• No se han encontrado resultados

Don Gosset-Hay Un Milagro en Tu Boca

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Don Gosset-Hay Un Milagro en Tu Boca"

Copied!
288
0
0

Texto completo

(1)
(2)
(3)
(4)

Todas las citas de la escritura han sido tomadas de la versión Santa Biblia, Reina-Valera 1960 © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas.

Usado con permiso. Traduccion al espanol realizada por:

Belmonte Traductores Manuel de Falla, 2

28300 Aranjuez Madrid, ESPAÑA www.belmontetraductores.com Hay un Milagro en Tu Boca Publicado originalmente en inglés bajo el título:

There’s a Miracle in Your Mouth Don Gossett

P.O. Box 2 Blaine, Washington 98231

www.dongossett.com ISBN: 978-1-60374-193-4 Impreso en los Estados Unidos de América

© 2010 por Don Gossett Whitaker House 1030 Hunt Valley Circle New Kensington, PA 15068

www.whitakerhouse.com

Para comentarios sobre este libro o para información acerca de otros libros publicados por Whitaker House, favor de escribir via Internet a:

[email protected].

Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de ninguna manera o por ningún medio, electrónico o mecánico— fotocopiado, grabado, o por ningún sistema de almacenamiento y recuperación (o reproducción) de información—sin permiso por escrito de la casa editora. Por favor para cualquier pregunta dirigirse

a: [email protected].

(5)

Nota: Los escritos de Kenyon en este libro están protegidos por los derechos de autor. Todos los derechos literarios y de copyright de las palabras de E. W. Kenyon son propie-dad de Kenyon’s Gospel Publishing Society, P.O. Box 973, Lynnwood, Washington 98048, Estados Unidos de América.

Los escritos están usados con permiso de Kenyon’s Gospel Publishing Society. Ninguna parte de los escritos de Kenyon puede ser reproducida sin el expreso permiso por escrito de

(6)

Contenido

Introducción...8

El poder de la confesión hablada 1. Creer y confesar la Palabra...10

2. Palabras que ganan...14

3. Confesiones correctas...16

4. Podemos decir confiadamente...21

5. Confesión negativa...28 6. Confesiones incorrectas... 31 7. Creer...39 8. Grandes confesiones...43 9. El valor de testificar...48 Fe atrevida 10. Confianza...52

11. El poder de la línea de sangre...56

12. Nuestro frente sólido en Cristo...61

13. Cómo se edifica la fe...65

14. Confiado como un león...70

15. Caminar en fe...76

16. Una vida bíblica confiada...81

17. Las leyes del éxito...87

18. Cómo recibir guía de Dios...91

Milagros y sanidad 19. ¿Qué es un milagro?...96

20. Cómo puedes ser sanado...102

21. El origen de la enfermedad...109

22. El remedio de Dios para tus afanes...114

23. Se le puede tocar...118

24. ¿Son los milagros para nosotros hoy?...123

25. Enfermedad, salud y sanidad...129

(7)

27. Sanarán...139

28. Unos cuantos milagros...150

Venciendo el temor y la dificultad 29. El temor no tiene lugar en mi corazón...159

30. Dios te librará...163

31. Protección de día y de noche...168

32. Jesús no tenía limitaciones...177

33. El temor provoca desastre en tu hogar...184

34. Amor y temor...194

35. El temor produce más temor...196

36. Ser independiente de las circunstancias... 201

37. Al que venciere...205

38. La conquista del temor y la preocupación...211

Finanzas y mayordomía 39. Una carta abierta para proveedores de la familia..219

40. ¿Eres un mayordomo fiel?...222

41. ¿Cómo puedo salir adelante económicamente?...225

42. El elevado costo del temor...230

43. Diezmar...237

44. Generosidad al dar...240

45. Dar es la base para recibir...251

46. Seguridad económica...253

Alabanza, amor y oración 47. Alabanza, palabra clave para la bendición...256

48. Cómo actúa el amor...258

49. Prueba un poco de misericordia...264

50. El ministerio de los creyentes...267

51. La victoria del canto...271

52. Canción de amor de fe...280

(8)

Introducción

E

l cristianismo a menudo se denomina “la gran confesión”. Todas las cosas en Cristo— salvación, sanidad, liberación—dependen de que confesemos con nuestros labios el señorío de Jesucristo. Pablo le dijo a Timoteo: “Habiendo

hecho la buena profesión delante de muchos testigos”

(1 Timoteo 6:12).

A lo largo de este libro, encontrarás grandes con-fesiones que Dios honra. Con el fin de maximizar los resultados al aplicar los principios de este libro a tu vida, quizá quieras leer estas grandes confesiones en voz alta. Cuando lo hagas, personaliza los ver-sículos leyéndolos en primera persona, aplicándo-los directamente a las circunstancias de tu vida.

Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. (Romanos 10:17)

(9)

El poder de la

confesión hablada

(10)

Creer y confesar la Palabra

V

ivir en el poder de Dios significa vivir en el espíritu de fe. ¿Qué es el espíritu de fe? El apóstol Pablo definió el espíritu de fe con una cita del Salmo 116:10: “Creí; por tanto hablé”, diciendo: “Pero teniendo el mismo espíritu de fe,

con-forme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también habla-mos” (2 Corintios 4:13).

El espíritu de fe es algo que tenemos, algo que poseemos. Somos hombres y mujeres de fe. La Biblia establece claramente que Dios nos ha dado a todos “una medida de fe” (Romanos 12:3). Como cristianos, no somos una multitud de escépticos, sino que hemos nacido de nuevo en “la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

El espíritu de fe es similar a la palabra de fe, como se define en Romanos 10:8: “Cerca de ti está la

palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos”. La verdadera vida de fe es una

experiencia de la boca y del corazón. Es creer la Pa-labra en tu corazón y hablar o confesar la PaPa-labra con tu boca.

1

DG

(11)

11

Ejercita el espíritu de fe

Invariablemente, todos hablamos lo que cree-mos, ya sea bueno o malo. Jesús dijo: “De la

abun-dancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34).

Cuando ejercitamos el verdadero espíritu de fe, creemos la Palabra y luego hablamos esa Palabra.

Creemos la Palabra en Efesios 1:7: “En quien

ten-emos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia”; por tanto decimos:

“soy redimido del reino de las tinieblas a través de la preciosa sangre de Jesús”.

Creemos la Palabra en 1 Juan 2:25: “Y esta es la

promesa que él nos hizo, la vida eterna”; por tanto

dec-imos: “tengo vida eterna según Su gran promesa”. Creemos la Palabra en Mateo 28:20: “Y he aquí yo

estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”;

por tanto decimos: “el Señor está siempre conmigo, incluso hasta el final del viaje de mi vida”.

Creemos la Palabra en Hebreos 11:16: “Dios no se

avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha pre-parado una ciudad”; por tanto decimos: “Dios es mi

Dios, y ha preparado una bonita ciudad para mí”. Creemos la Palabra en Proverbios 11:25: “El alma

generosa será prosperada; Y el que saciare, él tam-bién será saciado”; por tanto decimos, “el Señor está

prosperando y saciando mi vida, ya que por Su gra-cia soy un dador alegre y generoso”.

Creemos la Palabra en Judas 24: “Y a aquel que es

poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría”; por

(12)

tanto decimos: “el Señor me guardará de caer y me presentará sin falta ante su presencia”.

La persona con el espíritu de fe tiene la con-fesión: “Tengo el espíritu de fe. Creo la Palabra; por tanto, cuando la declaro, soy miembro de la fa-milia de Dios. Dios me ha dado una ‘medida de fe’. Nunca hablo con dudas, porque soy un creyente. La Palabra está cercana a mí, en mi corazón y en mi boca. A través de la palabra de fe, soy un vencedor, ¡porque la fe es la victoria!”.

Declara éxito, y no fracaso

Declara la nueva creación, no la vieja. Decláralo: “Soy una nueva criatura en Cristo Jesús; las cosas viejas pasaron, y todas las cosas son hechas nuevas”. (Véase 2 Corintios 5:17).

Declara tu justicia en Cristo, no indignidad. Afír-malo: “Soy la justicia de Dios en Cristo Jesús”. (Véase 2 Corintios 5:21). Declara el lenguaje del nuevo reino del amado Hijo de Dios en el que ahora vives, no el viejo reino de oscuridad del que has sido salvado.

Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los san-tos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.

(Colosenses 1:12–14)

Declara que eres un heredero de Dios y co-heredero con Jesucristo, no tu vieja identidad como

(13)

13

cautivo del pecado y de Satanás. Testifícalo: “Tengo una sustanciosa herencia. Estoy bendecido con to-das las bendiciones espirituales. El Padre mismo me ama”. (Véase Efesios 1:3; Romanos 8:17).

Declara que tienes la vida de Dios en tu cuerpo mortal, no el viejo espíritu de inferioridad, fracaso y frustración. En Cristo, “vivimos, y nos movemos, y

somos” (Hechos 17:28).

Declara sanidad y salud, no lo enfermo que es-tás. Isaías 33:24 nos predice un tiempo futuro en el que “no dirá el morador: Estoy enfermo”. Esta es una buena práctica en la vida del reino. No digas: “estoy enfermo”, antes bien proclama la Palabra que sana: “Por su llaga he sido sanado”. (Véase Isaías 53:5).

Declara éxito en las finanzas, no pobreza y mis-eria. Declara éxito matrimonial, no fracaso en el matrimonio. “Porque entonces harás prosperar tu

(14)

Palabras que ganan

A

lguien me dijo una vez: “Lo único que me

queda son palabras, palabras vacías, pa-labras muertas. Estoy destrozado. Lo he perdido todo”.

Le miré y le dije: “¿Cómo ganabas el dinero?”. “Vendía diferentes artículos”.

“¿Acaso no tienes las mismas palabras ahora que tenías antes?”, le pregunté.

Él me dijo: “Tengo las mismas palabras, pero ya no contienen nada”.

“¿Qué tenían tus palabras que eras capaz de con-vertirlas en dinero?”.

“Tenían fuego; tenían juventud; tenían am-bición”.

“¿Y has perdido todo eso?”. “Sí, eso y más”.

Luego le dije: “¿Alguna vez conociste a un hom-bre llamado Jesús?”.

“Nunca, señor”, me respondió.

2

EWK

(15)

15

“¿Entonces no sabes nada acerca de Él?”.

“He oído hablar sobre Él a predicadores. La otra noche, oí a alguien en la calle hablando de Él”.

“Pero si te dijera en este instante que este Jesús podría volver a poner en ti el fuego y el celo que has perdido, darte amor y un lugar en el mundo me-jor que el que perdiste, ¿no te haría esto interesarte por Él?”.

“Si Él pudiera hacer eso por mí, me cruzaría el país de rodillas”.

“No es necesario. Él está aquí en la habitación, y me ha oído hablar sobre Él, y ha oído lo que tú has dicho. Si le recibes como tu Salvador y Señor, volverás a tener la victoria. Él rejuvenece la esper-anza muerta y gastada. Él restaura la fe perdida. Él hace que la voz vuelva a vibrar. Él restaura la salud perdida. Él crea nuevas oportunidades. Él da la ca-pacidad de tener éxito. ¿Quieres recibirle?”.

“Vale la pena probar, no tengo nada que perder. Sólo puedo ganar. ¡Le recibo!”.

(16)

Confesiones correctas

J

esús dijo: “Porque por tus palabras serás

jus-tificado, y por tus palabras serás condenado”

(Mateo 12:37).

Palabras que justifican y palabras que condenan

Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios dice: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo

alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Salmo 103:12).

Pero eres condenado si dices: “El Señor retiene el pecado de mi juventud contra mí”.

Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu

morada” (Salmo 91:10). Pero eres condenado si

dic-es: “Me da miedo, no me siento a salvo”.

Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “Mayor es el que está en vosotros, que el que está

en el mundo” (1 Juan 4:4). Pero eres condenado si

dices: “El poder del diablo es demasiado para mí”. Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “sobre los enfermos pondrán sus manos, y

3

DG

(17)

17

sanarán” (Marcos 16:18). Pero eres condenado si

dices: “Me estoy poniendo peor”.

Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “Lo saciaré de larga vida” (Salmo 91:16). Pero eres condenado si dices: “Voy a morir; no vi-viré mucho”.

Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “Bendice, alma mía, a Jehová…El que sana

todas tus dolencias” (Salmo 103:2–3). Pero eres

con-denado si dices: “No puedo recibir la sanidad para algunas de mis enfermedades”.

Eres justificado cuando dices, como la Palabra de Dios: “Y tu salvación se dejará ver pronto” (Isaías 58:8). Pero eres condenado si dices: “No puedo disfrutar de la bendición de la salud divina”.

Podemos condenarnos a nosotros mismos con nuestras propias palabras, y las consecuencias de ello no son agradables, pero como dice la Escritu-ra: “Bienaventurado el que no se condena a sí mismo

en lo que aprueba” (Romanos 14:22). Si no estamos

bajo condenación, entonces podemos tener una gran confianza en Dios.

Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él.

(18)

Caminando con Dios al ponernos de acuerdo con Él

No podemos caminar verdaderamente con Dios a menos que estemos de acuerdo con Él. “¿Andarán

dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” (Amós 3:3).

Estar de acuerdo con Dios es decir lo mismo que Dios dice en Su Palabra sobre la salvación, la sani-dad, la oración y vivir una vida de victoria.

En primer lugar, estamos de acuerdo con Dios al decir que somos quien Dios dice que somos: Sus hijos, nuevas criaturas en Cristo. También decimos que somos “más que vencedores” por medio de Cristo (Romanos 8:37). Diferimos del diablo, que intenta convencernos de que no somos buenos, de que so-mos débiles y unos fracasados.

¿Cómo es posible caminar con Dios en poder, bendición, y utilidad? Estando de acuerdo con Dios en que tenemos lo que Él dice que tenemos: Su nombre, Su naturaleza, Su poder, Su autoridad y Su amor. Estamos de acuerdo en que tenemos lo que Dios dice en su Palabra que tenemos.

Al igual que Enoc “caminó con Dios” (Génesis 5:22), nosotros podemos caminar con Dios estando de acuer-do en que hemos recibiacuer-do la capacidad de hacer lo que Él dice que podemos hacer: testificar con poder, echar fuera demonios y ministrar Su poder sanador. “Todo lo

puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).

Esta-mos de acuerdo con que podeEsta-mos hacer lo que Dios dice en Su Palabra que podemos hacer.

(19)

19

Si decimos sólo lo que nos dictan nuestros senti-dos, no estaremos de acuerdo con Dios. Es por medio de declarar la Palabra como nos ponemos de acu-erdo con Dios. Es la confesión de fe lo que es nues-tra victoria. Para caminar con Dios, debemos diferir del diablo, como lo hizo Jesús, declarando con valor: “Está escrito que Él resistió al diablo. Yo también puedo”. (Véase, por ejemplo, Mateo 4:1–11).

Puedes caminar con Dios diariamente estando de acuerdo con Él y con Su Palabra. Como Él lo ha dicho, nosotros también podemos decirlo con osadía. (Véase Hebreos 13:5–6).

Poseerás lo que confiesas

Tu confesión de fe precede a tu posesión de lo que buscas y deseas.

Confiesa a Jesucristo como Señor (véase Romanos 10:9–10), y poseerás salvación.

Confiesa que “por su llaga fuimos nosotros

cura-dos” (Isaías 53:5), y poseerás sanidad.

Confiesa que el Hijo te ha hecho libre (véase Juan 8:36), y poseerás una libertad absoluta.

Confiesa que “el amor de Dios ha sido derramado en

nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Romanos 5:5),

y poseerás la capacidad de amar a todos.

Confiesa que “el justo está confiado como un león” (Proverbios 28:1), y poseerás la valentía de un león en la guerra espiritual.

(20)

Confiesa que Dios “no te dejará ni te desamparará” (Hebreos 13:5), y poseerás la presencia de Dios con cada paso que des.

Confiesa que eres el redimido del Señor (véase Salmo 107:2; Apocalipsis 5:9), y poseerás beneficios de la redención cada día.

Confiesa que “la unción que vosotros recibisteis de

él permanece en vosotros” (1 Juan 2:27), y tu “yugo se pudrirá a causa de la unción” (Isaías 10:27).

Confiesa que en el nombre de Jesús puedes echar fuera demonios (véase Marcos 16:17), y poseerás lib-eraciones dinámicas sobre el poder de Satanás.

Confiesa que “sobre los enfermos pondrán sus

ma-nos, y sanarán” (Marcos 16:18), y poseerás sanidades

para los oprimidos.

Confiesa que eres un pámpano de la Vid viva (vé-ase Juan 15:5), y poseerás vida de la Vid dondequi-era que vayas.

Confiesa que eres “la justicia de Dios en Él” (2 Corintios 5:21), y poseerás la capacidad de per-manecer libremente en la santa presencia de Dios, y en presencia de Satanás, como un vencedor.

Confiesa que eres “el templo del Dios viviente” (2 Corintios 6:16), y poseerás la realidad de Dios morando en ti y caminando en ti.

Confiesa que “Dios suplirá todo lo que os falta

conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús”

(Filipenses 4:19), y poseerás la provisión de Dios para todas tus necesidades.

(21)

21

Podemos decir confiadamente

A

l lanzarnos a una vida bíblica atrevida, aprendiendo a confesar la Palabra de Dios en medio de todas nuestras situaciones, tenemos que ver exactamente por qué tenemos derecho a hacer estas confesiones.

Sabemos que tenemos el derecho de confesar con valentía la Palabra de Dios debido a Hebreos 13:5–6: “Porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré, de

man-era que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador”. Observa que es por lo que “Él dijo” que

“podemos decir confiadamente”.

Como Él dijo: “yo soy Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26), podemos decir confiadamente: “Sí Señor, tengo salud porque Tú eres el Señor que me sana”.

Como Él dijo: “El que sacrifica alabanza me

hon-rará” (Salmo 50:23), podemos decir confiadamente:

“Estoy honrando a mi Creador cuando le alabo”. Como Él dijo: “No sólo de pan vivirá el hombre,

sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”

4

DG

(22)

(Mateo 4:4), podemos decir confiadamente: “He es-timado Tu Palabra más que mi comida necesaria”. (Véase Job 23:12).

No dejes que more en tu mente ningún pen-samiento que contradiga lo que Él ha dicho. Tan sólo di confiadamente lo mismo.

Dios dice de Su propia Palabra: “Yo Jehová hablaré,

y se cumplirá la palabra que yo hable…la palabra que yo hable se cumplirá” (Ezequiel 12:25, 28). Puedes contar

con que la Palabra de Dios es buena. No puede fallar sin que Dios falle. El Señor también ha dicho:

Así será mi palabra que sale de mi boca; no volv-erá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.

(Isaías 55:11)

Las siguientes secciones son todas partes de la Palabra de Dios, la cual Él ha enviado para lograr Sus propósitos. Como Él ha dicho estas cosas, no-sotros podemos decirlas confiadamente, sabiendo que el Señor hará lo que Él quiera con Su Palabra. Como Él ha hablado, sabemos que podemos decla-rarlo confiadamente. Será como Él ha dicho porque “ninguna palabra de todas sus promesas que expresó

por Moisés su siervo, ha faltado” (1 Reyes 8:56).

Podemos decir confiadamente: “Dios es por nosotros”.

Como Él ha dicho: “Yo he venido para que tengan

vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10),

(23)

23

abundante en mí ahora porque he recibido a Jesu-cristo como Señor”.

Como Él ha dicho: “Si Dios es por nosotros, ¿quién

contra nosotros?” (Romanos 8:31), podemos decir

confiadamente: “Dios es por mí, y nadie puede ten-er éxito yendo contra mí”.

Cómo Él ha dicho: “A cualquiera, pues, que me

confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:32),

podemos decir confiadamente: “Jesús me está confe-sando ahora mismo delante del Padre porque yo es-toy confesándole delante de los hombres”.

Como Él ha dicho: “Porque vendrá el enemigo como

río, mas el Espíritu de Jehová levantará bandera con-tra él” (Isaías 59:19), podemos decir confiadamente:

“El Espíritu de Dios está levantando una bandera de defensa por mí justamente cuando el enemigo esté presionándome; gloria al Señor, mi caso es Suyo”.

Como Él ha dicho: “He aquí nuestro Dios a quien

servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo”

(Daniel 3:17), podemos decir confiadamente: “Dios es mi Libertador en cada caso porque le sirvo con-stantemente”.

Como Él ha dicho: “Cercano está Jehová a todos

los que le invocan, a todos los que le invocan de veras”

(Salmo 145:18), podemos decir confiadamente: “El Señor está cercano a mí ahora porque clamo a Él en verdad”.

Como Él ha dicho: “Jehová peleará por vosotros, y

(24)

decir confiadamente: “Sé que Dios está luchando por mí porque tengo paz; he encomendado esta batalla en Sus manos”.

Como Él ha dicho: “Mas a Dios gracias, el

cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús”

(2 Corintios 2:14), podemos decir confiadamente: “Soy más que vencedor por medio de Cristo que me ama”. (Véase Romanos 8:37).

Como Él ha dicho: “No quitará el bien a los que

an-dan en integridad” (Salmo 84:11), podemos decir

con-fiadamente: “El Señor no me está quitando el bien porque estoy caminando rectamente delante de Él”.

Como Él ha dicho: “Ahora, pues, ninguna

con-denación hay para los que están en Cristo Jesús”

(Ro-manos 8:1), podemos decir confiadamente: “No tengo condenación porque estoy en Cristo”.

Como Él ha dicho: “Echando toda vuestra

an-siedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”

(1 Pedro 5:7), podemos decir confiadamente: “Es-toy libre de ansiedad porque he echado toda mi ansiedad sobre el Señor”.

Como Él ha dicho: “Y al que a mí viene, no le echo

fuera” (Juan 6:37), podemos decir confiadamente:

“He venido con mis pecados, cargas y fracasos y el Señor me ha recibido”.

Como Él ha dicho: “Encomienda a Jehová tu

cami-no, y confía en él; y él hará” (Salmo 37:5), podemos

decir confiadamente: “El Señor está llevando a cabo cada detalle de mi vida porque se lo he entregado todo a Él, y estoy confiando plenamente en Él”.

(25)

25

Podemos decir confiadamente: “La sanidad es nuestra”.

Como Él ha dicho: “Amado, yo deseo que tú seas

prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3 Juan 2), podemos decir

confiadamente: “Tengo el derecho a la prosperidad y la salud porque mi alma está prosperando”.

Como Él ha dicho: “El mismo tomó nuestras

enferme-dades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17),

podem-os decir confiadamente: “Estoy libre de enfermedades y dolencias porque Jesucristo las llevó todas por mí”.

Como Él ha dicho: “El que levantó de los muertos a

Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romanos 8:11),

podemos decir confiadamente: “Dios le está dando vida a mi cuerpo mortal ahora por el mismo Espíritu que levantó a Jesús de los muertos, porque Su Espíri-tu mora en mí; por eso estoy libre de enfermedad y debilidad”.

Como Él ha dicho: “Sobre los enfermos pondrán

sus manos, y sanarán” (Marcos 16:18), cuando

ponemos las manos sobre los enfermos podemos decir confiadamente: “Se pondrá bien porque estoy actuando sobre Su Palabra”.

Como Él ha dicho: “Mas a Jehová vuestro Dios

ser-viréis, y él bendecirá tu pan y tus aguas; y yo quitaré toda enfermedad de en medio de ti” (Éxodo 23:25),

podemos decir confiadamente: “La enfermedad fue quitada de mí, y mi pan y mi agua han sido bendeci-dos porque estoy sirviendo al Señor mi Dios”.

(26)

Como Él ha dicho: “Mas a vosotros los que teméis

mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas tra-erá salvación” (Malaquías 4:2), podemos decir

confi-adamente: “El Señor se está levantando con sanidad para mí ahora porque temo Su nombre”.

Como Él ha dicho: “Envió su palabra, y los sanó” (Salmo 107:20), podemos decir confiadamente: “Aho-ra la sanidad es mía; el Señor me sana a t“Aho-ravés de Su Palabra porque he recibido Su Palabra en mi vida”.

Podemos decir confiadamente: “Nuestras oraciones son contestadas”.

Como Él ha dicho: “Y antes que clamen, responderé

yo; mientras aún hablan, yo habré oído” (Isaías 65:24),

podemos decir confiadamente: “El Señor está re-spondiendo mi oración al mismo tiempo que estoy orando. De hecho, ya estaba obrando en la respuesta desde antes de que yo orase”.

Como Él ha dicho: “Clama a mí, y yo te

respond-eré, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces” (Jeremías 33:3), podemos decir

confiada-mente: “El Señor está respondiéndome y mostrán-dome grandes cosas porque estoy clamando a Él”.

Como Él ha dicho: “Y todo lo que pidiereis al

Pa-dre en mi nombre, lo haré, para que el PaPa-dre sea glo-rificado en el Hijo” (Juan 14:13), podemos decir

con-fiadamente: “El Padre está siendo glorificado en el Hijo porque Jesús está haciendo grandes cosas por mí cuando pido en Su nombre”.

(27)

27

Como Él ha dicho: “Deléitate asimismo en Jehová, y

él te concederá las peticiones de tu corazón” (Salmo 37:4),

podemos decir confiadamente: “El Señor me está con-cediendo los deseos de mi corazón porque me estoy deleitando en Él”.

Como Él ha dicho: “Si permanecéis en mí, y mis

palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7), podemos decir

confiadamente: “Permanezco en Cristo, Él vive en mí, y está respondiendo mis peticiones”.

Como Él ha dicho: “pedid, y recibiréis, para que

vuestro gozo sea cumplido” (Juan 16:24), podemos

decir confiadamente: “Estoy lleno de gozo porque estoy pidiendo y recibiendo en el nombre de Jesús”.

Como Él ha dicho: “Todo lo que pidiereis orando,

creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24),

podemos decir confiadamente: “Tendré lo que he pedido porque he orado por ello y creo que ya me pertenece”.

Como Él ha dicho: “Porque todo aquel que pide,

re-cibe” (Mateo 7:8), podemos decir confiadamente: “Sé

que estoy recibiendo porque he pedido; ‘todo aquel’ significa sin excepciones, y eso me incluye a mí”.

(28)

Confesión negativa

P

ocos de nosotros somos conscientes del poder que nuestras propias palabras ejercen sobre nuestro espíritu.

Si confieso que no me siento bien, no sé si seré capaz de aguantar de pie todo el día. Mi cuerpo en-tero comienza a perder fuerza. Mi espíritu se levanta contra esa confesión negativa, pero es conquistado, y decaigo espiritual y mentalmente hasta el nivel de mi confesión.

Sin embargo, si confieso que todo lo puedo en Cristo, Él se convierte en el nivel de mi confesión. Cuando confieso que todo lo puedo en Cristo, Él se convierte en la fuerza de mi vida. Por tanto, con-fieso que tengo la capacidad de parte de Dios de hacer las cosas que Él desea que haga.

Él quiere que llame a esa persona que está en-ferma y que le abra las Escrituras. Supongamos que nunca he hecho algo así, pero me acuerdo de las palabras de Isaías 53:4–5:

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por

5

EWK

(29)

29

azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

El Espíritu me recuerda ese pasaje. Ahora, sé que puedo explicar esos versículos al enfermo. ¡No te imaginas la emoción que siento! Llego a su casa y le saludo como a un vencedor. Sé que la Palabra va a obrar tan eficazmente en él como ha obrado en mí.

Mi fe aumenta hasta el nivel de mi confesión. La capacidad de Dios en mí se levanta para suplir la necesidad de mi confesión. Tengo la capacidad de hacer cualquier cosa que Él desee hacer. Él es mi fuerza, mi suficiencia, mi plenitud; Él es todo lo que yo necesito.

Olvidando ciertas palabras

Hay ciertas palabras en nuestros vocabularios que deberían ser tabú, deberíamos olvidarlas. No deberían estar nunca permitidas en nuestros labios. Si nos negamos a decirlas, después de un tiempo los pensamientos morirán sin haber sido desvelados.

Debemos dejar de usar la palabra temor hasta que el temor muera y el valor se haga grande y robusto en su lugar. No tenemos espacio para palabras como

vergüenza, odio, celos, amargura, incredulidad y duda, o

para expresiones como “Yo soy un Tomás incrédulo”. Al usar esas palabras, le estamos diciendo a Dios Padre que no tenemos fe en Él, igual que un niño le diría a su padre: “Padre, no tengo fe en ti. Me

(30)

gustaría poder tenerla”. Es como una esposa dicien-do a su maridicien-do: “No tengo fe en ti”.

Las anteriores son expresiones que debieran morir. Debieran ser enterradas sin funeral. Debiéra-mos avergonzarnos tanto de ellas que nunca permi-tamos que se mencionen delante de nosotros.

Hay ciertas palabras que nunca se dicen salvo en la privacidad de nuestras propias vidas interiores. Esas palabras nunca se deberían decir, ni siquiera ahí dentro. Llamémoslas malas palabras, palabras muertas. Encontremos palabras vivas que ocupen su lugar, palabras de amor, palabras saludables, pa-labras de victoria. Estas papa-labras nuevas las encon-tramos en la Biblia.

(31)

31

Confesiones incorrectas

D

el mismo modo que las confesiones

correc-tas de fe producirán resultados positivos en tu vida, una confesión incorrecta producirá resultados negativos. La Biblia dice: “La muerte y la

vida están en poder de la lengua” (Proverbios 18:21).

La derrota o la victoria, la enfermedad o la salud, están en el poder de la lengua. Jesús dijo: “lo que diga

le será hecho” (Marcos 11:23). Mira estos ejemplos de

confesiones correctas e incorrectas.

Confesión incorrecta: “Siempre me pongo peor

de mi sinusitis en esta época del año”.

Confesión correcta: “Nunca espero experiencias

negativas en ninguna época del año. No soy un cristiano en la prosperidad, sino que vivo confiada-mente por la Palabra de Dios. Mi gozo está cumpli-do por lo que el Señor está haciencumpli-do por mí. Él dijo: ‘Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea

cumpli-do’ (Juan 16:24). Mi gozo está cumplido: invierno,

primavera, verano y otoño, porque le pido y recibo de Él. La capacidad del Señor para guardarme en buena salud no está limitada a ciertas estaciones del

6

DG

(32)

año, porque Él ‘es el mismo ayer, hoy y por los siglos’ (Hebreos 13:8). El Señor hará por mí lo mismo cual-quier día del año”.

Confesión incorrecta: “No puedo hablar en

públi-co porque siempre me pongo muy nervioso y no puedo testificar”.

Confesión correcta: “Me niego a darle lugar al

te-mor, porque eso es darle lugar al diablo, que es el autor del temor. ‘Porque no nos ha dado Dios espíritu

de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio pro-pio’ (2 Timoteo 1:7). Estoy absolutamente libre de

todo temor, incluso del temor de hablar en público. Dios ha dicho: ‘No temas, porque yo estoy contigo; no

desmayes, porque yo soy tu Dios’ (Isaías 41:10). Ya no

me da miedo testificar en público, porque Dios está conmigo. Es el enemigo el que no quiere que hable del Señor. ‘Porque vendrá el enemigo como río, mas

el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él’

(Isaías 59:19). Cuando el enemigo ejerza su presión sobre mí, alabaré al Señor porque mi caso es Suyo. Él me dará libertad del temor y el nerviosismo sa-tánico. Dios me da confianza diciendo: ‘Ahora pues,

ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar’ (Éxodo 4:12). Dios está realmente con mi

boca para guiarme en lo que digo en público sobre Él. Por tanto, triunfo en Su capacidad”.

Confesión incorrecta: “Bueno, he conseguido

lle-gar al trabajo, pero es todo lo que puedo decir. Según me siento, no espero poder hacer mucho hoy”.

Confesión correcta: “Me niego a dar lugar a

(33)

33

completo. ‘Te has enlazado con las palabras de tu

boca’ (Proverbios 6:2). Sirvo a Dios continuamente,

así que tengo segura la liberación de esa actitud pesimista que aplasta mi espíritu y abate mi alma. ‘El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te

libre’ (Daniel 6:16). Dios es mi Libertador en cada

situación, porque le sirvo constantemente. ‘Mas a

Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús’ (2 Corintios 2:14). En mi trabajo, en mi

hogar, en mi servicio al Señor (en todo lo que haga) soy más que vencedor por medio de Cristo que me ama. (Véase Romanos 8:37). Rechazo la actitud que me deja casi incapaz de sacar mi cabeza del agua. Dios me está mostrando cosas grandes y poderosas en la vida, porque así lo ha prometido: ‘Clama a

mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces’ (Jeremías 33:3). Yo clamo

a Él; Él me está respondiendo y me está mostrando cosas grandes y poderosas”.

Confesión incorrecta: “No he sido capaz de

con-seguir ese ascenso que esperaba, pero ya me lo imaginaba, porque nunca me salen bien las cosas”.

Confesión correcta: “No creo que las fuerzas

adver-sas estén arruinando el trabajo que Dios está hacien-do en mi favor. El Señor está obranhacien-do en las respues-tas antes incluso de que yo ore: ‘Y antes que clamen,

responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído’

(Isaías 65:24). No espero fracasar, sino tener éxito. Jesús no vino para darme una vida mediocre, sino que dijo: ‘yo he venido para que tengan vida, y para

(34)

he recibido a Jesucristo como mi Señor y Salvador, tengo esa vida abundante en mí ahora. Sé que Dios está prosperando mi vida: ‘Amado, yo deseo que tú seas

prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma’ (3 Juan 2). Tengo derecho a

la prosperidad y la salud, y estoy prosperando en mi alma. Dios ha prometido bendecirme abundante-mente porque soy un dador: ‘Dad, y se os dará; medida

buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo’ (Lucas 6:38). Sí, el Señor está amontonando

mis bendiciones, porque estoy dando para Él y para Su obra. Estoy bendecido”.

Confesión incorrecta: “No me siento muy bien.

Creo que voy a tener la gripe”.

Confesión correcta: “Gloria a Dios que no vivo por

mis sentimientos, que cambian como el tiempo, sino que vivo por fe, que es vivir por la Palabra de Dios. ¿Por qué iría yo a tener la gripe cuando Jesús mismo llevó mis enfermedades y dolencias? (Véase Mateo 8:17). No voy a tener nada malo, porque Jesús sufrió todo por mí. Me resistiré a tener nada que el diablo quiera poner sobre mí. Viviré en la victoria del sac-rificio sustitutorio de Jesús. Él es la sustitución de mi pecado y de mi enfermedad. Alabo Su nombre por lo que ha hecho en mí”.

Confesión incorrecta: “Me pregunto si me volveré

a sentir bien algún día”.

Confesión correcta: “Independientemente de mi

ac-tual condición, sé que el Señor me restaurará la salud, porque esta es Su promesa en Jeremías 30:17: ‘Mas

(35)

35

ello. Dios vela para que se cumpla Su Palabra (véase Jeremías 1:12), y ‘Dios no es hombre, para que mienta’ (Números 23:19). Sé que me sentiré mejor, no porque así lo espere o lo desee, sino por Su Palabra para mí. ‘Envió su palabra, y los sanó’ (Salmo 107:20). He reci-bido Su Palabra sanadora, y le alabo porque Su Pa-labra es segura. Jesús dijo que según mis expectativas o mi fe, así me sería hecho. (Véase Mateo 9:29). Es-pero totalmente sentirme mejor porque Su Palabra prevalece en mi vida”.

Confesión incorrecta: “No sé cómo lo haré

económi-camente. El costo de la vida sigue subiendo”.

Confesión correcta: “Vivo por la Palabra segura de

Dios: ‘Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme

a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús’ (Filipenses 4:19).

Independientemente de la inflación, mi Dios suplirá todas mis necesidades. No ando en el consejo de los impíos, ni estoy en el camino de los pecadores, ni me siento en la silla de los escarnecedores. Me deleito en la Palabra de Dios; de día y de noche medito en ella. Soy como un árbol plantado junto a corrientes de agua; y estoy dando fruto. Como resultado, todo lo que haga prosperará. (Véase Salmo 1:1–3). Si el cos-to de la vida sigue aumentando, la prosperidad de Dios en mi vida aumentará. No temo a la inflación. El Señor es mi Provisión”.

Confesión incorrecta: “Sabía que hoy llovería.

Siem-pre llueve cuando planeamos algo al aire libre”.

Confesión correcta: “No me dejaré gobernar por

una actitud pesimista. Vivo con una expectativa de éxito. Independientemente del tiempo que haga,

(36)

confesaré: ‘Este es el día que hizo Jehová; nos

gozare-mos y alegraregozare-mos en él’ (Salmo 118:24)”.

Confesión incorrecta: “¿Por qué siempre tiene que

pasarme esto a mí?”.

Confesión correcta: “No espero que me suceda

nada malo. Vivo por la Palabra de Dios, la cual pro-mete: ‘No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu

mo-rada’ (Salmo 91:10). Dios me manda encomendar mi

camino a Él y confiar en Él, ‘y él hará’ (Salmo 37:5). Espero que Él me traiga buenas cosas, y no malas. Como cristiano sincero, intento caminar en rectitud delante de Él, y así Él me asegura: ‘No quitará el bien

a los que andan en integridad’ (Salmo 84:11)

¡Siem-pre me ocurrirá algo bueno!”.

Confesión incorrecta: “Intentaré ir si las cosas salen

bien, pero el panorama no es muy prometedor”.

Confesión correcta: “Afronto la vida y sus retos

con una confesión positiva, una confesión valiente. Estoy esperando en el Señor, y Él está renovando mi fuerza. (Véase Isaías 40:31). Estoy manteniendo mi mente centrada en el Señor, y Él me está guar-dando en perfecta paz. (Véase Isaías 26:3). Espero que las cosas me salgan bien, porque me deleito en el Señor, y Él me concede los deseos de mi corazón. (Véase Salmo 37:4). Jesús dijo: ‘Ve, y como creíste, te

sea hecho’ (Mateo 8:13), y yo creo que todo me va a

salir bien. Mantendré mis citas, porque así lo creo. Rechazo las confesiones negativas de duda, temor e incertidumbre. El Señor me está dando la victoria en todas las situaciones. ‘Jehová peleará por vosotros,

(37)

37

Confesión incorrecta: “Ni tan siquiera intentaré

realizar esta tarea en concreto, porque no tengo la capacidad”.

Confesión correcta: “Lo que determina la medida

de mi capacidad es la capacidad de Dios. ‘Si Dios es

por nosotros ¿quién contra nosotros?’ (Romanos 8:31).

Dios está por mí, así que puedo hacer todas las cosas por medio de Aquel que es mi fuerza y suficiencia. (Véase Filipenses 4:13). Nunca subestimo mi capaci-dad, porque conozco la vercapaci-dad, y la verdad me hace li-bre. (Véase Juan 8:32). Soy fuerte con Su fuerza: ‘diga

el débil: Fuerte soy’ (Joel 3:10). Digo confiadamente

ante una supuesta debilidad: ‘Soy fuerte; cuento con el Poderoso que da vida a mi cuerpo mortal. “El que

levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romanos 8:11). Dios da vida a mi cuerpo

mortal ahora por medio del mismo Espíritu que le-vantó a Jesús de los muertos, porque Su Espíritu mora en mí. Por tanto, puedo afrontar cualquier tarea con éxito por Su capacidad ilimitada dentro de mí’”.

Confesión incorrecta: “Probablemente seré

inca-paz de hacer eso, ya que dudo que para entonces ya tenga el dinero”.

Confesión correcta: “No me dispondré a ser

derro-tado prediciendo fracaso. No daré lugar el pesimis-mo sobre cualquiera de los planes de mi vida. Jesús me ha dado grandes promesas sobre mi vida, pues ha declarado: ‘porque todo aquel que pide recibe’ (Ma-teo 7:8). Eso me incluye a mí. Sé que estoy recibien-do esas cosas buenas y necesarias del Señor, porque

(38)

se lo he pedido a Él. Estoy recibiendo, porque Su promesa no tiene excepciones. Estoy libre de afanes sobre el futuro, porque he depositado con gozo to-das mis preocupaciones sobre el que realmente cui-da de mí. (Véase 1 Pedro 5:7). Estoy seguro de que Dios suplirá todo el dinero que necesito con tiempo suficiente para suplir mis necesidades”.

Confesión incorrecta: “Creo que voy a tener el

ca-tarro de mi marido”.

Confesión correcta: “¿Por qué voy yo a tener el

ca-tarro de otra persona? No tengo temor a ningún catarro porque temo el nombre del Señor. ‘Mas a

vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justi-cia, y en sus alas traerá salvación’ (Malaquías 4:2). No

estoy atado al pensamiento tradicional que dice que una enfermedad debe seguir su curso en una famil-ia. Estoy sirviendo a Jesús y Él me ha asegurado: ‘Mas

a Jehová vuestro Dios serviréis, y él bendecirá tu pan y tus aguas; y yo quitaré toda enfermedad de en medio de ti’ (Éxodo 23:25). La enfermedad es quitada de mí y

(39)

39

Creer

P

orque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). El Padre entregó a Jesús al

mundo, a los perdidos.

Él entregó a Jesús a los hombres que le crucifica-ron. Él dio a Jesús a los hombres que hicieron una corona de espinos y la clavaron en la frente de Su Hijo. Él dio a Jesús a los hombres que le clavaron en la cruz. Él dio a Jesús a Pilato y a Caifás, un sumo sac-erdote cruel, malvado y egoísta. Extraño, ¿verdad?

El hecho nos pone cara a cara con una extraña palabra. No verás que se use así en el Antiguo Tes-tamento, y se usa en referencia a Jesús sólo unas cuentas veces. La palabra es gracia. “Pues la ley por

medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).

¿Qué es gracia? Es amor en acción; amor que da; amor hecho para el que no lo merece y el indeseable. El regalo de Jesús fue un estallido espontáneo de amor. Dios lo llama gracia.

7

EWK

(40)

Ahora bien, ¿qué significa creer en Jesús? Todos sabemos que la palabra creer es un verbo. Sabemos que fe es un nombre. Creer es una palabra de ac-ción; fe es el resultado de que una persona haya actuado o creído. Creer en el sentido del Nuevo Tes-tamento, en el sentido de la revelación paulina, sig-nifica posesión: acción que termina con posesión.

Jesús nos dio la clave en Juan 6:47: “El que cree en

mí, tiene vida eterna”. En la mente del Padre, creer

es posesión, y para obtener posesión, actuamos so-bre Su Palabra. Por tanto, creer es actuar soso-bre lo que ha hablado el Padre.

Cuando creo en Cristo, significa que he tomado posesión de lo que el Padre me ha dado. Jesús es mío. Él es mi Salvador, mi Señor, ¡y es mi Vida! En el momento en que tomamos posesión de Cristo, nos convertimos en nuevas criaturas. Somos naci-dos de arriba. (Véase Juan 3:3).

Como puedes ver, creer es un acto de la volun-tad. Es una elección, una decisión, y significa que estoy dispuesto a darle la espalda a mi vida pasada y limpiarla, deshacerme de ella, y que deje de ser. Estoy listo para comenzar una nueva vida ahora sin ningún pasado: pasar a una nueva dimensión. Estoy listo para ser trasladado de la esfera de la muerte, la oscuridad y el pecado, a la esfera de la vida y el amor, donde me convertiré en un hijo de Dios.

Creer significa que estoy listo para tomar pos-esión de lo que Dios me dio en Su gran amor. Él me dio a Cristo. Me hizo un regalo: la vida eterna.

(41)

41

Me dio todo lo que era Cristo, todo lo que Él hizo y todo lo que es hoy.

Acepto esa verdad, tomo posesión del regalo, y miro arriba y digo: “Padre, gracias por Jesús y por el regalo de la vida eterna que viene con Jesús. Gra-cias por la remisión de todos mis pecados, por hab-er borrado mi pasado. Gracias porque ahora soy una nueva criatura. Gracias Padre, que Efesios 1:3 se ha convertido en una realidad: ‘Bendito sea el

Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo’”.

Dios me escogió en Cristo antes de la fundación del mundo (véase versículo 4), y ahora he respon-dido a ese llamado y me he convertido en su propie-dad. Ahora estoy entrando en mi herencia.

Durante todos estos años, el descanso y la paz de corazón me pertenecían, pero yo no lo sabía. El nombre de Jesús, con todo su poder y sus derechos, ha sido mío, pero nunca tomé posesión de él. Tengo una gran herencia en Cristo, pero escogí vivir en pobreza teniendo a la vista mi herencia y riquezas.

Ahora estoy tomando posesión. He vivido en de-bilidad cuando me pertenecía la fuerza. He vivido en desesperación cuando la capacidad de Dios era mía. He vivido en ignorancia cuando la sabiduría y el conocimiento del Hijo de Dios eran míos. Me pertenecían (me habían sido dados), pero ignoré el regalo y nunca le di gracias al Dador. Al menos, mis ojos están abiertos. Veo mis derechos y los tomo.

(42)

Como ves, creer es tomar posesión. Es simple-mente actuar sobre la Palabra del Padre, y eso es algo hermoso, ¿no es así? Es muy simple.

Le digo al mundo lo que soy en Cristo. Le digo al mundo que Cristo es mi Señor y Salvador. Grito con fuerza que no hay condenación para mí, porque es-toy en Cristo Jesús.

La posesión no vino hasta que hice mi gozosa confesión. Cuando la hice, todo pasó a ser mío en realidad.

No hay posesión sin confesión. La comprensión sigue a la confesión. Comienzo a actuar sobre la Pa-labra, y la posesión se convierte en algo real para mí. Luego “hago efectivo” lo que me ha dado la gra-cia. Nunca fue un problema de fe o emoción, sino un problema de no apropiarme de lo que Dios ya me había dado.

(43)

43

Grandes confesiones

L

a palabra confesión en la Biblia significa afir-mar lo que Dios ha dicho en Su Palabra. Es testificar de la declaración de la Palabra. Es testificar de las verdades reveladas en la Biblia.

Afirmaciones de verdad

Hemos sido divinamente instruidos para “retener

nuestra profesión” (Hebreos 4:14). El escritor del

li-bro de Hebreos además dijo: “Mantengamos firme,

sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (Hebreos 10:23). No sólo

ten-emos que retener nuestra confesión de la Palabra, sino que también tenemos que afirmar constante-mente esas cosas que Dios nos ha revelado. (Véase Tito 3:8).

Confesar es decir lo que Dios ha dicho en Su Pa-labra sobre algo en particular. Es estar de acuerdo con Dios. Es decir lo mismo que dice la Escritura. Retener tu confesión es decir, una y otra vez, lo que Dios ha dicho hasta que el deseo de tu corazón y lo

8

DG

(44)

prometido en la Palabra de Dios se manifiesten por completo. No existe la posesión sin la confesión.

Cuando descubrimos nuestros derechos en Cris-to, tenemos que afirmar esas cosas constantemente, testificarlas, ser testigos de esos hechos tremendos de la Biblia. El apóstol Pablo dijo: “Para que la

par-ticipación de tu fe sea eficaz en el conocimiento de todo el bien que está en vosotros por Cristo Jesús” (Filemón 6).

Las afirmaciones de la verdad deberían salir de nuestros labios constantemente. Tenemos que reten-erlas sin vacilar. El castigo por vacilar a la hora de nuestra confesión es que nos negamos a nosotros mismos la promesa de Dios y el desenlace de la mis-ma. “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que

duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Se-ñor” (Santiago 1:6–7).

El salmista dijo: “Díganlo los redimidos de

Je-hová” (Salmo 107:2), y de nuevo: “Y digan siempre los que aman tu salvación: Engrandecido sea Dios”

(Salmo 70:4). ¿Qué cosas tenemos que afirmar con-stantemente? Afirmar las Escrituras que revelan las buenas cosas dentro de nosotros en Cristo.

Hay cientos de afirmaciones poderosas que hacer constantemente al hablar el lenguaje de las Escrituras. Por ejemplo, algunas de las cosas que tenemos que afirmar constantemente son:

Dios es quién Él dice ser. •

Yo soy quien Dios dice que soy. •

(45)

45

Dios puede hacer lo que dice que puede hacer. •

Yo puedo hacer lo que Dios dice que puedo •

hacer.

Dios tiene lo que dice que tiene. •

Yo tengo lo que Dios dice que tengo. •

Sabemos que en Jesucristo hemos recibido sal-vación, no sólo para nuestra alma sino también para nuestros cuerpos en nuestra salud, nuestras finan-zas, nuestra paz de mente, y nuestra libertad de la esclavitud y el temor.

Palabras que obran maravillas

Si consiguiéramos darnos cuenta del poder de nuestras palabras, nuestras vidas serían muy difer-entes. Se dice que “la pluma es más poderosa que la espada”. ¡Cuánto más poderosas son las palabras de nuestra pluma y de nuestra boca cuando nues-tras palabras son la Palabra de Dios! “El que sacrifica

alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios” (Salmo 50:23).

Algu-nas palabras que pueden obrar maravillas son…

Palabras de alabanza. “Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca”

(Salmo 34:1). Proponte ser un “alabador” valiente a partir de ahora. Como alabador, alaba al Señor, no tanto por los regalos que has recibido, sino ensalza al maravilloso Dador mismo.

Palabras de edificación y gracia. Proponte ordenar

tus conversaciones, para que “ninguna palabra

(46)

para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Efesios 4:29).

Palabras de firme autoridad que vencen el poder

de Satanás. “Y ellos le han vencido por medio de la

sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos” (Apocalipsis 12:11).

Palabras de confesión de la Palabra de Dios. La

confesión siempre precede a la posesión. La pa-labra confesar significa “decir lo mismo”. Atrévete a decir exactamente lo que Dios dice en Su Palabra. Ponte de acuerdo con Dios declarando Su Palabra en cada circunstancia.

Cuando ordenamos nuestras palabras correcta-mente, Dios manifiesta los beneficios de Su gran salvación. “Con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10). Y recuerda que cuando hacemos una confesión para salvación, incluye sanidad, lib-eración y todas las bendiciones espirituales y físicas provistas para nosotros en la expiación de Cristo.

Como la confesión siempre precede a la pos-esión, una mala confpos-esión, una confesión negativa, precede a la posesión de las cosas incorrectas. Tu lengua, usada erróneamente, puede causarte mu-chos problemas. “El que guarda su boca y su lengua,

su alma guarda de angustias” (Proverbios 21:23). “Te has enlazado con las palabras de tu boca, y has quedado preso en los dichos de tus labios” (Proverbios 6:2).

Re-húsa hacer una mala confesión.

Recuerda que tus palabras pueden producir mar-avillas. Por tanto, pronuncia palabras de alabanza,

(47)

47

palabras de canto, palabras de fe en la Palabra de Dios, y palabras de firme autoridad, expulsando así el poder de Satanás. Verdaderamente, las palabras son la moneda del reino, ¡y puedes decir confiada-mente palabras que obren maravillas para ti!

(48)

El valor de testificar

L

a nación de Israel fue el testimonio de Dios mientras los israelitas vivían en Palestina. Todo el tráfico de la tierra entre Babilonia, Damasco y Egipto tenía que pasar a través de Pal-estina. Los israelitas eran los antiguos testigos de Dios. Fue un día triste cuando perdieron ese testi-monio y fueron llevados a la cautividad.

Nosotros somos el testimonio de Dios el día de hoy. “Y me seréis testigos” (Hechos 1:8) significa que cada uno de nosotros somos un testimonio. Es sig-nificativo que nuestra fe nunca se levanta por en-cima de nuestros testimonios.

Si temes testificar en voz alta, la fe muere o se hace débil. Tu testimonio es tu fe expresada. “Que

si confesares con tu boca que Jesús es el Señor…”

(Romanos 10:9). Es una confesión de labios. Si con-fiesas delante del mundo y mantienes tu confesión, no abandonándola nunca, no cediendo nunca a una segunda confesión, estás expresando fe.

Una segunda confesión puede contradecir la primera. Cuando el escritor de Hebreos nos dijo

9

EWK

(49)

49

que retuviéramos nuestra confesión, estaba golpe-ando la raíz del cristianismo. (Véase Hebreos 10:23). Nunca crecerás más alto que tu confesión. “Y ellos le

han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos” (Apocalipsis 12:11).

La conciencia de pecado tiene su propia fesión, como la conciencia de la justicia tiene su con-fesión. Satanás es el inspirador del testimonio de la conciencia de pecado, al igual que el Espíritu Santo es la inspiración del testimonio de la justicia.

Cada testimonio de debilidad y fracaso glorifica al que te hace ser débil. Es el testimonio de Satanás a través de tus labios. Cuando confiesas que tus ora-ciones no son contestadas, estás acusando a Dios de falsedad, y le estás prestando tus labios al diablo para que dé su testimonio de su supremacía sobre Dios.

Cuando dices: “Han orado por mí una y otra vez y no he recibido mi sanidad”, estás glorificando al adversario. Es tu testimonio de carencia, increduli-dad y fracaso lo que te ha mantenido en esclavitud. Si das un testimonio de fe y lo mantienes en la misma presencia de cada provocación, creyendo que la Palabra de Dios es verdad y que “por su llaga

fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5), serás sanado.

Tu carencia monetaria, tu falta de fuerzas y tu carencia de utilidad en la causa de Cristo son pro-ducto de tu propio testimonio.

Algunas personas tienen dos testimonios. Uno es para consumo público y el otro es un testimo-nio privado. Sus testimotestimo-nios privados son fracaso y

(50)

carencia. Sus testimonios públicos son poco convin-centes, debilitados y casi serviles, casi incapaces de decir que la Palabra de Dios es cierta.

Es el testimonio franco y absoluto de las victorias en Cristo lo que da a luz la fe en los corazones de otras personas. Ten tan sólo un testimonio: el de la absoluta fidelidad de Dios y el de tu absoluta confi-anza en Su Palabra.

(51)
(52)

Confianza

Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios. (1 Juan 3:21)

E

l secreto de la victoria es agarrar tu dilema con ambas manos. El secreto de ganar es af-rontar la dificultad con la confianza de que no te puede azotar, porque no puede azotar a Dios. La forma de afrontar una situación imposible es darte cuenta de que estás ligado a Dios, y el que está ligado a Dios no puede fallar más de lo que Él puede fallar.

La fe que Jesús tenía en Sí mismo, en Su minis-terio y en Su Padre le hizo afrontar la cruz con el espíritu de un vencedor. Cuando uno está ligado a Dios, los recursos de Dios son suyos. Dios respalda cada iniciativa a la que Él te envía.

Puede que no sientas el entusiasmo y la emoción que creerías que sería lo natural cuando uno está ligado a la omnipotencia, pero no tienes que sen-tirlo. Lo único que necesitas es saber que mayor es el que está en ti, el que te da energías, que toda la

10

EWK

(53)

53

oposición que pudiera venir. (Véase 1 Juan 4:4). Con una calma santa, puedes hacer frente a los proble-mas y dificultades de la vida.

Una firme convicción

Valentía no es arrogancia, bravata o pretensión, sino coraje, confianza, fe en Dios. Es esa firme convic-ción de que mayor es el que fortalece tu brazo y guía tu trabajo que cualquier fuerza que los seres humanos o los demonios puedan traer contra ti. Valentía es la seguridad silenciosa de que con Dios vas a prevalecer.

Las raíces de tu ser van hasta el mismo corazón y seno de Dios. Desarraigarte a ti sería desarraigar el mismo corazón de Dios. Nuestra valentía nace de una unión consciente con Dios para hacer Su volun-tad, lograr Su deseo y llevar adelante Su programa. Todas las facultades de tu ser han sido alineadas con Dios. Dependes de Su sabiduría. Es Su gracia de donde bebes profundamente. Es Su poder lo que te fortalece en la lucha. La fe te ha capacitado para hac-er frente a los problemas de la vida con una sonrisa.

La fe en Él, el Invisible, te ha levantado de tu de-bilidad y te ha llevado a Su esfera. Vives y caminas en la fortaleza de Dios. Estás en medio de Su fuerza. Ex-traes tu vida de Él. Su vida es tu vida. Estás escondido con Cristo en Dios. (Véase Colosenses 3:3).

Acude confiadamente al trono de la gracia

Las palabras de Jesús nos permiten conocerle. Dibujos silenciosos de Jesús no podrían retratarnos al

(54)

verdadero Jesús, así que tenemos cuadros proclama-dos de Jesús. Le vemos actuando, oímos Sus palabras. Las palabras son las cosas que más viven en nues-tra mente. Su Palabra es Él mismo. Eso es algo llama-tivo cuando piensas en ello. Cuando Él dice:

“Acer-quémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia”

para que hagas tus peticiones (Hebreos 4:16), vamos con labios llenos de Su Palabra. Vamos en el nombre de Jesús.

Vamos en la autoridad de Su propia promesa, la cual dice: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi

nom-bre, os lo dará” (Juan 16:23). Esa palabra es Su

Pa-labra. Eso le hace a Él decir la oración que nuestros labios están diciendo: “Si dos de vosotros se pusieren

de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (Mateo 18:19). Cuando yo cito esa Palabra,

Su Palabra sube delante del Padre. Es Su Palabra, y no mía. Es Su oración, no la mía.

Jesús dijo: “Si permanecéis en mí, y mis palabras

permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7). Estoy usando las palabras

de Jesús. El Padre oye las palabras de Jesús que proceden de unos labios entregados al señorío de Su Hijo. Así que es realmente Su Hijo el que está orando a través de estos labios. Yo le recuerdo que la Palabra habita en mí, y que yo habito en Él. Nada queda inadvertido. Es el Maestro mismo el que está haciendo la obra.

(55)

55

Él ora a través de mí. Yo cito Juan 14:13 ante el Padre: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre,

lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo”.

Yo le digo al Padre: “Deseo que seas glorificado a través de Jesús, así que te pido en el nombre de Jesús que se haga esto”.

La palabra pedir puede significar “demandar”. Estoy demandando que el dolor se vaya del cuerpo de esta persona. Sé que cuando eso ocurre, el Padre está siendo glorificado. Me estoy poniendo del lado de Jesús de este asunto, y estoy haciendo lo que glo-rificará al Padre.

Cuando adoptamos esa actitud, la oración se convierte en un asunto del tamaño de Dios. Esta-mos entrando en la plenitud de Cristo en la vida de oración. Sentados en nuestros hogares, o dondequi-era que estemos, podemos tocar las islas más remo-tas de la tierra. Podemos enviar fuerzas angelicales a ministrar a los que están en necesidad.

Su Palabra se convierte en la moneda del reino. Su nombre en nuestros labios es como si el Maestro mismo estuviera presente. Entremos en esta pode-rosa relación en toda su plenitud.

(56)

El poder de la línea de sangre

Q

ué haces cuando estás en una situación deses-perada? Por ejemplo, ¿hay alguna solución para tratar con los robos y los ladrones? Sí, hay poder en la sangre de Jesús que vencerá cualquier cosa y todo lo que el enemigo pueda traer contra nosotros. Apocalipsis 12:11 se hizo real en mi vida, mi familia y nuestro ministerio para vencer una gran adversidad. Dice: “Y ellos le han vencido

por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos”.

Durante más de cuarenta años, hemos vivido de una forma nueva bajo la protección de la aplicación de este versículo. Hemos vivido libres del peligro de ser víctimas de un enemigo malvado y sin sen-timientos, y de su malvada obra: “El ladrón no viene

sino para hurtar y matar y destruir” (Juan 10:10).

En 1969, nuestras oficinas evangelísticas en Surrey, Canadá, estaban sitiadas por el enemigo. Repetidamente, los ladrones entraban en nuestras oficinas durante la noche para robar y devastar las

11

DG

(57)

57

instalaciones. Usamos todos los medios naturales para detener las arremetidas, incluyendo aumentar las luces, los cerrojos, la seguridad y la vigilancia policial, pero nada funcionó; los ataques persistían.

Había noches en que me despertaba con un su-dor frío con la premonición de que estaban roban-do en nuestras oficinas en ese momento. Saltaba de la cama y me dirigía hacia las oficinas. Más de una vez, descubrí que cuando las luces de mi auto iluminaban el frente del gran edificio, los ladrones escapaban por la puerta de atrás. Era frustrante y perturbador.

Entonces, un evangelista llamado Stevens vino a Canadá para ministrar. El Señor le usó para ganar almas para Cristo y para derribar fortalezas en las vidas de las personas. El diablo se puso furioso y le dijo al hermano Stevens: “Voy a matar a tus hijos en tu granja en Tennessee”.

El hermano Stevens se rió del diablo y le re-spondió: “Satanás, tú no puedes tocar a mis hijos. ¡Le pertenecen a Jesús!”.

Pero Satanás respondió: “He puesto la rabia en los zorros que rondan por el bosque que hay cerca de tu granja. Ellos cruzarán tu vaya para morder a tus hijos e infectarles la rabia. Luego morirán”.

El hermano Stevens tenía experiencia en luchar con el diablo, y sabía que esa amenaza del adver-sario no era un llamado para que él fuera a com-prar un billete de avión, volar a Tennessee e ir a

(58)

cazar zorros con su pistola. En cambio, discernió que era un ataque espiritual, y fue totalmente con-sciente del poder de la sangre, como enseña Éxodo 12:23: “Y cuando vea la sangre en el dintel y en los

dos postes, pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir”.

Les pidió a tres creyentes que se unieran con él para aplicar Apocalipsis 12:11 a esta situación: “Y

ellos le han vencido por medio de la sangre del Cord-ero y de la palabra del testimonio de ellos”. Cada uno

de ellos alzó su dedo índice y, en fe, dibujaron una línea de sangre alrededor de su granja, específica-mente alrededor de los límites.

A los diez días, el hermano Stevens recibió una carta de su hermano, que estaba cuidando de la granja. Decía: “Iba caminando por la parte trasera de tu tierra, y llegué al lindero, y me encontré a cin-co zorros muertos en el suelo. Examiné sus cabezas, y los cinco tenían la rabia”.

¡Gracias a Dios que esos zorros no pudieron cru-zar el lindero! En el ámbito del Espíritu, esa era la línea de sangre. La sangre de Jesús había sido apli-cada por “la palabra de su testimonio”, y todos los zorros murieron.

Cuando oí esa historia, supe que esa era la re-spuesta para nuestras oficinas. Llamé a mi familia y a mi equipo de trabajo. Todos levantamos nuestro dedo índice y, por fe, dibujamos una línea de san-gre alrededor de nuestras oficinas. Sabíamos que la autoridad estaba en la sangre y en las palabras que

Referencias

Documento similar