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La Violencia de Género: un problema psicosocial y de salud

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Academic year: 2020

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(1)Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas Facultad de Ciencias Sociales Departamento de Psicología. La Violencia de Género: un problema psicosocial y de salud. Gender Violence: a psychosocial and health problem. Lic. Arienny de la C. Prada Mier Dr. C Dunia M. Ferrer Lozano.

(2) Edición: Miriam Artiles Castro Corrección: Liset Manso Salcerio Arienny de la C. Prada Mier y Dunia M. Ferrer Lozano, 2019. Editorial Feijóo, 2019 ISBN: 978-959-312-388-4. Arbitrada por pares académicos. Editorial Samuel Feijóo, Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, Carretera a Camajuaní, km 5 ½, Santa Clara, Villa Clara, Cuba. CP 54830.

(3) Resumen. Se exponen consideraciones teóricas que abordan la complejidad que encierra el fenómeno. Se realiza un recorrido teórico acerca de los elementos configuracionales del Género analizándose como mediador de las expresiones de la Violencia. Se logra abordar la Violencia de Género como una problemática social, desde los procesos y categorías que la transversalizan contribuyendo a su legitimación, naturalización e invisibilización, además se analiza su repercusión en la salud. También se aborda la importancia de desarrollar estrategias de intervención psicosocial para enfrentar dicha problemática en la que emerge la sensibilización como una propuesta que favorece el trabajo en este sentido.. Palabras clave: Violencia, Género, Sensibilización.

(4) Abstract. It presents theoretical considerations that address the complexity of the phenomenon. A theoretical journey is made about the configurationals elements of the Gender analyzed as a mediator of the expressions of Violence. Gender Violence is addressed as a social problem, from the processes and categories that mainstream it, contributing to its legitimization, naturalization and invisibility, as well as analyzing its impact on health. It also addresses the importance of developing psychosocial intervention strategies to address this problem in which awareness-raising emerges as a proposal that favors work in this regard.. Keywords: Violence, Gender, Sensitization.

(5) ÍNDICE Introducción .................................................................................................................... 6 Desarrollo ...................................................................................................................... 11 1.1 La Violencia, un problema psicosocial .............................................................. 11 1.2 El género como mediador en la expresión de la violencia ............................... 20 1.3 La violencia de género como problema de salud ............................................. 30 1.4 La Intervención en la prevención de la violencia. Actuación sobre la violencia de género .................................................................................................................... 34 Conclusiones ................................................................................................................ 416.

(6) Introducción La violencia de género, como plantea Silva (2017), es un problema social de dimensiones preocupantes; no se trata de casos aislados, sino de situaciones que ocurren de manera constante en todos los lugares del planeta, en algunos más que en otros, y lo variable de la violencia son cuestiones que complejizan el problema. Es un fenómeno que, por su alcance, se prevé como una pandemia en el siglo XXI.. Durante la 49ª Asamblea Mundial de la Salud celebrada en 1996, la Organización Mundial de la Salud acordó que la violencia de género fuera una prioridad en salud pública en todo el mundo, e instó a los Estados miembros a evaluar la dimensión del problema en su territorio (OMS, 1996).. La violencia de género es considerada como un problema de salud pública que conlleva a daños a la salud física y mental de las mujeres, y por tanto es un factor que demanda de los servicios de salud, lo que representa un costo real para la sociedad. (RodríguezBolaños, Márquez-Serrano, Kageyama-Escobar, 2005).. A criterio de Medina, Landenberger, de Gómez, and Patrizzi (2015), Pérez and Hernández (2009) la violencia de género tiene efectos fatales como: homicidio, suicidio, mortalidad materna, heridas físicas, embarazos no deseados, abortos, complicaciones ginecológicas, enfermedades de transmisión sexual (incluyendo HIV/SIDA), síndrome de estrés post-traumático y depresión, y se asocia a condiciones crónicas.. Las investigaciones desarrolladas por Arredondo et al. (2012), Lozano et al. (2014), Alemán et al. (2010), Coll-Vinent (2008) reportan que los profesionales de la salud tienen dificultades a la hora de detectar y abordar esta problemática por lo que más del 70 % de los casos son invisibles ante los ojos sanitarios y como resultado no se logra identificar el problema de violencia subyacente, aun cuando esta sea la raíz de los problemas físicos o psicosomáticos por los que las víctimas demandan la atención. Suárez (2017) plantea que hace más de dos décadas ya se evidenciaba la preocupación desde el ámbito internacional por el fenómeno de la violencia de género, de ahí que las Naciones Unidas declararon en 1991 que la violencia sobre la mujer era consecuencia.

(7) de la organización social, estructurada sobre la base de la desigualdad, y años más tarde la Organización Mundial de la Salud, en 2003, reconoce que la violencia es una violencia histórica y social que está influenciada por la cultura, mediada por valores y normas sociales. Se encuentran estudios que demuestran la magnitud del problema en distintas regiones. En los Estados Unidos, entre dos y cuatro millones de mujeres son golpeadas anualmente; 1 500 mientras son asesinadas cada año por su pareja o expareja. En Francia, la violencia causa la muerte de seis mujeres por mes en manos de su pareja y constituye la principal causa de femicidio. En Europa, una de cada cinco mujeres refiere ser maltratada. Asimismo, la Organización Panamericana de Salud (OPS) estima que entre el 20 % y el 60 % de las mujeres que viven en América sufren situaciones de violencia. (Alemán et al., 2010). Los años noventa del siglo pasado como plantean Proveyer and Romero (2017), marcaron el inicio de los estudios sobre violencia de género en Cuba, a partir del creciente interés y preocupación de la comunidad científica. Ello llevó al surgimiento de la Cátedra de la Mujer en la Universidad de La Habana, y las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia, creadas por la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Estas instituciones, y otras que se han sumado a lo largo del tiempo, se han dedicado a profundizar en las causas y características con que se manifiesta la violencia contra la mujer, con el fin de trazar estrategias para enfrentar el problema. Proveyer (2014b) destaca al respecto que las investigaciones cubanas ofrecen como evidencia la confirmación de la presencia de violencia contra la mujer en todas sus manifestaciones, más allá de las diferencias socioeconómicas, etarias, educacionales u otras. De acuerdo con la información que ofrecen las estadísticas disponibles y los resultados de investigaciones, predominan la violencia psicológica y la emocional. También evidencian la vinculación de los delitos de lesiones, homicidio y asesinato de mujeres a la problemática de género y que la victimización femenina se produce en esencia en la relación de pareja y en el ámbito doméstico. En este sentido pudieran destacarse las investigaciones de Arredondo et al. (2012), Lozano et al. (2014), Alemán et al. (2010), Coll-Vinent (2008), L. López (2009), Pría, Louro, Fariñas, Gómez, and Segredo (2006), I. Hernández (2011), Proveyer (2014a), M..

(8) I. Domínguez et al. (2018), Cala, Méndez, and Jiménez (2018), Peñate, Pérez, del Risco, and Semanat (2018), (González, 2018), Proveyer and Romero (2017). A pesar de estos esfuerzos, aún persisten estereotipos que limitan el pleno desarrollo de las féminas en el país y marcan los destinos de hombres y mujeres. El género debe ser entendido como una categoría que tiene su base material en un fenómeno natural, que es el sexo, y se encuentra condicionado de manera social, cultural, política, económica, psicológica, jurídica e histórica. En otras palabras, son características y comportamientos que se le atribuyen y se consideran permitidos y valorados para cada sexo, los cuales varían de acuerdo con contextos espaciales y temporales; por lo tanto, es necesario entenderlo en su evolución histórica y no como una categoría estática como plantea Alfonso (2018). El género supone, al igual que la violencia, una construcción social y cultural (simbólica) situada espacio-temporalmente, aunque las diferencias biológicas también irradian como directrices constructoras. En esta medida, se cruza con otras categorías de diferenciación social como la etnia, la raza, la clase social, la generación y la ubicación en el orden global, así como el concepto de diferencia, en las relaciones intergenéricas e intragenéricas Asimismo, implica y se expresa en relaciones de poder, visto en términos procesales, relacionales y con dimensiones institucionales y estructurales, no solo como atributo de los individuos. Es decir, se trata de un sistema jerárquico que involucra jerarquías de género, privilegios masculinos, estructuras que favorecen el dominio masculino o la valoración de lo masculino, y fija límites que ponen en desventaja social, económica, política y cultural a las mujeres y su ubicación en determinados espacios en la sociedad. Entender el género sobre la base de estos elementos a criterio de Esquenazi, Rosales, and Velarde (2017) implica asumirlo como una categoría dinámica y relacional, expresada a través de relaciones sociales, donde se constituyen reglas, normas y prácticas por medio de las cuales se asignan recursos, tareas y responsabilidades diferenciadas, que tiene su expresión tanto en la base económica como en la superestructura de una sociedad, por lo cual es transversal a todas estas esferas de actuación..

(9) Esta transversalidad impregna todas las relaciones sociales y tiene una enorme influencia tanto en el desarrollo individual de las personas como en el de las relaciones sociales e interpersonales que cada una de ellas establece dentro de los distintos contextos en los que tiene lugar su proceso de socialización. Como se ha planteado, la violencia y el género constituyen un binomio inseparable, ya que la primera se utiliza en múltiples ocasiones como mecanismo para conseguir un plus de presencia o influencia respecto a lo segundo. De acuerdo con los criterios de D. Ferrer, Gevara, and Martín (2017), una de las principales condiciones que contribuye a la reproducción de la violencia de una generación a la siguiente, son las pautas de socialización sexistas, las cuales enseñan a cada individuo a identificarse con los valores masculinos o femeninos (construidos como excluyentes), y niegan la posibilidad de aspirar a todos. Estas pautas presionan tradicionalmente para la identificación con los problemas: desde la falta de empatía, la tendencia al uso de la fuerza y el control de los otros, en los hombres, y la dependencia, sumisión o respuesta pasiva-reactiva en las mujeres. Esta dualidad contribuye a la reproducción de un modelo de relación social, basado en el dominio y la subordinación, que subyace en la mayor parte de la violencia que se produce en situaciones cotidianas. Las construcciones tradicionales de género, como se aprecia, reflejan y crean dicotomías por tratar a los sexos de manera diametralmente opuesta, y logran convertirse en un hecho social tan arraigado que puede llegar a asumirse como algo natural. Aun cuando desde la cultura se otorguen libertades y/o oportunidades diferentes en función del sexo, no pudiera considerarse alguno de estos excluido de asumir altos costos en lo individual por jugar el rol y el espacio que desde lo tradicional se propone. Las mujeres viven el ser para los otros desde la sobrecarga de roles y el olvido del autocuidado, mientras a los hombres el ser fuerte a toda costa les impone privaciones en la expresión de su afectividad (solo por citar algunos costos). Hombres y mujeres son víctimas de expropiaciones que los afectan negativamente a la hora de establecer relaciones interpersonales en la vida cotidiana, al constituirse en patrones o paradigmas fragmentadores que no permiten el descubrimiento, el desarrollo y la expresión de cualidades y valores propios del ser humano, sin distinción de sexo..

(10) Para el enfrentamiento a la violencia de género, como defienden Rodríguez and Cabalé (2018) se debe comenzar por entender esta realidad a transformar, por aprehender el sistema de relaciones que la vertebran, pues, de no cambiar estas, no desaparecerán la relaciones de poder y desigualdad entre hombres y mujeres. Sin cambios en esta realidad, los proyectos de solución podrían quedar en meros paliativos, en el mejor de los casos. Debido a la complejidad del fenómeno en el resto del cuerpo del trabajo se profundizan los análisis al respecto..

(11) Desarrollo 1.1 La Violencia, un problema psicosocial La violencia es uno de los fenómenos más extendidos en la actualidad y su impacto se advierte no solo en situaciones de abierto conflicto, también en la resolución de problemas, a veces muy simples, de la vida cotidiana. En esa medida, se puede afirmar con certeza, que muchas personas, en alguna etapa de sus vidas, han sido víctimas de violencia (Quiñones, Arias, Delgado and Tejera, 2011 citado en E. L. Guevara, 2016). Se concuerda con Ferrer y Suz (2014) cuando definen la violencia como el conjunto de manifestaciones conductuales, aprendidas y utilizadas de forma consciente o no, en los marcos de una estructura relacional jerarquizada (real o simbólica) para mantener el poder mediante la producción de un daño a sí o a otros, apareciendo de modo permanente o cíclico. De acuerdo con los criterios de Martín-Baró (1990), en todo acto de violencia cabe distinguir cuatro factores constitutivos: la estructura formal del acto, la ecuación personal, el contexto posibilitador y el trasfondo ideológico. En primer lugar, la estructura formal del acto, se trata de la conducta como forma extrínseca, pero también de la formalidad del acto como totalidad de sentido. Todo acto violento tiene una configuración caracterizada por la aplicación de un exceso de fuerza sobre una persona o grupo de personas, sobre una organización o un proceso. Puesto que se define el carácter del acto en cuestión, una diferencia fundamental estriba en distinguir entre los actos de violencia instrumental y los actos de violencia terminal. Un acto de violencia instrumental es aquel realizado como medio para lograr un objetivo diferente, mientras que el acto de violencia final es aquel realizado por sí mismo, es decir, el acto buscado como fin. El segundo aspecto del acto de violencia es la llamada ecuación personal, es decir aquellos elementos del acto que solo son explicables por el particular carácter de la persona que lo realiza. El tercer factor constitutivo de la violencia es el contexto posibilitador. Para que se realice un acto de violencia o de agresión debe darse una situación mediata e inmediata, en la cual tenga cabida ese acto. Tanto el desencadenamiento como la ejecución de la.

(12) acción violenta requieren de un contexto propicio. Ahora bien, es necesario distinguir entre dos tipos de contextos: un contexto amplio, social, y un contexto inmediato, situacional. Ante todo debe darse un contexto social que estimule o al menos permita la violencia, o sea un marco de valores y normas, formales o informales, que acepte la violencia como una forma de comportamiento posible e incluso la requiera. Se da, en segundo lugar, un contexto inmediato de la acción violenta. Cabe decir, entonces, que un contexto violento estimula a la violencia (ver Berkowitz, 1965/1976). En la medida en que este contexto se encuentre institucionalizado, es decir, convertido en normas, rutinas y medios materiales, la violencia podrá alcanzar cuotas mayores. El cuarto y último elemento constitutivo de la violencia es su trasfondo ideológico. La violencia exige siempre una justificación frente a la realidad a la que se aplica; y es ahí donde la racionalidad de la violencia confluye con la legitimidad de sus resultados o con la legitimación por parte de quien dispone del poder social. Lo que responde a los intereses del poder establecido se encuentra ya legitimado o tiende a serlo. Así, la justificación desde el poder de un acto violento lo legitima y lo hace racional al interior del sistema establecido. Según Haber y Seidenberg (1978) la violencia es construida socialmente, en el sentido de que cada orden social establece las condiciones en que se puede producir la violencia de forma justificada. Siguiendo esta idea la violencia es resultado de las formas sociales que norman y regulan las relaciones en la sociedad, así como de las formas socioculturales que definen nuestra interacción con la realidad (Yunes, 1993). Es en dichas interacciones, como plantean J. Álvarez and Juárez (2013), donde se construyen relaciones de dependencia, conformidad y sumisión, o bien de independencia, confianza y respeto a los demás. Interacciones que son modeladas por el sistema de creencias, normas y valores de la comunidad. Así, la violencia aparece como resultado de la dinámica social vigente y debe ser reconocida como tal, y no como expresión individual o de clase. El contexto sociocultural, el contexto estructural, más el desarrollo urbano, se conjugan y hacen de la violencia expresión y signo que caracteriza lo cotidiano, potenciando los comportamientos que ponen en riesgo la salud de la población. Es por ello que Vaca and Rodríguez (2018) siguiendo los criterios de Serrano (1996) exponen que la aproximación al significado de la violencia demanda la comprensión del marco cultural y social en el que esta emerge. Es ahí donde los actores sociales.

(13) construyen su identidad, establecen vínculos y diferentes formas de interacción que median su participación como miembros de cualquier comunidad. En relación con ello Páez (2016) expresa que el condicionamiento social de la violencia, en los diferentes ámbitos de interrelación hace posible la gestión de prácticas de socialización y de formación de subjetividades, que colocan a los actores sociales en situación de vulnerabilidad, según la posición en que se encuentren. Es decir, el individuo actúa en correspondencia con el medio social que o rodea, por lo que ignorar mediaciones culturales y especificidades sociales propias de los contextos, implica obviar las dimensiones simbólicas de esa violencia y no poder determinar cuáles códigos culturales argumentan sus niveles de legitimidad (en sus diversas manifestaciones según los espacios geográficos que le sirven de fondo: sexual, física, psicológica y económica). Al respecto Klineberg (1981) considera que la violencia puede convertirse en una manera de vivir, en una forma aceptada de conducta, respaldada por los hábitos populares y la moralidad convencional; en otras palabras, una subcultura. Al respecto Morales, Gaviria, Moya, and Cuadrado (n.d.) explican que, dentro de cada sociedad, la cultura no es completamente homogénea, sino que coexisten distintos códigos o formas de violencia. Esta diversidad pone de manifiesto el hecho de que compartir un marco general de normas, valores y actitudes no es incompatible con la existencia de subculturas más proclives a la violencia. De esta forma el término subcultura de la violencia se refiere a la existencia, dentro de determinadas sociedades, grupos, bandas o colectivos, de las condiciones, los códigos y las manifestaciones específicas bajo las que el uso de la violencia o la agresividad está regulado, legitimado e incluso ritualizado. Se han identificado diferentes fenómenos que se fundamentan en una subcultura de la violencia, entre ellos la violencia de género, la violencia entre bandas, y la participación en grupos terroristas. En consonancia con los criterios de Villamañan (2016) comprender la violencia como práctica social supone que está asociada al entramado social y al ámbito de las relaciones sociales donde se genera. Así, la representación social de la violencia como producto constituido y constituyente, refiere al entorno, a las relaciones sociales de producción y a la posición social que ocupa el sujeto, así como a la actividad específica.

(14) que le da origen. Esto hace referencia al contexto social y a la cotidianidad en todas sus manifestaciones. De esta manera, la representación social de la violencia, mediante los procesos de objetivación y anclaje permite a nivel individual la interiorización, naturalización y conformación de una visión subjetiva sobre este fenómeno social. Es así que la objetivación consiste en la materialización de la palabra, la selección y descontextualización de los elementos, formación del núcleo figurativo y naturalización. Mediante la objetivación se cosifica y estructura el esquema conceptual del objeto (Rateau & Lo Mónaco, 2013). El discurso generado en las prácticas sociales se convierte en generalización que conforma la imagen figurativa en la representación social. Mientras que, por otra parte, el proceso de anclaje es donde la representación se liga con el marco de referencia de la colectividad y se conforma en instrumento para interpretar la realidad y actuar sobre ella. Estos procesos mediatizan la dinámica social, en tanto se le asigna un significado al objeto social representado y se operativiza su uso en la práctica cotidiana. El vínculo inalienable práctica-representación social se halla contenido en lo comunitario y en lo fragmentador, esquematizado como imagen a través de la objetivación y utilizado en el anclaje, en los procesos de interacción como discurso contenido en la actividad. La estructura de la representación social constituye una interiorización de esquemas culturales. La conformación del nexo sentido-figura de carácter significativo funciona como mediador social. Con la representación social, se integran elementos vinculados a las condiciones históricas, sociológicas e ideológicas; la memoria colectiva y el sistema de normas (núcleo central), así como su concreción en las vivencias del individuo en un contexto inmediato (sistema periférico) (Abric, 2001 citado en Villamañan, 2016). La autora explica, además, que las representaciones sociales funcionan como herramientas, en tanto cuentan con determinada funcionalidad en la vida cotidiana de los grupos sociales (Restrepo, 2013). Entre sus funciones se encuentran: conocimiento o saber (comprensión y explicación de la realidad), identitaria (contextualización y asociaciones entre el espacio social y el sujeto, es decir, identidad social), guía para el comportamiento (antelaciones, expectativas y prácticas sociales acordes a las normas y nexos sociales) y justificativa (justificantes ulteriores de la toma de decisiones y los comportamientos en las relaciones sociales). Estas funciones poseen un discurso relativo a la lógica de las prácticas sociales en cuanto a relaciones de simetría social. Mediante la reproducción de las representaciones sociales, y de las prácticas a las cuales se asocia, se legitima el vínculo simétrico o asimétrico de lo.

(15) social, indistintamente. Por otro lado, expone que las representaciones sociales son también transformadas por los miembros del grupo a los que ocupa el fenómeno en sí. Las representaciones como producto del pensamiento generado en las prácticas sociales (pero, ante todo, originados de la necesidad surgida en el medio respecto a un objeto o fenómeno) son, a su vez, transformadas por los grupos sociales que las conforman. La toma de conciencia crítica de una problemática y la búsqueda de soluciones incide en la transformación de esta construcción sobre la realidad. Es decir, la representación social implica a su vez la transformación social de productos de la sociedad y, por ende, responder y vincularse a las necesidades que se gestan en ella. Siguiendo los criterios de M. L. Sánchez, Lechuga, Aguilar, and Estrada (2018) es necesario conocer lo que representa la violencia para el contexto con el cual se desea trabajar, a través del estudio del significado; de aquellas pautas adquiridas a partir de las experiencias personales y colectivas, que orientan la vida de las personas y que actúan a manera de lentes perceptuales (Reidl, 2005) en los que convergen elementos emocionales, sociales y culturales (Castellaro, 2011), que al integrarse al mundo interno de las personas (García, De la Rosa y Castillo, 2012), mediante la cultura y el lenguaje (Salas-Menotti, 2008) logran dar sentido a su conducta. Llegado a este punto el análisis sobre lo que supone un acercamiento a la conceptualización del fenómeno de la violencia como problemática social es necesario referir algunos criterios que la vinculan con la agresión. Es válido destacar que en la presente investigación se profundiza en el trabajo con la violencia desde una comprensión que, aunque no niega la relación que posee con la agresión, reconoce las diferencias entre ambas categorías. La agresión y la violencia, debido a sus efectos en todos los niveles de la sociedad donde aparecen, han sido estudiados desde muchas disciplinas tales como la psicología, la genética, la sociología, la criminología, la neurología y la filosofía. Cada una de estas pretende, según el método que les sea propio, la explicación y comprensión de sus causas con el fin de que tales explicaciones ofrezcan propuestas para el control o la erradicación de la agresión y la violencia. Una de las primeras consecuencias de la diversidad de perspectivas como plantean Castellano and Castellano (2012) se evidencia en las distintas concepciones de agresión y violencia utilizadas tanto en el habla común como en las investigaciones realizadas..

(16) La conducta agresiva es un comportamiento básico y primario en la actividad de los seres vivos, que está presente en la totalidad del reino animal. Se trata de un fenómeno multidimensional (Huntingford y Turner, 1987), en el que están implicados un gran número de factores, de carácter polimorfo, que puede manifestarse en cada uno de los niveles que integran al individuo: físico, emocional, cognitivo y social, citado en Carrasco and González (2006). Tres elementos parecen señalarse a criterio de Carrasco and González (2006) en la mayoría de las definiciones de agresión recogidas: a) Su carácter intencional, en busca de una meta concreta de muy diversa índole, en función de la cual se pueden clasificar los distintos tipos de agresión. b) Las consecuencias aversivas o negativas que conlleva, sobre objetos u otras personas, incluido uno mismo. c) Su variedad expresiva, pudiendo manifestarse de múltiples maneras, siendo las apuntadas con mayor frecuencia por los diferentes autores, las de índole física y verbal. A criterio de Boggon (2006) si bien en la violencia también se halla presente una intencionalidad, ella será diferente. La motivación siempre tendrá que ver con el poder, con la imposición de un sujeto sobre otro, finalmente con una imposición de significados. La violencia es una forma de ejercicio del poder mediante el empleo de la fuerza (ya sea física, psicológica, económica, política) e implica la existencia de un arriba y un abajo, reales o simbólicos, que adoptan habitualmente la forma de roles complementarios: padre-hijo, hombre-mujer, maestro-alumno. La violencia siempre es utilizada para dominar a otro. Se reconoce en la base de todo acto violento la presencia de la discriminación, y es en la búsqueda de eliminar esas diferencias - por no poder soportarlas - que se acude a la violencia como solución. Si bien con los actos violentos se puede causar daño, éste es solo un medio para conseguir determinado fin, no es tomado como un fin en sí mismo, como sí lo es en las conductas agresivas. Se entiende por daño cualquier tipo y grado de menoscabo a la integridad del otro. (Sanmartín citado por Corsi, 2003) plantea que no hay violencia si no hay cultura. Según el autor, la violencia es un resultado de la evolución de la cultura. Por este motivo, debe interpretarse a la violencia dentro del marco social, aprendida en ese.

(17) ámbito, y no buscar determinantes en la composición biológica y/o hereditaria de cada sujeto. En su análisis Boggon (2006) refiere que existen diversas teorías que explican la agresión en los seres humanos como una conducta instintiva, estas teorías pueden dividirse en dos grupos principales: las teorías psicoanalíticas y las perspectivas evolucionistas; dentro de las formulaciones teóricas alude a Sigmund Freud quien en su libro Más allá del Principio del Placer (1920) introduce el término Pulsión de muerte. La pulsión de muerte se dirige primeramente hacia el interior y secundariamente hacia el exterior, manifestándose entonces en forma de pulsión agresiva o destructiva. La definición de pulsión se diferencia de instinto debido a que la primera si bien persigue un fin determinado no tiene un objeto fijo y ofrece también una explicación reactiva, es decir, la agresión como respuesta del sujeto frente a una sensación de frustración. Otro de los autores reconocidos dentro del medio psicoanalítico, Donald Winnicott en Deprivación y Delincuencia (1984) entiende las raíces de la agresión como algo innato. Refiere además que Darwin en su libro La Descendencia del Hombre (1871), anticipa la definición de estos conceptos que luego adoptarían ciertos autores del psicoanálisis, considerando al instinto como un impulso que lleva a los individuos a perseguir una meta determinada, que no siempre es la evitación del dolor. Por otro lado, plantea que, desde la etología, Lorenz sostuvo que las acciones instintivas estaban endógenamente determinadas tanto en los animales como en los seres humanos, lo que llevaría a considerarlos agresionistas innatos. A criterio de Morales et al. (n.d.) las explicaciones fundamentales sobre agresión y violencia se han centrado en tres aspectos: a) aspecto genético de la violencia, b) violencia o agresión como respuesta a la frustración, c) agresión o violencia en función de patrones de aprendizaje. En función de esto, las hipótesis del impulso o agresión como respuesta a la frustración constituyeron los primeros intentos sistemáticos de definir la agresión como reacción a situaciones ambientales, lo que se relaciona con lo planteado por Boggon (2006). Aunque estas teorías han sido muy apoyadas, la única crítica que se mantiene es que no explica cómo aprendemos a reaccionar de forma agresiva y a controlar cuando lo hacemos..

(18) Por otro parte, las teorías del aprendizaje social, que surgen en los años setenta, solventaron esta crítica a las teorías del impulso. Dichas teorías afirmaron que los seres humanos adquieren el comportamiento agresivo a través de la experiencia pasada u observando las acciones de los demás. La frustración y la carga genética funcionarán como potenciales del comportamiento agresivo, pero es la experiencia la que nos indica (a) cuál es el objetivo adecuado de nuestra violencia, (b) qué acciones justifican la respuesta agresiva, (c) cuándo podemos recibir recompensas y cuándo castigos por nuestro comportamiento violento. Esta teoría sobre la agresión resulta eminentemente cultural. Es importante reconocer que la cultura marca lo que debe aprenderse ofreciendo normas, estándares y modelos que emular. También la cultura ofrece refuerzos, y a través de los valores, el contexto socioeconómico, religioso y moral anima algunas conductas mientras que desanima otras (Segall,1988). Posteriormente, la experiencia hace que se desarrolle un sentido sobre las reglas de conducta prescritas por la sociedad que se convierten en guía de conducta. De este modo la agresión se internaliza y controla y se generan una serie de guiones de conducta en función de escenarios, citado en Morales et al. (n.d). Dichos autores explican que no solo uno de los elementos relevantes (biología, frustración o aprendizaje) va a ser capaz de provocar directamente un acto violento o agresivo, sino que existen una serie de variables que aumentarán o disminuirán esa probabilidad de actuación violenta. Así, se encuentran estudios sobre la relación entre temperatura y agresión, la hipótesis del calor desarrollada por el grupo Craig Anderson, que plantea que la temperatura tendería a incrementar la probabilidad de realizar un acto violento de dos modos: activaría pensamientos negativos en situaciones de temperatura extrema de frío o calor (afecto negativo) o provocaría sentimientos hostiles y activación fisiológica (preactivación) (Anderson, Andreson y Deuser, 1996). También se destacan estudios sobre la relación entre agresión y la cultura del honor, la teoría propone que determinadas normas culturales contribuyen a perpetuar y justificar la violencia. Según estas normas, la violencia es empleada para disciplinar y controlar las relaciones sociales, así como para controlar el hogar..

(19) En este sentido, Morales et al. (n.d.) exponen que la cultura del honor produce actos tanto positivos, en la medida en que el honor como virtud produce un profundo heroísmo y generosidad, como negativos, puesto que el honor como afirmación de estatus y búsqueda de una buena reputación a cualquier coste tiende a desencadenar violencia (Cohen, Vandello y Rantilla,1998). Esta cultura del honor se mantiene y perpetúa mediante procesos psicológicos que conservan la tradición y que ofrecen resistencia a las fuerzas externas que intentan introducir modificaciones (Vandello y Cohen, 2004 citado en Morales et al., n.d.). Un aspecto importante que subyace a la hipótesis de la cultura del honor es el relacionado con las normas ya que pueden tanto promover como restringir la agresión. Por tanto, a criterio de Morales et al. (n.d.) toda conducta agresiva es objeto en cualquier sociedad de interpretaciones en función de los juicios sociales que genere sobre su mayor o menor grado de adecuación y también sobre la intencionalidad de provocar daño o no. La dimensión normativa de la agresión es fundamentalmente cultural, un elemento que aprueba esta afirmación es que las normas sociales imperantes difieren entre culturas. Paralelamente, se habla de una subcultura de la violencia, es decir, la inclinación de ciertos grupos sociales a emplear la violencia para resolver sus problemas. Puente-Martínez, Ubillos-Landa, Echeburúa, and Páez-Rovira (2016) explican que en culturas masculinas tradicionales y del honor tiene lugar un proceso de idealización de la violencia que la define como una forma deseable de conducta, como una manera de manifestar la propia identidad, defender la autoestima personal y mantener la superioridad del hombre dentro de la familia (Abramsky, Watts, García-Moreno, Devries, Kiss, Ellsberg, Ellsberg, Jasen y Heise, 2011; Jewkes, 2002). Las actitudes a favor de la violencia la refuerzan. La justificación de la violencia, la adaptación funcional, la tolerancia a la agresión y la empatía hacia el agresor se han definido como los elementos básicos de esta (Martín, 1999). En relación con ello, Morales et al. (n.d.) agregan que un conjunto de trabajos parten de esta hipótesis de la cultura del honor para explicar la violencia de género y la existencia de normas culturales que perpetúan la violencia y las diferencias en las relaciones de.

(20) género entre culturas; por ello el análisis entre violencia y género debe tener en cuenta aspectos distintos. Por un lado, las diferencias de género en cuanto a la ejecución de actos agresivos y violentos y, por otro, las diferencias de género por lo que se refiere a la violencia contra las mujeres, siendo este segundo aspecto donde la cultura del honor alcanza una importancia central. 1.2 El género como mediador en la expresión de la violencia Esquenazi et al. (2017) plantean que la construcción teórica alrededor del concepto de género es un proceso no concluido, un campo en desarrollo. Siguiendo los criterios de Castañeda (2005) el género se caracteriza por ser relacional, debido a que no se refiere a hombres y mujeres aisladamente, sino a las relaciones entre unos y otros y a la manera en que se construyen socialmente; es histórico ya que se nutre de elementos mutables en el tiempo y el espacio, por lo que es susceptible de modificarse mediante intervenciones; es ubicuo porque permea la micro y la macro esfera de la sociedad; es contextualmente específico porque se trata de una categoría particular, que posee sus principios y se relaciona con las ciencias sociales, la historia y la biología; por último, es jerárquico porque la diferenciación que se establece entre hombres y mujeres, lejos de ser neutra, implica valoraciones que atribuyen mayor importancia y valía a las características y actividades asociadas con los varones. Por otro lado, Murgibe (2013) lo comprende como la construcción psico-social de lo femenino y lo masculino. Desde esta perspectiva, el género es una categoría en la que se articulan tres instancias básicas: a) La asignación de género: se realiza en el momento en que nace la criatura, a partir de la apariencia externa de sus genitales. b) La identidad de género: es el esquema ideoafectivo más primario, consciente e inconsciente, de la pertenencia a un sexo y no al otro. Se establece más o menos a la misma edad en que la criatura adquiere el lenguaje (entre los dos y tres años) y es anterior a su conocimiento de la diferencia anatómica entre los sexos. Una vez establecida la identidad de género, cuando un niño se sabe y asume como perteneciente al grupo de lo masculino y una niña al de lo femenino, esta se convierte en un tamiz por el que pasan todas sus experiencias..

(21) c) El rol de género: es el conjunto de deberes, aprobaciones, prohibiciones y expectativas acerca de los comportamientos sociales apropiados para las personas que poseen un sexo determinado. La tipificación del ideal masculino o femenino es normativizada hasta el estereotipo, aunque en el desarrollo individual, la futura mujer u hombre haga una elección personal dentro del conjunto de valores considerados propios de su género. No obstante, los roles y estereotipos de géneros – tanto femeninos como masculinos – están tan hondamente arraigados, que son considerados como la expresión de los fundamentos biológicos del género. Para M. L. Sánchez et al. (2018) es posible definir el género como la construcción sociocultural en torno a las diferencias sexuales (Montecino, 2007). Esta construcción está compuesta por ideas, representaciones, prácticas y prescripciones sociales en relación con la diferencia anatómica entre hombres y mujeres, con la finalidad de simbolizar lo que es “propio” de los hombres (lo masculino) y “propio” de las mujeres (lo femenino) (Lamas, 2000). Por tanto, el género se integraría en la cultura, es decir, sería parte de los significados socialmente compartidos por una comunidad humana que originan formas de vivir juntos. La mente como actividad simbólica se conforma por estos significados que llevan a los individuos a actuar e interpretarse a sí mismos en función de ellos (Bruner, 1990). Así, la identificación de la persona con elementos del género masculino y/o femenino moldeará su identidad de género y sus acciones. En relación con ello dichas autoras destacan que, tradicionalmente, el contenido de las construcciones de género es binario, oponiendo lo femenino y lo masculino (Conway, Bourque y Scott, 2003). Es por ello que las creencias y atribuciones sobre cómo deben ser y comportarse cada género corresponden a los denominados estereotipos de género. En general, los estereotipos son simplificaciones dicotómicas que reflejan prejuicios (Colín, 2013) y contienen expectativas que conforman roles. El rol femenino supone atributos asociados con la maternidad, la expresión emocional, el cuidado y la sumisión. Por su parte, el rol masculino destaca el dominio, la capacidad de decisión y el control (Ragúz, 1996). Estos estereotipos son internalizados por medio de la socialización, que es el proceso donde el individuo adquiere las creencias, normas y motivos apreciados culturalmente (Guerrero, Hurtado, Azua y Provoste, 2011 citado en M. L. Sánchez et al., 2018)..

(22) Salgado (2018) concuerda con los criterios de Rebecca Cook y Simone Cusack, quienes definen el término estereotipo como “una visión generalizada o una preconcepción sobre los atributos y características de los miembros de un grupo en particular o sobre los roles que tales miembros deben cumplir”. Siguiendo a estas autoras, se entienden los estereotipos de género como la construcción social y cultural de hombres y mujeres, en razón de sus diferentes funciones físicas, biológicas, sexuales y sociales. En otras palabras, hacen referencia a un grupo estructurado de creencias sobre los atributos, características de la personalidad, comportamientos, roles, características físicas y apariencia, ocupaciones o presunciones sobre la orientación sexual de hombres y mujeres. En este sentido destacan cuatro clases de estereotipos de género: 1. Los estereotipos de sexo, que describen una noción generalizada o preconcepción que concierne a los atributos y características de naturaleza física o biológica que poseen los hombres y las mujeres. 2. Los estereotipos sexuales, que dotan a los hombres y a las mujeres de características y cualidades sexuales específicas que juegan un papel en la atracción y el deseo sexual, la iniciación sexual y las relaciones sexuales, la intimidad, posesión y violencia sexuales, el sexo como transacción, la cosificación y explotación sexual. Comprende la forma en que las sociedades prescriben los atributos sexuales de las mujeres tratándolas como propiedad sexual de los hombres y condenándolas por mostrar comportamientos promiscuos, a la vez que los hombres no son responsabilizados por los mismos comportamientos. Los estereotipos sexuales han sido usados para regular la sexualidad de las mujeres y justificar y proteger el poder masculino en función de su gratificación sexual. Los estereotipos sexuales demarcan las formas aceptables de sexualidad masculina y femenina, privilegiando la heterosexualidad sobre la homosexualidad. 3. Los estereotipos sobre roles sexuales, describen una noción generalizada sobre los roles o comportamientos que se consideran apropiados para hombres y mujeres. 4. Los estereotipos compuestos, que son aquellos en los que el género se intersecta con otros rasgos como la edad, la raza o etnia, la discapacidad, orientación sexual, clase, estatus como nacional o migrante..

(23) Un punto fundamental según Salgado (2018) es que los estereotipos, en general, y los de género, en particular, se encuentran muy arraigados en nuestro inconsciente, los aceptamos sin ninguna crítica, como una manera inevitable de entender la vida. Esto implica que nuestros encuentros cotidianos con los estereotipos son, frecuentemente, invisibles y no los detectamos. Para Moreno, Soto, González, and Valenzuela (2017) los mecanismos de socialización mantienen las desigualdades que implican los estereotipos de género, los cuales son exigentes y opresivos para mujeres y hombres, pero que dejan a quienes se les atribuye el género femenino en un lugar de subordinación (Messina, 2001) que es mantenido mediante prácticas sexistas (Colín, 2013). Aunque el proceso tradicional de socialización ejerce una fuerte presión, los individuos pueden generar identidades de género fuera de la norma (Giddens, 2002). Dado que las expresiones de género son habitualmente naturalizadas por las personas y los mecanismos que las socializan ocurren en varios contextos. En este sentido, Bruel dos Santos (2008) plantea que, de manera general, la definición social de hombre y mujer, como la definición social de los patrones de comportamiento, considerados propios a cada uno, no se limita a establecer una diferenciación binaria entre esas categorías sociales sino que establece, también, una diferencia asimétrica entre ellas. Dicha desigualdad se debe a una construcción social de los géneros (roles) diferenciados y valorados según el sexo de las personas, construcciones que se erigen en prescripciones sociales con las cuales se intenta regular la convivencia. Pese a que se ha hecho más visible el debate social sobre las consecuencias de la convivencia desigual entre hombres y mujeres, el problema dista mucho de estar resuelto y todavía queda mucho camino por recorrer. La diferencia entre los géneros es una brutal expresión de un sistema basado en el poder de dominación (desigualdad, opresión, discriminación).Tradicionalmente fue considerado un sistema que alejaba a la mujer del proceso de producción y la sometía a un exclusivo papel de reproducción dentro del marco familiar. De ahí que la división del trabajo haya confinado a la mujer durante siglos en el hogar..

(24) A pesar de que la discusión acerca de la desigualdad de género no es un fenómeno nuevo, su reconocimiento y visibilidad en el ámbito público forman parte de un debate reciente que lo convierte en problema social. La desigualdad entre hombres y mujeres es el origen de la violencia de género; dicho de otro modo, “la violencia de género es la violencia que puede padecer cualquier mujer por el mero hecho de serlo” (Sanmartín, 2002a, p. 16). Esta definición demuestra que la violencia de género se instala dentro de una lógica intergrupal cuando es ejercida en contra de una persona, en tanto que esta pertenece a la categoría social de mujer. Dichos procesos se desarrollan de acuerdo con un modelo de transmisión de valores que determina y mantiene un orden hegemónico que se propaga a través de la historia. Estas diferencias, que en los estereotipos sociales presionan de forma distinta al hombre y a la mujer, hacen que ninguno esté libre de influencias negativas, porque ambos son injustamente marcados en diferentes sentidos. (V. Pérez & Hernández, 2009). Uno de los géneros se ve histórica y socialmente más privilegiado (género masculino), mientras el otro se concibe desde la subordinación al primero (género femenino). Partiendo de esto se plantea que en la mujer existe una identidad de género subordinada, conformada y avalada por una larga historia de desigualdades sexuales; mientras que el modelo de masculinidad dominante proyecta a los hombres como personas autónomas, fuertes, potentes y proveedores. Todas estas peculiaridades, que no guardan ninguna relación con predisposiciones innatas, se vinculan directamente con el poder que se le ha adjudicado socialmente al varón, y que se estimula desde un inicio en el ámbito familiar. (V. Pérez & Hernández, 2009). De esta forma, los hombres, como portadores de ese poder, son impulsados a ejercerlo. En la medida en que esa forma de ser hombre se transforma en natural, se hace invisible el poder de los hombres sobre las mujeres. Estas características distintivas de cada género, adquiridas durante el devenir histórico social de la humanidad, conllevan a pensar este complejo proceso social en una articulación proporcional en el fenómeno de la violencia, haciéndose evidente un.

(25) violentamiento desde lo social. Este violentamiento se traduce en el panorama científico como violencia de género. (V. Pérez & Hernández, 2009). El término violencia de género es una traducción del inglés gender violence y comenzó a usarse de forma más generalizada a partir de los años noventa, coincidiendo con el reconocimiento social de la gravedad y extensión de la violencia histórica contra las mujeres. (Machado & Parra, 2011). Tres importantes acontecimientos impulsaron su difusión: la Conferencia Mundial para los Derechos Humanos en Viena, en 1993; la Declaración de Naciones Unidas sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, en 1994 y la Conferencia Mundial de Mujeres en Pekín, en 1995. Precisamente es en la Conferencia de Pekín donde las mujeres acuerdan utilizar el término «violencia de género» en los diferentes pueblos y lenguas. Así se reconoce que la violencia de género no fue nombrada como tal hasta hace muy poco tiempo. Solo se visibilizaba cuando existían agresiones físicas en cuyos casos se asociaban a actos agresivos aislados. Fue la perspectiva feminista o teoría de género, la que analizó y conceptualizó lo que hasta entonces se consideraban «casos individuales» de agresiones y esta sistematización de lo que hasta entonces se consideraban «casos», permitió hacer visible el carácter universal de esta violencia, con las dimensiones y gravedad que hoy se reconoce. (Amorós, 2005 citado en Machado & Parra, 2011). Morrison, Ellsberg, and Bott (2005) hacen referencia a la Declaración de las Naciones Unidas sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, Resolución de la Asamblea General 48/104 del 20 de diciembre de 1993. A los efectos de la dicha Declaración, por “violencia contra la mujer” se entiende todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada. Partiendo de esto la violencia contra la mujer abarca los siguientes actos, aunque sin limitarse a ellos: a) La violencia física, sexual y psicológica que se produzca en la familia, incluidos los malos tratos, el abuso sexual de las niñas en el hogar, la violencia relacionada con la.

(26) dote, la violación por el marido, la mutilación genital femenina y otras prácticas tradicionales nocivas para la mujer, los actos de violencia perpetrados por otros miembros de la familia y la violencia relacionada con la explotación. b) La violencia física, sexual y psicológica perpetrada dentro de la comunidad en general, inclusive la violación, el abuso sexual, el acoso y la intimidación sexuales en el trabajo, en instituciones educacionales y en otros lugares, la trata de mujeres y la prostitución forzada. c) La violencia física, sexual y psicológica perpetrada o tolerada por el Estado, dondequiera que ocurra. Años más tarde, en 2005, la Organización Mundial de la Salud reconoció la violencia de género como un serio problema psicosocial contra la mujer, que se presenta en la relación de pareja, definida como“todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual, psicológico o económico”, enmarcándose en una dinámica relacional abusiva, permanente y estable, caracterizada por la presencia de un patrón de interacción que produce daños. En relación con ello Montañés and Moyano (2006) plantean que un análisis psicosocial de la violencia de género requiere de modelos explicativos que tengan en cuenta factores personales, sociales y culturales. Silva (2017) agrega que para comprender mejor la violencia de género es indispensable hacer referencia a la historia, a la construcción de los modelos políticos contemporáneos y a las formas de resistencia frente a este fenómeno; y explica que, para el caso específico de América Latina, el proceso de colonización introdujo valores religiosos, culturales y económicos, que posteriormente incidirían de manera directa en las violencias que sufrirían las mujeres de la región. Es así que el término violencia de género ha sido acuñado para hacer referencia al maltrato histórico al que ha estado sometida la mujer. Precisamente una de las bondades de este término es que incluye las violencias en contra de otros colectivos, a menudo invisibilizados, como los homosexuales, gay, lesbianas y transgeneristas. De acuerdo con lo planteado por Silva (2017) se ha intentado explicar qué factores inciden para que exista la violencia de género desde diferentes perspectivas: lo.

(27) biológico, lo psicológico y lo sociocultural; no obstante, no es posible indicar con certeza qué factores son los que llevan a un individuo a agredir a una persona por su condición sexual o de género. A nivel individual, algunos estudios plantean que hay una mayor probabilidad de que los hombres agresores sean dependientes, inseguros y con baja autoestima. A nivel comunitario contextos como la masificación, la marginalidad y el desempleo, incrementan las posibilidades de violencia; sin embargo, es importante mencionar que la violencia de género se presenta en todos los niveles socioeconómicos. A nivel social, los factores que influyen en este tipo de violencia tienen que ver con los patrones estructurales que se reproducen; patrones normativos y culturales que refuerzan estereotipos patriarcales donde la subordinación de la mujer se percibe como algo natural (Novo y Seijo, 2009, p. 70-71). Cuando se trabaja la violencia de género es fundamental trascender lo individual, es decir, “las actitudes públicas hacia lo que es aceptable o inaceptable en las relaciones íntimas que reflejan esas normas sociales y culturales” (Gracia, 2009, p. 77). Los entornos sociales pueden incidir en la perpetuación, o no, de la violencia de género. Cuando hay mayor tolerancia frente a este fenómeno, a los maltratadores les resulta mucho más fácil ejercer el maltrato; esto significa que las prácticas estructurales, que hacen parte de lo cultural, muchas veces están permitiendo que la violencia —no solamente la física— no se reconozca como hecho cuestionable sino como un suceso cotidiano y sin mayores implicaciones. De acuerdo con (Gracia, 2009 citado en Silva, 2017), se pueden distinguir al menos tres formas en las que reacciona el entorno social ante la violencia de género: (a) una de las respuestas más comunes suele ser el silencio y la indiferencia; se considera que cuando se escoge esta se perjudica a la víctima y se beneficia al agresor, (b) ante una situación de violencia de género el entorno social decide actuar de mediador; esta forma de respuesta prima en la sociedad pues generalmente se piensa que las víctimas la prefieren y se considera que es adecuada cuando la violencia no es extrema,.

(28) (c) Finalmente, es importante observar que a veces quienes hacen parte del entorno de la víctima deciden dar aviso a las autoridades estatales. Siguiendo esta lógica se encuentran los criterios de Filardo and Perales (2017) quienes refieren que el origen de este tipo de violencia se presenta como consecuencia de situaciones discriminatorias, desiguales y subordinantes que pueden surgir a partir de la aplicación de los roles sociales que se pueden encontrar en una sociedad patriarcal (Maqueda Abreu, 2006; Puleo, 2005). La violencia de género y las creencias en las que se basa, perpetúa un problema de fondo: una desigualdad estructural basada en el esquema dominante-subordinado que va más allá del sexo pues afecta las condiciones sociales de las víctimas. Las características apropiadas para cada género pueden variar dependiendo del periodo histórico en el que nos encuadremos o la cultura en la que se construyan (Puleo, 2007). Por tanto, se puede decir que la mujer sufre violencia derivada de las creencias y estereotipos sociales que se han construido en torno a su sexo; algo que no está necesariamente relacionado con sus características biológicas. En el contexto cubano M. Álvarez, Franco, Palmero, Iglesias, and Díaz (2018) constatan que se mantiene un conjunto de ideas estereotipadas sobre la feminidad y. la. masculinidad, con predominio para ambos sexos. Sus investigaciones revelan acuerdo en torno a que las mujeres no deben participar en actividades que impliquen esfuerzo físico. Un 53,6 % de los hombres sigue pensando que ellos son mejores para negociar que las mujeres y un 45 % piensa también que son mejores para tomar decisiones. Los resultados muestran la persistencia de brechas de género en la carga total de trabajo (CTT) de hombres y mujeres. Con respecto al trabajo no remunerado, las mujeres dedican 14 horas más como promedio en una semana que los hombres, pues ellas continúan asumiendo las tareas domésticas y de cuidados no remunerados de manera preponderante, incluso cuando están ocupadas en la economía. Existe una responsabilidad doméstica asumida principalmente por las mujeres donde siguen siendo las principales responsables del cuidado, acompañamiento y atención temporal y permanente de familiares dependientes. Todo ello sustentado por la persistencia de un patrón tradicional de distribución de tareas que revela desigualdades y que además es reproducido en la educación de los hijos e hijas desde edades.

(29) tempranas. Las mujeres tienen entonces menos tiempo libre para dedicarlo a actividades personales de convivencia social como visitar amigos y familiares, las recreativas, culturales y deportivas, lo que afecta su desarrollo personal. La expresión de la violencia de género puede ser física, sexual, económica, psicológica. La violencia física es entendida como toda lesión física o corporal no accidental, ejercida contra la mujer que le provoque daño físico, lesiones o enfermedades. Se incluyen bofetadas, empujones, golpes. (Campbell, Snow-Jones, Dienemann, Kub, Schollenberger, O´Campo et al, 2002 citado en Fernández, 2007). La violencia sexual se refiere a todo acto sexual que pretende obtener una relación sexual, comentarios sexuales no deseados o amenazas, usando la coerción; ocurre en cualquier espacio, pero no se limita al trabajo y al hogar. La violencia sexual incluye la violación, definida como agresión física u otro modo de penetración en la vulva o el ano, usando el pene u otras partes del cuerpo u objetos. La violencia sexual puede incluir cualquier otra forma de asalto involucrando órganos sexuales incluyendo el contacto forzado del cuerpo con la boca y el pene, la vulva o el ano. (Bott, Morrison, & Ellsberg, 2005). Por otra parte, Fernández (2007) define que el abuso emocional o psicológico está vinculado a abusos u omisiones destinadas a degradar o controlar las acciones, comportamientos, creencias y decisiones de la mujer por medio de la intimidación, manipulación, amenazas directas o indirectas, humillación, aislamiento, o cualquier otra conducta que implique un perjuicio a la salud psicológica, la autodeterminación o el desarrollo personal. Son actos que conllevan a la desvalorización o sufrimiento en las mujeres. Se manifiesta en la exigencia a la obediencia, tratar de convencer a la víctima de que ella es culpable de cualquier problema. Incluye expresiones verbales como insultos, gritos, menosprecio a su vida pasada, a su persona, a la forma en que se viste. Se expresa por omisión, por ejemplo, el victimario puede dejar de hablarle, mantener silencios prolongados, fingir que no escucha o no entiende; puede utilizar como una forma de violentar el lenguaje extraverbal a través de gestos de rechazo, miradas agresivas y mediante la manifestación de los celos..

(30) Otra forma de violencia es el abandono y la negligencia en los cuidados, dados por la falta de protección y cuidados físicos, falta de respuesta a las necesidades afectivas, descuido en la alimentación y atención médica. (Fernández, 2007). La violencia económica, por otra parte, se refiere al manejo de los recursos materiales como dinero, bienes, para controlar o someter a otra (s) persona (s). (T. Sánchez & Hernández, 1999). Las repercusiones nocivas de la violencia de género van desde el ámbito personal y familiar hasta el social, con consecuencias de deterioro de la salud y de las relaciones interpersonales. 1.3 La violencia de género como problema de salud Dentro de las consecuencias que produce la violencia de género Quiñones, Arias, Delgado, and Tejera (2011) plantean que es una de las causas más importantes de incapacidad y muerte entre las mujeres en edad reproductiva. Genera desde desórdenes emocionales, lesiones físicas y dolores crónicos hasta situaciones de muerte como el suicidio y el homicidio. También es un factor de riesgo para muchas enfermedades que afectan la salud física y sexual. Otras consecuencias se enuncian de manera particular por (Bott, Morrison and Ellsberg, 2005 citado en Prada, 2016).. -. Consecuencias fatales:. 1. Suicidio 2. Muerte relativa al SIDA 3. Mortalidad materna. -. Otras consecuencias:. -Físicas: 1. Fracturas 2. Síndromes de dolor crónico 3. Fibromialgia 4. Deshabilitación permanente 5. Desórdenes gastrointestinales..

(31) -Sexuales y reproductivas: 1. Infecciones de transmisión sexual (ITS), incluyendo el VIH. 2. Embarazos no deseados. 3. Complicaciones durante el embarazo. 4. Fístula ginecológica traumática. 5. Aborto espontáneo. -Psicológicas y comportamentales: 1. Depresión y ansiedad. 2. Desórdenes de los hábitos del sueño y de la alimentación. 3. Abuso de drogas y alcohol. 4. Pobre autoestima. Como se aprecia, la relación de la salud con la violencia es mucho más que el registro de eventos. La violencia implica en sí misma una amenaza o negación de las condiciones o posibilidad de realización de la vida y la propia supervivencia, que produce un número creciente de lesiones y alteraciones no mortales, las cuales requieren atención generalmente de urgencia, así como rehabilitación física y psíquica. (Del Valle, Palú , Plasencia, Orozco, & Álvarez 2008). La violencia es un factor de riesgo importante para la salud, el bienestar y el ejercicio de los derechos humanos, incluidos los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Particularmente, en relación con la salud, la violencia física, sexual y/o psicológica, en cualquier etapa de la vida de las mujeres, trae como consecuencia un incremento en el riesgo de desarrollo de problemas de salud subsiguientes. A partir de ello es necesario asumir la violencia de género como un problema de salud. La violencia de género produce efectos negativos en la salud mental, e incluye estrés postraumático, ansiedad, fobias, disfunción sexual, depresión. También puede generar pérdida de dignidad, seguridad y confianza en sí misma y en los demás, pérdida de la capacidad para controlar el miedo, experimentación de impotencia y desesperación, baja autoestima, daños en el resto de las formaciones motivacionales complejas, aislamiento, enfermedades psicosomáticas, pérdida de grupos de pertenencia, y, por tanto, de su vida social y hasta familiar, pudiendo perder hasta el vínculo laboral. (Quiñones et al., 2011)..

(32) Además, es una de las causas más importantes de incapacidad y muerte entre las mujeres en edad reproductiva. Genera numerosas consecuencias que van desde desórdenes emocionales, lesiones físicas y dolores crónicos hasta situaciones de muerte como el suicidio y el homicidio. También es un factor de riesgo para muchas enfermedades que afectan la salud física y sexual. (Quiñones et al., 2011) . Por otra parte, limita la posibilidad de la mujer de negociar con su pareja el uso de preservativos u otros métodos anticonceptivos, colocándola así en una situación de mayor riesgo de embarazo no deseado y de infecciones de transmisión sexual (ITS), incluso del VIH. Asimismo produce un riesgo mayor de trastornos ginecológico, de aborto en condiciones inseguras, de complicaciones durante el embarazo, de bajo peso al nacer y de inflamación pélvica. (Quiñones et al., 2011). La violencia sobre la mujer por su pareja fue declarada como un problema prioritario de salud por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1996 y por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en 1998. Estos organismos le han reclamado a los Estados miembros, la necesidad de preparar a los profesionales de la salud sobre la detección temprana, el diagnóstico certero y la atención oportuna con calidad. (Ruíz, López, & Hernández, 2012). Cuba fue el primer país en firmar, y el segundo en ratificar, la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer. (Alfonso, 2006 citado en M. López, 2011). Nuestro Gobierno ha realizado ingentes esfuerzos para disminuir la incidencia de este problema a nivel social y se han logrado avances relevantes en lo económico, educacional, político, en lo jurídico, y un ejemplo de ello, es la ley 62 del Código Penal y la Legislación Administrativa de Régimen Contravencional, creándose en 1997 el Grupo de Trabajo Nacional para la Atención y Protección contra la Violencia Familiar. (Rubiera, 2010 citado en M. López, 2011). Es importante destacar que la violencia de género puede producirse en cualquiera de los ámbitos de la vida cotidiana y aunque suele ser más frecuente en las relaciones familiares y de pareja, también puede manifestarse en otros espacios sociales como el ámbito comunitario, laboral, así como en las instituciones escolares. Además, puede asociarse a cualquiera de las clasificaciones ya expuestas en función del tipo de daño que provoque..

(33) Desde el punto de vista investigativo se ha privilegiado el espacio familiar y especialmente la relación de pareja, dado el carácter privado de los vínculos que tienen lugar; sin embargo, cada vez ganan mayor visibilidad espacios como el centro laboral, de estudio y la comunidad (espacios públicos) dentro de este análisis. A partir de la cotidianidad de la violencia esta se va volviendo imperceptible y se despersonaliza, y llega a crecer del desprecio que requiere en la conciencia individual y colectiva aunque con certeza se trata de una medida compleja que ante la posibilidad de percibirla se ofrece resistencia y se dificulta pensar en ella. (Artiles, 2000 citado en E. Guevara, 2012) . Esta problemática no se manifiesta en un contexto en específico, sino que puede ocurrir simultáneamente en más de uno, incluso abarcarlos todos, incorporándose a la cotidianidad. En función del aumento del número de espacios implicados, se hace mayor el sometimiento al que pudieran estar sujetas las víctimas. Según el informe sobre violencia de género realizado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) a inicios de 2013 «Violencia contra la mujer en América Latina y el Caribe: Un análisis comparativo de datos poblacionales de 12 países», entre el 17 % y 53 % de las mujeres de doce países de América Latina y el Caribe han sufrido violencia física o sexual por parte de sus parejas. (Proveyer, 2014b). Además, el estudio documenta que entre 41 % y 82 % de las mujeres que sufrieron abuso por parte de sus parejas experimentaron heridas físicas, desde cortes y moretones a huesos rotos, abortos involuntarios y quemaduras. A pesar de esto, entre 28 % y 64 % no buscaron ayuda ni hablaron con alguien acerca de esta experiencia. (Proveyer, 2014b). Todo ello demuestra que la violencia de género es un fenómeno que reporta graves daños para la salud de la víctima, generalmente del sexo femenino, y que la mayoría de las veces no se denuncia, con lo que se contribuye a la perpetuación del fenómeno. En coincidencia con los criterios de E. Domínguez and Castro (2015) se plantea que esta problemática se caracteriza por su invisibilidad, su normalidad, y su impunidad. Según se explica en un informe realizado en colaboración con la Organización de las Naciones Unidas-Mujeres y el Instituto Nacional de las Mujeres, tal invisibilidad es un producto de la norma cultural que todavía prevalece generalmente en la sociedad, en la.

(34) cual se percibe la violencia intrafamiliar, de pareja y los abusos sexuales de conocidos, familiares o desconocidos, como sucesos que pertenecen al espacio privado, donde los demás, incluso las autoridades, no deben meterse. Por otra parte, la normalidad de la violencia hacia las mujeres consiste en la justificación o autorización de la violencia cometida. La impunidad es el resultado de lo anterior, es decir, si la violencia intrafamiliar o entre parejas es justificada como “natural” o como un “asunto privado”, no puede ser juzgada como una violación de los derechos de la mujer, y por ende no se considera condenable. En un mundo en el que se aboga constantemente por la equidad social basada en los principios de igualdad y justicia, en el que se intenta visibilizar la figura de la mujer reconociendo que en el sistema de relaciones sociales del que forma parte persisten conductas marcadas por los vestigios del patriarcado, emerge la necesidad de tratar la problemática de la violencia de género desde una perspectiva que contemple la importancia de la intervención. Una intervención que genere satisfacciones y respuestas para las víctimas de este fenómeno, una intervención que “comprenda” a cada una de ellas, comprometida con la práctica social, que trascienda el asistencialismo, que sea capaz de identificar a los que la padecen aun cuando no poseen marcas visibles de ella y no reconocen la existencia del fenómeno, cuando han perdido las esperanzas de enfrentarlo porque desborda sus recursos personales y desde las prácticas sociales no es reconocido por los “otros”, los victimarios. Una intervención centrada, por encima de toda fundamentación teóricometodológica, sin negar su importancia, en el ser social; solo así, desde el punto de vista de la autora, los cientistas sociales encomendados a visibilizar y atenuar la problemática de la violencia de género estaremos haciendo, como expresaran Amalio Blanco y Sergi Valera en 2007, una Psicología sin adjetivos. 1.4 La Intervención en la prevención de la violencia. Actuación sobre la violencia de género La intervención psicosocial desarrolla maneras de entender y actuar sobre algunas problemáticas sociales, que se enmarcan en un conjunto de definiciones donde están involucrados instituciones y agentes sociales, conocimientos y formas de acción que.

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