y sin límites.
Variaciones sobre el caos
La paradoja d e l o u r b a n o g e n e r a l iz a d o
Un espacio ilimitado que permite realizar prácticas limitadas y segmentadas
Las consecuencias que tiene la tercera mundialización en el devenir urbano son concretas y por lo tanto muy evidentes. Al no representar ya un lugar de hospitalidad y de liberación, lo urbano se confunde con espacios que se pliegan ante pre siones externas y se inscriben en los flujos. Desde entonces, el destino de algunas ciudades es el de transformarse en “lugar de la memoria”: “Es una paradoja -escribe Frangoise Choay- que en la época misma en que los estudios urbanos adquirie ron derecho de ciudadanía en las universidades y en la que lo urbano se convirtió en un sustantivo, asistamos al desvaneci miento del tipo de aglomeración que Occidente llamó ciudad, cuyo último avatar fue, a pesar de sus suburbios, la metrópo lis de la segunda mitad del siglo XIX y que, aunque a menu do amenazada, subsiste en ciertos países atrasados (como es el caso de las capitales latinoamericanas).”1 Hasta hace poco,
cuando se analizaba la ciudad, cuya figura ejemplar continúa siendo la ciudad europea, se destacaban más los lugares y los espacios “abiertos” que las relaciones, las redes y las interco nexiones. Ayer, la vocación de la ciudad era integrar en su interior lo que provenía del exterior; la ciudad liberaba, eman cipaba, a pesar de los temores que infundía. Poniendo de relieve una relación privilegiada con su entorno inmediato, la ciudad tenía la misión de “contener” los flujos que la atrave saban y de acoger a las poblaciones llegadas desde afuera. Ahora, ese mismo lugar debe conectarse a flujos que no tiene la posibilidad de manejar más que participando de una red de ciudades, regional o mundial, que está jerarquizada. Conside rar lo que puede pasar con la “posciudad”, nos invita a inte rrogarnos sobre los vínculos existentes entre las metamorfosis de lo urbano y los destinos de la condición democrática.2
En esta perspectiva, es indispensable hacer ciertas preci siones semánticas: después de haber evocado la ciudad gené rica, la no-ciudad como producto del predominio de los flu jos sobre los lugares, después de haber acreditado el desfasaje histórico de la ciudad europea, se impone distin guir entre la megalopolis (la ciudad mundo tanto en exten sión espacial como en expansión demográfica), la ciudad global (la ciudad conectada con los flujos mundializados) y la metrópolis (la ciudad fragmentada y multipolar). Pero, más allá de la elección semántica y de la diversidad de casos posi bles, la representación de lo urbano en lo que a continuidad (y no ya a discontinuidad) se refiere es una inflexión mayor. Si bien los flujos son hegemónicos, también alimentan la idea de que el mundo se ofrece en forma continua y en tiem
Urbaine, tomo V: Croissance urbaine et crise du citadin, Paris, Seuil, 1985, págs. 233-234.
2. Véase de Françoise Dureau y otros (comps.), Métropoles en mourve- ment. Une comparaison internationale, Paris, Econômica-IRD, 2001 y el artículo “Gérer la ville; entre global et local” de la revista Autrepart, n° 21,
po real, lo cual coincide con el carácter ilimitado de lo urba no. Esta “continuidad” espacial, territorial, geográfica, según la cual lo urbano está en todas partes tiene como corola rio la desaparición de la distinción entre lo urbano y lo no urbano, simbolizado durante mucho tiempo, y erradamente, por el campo. Desde entonces, las representaciones de la ciudad oscilan entre esas versiones de lo ilimitado y de lo informe que tienen en común expandir los límites y romper la relación con el entorno próximo.
Con lo urbano generalizado se impone una representa ción del caos que suscita interpretaciones encontradas: se habla del caos bueno y del caos malo. Entre el escepticismo apocalíptico de Paul Virilio -el caos de la ciudad informe- y el optimismo de Rem Koolhaas -cuando habla de la “ciu dad genérica”—, lo “urbano generalizado” y “en continuado” fluctúa entre la pérdida de tensión y la tensión excesiva. Esto alimenta un imaginario que se olvida de la experiencia urba na y de sus vínculos con la condición democrática. Valoriza do (el caos de Koolhaas) o desvalorizado (el caos de la ciu dad enferma, el caos de la ciudad desastre, el caos que nutre el imaginario de la ciudad), el caos favorece una doble visión en la que lo imaginario y la realidad pueden confundirse.
La ciudad genérica y la apología del caos (Rem Koolhaas)
Los términos como “red” y “flujos” articulan desde hace tiempo el lenguaje de lo urbano. Pero la tercera mundializa- ción y las evoluciones tecnológicas aceleraron el proceso de urbanización; vivimos en un régimen urbano marcado por la continuidad y no ya por la discontinuidad. Por ello, la ideo logía contemporánea del caos difiere de la ideología cienti- ficista y modernista. Si bien los ingenieros urbanistas de la
Carta de Atenas reconocían ya que los flujos eran potentes
motores, se suponía que los lugares edificados debían impe dir el caos al dar prioridad a la regulación y la disciplina mediante la “zoniflcación”. La ciudad radiante canalizaba los flujos a fin de erradicar todas las formas del caos.
Mientras la arquitectura culturalista, una de cuyas obras de referencia es La arquitectura de la ciudad de Aldo Rossi (1966), reinscribe el espacio urbano en su historia, la arqui tectura política tiene como propósito declamado imponer la participación democrática de los habitantes y responder a las exigencias colectivas. Distanciado de estas dos respues tas -la respuesta patrimonial, cuyo más claro ejemplo es la reurbanización de Bolonia, y la versión democrática y par- ticipativa del “derecho a la ciudad”- ,3 el “modernoludismo” representa la tendencia que acompaña al llamado “mundo posmoderno” pues es “pospolítico”. Esta corriente arqui tectónica está “ávida de conceptos, de imágenes y de sensa ciones nuevas, susceptibles de ser consumidas de inmedia to”.4 Potenciada por la temática de la sociedad del espectáculo y los grandes proyectos de urbanismo, esta corriente ha sido impulsada por personalidades tales como Norman Foster, Richard Rogers, Bernard Tschumi o Han Kollhoff. En tanto que los CIAM (Congresos Internaciona les de Arquitectura Moderna) valorizaron las máquinas sol teras -las ciudades cerradas sobre sí mismas como cruceros— y sacralizaron el culto del objeto arquitectónico, aquellos arquitectos defienden la creación de “máquinas solteras” en un espacio circundante caótico. A fin de producir lo urba no, hay que hacer caso omiso del caos inicial, tapar las bre chas, entretejer vínculos entre elementos que marcan dis continuidades, sin preocuparse nunca por un proyecto de conjunto. Aquí la estética es conceptual y no funcional. Como la obra arquitectónica no se concibe “en función” de una ciudad autónoma y circunscripta, hay que “edificar
3. Henri Lefebvre es el símbolo de esta tendencia política; véase, entre sus numerosos escritos, La Rcvolution urbaine, París, Gallimard, 1970.
máquinas solteras cuya lógica ya no es funcional sino con ceptual; luego, encerrarlas en un envoltorio cuya primera virtud es constituir una imagen que pueda ser mediatiza da.”5 Lo cual puede dar por resultado lo peor (el imbroglio arquitectónico de Euralille) y lo mejor (el puente de Millau imaginado por Norman Foster o las abstracciones del par que de la Villette concebidas por Tschumi).
Estos teóricos creadores de conceptos quieren imponer sus marcas en el mundo de los flujos urbanos utilizando sus mejores artimañas y jugando con los baldíos y los vacíos. Contrarios a la ciudad densa europea, tienen especial predi lección por “los huecos, los barrios con el sello del abando no y los terrenos vagos” Sus adversarios les reprochan que jueguen con un espacio urbano necesitado de urbanización que terminan desfigurando un poco más. Éste es el defecto del arquitecto diseñador que, al no preocuparse ya por res petar un equilibrio urbano condenado al caos, crea efectos engañosos con las imágenes y multiplica los simulacros. La ciudad espectáculo se vuelve así tan incontrolable como el flujo de imágenes. “Si los políticos”, dice por ejemplo Hans Kollhoff, “querían que Berlín fuera algo, tendrían que haber actuado de otro modo, transformarla en un acontecimiento, hacer una acción que atrajera a las personas hacia Berlín, suprimir los impuestos como en Hong Kong, hacer de Ber lín una suerte de Hong Kong europea... Eso sería fantásti co.”6 Entre Berlín y Hong Kong no hay diferencias ni sin gularidades que deban valorizarse: los flujos destinados a conectar los lugares entre sí y a los individuos a tal o cual lugar ya están allí, preexisten. Baldíos, zonas entregadas al abandono, espacios industriales desérticos, espacios abando
5. Ibíd. Véase también, del mismo autor, Architecture en France, Ministère des Affaires étrangères, París, ADPF, 1999 y Feuilletes d'arqui- tecture? Chroniqties, Paris, Editions du Félin, 1997.
nados y reservas no tienen otra salida que conectarse a los flujos.7
Rem Koolhaas exacerba esta voluntad de producir “máquinas solteras conceptuales” en un contexto urbano doblemente caracterizado por la continuidad y por el caos. Resulta paradójico ese “caos continuo”, pero uno no se da sin el otro: precisamente porque todo se presenta en conti nuado y de un modo caótico, en el espacio urbano ya no hay distinción de naturaleza sino solamente diferencias de grado. Esa “continuidad caótica” está indisolublemente unida a un mundo urbano que oscila entre la ausencia y el exceso de tensión. Pero, puesto que lo urbano se ha generalizado y la continuidad se ha hecho caótica, la totalidad del paisaje urbano queda implicado en este proceso.8 Con todo, Rem Koolhaas, arquitecto diseñador holandés afecto a las decla raciones provocadoras, no renuncia al término “ciudad” y evoca la “ciudad genérica” para designar la ausencia de sin gularidad de las diferentes ciudades, la extensión indefinida de espacios siempre semejantes -pues todos están incorpo rados a los flujos- y la evacuación del dominio público. “La ciudad genérica alcanza la serenidad gracias a la evacuación del dominio público, a semejanza de un ejercicio de alerta de incendio. Ahora la trama urbana está reservada a los despla zamientos indispensables, es decir, esencialmente en auto móvil. Las autopistas, versión superior de los bulevares y las plazas, ocupan cada vez más espacio; su trazado, que apunta
7. El paisajista Gilíes Clément distingue los “espacios abandonados” de las “reservas”: “El lugar abandonado corresponde a un sitio que fue explotado y luego dejado de lado. Su origen es múltiple: agrícola, indus trial , urbano, turístico, etcétera. Terreno abandonado y terreno baldío son sinónimos. La reserva es un lugar no explotado. Su existencia depe'n- de del azar o bien de la dificultad de acceso que hace costosa o imposible su explotación. Aparece por sustracción del territorio antropizado”, en Manifeste du Tiers Paysage, París, Editions Sujet/Objet, 2004, pág. 9.
aparentemente a la eficacia del tránsito en automóvil, es en realidad sorprendentemente sensual: lo utilitario entra en el mundo de la fluidez.”9
De Rotterdam a La Haya, pasando por Amsterdam y Utrecht, una zona del norte de Europa particularmente den sa, la edificación está “en todas partes”, caracterizada por elementos estructurales idénticos, tanto en los núcleos urba nos como en los centros comerciales donde se combinan lo utilitario con la fluidez. Ya no hay periferia, no hay márge nes, no hay fracturas, marcas de discontinuidad, fronteras; sólo lo urbano continuo, un despliegue sin fisuras de lo urbano. Las categorías adentro y afuera han llegado a ser insignificantes.10
Este panorama urbano continuo y generalizado sólo pre senta diferencias de intensidad que varían de acuerdo con la distancia o la proximidad con los núcleos urbanos que, en su condición de conmutadores, son los mejores vectores de los flujos. “Hoy la ciudad está mucho más diferenciada por las excavaciones de la ciudad, por la ausencia de ciudad, que por la presencia de ciudad.”11 Y éste es el mensaje: crear ciudad, crear lo urbano -¡los términos finalmente ya no tienen mucho sentido!-, allí donde todavía faltan, donde todavía no son lo suficientemente visibles en un contexto global que es el de lo urbano generalizado.
En este contexto, lo urbano se caracteriza por “elemen tos” que tienen la función de activar la “continuidad caóti ca” y de reemplazar la condición de peatón por una movili
9. Rem Koolhaas, Mutations, op. cit. pág. 726.
10. Jean-Pierre Le Dantec distingue entre los arquitectos que dan prioridad a la semiología, al logos, y aquellos que respetan ante todo lo espacial, el topos, la relación rítmica entre lo lleno y lo vacío, como Henri Gaudin o Christian de Portzamparc, en Feuilles d'arquitecture, op. cit., pág. 32, véase también la pág. 112.
dad acrecentada gracias al automóvil. Así como los medios, los servicios y los supermercados son las marcas de lo urba no generalizado, hay dos términos anglosajones que carac terizan la ciudad genérica: junkspace y fuek context. El prime ro, junkspace, corresponde al encuentro de tres factores de continuidad: la transparencia, el ascensor y el aire acondi cionado. Otros tantos elementos que hacen del shopping cen-
ter el símbolo de un espacio público en el que la civilidad es
tibia y la ciudadanía privada.12 En cuanto a la segunda expresión, fiick context, que contrasta con la idea de que el espacio es liso, muestra que la ciudad genérica interviene “por defecto”, por incapacidad de pensar de otro modo el futuro de lo urbano. Así es el fuck context: “Un territorio de visión borrosa, de expectativas limitadas, de honestidad reducida. Es el triángulo de las Bermudas de los conceptos, la anulación de las diferencias, el debilitamiento de las voluntades, el descenso de las defensas inmunitarias, la con fusión de la intención y la realización, la sustitución de la jerarquía por la acumulación, de la composición por la adi ción, un espacio de letargo poco vigorizante, una colosal cobertura de seguridad que recubre, oprime y enajena a la Tierra de su atención, de su amor.”13 Para Koolhaas, las declaraciones humanistas de todo género y las profesiones de fe democráticas son hipócritas y ciegas si no admiten que el desarrollo urbano se ha vuelto anárquico, en la escala mundial, a causa de la dimisión de los actores políticos. Es inútil especular con utopías; lo urbano generalizado y su carácter trash son el precio de una ausencia de política. “Es la suma de decisiones no tomadas, de cuestiones que no fue ron afrontadas, de elecciones que no se hicieron, de
priori-12. “Civilidad tibia” y “ciudadanía privada” son expresiones que tomo prestadas de Kowarick quien las aplica a la global city de Brasil.
Va r ia c io n e s s o b r e la Ciu d a d g e n é r ic a*
La Ciudad genérica es lo que queda una vez que vastas porciones de la vida urbana han pasado al ciberespacio. Un lugar en el que las sensaciones son mórbidas y difusas, las emociones se han rarificado, un lugar discreto y misterioso como un vasto espacio iluminado por una lámpara de cabe cera. Si se la compara con la ciudad tradicional, la Ciudad genérica está fija, porque se la percibe desde un punto de vista fijo. En lugar de haber concentración (presencia simul tánea), en la Ciudad genérica los momentos individuales están extremadamente espaciados [...] En sorprende con traste con la agitación que se supone caracteriza a las ciuda des, la sensación que domina en la Ciudad genérica es la de una calma irreal; cuanto más calma es, tanto más se aseme ja a la pureza absoluta. La Ciudad genérica remedia los males que se le atribuían a la ciudad tradicional hasta el pun to de que nos prendamos de ella con un amor incondicional. La Ciudad genérica es fractal, repite hasta el infinito el mismo módulo estructural elemental; uno puedo recons truirlo a partir de su más pequeña entidad, desde una pan talla de microordenador hasta un disquete.
Lo que mantiene la Ciudad genérica no es el dominio público con sus exigencias excesivas [...], sino lo residual
[...]. La calle ha muerto.
dades que no se definieron, de contradicciones perpetuadas, de componendas aplaudidas y de la corrupción tolerada.”14 Es por ello que Koolhaas ironiza sobre las virtudes de la ciu dad europea, sobre su idealización actual, precisamente cuando se está transformando en un objeto de museo. Para Koolhaas el futuro de lo urbano se prepara fuera de Europa,
Este descubrimiento coincidió con algunos intentos fre néticos por resucitarla. El arte urbano está en todas partes, como si dos muertos pudieran hacer una vida. La peatoni- zación -en principio para preservar- no hace más que cana lizar torrentes de peatones condenados a destruir con sus pasos lo que se suponía que debían reverenciar.
El concepto que mejor expresa la estética de la Ciudad genérica es el del estilo libre. ¿Cómo definirlo? Imaginemos un espacio abierto, un claro en el bosque, una ciudad arra sada. Tres elementos entran en juego: las carreteras, los edi ficios, la naturaleza. Son elementos que mantienen relacio nes distendidas entre sí, sin ningún imperativo categórico, que coexisten en una espectacular diversidad de organiza ción. Por momentos puede predominar uno, por momentos otro [...] La Ciudad genérica representa la muerte definitiva de la planificación. ¿Por qué? No porque no esté planifica da [...] sino porque ha dado lugar al descubrimiento más peligroso y al mismo tiempo más embriagador: el carácter irrisorio de toda planificación.
* Rem Koolhaas, Mutations, Burdeos, Actar, Are en reve/ Centre d’architecture, 2000, págs. 725, 726, 728, 730-731.
L a e r a d e la s c iu d a d e s g ig a n te s
La multiplicación de las megaciadades
La desconfianza que manifiesta Koolhaas respecto de la ciudad europea se sustenta en datos demográficos y en la mul tiplicación de las ciudades mundo fuera de Europa.15 Un repa so de las evoluciones demográficas permite advertir el desfasa- je que existe entre el ciclo europeo de la ciudad -donde la dimisión de lo político no se ha generalizado- y el ciclo mun- dializado de los flujos urbanos que se materializa en metrópo lis gigantes, megapolis y ciudades mundo con frecuencia com pletamente fuera de control. Este desfasaje alimenta un imaginario del caos y hace surgir una representación de la ciu dad masa muy diferente de la ciudad del siglo XIX. Si bien en Europa la “ciudad genérica” y “lo urbano generalizado” llevan a arquitectos y urbanistas a componer y a jugar hábilmente con el caos, fuera de Europa, las ciudades caos, las ciudades desmesuradas e informes, dan cuerpo a representaciones negativas de una ciudad cuyo destino es descomponerse y des hacerse. Esta comprobación de una degradación del espacio urbano está en la base de una “estética de la desaparición”, según la expresión de Paul Virilio, que no se presta de ningún modo a una apología del caos. El hecho de que la presión demográfica esté en el origen de esas ciudades masa, mega ciu dades y ciudades mundo que ya tienen muy poco que ver con las grandes metrópolis europeas de fines del siglo XIX y del XX, alimenta un imaginario del caos de una naturaleza muy diferente. También en este caso las interpretaciones divergen radicalmente entre la de un Koolhaas que elogia en Lagos, una
de las ciudades más importantes de Nigeria, la resistencia de cuerpo sobreviviendo en las peores condiciones, y la de Paul Virilio, para quien la ciudad desarrolla desde su interior el mal que la carcome y la condena a desaparecer.
Esta es la paradoja alrededor de la cual gravita Koolhaas: critica a los defensores ingenuos de una ciudad europea y al mismo tiempo nos recuerda que el mal urbano se da en con sonancia con una defección de lo político. Pero, si bien es cierto que la ciudad europea se enlaza con una dimensión política y que es legítimo poner en tela de juicio cierta ilu sión europea, deducir que la ciudad política ha muerto no lo es tanto. Lo urbano, valorizado hoy al extremo, ¿puede medirse con la misma vara que “la urbanidad de las ciuda des” y “el espíritu democrático”, que fueron los resortes de lo urbano en las ciudades hanseáticas o en las ciudades ita lianas del Renacimiento? ¿O bien se extiende, como lo urba no generalizado, como un reguero de pólvora que se impo ne de Lagos a Kuala Lumpur? En De Jericó a México, Paul Bairoch ya señalaba que “la inflación urbana [...] no ha con ducido a que la ciudad del Tercer Mundo sea un factor de desarrollo económico.”16 La dimisión de lo político, a esca la nacional, regional y mundial, acompaña evoluciones democráticas consideradas como ineluctables. Las cifras son elocuentes, implacables: la banalización del hecho urbano, lo urbano generalizado, está en el origen de la multiplicación de las ciudades enormes, que suelen recibir distintos nom bres: ciudades gigantes como las llama Paul Bairoch, ciuda des tentaculares, megaciudades o megápolis...
El d e v e n ir d e la s c iu d a d e s g ig a n te s
Mientras en el año 1900 había 11 aglomeraciones de más de un millón de personas y en el año 2000 había 350, hoy hay 35 ciudades que superan el umbral de los 10 millones de habitantes. Mientras en 1900 el 10 % de la población mun dial vivía en ciudades, hoy lo hacen cerca del 55 %. Duran te la conferencia Habitat II (City Summit) realizada en
1996, investigadores vinculados con las Naciones Unidas afirmaron que la mitad de la población del planeta es hoy urbana y que el siglo XXI podría calificarse globalmente como urbano. Según un informe emanado de las Naciones Unidas en 2001, 3 mil millones de personas viven en ciuda des, de acuerdo con la siguiente distribución: en 19 ciuda des con más de 10 millones de habitantes, 22 ciudades con más de 5 y menos de 10 millones, 370 ciudades de entre 1 y 5 millones y 433 ciudades de entre medio y un millón de habitantes. Pero este primer dato exige más precisiones: 175 ciudades de un millón o más de habitantes se reparten hoy entre Asia, Africa y América latina donde se encuentran 13 de las 20 mayores aglomeraciones del planeta. La progre sión de las ciudades de los países emergentes es impresio nante: entre 1980 y 2000 Lagos (Nigeria), Dacca
(Bangla-Europa al margen
desh), Tianjin (China), Hyderabad (India) y Lahore (Pakis tan) pasaron a formar parte de la lista de las 30 primeras ciu dades del mundo. Y es verosímil suponer que en 2010 Lagos será la tercera ciudad del mundo después de Tokio y Mimbay (Bombay). Para esa misma fecha, Milán, Essen y Londres ya no formarán parte de las 30 mayores ciudades del mundo, mientras que Nueva York, Osaka y París se hallarán al final de la lista.* Entre 1950 y hoy, Lagos pasó de tener 300.000 habitantes a 5 millones y San Pablo aumentó su población de 2.1 millones a 18 millones. Tam bién en estos casos las cifras hablan por sí mismas: en 2020, el 55 % de la población subsahariana será urbana; de las 33 megalópolis previstas para 2015, 27 estarán situadas en los países menos desarrolladas (19 en Asia) y Tokio será la úni ca ciudad de las llamadas ricas que continúe figurando en la lista de las 10 mayores ciudades del mundo; finalmente, al cabo de cada hora que pasa, en Manila hay 60 personas más, en Delhi, 47, en Lagos, 21; en Londres, 12 y en París, 2.
* “The State of the World’s Cities 2001”, informe de la Oficina de Asentamientos humanos de las Naciones Unidas, Nairobi.
explosión urbana será más moderada: la población urbana se multiplicará por tres entre 1980 y 2025.”17 ¿Qué indican estas cifras? Que el futuro de lo urbano, en el plano demo gráfico y cuantitativo, ya no está íntimamente ligado al des tino de Occidente y que ya no se considera a Europa como un modelo de desarrollo urbano. Pero también indican que la ciudad, europea o no europea, corresponde cada vez menos al tipo ideal de la experiencia urbana evocado
riormente. Este tipo de ciudad ya no da el sentido -ni en el plano de la significación ni en el de la orientación histórica- de lo urbano en la escala del planeta. Más allá de su oposi ción con la ciudad europea, las ciudades masa ahora tienen un peso importante en las representaciones de lo urbano y de la ciudad,18 y llegan a ser la matriz de “la ciudad pánico” que afecta hasta las representaciones e imágenes mentales, una antigua tradición de las ciudades occidentales desde Sodoma y Babel.
Las megapolis no europeas estarían condenadas a la supervivencia, a la anarquía política y a la inseguridad. Esta es una imagen muy discutible, alimentada hoy por imagina rios indisociables de los flujos de imágenes visuales. París era la ciudad capital del siglo XIX, amada y pintada por los poe tas. Pero a medida que la ciudad se expone, se agranda, y se vuelve obesa, o bien se repliega en su capullo museológico, la megapolis llega a ser el objeto privilegiado de quienes se dedican a auscultar el destino de lo urbano. El poeta desapa rece entonces a favor del etnólogo, del sociólogo o del pen sador. Uno se pierde cada vez menos en la ciudad, pero ésta está condenada a su propia pérdida. Se impone pues “una estética de la desaparición” que oscila entre dos representa ciones: la de la muerte lenta de las ciudades no occidentales y la del urbicidio, la de la ciudad asesinada por guerreros. Mientras Claude Lévi-Strauss, en ocasión de un viaje por las megapolis indias, pone el acento en su carácter mórbido
(Tristes trópicos), otros destacan que la ciudad no es tanto víc
tima del abandono como de una guerra que se realiza desde el interior o desde el exterior. Así es como la ciudad trans formada en megápolis fluctúa entre la imagen de la muerte pasiva y la de la aniquilación, es decir, entre dos formas de
guerra que alimentan el imaginario tanto más por cuanto corresponden a la realidad. “Tumba para Nueva York” de Adonis, contrasta con las fotografías de Alvin Langdon Coburn.19 La “estética de la desaparición” es mixta, mezcla lo real con lo imaginario. ¿Por qué habría de sorprendernos, teniendo en cuenta que la experiencia urbana corresponde a la vez a lo físico y a lo mental? Si la experiencia urbana remi te a un “medio en tensión”, lo urbano generalizado produce lugares en los que la presión es excesiva o está ausente: reca lentamiento o indiferencia. Si la megaciudad, la ciudad mundo, está marcada por el descenso de tensión, otras ciu dades sufren, en cambio, de hipertensión.
C iu d a d e s in fo rm e s y c a ó tic a s
La mdiferencia generalizada (Karachi y Calcuta)
¿Cómo el descenso de tensión puede ser la característica de una ciudad? Claude Lévi-Strauss lo evocaba ya en la década de 1950, cuando la temática de la posciudad aún no atormentaba los espíritus. Durante el periplo que relata en
Triste trópicos, el etnólogo se detiene en Karachi, donde des
cubre una ausencia de relaciones humanas que lo lleva a hablar de la inhumanidad de Karachi en su condición de ciu dad. Ahora bien, esta inhumanidad se debe, según él, a una pérdida de tensiones, a la reducción de las relaciones, al rei nado de la no-relación y la imposibilidad de inscribirse en un lugar. Cuando ya nada pasa, todo deja de suceder. Este tex to de mediados del siglo XX anticipa la reflexión sobre las megapolis contemporáneas de hoy y sobre las estrategias de supervivencia que se observan en Lagos y en otras partes. A
diferencia de la ciudad europea, las ciudades mundo no se ajustan al único modelo de la ciudad global, las ciudades mundo también pueden corresponder a esas “ciudades monstruosas totalmente ajenas a un modelo de ciudad que organice una coexistencia armoniosa.”20
Pero, ¿cuál es la mejor manera de calificar a estas ciuda des? Para Claude Lévi-Strauss, en Karachi no existe la ten sión, vale decir, la expresión de las relaciones urbanas a que debería dar lugar el tipo ideal de la ciudad. Cuando una ciu dad ya no favorece las “tensiones”, se vuelve inhumana y ya no merece el calificativo de “urbana”. Hace ya varias déca das, el etnólogo destacaba esencialmente la diferencia con los valores urbanos europeos y no consideraba aún en esa época que las ciudades mundo fueran el futuro de lo urba no.21 “Ya se trate de las ciudades momificadas del Mundo Antiguo o de las ciudades fetales del Nuevo, nos hemos habituado a asociar nuestro valores más elevados, tanto en la esfera material como en la espiritual, con la vida urbana. Las grandes ciudades de la India son una zona; pero lo que nos avergüenza como una tara, lo que consideramos como una lepra, constituye aquí el hecho urbano reducido a su expre sión última: la aglomeración de individuos cuya razón de ser es aglomerarse por millones, independientemente de cuáles sean las condiciones reales. Basura, desorden, promiscuidad, roces, ruinas, tugurio, lodo, inmundicias, humores, excre
20. Sandrine Lefranc, introducción al artículo Villes-monde, villes monstres? de Raisons politiques, n° 15, agosto de 2004, Presses de sciences po. Este volumen incluye, entre otros, artículos sobre Lima, Johannes- burgo y Karachi.
mentos, orina, pus, secreciones, supuraciones: todo aquello contra lo cual la vida urbana nos parece la defensa organiza da, todo eso que aborrecemos [...] Todos esos subproductos de la cohabitación, aquí, nunca llegan a constituir su límite. Antes bien forman el medio natural que la ciudad necesita para prosperar.”22
La ciudad prospera “orgánicamente” rechazando todos los límites posibles. Nada de fronteras, nada de prohibicio nes, nada de límites. Cuando repele de ese modo los límites, la ciudad se vuelve monstruosa. Esta situación se traduce en la ausencia de relaciones entre las personas, ya sea porque existe una tensión excesiva, ya sea por hay una ausencia total de tensiones. En este caso, el caos no adquiere la “no forma” de la ciudad arrasada, la ciudad sobrevive por sí misma, ama sa individuos, es informe. La ausencia de tensiones significa que no hay ni adentro ni afuera, que la indiferencia reinante está en el origen de un esquema de supervivencia. Al no ser ya un medio en tensión, Karachi se vive como algo “infor me”, no tiene forma, no es una ciudad, no permite la libera ción que subtiende la experiencia urbana. A diferencia de lo que pudo observar el etnólogo en Amazonia, en Karachi, con su perspectiva de europeo, se encuentra “más acá o más allá de lo que el hombre tiene derecho a exigir del mundo y del hombre.”
La experiencia de la limosna generalizada, la que encon tramos hoy en los downtowns, confirma esta pérdida de ten sión. “Ya no hay otra cosa que la comprobación -escribe Lévi-Strauss- de un estado objetivo, de una relación natural entre él y yo, de la cual la limosna debería desprenderse con la misma necesidad con que, en el mundo físico, están uni dos las causas y los efectos.” Los desdichados que piden limosna en la ciudad no quieren ser tratados como iguales, “imploran que uno les aplaste su soberbia pues precisamen
te de la dilación de la distancia que nos separa esperan unas migajas tanto más sustanciales cuanto más distendida sea la relación”. El análisis es implacable: a través de la limosna, que aquí no es un ceremonial, la idea misma de “la distan cia” en el espacio público, de una diferencia simbolizable entre uno y el otro, entre él y yo, se malogra, queda anula da. Tal es el motor de una “indiferencia” gracias a la cual el caos urbano puede crecer hasta el infinito. Los desdichados, continúa Lévi-Strauss, “no reivindican un derecho a la vida. El solo hecho de sobrevivir les parece una limosna inmere cida.” Insiste con esta idea al sugerir una comparación con la urbanidad europea: “Esta alteración de las relaciones huma nas, resulta al principio incomprensible al espíritu europeo. Nosotros concebimos las oposiciones entre las clases como luchas o tensiones. Aquí el término «tensión» no tiene sen tido. Aquí nada está tenso. Hace ya mucho tiempo que todo lo que podría estar tenso se ha roto. ¿Es realmente inconce bible pensar en la perspectiva de la tensión?”. Si uno quiere continuar reflexionado, en la línea de Julien Gracq, aten diendo a la tensión, el cuadro que se obtiene no es menos sombrío: “Pues entonces habrá que decir que todo está tan tenso que ya no hay un equilibrio posible: en los términos del sistema, y salvo que se inicie su destrucción, la situación se ha vuelto irreversible.”23 Sólo queda, pues, la posibilidad de la destrucción (desde el exterior o desde el interior, por acción de un déspota) o la de una muerte lenta, la de un cuerpo purulento en vías de descomposición. “La separación entre el exceso de lujo y el exceso de miseria hace estallar la dimensión humana. Sólo queda una sociedad en la que los que no son capaces de nada sobreviven esperando todo y donde los que exigen todo no ofrecen nada.”24 Esta com probación, que se basa en la voluntad de marcar una
renda con la ciudad europea, se bifurca en los posibles des tinos de esas ciudades: la muerte lenta y la autodestrucción. Salvo que evoquemos con Dereck Walcott el teatro de la pobreza.25
VS. Naipaul prolonga la reflexión del etnólogo en ocasión de un viaje que lo conduce a Calcuta muchos años después de una primera visita. Una ciudad puede morir, pero lo que lo atestigua no son las fotografías amarillentas de ruinas. Bom- bay no es una de esas ciudades desaparecidas en los desiertos del cercano Oriente como Persépolis, por ejemplo. No, esta ciudad no termina de morir en el presente, de ceder bajo el peso de su propia inhumanidad, de su ausencia de tensiones. Es ese lento movimiento de descomposición que describe Naipul respecto de Calcuta en La India-. “Durante años y años [...] yo había oído decir que Calcuta se moría, que su puerto estaba hundiéndose en el fango [...] y sin embargo, Calcuta no estaba muerta. Algunos comenzaron a preguntar se entonces si la profecía había sido excesiva. Y yo me dije que estaba en presencia de lo que sucede cuando las ciudades mueren. No se desploman haciendo un gran estrépito; no mueren únicamente cuando su población las abandona. Tam bién pueden morir así: cuando todo el mundo sufre, cuando los medios de transporte son tan lamentables que los obreros
prefieren renunciar por ello a empleos de los que tienen gran necesidad; cuando nadie puede conseguir agua ni aire puro; cuando nadie puede salir a pasear. También puede ocurrir que las ciudades mueran cuando terminan por quedar com pletamente despojadas de los encantos que proponen las ciu dades, el espectáculo de sus calles, el sentimiento exacerbado de las posibilidades humanas, para convertirse sencillamente en lugares superpoblados donde todos sufren.”26
Naipaul retoma así, proyectándolo esta vez al plano espa cial, el análisis esbozado por Lévy-Strauss: si no hay cambio posible, hay “indiferencia”; si no hay movimiento posible, si los transportes son inutilizables, ya nadie se mueve; no hay posibilidades mayores de relación espacial que de relaciones humanas, ya que ambas van de la mano. La indiferencia se traduce en el tiempo y en el espacio y la ciudad muere pro gresivamente de esta ausencia de movimientos y de tensio nes. Naipaul afirma, sin embargo, algo más: el que se con vierte en rehén de este espacio queda “privado” de lo que la ciudad debería dar “además”; queda privado de este espacio público sin el cual la ciudad no tiene razón de ser. La libera ción ya no es el destino de quien se aventura en la ciudad, ni siquiera es representable. Ahora bien, cuando la tensión entre lo privado y lo público, entre un afuera y un adentro, es imposible, la ciudad muere ineluctablemente. El hecho de que las ciudades gigantes se multipliquen, crezcan desmesu radamente, no remite a las cifras, a un fenómeno cuantitati vo. La ciudad gigante, independientemente de cómo se la llame, puede favorecer formas de experiencia urbana, pero si la ciudad es informe, la cantidad se les vuelve en contra.
Autodestrucción y desechos (Los Angeles y las chabolas)
Otros escritores analizan el “fin de la ciudad” como un fenómeno inevitable generado por la dispersión infinita o por el desarrollo de una maquinaria urbana que, al volverse incontrolable, provoca horror y caos. La ciudad contempo ránea se muere desde el interior. El caos no es producto de los flujos, la ciudad está agarrotada en su interior, está hiper- tensa, próxima a la implosión. Tal el caso de Los Angeles, esa
City of Quartz, para retomar el título del libro de investiga
ción de Mike Davis.27 Puede vérsela como una tierra que tiembla, que puede escupir fuego como un volcán pues arde desde el interior. Hipertensa, puede metamorfosearse o bien parecerse a un barrio de chabolas, como una ciudad de latas. “California es una región de terremotos. No sabemos cómo viviremos. Los Angeles se transforma o vuelve a transfor marse en una ciudad. Otras ciudades, por haber sido dema siado deseadas, ciudades nacidas del desierto y de Los Ange les, quizás vayan hasta el extremo de la ciudad, más allá de su «fin». Por terremoto, por fisuras, por corrupción o por lasi tud. Pero, más lejos, pasada la frontera de México, comenzó otra cosa, hace ya tiempo. Ya no es el despliegue, ni siquiera la corrupción de la ciudad; ya no es su travesía. Los barrios de chabolas son los desechos de la ciudad, su violencia ama sada en el barro. En un sentido, será como una exasperación del desclasamiento de Los Angeles, de su chapucería y de su desvencijamiento. Pero nada de esto responde a ninguna lógica de la ciudad. Lo que se impone es la inhabitabilidad: no la del desierto, sino la que acompaña a la destrucción y la expulsión que han llegado a ser parodias de lugares. La expresión «barrio de chabolas» o «de las latas» resume, no
la insignificancia, sino un exceso de signos que expresa la devastación del lugar. La devastación se erige en él como si fuera un lugar para vivir. Y no cesa, se extiende como se extienden en otros lugares las ciudades nuevas, pero esto es lo contrario de un crecimiento. Los barrios marginales se alejan cada vez más de toda «cuestión de la ciudad». No tie nen devenir. Sólo pueden concentrar la devastación y endu recer la exasperación.”28 La inversión de la perspectiva es total: ya no se observa la descomposición de una ciudad como en Calcuta; ahora, la cuestión es su recomposición a partir de los desechos que contiene en su interior, si la lava puede endurecerse y dar forma a algo. Pero aquí la ciudad es puro desecho, un terreno devastado de entrada, que sólo puede exteriorizarse afuera en la forma de una barriada de chabolas. No hay otra opción más que la de oscilar entre descomposición y recomposición, entre caída de tensión e hipertensión. Pero si la ciudad no muere de sí misma, se proyecta en magmas informes, espacios invivibles. El fin de la ciudad: allí está también el fin de toda forma de urbani dad. Si bien Los Ángeles aún puede reestructurarse, repro ducirse, no puede decirse lo mismo de la zona fronteriza del lado mejicano. Cuando la ciudad fracasa en su intento de reinventarse, cuando se desmorona bajo los signos maca bros, no es más que un inmenso terreno devastado. Lo urba no generalizado está caracterizado por la continuidad, pero los barrios de latas, la tierra arrasada que los simboliza, la inhabitabilidad que pone de manifiesto, participan de esa continuidad, cuyas virtudes elogia Koolhaas. El caos ha cobrado cuerpo, no es únicamente un vacío que hay que lle nar sino que corresponde a un proceso de vaciamiento, ahonda el vacío, organiza la ausencia de lugar, la falta de
herederos. El retorno al desierto. Salvo que una ciudad como Las Vegas y los moteles norteamericanos constituyan el “lugar común” donde se inventa una urbanidad “postur- bana”.29
Urbicidios: presiones desde afuera y desde adentro
Ante los crímenes de los destructores, la defensa de la ciudad es el único paradigma moral de nuestro futuro.
Bogdan Bogdanovic30 Para Paul Virilio, ese no lugar no es lo propio del barrio miserable, sino la marca misma de la ciudad contemporánea. Lo urbano continuo y generalizado está impulsado por una “estética de la desaparición”. En este último caso lo que devasta la ciudad no es la ausencia de desarrollo, la miseria ni el abandono. Los espacios urbanos, sean cuales fueren, están condenados a devenir informes, deformes, monstruo sos, pues están sometidos a una presión tecnicista tanto mayor por cuanto las industrias de armamentos también desempeñan su papel en la militarización de las ciudades. “Aeroestaciones, terminales y puertas de la anticiudad que se abren a la nada de un territorio desaparecido, lugar de dese chos que uno toma prestado para enlazar el lazo vacío de un vagabundear acelerado, terminal aérea, espectroscopio don de desfilan las sombras populares migrantes, fantasmas en tránsito, tratando de prorrogar la última de las revoluciones, la revolución geográfica... Es evidente la estrategia anticiu dad, en virtud de la cual el secuestro se opera sobre el con
29. Este es el sentido de los análisis de Bruce Bégout en Zeropolis, París, Allia, 2002 y Lieu commun, París, Allia, 2003, dos libros que tratan respectivamente de Las Vegas y la generalización del motel.
junto de las masas, la ocupación llega a ser la esencia del jue go político transnacional, más allá de las ciudades en las que se practica el secuestro, el gueto y el encierro nacional.”31 La estrategia anticiudad contribuye así a hacer que la ciudad y sus valores se vuelvan contra sí misma. Y no es casual que la figura del terrorismo acompañe las metamorfosis del imagi nario de la ciudad, de una ciudad traumatizada.
Estas interpretaciones ponen en escena una ciudad que se ha vuelto informe como consecuencia de ser la presa de lo urbano generalizado que puede ser más o menos anárquico. Si bien los términos escogidos son particularmente evocado res - desecho, devastación, deyección—, lo que designan es un espacio urbano zarandeado entre la pérdida de tensiones, la indiferencia y el exceso de tensión: un espacio urbano que se confunde con una prisión al borde de la violencia paroxísti- ca.32 Tales términos muestran, por contraste, en qué se transforma lo urbano cuando ya no hay “tensiones” y cuan do pierde sentido la relación entre un adentro y un afuera. Este repliegue es la consecuencia de una ciudad “energúme no” que rechaza sus límites, de lo urbano que ha roto las amarras con “la doble cultura de los límites y la proximidad” que encarna históricamente la cultura urbana. Esta inversión transforma el afuera en una prolongación del adentro, una prótesis que ignora la antigua dialéctica de un adentro que atraía al afuera, de una experiencia de liberación que articu laba la ausencia de territorio y la oferta de territorio, la posi bilidad de hospitalidad.
Tanto en la realidad como en la ficción, lo urbano hoy está brutalizado, “echado a perder”, violentado desde el
31. Paul Virilio, “L’Etat d'urgence ou du lieu d’élection au lieu d’é- jection”,Traverses: Ville Panique, n° 9, París, Minuit, 1977.
E l u r b ic id io
Mientras que en épocas pasadas los destructores de ciu dades estaban poseídos de un “santo temor”, un temor regulado y contenido, hoy no puede tratarse sino de reivin dicaciones sin freno del habitus mental más bajo. Lo que creo advertir en las almas aterradas de los destructores de ciudades es una resistencia feroz contra todo lo urbano, es decir, contra una constelación semántica completa, com puesta por el espíritu, la moral, la manera de hablar, el gus to, el estilo... Recordemos que el término “urbanidad” designa hasta hoy en las lenguas de Europa el refinamiento, la articulación, el acuerdo entre la idea y la palabra, entre la palabra y el sentimiento, entre el sentimiento y el gesto, etcétera.*
*Bogdan Bogdanivic, “L ’urbicide ritualisé”, en Véronique Nahoum-Grappe (coinp.), Vukovar, Sarajevo..., París, Éditions Esprit, 1993, pág. 36; véase también de Christian Ruby, “Villes assiégés, villes détruites”, Thierry Paquot (comp.), Le Monde des villes. Panorama urbain de la planète, Bruselas, Éditions Complexe,
1996, págs. 419-432.
afuera (el urbicidio) o desde el adentro (la explosión, la bom ba). Lo urbano hace mal. Por un lado, una amplia propor ción de las imágenes estadounidenses, desde New York 1997 de John Carpenter (1983), relatan la historia de ciudades que, abandonadas y convertidas en prisión, retornan al esta do de naturaleza. Cuando no se nos muestra la ciudad como el lugar de la barbarie, se la presenta como la presa del bár baro que trata de destruirla.33 Por otra parte, la realidad está
deba-allí, violenta, implacable; los hechos hablan por sí mismos desde Sarajevo, Grozniyi, desde que las Torres Gemelas fue ran destruidas por aviones terroristas vinculados con Al Qaeda. Hay que recordar que el urbicidio, un término acu ñado por Bogdan Bogdanovic, un arquitecto que fue alcalde de Belgrado, sigue siendo ley en el mundo de lo urbano generalizado. En todo caso, desde la guerra de Beirut, desencadenada en 1975. Como si fuera necesario echarlo todo a perder, arrasar con las ciudades refugio.
Destruida desde afuera o desde adentro, la ciudad está terminada, arrasada; es deyección, barrio de las latas, devas tación; está vaciada de sí misma... Todo este vocabulario, sumamente discutible, recuerda sin embargo que la ciudad desplegada, masificada, extendida al infinito, se ha echado a perder. Hasta el punto de que los tiranos continúan asesi nándola y abatiéndola. Los tiranos de ayer, pero también los terroristas de hoy, esos individuos nómades y desterritoriali- zados. Ayer la ciudad aspiraba al adentro, pretendía ser inte- gradora de las personas procedentes del afuera; hoy los agentes del terror, venidos desde afuera, quieren matar el espíritu de la ciudad en su interior. Todo esto no es recien te, sólo que, desde las épocas de la Biblia, de Babel y de Sodoma, la actualidad de los valores urbanos es más intensa.