12. TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS Y CAMBIOS SOCIALES EN EL SIGLO XIX Y PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX.
12.1. Transformaciones económicas. Proceso de desamortización y cambios agrarios. Las peculiaridades de la incorporación de España a la Revolución industrial. Modernización de las infraestructuras: el impacto del ferrocarril.
1) Transformaciones económicas.
Las transformaciones económicas más importantes habidas en España durante el siglo XIX fueron la desamortización, la revolución industrial y la construcción del ferrocarril.
2) Proceso de desamortización y cambios agrarios.
Se denomina desamortización a la expropiación, nacionalización y venta de tierras vinculadas a la Iglesia (manos muertas) y a los concejos (de propios y comunales).
El proceso desamortizador se llevó a cabo durante el reinado de Isabel II (1833-1868), durante los gobiernos progresistas.
Mendizábal expuso los motivos de la desamortización:
Reconocer el ejercicio del derecho a la propiedad libre y circulante.
Aumentar el número de medianos propietarios comprometidos con el régimen isabelino.
Disminuir la deuda pública del Estado.
El proceso desamortizador pasó por las fases siguientes:
Desamortización de Mendizábal (19/02/1836). Afectó a los bienes del clero regular. Se declararon extinguidos los conventos que no tenían un número mínimo de monjes y se nacionalizaron sus propiedades. Los bienes desamortizados se dividieron en lotes y fueron puestos a la venta en pública subasta, aceptándose el pago en metálico o con títulos de deuda pública.
Desamortización de Espartero (2/09/1841). Afectó a los bienes del clero secular. Desamortización de Madoz (3/05/1855). Afectó a las propiedades que aún
Las consecuencias del proceso desamortizador fueron las siguientes: Disminución de la deuda del Estado.
La mayoría de las tierras pasaron a manos de la oligarquía dirigente, los únicos que disponían de medios para comprarlas, consolidándose los latifundios.
El campesinado se vio perjudicado al perder el derecho a los usos comunales y el usufructo permanente de tierras de cultivo.
La agricultura siguió siendo tradicional, sin innovaciones técnicas significativas, y no sirvió de estímulo al desarrollo industrial y a la modernización de España.
Hubo un leve crecimiento de la producción, pero fue por el aumento de la superficie cultivada.
3) Las peculiaridades de la incorporación de España a la Revolución industrial.
España experimentó durante el siglo XIX un proceso de aceleración industrial, pero localizado en torno a Barcelona (textil) y a Bilbao y Oviedo-Gijón (siderometalurgia). El desarrollo industrial se circunscribió a estas zonas costeras por su fácil accesibilidad por mar y su cercanía a los países europeos más avanzados, Francia y Reino Unido. El resto de España permaneció sin industrializar, excepto Madrid.
Comparando España con Reino Unido, Francia y Bélgica se aprecia que la incorporación de España a la Revolución industrial resultó tardía, incompleta y desequilibrada.
Las causas del fracaso de la Revolución industrial en España fueron:
Inestabilidad política (Guerra de la Independencia (1808-1814)), independencia de América (1810-1824) y guerras carlistas (1833-1840, 1846-1849 y 1872-1876).
Carbón escaso, de mala calidad y de difícil explotación.
Carencia de materias primas (el algodón debía importarse en su totalidad). Deficiente red de comunicaciones.
Atraso tecnológico.
Falta de capitales nacionales.
Dependencia técnica, financiera y energética del exterior.
Debilidad del mercado interior español, por la baja capacidad adquisitiva de gran parte de la población.
La industria textil del algodón se radicó en Cataluña. Para 1855 la industria algodonera estaba mecanizada, impulsó la modernización de Barcelona y absorbió la mano de obra inmigrante de otras regiones españolas. Se vio favorecida por la política proteccionista practicada durante la mayor parte del siglo XIX.
La primera industria siderúrgica española se localizó en Málaga por su proximidad a yacimientos de hierro y porque la Primera Guerra Carlista (1833-1840) dejó fuera de servicio las ferrerías vascas. Desde mediados del siglo XIX se desarrolló la siderurgia asturiana con fábricas en Mieres y Felguera. Desde finales del siglo XIX Vizcaya se convirtió en el centro de la siderurgia española por la abundancia de hierro. Desde 1902 destacó la empresa Altos Hornos de Vizcaya. El retraso de la siderurgia española se debió al atraso de la agricultura, que no tenía una capacidad de demanda suficiente, y a la Ley General de Ferrocarriles (3/06/1855), que favoreció la importación de material fijo y rodante.
Otras industrias fueron la aceitera, vinícola, del calzado, del vidrio y química. En cuanto a la minería se intensificó la producción en los yacimientos de Huelva y Ciudad Real. Durante el Sexenio Democrático (1868-1874) se aprobó la Ley de Minas (1/01/1869), que desamortizó el subsuelo español. Todos los yacimientos mineros pasaron a propiedad del Estado y fueron vendidos en pública subasta, la mitad de ellos a compañías extranjeras, debido al déficit de la Hacienda.
El comercio exterior creció durante el siglo XIX, pero se mantuvo deficitario. España exportaba materias primas e importaba productos elaborados. Reino Unido y Francia fueron los principales clientes. Se apostó por el proteccionismo para defender la producción nacional elevando los aranceles sobre los productos foráneos. Los grupos económicos que reclamaron una política proteccionista fueron los industriales del textil del algodón catalanes, los cerealistas castellanos y los industriales siderúrgicos vascos. Sólo durante el Sexenio Democrático (1868-1874) hubo un paréntesis de cierto aperturismo del mercado español tras la aprobación de la Ley de Bases Arancelarias o Arancel Figuerola (12/07/1869), que rebajó los aranceles y no prohibió la importación de ningún tipo de artículo extranjero.
4) Modernización de las infraestructuras: el impacto del ferrocarril.
La construcción del ferrocarril en España estuvo regulada por la Ley de Ferrocarriles (3/06/1855), que subvencionó las inversiones, eximió de aranceles a los materiales importados y permitió la entrada de capitales extranjeros.
La construcción del ferrocarril alcanzó su máximo desarrollo entre 1855 y 1864, con una media de 430 km. anuales. Las primeras líneas ferroviarias fueron Barcelona-Mataró (1848) y Madrid-Aranjuez (1851). Se creó una red radial con centro en Madrid con un ancho de vía de 1,67 m., mayor que el europeo de 1,44 m., en la creencia de que las máquinas debían ser más potentes para salvar la difícil orografía española y no por el miedo a una posible invasión. Un ancho de vía distinto al europeo dificultó las comunicaciones ferroviarias con Europa.
La construcción del ferrocarril se hizo con capital público y privado (sobre todo francés). El Estado subvencionó a condición de que las líneas férreas construidas pasaran a ser de propiedad estatal transcurridos 99 años. Como consecuencia de las condiciones impuestas, las empresas utilizaron materiales de baja calidad por lo que las vías debieron ser reparadas de continuo, no obteniéndose apenas beneficios. Tampoco la industria española se vio favorecida por el desarrollo del ferrocarril ya que gran parte del material fue adquirido a empresas belgas, francesas e inglesas.
12.2. Transformaciones sociales. Crecimiento demográfico. De la sociedad estamental a la sociedad de clases. Génesis y desarrollo del movimiento obrero en España.
1) Crecimiento demográfico.
La población española creció de manera constante durante el siglo XIX (de 11.500.000 de habitantes en 1800 a 18.600.000 en 1900).
Se mantuvo el régimen demográfico antiguo con tasas de natalidad y mortalidad elevadas. La mortalidad elevada se debía a las enfermedades infecciosas, y experimentaba repuntes al alza como consecuencia de las guerras y las epidemias (cólera (1885)). La esperanza de vida era muy baja (34 años en 1900).
La estructura por sectores era arcaica y desequilibrada con un aplastante predominio del sector primario (En 1900: sector primario (68%), secundario (14%) y terciario (18%)). Se aceleró el éxodo rural impulsado por el estancamiento del medio agrario y las expectativas laborales, muchas veces infundadas, que ofrecían las ciudades. Consecuencia de este trasvase de población fue el crecimiento urbano, que fue más intenso en Madrid, Barcelona y Bilbao, en crecimiento industrial. El aumento de la población urbana implicó el crecimiento espacial de las ciudades, en las que surgieron suburbios periféricos de barrios obreros, desordenados, sin servicios ni infraestructuras, pero también áreas burguesas de urbanismo planificado, los denominados ensanches, (Barcelona (1860), diseñado Cerdá, y el de Madrid (1861), planificado por Castro, y financiado en parte por el marqués de Salamanca).
2) De la sociedad estamental a la sociedad de clases.
Durante el siglo XIX en España se desarrolló la sociedad de clases en sustitución de la sociedad estamental del Antiguo Régimen. Los fundamentos sobre los que se asentó fueron la libertad de todos los individuos y la igualdad ante la ley. Permitió la movilidad social en base al mérito de cada persona.
La clase alta apareció como nuevo bloque social dominante, minoritario en número, que acumuló grandes propiedades y controló el poder político. Estaba formado por la antigua aristocracia terrateniente a la que se unió ahora la nueva burguesía de los negocios. Muchos burgueses se sintieron atraídos por la compra de fincas y se convirtieron en rentistas, desentendiéndose de las inversiones industriales. También pertenecían a esta clase los altos cargos del Estado y mandos militares. La Iglesia tuvo grandes pérdidas económicas tras las desamortizaciones, pero mantuvo su influencia social a través de la educación.
La clase media urbana fue escasa en número (5%). Estaba integrada por pequeños comerciantes, funcionarios, profesiones liberales, propietarios rurales acomodados y artesanos y pequeños fabricantes.
3) Génesis y d esarrollo del movimiento obrero en España.
El primer movimiento obrero fue ludista y se desarrolló en Alcoy (2/03/1821). El movimiento obrero fue ganando fuerza en Cataluña. La primera organización obrera fue la Asociación de Tejedores de Barcelona (1839), que se constituyó en sociedad de ayuda mutua (1840), fue la Sociedad Mutua de Tejedores de Barcelona. Las sociedades de ayuda mutua socorrían a los afiliados que estuvieran en paro, enfermos, inválidos, o a sus viudas. No tenían planteamientos políticos, su objetivo era mejorar los salarios y conseguir el derecho de asociación sin restricciones.
Las duras condiciones del proletariado urbano y rural explican las reivindicaciones obreras en las principales ciudades industriales y de los jornaleros andaluces.
En un primer momento, y hasta la creación de asociaciones con un programa obrerista, las reivindicaciones sociales de los trabajadores las asumieron demócratas y republicanos.
Los factores que propiciaron la expansión del movimiento obrero fueron: La fundación de la AIT (28/08/1864), que permitió la difusión de las nuevas
doctrinas socialista y anarquista.
El reconocimiento del derecho de asociación que recogía la Constitución de 1869.
El clima de inestabilidad en el que se desarrolló la I República (1873-1874) que creó un caldo de cultivo propicio para la agitación revolucionaria.
El movimiento obrero atravesó un período de decadencia al principio de la Restauración del que se recuperó gracias a la legalización de las organizaciones obreras por la Ley de Asociaciones de Sagasta (30/06/1887).
El movimiento obrero español estuvo dividido en dos tendencias:
Anarquista. Ejerció su mayor influencia en Andalucía, Aragón, Cataluña y Valencia. Desde el principio estuvo dividido en torno a dos tipos de organizaciones: o Grupos de acción directa. Pequeños núcleos clandestinos (Mano Negra) que proponían el uso de la violencia como vía de cambio político. Sus objetivos fueron los miembros de las élites económicas y políticas (terratenientes en la década de los ochenta, políticos con el cambio de siglo (asesinato de Cánovas del Castillo (8/08/1897), varios intentos de regicidio contra Alfonso XIII, etc.) y empresarios a finales de la Restauración (pistolerismo obrero de Barcelona). o La Federación de Trabajadores de la Región Española, fundada por Llunas,
12.3. Transformaciones culturales. Cambio en las mentalidades. La educación y la prensa.
1) Transformaciones culturales.
Grandes corrientes artísticas llegaron a España durante el siglo XIX: Neoclasicismo y Romanticismo en la primera mitad de siglo y Realismo y Naturalismo en la segunda.
El régimen liberal permitió a los intelectuales y artistas acercarse a las corrientes europeas y desarrollar actividades propias del nuevo estilo burgués.
Dos hechos favorecieron la expansión de los nuevos movimientos culturales europeos en España: la gran difusión de los acontecimientos artísticos y el desarrollo de ciertas artes y géneros, entre ellos, la literatura, sobre todo la novela.
El despertar de la cultura española coincidió con la crisis de finales de siglo XIX. Se inició una etapa de gran esplendor científico (Ramón y Cajal) y cultural (generaciones del 98, 14 y 27). A partir de 1898, los intelectuales lograron una fuerte proyección pública al intervenir en los más variados aspectos de la vida política y social mediante la firma de manifiestos, la colaboración en periódicos, revistas, conferencias (el Ateneo de Madrid fue el primer centro de conferencias en Madrid), creando asociaciones (Liga de la Educación Política) o incluso participando en las elecciones (Baroja y Pérez Galdós). A pesar de su individualismo, los intelectuales tuvieron un claro sentido colectivo y generacional.
La generación del 98 criticó los vicios del sistema político de la Restauración: la decadencia nacional y el poder oligárquico, pero no elaboraron propuestas políticas alternativas coherentes. Destacaron ensayistas (Costa y Ramiro de Maeztu) o escritores y periodistas (Baroja, Unamuno y Valle-Inclán).
2) Cambio de mentalidades.
Durante el siglo XIX chocaron tradicionalismo e innovación. Los valores propios del absolutismo del Antiguo Régimen y del liberalismo más conservador (tradición, jerarquía, orden y moral) defendidos por intelectuales (Menéndez y Pelayo) identificaban España y catolicismo. Por el contrario, los pensadores liberales (Giner de los Ríos) defendían una cultura abierta a las novedades del pensamiento europeo (darwinismo, racionalismo y positivismo), para poder superar el atraso cultural y científico. Estas nuevas pautas surgían en las ciudades y expresaban una nueva mentalidad moderna y laica entre la clase media (liberalismo progresista) y revolucionaria y anticlerical entre las clases bajas (republicanismo, socialismo y anarquismo).
A pesar de los cambios producidos permanecieron vigentes muchos valores heredados de épocas anteriores como el sentido del honor, la infravaloración del trabajo, la picaresca, la petulancia, el trato despectivo a los considerados inferiores, etc.
Las clases altas eran minoritarias y formaban un grupo bastante homogéneo, amalgamado por la conservación de los viejos valores aristocráticos: hacían ostentación de su riqueza, vivían en palacetes, organizaban cacerías, etc.
Las clases medias eran más progresistas que las altas y presentaban una diversidad ideológica mayor. Muchos de sus componentes aspiraban a intervenir en la vida política y formaban un segundo nivel del entramado caciquil y de los partidos.
3) La educación y la prensa.
El modelo educativo español quedó fijado por la Ley Moyano (9/09/1857), que dividía la enseñanza en tres niveles: primaria, secundaria y universitaria. Declaró obligatoria la enseñanza primaria, pero encargaba su financiación a los ayuntamientos, lo que explica, que a principios del siglo XX el analfabetismo fuese del 60%. Estableció el derecho a la creación de centros privados, garantizando la influencia de la Iglesia en la enseñanza mediante los privilegios que había reconocido el Concordato (1/04/1851): obligatoriedad de la asignatura de Religión y adaptación a la doctrina católica de los libros de texto y las explicaciones de los profesores. A principios del siglo XX la Iglesia impartía el 33% de la enseñanza primaria y casi el 80% de la secundaria.
Frente al conservadurismo de la enseñanza oficial y religiosa, Giner de los Ríos fundó la Institución Libre de Enseñanza (ILE) (1876). Se trataba de un centro privado, laico y alternativo a la cultura oficial, que rechazaba la afiliación política y religiosa de profesores y alumnos, y tenía como objetivo la formación de personas libres, utilizando la tolerancia y el espíritu crítico. La ILE introdujo en España métodos educativos de vanguardia con tanto éxito que su proyecto cultural formó y condicionó a tres generaciones de pensadores y pedagogos.
A principios del siglo XX, el regeneracionismo de la Restauración hizo suyas las ideas de la ILE con la creación de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) (1907), dirigida por Ramón y Cajal. La nueva institución pretendía acabar con el aislamiento español y situar España al nivel cultural y científico de las naciones europeas mediante:
Fomento de la investigación. Dotación de becas para la ampliación de estudios en el extranjero y creación de nuevos centros de investigación: el Instituto Nacional de Ciencias y el Centro de Estudios Históricos.
Renovación educativa. Creación de nuevos centros donde se incorporaron modernas prácticas pedagógicas: el Instituto Escuela de Madrid.
Creación de centros de intercambio cultural científico y artístico nacional e internacional: la Residencia de Estudiantes.
La prensa tomó un marcado perfil político desde principios del siglo XIX. Su papel fue decisivo en la difusión de las ideas liberales, si bien tuvo que luchar con las prohibiciones que impusieron el absolutismo de Fernando VII y los gobiernos conservadores isabelinos.
El pleno desarrollo de la prensa sólo fue posible tras la Revolución de 1868 (en 1873 se editaban en Madrid 102 periódicos) y con la Ley de Policía de Imprenta de Sagasta (26/03/1883). Además, en el último tercio del siglo XIX cambió el tipo de publicaciones con el nacimiento de una prensa informativa independiente (El Imparcial y La Vanguardia) que incorporaba nuevos contenidos (secciones de pasatiempos, anécdotas, humor y sobre todo los folletines (novelas por capítulos) que gozaron de gran aceptación.
Los nuevos formatos de periódico aumentaron la tirada, aunque sin sobrepasar los 15.000 ejemplares, dado que la mayoría de la población era analfabeta y la población tenía escaso poder adquisitivo. Por ello, fueron frecuentes las lecturas colectivas en cafés, ateneos y tertulias.
Transformaciones económicas y cambios sociales en el siglo XIX y primer tercio del siglo XX.
Prácticos.
Decreto Desamortizador de 19 de febrero de 1836. “A su Majestad la Reina Gobernadora.
“Señora: vender la masa de bienes que han venido a ser propiedad de la nación no es tan sólo una promesa solemne y dar una garantía positiva a la deuda nacional por medio de una amortización (...); es abrir una fuente abundantísima de felicidad pública; vivificar una riqueza muerta; desobstruir los canales de la industria y de la circulación (…). No es, Señora, ni una fría especulación mercantil, ni una mera operación de crédito (...): es un elemento de animación, de vida y de ventura para la España: Es (...) el complemento de su resurrección política.
“El decreto que voy a tener la honra de someter a la augusta aprobación de V. M. sobre la venta de esos bienes adquiridos ya para la nación, así como en su resultado material ha de producir el beneficio de minorar la fuerte suma de la deuda pública, es menester que (...) en su objeto (...) se enlace (...con) la alta idea de crear una copiosa familia de propietarios, cuyos goces y cuya existencia se apoya principalmente en el triunfo completo de nuestras actuales instituciones.
“(...) Y conformándome con lo propuesto por el Consejo de Ministros, en nombre de mi excelsa hija la reina doña Isabel II, he venido en decretar lo siguiente:
“Art. 1°. Quedan declarados en venta desde ahora todos los bienes raíces de cualquier clase, que hubiesen pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la nación por cualquier título o motivo (...).
Desamortización de Mendizábal (19/02/1836). Ingresos por provincias.
Ley General de Ferrocarriles, 3 junio de 1855.
“Doña Isabel II por la gracia de Dios y la Constitución de la Monarquía española Reina de las Españas: a todos los que las presentes vieren y entendieren, sabed que las Cortes han decretado y Nos sancionamos lo siguiente:
“Artículo 1º. Los ferrocarriles se dividirán en líneas de servicio general y de servicio particular.
“Artículo 3º. Todas las líneas de ferrocarril destinadas al servicio general, son del dominio público, y serán consideradas como obras de utilidad general.
“Artículo 4º. La construcción de las líneas de servicio general podrá verificarse por el Gobierno, y en su defecto por particulares o compañías.
“Artículo 8º. Podrá auxiliarse con los fondos públicos la construcción de las líneas de servicio general.
“Artículo 14º. Las concesiones de las líneas de servicio general se otorgarán por término de 99 años cuando más.
“Artículo 15º. Al espirar el término de la concesión, adquirirá el Estado la línea concedida con todas sus dependencias, entrando en el goce completo del derecho de explotación.
“Artículo: 20. Se conceden desde luego a todas las empresas de ferrocarriles: “1º. Los terrenos de dominio público que hayan de ocupar el camino y sus dependencias.
“3º. La facultad de abrir canteras, recoger piedra suelta, construir hornos de cal, yeso y ladrillo, depositar materiales y establecer talleres para elaborarlos en los terrenos contiguos a la línea.
“Artículo: 30. Los ferrocarriles se construirán con arreglo a las condiciones siguientes:
“1ª. El ensanche de la vía o distancia entre los bordes interiores de las barras carriles será de un metro 67 centímetros (6 pies castellanos).
Ferrocarriles e industrialización en España a finales del siglo XIX.
Unión General de Trabajadores: Estatuto, 9 de agosto de 1888.
“Artículo 1°. La Unión General de Trabajadores de España tiene por objeto: “1. Reunir en su seno a las Sociedades, Federaciones y Uniones de resistencia. “2. Crear nuevas Secciones de oficio y constituirlas en Federaciones Nacionales. “3. Mejorar las condiciones de trabajo.
“4. Mantener estrechas relaciones con las organizaciones obreras de los demás países que persigan el mismo fin que esta Unión, y practicar con ellas, siempre que sea posible, el principio de solidaridad.
“Artículo 2°. La Unión General de Trabajadores de España se propone realizar su objeto apelando a la huelga bien organizada y recabando de los Poderes públicos cuantas leyes favorezcan los intereses del trabajo, tales como la jornada legal de ocho horas, fijación de un salario mínimo, igualdad de salario para los obreros de uno y otro sexo, (…).
“Artículo 3º. La Unión General de Trabajadores de España se compone de todas las organizaciones que acepten y cumplan estos Estatutos y los acuerdos de sus Congresos.
“Artículo 8°. Las huelgas aprobadas por el Comité Nacional o la mayoría de los afiliados contarán con el apoyo moral y material de todos.
“Artículo 9°. Cuando estén a punto de agotarse los recursos de la Sociedad, Federación o Unión, que sostenga una huelga reglamentaria, las demás organizaciones de la Unión General estarán obligadas a contribuir al sostenimiento de aquélla con 10 céntimos de peseta semanales por individuo, que abonarán inmediatamente que el Comité Nacional lo reclame”.
Bueno, A.: Carta al Congreso fundacional de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), 1910.
“La rebelión ha de existir, sí; pero contra los burgueses, contra los capitalistas, que son los que escriben leyes. Eliminando el reptil, se acaba con el veneno. Y esta rebelión ha de ser constante, diaria, intensa, y el mejor armamento es la asociación. Cada nuevo socio es un nuevo soldado en el ejército sindicalista. Cada nueva asociación es una nueva trinchera defensora de nuestros derechos. Cada nueva federación, un nuevo baluarte donde se forman luchadores (…).