I
Al salir de su habitación, apestada por el humo de veinte pipas, Sieroska no sospechaba que iba en busca de la muerte. El Sol había salido en aquel 17 de febrero un minuto antes que el día anterior, y Sieroska, que con tanta frecuencia meditaba sobre las páginas inmutables de los almanaques, había vigilado el gran astro para coger en falta a los astrónomos. Pero todo había ocurrido según las previsiones de la ciencia, y se hubiera podido asegurar que el resto del día iba a desarrollarse con la misma regularidad. Sieroska, por su parte, no tenía ningún deseo de cambiar el curso de los acontecimientos.
Después de tomar su acostumbrada taza de chocolate en el «Café de la Croix», se dirigió por la amplia vía del Bonte Bianco y llegó a los pocos momentos al parapeto bajo el cual corren rápidas y claras las aguas del Ródano. Y allí, como en las otras mañanas, se detuvo para mirar, con el sombrero encajado sobre los ojos a causa del viento. Sieroska, aunque era ruso, natural de Kiev, y hubiese ido a Ginebra con el vago propósito de estudiar química, no era en modo alguno un revolucionario y dejaba que la vida viviese en él con plena libertad, sin programas impresos clandestinamente. Por esta razón no iba nunca a clase y, en cambio, pasaba toda la mañana mirando el Ródano. Decía a los amigos, en las raras veces que el coñac le hacía hablador, que lo más extremado de la finura filosófica consiste en encontrar las diferencias entre cosas iguales, y que ninguno de los innumerables papagayos de Heráclito había sabido percibir la diversidad de las aguas de un mismo río en dos momentos sucesivos. Decía también, si alguien le contradecía, que tal investigación era digna de llenar la vida de un hombre, y sostenía que muchos pescadores de caña no son nada más que filósofos, disfrazados de aquella manera para pasar inadvertidos de los imbéciles. Algunas veces dio a entender que era uno de aquellos buscadores de diferencias, y no terminaba nunca de alabar el Ródano por la transparencia fresca y verde de sus aguas, jurando y volviendo a jurar que todos los demás ríos no eran más que acequias de lavadero comparados con él. Se entablaron en la «Brasserie Central» muchas discusiones sobre este punto, y aquellos que se tomaban en serio los alegatos de Sieroska se dejaron influir por el hecho seguro y probado de que, en realidad, todas las mañanas éste se dirigía al bello río y permanecía contemplándolo diez, quince y hasta veinte minutos.
También aquel 17 de febrero Sieroska no faltó a la costumbre; pero apenas se hubo apoyado en el parapeto y miró fijamente la onda compacta y límpida del río, sintió que le tocaban en la espalda y que le llamaban por su nombre. Se volvió con un ligero sobresalto; era un ruso como él, joven como él, estudiante como él.
—¿Qué haces? —preguntó el recién llegado.
—Pienso —contestó Sieroska bruscamente, con intención de cortar la conversación.
—Yo también pienso alguna vez —dijo el otro—, pero no basta. El intelectualismo no está ya de moda..., pero nosotros... Incluso el profesor Simmel demostraba en Berlín, el año pasado, una cosa que no tenía necesidad de demostración... Verde es el árbol de la vida, decía Goethe, y Goethe
es grande, Goethe es el mundo, Goethe es la Naturaleza misma, que ha cogido la pluma y ha hecho publicar sus libros por Cotta y C.a... Sieroska, tú eres bueno..., contéstame: ¿se puede únicamente
pensar?
—No —dijo seriamente Sieroska, lanzando una mirada de través al río, sin hacer mucho caso de aquellas divagaciones—. No, no se puede «solamente» pensar, porque el pensamiento «solo» no existe.
—Sieroska, Sieroska —añadió el otro, con voz casi amenazante—, no me comprendes, no quieres comprenderme. No hagas caso si cito a Goethe; es una antigua costumbre de colegio. Tenía un amigo que poseía todas las obras de Goethe. Eran veinticuatro volúmenes, encuadernados en piel de color de sangre. Una vez perdió uno de esos volúmenes, pero no era cierto que lo hubiese perdido; se lo había robado yo. Todo lo que sé de Goethe lo debo a ese volumen robado. Hace tiempo que intento venderlo, pero nadie lo ha querido; esta mañana me ha pasado lo mismo. No se trata, sin embargo, de un libro alemán. Mi revólver es de fábrica belga, al menos así me dijeron cuando lo compré. Sieroska, tú eres bueno; contéstame: si alguien se te acercase y no tuviese más que este revólver, y no hubiese otra solución para él más que disparárselo entre los ojos para no sufrir hambre, o venderlo para liberarse del hambre, dime, Sieroska, tú, que eres un hombre de corazón, ¿qué harías?
—¿Quieres realmente vender un revólver? —preguntó Sieroska con aire de duda.
—Sieroska —respondió el otro, con voz más baja—, no tengo más que el revólver y el hambre. Y nadie lo quiere, nadie sabe qué hacer con él. Esta mañana he ido a ver a aquel señor que vive en el primer piso, que es muy rico y que tiene la mujer que... No lo ha querido. Ha dicho que tiene dos, nuevos, «no usados». He ido a ver a la cajera de la cervecería y le he dicho: «Señorita, usted es bella, pero llegará un día en que sus ojos no serán tan esplendorosos y entonces alguien la abandonará.» No lo creerás, Sieroska, pero se puso muy pálida y me dijo tales cosas que si un hombre me las hubiese dicho, en ese momento no estaría yo aquí. Pero tú, Sieroska, ¿qué piensas? ¿No piensas nunca en la muerte?
Sieroska no era rico, pero vio en los ojos de su compañero la fiebre del hambre. Sacó una moneda de cinco liras, en la que un rey barbudo aparecía indiferente a todo lo que ocurre en el mundo.
—No puedo darte más —dijo—; espera el primero de mes.
El otro tomó la moneda, la hizo desaparecer bajo la capa, sacó un paquetito, lo metió rápidamente en uno de los bolsillos de Sieroska y huyó sin decir palabra, ni siquiera dar las gracias. Visto desde lejos, causaba una gran piedad. El tacón de una bota gemía sordamente a cada paso sobre el empedrado húmedo, pues estaba a punto de caerse.
II
Por la noche, cuando Sieroska se desnudó para meterse en la cama, después de un día horriblemente igual a los demás, encontró el paquetito y, sacándolo del bolsillo, lo puso sobre la mesita de noche, dentro del círculo rosado de la luz. Era un paquetito humilde y vulgar, de papel amarillento, arrugado y sucio. Durante el día, al meterse en los bolsillos las manos, ateridas por la tramontana, había encontrado el pobre paquetito caído en el fondo a causa de su peso y, palpándolo, había sentido una cosa dura y fría bajo el papel. Pero Sieroska no era curioso, no por virtud, sino por un pecado peor que la curiosidad: por apatía, por dejadez. Además, la forzada compra de la mañana le había turbado un poco y había procurado no pensar en ello. Pero cuando por la noche tuvo el paquete ante sí, todavía intacto, comprendió que un enemigo había entrado en su casa. Sintió deseos de abrir la ventana y tirarlo sin abrirlo; pensó en la caída del revólver..., ¿si estuviese cargado?
Terminó por abrirlo. No había dentro nada extraordinario; un revólver, un pequeño revólver oscuro y lustroso, tal vez de señora. Sieroska lo tomó con precaución, vio que tenía el seguro puesto y que estaba cargado. Se veían las puntas brillantes de los proyectiles, puestos en redondel, metidos en los agujeros. Sieroska miró por el ojo del cañón, y luego puso el arma sobre el papel arrugado y la envoltura.
Se quitó la chaqueta, los zapatos, deshizo el nudo de la corbata y se quitó rápidamente la camisa. Luego volvió a tomar el revólver y lo colocó junto al lecho sobre la mesita de noche, y acercó la luz. Terminó de desvestirse, se metió en la cama y dio vuelta al interruptor para quedarse a oscuras. Odiaba aquel cuartucho suizo demasiado aseado y demasiado desnudo para el lirismo eslavo. Delante de la cama, en un marco sin molduras, una litografía de 1850 representaba un adiposo Napoleón con un rostro pacífico de portero de uniforme. Aquel Napoleón se había convertido en su más atroz enemigo; bastaba con mirarlo para que todo deseo de trabajar, toda ansia de cosas grandes, desapareciesen para todo un día.
Por las noches prescindía de leer para no verlo y, como no podía dormirse en seguida, pensaba. ¡Cuántas novelas compuso así, desde las diez a las tres! ¡Cuántos sistemas de filosofía tramó con la cabeza en la almohada! El insomnio era su excitante, y sus obras no escritas se alineaban, noche por noche, en su memoria, como sueños conservados artificialmente. Aquella noche el punto de partida fue el revólver...
«Esta arma —pensaba Sieroska— que no he buscado, que en el fondo no quería, que no me gusta nada, tiene todo el aspecto de formar parte del sistema de mi vida. Debe entrar, de un modo o de otro, en alguno de mis actos. Si no fuese así, las leyes de Newton ya no serían ciertas... Además —prosiguió después de una negra raya de inconsciencia—, además, yo soy un hombre y, por consiguiente, un ser racional y económico. Como ser racional no puedo permitir que un medio no tenga su fin, y que un instrumento no esté adaptado a su trabajo. Como ser económico no debo tolerar que un gasto, es decir, en el fondo un sacrificio, se haya efectuado sin esperar algún resultado. Las armas son instrumentos para matar, y el Gobierno permite que las gentes las fabriquen y las compren, sabiendo perfectamente que un revólver no puede usarse en modo alguno más que para quitar la vida a alguien. No hay, por lo tanto, nada en la existencia de un revólver que turbe el derecho de las gentes. Pero este revólver es ahora mío, está cargado, está dispuesto para cualquier momento, para cualquier caso. La cosa no tiene dudas: o lo tiro por la ventana o me lo quedo. Pero, ¿cómo usarlo? No hay más que dos posibilidades: o tomar como blanco a los otros, o descargarlo contra mi propia cabeza o mi propio corazón. La primera posibilidad está descartada, al menos en parte. No creo que tuviese valor de disparar contra los demás, aunque fuesen los perros más repugnantes del mundo. Además, el Gobierno dispone de códigos y de leyes. ¡Valiente cosa el perder la libertad para dársela a los demás! Una libertad violenta, con un medio especial: de acuerdo. Pero, en suma: ¿son mejores los menjurjes del médico y los costosos venenos del especialista?
»La otra posibilidad se presenta ahora, por primera vez, a mi pensamiento. Es lástima que no se me haya presentado hasta hoy. Es un asunto en el que se debería reflexionar muy pronto, incluso de niños si fuese posible. Si debo elegir entre los dos caminos, necesito reflexionar sobre el segundo, necesito saber a dónde va. ¡Juguemos con las cartas a la vista! Verdaderamente, en mi caso, no tengo ninguna razón muy poderosa para quitarme la vida; no muero de hambre, no me aburro más que los otros; estoy delgado, pero sano; no he sido desdeñado por ninguna mujer —tal vez porque no he hecho el amor a ninguna—. Pero, ¿es preciso que exista alguna razón? Vamos al fondo: comencemos por considerar las cosas con cierta virginidad. Cuando se tiene una razón, una razón importante, entonces el matarse parece una cosa lógica y natural. Pero una razón es un motivo demasiado interesado; no puedo ir más lejos por este camino y abandono la partida. Está bien; pero entonces, ¿qué cosa encontrar? Todo lo que existe está en regla: de «A» deriva necesariamente «B», teniendo en cuenta que los hombres son en su mayoría cobardes. Pero de esto se deduce que nadie
se ha suicidado jamás, en el puro y absoluto sentido de la palabra. Matarse por una razón, que las más de las veces no tiene nada de razonable, no es una cosa excelsa, es una caída. La caída en un precipicio sin fondo, que no ha sido calculado antes con toda la libertad de inteligencia. El verdadero suicida sería el que, sin ninguna razón personal, sin ningún motivo interesado, sin verse acosado por ninguna desgracia doméstica ni por ningún programa metafísico, comenzase a considerar serena y objetivamente la muerte y la vida, y se matase en plena libertad, sin motivos de ninguna clase, por pura decisión de su voluntad. Todas nuestras acciones son dictadas e impuestas por motivos que no admiten contradicción, y por esto digo y sostengo que no son verdaderas acciones, como no llamo personalidad activa a la pelota que va lejos porque le doy una patada.
»Me hallo, pues, si no me equivoco, en las mejores condiciones para matarme efectiva y realmente, y para no dejarme empujar a la muerte por la fuerza de las cosas, como los otros. Es preciso, sin embargo, ver si yo tengo razones para no matarme, y si estas razones son realmente suficientes para impedírmelo. A primera vista no descubro ninguna, pero lo pensaré mejor mañana, con la luz, con el sol...»
Sieroska intentó dormirse, pero no lo consiguió. Su teoría del suicidio desinteresado se le había metido en el espíritu, y quería, por fuerza, ser modelada por el pensamiento y vestida con actos. Alargó la mano fuera de la cama: el revólver continuaba sobre la mesita de noche, más frío que el mármol. Finalmente se cubrió la cabeza con el embozo; procuró pensar en las aguas del Ródano y poco después de medianoche roncaba ligeramente, con un brazo doblado sobre la cara.
III
Sieroska dormía poco, especialmente en aquellas noches que un sueño lúbrico, siempre el mismo, que le perseguía desde la edad de trece a catorce años, venía a turbarle. Se levantó muy pronto, antes de que la claridad del día blanquease las ramas de flores bordadas en las cortinas. Encendió la luz y, al resplandor de la cerilla, vio brillar el revólver inmóvil, con el negro cañón dirigido hacia la cabecera. Todos los razonamientos y pensamientos de la noche volvieron en una ola a su memoria. Se vistió lentamente, contemplando los calcetines, los zapatos, los puños uno después de otro, y no podía menos de pensar para sí: ésta es la última vez que me pondré esto que...
Se aproximó a la mesa, tiró al suelo los periódicos que se habían amontonado en los últimos días, y descubrió, debajo, una botellita de tinta, una pluma con el mango verde y un cuadernillo de papel de cartas.
Tomó la pluma, la mojó en el tintero, y, en la primera hoja que le vino a mano, comenzó a trazar líneas irregulares, caprichosas, retorcidas. Luego quiso reunirías, dirigirlas a un solo punto, unirlas todas prolongándolas y, en los intervalos, trazó con minucioso cuidado pequeñas diagonales y delicadas construcciones geométricas. Su mano trabajaba con amor, con paciencia, con todo cuidado. Poco a poco los tentáculos geométricos avanzaban hacia ángulos todavía blancos, amenazaban llenar toda la hoja con su intrincado poliedro.
Pero, en aquel momento, la llama de la luz disminuyó y extinguióse; se había acabado el petróleo.
Sieroska se tiró medio vestido en la cama, y entonces, en la nueva oscuridad, el atroz pensamiento volvió a apoderarse de él.
AI fin y al cabo —le sugería el invisible revólver escondido junto a él en la oscuridad—, si no tienes ninguna razón para matarte, no tienes tampoco ninguna decisiva para continuar viviendo. ¿Qué dejarías? La madre, allá lejos en casa, tiene seis hijitos sin contarte a ti, y por otra parte no es mujer muy sentimental; se consolará pronto. Tus cinco hermanos te odian porque los desprecias. Tu hermana está tan enferma que no tiene tiempo de pensar en ti. Tienes una novia porque a los veintisiete años un hombre tiene a la fuerza que hacer el amor. Pero debes confesarte que Mas cia es
un poco aburrida, muy coqueta y que tú no la amas. Cuando la ves no puedes menos de figurártela vieja, con las cejas blancas sobre los ojos y la boca vociferante. Tus amigos son unos bravos muchachos y, tal vez, reunirán entre todos algún rublo para poner una corona en tu coche fúnebre de tercera clase. ¡Pero son tan jóvenes y la cerveza embrutece tan bien! Tú no encontrarás seguramente a faltar esa Rusia que no ha querido saber nada de ti, ni la ciencia que no conoces, ni la estúpida alegría de una velada báquica y venérea. Tienes veintisiete años y una vida amarilla delante de ti. Y la vejez es peor que la muerte, y la muerte vendrá de todos modos, y mucho más terrible. ¿No es tal vez mejor llamarla en la plenitud de la fuerza y cogerla con la propia mano, en vez de tenerla que temer más tarde, todos los días, como un acreedor del cual no se puede huir? ¿No es mejor ser un héroe en un solo momento de la vida, y que este momento sea el último, pero el más grande, el solo verdadera y místicamente libre?
Sieroska no pudo resistir el nuevo curso de sus pensamientos. Veía y juzgaba su vida hasta el fondo, como no lo había hecho nunca, y sentía, decidía y preveía que había de pasar «de aquella manera», que no había nada que hacer. Se levantó de nuevo de la cama. Su brazo rozó sin querer el pequeño revólver. Se estremeció un poco al sonido del hierro sobre el mármol y se lanzó hacia la ventana. La abrió haciendo mucho ruido, con sus manos nerviosas. No consiguió cerrar bien los cristales, una racha de húmedo viento entró en la estancia. Sieroska se lavó las manos y la cara con agua fría, y se vistió. Afuera no se veía más que un poco de niebla, apenas iluminada por un sol más lejano de lo acostumbrado...
Sieroska se acercó de nuevo a la mesa y buscó unos sobres que se hallaban en una cajita. Puso siete u ocho ante él y comenzó a escribir direcciones con mano firme.
Uno era para la madre, otro para Mascia, otro para un tío de Kiev —cl único que no le había despreciado cuando era chico—; luego otros para los amigos de los últimos tiempos, para los de Ginebra. Dispuestos los sobres escribió sucesivamente todas las cartas —cartas breves, muy parecidas entre sí, incluso en el estilo, sin ningún punto de admiración—. Decía que había decidido matarse «sin razón alguna», y rogaba que no pensasen más en él. Vuestro devotísimo, etc.
Ningún beso a nadie, cartas que parecían circulares. Plegó las hojas, las fue encerrando en los sobres y buscó los sellos en la cartera. Luego cogió el sombrero, se puso la capa y salió con su paquete de cartas en la mano y el revólver en el bolsillo. Se dirigió a la central de Correos, pensando