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LA FILOSOFÍA DE DESCARTES

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LA FILOSOFÍA DE DESCARTES

Conocimiento (y ontología)

Con Descartes se inicia la filosofía moderna. Es el fundador de la corriente racionalista, que se caracteriza por defender estas dos tesis:

- Todo nuestro conocimiento puede ser construido deductivamente a partir de ciertas ideas y principios evidentes, como ocurre en las Matemáticas.

Hay ideas y principios innatos, que la mente puede extraer de sí misma sin necesidad de experiencia.

Descartes considera que el fracaso de la filosofía, a la hora de dar respuesta a determinadas cuestiones, no manifiesta la incapacidad de la razón humana para alcanzar la verdad (como sostenían los escépticos), sino la utilización de un método inadecuado.

Por ello, propone un método que nos permita evitar el error y descubrir la verdad, un método que haga de la filosofía un saber riguroso, una ciencia estricta al estilo de las Matemáticas.

A resolver esta cuestión dedica Descartes el Discurso del Método.

En esta obra toma como modelo el método de las matemáticas y lo aplica a la filosofía.

Básicamente el método consiste en buscar una verdad evidente (como los axiomas de las matemáticas) cuya negación sea imposible y después, a partir de esta verdad, deducir otras verdades derivadas de ésta (como los teoremas de las matemáticas) mediante razonamientos correctos.

Los pasos a dar son:

l. «Regla de la evidencia» que consiste, como nos dice Descartes en el Discurso del Método en:

«No admitir como verdadera cosa alguna que no supiese que lo es con seguridad, es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu, que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda.»

Consiste en la captación intelectual de una verdad evidente por sí misma, que todos han de aceptar si no quieren contradecirse.

2. «Regla del análisis», que consiste en

«Dividir cada una de las dificultades que examinare en cuantas partes fuere posible y cuantas requiriese su mejor solución».

3. «Regla de la síntesis», que consiste en

«Conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer; para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el

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conocimiento de los más complejos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente».

Y finalmente,

4. «Regla de la enumeración», que consiste en

" Hacer en todo unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan generales que llegase a estar seguro de no omitir nada».

Para alcanzar alguna verdad indubitable de la que partir en filosofía, Descartes plantea la necesidad de dudar de todo conocimiento previo, rechazando el recurso al principio de autoridad, tan utilizado en la época medieval.

De acuerdo con el método, Descartes se lanza a la búsqueda de verdades fundamentales e indudables.Para ello tenemos que eliminar todo aquello de lo que sea posible dudar, con el fin de alcanzar alguna verdad absolutamente cierta.

Esta duda metódica alcanza a todo el conocimiento procedente de los sentidos, tanto en lo que se refiere al modo de ser de las cosas sensibles, como a su existencia.

Pues he experimentado a veces que tales sentidos me engañaban, y es prudente no fiarse nunca por entero de quienes nos han engañado una vez, además pudiera ocurrir que estuviésemos en un constante sueño y que nada de lo que nos representásemos fuera real.

La duda metódica alcanza, también, al conocimiento racional, a aquellos conocimientos que tenemos por más seguros, pues podría ocurrir que Dios haya querido que me engañe cuantas veces sumo dos más tres o cuando enumero los lados de un cuadrado, o cuando juzgo de cosas aún más fáciles que esas, si es que son siquiera imaginables…o si no Dios- que es fuente suprema de verdad- cierto genio maligno de extremado poder e inteligencia que pone todo su empeño en inducirme a error.

Con la hipótesis del “genio maligno” o del “Dios engañador”,Descartes pretende radicalizar al máximo la duda.

(La duda cartesiana no es una duda natural. Descartes no vive como si todo lo que nos presentan los sentidos y la razón fuera falso, pero cree que si queremos alcanzar una verdad absolutamente firme es preciso ponerse teóricamente en la situación de rechazar no solo aquello de lo que dudamos comúnmente, sino todo aquello de lo que sea posible dudar.)

El intento cartesiano de encontrar una verdad indubitable parece condenado al fracaso.

Sin embargo, Descartes encuentra que aun cuando podamos dudar de la veracidad de nuestros pensamientos, aun cuando todos mis pensamientos fueran erróneos, de lo que no cabe dudar es de que son mis pensamientos, de que hay pensamiento y, por ello, hay un sujeto que piensa. Esto lo expresa Descartes con su conocida afirmación cogito, ergo sum (pienso, luego existo), que se constituye en la verdad indubitable desde la que se propone construir la filosofía.

El cogito no es únicamente la primera verdad sino también el modelo de toda verdad.

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Descartes sostiene que la afirmación de la existencia propia como sujeto pensante es intuida con absoluta claridad y distinción.

La claridad y distinción con que se nos presentan las ideas es el criterio de verdad propuesto por Descartes.

Las cosas no nos son dadas en sí mismas, sólo poseemos ideas o representaciones a las que suponemos corresponden realidades fuera del yo. El material del conocimiento no es nunca otro que ideas y, por tanto, el criterio de verdad no puede ser exterior, sino que hemos de establecerlo en las ideas mismas.

La filosofía moderna debuta por la senda del idealismo, incluye el mundo en el sujeto, transforma las cosas en ideas hasta el punto de que el problema fundamental de la filosofía cartesiana será salir del yo y verificar el paso de las ideas a las cosas.

Descartes pretende deducir el conocimiento de la realidad.

Pero la hipótesis del Dios engañador condiciona la validez de todos mis conocimientos.

Para alcanzar alguna certeza más allá del cogito es necesario examinar primero si hay Dios y si puede ser engañador.

Este examen sólo puede hacerse partiendo de las ideas (cuya existencia como tales no puede ser puesta en duda).

En un primer análisis clasifica las ideas, según su origen, en tres tipos:

Adventicias: ideas que parecen formarse a partir de realidades fuera de mí.

Facticias: ideas que parecen ser construidas por mi mente a partir de otras ideas.

Innatas: ideas que no parecen provenir de la experiencia externa ni ser un producto elaborado a partir de otras ideas. Son ideas que el pensamiento parece poseer en sí mismo.

Además, Descartes pasa a considerar las ideas como representación de una u otra cosa. Afirma que algunas ideas tienen, en tanto que representaciones, mayor grado de ser o perfección que otras y que toda idea ha de tener una causa proporcional a ella. De tal modo que si encontrásemos una idea cuyo grado de ser o perfección fuera superior al yo, tendríamos que admitir que su causa no podemos ser nosotros mismos.

El autor encuentra entre sus ideas la idea de infinito, que identifica con Dios, y lleva a cabo un análisis de esta idea de acuerdo con el principio mencionado de que toda idea requiere una causa proporcional a ella. Descartes concluye que él, sustancia finita, no puede ser el origen de esta idea y que esta idea sólo ha podido ser puesta en él por Dios, sustancia infinita. Además, identifica ser infinito con ser perfecto. Por lo que, siendo el engaño una imperfección, Dios ha de ser veraz.

Una vez rechazada la hipótesis del Dios engañador y aceptada la existencia de un Dios veraz -que garantiza que lo que percibo clara y distintamente es verdadero- Descartes afirma la existencia de Dios (sustancia infinita) , las almas (sustancia pensante) y los cuerpos (sustancia extensa).

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Para Descartes, como para Aristóteles, la sustancia es aquello que tiene una existencia independiente. Cada sustancia tiene una característica esencial que la identifica como tal, atributo, y un conjunto de características que derivan de su esencia, que son los modos.

Los cuerpos tienen como atributo esencial la extensión y sus modos son la figura y el movimiento.

Las demás características de los cuerpos que me presentan los sentidos, las llamadas cualidades secundarias (color, olor, etc.), no se me dan clara y distintamente y, por ello, Descartes considera que son subjetivas; no existen en el objeto tal y como las percibimos, no son más que la traducción que hacen nuestros sentidos de una determinada disposición de las cualidades primarias (atributo y modos).

El mundo físico sigue un patrón matemático, se presenta como un mecanismo sometido a leyes que dependen de las características (atributo y modos) de los cuerpos, características que pueden expresarse numéricamente, matemáticamente.

Hombre

En la naturaleza mecanicista de Descartes todo sucede por necesidad, incluso el comportamiento de los seres vivos (no pensantes) está totalmente determinado.

En el ser humano esta necesidad alcanza al cuerpo (res extensa). Pero el hombre es un compuesto de dos sustancias independientes (cuerpo y alma) con atributos y modos diversos.

Esta concepción dualista del ser humano exige unos mecanismos de interacción entre ambas sustancias (cuerpo y alma) que permitan explicar nuestra conducta.

Para Descartes el alma (sustancia pensante) tiene dos facultades: entendimiento (razón) y voluntad.

El entendimiento es la facultad de intuir y de pensar.

La voluntad es la facultad de aceptar o rechazar; y, en este sentido, Descartes la hace responsable del error, al afirmar una idea confusa (por precipitación) o al negar una idea clara (por prevención).

La voluntad es libre. La conciencia de la libertad es una idea innata, una de las primeras certezas del ser humano y su mayor perfección.

La libertad para Descartes consiste en elegir lo que la razón propone como verdadero y bueno.

Este sometimiento de la voluntad a la razón puede verse perturbado por la influencia de las pasiones.

Las pasiones son emociones que afectan al alma pero que tienen su origen en el cuerpo, están sometidas por tanto a fuerzas mecánicas. Ignorante de la causa de sus pasiones, el alma las cree nacidas y alimentadas en su propio seno, pero son involuntarias, y con frecuencia están en desacuerdo con la razón.

Hay seis pasiones fundamentales. La admiración señala el tránsito entre la pura intuición intelectual y la pasión propiamente dicha; es la emoción intelectual de la que nacen el amor, el odio, el deseo, la alegría y la tristeza. De ellas se derivan todas las demás pasiones.

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Descartes no tiene una consideración absolutamente negativa de las pasiones. No se trata de eliminarlas, sino de someterlas a la razón, que muestra al ser humano la senda del bien.

Moral

Este ideal de autodominio confirma la influencia del estoicismo que ya se advertía en la moral provisional formulada en el Discurso del método en cuatro reglas:

1) Hay que someterse a las costumbres y normas de la comunidad en la que se viva.

Esta regla parece expresar la prudencia o conformismo del que desea vivir tranquilo. Como él mismo escribe a su amigo Mersenne, en 1634, citando a Ovidio, Bien vive quien bien se oculta.

2) Hay que ser firme y resuelto en las acciones.

Esta regla parece encaminada a liberarse de la ineficacia y el arrepentimiento propio de los espíritus vacilantes.

3) Hay que ceder ante el orden del mundo.

Hay que desear lo que se pueda alcanzar y olvidarse de lo que sea imposible. Lo mejor es con frecuencia enemigo de lo bueno.

4) Hay que elegir para nuestra vida la mejor ocupación posible.

Dedicar mi vida entera a cultivar mi razón y a progresar en el conocimiento de la verdad –confiesa Descartes.

Dios

En la obra de Descartes, Dios aparece en dos figuras con funciones distintas, por una parte, el Dios engañador, artificio metódico que le permite extender la duda más allá del conocimiento sensible; por otra, el Dios veraz, que garantiza la certeza más allá del cogito.

El Dios engañador, de la primera meditación cartesiana, condiciona la validez de todos mis conocimientos, pues podría hacer que me engañara aún en las cosas que creo conocer con grandísima evidencia. Descartes, que no parece sentirse cómodo con este artificio, lo sustituye, en esta meditación, por la figura del genio maligno, que representa su mismo papel.

Tras afirmar la existencia del sujeto pensante y proponer el criterio de verdad (claridad y distinción de las ideas), Descartes, en la tercera meditación, reconoce que si queremos alcanzar alguna certeza más allá del cogito, debemos eliminarla absolutamente, examinando si hay Dios y si puede ser engañador.

Este examen sólo puede hacerse partiendo de las ideas (cuya existencia como tales no puede ser puesta en duda).

Descartes afirma que algunas ideas tienen, en tanto que representaciones, mayor grado de ser o perfección que otras y que toda idea ha de tener una causa proporcional a ella. De tal modo que si encontrásemos una idea cuyo grado de ser o perfección fuera superior al yo, tendríamos que admitir que su causa no podemos ser nosotros mismos.

El autor encuentra entre sus ideas la idea de infinito, que identifica con Dios, y lleva a cabo un análisis de esta idea de acuerdo con el principio mencionado de que toda idea requiere una causa proporcional a ella. Descartes concluye que él, sustancia finita, no puede ser el origen de esta idea y que esta idea sólo ha podido ser puesta en él por Dios, sustancia infinita. Además, identifica ser infinito con ser perfecto. Por lo que, siendo el engaño una imperfección, Dios ha de ser veraz.

La existencia de Dios y su veracidad, deja sin sentido la hipótesis del genio maligno y garantiza la verdad de lo que percibo clara y distintamente (lo que hace al sujeto pensante

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responsable del error, al dejar que su voluntad, llevada por la precipitación o la prevención, afirme lo que no es claro y distinto o niegue lo que lo es), permitiendo a Descartes recuperar la realidad, ordenada en tres ámbitos diversos: Dios (sustancia infinita), las almas (sustancia pensante) y los cuerpos (sustancia extensa).

Descartes propone, en la quinta meditación, otros dos argumentos para demostrar la existencia de Dios. El primero, de corte tomista, basado en el carácter contingente del sujeto pensante, y, el segundo, una nueva versión del argumento ontológico de S. Anselmo.

Por último, señalar que la concepción mecanicista de Descartes parece rechazar la intervención extraordinaria de Dios en el orden natural. Anticipando el deísmo característico de los círculos ilustrados, Descartes considera que Dios crea y mantiene el orden del mundo conforme a unas leyes que la razón humana puede descubrir.

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