“Ya no llega el Lim bo porque la gente bailando está” Prácticas de m em oria en Bojayá - Chocó
D ELM A CON STAN ZA M ILLAN ECH EVERRIA
Universidad N acional de Colom bia Facultad de Ciencias H um anas D epartam ento de Antropología M aestría en Antropología Social
“Ya no llega el Lim bo porque la gente bailando está” Prácticas de m em oria en Bojayá – Chocó
D ELM A CON STAN ZA M ILLAN ECH EVERRIA COD IGO 478187
Trabajo de Grado para optar al título de M agister en Antropología Social
D IRIGID O POR
M YRIAM JIM EN O SAN TOYO PhD Antropóloga
Universidad N acional de Colom bia Facultad de Ciencias H um anas D epartam ento de Antropología
Ilustración 1. M ujeres y hom bres jóvenes en labores de lim pieza del poblado para conm em orar el 1 año de la m asacre. Abril de 2003
AGRAD ECIM IEN TOS
Esta tesis está dedicad a a los bellavisteños Lubín, M oira, Dom ingo y N oel quiénes com partieron conm igo sus creaciones y sus voces para que fuera posible la m em oria cantada en Bojayá. A m i m adre Albertina y a m i padre Cam ilo quienes m e brindaron el am or constante para em prender este cam ino. A m is herm anas N ina y N ancy por aportar fortaleza en los m om entos de duda. A m i directora de tesis M yriam quien fue p ersistente en su labor de asesoría. A m is am igos de m aestría Patricia, Lina y Javier p or sus cuestionam ientos perm anentes. Y a Chucho por abrir puertas, posibilitar conversaciones y acom pañarm e en el trabajo de cam po y escritura.
TABLA D E CON TEN ID O
Pág.
1. IN TROD UCCIÓN ... 11
1.1 LAS CIEN CIAS SOCIALES EN EL ESTUDIO DEL SUFRIM IEN TO EN LA GUERRA ... 17
1.1.1 El sufrim iento social y la re-presentación pública del dolor ... 19
1.1.2 La m em oria colectiva en la tram itación d el dolor ... 24
1.1.3 La m em oria afrodescendiente ... 28
1.2 DEL CÓM O FUE EL ACERCAM IEN TO A BOJAYÁ ... 35
2. D EL TERRITORIO D E LA VISTA-BELLA AL TERRITORIO D EL SE- VERÁ ... 49
2.1 LO HUM AN O Y LO N O-HUM AN O... 52
2.1.1 El Centro y los Centros ... 55
2.1.2 La Iglesia ... 57
2.1.3 Cem enterio ... 61
2.2 LA VIDA- EL M OVIM IEN TO, LA M UERTE- LA QUIETUD ... 68
2.3 EL RÍO M UERTO Y EL AQUIETAM IEN TO ... 70
2.4 LA CON CEN TRACIÓN ... 76
3.2 ¿QUIÉN ES SON LOS BELLAVISTEÑ OS? ... 92
3.3 ¿QUÉ OCURRIÓ? EL M UN DO HORRORIZADO ... 102
3.3.1 El tiem po de la m asacre ... 104
3.3.2 El espacio de la m asacre ... 106
3.3.3 El silencio y el ruido ... 110
3.3.4 La fragm entación ... 112
3.3.5 El tiem po sin tiem po y el ritm o del dolor ... 114
3.4 RE-OCUPAR EL TIEM PO Y EL ESPACIO ... 118
3.4.1 Un sujeto que reclam a ser com positor ... 119
3.4.2 La m ediación de los m undos ... 122
3.4.3 Del Sufrim iento individual al sufrim iento colectivo ... 124
3.4.4 N o olvidar – es m antener la com unicación- ... 125
3.4.5 En el canto del silencio ... 126
4. M OSTRAR QUE EN BOJAYA SI SIGUEN PASAN D O COSAS ... 130
4.1 ¿CÓM O SE REGISTRA Y N ARRA LO QUE ESTÁ PASAN DO? ... 135
4.1.1 Registrar entre el silencio ... 139
4.2 ¿CÓM O APARECEN LOS HECHOS? EN TRE LAS N ARRACION ES PARA LA
IDEN TIFICACIÓN Y LAS N ARRACION ES PARA EL DIÁLOGO. ... 155
4.2.1 Las narraciones ejem plarizantes ... 162
4.2.2 Las narraciones en la ocupación de la vida ... 165
5. CON SID ERACION ES FIN ALES ... 167
5.1 SOBRE LA M EM ORIA CAN TADA... 167
5.2 SOBRE LA M EM ORIA FÁCTICA Y EJEM PLARIZAN TE ... 170
TABLA D E ILUSTRACION ES
Pág. Ilustración 1. M ujeres y hom bres jóvenes en labores de lim pieza del poblado para
conm em orar el 1 año de la m asacre. Abril de 2003 ... 5
Ilustración 2. N iños en la punta, Bellavista m arzo de 2003 ... 38
Ilustración 3. Iglesia San Pablo de Bellavista. M arzo 2004 ... 48
Ilustración 4. El dibujo es un m apa del poblado de Bellavista en dónde ocurrió la m asacre, realizado por la autora febrero 2003 ... 51
Ilustración 5. M ujeres jugando bingo. Sector Bellaluz abril 2003... 55
Ilustración 6. M ujeres lavando los chócoros en el río ... 66
Ilustración 7. N iñas jugando a orilla del río ... 67
Ilustración 8. M ujer observando ruinas de la iglesia luego de la m asacre ... 75
Ilustración 9. Vista aérea Poblado de Bellavista, m arzo de 2004 ... 83
Ilustración 10.Secuencia fotográfica reconstrucción de Bellavista en el lugar denom inado com o el Fuerte... 83
Ilustración 11. Jóvenes danzando. Bellavista m arzo 2004 ... 86
Ilustración 12. Telón bordado por m ujeres de Bellavista con los nom bres de cada una de las víctim as de la m asacre ... 86
1. IN TROD UCCIÓN
El dos de m ayo del año 2002 sucede en Bojayá-Chocó una de las m asacres m ás grandes, ocurridas en la historia reciente de Colom bia. Tras varios días de com bates entre los grupos, param ilitar y de la guerrilla de las FARC1
Luego de la explosión de la pipeta, los sobrevivientes despiertan de lo que parecía ser un sueño, tom an fuerza para levantarse de las ruinas del tem p lo y desafían el com bate, que pese al hecho, continuó. “Unos salen corriendo para todos lados, otros
vam os a la casa de las m onjas, allí llevam os a los heridos para atenderlos, salim os en procesión, le tuvim os que decir al padre Antún que saliera adelante porque así no nos hacían nada. Gritábam os con fuerza, -m i gente-, -¿quiénes som os?- y nosotros m ism os respondíam os -población civil-. Com o 300 m etros hay de ahí – de donde las m onjas- hasta el puerto. Allí había unos botes y nos cruzam os para Vigía (...), en el cam ino vi a una guerrillera que lloraba y vom itaba, yo creo que ella tam poco lo
, un núm ero considerable de la población afrodescendiente habitante de Bellavista, com o es denom inada la cabecera m unicipal de Bojayá, tom a la decisión de buscar protección en la iglesia católica del lugar. Luego de refugiarse allí durante la noche com pleta del prim ero de m ayo, al otro día, a las 10:30 de la m añana, sucede com o lo dicen los testigos del hecho, lo que “nadie podría im aginar”, cae un cilindro bom ba en el altar del tem plo. Esta acción deja com o consecuencia 119 personas m uertas y un núm ero considerable de sobrevivientes heridos.
podía creer, es que antes de que lanzaran la pipeta, m i gente, le suplicam os que no lo hicieran, que la iglesia estaba repleta. N os tuvim os que ir, dejando al pueblo todo abandonado, no pudim os enterrar a nadie, ellos quedaron allí todos destrozados, desparram ados. M inelia, la que ta¨loca de cabeza, sí se quedó con ellos, arm ando los m uertos. El corrinche2 de la gente que regresó a Bellavista luego, dice que vieron a
M inelia que le gritaba a los m uertos que se levantaran y salieran corriendo. Estando en Vigía hicim os com isiones para buscar a los que estaban perdidos y tam bién para ir a com poner a los m uertos, le dijim os a Dom ingo, el de los vallenatos, que fuera él a com poner a los m uertos, luego de eso él anda m ás chupao3 que antes” 4
El anterior relato concentra varias de las escenas presentes en uno de los hechos violentos sucedidos en el m arco del conflicto arm ado en el país. El testim onio habla de la destrucción, de los daños, de la confusión, de la resistencia, pero tam bién de una persistente búsqueda de sentido sobre lo sucedido, en una acción m uy concreta, rehacer la com unidad en m edio de la confrontación arm ada, encontrando a los perdidos y reconstruyend o el cuerpo de los m uertos.
Quienes sufren las consecuencias de los hechos violentos, deben enfrentarse a las pérdidas que éstos suscitan, así com o a las sensaciones de dolor que acom pañan los procesos. Reconstruir, rehacer la propia vida tiene que ver con hallarle sentido a
2 Form a com o los b ellavisteños hablan d el rum or
lo que pasó e incorporarlo a la propia historia para que ésta p ueda continuar. Preguntarse sobre el ¿por qué? de lo sucedido y el ¿para qué? seguir la vida, en casos com o el de la m asacre de Bojayá, debe responderse en un escenario en el que perm anece la confrontación arm ada y en el que adem ás la población debe interactuar con las diversas dinám icas interventivas que desarrollan agentes institucionales que lleg an a la región con el o bjetivo de reparar lo d añado.
En una anterior investigación sobre el caso de Bojayá, en la que participé (Bello, M artín, M illán et al. 2005), fue descrito cóm o la m asacre se convierte en un evento culm en en m edio de la ya existente presencia de los grupos arm ados en la región, con la consecuente dinám ica que ello im po ne para la com unidad. Es explícito en esa investigación com o la crisis de sentido que experim entan quiénes fueron testigos del hecho se relaciona con la m asacre m ism a y con la m anera com o trascurre la cotidianidad de la com unidad antes y después de ésta. Surge así para los bellavisteños, la duda sobre el m undo dado por supuesto, es decir, sobre el saber construido acerca de los referentes q ue han orientado históricam ente a la com unidad para, predecir el peligro, hallar la protección, realizar los rituales, despedir a los m uertos. Para apropiar el territorio y para tom ar decisiones en el diario vivir resultado de las certezas que brinda el conocer quiénes son para sí y para los otros.
Luego de la m asacre han llegado a Bellavista, nuevos otros, “paisas5”,
representantes de instituciones del Estado desconocidas hasta ese m om ento para la com unidad, representantes de Org anizaciones N o Gubernam entales, investigadores, artistas y periodistas de diversos m edios nacionales e internacionales, “gringos6
Los otros que han llegado han construido narraciones sobre lo que pasó en la m asacre. Así, el suceso se ha constituido en el inspirador de crónicas periodísticas, obras de teatro, canciones, exposiciones artísticas, docum entales, libros. Las escenas del suceso han hecho parte de com erciales en la televisión, aparecen en las notas periodísticas que hablan del nom bram iento de funcionarios públicos, se han hecho alocuciones presidenciales desde el lugar
” franceses, alem anes, suecos, belgas, que representan a
las diferentes agencias de cooperación internacional que acuden a la zona para atender la tragedia.
7
5 Palabra que en la regió n se utiliza para d enom inar a quienes no son afrodescendientes e
indígenas
. Los bellavisteños han hecho parte de concursos de televisión y reality, el sím bolo del cristo m utilado de Bojayá hizo parte en el año 2002 de las fotografías que los m edios de com unicación escogieron com o reflejo de los acontecim ientos históricos de ese año. Podríam os decir que gracias a todos estos elem entos el suceso ha sido am pliam ente relatado.
Frente a todas estas m anifestaciones de m em oria, creadas a partir del sufrim iento de la población bellavisteña, existe vacío aún en reconocer cuáles han sido las prácticas de sentido que la com unidad ha creado para com prender lo ocurrido. Pese a que los bellavisteños se encuentran en un contexto de conflicto arm ado en el que la intim idación y la adm inistración del habla a través de acciones de elim inación por parte de los actores arm ados es uno de los aspectos relevantes8
En este sentido, en este trabajo m e pregunto por, ¿Cóm o enfrenta esta com unidad el dolor y el sufrim iento ligados a las pérdidas de la guerra?, ¿A través de qué prácticas socioculturales encuentran posibilidad de enunciar desde las
y, en donde adem ás m últiples agentes institucionales y saberes expertos m edian la trasm isión de las versiones de las víctim as; persisten aún espacios íntim os en los que las víctim as presentan y re-presentan desde su propio lenguaje e incluso desde gestos la form a particular com o adquiere sentido la experiencia de dolor en sus vidas. En algunos casos las versiones de la com unidad, contradicen las instaladas com o hegem ónicas sobre el suceso, dem o strando la incapacidad de éstas para contener la com plejidad de lo vivido.
8 Distintas etnografías realizadas en contextos de g uerra, dan cuenta d e este silencio im p uesto por
los regím enes d el terror Theidon (2006), Castillejos (2006) Feldm an (1995), N ord strom (1993) Das (2006), ésto s trab ajos p lantean las situaciones de am enaza que para las víctim as suscita el hacer uso de la palabra, cuando una de las acciones violentas q ue utilizan los actores arm ados para ejercer control sobre las poblaciones, es precisam ente ad m inistrar el habla a través de acciones de elim inación. La antropóloga Veena Das señala cóm o la condición d e em botam iento en el q ue el habla pued e ser peligrosa o im posible atestigua la violencia aniquiladora d el terror. “La caíd a en ese silencio no sólo es un sig no de estos p eriodos d e terror, sino tam bién p arte del m ism o terror” (Das:1995:35).
particularidades de su voz el hecho de la m asacre? ¿Cóm o enfrentan la trasm isión de ese tipo de acontecim ientos? ¿Cóm o expresan un conocim iento com partido del pasado inm ediato, lo sucedido en la m asacre, lo trasm iten y com unican?
En tanto, la narración de la experiencia de sufrim iento ocurre en un contexto relacional en el que los bellavisteños interactúan con los relatos y prácticas que producen actores arm ados, saberes expertos y agentes institucionales con el objetivo de trasm itir lo sucedido a una audiencia externa a la com unidad. Este trabajo se detiene en la reflexión sobre las representaciones del dolor que exponen las víctim as en las prácticas de sentido construidas para reconstruir su dignidad a partir del significado que el dolor adquiere en sus vidas, y a su vez, analiza la m anera com o éstas representaciones interactúan con los form atos y esquem as que utilizan los saberes exp ertos y los agentes institucionales para trasm itir lo sucedido.
Pese al alto interés que el tem a de la violencia ha suscitado en el am plio espectro de las ciencias sociales, son escasas las investigaciones que ubican a quienes han sufrido las consecuencias de los hechos violentos, com o sujetos que significan, actúan y responden al daño y a las situaciones inciertas, de sin sentido, de no saber que estos contextos de sufrim iento producen.
1.1 LAS CIEN CIAS SOCIALES EN EL ESTUD IO D EL SUFRIM IEN TO EN
LA GUERRA
El estudio de la guerra com o fenóm eno sociopolítico, cultural y económ ico ha sido am pliam ente trabajado por las ciencias sociales9
9 Actualm ente para el caso internacional las reflexiones sobre la violencia giran alred edor d e
aspectos com o, el carácter de las nuevas guerras (Kald or, 1999; W aldm ann, 1999); los efectos y las causas lig adas a éstas por el fenó m eno de la g lobalización, los conflictos id entitarios y territoriales (W ieviorka, Fazio, 2003), las prácticas d e terror y crueldad lig adas al ejercicio de la violencia (N ahoum -Grappe, 2000; Pécaut, 2001; Lair, Eric, 2003). Las reflexiones sobre el dolor y sufrim iento producido en estos contextos (Veena Das, 2000) y las propuestas de la llam ad a etnografía d e la guerra o la antropología de la violencia (N ord strom , 1995, 1997) que plantean una m irad a centrad a en las poblaciones que han sufrido los efectos directos.
, la investigación sobre el sufrim iento hum ano ocasionado en este escenario encuentra en occidente un punto álgido desde la década del ochenta, estim ulada por los debates realizados sobre la Segunda Guerra M undial y el exterm inio nazi. Huyssen (2000) nos recuerda que la intensificación del tem a tuvo que ver, entre otras cosas, “con la serie de cuadragésim os y quincuagésim os aniversarios de fuerte carga política y vasta
Para el caso colo m biano, la evidencia d e la m agnitud de población civil directam ente afectada por la violencia sociopolítica ubica d e m anera relevante trabajos sobre lo s m últiples im pactos ocasionados a las víctim as una vez ocurridos los hechos violentos, en diferentes ám bitos, social, cultural y psicológico, (Bello, 2000; Castaño, 1999; Oso rio, 2000; Castillejo, 1999, M eertens, 1999); en el político (Zuluag a, 2004; Vargas, 2004; Ro m ero, 2004, Blair, 1993); en el eco nóm ico (M achado, 2004; Fajardo, 2003); en los factores co yunturales y estructurales que lo g eneran (Reyes, 1987; Rubio,1995; Gónzales, Bolívar y Vázquez, 2003) y en el interés por el diseño de sistem as d e inform ación y atención que perm itan prevenir y m itigar los efecto s ocasionad os (N aranjo, 2004; Bello, 2003; Forero, 2004 Hernánd ez, 2004). Las reflexiones tienen que ver con los im pactos sufridos por la población en situación d e d esplazam iento forzado y las d inám icas q ue produce este fenóm eno en los contextos de recepción (Bello, 2001; N aranjo, 2004) así com o propuestas y cuestionam iento s desde diversas persp ectivas al rol que ejerce el Estado en estas circunstancias.
cobertura m ediática: el ascenso al poder de Hitler en 1893 y la infam e quem a de libros, recordados en 1993. La Kristallnacht, la N oche de los Cristales, el pogrom organizado contra los judíos alem anes en 1938, conm em orado públicam ente en 1988 (…) el fin de la Segunda Guerra en 1945, evocado en 1985 (…) y tam bién en 1995 con toda una serie de eventos internacionales en Europa y en Japón. En su m ayoría “aniversarios alem anes” (Huyssen:2000:14).
Los sucesos de la Seg unda Guerra M undial ponen de m anifiesto para Lyotard el fracaso de los dos grandes m etarrelatos legitim adores de la m odernidad: el m etarrelato de la em ancipación política y el m etarrelato de la racionalidad total. Para Lyotard el gran protagonista es el pueblo, el pueblo epistem ológicam ente ilustrado y el pueblo políticam ente em ancipado. Racionalización y em ancipación son las dos caras de una m ism a m oneda del m ism o relato legitim ador de occidente. En Auschwitzs se pone al desnudo la contradicción con el relato m oderno, porque allí lo que ha tenido lugar, de m anera sistem ática, aplicando todos los recursos de la racionalidad científica, es la industria del exterm inio.
La intensificación de la reflexividad sobre el holocausto nazi, universaliza este suceso ubicándolo com o m etáfora de otras historias traum áticas y de su m em oria. Esta universalización de la narrativa del holocausto contrasta con el silencio de occidente frente a la trata trasatlántica de esclavos africanos y el etnocidio generado en Am érica con num erosos pueblos indígenas desd e la ép oca colonial.
racionalidad de la ilustración, esta autora coincide así, con los planteam ientos de Enrique Dussel (1992). “Esta violencia se justificó con base en la supuesta m isión social de Europa, com o heraldo de la civilización en tierras no civilizadas. Así se llegó a eclipsar o “en-cubrir” (en vez de “d es-cubrir”) todo lo no europeo. Los pueblos aborígenes experim entaron la conquista com o el “fin del m undo”, y los sobrevivientes tuvieron que interpretar esta catástrofe con el recurso de sus visiones de m undo. Estos genocidios se realizaron con prácticas de violencia epistém ica que im plicaron la negación de la m em oria”. (Espinosa: 2007:275).
Los sucesos violentos que desencadenaron los genocidios m encionados dem uestran el im perativo del estudio del sufrim iento social en una época caracterizada por su devastadora presencia.
1.1.1 El sufrim iento social y la re-presentación pública del dolor
En el interrogante por los contextos que producen el sufrim iento social, Veena Das, Arthur Kleinm an y M argaret Lock en Social Suffering (1997) y W illiam Reddy en The
N avigation of Feeling (2001) cuestionan las ideas generalizadas sobre los
fenóm enos de violencia com o acontecim ientos opuestos o extraordinarios a las dinám icas denom inadas com o norm ales en el orden social, en este sentido, definen al sufrim iento social com o “el ensam blaje de problem as hum anos que tienen sus orígenes y consecuencias en las heridas devastadoras que las fuerzas sociales infligen a la experiencia hum ana, se refiere así, a diversas dim ensiones de la experiencia hum ana, incluida la salud, la m oral, la religión, la legalidad y el bienestar, y, resulta d e lo que los poderes po líticos, económ icos e institucionales le
hacen a la gente y, recíprocam ente de cóm o estas form as de poder influyen en las respuestas a los problem as sociales”.(Kleinm an, et al:1997:ix).
En tanto las acciones que producen sufrim iento en el orden social, están inscritas en las relaciones asim étricas de poder que estructuran el cam po de plausibilidad y acción social, es necesario para Das, encontrar y entender, aplicando una perspectiva subalterna, el repertorio de acciones posibles disponibles para los actores sociales, en particular para aquellos que se hallan en condiciones de subordinación y adem ás com prender cóm o las experiencias de sufrim iento son apropiadas por diversos actores sociales p ara usos políticos. Para la autora es necesario un acercam iento a las historias de sufrim iento que reconozca el cam po de asim etría en el que éstas se inscriben para así m ism o posibilitar la desnaturalización de los privilegios que los poderosos ostentan sustentados en el dolor de los subalternos10
En los contextos en los que se produce la violencia, incluido el de Bojayá, las acciones de intim id ación se articulan a las dinám icas cotidianas de las com unidades, transform ando y fragm entando el tejido social. La presencia de actores arm ados que ejecutan hechos violentos conlleva generalm ente nuevas regulaciones en el orden social del lugar. Los tiem pos y ritm os de la vida son transform ados en función de la dinám ica de seguridad im puesta, la producción y el
com ercio son regulados de acuerdo con los m ovim ientos de la guerra, las confianzas y las lealtad es entre los vecinos y am igos m uchas veces se fragm enta o se reduce por la constante sensación de peligro y am enaza que se produce en el entorno. Estas transform aciones fracturan las prácticas de coexistencia previas ideadas por la com unidad para habitar el m undo. La m uerte y el m iedo que se genera en una zona donde aparece la violencia, hace que los seres hum anos que las habitan configuren nuevas representaciones, así, com o resem anticen, tanto los lugares com o sus habitantes.11
En el contexto m encionado, las situaciones vividas por las com unidades constituyen lo que algunos teóricos definen com o traum a social. Para René Kaes (1991) “éste es el aniquilam iento (o la perversión) de los sistem as im aginarios y sim bólicos predispuestos en las instituciones sociales y transgeneracionales
12
11 Ver al respecto M ILLAN , Constanza (2002) Identidad Colectiva y desplazam iento forzado.
Universidad N acional d e Co lom bia. ASCUN .
. Enunciados fundam entales que regulan las representaciones com partidas, las prohibiciones, los contratos estructurantes, los lugares y funciones intersubjetivos. En esta perspectiva, com o Freud lo subrayó, las catástrofes sociales se diferencian de las catástrofes naturales porque las prim eras desagregan y dividen el cuerpo social, m ientras las seg undas lo solidarizan”. (Kaes:1991:144).
12 El traum a p síquico en cam bio se produce cuando las m odalid ades hab ituales em p leadas p ara
tratar la negatividad inherente a la experiencia traum ática se m uestran insuficientes, esp ecialm ente cuando no pueden ser utilizadas por el sujeto debido a cualidad es particulares d e la relación entre la realidad traum ática interna y el m edio am biente (Kaes:1991:142)
Com o producto de una transform ación radical, el traum a social, tiene que ver con la experiencia vivida por un colectivo de eventos que rebasan lo conocido previam ente, generan crisis de sentido al desestabilizar las categorías de pensam iento históricas desde las cuales son previstas situaciones y acciones, estas crisis conducen al desencadenam iento de la duda sobre el m undo dado por supuesto. Entonces, siguiendo a Das (1995) lo que caracteriza un acontecim iento traum ático no se define tanto por el final del consenso social, no por la destrucción de la com unidad, sino por la desaparición de criterios.
Adem ás de lo anterior, la contundencia del cam bio que plantean los acontecim ientos traum áticos conlleva a que éstos se conviertan en referente de los proyectos de futuro y de presente de una com unidad. “El acontecim iento presenta un carácter inacabado evidente en su contundente capacidad para proyectarse a futuros presentes y convertirse en un referente ineludible, de tal m anera que los grandes proyectos colectivos del m om ento necesitan legitim arse a partir de él (…) N o es solo el pasado el que tiene un carácter indeterm inado. El presente tam bién se convierte en el lugar en el cual los elem entos del pasado que fueron rechazados –en el sentido de que no fueron integrados en una com prensión estable del pasado- pueden repentinam ente asediar el m undo con la m ism a insistencia y obstinación con que lo real agujerea lo sim bó lico (Das:1995: 134).
Para el caso de Bojayá el carácter inacabado del acontecim iento, incide en la relación que m antienen los bellavisteños con lo que constituye su pasado y con la apropiación que hacen del presente y del futuro. De esta m anera com o verem os, se
disputa, en el que se ponen en juego sentidos para esclarecer, recuerdos por defender, olvidos que traer o legados que operan de m anera silenciosa.
Com o cam po de disputa, la narración del acontecim iento, aparece señalando las diversas representacio nes del dolor que crean, apropian y exponen, quiénes hacen parte del contexto relacional en el que éste sucede. Com o parte de este contexto encontram os, las prácticas de sentido construidas por los sufrientes para reconstituir su dignidad a partir del significado que el dolor adquiere en sus vidas, el papel que cum plen quiénes generan directam ente el dolor, los victim arios, el que cum plen los agentes profesionales expertos de las instituciones, en la adm inistración, apropiación, distribución y contestación del dolor.
Los sufrientes desarrollan prácticas íntim as, sim bólicas y subjetivas para hallarle sentido al suceso vivido. La versión propia del acontecim iento no desaparece pese a que los agresores nieguen la hum anidad de sus víctim as y los dispositivos institucionales y d e sab eres expertos silencien sus voces.
En el caso de Bojayá subsisten espacios íntim os de la com unidad local en dónde ésta m aterializa el sentido que ha dado al pasado, lo re-presenta y lo incorpora al presente. En estas prácticas los bellavisteños articulan distintos registros en los que em erge el dolor, rehabitan el m undo y hacen visible una posición propia frente al contexto. En esta posición ironizan las categorías usadas en las versiones del hecho que aparecen com o hegem ónicas, negocian con estas y las trasform an.
Los agresores por su parte en la re-presentación que hacen del dolor legitim an los hechos que lo producen com o resultados inevitables frente a las acciones de
guerra. Los saberes expertos e institucionales que atienden el dolor, re-presentan éste d esde m ecanism os que les perm iten p enetrar los recesos m ás íntim os de la población afectada y adm inistrar, de m anera m ás eficaz, el potencial de vida de todos esos cuerpos13
Las tensiones evidentes en la narración del acontecim iento violento cuestionan tanto, por las posibilid ades que la com unicación del dolor brinda para reconstruir nuevas relaciones sociales, com o por los m ecanism os de silenciam iento o no que existen sobre la voz del sufriente, estos cuestionam ientos nos rem iten a la reflexión sobre el cam po de constitución de la m em oria colectiva.
. Por otro lado, los saberes expertos generan una narrativa técnica sobre el sufrim iento que tiende a expropiar la experiencia personal del sufrim iento a través de m ecanism os retóricos e institucionales que sustituyen la autoridad de la víctim a sobre su propio dolor, de esta m anera distorsionan el m undo m oral de la com unidad y legitim an su propio discurso profesional.
1.1.2 La m em oria colectiva en la tram itación del dolor
La literatura existente sobre el concepto de m em oria colectiva de hechos del pasado coincide en q ue la particular form a que adquiere esta práctica en cada com unidad tiene que ver con la m anera com o una sociedad em prende su sentido de futuro. “La m em oria no es todo el pasado, pero ella es todo lo que del pasado
continua viviendo en nosotros com o producto de una experiencia directa, por trasm isión fam iliar, social o política” (Barret-Ducroq 1998). Las sociedades necesitan un pasado que les perm ita reconocerse a sí m ism as en la continuidad histórica y m antener interés en el futuro. “La m em oria colectiva no se ejerce m ás que re-ligada a un pasado concreto, en un cam po sim bólico determ inado, que m odela el pasado y lo religa a las experiencias del presente y a las aspiraciones del futuro”. (Blair:2002:25).
En la m edida en que la m em oria provee un repertorio de significados y sentidos que perm iten que los sujetos se reconozcan y se identifiquen com o actores por lo que hicieron o por lo que pueden hacer, constituye identidad. “En el plano m ás profundo, el de las m ediaciones sim bólicas d e la acción, la m em oria es incorporada a la constitución de la identidad a través de la función narrativa. Y com o la configuración de la tram a de los personajes del relato se realiza al m ism o tiem po que de la historia narrada, la configuración narrativa contribuye a m odelar la identidad de los protagonistas de la acción, al m ism o tiem po que los contornos de la propia acción” (Ricoeur:2004:115).
Los trabajos sobre m em oria, m uestran tam bién cóm o esta práctica expresa una tensión entre recuerdo y olvido. Jesús M artin Barbero plantea com o, no todo el pasado es recordado, tam bién se olvida por necesidad, no es posible recordarlo todo. La propuesta de Barbero (1998) se dirige entonces a dos tareas que debería em prender la m em oria: “la prim era es deshacer aquellas cicatrices que cubrieron las heridas sin curarlas, es decir, desm ontar la farsa con que se recubrió lo que dolía sin curarse en realidad, y, la segunda, es evocar y celebrar la m em oria de la
sim bólica de nuestros olvidos, tanto en lo que ellos contienen de razones de nuestras violencias co m o de m otivos de nuestras esp eranzas” (Barbero:1998:10). En esta perspectiva, el ejercicio de la m em oria es potencialidad para el enriquecim iento de la identidad social, un derecho y una posibilidad de reclam ar un vínculo social constitutivo con los ancestros y con aquellos que han sufrido a causa de un crim en.
Veena Das (2003) al reconocer la articulación de las narrativas de la m em oria con la form a particular que adquiere una identidad colectiva en una sociedad, se pregunta por ¿cóm o hablar del pasado sin form ar una com unidad de resentim iento?. En esta línea de reflexión la autora encuentra que el énfasis en el sufrim iento de las víctim as en una narrativa repetitiva de m em oria hace difícil reconocer el pasado y por lo tanto, com prom eterse con la creación de sí en el presente.
Portocarrero (2004) coincide con el planteam iento de Das, a este tipo de narración del pasado lo denom ina, m em oria herida, es decir, el privilegio de una narrativa m elancólica, m inuciosa de los agravios y dirigida a la venganza, ubicada en la prisión del dolor que im pide ver a los otros, lo que se constituye en la realidad un duelo sin térm ino.
Desde una narrativa de m em oria herida, en un contexto de disputa por la versión “verdadera” de un acontecim iento traum ático, nos podem os hallar fácilm ente con una m em oria que se instrum entaliza indistintam ente para presionar la dom inación
im ponen a los m ás débiles. Son situaciones en que ocurre un falseam iento de la verdad histórica, puesto que se traiciona la experiencia vivida por diversas com unidades, de m odo que los vencedores prolonguen la violencia a través de relatos oficiales que pretenden arraigarse com o verdad en el orden subjetivo de la convivencia hum ana (...) esa m em oria m inuciosa de los agravios que se dirig e a m otivar la venganza es, en últim a instancia, un som etim iento al pasado: Es una m em oria que no libera sino que aprisiona; que no eleva el pasado, sino que degrada el presente. (Lerner:2004:348)
Sin em bargo, para sociedades que han estado som etidas a crím enes de lesa hum anidad, Das plantea, que el resentim iento puede ser visto com o el destino inevitable de un intento por enfrentar el problem a del sufrim iento y la reparación. Pero la apuesta para Das (2003) y Lerner (2004) es que en el intento de reparación del sufrim iento, la práctica de la m em oria no paralice el tiem po de las víctim as y sobrevivientes, que el tiem po continúe su trabajo. Esto es una práctica desd e una m em oria ética, definida por Lerner com o "Una m em oria ejercida desde nuestra radical e inalienable libertad. Así, toda rem em oración ha de ser un m ovim iento deliberado de nuestra conciencia: elegim os recordar y, una vez que hem os hecho esa elección, nuestros recuerdos com parecen ante nosotros en consonancia con las solicitaciones de nuestra identidad. Esa m em oria ética será, pues un acto de encuentro y no de aislam iento de integración y no de exclusión, y estará anim ada, en prim er lugar, por el principio de reconocim iento" (Lerner: 2004:349)
1.1.3 La m em oria afrodescendiente
Las prácticas para la tram itación del dolor realizadas por la gente de Bellavista víctim a de la m asacre, nos pone de presente interrogantes relacionados con las particularidades que adquiere la m em oria en una población afrodescendiente, subalternizada históricam ente por la sociedad hegem ónica, a partir de la im posición de la institución de la esclavitud y de la trata negrera desde la colonia.
Para esta población la m em oria está relacionada con la experiencia de un pasado hecho de esclavitud, en el que la violencia de la im posición de esta institución im plicó que las víctim as fueran obligadas a vivir en un lugar de no-m em oria. La dom inación, se tradujo en violencia epistém ica destruyendo las antiguas estructuras de pertenencia africana y adem ás se hizo concom itante a la fragm entación y dispersión forzosa de pueblos y fam ilias en el territorio am ericano. La violencia epistém ica definida por Spivak (1994) com o la alteración, negación y, en casos extrem os com o las colonizaciones, hasta extinción de los significados de la vida cotidiana, jurídica y sim bólica de individuos y grupos, es una form a de invisibilizar al otro arrebatándole su posibilidad de representación.
Es de resaltar que el estudio antropológico de la m em oria so bre los grupos afrodescendientes y negros, se ha ubicado desde dos corrientes de análisis. Una que plantea que la experiencia, el m odo de ser de los grupos negros se constituye a partir de una especie de olvido, en el cam po de lo explícito, de la institución de la esclavitud y de la herencia africana. Losonczy, su principal exponente argum enta
evidentes sobre todo en los cuentos orales, la m úsica, la danza y los gestos- en un conjunto de creencias que nacen de la bisagra del catolicism o hispánico.
El m odo de ser negro según la autora se constituye a partir de violentas discontinuidades históricas. Dicha identidad, lejos de centrarse necesariam ente en un referente étnico pasado o presente y reivindicando m uy pocas veces la historia com ún de la esclavitud, se constituiría precisam ente –con territorio com partido o sin él -alred edor de una estrategia subyacente sistem ática y reorganizadora de m ateriales culturales exógenos, cuyo resultado son las identidades en crisol con fronteras abiertas y m óviles. Las poblaciones negras integran de m anera inconsciente los elem entos dispersos y fragm entados de la herencia africana con otros legados de p oblaciones vecinas, indígenas, m estizas o tam bién del catolicism o. En este sentido, la creación y recreación de la tradición en la m em oria negra, será resultado de la disyunción y el olvido, com o de la conjunción y la continuidad.
Esta perspectiva de com prensión sobre la m em oria negra es contraria a la fidelidad y al carácter repetitivo valores-signo que todavía se atribuyen con dem asiada frecuencia a los conceptos de m em oria y tradición. Por ende, es lícito pensar que tal estrategia im plica unas m odalidades particulares de m em oria colectiva que la fundam entan y la alim entan. (Losonczy:1999:14). De esta m anera, la identidad constituida en crisol, es lo que ha posibilitado a los grupos negros, la creación y re-creación perm anente en los territorios de habitación.
invisibilidad que estas gentes tenían para el discurso académ ico, quienes representan esta perspectiva son N ina de Friedem an y Jaim e Arocha. Una de las categorías notoriam ente utilizadas aquí es la de huellas de africanía. Oscar Alm ario (1996) plantea que para Friedem an y Arocha, en el encuentro de los esclavos negros con la cultura blanca europea sobrevivieron orientaciones cognitivas de aquellos, que constituyeron las huellas de africanía, elem ento decisivo sobre el que se produjo el proceso de adaptación y creación cultural de los africanos a las nuevas condiciones históricas en Am érica. De esta m anera, y basados en Gregory Bateson, las pervivencias que generan una reintegración étnica provienen de procesos prim arios y cadenas iconográficas del inconsciente reproducidas a través del hábito (Restrepo, 1996). Pero tam bién las huellas de africanía se refieren a procesos creativos de los africanos en Am érica, con lo que se fortalece la búsqueda de visibilización de un negro invisibilizado (Friedem ann, 1993; Arocha, 1992, M aya, 1993). Asim ism o, las huellas de africanía están soportadas en el sujeto y la em oción com o factores del nuevo conocim iento científico. Esta perspectiva se encuentra en “Críele, críele son: del Pacífico negro” (Friedem ann, 1989) y en el laboratorio de investigación social en el Baudó (Arocha, 1993). Las huellas de africanía posibilitan a los grupos negros la invención frente a contextos inciertos, esta creatividad sociohistórica, Jaim e Arocha la denom inó “bricolaje de los negros”.
Am bas corrientes coinciden, en que las m em orias negras y afrodescendientes se caracterizan por presentar tram as entre lo dicho y lo no dicho, lo explícito y lo im plícito, lo fragm entario y lo plural.
en la práctica y la exégesis de los rituales es planteado el origen africano y el de la esclavitud. Sin em bargo, en el cam po de lo dicho y lo no dicho, en lo sugerente, se encuentran en las cerem onias colectivas en torno a los m uertos y a los santos huellas de la herencia africana, no reconocidas com o tal; ellas a la vez integradas en un tejido ritual que proviene del catolicism o popular hispánico y está m arcado con el sello del sistem a cham ánico de los vecinos indígenas em bera, para el caso del Chocó. Los tiem pos poscoloniales de fundación de las com unidades ribereñas negrochocoanas, viven en los relatos genealógicos e “históricos que se trasm iten dentro del grupo fam iliar, m ientras que la esclavitud, cubierta por una am nesia colectiva m asiva, m arca con su huella inversa el térm ino de autodefinición de los habitantes negros de toda la región, en oposición a los “blancos” y a los indígenas: se denom inan libres. Losonczy (1999:15)
Para los grupos negros, según Losonczy, la m em oria explícita, es precisa en el tiem po poscolonial de la fundación de las com unidades ribereñas, los procesos de poblam iento de las com unidades generalm ente son relatados con lujo de detalles. La autodenom inación colectiva negrocolom biana de libres –que los interesados com entan evocando la gran m ovilidad regional de siem pre de las fam ilias y los individuos- se inscribe paradójicam ente en la huella de una esclavitud cuyo recuerdo explícito se ha borrado.
Entre lo explícito y lo im plícito, la m em oria negra, para Losonczy, hace evidente lo plural de su constitución. En esta m em oria las diversas tem poralidades se yuxtaponen y se articulan con prácticas que se alim entan de las diversas interacciones que establecen durante su historia con grupos culturales diversos. La
católicos, indígenas, se halla habitada por el olvido. Y es según Losonczy, alrededor del olvido que los grupos negrocolom bianos han construido una tem poralidad propia, en la que fluye el paso de lo im plícito a lo explícito y a la huella y tam bién perm ite encajar el continuo de m em oria, vista ésta com o un conjunto de m ecanism os de reproducción y de invención de la tradición. El m odo discontinuo de la m em oria negra que parece constituirse sobre el olvido m asivo de acontecim ientos y de tradiciones, aparece com o condición y fundam ento de la capacidad de iniciativa sincrética de la constante reinvención intercultural de sí.
Claudia M osquera (2007) coincide con Losonczy al plantear que en Colom bia no existe un relato oral im portante sobre el acontecim iento traum ático de la esclavitud, caso que contrasta con la experiencia brasilera y cubana. Es evidente tam bién para esta autora la existencia de los retazos de recuerdos sobre el acontecim iento, lo que Losonczy denom ina “regím enes de m em oria dispersa y discontinua”. Para M osquera, sin em bargo y pese a lo fragm entaria de la m em oria del dolor de la esclavitud, el vacío realm ente está en las expresiones activas de esta m em oria a nivel político y reivindicativo que expresen la voz de los esclavos y sus descendientes frente a la historia oficialista d e esta institución colonial.
La ausencia de una conciencia étnica por parte de los afrodescendientes y negros que se sustenta en el olvido de la institución de la esclavitud requiere una m irada crítica al proceso histó rico en el que se m anifiesta este silencio. M osquera retom a los planteam ientos de Alm ario (2003) para explicar esta situación. Oscar Alm ario, explica este vacío por el papel desem peñado por la Iglesia Cató lica: durante el
sobreexplotación de las poblaciones autóctonas y de los esclavizados africanos. (Alm ario 2001:27)
En tanto fueron com unes las prácticas d e violencia epistém ica durante la colonia, los grupos africanos recién llegados a Colom bia, poco pudieron construir una definición de sí propia. De lo que sí debieron asirse fue del sentido de distinción y diferencia que iba m ás allá de las com unidades locales:
“La religiosidad popular debió ser el instrum ento o m edio fundam ental para dotar a estos grupos negros de un sentido de identidad m ás am plio que el río, de lugar y de las fam ilias fundadoras. En este contexto, año tras año, los ciclos de la vida cotidiana –la form ación de fam ilia (nuclear y la extendida), los nacim ientos y la m uerte –eran ritualizados con celebraciones religiosas com o las fiestas patronales, las de N avidad y Sem ana Santa, con la finalidad de reafirm ar la etnicidad y la identidad. La difusa ancestralidad africana debió ser ritualizada tam bién, perviviendo en distintos saberes y prácticas cada vez m ás selectivas, pero sobre todo en la m úsica y los cantos, eso sí colectivam ente com partidos, en los cuales la em blem ática m arim ba y sus evocadores tonos oficiaban de resonancia de la M em oria. En estas condiciones, ya que no podían definirse com o descendientes de africanos por el tem or de ser excluidos, por lo m enos pudieron sentirse com o renacientes de sí m ism os, reproduciendo a escala hum ana el ciclo sobrenatural de nacim iento, m uerte y resurrección de Jesucristo. Aunque para ser plenam ente consientes tuvieran que esperar otras etapas de su trayecto étnico” (Alm ario 2001:27)
Una de las huellas que dejó la experiencia colonial fue la de la ausencia de un relato com partido sobre el dolor de la esclavitud. Sin em bargo, la capacidad de una identidad en crisol desde la perspectiva de Losonczy o el bricolaje desde Arocha facilitó la existencia de prácticas que expresan recuerdos no explícitos sobre esta experiencia, que para M osquera (2007) son recuerdos alternos, m uchas veces disidentes. En este sentido, ubicarse en el análisis d e la m em oria desde la perspectiva de la particularidad del sujeto histórico afrodescendiente, obliga a tom ar en cuenta tanto los relatos explícitos por estas gentes com o los recuerdos fragm entados del dolor que operan desde el m ism o seno de la sociedad, a veces sin que ella m ism a lo sepa.
En esta perspectiva, este trabajo se ubica en la búsqueda de entender el m odo en que la guerra actual im pacta a un grupo de afrodescendientes, la m anera com o desde la perspectiva de los sufrientes, padecen la violencia, la com unican, negocian y rehabitan el m undo que ha sido horrorizado.
Com o verem os, en el caso de la m asacre, el m undo del horror en la m em oria de la com unidad, es el de la desconexión, de la duda sobre los referentes que han surgido de la propia epistem ología y práctica social. En las condiciones asim étricas de poder que son evidentes en el escenario en el que ocurre la m asacre, la com unidad encuentra en el canto, una posibilidad de desahogar el dolor, re-narrarse y reinscribirse en un contexto que ha conducido a la fragm entación y a la disyunción. El recurso del canto para la com unidad se convierte en una práctica plausible para la m em oria en el contexto de violencia. El canto articula tanto
en el cuerpo individual y colectivo de la com unidad, com o prácticas de otros con los que la com unidad interactúa luego de la m asacre.
1.2 D EL CÓM O FUE EL ACERCAM IEN TO A BOJAYÁ
Este trabajo de acercam iento a los procesos de búsqueda de sentido que realizan quienes sufrieron la m asacre de Bojayá y la m anera com o apropian este suceso en su realidad para continuar la vida en un contexto en el que aún se desarrolla la violencia sociopolítica, surge a partir de varios intereses.
El de facilitar a través de éste escrito, el reco nocim iento desde el p ropio lugar de enunciación de los protagonistas del suceso, las prácticas que han creado para enunciar el acontecim iento y trasm itir un conocim iento com partido del pasado inm ediato, lo sucedido en la m asacre.
El de continuar el trabajo investigativo que vengo realizando desde 1998 con población que ha sido víctim a del conflicto arm ado, particularm ente luego del Trabajo de grado que realicé con Edna Gil para optar al título de trabajadora social en la Universidad N acional de Colom bia. En ese texto se recogió la experiencia vivida por un grupo de fam ilias desplazadas del m unicipio de Rioblanco, sur del Tolim a14
14 Trabajo publicado por la Asociación Colo m biana de Universidad es ASCUN , la Universid ad
N acional de Colo m bia y la Organización Internacional para las M igraciones, en diciem bre d e 2002 . Allí, adem ás de plantear los im pactos del desplazam iento, fueron recogidas las prácticas, estrategias y valores sobre los cuáles estas fam ilias
sustentaron el proceso colectivo que les perm itió continuar unidas durante cinco años deam bulando por el país, p ese a las vicisitudes del desplazam iento forzado.
El trabajo realizado com o estudiante del departam ento de trabajo social con los relatos que sobre el desplazam iento forzado han construido niños y jóvenes que llegaron en esta situación al m unicipio de Soacha en el periodo 1998-200015
El trabajo de acom pañam iento psicosocial a niños, niñas y jóvenes víctim as d el conflicto arm ado, realizado durante dos años 2000-2002 en la región de Villavicencio, Barrancaberm eja y Cúcuta.
.
Para el caso de este escrito, recojo de m anera particular la experiencia que obtuve en la zona a través del proyecto de investig ación y acom pañam iento psicosocial, publicado en el año 2005 con el título “Bojayá, m em oria y río, Violencia política,
daño y reparación” realizado por la Universidad N acional de Colom bia y financiado
por Colciencias. Los resultados del trabajo, perm itieron identificar los contextos sociopolíticos-económ icos que originan el conflicto arm ado en la región, reconocer los im pactos de la m asacre en distintos ám bitos, individual, fam iliar y colectivo y así m ism o reconocer las historias particulares de quienes fueron testigo s del suceso.
Las reflexiones que se consignan en este docum ento se elaboran con base en una observación activa realizada en el m unicipio de Bojayá desde diciem bre de 2002, a
través de diversas tem poradas en cam po. Una inicial de cuatro m eses, en el prim er sem estre de 2003, posteriorm ente fueron realizados viajes con periodos de estadía de 10 a 15 d ías. El proceso de acercam iento a la zona fue registrado en diarios de cam po, 30 entrevistas en profundidad a m ujeres, niños, jóvenes, hom bres, líderes de la com unidad y funcionarios institucionales que hacen presencia en la zona, tam bién fueron realizadas algunas entrevistas con personas de Bojayá que llegaron a Bogotá. Durante el periodo 2002-2006 participé en el diario transcurrir de la com unidad, asistí a los eventos de conm em oración que año tras año se hacen con objeto de la m asacre, igualm ente asistí a algunos audiencias realizadas por funcionarios institucionales sobre el caso de Bojayá, tanto en Bellavista, com o en Quibdó y Bogotá.
El proceso m etodológico diseñado para realizar esta investigación, im plicó varios retos. Unos relacionados con el contexto de conflicto arm ado en la región y otros, con el ejercicio de escritura de la m em oria que trasm iten los Bellavisteños a través de un form ato oral dinám ico que se reconstruye perm anente, el canto.
Para la com prensión del prim er reto señalad o relataré a continuación, el cóm o fue el acercam iento a Bojayá.
El prim er encuentro
Arribé por fin al m unicipio de Bojayá el 20 de febrero del año 2003, luego de nueve horas de viaje por el río Atrato, en un bote con m otor punto nueve que nos facilitó la Organización cam pesina de la región, COCOM ACIA. Previo al viaje fue necesario realizar varias conversaciones en Quibdó con representantes de la Pastoral Social de la Iglesia Católica, la Organización Cam pesina del M edio Atrato COCOM ACIA, La organización Em bera W ounaan y la Oficina del Alto Com isionado de las N aciones Unidas para los Refugiados ACN UR, la entrevista con estas personas fue un paso necesario para obtener un prim er aval de ingreso a la región del M edio Atrato. Las conversaciones en Quibdó giraron en su m ayoría haciendo las recom endaciones necesarias para el viaje por río, varias de éstas aludían a la necesidad de contar con el acom pañam iento de una organización legítim a que tuviera la capacidad de interlocutar con los actores arm ados con los que m e iba a encontrar en el recorrido. Tener esta capacidad, según lo com entaban los distintos representantes de las organizaciones sociales, im plicaba po seer varios atributos, entre los cuales estaban: no generar la sospecha en los arm ados de ser aliado del bando contrario, cualidad que podría cum plir un religioso o m isionero de la Iglesia Católica y/ o líder de las organizaciones de base de la región, COCOM ACIA y OREW A quienes contaban con el acom pañam iento de la Diócesis de Quibdó. Poder reconocer a quién pertenecen los distintos retenes que aparecen súbitam ente en el río controlando el m ovim iento, Saber utilizar los códigos apropiados para no despertar la suspicacia que haga poner en peligro la vida. H ablar con precisión, de m anera fuerte, clara y corta frente a las preguntas que realicen los arm ados, de tal m anera, com o lo expresó uno de los líderes de
COCOM ACIA, “que al hablar no se resbale el m iedo que haga tem blar y generar la
duda en el arm ado “de que algo se debe”.
Luego de largas delib eraciones con la Junta Directiva de COCOM ACIA, se decide que quien nos “entrará”16
En la ruta hacia Bellavista nos encontram os con cuatro retenes, éstos eran para m í casi im perceptibles, m e enteraba que habíam os llegado a alg uno cuando Elín dism inuía la velocidad del m otor y sigilosam ente se acercaba a la orilla, a veces, según él, ellos solo quieren observar quiénes van, porque parecen identificar si uno debe algo por la cara que pone . Cuando llegam os al prim er retén, Elín apaga el m otor del bote y lo orienta a la orilla, al com ienzo no entendía lo que pasaba en la zona será Elín, un afrochocoano nacido en el m unicipio de Bojayá. Era él el autorizado para conducirnos por el río hacia Bellavista. Durante las nueve horas de recorrido solo encontram os tres em barcaciones, lo cual llevó a Elín a com entar sobre cóm o veía “quieto” y “solo” el río ahora. Según su testim onio antes del 97 el río si estaba “vivo”, en las orillas había gente viendo pasar los botes plataneros y los barcos que recorrían la ruta Quibdó-Turbo-Cartagena. Com entó cóm o a partir de abril de 2002 el río se “aquietó”, en ese m es, le tocó subir con un com pañero a Quibdó e ir a denunciar a los actores arm ados que habían retenido un bote con la com ida de la tienda com unitaria, en esa ocasión tuvo que pasar cuatro retenes que según él no se sabía a quién vigilaban “si la gente no se m ovía”.
porque la presencia de los actores arm ados no era evidente, no había ninguna señal distinguible. Elín com enta que uno se entera de la ubicación de los retenes porque se ve el m onte cam biado, hay com o m ás silencio. Una vez llegam os a la orilla, el desplazam iento del bote es m uy lento, sabem os que nos observan pero no ubicam os quién, ni dónde está exactam ente, luego de unos m inutos, del m onte em erge un joven de unos aproxim ados 16 años. El joven nos observa con una m irada fría y penetrante, nos pide los docum entos de identidad y nos pregunta sobre quiénes som os, Elín contesta y dice que trabajam os con la Diócesis de Quibdó y con COCOM ACIA, no dice nada m ás. El joven nos observa tratando de verificar en nuestros rostros la veracidad de las palabras de Elín, sube al bote, observa algunas de las m aletas que llevam os y nos deja seguir. Entendim os luego que las palabras pronunciadas por Elín se constituían en el pasaporte para la m ovilización por la zona.
Eran aproxim adam ente las cinco de la tarde y aún nos faltaba un largo trayecto, a esa altura del viaje podíam os calcular ya que la llegada a Bellavista iba a exceder la hora restringida por la fuerza pública para transitar por el río, las 6 p.m . Elín decide asum ir el riesgo y co ntinuar, dado el agotam iento que llevam os. El cálculo del tiem po de viaje fue rebasado por las paradas que tuvim os que realizar en cada retén. Según lo acostum brado, transitar en la oscuridad requería la luz para que pudiéram os ser identificados por los vigías del río, era necesario alum brar cuando una em ergencia, com o el transporte de un enferm o, obligaba a transitar en la noche.
m anifestó desconocer quiénes éram os, pese a que ya nos habíam os registrado en el com ando de Policía en Quibdó y habíam os pasado dos retenes de la m ism a institución donde Elín había dado la explicación pertinente. Llegam os en la oscuridad total, esa noche la luz de la luna fue tenue por las nubes que la cubrían, sobre las casas de la orilla de vez en cuando pequeñas velas alum braban la penum bra. Cuidadosam ente nos acercam os al puerto tratando de no perturbar el silencio reinante. De pronto un estrepitoso ruido em erge del río, luces intensas alum bran nuestros rostros, se acerca un barco gris, su paso d a vuelta a las em barcaciones de la población que sutilm ente están sujetas a la orilla para evitar que la corriente del río las arrastre, lo que se acerca es lo que los pobladores denom inan una piraña. La población sale al puerto a observar lo que sucede, Elín corre a buscar al Padre Antún para anunciarle nuestra llegada y la situación que nos sucede en el puerto.
Antún, es el Párroco de la zona, un hom bre joven, afrodescendiente, alto, que presenció la m asacre ocurrida en m ayo de 2002, él inm ediatam ente entra en contacto con el teniente y le explica el m o tivo de nuestra visita, despejadas las dudas debem os ahora ingresar al poblado.
Llegar en la oscuridad a un pueblo del que habíam os oído por la existencia de num erosos m uertos que no habían sido enterrados por los sucesos ocurridos durante la m asacre del 2002 fue una experiencia que retó el propio m iedo. M ientras nos trasladam os al lugar de hospedaje, M inelia, la “loca del pueblo”, nos saluda y cam ina al lado nuestro, sin que le preguntem os habla de los sucesos del 2
Cuando iniciam os nuestro trabajo de investigación en el pueblo la desconfianza era el lente a través del cual se veían nuestras acciones y propósitos com o Universidad y com o institución, las prim eras conversaciones que pudim os intercam biar con algunos integrantes del equipo m isionero, con las herm anas agustinas m isioneras, con personal del centro de salud y pobladores enunciaban palabras de frustración frente a los procesos de intervención institucional vividos "después de lo ocurrido
estam os peor, las ayudas no llegan y eso que todo el m undo supo lo que nos paso (...) el Gobierno nos dijo que iba a invertir m uchos m illones en proyectos, en trabajo, en casas nuevas, en el colegio, en la escuela y, no vem os que eso se cum pla tam poco, m uchos intentan ayudarnos desde que estuvim os en Quibdó pero las ayudas de unos y otros se tropiezan entre sí, se pisan, com piten y al final esto se volvió una calentura y un desorden (M ujer adulta en Bellavista, enero de 2003)”17
El proceso m etodológico de la investigación en Bojayá se desarrolla entonces, en un contexto social en el que el conflicto arm ado m arca de m anera im portante las relaciones que allí se establecen. El peligro, la am enaza, una gran incertidum bre y cam bios vertiginosos que afectan a residentes, extraños, dom inadores y dom inados. La sospecha del otro y de los otros, es parte inherente a los m ecanism os de relacionam iento que perm iten tom arle el pulso cotidianam ente a la situación y, por supuesto, a las estrategias de supervivencia.
17 Diario de cam po, febrero 2003
En el trabajo de cam po, la escucha de los relatos de las víctim as y la interacción en el contexto de am edrentam iento, se entrecruza con los propios tem ores sobre lo que desencadena contener los saberes íntim os de las víctim as sobre lo que sucede. Culpa e im potencia por no poder transform ar lo que genera tanto dolor en quién confía en relatarlo, por el ser testigos de hechos de violencia y sentirse a veces com o “fotógrafos” que retratan derrum bes.
Estos cuestionam ientos, retan tanto el diseño m etodológico, en su carácter procedim ental, com o en su enfoque, en este sentido, se tuvieron en cuenta los siguientes criterios en la investigación:
Una convergencia ética en la construcción de conocim iento pertinente. Es decir, proponer en interacción con diversos sujetos de la com unidad, conocim iento que perm ita autorreconocerse en la propia realidad e incidir en la trasform ación de condiciones expuestas com o problem áticas por los propios actores involucrados en la situación. Este es un conocim iento que perm ite generar discurso y sím bolos que repercuten en lo político para transform ar condiciones asim étricas de poder.
Un conocim iento que asum e el desarrollo de una perspectiva reflexiva, en la que el investigador asum e de m anera autoconsciente, cóm o construye las representaciones de la realidad que estudia, cóm o asum e su lugar de enunciación. Desde esta reflexividad, el reto se constituyó en construir dialógicam ente diversos ám bitos de enunciación en donde los sujetos investigado e investigador se
responden a la localización del conocim iento particular y no a la im portación de lo universal com o plantilla interpretativa.
Siguiendo esta reflexió n, el prim er reto para este estudio etnográfico tuvo que ver con el cóm o se constituye la investigación en un proceso reflexivo que se conecta con los espacios y prácticas de agencia creados por los sujetos involucrados. En este contexto, las narrativas producto de la etnografía, proponen perm itir alternativas de acción en la que los sujetos se reconocen potencialm ente en un m undo lleno de fragm entaciones, extrañezas e indelebles. N o se trata, por tanto, de explicar el Sujeto. M ás bien, de preparar el espacio discursivo donde este se constituye com o tal; de situarse en un ángulo interpretativo concreto desde donde sea posible dialogar con él.
Por cuanto el proyecto involucró los criterios anteriorm ente señalados y adem ás por el carácter de doble form ación de la investigadora, trabajadora social y antropóloga se consideró procedente, una m etodología que involucre tanto un carácter de reconocim iento de las d inám icas colectivas que desarrollan los sujetos con los que se trabajó com o el reconocim iento de la m anera com o en el proceso, em ergen espacios que le perm iten a los sujetos involucrados asum ir su agencia frente al entorno que viven, en este sentido tanto el m étodo com o los instrum entos obedecen a este doble propósito.
Por otro lado, el segundo reto m encionado, tuvo que ver con el ejercicio de escritura de una m em oria con un fuerte arraigo en lo oral y en un contexto com plejo de encuentros y desencuentros entre diversos agentes, organizaciones
sentido, se hizo necesario com prender los procesos de intercam bio y m utua apropiación de repertorios culturales entre los bellavisteños y los diversos agentes m ediadores en el testim onio de las víctim as. De esta m anera, en la interacción que se desarrolla en el ir y venir de una m em oria en disputa, este docum ento se torna en una fuente m ás de referencia en la reconstrucción perm anente de la m em oria colectiva de la com unidad, refleja en últim a instancia, una m irada sobre la m em oria colectiva de esta población.
El docum ento tam bién recoge las discusiones y reflexiones del trabajo acerca de: las tensiones, m iedos, confrontaciones, dilem as éticos y lo s innum erables cuestionam ientos que surgen frente al papel de los profesionales, de las universidades y de la investigación en la construcción de escenarios que perm itan enfrentar y afrontar el sufrim iento que se produce en la guerra.
El texto invita al lector a involucrarse con la realidad de lo acontecido en Bojayá, a través, de los siguientes capítulos:
El prim ero, se denom ina “D e la Vista-Bella al Se-Verá” analiza cóm o es significado el territorio de Bojayá a partir de la m uerte. En este sentido, ubica la form a cóm o se expresan los principales m arcadores topográficos m anifiestos en la narración del suceso de la m asacre. Aporta elem entos para la com prensión del significado que adquieren estos en las presentaciones y re-p resentaciones sociales del dolor que hacen los bellavisteños.
escenario de violencia y en qué prácticas em ergen. El texto en este capítulo pretende recoger las form as particulares que los habitantes de Bellavista que vivieron un acontecim iento doloroso y excepcional, encontraron para transm itir la experiencia vivida desde un m arco cultural que la hace com partida y com partible. Recoge algunos de los m ecanism os que han surgido al interior de la com unidad para vehiculizar la m em oria, para m aterializar los sentidos del pasado, re-presentarlo e incorporarlo.
El tercer capítulo se titula, “M ostrar que en Bojayá si siguen pasando cosas” Aquí centro la reflexión en los diferentes relatos que construyen los agentes externos que llegan a Bojayá con el objetivo de observar, visibilizar y analizar lo que sucede. Cóm o se registra y se narra lo que se considera com o la realidad vivida por esta población, qué es lo que se enuncia com o daño, cóm o aparece el sufrim iento del otro, cóm o se concibe la reparación del daño. De m anera particular aquí analizo los relatos que construyen agentes externos que cum plen el lugar de la m ediación sobre lo que sucede en la región, aquellos agentes que son convocados a m ediar en el testim onio de q uienes viven directam ente los acontecim ientos de violencia, funcionarios y activistas de cooperación internacional, m iem bros de la Iglesia Católica y académ icos.
Para finalizar, el docum ento term ina con un análisis de lo que im plican en este contexto los procesos de construcción y apropiación de conocim iento sobre la realidad vivida. Hace así énfasis sobre cóm o relatos, sujetos, sím bolos y prácticas construyen pautas particulares de m em oria co lectiva.
2. D EL TERRITORIO D E LA VISTA-BELLA AL TERRITORIO D EL SE-
VERÁ
La m anera com o los bellavisteños enuncian lo sucedido en la m asacre del 2 de m ayo de 2002, pone de presente las categorías con las cuales esta com unidad piensa, sim boliza y d esarrolla la práctica social en la vida cotidiana. Lo que es narrado por ellos com o, el qué pasó, qué fue dañado y cóm o debe repararse, expone una concepción particular del tiem po y el espacio que se articula sim bólicam ente en el territorio. En la narración de lo sucedido en la m asacre se expresa una espacialidad vivida y construida por el pensam iento, que posee un sim bolism o propio, al m ism o tiem po que constituye la filigrana sobre la cual se tejen significados sobre lo suced ido.
Los resultados del trabajo etnográfico coinciden con los planteam ientos de Losonczy (1996) para quien la m em oria afrochocoana es construida a partir del territorio, “éste es el texto desde donde se produce y lee la historia, el lugar desde donde se construye la m em oria, ésta se construye con base en referencias exclusivam ente locales y contextuales, en función de las relaciones que se establecen con las po blaciones vecinas, los recursos y los territorios disponibles” (Losonczy: 1996:170)
Para los bellavisteños el núcleo central a partir del cual se estructuran los m arcadores topográficos m ás relevantes en el suceso de la m asacre está constituido por la ubicación que en el ordenam iento histórico y cultural del territorio se adjudican a los espacios de la ig lesia, el cem enterio, la ciénaga y el río.
En el territorio donde ocurre la m asacre, la iglesia y el cem enterio hacían parte del territorio habitado, la ciénaga y el río, constituían los espacios interm edios entre lo habitado y lo que no lo es. La ubicación de la iglesia expresaba la relación de los hum anos con lo alto, el lugar de lo divino, los santos y los buenos-m uertos. Pese a que la iglesia era la expresión del lím ite entre lo hum ano y lo no-hum ano, se encontraba ubicada en el interior del espacio habitado. Por su parte la zona cubierta de m aleza y podredum bre que existía detrás de la iglesia, junto con la ciénaga y el cem enterio hacían parte de lo bajo, el infram undo.
El río era el m arcador del m ovim iento de la vida, el espacio del desplazam iento y com unicación con la parentela, soporte de la definición identitaria y el m edio de diferenciación en el espacio habitado. La narración de la m asacre a partir de estos m arcadores topográficos dan cuenta de la relación que los bellavisteños guardan con lo alto- el supram undo-, y lo bajo- el infram undo-, así com o con el m ovim iento y la quietud en el espacio habitado.
Ilustración 4. El dibujo es un m apa del poblado de Bellavista en dónde ocurrió la m asacre, realizado por la autora febrero 2003
2.1 LO H UM AN O Y LO N O-H UM AN O
El territorio de la Bellavista, en donde ocurre la m asacre fue conform ado a través de distintas etapas de poblam iento que fueron definiendo la disposición de las viviendas tanto, de m anera paralela y lineal al río Atrato, com o de aglom eración en dos sectores discontinuos uno del otro.
El poblam iento se inicia durante la prim era m itad del siglo veinte, aproxim adam ente en la década del 30. De acuerdo con los relatos de los habitantes m ás antiguos, es posible identificar varias fases en la consolidación del pueblo: la prim era, la llegada de pescadores y agricultores, la segunda, la presencia de la iglesia, la tercera, la avalancha y la cuarta, la nucleación a través de la fiesta patronal.
Por el lugar que se conoce hoy com o Bellavista pasaban pescadores y agricultores que se dirigían a pescar a la ciénaga de Bellavista o a sem brar en las parcelas ubicadas a orillas del río Bojayá. El poblam iento inicia con la construcción de ranchos de paso para la vivienda individual de los hom bres que desem peñaban dichas actividades productivas; estos ranchos se ubicaron a la orilla del río Atrato.
Com o prim eros habitantes, la población identifica a Casildo Abadía, Clím aco Salas, Chucho Valencia, Bernardina Tovar, Baldo M ena y Andrés Córdoba. Posterior a su llegada, paulatinam ente fueron trasladándose sus fam ilias, se am pliaron los ranchos y se consolidó la prim era nucleación del pueblo. Los ranchos se ubicaron
en las bocas de Bojayá, los habitantes de este lugar se trasladaron a Bellavista, am pliando el sector de Caño Lindo.
“La gente fue llegando aquí com o form a de pescadores, ahí se fueron acoplando, uno a uno, prim ero los hom bres y luego fueron llegando las fam ilias, hasta que hicieron el pueblo. Don Clím aco m e decía que acá era bueno porque podían ir a la ciénaga a pescar y tam bién quedaba m uy cerca pa´ los colinos que quedaban ubicados sobre el Bojayá.
Bellavista em pezó, en las fiestas patronales, que unieron el barrio la Unión y el barrio Pueblo nuevo. La Unión fue el barrio pues donde se unieron Bellaluz y Pueblo N uevo. Bella Luz fue prim ero porque en Pueblo N uevo eran pocas las casas que habían. Hacia donde queda Pueblo N uevo había un pueblito que le decían Sibaté, pero ese pueblo se derrum bo y por eso lo
subieron para acá donde queda Pueblo N uevo”18
La Iglesia Católica hace presencia en la zona hacia finales de la década del 50, época que los pobladores m ayores identifican com o de “calentura” por el conflicto arm ado que se presentó en el país entre liberales y conservadores. El sacerdote que inicia la obra de la iglesia es el Padre Efraín Gaitán, cuyo recuerdo aún perm anece en la m em oria colectiva. En los relatos, a éste Padre se le adjudica el reordenam iento del m odelo de poblam iento inicial. Pretendió unir los dos sectores separados a través del establecim iento de un nuevo sector. En este tercer sector
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