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Escenas narratoriales de Lagunitas. Ahor

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Academic year: 2020

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Escenas narratoriales de Lagunitas.

Ahora te llamarás septiembre

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Escenas narratoriales de Lagunitas.

Ahora te llamarás septiembre

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TÍTULO: Escenas narratoriales de Lagunitas. Ahora te llamarás septiembre

AUTOR: Duglas Moreno / [email protected]. DEPÓSITO LEGAL: Co2017000016

ISBN: 978-980-12-9867-0

FOTOGRAFIA PORTADA: Juan Vides DISEÑO DE CARÁTULA: Juan Vides. DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN: Juan Vides.

IMPRESIÓN: Editorial Nuevo Horizonte C.A. Calle 41 entre Avenida Venezuela y Calle 27. Barquisimeto, Venezuela. Telefax: 0251 446 23 24 Correo: [email protected].

A la bodega de Casimiro Ramos, mi abuelo, donde escuchaba los cuentos de la gente. A la Plaza Bolívar de Lagunitas, lugar de

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TÍTULO: Escenas narratoriales de Lagunitas. Ahora te llamarás septiembre

AUTOR: Duglas Moreno / [email protected]. DEPÓSITO LEGAL: Co2017000016

ISBN: 978-980-12-9867-0

FOTOGRAFIA PORTADA: Juan Vides DISEÑO DE CARÁTULA: Juan Vides. DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN: Juan Vides.

IMPRESIÓN: Editorial Nuevo Horizonte C.A. Calle 41 entre Avenida Venezuela y Calle 27. Barquisimeto, Venezuela. Telefax: 0251 446 23 24 Correo: [email protected].

Dedico este libro

A la bodega de Casimiro Ramos, mi abuelo, donde escuchaba los cuentos de la gente. A la Plaza Bolívar de Lagunitas, lugar de

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Este libro concentra una muestra muy particular de “escenas narratoriales” de Lagunitas y de otras partes de mi vida. Los relatos vienen de sueños, pesadillas, recuerdos de la infancia, fotografías y de las conversaciones con gente de mi pueblo. Cada texto tiene dos títulos, no es novedosa esta dualitud; pero con ello he tratado de resumir lo esencial de lo narrado. Estuve por más de 10 años, reescribiendo estas escenas y ahora creo que ha llegado el momento de dejarlas en paz. Algunas las he publicado en la prensa local (Las Noticias de Cojedes y La Opinión) o en libros antológicos de literatura oral cojedeña, la mayoría se editan por primera vez.

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Este libro concentra una muestra muy particular de “escenas narratoriales” de Lagunitas y de otras partes de mi vida. Los relatos vienen de sueños, pesadillas, recuerdos de la infancia, fotografías y de las conversaciones con gente de mi pueblo. Cada texto tiene dos títulos, no es novedosa esta dualitud; pero con ello he tratado de resumir lo esencial de lo narrado. Estuve por más de 10 años, reescribiendo estas escenas y ahora creo que ha llegado el momento de dejarlas en paz. Algunas las he publicado en la prensa local (Las Noticias de Cojedes y La Opinión) o en libros antológicos de literatura oral cojedeña, la mayoría se editan por primera vez.

El libro se divide en Escenarios de la memoria, Escenarios del misterio, Escenarios de la ironía, Escenarios familiares, Escenarios de Lagunitas y Escenarios poéticos. Los primeros cinco se presentan en modo relatorial y el último se hace bajo una posible perspectiva poética. Cada relato se constituye en una prueba ficcional sobre realidades propias de Lagunitas, pero a su vez logran imponer una visión subjetiva de quien las escribe. Solo espero que los lectores compartan y reciban estos escenarios literarios con el mismo respeto con el cual los concebí. Creo que un libro no se termina definitivamente, uno simplemente se ve obligado a abandonar su escritura. En consecuencia, el texto debe continuar, en solitario, su camino al encuentro de sus posibles lectores, quienes también un día lo dejarán en el desamparo, hasta el fin de la humanidad. Quiero expresar finalmente, que Lagunitas me dio una identidad, me hizo vivir una infancia especial, tuve libertad para recorrer sus ríos, caminos, calles y casas. Además de disfrutar de lo más sagrado: el cariño de mi gente. Quizás estas escenas que leerán no sean relevantes, pues solo escribo para confrontar los

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misterios del silencio, pero las considero un tributo sencillo para honrar la memoria mi pueblo.

Duglas Moreno Lagunitas, Cojedes 2017

Escenarios de la memoria

El paraje de los vinos. Eternamente la espera Miguelito Lorena. Posiblemente sombras Nombrar la eternidad. Pasaje largo de guamos Miel. Los campanarios y tú

Aquel beso de traspié. Ahora te llamarás septiembre Imagen que va lentamente a los infinitos. Figural perdido Andar sobre el destino. Siempre la ausencia

Soledad de las banquerolas. Almendrajos de la memoria Provoca comerse los caminos. La laguna de María Félix Las aguas. La vida

Luisa. Amores y mudanza

Uno se pone a recordar. Almario se está volviendo loco

Escenarios del misterio

La biblioteca. Cosas de mujer

El silencio que tenía la noche. Cerrajeros Lápidas. Escritura y nombres

La mujer. El rostro de la muerte

La muerta del zapatero. Mujer de velo negro Tarjeta de invitación. Barajas y el bar Vitrales malditos. Casa de monjas Posada. Pasadizos secretos

Esa negra cicatriz. Viviano era bicho malo

La amargura de aquel hombre. Ya no quiero tener memoria Era un rostro. Sombras en el patio

El ventanal. Ésta es su casa

Sombra de guamos. Helechos de luna

Puntales de ladrillo. Empedrada calma de la noche

Escenarios de la ironía

Sorpresas. Muñecos

Huellas, tapetes. La fábula de las alfombras

Astrid Carolina Herrera me salvó la vida. Grandes amores Dragonia. El robo del fuego

Escenarios familiares

La bruja se llamaba Ajonja. Y yo no soy una monstrua

Índice

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misterios del silencio, pero las considero un tributo sencillo para honrar la memoria mi pueblo.

Duglas Moreno Lagunitas, Cojedes 2017

DUGLAS MORENO Escenas narratoriales de Lagunitas. Ahora te llamarás septiembre

Escenarios de la memoria

El paraje de los vinos. Eternamente la espera Miguelito Lorena. Posiblemente sombras Nombrar la eternidad. Pasaje largo de guamos Miel. Los campanarios y tú

Aquel beso de traspié. Ahora te llamarás septiembre Imagen que va lentamente a los infinitos. Figural perdido Andar sobre el destino. Siempre la ausencia

Soledad de las banquerolas. Almendrajos de la memoria Provoca comerse los caminos. La laguna de María Félix Las aguas. La vida

Luisa. Amores y mudanza

Uno se pone a recordar. Almario se está volviendo loco

Escenarios del misterio

La biblioteca. Cosas de mujer

El silencio que tenía la noche. Cerrajeros Lápidas. Escritura y nombres

La mujer. El rostro de la muerte

La muerta del zapatero. Mujer de velo negro Tarjeta de invitación. Barajas y el bar Vitrales malditos. Casa de monjas Posada. Pasadizos secretos

Esa negra cicatriz. Viviano era bicho malo

La amargura de aquel hombre. Ya no quiero tener memoria Era un rostro. Sombras en el patio

El ventanal. Ésta es su casa

Sombra de guamos. Helechos de luna

Puntales de ladrillo. Empedrada calma de la noche

Escenarios de la ironía

Sorpresas. Muñecos

Huellas, tapetes. La fábula de las alfombras

Astrid Carolina Herrera me salvó la vida. Grandes amores Dragonia. El robo del fuego

Escenarios familiares

La bruja se llamaba Ajonja. Y yo no soy una monstrua

Índice

(10)

Caminar de espaldas. La isla encantada En los sueños. Cuando zarpan los barcos

Palmos de lluvia. Los arcoíris son árboles de colores Teno. Oncallo

Escenarios de Lagunitas

La Divina Pastora. Calles con bambalinas

Fiestas en la casa de Casimiro Ramos. Zapatea Ramón Moreno

La esgranadora de maíz. Las bodegas Quibi. Chucho

Bigotes de tigre. Aguas serenitas

Este señor no tiene corazón. Medicatura de Lagunitas El tigre palometero de Camoruco. Caribe lomo negreao Hambre y hazañas. La avioneta del capitán Vergara La cédula. Mi general Medina Angarita

La neverita. Calorones de marzo Las cachamas. La tapa en río Camoruco

La culebra de Corocito. El fundo de Don Ulterio Bertar La burra en el aire. La cincha

El toruno de Caño de Agua. Los barotales La auyama. Picures en el fogón

El samán de la Barrigona. Unas palabras benditas y otras feas El muerto de la ceiba. La gran oscuridad

Amos del monte. La danta de oro Los paperudos. Galeras del Pao

Calle real de Lagunitas. Julia, tu vestido de mil colores Meñeñe y Julia. Murenas de Camoruco

Palmas y mandolinos. El Comisario Jorge Mendoza Días aciagos. Un tal Corniel

La Luz de Santoyero. Caminar con el miedo

Las palometas encantadas. El hombre que se convirtió en dos La muerta de la medicatura de El Amparo. El campanario

Escenarios poéticos

Nunca más ha vuelto a preguntar por el paraje de los vinos eternos. Queda después de los ríos, decía calladamente. Hay una laguna, un canto de guacobas, un volar de garzas y entonces aparece el viñal, pero solo encontramos un desierto, un silencio hecho mirada. Las aguas son negras, cada pedazo de montaña, es como una ventana con el rostro de la distancia. Soy Miguelito Lorena y de allí vengo. Él pasa y nosotros corremos a los patios de las casas. Se detiene en la sombra de las ceibas. Grita y ríe. La idea de un bosque donde el día y la noche fueran un solo tiempo, lo ha estado atormentando. Y ¿por qué, no es de día perpetuamente? O ¿por qué la oscuridad no se queda siempre como el dolor de la ausencia? Un cielo de viñales está ahí, nunca desaparece. Nadie borra el camino hacia los vinos. Nadie le quita la nostalgia a la gente. Tal vez el sol y la luna le hablen al firmamento siempre, pero también nosotros seguimos ahí. Oímos detrás de las puertas y le decimos: El Viñal no existe. Solo es un eco triste en la desértica memoria. Él se abraza a las ventanas y continúa. Yo le pregunto ¿qué es lo que te atormenta Miguelito Lorena? Háblame de ese mal que te mata lentamente. Solo dice: Mamá, es la vida, esta existencia mía, el vacío que somos.

El Viñal está en el universo, pero el mundo debe tener un final en lo infinito y ese fin ha de tener otro universo. Es como si estuviéramos encerrados en un cántaro y el cántaro va hundiéndose en las aguas de un río y el río está enclavado en el cauce del mundo y vemos el mundo yéndose por la lejanía del cielo y el cielo sigue metido en otro cántaro. Eso me angustia. Si existiera no más que el día. Si una tarde permaneciera también para siempre o si la mañana fuera no más que la mañana. Si las casas fueran la noche. Si un rayo de luz representara un asombro o una divinidad. Si esta calle larga

ESCENARIOS DE LA MEMORIA

El paraje de los vinos. Eternamente la espera

Para Aviena que conoce de mis angustias

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Caminar de espaldas. La isla encantada En los sueños. Cuando zarpan los barcos

Palmos de lluvia. Los arcoíris son árboles de colores Teno. Oncallo

Escenarios de Lagunitas

La Divina Pastora. Calles con bambalinas

Fiestas en la casa de Casimiro Ramos. Zapatea Ramón Moreno

La esgranadora de maíz. Las bodegas Quibi. Chucho

Bigotes de tigre. Aguas serenitas

Este señor no tiene corazón. Medicatura de Lagunitas El tigre palometero de Camoruco. Caribe lomo negreao Hambre y hazañas. La avioneta del capitán Vergara La cédula. Mi general Medina Angarita

La neverita. Calorones de marzo Las cachamas. La tapa en río Camoruco

La culebra de Corocito. El fundo de Don Ulterio Bertar La burra en el aire. La cincha

El toruno de Caño de Agua. Los barotales La auyama. Picures en el fogón

El samán de la Barrigona. Unas palabras benditas y otras feas El muerto de la ceiba. La gran oscuridad

Amos del monte. La danta de oro Los paperudos. Galeras del Pao

Calle real de Lagunitas. Julia, tu vestido de mil colores Meñeñe y Julia. Murenas de Camoruco

Palmas y mandolinos. El Comisario Jorge Mendoza Días aciagos. Un tal Corniel

La Luz de Santoyero. Caminar con el miedo

Las palometas encantadas. El hombre que se convirtió en dos La muerta de la medicatura de El Amparo. El campanario

Escenarios poéticos

Nunca más ha vuelto a preguntar por el paraje de los vinos eternos. Queda después de los ríos, decía calladamente. Hay una laguna, un canto de guacobas, un volar de garzas y entonces aparece el viñal, pero solo encontramos un desierto, un silencio hecho mirada. Las aguas son negras, cada pedazo de montaña, es como una ventana con el rostro de la distancia. Soy Miguelito Lorena y de allí vengo. Él pasa y nosotros corremos a los patios de las casas. Se detiene en la sombra de las ceibas. Grita y ríe. La idea de un bosque donde el día y la noche fueran un solo tiempo, lo ha estado atormentando. Y ¿por qué, no es de día perpetuamente? O ¿por qué la oscuridad no se queda siempre como el dolor de la ausencia? Un cielo de viñales está ahí, nunca desaparece. Nadie borra el camino hacia los vinos. Nadie le quita la nostalgia a la gente. Tal vez el sol y la luna le hablen al firmamento siempre, pero también nosotros seguimos ahí. Oímos detrás de las puertas y le decimos: El Viñal no existe. Solo es un eco triste en la desértica memoria. Él se abraza a las ventanas y continúa. Yo le pregunto ¿qué es lo que te atormenta Miguelito Lorena? Háblame de ese mal que te mata lentamente. Solo dice: Mamá, es la vida, esta existencia mía, el vacío que somos.

El Viñal está en el universo, pero el mundo debe tener un final en lo infinito y ese fin ha de tener otro universo. Es como si estuviéramos encerrados en un cántaro y el cántaro va hundiéndose en las aguas de un río y el río está enclavado en el cauce del mundo y vemos el mundo yéndose por la lejanía del cielo y el cielo sigue metido en otro cántaro. Eso me angustia. Si existiera no más que el día. Si una tarde permaneciera también para siempre o si la mañana fuera no más que la mañana. Si las casas fueran la noche. Si un rayo de luz representara un asombro o una divinidad. Si esta calle larga

ESCENARIOS DE LA MEMORIA

El paraje de los vinos. Eternamente la espera

Para Aviena que conoce de mis angustias

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llevara al cementerio y no a los vinos. Decía y pensaba siempre en eso. Miren esa lluvia cayendo en aquel estero de viñales, entonces uno buscaba en el horizonte y solo había una resolana que metía los cascarones de guaruras en la tierra seca de los bajíos. Si tomabas uno, quedaba una hondura negra entre los barotales. Yo sé que Miguel Lorena es ausencia, es mirar, es sentir, es tristeza, es desolación. Soy rostro alargado en la lejanía de los uverales, mirada taciturna de aquellos balaustres. Vivo en la soledad, allá, donde los pájaros cantan y los árboles de vino me prometen nuevamente la espera.

A veces me detengo en un círculo vidrioso que es borde y abismo al mismo tiempo. Me paro allí y el avance es un contrasentido; pero el quedarse también es una terrible confusión. El mundo dice a girar y ya nada vale la pena tocar. Es como tener un espejo inmenso debajo de los pies. Allí están todos los lugares de la tierra. Aquéllos donde estuve, los que están dispuestos para mi próximo destino y también los parajes a los que nunca iré. Desde ese límite recorro la vida en un instante. Allí, nada tiene importancia. No encuentro valor en las cosas. Para qué puede servirme recordar una tarde donde estamos nosotros dos, Almario, junto a Luisa, llegando a las aguas amarillas de Camoruco. Entonces, veo a Luisa tocando la lluvia. Tú gritas de alegría en la mitad del río y el barranco brumoso se va haciendo una soledad de guamos. Ya el beso de mi madre, cuando me despedía para ir a la escuela, no tiene el aroma de los naranjales blancos. Allí no hay espacio ni para los sueños. No sé dónde guardar la palabra sabia de los abuelos.

Yo sé que después de esa profundidad no existe ni el vacío, solo una nostalgia, un aire pesado que incita a regresar nuevamente a donde estábamos, de donde partimos. No sé si realmente es un aire, es como una quietud de aguas que no permite avanzar y mirar. Hoy, te repito Almario, tengo nuevamente esa tristeza que se convierte en asco. Es como si estuvieras cansado de lo que has vivido. Es como si tú mismo fueras un engaño. Piensas que Dios jamás ha existido, que el mundo es infinito, que nadie sabe de nuestra existencia, que posiblemente seamos sombras en errancia. Almario, nunca entenderás mis palabras. Mira, lo que pasa es que pienso que un río, son todos los ríos del universo. El Barbasco y Camoruco existen en otras distancias. Sus corrientes, que uno dice que son de uno, pertenecen a otros pueblos y a otra gente. Mi casa

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llevara al cementerio y no a los vinos. Decía y pensaba siempre en eso. Miren esa lluvia cayendo en aquel estero de viñales, entonces uno buscaba en el horizonte y solo había una resolana que metía los cascarones de guaruras en la tierra seca de los bajíos. Si tomabas uno, quedaba una hondura negra entre los barotales. Yo sé que Miguel Lorena es ausencia, es mirar, es sentir, es tristeza, es desolación. Soy rostro alargado en la lejanía de los uverales, mirada taciturna de aquellos balaustres. Vivo en la soledad, allá, donde los pájaros cantan y los árboles de vino me prometen nuevamente la espera.

A veces me detengo en un círculo vidrioso que es borde y abismo al mismo tiempo. Me paro allí y el avance es un contrasentido; pero el quedarse también es una terrible confusión. El mundo dice a girar y ya nada vale la pena tocar. Es como tener un espejo inmenso debajo de los pies. Allí están todos los lugares de la tierra. Aquéllos donde estuve, los que están dispuestos para mi próximo destino y también los parajes a los que nunca iré. Desde ese límite recorro la vida en un instante. Allí, nada tiene importancia. No encuentro valor en las cosas. Para qué puede servirme recordar una tarde donde estamos nosotros dos, Almario, junto a Luisa, llegando a las aguas amarillas de Camoruco. Entonces, veo a Luisa tocando la lluvia. Tú gritas de alegría en la mitad del río y el barranco brumoso se va haciendo una soledad de guamos. Ya el beso de mi madre, cuando me despedía para ir a la escuela, no tiene el aroma de los naranjales blancos. Allí no hay espacio ni para los sueños. No sé dónde guardar la palabra sabia de los abuelos.

Yo sé que después de esa profundidad no existe ni el vacío, solo una nostalgia, un aire pesado que incita a regresar nuevamente a donde estábamos, de donde partimos. No sé si realmente es un aire, es como una quietud de aguas que no permite avanzar y mirar. Hoy, te repito Almario, tengo nuevamente esa tristeza que se convierte en asco. Es como si estuvieras cansado de lo que has vivido. Es como si tú mismo fueras un engaño. Piensas que Dios jamás ha existido, que el mundo es infinito, que nadie sabe de nuestra existencia, que posiblemente seamos sombras en errancia. Almario, nunca entenderás mis palabras. Mira, lo que pasa es que pienso que un río, son todos los ríos del universo. El Barbasco y Camoruco existen en otras distancias. Sus corrientes, que uno dice que son de uno, pertenecen a otros pueblos y a otra gente. Mi casa

Miguelito Lorena. Posiblemente sombras

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se encuentra en lejanos pueblos, en Lagunitas está; es cierto; pero también se ve en El Amparo y en El Viñal. Estos caminos que pisamos ahora, los están recorriendo en otra parte. Imagino que hay otro Miguelito Lorena en algún lugar del mundo. Yo estoy en todas las calles y en ninguna a la vez. La muerte no existe porque tampoco estamos vivos. Quién puede dar fe de que ayer tú, Genaro y yo, estuvimos todo el mediodía oyendo las guacobas y su canto triste y riéndonos como locos y pensamos ir, a beber de lo más lindo en el baile de la próxima semana, donde Casimiro Ramos. ¿Te das cuenta, ahora, qué es lo que me acongoja? Almario, se queda viéndome, desde su propio desamparo; toma la rama de un árbol y hace miles de rayas en las raíces de los almendros. Guarda silencio. Tira el tronco al lado del camino y de pronto dice: Mira Miguelito, vamos donde los Mazziota; hoy dicen que llega Luisa. Vamos y olvídate de esas cosas. La noticia de Luisa me llena de ánimo y nos perdemos caminando por las casas de Lagunitas y es como si en verdad no existiéramos.

La eternidad debe quedar en alguna parte del alma. Yo no creo que sea por los lados de Dios. Almario dice que uno mismo es la eternidad. Me dan ganas de creerle, pero si yo fuera eterno, no me atormentaran tanto las ideas de morirme. Miren, ser eterno es que seamos como un recuerdo imborrable, como una vieja casa de amplios corredores, como un pasar de caballos, como esos corrales o este cantar de guacobas. Como un amor infinito o que a uno no lo puedan olvidar. La eternidad debería ser verde y tener esos árboles gigantes donde jamás llega el sol. Tal vez ha de ser una tarde lluviosa. Allí las calles y sus lejanías deberían ser una sola nostalgia, por tantas distancias. Creo que no habrían ventanas, ni campanarios. En la eternidad los ríos, a lo mejor, vienen con el viento de apartados arcoíris. Yo a veces creo que en la eternidad no se podría vivir, quiero decir, ¿cómo estar en un lugar que no existe? ¿Cómo andar en parajes que no tienen fin? Creo que lo eterno es como cuando una cosa se repite una y otra vez. Yo sé de unos pájaros que llegan cada tarde a los frondosos mijaos de la plaza de Lagunitas. En la mañana ya no están, pero al caer la noche vuelven a aparecer. Eso sucede eternamente. Estas cosas yo no se las puedo decir a nadie. Ni Almario las sabe. Me las guardo y solo cuando sé que no soy eterno, salgo desesperado y recorro las casas del pueblo, las que conservo en la memoria y las que aún permanecen en la tierra; sólo así me tranquilizo. Cuando alguien nombra la eternidad, me da una soledad y un desasosiego. Está señalando la muerte y no lo sabe. O finge, no lo sé. Lo miro con cierta amargura a los ojos y lo compadezco. Solo yo sé que lo eterno es la nada, la muerte, el silencio, el hombre; pero yo no. Son otros hombres como Almario. ¿Qué voy a ser yo? Si nada más tengo los azares de la noche y este deseo tan mío de ser un pasaje largo de guamos en la soledad y

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se encuentra en lejanos pueblos, en Lagunitas está; es cierto; pero también se ve en El Amparo y en El Viñal. Estos caminos que pisamos ahora, los están recorriendo en otra parte. Imagino que hay otro Miguelito Lorena en algún lugar del mundo. Yo estoy en todas las calles y en ninguna a la vez. La muerte no existe porque tampoco estamos vivos. Quién puede dar fe de que ayer tú, Genaro y yo, estuvimos todo el mediodía oyendo las guacobas y su canto triste y riéndonos como locos y pensamos ir, a beber de lo más lindo en el baile de la próxima semana, donde Casimiro Ramos. ¿Te das cuenta, ahora, qué es lo que me acongoja? Almario, se queda viéndome, desde su propio desamparo; toma la rama de un árbol y hace miles de rayas en las raíces de los almendros. Guarda silencio. Tira el tronco al lado del camino y de pronto dice: Mira Miguelito, vamos donde los Mazziota; hoy dicen que llega Luisa. Vamos y olvídate de esas cosas. La noticia de Luisa me llena de ánimo y nos perdemos caminando por las casas de Lagunitas y es como si en verdad no existiéramos.

La eternidad debe quedar en alguna parte del alma. Yo no creo que sea por los lados de Dios. Almario dice que uno mismo es la eternidad. Me dan ganas de creerle, pero si yo fuera eterno, no me atormentaran tanto las ideas de morirme. Miren, ser eterno es que seamos como un recuerdo imborrable, como una vieja casa de amplios corredores, como un pasar de caballos, como esos corrales o este cantar de guacobas. Como un amor infinito o que a uno no lo puedan olvidar. La eternidad debería ser verde y tener esos árboles gigantes donde jamás llega el sol. Tal vez ha de ser una tarde lluviosa. Allí las calles y sus lejanías deberían ser una sola nostalgia, por tantas distancias. Creo que no habrían ventanas, ni campanarios. En la eternidad los ríos, a lo mejor, vienen con el viento de apartados arcoíris. Yo a veces creo que en la eternidad no se podría vivir, quiero decir, ¿cómo estar en un lugar que no existe? ¿Cómo andar en parajes que no tienen fin? Creo que lo eterno es como cuando una cosa se repite una y otra vez. Yo sé de unos pájaros que llegan cada tarde a los frondosos mijaos de la plaza de Lagunitas. En la mañana ya no están, pero al caer la noche vuelven a aparecer. Eso sucede eternamente. Estas cosas yo no se las puedo decir a nadie. Ni Almario las sabe. Me las guardo y solo cuando sé que no soy eterno, salgo desesperado y recorro las casas del pueblo, las que conservo en la memoria y las que aún permanecen en la tierra; sólo así me tranquilizo. Cuando alguien nombra la eternidad, me da una soledad y un desasosiego. Está señalando la muerte y no lo sabe. O finge, no lo sé. Lo miro con cierta amargura a los ojos y lo compadezco. Solo yo sé que lo eterno es la nada, la muerte, el silencio, el hombre; pero yo no. Son otros hombres como Almario. ¿Qué voy a ser yo? Si nada más tengo los azares de la noche y este deseo tan mío de ser un pasaje largo de guamos en la soledad y

Nombrar la eternidad. Pasaje largo de guamos

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que no pueda ver más nunca esa mirada helénica de los caracoles y la sombra negra de las banquerolas en los patios de las casas. Creo que apenas soy Miguelito Lorena y nada más.

Un día el sabor de la miel es el paraíso. La boca llena de panales y la guanota se va por la tierra negra. Provoca pasar los labios por las estillas de caoba. Tú vienes como un horizonte ante mis ojos, a ser imagen frágil en la noche de los sueños. Colmena que deleita el alma. Tus manos toman el agua fresca de mi rostro. Tú llegas y la felicidad anda como pájaros entre corriente. Los dos reímos y un mundo luminoso, aparece como promesa de vida. Yo soy tu figura sagrada. Tu destino está divinamente entre mis manos. La gente amiga, con sus misterios familiares, habla secretamente. Ahora recuerdo que me dabas aquella mirada de barco, al mediodía, sin parajes.

Después vino la tormenta. La tediosa noche. Los eternos días. La esperanza muerta. La felicidad de unos parece estar sobre el dolor de los demás. Nosotros, y sé que tú lo sabes, fuimos felices y no sabemos ahora sobre qué desgracia.

Siempre estará en tu memoria, el campanario de la iglesia vieja de Lagunitas, hermosa casa de Dios y de firmes ladrillos, la que se volvió polvo, escombros y nostalgia. Sé que tú estás allí todavía. Ya no te puedo pensar. ¿Te has ido? Dicen que eras blanca como una Margarita. ¿Recuerdas tus palabras de despedida? No tengo a nadie para preguntarle por ti. Sabes que voy a esperar a que regreses y me cuentes cómo fue mi madre cuando era niña. Me dirás, cómo eran las escuelas y si Lagunitas ha sido eternamente así, digo, si todo el tiempo sus calles han detenido, como ahora, esta insondable quietud. Nadie sabe de esta larga espera, sólo tú, miel de mis campanarios.

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que no pueda ver más nunca esa mirada helénica de los caracoles y la sombra negra de las banquerolas en los patios de las casas. Creo que apenas soy Miguelito Lorena y nada más.

Un día el sabor de la miel es el paraíso. La boca llena de panales y la guanota se va por la tierra negra. Provoca pasar los labios por las estillas de caoba. Tú vienes como un horizonte ante mis ojos, a ser imagen frágil en la noche de los sueños. Colmena que deleita el alma. Tus manos toman el agua fresca de mi rostro. Tú llegas y la felicidad anda como pájaros entre corriente. Los dos reímos y un mundo luminoso, aparece como promesa de vida. Yo soy tu figura sagrada. Tu destino está divinamente entre mis manos. La gente amiga, con sus misterios familiares, habla secretamente. Ahora recuerdo que me dabas aquella mirada de barco, al mediodía, sin parajes.

Después vino la tormenta. La tediosa noche. Los eternos días. La esperanza muerta. La felicidad de unos parece estar sobre el dolor de los demás. Nosotros, y sé que tú lo sabes, fuimos felices y no sabemos ahora sobre qué desgracia.

Siempre estará en tu memoria, el campanario de la iglesia vieja de Lagunitas, hermosa casa de Dios y de firmes ladrillos, la que se volvió polvo, escombros y nostalgia. Sé que tú estás allí todavía. Ya no te puedo pensar. ¿Te has ido? Dicen que eras blanca como una Margarita. ¿Recuerdas tus palabras de despedida? No tengo a nadie para preguntarle por ti. Sabes que voy a esperar a que regreses y me cuentes cómo fue mi madre cuando era niña. Me dirás, cómo eran las escuelas y si Lagunitas ha sido eternamente así, digo, si todo el tiempo sus calles han detenido, como ahora, esta insondable quietud. Nadie sabe de esta larga espera, sólo tú, miel de mis campanarios.

Miel. Los campanarios y tú

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Llegaste con aquel beso de traspié. Contabas historias de viaje y de mares. Iteresa, yo te escuchaba distraído, morti

-ficado ya con el sabor de tus labios dando vueltas por mi memoria. Tus palabras se perdían en un asfixiante letargo, pues yo solo pensaba en ti. Imaginaba lo secreto de tu boca divina. Y quería guardar, mi forma de quererte, en el fondo de aquellos ojos de pasión desenfrenada. Pasé toda la noche preguntán

-dome: ¿Cómo saber si fue intencional el roce de los labios o simplemente una acción involuntaria? Genaro Pumás me decía, a solas, casi en la conciencia: no te lo creas. Luego volvía a expresar: oiga bien, Miguelito Lorena, esa es una niña imposible. Es la hija menor del viejo Ulterio Bertar. ¡Imagínate tú! Es verdad, Don Ulterio tenía dos hijas. La mayor, Iglorién de los Ángeles Bertar, maestra en una escuela de El Amparo y la jovencita Margot Iteresa, aficionada a la lectura de poesía.

A veces tu voz se quedaba en las paredes, repitiéndose mil veces, como esa gota de agua sobre los aleros sombríos de los mijaos. Solo había que esperar la quietud del mediodía para que aparecieras con todo tu esplendor. Asomaba nuevamente tu silueta en los abismos de la lluvia. Irrumpían tu risa suave y mirada cómplice en los umbrales del pasillo. Y lo que más anhelaba: ese aroma de sandía que se quedaba eternamente entre mis manos.

Todo parecía normal: un saludo, un abrazo, un mensaje, un qué haces, un café, un despedirse, hasta que repentinamente llegó el encuentro definitivo. Una mañana de agosto, con naranjos blancos, te trajo ante mis brazos. Y las premoniciones de Pumás se hicieron añicos. Y juntos comenzamos a ver el vacío y la plenitud, la distancia y la respiración, el cielo y la profundidad. Nos contábamos la vida pasada y la que

Aquel beso de traspié. Ahora te llamarás septiembre

avizorábamos en el futuro. Yo hablaba de los abismos de la muerte y tú de la nostalgia por los ventanales. Sobre las desdichas y sueños rotos de mi vida estaban tus triunfos familiares. Tú explicabas que preferías el margen solitario a la agitación y elogios de la multitud. Aprobábamos efusivamente cada idea enunciada. Era como si lo que hablábamos lo hubiésemos pensado antes de que cada quien la dijera.

Recuerdo cuando fuimos a ver un lago. Tu cabello inquieto se dibujaba tras un paisaje con fondo gris. Reías y estaba siempre tu mirada, diciendo: te amo. Eran momentos para encontrarnos con la pasión necesitante Todo ahora lo recuerdo como si estuviera en una lejanía insondable. En ese lugar, tu imagen atraviesa lentamente el horizonte, sin poder tocarla o retenerla. Es como si lo que sucede estuviera en otro universo. Y después se queda allá adentro donde es imposible deshacer lo vivido. Tú me dabas la palabra de Dios. Y te convertía en imagen hermosa. Te miraba en los márgenes desiertos de mi campanario. Y andábamos en un grato silencio que solo era propio de los dos. Yo te decía: Iteresa Bertar, sabes que mi mundo está distante del tuyo. En ese espacio mío había calles donde el rumor de la gente era asfixiante, diremos que tenía largos paredones y montañas donde el simulacro enjuiciaba como una divinidad imperial. Tenía noches con boleros de Javier Solís, pero también estaba un bosque sideral, murallas, acantilados; había caminos y casas, ríos y allí tu figura era sólo un recuerdo. Y volvieron las sentencias de Genaro Pumás: te lo dije Miguel Lorena, esa niña era un peligro.

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Llegaste con aquel beso de traspié. Contabas historias de viaje y de mares. Iteresa, yo te escuchaba distraído, morti

-ficado ya con el sabor de tus labios dando vueltas por mi memoria. Tus palabras se perdían en un asfixiante letargo, pues yo solo pensaba en ti. Imaginaba lo secreto de tu boca divina. Y quería guardar, mi forma de quererte, en el fondo de aquellos ojos de pasión desenfrenada. Pasé toda la noche preguntán

-dome: ¿Cómo saber si fue intencional el roce de los labios o simplemente una acción involuntaria? Genaro Pumás me decía, a solas, casi en la conciencia: no te lo creas. Luego volvía a expresar: oiga bien, Miguelito Lorena, esa es una niña imposible. Es la hija menor del viejo Ulterio Bertar. ¡Imagínate tú! Es verdad, Don Ulterio tenía dos hijas. La mayor, Iglorién de los Ángeles Bertar, maestra en una escuela de El Amparo y la jovencita Margot Iteresa, aficionada a la lectura de poesía.

A veces tu voz se quedaba en las paredes, repitiéndose mil veces, como esa gota de agua sobre los aleros sombríos de los mijaos. Solo había que esperar la quietud del mediodía para que aparecieras con todo tu esplendor. Asomaba nuevamente tu silueta en los abismos de la lluvia. Irrumpían tu risa suave y mirada cómplice en los umbrales del pasillo. Y lo que más anhelaba: ese aroma de sandía que se quedaba eternamente entre mis manos.

Todo parecía normal: un saludo, un abrazo, un mensaje, un qué haces, un café, un despedirse, hasta que repentinamente llegó el encuentro definitivo. Una mañana de agosto, con naranjos blancos, te trajo ante mis brazos. Y las premoniciones de Pumás se hicieron añicos. Y juntos comenzamos a ver el vacío y la plenitud, la distancia y la respiración, el cielo y la profundidad. Nos contábamos la vida pasada y la que

Aquel beso de traspié. Ahora te llamarás septiembre

avizorábamos en el futuro. Yo hablaba de los abismos de la muerte y tú de la nostalgia por los ventanales. Sobre las desdichas y sueños rotos de mi vida estaban tus triunfos familiares. Tú explicabas que preferías el margen solitario a la agitación y elogios de la multitud. Aprobábamos efusivamente cada idea enunciada. Era como si lo que hablábamos lo hubiésemos pensado antes de que cada quien la dijera.

Recuerdo cuando fuimos a ver un lago. Tu cabello inquieto se dibujaba tras un paisaje con fondo gris. Reías y estaba siempre tu mirada, diciendo: te amo. Eran momentos para encontrarnos con la pasión necesitante Todo ahora lo recuerdo como si estuviera en una lejanía insondable. En ese lugar, tu imagen atraviesa lentamente el horizonte, sin poder tocarla o retenerla. Es como si lo que sucede estuviera en otro universo. Y después se queda allá adentro donde es imposible deshacer lo vivido. Tú me dabas la palabra de Dios. Y te convertía en imagen hermosa. Te miraba en los márgenes desiertos de mi campanario. Y andábamos en un grato silencio que solo era propio de los dos. Yo te decía: Iteresa Bertar, sabes que mi mundo está distante del tuyo. En ese espacio mío había calles donde el rumor de la gente era asfixiante, diremos que tenía largos paredones y montañas donde el simulacro enjuiciaba como una divinidad imperial. Tenía noches con boleros de Javier Solís, pero también estaba un bosque sideral, murallas, acantilados; había caminos y casas, ríos y allí tu figura era sólo un recuerdo. Y volvieron las sentencias de Genaro Pumás: te lo dije Miguel Lorena, esa niña era un peligro.

Han pasado los años y ahora viene tu ausencia a decirme una palabra. Viene a traerme los días hermosos de septiembre. Ahora, abro una puerta y entra una angustia que lo envuelve todo. Allí la noche de tu ausencia es lejanía. Corre como agua sin destino; pero va tan marcada por la soledad que une lentamente mis sueños y la nada. Eras un secreto común dando insistentemente en la sombra de los almendros, allí estaba tu voz asustadiza, trayéndome toda la alegría. Elevando mi felicidad hasta lo infinito. Entonces, con el gusto del placer veíamos la vida. Soñábamos con amarnos para siempre, sin saber que hay una parte del destino que destruye lo sublime y

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hace que la dicha grande acabe, sin que podamos hacer absolutamente nada para detenerla. Allí es donde oigo tus palabras queriendo anular el tiempo y la vida misma. Razonas que: todo ha cambiado, que ya nada es como antes. Yo intento callar con los besos de mi alma esa verdad que lastima, pero es imposible. Con ese dolor que aprieta en el corazón busco por Lagunitas a Genaro Pumás.

Ahora, eres un punto fugaz en la corteza fría de la desesperanza. Estás en el vacío de los espejos, como una sombría mirada. No sé cómo retenerte para que estés conmigo. No sé si este mirar triste logre hacer que no te vayas. No sé si lo que pienso, basta para que estés ahí. No sabría decir si esto que soy ahora, será suficiente. Solo te pido que me regales esa tarde para perderme por los solares de las casas y llegar con los sueños hechos de manantiales y guayabos, con hojas de semeruco y con esa sonrisa fresca de tu rostro. Dame una noche, cuando el sol sea un trazo difuso yéndose por patios y ríos de Lagunitas, para entregarte el alma que me queda. Ya quiero ser un niño para jugar y soñar con las piedras del aguagrís y no este hombre que sólo tiene el tiempo para recordarte y pensar que volverás. Genaro Pumás oye mi agónica historia casi con piedad, me sostiene en la penumbra de mi desolación y me lleva al fondo de una mesa y dice:

Miguelito Lorena, siempre vas a llevar ese dolor de lo ausente, como aquel volar de guacobas entre yaguas distantes. Y después a una sombra que pasa: Iteresa Bertar: recuerda que ahora te llamarás septiembre.

Iclaudia Dosmares respondía seguramente desde el río. Su grito venía por los maizales, como pájaros del paraíso. Sabemos que el vestido está sobre la troja de guafa. Un rostro impreciso se quedará en la planicie del agua. Su cuerpecito anda como zamura al viento en el fondo del Camoruco. Su cabello va a hacer una palma hermosa y cristalina ante mis ojos. Iclaudia se hundirá rápido, como un pez, al sentir mis manos tratando de tocarla. Falta poco para que Almario y yo salgamos también a retozar en la corriente. Yo estoy recogien-do las guamas que caen del cielo. Almario, tú vas a la rama gacha del árbol y te lanzas de cabeza a las aguas. Sale una línea de burbujas que se pierde en las caramas y en los recodos que son como un misterio. Damos vueltas en el profundo color grisáceo de los ramajes y el agua busca como detenerse. Hay una calma tenebrosa y la corriente se pone muy fría. Las hojas y los barotales chocan contra las orillas. Iclaudia es una sirena en la barranca. Estamos ahí con los labios llenos de frío, pero también en el cañaveral de Casimiro Ramos. Estamos llegando de la escuela de barro que quedaba por la vía de El Roto y el patio está sin una hoja, listo para jugar a la Semana. Estamos en el verdadero mundo. Riendo, jugando, sintiendo que la vida es el trompo, las metras, el escondío, la paralizá, la Doñana, los barquitos de papel y los carritos de jabillo. La ceiba, esa que está cerquitica de la casa de Adelaido Natera, tiene los caminos limpiacitos. Dicen que los jabillos frondosos de la laguna de los Igarra, son los mejores. Las ruedas y que resisten más.

Yo, ahora, aquí, estoy regresando a mi casa, pero sigo con ustedes allá, en el río. ¿Por qué la vida tiene que ser así? ¿No podemos tener ahora, una tarde entera para que nos perdamos por los solares de Bonifacia o de Doña Guzmán y llegar con las manos llenas de guayabas? ¿Es que ya no se puede ver el sol,

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hace que la dicha grande acabe, sin que podamos hacer absolutamente nada para detenerla. Allí es donde oigo tus palabras queriendo anular el tiempo y la vida misma. Razonas que: todo ha cambiado, que ya nada es como antes. Yo intento callar con los besos de mi alma esa verdad que lastima, pero es imposible. Con ese dolor que aprieta en el corazón busco por Lagunitas a Genaro Pumás.

Ahora, eres un punto fugaz en la corteza fría de la desesperanza. Estás en el vacío de los espejos, como una sombría mirada. No sé cómo retenerte para que estés conmigo. No sé si este mirar triste logre hacer que no te vayas. No sé si lo que pienso, basta para que estés ahí. No sabría decir si esto que soy ahora, será suficiente. Solo te pido que me regales esa tarde para perderme por los solares de las casas y llegar con los sueños hechos de manantiales y guayabos, con hojas de semeruco y con esa sonrisa fresca de tu rostro. Dame una noche, cuando el sol sea un trazo difuso yéndose por patios y ríos de Lagunitas, para entregarte el alma que me queda. Ya quiero ser un niño para jugar y soñar con las piedras del aguagrís y no este hombre que sólo tiene el tiempo para recordarte y pensar que volverás. Genaro Pumás oye mi agónica historia casi con piedad, me sostiene en la penumbra de mi desolación y me lleva al fondo de una mesa y dice:

Miguelito Lorena, siempre vas a llevar ese dolor de lo ausente, como aquel volar de guacobas entre yaguas distantes. Y después a una sombra que pasa: Iteresa Bertar: recuerda que ahora te llamarás septiembre.

Iclaudia Dosmares respondía seguramente desde el río. Su grito venía por los maizales, como pájaros del paraíso. Sabemos que el vestido está sobre la troja de guafa. Un rostro impreciso se quedará en la planicie del agua. Su cuerpecito anda como zamura al viento en el fondo del Camoruco. Su cabello va a hacer una palma hermosa y cristalina ante mis ojos. Iclaudia se hundirá rápido, como un pez, al sentir mis manos tratando de tocarla. Falta poco para que Almario y yo salgamos también a retozar en la corriente. Yo estoy recogien-do las guamas que caen del cielo. Almario, tú vas a la rama gacha del árbol y te lanzas de cabeza a las aguas. Sale una línea de burbujas que se pierde en las caramas y en los recodos que son como un misterio. Damos vueltas en el profundo color grisáceo de los ramajes y el agua busca como detenerse. Hay una calma tenebrosa y la corriente se pone muy fría. Las hojas y los barotales chocan contra las orillas. Iclaudia es una sirena en la barranca. Estamos ahí con los labios llenos de frío, pero también en el cañaveral de Casimiro Ramos. Estamos llegando de la escuela de barro que quedaba por la vía de El Roto y el patio está sin una hoja, listo para jugar a la Semana. Estamos en el verdadero mundo. Riendo, jugando, sintiendo que la vida es el trompo, las metras, el escondío, la paralizá, la Doñana, los barquitos de papel y los carritos de jabillo. La ceiba, esa que está cerquitica de la casa de Adelaido Natera, tiene los caminos limpiacitos. Dicen que los jabillos frondosos de la laguna de los Igarra, son los mejores. Las ruedas y que resisten más.

Yo, ahora, aquí, estoy regresando a mi casa, pero sigo con ustedes allá, en el río. ¿Por qué la vida tiene que ser así? ¿No podemos tener ahora, una tarde entera para que nos perdamos por los solares de Bonifacia o de Doña Guzmán y llegar con las manos llenas de guayabas? ¿Es que ya no se puede ver el sol,

Imagen que va lentamente a los infinitos. Figural perdido

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tras la sombra ida, por los almendrones de mi casa? Iclaudia, yo no entiende esta vida. Te juro que ya quisiera ser aquel niño que te miraba dulcemente cuando pasabas con tu padre en un carruaje hacia El Amparo. Cómo lamento ser este figural perdido. Este Miguel Lorena que huye de la noche. Pienso que volvemos a Lagunitas y vamos por los caminos, viendo mariposas de colores en las lagunas. Voy lentamente detrás de un caballito azul, se paró nuevamente en un botalón de la empalizada, lo atrapo y te lo doy. Recuerdo que sonríes. Iclaudia. ¿Dónde estarán las chicharras que aturdían? ¿Dónde estamos ahora? ¿Qué hicimos para borrar la infancia? Nadie responde por los recuerdos que se han ido, eso ya lo sé. Iclaudia, te das cuenta que vamos lentamente a los infinitos parajes de la memoria. Este mundo de ahora es terrible, intento recobrar el otro, el de la niñez porque aquí tú y yo solo somos imagen extraviada y así duele ser no más que recuerdos.

Grito de animal perdido es el destino. Cada vez que éste se va, partimos con la tristeza del caso a buscarlo y desgraciada-mente lo encontramos. Uno debería ir siempre a contra-corriente. Digamos que si le dicen ven mañana, llega uno y se aparece con los años. Pongamos que tienes que tumbar una roza, entonces te vas al río o montas un caballo y recorres el pueblo. Deberíamos tener un lugar donde ir y ver nuestra suerte. Tal vez varias opciones y tú tomas la más adecuada. Nada de eso existe, sólo el sopetón. La estampa que te ciega. La verdad que te enmudece. Almario, escúcheme algo, la vida de uno a veces se parte en mil pedazos, y ahí sí es verdad que no se sabe pa dónde agarrá.

Entonces, ya no es igual, el destino se ve distante, evade nuestra mirada. Anda como si le pesara el alma. Siempre le he dicho a usted Almario que al emprender un viaje al lado de la persona amada, estamos realmente juntando nuestro destino con el de ella. Parece no ser verdad, pero esa pega, ese juntamiento tiene que ser divino, venir de Dios, pues. Almario, se queda viéndome. Sé que está pensando en amores pasados. Uno se cansa de la vida, Almario, y la vida igual nos abandona. Como dice una canción, la dicha grande también se va, todo se acaba. Así, en ese perder de amores, llega o buscamos el día en que ansiamos partir, uno de los dos se hastía y deviene la ausencia. Yo le digo a Almario que hay que separarse, no como en las películas, sino como dice el bolero; deseándole a la persona que no se olvide de ser feliz. Cuando uno se va, no dejan de venir los recuerdos. Es por eso que las despedidas son tristes. Cuando el otro no está, sabemos que iremos solitarios a empezar otra vez. Diremos las mismas palabras. Recordaremos que el lugar de llegada será cualquier espacio donde al menos haya felicidad y uno pueda sentarse en la calle

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tras la sombra ida, por los almendrones de mi casa? Iclaudia, yo no entiende esta vida. Te juro que ya quisiera ser aquel niño que te miraba dulcemente cuando pasabas con tu padre en un carruaje hacia El Amparo. Cómo lamento ser este figural perdido. Este Miguel Lorena que huye de la noche. Pienso que volvemos a Lagunitas y vamos por los caminos, viendo mariposas de colores en las lagunas. Voy lentamente detrás de un caballito azul, se paró nuevamente en un botalón de la empalizada, lo atrapo y te lo doy. Recuerdo que sonríes. Iclaudia. ¿Dónde estarán las chicharras que aturdían? ¿Dónde estamos ahora? ¿Qué hicimos para borrar la infancia? Nadie responde por los recuerdos que se han ido, eso ya lo sé. Iclaudia, te das cuenta que vamos lentamente a los infinitos parajes de la memoria. Este mundo de ahora es terrible, intento recobrar el otro, el de la niñez porque aquí tú y yo solo somos imagen extraviada y así duele ser no más que recuerdos.

Grito de animal perdido es el destino. Cada vez que éste se va, partimos con la tristeza del caso a buscarlo y desgraciada-mente lo encontramos. Uno debería ir siempre a contra-corriente. Digamos que si le dicen ven mañana, llega uno y se aparece con los años. Pongamos que tienes que tumbar una roza, entonces te vas al río o montas un caballo y recorres el pueblo. Deberíamos tener un lugar donde ir y ver nuestra suerte. Tal vez varias opciones y tú tomas la más adecuada. Nada de eso existe, sólo el sopetón. La estampa que te ciega. La verdad que te enmudece. Almario, escúcheme algo, la vida de uno a veces se parte en mil pedazos, y ahí sí es verdad que no se sabe pa dónde agarrá.

Entonces, ya no es igual, el destino se ve distante, evade nuestra mirada. Anda como si le pesara el alma. Siempre le he dicho a usted Almario que al emprender un viaje al lado de la persona amada, estamos realmente juntando nuestro destino con el de ella. Parece no ser verdad, pero esa pega, ese juntamiento tiene que ser divino, venir de Dios, pues. Almario, se queda viéndome. Sé que está pensando en amores pasados. Uno se cansa de la vida, Almario, y la vida igual nos abandona. Como dice una canción, la dicha grande también se va, todo se acaba. Así, en ese perder de amores, llega o buscamos el día en que ansiamos partir, uno de los dos se hastía y deviene la ausencia. Yo le digo a Almario que hay que separarse, no como en las películas, sino como dice el bolero; deseándole a la persona que no se olvide de ser feliz. Cuando uno se va, no dejan de venir los recuerdos. Es por eso que las despedidas son tristes. Cuando el otro no está, sabemos que iremos solitarios a empezar otra vez. Diremos las mismas palabras. Recordaremos que el lugar de llegada será cualquier espacio donde al menos haya felicidad y uno pueda sentarse en la calle

Andar sobre el destino. Siempre la ausencia

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y saludar a la gente amiga. Quizás, hacer lo menos deseado, pero a su vez lo más placentero: recordar. Sí, evocar cosas, hasta que la imagen de la mujer se vaya borrando y ya no quede sino un deseo intenso de retroceder el tiempo y andar por los caminos viendo si hay cantos de pájaros, si hay polvareda, si tenemos una tarde con cielo azul o quedarse en el patio jugando por los caminitos sombríos.

Yo le digo a Almario que las mujeres se van y hasta el corazón se llevan. Queda un vacío. No sabemos dónde es, pero la nostalgia anda por todas partes. Él nunca cree en las cosas que uno le dice. Almario, se va a la tinaja de la sala, toma un poco de agua y saboreándola dice: Miguelito Lorena no sigas viendo la vida como si nunca te fueras a enamorar otra vez. Hay que amar una y mil veces más, aunque sea para darle gustos al olvido o, tal vez, para mentirle descaradamente al corazón.

El destino andaba en un caballo. El hombre: José Ángel Pumás, salía de la cantina. Nosotros vimos cuando la muerte se paró entre los almendrones del camino. Había como un paisaje desolado y el viento se llevaba hacia la lejanía los pájaros y las hojas de los acapos. La botella quedó vacía después de un largo trago. El trote palpitante del caballo, se iba por una senda de tristes semerucos y venía nuevamente. Recogimos los trompos y miramos cuando Pumás se subió a la bestia. Ésta comenzó a corcovear. El viejo Ulterio Bertar le decía: espera Pumás, ese bicho no está manso todavía.

Don Ulterio recordaba cuando apenas una semana atrás, se había metido a todo galope por las empalizadas del fundo. Todos escuchamos cuando dijo: hay que tenerle miedo a ese caballo. Pero ese día, nada, Pumás reía y lanzaba el sombrero hacia sus espaldas. Don Ulterio lo tomaba por el improvisado freno. Los otros llaneros trataron de evitarlo. Un aire frío, digamos que lleno de sombras, estaba en los almendrajos del patio. El animal se levantó de patas y Pumás salió por los aires. Había que mirarle los ojos para saber que ya se había ido de este mundo. En la raíz gruesa del viejo almendrón, el mismo que Pumás tenía para pasar la siesta en las tardes, cuando apenas llegaba del conuco, la muerte lo abrazó como a un hijo. Nosotros vimos todo, nunca lo he podido olvidar.

Hoy escucho el relinchar del caballo y miro claramente la nuca del hombre llena de polvo, metida entre la tierra. Sé que ya han pasado muchos años; pero ese recuerdo lo cargo en la mente. Viene cada día. Tú vas al camino y está allí como una noche eterna. En la tarde, cuando nos despedimos de los cuentos, queda esa amargura en la soledad de las banquerolas, encimas de las mesas, andando por la tristeza de las casas. Si estoy en las aguas del Camuruco, se aparece entre la corriente

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y saludar a la gente amiga. Quizás, hacer lo menos deseado, pero a su vez lo más placentero: recordar. Sí, evocar cosas, hasta que la imagen de la mujer se vaya borrando y ya no quede sino un deseo intenso de retroceder el tiempo y andar por los caminos viendo si hay cantos de pájaros, si hay polvareda, si tenemos una tarde con cielo azul o quedarse en el patio jugando por los caminitos sombríos.

Yo le digo a Almario que las mujeres se van y hasta el corazón se llevan. Queda un vacío. No sabemos dónde es, pero la nostalgia anda por todas partes. Él nunca cree en las cosas que uno le dice. Almario, se va a la tinaja de la sala, toma un poco de agua y saboreándola dice: Miguelito Lorena no sigas viendo la vida como si nunca te fueras a enamorar otra vez. Hay que amar una y mil veces más, aunque sea para darle gustos al olvido o, tal vez, para mentirle descaradamente al corazón.

El destino andaba en un caballo. El hombre: José Ángel Pumás, salía de la cantina. Nosotros vimos cuando la muerte se paró entre los almendrones del camino. Había como un paisaje desolado y el viento se llevaba hacia la lejanía los pájaros y las hojas de los acapos. La botella quedó vacía después de un largo trago. El trote palpitante del caballo, se iba por una senda de tristes semerucos y venía nuevamente. Recogimos los trompos y miramos cuando Pumás se subió a la bestia. Ésta comenzó a corcovear. El viejo Ulterio Bertar le decía: espera Pumás, ese bicho no está manso todavía.

Don Ulterio recordaba cuando apenas una semana atrás, se había metido a todo galope por las empalizadas del fundo. Todos escuchamos cuando dijo: hay que tenerle miedo a ese caballo. Pero ese día, nada, Pumás reía y lanzaba el sombrero hacia sus espaldas. Don Ulterio lo tomaba por el improvisado freno. Los otros llaneros trataron de evitarlo. Un aire frío, digamos que lleno de sombras, estaba en los almendrajos del patio. El animal se levantó de patas y Pumás salió por los aires. Había que mirarle los ojos para saber que ya se había ido de este mundo. En la raíz gruesa del viejo almendrón, el mismo que Pumás tenía para pasar la siesta en las tardes, cuando apenas llegaba del conuco, la muerte lo abrazó como a un hijo. Nosotros vimos todo, nunca lo he podido olvidar.

Hoy escucho el relinchar del caballo y miro claramente la nuca del hombre llena de polvo, metida entre la tierra. Sé que ya han pasado muchos años; pero ese recuerdo lo cargo en la mente. Viene cada día. Tú vas al camino y está allí como una noche eterna. En la tarde, cuando nos despedimos de los cuentos, queda esa amargura en la soledad de las banquerolas, encimas de las mesas, andando por la tristeza de las casas. Si estoy en las aguas del Camuruco, se aparece entre la corriente

Soledad de las banquerolas. Almendrajos de la memoria

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la mirada triste de Pumás. Puedo verlo completico entre lo cristalino de las aguas. Les digo que esa figura de Pumás, recorre mi vida como un allá, perdido en la lejanía, es cierto; pero camina conmigo por todas partes, es como si estuviera obligado a recordarlo para siempre.

Con sigilo andamos por el montarascal. Las señas son las palabras del acecho. Apenas un sobresalto y los árboles se verán matizados con el volar de azulejos, tingotingos, cacaítas, turupiales y conotos. Huirán despavoridos. Se les oirá el canto de la ausencia, allá en las corrientes aguarapadas de Río Viejo, en los arcoíris del cielo. Pareciera que ven al demonio y nosotros lo que somos es apenas unos tristes matapájaros. Sí, niños que andamos por el monte con una goma y que nuestra felicidad en la vida es bañarnos en los pozos, en las lagunas, en los ríos. Vivimos para jugar metra, trompo, gurrufíos y cazar animales. Esperamos que la suerte nos acompañe. Para eso hay que tener el pulso serenito. Ya tengo mi rama de naranjo con una jorqueta derechita. Almario dice que con un vidrio se raspa varias veces y se deja lisita. Me conseguí un zapato viejo, sacaré un buen cordobán y cargo una tripa de bicicleta, pues para cazar pájaros necesitamos una buena goma; pero viva. La muerta se embota y lo que hace es darle a uno tremendos ramalazos en el pecho. Fonda la llaman por Santa Cruz y Turén, en Lagunitas le decimos goma.

Los matapájaros vivimos del alerta. Almario, vea ese pajarito que viene tan cansado y se pone en el aire a llorar. ¿Verdad que no se nos va a escapar? La mirada se detiene ante un pequeño movimiento, ante cualquier bejuco que dé chaparrazos en los tobillos. Nadie puede quebrar una ramita de amargoso. Ninguno de nosotros siente un angelito en los cucaracheros; no vemos a la Polimnia de Ramón Palomares en el negro y amarillo de los arrendajos. No veíamos maldad, solo nos gustaba cazarlos.

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la mirada triste de Pumás. Puedo verlo completico entre lo cristalino de las aguas. Les digo que esa figura de Pumás, recorre mi vida como un allá, perdido en la lejanía, es cierto; pero camina conmigo por todas partes, es como si estuviera obligado a recordarlo para siempre.

Con sigilo andamos por el montarascal. Las señas son las palabras del acecho. Apenas un sobresalto y los árboles se verán matizados con el volar de azulejos, tingotingos, cacaítas, turupiales y conotos. Huirán despavoridos. Se les oirá el canto de la ausencia, allá en las corrientes aguarapadas de Río Viejo, en los arcoíris del cielo. Pareciera que ven al demonio y nosotros lo que somos es apenas unos tristes matapájaros. Sí, niños que andamos por el monte con una goma y que nuestra felicidad en la vida es bañarnos en los pozos, en las lagunas, en los ríos. Vivimos para jugar metra, trompo, gurrufíos y cazar animales. Esperamos que la suerte nos acompañe. Para eso hay que tener el pulso serenito. Ya tengo mi rama de naranjo con una jorqueta derechita. Almario dice que con un vidrio se raspa varias veces y se deja lisita. Me conseguí un zapato viejo, sacaré un buen cordobán y cargo una tripa de bicicleta, pues para cazar pájaros necesitamos una buena goma; pero viva. La muerta se embota y lo que hace es darle a uno tremendos ramalazos en el pecho. Fonda la llaman por Santa Cruz y Turén, en Lagunitas le decimos goma.

Los matapájaros vivimos del alerta. Almario, vea ese pajarito que viene tan cansado y se pone en el aire a llorar. ¿Verdad que no se nos va a escapar? La mirada se detiene ante un pequeño movimiento, ante cualquier bejuco que dé chaparrazos en los tobillos. Nadie puede quebrar una ramita de amargoso. Ninguno de nosotros siente un angelito en los cucaracheros; no vemos a la Polimnia de Ramón Palomares en el negro y amarillo de los arrendajos. No veíamos maldad, solo nos gustaba cazarlos.

Los pies descalzos se ponen suavemente en los pedacitos libres que quedan entre las guaicas, la macanilla, el aruñagato y las palmas de corozo. Un barotal se tiene que ir doblando, allá Provoca comerse los caminos. La laguna de María Félix

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en las profundidades que hacen las palmas de las manos. Un paso cae exactamente en la huella dibujada hace tantico en los terronales y así, como en un ritual, van marcándose uno tras otro. Somos silencio.

Nos metemos por la laguna de María Félix. Ya hemos andado por la Panchita y nada. Dimos vuelta por los jabillos de Don Nica, pues la idea es llegar al conuco de Casimiro Ramos. Ojalá los troncos de caparratón, con pantalones remendaos, camisas viejas y sombrero, estén en el suelo. Vamos llegando al guayabal. Las paraulatas parecen que quieren saltar rapidito al otro mundo, se pasean desesperadamente ante nuestras miradas. Llegamos al sitio y encontramos un espectáculo maravilloso. Los pericos “cara sucia” comen deliciosamente. Vuelan con la gritería de siempre. Son muchos pájaros y hacen que las ramas frondosas de los guayabos se mezan. Parecen columpios: tocan la tierra y las nubes al mismo tiempo. Se pone esponjaíto un picoeplata y dice a cantar. Las hojas se vienen abajo y se transforman en otras aves. Nos quedamos quieticos y los vemos pasar de una fruta a otra. Allí es cuando se caen solitas las guayabas y el suelo se pone esteraíto, provoca comerse los caminos y que la brisa con ese olor divino se quede para siempre en algún lugar de este viaje largo que es la vida.

Era la laguna de siempre. Las aguas tan iguales. Madrina, ¿qué quiere que le diga? Bajamos exactamente en la pata del puente, pasamos la cerca de guamos y llegamos a la laguna. Todo estaba como antes. Nos lanzaríamos a las aguas de cabeza, retozaríamos, nos echaríamos guaruras en los cabellos y después nos vendríamos a las casas. Usted recuerda cómo es el rumor del río en el invierno, bueno, ese rumor estaba ahí. Así de igual era el día. Las voces de la gente llegando en la calma del agua.

Madrina, todo parecía tan común. El taparón, las ramas de uvitas, los loros y pericos, el cantar de guacobas, todo era lo mismo. Solo notamos la terrible quietud de las aguas. No me crea, pero las aguas tenían un color negrito y sombrío. Es como si las raíces de los árboles se sacudieran y largaran un líquido terroso. Nos metimos al pozo, nos hundimos, y todos los rostros salieron al aire, menos el suyo. Ahora recuerdo que él, fue el primero que se lanzó. Notamos su ausencia, pero seguimos jugando. Al rato nos salimos todos, menos Ángel, madrina. Nos fuimos a la orilla y él seguía allá abajo, perdido.

Repito, esa quietud del agua fue lo único que recuerdo que era extraño. Sé que usted cree que debimos bajar y buscarlo. Ninguno se movió. Madrina, nos dio miedo y nos fuimos. Perdone, sé que el dolor de su muerte la tiene así de triste. Le juro que nos dio pánico tirarnos a esa quietud de la laguna nuevamente. Madrina, esa calma en el agua, esa corriente tan despacio, nunca fue buena. Fíjese ahora, ahora que estamos solos, dónde está él, tal vez allá, en el pozo, ido por el monte, por la lejanía, por la nada. No quiero ver hacia la corriente y que se aparezca la muerte. Madrina, deme su mano y vámonos de aquí.

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en las profundidades que hacen las palmas de las manos. Un paso cae exactamente en la huella dibujada hace tantico en los terronales y así, como en un ritual, van marcándose uno tras otro. Somos silencio.

Nos metemos por la laguna de María Félix. Ya hemos andado por la Panchita y nada. Dimos vuelta por los jabillos de Don Nica, pues la idea es llegar al conuco de Casimiro Ramos. Ojalá los troncos de caparratón, con pantalones remendaos, camisas viejas y sombrero, estén en el suelo. Vamos llegando al guayabal. Las paraulatas parecen que quieren saltar rapidito al otro mundo, se pasean desesperadamente ante nuestras miradas. Llegamos al sitio y encontramos un espectáculo maravilloso. Los pericos “cara sucia” comen deliciosamente. Vuelan con la gritería de siempre. Son muchos pájaros y hacen que las ramas frondosas de los guayabos se mezan. Parecen columpios: tocan la tierra y las nubes al mismo tiempo. Se pone esponjaíto un picoeplata y dice a cantar. Las hojas se vienen abajo y se transforman en otras aves. Nos quedamos quieticos y los vemos pasar de una fruta a otra. Allí es cuando se caen solitas las guayabas y el suelo se pone esteraíto, provoca comerse los caminos y que la brisa con ese olor divino se quede para siempre en algún lugar de este viaje largo que es la vida.

Era la laguna de siempre. Las aguas tan iguales. Madrina, ¿qué quiere que le diga? Bajamos exactamente en la pata del puente, pasamos la cerca de guamos y llegamos a la laguna. Todo estaba como antes. Nos lanzaríamos a las aguas de cabeza, retozaríamos, nos echaríamos guaruras en los cabellos y después nos vendríamos a las casas. Usted recuerda cómo es el rumor del río en el invierno, bueno, ese rumor estaba ahí. Así de igual era el día. Las voces de la gente llegando en la calma del agua.

Madrina, todo parecía tan común. El taparón, las ramas de uvitas, los loros y pericos, el cantar de guacobas, todo era lo mismo. Solo notamos la terrible quietud de las aguas. No me crea, pero las aguas tenían un color negrito y sombrío. Es como si las raíces de los árboles se sacudieran y largaran un líquido terroso. Nos metimos al pozo, nos hundimos, y todos los rostros salieron al aire, menos el suyo. Ahora recuerdo que él, fue el primero que se lanzó. Notamos su ausencia, pero seguimos jugando. Al rato nos salimos todos, menos Ángel, madrina. Nos fuimos a la orilla y él seguía allá abajo, perdido.

Repito, esa quietud del agua fue lo único que recuerdo que era extraño. Sé que usted cree que debimos bajar y buscarlo. Ninguno se movió. Madrina, nos dio miedo y nos fuimos. Perdone, sé que el dolor de su muerte la tiene así de triste. Le juro que nos dio pánico tirarnos a esa quietud de la laguna nuevamente. Madrina, esa calma en el agua, esa corriente tan despacio, nunca fue buena. Fíjese ahora, ahora que estamos solos, dónde está él, tal vez allá, en el pozo, ido por el monte, por la lejanía, por la nada. No quiero ver hacia la corriente y que se aparezca la muerte. Madrina, deme su mano y vámonos de aquí.

Las aguas. La vida

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Llegaron con esa mirada perdida de aquél que nunca encuentra la vida en el lugar donde está. El signo de la mudanza siempre anda como dibujado en el rostro de la gente. Sé que vinieron creyendo que Lagunitas era el lugar más feliz del mundo, aquí se acabarían sus infortunios, por eso lo escogieron. Tal vez dijeron: estas calles polvorientas, estas mil lagunas, estas personas silenciosas, nos dejarán vivir en paz. Todos vimos cuando llegaron al pueblo. Era una mudanza sencilla. Bajaron sus cosas en un santiamén. Camas, sillas, mesas, bancos, loros, gallos, un perro y una platera con un color amarillo chillón. Luisa apareció agarradita de las barandas del carro y lo que hizo fue metérsenos en el corazón. Se veía altísima. Mi hermana solo tiene apenas 14 años, dejó escapar el joven que sudoroso bajaba unos gallos de pelea. Uno que años después supimos que no era realmente su hermano. El papá de Luisa se lo trajo para que trabajara con él en los maizales. Luisa, con esa edad, era deslumbrantemente hermosa. Piernas gruesas, cabello largo, bella boca y esa sonrisa que le bastó siempre para mantenernos enamorados de ella.

Esa primera noche dormimos con sus labios carnosos andando por cada sueño. Nos tocaba el alma su imagen. Deseábamos que llegara el amanecer para verla nuevamente. Apenas se asomó el día, nos aparecimos por la casa de los nuevos llegados al pueblo. Todos estaban en el patio, menos Luisa. Después del saludo y del guarapo, preguntamos por ella. Nos dolió, allá muy dentro, donde está el corazón, cuando el viejo dijo: tuvo que irse anoche mismo; pero regresa en unos días. Tal vez debimos preguntar: ¿en cuántos? pero ya era suficiente con lo que habíamos escuchado.

Ella regresó, pero no a los días, sino muchos años después. Luisa. Amores y mudanza

Vino casada y con hijos. En mi memoria no encuentro el día en que el papá de Luisa terminó yéndose del pueblo. Ya ni lo recordábamos. Los años van dejando apenas siluetas de la nostalgia. Lo cierto es que nuevamente, estos ojos miraron a la mujer más hermosa de Lagunitas, bajar otra vez de un antiguo camión. Estaba vieja y desolada. En su cara no había la imagen de una mujer, sino un desierto, una piel agrietada por los sinsabores del destino. Sus labios daban el paisaje de esas lagunas, después del invierno, que se van secando y solo se mira una tierra cuarteada por todas partes. La piel de sus manos estaba reseca y la mirada pesada, torpe y triste.

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Llegaron con esa mirada perdida de aquél que nunca encuentra la vida en el lugar donde está. El signo de la mudanza siempre anda como dibujado en el rostro de la gente. Sé que vinieron creyendo que Lagunitas era el lugar más feliz del mundo, aquí se acabarían sus infortunios, por eso lo escogieron. Tal vez dijeron: estas calles polvorientas, estas mil lagunas, estas personas silenciosas, nos dejarán vivir en paz. Todos vimos cuando llegaron al pueblo. Era una mudanza sencilla. Bajaron sus cosas en un santiamén. Camas, sillas, mesas, bancos, loros, gallos, un perro y una platera con un color amarillo chillón. Luisa apareció agarradita de las barandas del carro y lo que hizo fue metérsenos en el corazón. Se veía altísima. Mi hermana solo tiene apenas 14 años, dejó escapar el joven que sudoroso bajaba unos gallos de pelea. Uno que años después supimos que no era realmente su hermano. El papá de Luisa se lo trajo para que trabajara con él en los maizales. Luisa, con esa edad, era deslumbrantemente hermosa. Piernas gruesas, cabello largo, bella boca y esa sonrisa que le bastó siempre para mantenernos enamorados de ella.

Esa primera noche dormimos con sus labios carnosos andando por cada sueño. Nos tocaba el alma su imagen. Deseábamos que llegara el amanecer para verla nuevamente. Apenas se asomó el día, nos aparecimos por la casa de los nuevos llegados al pueblo. Todos estaban en el patio, menos Luisa. Después del saludo y del guarapo, preguntamos por ella. Nos dolió, allá muy dentro, donde está el corazón, cuando el viejo dijo: tuvo que irse anoche mismo; pero regresa en unos días. Tal vez debimos preguntar: ¿en cuántos? pero ya era suficiente con lo que habíamos escuchado.

Ella regresó, pero no a los días, sino muchos años después. Luisa. Amores y mudanza

Vino casada y con hijos. En mi memoria no encuentro el día en que el papá de Luisa terminó yéndose del pueblo. Ya ni lo recordábamos. Los años van dejando apenas siluetas de la nostalgia. Lo cierto es que nuevamente, estos ojos miraron a la mujer más hermosa de Lagunitas, bajar otra vez de un antiguo camión. Estaba vieja y desolada. En su cara no había la imagen de una mujer, sino un desierto, una piel agrietada por los sinsabores del destino. Sus labios daban el paisaje de esas lagunas, después del invierno, que se van secando y solo se mira una tierra cuarteada por todas partes. La piel de sus manos estaba reseca y la mirada pesada, torpe y triste.

Sus hijos rápido corretearon por el patio de la casa. Su marido, el mismo que bajaba gallos de pelea en el primer viaje, tomó al anciano padre de Luisa y lo dejó caer lentamente en una jamaca del patio. Nos saludó y abrazó como si fuésemos de su familia. Cansado y sudoroso, como aquella lejana vez, dijo: ¿Podemos quedarnos unos días en tu casa? Claro, respondí. Esa noche me atormentaba el nuevo rostro de Luisa, hundido y trajinado por las penas; mientras que el otro, el divino, el que se detenía en los barandajes del recuerdo; el de la niña con vestido azul escolar del primer encuentro, se había extraviado irreme-diablemente en algún solitario laberinto de la vida.

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