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ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 2

Youkali: revista crítica de las artes y el pensamiento

nº 12, enero de 2012

revista semestral en formato electrónico

para encontrarla: www.youkali.net

edita: tierradenadie ediciones, S.L. I.S.S.N.: 1885-477X

las afirmaciones, las opiniones y los análisis que se encontrarán en el presente número de Youkali, son responsabilidad de sus autores.

© los autores

(copyleft, salvo indicación en otro sentido)

coordinación: Montserrat Galcerán Huguet y Matías Escalera Cordero

participan en el número: Matías Escalera Cordero, Maite Aldaz, Aurelio Sainz Pezonaga, Germán Cano, Montserrat Galcerán Huguet, Juan Domingo Sánchez Estop, José Luis Moreno Pestaña, Eduard Ibáñez Jofre, Cristopher Morales Bonilla, J. S. de Monfort, Raúl Parra, Juan Pedro García del Campo, Víktor Gómez, Arturo Borra, Marta Sanz Pastor, Eva Fernández, Antonio Orihuela, Antonio Martínez i Ferrer y David Becerra Mayor.

maquetación: tallerV

portada y contraportada: Maite Aldaz

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ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 3

Í N D I C E

pág.

Breve editorial . . . 4 15-M

- Aurelio Sainz Pezonaga:

Complejidad y hegemonía en la política de movimientos. El caso 15M . . . . 5 - Germán Cano:

Dar cuerpo al espectro. Materiales sobre el 15-M como campo de fuerzas . . . . 13 - Montserrat Galcerán Huguet:

Presencia del feminismo en la Puerta del Sol madrileña . . . . 31 - Juan Domingo Sánchez Estop:

Spinoza perroflauta. Sobre los “significantes spinozistas” en el contexto del 15-M . . . . 37 - José Luis Moreno Pestaña:

Social y “liberal”, generacional y asambleario: el movimiento del 15-M . . . . 41 - Eduard Ibáñez Jofre:

15M: un acercamiento táctico . . . . 45 - Cristopher Morales Bonilla:

¡Indignados, un esfuerzo más si queréis ser subversivos!

Límites ideológicos y tácticos del 15M . . . . 53 - J. S. de Montfort:

La poética de los mínimos gestos (o sobre la imposible literatura del 15-M) . . . . 61

Miscelánea - Raúl Parra:

Be water my friend!

Del Tao del Jeet Kune Do a la Ética de Spinoza. Un camino para la liberación . . . . 67 - Juan Pedro García del Campo:

La institución de lo común . . . . 73 - Inter(w)express... Víktor Gómez (Asociación Poética Caudal): Tres (3)

respuestas rápidas para tres (3) preguntas clave (cuestionario de la redacción) . . . . 83 Elementos de producción crítica

- Arturo Borra:

El espacio literario como madriguera . . . . 87 - Una novela crítica para un presente crítico (Presentación) . . . . 103

- Marta Sanz Pastor:

Razones para la novela hoy . . . . 104 - Eva Fernández:

Al acecho calmado o una murmuración con dinamita (sobre una novela crítica hoy) 110

Análisis de efectos / Reseñas

- Antonio Martínez i Ferrer: Reseña de Elegía en Portbou,

de Antonio Crespo Massieu . . . . 115 - Antonio Orihuela: Reseña de Historias de este mundo

de Matías Escalera Cordero . . . . 121 - David Becerra Mayor: Reseña de Acceso no autorizado, de Belén Gopegui

y de La mano invisible de Isaac Rosa . . . . 122 - Acuse de Recibo: noticias sobre

la publicación de Cult Movies. Películas para llevarse al infierno, de Vicente Muñoz Álvarez, de Maremágnum 44, de David Benedicte

y de los primeros libros de la colección “Voces del extremo” de la editorial Germanía

(entrevista con el editor Toni Martínez) . . . 127

Un clásico, un regalo

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ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 4

BREVE EDITORIAL

El 15 de mayo de 2011 nos sorprendió a todo el equipo de Youkalien plena faena, preparando el número del primer semestre del año. No había tiempo material para dar cuenta de los acontecimientos que todos está‐

bamos viviendo tan intensamente. Pero, como no podía ser de otro modo, el tema central de este número, el número 12 de nuestra revista, es justamente el 15M, y creemos que es ahora cuando realmente tiene sen‐

tido, pues tenemos ya la perspectiva de la que entonces lógicamente carecíamos. Así, pues, Youkali, con es‐

te número que ahora presentamos, quiere participar, desde una perspectiva crítica, como siempre lo hemos hecho, en la gran asamblea del movimiento.

Para ello, presentamos ocho intervenciones teórico‐políticas que, analizando con miradas diversas ver‐

tientes distintas del movimiento, constituyen un prisma tan plural como la propia realidad con la que pre‐

tenden debatir. Así, Aurelio Sainz Pezonaga aborda el problema de la complejidad y la hegemonía de los movimientos en diálogo con M. Hardt y A. Negri y proyecta sus conclusiones sobre el 15M. Germán Cano realiza un exhaustivo recorrido por las reacciones que el movimiento 15M ha despertado en las diferentes sensibilidades políticas existentes, esbozando el mapa del campo de fuerzas generado por su irrupción. Montserrat Galcerán da cuenta de la participación de las feministas en la acampada de la Puerta de Sol y de la importancia de entender los movimientos sociales en tanto que necesariamente entrelazados. El modo en que las nociones del pensamiento de Spinoza operan en estado práctico en las acciones del 15M es defendi‐

do por Juan Domingo Sánchez Estop en su “Spinoza perroflauta”. Y José Luis Moreno Pestaña enmarca el movimiento en la lucha contra el neoliberalismo, en la reafirmación generacional y en la práctica asamble‐

aria. Por medio del concepto de táctica en tanto que opuesto al de estrategia, Eduard Ibáñez Jofre busca ex‐

poner la novedad del 15M y su fuerza inmanente. Por su parte, Cristopher Morales Pinilla realiza una crí‐

tica incisiva a los aspectos más reformistas del movimiento cuando, atacando a las consecuencias, parece ol‐

vidarse de las causas sistémicas de la situación actual. En fin, J. S. De Montfort subraya el aspecto más in‐

forme del 15M, aquel que podríamos comparar metafóricamente con un grito, desde la perspectiva de la producción literaria.

En nuestra sección “Miscelánea”, además, hemos reunido para este número dos textos y una entrevista. En el primer texto, escrito por Raúl Parra, el pensamiento de Bruce Lee se encuentra con el de Spinoza en busca de las condiciones subjetivas de la liberación social. El segundo, que firma Juan Pedro García del Campo, insiste en la necesidad de entender el Comunismo no como idea, sino como transformación de la realidad social conducente a un mundo sin dominación. Este texto recoge su intervención en el Congreso “¿Qué es Comunismo?” celebrado a comienzos de diciembre de 2011 en la Universidad Complutense de Madrid y anticipa nuestro propósito de publicar otras ponencias del mismo en próximos números.

A continuación, en nuestra tradicional entrevista “Inter(w)express...”, Víktor Gómez, de la Asociación Poética Caudal responde a nuestras preguntas; y en “Elementos de producción crítica”, destacan tres artí‐

culos de crítica literaria excelentes; uno de Arturo Borra, en la que la postrer obra de Kafka se convierte en metáfora del entero espacio literario; y dos artículos sobre la posibilidad de una novela crítica para este nuestro crítico presente firmados por dos excelente novelistas de hoy, Marta Sanz y Eva Fernández.

Para finalizar, nuestras también clásicas secciones de “Reseñas y “Acuses de recibo”, esta vez dan cuen‐

ta de las obras más recientes de Antonio Crespo Massieu, Matías Escalera Cordero, Belén Gopegui, Isaac Rosa, Vicente Muñoz Álvarez, David Benedicte; así como de la aparición de la nueva colección de poesía “Voces del Extremo”, de la editorial Germanía, con una entrevista con su editor, Toni Martínez.

Sin olvidarnos de nuestro regalo semestral, un texto clásico, para aquellos que gustan de lo exquisito; en esta ocasión se trata del opúsculo ¿Por qué cosa se bate el LEF?, del genial y necesario Vladimir Mayakovski.

Que disfruten.

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Uno de los problemas fundamentales a los que se han enfrentado y se enfrentan las políticas de libera‐ ción en los últimos tiempos es la complejidad de los actores, fuerzas o posiciones sociales con los que ne‐ cesitan contar para ser al menos viables. En esto el 15M no ha sido una excepción. De hecho, buena par‐ te de su efectividad como movimiento se debe a los modos de operar que ha puesto en práctica para abordar la complejidad del descontento. De igual manera, cualquier desarrollo del 15M –tanto las mi‐ graciones que sus modos de hacer experimenten, así la marea verde, como los mestizajes en los que se im‐ plique, así su relación con otros movimientos y orga‐ nizaciones– está suponiendo y va a suponer que esa complejidad aumente.

Pero, ¿qué estamos entendiendo aquí por “com‐ plejidad”? La complejidad a la que nos referimos no es ni una mera diversidad o multiplicidad indiferen‐ te de posiciones o tendencias, ni un exceso de dife‐ rencias que es necesario reducir1 para quedarnos con lo que nos une. La multiplicidad indiferente y el ex‐ ceso reducible de diferencias son los dos extremos con los que queremos polemizar: consideramos que no son, en último término, sino formas de evacuar imaginariamente el problema del conflicto. Son pro‐ puestas que pretenden haber resuelto el problema antes de afrontarlo. La resolución que ofrecen es, por

supuesto, normativa: la multiplicidad indiferente y la reducción del exceso de diferencias quieren funcio‐ nar como ideales regulativos.

La complejidad es, por el contrario, la correlación de diferentes fuerzas de fuerza diferente2. Este modo de plantear la cuestión nos sitúa en un terreno com‐ pletamente distinto. La complejidad no es ni lo que une ni lo que separa, sino la condición de toda uni‐ dad y de toda división. La complejidad no es lo que divide: lo que divide es la incapacidad para extraer de la complejidad una potencia común. La compleji‐ dad no es lo que une: lo que une es que una determi‐ nada concurrencia de diferentes fuerzas de fuerza di‐ ferente logra producir un efecto de intensificación re‐ cíproca de la capacidad de actuar. Es más, en la com‐ plejidad, la unidad o la división nunca son absolutas. En consecuencia, por sí misma, la complejidad es am‐ bivalente, es amoral, es prenormativa: constituye to‐ da coyuntura política; la complejidad no es buena o mala por sí misma, sino una cosa u otra, en cada ca‐ so, en relación con el deseo de aumentar nuestra ca‐ pacidad de actuar.

Quisiera proyectar esta perspectiva de la comple‐ jidad sobre la reflexión que Antonio Negri y Michael Hardt realizan en la Parte 6 de su libro Common

wealth3 titulada “Revolución”. Una de las novedades de Commonwealthrespecto a Imperioy Multitudes que

1 Por ejemplo, en la noción “onto‐sociológica” de complejidad que propuso Niklas Luhman, véase Ignacio Izuzquiza, La sociedad sin hombres. Niklas Luhman o la teoría como escándalo, Anthropos, Barcelona, 1990, págs. 60‐67.

2 En este concepto se encuentran el Althusser de la sobredeterminación (La revolución teórica de Marx, Siglo XXI, México D. F., 1999), el Deleuze lector de Nietzsche (Gilles Deleuze, Nietzsche y la filosofía, Anagrama, Barcelona, 1986, págs. 14‐16) y el Derrida de la diffé

rance(Jacques Derrida, “La différance”, en Márgenes de la filosofía, Cátedra, Madrid, 1989, págs. 52‐3).

3 Cito y remito a la edición de tapa blanda de Harvard University Press, Cambridge (Mass.), de 2011, en adelante CW. En este mismo 2011 ha visto la luz la traducción española a cargo de Raúl Sánchez Cedillo, publicada por Akal en su colección “Cuestiones de an‐

tagonismo”. ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 5

15 - M

COMPLEJIDAD Y HEGEMONÍA EN LA POLÍTICA DE

MOVIMIENTOS. El caso 15M

por Aurelio Sainz Pezonaga

Si [los átomos] no se desviaran así, todos caerían rectos, Como gotas de lluvia, en el vacío sin fondo: No se darían entre ellos ni encuentros ni choques;

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en él Hardt y Negri han asumido ampliamente la crí‐ tica que Paolo Virno hizo al concepto de multitud. Precisamente, lo que Virno planteaba es que la multi‐ tud contemporánea no podía entenderse únicamente en términos positivos de resistencia al nuevo orden mundial o imperio, tal como Hardt y Negri caracteri‐ zaron en un primer momento a esta figura política. Sino que era necesario entender que la multitud de las metrópolis actuales es el entramado por el que discu‐ rren igualmente las microtácticas neoliberales4. Si es‐ to no fuera así, si la multitud no tuviera esta doble ca‐ ra ¿sobre qué se sostendrían, entonces, todas las transformaciones del dominio capitalista de las últi‐ mas décadas? De esta forma, Virno retornaba al uso que Spinoza había hecho originalmente del concepto de multitud. Efectivamente, Spinoza diferenciaba ya entre multitud libre y multitud esclava, entre una multitud que “procura cultivar la vida” y aquella otra que busca “evitar simplemente la muerte”5. La críti‐ ca, pues, era de calado y la aceptación de la misma por parte de Hardt y Negri ha supuesto una muta‐ ción profunda de todo su planteamiento. En efecto, en Commonwealthla ambivalencia ya no sólo afecta al concepto de multitud, sino igualmente al de lo común y a lo que Hardt y Negri llaman “amor”.

Ahora bien, pensamos que esa autocrítica no ha sido completa y que el tratamiento de la pluralidad constitutiva de la lucha social que Hardt y Negri des‐ arrollan en la Parte 6 de Commonwealth, siendo como es muy instructivo, no termina de recoger el proble‐ ma del carácter prenormativo o ambivalente de la complejidad. Consideraremos, entonces, ese texto desde tres de las cuestiones que lo recorren. La pri‐ mera es la complejidad interna de los movimientos sociales, que Hardt y Negri analizan a través de la distinción entre emancipación y liberación. La segun‐ da cuestión es la complejidad de la relación entre los diferentes movimientos, que tratan ayudándose de los conceptos de paralelismo e intersección. Y la ter‐ cera problemática, no separada de las anteriores, es la de la hegemonía, ambiguamente tratada por Hardt y Negri, que será necesario discutir a la luz de la revisión de las cuestiones anteriores. Para acabar, volveremos sobre el 15M para analizar su irrupción en el espacio político español como una pugna por la hegemonía (y por la forma de la hegemonía) de los movimientos.

La complejidad interna a los movimientos sociales Hardt y Negri abordan la complejidad interna de los movimientos sociales en términos de política de la identidad. La elección de esta perspectiva no es ca‐ sual. La producción de subjetividad es considerada por ellos como el “terreno principal (primary) de la lucha política”6. Sea esta aseveración acertada o no, optar por las políticas de identidad como criterio pa‐ ra examinar las diferencias internas en los movimien‐ tos ofrece un resultado interesante porque, entre otras cosas, permite señalar estructuras comunes a los diferentes movimientos. Más en concreto, lo que Hardt y Negri encuentran son tres tareas comunes, tres modos de hacer antagonismo, que mantienen entre sí una cierta relación de jerarquía, desde el gra‐ do más bajo de resistencia de la primera hasta el más alto grado de transformación de la tercera.

La primera tarea consiste en hacer visibles y de‐ nunciar los mecanismos y regímenes de la subordi‐ nación social. Estas formas de dominación son conti‐ nuamente recubiertas, disimuladas, minimizadas o justificadas por el trabajo ideológico que los poderes dominantes ponen en marcha y es necesario, por tan‐ to, hacer un trabajo de resistencia en la dirección con‐ traria. Esta tarea es, entonces, fundamental ya que se enfrenta al discurso dominante, cuestiona el discurso del orden y la naturalidad del sometimiento y ofrece un punto de vista contrario de la realidad. Encierra, sin embargo, un peligro porque se suele realizar atri‐ buyendo una identidad fija al colectivo subordinado, como si esa identidad, resultado al fin y al cabo de la

4 Véase “General Intellect, éxodo, multitud”, entrevista a Paolo Virno por el Colectivo Situaciones en P. Virno, Gramática de la multitud, Traficantes de sueños, Madrid, págs. 130‐131.

5 B. Spinoza, Tratado Político, Alianza Ed., Madrid, 2004, cap. 5, §6, 6 CW, pág. 172.

ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 6

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relación de poder, le perteneciera esencialmente. Al mismo tiempo, esa identidad se construye a menudo desde la posición de la víctima, es decir, de la impo‐ tencia. Es por ello que tiende a ser una posición más ética que política: más que transformación social, de‐ manda compasión hacia quien sufre el agravio y cas‐ tigo para quien lo comete. Las figuras del obrero ex‐ plotado, la mujer oprimida, los gays y lesbianas dis‐ criminados, los negros sometidos pertenecen a esta primera tarea7.

La segunda tarea consiste en convertir la identi‐ dad victimal en una identidad rebelde. Esa misma identidad que ha servido para denunciar la iniqui‐ dad de la dominación, se transforma en bandera des‐ de la que construir la unidad de la lucha y el proyec‐ to emancipatorio. No obstante, este segundo modo de hacer antagonismo ofrece también un peligro. La identidad puede terminar reduciendo la multiplici‐ dad del colectivo rebelde a una unidad simple y ce‐ rrada. Se presenta, entonces, como una forma de so‐ beranía en cuyo nombre actúan los interpretes o re‐ presentantes que suplen a los demás en las tomas de decisiones. Hardt y Negri hacen referencia en este punto al nacionalismo como modelo adoptado, a ra‐ íz de las luchas anticoloniales, sobre todo dentro de los movimientos negros o queer–nación negra, na‐ ción queer–, por los grupos que se han deslizado por la pendiente de la identidad soberana. Pero, el movi‐ miento obrero revolucionario o el feminista han co‐ nocido igualmente tendencias fuertemente esencia‐ listas que responden a este mismo diagrama.

Hardt y Negri proponen calificar las dos primeras tareas de emancipatorias y hablar de liberación úni‐

camente con respecto a la tercera. Esta tercera tarea la conciben dotada de dos vertientes. Una vertiente ne‐ gativa que describen como una auto‐abolición de la identidad. Y otra positiva presentada como produc‐ ción libre de subjetividad o metamorfosis. Tres son los ejemplos que proponen para esta tercera tarea: la liberación respecto del trabajo y la abolición de las clases de la tradición comunista revolucionaria, las políticas queerque ponen en primer plano la crítica a la identidad y los planteamientos del radicalismo ne‐ gro que, como el de Paul Gilroy, abogan por la aboli‐ ción no sólo del racismo, sino de la raza en tanto que categoría y en tanto que estructura social.

De las dos vertientes, sin embargo, la principal es la metamorfosis. La metamorfosis supone un cambio completo de perspectiva. Supone desplazarse hacia una nueva problemática que gira en torno de la cate‐ goría de singularidad. Así, según Hardt y Negri, la singularidad se definiría por tres rasgos:

En primer lugar, toda singularidad apunta hacia una multiplicidad externa y se define por ella. Ninguna singularidad puede existir o concebirse por sí misma, sino que tanto su existencia como su definición deriva necesariamente de sus rela‐

ciones con las otras singularidades que constitu‐

yen la sociedad. Segundo, toda singularidad apunta a una multiplicidad interna. Las innume‐

rables divisiones que atraviesan cada singulari‐

dad no impiden sino que constituyen su defini‐

ción. Tercero, toda singularidad está inmersa en el proceso de convertirse en algo diferente –mul‐

tiplicidad temporal.8

Respecto a estos tres rasgos, quiero empezar reali‐ zando dos apreciaciones. La primera es el uso mu‐ chas veces formal y normativo que Hardt y Negri ha‐ cen del carácter dinámico de la singularidad, por ejemplo cuando oponen la singularidad a la identi‐ dad a partir del criterio de movimiento versus inmo‐ vilidad. De esta forma, parecen excluir la posibilidad de una identidad que se sostenga sobre el cambio continuo. Ahora bien, no otra es la identidad del con‐ sumidor de banalidades, obligado a renovar conti‐ nuamente su objeto de deseo para mantenerse en su ser‐a‐la‐última.

La segunda es que tan importante como señalar que la singularidad está constituida por una multipli‐ cidad (de singularidades) es insistir en que una mul‐

7 Aunque en otros lugares del libro, sí que Hardt y Negri hacen referencia al movimiento ecologista, su ausencia en esta última parte no puede dejar de llamar la atención. Otra ausencia importante, pero en un sentido diferente, sobre la que volveremos más adelan‐

te es la del movimiento democrático.

8 CW, págs. 338‐9. ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 7

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tiplicidad constituye a su vez una singularidad. Esto es, aunque la singularidad esté siempre abierta, no deja de ser determinación9.

Ahora bien, lo más cuestionable en el plantea‐ miento de Hardt y Negri es que tratan la singularidad de la misma manera en la que antes habían abordado la multitud, ya que la entienden como directamente revolucionaria. Y, sin embargo, la singularidad no puede ser menos ambivalente que la multitud. La sin‐ gularidad tiene que considerarse igualmente como una categoría prenormativa. Y no puede suponer simplemente un nuevo punto de vista, distinto del punto de vista de la identidad. Sino que este nuevo punto de vista es también un nuevo punto de vista sobre la identidad. Es una explicación de la identidad. Usando su terminología, habría que considerar la identidad como una singularidad corrupta. Aunque aquí quizás la pareja generación / corrupción no sea tan útil como la distinción spinoziana entre pasiones y acciones, entre pasiones tristes y alegres, y entre pa‐ siones tristes circunstancialmente útiles y pasiones tristes completamente destructivas. La identidad vic‐ timal sería una pasión triste, pero útil. La identidad rebelde sería una pasión alegre que puede tener exce‐ so. Y la singularidad libre, que correspondería a la ter‐ cera tarea que analizan, sería una acción en el sentido spinoziano, esto es, una combatividad racional.

La identidad (victimal o rebelde) desconoce su condición de cosa singular. Y al mismo tiempo se re‐ conoce en tanto que realidad simple y completa, exis‐ tente y concebible por sí misma. En el lenguaje de Spinoza, podemos decir que se imagina como sus‐ tancial, cuando no es sino un modo finito. Hoy diría‐ mos también que se desconoce/reconoce como una esencia transhistórica, cuando sus condiciones de existencia son enteramente coyunturales. En cual‐ quier caso, entenderemos que el desconocimiento/re‐ conocimiento se produce socialmente en aparatos singulares cuyo funcionamiento es necesario conocer para conocer el modo efectivo en que se constituye y opera la identidad social, ya sea una identidad sub‐ ordinada, victimal o rebelde.

El concepto de multiplicidad, que en el pasaje que hemos citado acompaña de forma inseparable al de singularidad, no es menos problemático que éste. Tal como se presenta en estas páginas de Commonwealth, la multiplicidad podría pensarse como una coexis‐ tencia angelical de singularidades, sin roces ni con‐

flictos. Ahora bien, el concepto de complejidad que al comienzo hemos definido como correlación de dife‐ rentes fuerzas de fuerza diferente, al tiempo que con‐ cibe la singularidad como fuerza o potencia y exige determinar de qué fuerzas o potencias hablamos, conduce a entender la diversidad como tensional manteniendo siempre la ambivalencia.

Estos problemas en la concepción que Hardt y Negri sostienen de la singularidad y de la multiplici‐ dad se ponen especialmente a prueba en las dos obje‐ ciones dirigidas contra la tercera tarea –la auto‐aboli‐ ción de la identidad o metamorfosis– a las que los propios autores consideran necesario responder unas páginas más adelante10. En efecto, Hardt y Negri ex‐ ponen un primer peligro por el que, al esforzarnos por abolir las identidades victimal y rebelde, podría‐ mos, por un lado, reforzar la estrategia reaccionaria de hacer invisibles la opresión y el conflicto y, por otro, obstaculizar la capacidad de sumar fuerzas de los rebeldes. A esta objeción responden que las tres ta‐ reas son inseparables. Sin las dos primeras, perseguir la tercera es ingenuo y corre el peligro de hacer más difícil el desafío a las jerarquías existentes. Pero, sin la tercera, las dos primeras permanecen atadas a las for‐ maciones de identidad, incapaces de tomar distancia respecto de la construcción social y material de las mismas, incapaces, por tanto, de abordar la tarea de producir una subjetividad libre. Es más, las tres tare‐ as deben perseguirse simultáneamente, sin posponer la tercera a un futuro indefinido11.

La respuesta es, sin duda, interesante, principal‐ mente desde la perspectiva de la complejidad a la que apunta. Sin embargo, esa misma respuesta abre otra

9 Invirtiendo la expresión de Spinoza que Hegel hizo famosa, “toda determinación es negación”, y de modo más acorde con el pensa‐

miento del primero, podríamos decir que toda afirmación es determinación. 10 CW, págs. 336‐40.

11 Véase CW, pág. 337

ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 8

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serie de problemas que quedan en suspenso. El prime‐ ro y principal es el de la relación entre las tres tareas. No podemos pensar que esa relación sea armónica y esté exenta de todo conflicto y de toda diferencia de fuerza. Hasta tal punto este es un problema no abor‐ dado por Hardt y Negri que, en lo que resta de la Parte 6, se olvidan por completo de la primera y la segunda tarea, como si la revolución que supone la tercera tarea pudiera pensarse sin la relación con las otras dos.

Las consecuencias, sin embargo, van más allá y salpican a la segunda objeción contra la tercera tarea. Esta segunda objeción plantearía que al abolir la identidad quedarían abolidas igualmente las diferen‐ cias y una indiferencia general recorrería el campo social. La respuesta de Hardt y Negri es que, muy al contrario, la abolición de la identidad libera la proli‐ feración de diferencias que no marcan jerarquías so‐ ciales. Ahora bien, la determinación de esas diferen‐ cias proliferantes flota enteramente en el aire. Son di‐ ferencias sin consistencia, sin peso, sin resistencia, sin tensión, sin efectividad. Hardt y Negri las piensan al margen de su relación con las identidades de las dos primeras tareas y, en consecuencia, en una situación completamente irreal de acuerdo con el horizonte que ellos mismos acaban de trazar en el párrafo ante‐ rior. De este modo, las diferencias proliferantes fun‐ cionan en el discurso de Hardt y Negri de nuevo co‐ mo ideal regulativo, en lugar de hacerlo como cate‐ goría prenormativa, ambivalente, propia de la diná‐ mica de la singularidad.

La complejidad entre movimientos sociales De la complejidad interna a los movimientos pasan, entonces, Hardt y Negri a la complejidad entre movi‐ mientos. Esta segunda complejidad la intentan abor‐ dar a partir de los concepto de interseccionalidad y paralelismo. De los dos, este último es quizás el que más problemas genera. El término proviene del mo‐ do en que Leibniz nombraba la relación entre los mo‐ dos de los infinitos atributos que constituyen la sus‐ tancia en la filosofía de Spinoza. Ya en ese uso, el tér‐ mino es cuestionable. El propio Spinoza no lo utiliza y cuando habla de la relación entre las ideas y los cuerpos, explica que son la misma cosa considerados

desde atributos distintos. En Spinoza, las mentes y los cuerpos no se afectan entre sí y, por tanto, ningu‐ no de los dos gobierna sobre el otro, no hay ninguna jerarquía entre ellos, sino que son simultáneos. Esta ausencia de jerarquía es la que parece atraer a Hardt y Negri de la noción de paralelismo. O, al menos, se‐ ría muy discutible plantear que las diferentes formas de dominación y las diferentes respuestas que reci‐ ben son lo mismo considerado desde diferentes pers‐ pectivas. Así pues, de la misma manera que no hay jerarquía alguna entre los atributos de la sustancia en la filosofía de Spinoza, tampoco debería haberla en‐ tre los diferentes movimientos políticos de emanci‐ pación y liberación. Frente a quienes como Slavoj Zizek defienden la anterioridad de la lucha de clases respecto de cualquier otra lucha12, Hardt y Negri en‐ tienden que es necesario construir una autonomía re‐ lativa entre movimientos a través de la traducción y la articulación y a esa autonomía relativa es a la que llaman “paralelismo”.

Ocurre, sin embargo, que la relación entre el para‐ lelismo y la interseccionalidad o entrelazamiento de los movimientos no termina de resultar convincente. Por un lado, la interseccionalidad describe un nuevo aspecto de la complejidad interna a los movimientos. Presenta el hecho de que ninguna forma de domina‐ ción existe aislada o se expresa desde una única ins‐ tancia (económica, política o ideológica) y, por tanto, lo mismo les sucede necesariamente a las formas de resistencia que se alzan contra ellas. Toda domina‐ ción está compuesta de dominaciones y todo movi‐ miento social es un movimiento de movimientos. O dicho de otro modo, hay un entrelazamiento interno a los propios movimientos. Pero, por otro lado, el pa‐

12 La anterioridad que propone Zizek en el texto al que remiten Hardt y Negri (The Parallax View, MIT press, Cambridge (Mass.), págs. 361‐2) descansa en dos cuestiones. La primera es de carácter explicativo. Según Zizek mientras que la lucha de clases puede explicar los desajustes entre movimientos, no ocurre lo mismos con los restantes conflictos. Así, el clasismo de cierto feminismo o el racismo de la clase obrera blanca se explican, ambos, por la lucha de clases. Pero, al menos en este texto, Zizek no atiende a ningún contrae‐

jemplo posible. Así, la lucha de clases no basta para explicar el modo en que el capital explota la división de genero, como ocurrió, por ejemplo, al comienzo sobre todo de la implantación de las llamadas “maquilas” en la frontera mexicana con los Estados Unidos. La segunda cuestión que plantea Zizek es que, mientras el movimiento obrero tiene como objetivo revolucionario la abolición de las relaciones de clase y, por tanto, de las clases, los demás movimientos buscarían más bien un reconocimiento simétrico de las diferentes identidades. Hardt y Negri, por el contrario, como hemos visto, consideran que el proyecto de la abolición de la identi‐

dad está presente como tarea revolucionaria en todos los movimientos. ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 9

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ralelismo es para Hardt y Negri la forma adecuada de interseccionalidad externa o entre movimientos, una forma adecuada que se materializa en la toma democrática de decisiones.

Ahora bien, la complejidad de la interseccionali‐ dad interna es inseparable de la complejidad del en‐ trelazamiento externo. La complejidad interna se ex‐ plica por el modo en que la externa repercute en el in‐ terior de cada movimiento. Y la intersección externa no es sino el efecto de conjunto de la determinación mutua, aunque desigual entre las complejidades in‐ ternas. No está, por todo ello, nada claro que la rela‐ ción más adecuada entre los movimientos sociales sea la del paralelismo.

O, dicho de otra manera, el paralelismo es incom‐ patible con la complejidad entendida como la correla‐ ción de diferentes fuerzas de fuerza diferente, ya que la complejidad ni atribuye a ningún movimiento social una hegemonía a priorini deja espacio para la armonía. Esto es, no cabe defender una jerarquía a priorientre movimientos, pero la idea de una simetría perfecta en‐ tre ellos no pasa de ser un sueño vago de homogenei‐ dad que se asienta en un criterio ajeno a las dinámicas de la práctica política. La complejidad es, en esto, igual para todos. No es desde ella desde donde puede esta‐ blecerse criterio alguno para defender un liderazgo, pero ella indica que no puede dejar de haber lideraz‐ gos. Será necesario, entonces, no confundir liderazgo con suplencia o representación13, no confundirlo con dominación o soberanía, sino intentar pensar una for‐ ma de liderazgo o hegemonía como expresión. El problema de la hegemonía

La multitud o, mejor, la multitud libre es un movi‐ miento de movimientos y cada movimiento es una multitud libre. Por ello, en la multitud libre no puede haber un núcleo íntimo donde se concentre su esen‐ cia ni puede señalarse un contorno que la cierre y la totalice. No puede haber punto de vista privilegiado a prioria partir del cual fundar un liderazgo. Para la multitud libre, para la política de movimientos, el es‐ quema tradicional del partido o de una vanguardia

esclarecida que dirige desde arriba a unas masas in‐ capaces de organizar su propia lucha es completa‐ mente inútil. Pero, ¿quiere decir eso que la multitud libre no admite ningún tipo de hegemonía?

En Commonwealth, la respuesta de Hardt y Negri a esta pregunta es ambigua, una ambigüedad que se en‐ cuentra en el mismo uso del término “hegemonía”. Por un lado, identifican “hegemonía” con “sobera‐ nía”, esto es, la hegemonía o soberanía consistiría en la reducción de la multitud a una unidad simple y cerra‐ da que la convertiría en algo representable y supli‐ ble14. En este sentido, rechazan cualquier hegemonía.

Por otro lado, sin embargo, consideran que la pro‐ ducción biopolítica es hegemónica respecto de los res‐ tantes sectores de la producción y que esta hegemo‐ nía de la producción biopolítica “hace posible un pro‐ ceso de composición política definido por la toma de‐ mocrática de decisiones”15, esto es, hace posible una hegemonía política no separada. Según aclaraban en Multitud, la producción biopolítica es hegemónica porque “ha impuesto una tendencia sobre todas las otras formas de trabajo, transformándolas de acuerdo con sus propias características”16. Si esto es así, en‐ tonces habrá que entender el posible trasvase de las capacidades “técnicas” de la producción biopolítica a la acción política como un efecto de esa “imposición de la tendencia” en la que consiste la hegemonía de la producción biopolítica. “Autonomía, comunicación, cooperación y creatividad”17 son capacidades activas en la producción biopolítica y potenciales para la to‐ ma democrática de decisiones. Son formas comunes que, como tendencia, emergen y ejercen su hegemo‐ nía18. Son formas comunes, aunque en la producción biopolítica lo que encontramos es una forma ya dada, una forma cuya hegemonía el investigador encuentra ya desarrollada, mientras que en la toma de decisio‐ nes se trata de una forma a construir, una forma que el político propone como forma hegemónica desea‐ ble, una forma únicamente potencial19. Ahora bien, esa forma hegemónica deseable se presenta como la articulación del encuentro de todos los movimientos sociales por medio de la toma democrática de decisio‐ nes. Esto es, de la hegemonía activa en la producción

13 Sobre la representación como suplencia, véase Juan Pedro García del Campo, “Contra la gestión de la suplencia. El 15M y la políti‐

ca”, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=136110. 14 Véase CW, págs. 165‐178, en concreto 175.

15 CW, pág. 352.

16 M. Hardt y A. Negri, Multitude, Penguin Books, Londres, 2004, pág. 141. 17 CW, pág. 354

18Multitude, op. cit., págs. 1423. 19 CW, pág. 365.

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se pasa a la hegemonía posible de todas las luchas. No entraremos todavía a analizar este resultado. Lo que queremos, por ahora, es preguntarnos si, una vez que hemos reconocido la ambivalencia de la mul‐ titud, de lo común, de la singularidad, de la comple‐ jidad, es posible mantener la idea de una tendencia que funda el liderazgo deseable.

Tal y como la presentan Hardt y Negri, la relación entre la producción biopolítica y el liderazgo demo‐ crático es circular. Son las capacidades generadas por la producción biopolítica las que hacen que el lide‐ razgo democrático sea posible. Pero, esas capacida‐ des sólo pueden destacarse sobre el fondo de la vida productiva capitalista a partir de un proyecto políti‐ co democrático20. La tendencia se construye, por tan‐ to, ya siempre desde la política de liberación del mo‐ vimiento democrático, seleccionando aquellas carac‐ terísticas que puedan ser útiles para la lucha contra las nuevas formas de dominación. La hegemonía económica de la producción biopolítica respalda la hegemonía política deseable de la toma democrática de decisiones porque no es otra cosa que este deseo proyectado sobre el análisis de la vida económica.

Pero, si esto es cierto, entonces, el criterio de lo de‐ seable para un movimiento, que se convierte en el cri‐ terio de lo deseable para todos los movimientos, es un a priorino muy distinto del que, páginas atrás, Hardt y Negri han criticado a Zizek. La diferencia es que Zizek atribuye la hegemonía a priorial movimiento obrero, mientras que ellos, por mucho que se apoyen en el aná‐ lisis de la producción, se la atribuyen a un movimiento que no están tematizando como tal. Se la atribuyen al movimiento democrático desde su tarea revoluciona‐ ria21. La hegemonía de la toma democrática de deci‐ siones que Hardt y Negri proponen es tan a prioricomo la de Zizek porque plantea que, al margen de los pro‐ cesos de lucha coyunturalmente determinados, uno de los movimientos posee el privilegio de proporcionar la unidad y el liderazgo de todos los demás, incluso si ese liderazgo se realiza por medio de la articulación. Pues, no conviene olvidar que todo liderazgo conlleva unos líderes, un discurso y una iniciativa de liderazgo, con‐ lleva en fin una diferencia de fuerzas.

En consecuencia, si la complejidad, esto es, la mul‐ titud, la singularidad, la tendencia es ambivalente, só‐

lo hay una forma de establecer la diferencia entre la li‐ bertad y la servidumbre. La libertad es la lucha histó‐ rica de cada movimiento, entendiendo que esa lucha implica no una tendencia, sino múltiples tendencias no armónicamente articuladas al modo en que Hardt y Negri nos muestran en sus análisis de las tres tare‐ as. Y la tendencia que logre la hegemonía dentro de cada movimiento y sobre todos los movimientos no será aquella que está dotada de una propiedad (o una potencialidad) a priori, sino aquella que, dentro de una determinada coyuntura, es capaz de configurar una sobredeterminación que aumente la fuerza de ac‐ ción de cada una de las otras y del conjunto. La liber‐ tad común no está en uno de los movimientos ni en una de las tareas, tampoco en las características que puedan compartir abstractamente uno y otro movi‐ miento. La libertad común está en la mutua determi‐ nación con hegemonía, en la configuración de fuerzas diferentes de diferente fuerza. Esa configuración, no sólo la fuerza hegemónica, es la expresiónde la poten‐ cia de todos los movimientos y todas las tendencias. Y es la que determina el crecimiento de la libertad tan‐ to en cada uno de ellos como en el conjunto.

A diferencia de lo que plantean Hardt y Negri, en‐ tonces, lo común, la libertad común no está en la pro‐ ducción biopolítica, o al menos no está en ella en ma‐ yor medida de lo que lo está, de forma activa y no po‐ tencial, en los movimientos sociales o en la produc‐ ción cultural independiente. Es más, la selección que realizan de ese rasgo de la producción postfordista se explica, mejor que por el mero desarrollo del capita‐

20 Véase CW, págs. 361 y siguientes: “pero la naturaleza humana tal como existe actualmente está lejos de ser perfecta. Estamos enre‐

dados y somos cómplices de la identidades, jerarquías y corrupciones de las forma actuales de poder”. Por ello, las solución será: “explorar la composición técnica de la multitud productiva para descubrir su composición política potencial”.

21 Efectivamente, hubiera sido muy interesante ver el modo en que las tres tareas, victimal, rebelde, revolucionaria, se concretan en el movimiento democrático. Tendríamos por ejemplo, la denuncia de las violaciones de los derechos humanos como primera tarea (construida sobre la identidad del hombre), la defensa de una representatividad auténtica como segunda (en la que el hombre pa‐

sa a ser ciudadano) y las formas del asambleísmo abierto (que producen subjetividades en relación, subjetividades sin sujeto o sin‐

gularidades). ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 11

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lismo, por el propio proceso de encuentros y desen‐ cuentros entre los distintos movimientos sociales a lo largo de las últimas décadas y en la necesidad de re‐ conocer su propia complejidad interna a la hora de continuar cada uno de ellos en su lucha. Es la multi‐ tud libre de los movimientos sociales la que está aprendiendo de sus propias experiencias, de sus lo‐ gros y fracasos parciales, la que se ha encontrado con la urgencia de construir una libertad común potente que haga frente y derrote a un neoconservadurismo y un neoliberalismo cuya fuerza se nutre de las divisio‐ nes, elitistas, burocráticas, sectaristas, excluyentes o iluminadas, que atraviesan los propios movimientos. El caso 15M

La hegemonía de la multitud libre es, entonces, una correlación diferencial entre movimientos y tenden‐ cias diversos que acrecienta la capacidad de actuar de todas ellas y del conjunto. Es por eso que la hege‐ monía libre sólo puede considerarse como resultado de un proceso concreto de concurrencia que implica una pugna entre tendencias por establecer una deter‐ minada correlación. Es más, sólo tiene sentido hablar de hegemonía si la correlación diferencial es eficaz, esto es, si es capaz de hacer experimentar la fuerza de los movimientos como alternativa social real. La he‐ gemonía libre supone, por tanto, la intervención en la coyuntura general buscando que los movimientos tengan opción real de llevar la iniciativa en la consti‐ tución material de la sociedad.

Visto desde esta perspectiva, el 15M supone la irrupción en España de una nueva opción hegemóni‐ ca para los movimientos. Después del giro a la dere‐ cha del gobierno de Zapatero y de la incapacidad de los sindicatos mayoritarios para liderar una resisten‐ cia a las políticas neoliberales contra la crisis neolibe‐ ral, el 15M estalla como propuesta exitosa de movili‐ zación horizontal. El 15M es, principalmente, un mo‐ vimiento democrático que ha sabido articular de‐ mandas de carácter reformista de la estructura políti‐ ca y de la política económica de los estados con prác‐ ticas revolucionarias de asamblea abierta. Esta com‐ binación le ha permitido atraer a gentes de muy di‐ versas procedencias políticas y lograr un poder de convocatoria de impacto global superior al de los partidos y sindicatos. Se ha convertido, en fin, en una fuerza social reconocida como tal.

El 15M es ahora un horizonte de encuentro para múltiples sensibilidades, unas reacias a las formas de organización de las izquierdas, otras desencantadas con éstas u ocupando posiciones de menor capaci‐ dad de acción social, otras más, en fin, que ven posi‐ ble compaginar militancias. Ha creado, por tanto, una nueva forma de hegemonía posible. Desde nues‐ tro punto de vista, ha creado la forma de hegemonía

de los movimientos más potente en la nueva coyun‐ tura abierta por la crisis neoliberal. Es más potente, sobre todo, porque ha conseguido reactivar una lu‐ cha social que ni la hegemonía de los partidos y sin‐ dicatos mayores ni la radicalidad y pureza de los me‐ nores estaba logrando despertar en las mismas con‐ diciones sociales. Este hecho es incontrovertible y no es casual. Y cualquier crítica al 15M o cualquier inten‐ to de aprovechar la reactivación a costa del 15M tie‐ nen que vérselas con él o desistir.

Es un hecho no casual porque responde a unos modos de hacer particulares. Así el 15M es mucho más incluyente que las formas de partido y sindica‐ to, abre redes de comunicación y aprendizaje mucho más independientes de los grandes poderes mediáti‐ cos, da mucha mayor posibilidad a las diferentes ten‐ dencias de exponer sus visiones de la realidad, está más pegado a lo cotidiano y genera un entusiasmo mucho más enriquecedor y constructivo. Y a ello hay que unir, por supuesto, su proyección global. En de‐ finitiva, el 15M reúne perfectamente las condiciones para liderar un nuevo ciclo de luchas porque es ca‐ paz de crear un nuevo horizonte de acción transfor‐ madora, un nuevo diagrama político que exprese una potencia común más potente.

Ahora bien, como hemos dicho, la hegemonía no deja de ser nunca una pugna por la hegemonía, una lucha por una determinada configuración diferen‐ cial. En España, la pugna más clara en estos momen‐ tos por la hegemonía de los movimientos se encuen‐ tra entre el 15M y los sindicatos y partidos mayores de las izquierdas. Aunque la pugna no se entabla en‐ tre dos bandos. Hay mucha gente, como hemos di‐ cho, que se mueve entre el 15M y estas organizacio‐ nes sin demasiados problemas y hay otras propues‐ tas que también se esfuerzan por entrar en la liza. La disputa más clara, que es tanto interior como exterior al 15M, parece desarrollarse entre dos lógicas políti‐ cas: la lógica de la participación abierta y la de la su‐ plencia.

En el modo en que esa pugna se vaya definiendo y resolviendo se juega el futuro del poder de los mo‐ vimientos. En el proceso puede ocurrir cualquier co‐ sa. Ambas propuestas pueden quedar bloqueadas, lo que supondría un fracaso para las dos, o pueden en‐ contrar la manera de articular un esfuerzo de trans‐ formación social exitoso. Pero, es demasiado pronto para abordar todas las dificultades de la situación. Por ahora, sólo podemos estar seguros de dos cosas: 1] de que no hay una fórmula mágica para encauzar el proceso de la mejor manera, por lo que no se trata de imponer verdad alguna a nadie y 2] de que nues‐ tra tarea es configurar entre todos el diferencial más potente para luchar contra las políticas neoconserva‐ doras y neoliberales que, como viejas parcas, hilan en estos momentos las fibras del planeta.

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I

¿Qué nos ha pasado?Pocas veces en los últimos tiem‐

pos se ha manifestado de forma tan rotunda la di‐

mensión “espectral” de un movimiento político como con ocasión del 15‐M. Tan pronto apareció el fantas‐

ma, los medios no tardaron en mostrar su perplejidad y dar testimonio en cómodas categorías de aquello que estaba ocurriendo. Pero cuanto más se resistía el incipiente “movimiento” a utilizar las viejas consig‐

nas, más incertidumbre y ansiedad se generaban en el campo social normalizado.

En lo concerniente a los grandes medios de comu‐

nicación, el 15‐M no ha tenido, como norma, quien le escuche adecuadamente. La cobertura del aconteci‐

miento (y no sólo en los medios de derechas) ha pues‐

to de manifiesto en qué medida cualquier mensaje crí‐

tico queda banalizado y desactivado por falsos clichés y esquemas preconcebidos. Sintomática ha sido la re‐

acción histérica de algunos grupos de presión que,

1 Bajo la forma de “materiales”, presento con toda modestia estas impresiones teóricas y personales, subrayo, muy tentativas, solo con ánimo de contribuir a la discusión o a la construcción provisional de una cartografía del campo de fuerzas del 15‐M; es decir, sin nin‐ gún ánimo expositivo, científico o sistemático. Necesitamos tiempo para comprender qué ha pasado, qué está pasando, y, aunque es imperativo escuchar este latido, cuidarlo y acompañarlo –esa atención a la “cólera de los hechos” de la que hablaba Foucault‐, nada

me parece más perjudicial que el intento apresurado de dar lecciones o perorar sobre un acontecimiento que está aún tan “caliente”. ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 13

15 - M

DAR CUERPO AL ESPECTRO.

Materiales sobre el 15‐M como campo de fuerzas

por Germán Cano

1

“Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: ‘No hay pasión más noble que el amor al sacrificio’ […].

Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiro‐ so se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triun‐ fo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. […]. Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran des‐ gracia es que no conocen la verdad”.

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ante la falta de definición del movimiento, no tarda‐

ron sintomáticamente en proyectar sus miedos y an‐

gustias más profundos (“Tercera República”, “chus‐

ma juvenil”, “rebelión de esclavos adocenados”, “po‐

pulismo demagógico”, “resentimiento de masas”). Desde este ángulo resulta interesante analizar la lista de espectros del 15‐M como proyección de diferentes imaginarios sociales. A través de ellos, muchas coor‐

denadas ideológicas hasta ahora “durmientes” que‐

daban retratadas con una claridad hasta ahora insos‐

pechada. Asimismo, la cobertura informativa de las primeras semanas puso de manifiesto hasta qué pun‐

to el carácter espectral del 15‐M sirvió como un cata‐

lizador catártico capaz de desnudar y llevar a la su‐

perficie las opciones legitimatorias que permanecían latentes.

Irónicamente, en estas tentativas de suturar esa herida difusa abierta por el 15‐M, muchas cosas se han aclarado indirectamente a través de las reaccio‐

nes provocadas. Entre otras cosas, el paisaje pos‐15‐

M, es cuando menos, políticamente distinto: con áni‐

mo polémico de simplificar, da la impresión de que en un futuro no muy lejano puede recortar de forma inquietante el campo de juego en, básicamente, tres grandes bloques: una democracia liberal formal insti‐

tucional, denominada por algunos “sistémica”, en parte sustentada por la indiferencia y apatía de la ma‐

yoría; una derecha xenófoba y nostálgica de las viejas identidades –previsiblemente, por causa de la crisis económica, cada vez más radicalizada en el plano po‐

pular cuando el PP busque “centrarse” y permanecer en el poder en busca de las clases medias–; y una iz‐

quierda muy fragmentada y debilitada, consciente de las promesas incumplidas de la democracia y de la paulatina desintegración del espacio público, condi‐

ción necesaria de una ciudadanía politizada. En esta constelación de fuerzas, en un contexto de crisis económica acentuada, el 15‐M no sólo ha repre‐

sentado de entrada, lo que no es poco, la opción con‐

trapuesta a la, siempre deficitaria, servidumbre vo‐

luntaria del miedo y del repliegue individualista a lo íntimo: la de la construcción a tientas, experimental, de una práctica política. “Más allá de las consignas (‘lo llaman democracia y no lo es’, ‘que no nos repre‐

sentan’), cargadas de sentidos necesariamente polisé‐

micos, la práctica del 15M y sus ‘instituciones’ (las asambleas, siempre abiertas y horizontales y la exi‐

gencia autoimpuesta de la búsqueda del consenso,

sin prisas, sin más urgencia que el análisis común y la decisión compartida) inauguran un nuevo modo de entender la política y, también, un nuevo modo de po‐

nerla en práctica: sin que las diferencias y el conflicto puedan ser ‘resueltas’ por ‘los que saben’; sin caer en la tentación de la representación ni siquiera como ele‐

mento organizativo”2. Desde este desafío, el 15‐M, como laboratorio de acciones y reacciones privilegia‐

do, también ha discriminado diferentes actitudes in‐

telectuales ante el presente, sirviendo de piedra de to‐

que y midiendo el compromiso de las teorías sobre la situación social. En este sentido, el balance, aunque previsible, no ha podido ser peor: hoy un gran sector intelectual que se define como “izquierda” sigue en sus torres de marfil, melancólicamente blindado ante los puntos de fuga y los vectores de fuerza de su ac‐

tualidad.

II

“Para los marxistas está plenamente establecido des‐

de el punto de vista teórico […] que el pequeño pro‐

pietario, el pequeño patrón (tipo social que en mu‐

chos países europeos está muy difundido y tiene ca‐

rácter de masas), que sufre bajo el capitalismo una presión continua y muy a menudo un empeoramien‐

to increíblemente brusco y rápido de sus condiciones de existencia y la ruina, cae con facilidad en el ultra‐

rrevolucionarismo, pero es incapaz de manifestar se‐

renidad, espíritu de organización, disciplina y firme‐

za. El pequeño‐burgués ‘enfurecido’ por los horrores del capitalismo es, como el anarquismo, un fenómeno social propio de todos los países capitalistas. Son del dominio público la inconstancia de estas veleidades revolucionarias, su esterilidad y la facilidad con que se transforman rápidamente en sumisión, en apatía, en fantasías, incluso en un entusiasmo ‘furioso’ por tal o cual corriente burguesa ‘de moda’”3.

Como es conocido, a inicios del siglo veinte, tras escribir ¿Qué hacer?, un panfleto sobre la revolución y su principal instrumento, el partido de cuadros polí‐

ticos profesionales surgidos del medio intelectual destinados a dirigir a la clase obrera hacia la toma del poder, Lenin redactó en 1920 otro opúsculo para ra‐

diografiar, con bisturí de cirujano, uno de sus posibles trastornos de atención: “El izquierdismo, la enferme‐

dad infantil del comunismo”. Es también sabido có‐

mo, recogiendo esta argumentación, en el 68, los her‐

2 Juan Pedro García del Campo, “Para pensar el 15‐M. Contra la gestión de la suplencia: El 15‐M y la política” ( http://www.rebelion.org/noticia.php?id=136110).

3 Lenin, V. I., “El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”, cit. En Negri, T., La fábrica de la estrategia. 33 lecciones sobre Lenin, Madrid, Akal, 2004, p. 264.

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manos Cohn‐Bendit, esgrimieron positivamente la patología diagnosticada contra los comunistas france‐

ses: El comunismo, la enfermedad senil del izquierdismo. ¿Encarna el 15‐M ese entusiasmo “furioso” bur‐

gués diagnosticado por Lenin como una mera patolo‐

gía izquierdista? ¿Constituye –salvando, por supues‐

to, las indiscutibles distancias–ese ejemplo de indisci‐

plina y de falta de entrenamiento que para los comu‐

nistas franceses representaba el 68? Hemos escuchado esto mismo en los últimos meses: el 15‐M necesita me‐

jorar, no progresa adecuadamente. Sin embargo, aunque este debate sobre su mayoría o minoría de edad polí‐

tica, su supuesta madurez o infantilismo, ha vuelto a ser recurrente durante estos meses, ¿hasta qué punto se pierde en él justamente lo más importante: el aná‐

lisis del movimiento,una autoclarificación más concre‐

ta de su valor y sentido? En este punto es donde a ve‐

ces se tiene la sensación de que una excesiva carga melancólica respecto a los viejos ideales perdidos im‐

pide a antiguos izquierdistas acercarse de forma em‐

pática o, si acaso, más desprejuiciada a su actuali‐

dad4.

Sea como fuere, el 15‐M nos plantea interesantes preguntas sobre la posibilidad de un movimiento5 emancipador. ¿Qué espacio políticoha emergido aquí en el caso de hacerlo? ¿Debemos entender el movi‐

miento como una actualización de un potencial, por así decirlo, latente, un producto endógenode los anta‐

gonismos de nuestra sociedad en crisis o hemos más bien de comprenderlo como una oposición puramen‐

te exógena, desde afuera, una experiencia que perfila un antagonismo en cierta medida puro entre el poder y las masas populares, entre un pueblo totalmente ge‐

latinoso en su protesta y un poder estatal excesivo? ¿Cabe cifrar la novedad del movimiento en una reali‐

zación (inmanente) del potencial de lo viejo o en una separación radical de lo viejo? ¿Debe la política cen‐

trarse en la concentraciónde las contradicciones econó‐

micas existentes o en suturar el desfase que existe de hecho entre el ser social empírico y el político? Vamos a tratar de dar una respuesta provisional a estos inte‐

rrogantes planteando los límites de las interpretacio‐

nes exógenas y endógenas.

III

A tenor de la lucha semántica que se libró por inter‐

pretar el acontecimiento a través de determinadas for‐

mas hegemónicas neoliberales, se entiende el esfuer‐

zo de muchos medios por rearticularlo exclusivamente

en términos de indignación para que así fuera compa‐

tible con las relaciones de poder existentes (ejemplo: neutralizando en un segundo momento el filo políti‐

co mostrando que esa indignación moral no era exclu‐

siva del movimiento, sino de sus presuntos damnifi‐

cados inmediatos: comerciantes, policías o políticos).

4 Me parece aquí útil volver al concepto “melancolía de izquierdas”, acuñado por Walter Benjamin durante la crisis de Weimar, en su oportuna actualización por Wendy Brown: “But left melancholyis Benjamin’s unambivalent epithet for the revolutionary hack who is, finally, attached more to a particular political analysis or ideal—even to the failure of that ideal—than to seizing possibilities for radical change in the present. In Benjamin’s enigmatic insistence on the political value of a dialectical historical grasp of ‘the time of the Now’, left melancholy represents not only a refusal to come to terms with the particular character of the present, that is, a fail‐ ure to understand history in terms other than ‘empty time’ or ‘progress’. It signifies, as well, a certain narcissism with regard to one’s past political attachments and identity that exceeds any contemporary investment in political mobilization, alliance, or transforma‐ tion” (“Resisting Left Melancholy”, en Boundary 226. 3, 1999, 19‐27).

5 Para plantear una discusión acerca de la idea de movimiento, es inevitable acudir a la reflexión de Marx: “Para nosotros, el comunis‐ mo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimien‐

to real que anula y supera el estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente

existente” (Marx, K., y Engels, F., La ideología alemana, Pueblos Unidos, Buenos Aires, 1975, p. 37). En un plano de discusión más es‐ pecializado, puede ser útil confrontar esta posición con esta intervención “impolítica” de Agamben (http://www.egs.edu/faculty/ ‐ gior gio‐agamben/articles/movimiento/), quien, haciendo apología de la espectralidad derrideana y desdeñando toda realizaciónde la potencia, todo pasaje al acto, sostiene que “el movimiento deviene el concepto político decisivo cuando el concepto democrático

del pueblo, como cuerpo político, está en decadencia […] la democracia termina cuando el movimiento emerge”. ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 15

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De este modo, también se aplicaba un cordón sanita‐

rio: toda protesta de desobediencia civil legítima no articulada bajo las buenas formas “democráticas” de‐

venía inmediata e intrínsecamente totalitaria, violen‐

ta, objeto de criminalización.

Ajenas por principio a escuchar la negatividad del presente (abogando por un presente naturalizado), estas formas hegemónicas renunciaron de entrada, dada su interpretación de la presunta irracionalidad y materialidad informe del movimiento, a pensar su posible tensión política. Es llamativo cómo el 15‐M desde el principio se convirtió en un campo de fuer‐

zas en el que el significante “indignación” se convir‐

tió en objeto de lucha: era preciso monopolizar su sentido. Un mantra recorrió el espacio mediático los primeros días de protesta: la indignación ha salido a la calle. De repente, una palabra parecía haber tenido suerte a la hora de aglutinar todo los malestares, to‐

das las frustraciones. Todos coincidían: la gente está indignada.

Y lo estaban, ciertamente. Pero, ¿por qué el éxito de la palabra? Una hipótesis: vista desde la apoteosis neoliberal de los últimos años, toda negatividad ha‐

bía estado bajo sospecha. En el marco de una situa‐

ción en la que toda expresión del malestar estaba ‐y sigue estando‐ mal vista, en donde había que tragar‐

se la frustración cotidiana o interpretarla como culpa individual, se había perdido todo horizonte de des‐

compresión colectivo. Si la palabra “indignación” sir‐

vió como el mínimo común afectivo capaz de actuar como provisional cemento del movimiento 15‐M fue porque, en un primer momento, brindaba una articu‐

lación simple y afectiva de algo que había sido escon‐

dido durante demasiado tiempo, como se comentará luego, bajo la alfombra de esa ideología autoafirmati‐

va y emotivamente blindada llamada el “empresario de sí”.

Aunque es cierto que la inicial simplificación del discurso6 actuó como cemento y mínimo común de‐

nominador, también lo es que, una vez dado este pa‐

so, el movimiento empezó a cobrar un espesor y una articulación institucional más complejos. En este sentido también la sencillez del mensaje y la dimen‐

sión emocional, desgraciadamente descuidados por otras organizaciones de izquierda, fueron decisivos para aglutinar voluntades y configurar un espacio colectivo.

De ahí que, en este campo de fuerzas, la palabra “indignación”, aun cuando canalizara y sirviera co‐

mo encadenamiento de un malestar común en un principio, fuera también objeto de neutralización po‐

lítica por parte de determinados sectores mediáticos. Sin embargo, como ya se ha sugerido, no deberíamos tampoco despreciar una palabra, no precisamente va‐

lorada, salvo contadas y valiosas excepciones como la tradición aristotélica, por la historia filosófica. Para re‐

sumir este descrédito filosófico, por ejemplo, se suele utilizar –y no sin razones‐ la frase de Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos“Nadie miente tanto como el in‐

dignado”. Sin embargo, también cabe matizar que aquí éste se refiere a una indignación puramente mo‐

ral que solo interioriza su malestar para justamente evitar todo paso o ejercicio en el ámbito la praxis. En esta línea, siguiendo el hilo conductor del resenti‐

miento, Wendy Brown en su obra States of Injury7 ha

tratado de explicar cómo el hecho de aferrarse a la he‐

rida provocada por una determinada ofensa subjetiva

–y, por tanto, a un determinado modo de entender la

indignación de forma victimista y apolítica–, constitu‐

ye una reacción interna al marco estructural del dis‐

curso liberal y, de este modo, un modo de desarticu‐

lar la práctica social o emancipadora en juego. En todo caso, a pesar de estos primeros intentos de apoderarse del sentido de la categoría, sería tal vez interesante abordar críticamente si la expresión “in‐

dignado” ha adquirido cada vez más un sentido pa‐

recido al de “proletario”. Lo decimos al menos en la lectura no sociológica que J. Rancière realiza del caso

6 En este momento Democracia Real Yatuvo cierto protagonismo, aunque también posibilitado por la labor previa de muchas acciones cívicas, vecinales y políticas anteriores en toda España.

7 Cfr. States of Injury. Power and freedom in late Modernity, Princeton, Princeton UP, 1995.

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de Blanqui; a saber, como una subjetivación “drama‐

túrgica” no victimista ni limitada al pathos, como un significante que excedesu dimensión semántica literal y expone una cierta subjetivación por “distorsión”. “La subjetivación ‘proletaria’ define, como sobreim‐

presión en relación con la multitud de los trabajado‐

res, un sujeto de la distorsión. La subjetividad no es ni el trabajo ni la miseria, sino la mera cuenta de los in‐

contados, la diferencia entre la distribución desiguali‐

taria de los cuerpos sociales y la igualdad de los seres parlantes. Es también por eso que la distorsión que expone el nombre de proletario no se identifica de ninguna forma con la figura históricamente fechada de la ‘víctima universal’ y con su pathos específico”8.

Sea como fuere, la interpretación despolitizada del acontecimiento fue justamente la que más se esgrimió entre las filas conservadoras cuando en términos co‐

yunturales cifraron la indignación popular en un “comprensible” gesto individualde resistencia frente al poder excesivo del Estado socialista y las mediacio‐

nes políticas. Lo que quisiera sobre todo subrayar es cómo, bajo esta lectura, el escenario del 15‐M queda‐

ba de antemano reducido a una confrontación que oponía sin matices la indignación quejumbrosa de unas masas, presuntamente informes y ajenas a la po‐

lítica, y la forma excesiva del Estado, para ciertos sec‐

tores demasiado intervencionista9.

Esta moralización del acontecimiento, intensifica‐

da por los medios, tiene precedentes no muy lejanos. No olvidemos la función que esta idea de pueblo co‐

mo “plebe” tuvo en la lucha hermenéutica por el sig‐

nificado de Mayo del 68 por parte de los llamados “Nuevos Filósofos” (Glucksmann, Bernard‐Henri Lévy). Es conocido cómo, bajo el efecto de las derro‐

tas y el desencanto, algunos participantes sesentayo‐

chistas desilusionados emprendieron el camino in‐

verso, a saber, el del populismo maoísta al sufrido di‐

sidente silencioso y resistente al Poder. Bajo la mediá‐

tica etiqueta de los “Nuevos Filósofos”, estos intelec‐

tuales llevaron a cabo una lectura revisionista triun‐

fante desde la década de los setenta bajo la que el acontecimiento de Mayo se vio caricaturizado –desde una rejilla marcadamente naturalista–como una me‐

ra revuelta juvenil que, en el fondo, sólo dejaba el ca‐

mino expedito al nuevo individualismo hedonista y consumista.

El nuevo énfasis ético en la indignación que se ha proyectado desde ciertos ámbitos sobre el 15‐M pue‐

de así conectarse con la neutralización del discurso po‐ líticodel 68 que ha tenido lugar en las últimas déca‐

das10. Bajo la imagen de esta “plebe” indignada, apa‐

recen, por una parte, las instituciones esclerosadas, el Estado, los partidos políticos; por otro, esa “gente de la calle” humilde, sin poder, simple e “inteligente‐

mente” apolítica. Un conflicto, en pocas palabras, en‐

tre la facción del poder y la del no‐poder. Un mundo en el que no reinan ya clases ni desajustes estructura‐

les, sino polaridades éticas absolutas: poder y resis‐

tencia, Estado y sociedad civil, bien y mal.

Bajo este registro, el concepto patético de “indig‐

nados” sirvió también en un primer momento para garantizar un discurso mediático sin fricciones con la realidad y así silenciar, hablando en su nombre, los discursos de la gente de carne y hueso que aprendía a organizarse, con muchos contratiempos, bajo estruc‐

turas políticas propias. En realidad, cuanto más ha‐

blaban los medios, más se silenciaba y moralizaba el acontecimiento y, por tanto, menos análisis empírico sobre el terreno se realizaba. Los oportunistas aboga‐

dos mediáticos podían así hablar de un “pueblo” tan‐

to más “indignado” –éste es el matiz decisivo–cuanto más idealizado, cuanto más pasivo y políticamente impotente, cuanto más reducido a una simple “queja” naturalizada, más privado de discurso y menos nece‐

sitado de explicaciones teóricas respecto a su situa‐

ción. En el contexto previo a las elecciones autonómi‐

cas y municipales, este escenario “melodramático”, estaba así servido.

Esta visión exógena describe una oposición tajan‐

te y pura entre pueblo y poder, el Amo y el Esclavo, masas y Estado. Pero eliminar la tensión política en este punto significa caer en el melodrama de la “ley del corazón”, el antagonismo entre buenos y malos; reducir el complejo campo de fuerzas y la fuerza es‐

cénica de la política a la grosera oposición entre la ge‐

nerosidad mítica de la plebe y un sistema opresivo monolítico, la maldad intrínsecamente fascistoide del poder y el deseo popular de esquivar el sometimien‐

8 Rancière, J., El desacuerdo, Buenos Aires, Nueva Visión, 2007, p. 55.

9 En este contexto, y dado que en algunos medios estos nuevos aires reivindicativos se enfocaban interesadamente en los términos de una libertad negativa, del decisionismo o de una valiente actitud disidente (recordemos las manifestaciones a favor de la libertad de objeción fomentadas por la derecha en los últimos tiempos), puede entenderse que el presidente del Círculo de Empresarios, Claudio Boada, no sorprendido por las manifestaciones “juveniles” (sic) ante el “descontento” por la crisis, aprovechara la ocasión para cri‐ ticar a los políticos, dado que “no siempre” defienden los intereses de los ciudadanos. “No me sorprende que haya manifestaciones de descontento ante la actual situación”, aseguró, para después recordar que el Círculo de Empresarios se ha “quejadode forma di‐ ferente” (cursiva mía, G. C.). Ahora bien, “somos el Círculo de Empresarios y no vamos a la Puerta del Sol”, concluyó.

10 Cfr. Cano, G., Adoquines bajo la playa. Escenografías biopolíticas del 68, Buenos Aires, Grama, 2011. ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 17

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