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Papini, Giovanni - Palabras y Sangre

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Academic year: 2021

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GIOVANNI PAPINI

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EL TRES DE SEPTIEMBRE ... 8

LA PRIMERA Y LA SEGUNDA ... 10

EL ÚLTIMO DESEO ... 15

EL HOMBRE DE MI PROPIEDAD ... 17

EL PRISIONERO DE SI MISMO ... 22

LAS ALMAS CAMBIADAS ... 29

QUIEN ME AMA MUERE ... 34

EL HOMBRE QUE SE HA PERDIDO A SI MISMO ... 37

SIN NINGUNA RAZÓN ... 41

ESPERANZA ... 47

CUATRO PERROS HICIERON JUSTICIA ... 51

LA BUENA EDUCACIÓN ... 55

EL RETRATO PROFÉTICO ... 59

EL HOMBRE QUE NO PUDO SER EMPERADOR ... 63

LOS CONSEJOS DE HAMLET ... 65

LA PROFECIA DEL PRISIONERO ... 68

LA PLEGARIA DEL BUZO ... 71

EL MENDIGO DE ALMAS ... 72

EL QUE NO PUDO AMAR ... 75

LA ÚLTIMA VISITA DEL CABALLERO ENFERMO ... 78

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EL TRES DE SEPTIEMBRE

El tres de setiembre salí de casa. Delante de ella se extendían campos, viñedos, árboles, secos barbechos, manchones de hierba. Las vides, cargadas de racimos, se reclinaban voluptuosamente contra los chopos, como las mujeres, con el pecho henchido de juventud, se apoyan en el hombre que aman. Todo el cielo se hallaba lleno de viento que hacía reír con lentos sobresaltos todas las hojas; de monstruos pardos que se estriaban lentamente en el azul; de montañas blancas que se desvanecían; del olor de la tierra húmeda y del maíz amontonado en la era.

Me dirigí hacia el río, a través del vuelo de las abejas negras, amarillas, bordoneantes. El agua era escasa, lenta y cenagosa. A pesar de esto, este río me causó placer. Caminando por la ribera, de cara al viento, hollando las mariposas inmóviles en el suelo, adormecidas por la puesta, llegué al vado. La barca me esperaba y, en un momento, me hallé al otro lado.

¿Por qué prefiero la otra ribera? ¿Porque allí son más tupidos los árboles y la hierba es más alta? Nada de eso. Yo amo los paisajes desnudos donde el sol se puede tender todo el día como un vagabundo. Amo, tal vez, esa otra ribera porque es «la otra», porque no es la mía; porque no es aquella a la que me veo obligado a volver todas las noches.

También el 3 de setiembre me senté sobre la hierba y cuando, cerca de mí, un pescador tendió sus redes y se dispuso a engañar también aquel día a los ridículos peces, pensé que podía comenzar mi obra. Me levanté para acercarme a aquel hombre. Yo no llevaba absolutamente nada en la mano. En el bolsillo llevaba un libro, pero no tenía ninguna gana de leer. El pescador no me miró siquiera. Era un jovencito bajo, con la cara morena y la boca enorme. No parecía inteligente, pero yo no tenía derecho a censurarle «también» esto.

Él se inclinó y lanzó la red al agua. Comenzaba la espera soñolienta del hombre que no piensa en la muerte. Todo estaba tranquilo, pero las sucias moscas que adivinaban el temporal giraban sin reposo en torno nuestro.

¿Para qué esperar más? Hice la pregunta que he de repetir tantas veces: —¿Por qué haces eso?

El jovencito me miró con la expresión que yo ya me había imaginado antes de que hablase: entre el estupor y la compasión. Pero no contestó. Tuve que repetir la pregunta. No podía soportar, en aquel momento, el silencio.

Entonces el jovencito sonrió con su enorme boca y respondió: —Para coger peces.

—¿Y para qué quieres coger peces? —Para venderlos.

—¿Y qué haces con el dinero que obtienes?

—Compro pan, vino, aceite, vestidos, zapatos y todo lo demás. —¿Y por qué compras todas esas cosas?

El jovencito se quedó un poco perplejo. Tuve también, esta vez, que repetir la pregunta, mirándole fijamente. Él miró en torno, como si escuchase el silencio. Tal vez comenzaba a sentir algún recelo, pero contestó:

—Para vivir.

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La sorpresa y la alegría del pescador se exteriorizan desde este momento de un modo ilimitado. Ahora creía ya saber quién era yo, no me juzgaba peligroso, pero no acertaba a comprender lo que me proponía. Yo no tenía ninguna razón para interrumpir el coloquio. Repetí, por lo tanto, con nueva obstinación la pregunta, mientras miraba duramente al acusado.

El jovencito intentó sonreír con desprecio. —Vivo porque he nacido.

—Pero, ¿para qué fin vives?

—¿Para qué fin? ¿Qué quiere decir con eso?

—Quiero decir: ¿cuál es, para ti, la cosa más importante de la vida? —He comprendido. Mi finalidad es ésta: pescar.

Quedé silencioso y, a los pocos momentos, me puse en pie. Era inútil seguir. Habíamos vuelto al principio. El anillo había sido cerrado por la simpleza de aquel bruto.

Me alejé despechado a lo largo de la ribera, pisoteando las florecicas mustias y la hierba sin frescura. Gritos estridentes de muchachos venían de más allá de las malezas. Llegué a un lugar donde se abría, en el seto, una cancela de madera. La empujé y entré en el campo, avanzando con la cabeza baja por la senda mórbida. Había visto, a la izquierda, un campesino que se hallaba cavando y me dirigí decididamente hacia él. Ya me había visto y, por debajo del ala resudada del sombrero de paja, me miraba recelosamente. Se acercaba la vendimia y todos se hallaban en armas contra los ladrones de uva. El silencio de la tarde se interrumpía bruscamente con los resonantes disparos de fusil, hechos al aire.

Cuando me hallé cerca del campesino le miré. A sus pies la tierra húmeda y arenosa había sido movida con calma y se preparaba para otra siembra. La tierra abierta me conmovió como un dolor, pero no pude abstenerme de repetir mi pregunta:

—¿Por qué haces eso?

El campesino me miró con sus negros ojos inquietos y respondió: —Para que nazca el grano.

—¿Y para qué quieres que nazca el grano? —Para hacer pan.

—¿Y para qué tienes necesidad de pan? —Para subsistir.

—Pero, ¿para qué quieres vivir?

Al oír esta pregunta el hombre bajó la cabeza y reanudó su paciente trabajo. El desnudo pie se apoyó de nuevo sobre el hierro y la tierra se abrió y se hizo más oscura y fresca en un momento. Repetí algunas veces la pregunta, pero no obtuve por respuesta más que un gesto socarrón.

El viento continuaba riendo en torno de mi cabeza. Me quité el sombrero, miré al cielo, escuché el sonido de la sirena de una fábrica. Tuve que volver a tomar el sendero y salir del campo.

¡Qué bella me pareció el agua en aquel momento! Caminé un trecho por la ribera, buscando con los ojos al tercer acusado. Los sauces, alineados en cuatro filas, me acompañaban lentamente, y se inclinaban repetidas veces a las embestidas del viento. Cerca había un prado y en el prado una muchachita vestida de rojo se hallaba inclinada para coger las últimas flores del estío.

Yo deseaba en aquel momento un ser, pequeño o grande, que supiese hablar. ¿Qué me importaba todo lo demás? La niña era rubia, pequeña, tal vez estúpida. Me bastaba que no fuese muda y no huyese. La llamé desde lejos, como se llama a los perros. Ella alzó la cabeza entre las flores, me miró sonriendo y dio uno o dos pasos hacia mí. Apenas me hallé a su lado repetí la necesaria pregunta:

—¿Por qué haces eso?

La muchachita no se hizo rogar y me respondió en seguida: —Para hacer un ramo a la Virgen.

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—¿Y por qué quieres hacer un ramo a la Virgen? —Para que se acuerde de mí.

—¿Y por qué quieres que se acuerde de ti?

—Para que me prepare un puesto en el paraíso, cerca de ella, cuando esté muerta.

Bastaba traducir al absoluto las palabras de la rubia para que constituyesen una contestación a lo que le había preguntado. ¿Por qué obraba de aquella manera la muchachita vestida de rojo? Para obtener el paraíso. Vivía, pues, para prepararse a la muerte. Ésta es una contestación —una contestación como no supieron darme los dos grandes ladrones del agua y de la tierra.

Los había olvidado apenas aplasté con mis pies presurosos el trébol y el césped del prado. Marchaba ahora menos triste a lo largo de la ribera. Terminé, al final, cantando. La muchacha me seguía, sosteniendo con sus dos manos el delantal lleno de flores amarillas y violáceas. Pero cuando me volví, al cabo de un trecho, para saludarla y recibir el viento de cara, vi que no solamente ella me había seguido. Más lejos, medio escondidos entre los sauces, venían, charlando entre sí, los dos primeros acusados: el pescador y el campesino.

¿Cómo se habían encontrado? ¿Por qué me habían seguido? No lo sabía, pero vi que «yo» había sabido acercarme a ellos. A pesar de la distancia, estaba seguro de que hablaban de mí. ¿Tal vez a causa de la muchacha? Pero, ¿por qué iba a tener miedo? Me detuve y los esperé, cantando en voz baja. La muchacha siguió su camino y pasó delante de mí; los dos hombres se aproximaron. Sus rostros tenían una expresión malvada; la enorme boca del joven sonreía burlonamente, los ojos potentes del viejo lanzaban relámpagos.

Cuando estuvieron a mi lado se abalanzaron contra mí, insultándome y maltratándome. Eran dos, furiosos y robustos —yo estaba solo, tranquilo y débil—. A los pocos momentos me redujeron a la impotencia, blasfemando para desahogar el furor hasta entonces contenido. Con pasos rápidos salieron de la ribera cubierta de hierba y se metieron en el arenal lodoso. Tuve tiempo para columbrar las ranas pequeñas y pardas saltando hacia los pequeños baches entre las piedras húmedas. Los dos hombres me zarandearon como un saco, como un muerto, y luego me tiraron al agua, riéndose como borrachos.

El agua era baja —las lluvias de últimos de agosto no habían lavado todavía los racimos, ni hinchado los ríos—. Pude ponerme en pie y reanudar, con los huesos doloridos y el vestido empapado de cieno acuoso, el camino del vado.

Los dos hombres huían corriendo; la muchacha se hallaba lejos; y el viento soplaba todavía más fuerte, encolerizado por la pereza de las nubes. No había cambiado nada en el mundo.

—Mañana —dije sonriendo— es el cuatro de setiembre.

LA PRIMERA Y LA SEGUNDA

Había amado a la Primera, y ya no la amaba. Había comenzado a amar a la Segunda, y la Primera seguía amándome. Se trata de una historia chocante. ¿Quién podía pensar que iba a terminar tan misteriosamente? Yo mismo, el culpable, no consigo todavía explicarme el inesperado desarrollo del sencillísimo tema.

No recuerdo, sin embargo, cómo comencé a amar a la Primera. ¿Tal vez porque tenía dos ojos negros más grandes que lo natural, que se inclinaban acobardados delante de los míos? ¿O porque me escribió, sin conocerme, para enviarme su humilde y tímido saludo en medio de una batalla? No era ni alta, ni graciosa, ni bella, pero estaba llena de humildad y de ardor. La vi, le hablé,

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la asusté y terminé amándola. Ella ya me amaba de antes —tal vez me amaba antes de conocerme—. Tenía una pequeña alma ruborosa, una de esas almas que se consumen de fiebre sin descubrirse nunca. Sentía por mí una gran admiración, un amor todavía más grande y una devoción más grande aún.

Yo también, durante cierto tiempo, creí que la amaba.

El descubrimiento de aquella existencia escondida me tentaba. La sensación de mi poder sobre ella me excitaba. Una palabra mía la ponía triste o alegre, insomne o extática. Esperaba de mí órdenes para su vida: sus lecturas, sus ocupaciones eran sugeridas por mí.

Buscaba ser una parte de mí mismo: una cosa familiar mía y nada más. Algún paseo a lo largo de las siniestras avenidas de cipreses, por los valles solitarios, a lo largo de las riberas del río un poco brumoso; algún beso presuroso en la oscuridad de la tarde, alguna carta breve e imperativa eran suficientes para su felicidad. Todos los días yo recibía una carta suya, dos y hasta tres, llenas de pasión elocuente, en las cuales cada uno de mis aspectos, cada uno de mis gestos eran recordados, descritos y comentados con lírico frenesí. Sola en la gran ciudad, lejos de su madre y de su montaña, toda su vida se había concentrado en este amor. Yo era para ella el Universo, mientras ella no era para mí más que una curiosidad.

Pero su amor llegó a ser tan grande que el mío no pudo durar. Siento tanto desprecio hacia mí mismo que no me puedo adaptar a representar la parte del ídolo. Aquella veneración apasionada, que en todos los momentos sentía en torno mío, me irritaba. Saber que cada uno de mis actos era espiado, recordado, engrandecido con todos sus detalles; que cada palabra mía era escuchada, anotada, repetida, comentada, y que toda mi vida era para otro ser un «espectáculo», aunque fuese de gloria, me humillaba. Yo quiero ser para mí, vivir para mí; no quiero que nadie entre en mi vida, aunque sea vestido de esclavo.

Después de un año apenas, comencé a dilatar las visitas, los paseos y las cartas, y ya que, con esto, su pasión no disminuía, sino que no hacía más que crecer, le escribí finalmente una carta sencilla, corta y brusca, para decirle que ya no la amaba, que no la había amado nunca y que dejase de molestarme con sus cartas. Creía que la repentina desesperación, el respeto que sentía hacia mí y su dignidad, le impondrían el silencio. Pero fue todo lo contrario. No quería resignarse a callar. Aceptaba, aunque esto le hacía sangrar el corazón, que yo ya no la amase; pero no quería que le prohibiese que ella me continuase amando.

Continué recibiendo cartas más largas y ardientes que antes. Cada fecha, cada frase, cada palabra, eran evocadas por ella con la más minuciosa y patética exactitud. Cada día repetía que me amaba aún, que me amaba cada día más, que no había amado nunca a nadie más que a mí, que me había amado siempre, que podría obtenerlo todo de ella menos el fin de su amor. Recurrí a los medios más duros y villanos para hacer cesar esta diaria invasión postal: no contesté en absoluto durante largos meses, o bien le escribí cartas breves, frías, irónicas, ofensivas; llegué hasta devolverle sus cartas sin haberlas abierto.

Pero todo esto no cansó ni disminuyó su amor. Me escribía igualmente todos los días sin esperar contestación; si recibía una de mis cartas malvadas, era feliz; me volvía a enviar, en sobre abierto, las cartas rechazadas. Con frecuencia recibía flores que ella había ido a coger para mí al campo. Una vez recibí la fotografía de mi casa que ella había hecho a escondidas. No pudiendo venir a verme, me esperaba en las calles por las que yo acostumbraba pasar, frecuentaba los lugares a donde yo tenía costumbre de ir, e inmediatamente después del encuentro recibía larguísimas cartas en las que me describía su funesta embriaguez por haberme visto de lejos.

Era imposible contener este amor obstinado. Por eso tuve que decidirme a soportarlo sin dar señales de vida. Por algún tiempo mis preocupaciones acerca de un posible cambio en mi vida, algunos largos viajes de vagabundo a través de Italia, me mantuvieron alejado de las mujeres. Pero, un día, encontré a la Segunda —una mujer que ya conocía, pero que no descubrí hasta aquel día—.

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La Segunda era la mujer en su pureza animal, la hembra sana, sencilla, alegre, esbelta, voluptuosa, pronta a la risa, a la defensa y a la caricia. Yo amo las cosas que son lo que deben ser: los perros que me muerden, las campiñas sin surcos, el pan hecho de harina y las mujeres sin literatura. Desde aquel día amé a la Segunda con toda la energía de un cuerpo (¿por qué insistir tanto en el corazón?) de veinticinco años.

Pero la Segunda, precisamente porque la mujer es instintivamente enemiga de aquellos que viven de esperanzas y de palabras, de humo de proyectos y de cigarrillos, no sentía absolutamente nada por mí; se reía conmigo como con los otros, y esto bastaba para desfogar su rica juventud y hacer brillar sus bellos ojos serenos. Todas las artes primitivas del seductor adocenado no servían para nada: miradas lánguidas, adulaciones alambicadas, cartas líricas, paseos con luna y sin ella, ardientes apretones de mano, rápidas tentativas de beso. Todas estas cosas y manejos eran acogidos con una fuga de bella risa franca que confesaba la más tranquila indiferencia de su carne y de su corazón.

A pesar de esto, no podía renunciar a la esperanza de verla gemir un día con la cabeza apoyada sobre mi pecho. Mientras la otra, la Primera, continuaba persiguiéndome con su inútil amor, yo seguía atormentando a la Segunda con mi amor necesario. Un día, no sé cómo, escribiendo a la Segunda, copié, cambiando solamente el masculino en femenino, algunas frases de una carta que me había escrito hacía poco la Primera. Ésta escribía mucho y por eso se repetía mucho, pero debo reconocer que poseía un gran virtuosismo en el estilo amoroso que yo no he poseído nunca, ni deseaba aprender. Abrasada por la pasión, con toda el alma fija en su amor, las imágenes y las imploraciones le nacían espontáneamente, copiosas, y al mismo tiempo absolutamente originales. Aquella mañana, teniendo delante de mí la carta de la Primera, mientras me hallaba escribiendo a la Segunda, me dio de pronto la idea de servirme de la tortura cotidiana para ahorrarme la fatiga de inventar párrafos nuevos.

Mi sorpresa fue grande cuando, al día siguiente, al encontrarme de nuevo con la Segunda, me di cuenta de que mi carta le había hecho más impresión que todas las demás. En vez de reír durante todo el tiempo, como era su costumbre, se mostró más cohibida; quiso discutir la sinceridad de una de las frases que había robado de la carta de la otra, y cuando nos separamos, me pareció que su mano oprimió la mía con menos tranquilidad que las otras veces. Este primer síntoma de victoria no me dejó dormir en toda la noche y, sonriendo a la idea absurda de una magia comunicante, se me ocurrió continuar de propósito lo que había comenzado por casualidad, esto es, servirme de las cartas de la Primera para escribir a la Segunda.

En un profundo y ancho cajón guardaba un centenar de cartas de la Primera; todos los días sacaba dos o tres y extraía de ellas una pequeña antología pasional que luego, merced a alguna añadidura, formaba una bella y larga carta amorosa. El sistema tuvo éxito. ¿Por qué no ampliarlo? Pensé, por lo tanto, en regalar a la Segunda algunos de los libros que me había dado la Primera y los efectos fueron todavía mucho más rápidos y visibles. La Segunda ya no me recibía ahora con su risa de costumbre, sino que esperaba ocultamente junto a la ventana la hora de mi llegada. Al hablar tomaba sin darse cuenta una de mis manos, la estrechaba y la acariciaba nerviosamente.

Sus ojos, especialmente cuando me iba a marchar, se hacían casi lánguidos. Con las palabras rechazaba todavía mi amor, pero toda su persona comenzaba a confesar el suyo.

Un día la Primera me envió un gran sobre lleno de violetas silvestres. Antes de que se mustiasen las metí en otro sobre y las llevé en seguida a la Segunda, diciéndole que aquélla era una «carta de Primavera».

Otro día encontré en un estuche un anillo de oro ornado con una pequeña piedra roja que había cogido por fuerza a la Primera en los días ardientes de mi casi amor por ella. Pensé regalar aquel lindo anillo a la Segunda; era una especie de traición, pero no pude contenerme. Aunque la Segunda no hubiese confesado todavía que me amaba, las manifestaciones eran, sin embargo, tantas,

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que podía arriesgarme perfectamente a hacerle aquel presente. Se lo envié y, al día siguiente, vi a la Segunda con la sortija de la Primera en el dedo, conmovida, sonriente, un poco triste. Después de permanecer un rato silenciosa, después de haberme preguntado una y otra vez si verdaderamente la amaba, después de haberse vuelto a quedar silenciosa, se acercó a mí, se apretó contra mi cuerpo, y con el rostro encendido y con voz distinta de la acostumbrada me confesó que me quería, que no podía menos de amarme.

Desde aquel día comenzó mi verdadera felicidad. Largas horas pasadas en silencio, abrazados —largas horas de risas y de confidencias—, largos paseos en los que se cogían pétalos rosados y rápidos besos a la sombra de las paredes —todo lo que los enamorados saben y sienten, lo conocimos juntos durante meses y meses.

La Primera continuaba enviándome sus interminables cartas, y yo sin confesar nada a la Segunda, me aprendía de memoria sus nuevas frases para repetírselas a la nueva amada.

Y durante mucho tiempo continuó este singular plagio privado, esa transmisión de palabras y de cosas entre dos mujeres ignotas y amantes a través de un hombre solo, olvidadizo y lleno de deseos. Era como si se tratase de una oculta transmisión entre desconocidos obtenida con medios desconocidos. Había observado, desde el principio, que en los días en que la Primera había buscado verme y me había mirado largamente con sus enormes ojos negros, llenos de tristeza y de pasión, la Segunda mostraba amarme con furioso amor; mientras que cuando no había carta alguna de la Primera, la otra aparecía más silenciosa y retraída. Me daba cuenta de esto y de otros hechos, pero en el abandono del nuevo y fresco amor no buscaba ni quería explicarlos, y no pensaba tampoco en las consecuencias que podía tener para mí esa transmisión espiritual.

Yo no veía todo el sentido de la increíble relación que se había establecido entre nosotros tres; era amado por la Segunda por cuanto la Primera me amaba todavía. ¿Qué habría pasado si la Primera hubiese dejado de amarme?

No quería pensarlo, a pesar de que esto podía suceder y sucedió.

¿Cómo pudo la Primera descubrir mi amor por la Segunda? No he podido saberlo nunca fijamente; tal vez una amiga, tal vez un presentimiento, tal vez una denuncia secreta. Había usado todas las precauciones predilectas de mi alma, naturalmente reservada, para esconder mi último amor. Iba con la Segunda por las calles y campos donde estaba seguro de no encontrar a nadie, ni a gentes que sólo me conociesen de vista —iba a su casa, de escondidas, al caer de la noche, cuando sabía que la Primera se hallaba en su casa.

Pero lo supo —y me lo dijo en una carta de veinte a treinta páginas, en la cual el amor, el sentimiento, la desesperación, la súplica, el despecho y la rabia formaban una confusa mezcla sentimental—. La carta terminaba de este modo:

«Comprendo que mi martirio está a punto de terminar, comprendo que mi loco amor va a morir. ¿Estarás contento, al fin?»

Antes de amar a la Segunda, estas palabras me habrían quitado un peso del corazón; pero ahora, después de lo que había pasado, tuve miedo.

Durante todo el día me sentí malísimo y no pude hacer nada. Apenas se hizo de noche fui a casa de la Segunda y comencé a besarla alocadamente, en la cara y en las manos, sin darle siquiera tiempo a cerrar la puerta. Estaba fría, ceñuda, aburrida. La abracé, le dije en voz baja mil palabras dulces, le pregunté qué tenía, qué le había hecho, por qué se hallaba pensativa y malhumorada; pero todo fue inútil, no me fue posible sacarla de su abatimiento. Tal vez, pensé, se trata de alguna tristeza que no quiere revelarme porque le da vergüenza.

No pude calmarme, ni aquella noche, ni al día siguiente. Pasaron algunos días. La Primera ya no me escribía, no se dejaba ver, ya no me seguía; pero la Segunda estaba cada vez más triste, más seria, más aburrida que nunca, y yo no conseguía, ni con palabras, ni con regalos, ni con caricias, hacerla volver al alegre amor de otro tiempo. Una mañana, otra carta, y esta vez de la Segunda. ¿Por

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qué escribía? ¿Qué quería de mí? ¿Cómo es que me escribía ella que no me había mandado jamás una carta?

Al rasgar el sobre, temblaba como una hoja. Tenía razón de temblar: leí entre lágrimas que la Segunda, mi bella, mi graciosa y alegre Segunda, ya no me amaba, a pesar de que no sabía por qué razón, y que ya no quería amarme más, aunque mí dolor le causaba pena.

Los que hayan recibido cartas semejantes comprenderán la angustia que sentí en aquel momento. No sabía qué hacer ni qué pensar..., a ratos estaba furioso como una bestia encadenada, en otros abatido como un hombre que se deshace en la nada. Reflexioné sobre lo que podría intentar, posible e imposible, para hacer renacer el amor en la Segunda, y vi finalmente que una sola cosa, aunque extravagante y dolorosa, podía devolverme la alegría: volver a la Primera, obtener su perdón.

El mismo día, después de haberme tranquilizado un poco, escribí a la Primera ordenándole que se hallase al día siguiente en una calle que ella conocía muy bien, pues quería hablarle, y escribí a la Segunda que no podía creer en sus palabras, pero que no tenía valor para volverla a ver en seguida. Al día siguiente, la Primera, temblorosa, me esperaba. ¿Cómo podía fingir el amor hacia ella, a la que ya no amaba, hacia ella que me había aburrido durante tanto tiempo, y fingir para engañarla, en beneficio de esos dos que la habían hecho sufrir tanto? Sin embargo, era necesario que recitase la escena de la pasión que vuelve, del arrepentimiento que enternece, del remordimiento que roe. Era necesario engañar villanamente a una desgraciada, ensuciar mi alma con una repugnante doblez para obtener de nuevo el amor de mi preciosa Segunda. No he sufrido nunca tanto hablando de amor a una mujer como en aquel día. Le hice creer lo que quise. Lo negué todo, lo prometí todo. Para hacerme volver a amar de la ausente me esforcé en hacerme volver a amar de la presente. La escena fue larga y patética, entremezclada de lágrimas y besos. Cuando atardeció había vencido. Vi en los grandes ojos negros aparecer el amor que sólo por pocos días había sido, no asesinado, sino recubierto por los celos y el desdén.

Después de este fatigoso sacrificio no tuve valor de volver a la Segunda. Al día siguiente recomenzaron las largas, insistentes y frecuentes cartas de la Primera. Para asegurarme mejor de mi victoria quise acompañarla una vez más a los lugares donde nos habíamos amado en las lejanas mañanas de primavera. Volvimos a un sendero escondido, bordeado de cipreses, y cogí para ella algunas ramas de retama. Era feliz, dichosa, loca: no se atrevía a hablar por miedo de que desapareciese de su lado como el fantasma de un sueño.

A las pocas horas recibí una carta de la Segunda. Pocas líneas.

Ven, vuelve, alma mía. Te amo, te amo más, te amaré siempre. El otro día estaba loca. Vuelve, te espero..., no me hagas sufrir.

La misma tarde corrí a su casa: la encontré como antes, llena de risa, de gracia, de voluptuosidad.

Pero el éxtasis de la reconquista debía durar poco; el destino no estaba contento. Cegado por mi alegría, apresuré el final de todo. Quise llevar a la Segunda al campo, como a la Primera, y gozar de su bello rostro entre los árboles, la hierba y la soledad. No comprendo por qué nos dirigimos a una parte donde no habíamos estado nunca. Ella misma quiso cambiar de camino y me señaló con la mano un otero cubierto de amarilla retama. «Quiero ir allí —me dijo—: ¡me gusta tanto la retama! Quiero llevarme un ramo a casa.»

¿Podía dejar de obedecerla? Y, sin embargo, en aquel momento sentí algo en mi interior y me pareció que mis piernas temblaban. Detrás de aquel otero se hallaba la senda de mis amores con la Primera, la senda con cipreses donde tantas veces nos habíamos sentado, con la mano en la mano y

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la boca en la boca. Fuimos. Para descender nos aproximamos al sendero, al sendero que no podía volver a ver sin espanto, pensando en la última escena de fingimiento con la otra. ¡Pero la Segunda estaba tan alegre! Corría delante de mí, gritando, con el rostro encendido, los ojos brillantes, las manos llenas de ramas amarillas. Yo corría tras ella, la alcanzaba, la estrujaba entre mis brazos, la besaba en la boca, le chupaba los labios húmedos y tibios.

A poca distancia oímos pasos... y un grito.

La otra, la Primera, venía hacia nosotros por el sendero y me había reconocido. Vi un momento su rostro pálido y sus ojos locos. Me separé de la Segunda y me puse en pie. La Primera se acercaba: había venido tal vez para pensar en mí, para volver a soñar en aquel lugar donde había sido tan feliz. Cuando estuvo delante gritó con voz ronca:

—¡Basta!

Y pasó de largo, y se oyó de pronto la convulsión de un sollozo. Luego desapareció. Miré a la Segunda. También estaba pálida, el rostro trastornado. Arrojó al suelo las retamas y me dijo:

—¡Adiós!

Y se alejó, como la otra, sollozando. Y desde aquel día ninguna de las dos me ha vuelto a amar, las dos me han olvidado y han encontrado otro amor. Yo me he quedado solo y no amo a nadie, ni siquiera los recuerdos. He escrito esto para liberarme de ellos.

EL ÚLTIMO DESEO

Cuando te miro y pienso que puedes morir, y que ya no tendría el dolor de mirarte, y la zozobra de escuchar tu llanto tranquilo, y el deseo de ahogarte con mis manos..., entonces veo que tus ojos se velan y caes como muerta, y en un momento te pones fría como quien ha perdido el alma después de largas horas de lluvia y oscuridad.

Pero en este instante mismo lloro tu fin demasiado veloz y mi tremenda potencia, y vuelvo a pensar en tu risa cascabelera detrás de las puertas, y en la tibia morbidez de tu piel, y en tu pobre pasado... Y lloro por ti y por mí, y pienso que puedes renacer de pronto y alzarte sana y bella como antes, y volverme a reír con los ojos, y volverme a reír con la boca, y volverme a reír con los ricitos castaños volanderos sobre las sienes. Y apenas acabo de pensar esto, te hallas de nuevo delante de mí, tibia, dulce, sonriente, sin una sola lágrima prendida en las pestañas y, apenas te estrecho la delgada mano, me abrazas con el pecho sobresaltado.

Entonces miro fuera de la habitación y fuera de mí y «pienso»: aquella casa de allá lejos es demasiado fea. Detrás de aquel cubo de sucios ladrillos hay una montaña ornada de nuevos cipreses y abofeteada por el viento.

Al cabo de un momento la casa se derrumba sin ruido, sus muros desaparecen como si fuesen de sombra y de humo, y surge detrás la bella montaña que parece nacer en aquel instante de la tierra, y alza su cúspide hacia las nubes, casi envidiosa de su altura.

Para huir de la maldición que trae consigo mi pensamiento, salgo de casa, intento no ver, no pensar. Las asechanzas del demonio bordonean en torno mío como un feo enjambre.

Apenas se manifiesta un deseo dentro de mí mismo, me detengo, pálido y sudoroso, como si me fuese a desvanecer.

«¡Cómo desearía que aquella mujer me amase!», piensa en mí el pobre pensamiento. Y he aquí que aquella mujer se me acerca y me mira, fijamente con ojos que ofrecen el cuerpo, y también —¿quién sabe?—, y también el alma.

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«Si pudiese marcharme mil millas lejos», insiste el pensamiento, avergonzado e impaciente. Y he aquí que me encuentro, sin saber cómo, en otra tierra, dentro de un aire que me ahoga con nuevos perfumes, y el cielo es todo amarillo, y los árboles están sin hojas, y los hombres gritan en una lengua que no comprendo.

«¡Desearía no ver nada!», piensa mi pensamiento espantado y demasiado solo. La noche — una noche demasiado profunda para ser verdadera— me envuelve, me entierra, me obliga al silencio y hace callar al instante los latidos demasiado impetuosos de mi estúpido corazón.

Pienso que si continúo así me pondré enfermo... Las piernas me flaquean, la cabeza me da martillazos, la sangre está conmovida, los huesos parecen deshacerse todos en medula.

En medio del dolor, deseo mi habitación, mi pobre lecho duro y en el cual me he embrutecido y sublevado tantas noches, y, de pronto, me siento allí, bajo la blanca sábana, en mi habitación que tiene las ventanas entornadas, como cuando hay un enfermo grave y el médico no ha llegado aún.

Pero estoy solo, abandonado como en un asilo. ¿Por qué no me habla nadie, dulcemente, junto al oído? ¡Oh, bellos días de primavera cuando en torno mío estaban Él y el Otro, y el Tercer Amigo, y el compañero más querido...!

¿Qué es ese ruido? Son voces —¡son sus voces!—. Están todos aquí, en torno mío —Él y el Otro y todos los demás—, y hablan y ríen y fuman como si yo estuviese con ellos y no estuviese enfermo.

«Pero, ¿en realidad estoy enfermo?» No lo parece: en este mismo instante me levanto de la cama, cesan todos los dolores, vuelvo a estar pálido como siempre, el corazón vuelve a ser cuerdo, y me doy cuenta de que los labios intentan reír, pero que no se atreven. ¡Qué bien estoy! ¡Cómo disfruto de la vida! ¿No os habéis dado cuenta de que el respirar es la más grande voluptuosidad del mundo? Me siento tan fuerte y al mismo tiempo tan ligero —casi celestial...— ¿Si pudiese volar?

«Amigos, ¡adiós!, ¡adiós! Me siento transportado como una hoja por el viento. Acordaos siempre de mí, amadme más ahora que ya no estoy entre vosotros...»

Y vuelo por el cielo sin posarme y todas las ciudades son montones de guijarros y basura bajo mis pies, y las montañas parecen la costra de una repugnante enfermedad de la tierra.

«¿Cómo he podido vivir allí tantos años? —pienso con espanto—. No quiero volver nunca más a aquella fosa, a aquel agujero.»

Pero, poco a poco, el vuelo me cansa: la altura me da vértigo. Pienso en mi buena casa de piedra, en mi ciudad dividida por el agua, recuerdo a los que prometí que no abandonaría nunca, ni aun después de la muerte.

«¡Si pudiese volver al barro! —susurra el vil pensamiento—. Yo no me siento grande más que entre las pequeñeces.»

Después de algunos instantes me hallo de nuevo en mi cuarto, entre mis libros en desorden, junto a la pequeña amorosa que me mira sin poder hablarme.

«¿Cómo lo haré —pienso— para liberarme de mi poder? Cualquier cosa que piense se convierte inmediatamente en real. Mi fantasía es una orden para las cosas. Debo intentar no pensar ni desear.»

¡No lo hubiese dicho! Lentamente, poco a poco, comienzo a sentirme vacío, inerte, torpe, estúpido como un muchacho que acaba de nacer; inconsciente, como una planta que crea una a una sus hojas. Ningún deseo me agita, el mundo me parece sin significación y ni siquiera imagino que pueda tenerla. Pero, antes de que mi voluntad muera del todo, siento el pavor de aquel desvanecimiento vegetal e intento dar una orden, una sola orden a mi alma.

«¡Quiero acordarme de todo! ¡Quiero saberlo todo!» Y ya estoy como antes, demasiado lúcido, demasiado inteligente, triste como la vida, resignado como la sabiduría.

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Miro en torno y vuelvo a ver la pequeña mujer que me mira siempre y que no sabe hablar. Siento que su roja boca está seca y tiene necesidad de un beso, pero no quiero dárselo, y entonces las lágrimas que estaban esperando hacía tantas horas, se vierten temblorosas de sus bellos ojos. En este momento la amo como no la había amado nunca.

«¿Qué harías si me marchase de pronto? ¿Si muriese para siempre y perdiese al mismo tiempo mi espantoso poder de mandar al mundo?»

Pero, por Dios, ¿qué pasa? ¡Ella muere de verdad! La cabeza le cae sobre el pecho, el rostro está pálido, la mano está fría y todo el cuerpo se abandona sin gracia. ¡Os digo que ella está muerta, muerta de verdad! ¡Pero yo no quiero que muera! ¡Yo no puedo hacerla revivir, resucitarla de pronto! Yo lo puedo todo, comprendedlo, puedo todo lo que quiero. Cualquier fantasía mía es una orden. ¿Nada sabéis de mi poder?

¡Despiértate, pues! ¡Levántate, habla, sonríe, oh dulcísima parte mía! ¡Ahora mismo!, ¿lo oyes? Ahora mismo, sin titubeos, como la otra vez. Sonreís. ¿Creéis que soy fanfarrón como un loco? Esperad, esperad todavía un momento...

Pero, ¿por qué no se alza, por qué no ríe, por qué no llora como antes? ¡Yo quiero que vivas! ¿Habré perdido, pues, mi poder... ahora, en este momento? ¿He pensado que había perdido mi poder y lo he perdido de verdad? ¡Pero esto no es posible! Un momento..., ¡un solo momento! ¡Una orden, una orden única! ¡En nombre de todo el cielo, tengo todavía necesidad de mandar a la vida por un segundo! ¿No veis que está muerta y que no se mueve? La amo, compréndelo, la he amado siempre, incluso cuando la hacía llorar; he prometido amarla siempre y quiero amarla siempre y siempre más. ¿No sentiré, pues, nunca jamás la húmeda presión de tus labios, el muelle peso de tu pecho?

Pues entonces, haced al menos que yo muera, que no sienta más la desesperación que me estruja el corazón. ¡Hacedme morir! ¡Quiero morir en seguida! ¡Quiero la muerte! ¡La muerte!

EL HOMBRE DE MI PROPIEDAD

I

Como, desde hace muchos años, he dejado de escribir un Diario, no puedo decir con exactitud cuánto tiempo hace que me encontré el cuerpo y el alma del Amigo Dité. Probablemente, dada mi distracción, no me di cuenta en qué día preciso mi segunda sombra —aquella sólida y relativamente viva— se decidió a entrar en la escena poco iluminada de mi vida.

Una mañana, al salir de casa, me di cuenta de que iba acompañado, a esa respetuosa distancia que no permite hacer preguntas ni dar explicaciones, por un hombre de unos cuarenta años, enfundado en un largo abrigo azul; alegre y sonriente (pero sin demasiada exageración). No teniendo nada que hacer, y habiendo salido únicamente de casa para no oír los crujidos de la leña en la chimenea, me divertí mirando de reojo a mi acompañante, a pesar de que —tenedlo bien en cuenta— éste no tenía nada de extraordinario. No supuse, ni por un solo momento, que pudiese tratarse de un policía; mi completa falta de valor físico y mi repugnancia por los malos olores me han impedido siempre entregarme a la política militante; y la pereza, unida a mi escasa habilidad manual, me ha salvado de buscar en el delito los medios de subsistencia.

No podía, tampoco, imaginar que el hombre vestido de azul fuese una especie de ladronzuelo de ciudad, decidido a robarme; pues mi decente pobreza era conocida en todo el barrio,

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y mi modo de vestir, más descuidado que desenvuelto, disociaba de mi persona cualquier idea de bienestar.

A pesar de que yo no tuviese ningún derecho a ser seguido, comencé a pasar y repasar por las calles más tortuosas del centro de la ciudad para asegurarme de que no me equivocaba. El hombre me siguió por todas partes con un aspecto cada vez más satisfecho. Di, de pronto, la vuelta por una ancha calle llena de gente y apresuré el paso; pero la distancia entre el hombre vestido de azul y yo continuó siempre siendo la misma. Entré en un estanco para comprar un sello de tres céntimos, y el desconocido entró en el mismo estanco y compró un sello de tres céntimos; subí a un tranvía y mi sonriente compañero subió al mismo tranvía; cuando descendí, el hombre vestido de azul bajó tras de mí; compré un periódico, y él compró el mismo periódico; me senté en el banco de un jardín, y el otro se sentó en otro banco cercano; saqué del bolsillo un cigarrillo, y él sacó otro y esperó que hubiese encendido el mío para encender el suyo.

Todo esto era al mismo tiempo gracioso y fastidioso. «Tal vez —pensé— se trata de un humorista desocupado que quiere divertirse a mi costa.» Me decidí a resolver la duda por el medio más expeditivo: me planté delante de mi acompañante con intención de preguntarle:

—¿Quién es usted? ¿Qué desea usted de mí?

No tuve necesidad de abrir la boca. El hombre vestido de azul se puso en pie, se quitó el sombrero, sonrió un momento, y dijo con precipitación:

—Perdóneme. Se lo explicaré todo, me presentaré inmediatamente: soy el Amigo Dité. No tengo profesión conocida, pero eso no tiene importancia. Tenía muchas cosas que decirle; pero hasta ahora... También deseaba escribirle; le escribí dos o tres veces, pero no tengo la costumbre de enviar las cartas. Por lo demás, soy un hombre vulgarísimo e incluso sano, a lo que parece, alguna vez...

En este punto el Amigo Dité se detuvo titubeando; pero añadió de pronto, como si se hubiese acordado repentinamente de una cosa que le interesaba mucho:

—Tal vez tomaría usted algo. ¿Un poco de «marsala»? ¿Un café?

Ambos nos movimos rápidamente, a la vez, como impelidos por el deseo de terminar pronto. Apenas llegados ante un café, penetramos en el interior con gran prisa, como quien entra para beber y escaparse. Nos sentamos en un rincón, junto a la estufa, sin pedir nada. El café era pequeño, estaba lleno de humo y de cocheros, el camarero tenía cara de ratero, pero no teníamos tiempo para elegir otro lugar.

—Desearía saber... —comencé.

—Se lo diré todo —respondió el otro—, no tengo intención de esconderle nada. Mi caso, a pesar de todo, es triste y difícil, y declaro, ante todo, que tengo una gran confianza en usted. Ya estoy aquí, soy de usted. Estoy en sus manos. Puede usted hacer de mí todo lo que quiera...

—No le comprendo...

—Le aseguro que lo comprenderá todo. Déjeme hablar. ¿No le he dicho ya quién soy? El nombre no dice nada, ya lo sé. Añadiré mi definición; yo soy un hombre vulgar, un hombre terriblemente vulgar, que quiere hacer a toda costa una vida no vulgar, una vida absolutamente extraordinaria.

—Perdone...

—Lo perdono todo, señor, lo perdonaré todo. Únicamente le declaro, una vez más, que tengo necesidad de hablar. Tengo en usted toda la confianza. Será mi salvador, mi dueño, el director de mi conciencia, de mis brazos; de mí, todo entero. Yo soy demasiado sabio, demasiado bueno, demasiado noble, «demasiado mí mismo». Usted ha escrito tantos cuentos absurdos, tantas novelas estrambóticas, y yo he vivido tanto tiempo con sus héroes, que los sueño por la noche y los deseo durante el día. He creído reconocerlos por la calle, y luego, aburrido y desesperado, he querido matarlos en mí, ahogarlos para siempre...

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—Haga el favor de callar un momento, se lo ruego. Le explicaré por qué he pensado en usted, y por qué le he seguido. Me dije hace algunos días: tú eres un imbécil, un tipo de todos los días y de todas las ciudades, y sufres la enfermedad de querer vivir una vida noble, peligrosa, aventurera, como la de los héroes de los poemas a veinticinco céntimos, y de las novelas de tres liras cincuenta. Por ti mismo no eres capaz de procurarte una vida semejante, porque estás falto de imaginación. No te queda más remedio que buscar un creador de héroes extraordinarios, y regalarle tu vida, para que haga de ella lo que quiera y la pueda transformar en algo más bello, más imprevisto, más insospechado...

—¿Usted desearía, pues...?

—Un poco de paciencia, se lo ruego. Dentro de algunos minutos le obedeceré en todo y podrá hacerme callar todo lo que quiera, pero antes déjeme acabar. ¡Soy todavía mi propietario! No he de decirle nada más que esto: Usted es el creador elegido por mí, y aquí me tiene para ofrecerle mi vida y los medios para ayudarle a hacerla interesante. Usted es un imaginativo y puede romper sin esfuerzo la insufrible vulgaridad de mis días. Hasta ahora ha tenido a su disposición únicamente hombres imaginarios, y hoy le entrego un hombre de verdad, un hombre que sufre y anda, del cual puede usted hacer lo que guste. Estaré en sus manos, no como un cadáver —¿qué cosa haría de él?—, sino como un fantoche mecánico, un maravilloso fantoche parlante y risueño que comprenderá sus órdenes. Desde este momento le hago regular donación de mi vida y de una renta anual de mil libras esterlinas para atender a todos los gastos que sean necesarios para hacer pintoresca y peligrosa mi vida. Llevo en el bolsillo una escritura de donación ya preparada... ¡Camarero, una pluma! No falta más que la fecha y la firma de usted. ¡Dígame sí o no, sin cumplidos, en seguida!

Fingí reflexionar por algunos momentos, pero mi decisión ya había sido tomada. El Amigo Dité se adelantaba a uno de mis más antiguos deseos. Desde hacía mucho tiempo me avergonzaba de inventar únicamente vidas imaginarias. Soñaba, en las horas de vagar, en lo que habría podido hacer si hubiese tenido un hombre de sangre y nervios en mi poder. ¡Y he aquí que el hombre se presentaba espontáneamente, acompañado de un paquete de valores!

—No he tenido nunca la costumbre —dije después de fingida meditación— de regatear inútilmente, y por eso acepto su donación, aunque usted ya comprende la responsabilidad de aceptar un alma acompañada de un cuerpo. Déjeme ver las condiciones de la donación.

El Amigo Dité me puso delante un protocolo encuadernado con un grueso y amarillo cartón, y yo lo leí en pocos minutos. La donación estaba en regla. Por ella me convertía en dueño absoluto de la sustancia y de la vida del Amigo Dité, con la sola condición de que yo le ordenase inmediatamente lo que debía hacer, a fin de que su existencia se convirtiera en heroica y novelesca. El contrato era válido por un año, pero podía ser renovado en el caso de que el Amigo Dité estuviese satisfecho de mi dirección.

Escribí sin titubear la fecha y la firma y dejé inmediatamente al Amigo Dité, prometiéndole para el día siguiente una carta, y ordenándole entretanto que no me siguiese y que se quedase bebiendo algún líquido alcohólico. En efecto, cuando yo salía, él pidió con su acostumbrada sonrisa uno de los más famosos bitters del mundo.

II

Aquella noche no me fui a acostar con el negro aburrimiento de las otras noches. Tenía algo nuevo y grave en que pensar, y podía muy bien aceptar una noche de insomnio. Un hombre se había convertido en una cosa mía, de mi entera propiedad, y podía dirigirle, empujarle, lanzarle a donde quisiese; experimentar en él los efectos de las emociones raras y las combinaciones de aventuras de nuevo estilo.

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¿Qué debía ordenarle para el día siguiente? ¿Debía mandarle que realizase alguna cosa determinada o convenía dejarle en la ignorancia y prepararle una sorpresa? Terminé eligiendo una solución que unía los dos sistemas. A la mañana siguiente le escribí que, hasta nueva orden, durmiese durante el día y pasase la noche fuera de casa, paseando por lugares solitarios. El mismo día fui a una agencia, alquilé por seis meses una pequeña casa solitaria en las cercanías de la ciudad y tomé a sueldo dos jovenzuelos sin trabajo que estaban buscando el modo de ser alojados a costa de sus conciudadanos, al menos durante el invierno. Después de cuatro días todo estaba dispuesto. En la noche fijada hice seguir al Amigo Dité, el cual, cuando llegó a un lugar desierto, fue agredido delicadamente por mis ayudantes y conducido, con los ojos vendados, según la tradición, a la casa que había preparado. Desgraciadamente, ningún guardia los sorprendió durante la operación y no se presentó ninguna denuncia de la desaparición del Amigo Dité, por lo que me hallé en la necesidad de mantener por muchos meses a los dos robustos mancebos, que no se contentaban únicamente con comer.

Lo peor era que no sabía qué hacer del hombre de mi propiedad. Había pensado, la misma noche de la donación, que un secuestro de persona sería un excelente principio de vida rica en aventuras, pero no había reflexionado sobre el resto de la aventura. Sin embargo, la vida del Amigo Dité, como en las novelas de folletín, tenía necesidad de una continuación inmediata.

A falta de cosa mejor, recurrí al viejo expediente de enviar junto a él, a la casa en donde le había encerrado, a una mujer que se le presentase siempre cubierta con un antifaz y no le dirigiese nunca la palabra. No fue cosa fácil encontrarla y, sobre todo, amaestrarla, y no quiso comprometerse más que por un mes. El Amigo Dité, afortunadamente, era un poco misántropo y tenía más de cuarenta años, y por eso no sucedió nada de lo que hubiera podido suceder en otros casos. Después de quince días vi que era necesario cambiar el juego, y por medio de los mismos ganapanes hice liberar a mi hombre y enviarle a su casa.

Comencé a darme cuenta de que el Amigo Dité no se había mostrado en modo alguno un hombre vulgar poniéndome a prueba de este modo. ¿Quién sino un espíritu original hubiera podido imaginar una esclavitud tan insidiosa?

Un espadachín que yo conocía consintió en ayudarme en este difícil momento. Un día, mientras el Amigo Dité bebía tranquilamente, una taza de leche en un café de lujo, el espadachín se sentó a su lado, le lanzó una mala mirada, le dio un empujón, y apenas el otro dijo algo en voz baja, le abofeteó dos o tres veces, sin calor, como si no quisiese hacerle daño. El Amigo Dité me pidió permiso para mandar los padrinos a su ofensor, y yo me apresuré a presentarle dos amigos que le obligaron, de mala gana, a cruzar su espada con mi cómplice. El Amigo Dité no sabía esgrima, y tal vez por eso, tirando alocadamente desde el principio, consiguió herir a su adversario bastante gravemente. Aproveché esto para hacerle comprender que era necesario que se alejase de la ciudad, pero él no quiso apartarse de mí y prefirió ser juzgado. Fue condenado a tres meses de cárcel.

Creí que con este tiempo me vería liberado de mi propiedad, pero al cabo de muy pocos días comprendí, sin ninguna duda, que mi primer deber era el de proporcionar la huida al Amigo Dité. La empresa parecía imposible, pero, sin reparar en gastos, conseguí convencer a dos personas del desinterés de mi acción y, gracias a un rápido disfraz, el Amigo Dité pudo salir de la prisión poco antes de despuntar el día. Esta vez no tenía más remedio que alejarse, y yo tuve que dejar mi casa, mis trabajos, mi patria, para proteger su fuga.

Cuando nos hallamos en Londres, me encontré completamente embrollado. No hablando ni una palabra de inglés, en medio de aquella ciudad enorme y desconocida, me sentía, mucho más que antes, incapaz de procurar aventuras extraordinarias a mi hombre. Me vi obligado a dirigirme a un «detective» privado, que me dio algunos vagos consejos en muy mal francés. Después de haber estudiado durante algunos días un buen plano de Londres, conduje al Amigo Dité al barrio de peor fama; pero no le pasó, con gran contrariedad mía, nada de particular. Encontramos los

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acostumbrados marineros borrachos, las acostumbradas mujeres desvergonzadas y pintadas, patrullas de viveurs baratos y rumorosos, pero ninguno nos molestó, tomándonos tal vez por policías; tal era nuestra aparente seguridad al vagar por aquellos laberintos de calles casi iguales.

Pensé entonces expedir al Amigo Dité al norte de la isla, solo, y dándole únicamente veinte o treinta chelines, además del billete para el viaje. Como él tampoco sabía nada de inglés, esperaba que le sucediera algo muy desagradable, y que tal vez ya no consiguiese volver. Ya comenzaba a estar cansado de aquella propiedad por la que debía trabajar y sacrificarme, y esperaba con rabiosa nostalgia el momento de volver a mi buena ciudad llena de cafés y vagabundos. Pero, después de quince días, el Amigo Dité volvió a Londres en perfecto estado de salud; en Edimburgo había encontrado por casualidad a un amigo italiano —un violoncelista emigrado desde hacía muchos años— que le había hospedado en su casa y había hecho que se divirtiese durante todos aquellos días.

Pero no quise darme por vencido. Había encontrado en un periódico la dirección de un pequeño club de estudios psíquicos que buscaba nuevos socios, prometiendo apariciones auténticas y fantasmas parlantes. Ordené inmediatamente al Amigo Dité que se inscribiera y fuese allí todas las noches. Fue durante toda una semana y no vio nada. Sin embargo, una mañana vino a encontrarme, diciendo que había conocido un fantasma, pero que éste no le había parecido mucho mejor que los hombres vivos, y que incluso se había mostrado estúpido hasta el punto de sacarle el pañuelo del bolsillo, echarle del taburete en que estaba sentado, tirarle de los pelos, y pellizcarle en la espalda.

—En conclusión —me dijo— no he encontrado, hasta ahora, nada verdaderamente extraordinario en todo lo que ha hecho usted por mí. Perdóneme si le hablo con franqueza, pero debe reconocer que en sus novelas da muestras de una imaginación mejor y mayor. Reflexione un momento: un rapto, una mujer enmascarada, un duelo, una fuga, un fantasma. No ha sabido encontrar nada mejor que esos trucos antiguos de novela francesa. En Hoffmann y en Poe hay cosas más terribles, y en Caboriau y Ponson du Terrail, más complicadas. No comprendo, ciertamente, la repentina decadencia de la imaginación de usted. Los primeros días comencé a hacer todo lo que usted ordenaba, esperando vivir una vida bella, pero pronto me di cuenta de que la vida de usted era igual a la de los demás millones de hombres, y pensé que todo su genio estaba reservado a los personajes de sus novelas; pero ahora comienzo a dudar también de esto, y, con desagrado, me veo obligado a decirle que, si antes de terminar el plazo del contrato no encuentra algo más fuerte, me veré obligado a buscarme otro dueño.

Mi dignidad me dispensó de contestar a tanta ingratitud. Pensé que, durante los meses en que había recibido el donativo de aquel hombre, no había vuelto a ser dueño de mi vida y había tenido que dejar a medio terminar mis trabajos y abandonar mi país para afanarme en encontrar combinaciones novelescas y cómplices seguros. Desde el momento en que había entrado en posesión de la vida del Amigo Dité había tenido que sacrificarle mi vida entera. Yo, su dueño, me había convertido, en el fondo, en su esclavo, en el empresario siempre alerta de su existencia personal. Era necesario encontrar algo «más serio» —como él había dicho— de lo que había imaginado hasta entonces; algo que no requiriese la ayuda de cómplices. Después de haber meditado con calma algunos días, le escribí:

Queridísimo amigo:

Puesto que es usted de mi propiedad, según contrato en regla, tengo sobre usted derecho de vida y muerte. Por consiguiente, le ordeno que se encierre en su cuarto, el sábado por la noche, a las ocho; que se tienda sobre la cama y se trague en seguida una de las píldoras que le envío con esta carta. A las ocho y

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media tomará otra, y a las nueve en punto una tercera. En el caso de desobediencia a estas órdenes, me declaro

absolutamente irresponsable respecto a su vida.

Sabía que el Amigo Dité no retrocedería ante la sospecha de la muerte. A pesar de su descontento, se vanagloriaba de ser un leal caballero y tenía un respeto exagerado a su firma y a su palabra. Me proveí de un enérgico emético y estuve dispuesto para acudir a su lado antes de las nueve, es decir, antes de que hubiese tomado la última píldora, que le habría producido sin remedio la muerte.

En la tarde del sábado ordené que estuviese dispuesto un cab para las ocho en punto, porque habitaba en una pensión muy alejada de la del Amigo Dité. El coche se retrasó hasta las ocho y cuarto y yo intenté hacer comprender al cochero que tenía mucha prisa. El caballo comenzó, al principio, a correr con una especie de fingido galope, pero después de diez minutos cayó de mala manera al suelo. Como no era posible levantarlo en seguida, pagué al cochero y corrí a pie, en busca de otro coche. Afortunadamente, lo encontré allí cerca, y calculé que llegaría a las nueve en punto a casa del Amigo Dité. Comenzaba a estar un poco preocupado porque la niebla era muy espesa y bastarían cinco minutos de retraso para ocasionar la muerte del desgraciado.

En un determinado lugar el coche se paró. Era a la entrada de una ancha calle llena de automóviles y de ómnibus, y un «policeman» había hecho seña a mi cochero para que parase. Salté como un loco del «cab» y me aproximé al enorme «policeman» para hacerle comprender que tenía prisa, y que se trataba de la vida de un hombre. Pero el desgarbado guardia no comprendió o no quiso comprenderme. Tuve que seguir el camino a pie, pero por culpa de la niebla y de mi escaso conocimiento de la ciudad, me equivoqué de calle, y sólo después de diez minutos de una carrera agobiante, me di cuenta de que corría en dirección contraria. Tuve que volver hacia atrás siempre corriendo. No faltaban más que pocos minutos para las nueve y realicé un esfuerzo inaudito para llegar a la hora precisa. Hasta las nueve y siete minutos no llamé a la puerta de la pensión. Apenas me abrieron me precipité hacia el cuarto del Amigo Dité. El hombre yacía en el lecho, con la chaqueta quitada, pálido e inmóvil como un cadáver. Le sacudí, le llamé, escuché el corazón, la respiración. Estaba verdaderamente muerto: la cajita que le había mandado estaba vacía. El Amigo Dité había cumplido su palabra hasta el final. Había querido darle el calofrío de la muerte inminente, y la sorpresa de la resurrección; y le había dado la muerte, ¡la muerte verdadera, para siempre!

Permanecí toda la noche en el cuarto, embrutecido por el dolor. Por la mañana me encontraron con el muerto, pálido y silencioso como él. Requisaron toda la correspondencia y fue encontrada mi última carta. El proceso fue rápido, porque renuncié a defenderme, y no di a conocer el documento de donación que llevaba conmigo. He estado algunos años en la cárcel, pero no me arrepiento de lo que he hecho. El Amigo Dité ha hecho mi vida más digna de ser contada, y no puedo decir que haya realizado un mal negocio, porque durante el año en que fue mío gasté algo más de las mil libras esterlinas que me había dado.

EL PRISIONERO DE SI MISMO

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El castigo no me parecería completo si no contase a los demás, antes de morir, una parte de mi vida. Por inverosímil que pueda parecer a los hombres sanos, creo que será leída con provecho por aquellos que no sientan repugnancia a estudiar el alma humana.

Cuando cometí el primer delito, tenía poco menos de veinticuatro años y, sin embargo, mi habilidad en ocultar actos y sentimientos me sorprendía a mí mismo. Mi mayor placer, incluso de niño, era el hacer algo sin que los demás se diesen cuenta. Se trataba, al principio, de cosas inocentes que hubiera podido hacer muy bien delante de todos sin miedo a recriminaciones, pero mi alegría no consistía en realizar aquellas acciones, sino en conseguir esconder lo que había hecho. Al correr de los años, creciendo la fuerza y el ingenio, las pequeñas cosas ya no me fueron suficientes. El riesgo era demasiado inocente para excitar mi imaginación, y me veía obligado siempre a usar expedientes que me parecían, a fuerza de costumbre, demasiado sencillos.

Me decidí entonces a cometer un delito de tal manera que el asesino quedase para siempre desconocido. Rico y poco ambicioso, no tenía ningún motivo particular para robar o matar y me vi obligado a elegir, como primera víctima, a un buen hombre que apenas conocía y que habitaba a pocos pasos de mi casa. Durante muchos días estudié el mejor modo para realizar sin peligro la repugnante obra. Preví todos los casos, todos los contratiempos, todos los incidentes; preparé, con exacto cuidado, mi coartada y los instrumentos de la ejecución. El día fijado por mí, el hombre fue encontrado muerto en su habitación.

El delito conmovió a toda la ciudad, porque nadie comprendía el motivo del homicidio, el método usado por el asesino para no ser descubierto. Nada había sido tocado en la casa del asesinado y no había indicio alguno para seguir la pista del culpable.

Animado por este feliz éxito, continué del mismo modo —no más de cuatro o cinco veces al año— realizando similares y bien calculadas supresiones. En poco más de dos años murieron misteriosamente a mis manos: dos muchachas, un cura, un mozo de cuerda borracho; tres jóvenes bien vestidos, de los cuales no supe nunca el nombre ni la condición; una patrona de casa de huéspedes, un antiguo profesor mío y un emigrante alemán. Para no levantar sospechas fingía ocuparme en historia del arte y realizaba con este motivo largos viajes por Italia y el extranjero. A mi casa, donde había reunido cuadros, estampas, mármoles y cerámica en gran cantidad, venían con frecuencia unos cuantos aficionados maniáticos y dos o tres jóvenes estudiosos. Operaba, naturalmente, en diversas ciudades y con medios diferentes. Rechazaba los instrumentos vulgares como el cuchillo y el revólver, y prefería procedimientos más refinados e indirectos para procurar la muerte: ahogar en el agua, envenenamiento a pequeñas dosis, inoculación de enfermedades incurables o fulminantes, incendios, caídas en apariencia casuales, escapes de gas, y otros semejantes. Había adquirido, en el manejo de estos medios, una seguridad que muchos asesinos profesionales me habrían envidiado. Prescindiendo siempre de cómplices y guardándome mucho de coger nada que perteneciese a las víctimas, aunque se tratase de ricos, no corrí jamás peligro de ser descubierto. No teniendo rencores, ni pasiones que desfogar, ni hambre de dinero, podía acometer con frialdad las empresas más complicadas, y no me dejé llevar nunca de la tentación de obrar improvisadamente, aunque la ocasión pareciese favorable. Por grande que fuese el terror de mis conciudadanos y la obstinación de la Policía, no me ocurrió nunca que se sospechase de mí, ni que fuese interrogado. Mi vida, un poco extraña, de aficionado rico y vagabundo, me ocultaba enteramente. Había llegado a ser infalible en el arte del disimulo. Para no mostrar, ni aun lejanamente, una señal de mi actividad delictiva, no quise leer nunca ni las memorias de Canler, ni de otros célebres polizontes, ni las alabadas aventuras de Sherlock Holmes y de sus imitadores, ni tampoco el famoso libro de De Quincey, cuyo título —El asesinato considerado como una de las bellas artes— me atraía mucho.

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Esta vida duró casi tres años y estaba a punto de cumplir los veintisiete cuando cambió de repente mi doble existencia.

Un día me di cuenta de que no conseguía ver de los hombres más que los ojos. En las casas, en los cafés, por la calle, en todas partes, me sentía forzado a mirar fijamente los ojos de aquellos que estaban o pasaban cerca de mí. Todos los seres humanos se convirtieron para mí en una multitud de órbitas blancas y pupilas curiosas. Ojos abiertos y redondos de buenas y sencillas gentes; ojos claros y serenos de jovencitas no enamoradas todavía; ojos negros, profundos y viciosos, que parecían esperar la noche; ojos celestes y velados de niños; ojos pardos, pero apasionados, de hombres que ya no eran jóvenes; ojos mortecinos e hinchados de noctámbulos; ojos falsos y ojerosos de mujeres; ojos entornados, casi expirantes, entre los párpados enrojecidos por el llanto, o legañosos por la enfermedad; todos los ojos del mundo vi en torno mío, fijos en mí, en esos días. Me parecía que los cuerpos habían desaparecido, y que en el mundo existían únicamente ojos, ojos separados de todo, que se movían aquí y allá para mirarme. Tenía la impresión de que todos aquellos ojos me espiaban para descubrir lo que hacía.

Compliqué el misterio y redoblé las precauciones, pero apenas me hallaba fuera de casa, sentía sobre mí las miradas de amenaza o de burla, como si todos hubiesen «visto» mi vida secreta, y me parecía que me hallaba todavía libre, únicamente para que todas aquellas infinitas pupilas pudiesen disfrutar de mi terror. Esta sensación, como pude persuadirme más tarde, no tenía una fundada realidad, porque ninguno de ellos dio muestras de haber descubierto lo que había hecho, y a nadie se le ocurrió vigilarme o acusarme.

Pero, desde aquel momento, martirizado por aquel íncubo, experimenté una gran irritación contra mí mismo. Hasta entonces había cometido mis homicidios con fría calma y sin sombra de remordimiento, y, únicamente cuando el mundo estuvo poblado para mí tan sólo de ojos, comprendí claramente que era un monstruo peligroso que merecía el castigo. Además, después de los primeros delitos tan bien tramados, el placer de ocultarlos se había amortiguado mucho. Preparar un homicidio impunible era para mí una cosa tan fácil que todo riesgo había ya desaparecido, y experimentaba entonces muy poco gusto leyendo en los periódicos las investigaciones inútiles de la justicia. El delito ya no me divertía. ¿Qué otra cosa podía hacer? Todo lo demás no vale la pena de que sea ocultado.

Una sola cosa «nueva» podía hacer: castigarme. Pero ¿cómo? No tuve ni un solo momento la intención de denunciarme. Mis coartadas eran tan ingeniosas, todos los instrumentos y documentos habían sido tan cuidadosamente destruidos, que no podía esperar que consiguiese persuadir a la Policía ni a los jueces. Me hubieran creído loco y me habrían encerrado en un manicomio, donde no hubiera tenido la suficiente tranquilidad para una verdadera expiación.

Pensé que la pena debía ser oculta como la culpa, y que debía esconder la prisión como había escondido los delitos. Yo mismo fui mi acusador, mi juez, mi defensor. Revisé uno a uno mis asesinatos, todas las circunstancias en que los había cometido; los cálculos, las premeditaciones y las circunstancias agravantes; mi dura crueldad, mi hipocresía monstruosa. Consideré los sufrimientos de las víctimas, las lágrimas y los daños de los que habían quedado, la piedad y el pavor de los ciudadanos, las inútiles fatigas de la Policía, los gastos del Estado, y todo lo demás que había arrostrado sin temblar. Me defendí cuanto pude con todos los sofismas aprendidos en Stendhal, en Stirner, en Nietzsche, en Oscar Wilde y en otros inmoralistas más oscuros; pero de nada valieron los subterfugios de mi inteligencia contra la convicción de mi alma. Los ojos de los hombres habían despertado mi conciencia: había destruido muchas vidas humanas y debía ser castigado sin piedad.

Cuando habló en mí el juez, reconocí inmediatamente que la muerte no era una pena suficiente. El suicidio es un castigo demasiado rápido y por eso poco doloroso. Es más bien la liberación que el castigo. No quedaba más que la completa separación de los hombres, para siempre o por largo tiempo.

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Confieso que no tuve el valor de condenarme a cárcel perpetua. Después de algunas dudas me condené a treinta años de completa separación. Tenía entonces veintisiete años: habría podido volver al mundo si la vida me hubiese durado, a los cincuenta y siete años, cercano ya a la muerte.

Apenas dictada la sentencia, pensé cumplirla inmediatamente. Vendí lo que poseía en la ciudad y busqué en el campo una casa que se prestase para mi propósito. Después de semanas de investigaciones, tuve la suerte de poder comprar un caserón de feo aspecto, en el fondo de un valle solitario, que había sido antiguamente un castillo lindero. Lo único sólido que había quedado era una tosca torre de piedra que servía de granero y, en lo alto, de palomar. Habilité lo mejor que pude la estancia más alta de la torre, hice construir una puerta maciza con cerraduras perfeccionadas, cerré la única ventana con gruesos barrotes de hierro, hice llevar una camita de hierro, un taburete, una mesa, una jarra, una palangana, un espejo y cuatro libros. Cuando todo estuvo dispuesto, busqué carcelero. Encontré un joven campesino huérfano, no muy inteligente, pero de confianza, al que asigné un salario que podía cobrar solamente con mi firma, a condición de que viniese todos los días a la torre para traerme agua y comida, y mantuviese oculta a todos mi existencia. Por lo demás, la casa se hallaba muy alejada de las carreteras y de los pueblos, y mi carcelero fingió haberla alquilado para guardar el heno y la cebada.

En la tarde de un límpido día de abril, después de haber paseado por el campo respirando el aire puro y el perfume de las flores, me encerré en la cárcel voluntaria y entregué las llaves al campesino.

III

Desde el primer día comprendí que había conseguido lo que mi alma buscaba desde su nacimiento. Mi voluntad más constante había sido la de esconder mi vida, pero hasta entonces no había conseguido esconder más que «algunas» de sus partes —las más odiosas ciertamente—, pero pocas. Mucha parte de mi vida, aquella práctica, externa, animal, social, se había desenvuelto ante los ojos de los otros, y la mayor parte de mis actos habían sido un espectáculo diario para los extraños. Cada uno de nosotros vive y «es mirado» por alguien, y casi en todos los momentos es «actor» para alguien: es entrevisto, visto, observado, espiado. Ahora, en cambio —¡finalmente!— mi vida entera quedaba escondida y secreta. Para todos los hombres, a excepción de uno, estaba ausente, desaparecido, desconocido, como muerto. Seguía viviendo, pero como encerrado en un ataúd, en un sepulcro, bajo la tierra, fuera de la tierra. Podía pensar, pero nadie sabía nada de mis pensamientos; podía hablar, pero nadie escuchaba mis palabras; podía obrar, pero a nadie ver y contar acciones. Desde aquel día, por treinta años, por trescientos sesenta meses, por casi once mil días, estaría separado de los hombres; sin ver una cara nueva, sin oír una voz conocida, sin recibir un saludo lejano, sin ocuparme en un asunto, sin saber lo que ocurre en el mundo. Cuando reapareciese entre los hombres, ninguno me reconocería; todos los que conocí estarían dispersos, desaparecidos, sepultados, y yo ya no comprendería las palabras de los nuevos hombres, después de tantos años de alejamiento y de mudanzas.

Para el presente y el futuro mi vida quedaría absolutamente ignorada para los hombres. Tenía pocos parientes y aun éstos lejanos; ninguno se daría cuenta de mi desaparición. No tendría luz, no cantaría, no podría asomarme a la ventana; nadie descubriría mi cárcel solitaria. Confortado con estos pensamientos, pensé sin espanto en los largos años que debería pasar encerrado para obedecerme a mí mismo.

Los primeros días pasaron rápidamente. En torno de mi casa había campos pedregosos y poco reputados y, más lejos, los espesos zarzales de los cerros y de las hayas. Los únicos rumores eran —pero raras veces— las esquilas de las ovejas y de las cabras, las canciones melancólicas del

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