EMILIANO JIMÉNEZ HERNÁNDEZ
D A V I D
UN HOMBRE SEGÚN EL CORAZÓN DE DIOS
Dios suscitó por rey a David, de quien dio este testimonio: He encontrado a David, un hombre según mi corazón, que realizará todo lo que yo quiera.
He 13,22 Yahveh se ha buscado un hombre según su corazón.
CONTENIDO
PRESENTACION 5 1. Marco histórico 9
2. Nacimiento de David en Belén 13 3. David pastor 21
4. Dios rechaza a Saúl 25 5. Unción de David 31
6. David calma con su cítara a Saúl 39 7. Combate con Goliat 43
8. Meditaciones de David 53
9. Rivalidad de Saúl contra David 55 10. David perseguido 61
11. Abigaíl 67
12. Muerte de Saúl y subida de David al trono 71 13. Joab 77
14. La danza ante el Arca 81
15. Lucha contra la idolatría 85 16. Las guerras de David 89
17. David como juez 95 18. La profecía de Natán 97
19. Pecado del "hombre según el corazón de Dios" 101 20. Conversión de David 105
21. Sublevación de Absalón 111 22. Humildad de David 117
23. Ajitófel y Jusay 121
24. Subida de Salomón al trono 129 25. Muerte de David 133
26. El arpa de David 137 27. David en el paraíso 143 28. La espada de David 145 29. Jesús, hijo de David 149
PRESENTACION
Yo creía que conocía a Dios. Como también creía conocer a David. Pero el Dios que yo conocía no se parecía a David. El corazón de Dios y el corazón de David no parecían semejantes en nada. Por ello, al leer el testimonio de Dios sobre David, me quedé sorprendido. Una de dos: o yo no conocía a Dios o yo no conocía a David. El testimonio de Dios es veraz, aunque no encaje en mi razón.
De aquí nació este libro. Me puse a escrutar las Escrituras para conocer a Dios y para conocer a David. He querido conocer a David para conocer el corazón de Dios. Lo primero que he descubierto es que las apariencias engañan. El testimonio de Dios sobre David no coincidía con el mío porque "la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón".1
Por lo que se refiere a Dios, el mismo David le proclama "juez justo" (Sal 7,12), pues Dios juzga siempre con justicia. Y, como juez justo, "a éste humilla y a éste ensalza" (Sal 75,8). Y cuando humilla a uno y ensalza a otro lo hace con justicia y rectitud, aunque al hombre le parezca lo contrario. Por ello, aunque nos parezca que humilla a quien correspondería ser ensalzado y que ensalza a quien correspondería ser humillado, el hombre piadoso no deja que su corazón se incline a dudar de la justicia del Señor. El sabe que siempre habrá un motivo que se le oculta o que escapa a su comprensión. Los sabios, bendita su memoria, nos han dejado muchos relatos en los que, al final, se descubre la razón de la actuación del Señor.
Se cuenta que un santo varón, después de ayunar y rezar, pidió a Dios que le permitiera acompañar a uno de sus ángeles para ver las maravillas que les encomendaba realizar en el mundo. Dios, aunque le amaba y solía escuchar sus súplicas, esta vez se negaba a concedérselo:
-No comprenderás lo que veas hacer. Entorpecerás la acción del ángel con tus continuas preguntas para que te explique las razones de cada uno de sus actos.
-Te prometo, Señor, que no le cansaré ni molestaré con mis preguntas, sólo deseo ver lo que le mandas hacer, nada más.
Dios le puso la condición de que el ángel se separaría de él cuando quisiera saber la razón de su obrar. Aceptada esta condición, Dios accedió a su petición. Así, el ángel del Señor se presentó, en la figura de un profeta, ante el siervo de Dios y le invitó a acompañarlo.
Caminaron los dos juntos y, al cabo de un rato, se encontraron ante la casa de un pobre hombre, que no tenía más que una vaca. Entraron en la casa y hallaron al hombre sentado a la mesa con su mujer. Este pobre hombre, apenas los vio, se levantó y los recibió con toda amabilidad, ofreciéndoles la mejor comida que encontró en la casa. Los dos peregrinos comieron y bebieron y el buen hombre les honró todo lo que pudo. Cuando amaneció, el ángel se levantó, mató la vaca y se marcharon los dos.
El santo varón no entendía por qué el ángel había matado la vaca y se decía para sus adentros:
-No es justo lo que acaba de hacer. No puede ser un ángel del Señor. ¿Qué ha hecho este pobre hombre para que le mate la vaca? No ha hecho más que agasajarnos y...
-¿No te ha puesto el Señor la condición de que cuando veas algo que no entiendes permanezcas callado? ¿Es que quieres que me separe de ti?
El buen hombre se calló.
Siguieron andando todo el día y por la tarde se hospedaron en casa de un hombre rico, que no se ocupó absolutamente nada de ellos; ni agua o un mendrugo de pan les dio. Cuando se levantaron, a la mañana siguiente, el ángel se dirigió hacia una de las paredes de la casa del rico, que estaba para derrumbarse, y la apuntaló para que no se cayera.
Y, sin comentar nada, se marcharon los dos.
El asombro del santo varón iba en aumento, pero esta vez se abstuvo de preguntar nada, para que el ángel no se alejara de él, dejándole en la total confusión.
Caminaron todo el día. Al anochecer entraron en una sinagoga en la que había sillas de oro y plata. En cada silla había un hombre sentado, con su libro de oraciones en las manos. Los recién llegados saludaron y dijeron:
-¿Quien convidará esta noche a estos dos pobres?
Uno de los que estaban sentados, sin levantar siquiera la cabeza del libro, contestó:
-Con pan y sal tenéis suficiente.
Y no se ocuparon más de ellos. Los dos se echaron en un rincón y se durmieron. Al despertar, el ángel saludó a todos, diciéndoles:
-¡Dios os haga jefes a todos!
Siguieron caminando todo el día. El santo varón iba apesadumbrado y arrepentido de haber querido saber lo
incomprensible. Así, al caer el sol, llegaron a una ciudad. Entraron en ella y se detuvieron ante la casa de unos hombres pobres e indigentes. Cuando éstos los vieron se apresuraron a acogerlos con alegría y muestras de amabilidad. Les honraron según sus posibilidades y les ofrecieron abundante comida. Comieron y bebieron y pernoctaron en paz. Cuando se levantaron por la mañana, el ángel les dijo:
-¡Dios os dé un solo jefe!
El santo varón no pudo contenerse más y exclamó:
-¡Señor mío!, líbrame de esta incertidumbre y me separaré de ti. No puedo comprender nada de lo que te he visto hacer.
El ángel le dijo:
-Lo que le ocurrió al pobre hombre, que se le murió la vaca, tiene una explicación muy sencilla. Su mujer tenía que morir aquel mismo día en que llegamos nosotros a su casa. Yo pedí a Dios que muriera la vaca a cambio de la esposa.
-¿Y por qué apuntalaste la pared de la casa del rico, que no nos hizo el mínimo caso?
-Apuntalé el muro que estaba a punto de caer, porque si hubiera caído habrían quedado al descubierto los cimientos y el impío hubiera encontrado en ellos un tesoro, que no merecía. Por eso lo apuntalé, para que resista aún un tiempo y el tesoro lo descubra otro que se lo merezca. Lo que hice en los otros dos casos, podrías entenderlo por ti mismo. Desear a los malvados que todos ellos lleguen a ser jefes es anunciarles su ruina. ¿No has oído nunca el refrán: "con muchos capitanes se hunde la nave"? En cambio, al desear a los otros que tuvieran un solo jefe, les deseé su bien pues "por uno inteligente se puebla la ciudad" (Eclo 16,4), es decir, con un experto se salva la nave.
Después añadió:
-Ahora que nos separamos, te daré un consejo que te será útil: si ves a un impío que prospera y se enriquece, no te asombres de eso, pues será para su mal. Y lo mismo, si ves a un justo, que está necesitado o sometido a pruebas, ciertamente se le evita con esto una desgracia mayor. Por esto cuida que tu corazón no te engañe con sus juicios.
Los libros de Samuel, como los libros de los Reyes y de las Crónicas, llenos de narraciones, son la base de este libro. Sus palabras son lo bastante luminosas como para transmitirnos la historia de David. Pero nos acercaremos a esta historia también desde el Midrash y el Targum, como una ayuda para hacer resonar y revivir el color fascinante de la historia. De este modo intentaremos desvelar las palabras dormidas bajo el velo de polvo, que cubre todo libro antiguo. Se trata de dar a las palabras su brillo antiguo, para que suenen hoy con toda su fuerza actual. Mi deseo es llegar hasta el corazón de David, hasta ese corazón en donde se halla la semejanza con Dios. No
se trata simplemente de seguir la historia para conocer cómo termina, sino de descubrir el sentido de los acontecimientos, para participar del mensaje escondido en ellos. Se trata de descubrir las raíces del árbol en que estamos injertados.
Los salmos, que la antigua tradición judía atribuye a David, nos ayudarán a descubrir la unión íntima que se da entre la fe y la historia concreta del elegido de Dios.2 La historia, con su multiplicidad de
hechos, es una cadena de acontecimientos unidos por la mano de Dios, que teje interiormente dicha historia. La alianza que Dios pacta y mantiene fielmente es el hilo conductor que unifica la historia de la salvación. La historia, misteriosamente trenzada por la acción de Dios, es el seno de la salvación. La salvación de Dios se perfila en el correr del tiempo y no en la huida del tiempo y altibajos de la vida. Hasta el pecado, confesado y perdonado, anuda más fuertemente la alianza. La insatisfacción, la miseria, la oscuridad de los hechos llenan aparentemente la vida, pero, por debajo de esos hechos, corre el río de agua salvadora, que se abre cauce y aparece después luminoso, como fuente de alegría y reconocimiento en el canto de los salmos. La fe transforma los hechos en acontecimientos, que restan como memoriales de salvación.
Los salmos llenan la vida del israelita. Por generaciones han llevado los salmos en sus manos como libro de compañía, guía del camino, voz de la plegaria, consuelo en el infortunio, fuerza en la adversidad, luz en las tinieblas de la existencia. En todo momento y en toda ocasión brota de sus labios una frase de un salmo. Una lágrima o una sonrisa, un triunfo o un fracaso son ocasiones para entonar un salmo. Diariamente, la oración de los salmos saca del corazón los sentimientos y deseos más íntimos. Toda emoción o experiencia halla en los salmos su acorde preciso. En ellos escuchamos la voz de David y la vida de fe de sus descendientes.
David compone los salmos en medio del aprieto. El libro de los salmos no es un libro de memorias escrito en la calma posterior a los acontecimientos. No es un libro de poemas. Los salmos son frecuentemente un grito de ayuda, lanzado en medio de la tribulación, con la urgencia de la situación y la tensión del momento: "Señor, escucha mi voz, atiende mi súplica". Para descubrir el alma de David es preciso prestar oído al son del arpa. Al son del arpa nos revela el misterio de su corazón.3 Cuanto más vigorosamente se puntean las
cuerdas del arpa más fuertes son sus sonidos, más resuenan sus tonos. Del mismo modo, cuanto más fuerte Dios toca el corazón de David con la aflicción más fuerte y más bello es su canto. En la angustia, David recurre a su arpa: "¡Despierta alma mía! ¡Despertad cítara y arpa!4 El alma es despertada y estimulada al mismo tiempo
que el arpa y la cítara.
Los datos y fechas de la historia se registran en los anales del reino de David. Los acontecimientos se graban en el corazón y brotan
2 Sólo citaré algunos salmos y sólo algunos versículos de ellos. 3 Sal 49,5.
a través de los labios en la plegaria íntima, que se hace canto e invitación al canto, haciendo partícipes a los demás de la propia alegría. Los hebreos no han llamado libros históricos a los libros de Samuel, de los Reyes, como el libro de Rut y de los Jueces, sino que los han considerado como "profetas anteriores". La historia es profecía, en ellos está el dedo de Dios actuando. Y ya sabemos que Dios escribe derecho hasta con líneas torcidas. Con ojos de fe podemos intuir la profecía luminosa debajo de la opacidad de la historia. La fe saca a la luz lo que se encuentra escondido debajo de la envoltura contingente de los hechos. Cada hecho nos revela una teofanía, una epifanía de Dios encarnado en la historia. David se nos hace figura anticipada del Mesías, Hijo de David.
En David se anticipa en figura la encarnación del Mesías. La cruz atraviesa toda la revelación y en David se dibujan sus rasgos con luminosidad casi transparente. Se desvelará abiertamente en el cumplimiento de la figura en Cristo, hijo de David. El trazo vertical de la cruz es el designio de Dios sobre los hombres, que penetra como rayo de fuego las entrañas de David. Y el trazo horizontal son los hechos, el cuerpo que presta David al desarrollo del designio divino. En el largo y difuso acontecer de la existencia de David, con todo lo transitorio, contingente, desciende Dios y anuda en cruz al hombre con El. Es la alianza entre lo humano y lo divino, entre Dios y el hombre, lo que hace de la historia salvación, historia de salvación.
Con el barro de David, profundamente pasional y carnal, circundado de mujeres, hijos y personajes que reflejan sus pecados, Dios plasma el gran Rey, Profeta y Sacerdote, el Salmista cantor inigualable de su bondad: "Un hombre según su corazón".
1. MARCO HISTORICO
No es el marco lo importante, sino el cuadro. Pero el marco da realce al cuadro. Esto pretenden estas notas: enmarcar la vida de David en el marco histórico, para realzar la historia del rey según el corazón de Dios.
La historia de David la encontramos en los libros de Samuel, que nos narran el advenimiento de la monarquía y de los dos primeros reyes: Saúl y David. Samuel es el último Juez, por ello es como el anillo de la cadena que une la etapa de los jueces y la de la monarquía. Los jueces eran figuras dispersas, locales, sin dinastía que les prolongara. Con Samuel se acaba la era de los jueces. Y él mismo, más que juez-jefe, es un profeta. No empuña nunca la espada ni el bastón de mando. En realidad es el confidente del Señor; recibe sus oráculos y los transmite a Israel.
Con la entrada en la Tierra prometida Israel comenzó un proceso lento, que le lleva a establecerse en Canaan, configurándose como "pueblo de Dios" en medio de otros pueblos. La experiencia del largo camino por el desierto, bajo la guía directa de Dios, le ha enseñado a reconocer la absoluta soberanía de Dios sobre ellos. Dios es su Dios y Señor. Durante todo el período de los jueces no entra en discusión esta presencia y señoría divina. Pero, a medida que se van estableciendo, pasando de nómadas a sedentarios, poseyendo campos y ciudades, su vida y fe va cambiando. Las tiendas se sustituyen por casas, el maná
por los frutos de la tierra, la confianza en Dios, que cada día manda su alimento, en confianza en el trabajo de los propios campos. Israel, establecido en medio de otros pueblos, contempla a esos pueblos y le nace el deseo de organizarse como ellos. Quiere cambiar sus estatutos políticos, sin darse apenas cuenta que con ello algo está cambiando en su alma. Pidiendo un rey, "como tienen los otros pueblos", Israel está cambiando sus relaciones con Dios.
Samuel, el viejo juez, llamado por Dios en tiempos de Elí (1Sam 3), debe retirarse para dejar lugar al rey, que el pueblo reclama en un deseo incomprensible de autonomía respecto al mismo Señor. "Samuel había adquirido autoridad porque el Señor estaba con él y no dejó caer en vacío ni una sola de sus palabras. Por eso, todo Israel, desde Dan a Bersabea, sabía que Samuel había sido constituido profeta por el Señor" (1Sam 3,19-20). Pero ahora el pueblo le pide que se retire y les dé un rey. Samuel, persuadido por el Señor, cederá ante las pretensiones del pueblo. Pero, antes de desaparecer, se mostrará como verdadero profeta del Señor, manifestando al pueblo el verdadero significado de lo que está aconteciendo. Con ojos iluminados penetrará en el presente más allá de las apariencias, descifrando el designio divino de salvación incluso en medio del pecado del pueblo: 1Sam 12,6-11.
Samuel lee al pueblo toda su historia, jalonada de abandonos de Dios y de gritos de angustia, a los que Dios responde fielmente con el perdón y la salvación. Pero el pueblo se olvida de la salvación gratuita de Dios y cae continuamente en la opresión; grita de nuevo, confesando su pecado, y el Señor, incansable en el perdón, les salva de nuevo. El pecado de Israel hace vana la salvación de Dios siempre que quiere ser como los demás pueblos. Entonces experimenta su pequeñez y queda a merced de los otros pueblos más fuertes que él. Esta historia, que Samuel recuerda e interpreta al pueblo, se repite constantemente... hasta el momento presente:
Pero, en cuanto habéis visto que Najás, rey de los ammonitas, venía contra vosotros, me habéis dicho: ¡No! Que reine un rey sobre nosotros, siendo así que vuestro rey es Yahveh, Dios vuestro. Aquí tenéis ahora el rey que os habéis elegido. Yahveh ha establecido un rey sobre vosotros. Si teméis a Yahveh y le servís, si escucháis su voz y no os rebeláis contra las órdenes de Yahveh; si vosotros y el rey que reine sobre vosotros seguís a Yahveh, vuestro Dios, está bien. Pero si no escucháis la voz de Yahveh, si os rebeláis contra las órdenes de Yahveh, entonces la mano de Yahveh pesará sobre vosotros y sobre vuestro rey.5 Estamos en el año mil. Los filisteos, que llegaron a Palestina poco después que los israelitas, han convivido codo con codo junto a Israel unos doscientos años, en intermitentes pero crecientes fricciones durante la época de los Jueces. Pero hacia el año mil, los filisteos, no muy numerosos pero formidables guerreros, pretendieron la hegemonía sobre Palestina, hostilizando constantemente a los israelitas. De aquí que fueran una amenaza permanente para Israel. Su
monopolio del hierro les daba una preeminencia militar sobre los israelitas, mal equipados. Para proteger su monopolio del hierro, los filisteos prohibieron a Israel, sometido a ellos, la industria de los metales, dependiendo, para todos los servicios, de los artesanos filisteos (1Sam 13,19-22). Además los tiranos filisteos actuaban concertadamente entre ellos. Los israelitas, divididos en tribus, difícilmente podían hacerles frente.
Las doce tribus de Israel estaban completamente divididas entre sí, con fuertes tensiones entre ellas. En las últimas páginas del libro de los Jueces se narra que la tribu de Benjamín ha cometido un delito tan grave que las otras tribus deciden eliminarla. Sólo un resto se salvará refugiándose en los bosques. Estas tensiones internas debilitaban su fuerza frente a los enemigos externos.
Los israelitas sufrieron un primer duro golpe en el año 1050 cerca de Afeq (1Sam 4). Los israelitas, para frenar el avance filisteo, llevaron a la batalla desde Silo el Arca de la alianza con la esperanza de que la presencia de Yahveh les diera la victoria. Pero el ejército fue desbaratado; Jofní y Pinjás, los sacerdotes que llevaban el arca, fueron matados, y el Arca misma fue capturada por los filisteos. Aunque los filisteos devolvieron pronto el Arca a los israelitas, a causa del terror que les inspiró una plaga (1Sam 5-7), sin embargo siguieron dominando sobre Israel.
En estas circunstancias Israel eligió a Saúl como primer rey de Israel, una vez vencida la resistencia a la monarquía que opuso el vidente Samuel, que finalmente fue quien le ungió, primero en privado en Ramá y, luego, públicamente en Mispá (1Sam 9,1-10.16;10,17-27). La expansión de los filisteos ponía en peligro la existencia misma de Israel e impuso la monarquía. Saúl es, en un principio, como un continuador de los Jueces, pero su reconocimiento por todas las tribus le convierte en una autoridad universal y permanente, naciendo así la realeza.
La monarquía es fruto del miedo. A pesar de la larga experiencia de intervenciones salvadoras de Dios, Israel ante la amenaza olvida su historia y se deja condicionar por el peligro presente. Cancelada la memoria, sólo queda el peligro presente y la búsqueda angustiosa de una solución inmediata.
Esta transición a la monarquía fue fatigosa y dramática. El primer rey, Saúl, caerá muy pronto. Samuel, fiel al Señor, rompió con Saúl y se convirtió en su enemigo. La elección de Saúl había sido hecha por designación profética y por aclamación popular (1Sam 10,1ss; 11,14ss). Las primeras empresas de Saúl contra los filisteos fueron tales que justificaron la confianza depositada en él. Israel respiró de nuevo y cobró nuevas esperanzas. Los filisteos son arrojados hasta su territorio, quedando liberada la tierra de Israel. En los confines israelitas tendrán lugar los posteriores encuentros, en el valle del Terebinto y en Gelboé. Pero el respiro fue sólo temporal. Saúl acabó con un triste fracaso, que dejó a Israel peor que antes. El combate de Gelboé acabó en desastre.
Saúl, con su inestabilidad emocional, cayó en depresiones al borde de la locura. Oscilando como un péndulo entre momentos de lucidez y disposiciones de ánimo oscuras, queriendo agradar a Dios y a los hombres, sólo lograba indisponerse con todos. Sus compromisos le enemistaron con Dios, y Samuel rompió con él. Saúl llega a usurpar la función de sacerdote (1Sam 13,4-15) y viola el anatema (1Sam 15). El "espíritu malo" de Yahveh le invadió hundiéndolo en la depresión, de la que sólo se libraba con los acordes de la música del joven David, el último de los ocho hijos de Jesé.
La popularidad de David acrecentó la ruina de Saúl, a quien le comían las entrañas los celos. Pero David, a quien Saúl necesitaba y odiaba, se ganó la amistad de Jonatán, hijo de Saúl y la mano de Mikal, hija del mismo Saúl. La fama de David fue así eclipsando al primer rey de Israel. Obsesionado por perseguir a David, Saúl se olvidó de los filisteos, que volvieron a someter a Israel. En la batalla de Gelboé las tropas israelitas fueron aniquiladas, los tres hijos de Saúl murieron y el mismo Saúl, gravemente herido, se suicidó. Saúl lo ha perdido todo y no logra siquiera encontrar uno que lo mate; se expone en primera fila, pero los enemigos no le matan; no le quiere matar su escudero, pues no desea incurrir en tal sacrilegio. No le queda a Saúl más que abandonarse él mismo a la espada clavada en tierra.
Dios ha rechazado a Saúl.
En este marco se encuadra la historia del rey David.
2. NACIMIENTO DE DAVID EN BELEN
David, el elegido de Dios, desciende de una familia de elegidos de Israel. Entre los elegidos de Israel se encuentran Abraham y Jacob, Leví y Judá, Moisés y Salomón. Pero, entre todos, sobresalen Moisés y David: Moisés, el gran profeta, es el elegido entre los profetas; y David, el gran rey, es el elegido entre los reyes.
En la genealogía de David, los sabios, bendita su memoria, han llegado hasta Miriam, la hermana de Moisés. También entre sus antepasados se cuenta Naason, "el príncipe de la tribu de Judá", el primero en atravesar el mar Rojo después de la salida de Egipto... Pero ya cercanos a su nacimiento, están, como elegidos de Dios, su abuelo y su padre. La vida de su abuelo Obed no tuvo otro objetivo que el servicio a Yahveh, como indica su mismo nombre: "el siervo". Y Jesé, el padre, fue uno de los más grandes sabios de su tiempo y uno de los cuatro que murieron sin contaminarse con el pecado. Si el Santo, bendito sea, no hubiese decretado, a raíz del pecado de Adán, la muerte para todos los hombres, ciertamente Jesé hubiera vivido para siempre. Por ello, Jesé no murió de muerte natural, sino que, al cumplir cuatrocientos años, murió de muerte violenta a mano del rey de Moab, a cuyo cuidado dejó David su familia cuando huía de Saúl.
A pesar de su piedad Jesé no se libró de ser tentado en su vida. Una de sus esclavas se encaprichó con él y trató de acostarse con él. Pero Dios le salvó de ello, inspirando a su esposa, Nazbat, que se disfrazara de esclava. Y así, gracias a esta treta, Jesé se encontró con su propia esposa en lugar de tener relaciones ilícitas con la esclava.
El niño que nació a Nazbat fue entregado como hijo a la esclava, ya liberada, para que el padre no descubriera el engaño de que había sido objeto. Este niño, de cabellos rojos, despreciado por sus hermanos, era David.
En realidad, el nacimiento de David participa del misterio de todo elegido de Dios. Su vida se la debió a Adán. Cuando el Santo, bendito sea, hizo pasar ante Adán a todas las futuras generaciones, viendo que a David sólo se le concedían tres horas de vida, Adán rogó al Señor que concediera a David setenta de los mil años que le habían sido destinados a él. El Señor accedió y el hecho fue escrito con letras de oro y rubricado por Dios y por el ángel Metatrón. Setenta años de Adán fueron cedidos a David y, de acuerdo con los deseos de Adán, belleza, dominio y un don poético acompañaron a estos años.
Metatrón se encargaría de hacer cumplir este decreto en el futuro, cuando llegara el tiempo del nacimiento de David en Belén de Judá. Al ver los cabellos rojos, sus hermanos sospecharon que era fruto de un adulterio de su madre y estuvieron a punto de matar a madre e hijo ya a las tres horas del parto. David más tarde comparará su suerte con la de Abel a quien mató su hermano: "Esto no me sucedió a mí porque Dios me ha guardado y ha mandado a sus ángeles que me protegieran; pero también yo fui víctima de la envidia de mis hermanos y mi padre y mi madre no me tuvieron en cuenta".6
Protegido por los ángeles del Señor, David salva su vida, pero sólo a condición de ser considerado como siervo y así, durante veintiocho años, se dedicó a pastorear el rebaño de su padre Jesé en los campos de Belén.
Belén, la aldea de casas blancas como palomas, anida en la falda de las montañas de Judá. En ella nace David. En la aldea de
Belén, al aire y libremente, goza David de una paz larga y tendida, fruto de la bendición del Señor, que le infunde una alegría que supera a la alegría que produce la abundancia del trigo y el vino. Con razón puede cantar, al caer la tarde: "En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque Tú, Señor, me haces vivir tranquilo".7
Es el recuerdo de sus años de pastor lo que David evocará cuando, más tarde, se sienta inmerso en las intrigas de la corte del rey Saúl, acusado y acosado por sus enemigos que, amantes de la falsedad y el engaño, ultrajan su honor, hasta hacer dudar a sus fieles compañeros, que le susurran: "¿Quién podrá darnos la dicha si la luz del rostro del Señor ha huido de nosotros?".
Pero esto será más tarde. Ahora es el momento de acumular la experiencia de la paz de Dios, que con sus favores le ensancha el corazón, le da holgura cada vez mayor, según le va colmando de alegría. Es la anchura de la tierra, dilatada en el Valle del Terebinto, con su asombro de oro en sus latitudes. Tras sus rebaños de ovejas, David recorre los valles y las colinas, sube a la cumbre de las montañas, desde donde sus ojos hacen la ronda en torno hacia Hebrón, Engadí, Nob... Y en la noche, el sueño le dilata el horizonte hacia atrás y hacia adelante. Revive la historia de su bisabuela Rut, que le ha contado su abuelo Obed, a la sombra de los arbustos a mediodía:
En el tiempo de los jueces, cuando aún no había rey en Israel y cada uno hacía lo que mejor le parecía, hubo una carestía en el país, carestía de pan y pobreza de alma y corazón. Entonces Elimélek (mi Dios es rey), descendiente del patriarca José, vivía en Belén en los montes de Judea, en el corazón de la Tierra Santa.
(Y los sabios, bendita su memoria, aprovechan la ocasión para intercalar su enseñanza: Has de saber que fueron diez las recias carestías que se decretaron desde los cielos para que aconteciesen en el mundo, desde el día en que fue creado el mundo hasta el tiempo en que venga el rey Mesías. Carestía primera: en los días de Adán. Carestía segunda: en los días de Lamek. Carestía tercera: en los días de Abraham. Carestía cuarta: en los días de Isaac. Carestía quinta: en los días de Jacob. Carestía sexta: en los días de Booz, que era de Belén. Carestía séptima: en los días de David, rey de Israel. Carestía octava: en los días del profeta Elías. Carestía novena: en los días de Eliseo, en Samaría. Carestía décima: ha de ser no hambre de pan, y no será sed de agua, sino de oír la palabra de Yahveh).8
En los tiempos del hambre de Belén nuestro antepasado Elimélek, con su mujer Noemí (mi gracia y alegría) y sus dos hijos, Majlón y Kilyón abandonaron la alta tierra de la promesa de Dios para descender a las bajas llanuras de Moab, más allá del Jordán, instalándose junto a los paganos cananeos, descendientes de Moab. Triste historia, pues si abandonan la tierra prometida a nuestros
7 Sal 4,9.
8 1ª: Gén 3,17;2ª: Gén 5,29;3ª: Gén 12,10;4ª: Gén 26,1;5ª: Gén 45,6;6ª: Rut 1,1;7ª: 2Sam 21,1;8ª: 1Re 17,1;9ª: 2Re 6,25;10ª: Am 8,11.
padres es, sobre todo, porque han perdido la esperanza en Israel y en el Dios de Israel. No han dejado la tierra de Israel transitoriamente, mientras pasa la carestía, sino que "llegados a los campos de Moab, se establecieron allí". El glorioso Elimélek ha decidido dejar tras de sí, en el pasado, la patria de Israel. ¡Qué bien expresan los nombres de los hijos la situación a que ha llegado esta familia: Majlón, el enfermizo, y Kilyón, el anonadado! Esta era la situación de Israel al final de la época de los jueces. El pueblo elegido se estaba arruinando, enfermo y anonadado. De aquí la necesidad de instaurar un rey, que salvara a Israel.
Moab, junto con Ammón, al este del Jordán, son dos pueblos que viven sin espíritu, en la más cruda exterioridad materialista. Allí espera Elimélek encontrar la solución para su familia. Pero, al poco tiempo, Elimélek murió y Noemí quedó viuda. Sus dos hijos, violando la ley de Moisés, se casaron con Orpá y Rut, dos muchachas moabitas no convertidas, de las que no tuvieron hijos. El dedo de Dios, que conduce la historia, les cerró el seno, haciéndoles estériles. Y, a los diez años, murieron también los dos esposos, los hijos de Noemí. La descendencia de Elimélek y Noemí se ha terminado en Moab; parece cancelada para siempre su existencia.
Noemí, entonces, sin esposo y sin hijos, decidió regresar a Belén, pues Yahveh había visitado nuestra tierra, dándola de nuevo pan. Lo que ella esperaba encontrar en el exilio, lo descubre en medio de sus hermanos, los israelitas. Pero Noemí retorna a Israel sin marido, sin hijos ni descendencia alguna: una viuda envejecida y pobre, sin ninguna posibilidad de futuro. Partió de Israel con hambre de pan y regresa "con las manos vacías". Se presentará diciendo a sus conciudadanos: "No me llaméis ya Noemí, sino Mara, amargada, porque el Omnipotente me ha amargado tanto".
Noemí, pues, se puso en camino hacia Judá. Sus dos nueras la acompañaban. Pero Noemí, besándolas, les dijo:
-Volveos cada una a casa de vuestra madre. Aún sois jóvenes y Yahveh tendrá piedad de vosotras como vosotras la habéis tenido conmigo, alimentándome, y con mis hijos, pues os habéis negado a tomar marido después de su muerte. Yahveh os hará encontrar un esposo con quien vivir una vida apacible.
Al oírla, las dos nueras rompieron a llorar y le dijeron:
-No volveremos a nuestro pueblo ni a nuestro dios. Iremos contigo a tu pueblo y aceptaremos a tu Dios.
Noemí, conmovida, se tragó las lágrimas y respondió:
-Volveos, hijas mías. ¿Qué sacaríais con venir conmigo? ¿Acaso tengo yo hijos en mi seno que puedan ser esposos vuestros? Yo soy ya una vieja para casarme otra vez. Y, aun cuando me quedara alguna esperanza y decidiera hoy mismo casarme de nuevo y me nacieran hijos, ¿esperaríais, sin casaros, hasta que ellos fueran mayores? No, hijas mías, aunque se me rompe el corazón, es mejor que os volváis a
casa de vuestra madre, ya que la mano de Yahveh ha caído sobre vosotras, privándoos del esposo en vuestra juventud. Os lo suplico, hijas mías, no amarguéis más mi alma, haciendo que viva angustiada por mí y por vosotras.
Las dos nueras se echaron a su cuello entre sollozos. Finalmente, Orpá besó a su suegra y se volvió atrás, "a su pueblo y a su dios", permaneciendo para siempre en la idolatría del dios Moloch. Pero Rut no quiso separarse de ella. Noemí le dijo:
-Mira, Orpá, tu cuñada, ha regresado a su pueblo y a sus dioses. Vete también tú en pos de ella a tu pueblo y a tus dioses.
Pero Rut le respondió:
-No insistas en que te abandone y me separe de ti, porque donde tú vayas, yo iré, donde tú habites, habitaré yo. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras allí seré enterrada también yo.
Noemí le dijo:
-Nosotros hemos recibido la orden de observar los sábados y los días festivos, sin caminar más de dos mil codos.
Rut replicó:
-Donde tu vayas iré yo. Noemí añadió:
-Hemos recibido la orden de no habitar en compañía de las naciones.
Rut replicó:
-Donde tú habites, habitaré yo. Siguió aún Noemí:
-Hemos recibido la orden de no dar culto a dioses extraños. Respondió Rut:
-Te lo he dicho y repito, no insistas, tu Dios será mi Dios. ¡Que esto me haga Yahveh y esto otro añada sobre mí, si me separa de ti otra cosa que no sea la muerte!
Al ver lo decidida que estaba, Noemí no insistió más. Así es como Noemí y Rut marcharon juntas y llegaron juntas a Belén, al comienzo de la siega de la cebada. Al verlas llegar, las mujeres de Belén, conmovidas, se comunicaban la noticia unas a otras, diciendo:
Pero ella repetía una y otra vez:
-No me llaméis ya Noemí -"mi dulzura"-, sino Mara, porque Sadday me ha llenado de amargura. Marché satisfecha con mi marido y mis hijos, pero Yahveh me ha hecho volver vacía sin ellos. ¿Por qué, pues, me llamáis Noemí? Ante Yahveh ha sido testificada mi culpa contra mí y El me ha llenado de amargura.
Y contaba a todas la historia de su peregrinación en los campos de Moab, donde dejó enterrados a su esposo y a sus dos hijos.
Así es como Rut, la moabita, mi madre y bisabuela tuya, llegó a Belén acompañando a su suegra Noemí.
Con esto el abuelo Obed, siervo de Dios, daba por terminada la historia. Pero David quería conocer la continuación y suplicaba a su abuelo que siguiera contándole de su familia. Obed entonces se remontaba en la genealogía hasta Miriam, la hermana de Moisés, como su ascendiente; otras veces llegaba hasta los patriarcas Jacob, Isaac y Abraham o hasta Adán, formado por las mismas manos de Dios. A David, en estas narraciones, siempre le llamaba la atención el papel de las tres mujeres, que se incluían en el árbol genealógico de su familia: Tamar, que se disfrazó de prostituta para tener descendencia de Judá, Rajab, la madre de Booz, y Rut la moabita...
David amaba a su abuelo, que le había enseñado el arte de apacentar los rebaños, a distinguir las hierbas tiernas para los corderos y las duras para las cabras. También le había enseñado a tocar la flauta, la cítara y el arpa y a mirar las estrellas, el río y los árboles, y a cantar al Señor, Creador del cielo y de la tierra. Nadie como David conocía la piedad de su abuelo y, por ello, le molestaba que algunos pastores le llamaran el nieto de Obed, aludiendo a la madre de su abuelo que vivió sus primeros días entre los siervos de Booz, el padre. No se avergonzaba David de esa parte de su historia, más bien le conmovía la ternura y sencillez de Rut. Aunque su abuelo se resistiera a contarla, él la conocía y se enternecía con ella:
Booz era pariente de Noemí. Pero Noemí había vuelto a Belén en la más completa miseria y Booz, absorbido por su riqueza, o no se enteró de la vuelta de su pariente o no quiso darse por enterado. Pero el amor de Rut a su suegra Noemí la llevó a las tierras y a los brazos de Booz.
Era la época de la siega de la cebada. Rut dijo a Noemí:
-Déjame ir al campo a espigar detrás de aquel a cuyos ojos halle gracia.
Con pena y un tanto humillada, Noemí le respondió apenas: -Vete, hija mía.
Rut salió al campo y se puso a espigar detrás de los primeros segadores que encontró. Quiso la suerte -¡Bendito sea el Señor de la suerte!- que Rut fuera a dar en una parcela de Booz, de la familia de Elimélek, el esposo de Noemí. A media mañana llegó Booz, despierto y campechano, saludando a los segadores:
-¡Yahveh con vosotros!
-¡Yahveh te bendiga!, respondieron ellos a coro. Booz, entonces, descubre a Rut y pregunta: -¿De qué nación es esa muchacha?
Le respondió el criado que Booz había constituido como jefe de los segadores:
-Es la joven moabita que ha venido con Noemí de los campos de Moab.
Ella, con los ojos bajos, pero con el coraje del amor, se acercó y le dijo:
-Permitidme espigar detrás de los segadores. Aquí estoy en pie detrás de ellos desde la madrugada.
Algo tocó el corazón de Booz al escuchar la súplica de la mujer. Con solicitud inusitada le dijo:
-Alza tu frente, hija mía, y escúchame. Que tú recibas una recompensa plena de parte de Yahveh, Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte; que El te recompense lo que has hecho, dejando tu madre, tu pueblo y tu dios para seguir a Noemí. No vayas a espigar a otros campos, quédate aquí junto a mis siervos. Cuando terminen esta parcela vete con ellos a la siguiente. Espiga tras ellos, que no te molestarán. Y si tienes sed bebe del agua de sus vasijas.
Conmovida, Rut cayó a sus pies y exclamó:
-¿Cómo es que he hallado gracia a tus ojos para que te fijes en mí no siendo más que una extranjera, perteneciente a las hijas de Moab, que no hemos obtenido la gracia de participar en la asamblea de Yahveh?
Y Booz le respondió:
-Hija mía, nuestros sabios, bendita su memoria, me han ilustrado que el decreto de Yahveh sobre tu pueblo sólo se refiere a los varones. También se me ha comunicado proféticamente que de ti han de salir reyes y profetas, pues has dejado a tu dios y a tu pueblo, la casa de tu padre y la tierra de tu nacimiento y has venido a un pueblo que antes no conocías. ¡Que Yahveh te colme de sus bendiciones pues has venido a cobijarte bajo las alas de la Shekinah de su gloria! ¡Que tu porción esté con Sara, Rebeca, Raquel y Lía!
Le replicó ella:
-Encuentre yo gracia ante ti, señor mío, porque tú me has confortado considerándome digna de ser aceptada en la asamblea de Yahveh.
Y a la hora de la comida le dijo Booz:
-Ven aquí y moja tu rebanada en el caldo de los segadores.
Ella se sentó al lado de los segadores y Booz le ofreció trigo tostado y comió y se sació, y guardó lo que le sobró. Luego estuvo espigando en el campo hasta la tarde. Vareó las espigas que había recogido. Se cargó la cebada y volvió a casa, mostrando satisfecha a su suegra el fruto de su trabajo. Luego le dio también el alimento que le había sobrado después de que ella se había saciado.
Le preguntó su suegra:
-¿Dónde has espigado hoy, que te fue tan bien? ¡Que sea bendito quien se ha interesado por ti!
Le respondió:
-La suerte me llevó a los campos de un varón llamado Booz. Y Noemí dijo a su nuera
-¡Que le bendiga Yahveh, pues su bondad no ha abandonado a los vivos ni a los muertos! Ese hombre es pariente nuestro; es uno de nuestros go'el.
Y Rut le dijo:
-El me ha dicho: Continúa con mis muchachos hasta el tiempo en que se concluya toda mi cosecha.
Y Noemí, conmovida, dijo a su nuera:
-Bueno es, hija mía, que vayas con ellos y que no te encuentren en otros campos.
Sin marido, sin fortuna, extranjera, Rut no es más que una huérfana espigadora. Pero, aunque sea hija de idólatras, se ha refugiado en Belén bajo las alas del Santo de Israel. Aconsejada por su suegra, en la noche cálida y casta de junio, Rut descenderá a la era donde duerme Booz, después de haber aventado la parva de cebada, haber comido y bebido con la alegría de la cosecha. Con el pasmo en el corazón descubrirá los pies de Booz y se acostará junto a él. Y aquí entra en acción el Santo, bendito sea, que desde la creación se encarga de combinar los matrimonios, haciendo que se encuentren el hombre y la mujer creados el uno para el otro según sus designios. En los montes de Judea, coronados de estrellas, Booz se despertó sobresaltado de su profundo sueño y se encontró, como en los
orígenes Adán, con una mujer acostada a sus pies. En la semioscuridad de la noche de verano, con voz ronca pregunta:
-¿Quién eres?
Rut le responde con las palabras de bienvenida que él mismo Booz le ha dirigido la víspera:
-Soy Rut, tu sierva, extiende las alas de tu manto sobre tu sierva y tómame como esposa, porque tú eres mi go'el.
-Sí, yo te rescataré, como es verdad que el Eterno vive.
Es la respuesta solemne de Booz, que siente la presencia del Dios vivo, bendiciendo el amor que El mismo ha suscitado entre él, avanzado en edad, y la joven Rut, que "no ha ido a buscar esposo entre los jóvenes". Gracias al Santo, bendito sea, los dos pueden empezar a vivir y a esperar que, en un día futuro, de su descendencia nazca el Esperado de Israel.
Así Rut es rescatada por Booz, su go'el que, según la ley del levirato, la esposa y la hace madre en Israel. De este modo, a través de Rut, entra en la historia de la salvación el pueblo de Moab, condenado a las tinieblas desde sus orígenes incestuosos. Lot, el ascendiente de Rut, se une finalmente a Abraham, ascendiente de Booz. Lot, el ambicioso sobrino de Abraham, se separó del tío descendiendo a las llanuras fértiles de Sodoma para establecerse en ellas. Rut, en cambio, siguiendo la fe de Abraham, decide emigrar "lejos de la casa de su padre, de su ciudad", para seguir a Noemí a Belén, al encuentro de su redentor (su go'el). De esta unión inesperada de un descendiente de Abraham y de una moabita, más tarde, nacerá el Mesías de Israel.
El Santo, bendito sea, bendijo a Rut y a Booz con un hijo, a quien llamaron Obed, y que Noemí, la abuela, adoptó como hijo. Así la felicitaron en Belén:
-¡Un hijo le ha nacido a Noemí!
Pero a Booz, todo el pueblo de Belén, junto con los ancianos reunidos a la puerta de la ciudad, le felicitan con el curioso augurio:
-Que tu casa sea como la casa de Peres, el hijo que Tamar dio a Judá, gracias al semen (a la posteridad) que Yahveh te dará a través de esta mujer.
Son los designios misteriosos del Santo, que salva y lleva adelante la historia por vías insondables, por encima de los pecados del hombre. Si Rut es Moabita, hija del incesto de la hija mayor de Lot, también Booz es descendiente de Peres, el hijo de la unión medio incestuosa de Tamar con su suegro, el inocente Judá, hijo del patriarca Jacob. Así es la genealogía del rey David, que va desde Peres a Booz, que engendró a Obed, padre de Jesé, del que nació David.9
La voz de la sangre o el Dios de la historia arranca la confesión del corazón de Booz. Abuelo y nieto, en la paz de Belén, entonan a coro el cántico:
Oh Dios, tú mereces un himno en Sión, porque tú escuchas las súplicas.
Los habitantes del extremo del orbe se sobrecogen ante tus signos,
y a las puertas de la aurora y del ocaso las llenas de júbilo.
Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua; preparas sus trigales.
Así la preparas: riegas los surcos, igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes;
coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia; rezuman los pastos del páramo y las colinas se orlan de alegría; las praderas se cubren de rebaños y los valles se visten de mieses que aclaman y cantan.10
3. DAVID, PASTOR
Belleza y talento, los dones de Adán a David, no libraron a David de dificultades. Eliab, el hermano mayor de David, encendido en cólera, le apostrofó:
-¿A quién has dejado el rebaño en el desierto? ¿Qué has venido a hacer aquí? Ya conozco tu atrevimiento inconsciente y la maldad de tu corazón. Has venido a curiosear, a ver la batalla.11
Es el hermano mayor, el primogénito, alto y fuerte, que no tiene ojos para el hermano pequeño. Le ciega el orgullo y la cólera. Por ello ofende injustamente a David, que con calma le responde:
-Dime, ¿qué he hecho? ¿Es que no se puede hablar?
Y mientras responde a su hermano, que no le escucha, David entra en su interior, donde Dios dirige su mirada, y ora: "Examíname, Señor, ponme a prueba, sondea mis entrañas y mi corazón, porque
10 Sal 65.
tengo ante los ojos tu bondad".12 Y Dios realmente fija sus ojos en el corazón de David lo mismo que examina el corazón de sus hermanos. Sus hermanos mayores, orgullo de su padre, son presentados a Samuel y, más tarde, enviados al ejército de Saúl. Son grandes y fuertes, hombres de guerra. David es el pequeño, que nadie invita al sacrificio de Samuel ni se cuenta con él para luchar contra los filisteos. En cambio, David, el pequeño, va y viene,13 va a la corte del rey y vuelve a cuidar el rebaño de ovejas. Pero no va con armas, sino con su arpa; no se le invita a la guerra contra los extranjeros, sino a sanar con la música el corazón del rey de sus enemigos internos.
Ante la mirada de Dios, David se sentía libre. Y esa libertad se expresaba en sus ojos limpios y ardientes como el arco iris, formado de sol y lluvia. Por ello el corazón le latía al ritmo de la sangre y sus labios susurraban salmos, casi sin darse cuenta, algo así como brotan y maduran las frutas en los árboles. Las notas y las sílabas iban cayendo como gotas de rocío que el viento arranca de las palmeras de Engadí.
David era un joven apuesto, inteligente y valiente. Por ello, su padre, Isaí, le encomendó el cuidado de su rebaño de ovejas, aunque era el más joven de sus hijos. Esto es lo que dicen los sabios, bendita su memoria. Pero no todos piensan como ellos. David no estuvo libre de sospechas infamantes. Su cabello rojizo le hizo sufrir el desprecio de sus mismos hermanos. Las sospechas de que fuera hijo de una esclava, afirman las malas lenguas, fue la causa de que fuera alejado de la compañía de sus hermanos y mandado al desierto, donde pasó sus días pastoreando el rebaño de su padre.
Pero el Santo escribe derecho con líneas torcidas. A Dios le gusta el juego del columpio. Lo pobre y despreciado, lo que no pesa es lo que sube y es ensalzado, mientras que la arrogancia hace al hombre pesado y en el columpio del Señor baja hasta quedar en tierra. Fue la vida de pastor lo que llevó a David a su exaltación. David se dedicaba al pastoreo con gran amor. Se levantaba al alba y, recitadas sus plegarias, con el zurrón al hombro y el cayado en la mano, se dirigía al aprisco, sacaba el rebaño y le llevaba a los pastos del campo.
Belén está situada en una zona radiante de montes en la región de Judea. A Belén se la llama casa del pan, posada de reposo, campo de pastores. Al salir el sol, el rocío brilla en la amplia campaña que circunda la ciudad. La llanura de trigo verde comenzaba a dorarse, cuando una bandada de palomas torcaces, alborotadas, revoloteó entre los olivos. En las grutas calientes y umbrías penetra el sonido de las esquilas de las ovejas, que se desperezan al alba. Los hilos de las arañas se trenzan entre las briznas de paja y heno... Todo el paisaje de Belén entraba por los ojos de David hasta hacer vibrar su alma. La alegría pujaba entonces incontenible hasta convertirse en canto. Transportado, en armonía dedos y labios, brotaban música y palabras desde el hondón de su ser.
12 Sal 26,2. 13 1Sam 17,15.
El corazón del joven pastor rebosaba de contento ante la vista del luminoso paisaje. Delante del rebaño, al comienzo, y detrás de él, más tarde, David iba canturreando las melodías, que luego serían los "salmos de David". El salmo brota en el corazón de Belén silenciosamente como los sueños de la hierba en la noche.
No le gustaba a David detenerse en los prados cercanos a los campos cultivados de trigo; temía que las ovejas se le escaparan y pisotearan las espigas. Por ello, prefería caminar hasta los pastos, aunque fueran lejanos, pero no cultivados de cereales. A lo largo del camino se distraía arrancando melodías a la cítara, sosteniendo con la música el cansancio de las ovejas más débiles.
Su oído excelente le permitía distinguir y reproducir los más variados sonidos de la naturaleza: el piar de las aves, el roce de las mieses, el susurro del viento en los árboles, el murmullo de las aguas. Pasaba largas horas escuchando la palabra del árbol y el eco de las piedras rodando por el arroyo; tras noches enteras escuchando la ininterrumpida plática del cielo con la tierra, de los abismos con las estrellas, nadie mejor que el pastor conoce el idioma de los bosques, de los vientos y las nubes: "El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos; el día pasa el mensaje al día; la noche se lo susurra a la noche".14
Así seguía al rebaño, sin perderlo de vista por un instante. Se cuidaba de que los corderillos no se quedasen rezagados y, si alguno se cansaba y no conseguía mantener el paso, David lo cargaba en torno a su cuello. Llegado al lugar de los pastos, se preocupaba de que todos encontraran su alimento; él mismo cortaba el pasto y se lo daba en la boca a las ovejas recién paridas o a los corderillos. Al mediodía, escuchando a los pájaros, el pastor se duerme contemplando sus alas. En otras ocasiones, el olor a lluvia del campo le penetra en el corazón, ablandándolo y dilatándolo para acoger la vida y sembrarse de esperanzas. Las nubes gotean el gozo y el amor de lo alto. Dios dibuja y desdibuja su nombre para su pastor en el firmamento. Así, día a día, de sábado a sábado, se va llenando el corazón de David del canto al Señor, del mismo modo que, al caer la tarde entre los montes, las sombras se van acomodando por todos los rincones.
El elegido del Señor se prepara a su misión de rey de Israel, ejercitándose como pastor del rebaño de su padre, tomando cada día conciencia de su pequeñez; aprendiendo a cuidar de los hombres que le serán encomendados, cuidando ahora de las ovejas y corderos; abandonándose con confianza a Dios, se va vistiendo cada día las armas de la fe y la obediencia.
Se cuenta que en cierta ocasión no logró encontrar más que un campo de malezas y arbustos. ¿Qué hizo? Por temor a que las ovejas más jóvenes y fuertes se comieran los tallos más tiernos y que las demás no encontraran luego nada qué comer, David hizo entrar primero sólo a los corderos para que se nutrieran de lo más tierno del pasto; luego hizo entrar a las ovejas más viejas y achacosas y, finalmente, cuando éstas se hubieron saciado, dejó pastar a las
jóvenes, que podían triscar y comer hasta de las hierbas más duras o difíciles de alcanzar. De este modo consiguió saciar a todo el rebaño...
Yahveh, que escruta al justo,15 examinaba a David en el pastoreo. Así el Señor apreció el comportamiento de David con el ganado y, viendo su corazón de pastor, se dijo el Santo, bendito sea su nombre:
-Quien sabe apacentar a cada oveja según sus fuerzas, será el que apaciente a mi pueblo.
Así Yahveh "eligió a David su servidor, le sacó de los apriscos del rebaño, le tomó de detrás de las ovejas, para pastorear a su pueblo Jacob, y a Israel, su heredad. El los pastoreaba con corazón perfecto, y con mano diestra los guiaba".16 Los sabios, bendita su memoria, nos narran la sorprendente actuación de Dios muchas veces con palabras transmitidas de los labios al oído, en cadena ininterrumpida. Así despiertan la espera vigilante de la intervención de Dios en el momento menos esperado:
-Uno sale de casa a buscar unas asnas perdidas y vuelve transformado en rey, en "otro hombre". Como le sucede a un joven pastor con la única pasión de cantar a las estrellas y lanzar piedras con la honda...
David ve pasar los días, sin darse cuenta de que cada día le acerca al cumplimiento de la profecía. Sin pensar en Jacob, su antepasado, "ata a la vid su asno".17 Ve cómo la luna crece y mengua mes tras mes y canta: "Toda carne es como hierba del campo; su magnificencia, como flor que brota y enseguida se seca y desaparece". Pero esto no le impide amar a las flores y a las estrellas, al agua que corre y canta, las ondulaciones del desierto sobre las que cabalga su alma. La poesía polícroma de la jornada se le hace música y silencio. Sí, al final de su vida podrá confesar: "He amado la belleza, transformándola en salmos; he amado apasionadamente, con vehemencia la vida y las cosas, sin importarme su fragilidad, más aún, su fragilidad aumentaba mi amor por ellas".
Con un trozo de pan, un puñado de aceitunas y medio queso se sentía feliz cada mañana. Con los ojos cerrados podía recorrer el camino, orientado por los olores diversos, que conocía de memoria: desde los aromas de los jazmines hasta el hedor de los troncos podridos. Y luego, con los brazos cruzados bajo la nuca, ¡cuantas horas mirando al cielo! A veces sin una nube que amortiguara el fuego del mediodía, cuando hasta los pájaros y los insectos callan, esperaba que se alargaran las sombras del peñasco y de los arbustos para sacar a su rebaño de la modorra. Otras veces se deleitaba con el fuerte sabor de los dátiles. Y ¿cómo olvidar los días de esquileo, en que se come bien y se bebe aún más? Todo es una invitación al canto:
15 Sal 11,5. 16 Sal 78,70-72. 17 Gén 49,11.
¡Sabed que Yahveh mima a su amigo, Yahveh escucha cuando yo le invoco!
Muchos dicen: ¿Quien nos hará ver la dicha? ¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro!
Yahveh, tú has dado a mi corazón más alegría que cuando abundan el trigo y el vino nuevo. En paz yo me acuesto y me duermo,
pues tú solo, Yahveh, me haces vivir tranquilo.18
Contra el cielo del atardecer se alzaba la roca de Sión, como "alas de paloma, revestidas de plata, cuyas plumas con reflejos de oro" envuelven el sueño del pequeño pastor. La sinfonía de los insectos no turbaba el silencio de la noche. Así, los días, semanas y lunas se iban desgranando lentamente como una espiga de cebada.
4. DIOS RECHAZA A SAUL
Saúl y David son dos figuras unidas y contrapuestas. Saúl es el primer rey de Israel. Con él se instaura la monarquía, deseada por el pueblo, para ser "como los demás pueblos", cosa que contradice la
elección de Dios, que separó a Israel de en medio de los pueblos, uniéndose a él de un modo particular: "Tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios". Pero el pueblo quiere ser como los demás pueblos. Se han cansado de ser distintos. ¡Es pesado ser diferente! Ser el pueblo elegido, separado, consagrado a Dios, con una misión para los otros pueblos... es maravilloso, pero la diferencia pesa, cansa. Ser como los demás no es muy sublime, pero es cómodo. Es la tentación. En Ramá Samuel y los representantes del pueblo se enfrentan en una dramática discusión:
-Mira, tú eres ya viejo. Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones.
Samuel se disgustó con ellos y les replicó:
-¿Ya habéis olvidado la palabra de Gedeón, cuando el pueblo quiso aclamarlo como rey, diciéndole: Tú serás nuestro jefe, y después tu hijo y tu nieto, pues nos has salvado de los madianitas?
-¿Y qué es lo que Gedeón respondió?
-Ni yo ni mi hijo seremos vuestro jefe. Vuestro jefe es el Señor.19
Como los ancianos insistían en su petición, Samuel les recordó la fábula de los árboles, que quisieron elegirse un rey:
-Escuchadme. Una vez los árboles se pusieron en camino para elegirse un rey. Dijeron al olivo: Sé tú nuestro rey. Pero el olivo les dijo: ¿Y voy a renunciar a mi aceite, con el que son honrados los dioses y los hombres, para ir a mecerme sobre los árboles? Entonces dijeron a la higuera: Ven tú a ser nuestro rey. Pero la higuera les respondió: ¿Y voy a dejar la dulzura de mi fruto sabroso para ir a mecerme sobre los árboles? Dijeron entonces a la vid: Ven a ser nuestro rey. Pero la vid replicó: ¿Y voy a dejar mi mosto, que alegra a dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles? Entonces dijeron todos a la zarza: Ven a ser nuestro rey. Y les dijo la zarza: Si de veras queréis ungirme rey vuestro, venid a cobijaros bajo mi sombra, y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.20
Por si no habían entendido el apólogo, Samuel añadió la moraleja:
-Estos son los derechos del rey que os regirá: a vuestros hijos los llevará para enrolarlos en sus destacamentos de carros y caballería, y para que corran delante de su carroza; los empleará como aradores de sus campos y segadores de su cosecha. A vuestras hijas se las llevará como perfumistas, cocineras y panaderas. Vuestros campos, viñas y los mejores olivares os los quitará para dárselos a sus servidores. De vuestro grano y de vuestras viñas os exigirá el diezmo. A vuestros criados y criadas, vuestros mejores bueyes y burros, se los llevará para él. De vuestros rebaños os exigirá el diezmo. ¡Y vosotros
19 Ju 8,22-23. 20 Ju 9,8-15.
mismos seréis sus esclavos!21 El rey es la peligrosa zarza que devora a cuantos se acogen a su sombra.
Samuel, el profeta de Dios, se opone visceralmente a la monarquía, calificándola de idolatría. Pero Dios, en su fidelidad a la elección de Israel, mantiene su alianza y transforma el pecado del pueblo en bendición. El rey, reclamado por el pueblo con pretensiones idolátricas, es transformado en don de Dios al pueblo: "Dios ha constituido un rey sobre vosotros".22 Dios saca el bien incluso del mal, cambiando lo que era expresión de abandono en signo de su presencia amorosa en medio del pueblo.23 Por ello dirá a Samuel:
-Mañana te enviaré un hombre de la región de Benjamín, para que lo unjas como jefe de mi pueblo, Israel, y libre a mi pueblo de la dominación filistea; porque he visto la aflicción de mi pueblo; sus gritos han llegado hasta mí.
Samuel, el profeta de Dios, se tragará sus ideas y ungirá como rey, primero, a Saúl y, después, a David. Los profetas, que sucedan a Samuel, vivirán siempre esta misma tensión interior: ¿No es Dios nuestro rey? ¿Para qué queremos otro rey en su lugar? Los salmos superan la tensión exaltando al rey futuro, el Mesías, el Rey salvador. David, el rey pastor encarna ya, en figura, al Rey Mesías: potente en su pequeñez, inocente perseguido, exaltado a través de la persecución y el sufrimiento, siempre fiel a Dios que le ha elegido.
De todos modos, aceptada la petición del pueblo, Samuel unge rey a Saúl, que entra en escena con toda solemnidad, como sobre un palco. Saúl es descendiente de la tribu de Benjamín, la más pequeña de las tribus de Israel y que, poco antes, ha sido casi eliminada, por el grave delito de Guibeá. Saúl aparece en una ambientación de simpleza aldeana. Está en el campo, buscando unas borricas perdidas, se encuentra con unas aguadoras, el profeta le ofrece el pernil en la comida y una estera para dormir en la azotea. Pero el retrato de Saúl es majestuoso; su presencia llena el escenario, incluso cuando, derrotado, cae por tierra:
Había un hombre de Loma de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, de Seror, de Becorá, de Afiaf, benjaminita, de buena posición. Tenía un hijo que se llamaba Saúl, un joven alto y apuesto; nadie entre los israelitas le superaba en gallardía: sobresalía por encima de todos, de los hombros arriba.
Cuando Samuel, que subía a la colina de Suf, se encontró con Saúl, reconoció en él al designado:
-Éste es, sin duda, el hombre que regirá a Israel.
Samuel invitó a Saúl a comer en su casa, donde le preparó alojamiento. Al despuntar el sol, Samuel acompañó a Saúl a las afueras
21 1Sam 8,11-17. 22 1Sam 12,13. 23 Cfr Rom 5,20-21.
del pueblo. Tomó el cuerno de aceite y lo derramó sobre la cabeza de Saúl. Y le besó, diciendo:
-El Señor te unge como jefe de su heredad, de su pueblo Israel; tú gobernarás al pueblo del Señor, tú lo salvarás de sus enemigos.
Tras esta unción en las afueras del pueblo, al amparo del alba, sin testigo alguno, Samuel convocó al pueblo en Mispá, sacó a Saúl de su escondite, lo puso en medio del pueblo y dijo a los israelitas:
-¿Veis al que ha elegido Yahveh? No hay otro como él en todo el pueblo.
Y el pueblo lo aclamó: -¡Viva el rey!
Y Samuel, cumplida su tarea, despidió al pueblo.
El espíritu de Dios invadió a Saúl, que reunió un potente ejército y salvó a sus hermanos de Yabés de Galaad de la amenaza de los amonitas. El pueblo, tras esta primera victoria, coronó solemnemente como rey a Saúl en Guilgal.
Saúl, reconocido como rey por todo el pueblo, comienza sus campañas victoriosas contra los filisteos. Pero Saúl, a quien tuvieron que buscar y sacar de su escondite para proclamarlo rey, ahora que ha saboreado el gusto del trono real no quiere perderlo; se aferra al poder a toda costa, arrogándose funciones que no le competen. La historia de Saúl es terriblemente dramática. Constituido rey contra su deseo,24 se
siente seducido por la "enfermedad del poder". Ante la amenaza de los filisteos, concentrados para combatir a Israel con un ejército tan numeroso como la arena de la orilla del mar, los hombres de Israel se vieron en peligro y comenzaron a esconderse en las cavernas, en las endiduras de las peñas y hasta en las cisternas. En medio de esta desbandada, Saúl se siente cada vez más solo, esperando en Dios que no le responde y aguardando al profeta que no llega. En su miedo a ser completamente abandonado por el pueblo llega a ejercer hasta la función sacerdotal, ofreciendo holocaustos y sacrificios, lo que provoca el primer reproche airado de Samuel:
-¿Qué has hecho?
Saúl mismo se condena a sí mismo, tratando de dar las razones de su actuación. Ha buscado la salvación en Dios, pero actuando por su cuenta, sin obedecer a Dios y a su profeta. Se arroga, para defender su poder, el ministerio sacerdotal:
-Como vi que el ejército me abandonaba y se desbandaba y que tú no venías en el plazo fijado y que los filisteos estaban ya concentrados, me dije: "Ahora los filisteos van a bajar contra mí a Guilgal y no he apaciguado a Yahveh. Entonces me he visto obligado a ofrecer el holocausto.