EL ROL DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD Y EN LA IGLESIA COLOMBIANA
GREGORIUS PRIMUS AMA MAIA
PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA FACULTAD DE TEOLOGÍA
BOGOTÁ, D.C. SEPTIEMBRE DE 2016
EL ROL DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD Y EN LA IGLESIA COLOMBIANA
GREGORIUS PRIMUS AMA MAIA
Trabajo de grado como requisito para optar al título de Teólogo
TUTORA: María del Socorro Vivas Albán Docente Departamento de Teología
PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA FACULTAD DE TEOLOGÍA
BOGOTÁ, D.C. SEPTIEMBRE DE 2016
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Nota aclaratoria de la Pontificia Universidad Javeriana
La universidad no se hace responsable por los conceptos emitidos por los alumnos en sus trabajos de tesis; sólo verá porque no se publique nada contrario al dogma y a la moral católica y porque las tesis no contengan ataques o políticas puramente personales, antes bien, se vea en ellas el anhelo de buscar la verdad y la justicia. (Reglamento general de la Pontificia Universidad Javeriana).
6 Nota de aceptación
___________________________
Firma del Presidente del jurado
__________________________
Firma del jurado
_________________________
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Tabla de Contenido
Introducción ... 10
1. El aporte de la mujer en la sociedad y en la Iglesia colombiana ... 13
1.1. La Mujer en la sociedad ... 13
1.1.1. La búsqueda de una nueva identidad individual y colectiva ... 13
1.1.2 La mujer del pueblo como elemento fundamental de transformación ... 15
1.1.3. La afirmación de la mujer como sujeto social en los papeles protagónicos en la sociedad 18 1.2. El aporte de la mujer en la Iglesia ... 21
1.2.1. El tema de la mujer en algunos documentos del magisterio de la Iglesia ... 21
1.2.2 El Feminismo en perspectiva Latino-colombiana ... 23
2. El aporte de cuatro teólogas sobre la participación e importancia ... 27
de la mujer en la sociedad y en la Iglesia. ... 27
2.1. Andrea Sánchez Ruiz: tender puentes, construir vínculos. Antropología teológica y relaciones entre los géneros ... 27
2.1.1. Los modelos moldean ... 28
2.1.2. Modelos Genéricos ... 29
2.1.3. Modelos que consideran la condición sexuada ... 30
2.1.3.1. Modelo patriarcal. Relaciones de subordinación jerárquica ... 30
2.1.3.2. Modelo de la igualdad. Relaciones indiferenciadas ... 31
2.1.3.4. Modelos holísticos. Relaciones de reciprocidad ... 33
2.1.3.4.1 Modelo multipolar... 33
2.1.3.4.2. Familia amplificada... 33
2.1.3.4.3. Reciprocidad ... 34
2.1.3.5. Modelo socio - constructivo ... 34
2.1.4. Reflejos del Dios vivo ... 35
2.2. Virginia Azcuy: andares teológicos de Teologanda. Una lectura desde la práctica ... 36
2.2.1. Las buenas prácticas de Teologanda ... 37
2.2.1.1. Dedicar tiempo a formar recursos humanos ... 37
2.2.1.2. Aprender a hacer fecunda la diversidad ... 38
2.2.2 Prácticas que desafían el futuro ... 38
2.2.2.1. Aprender a construir compañerismo y un liderazgo compartido ... 38
8
2.2.2.3. Institucionalización: ¿sueño o realidad? ... 39
2.2.3. El andar teológico de la mujer ... 40
2.3 Margit Eckholt: la cuestión de la mujer como signo permanente de los tiempos. Legado y misión del Concilio Vaticano II ... 41
2.3.1. La esperanza y la desilusión ... 41
2.3.1.1. La esperanza como fundamento eclesial para la cuestión de la mujer ... 41
2.3.1.2. Desilusión: ¿fue entendida la cuestión de la mujer como signo de los tiempos? ... 42
2.3.2. La nueva cualidad de la cuestión de la mujer como signo de los tiempos, revolución cultural y perspectiva salvífica para la Iglesia. ... 42
2.3.3. Tres elementos que determinan la nueva cualidad de la cuestión de la mujer como signo de los tiempos ... 43
2.3.3.1. El cambio en la imagen de la mujer y en la relación entre los sexos. Perspectiva social y cultural ... 43
2.3.3.2. El perfeccionamiento de la metodología del trabajo teológico de la mujer. Perspectiva teológica ... 44
2.3.3.3. Cambio en la percepción de la Iglesia y en la adhesión de la mujer. Perspectiva eclesiológica ... 44
2.4 La mujer y los pronunciamientos eclesiales: Olga Consuelo Vélez ... 45
2.4.1. La enseñanza oficial de la Iglesia sobre la mujer ... 45
2.4.2. La mujer en los documentos de Medellín y Puebla ... 46
2.4.3. Una reflexión final ... 48
3. La misión de la mujer como discípula ... 49
3.1. Ejes de la reflexión teológico pastoral sobre la mujer en la Iglesia ... 49
3.1.1. María, ¿prototipo de la liberación de la mujer? ... 49
3.1.2. Discipulado de iguales, una Cristología desde la praxis liberadora de Jesús ... 50
3.1.4. Fecundidad imprevisible del Espíritu, una pneumatología generadora de vida y misión ... 52
3.2. Mujer: protagonista de la misión en la Iglesia ... 52
3.2.1. Estado de su misión y pensamiento jerárquico ... 53
3.2.2. Desde una eclesiología de comunión ... 53
3.2.3. Llamado a la conversión ... 54
3.2.4. La eucaristía: signo y lugar de una nueva humanidad ... 55
3.3. Mujeres laicas en la vida de la sociedad y de la Iglesia ... 56
3.3.1. Consolidación de un laicado comprometido con la tarea evangelizadora de la Iglesia ... 56
3.3.1.1. La identidad de los laicos: un tema recurrente ... 56
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3.3.1.3. Una nueva manera de entender la espiritualidad laical ... 57
3.3.1.4. La formación del laicado: un imperativo en la construcción de nuevos rostros ... 58
3.3.2. Aspectos de la realidad para afrontar el discipulado y la misión evangelizadora ... 58
3.3.2.1. El protagonismo de la mujer ... 58
3.3.2.2. Aporte de la mujer teóloga ... 59
3.3.2.3. Una comunicación afectiva con los destinatarios ... 59
3.4. ¿Qué espera la mujer de la Iglesia? ... 60
3.4.1. La Iglesia del futuro: una comunidad de libertad, igualdad y hermandad ... 60
3.4.2. Una mirada valiente y creativa hacia el futuro ... 61
Conclusión ... 62
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Introducción
Desde que emerge el cristianismo la labor de la mujer, en la sociedad, ha estado siempre relegada a un segundo plano. En los últimos años, en su afán de combatir la discriminación, ha emprendido una nueva cruzada para que sea revalorado su papel en la humanidad; ahora exige igualdad en sus derechos. Esto también es posible gracias a un cambio de mentalidad social y a unas nuevas necesidades que demanda la historia. La puja ahora es por tomar el control total de su vida y expandir su protagonismo hacia la construcción de un mejor país.
El rol de la mujer sigue dependiendo hoy de su estatus y adquiere, a su vez, diferentes tintes en el ámbito social, político, económico, doméstico y religioso. Aunque los avances han sido significativos, aún se percibe el aroma de la mentalidad patriarcal y aún está marginada de algunos contextos. Surge entonces un interrogante: ¿de qué manera las mujeres ejercen su discipulado, misión y liderazgo en la sociedad y en la Iglesia?
Para transformar el presente hay que recurrir al pasado. A lo largo de la historia, Colombia no ha apreciado la tarea de la mujer. Hoy, el objetivo de esta exploración pretende aproximarse a ese papel que ha desempeñado en la sociedad y en la iglesia. De esta manera, se quiere incentivar una toma de conciencia, rendir un tributo y desde una perspectiva teológica, describir aquellos retos que ha emprendido.
Para lograrlo, es esencial retomar los estereotipos de género, en la sociedad contemporánea, para poder entender el proceso de discriminación y de desigualdad que ha afrontado. Esos estereotipos femeninos, sociales y religiosamente compartidos, suelen categorizarles como seres emocionales, débiles, sumisos, dependientes y por ende, extremadamente sensibles ante otros. No obstante, esto no quiere decir que la realidad sea así, tan sólo es el esbozo de una de tendencia en la percepción. La mujer, poco a poco, se integra al contorno productivo y por tanto, tiene la posibilidad de emerger ante el Estado y la comunidad eclesial para dar apertura a esos espacios que le permiten ampliar sus roles como madre, estudiante, trabajadora, líder política, religiosa y/o empresaria, etc.
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La lucha por la igualdad, debe ser comprendida no sólo como un asunto de la mujer sino como un avance necesario en la humanidad para alcanzar su desarrollo y su progreso. Su presencia debe ser el eje que motiva, incentiva e invita a otras a buscar caminos diversos para obtener metas.
La mujer, a lo largo de la historia, ha sido discípula, sin embargo, la iglesia no ha reconocido a plenitud su labor. Por ello, es fundamental analizar su discipulado, para empezar a construir una conciencia nueva en torno a su servicio, al valor que tiene y que ha tenido como promotora y líder al encaminarse hacia Cristo.
Esta temática, el rol de la mujer en la sociedad y en la Iglesia Colombiana pretende demostrar el aporte y la participación de lo femenino en la comunidad, a través de unas categorías: igualdad, equidad, participación social y eclesial, perspectiva de género y seguimiento de Jesús.
El objetivo de esta exploración es identificar la importancia del liderazgo de la mujer en la sociedad y en la iglesia a través del método hermenéutico-critico desde el aporte de cuatro teólogas valiosas, que se proyectan como seguidoras de Jesús y proclaman la buena nueva en distintos contextos. La interpretación y la comprensión son fundamentales para detectar la problemática de esta hermenéutica. En este orden de ideas, esta herramienta es un avance en la aprobación de sentido como una reflexión abstracta y concreta de un modo de ver, de juzgar y de actuar1. Desde este método se pretende indagar y reconocer a la mujer en la sociedad y en la vida eclesial de Colombia.
Andrea Sánchez Ruiz profundiza, a través de su experiencia, el modo de relacionar y de comprender la igualdad básica del género humano con otros, es decir, que varón y mujer se vinculan entre sí. En la Trinidad, una persona se representa en sí misma en relación con las otras personas. Virginia Azcuy manifiesta que el aporte de la mujer, en el campo teológico en Latinoamérica, nos muestra su actividad tanto en la comunidad católica como en las instituciones cristianas. Margit Eckholt plantea una reforma, con respecto al lugar de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, durante el Concilio Vaticano II. La vocación y la misión de la mujer, le permiten
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tomar decisiones en la sociedad y en la Iglesia. Esto significa una apertura a todas las épocas, es decir, permanecer presente porque su aporte es un signo de todos los tiempos. Y por último, Olga Consuelo Vélez, afirma que la participación de la mujer en la Iglesia es un acto positivo. En la sociedad ha estado presente, únicamente, para procrear y para el trabajo doméstico. Esto le ha impedido ser sujeto real en la vida eclesial. Pero su participación se enfrenta a esa cultura patriarcal y a la institucionalidad de la Iglesia de su tiempo. La mujer también es protagonista de cambios fundamentales en la vida eclesial. El aporte del documento de Puebla valora su dignidad como persona co-creadora con Dios, con respecto al varón.
A partir de esos aportes teológicos, que han exaltado la participación e importancia de la mujer en la casa de Dios, se pretende vislumbrar su misión como discípula, apoyando así el fundamento de un nuevo paradigma que rompa con aquella mentalidad recia, arcaica y patriarcal, en el contexto teológico pastoral de hoy y que ha perdurado a través del tiempo.
Hoy, desde la diferencia, empieza un nuevo andar para la mujer en la Iglesia. Se abre otro punto de referencia para acoger y avistar su servicio, desde la dignidad y el respeto a su condición femenina. La pretensión es que, poco a poco, empiece a ocupar un lugar real en la misión evangelizadora y abrir el horizonte para dejar huella en la vida eclesial; allí donde la diferencia de género no importa sino el seguimiento de Jesús para gozar de un verdadero Reino aquí en la tierra.
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1. El aporte de la mujer en la sociedad y en la Iglesia colombiana
Hombre y mujer tienen la misma dignidad. A lo largo de la historia, en el mundo, el rol de la mujer no ha sido valorado en la misma proporción que el del hombre. Sin lugar a dudas, la realidad de las relaciones socio-culturales y religiosas entre ellos es injusta. Las diferencias de género saltan a la vista. Un claro ejemplo es la misión y el liderazgo de la mujer para liberarse de la opresión.
Desde que emerge el cristianismo, la mujer ha sido discípula. Sin embargo, ha sido objeto de discriminación por parte de la sociedad y de la Iglesia. Aún no se ha reconocido la importancia de su papel en el seguimiento a Cristo, su servicio y su valor. Este capítulo pretende mostrar su contribución a la sociedad y, particularmente, a la Iglesia, dentro del contexto de Colombia.
1.1. La Mujer en la sociedad
En el mundo y en la sociedad se vive un instante con respecto a la mujer. En todos los perímetros se ve su suceso, su empoderamiento, su protagonismo y su capacidad de abrir nuevos caminos2. Innumerables situaciones se podrían describir en torno a ella, frente a una realidad abismal que siempre le ha definido con respecto a sus roles como madre, esposa, hija y hermana. De esa manera, se ha estructurado la sociedad y se ha constituido su ser personal3.
1.1.1. La búsqueda de una nueva identidad individual y colectiva
En el contexto familiar, se muestra un avance significativo y se percibe una nueva identidad, que dignifica su papel de madre y esposa; hoy, es una responsabilidad mucho más compartida entre hombre y mujer. En otros ámbitos, como el económico, el político y el cultural, la mujer comienza a ocupar puestos relevantes y da muestras de su capacidad, responsabilidad y buen desempeño. En las esferas educativas, antes vedadas, ahora profundiza su presencia femenina, a veces, en mayor
2 Vélez Caro, Olga Consuelo, La Mujer y La Iglesia Católica, en Revista Javeriana (noviembre-diciembre 2007), 38. 3 Conferencia Episcopal de Colombia, Mujeres protagonistas de la misión de la Iglesia, Bogotá; Colombia, Julio de 2007, 12.
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proporción que la masculina, cambiando así el perfil de las profesiones y los desempeños laborales4.
El no reconocer ni valorar a la mujer, en la sociedad actual, ha conducido a referirse a ella en términos de opresión y de marginación. Debido a su condición socioeconómico-cultural, se puede afirmar que ha tenido menos acceso a la educación y un trato desigual en el ámbito público (salarios inferiores, poca participación en la vida civil y en toma de decisiones, leyes desiguales), esto ha llevado a que, muchas veces, se tome como un objeto de consumo que se permea en la prostitución, la pornografía y la publicidad5. Su condición de mujer, le obliga a una lucha constante para poder recobrar su autoestima a todo nivel: psicológico, intelectual, social, físico, emocional y moral.
En ese sentido, Colombia vive una problemática de gran magnitud, una crisis humanitaria que afecta a la mujer, especialmente, a madres y niñas que, en condición de desplazamiento forzado, sufren no sólo el desarraigo de su tierra sino también la desigualdad de oportunidades, de condiciones básicas de vida e incluso se ven en la penosa necesidad de ejercer un trabajo sexual que condena y degrada su ser como persona6.
El documento de Puebla reconoce la condición de la mujer como un ser doblemente oprimido y marginado (cfr. 1135). Afirma que una de las situaciones que sobrecarga la injusticia en su contra, es la doble jornada laboral - hogar y oficina- (cfr. 837). Además, reconoce que está en desventaja, particularmente, frente al hombre (machísimo, educación insuficiente, utilización sexual), a la doble jornada y a la división del trabajo social por sexos; aumentando así su ausencia, casi total, de la vida política, económica y cultural (cfr. 834). De la misma manera, este documento acentúa que es explotada y su cuerpo es tratado como un objeto de consumo (cfr. 835). La mujer es blanco, en los países poderosos (cfr. 577), de campañas neo colonialistas de esterilización, carece de múltiples derechos en el ámbito laboral (cfr. 836); al igual que las empleadas domésticas (cfr. 838)7.
4 Vélez Caro, Olga Consuelo, La Mujer y La Iglesia Católica, en Revista Javeriana (noviembre-diciembre 2007), 38. 5 Conferencia Episcopal de Colombia, Mujeres Protagonistas de la misión de la Iglesia, 12.
6 Consejo Episcopal Latinoamericano, Por la Vida de Nuestros Pueblos, Celam: Bogotá-Colombia, 2007, 59. 7 Vélez Caro, Olga Consuelo, La Mujer y La Iglesia Católica, 42.
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En el hogar la mujer ha desempeñado un rol protagónico. Se le ha asignado, culturalmente, el cuidado de los hijos y el bienestar de todos los miembros de la familia. Sin embargo, ella también ha optado por una actividad laboral nueva. A pesar de ejercer con propiedad, todavía tiene un largo camino por recorrer para obtener leyes que le protejan, realmente, y provocar cambios culturales que permitan que la sociedad le otorgue un justo reconocimiento a su aporte8.
Ser mujer, a través de la dedicación, la tolerancia, el género, la ternura y la intuición, recobra valor en la existencia humana. El peligro reside en que ese ingenio femenino quede atrapado y se le impida llevar a la práctica aquellos valores que incursionan, en otras dimensiones humanas, para desarrollar realmente esas cualidades o atributos que, por mucho tiempo, se han atribuido exclusivamente a los varones -la creatividad, el razonamiento, la lógica, la capacidad de dirigir y organizar-9.
Hoy, la percepción de la mujer debería abanderarse con unas nuevas formas de hacerla visible, en posiciones distintas; como jefas y/o en roles masculinos. También es imprescindible cambiar el trato hacia ellas. Por ejemplo, en los medios de comunicación masiva se ve a las mujeres, en menor grado, como diseñadoras de política o como emprendedoras exitosas y si más como reinas de belleza, modelos y actrices10.
1.1.2 La mujer del pueblo como elemento fundamental de transformación
La revolución femenina fue, probablemente, la transformación manifiesta de la sociedad colombiana durante la segunda mitad del siglo XX. Trajo consigo un cambio radical en las expectativas y las aspiraciones de la mujer en Colombia. Se comienza a valorar más su independencia económica y los logros académicos. Esta revolución es producto de una transformación cultural y social, de una dinámica de refuerzo mutuo entre las renovadas aspiraciones - logros educativos y laborales -. En 1957, Esmeralda Arboleda, en el diario El Independiente, a raíz de la inauguración del voto femenino, describe ese nuevo papel: las mujeres
8 Conferencia Episcopal de Colombia,Mujeres Protagonistas de la misión de la Iglesia, 12. 9 Vélez Caro, Olga Consuelo, La Mujer y La Iglesia Católica, 45.
10 Gaviria, Alejandro, Cambio Social en Colombia durante la segunda mitad del siglo XX, en Documentos CEDE
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salen del ámbito del hogar, no para dejar sino para proyectar la misión de amor y de ternura que se cultivó dentro de las calles, plazas y aldeas en Colombia11.
Es evidente que la situación de la mujer se ha trasladado a la modernidad. El camino de la emancipación está abierto y la mujer está dispuesta a asumir otros papeles en la sociedad12. Todos los logros alcanzados no han sido posibles sin esfuerzo, sufrimiento y paciencia. Los avances de la mujer, frente al ambiente patriarcal, se han experimentado con mucha zozobra, sospecha, freno y temeridad. El imaginario patriarcal ha puesto en tela de juicio el valor, la capacidad y el mérito de la mujer, ante atenuantes y dificultades que impiden que su actuar no sea avalado dentro de los mismos parámetros aplicados a los varones. La tarea continúa, es ardua, pero se requiere de un avance mayor13.
El documento de Puebla subraya la necesidad de organizar a las mujer para exigir el respeto pleno de sus derechos (cfr. 836). Incluso considera que trabajar en el logro de su promoción y su incorporación en los ámbitos sociales es un signo positivo (cfr. 840). Además, señala que no sólo es objeto de atención en la sociedad y en la Iglesia, sino que también es sujeto de su propio devenir (cfr. 848-849). Así que el creciente ingreso de la mujer, en las tareas de construcción de la sociedad (cfr. 840) y su aporte es insustituible e indispensable para garantizar la humanización de todos los procesos transformadores (cfr. 1219)14.
Sin demeritar el valor y la riqueza que encierran los roles, desempeñados hoy por la mujer, la conciencia va en aumento. La mujer antes de realizar determinadas labores que, sin duda, la constituyen, está llamada a ser ella misma, a definirse por su esencia de mujer, a valorarse en su dignidad y autonomía, a reconocerse plenamente en una condición de igualdad y de reciprocidad frente al varón15.
La mujer empoderada en el liderazgo, se ve obligada a renunciar a su proyecto de vida, es decir, debe entregarse en cuerpo y alma a la sociedad. Su aceptación como líder, a nivel público, se convierte, ocasionalmente, en un impedimento para tener vida propia: esto se refleja en relaciones
11 Peña Parga, Ximena, Mujer y movilidad social en Documentos CEDE No. 05 (Enero, 2013), 27 y 31.
12 Bommer, Josef, La mujer en la Iglesia: ¿una mujer párroco?, en selecciones de Teología Vol. 17. No. 65
(Enero-Marzo 1978), 84.
13 Vélez Caro, Olga Consuelo, La Mujer y La Iglesia Católica, 38. 14 Ibíd., 42.
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afectivas inestables, como madres solteras o simplemente en la ruptura de relaciones de pareja debido a la transformación de los vínculos de poder al interior de la familia. Ese es el precio de la igualdad política16.
Esta interpretación recobra vigencia, en la actualidad, si se tiene presente que al modificar la realidad de la mujer en la sociedad, es imprescindible transformar también su materialidad en el corazón de la iglesia. Serían insuficientes documentos en torno a esta temática, es vital modificar no solo estructuras sino también actitudes. Es actuar y transmutar en aras de la libertad del espíritu; es erradicar mentalidades para dejar atrás los miedos.
La apertura de esos nuevos espacios y estructuras, posibilita la inclusión de la mujer en la sociedad y en la Iglesia a través de su empoderamiento y de la manera de vivenciar su fe. Así que en el movimiento social de reivindicación de la mujer han de modificarse sus actitudes, principalmente, debido al imperativo de su misma fe17.
La mujer ya no desea más ese lugar secundario, ni anhela mirar desde la barrera y mucho menos, que su voz y voto no tengan cabida en el espacio eclesial. Esto refiere, a nivel general, a la capacidad de la Iglesia para acompañarla en su cruzada social. La realidad eclesial tiene que poner menos garantías civiles en sus principios para impulsar, con mayor fuerza, el empeño y el testimonio hacia la acción de solidaridad18. Se trata de mujeres concretas, con experiencias propias y distintas, que comparten una aventura solidaria, en la que su voz no ha sido expresada al unísono, sino que ha traspasado los límites del lenguaje que de ellas se esperaba. Se pone de manifiesto, entonces, la diversidad de perspectivas, miradas y construcciones que atraviesan las reflexiones y sus vivencias19. Es decir, la sociedad debe impulsar la conciencia y la libertad de la mujer para actuar, en el logro de sus metas como ser sujeto y no como ser objeto. Es romper con ese paradigma de que los varones, únicamente, son quienes detentan el poder.
16 Meertens, Donny, Mujeres y violencia: las condiciones específicas de las desplazadas, 129-130. 17 Vélez Caro, Olga Consuelo,La Mujer y La Iglesia Católica, 44.
18 Ibíd., 45.
19 Azcuy, Virginia; Bedford, Nancy; Palacio, Marta (Coordinadoras), Mujeres haciendo teologías; Huellas y cruces
del camino, en Revista del centro de estudios Salesiano Año XXV, Número 63-64, Enero-Diciembre, Buenos Aires-Argentina, 2013, 65-66.
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1.1.3. La afirmación de la mujer como sujeto social en los papeles protagónicos en la sociedad
En esta época, en la que se habla de que la mujer que obtiene reconocimiento, es protagonista y es un estímulo para otras, asimismo, se evidencia que le pertenece, por derecho propio, cambiar aquellos imaginarios en los que se piensa, aún con indecisión, que es excepcional el desempeño equitativo entre hombres y mujeres20.
En Colombia el conflicto armado, por ejemplo, no es un fenómeno aislado, nuevo ni mucho menos exclusivo de las últimas décadas. La resolución de conflictos, la lucha por el control territorial y político del Estado, las formas de dirimir diferencias, los debates electorales, las posiciones religiosas y los conflictos sociales, han estado signados por la confrontación armada, desde el momento mismo de la independencia del país21.
El Programa integral contra la violencia de género es una iniciativa para combatir esa agresión en contra de la mujer, su principal objetivo es aminorar los detonantes de la violencia para disminuir también los ataques. Campañas como la mujer tiene derechos, abren el camino para prevenir diversas formas de violencia de género.
En el país, algunas instituciones han demostrado grandes avances, en términos de equidad de género. La Alta Consejería para la Mujer, creada en 1990, es la principal entidad promotora del gobierno y maneja estadísticas sobre la desigualdad entre hombre y mujer. Por ejemplo, publica un boletín sobre la participación política de las mujeres en Colombia y de otro lado, se dedica más a la labor de la defensa de sus derechos que a promover acciones o programas concretos22.
La violencia física y psicológica - por parte del padre o esposo -, a la que la mujer ha estado sometida, en el seno de la familia y de la sociedad, es un aspecto relevante que merece ser destacado. En el ámbito civil, ha sido objeto de múltiples violaciones y/o atropellos en su dignidad sin que las leyes, en muchas ocasiones, le protejan realmente. En países que se vive el conflicto
20 Vélez Caro, Olga Consuelo, La Mujer y La Iglesia Católica, 38.
21 Consejo Episcopal Latinoamericano, Mujeres Protagonistas de la misión de la Iglesia, 58.
22 Gaviria, Alejandro, Cambio Social en Colombia durante la segunda mitad del siglo XX, en documentos CEDE, No.
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armado, la mujer sufre, en gran proporción, los efectos de la guerra, especialmente, cuando es obligada al desplazamiento forzado o queda viuda o simplemente, se viste de luto para llorar la pérdida de su marido o de sus hijos23.
El porcentaje de mujeres viudas es alto. A la muerte de sus seres queridos huyen sin sus pertenencias, emprenden una nueva vida en la ciudad y tratan de evitar todo recuerdo de los traumas sufridos, todo lo que evoque miedo. Se sumergen en la clandestinidad. Pierden su identidad como individuos, como ciudadanas, como sujetos políticos y sociales; a nivel familiar y comunitario. En su diario quehacer de supervivencia, la sociedad las proyecta como subversivas y responsables24.
En la Conferencia de Aparecida (Brasil) se esboza la situación crítica de la mujer. En este documento se demuestra como su dignidad ha sido vulnerada desde la niñez y la adolescencia. Es blanco, dentro y fuera de casa, de diferentes formas de violencia: trata de blancas, violación, acoso sexual, desigualdad laboral; en la política, en la economía y en la explotación publicitaria en donde se le trata como un objeto de lucro ante los medios de comunicación social (cfr. 48)25.
La participación del sector privado y de la sociedad civil es fundamental para formular y generar diversas intervenciones que contribuyan a prevenir que se convierta en toda una estrategia gubernamental. Claro ejemplo de esto, es la cadena televisiva Rede Globo, líder mundial en la producción de telenovelas, encargada de fusionar el entretenimiento con la educación. Su estrategia, junto a su misión social, ha permitido que el público se identifique con algunos personajes y vaya abstrayendo enseñanzas. Una de sus producciones, titulada nosotras las mujeres, se convierte en un llamado a la mujer para hacer valer sus derechos a lo largo y ancho de todo el país26.
Al hablar de desigualdad económica, se alude también a una lucha en contra de la violencia económica que encierra a las mujeres y las pone en condición de vulnerabilidad, víctimas,
23 Conferencia Episcopal de Colombia,Mujeres Protagonistas de la misión de la Iglesia, 13.
24 Meertens, Donny, Mujeres y violencia: las condiciones específicas de la desplazadas, Santa Fe de Bogotá: Opciones
Gráficas, 1996, 127-129.
25 Vélez Caro, Olga Consuelo, La Mujer y La Iglesia Católica, 42.
26 Gaviria, Alejandro, Cambio Social en Colombia durante la segunda mitad del siglo XX, en documentos CEDE, No.
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desigualdad; reflejada no solo en el hogar sino también en la industria y en las grandes empresas27. Los porcentajes que afectan su libre desarrollo y dificultan su movilidad social, acaecen en su propio hogar pues, tradicionalmente, allí tienen una mayor responsabilidad. Esto dificulta su participación en el mercado laboral. Las recomendaciones políticas se centran en sugerir la necesidad, en las mujeres, de permitir en su hogar la armonización del mercado laboral con las labores de cuidado28.
El documento de Aparecida también manifiesta que las mujeres son excluidas en razón de su sexo, raza o situación económica (cfr. 65); son maltratadas, víctimas de exclusión y de explotación sexual (cfr. 402). Las mujeres que forman partes de sectores marginados (cfr. 406), no son valoradas en su dignidad, son abandonadas, no se reconoce su sacrificio ni mucho menos su generosidad en el cuidado y educación de los hijos. Tampoco se aprecia su participación en la construcción de una vida social mucho más humana, ni en la edificación de la sociedad y de la Iglesia (cfr. 453)29.
Esta conferencia reafirma que las mujeres pueden participar en la vida eclesial, familiar, cultural, social y económica. Deben crear espacios y estructuras que favorezcan su inclusión (cfr. 454) y por tanto, deben ser respetadas, atendidas y valoradas (cfr. 455). En su misión de construir en la tierra, queda demostrado que la mujer es insustituible en el hogar, en la educación de los hijos y en la transmisión de fe. Esto, para facilitar el cumplimiento de su misión en la familia y en la sociedad (cfr. 456)30.
La sociedad colombiana ha empezado a reconocer y a proteger la identidad de la mujer, pues tiene aspiraciones, habilidades y cualidades, al igual que el hombre. Asimismo, debe propiciar las mismas oportunidades para que desarrolle sus potenciales y se exprese de acuerdo a sus elecciones. Se convierte no sólo en pieza clave de la sociedad sino también en un gran instrumento para el cambio social. El valor de su participación en la vida corporativa media en la sociedad.
27 Consejo Episcopal Latinoamericano, Por la Vida de Nuestros Pueblos, 59.
28 Gaviria, Alejandro, Cambio Social en Colombia durante la segunda mitad del siglo XX, en documentos CEDE, No.
30 (Octubre, 2010), 25.
29 Vélez Caro, Olga Consuelo, La Mujer y La Iglesia Católica, 42. 30 Ibíd., 42.
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1.2. El aporte de la mujer en la Iglesia
Ante estos signos de esperanza, la Iglesia Católica ha venido acompañado a los pueblos, aunque no ha estado exenta de miradas parciales e influenciadas por la cultura. Sin embargo, es posible reconocer la fuerza de ese espíritu que conduce a los caminos de liberación integral. Al mismo tiempo, la reflexión teológica del magisterio pretende dar luces para interpretar y entender la situación y el rol de la mujer. Al caminar de la mano de esta reflexión latinoamericana, se empieza a descubrir el verdadero compromiso en favor de la auténtica dignificación de la mujer31.
1.2.1. El tema de la mujer en algunos documentos del magisterio de la Iglesia
El movimiento de la Iglesia se ha estructurado sobre el aporte de la mujer. La Iglesia dirigida por León XIII, durante los años 1978 y 1903, admitía la sumisión de la mujer a su esposo y su rol era determinado de acuerdo con algunas características de la naturaleza. Hablar de igualdad entre hombre y mujer era antinatural. A partir del papado de Pío XII, 1939-1958, es que se abre una nueva perspectiva para la mujer32.
Un cambio de mentalidad, mucho más sustancial, se alcanza durante el pontificado de Juan XXIII, (1958-1963), con su Encíclica Pacem in Terris (1963) en la que se reconoce, oficialmente, el impulso de la mujer. A partir de esto, la Iglesia empieza a tener una postura clara sobre el rol de la mujer.33Asimismo, a lo largo de la historia, ella ha tomado consciencia de su dignidad humana y no está dispuesta a dejarse ver más como un objeto; ahora asume los derechos y las obligaciones que le corresponden. La Iglesia se pronuncia a favor de sus derechos y a favor del respeto a su dignidad humana; tanto a nivel privado como social y en lo concerniente a su posición dentro del Estado. Se percibe entonces un cambio de paradigma al no querer limitar sus funciones femeninas, únicamente, a la vida meramente doméstica. Revalorar la dignidad de la mujer posibilita su participación plena en todos los derechos y las obligaciones de la vida pública34.
En el Concilio Vaticano II se reconoce su igualdad fundamental con el varón, en donde se supera la condición de sumisión y la poca colaboración, a nivel social y eclesial, de la mujer. Este Concilio
31 Consejo Episcopal de Latinoamericano, Por la Vida de Nuestros Pueblos, 61. 32 Ibíd.
33 Ibíd.
34 Neumann, Johannes, La situación de la mujer en la Iglesia Católica actual, en selecciones de Teología Vol. 17.
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se ve enfrentado, en gran manera, a la Iglesia en donde se consideran los mismos derechos para hombre y mujer. El prólogo de la emancipación e integración de la mujer, en la vida social, política y económica, afecta también a la Iglesia, que no está conforme con su exclusión de las actividades en la casa de Dios. La escasez de vocaciones sacerdotales, abre una puerta pastoral distinta, que requiere que la mujer también se forme en el compromiso de ayudar a la Iglesia.35 El espíritu de renovación eclesial, que supuso el Vaticano II, imbrica ahora a la mujer, quien durante siglos había permanecido en condición de subordinación y con exigua participación social y eclesial36.
La constitución pastoral Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II, confirma el derecho de la mujer, el 7 de diciembre de 1965, a participar en todos los asuntos vitales de acuerdo con sus condiciones personales. Insiste en que es deber reconocer y fomentar la cooperación de la mujer en la vida cultural, apoyada en la igualdad de méritos y de derechos, en semejanza con Dios y en equilibrio con la dignidad y vocación entre los varones. Es decir, todos los seres humanos son iguales ante Dios por lo que es necesario esforzarse en reconocer esta igualdad37.
Este Concilio promulga la igualdad fundamental entre hombre y mujer. Su documento, Gaudium et Spes, referencia la creación y la redención universal de Jesús, al afirmar:
“Puesto que todos los hombres, dotados alma racional y creados a imagen de Dios, tienen una misma naturaleza y un mismo origen, y redimidos por Cristo gozan de una misma vocación y destino divino, se ha de reconocer cada vez, más la fundamental igualdad entre todos los hombres (…) toda clase de discriminación social o cultural, por razón de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, se ha de alejar y superar, como contraria al plan de Dios”38.
En Gaudium et Spes hay un cambio en la concepción de la mujer. De su sumisión al marido ahora se habla de una compañera de vida: “pero Dios no creó al hombre solo, ya que, después los comienzos, los creó varón y hembra (Génesis 1,27) haciendo así, de esta asociación de hombre y mujer, la primera forma de una comunidad de personas”39.
Se evoca la igualdad de derechos en todos los ambientes de la vida. Así que Gaudium et Spes ratifica: “La mujer, allí donde no la ha conseguido todavía, reclama la igualdad de derecho y de
35 Ibíd., 63.
36 Conferencia Episcopal de Colombia, Mujeres Protagonistas de la misión de la Iglesia, 29.
37 Neumann, Johannes. La situación de la mujer en la Iglesia Católica actual, en selecciones de Teología Vol. 17.
No. 65 (Enero-marzo 1978), 59.
38 Gaudium et Spes, No. 29. 39 Gaudium et Spes, No. 12.
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hecho con el hombre”40. Asimismo, “y es, sin duda, lamentable que los derechos fundamentales de la persona no sean respetados todavía íntegramente en todas partes. Se da el caso de que a la mujer se le niegue el derecho de escoger libremente marido o de abrazar determinado estado de vida, o de ascender al mismo nivel de educación y cultura que se le concede al varón”41.
Al consentir ya la igualdad en el horizonte cultural del varón, se retorna a:
“Uno de los deberes más propios de nuestra época, sobre todo para los cristianos, es el de trabajar con ahínco para que (…) se reconozca el derecho de todos y en todas partes a la cultura y a su ejercicio afectivo sin distinción de origen, de sexo, de nacionalidad (…) Las mujeres ya trabajan en casi todos los campos de la vida, pero conviene que sepan también representar plenamente su papel según su propia índole. Es, pues, deber de todos hacer que la participación propia y necesaria de la mujer en la vida cultural sea reconocida y favorecida”42.
En conclusión, en el decreto Apostolicam Actuositatem, se aclara la colaboración de la mujer en la misión evangelizadora de la Iglesia: “como en nuestros tiempos participan las mujeres cada vez más activamente en toda la vida social, es de sumo interés su mayor participación también en los campos del apostolado de la Iglesia”43.
1.2.2 El Feminismo en perspectiva Latino-colombiana
Desde condiciones socioeconómicas y culturales concretas, la teología latinoamericana feminista y de género es hoy una realidad; tiene la palabra para seguir animando la labor evangelizadora de la Iglesia.44.
El término feminismo proviene del vocablo galo “feminisme”, de feme, y de la palabra latina fémina que significa mujer. Esta palabra se emplea desde inicios del siglo XIX, para defender los derechos de la mujer45. El feminismo es un movimiento social que afronta las discriminaciones a las que ha estado sometida, en razón de su sexo46.
A partir de los años 70 se identifican el feminismo de la diferencia y el feminismo de la igualdad. El primero, es la idea de la esencia femenina que difiere del varón. La mujer contribuye con la
40 Gaudium et Spes, No. 9. 41 Gaudium et Spes, No. 29. 42 Gaudium et Spes, No. 60.
43 Apostolicam Actuositatem, No. 9.
44 Conferencia Episcopal de Colombia, Mujeres Protagonistas de la misión de la Iglesia, 49.
45 Colorado, Marta; Arango, Liliana; Fernández, Sofía, Mujer y feminidad en el psicoanálisis y el feminismo, Medellín:
colección autores antioqueños, 1998, 87.
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ternura, el cuidado, la cotidianidad y la corporeidad. El segundo, se refiere al sentido de luchar por la igualdad y los derechos entre hombre y mujer. En la realidad colombiana se identifica y se comparte en múltiples aspectos. El feminismo ha despertado muchas sospechas en la sociedad y en la Iglesia. En el ámbito eclesial el rechazo ha respondido a posturas en contra de la defensa de la vida, de la identidad sexual y del rechazo a principios fundamentales de la fe47.
La teología sobre la mujer se considera como una teología contextual, a partir de sus prácticas vividas. Esta se presenta como un camino a la búsqueda radical de la dignidad y el lugar de la mujer, así como del papel que ha de desempeñar y los derechos que ha de ejercer en la Iglesia. Es decir, reacciona en contra de una teología patriarcal, androcéntrica y unilateral48.
En esta década, el contexto económico, político, eclesial y teológico, se caracteriza por el surgimiento de unas comunidades eclesiales de base. La teología latinoamericana se elabora a partir de los pobres y de la pobreza. En ese contexto, la conciencia feminista, en el ámbito teológico, persigue a la teología de la liberación. Se revela, entonces, a la mujer como un sujeto histórico oprimido y en proceso de liberación. El punto que divide este quehacer teológico, radica en que la mujer se encuentra doblemente oprimida: por su condición social y por su sexo49.
En los años 80 se incorporan más mujeres al ámbito de la teología, pero aún no se empieza a dirimir sobre su problemática social. Durante este período se intenta abordar una teología de la mujer. Además, se empieza a dialogar con la tradición feminista del primer mundo. Emerge, entonces, una toma de conciencia ante la necesidad de emplear un lenguaje inclusivo para la mujer. Asimismo, aparece el término feminista en la reflexión teológica50. Este vocablo se usa, en América Latina, a partir de 1890, en el contexto de unos movimientos por la emancipación de la mujer y se introduce sólo a partir de la segunda mitad del siglo XX, a través de las teorías de género. Las críticas feministas son reconocidas como un sistema de análisis de las relaciones sociales. Sea cual sea su origen, los investigadores apuntalan a Perú, Brasil y Chile como los países
47 Ibíd., 52. 48 Ibíd., 54. 49 Ibíd., 56. 50 Ibíd., 61.
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con más tradición feminista. En la actualidad, hay una fuerte presencia de esta teología en países como Bolivia, Ecuador, Honduras, República Dominicana, Guatemala, Colombia y Costa Rica51.
A partir de la década de los años 90, se pretende rescatar lo femenino y se precisa reconstruir la teología desde una perspectiva feminista. Además, se examina el contexto de las contribuciones de las feministas en América Latina. Lo más representativo es la nueva incorporación de la categoría de género en el trabajo teológico sobre la mujer. Incluye a los varones y a las mujeres, porque todos están llamados a construir nuevas relaciones en materia de género52.
La categoría género no es descriptiva porque dice cómo están o que piensan las mujeres y los varones, simplemente establece diversos tipos de relación. El primero, relaciones comparativas. Muestra las igualdades y las diferencias que atraviesan el ser, el hacer, el sentir y el pensar; el segundo, la relación de proporcionalidad. Establece una representación tanto en varones como en mujeres sobre una misma cuestión; en tercer lugar, la relación de poder. Permite identificar marginalidades, exclusiones e inclusiones; en cuarto y último lugar, las relaciones distributivas. Enuncian distribuciones simbólicas entre varones y mujeres, desde lo femenino y lo masculino en la función social53.
Una de las actitudes más fecundas y relevantes en la historia de la Iglesia, como expresiones de una cultura de vida, es el aporte hecho por el cardenal Joseph Ratzinger, 2004, en su carta La colaboración del varón y mujer en la Iglesia, donde propone una reflexión profunda sobre las relaciones entre hombres y mujeres, para buscar la verdad y comprometerse con el desarrollo de relaciones más auténticas. Plantea que en la sociedad se presentan dos tendencias: la primera, enfatiza la condición de subordinación de la mujer que tiene como finalidad generar una actitud contestataria, convirtiéndola en antagonista del varón. La segunda, propone eliminar las diferencias para evitar la supremacía de un sexo sobre el otro, atribuye su origen a los condicionamientos histórico-culturales54.
Frente a este panorama, la Iglesia propone una nueva colaboración entre hombre y mujer para reconocer, en la diferencia, un acto positivo que favorezca las relaciones entre ambos. Para ser
51 Vivas Albán, , María del Socorro, Género y Teología en Theologica Xaveriana 140 (2001), 534-535. 52 Conferencia Episcopal de Colombia, Mujeres Protagonistas de la misión de la Iglesia, 62.
53 Ibíd., 69. 54 Ibid., 62-63.
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consecuentes con los planteamientos y la evolución del pensamiento de la Iglesia y con los retos de una sociedad latinoamericana, se propone a las Iglesias, organizaciones sociales, gobiernos y empresas privadas apostar, desde sus diferentes intereses y oportunidades, por una perspectiva de género. Desde allí se pretende: reforzar el rol de varones y mujeres como promotores de cultura de paz a nivel regional, nacional y latinoamericano. Fortalecer a las organizaciones para que integren el enfoque de género en sus políticas, actividades y procesos de sensibilización, capacitación y gestión. Impulsar el desarrollo integral humano con equidad entre varones y mujeres, para que se respetan, desde la libertad y la participación como signos de vida que conducen a la implementación de Dios aquí y ahora55.
Todo este desarrollo, magisterial y teológico, permite entender la situación de la mujer en la Iglesia. Da apertura al reconocimiento de su dignidad y a que su participación pueda ejercerse desde todos los estamentos; es decir, que la Iglesia, que ha conservado esa visión de mujer, en condición de inferioridad, frente al varón, ahora puede reconocer y defender su dignidad. Sin duda alguna, a partir del Concilio Vaticano II y de la reflexión teológica feminista, se traza el camino a una nueva visión de mujer; en cuanto a su dignidad, su igualdad y a su condición de sujeto activo en la sociedad y en la Iglesia. En la comunidad eclesial se hace necesario explicitar la dimensión de género para favorecer una educación no sexista. Si es verdad que la mujer tiene un papel preponderante en la vida eclesial, se hace necesario evidenciarlo, sacarlo a la luz, valorarlo e impulsarlo. Esta situación merece una conversión definitiva y la mujer tiene la responsabilidad de dar el primer paso56.
La mujer está llamada a superar los enormes desafíos en esta era de la globalización. Para entender su discriminación en la sociedad, se debe aceptar y respetar como un ser humano que tiene capacidad de prosperar y de desarrollar unas condiciones ambientales propicias para ir en búsqueda de su desarrollo de personal, social, económico, político y eclesial.
55 Ibíd., 63.
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2. El aporte de cuatro teólogas sobre la participación e importancia
de la mujer en la sociedad y en la Iglesia.
Juan XXIII, es uno de los papas que será recordado porque siempre quiso crear conciencia, en torno a la mujer, sobre la importancia de verla brillar en todo su esplendor. Siempre mostró interés por abrigarla en la vida pública, debido a la discriminación de que era objeto y a su marginación, simplemente, por ser mujer. Una y otra vez se confirma, de manera categórica, la urgencia de promover su dignidad en todos los ámbitos sociales y por tanto, de defender su igualdad ante el varón.
En manos de la mujer, se concentra la ardua tarea de promover su integridad en la Iglesia y en la sociedad. Debe reconocer la responsabilidad que tiene como protagonista en la búsqueda de su reconocimiento y de su aceptación social. En consecuencia, aún le queda bastante camino por recorrer y mucho trabajo por hacer en diferentes lugares del mundo.
En efecto, hoy urge la necesidad vital de romper con esa mentalidad machista y arcaica que trasciende al ser humano como un objeto, como un instrumento de intereses egoístas o simplemente como un medio de placer. La mujer ha sido víctima, a lo largo de la historia, de este tipo de pensamiento. Reconocer abiertamente su dignidad, es un primer paso para dar apertura a su participación en la vida eclesial, social y pública.
2.1. Andrea Sánchez Ruiz: tender puentes, construir vínculos. Antropología teológica y relaciones entre los géneros
El tema de la igualdad de género, en la iglesia, esboza a menudo sentimientos de temor cuando se tiene potencial para una transformación radical. Parece aceptable que esto se aplique en todo lugar de trabajo; máxime donde se evidencian muchas más oportunidades para la mujer, como por ejemplo, en el campo político. El problema de la igualdad de género parece no subsistir en estos escenarios, pero cuando se trata de la iglesia, allí si emerge la resistencia.
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2.1.1. Los modelos moldean
La Real Academia de la Lengua Española define la palabra “modelo”, desde un punto de referencia y representación, construido a lo largo del tiempo, elaborado para facilitar la comprensión y el estudio de la realidad. Los modelos moldean. En la lucidez y la libertad del ser humano está aceptarlos o rechazarlos, transformarlos y/o adaptarlos. La cuestión es detectar qué modelos se han moldeado y cuáles permanecen. Aquellos modelos están profundamente conectados con la propia experiencia, con el modo de comprender, de relacionar y con la forma de articular la igualdad de género con las diferencias de sexo.57.
Durante este recorrido teórico, a través de prototipos interpelantes, fue que la identidad pudo moldearse y a su vez, en las coordenadas de los contextos actuales, se atisbó la urgencia de un cambio. Catharina Halkes distingue: el modelo de subordinación de la mujer al varón, el modelo de oposición, el modelo de emancipación o igualdad, el transformativo; que no atribuye las diferencias sexuales al género masculino. Pretende un cambio de estructura patriarcal en ambientes donde varones y mujeres puedan vivir en diversidad de formas58. Susan Ross introduce el modelo tradicional; en el que asignan roles específicos a varones y mujeres porque se desprenden de su feminidad y masculinidad. Un modelo liberal, en el que se postula la igualdad entre ellos, a partir de la capacidad de reproducción. Un modelo social constructivista, que afirma las diferencias sexuales y de género como resultado de uso condicionamientos culturales. Por último, el modelo familiar, que integra las diversas dimensiones de identidad, cultura, historia y sociedad59. Margarita Pintos y Juan José Tamayo presentan prototipos antropológicos de relación entre varones y mujeres: la subordinación de la mujer al varón, el de complementación, el de igualdad abstracta y el transformativo60.
Entre estos modelos de relación introducidos, se analiza si se incluye o no el desarrollo de la condición sexuada. Es decir, se considera esta condición de la persona para poder comprender,
57Azcuy, Virginia; Bedford, Nancy; Palacio, Marta (Coordinadoras), Mujeres haciendo teologías; Huellas y cruces
del camino, en Revista del centro de estudios Salesiano Año XXV, No. 63-64, Enero-Diciembre, 2013, 251.
58 Cf. Halkes, Catarina, Mujer y Hombre en Diccionario de conceptos teológicos, Herder: Barcelona, 1991, 119-129. 59 Cf. Ross, Susan, Extravangant affections, Continium: New York, 2001, 120-136.
60 Cf. Margarita pintos; Juan José Tamayo, La mujer y los feminismos, en diccionario de Conceptos Fundamentales
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resolver y plantear la igualdad entre hombre y mujer. El eje de este estudio se focaliza en las múltiples reproducciones sobre diversidad sexual; desde un enfoque ético, teológico y pastoral. Como mujer, dedicada a la teología, tiene su propio pensamiento y su preferencia por algunos planteamientos. Es decir, no se limita a preguntas y posibilidades sino que concluye, para nuestro tiempo actual, una orientación de la dignidad igualitaria entre varones y mujeres desde la perspectiva teológica. Ser imagen de Dios y de Jesús para pensar, vivir y reconstruir la Iglesia61.
2.1.2. Modelos Genéricos
Estos modelos plantean la realidad humana como una abstracción que no referencia los sexos. Allí no se considera, concretamente, el término sexo y la diferencia de sexos en el desarrollo de una reflexión antropológica. El discurso sobre el genérico varón incluye a hombre y mujer. Desde esta perspectiva, se corre el riesgo de perder de vista la diversidad62. Felisa Elizondo, a través de trabajos en antropología filosófica y teológica, explora la esencia del varón del ser humano con lo masculino y concede escaso lugar o casi ninguno a la reflexión sobre las mujeres63.
La antropología, para el género humano, se identifica con unos rasgos que son asignados a los varones en su capacidad de pensamiento y decisión, a través del tiempo. Lo corporal, vinculado con la historia del universo femenino, no es suficientemente relevante para propiciar una reflexión exhaustiva. Por tanto, si los varones han identificado, tradicionalmente, a las mujeres con su biología, se privilegia el discurso de la naturaleza humana; el cuerpo fue olvidado y sobre todo, el cuerpo de la mujer fue excluido de la reflexión teológica. En síntesis, al identificar lo humano con el varón torna invisible a la mujer. Lo que podría identificarse con ella, ha quedado al margen de la reflexión. Por consiguiente, la vinculatoriedad entre sexos no es una temática para ser estudiada. La humanidad fue expresada en una voz situando a las mujeres, a su realidad y a sus experiencias, fuera del discurso antropológico64.
61Azcuy, Virginia; Bedford, Nancy; Palacio, Marta (Coordinadoras), Mujeres haciendo teologías; Huellas y cruces
del camino, en Revista del centro de estudios Salesiano Año XXV, No. 63-64, Enero-Diciembre, 2013, 254-255
62 Ibíd., 255.
63 Azcuy, Virginia, El lugar teológico de las mujeres, un punto partida, Centro de estudios Salesiano de Buenos Aires:
Argentina, 2001, 12.
64Azcuy, Virginia; Bedford, Nancy; Palacio, Marta (Coordinadoras), Mujeres haciendo teologías; Huellas y cruces
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2.1.3. Modelos que consideran la condición sexuada
2.1.3.1. Modelo patriarcal. Relaciones de subordinación jerárquica
A través de los tiempos, el modelo de subordinación jerárquica ha prevalecido entre hombre y mujer. La mujer siempre ha sido considerada como inferior al varón. Simplemente le debe obediencia porque está bajo su cuidado y es objeto de dominación masculina. En diversas culturas, la mujer ha quedado desamparada por la materia, lo inestable y lo débil. En cambio, el varón se asocia con la cultura y se equipara a lo femenino con la naturaleza. En algunos casos, en la reflexión teológica, se niega que ella sea a imagen de Dios, aludiendo así a la interpretación del texto bíblico del Génesis, que explicita que la imagen de Dios está en el varón65.
La concepción o idea que se tiene sobre la mujer, en el orden jerárquico, como un ser de segundo orden, se ha naturalizado tanto que incluso atenta en contra del rol que ejerce en su familia. Debido a condiciones externas, las afirmaciones del magisterio eclesial, se han sujetado desde la labor doméstica. Ante la explotación, padecida por la masa obrera, y el enriquecimiento de grupos reducidos, a finales del siglo XIX, el papa León XIII reacciona en contra de la posibilidad de una labor extra-doméstica para la mujer. Pio XI, en medio de un contexto de inmoralidad, recalca a la Iglesia la importancia del matrimonio cristiano dentro de las jerarquías del amor, abraza la primacía del varón sobre la mujer y su rendida obediencia recomendada por el apóstol. También alerta, ante los peligros del feminismo que lucha por la emancipación de la mujer y abraza a la igualdad66.
Si bien el magisterio de la Iglesia reconoció y defendió la dignidad de la mujer, inscribió esa relación, entre hombre y mujer, fundada en el poder de quien domina porque es más fuerte y quien manda siempre es superior. En otras palabras, el rol de la mujer, conserva hoy aún tintes de esa postura del pasado, pues en últimas, es quien se encarga de la formación y del cuidado de los hijos en el hogar. Aunque la reflexión actual está lejos de convalidar esas viejas afirmaciones, si se sufren aún las consecuencias que se hacen vigentes en los hechos67.
65Ibíd., 256-259 66Ibíd., 259-260. 67Ibíd., 260-261.
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2.1.3.2. Modelo de la igualdad. Relaciones indiferenciadas
Este prototipo, influenciado por el iluminismo de los siglos XVII y XVIII, introduce a un hombre y una mujer a compartir una naturaleza humana única, caracterizada por la razón y la conciencia moral; como reacción a esa subordinación jerárquica que interpela las diferencias de sexo en detrimento de la dignidad de la mujer. Al sustentarlo en la igualdad de todos los seres humanos, se minimiza la diferencia entre sexos, reduciéndose a un simple dato biológico sin relevancia.
Desde el principio de la creación, varón y mujer comparten una naturaleza que los vuelve partícipes de los mismos derechos. La injusticia, que ha atravesado el umbral de la historia, es la responsable de esa distorsión de la transformación de relaciones jerárquicas de privilegio y de dominación. Por tanto, la consecuencia de la igualdad de la mujer no se inscribe en una reforma contraria a la de la naturaleza sino que es demandada por ésta misma68.
Desde esta perspectiva, se orientaron muchas luchas de la mujer, que redundaron en la consecución de sus derechos. Hay que advertir que al hacer énfasis en la igualdad, al acentuar su naturaleza común, este prototipo ha ignorado completamente la importancia del cuerpo tanto en hombres como en mujeres; de tal modo, que se ha convertido en un modelo unisex que no acoge las diferencias entre sexo, raza y cultura. Las relaciones interpersonales se mueven en el plano de la indiferenciación, para no romper con la igualdad, se globaliza lo genérico y se atenta en contra de lo singular de cada persona, cultura y contexto69.
Este modelo no soluciona el problema real de las mujeres, la igualdad de derechos no va de la mano con la igualdad de obligaciones. La mujer asume una doble jornada pero el varón no se involucra, corresponsablemente, en las tareas domésticas. Al no existir la diferencia, se asume un ideal masculino, en que la liberación de la mujer consiste en salir de la esfera pública sin descuidar a la privada70. Es decir, que la mujer empieza a romper su silencio, a compartir sus penas y a obtener cierto reconocimiento público. Hablar de los males que le aquejan es abrir una brecha entre
68 Ibíd., 261-262. 69 Ibíd., 262. 70 Ibíd., 263.
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los discursos universalizados de teología, es considerar aquellas experiencias de cercanía, de sufrimiento y de alegría, como un material de reflexión71.
2.1.3.3. Especificidad sin desigualdad. Relaciones de complementariedad
La aseveración sobre dignidad igualitaria entre hombre y mujer, cobra justicia, tanto en la similitud básica como en la diferencia. La naturaleza humana existe de hecho, entre ellos, como una modalidad de ser persona humana; se especifica tanto en lo masculino como lo femenino. Se puede afirmar que son iguales en cuanto a su dignidad y a su vez, son diferentes debido a su configuración biosociológica; es decir, que la igualdad no se opone a la disimilitud sino a la desigualdad. Las diferencias corporales entre hombre y mujer remiten también a una diversidad de talentos, de dotes y de capacidades; como otro aspecto de la personalidad, sin que la especificidad implique desigualdad entre los sexos72.
La singularidad, irrepetible de cada ser humano, incluye la sexualidad y la corporeidad. El sexo, actualmente, es considerado no sólo como un accidente sino como un constitutivo de la persona humana que configura su identidad e influye, decisivamente, en su personalidad. Como el sexo configura a la persona, se considera que su apertura se expresa a través de dos modalidades que, a la vez, se relacionan complementariamente: el varón se abre a los demás hacia fuera y la mujer recibe desde dentro. De este modo, a partir de las relaciones que se manifiestan en la concepción de un nuevo ser se expresa, a través de preposiciones, la modalidad distintiva de ser persona. Lo masculino (ser con-desde) y lo femenino (ser con-en). En este punto radica la principal divergencia entre hombre y mujer; en ser distintos aunque se abren entre sí de un modo respectivo, diferente y complementario. La diferencia entre ambos evidencia un contraste y presupone, de otra parte, que viene anclado desde la igualdad. Esta complementariedad presume un grado de inclinación, mayor o menor, en determinadas cualidades o virtudes. En conclusión, en las relaciones complementarias se focaliza la diferencia desde donde se desprenden cualidades. Al valorar la riqueza de la
71 Gebara, Ivone, El rostro oculto del mal, una teología desde la experiencia de las mujeres, editorial Trotta:
Madrid, 2002, 223.
72Azcuy, Virginia; Bedford, Nancy; Palacio, Marta (Coordinadoras), Mujeres haciendo teologías; Huellas y cruces
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corporeidad humana y las diferencias de género, con múltiples lenguajes, se avanza hacia la consideración de factores sociales, educativos y culturales de subjetividad73.
2.1.3.4. Modelos holísticos. Relaciones de reciprocidad
Denominados también como renovadores, transformadores y/o relacionales de coparticipación. Son una propuesta, atada desde la consideración de diversas constantes antropológicas que configuran a lo humano, que anhelan superar los vínculos de dominación, de uniformidad y de complementariedad de los modelos precedentes74.
2.1.3.4.1 Modelo multipolar
Elizabeth Johnson, desde el cerco de una obra sobre el misterio de Dios, en el discurso teológico feminista, propone este prototipo. Aquí se concibe a la naturaleza humana como una interdependencia de múltiples diferencias que les permiten ser como son. En este modelo se privilegia más la integración de las diferencias que la polarización. La sexualidad no es el único distintivo de los seres humanos, la humanidad no se percibe como una pluralidad dualista ni mucho menos como un igualitarismo que anula toda diferencia. La diversidad tiene recursos ilimitados que posibilitan que la vida social y comunitaria se desarrolle con la cooperación de todos. La pluralidad de lo humano se convierte en una riqueza que valora la propia subjetividad constitutiva de diferenciación interpersonal. La diferencia sexual, en relación con otras variables, conduce a la integración de una visión totalizante de la identidad personal75.
2.1.3.4.2. Familia amplificada
Susan Ross afirma que la familia, si bien está cimentada en lo biológico, es un fenómeno multigeneracional abierto, flexible y que puede ser igualitario en todas sus relaciones internas, con cierta estabilidad, que permite vincular las diferencias sexuales entre lo social y lo histórico. La familia es un espacio para todos y todas. Las relaciones parentales se definen por la responsabilidad, es decir, toman la iniciativa de ser respectivo. El modelo de relaciones en la familia, también tiene desventajas y peligros potenciales: la comprensión de la familia aún está marcada por la cultura patriarcal en donde las mujeres son lo doméstico, las relaciones son
73 Ibid., 265-266. 74 Ibid., 268. 75 Ibid., 269-270.
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jerárquicas y los varones detentan el poder. Esto quiere decir que, la familia, como modelo antropológico, reafirma tanto las raíces biológicas como los contextos, culturales y comunitarios, en donde las relaciones con el otro pueden sostener y extender la propia subjetividad en un intercambio entre géneros, generaciones y costumbres. Se hace posible integrar las múltiples diferencias que constituyen a los seres humanos y se piensa en unos nuevos modos de vínculos interpersonales que faciliten la comunión76.
2.1.3.4.3. Reciprocidad
Giulia Di Nicola plantea que, en la actualidad, la relacionalidad puede entenderse como reciprocidad. A la reciprocidad de la tensión del yo hacia el tú, corresponde la recepción y la respuesta a la trascendencia del yo, la trascendencia del otro, al don que sería la contrapartida. La reciprocidad conduce a una sintonía advertida en las relaciones, en la presencia de ese otro reconocido como un semejante, en una referencia común y con un intercambio mutuo. Aunque la reciprocidad supone la lógica del intercambio, no se reduce a ello, también se rige por la gratuidad, la circularidad del don de entrega y el compartir. El intento de pensar en una antropología, fundada en la dignidad igualitaria de hombre y mujer; que da cuenta de la diferencia de sexos, la articula con vínculos superadores de la sumisión, la uniformidad y la complementariedad. Esto conlleva a estas autoras a proponer modelos holísticos, totalizantes e inclusivos, que valoran la diversidad, se enriquecen y posibilitan relaciones interpersonales en términos de mutualidad y reciprocidad77.
2.1.3.5. Modelo socio - constructivo
Susan Ross, nuclea bajo este nombre a quienes afirman que las diferencias de sexo, al igual que las de género, son el resultado de condicionamientos culturales.78 Judith Butler sostiene que el cuerpo, incluido su sexo es un constructor social.79 Se pregunta entonces si el sexo y el ser mujer se constituyen un hecho natural o una simple en una realidad cultural. La propuesta de Butler presenta al cuerpo como una construcción lingüística, es decir, como producto de un discurso
76 Ibid., 270-272. 77 Ibid., 272-273.
78 Cf. Ross, Susan, Extravangant affections, Continium: New York, 2001, 120-136. 79 Femenías, Maria Luisa, Sobre el sujeto y el género, catálogos: Buenos Aires, 2000, 190.
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fundado en la política. Por tanto, el sexo es una determinación social y una configuración en una cultura determinada80.
Se puede concluir, al introducir a la teoría de la performatividad, que sostiene que únicamente las prácticas transforman las categorías de cuerpo, sexo, género y sexualidad. Desde esta perspectiva, se entiende lo masculino y lo femenino, no como valores absolutos y naturales sino como una repetición de actos que tienen unos resultados. Podría calificarse, entonces, este modelo como un constructivismo radical, que considera la corporalidad como una construcción social de la cultura y de los discursos. Cuestiona lo biológico como una realidad dada, disuelve las diferencias y objeta el vínculo congruente entre corporalidad, identidad y género81.
2.1.4. Reflejos del Dios vivo
La problemática abordada no es meramente teórica. Se han creado unos prototipos pero urge un cambio, para ser incluyentes. Se trata de construir uno con todo lo que implica y examinar, desde allí, el lenguaje, las prácticas, la formación académica, la pastoral, la vida cotidiana, la familia, la liturgia y la espiritualidad. Su presencia es evidente, ninguno complementa en sí mismo el modo de articular la igualdad con las diferencias de ambos sexos. Hombre y mujer han sido creados a imagen y semejanza de la Trinidad Santísima; fuente, modelo y fin de la comunidad humana. Por consiguiente, todos los vínculos deben ser un reflejo del Dios vivo y deben convertirse en un lenguaje que habla sobre Él. Aunque, a su vez, emerge un interrogante, ¿cuándo se puede decir que una relación interpersonal, una acción humana y una estructura social son trinitarias?82.
Enrique Cambón, teólogo argentino, baraja algunos indicios sobre los siguientes binomios: persona-relación, unidad-distinción, totalmente-totalmente y entrega-reciprocidad. En el primero, persona-relación, en la Trinidad cada persona es en sí misma y en su relación con los otros. Todo lo que proviene de Dios, en alguna medida, se refleja en la vida humana. Se afirma que el dinamismo relacional humano, para ser trinitario, debe ser personalizante, es decir, debe liberar de sí y del tú lo mejor. Pretende sanar, crear, tener apertura a las potencialidades, es mucho más dialogal y respetuoso del don de los otros. El segundo binomio, unidad-distinción, plantea que la
80Azcuy, Virginia; Bedford, Nancy; Palacio, Marta (Coordinadoras), Mujeres haciendo teologías; Huellas y cruces
del camino, en Revista del centro de estudios Salesiano Año XXV, No. 63-64, Enero-Diciembre, 2013, 274-275.
81 Ibid., 275. 82 Ibid., 276-277.