DRA. KOUSMINE
¡SALVE
SU
CUERPO!
Javier Vergara Editor S.A. Buenos Aires / Madrid México / Santiago de Chile Bogotá / Caracas / Montevideo
Título original
SAUVEZ VOTRE CORPS
Edición original
Éditions Robert Laffont
Traducción Floreal Mazía
1987 by Éditions Robert Laffont S A.
1988 by Javier Vergara Editor S A. Buenos Aires / Argentina.
ISBN 950-15-0873-0
Impreso en la Argentina / Printed in Argentine. Depositado de acuerdo a la Ley 11.723.
Esta edición terminó de imprimirse en VERLAP S.A. - Producciones Gráficas Vieytes 1534 - Buenos Aires – Argentina en el mes de julio de 1994
"La verdad nunca triunfa, pero los defensores del error terminan por morir."
Luden Israel Profesor de Cancerología en París
"El destino de todas las verdades es el de ser ridiculizadas antes que se las reconozca." Albert Schweitzer
"Todos los investigadores que descubren un principio que se aparta del conformismo se ven en la imposibilidad de hacer aceptar sus ideas. Sin embargo encuentran incomparables satisfacciones en los testimonios de gratitud que reciben de los enfermos curados por sus métodos." Auguste Lumiére
In memoriam
Esta obra está dedicada a la memoria de mi madre, cuya valentía y esfuerzos me permitieron estudiar medicina.
Deseo expresar aquí todo mi agradecimiento a las personas que, al secundarme, me hicieron posible llevar esta obra a buen fin, y en especial a las señoras Brigitte Favre, Geneviéve Pijoan, Raymonde Pilet y Solange Guisolan
PREFACIO
En esta obra deseo convencer al lector:
1. De la gravedad de la evolución actual de nuestra salud; si no hacemos nada, ésta sólo podrá deteriorarse aún más a causa de enfermedades degenerativas graves, que afectan a personas cada vez más jóvenes y hacen de ellas individuos de mala salud mediana y aun inválidos.
2. De la posibilidad de escapar a ese destino desastroso si se siguen los métodos descritos. Estos han sido sumamente beneficiosos para gran número de enfermos muy graves. Aplicados a tiempo, pueden conservar la salud de cada uno. Han permitido traer al mundo individuos resistentes, equilibrados, normales.
INTRODUCCIÓN
¡Sin salud no existe la alegría de vivir, ni la felicidad verdadera! La medicina actual no se ocupa de la salud. Sólo le interesan las enfermedades. En el dominio del diagnóstico ha realizado progresos asombrosos. Se encuentra en condiciones de reconocer, de identificar enfermedades complejas, y de hacerlo con una precisión notable y en una fase cada vez más temprana. Nuevas técnicas de examen (ecografía, centellografía, resonancia nuclear magnética, etc.) permiten obtener imágenes de lesiones cada vez más pequeñas, ocultas en la profundidad del cuerpo. La cirugía se ha beneficiado con esos progresos: en la actualidad puede intervenir más tempranamente y eliminar las lesiones antes que hayan adquirido un desarrollo peligroso. Hoy domina la técnica de los injertos, que permite una supervivencia inesperada a pacientes aquejados de enfermedades, antes mortales, del corazón y los riñones. La medicina interna ha aprendido a tratar infecciones graves. Todos estos progresos nos permiten vivir más tiempo y superar muchas crisis de salud a lo largo de nuestra existencia, pero no disminuyen el número de enfermos. En efecto, nuestra época conoce una creciente multiplicidad de afecciones llamadas degenerativas, que pueden localizarse en cualquier órgano, tejido, célula o fragmento de éstas -enzima o gen-, y alterar sus funciones. Todos somos afectados por tales enfermedades. ¿Quién de nosotros tiene todavía, a los 40 años, todos los dientes intactos, no presenta anomalías visuales (¡la mitad de los alemanes usan en la actualidad lentes correctoras!), no padece de várices ni de problemas digestivos, no se ha visto aquejado, sobre todo en invierno y desde su primera juventud, de infecciones repetidas de las vías respiratorias o urinarias? Estas se curan gracias a la administración de antibióticos y después vuelven, infatigablemente. ¿Por qué?
Para defendernos de los ataques microbianos poseemos un sistema inmunitario. En la actualidad, éste ya no funciona en forma correcta: o bien es deficiente, y entonces aparecen las enfermedades infecciosas, fastidiosas, triviales, que se repiten con breves intervalos o se vuelven crónicas; o bien es exuberante, lo cual culmina en fenómenos alérgicos (asma, urticaria, eccema, etc.) o bien en enfermedades autoinmunes, en las cuales el organismo ataca a sus propias células y tiende a destruirlas (lupus eritematoso, esclerosis en placas, etc.).
Arteriosclerosis, arteritis, trombosis, embolias, infartos de miocardio, mastopatías (alteración estructural de la glándula mamaria, que hoy afecta a una mujer de cada dos), trastornos
metabólicos y glandulares (entre ellos la obesidad y la diabetes, cada vez más frecuentes), afecciones del sistema nervioso central (enfermedad de Parkinson, esquizofrenia): todas estas dolencias han sido designadas como enfermedades de la civilización. Y la lista es incompleta. Resulta inquietante, en especial, para el futuro de nuestra raza, la multiplicación de los casos de esterilidad en las parejas jóvenes y la frecuencia cada vez mayor de malformaciones congénitas. La juventud actual es menos vigorosa de lo que lo fuimos nosotros, los mayores. Aunque los médicos de las fuerzas armadas han reducido las exigencias y las normas, el 52 por ciento de los norteamericanos son declarados hoy ineptos para el servicio militar. Y el mismo fenómeno se produce en otros países industrializados.
-¿Por qué ya no puedo hacer correr a mis alumnos? ¡No tienen fuerzas para hacerlo! ¿Qué les pasa? -me preguntaba hace poco el profesor de cultura física de un colegio secundario francés, de unos 50 años de edad.
Los servicios de salud se han desarrollado en todas partes al máximo: seguros mutuales, seguridad social y otros organismos garantizan la atención médica a todos los ciudadanos... La atención, pero no la salud. El perfeccionamiento de los métodos de investigación del organismo humano ha provocado un aumento del costo de la medicina, con una relación costo/utilidad en ocasiones tan elevada que la situación se vuelve inquietante, dado que, por medio de nuestras cotizaciones a las sociedades de seguros y el pago de nuestros impuestos, debemos asumir su carga. Además, las grandes enfermedades invalidantes de nuestra civilización -cáncer, artritis y artrosis, esclerosis en placas... - afectan a un número cada vez mayor de personas, y la medicina no logra detener esa progresión. Sólo les opone medidas aleatorias, sintomáticas, y paliativos, prótesis químicas de eficacia temporaria o medios agresivos y mutilantes.
En el camino que ha elegido la medicina parece haber llegado a sus límites, o casi. Sería urgente hacer algo más, ¿pero cómo?
Cuando su cuerpo ya no funciona como debería, el hombre de hoy confía en la medicina, tal como confía en el mecánico cuando su coche ya no funciona, en el electricista cuando uno de sus artefactos sufre algún desperfecto. No cabe duda de que la medicina seguirá siendo útil para reparar tal o cual deterioro. Pero nuestro futuro no depende del perfeccionamiento de los medios de reparación. La salud del hombre del siglo XX se deteriora con un ritmo tal que si queremos evitar el desastre todos debemos tomar el problema entre nuestras manos, aprender, no a cuidar enfermedades, sino a no tenerlas, a administrar correctamente nuestro cuerpo. Existe la técnica para ello. Da excelentes resultados. Se trata de adquirirla y de mantenerse fieles a ella. ¡Ciudadanos y ciudadanas del mundo, ocúpense de ustedes para conquistar la salud, háganlo por amor a sí mismos, a sus seres más próximos, a sus hijos actuales y a los futuros! ¡Hoy están en condiciones de hacerlo!
LA MALNUTRICIÓN Y LAS ENFERMEDADES DEGENERATIVAS
1
La formación de los médicos y nuestros conocimientos en materia de nutrición
Hemos adquirido la costumbre de confiar nuestra salud a profesionales que han estudiado la estructura y el funcionamiento del cuerpo humano normal y enfermo. Como la ciencia médica ha realizado enormes progresos, el cerebro humano ya no puede asimilar todas las nociones que aquélla nos aporta. Nuestra época ha presenciado la aparición de numerosos especialistas, cada uno de los cuales, ha dicho un espíritu disgustado, sabe "cada vez más cosas en un dominio cada vez más limitado”.
Para adquirir las nociones básicas, y antes de pensar en especializarse, el futuro médico tiene que dedicar seis años a la adquisición de nociones teóricas y luego realizar prácticas en hospitales con el fin de aprender a aplicarlas. La especialización se adquiere en ese segundo período de formación.
Cuando ha recorrido ese largo camino, el joven médico ya está en condiciones de encarar la práctica. ¿Cómo advertiría, durante tan largos estudios, que un dominio de la ciencia de la salud, fundamental, ha sido descuidado por completo: el que se refiere a la forma racional de alimentarse? Los cabezas de fila de la enseñanza, todos especialistas, no tenían siquiera conciencia de que existía este problema. Sin embargo, esa enorme laguna sorprendió a quienes no eran médicos, y esta época presenció el florecimiento de una nueva profesión, la de los naturópatas, cada vez más numerosos. No poseen la formación de los médicos, pero por su parte éstos no tienen la de aquéllos. Estas dos profesiones, a pesar de ser complementarias, caminan juntas sin colaborar, en detrimento del paciente.
En los hospitales, por cierto, los problemas de la nutrición son confiados a dietistas, pero éstos no tienen acceso a los datos fundamentales referidos a la alimentación sana; por otra parte, tampoco pueden recetar a los enfermos otra cosa que lo que se prepara en la cocina de los establecimientos.
Yo he recibido en visita, en mi consultorio, a más de ochenta jóvenes médicos, médicos generales o especialistas en medicina interna, llegados de Suiza, Francia, Alemania, Bélgica y también del Canadá. Durante sus estudios, ninguno de ellos había aprendido a interesarse en la forma en que el paciente se alimenta: preguntarle si come en su casa, en familia, en el restaurante, en la cantina, en el snack-bar; dicho de otra manera, en efectuar una anamnesis alimentaria.
Cuando un paciente pregunta al especialista que lo atiende en relación con un cáncer de mama o de un pulmón si debe adoptar medidas en el plano dietético, recibe como respuesta, en forma invariable: "¡Pero no, coma lo que le cause placer!" Pero, como veremos más adelante, la alimentación representa un factor determinante tanto en la formación como en la evolución del
cáncer. Por lo tanto, no es extraño que, a pesar de las grandes sumas invertidas en investigación, los progresos obtenidos en el dominio de esta enfermedad sigan siendo modestos.
Nuestros profesores universitarios consideran que vivimos en países en los cuales reina la abundancia, que no carecemos de nada. "Cada uno puede elegir los alimentos que le plazcan. El problema alimentario no existe entre nosotros", dicen. Ninguno de los docentes -o casi ninguno-ha adquirido conciencia de la enorme y rápida evolución de nuestras costumbres alimentarias, de su desastroso impacto sobre nuestra salud.
Como lo compruebo todos los días, sea cual fuere su país de origen, la ignorancia de los médicos jóvenes en materia de alimentación es total, tal como lo era la mía en la época de mis estudios (1922-1928). No se les ha enseñado. Por cierto, yo aprendí, lo mismo , que ellos, que el cuerpo humano debía reemplazar las proteínas, los hidratos de carbono y las grasas de las cuales está formado, así como las vitaminas y principios minerales, a medida que fueran utilizados.
Y que el valor de los alimentos se expresaba en calorías o, dicho de otro modo, en cantidad de calor proporcionado por su combustión, así como que ésta se produce en el interior de nuestro cuerpo: 4 calorías por gramo de hidratos de carbono y proteínas, 9 calorías por gramo de lípidos. Exceptuados los pediatras, los médicos jóvenes no han aprendido aún a interesarse en lo que propone el mercado en productos alimenticios y en lo que consumen sus pacientes. Nada saben de las técnicas industriales ni de la repercusión que éstas podrían tener sobre la salud. Sólo conocen muy poco, inclusive, acerca de los modos de preparación culinaria y del deterioro que pueden sufrir nuestros alimentos como consecuencia de ellos.
En realidad, nuestros conocimientos en materia de alimentación son muy limitados. Sabemos qué ocurre con una molécula de almidón bajo la influencia de los jugos digestivos, cómo se convierte en azúcar simple y cómo atraviesa la pared intestinal antes de ser asimilada; sabemos cómo se reducen las proteínas en sus constituyentes, los aminoácidos, "ladrillos" a partir de los cuales reconstruimos nuestras propias proteínas. También sabemos de qué manera las moléculas de lípidos son simplificadas y luego absorbidas. Pero los alimentos que comemos, y que provienen de la naturaleza, presentan una estructura tan compleja como nosotros mismos, que estamos constituidos por millares de moléculas diferentes. Las que no pertenecen a ninguna de las categorías mencionadas, y que determinan en particular el sabor y el perfume de los alimentos, ¿en qué se convierten en nuestro cuerpo? Nuestra ignorancia en este terreno es mayúscula.
La escuela de alimentación natural alemana me ha enseñado que, con el consumo regular de cereales recién molidos y crudos, la salud de nuestras encías mejora. En esa época -yo tenía unos 45 años-, mi dentista me había prevenido que no podría conservar mis dientes durante mucho tiempo, porque estaban todos flojos. Después de haber consumido con regularidad, durante dos meses, cereales crudos, recién molidos, ¡mis dientes volvieron a ser firmes! ¿Por qué? ¿Por cuál mecanismo? Esta acción podría atribuirse a la influencia benéfica de las hormonas vegetales llamadas auxinas, presentes en los cereales crudos y destruidas por la cocción. ¿Qué otra cosa se sabe respecto de las auxinas y de su papel nutricional?
La cocción, por un lado, aumenta la gama de las sustancias comestibles, volviéndolas más blandas y más fáciles de masticar y luego de digerir; por el otro, empobrece el contenido vitamínico de nuestros alimentos. Ignoramos en qué medida, y si ello es importante. Además, no sabemos si el arte culinario, como algunos lo pretenden, no hace aparecer moléculas ajenas a la naturaleza, y a las cuales nuestro organismo, nuestros fermentos, no se encuentran adaptados, y, si eso es así, qué ocurre con esas moléculas.
Hasta hace poco tiempo, aún se pensaba que las grasas sólo aportaban calorías, y que se podía prescindir muy bien de ellas. Luego se reconoció que algunas eran indispensables para la vida; se las denominó esenciales. Otras son necesarias para el transporte de las vitaminas liposolubles. Por último, hoy se sabe que ninguna célula puede prescindir de los lípidos, que son una parte constituyente de todas las membranas celulares y que se unen a sus proteínas para formar sustancias complejas llamadas lipoproteínas. Y sabiendo todo esto, nos permitimos consumir grasas artificiales, con moléculas por completo ajenas a la naturaleza.
Al consumir granos integrales, que conservan todavía su poder de germinación, comemos algo viviente. ¿Qué significa esto para nuestro organismo, para nuestra salud? ¿Cuál es su repercusión sobre nuestra resistencia física, nuestra inmunidad, nuestro equilibrio psíquico, y en términos generales, sobre todas las funciones de nuestro cuerpo? Un día tuve que resolver un problema delicado concerniente a un niño de un año y medio de edad, que padecía de insuficiencia pancreática, atribuible a la mucoviscidosis, enfermedad en la cual esa glándula degenera. Este niño reaccionaba con diarrea a todas las harinas que se le ofrecían, en cajas para bebé o sueltas, y no mejoraba. Le hice dar biberones de trigo sarraceno recién molido y crudo. La planta, que debe transformar el almidón del grano en azúcar en el momento de la germinación para utilizar su energía, posee necesariamente todas las enzimas que aseguran esa transformación. Colocadas a 37ºC en un medio húmedo, estas moléculas, todavía vivas en la harina recién molida y cruda, debían poder realizar el trabajo de digestión previsto por la naturaleza en el interior del tubo digestivo del niño, y compensar la insuficiencia pancreática. Mi especulación resultó ser exacta: el niño ya no tuvo más diarreas y se recuperó rápidamente de su retraso pondural.
¿Cuáles son las consecuencias del consumo de los frutos recogidos antes de su maduración, tales como nos lo ofrecen en los mercados? De ese modo, comprobamos que tal melocotón de soberbia apariencia no llega a madurar, que no tiene el sabor que le conocemos a ese fruto, y que apreciamos, y que conserva durante un tiempo indefinido la consistencia de un pepino. En la actualidad es difícil, e incluso imposible, procurarse, fuera del propio hogar frutas normales, sabrosas, dulces y tiernas. ¿Cuál es la influencia de esta evolución sobre nuestra salud?
Se ha advertido que las legumbres cultivadas en suelos trata dos con abonos artificiales perdían su sabor normal. Este fenómeno es lo bastante notable como para provocar el desarrollo de cultivos denominados biológicos. Estos conservan la fecundidad del suelo, ya que emplean como abono materias vegetales estercoladas, piedras molidas, algas marinas, guano y estiércol; dicho de otro modo, nada artificial.
¿Cuál es la importancia de esta evolución de la agricultura para nuestra salud? Para formarnos una opinión sólo contamos con nociones empíricas, por lo demás significativas, ¿pero por qué motivo la ciencia, que únicamente reconoce lo que está establecido en la forma debida no investiga estos problemas fundamentales?
Como nuestros alimentos no le han interesado, nos hemos mantenido ignorantes en ese aspecto. Todos sabemos que la investigación es sumamente costosa, pero el precio de los errores que engendran las enfermedades degenerativas y el debilitamiento de la raza es más elevado aún. No somos países pobres, y existen fondos para las investigaciones. Por ejemplo, se podría reservar una parte de la suma destinada a la investigación anticancerosa y dedicarla al estudio de nuestra alimentación y, con ello, realizar importantes progresos en el tema del cáncer.
2 Las enfermedades degenerativas
Degenerar significa perder cualidades propias de la raza.
Se denominan enfermedades crónicas degenerativas las afecciones en las cuales se producen a nivel de los órganos o de los tejidos, sin causa aparente, lesiones que alteran su funcionamiento. Cuando no se las trata, por lo general son progresivas. Pueden aparecer en una etapa avanzada de la vida, y también pueden ser congénitas.
En la actualidad, todos somos portadores de enfermedades degenerativas, cuyas consecuencias son a veces benignas, funcionales, fáciles de corregir y relativamente poco molestas (caries dentales, várices, eccema, urticaria, etc.); otras son importantes, graves, invalidantes o mortales. Todos los médicos deben tratar estas afecciones en uno u otro momento. Cuando son graves, resultan a menudo difíciles de corregir y sólo responden a medidas paliativas, porque no se conoce su causa o porque su origen es congénito y en ocasiones hasta hereditario. Con el tiempo, la acción algunas veces benéfica de estas medidas se agota y la enfermedad se agrava. En efecto, el método paliativo sólo apunta a detener los síntomas, pero no busca la fuente de la dolencia. La degradación mayor de nuestra salud a consecuencia de las enfermedades degenerativas no es antigua. Apenas data del siglo pasado. Se aceleró a partir de la Segunda Guerra Mundial. Lo que llama la atención en cuanto se estudia este fenómeno en los países industrializados es su generalización. Casi todos nos encontramos afectados. Las enfermedades degenerativas se encuentran, en nuestros días, en una u otra forma, en todas las clases sociales; en los campesinos tal como en los ciudadanos, en el obrero lo mismo que en el director de banco. Por lo tanto, la causa debe buscarse, por lógica, en factores que nos conciernen a todos, con independencia de nuestro medio, rural o urbano, y de nuestra profesión, sedentaria o no. Es frecuente que hoy se inculpe a las modificaciones producidas en nuestro ambiente, como la polución atmosférica, pero también ésta tiene una distribución desigual: muy intensa en los centros industriales y en el apiñamiento de las ciudades, afecta mucho menos a los ambientes rurales.
Sólo la modificación de las costumbres alimentarias, es común a todos, sea cual fuere el medio al que pertenezcamos y en el cual vivimos. Por lo tanto, es legítimo preguntarse si no existe una relación de causa a efecto entre nuestra alimentación moderna y esa inquietante y reciente evolución, que se ha desarrollado en forma progresiva, a lo largo de los 100 a 150 últimos años. Y tenemos derecho a formularnos la pregunta: ¿no hemos modificado todos, de manera inconsciente, algo esencial en la manera de alimentarnos, y provocado a causa de ello un empeoramiento considerable de nuestra salud?
Dicho de otra manera, ¿no ha habido hace poco una falla en la fiel transmisión de las tradiciones alimentarias? ¿Cuándo, dónde y bajo qué influencias se produjo eso? ¿Este estado de cosas es reversible?
El habitante de la ciudad actual, sea cual fuere su manera de alimentarse, se encuentra convencido de que se alimenta "en forma normal". No se hace preguntas en relación con sus alimentos; no tiene tiempo para ello, le corre prisa. Come con premura platos que se preparan rápida y fácilmente. Según parece, esa es su primera exigencia en materia de alimentos. A menudo se ve obligado a comer en la cantina, y cuando puede, lo hace en el restaurante. En esas condiciones está muy poco informado acerca de la calidad y el modo de preparación de lo que ingiere.
A lo largo de los siglos pasados, los habitantes "demasiado bien alimentados" de las grandes ciudades han degenerado. Sus familias se han extinguido y fueron reemplazadas por las llegadas del campo, de costumbres mucho más frugales. Lo nuevo y muy importante es que el campesinado, que durante mucho tiempo representó la reserva de salud de los pueblos, se encuentra tan afectado por las enfermedades degenerativas como las otras clases sociales. El campesino, que realiza trabajos que exigen esfuerzo, cree en la actualidad que la grasa le proporciona más energía. Su alimentación es mucho más rica en estos alimentos que otrora, pero su salud se ha alterado. Hoy ya no existe una categoría social protegida, y asistimos a una degeneración de la raza.
Así es como por la influencia de las industrias alimentarias, pero también a causa del progreso del nivel de vida, el hombre moderno, en su manera de alimentarse, se ha apartado demasiado de la naturaleza. A pesar de sus grandes capacidades de adaptación, la suma de los errores cometidos se le ha vuelto insoportable, incompatible con una buena salud, y no le permite una vida equilibrada y feliz.
3
Degradación reciente de la salud. Aparición de familias cancerosas
A partir de la década de 1960, la situación se ha deteriorado en medida considerable. Tomemos el ejemplo del cáncer. En tanto que hace dos generaciones afectaba principalmente a individuos de más de 60 años, en nuestros días ataca a personas cada vez más jóvenes.
Los métodos de tratamiento, no cabe duda, se han vuelto más eficaces, pero como no se hace nada, en términos preventivos, para aumentar la resistencia del enfermo y con ello suprimir la razón misma de su enfermedad, es muy frecuente que ésta se vuelva a manifestar después de un período más o menos prolongado, ya sea en forma de metástasis provenientes de la primera afección o como un tumor maligno de otra naturaleza.
En el caso de una niña de 15 años, por ejemplo, un miembro en el cual se había desarrollado un osteosarcoma maligno tuvo que ser sacrificado para salvarle la vida, pero como no se produjo modificación alguna de su manera de vivir, fue atacada por un cáncer de mama a los 24 años (véase fig. 3, fuera de texto).
De la abuela a la nieta hubo una antelación de 47 años en la aparición del cáncer. En la generación intermedia, la madre padeció una artritis reumatoide grave (= PCE), otra respuesta a los mismos errores, a los mismos factores toxiinfeceiosos, que son los que intervienen en la génesis del cáncer.
En 1980, yo afirmaba que la probabilidad de contraer un cáncer, en el caso de determinada persona, si uno de sus parientes cercanos se encontraba afectado de él, no era mayor que para el conjunto de la población. Esto ya no es así en la actualidad.
Son cada vez más numerosas las familias de cancerosos Nuestra raza degenera. De una generación a otra, en las familias, el cáncer se presenta cada vez más temprano en la vida. Se dice que existe anticipación de la enfermedad, y que ésta llega a 10, 20, 30 años y más. Hecho nuevo: en esas mismas familias, y bajo el efecto probable de las mismas agresiones, aparecen a menudo entre los 20 y los 40 años casos de deterioro grave del sistema nervioso (enfermedad llamada esclerosis en placas).
En las publicaciones médicas (Technical Report of the WHO- Expert Committee and Disability Prevention and Rehabilitation, 668.1981), se puede leer que, según todas las probabilidades, la Tierra contará, en el curso de aproximadamente 20 años, ¡con tres mil millones de habitantes, de los cuales el 10 por ciento, o sea, 300 millones, serán inválidos! Evaluación optimista, pues supone que el índice de personas sin invalideces se mantendrá estable. Pero nada es menos seguro mientras la proporción de niños deficientes o deformados y la frecuencia de las enfermedades crónicas invalidantes, como la esclerosis en placas, aumenten año tras año.
Los científicos afirman unánimemente que este aumento inquietante está relacionado con nuestra civilización y que sería necesario adoptar medidas enérgicas de prevención, pero quienes nos gobiernan -y de ellos depende nuestro destino no han propuesto ningún plan preciso.
A lo largo de esta obra se presentarán las historias médicas de familias que ejemplifican lo que acabo de enunciar, y ello con el fin de incitar a cada uno a adoptar medidas preventivas y muy especialmente a normalizar su alimentación.
He aquí un primer ejemplo: dos futuros cancerosos se casan. Como han vivido juntos y comido a la misma mesa, y cometieron, por lo tanto, los mismos errores alimentarios, fallecen los dos a los
75 años, uno de un cáncer de pulmón y la otra de un cáncer de mama. Han traído al mundo tres hijos, que heredaron las mismas costumbres alimentarias. Los tres varones fallecen entre los 54 y los 56 años de cáncer (de la vejiga y del intestino), 20 años más jóvenes que sus padres. Las tres mujeres escapan al cáncer, pero se ven al cáncer, pero se ven afectadas de artrosis invalidante, otra enfermedad degenerativa de la civilización.
De tres hijos nacidos de uno de los cancerosos, una mujer es afectada de esclerosis en placas a los 31 años y queda inválida a los 38. Esta gravísima enfermedad degenerativa se manifiesta, por lo tanto, 20 años antes que el cáncer del padre y 40 años antes que el de los abuelos. En una cuarta generación, el hijo presenta desde el primer año de vida un eccema denominado atópico, enfermedad degenerativa que la medicina oficial no sabe curar, pero que desaparece en cuanto la alimentación se equilibra, y muy en particular cuando se suprime la mantequilla, de influencia permeabilizante sobre la mucosa intestinal, y se la reemplaza por aceites prensados en frío y ricos en ácidos grasos poliinsaturados (vitaminas F).
Otro ejemplo (figura 6, fuera de texto): en una primera generación un solo padre de cada cuatro muere de cáncer a los 73 años. En la generación siguiente, tres de los siete descendientes de estas dos familias fallecen de cáncer, los tres pasados los 70 años: por lo tanto, el cáncer se ha mantenido entre ellos como una enfermedad de la vejez. En la tercera generación hay un debilitamiento de la raza: una de las mujeres, nacidas de un padre muerto de cáncer a los 71 años y de una madre fallecida de un infarto de miocardio a los 83, enferma de esclerosis en placas a los 42 años, es decir, en la flor de la edad, en el momento del máximo rendimiento social. Todos sabemos que la esclerosis en placas o multilocular (EM) provoca una invalidez progresiva. El suegro de esta mujer, descendiente a su vez de un canceroso, fallece a los 70 años de un cáncer de esófago. Productos de esta unión, los tres hijos, nacidos entre 1950 y 1959, deben ser considerados individuos de alto riesgo. Su madre, mi paciente, ha perdido la salud porque se alimentó en forma moderna, altamente desvitalizada, malsana. Transmitió estos hábitos alimentarios a sus hijos. En la actualidad, mi paciente ha corregido su alimentación, así como la de su esposo, pero los hijos, hoy adultos e inconscientes de lo que los amenaza, ¿actuarán como lo exigiría el simple sentido común?
4
La modificación de las costumbres alimentarias por la influencia de las técnicas
industriales y el aumento del nivel de vida
¿Cuáles son, entonces, los cambios importantes que aporta la civilización a los hábitos alimentarios? ¿Por qué a finales del siglo pasado se ha producido este deterioro tan notable de la salud pública? ¿Por qué, a partir de esa época, ciertas enfermedades, conocidas como las de las personas adineradas, se han difundido y afectado a todas las capas sociales y en especial a la de los campesinos?
En el siglo XIX dos hechos de suma importancia modificaron las tradiciones alimentarias: el primero, que el azúcar blanco refinado fuese puesto al alcance de todos; el segundo, el reemplazo progresivo de los antiguos molinos de mano, de viento y de agua por la molinería moderna.
Hace menos de dos siglos sólo se encontraba en los mercados el azúcar de caña importado de los trópicos y, por lo tanto, caro. Su técnica de preparación es sencilla: la caña de azúcar es macerada y fragmentada. El zumo obtenido se evapora hasta su cristalización. Este azúcar poco refinado tiene un color moreno. En el momento de las guerras napoleónicas y del bloqueo continental, el azúcar ya no llegó a Europa. Napoleón estimuló en gran medida la producción del azúcar que los químicos alemanes habían obtenido de la remolacha. Sin embargo, con el empleo del mismo procedimiento de extracción que para la caña de azúcar el producto obtenido era de un sabor desagradable. Fue necesario purificarlo hasta conseguir el hermoso azúcar blanco que conocemos. Pero, como consecuencia de esas sucesivas purificaciones, todas las sustancias minerales, todas las vitaminas que acompañan al azúcar y permiten su empleo por la planta, en particular el factor de utilización de la glucosa con base de cromo (véase pág. 114), fueron eliminados. Se obtuvo una sustancia químicamente pura, y por ende muerta, de un sabor agradable, sin duda, pero sólo portadora de lo que hoy se denominan calorías vacías.
Con la aparición de la molinería, la producción de harina blanca se convirtió en cosa fácil, y el pan blanco, considerado el símbolo de la vida acomodada y de la dicha, reservado sólo para las clases adineradas, reemplazó al pan basto y negro, hecho de harina integral. "Tener ante todo pan blanco", ¿no quiere decir que la vida ha sido hermosa y fácil desde el comienzo? Sin embargo, la harina blanca, tal como el azúcar blanco, es un alimento hecho de calorías , vacías. Alexis Carrel escribió en 1935 que "molineros y panaderos han hecho creer al público que el pan blanco es superior al pan negro. Por medio de la máquina, la harina es cernida y privada de principios vitales. Pero se conserva mejor, y el pan se hace con más facilidad. Los molineros y los panaderos ganan más dinero. Los consumidores comen, sin darse cuenta, un producto inferior, y en todos los países en los cuales el pan es una parte esencial de su alimentación las poblaciones degeneran".
El profesor de psicología A. Fleisch, en su libro La alimentación y sus errores, publicado en 1937, afirma que la harina blanca y las pastas, que representan hasta la tercera parte de nuestra alimentación, son deficientes en vitaminas y sales minerales, eliminadas por el tamizado. Pero estas prevenciones han tenido muy pocos ecos. ¡En Francia todavía se prefiere el pan muy blanco, que se vuelve insípido y duro al día siguiente de su cocción, y que pasa entonces al recipiente de los desperdicios!
Todos deben saber que cada grano de cereal se encuentra formado normalmente por una cáscara, un germen y una parte central. El germen y la cáscara son ricos en minerales, en oligoelementos indispensables para la vida (manganeso, cobalto, cobre, cinc, cromo, selenio), enzimas y vitaminas. El germen contiene las vitaminas A y E, y la cáscara las distintas vitaminas B, de la cual es una de las principales fuentes alimenticias. También esas partes del grano son las que contienen los aceites y la vitamina F. Por su parte, el centro está formado, en esencia, por
almidón. En la producción de la harina blanca, el germen y las capas exteriores del grano son separados de la parte central, y servirán de alimento al ganado, que se beneficia con ello. El hombre sólo reserva para sí la porción del grano rica en almidón, y a causa de ello pierde más o menos el 70 por ciento de las sustancias más preciosas contenidas en los cereales.
¡La harina blanca, alimento muerto, se conserva bien, porque los roedores no se alimentan de ella: su instinto les dice que se le han quitado las sustancias indispensables para su supervivencia; no la consideran comestible, y no la tocan!
El uso del azúcar refinado y de la harina blanca ha reemplazado la complejísima armonía de una nutrición natural por la pobreza de una alimentación privada de los factores vitales importantes. Estas prácticas reducen hasta en diez veces el tenor de la alimentación del hombre civilizado en lo que se refiere a ciertas vitaminas indispensables. Permite vivir, pero no disfrutar de buena salud, ni trasmitir a los hijos, antes de su nacimiento, un capital de salud intacto. El advenimiento de los grandes molinos ha quebrado la interdependencia estrecha que existía entre el trabajo del molinero y el del panadero. Antes se sabía que era importante alimentarse con harinas recién molidas. Hoy ya nadie se interesa en ello. Antes el trigo era llevado al molino, y la harina se empleaba en el acto. En 1967, aún ocurría así en Cerdeña, por ejemplo. A esta práctica corresponde la conservación de un estado de salud y de resistencia notables.
Los pueblos civilizados antiguos y los pueblos primitivos de hoy preparaban y preparan sus harinas todos los días. Los ejércitos romanos de antaño, cuyas hazañas nos asombran todavía, salían de campaña llevando consigo trigo y mijo en grano, así como una muela por unidad de ejército, llamada cohorte. La molienda se efectuaba todos los días. Cada soldado romano recibía setecientos cincuenta gramos de cereales por día, una tercera parte de los cuales era consumida en potaje, por la mañana, y los dos tercios restantes en forma de galletas, durante la noche. ¡Cuando por falta de granos tenían que conformarse con carne, se sentían mal alimentados! ¡Las mujeres del África negra todavía trituran todas las mañanas el mijo para el día, pero en los poblados africanos modernos, mal aislados, los vecinos se quejan del ruido, y esta costumbre se perderá!
En cuanto a nosotros, ya no sabemos qué es la harina recién molida. Ignoramos cuándo se molió el grano de trigo que sirvió para la elaboración del pan, de la sémola o de las pastas, cuándo fueron abrillantados, aplastados y "muertos" los granos de cebada perlada y de arroz blanco o los copos de avena que comemos. Esto no se menciona en los envases. Ningún consumidor se interesa en ello.
Pero el grano de trigo, en la perfección de su estructura, está construido para conservarse vivo. Inclusive es posible, se nos dice, guardarlo durante millares de años en ciertas condiciones. ¿Acaso no se ha hecho germinar y reproducir el trigo hallado en las tumbas egipcias?
El grano de trigo, triturado y transformado en harina, deja de estar vivo. Muere y se convierte en cadáver. Incapaz de conservar su estado primitivo, ve alterarse progresivamente, en contacto con el aire, sus elementos más inestables, los más nobles, los más preciosos para nosotros, entre ellos las vitaminas. Se oxida: desaparecen ciertas sustancias sabrosas. Para ello hacen falta de ocho a catorce días. Pero es común que exista un plazo de tres semanas entre el momento en que se
produce la harina y el de la confección del pan. Semanas y meses trascurren entre el abrillantado del arroz y su consumo, entre el instante en que el grano de trigo o de avena es triturado y aquel en el cual comemos la sémola, las pastas o los postres que derivan de ellos. De tal modo, aceptamos alimentarnos con viejos cadáveres de granos desvitalizados.
Una experiencia de laboratorio ha demostrado la pérdida de factores vitales importantes en la harina. Resulta fácil criar ratones con trigo en grano o recién molido. Pero si la harina tiene data de seis semanas, esos animales se desarrollan mal y son raquíticos: el envejecimiento les ha quitado factores vitales importantes. Del mismo modo, es imposible criar pollos dándoles harina vieja.
Para convencerse de la superioridad de las harinas frescas basta con moler uno mismo el trigo y preparar en seguida el pan como se hacía en otros tiempos. ¡Cuán delicioso es el sabor de ese pan, y cómo resulta insípido, en comparación, el pan blanco de panadería! Ese sabor delicioso se lo otorgan a la harina las sustancias químicas que desaparecen por el tamizado y el almacenado. ¿Esta desaparición carece de importancia o, por el contrario, perdemos con ella algo esencial para nuestra salud? A fuerza de verse privado de esas sustancias presentes en los alimentos naturales y frescos, el hombre moderno descubre su importancia.
A partir de mediados del siglo XIX y del desarrollo de las industrias, se producen las primeras y más profundas modificaciones de nuestra manera de alimentarnos: en ese momento comienza la introducción, que luego fue acrecentándose por la reducción de su costo, del azúcar refinado y de la harina blanca.
Pero a estas primeras desviaciones alimentarias se han agregado poco a poco otras, que redujeron aún más y en forma sensible nuestra ración cotidiana de vitaminas.
Grasas vegetales y margarinas
De tal modo se lanzaron al mercado las grasas denominadas vegetales. Pero todos saben que los vegetales no producen grasas sólidas a la temperatura común de 20 grados, sino sólo aceites. Para transformar un aceite en grasa sólida hace falta la intervención del químico. A partir de materias primas baratas (aceite de palma y de palmito, por ejemplo) logra, calentándolas en presencia de níquel y de hidrógeno, elevar el punto de fusión de esos aceites y obtener grasas sólidas a 20 grados. Este proceso se denomina hidrogenación. Las moléculas obtenidas son artificiales y por completo ajenas a la naturaleza (Dr. J. Budwig). El químico elimina, además de los productos naturales, el color y el sabor considerados desagradables, y los reemplaza por productos artificiales de su elección. Esas sustancias grasas, aportan sin duda, calorías y pueden impedirnos morir de hambre, pero no sirven para reconstruir las estructuras celulares finas gastadas, y de tal manera contribuyen a nuestra desnutrición.
Las margarinas son esas mismas grasas vegetales, a las cuales se ha incorporado un 16 por ciento de agua para otorgarles la agradable consistencia de la mantequilla.
Según trabajos recientes, el consumo de estos cuerpos grasos artificiales, así como el de los aceites desnaturalizados, aumenta la necesidad de vitaminas F biológicamente activas y agrava su carencia. Desempeñan el papel de antimetabolitos.
Aceites extraídos en caliente y consumo abusivo de la mantequilla
Alrededor de 1940, la técnica de extracción de nuestros aceites alimentarios sufrió una importante modificación. Se advirtió que con el prensado en frío sólo era posible obtener la mitad, como término medio, de los aceites contenidos en los granos; el prensado en caliente (160 a 200 grados) proporciona un rendimiento igual al doble, tal como la extracción por medio del hexano (¡solvente orgánico relacionado con el benceno, y que es imposible eliminar luego por completo!). A partir de entonces, ya no se pudo encontrar en las tiendas de comestibles otra cosa que aceites refinados. El hábito ancestral de agregar un poco de aceite crudo natural a los alimentos en el momento de la comida se perdió. ¿Dónde están las aceiteras de cristal que todavía se encontraban en la mesa a principios de este siglo en todas las comidas principales? Estos aceites modernos son estables; se conservan y se almacenan muy bien; han perdido su sabor específico y la propiedad de enranciarse, pero al mismo tiempo se han convertido en alimentos muertos, desprovistos de los factores necesarios para el buen funcionamiento de nuestro organismo y el desarrollo de nuestros tejidos. Las vitaminas F, o ácidos grasos poliinsaturados, que contienen esos aceites y que nos son indispensables, se deforman bajo la influencia del calor y se vuelven biológicamente inactivos (véase pág. 285).
La introducción cada vez más amplia de las grasas artificiales en nuestra alimentación, de la extracción de los aceites vegetales en caliente y de su refinamiento extremo han modificado una vez más, en forma importante, nuestras tradiciones alimentarias.
Otro factor se ha agregado a todos los que acabamos de citar. En tanto que en la antigüedad la mantequilla era un producto de lujo, que sólo aparecía en la mesa de la mayoría de las personas una o dos veces por semana, en la actualidad se consume dos o tres veces por día. La ración cotidiana varía, según los individuos, de 10 a 200 gramos, pero todos, tanto el que consume 10 gramos como el que ingiere 200, se encuentran persuadidos de que se alimentan "en forma normal". Pero, si bien 10, 20 o 30 gramos de mantequilla por día son tolerados muy bien, más de 50, 100 o 200 gramos diarios ocasionan o favorecen graves trastornos de la salud, precisamente aquellos qué agrupamos bajo el nombre de enfermedades degenerativas.
La mantequilla no es un alimento que el hombre pueda ingerir en forma indefinida, con cualquier frecuencia y en cualquier cantidad. Una cocina que sólo utiliza mantequilla no es una cocina ideal, como piensan las que "cocinan todo con mantequilla". Al contrario de los aceites extraídos de los granos vivos y crudos, es muy pobre en vitaminas F, que nos son indispensables. La mantequilla es una grasa provista por la naturaleza, no para nosotros, sino para el ternero. Este animal debe realizar en seis meses una hazaña que consiste en pasar del estado de recién nacido, en que pesa 35 kilos, al de independiente de 225 a 250 kilos, capaz de ir al prado a buscar por su cuenta alimentos. Durante 180 días su peso debe aumentar en promedio un kilogramo por día. Esta tarea le es facilitada por la presencia de la mantequilla en la leche, que entre otras propiedades contiene un permeabilizante (H. Sinclair), tal vez destinado
a acelerar la asimilación, y con ello el aumento de peso. El ternero consume hasta 400 gramos de manteca por día. A la edad de seis meses es destetado, y no volverá a recibir leche, y por lo tanto, tampoco manteca.
Existe una gran diferencia entre la tarea biológica de un ser humano adulto y la de un ternero. El adulto que se alimenta en forma abundante con manteca comete un error: se enferma, se esclerosan sus arterias, se deteriora su piel, que se vuelve anormalmente seca y escamosa, y se acelera su envejecimiento.
La manteca de la leche de mujer y la de la leche de vaca tienen una composición química muy diferente (véase pág. 450). El bebé humano soporta mal la manteca de vaca y crece mejor cuando se le da leche parcialmente descremada.
El abuso de conservas
Si bien las conservas industriales pueden prestarnos servicios ocasionalmente, su abuso es perjudicial para nuestra salud.
Una mujer de 37 años, que vivía en el África Ecuatorial y se alimentaba, en esencia, de conservas que hacía llegar de Estados Unidos, comprobó la aparición en sus mamas de múltiples nódulos, cuyo volumen variaba desde el de una arveja hasta el de una nuez. ¡Este proceso (mastopatía) afecta, en nuestros días, a una mujer de cada dos! En el caso de mi paciente, el estado de sus mamas pareció tan alarmante a los cirujanos consultados que le propusieron a esta mujer joven y bella la ablación pura y simple de las dos glándulas mamarias y ello con el fin de protegerla de un cáncer cuya aparición en un futuro cercano les parecía inevitable. Me hizo una visita. Le expliqué las relaciones de causa y efecto entre una alimentación artificial, desnaturalizada, y la aparición de tumores en sus mamas. Normalizó su alimentación, y a partir del segundo mes pude advertir una reducción de las lesiones. ¡Al cabo de un año de una alimentación correcta sus mamas se habían vuelto otra vez normales, y el control practicado al cabo de once años (en 1976) por medios modernos no reveló anomalía alguna!
5
La cola del cerdo, o las fechorías de la alimentación moderna
Todos saben que en los animales la cola es un órgano de expresión. El perro contento agita la suya; descontento, se va con ella entre las patas. El gato excitado enrosca y agita los cinco últimos centímetros de su cola; amenazado, mantiene la cola vertical, con los pelos erizados, lo cual duplica su volumen. Cuando el cordero mama, expresa su alborozo moviendo su minúscula cola de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, como un metrónomo, pero a un ritmo asombroso. ¿Y qué pasa con el cerdo?
Todos conocemos la cola del cerdo, en forma de tirabuzón. Pero he aquí lo que nos ha relatado Jean-Jacques Besuchet, de Mathod (Suiza), quien alimenta a sus cerdos en forma normal, es
decir, exclusivamente con productos crudos, tal como se alimentan los animales salvajes, por ejemplo, los jabalíes. ¡Sus cerdos, como los otros animales, tienen la cola recta! He visitado sus pocilgas. Nueve compartimientos que miden 2 metros por 3,50 metros se encontraban ocupados por animales alimentados "en crudo”, y un décimo, perteneciente a un campesino de Siena, por cerdos alimentados de manera tradicional, con desechos de cocidos ("la sopa de los cerdos") y alimentos elaborados por las industrias agroalimentarias.
¡Todos los que recibían una alimentación cruda, viva, tenían la cola recta y manifestaban su alegría moviéndola como los perros!
Eran muy limpios, hacían sus necesidades en un lugar determinado de su chiquero y no ensuciaban sus camas. Eran apacibles. Se podía dejar al marrano y a la cerda juntos en un mismo compartimiento, lo cual es impracticable en la cría habitual, con animales que se han vuelto hipernerviosos a raíz de una mala alimentación, que son sexualmente hiperactivos y se agotan. Los cerdos alimentados en la forma tradicional son ruidosos, pestilentes, nerviosos y agresivos. Sus colas tienen forma de tirabuzón, si no han sido cortadas a 6 u 8 centímetros de su implantación, a fin de impedir mutilaciones recíprocas. Los criadores liman los dientes delanteros de los lechones para impedir las mordeduras, cosa que no es necesaria cuando se les suministra alimentos crudos. Alimentados en crudo, los cerdos ya no necesitan antibióticos ni tranquilizantes, y después de las primeras semanas de vida no hay entre ellos enfermedades ni muertes (de cada diez recién nacidos, hay que contar uno nacido muerto y un animal demasiado débil que muere en la primera semana).
He aquí el programa de cría de estos animales. Durante las dos primeras semanas de vida, la regla es la lactancia exclusiva. Durante la tercera semana, además de leche, reciben forraje verde, y avena en grano remojada en agua. A partir de la cuarta semana, a la alimentación básica se le agrega humus forestal, con raicillas. El humus, lo mismo que el mantillo, es rico en bacterias que producen la vitamina B12, antianémica. Si se omite este aporte, y a pesar de su aspecto lozano, la mitad de los lechones muere en forma brusca de anemia. En la sexta semana reciben habas, además de la avena, y un poco de fruta. El 70 por ciento del aporte alimentario sigue siendo proporcionado por la leche materna. Cuando llega a su séptima semana, el lechón utiliza el comedero del adulto. Consume pescado de mar crudo, frutas y legumbres (zanahorias, etc.). La leche representa el 50 por ciento de la alimentación. El destete ocurre a los cuatro meses.
El adulto recibe dos comidas: por la mañana, frutas crudas (manzanas, ciruelas caídas del árbol, etc.), habas, zanahorias, remolachas y patatas, y forraje verde dos o tres veces por semana; por la noche, pescado crudo o algarrobas.
La carne del cerdo alimentado de esa manera es deliciosa. Se la puede comer cruda, sin preparación ni adiciones.
De tal manera, la torsión permanente en tirabuzón de la cola del cerdo no es un hecho normal, sino que expresa su tensión nerviosa. Es la consecuencia de su régimen alimenticio contrario a la naturaleza. La cola es recta en el animal contento y bien alimentado, así como también en el animal extenuado por una enfermedad.
Entre todos los animales, el cerdo es el que más se nos asemeja; es omnívoro, sensible y emotivo como nosotros. Su ejemplo demuestra en forma evidente la influencia de la alimentación sobre los fenómenos de tensión, agitación, angustia y agresividad.
Recordemos, asimismo, la experiencia de los veterinarios, que han descubierto que la angustia provocada en un cerdo por el hecho de oír los gritos de sus congéneres, llevados al matadero, y registrados en un disco, ha provocado en él el pasaje de colibacilos del intestino a la sangre y los músculos, hecho que torna inadecuada la carne para el consumo. Un fenómeno análogo se observa en el hombre bajo el efecto del estrés.
Nuestra alimentación, lo mismo que la del cerdo, se ha vuelto cada vez más artificial, cocida, desvitalizada. Ello comienza con los biberones y los alimentos preparados para los bebés. Nuestros jóvenes son cada vez más desconcentrados, agresivos y agitados. Una cantidad cada vez mayor de ellos busca una escapatoria en la droga.
¿Cuándo protegeremos de manera sistemática a nuestros hijos, antes de su nacimiento, para que se inicien bien en la vida y adquieran esa alegría de vivir que es la única que permite un desarrollo armonioso? He aquí algunos ejemplos de los beneficios de una alimentación sana. CASO 1. F. (1960)
Esta mujer, perteneciente a una familia de cancerosos, tiene hoy 26 años y acaba de dar a luz su primer hijo "Budwig" [Capítulo 7, "La crema Budwig”]. Yo he atendido a su madre, operada de un cáncer de ovario, cuando la niña tenía apenas dos años. Desde entonces ésta tuvo una alimentación sana, y en veintiséis años contrajo una sola enfermedad, la parotiditis, durante la cual tuvo que guardar cama durante cuatro días. Es una soberbia criatura. Dos de sus primos hermanos, en cambio, continuaron consumiendo la alimentación moderna, malsana, y fueron operados, a los 36 y 32 años, de un cáncer digestivo, como sus padres, pero 20 años más jóvenes que éstos (véanse págs. 398-403, casos 66, 67 y 68).
CASO 2. F. (1967)
Estéril durante nueve años, después de su primer hijo, una pareja me visitó el 12 de septiembre de 1966. La concepción se produjo al mes siguiente de la normalización de la alimentación. Una niña nació el 27 de junio de 1967. Hoy tiene 20 años. Es una mujer resplandeciente de salud y respira alegría de vivir. Hasta ahora ha tenido una sola enfermedad: parotiditis, como en el caso precedente, y sólo debió guardar cama cuatro días.
CASO 3. M. (1981)
Bro ha recibido una alimentación sana del pecho de su madre, de 41 años. Durante su primer año no tuvo enfermedad alguna, a pesar del contacto con dos hermanos mayores que asistían a la escuela. Es un niño que sólo ha proporcionado alegría a sus padres. Desborda de vida, es sonriente, jamás tiene grandes crisis de lágrimas y de gritos.
Lo vigilé durante tres semanas, cuando tenía 12-13 meses. Era espléndido verlo hacer el aprendizaje de sus primeros pasos, partir a la conquista del mundo y de la libertad con una vivacidad y un vigor ejemplares. A los 12 meses trotaba con una distancia de 15 cm entre un pie y el otro. Tres semanas después podía correr sobre la arena mojada de la playa. No lloraba cuando se caía, aunque ello le causara dolor; esperaba con tranquilidad a que éste pasara. Después de un viaje de 600 kilómetros en automóvil, en pleno verano, tuvo un acceso de fiebre de 39 grados. Todo volvió a la normalidad en 24 horas, el tiempo necesario para producir los anticuerpos indispensables para neutralizar el virus "gripal" que lo atacaba. ¿Quién no quisiera tener un niño tan robusto y agradable para criar?
Jóvenes madres, al practicar la reforma alimentaria antes de la concepción, al regresar a la alimentación tal como ha sido prevista para nosotros por la naturaleza, ustedes trabajan para la creación de una raza nueva, vigorosa y sana. ¡El esfuerzo vale la pena!
* * *
Alimentos demasiado refinados, a menudo demasiado viejos, exentos de factores vitales, tales como la harina y el azúcar blancos, falta de cereales en forma de granos enteros y vivos, aceites extraídos en caliente, sobreabundancia de cuerpos grasos inadecuados, insuficiencia de cuerpos grasos indispensables, exceso de carnes, abuso de conservas, pobreza de las raciones, en cuanto a frutas crudas, que nos aportan vitaminas, minerales y fibras vegetales indispensables para una función intestinal regular y normal: tales son los errores más corrientes que cometemos diariamente en la composición de nuestras comidas y que son todos fáciles de corregir.
Las más diversas alteraciones de la salud, funcionales y orgánicas, tienen por causa inicial un debilitamiento de nuestro organismo, de su inmunidad, a causa de nuestra desnutrición. El factor causal, la carencia precisa en tal o cual estado de enfermedad, es casi siempre oscuro para nosotros. Es probable que, según la constitución de la persona, un mismo error pueda causar síntomas diferentes, y que manifestaciones mórbidas idénticas puedan tener por origen diversas deficiencias. Lo seguro es que diversas alteraciones responden de manera favorable a la normalización de la alimentación, tal como yo la practico (reforzada, en los casos graves, con abundantes vitaminas y minerales). Y ello, porque se trata, precisamente, no de una dieta restrictiva, sino del aporte completo y equilibrado de todos los principios nutritivos indispensables para la salud.
No cabe duda de que el progreso hará posible un análisis cada vez más profundo de los numerosos componentes de nuestro organismo y la comprensión de las leyes que rigen sus respectivos equilibrios, pero estos constituyentes son innumerables. Ciertamente que semejante desarrollo sería apasionante, pero al mismo tiempo complejo, aleatorio y costoso. ¿Los conocimientos así adquiridos podrán ser aplicados alguna vez al conjunto de una población? Es posible dudarlo, y por cierto que resulta más fácil volver al equilibrio alimentario de nuestros antepasados, que ya han pasado la prueba del tiempo, y no contar con problemáticos progresos científicos.
6
El ejemplo de los hunzas
Es probable que resulte utópico poder crear una nueva raza de individuos que jamás estén enfermos. Por el momento, se trataría, en cambio, de recrear un arca de Noé, a fin de que algunos, por lo menos, escapen al desastre sanitario. En momentos en que surge una nueva afección, denominada SIDA y atribuida al parecer a una deficiencia adquirida del sistema inmunitario, en la cual, en respuesta al ataque de un virus, aparece una enfermedad contagiosa de mortalidad elevada, es urgente reforzar el estado inmunitario de la población, y ningún método más efectivo que la normalización de la alimentación, como he tenido ocasión de comprobar en numerosas oportunidades.
Y sin embargo ha existido una raza sin enfermedades: los hunzas. Se trata de un pueblo que vive en el Himalaya, en el extremo norte de Pakistán. Su región forma un enclave entre el Pamir ruso, Afganistán y el Tibet chino, tres países de los cuales se encuentra separado por montañas que llegan hasta los 7.000 metros de altura. Varias tribus habitan en esa región. Han vivido ignoradas durante mucho tiempo: todavía en 1935 había que hacer, desde esa región, un viaje de un mes y recorrer 500 km para encontrar un europeo. Alrededor de 1910 pudimos hablar por primera vez de ellos.
Cuando los ingleses colonizaron la India, enviaron a todas las provincias médicos encargados de examinar el estado sanitario de los habitantes y de ofrecerles ayuda. Así fue como un escocés, Mac Carrison, aceptó, muy joven, el puesto de médico de Estado en la
India. Se lanzó con ardor a una investigación relacionada con las enfermedades que prevalecían en el norte de Cachemira. Sus funciones lo llevaron con regularidad, durante 14 años, entre 1904 y 1918, a las numerosas y reducidas poblaciones más o menos autónomas de las regiones fronterizas, y los hunzas eran una de ellas. Estos individuos hicieron impacto en su subconsciente por su hermosa conformación física, su gran capacidad de trabajo y su magnífica salud, pero como su curiosidad de médico se orientaba por completo a las enfermedades, ese pueblo le pareció el más insignificante, el menos interesante de todos. ¡Aparte de algunas fracturas, en efecto, jamás hubo nada que examinar o curar entre ellos!
En tiempos de Mac Carrison se ignoraba lo referente a los diversos grados de la salud y de sus manifestaciones características, así como respecto de las condiciones precisas de las cuales depende (y las cosas no han cambiado mucho en la actualidad). Sus estudios, como los de los médicos actuales, sólo lo habían preparado para conocer enfermedades, y la salud era algo así como un estado sin alteraciones pronunciadas o perceptibles.
Muchos años después, sus trabajos científicos llevaron a Mac Carrison a preguntarse qué era la salud. Entonces recordó a los hunzas y se dedicó a investigar las razones de su salud tan excepcional. Como conocía a los otros pueblos de esas mismas regiones y de esas mismas altitudes, y las enfermedades que imperaban entre ellos, podía hacerlo en condiciones especialmente favorables.
Su estudio lo llevó a comprobar que los hunzas representaban el ideal de la salud humana. Se encuentran exentos de enfermedades crónicas y oponen a sus infecciones una poderosa fuerza de reacción y defensa. Aparte de algunos accesos de fiebre, breves y violentos, y de vez en cuando algunas inflamaciones oculares, que aparecen al final del invierno pasado en viviendas repletas de humo, Mac Carrison no pudo descubrir entre ellos enfermedad alguna. La vejez no debilitaba su visión ni su audición, sus dientes se conservaban intactos, el corazón seguía siendo capaz de esfuerzos. La vida sólo se extingue a una edad avanzada, a los 120 y aun a los 140 años, semejante a una llama apacible que toca suavemente a su fin. Los hombres procrean hasta los 75 años, y se ve a muchos centenarios labrar sus campos. La capacidad de los hunzas para el esfuerzo es notable. Ni la fatiga ni el miedo dan la impresión de existir para ellos. En la montaña son cargadores y corredores incomparables. Para un hunza, 230 kilómetros de un solo envión no representan nada extraordinario ni ocasiona ninguna fatiga visible. Este pueblo muestra un estado de ánimo siempre igual, siempre tendiente a la risa jubilosa, aun en períodos de frío, hambre y privaciones; no presentan señal alguna de irritabilidad, de susceptibilidad, de ansiedad ni de impaciencia, y son conciliadores. Las enfermedades mentales tampoco existen entre ellos.
Del estudio de Mac Carrison resulta que entre la salud real y lo que consideramos como tal existe una gran distancia y hay múltiples estados intermedios.
Si nuestra concepción de la salud es correcta, habría que inventar para los hunzas una noción de hipersalud. Si su salud representa la norma para el género humano, lo que llamamos de esa manera no corresponde a la salud verdadera; es sólo un estado estadístico, un promedio de quienes no se consideran enfermos. Es, por lo tanto, un estado variable, en constante descenso en la actualidad. Mac Carrison define ese estado como la zona crepuscular de una salud que empeora cada vez más, y vivimos en ese estado de crepúsculo sanitario sin siquiera darnos cuenta. Tras un estudio profundo de todos los factores que pueden determinar ese estado de salud asombroso de los hunzas, herencia, raza, higiene, etc., Mac Carrison llegó a la conclusión de que el factor decisivo de la salud, el factor clave, debía ser buscado en la alimentación.
Al regresar a Inglaterra verificó durante varios años sus conclusiones por medio de vastos experimentos con ratas. Dio a 1.200 de éstas la alimentación típica de los barrios bajos de Londres: pan blanco, platos dulces a base de harina blanca, confituras, carne, arenques, conservas, golosinas y de vez en cuando un poco de legumbres cocidas. Encontró en estas ratas, después de un plazo más o menos prolongado, casi todas las enfermedades que existían en el hombre. Esos animales sometidos a la influencia de un régimen urbano se volvían poco a poco irritables, agitados y agresivos. Algunos de ellos terminaron por devorarse entre sí. A otro grupo de ratas Mac Carrison les suministró la alimentación típica de los hunzas. Estas ratas se mantuvieron exentas de enfermedades y entre ellas reinaba la paz y el entendimiento.
En 1934-1935 otro sabio, David Lorimer, se interesó por los hunzas. Era lingüista, y fue con su esposa a habitar durante quince meses con los hunzas para estudiar su idioma y sus costumbres. He aquí lo que informó:
"Los hunzas son unos 10.000 individuos distribuidos en seis tribus y ciento cincuenta aldeas situadas en altitudes de 1.600 a 2.450 metros. La capital es Baltit. Las aldeas se encuentran escalonadas en salientes montañosos que se suceden a lo largo de una quincena de kilómetros, en pendientes soleadas que dominan gargantas de 600 a 900 metros de profundidad. Lo que hace que este pequeño pueblo perdido nos resulte extraordinariamente próximo y simpático es que no pertenece a la raza amarilla, sino a la blanca, es decir, a nuestra propia raza.
"Sería muy fácil imaginarlos circulando, vestidos al estilo europeo, por alguna de nuestras ciudades, sin atraer en modo alguno la atención por su condición de extranjeros. Son de estatura mediana, de belleza regular, y en nada se parecen a los pueblos asiáticos que los rodean.
"Una leyenda afirma que son descendientes de guerreros del Sikandro [Alejandro Magno] que permanecieron en esa región. Su lengua no se emparenta con ninguna otra conocida. A lo largo de los siglos supieron conservar su identidad, y los matrimonios sólo se hacían entre individuos de las distintas tribus, con exclusión de los pueblos vecinos.
"Viven de la agricultura y la ganadería. Su suelo es pobre; la región está desprovista de bosques. Para cultivar las cuestas que caen casi a pico han debido disponer terrazas. Las lluvias son raras en esa región, y para irrigar los cultivos fue necesario, lo mismo que en Suiza, en el Valais, llevar el agua del deshielo de los glaciares, construyendo acueductos y canales de piedras, el más largo de los cuales mide 20 kilómetros.
"Los hunzas disponen de muy poco dinero. Lo reservan para la adquisición de herramientas, de telas de algodón para la confección de sus ropas, de seda para sus fiestas.
"Han rechazado en forma obstinada la importación de productos alimenticios industriales, y se alimentan con exclusividad de productos de su suelo. Para mantener la fecundidad de éste, recogen con cuidado los excrementos de los hombres y de los animales, a fin de devolverlos a la tierra, y de tal manera aseguran el ciclo de materia orgánica y mineral, que pasa de la tierra a la planta, de la planta al animal y al hombre, para volver luego a la tierra.
"Aun las hierbas son raras en el país de los hunzas. Por lo tanto, los álamos que bordean sus campos deben completar la alimentación de los herbívoros, y gracias a su follaje puede sobrevivir el ganado. Este se alimenta en junio de las ramas secundarias cortadas y recogidas con cuidado. Y estos mismos álamos son los que proporcionan la madera para la construcción. "Ningún desecho orgánico es eliminado, hasta tal punto es grande la escasez de forraje, y a partir del comienzo del otoño los niños van a buscar por todas partes briznas de hierba y de hojas olvidadas, y recogen los menores vestigios de plantas o de estiércol.
Por lo tanto, no existe alimentación alguna para engordar el ganado, nada que permita criar cerdos. Las gallinas y los huevos son raros por la misma razón.
"La frugalidad de este pueblo es muy grande. Su régimen alimenticio se compone en esencia de cereales y frutas, y en ocasiones de legumbres. La carne es magra y rara, los productos lácteos
poco abundantes. Los cereales que cultivan son el mijo, el trigo sarraceno, la cebada y el trigo candeal.
"El sol de esta región es lo bastante fuerte como para permitir dos cosechas por año, aun en las tierras más altas, siempre que se sepan alternar los cultivos. De tal modo, se siembra en un mismo terreno, primero la cebada de verano y después el mijo. El trigo sarraceno, dejado sin recoger después de la cosecha del trigo candeal, puede llegar a su madurez antes de los grandes fríos.
"Los cereales se conservan en granos, y se muelen a medida que hacen falta, en molinos de agua, cuya muela inferior de piedra, llamada yacente, es fija. Su altura es regulable, y permite obtener moliendas más o menos finas. La muela superior, o corriente, es movida por una rueda de madera, impulsada por una corriente de agua. Una vez molidos, los cereales se consumen en seguida.
"Los hunzas disponen de uvas, manzanas, moras blancas, muy azucaradas, análogas a las uvas sultanas, y que crecen en grandes árboles, pero su fruta principal es el albaricoque. Es más pequeño que el de nuestras regiones. Su carozo es comestible. Proporciona un excelente aceite. Todos los frutos son secados para la temporada fría. Los hunzas disponen de patatas, de lentejas y de las mismas variedades de legumbres que nosotros, pero en cantidad limitada.
"El invierno dura entre ellos de cuatro a seis semanas. Al comienzo de la primavera sus reservas alimentarias se encuentran casi agotadas; el trigo, las patatas y las lentejas comienzan a faltar. La familia se alimenta entonces de brotes y de jóvenes plantas del huerto, y de hierbas silvestres arrancadas en los trigales. Este período de privaciones de primavera coincide con la época de los grandes trabajos agrícolas, y dura hasta el final del mes de junio. Las caras enflaquecen, las facciones se vuelven angulosas, y sin embargo, las personas se muestran activas, limpias, ordenadas, plenas de atenciones, cordiales y gozosas. Esta subalimentación periódica y pasajera, ese ayuno relativo, no produce perjuicio alguno en la salud de este pueblo, sino todo lo contrario."
Los ejemplos que siguen muestran los efectos nefastos de nuestra alimentación moderna, muy alejada de la de los hunzas, pág. 306 y siguientes.
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La manera racional y óptima de alimentarse Ejemplos de menúes inadecuados
Cuando en nuestros países se le pregunta a cualquier ciudadano de cualquier medio (inclusive a un médico): "¿Cómo se alimenta?", se muestra asombrado, hasta tal punto le parece ociosa y absurda semejante pregunta, y responde de manera uniforme: "¡Con normalidad, por supuesto!" Cuando se trata de precisar la cantidad y la calidad de las grasas consumidas, si se habla con personas que realizan por sí mismas las compras y la cocina, se llega a obtener una respuesta
válida. Pero cuando se interroga a quienes frecuentan con regularidad los restaurantes o las cantinas, o a personas que pertenecen a las clases adineradas, se advierte que no se dan cuenta en absoluto de lo que comen. Para estas últimas, las compras y la preparación de los platos son hechas por otros; el consumo de grasas no es vigilada en modo alguno, con total desconocimiento de su influencia sobre la salud, y ello hasta que se produce una catástrofe mayor, por ejemplo, un infarto de miocardio.
He aquí lo que se considera en Suiza como una alimentación normal: Por la mañana: té o café con leche y azúcar, pan, mantequilla, dulce.
Esta comida, llamada "té" o "café completo", no contiene alimento crudo alguno, tal como nos lo proporciona la naturaleza. Es muy pobre en diversas vitaminas.
Al mediodía-, potaje de legumbres o de harinas prefabricadas; carne o embutidos, pastas o arroz descascarado, patatas, diversas legumbres crudas o cocidas en forma de ensaladas; frutas crudas o cocidas o postres diversos (cremas, helados, pasteles, tartas, etcétera).
Esta comida mixta es relativamente satisfactoria si contiene ensaladas, preparadas con aceite extraído en frío y frutas crudas, pero por lo general se le agregan grasas inadecuadas, cuya presencia aumenta la necesidad de vitaminas F y acentúa su carencia (véase pág. 285).
Alas 16 horas: nada, o té y pasteles.
Los pasteles no aportan otra cosa que calorías vacías y muy a menudo grasas inadecuadas. Por la noche', sobras de la comida del mediodía, con embutidos o quesos, o bien café con leche completo, con flan con crema, tarta o compota.
Esta comida aporta una segunda ración de carne, que es superflua, sobre todo para quienes hacen una vida sedentaria. Es demasiado pobre en vitaminas.
El ejercicio al aire libre permite una mejor oxigenación, y por lo tanto, una mejor combustión de los alimentos, y estimula la actividad de nuestros tejidos. Gracias a las comodidades modernas (automóviles, máquinas agrícolas, etc.) nos volvemos cada vez más sedentarios y rehuimos el esfuerzo físico. Si deseamos mantenernos en buena salud es indispensable hacernos más sobrios, modificar la relación entre los catalizadores (vitaminas, oligoelementos) y las calorías (azúcares, grasas) en favor de los primeros y reintroducir en nuestros hábitos un esfuerzo físico mínimo de siete horas por semana, en forma de deporte, de preferencia al aire libre.
El azúcar y las harinas refinados, las grasas saturadas, reemplazan a otros alimentos más valiosos, más aptos para satisfacer nuestro apetito, y favorecen el desarrollo de la obesidad, actual mente tan difundida (el 40 por ciento de los norteamericanos tienen un peso excesivo). Yo propongo un tipo de alimentación que se inspira en el de los campesinos del siglo pasado, cuando las enfermedades degenerativas -denominadas de civilización- eran todavía raras entre