Regañar y castigar, también como prueba de amor Lo primero, el bien del hijo
Los ánimos y las recompensas no son normalmente suficientes para una sana educación. Un amable reproche o una punición serena, dados de la manera oportuna, proporcionada y sin arrepentimientos injustificados (lo cual implica reflexionar unos momentos antes de «pasar a la acción»), contribuirá a formar el criterio moral del muchacho.
Sensata e inteligente debe ser la dosificación de las reprimendas y de los castigos.
Pero muy de vez en cuando resultan imprescindibles.
La política del «dejar hacer» es típica de los padres o débiles o cómplices. También en la educación, la «manga ancha» viene dictada a menudo por el temor de no ser obedecido o por la comodidad («haz lo que quieras, con tal de dejarme en paz»)…
que no son sino otros tantos modos de amor propio desordenado: de preferir el propio bien (no esforzarse, no sufrir al demandar la conducta correcta) al de los hijos.
Es decir: de anteponer el amor propio al que debemos al hijo y que nos debe llevar a buscar su bien, aun a costa de nuestro esfuerzo o malestar.
Por eso no extraña este comentario: «Ocurre con frecuencia que actitudes
desequilibradas en un sentido conviven con actitudes desequilibradas en sentido opuesto; por ejemplo, que entre los comportamientos de padres permisivos aparezcan inesperadamente actitudes extremadamente rígidas.»
Si no existe un criterio objetivo —lo que es bueno— tanto me da pasarme por un extremo como por su opuesto.
Dosificar de forma inteligente los castigos… cuando sean imprescindibles Respetar y fomentar
Pero resultaría pedante, o incluso neurotizante y neurótico, un continuo y sofocante control de los chicos, regañados y castigados por la más mínima desviación de unos cánones despóticos establecidos por los padres de manera arbitraria y cambiante.
Para que una reprensión sea educativa ha de resultar clara, sucinta y no
humillante.
Hay, por tanto, que aprender a regañar de manera correcta, explícita, breve, y después cambiar el tema de la conversación.
En efecto, no se debe exigir que el hijo reconozca de inmediato el propio mal y pronuncie un mea culpa, sobre todo si están presentes otras personas (¿lo
hacemos nosotros, los adultos?; y, en el caso de que así fuere, ¿cuántos años nos ha costado conseguirlo?, ¿qué esfuerzo nos supone todavía?).
Por lo mismo, antes de decidirse a dar un castigo, conviene estar bien seguros de que el niño era consciente de la prohibición o del mandato.
Como es lógico, hay que evitar no solo que la sanción sea el desahogo de la propia rabia o malhumor, sino también que tenga esa apariencia.
Si se trata de fracasos escolares, conviene saber juzgar si se deben a
irresponsabilidad o a limitaciones difícilmente superables del chico o de la chica.
Las reprensiones han de ser claras, sucintas y no humillantes Sufrir por hacer sufrir
Convendrá también elegir el lugar y el momento pertinente para reprenderle; a veces será necesario esperar a que haya pasado el propio enfado, para poder hablar con la debida serenidad y con mayor eficacia.
Cuando se reprenda, es menester, además, huir de las comparaciones: «Mira cómo obedece y estudia tu hermana…» Las confrontaciones solo engendran celos y antipatías.
Como adelanté, tener que castigar puede y debe disgustarnos, pero en las pocas ocasiones en que resulte necesario el mejor testimonio de amor que cabe ofrecer a un hijo: el amor «todo lo sufre» —cabría recordar con san Pablo—, incluso el dolor que surge en nosotros al provocar el de los seres queridos, cuando tal sufrimiento resulte necesario.
Y los hijos lo advierten.
Ningún temor, por tanto, a que una corrección justa y bien dada disminuya el amor del hijo respecto a vosotros.
A veces se oye responder al muchacho castigado: «¡No me importa en absoluto!»
Podéis entonces decirle, con toda la serenidad de que seáis capaces: «No es mi propósito molestarte ni hacerte padecer»… estando al mismo tiempo convencidos de que, en un 99% de los casos sí que les importa, y les importa mucho.
En tal sentido, la eficacia de la educación es directamente proporcional a la capacidad de los padres «de sufrir por hacer sufrir al hijo», siempre que ello sea imprescindible
5. Formar la conciencia: amar lo bueno y bello Interiorizar los criterios
En nuestra sociedad, los niños resultan bombardeados por un conjunto de
eslóganes y de frases que transmiten «ideales» no siempre acordes con una visión adecuada del ser humano, e incapaces por tanto de hacerlos dichosos.
La solución —más, a medida que van creciendo— no es un régimen policial,
compuesto de controles y de castigos, sino lo que solemos conocer como «formar su conciencia».
Es menester que los hijos interioricen y hagan propios los criterios correctos, aprendiendo por sí mismos a distinguir lo bueno de lo malo.
E igualmente, que tengan la fuerza de voluntad —y el cortejo de virtudes
necesarias— para llevar a cabo aquello que estiman que deben hacer, por más que les resulte molesto o costoso.
Que distingan por sí mismos el bien del mal, y que lleguen a realizar con gusto lo bueno y a rechazar, también gustosos, lo malo
El atractivo —¡la belleza!— del verdadero bien
Para ninguna de las dos cosas basta con decirles: «¡Esto no está bien!» o, menos todavía, «¡Esto no me gusta!»
Se corre el riesgo de transformar la moral en un conjunto de prohibiciones absurdas, carentes de fundamento.
Por el contrario, es muy importante «educar en positivo», como ya sugerí; lo cual equivale, en este contexto, a mostrar la belleza y la humanidad de la virtud alegre y serena, desenvuelta y sin inhibiciones.
Hemos de hacerles ver —¡y previamente, estar nosotros mismos convencidos, porque es ya sustancia de nuestra propia existencia: ser de nuestro ser!— que vivir bien resulta mucho más atractivo y gozoso que obrar incorrectamente, aun cuando una mirada superficial, amplificada en muchos casos por el ambiente y determinados mass media, llevara a pensar de entrada lo contrario.
Para lograr todo lo anterior, hay que esforzarse por vivir la propia vida, con sus alegrías y contrariedades, como una entusiasta aventura que vale la pena componer cada día. En tales circunstancias, al descubrir la hermosura y la
maravilla de hacer el bien, el niño se sentirá atraído y estimulado para actuar de forma adecuada: para amar y desear lo bueno, y para rechazar lo malo.
En Le crime de Sylvestre Bonnard, Anatole France dejó escrito: «Solamente se instruye deleitando. El arte de enseñar no es sino el arte de despertar la curiosidad de los jóvenes espíritus para satisfacerla inmediatamente; la curiosidad no es viva más que en las almas felices. Los conocimientos que se hacen entrar a la fuerza en las inteligencias las ocluyen y ahogan. Para digerir el saber, es preciso haberlo engullido con apetito.»
Es muy importante mostrar la belleza y la humanidad de la virtud alegre y serena, desenvuelta y sin inhibiciones
De nuevo la «roca firme» de nuestro ejemplo, claro y constante
Vivir la propia vida, decía. Y esto se concreta, como vengo repitiendo, en tener una vida propia, fruto de una firme y estable apropiación de los valores más auténticos, sedimentados a modo de virtudes.
Según explica Murphy-Witt, «… para que nuestros esfuerzos se vean coronados por el éxito, debemos tener una postura firme en el caos de la cotidianidad. Solo
así podemos resistir todas las turbulencias y mantener el rumbo que queremos seguir. Solo así somos la roca firme que transmite fortaleza, confianza y
protección. Solo así podemos ofrecer orientación a nuestros hijos en su encuentro diario con su enorme entorno.
Pero solo podemos ser tal roca firme si nosotros mismos conocemos exactamente nuestro lugar en la vida. Adoptar una postura clara debe ser nuestro lema como padres. Firme, inamovible, constante. Una postura que los niños adopten también para sí o con la que puedan chocar, de la que se puedan distanciar. Esto les indica fortaleza a los niños. La fortaleza que buscan cada día de nuevo, especialmente en la actualidad. “Los niños necesitan padres fuertes”, exige también la doctora
Margot Käßmann, obispa comprometida socialmente de la iglesia evangélico- luterana de Hannover y madre de cuatro hijas, en su libro Erziehen als
Herausforderung (La educación como desafío). Y añade: “Pero no me refiero a la fortaleza en el sentido de capacidad de imposición frente a los niños; son fuertes los padres con convicciones claras”.
La claridad constituye, por tanto, la fórmula mágica de la educación. ¡La claridad vence!, ya que quien tiene una postura clara, también la puede defender
consecuentemente, sin vacilaciones. Y los padres consecuentes no solo tienen éxito en sus esfuerzos educativos; también tienen hijos felices, satisfechos y fuertes. Razón suficiente para que usted, como padre, reflexione de verdad sobre dónde exactamente se sitúa en la vida. “Quien eduque a niños no podrá esquivar la pregunta de la propia base vital”, opina la doctora Margot Käßmann. En
consecuencia, aclare sus ideas: sobre sus propios valores, objetivos, planes y sueños. Cuanto más clara sea su postura, antes se convertirá en la roca firme que su hijo necesita para ser feliz.»
Hemos de llegar a ser, por nuestra rectitud y coherencia de vida, la roca firme en que puedan apoyarse y descansar nuestros hijos
Otros medios de formar la conciencia
Además, interesa hacer comprender a los hijos lo decisiva que es la intención para determinar la moralidad de un acto, y ayudarles a preguntarse el porqué de un determinado comportamiento. A tenor de sus respuestas, se les hará ver la posible injusticia, envidia, soberbia, etc., que los ha motivado.
1. El denominado complejo de culpa, es decir, la obscura y angustiosa sensación de haberse equivocado, acompañada de miedo o de vergüenza, nace justo de la falta de un valiente y sereno examen de la calidad moral de nuestros actos.
2. Por el contrario, como muestran también los psiquiatras más avezados, es necesario y sano el sentido del pecado.
3. La clara percepción de las propias concesiones y faltas, con las que hemos vuelto las espaldas a Dios, provoca un remordimiento (mejor, un arrepentimiento) que activa y multiplica las fuerzas para buscar de nuevo el amor que perdona.
Para formar la conciencia puede también ser útil comentar con el niño la bondad o maldad de las situaciones y hechos de los que tenemos noticia, así como sugerirle la práctica del examen de conciencia personal al término del día, acaso
ayudándole en los primeros pasos a hacerse las preguntas adecuadas.
A medida que crece, hay que dejarle tomar con mayor libertad y responsabilidad sus propias decisiones, permitirle que elija entre distintos miembros de una alternativa, decirle como mucho: «Yo, de ti, lo haría de este o aquel modo» y, en su caso, explicarle brevemente el porqué.
Deben ponerse los medios para que los hijos sean y se sientan progresivamente más responsables de sus acciones
6. Un amor equivocado lleva a malcriar a los niños Los antojos… ¡para los embarazos!
Se malcría a un niño con desproporcionadas o muy frecuentes alabanzas, con indulgencia y condescendencia respecto a sus antojos.
Se lo maleduca también convirtiéndolo a menudo en el centro del interés de todos, y dejando que sea él quien determine las decisiones familiares.
1. Un pequeño rodeado de excesiva atención y de concesiones inoportunas, una vez fuera del ámbito de la familia se convertirá, si posee un temperamento débil, en una persona tímida e incapaz de desenvolverse por sí misma.
2. Si, por el contrario, tiene un fuerte temperamento, se transformará en un egoísta, capaz de servirse y aprovecharse de los otros… o de llevárselos por delante.
Como si uno o una no estuvieran
Por eso, frente a los caprichos de los niños, no se debe ceder: habrá simplemente que esperar a que pase la pataleta, sin nerviosismos, manteniendo una actitud serena, casi de desatención, y, al mismo tiempo, firme.
Y esto, incluso —o sobre todo— cuando «nos pongan en evidencia» delante de otras personas.
¡Qué más da quedar bien o mal! Nosotros no contamos. Su bien, ¡el de los hijos!, debe ir siempre por delante del nuestro.
Así ejemplifica Samalin:
«¿Por qué los niños nos hacen enfadar tanto? Por lo general, se trata de un sentimiento de impotencia derivado de nuestra incapacidad para mantener el control. Muchos padres creen que ellos deben controlar a sus hijos.
Si un niño se comporta de una forma que parece negativa o inaceptable, se le dice a la madre que no debe “dejarle” actuar de esa forma, que debe “hacerle”
actuar... Si ella no puede controlar el mal comportamiento del niño, se considera una mala madre, una madre inadecuada, incompetente. Su comportamiento
amenaza su imagen y... su incapacidad para conseguir que el niño haga lo que ella quiere le provoca un enfado aún mayor y hace que incluso llegue a perder el
control.
Si los niños se portan mal, creemos que ello nos afecta negativamente, a nosotros.
Si no podemos controlarlos, estamos resentidos por el problema que nos causan, porque nos desafían, nos ignoran o nos decepcionan.
Abandonar la escena no suele ser posible cuando estamos con otras personas, ni tampoco cuando ello puede suponer algún peligro para el pequeño. Pero si nos sentimos a punto de explotar en público y nos sentimos incómodos por toda esa audiencia que nos mira, a nosotros y a nuestros hijos, siempre podemos
consolarnos pensando que esas personas son extraños y que no volveremos a verles. Es preferible centrarse en las necesidades inmediatas del niño y en las nuestras propias que aparecer como un “buen padre” ante los ojos de los demás.»
Y, más adelante, en un contexto muy similar:
«Cuando estamos en público, sentimos una presión adicional acerca del
comportamiento de nuestros hijos, ya que ellos tienen que hacernos quedar bien.
Algunos niños sienten esta presión y entonces pueden portarse mal a propósito para demostrarnos que "No soy tu muñeco", lo que aumenta todavía más nuestro malestar. Cuando sentimos los ojos de otros adultos sobre nosotros es muy difícil que no reaccionemos de una forma cohibida, en especial si sentimos que nos están juzgando. Con independencia de lo que los otros digan con sus miradas, el
mensaje implícito es: "¿Cómo es que no sabes dominar a tu hijo?". En estas situaciones públicas tan incómodas es esencial recordar que nuestro hijo es más importante que el extraño que nos mira, lo que nos permitirá centrar más nuestra atención en las necesidades del pequeño.»
Como ya sugerí, la atención primordial al otro, con olvido de uno mismo, constituye la clave de la educación… y de toda la vida humana.
La prioridad del tú sobre el yo es la regla de oro de la educación 7. Educar la libertad, por amor y para el amor
La verdadera libertad
No olvidemos que me muevo todavía —sobre todo— en la línea de los principios, más que de las actuaciones concretas. En este ámbito, la tarea del educador es doble:
1. Hacer que el educando tome conciencia del valor casi infinito —¡sin miedos ni mojigaterías!— de la propia libertad.
2. Enseñarle a ejercerla correctamente.
Pero no resulta fácil, en primer término, entender a fondo lo que es la libertad y su estrecha relación con el bien y con el amor.
Libres ¡para amar!
Aunque estemos poco acostumbrados a pensar en estos términos, la más auténtica libertad se resuelve, en fin de cuentas, en querer el bien del otro en cuanto otro, en amar.
¿Cómo empezar a advertirlo?
1. Lo libre se entiende a menudo por oposición a lo necesario y exigido o predeterminado.
2. Y como los instintos animales obligan a perseguir el propio bien, la libertad será lo opuesto a ellos.
3. La libertad se concreta, por tanto, en querer lo que no resulta obligado por nuestros instintos-tendencias (centradas en el bien propio); es decir: el bien del otro… en cuanto otro.
Naturaleza de la libertad…
No son el momento ni el lugar para fundamentarlo ni exponerlo por extenso.
Conviene, no obstante, señalar que la libertad humana no queda bastante definida por la posibilidad de optar entre distintos elementos (sería la mera indiferencia, tan propia de la modernidad); sino que hay que concebirla, al menos, como la
capacidad de auto-conducirse hacia la propia perfección o plenitud, hacia el propio bien terminal y definitivo.
O, con otras palabras, como la facultad de auto-construirse.
Ahora bien, en el estado presente de naturaleza caída, las tendencias inclinan con fuerza al ser humano (varón o mujer) a replegarse sobre el propio yo: a amarse incondicionadamente, de manera egoísta.
Por eso, se advierte con aún más claridad que el acto supremo de libertad, lo que de ningún modo se encuentra determinado o necesitado por esos instintos-
tendencias, es justo el amor en su significado más propio y cabal: querer el bien del otro… en cuanto otro.
Lo explica Cardona: «Es absolutamente falso concebir la libertad como la facultad de elegir entre el bien y el mal, que la solicitarían de modo contradictorio: sería tanto como afirmar que Dios no es libre, y que el hombre deja de ser libre justamente cuando ejercita su libertad. La libertad consiste en la facultad de
querer, en el sentido fuerte del término: no en el sentido de querer hacer esto o lo otro, sino en el de querer el ser, en el de amar, en el de querer el bien para
alguien; y así, sobre todo, en el sentido de quererse para Dios, de amar a Dios más y mejor que a uno mismo, con vistas a la unión de amistad a que hemos sido
destinados.»
La libertad consiste en la facultad de querer, en el sentido fuerte del término: en el de querer el ser, en el de amar, en el de querer el bien para alguien
De todo lo anterior se deriva que solo de esta manera, al utilizar la libertad para amar a los demás, poniéndose uno mismo entre paréntesis, consigue la persona desarrollarse, «irse construyendo»: alcanzar la felicidad como perfección y, derivadamente, la dicha.
Y de la no-libertad
Como confirmación a contrario —es decir, para advertir hasta qué extremos el egoísmo impide perfeccionarse y ser feliz, porque mata la libertad—, pueden valer estas palabras de Janne Haaland Matláry:
«Si yo tuviese que determinar un hecho de nuestro tiempo que es un problema para lograr la felicidad humana, señalaría que es precisamente el subjetivismo.
Con esto me refiero a la presunción consensuada de que todo se resuelve en torno a mí mismo; que yo, mi ego, es el centro del universo. Mi tesis es que el hombre contemporáneo es infeliz en la medida en que está atrapado consigo mismo. En muchos casos es un prisionero de sí mismo.»
A la vista de todo lo anterior, resulta más sencillo comprender lo que también sugerí.
En fin de cuentas, ser libre es poder y querer —¡porque me da la gana!— amar al otro en cuanto tal
Libertad genuina
Estamos ya en condiciones de preguntar: ¿quién es auténticamente libre?
La respuesta es profunda, pero no excesivamente complicada:
1. Quien, una vez conocido el bien, lo lleva a cabo porque quiere, por amor a lo bueno.
2. Al contrario, va «perdiendo» su libertad quien obra de manera incorrecta…
porque, en el fondo, no es capaz de hacer lo que «querría» y debería.
3. No actúa por amor al bien, sino coaccionado… aunque sea por sus propios impulsos interiores no-libres (los apetitos sensibles desordenados, por ejemplo).
Un hombre puede quitarse la vida porque es «libre», pero nadie diría que el suicidio lo mejora en cuanto persona o incrementa su libertad.
Solo el amor libera
Educar en la libertad significa, por tanto:
1. Permitir y promover que nuestros hijos se autodeterminen y escojan entre distintas posibilidades.
2. Además y muy por encima de eso, ayudarles a distinguir lo que es bueno (para los demás y, como consecuencia, para la propia felicidad).
3. Por fin, y como culminación necesaria de los dos puntos anteriores, animarles a realizar las elecciones consiguientes, siempre por amor.
Obrar libremente es hacerlo por amor
Si no fomentamos su libertad, nunca serán responsables
Conceder con prudencia una creciente libertad a los hijos contribuye a tornarlos responsables.
Una larga experiencia de educador permitía afirmar a San Josemaría Escrivá: «Es preferible que [los padres] se dejen engañar alguna vez: la confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen de haber abusado, y se
corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar siempre.»
En definitiva, igual que antes afirmaba que el objetivo de toda educación es enseñar a amar, puede también decirse —pues, en el fondo, es lo mismo— que equivale a ir haciendo progresivamente más libres e independientes a quienes tenemos a nuestro cargo: que sepan valerse por sí mismos, ser dueños de sus decisiones, con plena libertad y total responsabilidad.
Para lograrlo, puede resultar imprescindible un profundo cambio de actitud, como indican los párrafos que ahora copio y todo el parágrafo siguiente:
«Usted debe hacer un esfuerzo por confiar en la capacidad de su hijo de decidir por sí mismo. Muchas veces, sin darnos cuenta, hacemos que se cumplan nuestros pronósticos; así, si está convencido de que su hijo es competente para tomar sus propias decisiones, que es bueno y sabe gobernar su vida, está usted influyendo para que así sea. Por el contrarío, si considera que su hijo es incapaz o malo, usted se comportará inconscientemente influyendo en él y en las circunstancias para que al final sea así. Sus pensamientos sobre sus hijos conforman o limitan lo que su hijo puede hacer. Sus pensamientos influyen en la situación y, aunque no diga nada directamente, su hijo percibirá la opinión que tenga de él y de sus
capacidades, ajustándose a esa predicción o pronóstico, que terminará cumpliéndose.
Cambie, por tanto, algunos pensamientos u opiniones sobre su hijo. “Mi hijo es responsable de sus actuaciones», «Intentará hacer lo mejor en cada situación”,
“Sabe tomar la iniciativa y resolver”, “Sé que sabe cuidar de sí mismo”, “No sé qué puede pasar, pero será interesante verlo”, etc., son los pensamientos positivos que influirán de forma positiva en su tranquilidad, en las situaciones y finalmente en la conducta de su hijo.»
Educar significa ayudar a ser más libre
Si los hijos no llegan a ser libres, los padres han fracasado
La conclusión obtenida es de tal relieve que la dependencia de los hijos respecto a sus padres, cuando se prolonga o intensifica más allá de lo absolutamente
imprescindible, debe considerarse el «fracaso de los fracasos» en educación.
O, expresado en positivo: el fin de toda labor formativa es poner cuanto antes al educando en condiciones de valerse por sí mismo, ejercitando su libertad y asumiendo la responsabilidad correspondiente.
Lo razonan, con rotundidad, Charles Robinson y su esposa:
«Educar la libertad constituye nuestra mayor y más importante empresa.
Toda la ciencia, todo el conocimiento, toda la destreza, toda la técnica que
podamos transmitirles, no pueden compararse con el don incomparable de enseñarles a usar rectamente de su libertad.
Todo lo demás que aprendan quedará condicionado a su libre elección de usarlo como bienhechores o como malvados.»
Toda dependencia implica falta de capacidad
Y, sin embargo, no es cosa fácil, como sabemos por experiencia y confirman las siguientes citas, tomadas de distintos autores, que ya conocemos:
1. «A veces cuesta mucho no hacer algo por nuestros hijos. Tenemos un sentimiento de pérdida: nos creemos menos necesarios cuando ya no
seleccionamos su ropa, corregimos sus deberes o decidimos por ellos. Pero, en última instancia, lo que queremos es que los niños desarrollen sus propios recursos para confiar en sí mismos, para que, en una situación difícil, sean capaces de
decir: “Creo que soy capaz de hallar una solución. Puedo probar A, B o C. No tengo que ir a casa y preguntar a mis padres lo que debo hacer”.
Una madre asistente a mis cursillos resumió el proceso de separación de esta forma tan aguda:
“Hace poco he intentado escuchar a mi hijo en lugar de meterme en sus asuntos e intentar resolver los problemas por él. Le he hecho saber que estoy segura de su capacidad para buscar soluciones. Me he dado cuenta de que un ‘buen progenitor’
sabe cuándo dejar que sus hijos cometan sus propios errores, acepten sus
consecuencias y aprendan a corregir esos errores por sí solos. Un buen progenitor sabe de qué forma practicar esta especie de ‘negligencia benigna’. Es como
aprender a ser un buen malabarista; resulta difícil, pero vale la pena.”»
2. «La mayoría de los libros sobre educación infantil nos dicen que uno de los objetivos capitales de los padres es ayudar a los hijos a separarse de ellos, a convertirse en individuos independientes que algún día sabrán desenvolverse por su cuenta. Se nos insta a no ver a nuestros hijos como copias en papel carbón o prolongaciones nuestras, sino como seres humanos únicos con distintos
temperamentos, distintos gustos, distintas emociones, distintos anhelos, distintos sueños.
Sin embargo, ¿cómo podemos ayudarles en esa carrera hacia la independencia? Es evidente: dejando que piensen por sí mismos, permitiéndoles enfrentarse a sus propios problemas y aprender de sus errores.
Eso está pronto dicho. Todavía recuerdo a mi hijo mayor luchando con los
cordones de los zapatos mientras yo le observaba pacientemente para, al cabo de diez segundos, agacharme y atárselos.
Y a mi hija le bastaba mencionar que tenía cualquier disputa con una amiga para que yo me volcara al instante en darle consejos.
¿Cómo iba a consentir que mis hijos cometieran errores y sufrieran fracasos cuando lo único que tenían que hacer era escucharme y seguir mis consejos?
Quizá el lector piense: “¿Tan terrible es ayudar a un niño a anudarse los cordones de los zapatos, o decirle cómo resolver una trifulca con un amigo, o ahorrarle algún
que otro traspié? A fin de cuentas, los hijos son jóvenes e inexpertos. Dependen física y moralmente de los adultos que les rodean”.
Es este el punto donde radica el problema. Cuando una persona vive en una continuada dependencia de otra, es inevitable que salgan a la luz determinados sentimientos.»
Personalmente, estimo que la «solución» a este problema de la «dependencia»
—que implica un defecto o una impotencia en la educación, como ya apuntó Kierkegaard— se encuentra, en última instancia, en el apartado que sigue.
1-10. Recurrir a la ayuda de Dios El Amor de los amores
El breve y rapsódico conjunto de sugerencias ofrecidas hasta el momento estaría aún más incompleto si no dejara constancia de este último y muy fundamental precepto, que debe acompañar y avivar —¡desde dentro!— a todos y cada uno de los precedentes.
Educar procede de e-ducere, ex-traer, hacer surgir. Como sabemos, el agente principal e insustituible es siempre el propio niño. De una manera todavía más profunda, Dios, en el ámbito natural o por medio de su gracia, interviene en lo más íntimo de la persona de nuestros hijos, haciendo posible y efectivo su
perfeccionamiento.
Sabemos, o deberíamos saber, que ningún hijo es «propiedad» de los padres; se pertenece a sí mismo y, en última instancia, a Dios.
1. Por tanto, y como dije, no tenemos ningún derecho a hacerlos a «nuestra imagen y semejanza».
2. Nuestra tarea consiste en desaparecer en beneficio del ser querido,
poniéndonos plenamente a su servicio para que puedan alcanzar la plenitud que a cada uno le corresponde: ¡la suya!, única e irrepetible.
Los padres, colaboradores de Dios
Como consecuencia, el padre o la madre, los demás parientes, los maestros y profesores… pueden considerarse colaboradores de Dios en el crecimiento
humano y espiritual del chico; pero es él el auténtico protagonista de tal mejora.
A los padres en concreto, en virtud del sacramento del matrimonio, se les ofrece una gracia particular para asumir tan importante tarea.
Por todo ello es muy conveniente:
1. Que invoquen la ayuda y el consejo de Dios, sobre todo en momentos de especial dificultad, pero no solo en ellos.
2. Que sepan abandonarse en Él cuando parece que sus esfuerzos no dan los resultados deseados o que el chico enrumba caminos que nos hacen sufrir: en la
adolescencia, por poner un ejemplo, una «etapa»… que puede hoy durar casi hasta los cuarenta o más años.
El abandono real de la mejora de los hijos en las manos de Dios —tras poner todos los medios para ayudarles— es el baremo definitivo de la categoría educativa de sus padres
Los «colaboradores» de Dios, apoyo para los padres
Además, no debe olvidarse el gran servicio gratuito del Ángel Custodio, a quien el propio Dios ha querido encargar el cuidado de nuestros hijos.
Y recordar también que la Virgen continúa desde el cielo desplegando su acción materna, de guía y de intercesión.
Enseñarles a tener en cuenta la acción insustituible de Dios puede constituir la herencia más valiosa que, en el conjunto de la educación, los padres leguen a sus hijos.
El mejor legado que unos padres pueden transmitir a sus hijos es la conciencia de que, sin Dios, el hombre es incapaz de hacer nada
Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia Universidad de Málaga
[email protected] www.edufamilia.com