de la mejor calidad es la capacidad para soportar una tensión que ocasionalmente, se volverá casi insoportable. En otra parte, estoy estudiando estos asuntos desde una perspectiva más bien histórica, recalcando la importancia de las "revoluciones"1 para el desarrollo de la ciencia. Son éstos episodios -ejemplificados en su forma extrema y fácil de reconocer por el advenimiento del copernicanismo, el darwinismo, el einsteinianismo- en que una comunidad científica abandona la manera tradicional de ver el mundo y de ejercer la ciencia a favor de otro enfoque a su disciplina, por lo regular incompatible con el anterior. En el borrador de dicho estudio, argumento que el historiador se encuentra constantemente muchos episodios revolucionarios de estructura semejante, aunque más pequeños, y que éstos son vitales para el avance científico. Contrariamente a la impresión que prevalece, la mayoría de los descubrimientos y las teorías nuevas en las ciencias no son meras adiciones al acopio existente de conocimientos científicos. Para asimilar unos y otras, el científico debe reorganizar su equipo intelectual e instrumental en que ha venido confiando, y descartar algunos elementos de su credo y práctica anteriores hasta encontrar nuevos significados y nuevas relaciones entre muchos otros. Ya que, para asimilarlo a lo nuevo, lo antiguo debe ser revalorado y reordenado, en las ciencias el descubrimiento y la invención suelen ser intrínsecamente revolucionarios. Demandan, pues, precisamente esa flexibilidad e imparcialidad que caracterizan, o en realidad definen, al pensador divergente. Vamos, pues, a admitir de aquí en adelante la necesidad de estas características. Sin muchos científicos que la posean en alto grado, las revoluciones científicas no ocurrirían y el avance científico sería muy lento.

Reimpreso con autorización de The Third (1959) University of Utah Research Conference on the Identification of Scientific Talent. C. W. Taylor, compilador (Salt Lake City: University of Utah Press, 1959). Pp. 162-74. Copyright 1959 de la University of Utah.

1 The Structure of Scientific Revolutios

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No basta, sin embargo, con la flexibilidad, y lo que permanece obviamente no es compatible con ella. Citando partes de un proyecto no terminado aún, debo hacer destacar que las revoluciones no son sino uno de los dos aspectos complementarios del avance científico. Casi ninguna de las investigaciones emprendidas, aun las de los más grandes científicos, está destinada a ser revolucionaria; sólo una parte muy pequeña de ésta es de naturaleza revolucionaria. Por el contrario, incluso la investigación normal de mejor calidad es una actividad en su mayor parte convergente, fincada sólidamente en un consenso establecido, adquirido este último de la educación científica y fortalecido por la práctica de la profesión. Regularmente, esta investigación convergente o basada en el consenso desemboca en la revolución. Entonces, las técnicas y las creencias tradicionales se abandonan para reemplazarlas por otras nuevas. Pero los cambios revolucionarios de una tradición científica son relativamente raros, y épocas prolongadas de investigación convergente son sus preliminares necesarios. Como indicaré enseguida, sólo las investigaciones cimentadas firmemente en la tradición científica contemporánea tienen la probabilidad de romper esa tradición y de dar lugar a otra nueva. Ésta es la razón de que hable yo de una "tensión esencial" implícita en la investigación científica. Para hacer su trabajo, el científico debe adquirir toda una variedad de compromisos intelectuales y prácticos. Sin embargo, su aspiración a la fama, en caso de que tenga el talento y la buena suerte para ganarla, puede estar fundada en su capacidad para abandonar esa red de compromisos a favor de otros que él mismo invente. Muy a menudo, el científico que logra el éxito debe mostrar, simultáneamente, las características del tradicionalista y las del iconoclasta.2

Los múltiples ejemplos históricos en los que debiera basarse la documentación cabal de estos puntos nos están vedados aquí por las limitaciones de tiempo propias de la conferencia. Pero, examinando la naturaleza de la educación dentro del campo de las ciencias naturales, daré un paso más para explicar lo que tengo en mente. En uno de los trabajos preparatorios de esta conferencia (Getzels y Jackson), se cita la muy clara descripción que Guilford hace de la educación científica: "Se ha hecho hincapié en las capacidades relativas al pensamiento convergente y a la evaluación, a menudo a expensas del desarrollo relativo al pensamiento divergente. Nos hemos propuesto enseñarles a los estudiantes la manera de llegar a respuestas 'correctas' que nuestra civilización nos ha enseñado que son correctas… Salvo en las artes [y yo incluiría a la mayoría de las ciencias sociales", por regla general hemos desalentado, involuntariamente, el desarrollo de las capacidades del pensamiento divergente." Tal caracterización me parece eminentemente justa, pero quisiera saber si será del mismo modo justo deplorar el producto resultante. Sin ponerme a defender una manera de enseñar claramente mala, y dando por supuesto que en este país ha ido muy lejos la tendencia hacia el pensamiento convergente en toda la educación, puedo reconocer, sin embargo, que ha sido intrínseco a las ciencias, casi desde sus orígenes, un riguroso adiestramiento en materia de pensamiento convergente. Y sugiero que, sin éste, las ciencias nunca habrían alcanzado el estado en que se encuentran en la actualidad.

Permítaseme resumir la naturaleza de la educación en las ciencias naturales, pasando por alto las muchas diferencias significativas, pero aún así menores, que existen entre las diversas ciencias y entre los enfoques de las diferentes instituciones educativas. La característica más notable de esta educación consiste en que, en grado totalmente desconocido en otros campos creativos, se realiza mediante libros de texto. Por lo regular, los estudiantes y los graduados de química, física, astronomía, geología o biología adquieren la sustancia de sus disciplinas de libros escritos especialmente para estudiantes. Hasta que están preparados, o casi, para comenzar a trabajar en sus propias tesis, no se les pide que traten de realizar proyectos de investigación ni que conozcan cuanto antes los productos de investigaciones hechas por otros, esto es, que se enteren de la comunicaciones profesionales que los científicos se escriben unos a otros. No hay antologías de "textos seleccionados" en las ciencias naturales. Tampoco se anima a los estudiantes de ciencias para que lean los clásicos históricos propios de sus campos, trabajos en los cuales podrían descubrir otras maneras de considerar los problemas que aparecen en sus libros de texto, pero en los cuales podrían encontrar también problemas, conceptos y normas de solución que, dentro del campo de sus respectivas profesiones, han sido descartados y sustituidos por otros.

En contraste con esto, los textos que el estudiante suele emplear tratan de diferentes asuntos, en lugar de que, como en muchas de las ciencias sociales, ejemplifiquen diferentes enfoques a un

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mismo asunto. Aun los libros que compiten por ser adoptados para un mismo curso difieren principalmente de nivel y de detalle pedagógico, pero no de sustancia ni de estructura conceptual. Por último, pero esto es l o más importante, está la técnica característica de presentación del libro de texto. Salvo ocasionalmente en sus instrucciones, los libros de texto científicos no describen las clases de problemas que es posible que el profesional tenga que resolver, como tampoco la gran variedad de técnicas para solucionarlos. Lejos de ello, en estos libros aparecen soluciones a problemas concretos que dentro de la profesión se vienen aceptando como paradigmas, y luego se le pide al estudiante que resuelva por sí mismo, con lápiz y papel o bien en el laboratorio, problemas muy parecidos, tanto en método como en sustancia, a los que contiene el libro de texto o a los que se han estudiado en clase. Nada mejor calculado para producir "predisposiciones mentales" o Einstellungen. Sólo en sus cursos más elementales, los demás campos académicos ofrecen tal vez la visión de un cierto paralelismo.

Aun dentro de la teoría educativa más vagamente liberal, debe verse como anatema esta técnica pedagógica. Debiéramos estar de acuerdo en que los estudiantes deben comenzar por aprender una buena cantidad de lo que ya se sabe, pero al mismo tiempo insistiríamos en que la educación les debe dar muchísimo más. Digamos que debe aprender a reconocer y a evaluar problemas para los cuales no se han dado todavía soluciones inequívocas; debiera dotárseles de todo un arsenal de técnicas para atacar estos problemas futuros; y debiera enseñárseles a juzgar la pertinencia de estas técnicas y a evaluar las posibles soluciones parciales que de ellas resultan. En muchos aspectos, estas actitudes hacia la educación me parecen enteramente correctas, pero hay que decir dos cosas acerca de ellas. Primera, que la educación en ciencias naturales no parece haber sido afectada por la existencia de tales actitudes. Persiste la iniciación dogmática en una tradición preestablecida que el estudiante no está capacitado para evaluar. Segunda, que por lo menos en la época en que fue seguida por una especie de noviciado esta técnica de exposición exclusiva a una tradición rígida ha producido una inmensa clase de innovaciones.

Exploraré brevemente la pauta de práctica científica que produce esta iniciación educativa y luego trataré de explicar por qué dicha pauta resulta ser tan fructífera. Pero, primero, con una breve excursión histórica, terminaré de fundamentar lo que acabo de decir, y prepararé el camino para lo que sigue. Me gustaría sugerir que los varios campos de las ciencias naturales no se han caracterizado siempre por la educación rígida dentro de paradigmas excluyentes, sino que, dentro de cada uno de ellos, se adquirió algo así como una técnica precisamente en el punto en que el campo empezó a progresar de manera rápida y sistemática. Si se pregunta uno por el origen de nuestros conocimientos contemporáneos sobre la composición química, los terremotos, la reproducción biológica, el movimiento en el espacio, o cualquier otro conocimiento propio de las ciencias naturales, se encontrará de inmediato la pauta característica que trataré de ilustrar aquí con un solo ejemplo. En los libros de física actuales, se dice que la luz muestra propiedades de onda y propiedades de partícula: tanto los problemas de libro de texto como los de investigación se plantean de acuerdo con ello. Pero tanto esta concepción como estos libros de texto son productos de una revolución científica ocurrida a principios de este siglo. (Una de las características de las revoluciones científicas consiste en que obligan a reescribir los libros de texto). Antes de 1900, durante más de medio siglo, en los libros empleados en la educación científica se decía que la luz era movimiento ondulatorio. En estas circunstancias, los científicos trabajaron en problemas algo diferentes y a menudo adoptaron clases bastante diferentes de soluciones a esos problemas. Pero la tradición de los libros de texto en el siglo XIX no es lo que marca el principio de nuestro asunto. Durante todo el siglo XVIII y principios del XIX, la Óptica, de Newton3, y los demás libros de los cuales se aprendió ciencia, les enseñaron a casi todos los estudiantes que la luz consistía en partículas, y la investigación guiada por esta tradición fue muy diferente de la que la sucedió. Pasando por alto toda una variedad de cambios menores ocurridos dentro de estas tres tradiciones sucesivas, podemos decir, por consiguiente, que nuestras concepciones provienen históricamente de las de Newton, a través de dos revoluciones ocurridas en el pensamiento relativo a la óptica, cada una de las cuales reemplazó por otra a una tradición de pensamiento convergente. Si tomamos en cuenta los cambios de lugar y de materiales de la educación científica, podemos decir que cada una de estas tres tradiciones estuvo incorporada a la clase de educación por exposición a paradigmas inequívocos que antes resumí. Desde Newton, la educación y la investigación en el campo de la óptica han venido siendo convergentes.

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Pero la historia de las teorías de la luz no se inicia con Newton. Si nos preguntamos por el conocimiento que existió en ese mismo campo antes de la época de Newton, nos encontraremos con una pauta significativamente distinta, la cual sigue siendo familiar todavía en los campos de las artes y algunas de las ciencias sociales, pero que prácticamente ha desaparecido de las ciencias naturales. Desde la más remota antigüedad y hasta fines del siglo XVII, no hubo un solo conjunto de paradigmas para el estudio de la óptica. En lugar de ello, muchos estudiosos sostuvieron numerosos puntos de vista diferentes sobre la naturaleza de la luz. Algunos de estos puntos de vista tuvieron pocos partidarios, pero gran número de ellos dieron lugar a verdaderas escuelas de pensamiento en el terreno de la óptica. Si bien el historiador puede observar el surgimiento de nuevos puntos de vista, así como modificaciones en la popularidad relativa de los antiguos, no podrá observar en cambio nada que se asemeje a un consenso. En consecuencia, quien por primera vez entraba en este campo se veía expuesto inevitablemente a toda una variedad de puntos de vista contradictorios; se veía obligado a examinar las pruebas relativas a cada uno de ellos, las cuales eran siempre numerosas. El hecho de que el principiante tuviera que hacer una elección y luego conducirse de acuerdo con ella no impedía que estuviese consciente de las demás posibilidades. Este modo de educación tenía, obviamente, más posibilidades de producir un científico libre de prejuicios, alerta a los fenómenos nuevos y flexible en la manera de enfocar su campo. Por otro lado, es muy difícil librarse de la impresión de que, durante el período caracterizado por esta práctica educativa más liberal, la óptica hizo muy pocos progresos.

La fase de preconsenso -a la que podríamos llamar divergente- en el desarrollo de la óptica se repite, creo, en la historia de las demás especialidades científicas, exceptuadas únicamente aquellas que se originaron en la subdivisión y recombinación de las disciplinas preexistentes. En algunos campos, como las matemáticas y la astronomía, el primer consenso firme es prehistórico. En otros, como la dinámica, la óptica geométrica y algunas partes de la fisiología, los paradigmas que produjeron un consenso firme datan de la antigüedad clásica. En la mayoría de las demás ciencias naturales, a pesar de que sus problemas fueron discutidos ya desde la antigüedad, no se logró un consenso firme hasta después del Renacimiento. En la óptica, como hemos visto, el primer consenso firme data apenas de fines del siglo XVII en la electricidad, la química y el estudio del calor, del siglo XVIII; y en la geología y en las partes no taxonómicas de la biología, un consenso real no surgió hasta después del primer tercio del siglo XIX. Este siglo parece caracterizarse por el surgimiento del primer consenso en partes de unas cuantas de las ciencias sociales.

En todos los campos que acabo de enumerar, se realizó un vasto trabajo antes de alcanzarse la madurez producida por consenso. No puede entenderse la naturaleza ni determinarse la época del primer consenso en estos campos sin examinar cuidadosamente tanto las técnicas intelectuales como las instrumentales que se desarrollaron antes de la existencia de paradigmas únicos. Pero la transición a la madurez no es menos importante porque los individuos hayan practicado la ciencia antes de que ésta existiese. Por el contrario, los hechos históricos sugieren fuertemente que, aunque se practique la ciencia -como en la filosofía o en las ciencias del arte y la política- sin un consenso firme, esta práctica más flexible no producirá la pauta de avances científicos rápidos y consecuentes a que nos han acostumbrado los siglos recientes. En esa pauta, el desarrollo ocurre de un consenso a otro, y comúnmente los enfoques distintos no compiten entre sí. Salvo, quizá, en condiciones especiales, el profesional de una ciencia madura no se detiene a examinar los modos divergentes de explicación ni de experimentación.

¿Cómo es que ocurre esto? ¿Cómo es que una orientación firme hacia una tradición al parecer única puede ser compatible con la práctica de las disciplinas más notables que la producción continua de ideas y técnicas nuevas? Pero conviene comenzar con la interrogante de qué es lo que no hace una educación que tan eficazmente transmite la tradición. ¿Qué es lo que espera hacer en su carrera profesional un científico que trabaja dentro de una tradición arraigada profundamente y poco adiestrado para percibir las opciones importantes? Los límites de tiempo me fuerzan, de nuevo, a simplificar drásticamente, pero con los comentarios siguientes sugeriré por lo menos una posición que, estoy seguro, puede documentarse al detalle.

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desarrollo de la mecánica newtoniana, en el siglo XVIII, incluidos en el artículo sobre medición que se entregó a ustedes antes de la conferencia4. El intento por lograr que la teoría y la observación existentes concuerden entre sí cada vez más no es, desde luego, la única clase de problema de investigación que se presenta normalmente a las ciencias básicas. El desarrollo de la termodinámica química o los continuos intentos por descubrir la estructura orgánica ilustran otro tipo de problemas de investigación: la extensión de la teoría presente a campos que, según se espera, ésta podría abarcar también, pero a las cuales nunca antes se ha aplicado. Además, para mencionar otra clase más de problemas de investigación, tómese en cuenta el trabajo realizado por muchos científicos que se dedican constantemente a recoger los datos concretos (por ejemplo, los pesos atómicos, los momentos nucleares) que hacen falta para la aplicación y la extensión de la teoría existente.

Éstos son proyectos de investigación normales en las ciencias básicas, e ilustran las clases de trabajos en que todos los científicos, aun los más grandes, emplean la mayor parte de sus vidas profesionales y a los cuales muchos otros dedican íntegramente sus vidas. Claro está que sus trabajos no pretenden producir -ni tampoco tienen la probabilidad de hacerlo- descubrimientos fundamentales ni cambios revolucionarios dentro de la teoría científica. Sólo cuando se asume la validez de la tradición científica contemporánea es cuando estos problemas adquieren sentido teórico o práctico. Los hombres que sospecharon de la existencia de un tipo de fenómenos absolutamente nuevo o que tuvieron dudas esenciales acerca de la validez de la teoría existente no pensaron que valiese la pena trabajar sobre los problemas modelados conforme a los paradigmas de libro de texto. De ahí que los hombres que sí atacaron problemas de esta clase -y esto significa todos los científicos la mayoría de las veces- tienden a dilucidar la tradición científica dentro de la cual crecieron y no a tratar de cambiarla. Además, la fascinación de su trabajo reside en las dificultades que se presentan al tratar de dilucidar, antes que en las sorpresas que probablemente les produzca ese trabajo. En condiciones normales, el investigador no es un innovador sino un solucionador de acertijos, y los acertijos sobre los cuales se concentra son precisamente aquellos que él cree que pueden plantearse y resolverse dentro de la teoría científica que prevalece en su momento.

Sin embargo -y aquí está la clave-, el efecto final de este trabajo dentro de la tradición es ejercido invariablemente sobre esta misma. Una y otra vez, el intento constante por dilucidar la tradición vigente termina por producir uno de esos cambios en la teoría fundamental, en la problemática y en las normas científicas, a todo lo cual me he referido ya como revoluciones científicas. Por lo menos para la comunidad científica en su conjunto, el trabajo dentro de una tradición bien definida y profundamente arraigada parece ser más productivo de novedades en contra de la tradición, que el trabajo en el que no hay de por medio normas de la misma naturaleza convergente. ¿Cómo es posible esto? Creo que porque no hay otra clase de trabajo tan tendente a aislar, mediante la atención constante y concentrada, esos focos de problemas o causas de crisis, de cuyo reconocimiento dependen los avances fundamentales dentro de las ciencias básicas.

Como lo indiqué en el primero de mis artículos preparatorios, las teorías nuevas y, en grado creciente, los descubrimientos, dentro de las ciencias maduras, no ocurren independientemente del pasado. Por lo contrario, surgen de teorías antiguas y dentro de la matriz de creencias añejas acerca de los fenómenos, que el mundo contiene y no contiene. De ordinario, tales novedades son tan esotéricas y recónditas que no las nota el hombre desprovisto de una cantidad de adiestramiento científico. E incluso para el hombre bien adiestrado no basta con que de momento decida ponerse a buscarlas, explorando, por ejemplo, las áreas en que los datos y la teoría existentes no sirven para explicar los fenómenos. Hasta en una ciencia madura hay siempre demasiadas áreas de esta índole, dentro de las cuales parecen aplicarse paradigmas que no existen todavía y para cuya exploración hay pocos instrumentos y normas disponibles. Lo más probable es que el científico que se aventure dentro de esas áreas, abandonándose a su intuición de los nuevos fenómenos y a su capacidad de ser flexible ante nuevas pautas de organización, no llegue a ninguna parte. Y lo más seguro es que prefiera volver su ciencia a la fase de preconsenso o de historia natural.

En lugar de esto, el profesional de una ciencia madura, desde el principio de la investigación para su doctorado, continúa trabajando en las regiones a las cuales parecen adaptarse los paradigmas provenientes de su educación y de las investigaciones de sus contemporáneos. Es decir, trata de dilucidar detalles topográficos sobre un mapa cuyas líneas principales ya existen y espera -si es lo suficientemente perspicaz como para reconocer la naturaleza de su campo- que algún día atacará un problema dentro del cual no ocurrirá lo previsto, problema que al apartarse de lo consabido sugerirá la debilidad fundamental del propio paradigma. En las ciencias maduras, el preludio a muchos descubrimientos y a todas las teorías nuevas no consiste en la ignorancia, sino en el reconocimiento de que algo anda mal en lo que se sabe y en lo que se cree.

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Lo dicho hasta el momento puede indicar que al científico productivo le bastará con adoptar la teoría presente, a manera de hipótesis provisoria, emplearla como punto de partida de su investigación, y luego abandonarla tan pronto como lo conduzca a un foco de problemas, llegado al cual sabrá que algo anda mal. Pero aunque la capacidad de reconocer el problema en el momento en que se lo encuentra es, seguramente, indispensable para el avance científico, el problema no debe ser demasiado fácil de reconocer. Al científico le hace falta un compromiso total hacia la tradición con la cual, en caso de que logre el éxito, habrá de romper. Este compromiso lo exige, en parte, la naturaleza de los problemas que el científico ataca normalmente. Éstos, como ya vimos, son por lo común acertijos esotéricos cuya utilidad reside menos en la información que se descubre al solucionarlos -casi todos sus detalles se conocen de antemano-, que en las dificultades técnicas que habrá de superarse para encontrar la solución. Los problemas de esta clase son atacados únicamente por hombres convencidos de que hay una solución que será posible encontrar gracias a un despliegue de ingenio, y sólo la teoría existente puede llevar a un convencimiento de esa índole. Tal teoría da significado a la mayoría de los problemas de la investigación normal. Ponerla en duda es dudar que tengan soluciones los complejos acertijos técnicos que constituyen la investigación normal. ¿Quién, por ejemplo, establecería las complejas técnicas matemáticas necesarias para estudiar los efectos de las atracciones interplanetarias, con fundamento en órbitas keplerianas, si no empezara por suponer que la dinámica newtoniana, aplicada a los planetas que conoce, sirve para explicar los últimos detalles de la observación astronómica? Pero, sin esa seguridad, ¿cómo sería posible descubrir Neptuno y aumentar la lista de los planetas?

El compromiso, además, tiene razones prácticas apremiantes. Todo problema de investigación lleva al científico a enfrentarse con anomalías cuyas fuentes no puede identificar claramente. Sus teorías y sus observaciones nunca concuerdan del todo; las observaciones sucesivas nunca arrojan exactamente los mismos resultados; sus experimentos tienen productos secundarios, tanto teóricos como fenomenológicos, a los que será necesario dedicar otro proyecto de investigación. Cada una de estas anomalías o fenómenos no entendidos del todo puede ser la clave para una innovación fundamental dentro de la teoría o la técnica científicas, pero quien se detiene a examinarlas, una por una, nunca concluye su proyecto original. Los informes de investigación dan a entender repetidamente que casi todas las discrepancias importantes y significativas podrían ser asimiladas a la teoría existente, siempre y cuando hubiese tiempo para ello. Los hombres que elaboran estos informes encuentran, la mayoría de las veces, que esas discrepancias son triviales y carentes de interés, evaluación que de ordinario únicamente puede basarse en la fe que tienen en la teoría existente. Sin esa fe, su trabajo sería un desperdicio de tiempo y talento.

Además, la falta de compromiso lleva demasiadas veces al científico a atacar problemas que tiene pocas posibilidades de resolver. Tratar de reducir una anomalía es tarea fructífera sólo cuando la anomalía es algo más que trivial. Habiéndola descubierto, lo primero que hace el científico, igual que sus colegas, es lo mismo que están haciendo actualmente los físicos nucleares. Luchan por generalizar la anomalía por descubrir otras manifestaciones reveladoras del mismo efecto, a fin de conferirle estructura examinando sus complejas relaciones recíprocas con los fenómenos que, creen ellos, entienden todavía. Muy pocas anomalías son susceptibles de esta clase de tratamiento. Para que lo sean, deben estar en conflicto explícito e inequívoco con alguna afirmación que se encuentre en algún lugar clave de la estructura de la doctrina científica presente. Por consiguiente, reconocerla y evaluarla depende de un firme compromiso hacia la tradición científica contemporánea.

Este papel central de una tradición compleja y a menudo esotérica es lo que tengo en mente, ante todo, cuando hablo de la tensión esencial dentro de la investigación científica. No dudo que el científico deba ser, por lo menos en potencia, un innovador, que debe poseer flexibilidad mental y estar preparado para reconocer los problemas en donde éstos se presenten. Así, gran parte del estereotipo popular seguramente es correcta, y por eso es importante para buscar los índices de las características de personalidad correspondientes. Pero lo que no forma parte de nuestro estereotipo y parece necesitar una integración cuidadosa con éste es la otra cara de la moneda. Creo que tenemos muchas más probabilidades de explotar a fondo nuestro talento científico potencial si reconocemos la medida en que el científico básico debe ser también un firme tradicionalista, o, para decirlo en las palabras de ustedes, un pensador convergente. Lo más importante es que debemos entender la manera como estos dos modos de solución de problemas, superficialmente discordantes, pueden reconciliarse tanto dentro del individuo como dentro del grupo.

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además, haber hecho plausible la tesis histórica de que ninguna parte de la ciencia ha llegado muy lejos ni muy rápidamente antes de esta educación convergente y, correlativamente, de que esto mismo es lo que ha posibilitado la práctica normal convergente. Por último, aunque está fuera de mi competencia el inferir correlatos de personalidad de esta concepción del desarrollo científico, espero haberle infundido significado a la idea de que el científico productivo debe ser un tradicionalista que disfrute de juegos intrincados, con reglas preestablecidas, para ser un innovador de éxito que descubre nuevas reglas y nuevas piezas con las cuales jugar.

Como lo había planeado mi artículo tenía que haber terminado en este punto. Pero, al trabajar en él, dentro del contexto de los artículos preparatorios distribuidos a los asistentes a la conferencia, vi la necesidad de redactar un post scriptum. Permítaseme, por consiguiente, tratar de eliminar una posible fuente de mala interpretación y, al mismo tiempo, de sugerir un problema que necesita urgentemente una amplia investigación.

Todo lo dicho aquí trató de aplicarse rigurosa y exclusivamente a la ciencia básica, empresa dentro de la cual sus profesionales han sido de ordinario relativamente libres de elegir sus propios problemas. Como ya indiqué, estos problemas se han seleccionado, por regla general, dentro de áreas en donde los paradigmas podían aplicarse inequívocamente, pero dentro de las cuales persistían una serie de acertijos sobre la manera de aplicarlos y de cómo hacer que la naturaleza se conformase a los resultados de la aplicación. Claro está que el inventor o el científico aplicado no son, por lo general, libres de elegir acertijos de esta suerte. Quizá los problemas de entre los cuales tengan que elegir estén determinados en gran parte por circunstancias sociales, económicas o militares, que son externas a las ciencias. A menudo, la decisión de buscar la cura para una enfermedad muy virulenta, una fuente de iluminación o una aleación que resista el intenso calor de los motores cohete debe tomarse con relativa independencia del estado de la ciencia que venga al caso. No es evidente, de ninguna manera, que las características de personalidad indispensables para la preeminencia en esta clase de trabajo más bien práctico sean en conjunto las mismas que se requieren para obtener grandes logros en la ciencia básica. La historia indica que tan sólo unos cuantos individuos, la mayoría de los cuales trabajó en áreas bien delimitadas, han sido eminentes en ambas cosas.

No estoy muy seguro de a dónde nos conduzca esta sugerencia. Es necesario investigar más las problemáticas distinciones entre investigación básica, investigación aplicada e invención. Con todo, parece probable, por ejemplo, que el científico aplicado, para cuyos problemas el paradigma científico no tiene que venir muy al caso, se beneficia con una educación mucho más amplia y menos rígida que la que tradicionalmente se le da al científico puro. Hay ciertamente muchos episodios dentro de la historia de la tecnología en que la falta de la educación científica más rudimentaria ha resultado ser de gran ayuda. Recuérdese simplemente que Edison inventó la luz eléctrica ante una opinión científica unánime de que la luz del arco no podía "subdividirse", y hay muchos otros episodios por el estilo.

Pero esto no debe sugerir que las meras diferencias de educación transforman al científico aplicado en científico básico o viceversa. Lo menos que podría argumentarse es que la personalidad de Edison, igual para el inventor y quizá también para el "excéntrico" de la ciencia aplicada, lo eliminaba de los logros fundamentales de las ciencias básicas. Manifestó gran desdén por los científicos y pensaba que eran personas de ideas desordenadas, a las que podía contratarse cuando fuese necesario. Pero esto no impidió que, ocasionalmente, inventara las ideas más generales e irresponsables. (Esta pauta se repite a principios de la historia de la tecnología eléctrica: tanto Tesla como Gramme idearon absurdos esquemas cósmicos que, según ellos, debían reemplazar al pensamiento científico de sus épocas). Episodios como éste fortalecen la impresión de que los requisitos de personalidad del científico puro y los del inventor pueden ser por entero diferentes, y que tal vez los del científico aplicado ocupen en lugar intermedio.5

De todo esto, ¿puede sacarse alguna otra conclusión? Me asalta un pensamiento especulativo. Si leí correctamente los artículos preparatorios, en éstos se sugiere que la mayoría de ustedes se encuentra realmente en busca de la personalidad inventiva, esa clase de persona en la que predomina el pensamiento divergente, clase que se ha producido en abundancia en los Estados Unidos. Mientras tanto, tal vez se les estén escapando a ustedes algunas de las cualidades esenciales del científico básico, tipo bastante diferente de persona a cuyas filas las contribuciones de

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LA ESTRUCTURA DE LAS REVOLUCIONES CIENTÍFICAS1

II

EL CAMINO HACIA LA CIENCIA NORMAL

En este ensayo, "ciencia normal" significa investigación basada firmemente en una o más realizaciones científicas pasadas, realizaciones que alguna comunidad científica particular reconoce, durante cierto tiempo, como fundamento para su práctica posterior. En la actualidad, esas realizaciones son relatadas, aunque raramente en su forma original, por los libros de texto científicos, tanto elementales como avanzados. Esos libros de texto exponen el cuerpo de la teoría aceptada, ilustran muchas o todas sus aplicaciones apropiadas y comparan éstas con experimentos y observaciones de condición ejemplar. Antes de que esos libros se popularizaran, a comienzos del siglo XIX (e incluso en tiempos más recientes, en las ciencias que han madurado últimamente), muchos de los libros clásicos famosos de ciencia desempeñaban una función similar. La Física de Aristóteles, el Almagesto de Tolomeo, los Principios y la Óptica de Newton, la Electricidad de Franklin, la Química de Lavoisier y la Geología de Lyell -estas y muchas otras obras sirvieron implícitamente, durante cierto tiempo, para definir los problemas y métodos legítimos de un campo de la investigación para generaciones sucesivas de científicos. Estaban en condiciones de hacerlo así, debido a que compartían dos características esenciales. Su logro carecía suficientemente de precedentes como para haber podido atraer a un grupo duradero de partidarios, alejándolos de los aspectos de competencia de la actividad científica. Simultáneamente, eran lo bastante incompletas para dejar muchos problemas para ser resueltos, por el redelimitado grupo de científicos.

Voy a llamar, de ahora en adelante, a las realizaciones que comparten esas dos características, "paradigmas", término que se relaciona estrechamente con "ciencia normal". Al elegirlo, deseo sugerir que algunos ejemplos aceptados de la práctica científica real -ejemplos que incluyen, al mismo tiempo, ley, teoría, aplicación e instrumentación- proporcionan modelos de los que surgen tradiciones particularmente coherentes de investigación científica. Esas son las tradiciones que describen los historiadores bajo rubros tales como: 'astronomía tolemáica' (o 'de Copérnico'), 'dinámica aristotélica' (o 'newtoniana'), 'óptica corpuscular' (u 'óptica de las ondas'), etc. El estudio de los paradigmas, incluyendo muchos de los enumerados antes como ilustración, es lo que prepara principalmente al estudiante para entrar a formar parte como miembro de la comunidad científica particular con la que trabajará más tarde. Debido a que se reúne con hombres que aprenden las bases de su campo científico a partir de los mismos modelos concretos, su práctica subsiguiente raramente despertará desacuerdos sobre los fundamentos claramente expresados. Los hombres cuya investigación se basa en paradigmas compartidos están sujetos a las mismas reglas y normas para la práctica científica. Este compromiso y el consentimiento aparente que provoca son requisitos previos para la ciencia normal, es decir, para la génesis y la continuación de una tradición particular de la investigación científica.

Debido a que en este ensayo el concepto de paradigma reemplazará frecuentemente a diversas nociones familiares, será preciso añadir algo más respecto a su introducción. ¿Por qué la realización científica concreta, como foco de entrega profesional, es anterior a los diversos conceptos, leyes, teorías y puntos de vista que pueden abstraerse de ella? ¿En qué sentido es el paradigma compartido una unidad fundamental para el estudiante del desarrollo científico, una unidad que no puede reducirse plenamente a componentes atómicos? Cuando las encontremos en la sección V, las respuestas a esas preguntas y a otras similares resultarán básicas para la comprensión tanto de la ciencia normal como del concepto asociado de los paradigmas. Sin embargo, esa discusión más abstracta dependerá de una exposición previa de ejemplos de la ciencia normal o de los paradigmas en acción. En particular, aclaremos esos dos conceptos relacionados, haciendo notar que puede haber cierto tipo de investigación científica sin paradigmas o, al menos, sin los del tipo tan inequívoco y estrecho como los citados con anterioridad. La adquisición de un paradigma y del tipo más esotérico de investigación que dicho paradigma permite es un signo de madurez en el desarrollo de cualquier campo científico dado.

Si el historiador sigue la pista en el tiempo al conocimiento científico de cualquier grupo seleccionado de fenómenos relacionados, tendrá probabilidades de encontrarse con alguna variante menor de un patrón que ilustramos aquí a partir de la historia de la óptica física. Los libros de texto de física, en la actualidad, indican al estudiante que la luz es fotones, es decir, entidades mecánico-cuánticas que muestran ciertas características de ondas y otras partículas. La investigación se lleva a cabo de acuerdo con ello o, más bien, según la caracterización más elaborada y matemática de la que se

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deriva esa verbalización usual. Sin embargo, esta caracterización de la luz tiene, apenas, medio siglo de antigüedad. Antes de que fuera desarrollada por Planck, Einstein y otros, a comienzos de este siglo, los textos de física indicaban que la luz era un movimiento ondulante transversal, concepción fundada en un paradigma, derivado, en última instancia, de los escritos sobre óptica de Young y Fresnel, a comienzos del siglo XIX. Tampoco fue la teoría de las ondas la primera adoptada por casi todos los profesionales de la ciencia óptica. Durante el siglo XVIII, el paradigma para ese campo fue proporcionado por la Óptica de Newton, que enseñaba que la luz era corpúsculos de materia. En aquella época, los físicos buscaron pruebas, lo cual no hicieron los primeros partidarios de la teoría de las ondas, de la presión ejercida por las partículas lumínicas al chocar con cuerpos sólidos.

Estas transformaciones de los paradigmas de la óptica física son revoluciones científicas y la transición sucesiva de un paradigma a otro por medio de una revolución es el patrón usual de desarrollo de una ciencia madura. Sin embargo, no es el patrón característico del periodo anterior a la obra de Newton, y tal es el contraste, que nos interesa en este caso. No hubo ningún periodo, desde la antigüedad más remota hasta fines del siglo XVIII, en que existiera una opinión única generalmente aceptada sobre la naturaleza de la luz. En lugar de ello, había numerosas escuelas y subescuelas competidoras, la mayoría de las cuales aceptaban una u otra variante de la teoría epicúrea, aristotélica o platónica. Uno de los grupos consideraba que la luz estaba compuesta de partículas que emanan de cuerpos materiales; para otro, era una modificación del medio existente entre el objeto y el ojo; todavía otro explicaba la luz en términos de una interacción entre el medio y una emanación del ojo; además, había otras combinaciones y modificaciones. Cada una de las escuelas correspondientes tomaba fuerza de su relación con alguna metafísica particular y todas realzaban, como observaciones paradigmáticas, el conjunto particular de fenómenos ópticos que mejor podía explicar su propia teoría. Otras observaciones eran resueltas por medio de elaboraciones ad hoc o permanecían como problemas al margen para una investigación posterior.

En varias épocas, todas esas escuelas llevaron a cabo contribuciones importantes al cuerpo de conceptos, fenómenos y técnicas del que sacó Newton el primer paradigma casi uniformemente aceptado por la óptica física. Cualquier definición del científico que excluya al menos a los miembros más creadores de esas diversas escuelas, excluirá asimismo a sus sucesores modernos. Esos hombres eran científicos. Sin embargo, cualquiera que examine una investigación de la óptica física anterior a Newton, puede llegar fácilmente a la conclusión de que, aunque los profesionales de ese campo eran científicos, el resultado neto de su actividad era algo que no llegaba a ser ciencia. Al tener la posibilidad de no dar por sentado ningún caudal común de creencias, cada escritor de óptica física se sentía obligado a construir su propio campo completamente, desde los cimientos. Al hacerlo así, su elección de observaciones y de experimentos que lo sostuvieran era relativamente libre, debido a que no existía ningún conjunto ordinario de métodos o fenómenos que cada escritor sobre la óptica se sintiera obligado a emplear y explicar. En esas circunstancias, el diálogo de los libros resultantes frecuentemente iba dirigido tanto a los miembros de otras escuelas como a la naturaleza. Este patrón no es desconocido, en la actualidad, en numerosos campos creadores, ni es incompatible con descubrimientos e inventos importantes. Sin embargo, no es el patrón de desarrollo que adquirió la óptica física después de Newton y que, hoy en día, reconocen otras ciencias naturales.

La historia de la investigación eléctrica durante la primera mitad del siglo XVIII proporciona un ejemplo más concreto y mejor conocido del modo como se desarrolla una ciencia, antes de que cuente con su primer paradigma universalmente aceptado. Durante ese periodo había casi tantas opiniones sobre la naturaleza de la electricidad como experimentadores importantes, hombres como Hauksbee, Gray, Desafuliers, Du Fay, Nollett, Watson, Franklin y otros. Todos sus numerosos conceptos sobre la electricidad tenían algo en común: se derivaban, parcialmente, de una u otra versión de la filosofía mecánico-corpuscular que guiaba todas las investigaciones científicas de aquellos tiempos. Además, todos eran componentes de teorías científicas reales, que en parte habían sido obtenidas, por medio de experimentos y observaciones, y que determinaron parcialmente la elección y la interpretación de problemas adicionales a los que se enfrentaban las investigaciones. No obstante, aunque todos los experimentos eran eléctricos y la mayoría de los experimentadores leían las obras de los demás, sus teorías no tenían sino un mero aire de familia.

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mutua de dos cuerpos cargados negativamente). Pero tuvieron tanta dificultad como el primer grupo para explicar simultáneamente cualquier efecto que no fueran los más simples de la conducción. Sin embargo, esos efectos proporcionaron el punto de partida para un tercer grupo, que tenía tendencia a considerar a la electricidad como un "fluido" que podía circular a través de conductores, en lugar de un "efluvio" que emanaba de los no conductores. Este grupo, a su vez, tenía dificultades para reconciliar su teoría con numerosos efectos de atracción y repulsión. Sólo por medio de los trabajos de Franklin y de sus seguidores inmediatos surgió una teoría que podía explicar, casi con la misma facilidad, casi todos esos efectos y que, por consiguiente, podía proporcionar y proporcionó a una generación subsiguiente de "electricistas" un paradigma común para sus investigadores.

Excluyendo los campos, tales como la matemática y la astronomía, en los que los primeros paradigmas firmes datan de la prehistoria, y también los que, como la bioquímica, surgieron por la división o la combinación de especialidades ya maduras, las situaciones mencionadas antes son típicas desde el punto de vista histórico. Aunque ello significa que debo continuar empleando la simplificación desafortunada que marca un episodio histórico amplio con un nombre único y en cierto modo escogido arbitrariamente (v. gr., Newton o Franklin), sugiero que desacuerdos fundamentales similares caracterizaron, por ejemplo, al estudio del movimiento antes de Aristóteles, de la estática antes de Arquímedes, del calor antes de Black, de la química antes de Boyle y Boerhaave y de la geología histórica antes de Hutton. En ciertas partes de la biología -por ejemplo, el estudio de la herencia- los primeros paradigmas universalmente aceptados son todavía más recientes; y queda todavía en pie la pregunta de qué partes de las ciencias sociales han adquirido ya tales paradigmas. La historia muestra que el camino hacia un consenso firme de investigación es muy arduo.

Sin embargo, la historia sugiere también ciertas razones que explican el por qué de las dificultades encontradas. A falta de un paradigma o de algún candidato a paradigma, todos los hechos que pudieran ser pertinentes para el desarrollo de una ciencia dad tienen probabilidades de parecer igualmente importantes. Como resultado de ello, la primera reunión de hechos es una actividad mucho más fortuita que la que resulta familiar, después del desarrollo científico subsiguiente. Además, a falta de una razón para buscar alguna forma particular de información más recóndita, la primera reunión de hechos y datos queda limitada habitualmente al caudal de datos de que se dispone. El instrumental resultante de hechos contiene los accesibles a la observación y la experimentación casual, junto con algunos de los datos más esotéricos procedentes de artesanías establecidas, tales como la medicina, la confección de calendarios y la metalurgia. Debido a que las artesanías son una fuente accesible de hechos que fortuitamente no podrían descubrirse, la tecnología ha desempeñado frecuentemente un papel vital en el surgimiento de nuevas ciencias. Pero, aunque este tipo de reunión de datos ha sido esencial para el origen de muchas ciencias importantes, cualquiera que examine, por ejemplo, los escritos enciclopédicos de Plinio o las historias naturales baconianas del siglo XVII, descubrirá que el producto es un marasmo. En cierto modo, una duda en llamar científica a la literatura resultante. Las "historias" baconianas sobre el calor, el color, el viento, la minería, etc., están llenas de informes, algunos de ellos recónditos. Pero yuxtaponen hechos que más tarde resultarán reveladores (por ejemplo, el calentamiento por mezcla), junto con otros (v.gr., el calor de los montones de estiércol) que durante cierto tiempo continuarán siendo demasiado complejos como para poder integrarlos en una teoría bien definida. Además, puesto que cualquier descripción debe ser parcial, la historia natural típica con frecuencia omite, de sus informes sumamente circunstanciados, precisamente aquellos detalles que científicos posteriores considerarán como fuentes importantes de informes esclarecedores. Por ejemplo, casi ninguna de las primeras "historias" de la electricidad, menciona que las granzas, atraídas a una varilla de vidrio frotada, son despedidas nuevamente. Este efecto parecía mecánico, no eléctrico. Además, puesto que quien reúne datos casuales raramente posee el tiempo o la preparación para ser crítico, las historias naturales yuxtaponen, a menudo, descripciones como las anteriores con otras como, por ejemplo, el calentamiento por antiperistasis (o por enfriamiento), que en la actualidad nos sentimos absolutamente incapaces de confirmar. Sólo de vez en cuando, como en los casos de la estática, la dinámica y la óptica geométrica antiguas, los hechos reunidos con tan poca guía de una teoría preestablecida hablan con suficiente claridad como para permitir el surgimiento de un primer paradigma.

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ante la misma gama de fenómenos -pero, habitualmente, no los mismos fenómenos particulares- los describan y los interpreten de modos diferentes. Lo que es sorprendente, y quizá también único en este grado en los campos que llamamos ciencia, es que esas divergencias iniciales puedan llegar a desaparecer en gran parte alguna vez.

Pero desaparecen hasta un punto muy considerable y, aparentemente, de una vez por todas. Además, su desaparición es causada, habitualmente, por el triunfo de una de las escuelas anteriores al paradigma, que a causa de sus propias creencias y preconcepciones características, hace hincapié sólo en alguna parte especial del conjunto demasiado grande e incoado de informes. Los electricistas que creyeron que la electricidad era un fluido y que, por consiguiente, concedieron una importancia especial a la conducción, proporcionan un ejemplo excelente. Conducidos por esa creencia, que apenas podía explicar la conocida multiplicidad de los efectos de atracción y repulsión, varios de ellos tuvieron la idea de embotellar el fluido eléctrico. El fruto inmediato de sus esfuerzos fue la botella de Leyden, un artefacto que nunca hubiera podido ser descubierto por un hombre que explorara la naturaleza fortuitamente o al azar, pero que, en efecto, fue descubierto independiente-mente al menos por dos investigadores, en los primeros años de la década de 1740. Casi desde el comienzo de sus investigaciones sobre la electricidad, Franklin se interesó particularmente en explicar el extraño y, en aquellos tiempos, muy revelador aparato especial. El éxito que tuvo al hacerlo proporcionó el más efectivo de los argumentos para convertir su teoría en un paradigma, aunque éste todavía no podía explicar todos los casos conocidos de repulsión eléctrica. Para ser aceptada como paradigma, una teoría debe parecer mejor que sus competidoras; pero no necesita explicar y, en efecto, nunca lo hace, todos los hechos que se puedan confrontar con ella.

Lo que hizo la teoría del fluido eléctrico por el subgrupo que la sostenía, lo hizo después el paradigma de Franklin por todo el grupo de los electricistas. Sugirió qué experimentos valía la pena llevar a cabo y cuáles no, porque iban encaminados hacia manifestaciones secundarias o demasiado complejas de la electricidad. Sólo que el paradigma hizo su trabajo de manera mucho más eficaz, en parte debido a que la conclusión del debate interescolar puso punto final a la reiteración constante de fundamentos y, en parte, debido a que la confianza de que se encontraban en el buen camino animó a los científicos a emprender trabajos más precisos, esotéricos y consuntivos. Libre de la preocupación por cualquier fenómeno eléctrico y por todos a la vez, el grupo unido de electricistas podía ocuparse de fenómenos seleccionados de una manera mucho más detallada, diseñando mucho equipo especial para la tarea y empleándolo de manera más tenaz y sistemática de lo que lo habían hecho hasta entonces los electricistas. Tanto la reunión de datos y hechos como la formulación de teorías se convirtieron en actividades dirigidas. La efectividad y la eficiencia de la investigación eléctrica aumentaron consecuentemente, proporcionando evidencia al apoyo de una versión societaria del agudo aforismo metodológico de Francis Bacon: "La verdad surge más fácilmente del error que de la confusión".

Examinaremos la naturaleza de esta investigación dirigida o basada en paradigmas en la sección siguiente; pero antes, debemos hacer notar brevemente cómo el surgimiento de un paradigma afecta a la estructura del grupo que practica en ese campo. En el desarrollo de una ciencia natural, cuando un individuo o grupo produce, pro primera vez, una síntesis capaz de atraer a la mayoría de los profesionales de la generación siguiente, las escuelas más antiguas desaparecen gradualmente. Su desaparición se debe, en parte, a la conversión de sus miembros al nuevo paradigma. Pero hay siempre hombres que se aferran a alguna de las viejas opiniones y, simplemente, se les excluye de la profesión que, a partir de entonces, pasa por alto sus trabajos. El nuevo paradigma implica una definición nueva y más rígida del campo. Quienes no deseen o no sean capaces de ajustar su trabajo a ella deberán continuar en aislamiento o unirse a algún otro grupo. Históricamente, a menudo se han limitado a permanecer en los departamentos de la filosofía de los que han surgido tantas ciencias especiales. Como sugieren esas indicaciones, es a veces sólo la recepción de un paradigma la que transforma a un grupo interesado previamente en el estudio de la naturaleza en una profesión o, al menos, en una disciplina. En las ciencias (aunque no en campos tales como la medicina, la tecnología y el derecho, cuya principal razón de ser es una necesidad social externa), la formación de periódicos especializados, la fundación de sociedades de especialistas y la exigencia de un lugar especial en el conjunto, se han asociado, habitualmente, con la primera aceptación por un grupo de un paradigma simple. Al menos, ése era el caso entre el momento, hace siglo y medio, en que se desarrolló por primera vez el patrón institucional de la especialización científica y la época muy reciente en que la especialización adquirió un prestigio propio.

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investigador creador puede iniciar su investigación donde la abandona el libro y así concentrarse exclusivamente en los aspectos más sutiles y esotéricos de los fenómenos naturales que interesan a su grupo. Y al hacerlo así, sus comunicados de investigación comenzarán a cambiar en formas cuya evolución ha sido muy poco estudiada, pero cuyos productos finales modernos son evidentes para todos y abrumadores para muchos. Sus investigaciones no tendrán que ser ya incluidas habitualmente en un libro dirigido, como Experimentos... sobre electricidad, de Franklin, o el Origen de las especies, de Darwin, a cualquiera que pudiera interesarse por el tema principal del campo. En lugar de ello se presentarán normalmente como artículos breves dirigidos sólo a los colegas profesionales, a los hombres cuyo conocimiento del paradigma compartido puede presumirse y que son los únicos capaces de leer los escritos a ellos dirigidos.

En la actualidad, en las ciencias, los libros son habitualmente textos o reflexiones retrospectivas sobre algún aspecto de la vida científica. El científico que escribe uno de esos libros tiene mayores probabilidades de que su reputación profesional sea dañada que realzada. Sólo en las primeras etapas del desarrollo de las diversas ciencias, anteriores al paradigma, posee el libro ordinariamente la misma relación con la realización profesional que conservan todavía en otros campos creativos. Y sólo en los campos que todavía conservan el libro, con o sin el artículo, como vehículo para la comunicación de las investigaciones, se encuentran tan ligeramente trazadas las líneas de la profesionalización que puede esperar un profano seguir el progreso, leyendo los informes originales de los profesionales. Tanto en la matemática como en la astronomía, ya desde la Antigüedad los informes de investigaciones habían dejado de ser inteligibles para un auditorio de cultura general. En la dinámica, la investigación se hizo similarmente esotérica a fines de la Edad Media y volvió a recuperar su inteligibilidad, de manera breve, a comienzos del siglo XVII, cuando un nuevo paradigma reemplazó al que había guiado las investigaciones medievales. Las investigaciones eléctricas comenzaron a requerir ser traducida para los legos en la materia a fines del siglo XVIII y la mayoría de los campos restantes de las ciencias físicas dejaron de ser generalmente accesibles durante el siglo XIX. Durante esos mismos dos siglos, pueden señalarse transiciones similares en las diversas partes de las ciencias biológicas; en ciertas partes de las ciencias sociales pueden estarse registrando en la actualidad. Aunque se ha hecho habitual y es seguramente apropiado deplorar el abismo cada vez mayor que separa al científico profesional de sus colegas en otros campos, se dedica demasiado poca atención a la relación esencial entre ese abismo y los mecanismos intrínsecos del progreso científico.

Desde la Antigüedad prehistórica, un campo de estudio tras otro han ido cruzando la línea divisoria entre lo que un historiador podría llamar su prehistoria como ciencia y su historia propiamente dicha. Esas transiciones a la madurez raramente han sido tan repentinas e inequívocas como mi exposición, necesariamente esquemática, pudiera implicar. Pero tampoco han sido históricamente graduales, o sea, coextensivas con el desarrollo total de los campos en cuyo interior tuvieron lugar. Los escritores sobre la electricidad, durante las cuatro primeras décadas del siglo XVIII, poseían muchos más informes sobre los fenómenos eléctricos que sus predecesores del siglo XVI. Durante el medio siglo posterior a 1740, se añadieron a sus listas muy pocos tipos nuevos de fenómenos eléctricos. Sin embargo, en ciertos aspectos importantes, los escritos de Cavendish, Coulomb y Volta sobre la electricidad, en el último tercio del siglo XVIII parecen más separados de los de Gray, Du Fay e, incluso, Franklin, que los escritos de los primeros descubridores eléctricos del siglo XVIII de aquellos del siglo XVI. En algún momento, entre 1740 y 1780 pudieron los electricistas, por primera vez, dar por sentadas las bases de su campo. A partir de ese punto, continuaron hacia problemas más concretos y recónditos e informaron cada vez más de los resultados obtenidos en sus investigaciones en artículos dirigidos a otros electricistas, más que en libros dirigidos al mundo instruido en general. Como grupo, alcanzaron lo que habían logrado los astrónomos de la Antigüedad y los estudiosos del movimiento en la Edad Media, los de la óptica física a fines del siglo XVII y los de la geología histórica a principios del siglo XIX. O sea, habían obtenido un paradigma capaz de guiar las investigaciones de todo el grupo. Excepto con la ventaja de la visión retrospectiva, es difícil encontrar otro criterio que proclame con tanta claridad a un campo dado como ciencia.

III

NATURALEZA DE LA CIENCIA NORMAL

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'paradigma', a falta de otro término mejor; pronto veremos claramente que el sentido de 'modelo' y 'patrón', que permiten la apropiación, no es enteramente el usual para definir 'paradigma'. En la gramática, por ejemplo, 'amo, amas, amat' es un paradigma, debido a que muestra el patrón o modelo que debe utilizarse para conjugar gran número de otros verbos latinos, v. gr.: para producir 'laudo, laudas, laudat'. En esta aplicación común, el paradigma funciona, permitiendo la renovación de ejemplos cada uno de los cuales podría servir para reemplazarlo. Por otra parte, en una ciencia, un paradigma es raramente un objeto para renovación. En lugar de ello, tal y como una decisión judicial aceptada en el derecho común, es un objeto para una mayor articulación y especificación, en condiciones nuevas o más rigurosas.

Para comprender cómo puede suceder esto, debemos reconocer lo muy limitado que puede ser un paradigma en alcance y precisión en el momento de su primera aparición. Los paradigmas obtienen su status como tales, debido a que tienen más éxito que sus competidores para resolver unos cuantos problemas que el grupo de profesionales ha llegado a reconocer como agudos. Sin embargo, el tener más éxito no quiere decir que tenga un éxito completo en la resolución de un problema determinado o que dé resultados suficientemente satisfactorios con un número considerable de problemas. El éxito de un paradigma -ya sea el análisis del movimiento de Aristóteles, los cálculos hechos por Tolomeo de la posición planetaria, la aplicación hecha por Lavoisier de la balanza o la matematización del campo electromagnético por Maxwell- es al principio, en gran parte, una promesa de éxito discernible en ejemplos seleccionados y todavía incompletos. La ciencia normal consiste en la realización de esa promesa, una realización lograda mediante la ampliación del conocimiento de aquellos hechos que el paradigma muestra como particularmente reveladores, aumentando la extensión del acoplamiento entre estos hechos y las predicciones del paradigma y por medio de la articulación ulterior del paradigma mismo.

Pocas personas que no sean realmente practicantes de una ciencia madura llegan a comprender cuánto trabajo de limpieza de esta especie deja un paradigma para hacer, o cuán atrayente puede resultar la ejecución de dicho trabajo. Y es preciso comprender estos puntos. Las operaciones de limpieza son las que ocupan a la mayoría de los científicos durante todas sus carreras. Constituyen lo que llamo aquí ciencia normal. Examinada de cerca, tanto históricamente como en el laboratorio contemporáneo, esa empresa parece ser un intento de obligar a la naturaleza a que encaje dentro de los límites preestablecidos y relativamente inflexibles que proporciona el paradigma. Ninguna parte del objetivo de la ciencia normal está encami-nada a provocar nuevos tipos de fenómenos; en realidad, a los fenómenos que no encajarían dentro de los límites mencionados frecuentemente ni siquiera se los ve. Tampoco tienden normalmente los científicos a descubrir nuevas teorías y a menudo se muestran intolerantes con las formuladas por otros.

Es posible que sean defectos. Por supuesto, las zonas investigadas por la ciencia normal son minúsculas; la empresa que está siendo discutida ha restringido drásticamente la visión. Pero esas restricciones, nacidas de la confianza en un paradigma, resultan esenciales para el desarrollo de una ciencia. Al enfocar la atención sobre un cuadro pequeño de problemas relativamente esotéricos, el paradigma obliga a los científicos a investigar alguna parte de la naturaleza de una manera tan detallada y profunda que sería inimaginable en otras condiciones. Y la ciencia normal posee un mecanismo interno que siempre que el paradigma del que proceden deja de funcionar de manera efectiva, asegura el relajamiento de las restricciones que atan a la investigación. En ese punto, los científicos comienzan a comportarse de manera diferente, al mismo tiempo que cambia la naturaleza de sus problemas de investigación. Sin embargo, mientras tanto, durante el período en que el paradigma se aplica con éxito, la profesión resolverá problemas que es raro que sus miembros hubieran podido imaginarse y que nunca hubieran emprendido sin él. En lugar de ello, la investigación científica normal va dirigida a la articulación de aquellos fenómenos y teorías que ya proporciona el paradigma.

Para mostrar de manera más clara lo que entendemos por investigación normal o basada en un paradigma, trataré ahora de clasificar e ilustrar los problemas en los que consiste principalmente la ciencia normal. Por conveniencia, pospongo la actividad teórica y comienzo con la reunión de datos o hechos, o sea, con los experimentos y las observaciones que se describen en los periódicos técnicos por medio de los que los científicos informan a sus colegas profesionales de los resultados del progreso de sus investigaciones. ¿Sobre qué aspectos de la naturaleza informan normal-mente, los científicos? ¿Qué determina su elección? Y, puesto que la mayoría de las observaciones científicas toman tiempo, equipo y dinero, ¿qué es lo que incita a los científicos a llevar esa elección hasta su conclusión?

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