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Cómo recibir guía de Dios

In document Don Gosset-Hay Un Milagro en Tu Boca (página 91-102)

pasos” (Proverbios 16:9). Debemos someternos a Su

señorío sobre nuestras vidas. “Fíate de Jehová de todo

tu corazón” (Proverbios 3:5). Confiésalo: “Jesús es

Señor; confío en Él con todo mi corazón”.

Debemos resistir al enemigo usando la autori- dad de Jesús para acallar su voz. “Resistid al diablo,

y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). Como somos el

rebaño de Jesús, podemos esperar que Él nos guíe. “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (Juan 10:27).

Permite que Dios te hable como Él quiera. Ora como lo hizo Samuel: “Habla, porque tu siervo oye” (1 Samuel 3:10). Puede que Dios decida hablar con una voz audible (véase Éxodo 3:4–5), en sueños (vé- ase Mateo 2:13, 22) o por visiones (véase Isaías 6; Apocalipsis 1:9–17). Una de las formas más comunes en que Dios guía está revelada en Isaías 30:21: “En-

tonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda”.

Obtén tu propia guía de Dios, pero entiende que el Señor puede usar otras cosas para confirmar tu guía. Al mismo tiempo, ten cuidado con la falsa guía.

Una historia verdadera sobre la guía en China

Hay una historia de la China comunista sobre una mujer cristiana que estaba trabajando en una minería. Una de sus tareas era tocar el silbato que alertaba a los mineros cuando era la hora de sa- lir de la mina para comer o para finalizar el día.

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Fielmente, ella desempeñaba sus tareas como le había enseñado el liderazgo comunista.

Un día, esta señora experimentó una fuerte ur- gencia interna de hacer sonar el silbato una hora antes de la hora de comer. Tenía una gran lucha interior. Sus instrucciones eran esperar otra hora y, sin embargo, ella sentía que el Espíritu Santo le es- taba alertando a hacerlo en ese momento. Desobe- decer las órdenes podría suponerle la pérdida de su empleo, y posiblemente otras consecuencias más. ¿Qué debía hacer?

La decisión estaba tomada, ya que el impulso era muy fuerte. Sin duda, sintió que estaría desobe- deciendo a Dios si no hacía sonar el silbato. Así pues, una hora antes del tiempo establecido, hizo sonar el silbato, y todos los trabajadores salieron de la mina. Cuando salió el último, la mina se derrumbó.

La noticia sobre el derrumbe de la mina se propagó rápidamente por los alrededores. Los oficiales comunistas y los supervisores de la mina acudieron al lugar del accidente. Pronto descubri- eron que estaban todos los trabajadores y que nin- guno había resultado herido. La heroína del día fue la joven que hizo salir a los trabajadores de los pasadizos subterráneos. A continuación siguió un interrogatorio.

“¿Quién te dijo que hicieras sonar el silbato?”, le preguntaron. Ella se sintió obligada a decir ex- actamente lo que había ocurrido: cómo el Espíritu Santo le había urgido a hacer sonar la alarma. Los

trabajadores, familias, amigos y oficiales se dieron cuenta de que el Dios todopoderoso había inter- venido e impedido un desastre minero de grandes proporciones. Y esto llevó a que se propagara un avivamiento del evangelio de Jesucristo en toda la zona.

Tú también puedes ser guiado por Dios. ¡Tú puedes oír Su voz!

¿Qué es un milagro?

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na vez pregunté a toda una clase si podían

definirme lo que es un milagro. Nunca olvidaré las miradas en los rostros de esos jóvenes. Les pregunté: “¿No es Cristo mismo reve- lando la energía creadora de Dios, actuando en la esfera de lo físico?”.

Un milagro es Dios haciendo una intrusión en la esfera de lo sensorial. Es el Espíritu dominando las fuerzas físicas. Cuando Dios sana a una persona, está arreglando lo que el adversario ha distorsionado. Un milagro es Dios restaurando lo que Satanás ha destru- ido. Jesús mismo fue un milagro. Su encarnación fue milagrosa. Los sentidos no pueden entenderlo, pues pertenece a la esfera de lo espiritual.

Sus milagros estaban más allá de todo razonamien- to humano. Él hizo que una extremidad que había sido amputada creciera de nuevo. Sanó al leproso e hizo que esa carne enferma volviera a estar pura y entera. Resucitó de los muertos a un hombre que había estado en la tumba casi una semana; su cuerpo había comen- zado a pudrirse, pero quedó perfectamente sano.

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Jesús habló, y el pez del mar le obedeció. Le or- denó a la tormenta que cesara, y el agua se calmó y tranquilizó. Caminó sobre el agua. ¿Cómo pudo hacerlo? Él era Dios encarnado.

¿Son los milagros parte del plan de Dios para nosotros hoy? La iglesia comenzó con milagros. La nueva criatura es, sin lugar a duda, el principal mi- lagro. Sanar a los enfermos es milagroso, caminar por el mar fue un milagro, pero cuando Dios im- parte Su naturaleza en un hombre como Saulo de Tarso, cuyas manos estaban manchadas de sangre de hombres y mujeres que había asesinado, y en un instante le hace una nueva criatura, eso es el mila- gro de milagros.

Crear el universo es un milagro, pero recrear a un hijo del diablo y hacerle hijo de Dios, impartién- dole la misma naturaleza amante de Dios, para mí, ese es el mayor de todos los milagros.

Cuando quitas lo milagroso del cristianismo, lo único que queda es filosofía, y la filosofía proporcio- na sólo conocimiento sensorial que no puede trans- formar a la gente. El cristianismo es un milagro. Es la intrusión de Dios en la esfera de lo humano.

Tener mentalidad de milagros

El mundo ha desarrollado una mentalidad de duda. En los círculos educativos más altos, es un rasgo de erudición poner un interrogante después de cada frase y desafiar todo lo establecido. Es una condición mental poco saludable, porque pregun- tar de continuo es una señal de debilidad.

La duda nunca ha sido una señal de fortaleza. No es dudar de algo, sino creer algo lo que hace fuerte a los hombres. Las dudas siempre producen reacciones poco saludables. La fe siempre tiene re- acciones saludables.

Dichoso el hombre que tiene una mentalidad de fe hacia Dios y hacia la Biblia, que llega a un punto donde la duda no es bien recibida, más bien abor- recida. Llegará a un lugar donde la fe es cultivada, nutrida y bienvenida.

El siguiente paso más allá de eso es desarrollar una mentalidad de milagros. Jesús tenía una mentali- dad de milagros, al igual que Elías, y también Pablo y Pedro. Una vez que una persona o personas desarrol- lan una mentalidad de milagros, verás escenas que eran comunes para la iglesia apostólica, pero entre la gente con mentalidad de duda y con mentalidad mundana, no verás nada de este carácter.

La mentalidad de fe y de milagros viene de un caminar con el Señor Jesús. Me pregunto si alguien puede caminar cerca del Señor, haciendo de la Bib- lia el centro de su vida y a Jesús el Señor de su vida, sin desarrollar una mentalidad de milagros.

Como ves, cuanto más nos alejamos del Mae- stro, más tenue es nuestra fe. Cuanto más cerca estamos de Él, más claramente le vemos con los ojos de la fe. Si te encuentras en un lugar donde te dominan las dudas, aún te encuentras muy lejos del Maestro. Si estás donde la fe te domina, estás caminando cerca de Él.

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La incredulidad, por tanto, puede denominarse lejanía. La fe puede denominarse cercanía. La men- talidad de milagros le hace a la oración una pro- puesta de negocios: estás haciendo una inversión de tiempo y estás sacando dividendos y pensamientos en tu vida de oración. Estás viendo la obra de Dios.

Nuestra congregación ha desarrollado una men- talidad de fe. Un número bastante grande ha desar- rollado una mentalidad de milagros, y como resulta- do, cada semana vemos milagros asombrosos. Vemos milagros que nuestros amigos científicos dicen que son imposibles, y estamos de acuerdo con ellos. Son imposibles, humanamente hablando; pero “al que

cree todo le es posible” (Marcos 9:23), o para la persona

con una mentalidad de milagros, y cada vez estamos desarrollando más esta mentalidad de milagros. Es- tamos descubriendo que lo que Dios dijo es cierto, y que lo que Dios hizo en Cristo es real.

Por eso les sugiero esto a mis lectores: pide al Se- ñor que te ayude a vivir en la esfera de la Palabra, en la esfera de la fe, para que crezca tu mentalidad de milagros. No me malentiendas; el gran mundo ex- terior vive en la esfera de la razón, pero no puedes vivir en la esfera de la razón y agradar a Dios.

Quizá te preguntes, entonces, cuál es el propósito de haber recibido una razón. Es para santificarla por medio del Espíritu y llevarla cautiva al Señor Jesús para que puedas tener los mismos pensamientos que Dios. (Véase 2 Corintios 10:5). Nunca se te dio para que cultives la duda, el temor y el escepticismo, o

para rebelarte contra la Palabra de Dios y la mente de Cristo. Así que lleva ese razonamiento incontro- lado a la sujeción a Cristo.

Lo sobrenatural

Sobrenatural: la palabra misma respira milagros. El cristianismo mismo es sobrenatural. Es la unión de la Deidad y la humanidad. Esa unión se manifestó primero en el Hombre de Galilea, y luego nueva- mente en el día de Pentecostés, cuando 120 hombres y mujeres estaban unidos con la Deidad.

El nuevo nacimiento es un milagro. Es sobrenat- ural, es participar de la naturaleza de Dios. Cada hijo de Dios es un milagro. Cada vez que el Espíritu viene al cuerpo de una persona y lo hace Su hog- ar, ocurre un milagro. Ahora esa persona es capaz de vivir en la esfera del Espíritu, donde vivió Jesús cuando estaba en la tierra.

La esfera de la fe, la esfera del amor y la esfera del Espíritu representan el plano en el que nos en- contramos con Dios. El que camina por fe y no por la razón o por los sentimientos está caminando en lo sobrenatural. El que camina en amor vive en la esfera por encima de la razón. Eso es sobrenatural.

El hombre natural es egoísta. El amor de Jesús nos saca de la esfera del egoísmo y nos adentra en la esfera de Dios. El hombre que camina en el Espíritu está caminando en la esfera por encima de la razón o la evidencia física. Puede que las experimente, pero no está en su esfera.

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“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes,

porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayu- daré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”

(Isaías 41:10). Aquí está Dios realmente participan- do de nuestras actividades diarias. Él es nuestro aso- ciado en todo lo que somos y hacemos.

Nos está haciendo uno con Él mismo. Su fuerza se convierte en nuestra fuerza. Su vida se convierte en nuestra vida. Su sabiduría, amor y quietud son nuestras. Estamos totalmente identificados con Él, y Él se convierte en parte de todo lo que hacemos, y podemos decir con seguridad: “Todo lo puedo en

Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).

Esto nos saca de la esfera de la debilidad, el temor y la incapacidad y nos lleva la esfera de Su propia capacidad. Nos convertimos en superhombres y mu- jeres. Por Su gracia, sabemos que “mayor es el que está

en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). Po-

demos llevar a cabo lo imposible sin ningún temor. No contamos con nuestras propias debilidades, nuestras limitaciones, nuestra falta de conocimien- to o nuestra falta de finanzas. Contamos con Aquel que nos ha llamado a tener comunión con Su Hijo Jesucristo.

Cómo puedes ser sanado

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erdaderamente es la voluntad de Dios que

recibamos la sanidad para nuestros cuer- pos? Su voluntad se expresa en Su Palabra, donde leemos: “Amado, yo deseo que tú seas prosper-

ado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3 Juan 2). Nuestro Padre amoroso

expresa Sus deseos para nosotros en este dinámico versículo. Él desea que prosperemos y tengamos sa- lud, al igual que prospera nuestra alma.

Requisito previo para la sanidad

Por supuesto, lo más importante es asegurarnos de que estamos prosperando en nuestra alma. Este es un requisito previo para la sanidad. La sanidad de nuestros cuerpos comienza con la sanidad de nuestra alma. Que el alma prospere significa confe- sar y abandonar los pecados conocidos.

Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniq- uidad, el Señor no me habría escuchado.

(Salmo 66:18)

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