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Capítulo 3: La Conciencia Moral

“¡Baja, horrenda noche, y cúbrete bajo el palio de la más

espesa humareda del infierno! ¡Que mi afilado puñal oculte la herida que va a abrir, y que el cielo, espiándome a través de la abertura de las tinieblas, no pueda gritarme: basta, basta!”. (Shakespeare, La Tragedia de Macbeth).

3.1 Consideraciones Generales

3.1.1. Una brújula para el bien

Sabemos que, por ser libres, estamos obligados a elegir, pero no estamos obligados a acertar. Por eso necesitamos una brújula que nos oriente en la azarosa navegación de la vida. La conciencia es el instrumento ético que se encarga de señalar el rumbo, de distinguir el bien y el mal. La conciencia es como el “pedagogo” que acompaña al hombre y le indica lo que es bueno y malo.

La conciencia es la misma inteligencia que juzga sobre la moralidad de nuestros actos. Por tanto no se trata de una voz misteriosa ni de un oráculo profético: es simplemente la razón que juzga la bondad o maldad de nuestras acciones. Al modo como la razón teórica juzga la “verdad” y el “error”, la razón práctica juzga el “bien” y el “mal” morales.

La conciencia se presenta como exigencia de nosotros a nosotros mismos. No es una imposición externa, ni la fuerza de la ley, ni el peso de la opinión pública, ni el consejo de los más cercanos. Cuando el poderoso Critón ofrece a Sócrates la posibilidad de escapar de la cárcel y de la muerte, se encuentra con una negativa rotunda, porque las razones que le impiden huir “resuenan dentro de mi alma insensible a otras”. En la historia de quienes tomaron decisiones de vida o muerte tampoco se aprecia una previa inclinación a la disidencia. No les guía el afán de rebeldía, sino el pacífico convencimiento de que hay cosas que no se pueden hacer. “He desobedecido a la ley –dirá Gandhi- no por querer faltar a la autoridad, sino por obedecer a la ley más importante de nuestra vida: la voz de la conciencia”. Por eso los mártires son los testigos más elocuentes del valor de la conciencia, pues anteponen su juicio a la vida misma.

3.1.2 Un freno para el mal

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sencillas y exactas: luz de la inteligencia para distinguir el bien y el mal.

Un repaso a la historia revela que este “sexto sentido” del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, se encuentra en todos los individuos y en todas las sociedades. También se manifiesta a diario en la opinión pública tomada en conjunto, con una energía que disipa cualquier duda sobre su presencia: no se puede hablar dos minutos con alguien, o ver las noticias, sin encontrarse que se denuncia un abuso o se protesta contra una injusticia.

3.2 El dictamen de la conciencia

Aunque en el apartado anterior se sugiere cuál es la definición de conciencia, es necesario formalizarla. El CEC define conciencia moral “como el juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho”.

En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que el dictamen de la conciencia le indique.

Orígenes definió la conciencia como el pedagogo del alma. En este sentido, la conciencia se convierte en guía de la propia conducta y ésta será “buena” o “mala” en la medida en que siga o desobedezca los dictámenes de ese “pedagogo”.

No obstante, ese “pedagogo” no es totalmente autónomo, ni “autodidacta”, sino que es “enseñado” por el verdadero Maestro de la ciencia moral que es Dios. La conciencia moral no “crea” los conceptos morales, sino que los asume de la norma moral que le dicta más o menos así: “haz esto que es bueno”, “evita esto que es malo”. Es decir, la conciencia recibe los conceptos de “bien” y de “mal” morales de la ley natural o de la ley divina revelada; es decir, en último término de Dios. La “voz de Dios” se manifiesta a través de las normas morales como, por ejemplo, los Mandamientos del Decálogo y las enseñanzas morales de Jesús y, en otro orden, los imperativos de la ley natural, de la ley de la Iglesia o de las leyes justas de la legítima autoridad civil.

No puede haber oposición entre la norma moral y el dictamen de la conciencia. Más aún, cuando la conciencia sigue lo prescrito por la ley no es esclava, sino libre, pues la ley es precisamente la antorcha que ilumina la conciencia sobre los valores morales. Es un dato incuestionable que la conciencia no es infalible, sino que con frecuencia se oscurece y otras veces vacila, más aún, se equivoca y, en ocasiones, cae.

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“La conciencia pone al hombre frente a la ley, siendo ella misma testigo para el hombre: testigo de su fidelidad o infidelidad a la ley (...); es testigo de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma, invitándolo ‘fuerte, pero suavemente’ a la obediencia” (VS, n.58).

Actividad

“El hombre tiene el derecho de actuar en conciencia y en libertad a fin de tomar personalmente las decisiones morales (...) No debe ser obligado a actuar contra su conciencia. Ni se le debe impedir que actúe según su conciencia, sobre todo en materia religiosa” (CEC, 1782). De acuerdo a lo que se lee en este texto y teniendo en cuenta la obligación que tiene el hombre de seguir el dictamen de su conciencia trate de explicar la diferencia entre la “libertad de conciencia” y la “libertad de las conciencias”.

3.3 Decidir en conciencia (CEC 1786-1789)

Ante la necesidad de decidir moralmente, la conciencia puede formular un juicio recto de acuerdo con la razón y con la ley divina, o al contrario un juicio erróneo que se aleja de ellas.

El hombre se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión se hace más difícil. En todo caso, siempre debe buscar lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina.

Ante estas situaciones es clave la virtud de la prudencia, recurrir al consejo de las personas entendidas y pedir la ayuda y los dones del Espíritu Santo.

En todos los casos son aplicables algunas reglas:

- Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien. - La “regla de oro”: “Todo cuanto querásis que os hagan los

hombres, hacédselo también vosotros” (Mt 7, 12).

3.4 El Juicio Erróneo (CEC 1790-1794)

Entregamos a continuación algunos criterios respecto al juicio de la conciencia.

1) La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí mismo.

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ya cometidos. Esta ignorancia puede ser imputada a la responsabilidad personal. En estos casos la persona es culpable del mal que comete. Se debe tener en cuenta que la conciencia se enceguece por el hábito del pecado (“se piensa como se vive”).

3) Los factores que pueden llevar a desviaciones del juicio de conciencia son los siguientes:

a) El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio b) Los malos ejemplos recibidos de otros

c) La pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia

d) El rechazo de la autoridad de la Iglesia y su enseñanza e) la falta de conversión y de caridad

4) Si la ignorancia es invencible, o el juicio erróneo sin responsabilidad del sujeto moral, el mal cometido por la persona no puede serle imputado. Pero no deja de ser un mal, una privación, un desorden. Por tanto, es preciso trabajar por corregir la conciencia moral de sus errores.

3.5 La formación de la conciencia

“La lámpara de tu cuerpo son los ojos; si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo será iluminado; pero si están enfermos, todo tu cuerpo estará oscuro. Y si la luz que hay en tí está

apagada, ¡cuánta será la oscuridad!” (Mt 6, 22-23).

La formación de la propia conciencia es un grave deber que incumbe a todo ser humano si quiere vivir con rectitud moral. Pero el cristiano tiene una obligación especial, pues así se lo piden la Sagrada Escritura y las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia: “Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas” (CEC, n. 1783).

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bien...Los cristianos tienen en la Iglesia y en su Magisterio una gran ayuda para la formación de la conciencia...La autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la libertad de la conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de la conciencia no es nunca libertad ‘con respecto a’ la verdad, sino siempre y sólo ‘en’ la verdad, sino también porque el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del acto originario de la fe. La Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres, a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella” (VS, n.64).

De este modo, la conciencia personal, guiada por la luz de la fe, puede orientarse a juzgar con rectitud los diversos problemas

morales que le presenta su existencia.

3.6 Conclusión

La mejora de la persona humana está esencialmente condicionada a una existencia ética intachable. Por el contrario, quien se conduce inmoralmente es una persona existencialmente deteriorada, pues el mal deja siempre rastro y en ocasiones la mala conducta pasa una factura impagable. Pero para la vida moral se requiere el ejercicio de la libertad empeñada en realizar el bien y una conciencia rectamente formada. Es así como la conducta ética mejora notablemente la vida del individuo (de aquí la importancia de las virtudes, que estudiaremos en el capítulo siguiente). Porque sólo quien se conduce moralmente, en el plano natural, tiene una gran personalidad y, en el ámbito cristiano, se denomina “santo”.

Para vivir una vida de fe es necesario procurar vivir de acuerdo a la ley de Dios; obedezco a Dios porque creo en El y a su vez, obedecerle me ayuda a creer más en El. Es un dato comprobable que las crisis de fe provienen casi siempre de crisis morales. En el diálogo con el maestro de la Ley, Nicodemo, Jesús asegura: “Porque todo el que obra mal, aborrece la luz, y no viene a la luz, porque sus obras no sean reprendidas. Pero el que obra la verdad viene a la luz para que sus obras sean manifestadas,

pues están hechas por Dios” (Jn 3, 19-21).

Actividad

1. Lea este texto del Concilio Vaticano II:

En clave cristiana “existencia ética intachable” supone la posibilidad de caer y convertirse. La

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“La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas da la moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerre la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien, y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado (Gaudium et Spes, n. 16)”.

a) Destaque qué relaciones se señalan en este texto entre la conciencia y la ley moral.

b) ¿Qué es la “conciencia recta”?

c) ¿Puede el hábito del pecado oscurecer la conciencia? Razónelo.

d) ¿Qué se entiende por “ignorancia invencible”? ¿Cómo ha de ser la conducta de quien posee una conciencia invenciblemente errónea? Poner algunos ejemplos.

1. Conteste las siguientes preguntas:

a) ¿Qué valor tiene la conciencia para el ser humano? ¿Cómo se la ha llamado?

b) ¿Por qué es importante formar bien la conciencia? ¿Qué medios debe emplear el cristiano para hacerlo?

2. Investigue sobre las siguientes formas de clasificar la conciencia:

a) Antecedente, concomitante, consiguiente. b) Recta o verdadera, falsa o errónea (vencible e

invencible).

c) Dudosa (positiva o negativa), cierta.

Referencias

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