de los pájaros muertos a la glicina, a la retama, a los gatos furiosos. Siempre arrastrando papeles amarillos. Siempre los ojos poblados de fantasmas.
Siempre arañando las orillas del inerno.
Siempre juntando y remendando pedacitos de almas que quedaron.
Siempre la soledad en este duro ocio de
rescatar heridas sombras, caminos ilusorios y barcos
que partieron, perdidos, para siempre perdidos.
Nelly Dorronzoro 1998
E p í l o g o
Osvaldo Caldú 2016
200 201
Hace 26 años publicamos en México una selección de poemas
de Dardo Sebastián Dorronzoro bajo el título Viernes 25 .
Aquella selección la hizo Nelly Dorronzoro, la incansable com- pañera que hasta sus últimos días continuó buscando a Dardo tras su desaparición. Esa edición está agotada, por lo mismo decidí hacer una reimpresión de esa selección de poemas agregando otros dispersos en distintas publicaciones, así como inéditos, para dejar un testimonio más completo de su obra. El 25 de junio de 2016 se cumplen 40 años del secuestro de Dardo por un grupo paramilitar que operó en Luján en esos años siniestros y dejó una cauda de 24 desaparecidos que se suman a otros 30 000 a nivel nacional durante la dictadura. Estuve en Luján recientemente con motivo de la instalación de una escultura forjada en hierro en memoria de Dardo y los demás compañeros desaparecidos, en la rotonda de Luis Gogna y Fray Manuel de Torres. Los trabajos de obra ci- vil para su montaje tomaron aproximadamente 20 días, en los que conviví con el vecindario y los trabajadores que me apoyaron. A dos cuadras de la rotonda, en la calle Roque de Luca, Dardo vivió y tuvo su herrería, donde aprendí
ese ocio. Me llamó la atención que excepto entre familiares,
activistas de derechos humanos y gente de mi generación, Dardo es un desconocido para personas menores de 50 años. Cuando intentaba explicar la razón de la obra conmemo- rativa, la gente me miraba con incredulidad y desconoci- miento de estos hechos que yo siento tan frescos y recientes. Es evidente que pese al esfuerzo de tantos por mantener presente la memoria y el reclamo de justicia, la dictadura logró echar un manto de olvido sobre un sector importante de las generaciones posteriores a sus bárbaros crímenes. También hubo autorepresión: padres que no contaron la historia a sus hijos, testigos pasivos permeados por el miedo que los inmovilizó y que eligieron no recordar, porque tal vez el recuerdo revive y lastima la consciencia.
Hoy hay una denuncia permanente: publicaciones, cine y arte que recuerdan los hechos, y detrás de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, pioneras en esta lucha, se alinean organizaciones civiles, culturales y frentes legales de denuncia. Pese a esto, es evidente que un sector joven que no vivió los acontecimientos cierra los ojos o muestra poco interés en el tema. Afortunadamente, otros jóvenes se unen a los más viejos en una actitud militante y solidaria.
Durante los días de la dictadura el contexto era distinto. Los familiares de un desaparecido o detenido deambulaban como parias, los amigos cruzaban la calle para no toparse con ellos y se cerraban la mayoría de las puertas, incluso de la familia.
El miedo petricaba a vecinos, amigos y compañeros de tra-
bajo; el tema era tabú, nadie hablaba de las desapariciones o de la represión. Fueron muy pocas las manos que superaron prejuicios y temores para tender un abrazo solidario. Fun- damentalmente este apoyo surgió entre los que compartían las mismas ausencias o cargaban con el mismo dolor. En esos casos la fraternidad llegó a niveles muy altos, como la que se da entre los que comparten el pasillo de los condenados o el que existe entre las víctimas de un gueto de la Segunda Guerra Mundial. En las cárceles argentinas se dio el mismo fenómeno. En la cárcel de Coronda, Provincia de Santa Fe, tuve el privilegio de compartir el pabellón cinco, llamado el de los irrecuperables, con un extenso número de detenidos.
Ahí el régimen llevó al límite el aislamiento y la represión, y paradójicamente esa fue la cárcel donde se dio una mejor respuesta al incremento de las irracionales medidas internas. Todos los detenidos se organizaban como un solo batallón, donde las diferencias políticas de los partidos de cada uno estaban por debajo de laTripa, órgano tripartito de dirección
que dio una respuesta unitaria a la represión carcelaria. De esta manera, se rompieron todas las formas de aislamiento a través de la solidaridad y el ingenio colectivo. La coor- dinación de las fuerzas revolucionarias en un frente común
—sueño de Roberto Santucho, Marcos Osatinsky y otros— que no se pudo cumplir afuera, se logró adentro de esta cárcel, como una herramienta necesaria para la sobrevivencia.
La indiferencia y la complicidad recorrieron a la sociedad de manera transversal durante esa época. Familias, institu- ciones educativas e Iglesia se sumaron a la conspiración de silencio y olvido. Contrasta la monumentalidad arquitectónica de la iglesia de Luján, con la pequeñez de sus principios, siempre cómplices de criminales y tort uradores que encon- traron cobijo y comunión dentro de sus muros. Sus torres se levantan hacia el cielo, como la mirada de sus curas, para no ver el genocidio cometido en su comunidad por las fuerzas ar- madas. Nos recuerdan permanentemente el martirio de un profeta hace 2 000 años, pero no ven los secuestros y torturas a la sombra de sus torres, cometidos por grupos de tareas que
invocaban a Dios en su cruzada criminal. Históricamente, la Iglesia Católica no ha sido un lugar de luz, sino una cueva de secretos y conspiraciones (aunque hay casos de curas heroicos y solidarios, algunos también víctimas de la represión). Hoy Jorge Mario Bergoglio, máxima autoridad de esta institución tan corrupta, tiene la obligación de cum- plir con su palabra y difundir los documentos de la Iglesia durante la dictadura. Claro, ésta es una expresión de deseo, porque los jesuitas se caracterizan por responder a una pre- gunta con otra pregunta, sin dejar nada claro. Aún está pendiente que se abran los archivos del Vaticano para arrojar luz sobre las aberraciones y crímenes cometidos durante
la Inquisición, el Santo Ocio y la Conquista de América,
donde impusieron la cruz a sangre y fuego exterminando a pueblos originarios y robándoles la tierra.
Si tras la dictadura en Argentina una generación decidió mirar hacia otro lado y olvidar, aquí estamos los viejos para tapar esos baches en la memoria, porque pueblo que olvida repite los errores. Este fenómeno de borrado de disco duro
ocurre en muchas partes; hoy Alemania evita banderas y símbolos nacionalistas y los crímenes nazis son tema tabú entre las nuevas generaciones. Tomar consciencia de esta realidad me obliga a escribir un poco sobre el contexto, la vida de Dardo, Nelly y los desaparecidos de Luján.
Hay pequeños fenómenos que en su momento parecen
insignicantes, pero luego transforman nuestra vida en una
concatenación de acontecimientos impredecibles. Hace 50 años, cuando tenía 13 o 14 años, conocí a Dardo en su casa, en la calle Roque de Luca del Barrio La Loma, hoy Champagnat.
Inmediatamente me impresionó su quijotesca gura: me-
lena blanca y larga, abundante bigote, blanco también, una sensibilidad extrema que le humedecía los ojos de ternura cuando hablaba de los niños con mocos, las casas con puertas de arpillera y las miserias humanas. Otras veces su mirada
era altiva, llameante, desaante, cuando se le hinchaba una
vena en la garganta recordando los crímenes de los dueños de los hombres y de la tierra. Manos fuertes, callosas y correosas,
en sus brazos acos pero rudos, templados por su ocio
matutino de herrero. De su padre heredó las ideas revolu-
cionarias y el ocio. Si bien nació en San Andrés de Giles,
pasó su niñez en San Antonio de Areco, territorio feudal de los Güiraldes, donde periódicamente su padre estaba preso por su actividad política.
Su casa tenía una sencillez extrema, y las amplias ventanas la
hacían muy luminosa. Su ocio de herrero se hacía evidente
en todos los rincones, y los muros de madera aglomerada desaparecían ante los interminables estantes atiborrados de libros. Para un lector ávido era como entrar al jardín de la abundancia, había todo lo imaginable: los clásicos, Marx, Engels, el mamotreto de las obras completas de Lenin, toda la poesía latinoamericana —Vallejo, Neruda, Tuñón—,
Roberto Arlt (con quien Dardo tenía una identicación es-
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contemporáneo; libros que no he vuelto a ver en mi vida, como Fe de erratas de la Biblia de Walbas, un manual imprescin-
dible para leer los evangelios.
Dardo sólo cursó hasta segundo de primaria, pero cuando recomendaba o comentaba un libro, se notaba que los había leído todos y que con ellos se había formado como un intelec-
tual autodidacta. En las tardes, con un Particular sin ltro
en la mano, tipeaba en su vieja Olivetti —que escribía a dos colores por un defecto mecánico, pues la tecla golpeaba en el centro de la cinta bicolor y le daba un tono particular a sus textos—, o leía por horas recargándose de costado en el sillón de su escritorio, en su posición preferida, con una alparga- ta sobre el asiento de la silla, alejándose del texto, buscando la luz de la ventana; nunca usó lentes. Un ejército de gatos cómplices compartían el espacio, entrando y saliendo a sus
anchas por los boquetes abiertos en las puertas para este n.
La puerta principal sin cerradura tenía una moldura secreta que Dardo había diseñado para que los amigos entraran sin llamar a este espacio público que era su casa. Aquí en las tardes llegaba mucha gente: amigos, vecinos, poetas y jóvenes ávidos de compartir las enseñanzas de Dardo. Se hablaba de poesía, noticias y se compartía el sueño por un mundo mejor. Me integré rápidamente a este espacio mágico y creativo, conviví mucho con Dardo y con su entrañable compañera Nelly, trabajé con él en la herrería y aprendí los misterios del hierro, de las formas sutiles que adquiere cuando lo tra- bajas caliente, tan armoniosas como la poesía, que también en manos de Dardo toma la contundencia del hierro para decir verdades. En las mañanas en la herrería, al rítmico tañer del martillo con la bigornia y entre mate y mate, se
losofaba sobre el destino del hombre y la necesidad de
construir un mundo más justo. También los personajes más insólitos e interesantes pasaban a charlar un rato. Los vecinos traían sus bicicletas, mangos de bombas y hierros rotos para
reparar; esto era parte de un servicio social. Dardo decía “si un día ganamos más que los más pobres, vamos a empezar a engordar y la primera grasa va al cerebro”. Hacíamos objetos forjados sobre pedido, siempre cobrando lo mínimo necesario para mantener una casa austera y al batallón de gatos y perros. Con los primeros martillazos del día, Dardo despertaba a los pájaros del castaño y la retama, y los gatos y perros se arrimaban sigilosos por los huecos de las puertas a comer quijadas repartidas equitativamente por Dardo, tras haberlas cocido al rescoldo de la fragua. Sus g atos, de tanto pasearse sobre los estantes, parecían haber adoptado la doctri- na socialista y se alineaban disciplinados en torno a la fragua esperando pacientemente su turno para recibir el alimento. Nelly salía temprano a sus clases de literatura en Luján o en el Instituto Superior del Profesorado en Mercedes y regresaba a casa en las tardes cargada de libros y carpet as. Disfrutaba de la compañía de todos estos jóvenes que invadían su espacio e intimidad para sostener charlas interminables con Dardo a lo largo de tantas noches de esperanzas y elabo- ración de proyectos compartidos, mientras se fumaban sis- temáticamente todos los cigarros LM que Nelly compartía generosamente. En otros momentos se alejaba a corregir sus exámenes, segura de que Dardo tenía para rato con las visitas. Aquí se formó el embrión de lo que sería el Ateneo Literario, después el Cineclub 2001 con sus proyecciones en 16 mm de películas con contenido político y social ( Buby Bua lideraba este proyecto, primero en salones con debate
y después en los barrios). También aquí se organizó el grupo inicial de jóvenes que formaron la Juventud Guevarista. La dictadura de Juan Carlos Onganía, con sus leyes anti-
comunistas y sus presos políticos, empezaba a aojar, pero
el macarthismo en la Escuela Normal y otros centros de enseñanza estaba presente con profesores cómplices y una dirección servil a los dictadores. Luján en esos años era un
pueblo que crecía, llenándose de nuevas barriadas de calles polvorientas, donde un ejército de hombres y mujeres en bicicleta nutría una importante zona industrial. Tenía al- rededor un campo fértil y su cuenca lechera aportaba pros- peridad, además del turismo religioso con su derrama de sábados y domingos. En esta ciudad en expansión existía un
conservadurismo extremo, inuenciado por la presencia en
todos los ámbitos de la Iglesia más poderosa de Argentina, que se extendía como el manto de una bruma medieval de
oscurantismo. Los acontecimientos a nales de la década de
1960 y principios de 1970 devinieron vertiginosos: surgen las primeras guerrillas y Chile vive la esperanza con Allende, mientras que en Argentina comienzan los arrestos de los presos políticos, la fuga de Rawson, la masacre de Trelew (horror premonitorio) y las nuevas formas de represión empiezan a mostrar sus dientes. Cae la dictadura, llega el regreso de un Perón reblandecido y senil, la sangrienta lucha por el poder dentro del peronismo, la represión a la alza, una juventud luchadora y políticamente joven que se queda sin líder, desorientada; una vanguardia revolucionaria que se clandestiniza y pierde el cobijo de las masas trabajadoras. Era una época de compromiso y grandes decisiones, parecía que estábamos ante un momento transformador de la sociedad que requería de todos nuestros esfuerzos. Aquí Dardo, que provenía del socialismo, tuvo claro el momento y vio que la batalla no pasaba por los partidos políticos tradicionales, sino por las nuevas formas de lucha de los jóvenes, el ejemplo de Cuba, el Che Guevara y Vietnam parecían marcar el nuevo rumbo de la lucha social. Dardo apoyó e impulsó decididamente a los que compartían este proyecto, predicó con su prosa, cargada de un ferviente discurso revolucionario, y puso su ejemplo participando en las acciones de propa- ganda y organización política. El accionar de la Triple A ya era evidente: atentados y secuestros a activistas e intelectuales se multiplicaron en 1974.
En noviembre de 1975 secuestran en Luján a Ar naldo Buby
Bua, quien queda desaparecido durante varios días y lo liberan
después de torturarlo. Esa fue la presentación del Comando Nacionalista Jordán Bruno Genta, milicos del Regimiento 6 de Mercedes que con apoyo local, encapuchados y con
zona liberada operaron en Luján. En lo personal, había estado
detenido dos veces en 1974, y en 1975 sufrí una nueva de- tención, la cual se hizo previsible cuando el día anterior Hugo Carranza, fotógrafo que tenía su negocio en el frente de La Posta en la calle San Martín y conocido informante del Ejército, había estado señalando mi casa a unos extraños. Es- tuve cuatro o cinco días detenido en Mercedes y salí con un
habeas corpus que tramitó el abogado Raúl Castro, a quien
a raíz de esto y su actividad en la Universidad de Luján, le pusieron una bomba en su casa, a la que afortunadamente sobrevivió y pudo salir exiliado con su familia a España. Seguí el consejo de Raúl y me fui de Luján, pero de todas formas
fui detenido denitivamente el 19 de octubre de 1975 en la
ciudad de Concordia en Entre Ríos, en compañía de Luis Masone. Ya no salí, pero este azar macabro evitó que fuera cazado por los comandos que visitaban mi casa regularmente. La situación del país se deterioraba rápidamente y el 18 de diciembre de 1975, tras un levantamiento de prueba del brigadier Jesús Orlando Capellini, las cárceles de Entre Ríos quedaron en zona rebelde; momentos difíciles. En la radio se escuchaban sus proclamas, como esta: “En nombre de la
Santísima Virgen, con la espada amígera de Cristo, cortaré
la cabeza de la serpiente comunista”. Aparentemente Jorge Rafael Videla lo somete; era un golpe de prueba, y se estaba preparando algo más grande.
En Luján, en las noches desiertas de los barrios, comandos y
grupos de tareas recorrían las casas buscando a los militantes de
la zona, paseándose en sus caravanas de Falcons, anunciados siempre por los ladridos de perros y las miradas temerosas de los vecinos. En la noche del 9 al 10 de marzo de 1976 mi casa
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es allanada por el autoproclamado Comando Nacionalista Jordán Bruno Genta. Con pasamontañas y medias de mujer en la cara, buscan a mi hermano José Luis y a mí; no sabían que estaba preso. Golpean, interrogan y maltratan a mi madre y a mi hermana de 14 años, las dejan atadas sobre la cama, encapuchadas y con amenaza de muerte. La misma noche aquel comando –que decía actuar en nombre de la Virgen y de Cristo Rey–, secuestra a Graciela Erramuspe, Rubén Maggio, Arturo Laguado y Dardo Sebastián Dorronzoro. Los retuvieron en una casa de seguridad con simulacros de fu- silamiento y tras los interrogatorios y amenazas los soltaron, exhortándolos a borrar las pintadas de la ciudad y a Dardo a retractarse públicamente por ser “ideólogo de jóvenes”.
Entonces aparecen en las paredes de Luján los comunicados del Comando Nacionalista Jordán Bruno Genta, donde ame- nazan a muerte y “mutilación total” a una lista de lujanenses,
la mayoría de ellos hoy desaparecidos. Buby e Hilda deciden
abandonar Luján pues ya no era un lugar seguro. Pasan la última noche en mi casa, que Neli, mi madre, les abrió so- lidaria, advirtiéndoles que no era el lugar indicado, ya que permanentemente caían las patotas. Un día después viajan a
Paso de los Libres, Corrientes, buscando pasar a Brasil con el apoyo de Omar Pascarelli, un compañero de Luján que trabajaba en esa ciudad. Los tres fueron secuestrados en esa frontera y desaparecidos.
El viernes 25 de junio de 1976 Dardo fue secuestrado por segunda ocasión y permanece desaparecido hasta la fecha.
El mismo día secuestran a Graciela Erramuspe, La Negra y
a Rubén Maggio, Mayito. El Comando de más de 15 personas
allana mi casa y les cubren la cabeza a mi mamá y a mi her- mana con capuchas de tela verde militar. Las amenazan, las golpean y les hacen simulacro de fusilamiento queriendo obtener infructuosamente información sobre el paradero de mi hermano José Luis. Dejan la casa destrozada y amena- zan que la próxima vez que regresen, si las encuentran, las
van a matar. E se día mi familia abandona deniti vamente
la casa. La cacería estaba desatada y los secuestros se suce- dían sistemáticamente. Ya con el golpe consolidado después del 24 de marzo, éste deja el rast ro de sangre y muerte más grande en la sociedad civil que recuerde Argentina.
José Luis, mi hermano menor, clandestino de 19 años, logra salvarse tirándose de un tren en marcha en General Rodríguez cuando sus perseguidores estaban por alcanzarlo. Consigue salir al exilio a México. Tiempo después regresa a Argentina y muere el 23 de enero de 1989 en el ataque al Cuartel de
La Tablada, enfrentando a los carapintadas que se estaban