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Una mirada valiente y creativa hacia el futuro

3. La misión de la mujer como discípula

3.3. Mujeres laicas en la vida de la sociedad y de la Iglesia

3.4.2. Una mirada valiente y creativa hacia el futuro

La mujer también es parte de la Iglesia, sin duda, su participación abre un nuevo camino en la vida y en la estructura de la misma156. La mujer no pretende proyectarse en un púlpito, ni mucho menos ganar un debate para demostrar que es mucho mejor que el hombre. Ellas, como madres de fe, nutren con leche de salvación a quienes se han convertido; son unas nuevas discípulas en búsqueda de la madurez espiritual.

La mujer en su esencia tiene inclinación por el servicio, está llamada a concientizar, a consolar, a defender los derechos de los débiles, de los oprimidos y de los indefensos. Es fundamental que su ministerio sea reconocido, eclesialmente, para propiciar mucho más su participación. No obstante, no pretendemos una Iglesia uniforme. Consideramos que su riqueza conlleva a una diversidad de carismas. Por tanto, combatimos por una Iglesia que no se identifique únicamente con determinada Jerarquía. Después de un largo silencio, a través de los siglos, ha llegado el momento de la mujer157.

Cada vez se hace más evidente que, por un lado, la mujer requiere de relaciones más igualitarias y, por el otro lado, el varón se torna sensible ante esa necesidad. A medida que se introducen estos cambios, dentro de la familia y se extienden a la comunidad, ella desafía los fundamentos de la religión y de los sistemas culturales vigentes. Sufre la humillación, la exclusión y la explotación tanto en la Iglesia como en la sociedad. No se puede hablar de una vida cristiana real a menos que la Iglesia, como comunión de comunidades, dedique su energía moral y espiritual para transformar y romper paradigmas, para erradicar aquellas estructuras y aquellas prácticas que entorpecen el esplendor de la dignidad de la mujer, una dignidad que proviene de Dios y que retorna hacia Dios.

156 Galván, Luz María., La mujer consagrada en la misión de la Iglesia, en revista de vida religiosa vol. 38, No. 146

(Abril-Junio, 1999), 234-235, 241.

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Conclusión

La condición católica de la mujer, a lo largo de la historia, se ha situado, específicamente, en tres momentos: en su condición de ama de casa, en su condición de esposa y en su condición de madre.

La mujer es consciente de su vocación como esposa porque ha sido llamada, a través del evangelio, a desempeñar esta labor. La atención de la Iglesia Católica, en cuanto a su situación se refiere, bien podría demostrar que es activa, muy atractiva y bastante humana, en el acompañamiento que le brinda en su lucha por los derechos e igualdad. A menudo muy ignorados por la sociedad y el Estado.

El rol de la mujer, en la vida pública, incluye su tarea como profesional. La mujer ha obtenido una posición de igualdad con el hombre en todo ámbito: el arte, lo laboral, el conocimiento, la ciencia, la investigación, etc. Mujeres y hombres estarán en igualdad de condición cuando sean capaces de engranarse bien en todas las áreas de trabajo y, a su vez, reanimar a otros a participar. Esta cooperación se hace posible si ambos toman consciencia de su verdadera vocación al aproximarse a Dios. Como palabra: Dios creó la humanidad masculina y femenina y les hizo a su imagen y semejanza. Tanto la situación como la condición, en la vida social y religiosa, enmarcan un estatus desempeñando determinado rol. En otras palabras, la mujer católica ha demostrado que con su trabajo ha avanzado la religión católica.

La Iglesia Católica pretende construir una hermandad entre los pueblos, sin distinción de razas, colores y/o géneros, entre hombre y mujer, apoyada siempre en el Evangelio de Jesucristo. Ya ha comenzado a concientizarse de la presencia de la mujer, en pie de igualdad, y la ha empezado a abstraer de ese segundo plano en donde estaba inmersa.

La presencia de la teología feminista no es una amenaza para la Iglesia Católica, pero su presencia si puede brindar múltiples matices. Esta teología, hecha por mujeres, sigue reconociendo la autoridad de la Iglesia y de sus instituciones; al tiempo que proporciona una variedad de pensamientos positivos y un análisis crítico-social sobre la vida en la casa de Dios; fundamentada desde su experiencia. Desde la perspectiva teológico-feminista, la presencia de Dios fluye por completo, no sólo en la mujer sino en el hombre; él también puede aprehenderlo. Por tanto, esta

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teología puede emplearse como un instrumento alternativo para tocar el tema de la mujer; punto de discordia permanente en la Iglesia, en cuanto a su tarea ministerial se refiere.

Las teólogas feministas deben continuar con la lucha iniciada. La desigualdad de género, que les desfavorece, se pueden reducir o incluso eliminar, ostensiblemente, de la vida religiosa. Es una tarea diaria de quienes realmente se preocupan por la injusticia social, en la mujer; para poder construir una vida armoniosa y un vínculo de real unión.

La Iglesia debe dar cabida a la diversidad. Debe atender en su dignidad a todo y cada uno de aquellos seres humanos que requieren consuelo, con el fin de propiciar un ambiente mucho más armonioso y democrático en todos los niveles sociales. No debe entrar en el simple juego de ampliar la brecha entre hombre y mujer. Todas son criaturas de Dios, iguales, y por tanto, deben complementarse y amarse mutuamente.

Además, hay que reconocer que el contenido de aquellos pensamientos, sentimientos, emociones y opiniones de la mujer no se equiparan nunca con los del hombre; debido a sus diferencias estructurales y a la esencia de sus roles en la familia y la sociedad. La presencia y participación de la mujer, en la evangelización de Jesús en la tierra, es razón suficiente para incluirla hoy en la misión de la Iglesia. Con suerte, a través de su continua capacitación, pueda encontrar su verdadera identidad, tanto en la vida familiar, como en la vida social, comunitaria y eclesial.

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