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UNIVERSIDAD CATÓLICA DE VALENCIA SAN VICENTE MÁRTIR PRIMERO PIMM

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UNIVERSIDAD CATÓLICA DE VALENCIA “SAN VICENTE MÁRTIR” PRIMERO PIMM

INTRODUCCIÓN A LA SAGRADA ESCRITURA (II)

INSPIRACIÓN, CANON Y VERSIONES DE LOS LIBROS SAGRADOS.

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En una introducción de la Sagrada Escritura, lo normal es empezar por la definición de inspiración, pero creo conveniente empezar por hablar del canon.

I. CANON Y VERSIONES. I.1. Etimología.

El término kano proviene del semita. La palabra kaneh significa caña, vara derecha. En el griego profano, kanon significa en primer lugar la vara de medir. Para los epicúreos, canon se convierte en terminus technicus que designa el criterio de la verdad de la aseveración. En el NT, sólo Pablo utiliza el concepto. El pasaje más importante es Gal 6, 16, donde “canon” significa medida de enjuiciamiento o, todavía más claramente, norma del cristianismo auténtico. La necesidad de distinguir lo cristiano de lo no cristiano llevó a un empleo cada vez más frecuente de este término.

A partir del siglo IV, determinadas cosas concretas en la Iglesia son denominadas como canon o canónicas, pero todas las significaciones individuales están relacionadas con el significado fundamental de “norma cristiana”. A la colección de escritos sagrados del AT y del NT se llamará canon en el siglo IV.

I.2. Concepto.

El término canonicidad expresa la cualidad de algún libro que por su naturalidad y origen es divino y, en cuanto tal, ha sido introducidos por la iglesia en el canon o catálogo de los Libros Sagrados.

Los libros canónicos son, pues, aquellos reconocidos como parte de la Biblia (AT y NT). Esta lista fue fijada y determinada por la iglesia.

I. 3. Historia y Versiones.

Por el año 605 a.C., el pueblo de Israel sufrió una dispersión o “diáspora”. El rey Nabuconodosor conquistó Jerusalén y llevó a los israelitas cautivos a Babilonia (cf. 2Re 24, 12; 25, 1).

Pero no todos fueron llevados a Babilonia. Un “resto” quedó en Israel (2Re 25, 12.22; Jer 40, 11; Ez 33, 27). También un número de israelitas fueron a Egipto. El rey Ciro de Persia conquistó Babilonia (cf. 2 Cro 36, 20.23) y dio libertad a los israelitas para regresar a su país. No todos lo hicieron, pues hubo quien prefirió ir a Egipto, concretamente y sobre todo a Alejandría. De tal modo que después de la cautividad de Babilonia, también hubo “diáspora”. Hubo un momento en que había más judíos en Alejandría que en Palestina (cf 1Mac, 1,1).

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En el siglo III a.C., la lengua principal de Alejandría, como en la mayor parte del mundo civilizado, era el griego. El hebreo se utilizaba cada vez menos (Jesús y sus contemporáneos hablaban el arameo). Por eso había necesidad de traducir las Sagradas Escrituras en griego.

La historia relata que el bibliotecario de Ptolomeo II quería unas copias de la Ley Judía para la Biblioteca de Alejandría. La traducción, comenzada a inicios del siglo III, fue realizada por setenta expertos (por eso se llama traducción de los setenta o septuaginta). Comenzando por la Torá, tradujeron todas las Sagradas Escrituras, es decir, todo lo que se conoce como el AT. Introdujeron también una nueva organización e incluyeron Libros Sagrados que, por ser más recientes, no estaban en los antiguos cánones, pero eran generalmente admitidos como sagrados por los judíos. Se trata de siete libros, conocidos como deuterocanónicos.

El canon de los septuaginta (alejandrino) fue el utilizado por Jesús y los Apóstoles.

La primera traducción de la Biblia al latín fue hecha por San Jerónimo y se llamó la “Vulgata” (año 383 d.C.). El latín era entonces el idioma más común en el mediterráneo.

La Iglesia establece el canon de la Biblia.

Es importante entender que la Iglesia fundada por Cristo es anterior al NT. Es la Iglesia la autoridad que establece el canon de la Biblia y su correcta interpretación, y no al revés. Cuando el NT habla de “Escrituras” se refiere al AT. El nombre de NT no se usó hasta el siglo II.

Con el tiempo, un creciente número de libros se presentaban como sagrados y causaban controversia. Entre ellos, muchos eran de influencia gnóstica. Otras corrientes heréticas (los seguidores de Marción) rechazaban libros que eran considerados sagrados por los Padres. La Iglesia, con la autoridad apostólica que Cristo le dio, definió la lista (canon) de los Libros Sagrados de la Biblia.

Los concilios de Hipona y Cartago confirmaron el canon alejandrino (46 libros del AT) y fijaron el del NT (27).

Para reconocer los libros del NT, los Padres fijaron tres criterios: 1. Que fuesen escritos por un Apóstol o su discípulo.

2. Que se utilizara en la liturgia de la Iglesia Apostólica (por ejemplo, Roma, Corinto, Jerusalén…).

3. Que estuviera en conformidad con la fe católica recibida de los Apóstoles.

Finalmente, otros Concilios posteriores (Florencia, Trento, Vaticano I y Vaticano II) han confirmado el canon consistente en 46 libros del AT y 27 del NT.

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II. INSPIRACIÓN. II.1. Introducción.

Si bien los términos canónico e inspirado son equivalentes bajo muchos conceptos, sin embargo, canonicidad e inspiración se distinguen formalmente. De hecho, todos los libros canónicos están inspirados, y parece que no existe ningún libro inspirado que no haya sido recibido en el canon de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, un libro es inspirado por el hecho de tener a Dios por autor, y canónico, en cuanto que fue reconocido por la Iglesia como inspirado. Por consiguiente, la canonicidad supone, además del hecho de la inspiración, la declaración oficial de la Iglesia del carácter inspirado de un libro.

Así pues, problemas que tenemos que solucionar en esta pregunta: ¿Son puramente humanos los libros de la Biblia? ¿Interviene Dios en ellos? ¿Cómo? ¿Cómo puede ser Dios el autor de la Biblia, si no lo vemos ni le oímos, ni le tocamos?

Hay dos textos en la Sagrada Escritura que nos servirán de hilo conductor:

“Toda Escritura es divinamente inspirada” (2 Tim 3, 16).

“La profecía no ha sido jamás proferida por humana voluntad, sino que llevados por el Espíritu Santo, hablaron los hombres de parte de Dios” (2 Pe 1, 21).

Y un texto del Concilio Vaticano II servirá también de referencia: “La Iglesia reconoce que todos los libros de la Biblia, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales han sido confiados a la Iglesia” (Dei Verbum 11).

Dios sale al encuentro de los hombres con infinito amor, pero lo hace de modo progresivo, revelándose primero a Moisés, después a los Profetas y después por su Hijo y por los Apóstoles. Al querer Dios que su divina Palabra quedase por escrito, tenía que intervenir eficazmente. Y lo hizo escogiendo a unos hombres, a quienes iluminó su inteligencia y movió su voluntad.

II. 2. Concepto.

Así pues, Inspiración bíblica quiere decir que todos los libros de la Biblia fueron escritos bajo el directo influjo y asistencia del Espíritu Santo. Por eso la Biblia tiene como autor al mismo Dios.

Dios se sirvió, para escribirla, de algunos hombres santos, que se han llamado “escritores sagrados”. Para entender la acción de Dios sobre el escritor sagrado se suele comparar a la de un gerente que manda a su secretaria a escribir dándole las ideas.

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Pongamos otro ejemplo: M. es un joven que quiere mucho a su novia, J. Un día quiere mandarle una carta, pero él no sabe escribir bien. Entonces va donde su amigo P. y le dice: “Ayúdame a escribir una carta a mi novia. Dile que la quiero mucho, que pienso en ella cada día, que estoy triste por su enfermedad y que la semana que viene iré a visitarla”. P. toma un lápiz y va escribiendo todo lo que le ha dicho M., respetando las ideas de M., pero con palabras y estilo propio de P. Cuando termina de escribir, M. lee la carta, está conforme y la firma. Cuando J. recibe la carta y la lee, se emociona muchísimo y la guarda diciendo: “Es la carta de M.”. A nadie se le ocurrirá decir que esa carta es de P., aunque haya sido el mismo P. quien la escribió materialmente.

Algo así hizo Dios cuando quiso contarnos sus secretos. Nos fue escribiendo “sus cartas”, donde expresa su Amor por los hombres; y lo hizo sirviéndose de unos escribanos, a lo largo del tiempo, los cuales escribieron según su manera de ser, según los conocimientos de su tiempo, según sus capacidades, y su manera de escribir. Pero las ideas y el mensaje es de Dios, no de los escribanos.

Podemos decir, entonces, que la Biblia tiene dos autores: el autor principal es el Espíritu Santo, y los autores secundarios son los hombres de quienes Dios se sirvió para escribir cada uno de los libros de la Biblia. Por eso decimos que los libros de la Biblia son “inspirados”.

El Espíritu Santo ejerce con los autores sagrados tres acciones:

Los ilumina el entendimiento, para que comprendan lo que Dios quería decirles.

Les mueve la voluntad, para que escriban todo y sólo lo que Dios quiere.

Les cuida para que no se equivoquen en nada de lo concerniente a la salvación.

II. 3. Consecuencias.

a) La primera es la Revelación: es decir, que Dios se abre, se revela, se manifiesta a cuantos abren la Biblia y la leen con fe.

b) Otro efecto es la Unidad de toda la Biblia: aunque haya sido escrita en un largo tiempo, y por diversos autores sagrados, es producto de la sabiduría de Dios, un solo autor, que quiere revelar al hombre un mensaje central: “El misterio de Dios, preparado en el pueblo de Israel y manifestado en Cristo Jesús”.

c) Sacramentalidad de la Biblia: es decir, la Biblia es un signo visible de Dios y ofrece la oportunidad de encontrarse con Dios en Cristo. d) Inerrancia de la Biblia, es decir, la ausencia de todo error. Esto conlleva dos verdades: que siendo toda la Biblia inspirada por Dios, toda su doctrina es Palabra de Dios y en ella no puede haber error o falsedad en lo concerniente a la salvación; que entre la Biblia y las ciencias

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naturales no puede haber oposición, porque tienen al mismo Dios como autor y creador.

No olvidemos que la Biblia no es un libro donde se pueda buscar y encontrar datos de la historia o geografía, o datos científicos del origen del Universo. Al autor sagrado no le interesa la verdad histórica o geográfica, sino una enseñanza religiosa sobre el sentido de la vida humana, en relación con Dios, a fin de que el hombre llegue a la salvación.

Referencias

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