Dardo Sebastián Dorronzoro
Dardo Sebastián Dorronzoro
Nelly Dorronzoro
Dardo Sebastián Dorronzoro no creía en la propiedad privada. Consideraba la cultura y el arte como un patrimonio y derecho universal.
Se alienta a la reproducción total o parcial de su obra mientras sea reconocida la autoría de la creación original.
Dardo Sebastián Dorronzoro
Nelly Dorronzoro
Los contenidos de este libro se pueden reproducir y compartir por cualquier medio, siempre y cuando se respete su autoría y esta nota se mantenga. EDICIÓN | Marina Álamo Bryan | Magaly Olivera
DISEÑO | Dania Hermida Cortés FOTOGRAFÍA | Dietmar Blochberger ARCHIVO | Osvaldo Caldú
Primera edición: 2016 Impreso en México
A las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo A los 30 000 desaparecidos en Argentina
En memoria de Raúl Esteban Aguirre, Juan Carlos Barroso, Rosa María Cano, Dardo Sebastián Dorronzoro, Carlos Durán, Jorge Leonardo Elischer, Graciela Ester Erramuspe, Carlos
Alberto Fernández, Enrique Guerrero, Arnaldo Harold Bua,
Rubén Raúl Maggio, Mónica Mignone, Julio Alfredo Navarro, Pedro Núñez, José Alfonso Orellana, Ricardo Luis Palazzo, Vicente Omar Pascarelli, Oscar Alcides Peralta, Alcides Carlos Ramírez, Omar Santiago Siina, Georgina Simerman, Irma Noemí Tardivo, María de los Ángeles Torres, Hilda Zulema Vergara; desaparecidos en Luján.
Un reconocimiento a los que levantaron las banderas de los caídos y siguen creyendo con esperanza en un mundo mejor.
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“Porque todo antes de ser poesía debe pasar por mi corazón, darlo vuelta con el grito para arriba, colocarlo cara al alba, cara al cielo. Todo debe pasar por mi sangre, por mis huesos, por mi respiración, por el corazón de mi sangre, pues yo soy un poeta no un hacedor de versos bonitos”.
Estas palabras que una vez el poeta escribió denen su posición estética, su irrenunciable delidad al hombre, a
ese ser único, irrepetible, que está solo “desde el sollozo y el aire hasta el relámpago”, su apasionado amor hacia los seres más desvalidos, tristes y desamparados, “a los que no tienen amor ni pan, a los que se van sin haber llegado, a los que a veces sonríen, a los que a veces sueñan...”
Por eso, la rebeldía contra un mundo dividido y despedazado, contra el sino sangriento de nuestros días, se alza y transita por estos versos como un dolor, como una cruz.
Yo quisiera evocar aquí el ámbito cotidiano del poeta herrero
que “organizando y desorganizando el erro caliente a
martillazos”, creyó que no era tan difícil vivir si se le daba
al alma la forma de un pájaro, de una or, de una selva, de
una luz, tal como lo dice en su poema “Vivir”.
Amaba las tardes silenciosas con ese vientito fresco de madreselvas y retamas, amaba las mañanas con el canto
de las calandrias y el arrullo de las palomas que se detenían ante su fragua y amaba a ese gato de mirada sombría que lo observaba desde un rincón. Y luego los otros, el otro montón
de perros y de gatos, y más adentro de su corazón, sus amigos, que llegaban por el camino de tierra a la casa donde siempre los esperó la lámpara encendida de una amistad
fraternal, sin claudicaciones ni aquezas.
Todo un universo construido día tras día, año tras año, un universo de profundos ríos y serenas montañas, un universo alimentado y enriquecido con la magia de la fantasía que le hacía soñar con un mundo donde no hubiera desigual-dades, ni miseria, ni chicos tristes, ni hombres cazadores de hombres, un mundo en donde hubiera una máquina que produjera “pan, rosas y olvido”.
El poeta herrero creyó que no era tan difícil vivir así, mirando para afuera, hablando para afuera, gritando para afuera su condición de hombre libre al que jamás se le pudo atar la sangre. El poeta herrero creyó que no era tan difícil vivir así, indagando dentro de sí mismo el profundo misterio del hombre.
Pero era indefenso, tan indefenso “como una gota de llanto con todo el cielo adentro”, según las palabras del poeta dominicano Manuel del Cabral, quien en una carta le dice: “Tú eres de aquellos humildes ante quienes los poderosos se desvanecen; a tu sencilleza le temen los palacios; eres indefenso como una gota de llanto con todo el cielo adentro: ¡qué montaña concentra tanto espacio, tanta altura!”
Con este libro he querido rescatar algunos de sus poemas dispersos en distintas publicaciones; otros, totalmente inéditos,
y he tratado de dar una visión de su pensamiento sobre el hombre, la vida y el amor.
No sé si alguna vez llegará a ver este libro, acaso muchos de sus versos fueron premonitorios porque los poetas ven más claro y más profundo. No sé si alguna vez leeremos juntos estas palabras escritas hoy 25 de febrero de 1978, a veinte meses de haber sido arrancado –arrancado, sí– de todo lo que amaba.
El título de este libro recuerda aquel viernes 25 de junio en 1976, cuando lo vi, por última vez, caminando entre fusiles. Pero los poetas no mueren. Es inútil silenciar su voz. La poesía, por sobre las circunstancias mezquinas y perecederas, se levanta siempre como una llama, como una bandera, como el vuelo invulnerable de un pájaro.
Nelly Dorronzoro
Dardo Sebastián Dorronzoro
P o e m a s
Selección original de Nelly Dorronzoro
Me declaro culpable, muy bien, pero debo advertirles
que ya ustedes me mataron, me enterraron,
me borraron todas las arrugas y las lágrimas de mis hermanos, y me dijeron
que te diviertas con los gusanos, pero olvidaron de borrar
las huellas
que mis pasos marcaron
DE ESTE L
DE ESTE LADO,
ADO,
SOLAMENTE HOMBRES
SOLAMENTE HOMBRES
21 21
No me cortarán el viento de No me cortarán el viento de los ojos,los ojos, yo te digo;
yo te digo;
no me cambiarán de azul la t
no me cambiarán de azul la torre de los pinos,orre de los pinos, ni manejarán palomas con las nubes de mis dedos. ni manejarán palomas con las nubes de mis dedos. Yo soy todas las mañanas de los hombres, te digo, Yo soy todas las mañanas de los hombres, te digo, todos los inviernos, todos los eneros,
todos los inviernos, todos los eneros, yo soy una sa
yo soy una sangre perdida en la calle mngre perdida en la calle más antigua,ás antigua, una espuma de llanto y una
una espuma de llanto y una tos en los jergones;tos en los jergones; yo soy para si
yo soy para siempre en mi último camiempre en mi último camino.no.
TOD
Se muere una sola vez. Se muere una sola vez. No habrá más agua ni amigos, No habrá más agua ni amigos, no habrá más guitarra,
no habrá más guitarra, ni río ni ni río ni muchacha suavmuchacha suave,e, no habrá ya un perro junto a tu
no habrá ya un perro junto a tu corazón.corazón. Se muere sólo una vez.
Se muere sólo una vez. Sí.
Sí.
Y no escupirán mis pasos ni atarán mi Y no escupirán mis pasos ni atarán mi sangre.sangre. Mi lengua es ésta, mírala, nacida para decir cosas. Mi lengua es ésta, mírala, nacida para decir cosas. Y yo no quiero el pan de tus
Y yo no quiero el pan de tus manos, ni quiero el vino.manos, ni quiero el vino. Yo no quiero, no, colgar retratos,
Yo no quiero, no, colgar retratos, ni dormir entre sábanas almidonadas, ni dormir entre sábanas almidonadas,
ni quiero que me alumbren de ores ni de pájaros ni de trigos. ni quiero que me alumbren de ores ni de pájaros ni de trigos.
Yo quiero silbar o cantar o gritar. Yo quiero silbar o cantar o gritar. Y
Yo quiero mirar las nubes o quiero mirar las nubes o el abdomen sucio de o el abdomen sucio de los señoreslos señores sucios, sucios, yo quiero
yo quiero mirar de costado a los ministrmirar de costado a los ministros,os, morir en cualquier amanecer con la sangre limpia. morir en cualquier amanecer con la sangre limpia.
CANCIÓN PARA MI SANGRE LIBRE
CANCIÓN PARA MI SANGRE LIBRE
Comenzaron a matarme de a uno hace muchos siglos, Comenzaron a matarme de a uno hace muchos siglos, después de a setenta, después de
después de a setenta, después de a quinientos,a quinientos,
hay que ver cómo me matan ahora de a miles en cada esquina, hay que ver cómo me matan ahora de a miles en cada esquina, en cada feriado,
en cada feriado,
cómo fabrican sueldos y galones con los huesos que me quedan, cómo fabrican sueldos y galones con los huesos que me quedan, cómo fabrican calabozos para poner algún rincón de mis cómo fabrican calabozos para poner algún rincón de mis pantalones, pantalones, y cómo se turnan entre gordo
y cómo se turnan entre gordo y gordo paray gordo para ver de qué
ver de qué ojo muero primero,ojo muero primero, pero resulta
pero resulta
que cada vez soy más uno de los que cada vez soy más uno de los otros,otros,
uno de los que nacen y renacen y vuelven a nacer entre los uno de los que nacen y renacen y vuelven a nacer entre los fuegos, fuegos,
que cada vez tengo más luz, más pájaros, más ores en la que cada vez tengo más luz, más pájaros, más ores en la
puntería, puntería, que cada vez
que cada vez
me soporto más elegantemente entre los
me soporto más elegantemente entre los erros y los erros y los veranos,veranos,
y hay veces que me
y hay veces que me pregunto –me digo papregunto –me digo para mí– si ellosra mí– si ellos no harían mejor en cambiar de uñas y
no harían mejor en cambiar de uñas y de cuentas,de cuentas, de andar de peldaño en peldaño hacia abajo de
de andar de peldaño en peldaño hacia abajo de las luces,las luces, o en comprarse una sangre nueva, una sangre más limpia o en comprarse una sangre nueva, una sangre más limpia para usar en feriados y domingos.
para usar en feriados y domingos.
Porque eso de matarme tanto con papeles no terminará nunca, Porque eso de matarme tanto con papeles no terminará nunca, y ya se sabe que la prima
y ya se sabe que la primavera avvera avanzaanza sobre los huesos y los
sobre los huesos y los aullidos del invierno.aullidos del invierno.
MIENTRAS ME MATAN
MIENTRAS ME MATAN
24 25
Desde hace rato –milenios–
que están amontonando nuestros huesos, desemenuzándolos,
haciendo con ellos pirámides, catedrales, grandes edicios para
los amos, que nos marcan los números, las palabras, los días de la muerte, y es entonces que nos quedamos aquí, esperando,
nos retorcemos los dedos,
frotamos lámparas contra los inviernos y nos salimos
por la otra parte de los octubres, de los trenes como trompetas al aire, y no hay nadie que nos coloque de frente
al único resplandor que nos surge de la sombra. Adónde están, preguntan ellos, entonces, para dónde se arrastran o se mueren,
o en qué rincón clavan las uñas, se desangran, por encima de los pétalos, por encima
de tantas soledades, de tanto silencio de sangre en los hijos. Pero nada cambia por eso, es lo mismo siempre, desde el primer
viento, nacemos y nos derrumbamos, solos, sin nadie sobre nuestro barro, sobre nuestro aullido, sobre
nuestra ceniza, nada más que nosotros, solos, que somos
desde el sollozo y el aire, hasta el relámpago,
y no sabemos aún, ignoramos nuestra mano de hombre, nuestro puño, ignoramos
que sólo nos acompaña nuestra sangre,
que somos nosotros, nada más, y nuestra sangre, la espuma perfumada de la tierra.
SOLOS
Soy un hombre solo; un hombre de cualquier día, de cualquier calle, de cualquier invierno;
un hombre que tiene su noche completa, y a veces un mayo con perros y sombras en la mitad de la tarde.
Soy un hombre solo. Hay que verme aquí, solo, entre puertas que se cierran al olvido
y midiendo a ojo la hondura del mundo para ver si aún no ha crecido el hombre. Soy un hombre solo, sí, y me destruyo alba por alba de ángeles y recuerdos
mientras compro monedas de luz para mi sangre y el amor se me acerca todos los días para nacerme.
Soy un hombre solo, sí, de adentro para afuera, madurando mi espuma para ser de todos con el único pedazo de horizonte que me dejen, con el último fuego de mi carne.
Yo quiero una máquina para cada uno de nosotros. Una máquina para ti, una máquina para mí. Una máquina zumbadora y alegre,
grande y dócil como un elefante, que produzca pan, rosas y olvido, guardapolvos blancos,
mariposas,
y una dulce lluvia para cuando estemos tristes. Yo quiero, además,
tres palmos de tierra para cada uno de nosotros.
Tres palmos de tierra donde poder sembrar una sola semilla de trigo, una sola violeta,
una sola golondrina,
o donde poder enterrar nuestro perro cuando se muera. Yo quiero para cada uno de nosotros
un salvoconducto para andar por el mundo,
para andar por la primavera y los melancólicos bodegones, sin que se nos mire la suela de los zapatos,
el pulgar de la mano derecha o el interior de nuestro corazón. Y yo quiero, especialmente para mí, un carro con cuatro caballos de viento, un esqueleto de nubes y rocío,
una muchacha sonriendo –para siempre en el recuerdo– y una paloma de papel de seda.
YO QUIERO UNA MÁQUINA
Antes, en los buenos tiempos,
salíamos mi perro y yo y algunos amigos,
a esperar las cinco de la mañana, a esperar el sol, a esperar las nubes rosas con jirafas,
a esperar un canto de gallo, un pedazo de viento, y nos poníamos cada uno un gorrión sobre la cabeza
para que la gente fuera más feliz camino al trabajo, para
que los vendedores y compradores de almas se arrojaran al río todos juntos, o todos oscuros,
y los chicos merodeadores de mendrugos y las muchachas nos saludaran sonriendo,
y el mundo fuera así menos estúpido,
con menos bebedores de sangre en cada chimenea.
LOS BUENOS TIEMPOS
28 29
A veces voy en busca de mí, en busca
de esa porción de hombre que llevo en alguna parte, y me encuentro,
sucio de carne y mundo, y a veces no, ni sucio, a veces
me pierdo como un peine, como una vieja haraposa,
como un número, y te encuentro a vos –de enero y abril– y te digo
otra vez mis años,
mi montón de gatos, mi irme, triste, por calles
quebradas por un tango, por un chico sucio, por la mitad de un llanto,
donde la luna rebota contra recuerdos, súbitamente, o la luz que me queda, o ese reloj sin horas, que se muere junto a mis dedos,
o la canción inventada mientras los zapatos se me van entre agujeros, fantoches
y hombres que beben el sudor de su piel, que beben su cansancio de mugre y tarde,
que beben la propia
razón de su olvido.
Y si es invierno, eso que se mete en los pisos de tierra como una muerte, te vienes conmigo y me miras
los primeros pasos de la sangre, el mate apurado, mi andar contra ciertas arpilleras viejas,
ALGO SOBRE MÍ MISMO
los pasteles
que mi hermana me envuelve delicadamente, entre
aromos y herrerías y cigarras ausentes, y muchos ojos míos alrededor de la mesa.
Y yo te digo, entonces: no hay iguales; fíjate
que nadie es igual a ti, a mí, al obispo o a mi amigo el barrendero, ni mis perros son iguales a los perros del vecino,
ni serán iguales
las paladas de tierra que alguna vez nos echarán encima pero sí son iguales
la hache del hombre, el pan y la sopa y el dolor del hombre, y es igual
la luz
que se nos clava
en mitada de una risa sin posible hambre. Y te ríes,
o te sonríes, y me dejas
cosiendo los agujeros de mis medias, preparándome para treparme a esta torre desde donde
me miro siempre tan pequeño
que me cuesta trabajo ponerme los pantalones. Y luego, cuando se va la estrella, regresas, contemplas mi nacimiento, contemplas
esta arruga tan vieja y clara que me regaló mi padre, mientras
la mitad de tus ojos se dispone a cambiar un pedazo de mi corazón por tu
No me cuelguen precios en las orejas, no me cuelguen vacas, no me cuelguen cascabeles, no me cuelguen ministros, ordenanzas privadas ni muertos
de agosto, que yo quiero oír esas paredes cuando lloran, esas tierras, esos labriegos que amanecen los caminos
con los contratos metidos entre las uñas y los ratones. Además, yo estoy bien así, sin leyes como perros en la sangre, ni decretos para convertir ciudades en bosques con alimañas y largos almacenes, que todo está frente a frente con la última tuberculosis, con el último andrajo del hombre, con la última fatiga, con el último general de la noche.
Queda dicho, entonces, entendámonos: No quiero que nadie me agite alrededor de títulos ni vacancias, ni de jaulas con señores recién salidos de la madrugada, que aún puedo reírme desde la punta de la mano izquierda
para abajo, desde los lunes a las siete para abajo,
desde el dolor de los Alfredos y los Luises para abajo, y todavía me quedan –esto es importante–
veintisiete muertes para morirlas de una sola vez contra las calles.
Podría no morirlas todas, claro, dejar una, quizá, para el regreso cansado a la casa con gatos,
donde todavía me queda una muchacha para el corazón y los ojos, y se arremolinan las noches en torno a los olvidos.
DE ESTE LADO, SOLAMENTE HOMBRES
Al pie de ese árbol,
que camina su sombra encima de tu sueño, se aposenta la soledad de tu memoria y un tiempo destruido.
Uno a uno
se fueron los días de tus huesos, se fueron los retratos, y el mundo, con una sola mano de bramido, retorció tu sangre pensativa. Y ahora
quedas ahí, solo,
debajo del viento y de los pájaros. Yo te saludo.
32 33
Yo tenía un amigo y otro amigo y muchos amigos.
Alguno traía su guitarra, otro su aventura
y otro su soledad y su tristeza.
Aquí, en esta mano, hay alguna lágrima, todavía, de aquel tiempo;
algún recuerdo
que me llega a veces como un galope de caballos, como un perfume
o como un dolor
buscando lugar en la sangre. Yo tenía amigos
que se fueron a buscar la muerte. Otros se convirtieron en maíz, en guitarra, en canciones; otros se convirtieron en ciudad,
en puerto, en mueble de ocina,
y algún otro, como yo, se convirtió en poema.
LOS AMIGOS
Los amigos en invierno vienen golpeando los pies contra las paredes, con la sombra de los árboles metida en las orejas,
cada uno tiene a su mujer, tiene a su hijo, tiene a su perro meno r, que lo esperan para ver si llega con la forma de un pan en la mano, para ver si hay un silbido antes de acercarse a la puerta, o si suena una moneda a contraluz en el bolsillo izquierdo de su saco, pero ellos no quieren historias de los días que pasan
y después de un largo viaje llegan a mi casa,
me agrietan las lámparas de tanto frotarlas para que aparezca el genio, lloran sobre mis libros,
me cuentan las arrugas de la cara y de los relojes,
y luego deciden demolerme la casa desde los ladrillos a las hormigas, pero no les alcanza el viento ni los martillos,
no les alcanzan los reyes de la baraja ni los gatos,
y me buscan entonces el rincón de los miércoles perdidos, una cara parecida a un viejo tirabuzón de madera o simplemente algo que los aleje
de un mundo que no sirve
ni para llevarlo pintado en las zapatillas.
Mi corazón no es el timbre de una casa, mi corazón no es el ojo de la noche, mi corazón no es el grito de la lluvia,
mi corazón no es eso que se sonríe en las tardes silenciosas, mi corazón no es el límite asombrado de tus ojos,
mi corazón no es el camino que lleva hacia el jamás o nunca. No.
Ni ratas ni cruces ni el barro entero ni el ama para que te amen rozan un solo latido, un solo segundo solo de sangre.
Mi corazón es una calle con perros y chozas y ropa al sol en la mañana, es una casa sin puertas, es un río, es un viento de luna, es una sangre de pan, de mariposas de octubre, de martillo, es la mitad de los ojos que se desnudan de pájaros cuando lloran, mi corazón no sirve para letrero,
para ministro, para arzobispo,
para señor de la muerte ni para
esmoquin del señor o para decirle al señor yo le rindo mi homenaje. No.
Mi corazón, además, no es mi corazón. Aquí está, míralo, a esta hora, junto a una música de la noche,
esperando
que alguien llegue, lo tome en sus manos, lo beba, lo destroce, lo fume
o lo acueste delicadamente para que descanse de la vida.
MI CORAZÓN NO ES
No comprendo. Son las mismas calles. Son los mismos hombres. Son los mismos gritos. Son las mismas sangres. No comprendo.
–Otras manos– no las mías– cavan trincheras. Otras manos preparan el pan,
aguzan el hierro. Otras manos destruyen
los últimos restos de la noche. No comprendo.
Viene aquí mi padre, sonriendo, frente al antiguo rostro de la muerte. No comprendo.
Están todos, sin embargo. Nadie falta. No comprendo.
Alguien pregunta: ¿ya llega el alba? No comprendo.
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Cuando duelen los huesos no valen las artimañas, no se puede invocar brujas ni usureros,
ni levantar al aire una sangre de martillos
o iluminarse de ángeles al borde de la pestilencia. Todo está claro cuando uno pasea por sus propias orillas, alimenta a su perro y tira
el último jadeo por el azul de la ventana, o se pone a veces
la cara del ministro para
no enlutarse con la mirada triste de los pájaros. Y el cansancio sigue sin embargo,
pasa su lengua por sombras de recuerdos, examina los labios del amor;
desnuda
los ojos asombrados de la sangre. Mientras tanto, allá están ellos,
lentos en sus mares o bosques o montañas,
nos han robado para siempre el color de las mañanas, el fuego de los dedos,
el viento
que nos trajo alguna vez
la piel serena de la lluvia y los veranos.
CUANDO DUELEN LOS HUESOS
Acabo de no tomarme 20 vasos de vino, Dylan Thomas, acabo de no caerme en este día sobre mi propio pellejo, acabo
de no olvidarme que no hay ciudad ni perdón ni lágrima ni casa para el poeta, que mañana ya no habrá tiempo para ser los mismos,
pero yo igual pienso en tu cara redonda, Dylan, muy redonda, con los labios para afuera de la noche,
con las manos sobre hombros de prostitutas y ruanes,
mientras te bebías el mundo en los 18 whiskys, y las ratas azules, rojas,
amarillas,
se te subían como a mí por los pantalones.
Pero pobre tonto, Dylan, pobre tonto, extenuado de ciudades y grandes almacenes,
cantando en mis cadenas como el mar, me dijiste un día, y rompías botellas a puñetazos, rompías funerales, garzas y otras
cosas, y ya no te daba para más la sangre,
ya no te daba para más la primavera,
ya no te daban para más los sueños sin esa tierra donde
(una madrugada con niebla y olor a ranas fritas)
encontraste llorando tu propia calavera; y yo te dije, entonces, esto es más triste, aún, Dylan, más triste
que tu barro enloquecido, desciende tu entraña hasta mí, pobre gordo, desciende tu corazón hasta esta
altura de los pobres, deja caer aquí una sola sílaba, la única
que puede salvarte del inerno en este inerno.
LOS 18 WHISKYS DE TU MUERTE,
DYLAN THOMAS
Pero ya estabas muerto, con tus 18 whiskys, muerto, Dylan, y los mercaderes andaban por ahí, con ojos y manos como uñas
hipotecando,
vendiendo por algunas monedas, por alguna supuesta cara de domingo, la música cercana de tus huesos.
Dentro de lo posible, trato de no recordarte
nada más que cuando organizo o desorganizo el erro caliente
a martillazos; eso me hace bien,
me saca de nubes rosadas, de alguna escarcha de invierno, de alguna
antigua quemadura, de algún dolor, de alguna muerte, por ahí, aunque a veces no nos pongamos de acuerdo sobre
la mejor manera de hacer para limpiar todo esto,
o me des el mate demasiado frío,
o me digas general de las alpargatas rotas, y yo te vea allá, tan lejos,
por más que estés siempre aquí, en los ojos de mis perros, en el saludo de don Juan, todas las mañanas,
en el nacimiento de alguna noche, de alguna amapola, y nos pongamos serios por esas sombras, por esas arpilleras en
las puerta de los ranchos, con una mano en la mano del pobre,
siempre buscando una razón para acercar nuestra sangre a otra sangre,
o para reírnos, como ahora, vos allá, mirando este cigarrillo que
enciendo,
y yo acá, contándote alguna anécdota del mundo, mientras se van encendiendo las luces, de a una, cerca de cada hombre, de cada altura, de cada viento, y caminemos los dos por esas calles que nos llevan
hasta lo más hondo del alba y de la lágrima.
PARA O.C.
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Estaban los dos hombres en un calabozo. –¿Por qué estás preso? –preguntó uno. –Porque soy libre –contestó el otro. –¿Y qué es la libertad?
–La libertad no existe, como no existe el hombre. Sólo existe el hombre hambriento y el hombre libre.
–¿Y qué es ser un hombre libre?
–No decir y no hacer lo que los hombres libres quieren que uno diga y haga.
–¿Y si te obligan? El hombre libre se rió.
–Precisamente –dijo–, ahí está la fuerza del hombre libre. Nadie puede obligarlo a decir ni hacer lo que no quiere. –Sin embargo –dijo el otro–, ahora, por ejemplo, te obligan a
no estar con la mujer que amas.
–¿Y quién te dijo –contestó el hombre libre– que no estoy con ella?
EL HOMBRE LIBRE
Nos encontramos todas las mañanas. Él va en su bicicleta y yo en mis zapatillas. Los dos a ganarnos el pan. No sé si él se llama Juan o Felipe, y él no sabe si yo me llamo Luis o Pancho. Haga frío o calor, llueva o caigan piedras, siempre nos encontramos. –Chau.
–Chau.
Algún día no nos encontraremos. Ni nos encontraremos al día siguiente, ni al otro. Desde ese momento, yo sabré que él ha muerto. O él sabrá que yo he muerto.
Qué triste estará el mundo, entonces, para el que quede vivo.
ÉL Y YO
Vamos a ver,
mejor dicho tendríamos que ver,
mejor dicho ya hemos visto mucho de lo que hay que ver, hemos visto mucho pero no hemos tocado,
mejor dicho nos han tocado, nos han apaleado, nos han enjaulado, y hemos tenido poco,
mejor dicho no hemos tenido nada,
mejor dicho hemos tenido hambre, a veces, dolor en los huesos, dolor en las uñas, dolor en las tripas, dolor en los hijos, dolor en
la sangre, nunca hemos tenido otra cosa,
mejor dicho nos han tenido,
mejor dicho nos han dado vuelta del revés y del derecho, mejor dicho nos tienen,
mejor dicho nos beben y respiran, mejor dicho nos empaquetan,
mejor dicho nos empaquetan y nos despachan, mejor dicho nos entierran sin muchos honores, mejor dicho nos tiran en un pozo cualquiera, pero vamos a ver,
mejor dicho tendríamos que ver, mejor dicho tendríamos que hacer algo, mejor dicho no solamente tocar la guitarra, mejor dicho no solamente decir que somos bravos,
mejor dicho tendríamos que agarrar el mundo por las cuatro puntas, mejor dicho agarrar el mundo y darlo vuelta para que caiga todo lo que no sirve, mejor dicho para que caiga toda la basura.
VAMOS A VER
Sin ninguna gracia
se balancean de los árboles, colgados de la cola, andan en su último modelo de sangre ajena y fundan
extrañas Babilonias sin Tigris, Éufrates ni Misisipis. En ciertas ocasiones solemos verlos
disputándoles a perros sarnosos y famélicos los sucios mendrugos que abandonan los turista s; calcinándose debajo de cuatro latas, impávidos, o saludando
desde la proa
de un yate que marcha hacia otros mares. No obstante,
nadie entre ellos puede decir no me amen,
no arrastren mis huesos por los pasillos, no metan ese olor de estrellas entre las uñas, no levanten mi soledad
hasta la terrible altura de los dioses,
no me acuñen entre cuatro paredes sin llorarme. No. Ni aquí ni allá, donde nacieron de pronto. (Y es nada más que un momento, uno sólo, señalado siempre por el dedo del hombre,
permitido y negado y perdido y nunca recobrado, mientras
se llora –debajo de carnavales y ruidos de botellas– porque
la sangre
comienza a morir desde que nace).
44 45
Y construyen ciudades con chimeneas, cinematógrafos, estadios,
whiskerías
con sus calles, sus letreros luminosos, sus plazas y sus monumentos, con sus niñas que dicen ti o tú o ven o dime,
con alguien que habla a veces de unos extramuros,
de gatos y una luna a veces rompiendo techos de cartón prensado, de ángeles
sin alas
hundiéndose en la tierra, de muchachos cansados asiéndose en sus sueños
a la última muchacha que se les murió en los ojos. Y nadie puede decir:
déjenme solo,
no quiero esa mano entre las ores de mi c asa,
no quiero leer el último discurso del ministro, no quiero que se le tejan guirnaldas a mi hambre, no quiero
conocer
la profundidad de mi caverna. No.
Y se conversa sobre Shakespeare, sobre Cervantes, sobre M ilton, o sobre la última vez que llegamos al cielo,
pero
lo importante es
que la ciudad esté municipalmente limpia, no salir con ruleros a la calle,
no tirar las cenizas del enemigo sobre la alfombra,
no salpicar con salsa a nuestros vecinos de mesa, no discrepar nunca sin una sonrisa amable. Y así vemos
tantos rostros evangélicos,
tanta supercie aterciopelada de rostros evangélicos,
tanta jaula de rostros evangélicos, tanta
carretera de rostros evangélicos y buen comportamiento, con niveles de sangre,
orquídeas
y rascacielos perfectos a la derecha, y a la izquierda, la mugre y el olvido.
Sin embargo, los bosques
No quiero que me industrialicen, no quiero que me nacionalicen, no quiero
que claven mi lengua en un poste;
no quiero, no, que me enchapen en oro, en erro,
en madera olorosa, no quiero que me
pongan en una sala, cruzado de brazos, con la mirada perdida en un collar de cuervos, o gimiendo
por el costado más claro de mis bigotes. No, diles que me dejen así, con los caballos preparados, con todos
los caballos de luz preparados,
con todos los sauces esperándome desde el fondo de los perros, con tu llegada, azul, a veces,
o roja, y tus ojos
mirándome siempre en la primera sombra de los incendios, o si no, con el puente,
con las doce cuadras hasta tu bulín y el río, y tus pasos de gata y todos
sentados en tu cama, todos
con la sopa en la sartén, con la vieja yerba, con el mate,
y la pava, y la noche
marchándose a chorros por los barrotes, hacia los estrépitos, hacia los trenes,
SEMÁFORO 17
hacia las innumerables batallas,
por un solo pedazo de tu sangre o de mi sangre. Así te digo: así
debe ser, sin gritos, sin el amor de la carne, acaso, pero hundida la garganta de revoluciones, llorando
sobre
el dulce hueso que se queda en el camino, y las piedras,
y los ángeles,
y los mismos veranos de los ríos estrujándonos muriéndonos
por una sola
esperanza. Pero ven, ahora, mira: todo nace
y mañana, quizá, ponga mi última mano sobre tu frente, para irme
bulín arriba, puente arriba,
gatos, perros y amor arriba, hacia antiguos vientos, lluvias,
muchachas en el recuerdo y boliches con la luz del olvido en sus botellas.
El Gallego Osvaldo, Puchi Aducci y Dardo; guerra de barro en el Arroyo del Haras, Luján
YO TE DIRÍA:
HAY QUE VIVIR
Yo te diría:
Hay que vivir.
Hay que hacerse una casa de piedra y huesos de enemigos. Hay que amaestrar una oruga.
Hay que amar. Hay que amarse.
Pero existe mucho de malo en mí y eso me desconsuela, me inhibe para ponerme entre las varas de un carro y tirar como un buen caballo mal alimentado, me pone la piel de plumerillo y margarita silvestre,
me pone ambiguo, me pone
un tinte violáceo alrededor de los ojos –como cuando nos amábamos–, me pone en mano de esa gentecita que se llueve en los jardines, y me duele, entonces, que nadie me diga buen día los lunes,
buenas tardes los martes,
buenas noches los miércoles, que los jueves vengan cobradores de horas y noches no abonadas puntualmente, que los viernes
llegue
esa perfumada carta sin hojas de ayer, sin recuerdos, sin nada
que no sea el pálido deseo de una carne, que los sábados mis gatos dediquen un funeral a mi memoria,
que los domingos
un rumor de río se pegue a la piel de los sauces, o ese mayo,
o esa lluvia a las cinco de la mañana, o ese individuo
que quiere matarse a cualquier hora, o ese que no se mata
VIVIR
52 53
porque lo miran desde una azotea, o no matarme,
sin embargo,
sigo moliendo tu trigo y haciendo tu pan día a día, relleno
horas con tormentas, perros y ciudades lejanas, o me voy
con los amigos
a colgar ropa o fantasmas,
o a tomar mate debajo de ese árbol que se apaga en tus tardes, mientras
manos pacientes, en la sombra, preparan caminos, lámparas, pueblos tristes,
y antiguos relojes marcan la nueva piel de las calles, chimeneas, voces
que van
del sudor a la lágrima, a la estrella, a la furiosa raíz, para contar, para contarte, después,
algo de las banderas, de las ratas
que se prenden a nuestras uñas, de los que bailan al son de los letreros, o de los sabios,
con las medias aún sucias por el último sueldo y sonriendo por los agujeros, aunque
a veces
me quede así, con la cabeza en mis perros, mirando eso que se derrumba muy cerca de mi pellejo, o dentro, y se me ocurre, entonces,
que el mundo debería tener muchas patas,
como las arañas,
que el mundo podría ser una araña, que el mundo
podría ser una olla de guiso, o un pan,
o esa encantadora or que se muere en tus ojos, pero
no hay más que esperar, tejer y destejer, mientras alimentamos el alma,
y los huesos y las lágrimas van adquiriendo la forma correspondiente, ya ves que no es mucho, si alcanzamos a comprender que nunca nos guardarán el turno, que nunca nos traerán la cabeza del monstruo en bandeja de plata,
y que nunca
dejarán de observarnos
desde ese campo de tigres encorbatados, alertas. Sin embargo, eso no es todo: miremos alrededor,
démosle de comer a los perros que ya anochece, y déjame pensar que no es tan difícil vivir así,
contra todos los árboles y los vientos, amando
con miércoles y azules de las calles con barro, inviernos, y pequeños dioses surgidos de la mugre,
sonrientes,
esperándolo todo de nosotros, aunque luego
viene lo demás, y no sé cómo volveremos a ser lo que fuimos antes sin renunciar a la vida
con tanto pecho entre agujeros llamas,
con tanto noamor al amor que existe, con tanto llanto
y tristeza en los rincones. No obstante, fíjate, no es tan difícil vivir así si le damos al alma la forma de un pájaro,
de una or,
de una selva, de una luz,
e iluminamos lobos, increíbles fronteras y nos rascamos las espaldas con ilustres visitantes, o
nos quemamos cejas, pan y botones
en la primera línea de fuego, siempre, en esa línea donde
nadie tiene nunca menos de una cruz para nosotros, una corbata del abuelo, o una bolsa
para que la llenemos de lamentos
no publicados en ninguna parte, ni cantados,
ni bailados, ni orinados,
ni vendidos al gitano para que limpie el t rasero al mono. No, por menos no se puede;
sería
novivir, noamar, nodecir
aquí está este corazón, esta zapatilla,
este brazo aco pero iluminado y duro
para quien lo necesite, para el que llegue primero, o irse
con los mercaderes, con los
ministros patriotas,
a ofrecer por ahí lo único que nos queda en los bolsillos: la última gota de tierra, de sal, de bosque, el último sudor
o la or aquella,tan rara, que una noche
encontraste
al costado celeste de la luna, cuando
grillos y sapos y todo lo que levanta chillidos, ojos
y collares en los salones nos armaban nos armaban un mundo sin pequeños propietarios, sin grandes propietarios,
sin mañana le pago,
sin tendrá que ir al asilo, viejito, sin la plata o vida,
sin anoche escupí sangre, en n, un mundo así, hasta el
alba,
hasta que algún gallo atorrante nos ponía otra vez en este bosque con gerentes, jefes, se atiende de tal a tal hora, automóviles y chapas de bronce relucientes,
juanes cansados,
juanes rumbo al collar y la cadena, y todo lo que ya sabes, lo que ya conoces, pero tengo
un solo cigarrillo, los gatos regresan sigilosamente y ya se abre
la puerta
de la noche: escucha,
ya llega
Nelly Dorronzoro, Dardo y El Galleguito en casa de Dardo
Por sobre
la razón de las computadoras, nacen las rosas, nace una tarde de diciembre, un amor, o estalla un mar,
un trigo, un niño, o una nueva
Sodoma se levanta para ser destruida.
No es la verdad un sinnúmero de tarjetas perforadas, y sí es un pan, un plato vacío,
o es mi martillo golpeando
el eterno corazón del hierro. La verdad es ese hombre, ese gusano o ese cardo
que orece de sol en el amor de tus ojos. Cada uno
es él,
centro de sí mismo
y de la oscura eternidad de los dioses. Pero igual
hay siempre una mano de vitales relámpagos
–de antiguos vientos nacidos en el corazón del hombre–, que nos construye, nos destruye y nos reconstruye, o nos arroja
en medio de un desierto,
de donde solamente el amor puede rescatarnos.
RAZÓN DE AMOR
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Y así, de pronto, solemos ver
dragones de metal engullendo ángeles y oráculos anticipándonos una lenta muerte,
sumergidos
en este delicado incendio de amapolas.
Es una historia tan larga. Noches de verte aquí, en este aire mío, en este
humo de mi cigarrillo que forma tu imagen, noches de verte
tocando la tristeza de tus ojos mi carne desvelada, dueña de mí y ausente,
lejana mía, imposible,
tan clara y bella como esta noche
que se me acerca lentamente a la sangre. Es una historia tan larga. Necesitaría
un millón de noches junto a tu corazón para contártela. Porque te amé tanto –quizá desde siglos–,
que tu nombre
se me hizo rumor de abejas y cielo con pájaros y azules, al comienzo
de todas mis mañanas.
Y acaricié tu pelo, segundo a segundo como lo acaricio ahora, acaricié tu carne tibia hasta dolerme tu ausencia,
te estrujé completa y única hasta que me lloraron los huesos, besé el fondo de tus labios hasta quedarme solo.
Pero no estabas. Tu corazón no estaba.
Lejos de mí las ores de tu carne, lejos de mí tu aliento, tu
piel, ese todo que formas al vibrar entera, y la tierra estaba triste, entonces, sin el viento de tus pasos,
sin esa ternura
que siempre
te orece en los ojos.
Es una historia tan larga, si supieras.
Caben en ella todos los besos que no me diste.
Este verano
no he bebido una sola gota de atardecer contigo junto al río. Y las golondrinas
y los dragones de nubes y los heladeros
y las esquinas con automóviles y monosílabos de grullas, o
un dulce nal de grillos y retamas nos esperan,
para que no te alejes de mi piel dura de árbol y hierro y clara
y asombrosamente parecida a la piel de los camellos y de los dioses. Y nos esperan
muros de pinos y perros en la noche junto al cielo en luna, mientras yo manejo el color de tus ojos entre las piedras de
una calle, y tus dedos
cavan
un pozo de eternidad para mi corazón enemigo de los tenderos y los barcos.
En tanto,
para hacer tiempo,
yo te quiero toda con tus ciudades recuerdos, toda de estaciones, a veces
con trenes y noche, nostálgica mía,
toda de caminos y viejas piedras sin olvido, que ahora viajas
por mis horas de luz entre paredes, por los
estruendos que me nacen la carne, crepúsculo a crepúsculo, por esta niebla mía, por estos labios
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de mi lluvia,
que te besan los ojos cuando estás triste. Ahora
viajas
por todos los pueblos de mi sangre.
Necesito hoy tenerme
de un hilo azul, inmóvil,
o dejarme correr en una tarde del río, o del viento
o de una sombra endurecida por los sauces. Necesito, amor,
mudarme a tus ojos en medio de las tormentas, cazar
un grillo de luz, mientras se mueven todos los instantes de tu sangre, y necesito
no quedarme en la otra orilla,
no indagar rincones del olvido, no partir
antes
de iluminarme entero en todos tus amaneceres.
Quizá antes te busqué entre todas las mujeres, o quizá no te busqué,
o te busqué en mis noches más oscuras, en mis calles más solas, sin llamarte por tu nombre,
porque tu nombre no existía en el mundo, en ese tiempo, y yo no tenía ningún nombre de mujer para llamarte;
quién sabe cuántas veces habrás pasado junto a mí ocultándote el corazón,
o cuando yo estaba tirado boca abajo en la tierra, mordiendo la tierra,
o comiendo un mendrugo junto a los ojos de mi perro, o acaso yo estaba mirando
algún lugar para morir sin encontrarte.
BÚSQUEDA
Íbamos caminando por las entrañas tibias de la noche, ¿recuerdas? Nos llenábamos de aroma y de estrellas y la luna estaba ahí, entre dos árboles, toda tuya y mía, toda inmensa sobre el mun-do, toda dulce, toda tan misteriosa, antigua y bella como el resplandor de tus ojos.
–¿Qué tengo aquí? –Me preguntaste, mostrándome la mano cerrada.
–Una estrella –te dije. –No. –Un grillo. –No. –Un viento. –No. –Mi corazón. –Sí.
Abriste la mano, y mi corazón, transformado en pájaro, se puso a cantar alegremente.
A lo lejos, los hombres rugían en la selva, sin noche ni luna.
NOSOTROS Y LA NOCHE
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Alguna vez fui alguien que viajó en el fuelle de los trenes; fui el hombre que había perdido la hora de tus pasos, alguna vez fui solamente una soledosa tierra de nadie, dos labios para decir tu nombre
en la noche, dos labios
para besar la boca de tu larga ausencia, pero mírame ahora, coloca tu mano aquí, donde
están las ores de tus ojos, y oirás
el paso de tu amor por mis venas, oirás
tu nombre, la luz de tu respiración y este viento
que ahora sacude mi sauce, esta lenta lluvia, este marzo, esta noche
que pasa lentamente por
los extramuros de mi sangre sola. No, no me importa, sé
que tu amor tiene el tamaño de un horizonte, sé
que tu amor y el mío no caben en este profundo misterio de la noche.
ALGUNA VEZ
Yo tengo dos alas de alambre y papel de chocolate,
tengo dos alas y una vez que nos encontramos para siempre, cuando estaban las criaturas y el mundo y los perros sucios, cuando estaban las calles y el pan negados y los dioses derrumbaban sus muros sobre la soledad de los pobres, pero comenzamos a querernos y a inventar mariposas en la
tarde, comenzamos a mirar las voces enemigas y los gatos,
comenzamos a mirarnos la sangre a través de arcángeles y de lobos, comenzamos a tomar mate en una esquina de la mesa, comenzamos a lustrar tardes de veranos y a pintar pájaros
en el viento, aunque a veces yo me iba con el silencio y mis hermanos
silenciosos,
y los campos de arroz y la metralla y las chozas y los chicos casi muertos me lastimaban esta entraña y esta carne que ya eran tuyas, me lastimaban este dolor tan viejo que ya no se sabe dónde
está la esquina, y tus dedos entonces marcaban los nuevos caminos para
mis venas, y tus ojos iban y venían por la orilla más clara de mi noche,
mientras yo te contaba la música lejana de los circos, te contaba calles, estaciones y hombres tristes,
y una revolución que ya incendiaba todos los senderos. Pero yo tengo dos alas de alambre y papel de chocolate, tengo dos alas y una vez que nos encontramos para siempre.
YO TENGO DOS ALAS DE ALAMBRE
Y PAPEL DE CHOCOLATE
Corren las agujas del reloj, ya son todas las horas sobre el viento del mundo, amor,
pero yo igual miro la luz de tus ojos y salgo para no olvidarme, para no recordarme,
para no gemirme,
para matar ayeres y sombras,
para colmarme al hombre toda esta tarde junta, todo este invierno,
todos estos chicos
que salen de sus cuevas para mirar mi cara de alambre y piedra, de remotos hombres a la orilla de los ríos y de los pájaros, mientras
levantan
un solo pedazo de su mugre para ensuciarme el pelo y las orejas, pero
yo me pongo el traje de buzo, el traje de torero
o el traje de ministro a la hora en que se amontonan detrás de los mostradores, y me marcho con los bueyes del alba,
con la sombra de los tigres,
o me rasco los granos de mi abuelo, el que se emborrachaba con viruta de madera,
y ellos siguen ahí rmemente solos, querida,
y yo digo
que me midan de abajo para arriba, de la sangre para afuera, de los pobres que me llevan de los sueños para afuera, pero ellos igual tosen, aúllan, gruñen, se convierten en ratones, se mueren
CARTEL
antes
de saber si el pezón de la madre es la lengua de un gato, si el pezón de la madre es el dedo de un dios,
si el pezón de la madre es el ojo de una carabina,
si el pezón de la madre es un ciervo corriendo por los bosques. Todo muy hermoso, ya ves. Vamos al circo, entonces, vamos a rodearnos la cara de milagros, de jefes de golondrinas, vamos a buscar el retrato que mejor nos quede a la cintura, el lecho nupcial que mejor nos quede a la cintura,
mientras algo se incencia por ahí,
detrás de las cajas registradoras,
detrás de los números, las condecoraciones y los relojes de entrada, y los ángeles taciturnos andan amontonando las piedras sangre a sangre, las calles y sus próceres sangre a sangre,
el amor del hombre sangre a sangre, y no valen ni brujos ni artimañas,
ni Alí Babá y sus cuarenta ladrones,
ni los lobos que devoraron a nuestros abuelos,
ni las señoras que lloran a la hora del té todos sus gusanos, ni los que gimotean por la sarna de su oso hormiguero, por la mirada cruel del herrero herrero,
por el hundimiento en el mar de su próximo enero, pero hay que apurarse un poco, hay que hacerlo,
hay que unir las patas y los picos, los Luises y los martillos, antes
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de que vengan y nos digan: usted es un tornillo usted es un engranaje usted es una rueda de 25 centímetros,
usted es
una lámpara de acetileno. Sí, sin embrago,
yo voy, regreso con las venas y las manos vacías, te digo te quiero.
Me como las uñas y organizo
largos y profundos subterráneos para el invierno, y ellos
se mueren
a razón de uno por cada 30 segundos sin perdirnos permiso, y yo a veces
te pregunto
no hay un fusil por ahí, no hay algo para
que la sangre se me convierta en muchos panes, en muchas mariposas, en muchas barricadas,
para que se me conviertan en una tremenda luz que les alumbre el alma, que les alumbre las orillas del hambre,
que les alumbre los ojos, que les caliente
esos esqueletos vacíos, cada vez más del color de la tierra. Entonces me miras,
el prestamista me mira,
el dueño de los almacenes me mira,
el dueño de las palabras de perdón me mira,
y alguien dice: recuerdo que mi abuela amaba los crespúsculos. Después
comienzan a llegar los pájaros del Norte, del Sur, del Este, del Oeste, comienzan a llegar los hombres hasta la altura del alba, comienzan a llegar las lágrimas tan antiguas como esta mano
antigua y dura, y esa luz
que se abre a chorros de pétalos, de palomas, de amor
La calle es un círculo cuando llegan los señores y yo me muero. No te mueras en mayo me dicen desde una mañana abierta. Pero yo debo morirme porque me han dejado el cráneo sin
corazón ni rosas y la calle es un círculo cuando llegan los señores.
Sin embargo, amada, el mate y tu mano tienen el mismo resplandor de altura, y me cercan debajo de este sol que comenzó en agosto,
la misma tarde en que murió un guerrillero enseñando el alma mientras los generales daban voces de mando en los jardines. Claro que después serán otros los que destapen inviernos, los que se coman el viento helado, la neblina triste, los que se lloren frente a frente de olvidos y recuerdos, los que ya no tengan ni un clavel de luz para sus sombras. Pero yo llegaré desde mi muerte con los tigres necesarios, con los ríos de septiembre y tu amor, amor, a mi costado –limpio el aire de tu brazo en mi cintura clara–,
y toda la sangre de mi voz copando los silencios.
POEMA EN MAYO PARA MI AMADA
Los miércoles eran días nublados generalmente,
y generalmente llovía los jueves pero nada más en las calles de tierra, por donde me llegaban los gatos con las patas embarradas, y entonces no venías a las cuatro de la tarde ni a las cinco, y eran todas las estrellas y todavía te estaba esperando, y era el día siguiente con los gatos y el sol y el vapor de la
tierra mojada, y se moría alguien y uno decía qué lástima,
y llegaban los mosquitos,
llegaban albañiles y llegaba algún muchacho sin cigarrillos, se hablaba de Sofía, de la guerra de Vietnam,
de pibes que se disfrazaban de nosotros para no ser ellos, del pan con una forma determinada, más bien poco, más
bien caro, más bien como un largo aliento cansado sobre la mesa, y enseguida nos poníamos a hacer la revolución debajo de
las ramas, debajo de ese vientito fresco con madreselvas,
pero la cuestión era difícil porque no estabas, y yo no decía nada, sin embargo
me levantaba los pantalones a cada dos minutos, eso sí,
me sentía muy aco,
y la revolución no avanzaba pese a los albañiles,
pese a que las bombas estallaban en todos los rincones de los libros, y eran muchas las horas que se iban por el mundo,
y eran muchos los chicos que se morían de tanto esperarnos, y entonces nos poníamos a dar vueltas las veletas, la cola de los pájaros
LOS DÍAS NO PERDIDOS
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a comer mandarinas, a preguntarnos
adónde estaba la falla del viejo Marx, ese gran loco, y entonces llegabas,
nos sacabas los libros de las manos, nos sacabas el mate,
nos sacabas las cáscaras de mandarinas y nos señalabas
un lugar difícil hacia el medio de la vida. Qué gran cosa era que llegaras.
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Ocurre, Marta, que suelo inventarte de rojo,
que suelo inventarte de catedral, de Greta Garbo, de sombra celeste en la tarde; y ocurre que también invento un pájaro en un costado de tu boca
cuando dices caballo, lluvia,
niños marrones, o cuando me dices herrero
y buscas
la luz y el horizonte de tu sangre en mi sangre.
Pero ocurre, Marta, que a veces no me encuentras, o me encuentras convertido en un montón de gatos,
en un nolvido –ese vértigo de rincones–, con libros,
ausencias,
con un reloj amarillo y lento, con una rosa, un retrato, o con algún amigo que me habla
de lo mal que
para los pobres pobres andan las cosas. Sin embargo,
en ocasiones, Marta, me encuentras caminando como un viento de sauce, como una
tristeza de lluvia, por esa tristeza
que te anochece el corazón, que te hace los ojos marrones, niños,
río
o acaso invierno, o acaso alguna boca que se duerme sin el sabor del pan en sus orillas.
Marta: ahora pongo mi oreja sobre la tierra y oigo tus pasos por el corazón de octubre.
Marta: explícame una mariposa, explícame una nube, Marta, siempre es noche, allá, o donde siempre es frío,
o soledad, o llanto, que ahí tu carne estará
en la carne del herrero, en la luz del herrero, que ya, ahora mismo,
giran, se desbocan, se encabritan los caballos del alba.
Marta, yo te invento de rojo, yo me pongo al hombro tus veinte años y marcho,
yo acerco la mañana y tu cabeza a mi pecho, yo fundo
un pueblo para que lo llenes
de octubres y madreselvas.
Marta: afuera ladran los perros, escucha: una estrella desciende
para nosotros.
Luego o mañana se irán las golondrinas,
se irán desilusionadas porque cada vez las miran menos, porque todos van dentro de los trenes, dentro de los automóviles, dentro de sí mismos; todos van retorciendo sus problemas hasta que aparece un gusano, cómo entonces mirar a las golondrinas
cómo ver que existen, cómo ver que hacen sus nidos junto a tu ventana, Gustavo Adolfo, hermano,
comeremos un par de huevos con un vaso de vino, Gustavo,
porque las golondrinas se irán luego o mañana y sólo nosotros las vemos, sólo nosotros sabemos que a las golondrinas no se las
come fritas, que se las acaricia con un dedo cuando vuelan cerca de
las nubes, que se las dibuja sobre un corazón a la madrugada,
Gustavo,
sólo nosotros recojemos esa pluma que ellas nos dejan para que acariciemos la frente de nuestra muchacha cuando
duerme.
HERMANO GUSTAVO ADOLFO
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Ruido de duraznos, de aire azul, de muchachas, perros y vagabundos
se mezclan con los soldados,
los soldados no tienen ganas de hacer la guerra porque el sol es tibio, y los ancianos descansan sus huesos para la muerte en
cualquier parte, ya no existen presidentes de la república,
no existen ministros,
no existen secretarios, jefes ni salamandras,
y entonces uno se pregunta para qué existen los soldados, y uno se acerca,
se arrima a ellos cautelosamente, los toca, los huele,
y ellos no tienen olor, están inmóviles, duros, porque simplemente,
son soldaditos de plomo y
no tienen ganas de hacer la guerra, ni ganas de hacer nada porque el sol es tibio
y las muchachas
andan entre el aire azul y ruido de duraznos.
RUIDO DE DURAZNOS, DE AIRE AZUL
La esperanza
no es un fábrica de muñecos irrompibles, no me venga con esos viejos cuentos,
la esperanza no es un duende o un arzobispado,
por más que uno no tenga ni un carozo de ciruela en el bolsillo y sea agosto con viento,
y sople el viento sobre nosotros, sobre nuestras pulgas, la esperanza está ahí,
con toda su importancia,
con toda la historia del hombre, la historia del lobo, y no podemos decir buenos días a veces cuando es lunes y vamos a la fábrica con dos mates en el estómago,
pero aún continúa aquí, ella, en algún lugar, silenciosa, inmóvil, sin que nadie la vea,
sin que nadie pueda acariciarla y decirle oh, gatita mía, o decirle mi rosa de invierno, mi rosa de primavera,
sin que nadie pueda tocar su piel con cada dedo de la mano, pero ella se nos va detrás de cualquier perro cuando
alguien nos coloca una moneda en la mano, nos hemos quedado sin olvidos
o el viento de la noche corre muy frío por debajo del puente.
Leo su nombre en un diario, de casualidad,
la marcha del mundo tiene esas cosas raras, querido,
porque el mundo no marcha solo ni solamente por la mano de Dios, pero verlo así en esa lista
me pone el cuero como un fusil, de duro, de excitante, es como si uno viera caerse una magnolia en plena noche, o en plena noche le cayera a uno, a los pies, un pájaro herido, de todos modos estaba usted allí, y era triste verlo,
sin duda ya no tenía sangre cuando lo pusieron, ni a usted le importaría, ya, pero ahora,
se me ponen a gemir todos los perros, escuche,
aunque ya es tarde para verlo hacer una mueca, o decir algo, porque sin duda quedarse muerto es algo difícil
y más aún ahora que todo parece estar tan cerca.
LEO SU NOMBRE EN UN DIARIO
Nadie se acercará a tu lado para ofrecerte un vaso de agua. El tiempo está inmóvil en tus ojos como una araña dormida. Y yo no tengo nada para contarte de tu guitarra,
de tu caballo, ni de tu facón
que se quedó clavado en el corazón de una noche sin olvido. Desde que colocaron una cifra exacta a tu destino, para
siempre, la soledad se enamoró de tu dolor,
de tu corazón de lejanas primaveras, de tu oscura permanencia silenciosa. Y yo, compadre, no tengo nada que decirte.
Puedo contarte, sí, que ya pasaron tus compañeros rumbo al atardecer, rumbo al último pueblo y sólo
te dejaron el pucho de chala encendido en tu boca con ángeles y claveles.
No había tiempo para más, ellos lo sabían y lo saben hoy, seguramente.
Nadie nunca me dijo, compadre, por qué te clavaron ahí manos carceleras, nadie me dijo que tal vez no eras manso
y que no bajaste los ojos frente al dueño de la tierra,
o acaso te emborrachaste en la pulpería porque estabas triste y tu facón salió cortando aquella noche.
POEMA PARA EL GAUCHO
DE CERA QUE ESTÁ EN EL CEPO
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Pero de todos modos estás ahí, nadie te salva, de nada vale que yo te diga ahora, desde este día,
que tengo en mi corazón para que orezca
la gota más pura de tu sangre.
El hambre de rosas o estrellas alcanza
al hombre
en cualquier mar o isla, en cualquier ciudad,
en cualquier camino de su sangre triste. Y sufre,
mira sus pasos en la piedra, mira la inútil noche,
la inútil esquina que doblará mañana. Será siempre así, quizá,
ese latir dentro de una entraña que no late, ese
cambiar las monedas de un bolsillo al otro, y pensar
en las próximas campanadas de los relojes, en esa lanza
clavada
en una tierra siempre desconocida.
Es ella, nada más, nuestra hermana. Su corazón
existe para
la soledad de su entraña detenida, para el vértigo del principio, y
un pensamiento,
no alcanzado todavía en el amor, late, seguramente,
en sus cuatro innitos.
(Habrá en ella, acaso, angustia, luces y ciudades, con el llanto y el amor ineludibles,
y un n
que da
razón de todo).
Es nuestra hermana, sí. Marcha junto a nosotros,
nos acompaña en los siglos, en la calle, en la misma muerte. Se dice
que no
existimos para ella;
pero se tata de nuestra razón, solamente.
HERMANA PIEDRA
La luz se irá de tu carne como se va la tarde:
con remolinos de perros, castillos, y una mano que saluda desde la proa
de un barco de guerreros.
Te conocerán todos allí donde vayas, cómo no,
con todos tus pormenores de hierro y manos pequeñas, de risa y amor para todos,
de huesos duros y nos,
de ojos que miran siempre el litoral de la aurora. Cómo no.
Te conocerán, sin duda,
por tu aliento de cristal y piedra,
por el perl adusto de tu sangre,
por tu piel de naranjo y río, por tu cuerpo entero que nunca amanecerá más –todos lo saben–, al costado de celestes muchachas, sobre caminos de gitanos, carros, lino, caballos, mariposas.
Te llevarás en las puntas de los dedos, perfumes, estaciones, días,
alguna lágrima y, sobre todo, llevarás cuando te vayas,
CANCIÓN PARA CUANDO
SE VAYA EL POETA
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la imagen de un viejo espejo amarillo, una mesa sola,
y una casa pobre, olvidada en un rincón de la eternidad.
Cuando es necesario morirse, la or también se muere, llega el fruto y se muere la or y después el fruto.
Hemos enterrado perros debajo de los pétalos, debajo de la primavera y hemos dejado en la noche a otros seres queridos y hemos
llorado en un mayo o en un enero,
y seguiremos aquí en la tierra sin que nos derrumben muertes, ni deseando muertes,
¿para qué queremos la de ese Francisco, ahora, esa carne putrefacta; ese puñado de carroña?
Solamente valen esas muertes que iluminan,
como la de Rodolfo, Federico, o la de mi padre herrero, esas muertes que nos hacen seguir viviendo, amando, oscureciendo tiranos y asesinos a través de las albas, a través de los Luises, de las Marías, de los Ernestos, esas muertes que nos sostienen la sangre, ese día que llega con toda la luz de los que se fueron y que regresas a cada lágrima, a cada latido, a cada recuerdo,
¿para qué queremos la muerte de ese Francisco, entonces, esa carne putrefacta,
ese puñado de carroña?
Que nadie lo toque con un solo dedo, con un solo grito, que se quede ahí, solo, en la sombra, en el silencio, hasta siempre.
Es bueno que haya para nosotros algo así como una mariposa, no una mariposa mariposa que se la pueda beber el viento, matar la noche
o clavar algún señor con sus alleres, sino algo que vaya de la or a nosotros,
del aire a nosotros,
de sus colores a nosotros, siempre, arriba y abajo, en la luz y en la sombra, en el mismo sueño, y que alguna vez
se nos acerque al corazón, lentamente, para decirnos vamos,
que ya es la hora
de levantar bártulos y memorias.
DE BÁRTULOS Y MEMORIAS
No le nacían bien las cebollas,
tenía un claro sentido de que las brujas descendían sobre ellas, todas las noches, clavaban sus banderas hasta que se despertaban los árboles, pero además estaban los hombres que llegaban con hormigas
en sus portafolios, en sus enormes bolsillos, mangas, en sus botas relucientes y las distribuían cuidadosamente por todos los rincones,
para que ellas le comieran todas las rosas, todos los malvones, todos los porotos,
todos los cimientos de la casa, y él,
entre una y otra cosa, no tenía tiempo para inventarse muchachas al atardecer, para mirarse el lento cambio de la sangre,
para intervenir en las reyertas vecinales,
ni para cuidar de que su piel no se pusiera cada vez más de un color violeta, y entonces comenzó a construirse una montaña.
Con ayuda de sus perros, sus gatos y sus orugas, día a día, la levantaba un centímetro más sobre el nivel de las calles y
los automóviles, la levantaba con una luz parecida a los ojos
de la última muchacha que inventó un agosto,
y en sus cuatro lados le ponía un amigo, un pájaro, una nube de septiembre y una
porción adecuada de olvidos y recuerdos.
Y así, jadeo a jadeo, grano a grano, llegó a la altura más alta, besó la quinta punta de una estrella y comenzó su tarea. Pero no le nacían bien las cebollas y tenía un claro sentido de
que las brujas
NO LE NACÍAN BIEN LAS CEBOLLAS
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descendían sobre ellas todas las noches, clavaban sus banderas y allí se reunían hasta que se despertaban los árboles.
Pero además, estaban los hombres
que llegaban con hormigas en sus portafolios, en sus enormes bolsillos en sus mangas,
en sus botas relucientes.
Qué más quisiéramos que morirnos con un solo ojo, con un ojo almendrado, con un ojo verde, con un ojo oscuro
en la noche, con un ojo lleno de barcos,
con un ojo caído sobre las tiernas rodillas,
sobre las rodillas siempre tibias de la mujer que nos ama. Qué más quisiéramos
que dejar un ojo aquí, sonriente, para mirar cómo
recomienza el mundo.
De todos modos
siempre habrá un hombre que regale sus huesos, que entierre sus lágrimas en su sangre más honda, y habrá un cielo, una tarde, un perro,
y habrá una calle para salvar la vida,
más parecida a los dioses que a los hombres mismos.
SIEMPRE HABRÁ UN HOMBRE
A veces nos ponemos a pensar en los poderosos y tenemos miedo. Tenemos miedo de los poderosos porque son poderosos, pero si nos preguntáramos por qué son poderosos nos
reiríamos a carcajadas. Quizá nos iríamos al circo o alguna otra parte para divertirnos, nos despreocuparíamos de la vejez,
de los sapos de la noche,
del rincón de estar en las casas de señoritas mayores,
de los anarquistas que andan con sus antiguas bombas en los bolsillos y nos preocuparíamos o nos seguiríamos preocupando
por los jergones mugrientos y por las guerras, por el pedazo de pan solo, por las amapolas,
por la primera mujer que nos quiso a los quince años, por la última mujer que nos quiere ahora,
y nos dedicaríamos a demoler poderosos,
a desgastar poderosos con una hojita de afeitar usada, a dejarlos sin orillas,
sin besamanos,
a colocarlos de cara a las palomas de la plaza, y luego
no habría más que dejarlos caer suavemente sobre cualquier mañana para
que desaparezcan
entre un ruido de ventanas y de pájaros.
CANCIÓN PARA
100
Uno aprende tarde a ver las cigarras en los árboles, aprende a verlas cuando
ya no puede subir para agarrarlas
y hacerlas cantar, apretándoles la barriga, cuando ya los capataces nos saben de memoria todas nuestras artimañas,
o los de arriba nos mandan cada vez más abajo,
nos quedamos tontos de tanto pisar ocinas,
o fábricas,
y nos hacen creer que los melocotones son piedras preciosas,
que los patrones están acos por nosotros,
y que los bancos de las plazas los puso algún dios bueno para
que
dejemos caer en ellos nuestros huesos viejos, y para que de vez en cuando
se nos acerque una mariposa moribunda y nos diga: “Tu vida ha sido más corta que la mía”.
UNO APRENDE TARDE A VER
LAS CIGARRAS
105
No es solamente la luna ni el rocío ni la luz celeste de los pájaros, puede también ser una alpargata vieja, toda agujereada, toda casi muerta después de andar fábricas, andamios o duros y calientes caminos de noviembre. No, no necesariamente todo l o poético debe ser bello.
Yo he visto horribles chicos grises como la tierra comiendo tierra. Yo los he visto ahí, con sus andrajos y su mugre, reptando, y los he tocado, acariciado su piel y convertido en ángeles, en mariposas, en viento de septiembre.
Porque todo antes de ser poesía debe pasar por mi corazón, darlo vuelta con el grito para arriba, colocarlo cara al alba, cara al cielo. Todo debe pasar por mi sangre, por mis huesos, por mi respiración, por el corazón de mi sangre.
Pues yo soy un poeta no un hacedor de versos bonitos. Yo soy un poeta que ama a los que no tienen amor ni pan, a los que se van sin haber llegado, a los que a veces sonríen, a los que a veces sueñan, a los que a veces les crece un fusil en las manos y salen a morir por la vida.
En suma: yo he sido, soy y seré un poeta revolucionario.
Sobre mi tumba verán orecer un puño.
Todos esperan, todos esperamos,
espera el coronel y la dama, el general y el ministro, el brigadier y su abuela,
y también espera el herrero,
espera el sacristán, el cura, la niña bien, la niña mal, la niña regular, espera el pordiosero, el desocupado,
la prostituta cara, la prostituta barata,
espera el hombre que se va a morir indefectiblemente a las cuatro de la mañana espera el dueño de las vacas,
pero he aquí que alguien se me acerca sigilosamente y me dice, yo no espero
porque estoy muerto, bien muerto, requetemuerto desde el jueves 24 por la tarde.
TODOS ESPERAMOS
Zanahoria rallada, manzana rallada, muchas proteínas, muchas vitaminas, mucha leche, que no tome frío,que duerma en una habitación ventilada, que las criaturas
durante el primer año son muy delicadas. ¿Ha entendido? Sí, doctor, dijo la mujer,
mientras el doctor salía en cuatro patas de la cueva.
PEDIATRA
108 109
Cuando se cae un techo, empujado por las brujas, se mueren nada más
que los que están debajo del techo, cerca del techo,
y vienen los periodistas, llora algún chico, llora alguna mujer,
alguien comienza a vender los erros, los cascotes,
alguien reza por los pobres muertos,
hasta que llega un perro todo sar noso, todo perro,
no saluda a nadie, no reza, no vende erros ni cascotes,
no se queja cuando le pegan patadas los vigilantes, y sólo dice, qué mundo de mierda, éste,
y se va
con una lágrima
corriéndole por los bigotes.
UN TECHO Y UN PERRO
No tiene importancia que los otros se pongan viejos,
no tiene importancia que los búhos nos miren recelosamente cada noche que pasamos junto a ellos,
no tiene importancia morir de esto o de aquello, que los ríos se desborden lejos de nosotros, pero sí tiene importancia
ser el dueño de un árbol, de un loro, de un conejo, ser dueño de un pantalón azul, de una muchacha celeste
y de un pedazo de soga lo sucientemente largo
para colgarnos cuando tengamos ganas.