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Academic year: 2022

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Sobre ser pájaro

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Sobre ser pájaro

Lina Coy

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3 Trabajo de grado

Noviembre de 2021

Pontificia Universidad Javeriana

Carrera de Artes Visuales Texto e imágenes: Lina Coy

Asesores: Luisa F. Roa y Felipe Machado Franco

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4

A los piqueteros de Viña del Mar.

A las gaviotas de Barcelona.

A los gorriones de Madrid.

A las golondrinas de Bogotá.

A todas las aves que me intercambiaron pedazos de almas.

A todo el que me ve volar y decide recorrer trayectos de vuelo conmigo.

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5

Leyente,

piense en voz alta, lea moviéndose, vuele exhalando.

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7

Índice

Introducción 8

El nacimiento de La niña pájaro 10

¿Qué es ser pájaro? 16

Símiles entre pájaros y humanos 23

El pájaro del alma 41

Sobre la (no) cicatrización de las emociones 46

El cuerpo y el silencio 56

Extensión corpórea del alma 59

Proyecto 66

Conclusiones sobre ser pájaro 104

Bitácora de pintura 107

Bibliografía 119

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8

Silencio.

Siempre que me preguntan la historia de La niña pájaro me quedo en silencio. Mi cerebro aletea barajeando el millón de palabras que podría usar para empezar a articular un recorrido al que no le llevo la cuenta, pero siento transitado.

Como si pudiera resumir todo en que, desde que supe de la existencia de La niña me encontré de aquí

a acá.

Sin saber cómo.

Sin tener conciencia.

Sin razón.

Introducción

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9

Al silencio lo acompañan las pulsaciones de los recuerdos que me abruman y me dicen que sí están allí. Las palpitaciones de un cuerpo que quiere gritar a pesar de la afonía.

Un cuerpo que desea expandirse de su carne. La mía.

Un cuerpo en metamorfosis que se excusa en trazos incompletos y recorridos a medias.

Un cuerpo que chilla y no habla, que gorjea y no relata.

Un cuerpo que encuentra pájaros en cada rincón de papel/

árbol hueco/esquina visitada.

Un cuerpo escondido que se asoma entre suspiros y se acciona con rayones.

Un cuerpo que quiere salir volando y quedarse en planeación constante.

Un cuerpo ave.

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10

El nacimiento de La niña pájaro

Hace cuatro años me perdí en la playa.

Cumplía veinte y llevaba meses viviendo sola en un país nuevo, mi Chilito querido. Siempre he sido una sensiblera del caminar: encontrar perdiendo, encontrarme perdida.

Escogí un bus cualquiera. Sin plata,

Escogí una ciudad cualquiera, daba igual, aún no había abandonado a Santiago y a sus cielos rosas.

En menos de dos horas ya estaba en Viña. Sin conocidos, sin antecedentes,

sin retorno.

sin teléfono, sin identificación, sin reloj,

sin ropa de más, sin maleta.

(10)

11

Escogí una calle cualquiera, daba igual, ni si quiera sabía a dónde quería llegar ni cómo.

Caminé treintaytres kilómetros hasta escoger una playa, pero ya no era cualquier playa,

era la playa.

Al sentarme me sentí propia: encontrada. La bahía estaba desierta, todavía era invierno tratando de entrar a verano, tal vez incluso primavera en octubre: con la línea del ecuador arriba.

Mas nadie va a la playa saliendo del invierno.

Ahí fue cuando ellos decidieron hacerme compañía.

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12

Los pájaros me hicieron de los suyos en el día de mi nacimiento número veinte; el primero como ave. Juntos le cantamos al mar y conversamos por horas. Las gaviotas se sentaban en mi pierna y me acariciaban el alma.

Morí en vida, nací pájaro.

Al caer la noche me vi obligada a salir de la parvada.

Pero a segundos de abandonar el nido, tropecé con el cadáver tibio de un piquero de Humboldt /sula variegata/

reposando en la sal de la arena. Era más grande que una gaviota, más pequeño que un pelícano.

Me metí en el rojo de sus ojos.

Se me ocurrió que tal vez, sólo tal vez, su alma había dejado su cuerpo y se había clavado en el mío.

Nunca lo sabré.

Me quedó el vestigio de sus restos, que me recuerdan del día en que me hallé entre las aves y fui plena.

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13

Hubo una vez una niña que no se hallaba en su carne.

Caminaba perdida siguiendo los destellos de los reflejos en las calles, intentando encontrarse.

Se mareaba con la simple idea de divagar atrapada entre paredes.

Susurraba en voz alta sus invenciones, aun si no había ningún oído que la escuchara.

Daba círculos en vano, cargada de culpa por no estar en sintonía con el resto de los humanos.

Se creía extraviada, juzgada, fuera de lugar.

Y sólo se sintió en calma el día en que, en una esquina escondida del mundo, la rodearon miles de aves en la arena.

Aunque no siempre sale a cantar.

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14

La niña pájaro se esconde tras la intuición que me

invade el cuerpo de improvisto, mientras espía entre sus afanados trabalenguas, trechos y trinos.

Cuando ella escribe, empieza a rayar sin darse cuenta.

Resume sus relatos en parafraseo entonado; oraciones que parecen más versos que redacciones, si es que no se convierten en descripciones de sonido.

Ante su condición de pájaro, la niña se deja llevar inevitablemente por el migrar.

Se desplaza

entre:

manchas, alborotos, rasguños, materias y registros para enunciarse.

Recolecta sus recuerdos con trozos de cinta y rasgueos de papel, tan crudos como sus primeras reacciones,

tan latentes como los chillidos que exhalan sus pulsiones.

La niña pájaro escribe, luego raya, descubre al describir y luego termina de trazar.

Sin orden especifico,

sin adornar la naturaleza de sus pensamientos.

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15

Desde el día en que cumplí veinte años en este cuerpo, escarbo la sospecha de existir como un ser pájaro y no un ser humano.

Incitada por un recuerdo de pertenencia junto al mar.

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¿Qué es ser pájaro?

La aparición de una metáfora incita a romper la realidad que se habita cuestionando lo conocido.

Una vez que empecé a sospechar mi naturaleza de ave, me permití explorar mi cuerpo de otra manera.

Contaba hasta el número que fuese necesario para aislarme del ruido y miraba fijamente las palmas de mis manos.

Frotaba los pulgares con fascinación y repetía cualquier acción que me hiciese consciente de todas sus

terminaciones.

Imaginaba que mis dedos eran de arena.

Arena húmeda cayéndose de a pequeños montones hacia el vacío.

Y los abductores cortos del pulgar se me tensaban al ser víctima del vértigo de un cuerpo deshecho.

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Imaginaba que mis manos eran líquidas.

Sentía las palmas chorrear, los dedos escurrirse.

Recorría la piel, embadurnando de arriba abajo con mis manos hechas agua, hechas cera, hechas lluvia.

Sentía la tibieza de la fricción desparramarse por la epidermis.

Los trapecios se relajaban con el tacto y las falanges se mezclaban entre sí.

Una vez que fui más consciente de la materialidad de mi cuerpo, empecé a perder la línea racional que separa la izquierda de la derecha, la solidificación de la fusión, el horizonte de la bruma.

Las extremidades se deslizaban y yo sólo era consciente del vaivén que el cerebro dirigía y el torso reproducía.

Cada vez que quería regresar al sentimiento de plenitud de la playa en Viña del Mar, respiraba con el movimiento, exhalaba con el cuerpo, dibujaba en grandes trayectos.

No sabía cómo invocar al espíritu alado que sentía se había introducido en mí.

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Empecé de a temblores, detectando hasta el último centímetro, visible o no visible, de mi piel; buscando sentirme ave:

“Saberse –y, quizá más todavía, sentirse- cuerpo es verse obligado a desmenuzar día tras día la idea de ser el pálpito de una crisis sideral, el dolor de una herida abierta, la derivación de una angustia universal.

Y es precisamente en este límite donde nace un convencimiento: si “razón” de la masa corpórea es el alma, y ésta una forma para el arte, entonces la carne cumple con su principal destino al corromperse. Sólo la desintegración, alcanzado su final, dará lugar al alma, dejará un sitio en el que ésta se exhibirá.”1

1 Pere Salabert, La redención de la carne. Hastío del alma y elogio de la pudrición (Murcia: Casa Díaz Cassou, 2004), 102.

Así que cuando por fin me dejé diluir con el movimiento y habité el espacio pequeño que me rodeaba, jugando a que no aplicaba la gravedad, fui más fluido que organismo, más ave que humana, más alma que carne.

Me pregunté qué accionaba ese sentimiento de plenitud, de pertenencia, de vuelo y terminé divagando en si en realidad yo era un cuerpo o una identidad efímera que ocupaba una materia.

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Al inicio me abrumé, sin saber de dónde venían tantas preguntas.

¿Por qué estaba cuestionando mis límites corporales? ¿Por qué ponía en duda la capacidad de la forma orgánica que habito?

Llegué incluso a preguntarme si ese día yo había muerto y la niña que se creía pájaro había tomado mi cuerpo.

Pero después de tantos escenarios, tantos deslizamientos, tantos intentos de vuelo,

comprendí que los límites de la carne se rompen bajo la conciencia sensorial de sí misma, sin involucrar necesariamente el deceso biológico.

Pues el ave puede migrar del cuerpo durante el sueño, mientras el baile o al rayar manchas.

El ave sabe salir de la afonía. Trina con energía hasta que se le acaba el aliento, pero sabe convertir la tristeza en movimiento.

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20

Ser pájaro es entonces extender los límites del cuerpo, exhalar el ánima, transmutar el silencio.

Aunque no siempre supe sobre ser pájaro.

Por lo que mi trayecto de vuelo empezó como todo lo demás: preguntando.

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21

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22

Escribirle cartas a la niña fue el inicio de mi larga búsqueda.

Iba por buen camino al intentar establecer una

conversación con ella, pero aún no sabía que el Pájaro del Alma entiende tan poco de palabras racionales como de paredes.

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23

Símiles entre pájaros y humanos

El cuerpo formula palabras y narrativas que no puede modular.

Descubrirme ave no fue tan sencillo como creí al

principio, rodeada entre cúmulos de océano por gaviotas.

Me miraba al espejo y me reía.

¡No puedes ser un ave!

Los humanos no son plumíferos. No tienen pico, ni comen gusanos. No se levantan del suelo ni se acurrucan en las cumbres de las ramas.

Pero cerraba los ojos.

Olía el agua salada, raspaba la arena, recorría el rojo profundo de los ojos del piquetero.

Y volvía a sentirme ave.

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Cubría mis oídos.

Tratando de escapar del juicio de las voces burlonas provenientes del espejo, que repetían lo ridículo que sonaba creerme pájaro siendo humana.

Cubría sin presión o fuerza, sólo dos cuencas de piel tapando un par de cráteres de hueso.

Descubría, cubría, descubría y cubría, sin tardar menos de una respiración de por medio. Rápida y compulsivamente:

descubría, cubría,

descubría,

cubría.

Me di cuenta entonces del sonido que producía el vacío que hay entre el conducto auditivo externo y las palmas de mis manos.

Empecé a entender que el cuerpo que poseo suena. Y consciente de eso, repetía hasta saciar mis ansias de escuchar el juuuuiiuthh juiijuuuuuuuu juth que salía de mis orejas. Haciendo sonar una y otra vez el soplido que me transportaba al lugar que me trae plenitud.

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25

Sigo repitiendo. Cada vez que se me olvida cómo suena el mar, cómo suena la altura de las nubes, cómo sueno yo.

Pero pienso también entonces en todas las veces que he cubierto mis oídos.

La mitad de las veces habrá sido por voluntad propia. La otra mitad por afán.

Se me eriza la piel de recordar los sonidos agudos, metálicos y constantes a los que también he sido sometida:

silbidos que atravesaron el cuerpo y resonaron en la cabeza;

chillidos que no me dejaban otra opción que sujetarme el cráneo.

Esas veces el cubrir no precedía el descubrir sino antecedía la huida.

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26

Así, ¿cómo recordar el mar, las alturas? ¿Cómo asociar el sonido con la atmósfera cuando el tiempo se dilata y sólo existe la urgencia por interrumpirlo?

Sin posibilidad de escucharme.

Sin posibilidad de llenarme de la sal del océano.

Sin posibilidad de volar guiada por las vibraciones del cuerpo.

Así, el gesto se vuelve un apuro, no una atracción.

Ése es el primer símil entre pájaros y humanos: el movimiento que nace de un deleite y el movimiento provocado por una necesidad.

El desplazamiento de las aves es aprendido, sus mañas y trayectos son réplicas de otras. Los vestigios de sus vuelos se convierten en planificaciones lineales.

Saben cuándo y a dónde migrar.

Qué árbol evitar y en qué ventana no trinar.

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27

Se transfieren entre ellas rutas de marcha y tiempos de espera;

2 Konrad Lorenz, Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros (Barcelona: RBA Editores S.A., 1993), 37.

“¿Un juego? Sí, un juego, en el más propio sentido de la palabra: movimientos practicados por ellas mismas, para disfrutar, no al servicio de una finalidad determinada.

Y debo advertir que se trata de movimientos aprendidos, no de instintos innatos. Pues todo lo que practican las aves en las alturas, la utilización del viento, la apreciación de las distancias y el conocimiento de las condiciones locales de una dirección determinada del viento, no es sólo patrimonio heredado, sino que lleva el sello de lo que se ha adquirido individualmente.”2

Las aves aprenden con el cuerpo.

Se dejan guiar por la brisa y concluyen hipótesis con la deriva.

gestos de peligro/llamada/migración;

reflejos de supervivencia y movimientos de escape.

Cada una carga con su propio aprendizaje.

Aunque para ellas, moverse sea igual a jugar.

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28

Memorizan el volar con el espacio y espabilan los instintos con la repetición.

Les gusta poner a prueba su gigantón ciego temporal: la fuente de energía que impulsa el cuerpo a través del aire.

Ansían oscilar por su cuenta, volar por retozar,

quebrar lo conocido.

Como yo.

No obstante, dentro de la deriva prevalece el instinto.

A veces, cuando estoy en el epicentro de una multitud, los entes pasajeros se convierten en transeúntes borrosos, sombras instantáneas; sin rostro,

sin voces, sin tiempo.

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29

A veces, deambulo con la sospecha de una inminente amenaza que se arrima como aire filoso contra la espalda baja. El coxis se retracta y la nuca se pone alerta.

A veces, me sacudo el estupor otorgándole a mi garganta seca lo que pide:

¡Ayuda!

¡No!

¡Auxilio!

¡Aquí!

No me niego el deseo de gritar, de hacer entender que estoy en peligro.

Así encuentro a través de mis cuerdas vocales una interjección.3

Un grito que vino de una acción sonora aprendida, un llamado heredado del que estoy convencida generará una respuesta inmediata en el destinatario.

Pero el instinto no se manifiesta por sí mismo.

3 Palabra fija cognitiva que forma enunciados exclamativos para expresar sonidos, manifestar impresiones o verbalizar sentimientos.

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30

El alarido de riesgo se me grabó desde la infancia.

Las palabras de seguridad las escuché antes con la misma intención y las pronuncio porque sé, ¡sé!, que evidencian cómo me siento.

Ahí me sé ave, porque “basta que una grajilla vieja chirríe de manera perceptible una sola vez, para que se grabe indeleblemente una asociación de ideas entre la imagen del enemigo y la advertencia.”4

Mi mamá me enseñó a gritar en busca de ayuda. A llamar la atención.

Mi mamá me dijo que el escándalo me ayudaría a salir de la parálisis para pedir alivio.

Mi mamá me prometió que si chillaba en dónde estaba, me encontraría.

4 Lorenz, Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros, 49.

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31

Sin embargo, los gritos no siempre van asociados a la desesperación.

En los días templados, esos en los que la brisa se

atraviesa de improvisto, siento el aire frío en las mejillas y me gusta imaginar que atravieso el cielo.

Me muevo entre los súbitos vendavales y soy consciente de la corriente que me golpea.

La velocidad del viento aumenta, el roce es más feroz, y aunque la respuesta corporal inmediata sea cerrar los ojos para evitar que la sal del huracán calcine las corneas, mi tráquea es la que se impulsa con la ráfaga.

El diafragma se infla.

Absorbo un suspiro.

Inhalo profundo.

Exhalo con fuerza.

Expulso el aire que está refugiado en mi garganta con la contundencia suficiente para que el pecho finalmente se relaje.

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32

Inhalo profundo.

Exhalo sin pens aaaah jaaajjujjthh.

De esta manera, mi cuerpo entona por sí mismo y emite una onomatopeya5.

Un soplo desaforado que se escapó de los pulmones y se abrió camino por el esófago, hasta encontrarse con su detonante mismo.

Un eco involuntario, crudo, emocional.

Una réplica sonora de la propia atmósfera.

5 Palabra que se forma organizando letras para representar o describir sonidos, partiendo de la imitación del ruido de aquello que se designa.

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He ahí el segundo símil entre pájaros y humanos:

onomatopeyas es a canto lo que interjecciones a chillidos de supervivencia.

La simbiosis acústica que se da entre el oxígeno y el cuerpo es larga y compleja, aunque innata e incontenible;

justo como el canto.

Los trinos son tendidos y pasionales, no se impulsan por apuro, se extienden por corazonada. Desparraman emociones y prolongan sentires.

El canto no se puede controlar, las onomatopeyas no deberían reprimirse.

En compensación, las llamadas de auxilio son aprendidas y heredables. Concisas y precipitadas, agudas y evidentes.

No menos viscerales, pero preexistentes para saciar una función.

El estruendo de peligro es corto e inmediato pero

premeditado, las interjecciones susceptibles al contexto y el espacio.

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34

De cualquier manera, cacarear viene de la tripa:

6 Lorenz, Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros, 62.

“La exteriorización no intencionada del propio estado de ánimo actúa de forma sumamente contagiosa, o sea, que es algo parecido al bostezo entre los humanos.

Este mutuo contagio de un estado de ánimo tiene como consecuencia el que, al final, todas las grajillas coinciden en hacer lo mismo.”6

Cuando se escucha incontables aves cantar no se

presencia una conversación, sino la expansión del regocijo que surgió de una y su impulso de chillar.

Sin la transmisión del alboroto, el impulso sonoro queda a medio camino; suspendido en el espacio.

El viento se vuelve el encargado de que un susurro no se quede sin remitente.

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Cualquier vibración se hace entonación si la brisa la transporta.

Cualquier gorjeo se materializa si el orificio más pequeño lo escucha.

Cualquier silbido se vuelve idioma:

7 Charles R. Darwin, El origen del hombre (Valencia: F. Sempere y C, Editores, 1909), 37.

“los sonidos que dejan oír las aves ofrecen la mayor analogía con el lenguaje, porque todos los miembros de una misma especie expresan sus emociones con los mismos gritos instintivos.”7

Me veo y me cuesta imaginarme con un pico.

Pero cierro los ojos y me veo gaviota.

Me veo y me cuesta imaginar plumas encima de los poros.

Pero estiro los brazos y revoloteo mis alas.

Me veo y me cuesta imaginarme en el aire.

Pero recorro el trayecto y no sé cómo llegué al destino.

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Me sé ave,

pero las falanges no son remeras primarias, y los pulgares opuestos evidencian una descendencia exclusiva de los simios.

Aunque lo cierto es que:

8 Edgar Morin y Domènec Bergadà, El Paradigma perdido: ensayo de bioantropología (Barcelona: Editorial Kairós, 2008), 60.

La comunicación fonética se halla escasamente desarrollada en los primates.

El humano, desde el punto de vista vocal, se halla mucho más cerca de las aves y para poder crear el lenguaje ha precisado de un conjunto de mutaciones genéticas que, quizá por separado, quizá actuando a un mismo tiempo, reestructuraron la caja craneana dándole aptitudes acústicas.”8

Así que, sonoramente, somos más pájaros que simios.

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El homo avem9 no necesita palabras para desembuchar sus pulsiones.

Tan sólo sonidos que expidan las preocupaciones de su ánima, las reacciones de su cuerpo, las amenazas de su psiquis.

¿qué sería de mí sin poder manifestar los malestares del alma?

Los pájaros regurgitan su ímpetu en trinos. Prolongan sus alegrías y gorgoritean sus pesares.

El homo sapiens sólo se diferencia porque es capaz de

¡vigorizar sus gritos con caracteres! y es consciente de ello.

Incluso en las lunas donde no podía pronunciar

conjeturas, vociferaba su desasosiego/alborozo/estupor entre bramidos y siseos:

9 Pájaro en latin

“se sugiere que tuvieron primero la habilidad de cantar y que después fueron integrando elementos léxicos en esos cantos.

El resultado fue la capacidad de construir patrones complejos, como una canción, pero con palabras.”10

10 Shigeru Miyagawa, Robert C. Berwick, y Kazuo Okanoya, «The Emergence of Hierarchical Structure in Human Language», Frontiers in Psychology 4 (2013), https://doi.org/10.3389/fpsyg.2013.00071.

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El sonsonete viene primero, los versos después.

Cuando me dejo llevar por los barullos de la tripa que desembocan en incoherencias, los vocablos eventualmente encajan a su propio tiempo.

Si no pudiera dejar sonar al ánima, los malestares se acumularían en un nudo espeso y pesado que inmovilizaría el cuerpo. Me consumiría la quietud. Me abandonaría la vitalidad y mi cuerpo en ausencia de pulso experimentaría finalmente el silencio absoluto.

A las demostraciones sonoras de aliento las acompañan los movimientos borrascosos de las aves.

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39

Si estiro las manos hasta arriba, mi cuerpo suena desde el dolor de los codos hasta el tronido de los omoplatos.

Tal como la fricción de las plumas de los pájaros contra el apuro y la brisa.

Si reprimo un suspiro, mi cuerpo suena desde la

inhalación profunda hasta el silbido que sale de la nariz al despedir el aire filtrado por los cornetes durante una exhalación suave.

Tal como el gorgorito que se escapa sutilmente por los agujeros de un pico.

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40

Cada deslizamiento del cuerpo seguido por una espiración sonora cuenta como un trayecto de vuelo.

Si al moverme jugueteo como las golondrinas y si sólo necesito balbucear para ser grajilla,

¡estoy más cerca de ser pájaro de lo que creía!

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41

El pájaro del alma

El ánima decide sobre el cuerpo, sobre todo cuando está en quietud.

A veces cuando estoy inquieta imagino un cajón; sin tamaño ni color.

No puedo ver qué hay dentro, sólo me concentro en los golpeteos desesperados de algo que lucha por salir.

Las paredes retumbpgggh .

Arremeten contra la superficighp—ttttz z.

Estrellándose con fuerzpghhh——--uuu u.

Si me quedo quieta, escucho aleteos:

plumas disonantes que revolotean desaforadas en su encierro visceral.

(

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42

Estoy convencida de que, si le hiciera un orificio al cajón imaginario, al espiar encontraría materializado un recuerdo de infancia; una idea incrustada por un cuento para niños:

11 Mijal Snunit, El Pájaro del Alma, 2° ed. (México:

Fondo De Cultura Económica, 1996), 6.

“Dentro del alma, en su centro está, de pie sobre una pata, vagando por aquí y por allá, un pájaro: el Pájaro del Alma.

Seguramente quieres saber de qué está hecho. ¡Ah! Es muy sencillo: está hecho de cajones.

El Pájaro del Alma está de pie sobre una sola pata: con la otra gira la llave y todo lo que hay dentro se esparce por el cuerpo.”11

El pájaro del alma se encargó de que, desde pequeña, cuestionara qué había dentro de mí.

Y todavía, cada tanto,

le echo al ave encarcelada la culpa por las alteraciones que sus alegrías y pesares causan en mi carne.

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43

Descubrí entonces que no soy la única que siente un roce de alas dentro del pecho en vez de éter contenido:

12 Albert Champdor, El libro egipcio de los muertos (Madrid: Edaf, 2010), 124.

“En cuanto a su alma, los egipcios la representaban bajo la forma de un pájaro con el rostro del difunto.

En el instante de la muerte, el alma revoloteadora dejaba el cuerpo momentáneamente privado de su vida; se escapaba por los pozos y regresaba a visitar. Se la podía ver en las ramas de los sicómoros y en los jardines a orillas del Nilo.

Permanecía lúcida, dinámica y aventurera en ese mundo extraño que era suyo.”12

Siempre ansiosa de volar el ánima, con el cuerpo a su merced: que, a decir verdad, ahora entiendo más vehículo que cárcel.

Aunque sí se enfrenta a un encierro inminente cuando el ente ve las yemas de los dedos como fronteras estrictas, fin inamovible de la carne.

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Si me dejo creer que tengo pájaro por alma al menos por un momento, me doy la oportunidad de pensar que tengo la capacidad de manipular mi forma a mi antojo.

Y así, para accionar el vuelo en mis huesos sólo me basta con: incitar la quietud de la mente,

escuchar atentamente el pulso, dejar sonar los pulmones.

El pájaro del alma se traslada del interior del tórax al lenguaje del cuerpo; porque el instinto del pájaro vuelve al ente mismo un cuerpo ave.

“El cuerpo animal, ese cuerpo no civilizado, no

contaminado aún por las particularidades de cada cultura, es el que sabe que su piel no termina con su cuerpo.”13

13 Patricia Cardona, Dramaturgia del bailarín o el cazador de mariposas (México: Cenidi Danza/INBA/CONACULTA/Escenología, 2000), 36.

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Tener pájaro por alma implica entonces quebrantar el contorno del cuerpo para pasar a otra atmósfera, a otra hoja en blanco, a otro estado de materia.

Cuando el alma es pájaro se derriban barreras corporales, se visitan mares en el cielo y se develan los secretos de los sueños.

Cuando el cuerpo está en quietud, se escucha al ánima con claridad. Se deja guiar los movimientos del cuerpo por los aleteos del pájaro.

Siempre bajo el riesgo de que el pájaro no vuelva de sus vuelos, como advierten los egipcios, y el cuerpo quede a la deriva del tiempo y el espacio; pudriéndose, sin la fuerza del ánima.

Porque el pájaro del alma es, ante todo, “destello de luz, fulgor en la forma, brillo en la eternidad”14. Pero también decide hacia dónde impartir el vuelo.

14 Salabert, La redención de la carne. Hastío del alma y elogio de la pudrición, 55.

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46

Sobre la (no) cicatrización de las emociones

La materialización de las sensaciones nace del inminente empalme entre gesto e impulso.

A veces me gusta apretar los nudillos con fuerza:

frustración.

Sentir cómo las uñas se clavan inevitablemente en las palmas de las manos y ver la sangre acumularse en la punta de los dedos.

A veces me gusta comprimir las articulaciones con fuerza: rabia.

Tan sólo para contemplar la huella blanquecina que dejan los huesos encogidos en la piel.

El ligero ardor, provocado por los huecos superficiales de mis garras, se va en cuanto estiro las manos. Cada centímetro de epidermis se reacomoda como si no hubiese habido acción.

Sin cicatriz.

Sin rastro.

Sin herida.

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47

Pero a pesar de que mi cuerpo no registra indicios del hecho, incluso cuando suelto el agarre con tranquilidad, existirá algún vestigio sensorial de él.

La memoria corporal no falla en revelar las contrariedades emocionales del ser, precisamente porque el cuerpo jamás decepciona en evidenciar las reproducciones del alma:

“El cuerpo expresa el espíritu, lo hace brotar hacia afuera, le saca el jugo, lo hace sudar, le saca chispas y arroja todo en el espacio.”15

Si existe alguna confrontación interna, la carne se encargará de emplazarla en el entorno.

Basta con dejar que la forma se adapte a las condiciones de la emoción para que esta se expanda por cualquier superficie.

15 Jean-Luc Nancy, 58 indicios sobre el cuerpo: extensión del alma, trad. Daniel Alvaro (Adrogué: La Cebra, 2007), 17.

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¡No hace falta un estímulo descomunal para hacer creer al ánima que hay una urgencia vital que espera su respuesta!

Incluso una remota presión en el pecho es suficiente para que el cuerpo empiece a reaccionar en cadena; hasta la brisa más ligera se potencia con la exteriorización física de una excitación:

“La libre expresión de una emoción la hace más intensa.

Esto proviene, en parte, de la relación íntima que existe entre casi todas las emociones y su manifestación exterior, y en parte de la influencia directa del esfuerzo muscular sobre el corazón, y, por consiguiente, sobre el cerebro.”16

16 Charles R. Darwin, La expresión de las emociones en el hombre y los animales (Buenos Aires: Intermundo, 1946), 417.

Incluso una lesión diminuta bastará para impulsar la contracción de las facciones del rostro y la exhalación de incoherencias; intensificadas por el ardor que genera la impotencia de ver la piel a merced del tiempo y el espacio.

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49

Las heridas destilan aflicciones innatas: emociones rápidas que se transforman en gestos puros y sonidos naturales.

Bajo la influencia del dolor siempre se dificulta

reconocerse. La tripa se apodera del cuerpo mientras remite rugidos raucos y rae rasguños rabiosos:

17 Cardona, Dramaturgia del bailarín o el cazador de mariposas, 22.

“La naturaleza nos dice, a través del comportamiento animal, que sólo en momentos de confrontación surgen energías que de otro modo permanecen dormidas.

La necesidad de sobrevivir provoca un extremo estado de alerta.

Es un momento crítico, por el riesgo implícito, que desencadena ciertos procesos fisiológicos.”17

De allí que la niña pájaro se esconda entre las líneas y salga a gritar cada tres cuartos de vuelo.

Cuando se ve obligada a encarar la superficie en blanco, el espacio vacío, el silencio incómodo.

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50

Aunque no sólo se puede ser pájaro al agonizar: animal al sufrir.

No sólo se llora en el dolor, se aúlla en el pesar o

se coleriza en la impotencia.

La sal del cuerpo es tan ambigua que conserva la carne al diluirse y la cura en tanto la calcina.

La sal del cuerpo es tan imperceptible como escandalosa, tan propia del regocijo culminante como de la nostalgia apabullante.

¡Tan oxímoron es la sal del cuerpo que la denominamos lágrima para enfrentarla!

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Así de intrínseca es la forma cuando el ánima se abate con la atmósfera.

Así de inmensa es:

18 Morin y Bergadà, El Paradigma perdido, 91.

“la intensidad e inestabilidad que adquieren alegría y tristeza. Risas y lágrimas son estados violentos, convulsivos, espasmódicos, rupturas, sacudidas, y por lo demás se entremezclan y permutan: se ríe con lágrimas en los ojos y los sollozos pueden convertirse súbitamente en risas «dementes».”18

Así de impredecibles son los reflejos somáticos cuando el alma es tocada por el cuerpo y éste por el alma. Las emociones van de aquí

a allá cuando es el espíritu quien interviene en la colección de memorias corporales.

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Entre la catarsis se empieza a quebrar el límite de la forma y su contorno definido resulta en nudo de pulsiones.

El enredo influye irremediablemente en la exteriorización de las emociones.

No en tanto su manifestación sino en su discernimiento.

Porque “nuestras interjecciones de dolor, miedo, sorpresa, furor, junto con las gesticulaciones apropiadas son más expresivas que las palabras.”19

Es entonces la cohesión entre el espasmo y el sonido incontenible lo que permite al cuerpo expresar un sentimiento vivo; más que la trasmisión cognitiva de la emoción.

La alerta vale más por estruendosa que por léxica.

Aunque eso denote devolverse a un estado carente de razón.

19 Darwin, El origen del hombre, 37.

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Pero “el retorno lleva a algo completamente natural: los hombres son de nuevo hombres, y los sonidos de nuevo sonidos.”20

Reconocer el lenguaje como derivación de un sonido natural que emerge en reacción de una emoción simple, les otorga a las palabras el intervalo para que puedan permanecer vivas, orgánicas, maleables.

Para que existan en finalidad de expresión y no de interpretación.

Si el ruido es genuino, logrará comunicar su objetivo sin importar el orden intelectual:

“Las palabras, aun cuando abstractas, nunca pierden ese primitivo nivel afectivo. Su tono (un modo de crear significado) es un pre-pensamiento, crea una melodía que resuena en el cuerpo del otro.

Y es precisamente la resonancia corporal lo que hace posible la comunicación.

El lenguaje, como resonador, no puede separarse de la expresividad del canto del ave.”21

El cuerpo siempre termina rindiéndose ante su carácter animal.

20 John Cage, Para los pájaros (España: Alias Editorial, 2007), 38.

21 Cardona, Dramaturgia del bailarín o el cazador de mariposas, 32.

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Ante ésa condición de pájaro que lo hace más emoción que cadáver,

más vigor que palabra, más impulso que razón.

Es su estado visceral lo que hace de las emociones, heridas latentes que cicatrizan fisiológicamente pero que permanecen inevitablemente frescas en presencia del recuerdo.

Del estímulo que alguna vez fue detonante.

Una alteración sensorial desencadenará fisuras intangibles que ocasionalmente susurrarán que siguen allí.

A pesar de la ausencia de la costra, la marca acompañará al cuerpo atemporalmente, porque alguna vez fue testigo irrefutable de una emoción profunda que suscitó un gesto salvaje.

La emoción rasguñará levemente al ánima.

Aunque no haya marca perceptible, la cicatrización completa de las sensaciones se dará hasta que el

Pájaro del Alma haya partido a ríos inimaginablemente interminables.

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Los traumatismos de la carne quedarán con el cuerpo que tuvo contacto directo con sus exaltaciones:

“Como la estela de un navío desplazándose en el agua, el alma es lo que deja el cuerpo tras de sí y le sigue una parte de su camino, porque es su resto levemente material, su rastro persistente como un recuerdo, una imagen, un gesto, una idea, la reserva de una palabra.”22

22 Salabert, La redención de la carne. Hastío del alma y elogio de la pudrición, 103.

El pájaro aprende de sus viajes, pero no puede accionar sus conmociones; los recuerdos ya cicatrizaron.

Se debe conformar con la materialización que la emoción tuvo en su momento:

la voz que se volvió gesto, la línea que se hizo forma,

la exaltación que desembocó en murmullo.

Es por eso que el ave no debe reprimir ninguna afección.

Porque el impacto mayor quedará impreso en el cuerpo, mientras que su trayecto quedará impregnado sólo con la nostalgia de lo que era sentir por medio de la acción.

¡Cada vestigio de emoción es tan importante para la catarsis como ella misma!

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El cuerpo y el silencio

Mientras que haya vida no habrá absoluto silencio

Silencio.

Nunca estoy realmente en silencio.

Cada vez que intento recuperar el aliento tras haber forzado el diafragma, los pulmones suben y bajan como mecanismos de arrastre.

El pulso retumba en mis oídos con más fuerza de lo usual.

Mi cuerpo marca su propia marcación rítmica, desde la terminación de los párpados hasta

la boca del estómago.

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Silencio.

Cuando decido quedarme en silencio, me enfrento a

cadencias entre articulaciones, pulsaciones entre ligamentos, quejidos entre fragmentos.

Siempre y cuando haya gravedad, sangre y vida, habrá ruido.

El sonido es el efecto colateral de estar vivo.

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A veces me dejo asociar pulso con pisadas, gritos con pulsiones, lágrimas con mar.

¡Qué liberador es el silencio para los sentires del ingenio!

Creerse metáfora con tan sólo escuchar los susurros del cuerpo:

“El alma, o principio de vida, estará entonces en la sutileza de un suspiro, será un soplo, o cuerpo aéreo, que, añadido a la materialidad del cuerpo carnal, actúa como la sangre que circula e inunda todos sus rincones para darle vida y movimiento.”23

23 Salabert, 106.

Si el cuerpo contiene alma, contiene vida, contiene pulso,

se adhiere a la consecuencia inevitable de nunca estar en silencio.

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Extensión corpórea del alma

Las espiraciones del cuerpo evidencian el frenesí de la carne.

A pesar de la escasez de coherencia, suelo encontrarles más sentido a mis onomatopeyas que a la cuarta parte de las palabras que conjugo.

El recado logra transferirse con mayor claridad si resulta en un sonido no premeditado. Porque no hay espacio para aderezar la primera reacción con parafraseo forzado:

24 Darwin, La expresión de las emociones en el hombre y los animales, 416.

“Los movimientos de la expresión de vida y energía de las palabras revelan a veces los pensamientos y las intenciones de una manera más real que las frases, que pueden ser engañosas.”24

¡Lo que importa es que las afecciones no se repriman, no el raciocinio con el que son expulsadas!

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Cuando el ánima recolecta impresiones, los pulmones actúan como matriz afectiva:

25 Darwin, 398.

“Todo acto, cualquiera que sea su naturaleza, que acompaña constantemente un estado determinado del espíritu, se hace expresivo en seguida.

Por ejemplo, la producción de sonidos diversos por el órgano de la voz o por otros mecanismos”25

son los encargados de proferir la reacción más inmediata de las inquietudes del alma.

Una vez el espíritu es afectado por el entorno éste debe reaccionar corporalmente.

Por eso el ímpetu nunca debería abandonar el cuerpo:

es el que alimenta al pájaro del alma e impulsa el deslizamiento de la forma.

Así funciona la carne. La emoción desencadena el movimiento o, en defecto, su ausencia.

No siempre se planea.

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La exteriorización del ánima es completamente

espontánea, y el cuerpo no tiene más remedio que quedar en función de ella:

26 Lorenz, Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros, 71.

“La grajilla y el ganso expresan de manera inconsciente su estado de ánimo. El «¡kiuu!» o «¡kia!», así como la voz de alarma que significa «¡a escapar!», no son intencionadas; el ave está obligada a emitirlas por hallarse en aquella disposición; no puede inhibirlas y las deja oír incluso cuando está sola.”26

Por eso las onomatopeyas no están hechas para ser oídas sino para ser dichas.

Si sólo contaran los cantos que alcanzaron a ser escuchados, quedaríamos a merced de la apatía.

Porque los murmullos oscilan por el espacio, buscando desesperadamente un destinatario, pero no todos los gorjeos acaban en palabras y no todos los sentires del ánima se logran trasladar.

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Algunos trinos devienen en silencios, no batallan la quietud o sobreviven al sosiego:

“En todas las relaciones humanas aparecen dos grandes zonas silenciosas: antes y después de la palabra.

Antes, cuando todavía no se ha hablado, uno se encuentra en un estado de pudor que permite que la palabra nazca del silencio y tenga más fuerza.

El otro silencio es el de después: cuando ya no tenemos nada más que decir.

Sólo se sale de este silencio por dos caminos: la palabra o la acción.”27

27 Jacques Lecoq, El cuerpo poético (España: Alba Editorial S.L.A, 1997), 52.

Las extremidades se mueven entonces tras la falta del habla e impulsan los malestares de la atmósfera antes de la lluvia; deslizando las afecciones del alma de una superficie a otra.

Así es que, al mover la forma mutan las alegrías y se comprenden los pesares.

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No hace falta una acción descomunal para salir del estupor.

Basta con que un gesto natural sacuda el silencio del cuerpo para que el ciclo hidrológico 28 siga su curso.

Es necesario dejar que el bostezo contagie, que el rayón fluya,

que la dislocación aúlle.

Privar a la carne de sus manifestaciones despoja al ánima de quebrar los límites de su contorno.

28 Proceso de la lluvia.

Al reprimir los bisbiseos se dificulta el trayecto del trazo y se disminuye el alcance de la línea.

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Los bronquios actúan como artilugios de energía: cuando hay carencia de alaridos se reduce el impacto de la piel contra el viento. Por lo que, el recorrido de la brisa no se traducirá en memoria si no hay un grito que acompañe la experiencia corporal de su tacto:

“Sería absurdo pretender separar la voz del cuerpo.

Cada gesto posee una sonoridad, una voz.

La emisión de una voz en el espacio es de la misma naturaleza que la realización de un gesto: lanzo mi voz en el espacio, intento alcanzar un objetivo, hablo a alguien a una cierta distancia.

Tanto en las olas del mar como en cualquier otro movimiento, gesto, respiración y emisión de voz se realizan conjuntamente.

Con el movimiento puede ser lanzado un sonido, una palabra, una frase, una secuencia poética o un texto dramático.”29

29 Lecoq, El cuerpo poético, 106.

¡Hasta el más pequeño estremecimiento es acompañado por una espiración del cuerpo!

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Escurrirse entre los suspiros extiende la forma, alivia los sentires y verbaliza los gestos.

Las palabras son entonces emociones que desembocaron en deslizamientos; murmullos que mutaron en muecas.

Cuando se deja berrear al ánima, la pulsión resuena en movimiento y queda en evidencia que, al estar vivo, nunca se está en quietud o silencio absoluto.

Por ende, el cuerpo actuará por impulso del espíritu.

Rayará por inercia, rasgará por instinto, gritará con vehemencia.

Y la carne se volverá un reflejo del ánima.

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Proyecto

El proceso de persecución de La niña pájaro

Cada vez que rayo, mancho, grito,

intento encontrar a la niña pájaro.

Siempre sigo su rastro animal; incluso en el tiempo en el que ni si quiera sospechaba de su naturaleza.

Cada vez que su instinto se exalta, ella se apropia de mi cuerpo.

Me levanto con la piquiña de hablar sola en voz alta.

Una palabra detrás de la otra.

Un susurro detrás del grito.

Un trino detrás de la tráquea.

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Quisiera saber con exactitud cómo hacer salir a la niña de su escondite.

Pero ni si quiera estoy segura de cómo se ve; y sospecho muy poco de cómo se oye.

Empecé a buscarla en los movimientos de mis brazos.

Creía que podía estar incluso en la más nimia extensión espaldar.

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Los dibujos me ayudaron a reconocer los atisbos de los límites de mi carne; mientras me enfrentaba a mi imagen corporal y sus condiciones.

Gracias a las líneas pude determinar que bajo ciertas condiciones y la mayoría de las veces, cada que empiezo un trazo la niña lo termina.

Entre las dos hemos logrado construir una metodología en el hacer.

Yo pongo aceite.

Ella pone sal.

Yo quiero rostro.

Ella quiere mancha.

Vamos de aquí a allá. Enfrentándonos a la naturaleza de ambas,

al soporte en blanco, al silencio.

Porque siempre intentamos enfrentarnos a la quietud que nos impone el silencio; y resultamos recorriendo,

migrando, volando.

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Solía pensar que, si la niña pájaro está dentro de mí, tenía que empezar mis exploraciones con alteraciones en mi forma; aunque fuesen pequeñas.

Añadía materia, simulaba alas.

Cualquier primera impresión que me dejara imaginar la apariencia de La niña pájaro.

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Pero mis acercamientos a ella cambiaron abruptamente cuando empecé a comprender que la relación entre pájaros y humanos iba más allá de su representación.

No sólo me sentía ave al mimetizar mi nariz con un pico, mis brazos con plumas.

No sólo salía del espasmo dejando que la niña pájaro dibujara conmigo, o por mí.

Siempre y cuando me dejara guiar por ella, cualquier desplazamiento se convirtió en una ruta para acceder al instinto animal de la niña.

Me di cuenta de que el sonido siempre me acompaña.

Y aunque esté quieta, los suspiros se asoman, los gritos luchan por salir,

La niña pájaro empieza a gorjear.

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Al sonido lo escolta el movimiento.

Los ligeros vaivenes del desequilibrio que impiden a un cuerpo vivo estar en quietud absoluta. De la misma manera en la que el pulso excluye al ente latiente del silencio total.

Siendo consciente de que las denotaciones del Pájaro del Alma sobre mi cuerpo podían ser diminutas, supe que debía observar con más minucia.

Decidí empezar a registrar mis intuiciones corporales de cómo sentía que la niña interna salía.

https://vimeo.com/556177557

Las acciones empezaron como juegos ingenuos de comportamientos alados y desembocaron en rituales donde abandonaba la razón: danzando entre las plumas de la niña.

Cada seña la consideraba un atisbo de vuelo.

Cada susurro un trino.

Cada torsión una metamorfosis.

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Cuando dejaba que La niña pájaro trazara los trayectos, podía sentir cómo nos uníamos en un abrazo.

Cómo su forma derriba los límites de mis dedos.

Cómo vuelo al deslizarme.

Cómo somos dos siendo una.

Pero seguía sin poder verla.

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Me concentré en las pistas que sí tenía.

Por los registros, y el ardor de la garganta, sabía que en los momentos de inconciencia una voz salía de mi cuerpo.

Los susurros, los gritos y las incoherencias estaban allí:

tras la bruma espesa que me dejaban los pequeños encuentros con la niña.

En un intento por asimilar mis invenciones, empecé a escribir mis trinos.

Lo que terminó trasladando la emoción en sonido, el sonido en trazo,

el trazo en movimiento, el movimiento en emoción.

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Dibujar los sonidos me hizo entender las similitudes fonéticas entre pájaros y humanos, y reafirmó mi concepción del enjambre entre sonido y movimiento.

Por un momento, la búsqueda de la voz de La niña pájaro devino en la representación del movimiento de su espíritu alado atrapado dentro de mí.

https://vimeo.com/556161441 https://vimeo.com/556162081

Podía ver al Pájaro del Alma, pero no a La niña. Nunca a la niña.

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Entonces la conjunción de mis onomatopeyas y la deriva entre tantas imágenes, me hicieron caer en cuenta del ruido constante en mi cabeza.

Niña, ¿acaso vienes a guiarme cuando me abrumo entre la bulla y termino congelada de silencio que resulta en tristeza?

Dejé de acechar los avistamientos físicos de ella y me dediqué a observar los indicios de su comportamiento.

Perseguir a La niña pájaro ha sido una conversación.

Tanto barullo dentro dejó en cada papel arrugado/lienzo rayado/cera moldeada un vestigio de un ánima alada.

Pedazos que sólo quería refugiar.

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Empecé con la necesidad de condensar cada imagen en un solo emplazamiento,

para resguardar los sinsentidos, recorrer los susurros,

rasgar los silencios.

Así que me planteé la creación de un nido.

Si todos mis intentos por encontrar a la niña estaban reunidos en un espacio, al menos no estarían solos.

No estaría sola.

Quería guiar al fisgón por mi compendio de manchas, voces y cuerpos atemporales.

Crear un lugar no lugar en el que pudiera dejar ser a La niña pájaro.

Dejarla gritar con tranquilidad, volar con certeza,

trazar con seguridad.

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Quería asegurarme de que el invitado pudiera encontrar dentro de sí una manera de exteriorizar su alma,

diluir su cuerpo,

cicatrizar sus emociones.

Exponerlo a mis onomatopeyas, interjecciones y murmullos.

Abrumarlo con cada resto de catarsis.

¡Introducirlo a todo mi ruido que deviene en silencio!

Pero pronto me di cuenta de que si ni quiera era capaz de hacer aterrizar a La niña pájaro, ¿cómo podría despertar en alguien más el deseo de encontrarla?

Solía creer que podía controlar las emociones del curioso si lo sometía a los estímulos correctos, cuando ni si quiera soy capaz de predecir mis propias reacciones.

Entendí entonces que no quería condensar a la niña en un lugar. No ahora.

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Sólo quería verla, oírla, sentirla,

¡encontrarla!

Me encerré en mis cuatro paredes: manchadas por mis intentos de encontrar a la niña dentro del aceite y pinté.

No había intentado encontrarla entre el óleo antes.

Pero sabía que cada vez que me enfrentaba a la pintura entraba en un estado de meditación del que no salía por días.

Y sin ninguna seguridad, sospecha o fórmula, pinté.

Para encontrar a La niña pájaro.

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Para romper el silencio.

Para salir del estupor.

Empecé titubeando.

Regresé al inicio.

Allí entre mis paredes, testigos de un encierro forzoso:

cerré los ojos.

Inhalé y me devolví al mar de Chile.

Vi a los piqueteros, extrañé a las gaviotas.

Recordé la metamorfosis constante en la que he estado desde entonces.

Desde el día en que me supe ave.

La imagen de un cuerpo en una pupa apareció.

Un cuerpo aún desconocido, ansioso por salir.

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Un cuerpo cubierto por los vestigios de sus cavilaciones.

Un cuerpo en reposo que gravita en la incertidumbre de su desplazamiento.

Flotaba entre la bruma de una selva difusa, que tan sólo era el esbozo de un verde agobiante y pesado.

Un verde que en su abstracción era selva, pero en su solidez, aislamiento.

El verde se fue rompiendo y resultó ser que podía mutar en una selva frágil: de papel.

De la abertura salieron mis anotaciones de sonidos e incoherencias: el refugio de este cuerpo lleno de pulsiones.

Seguí entonces la aparición de un cuerpo entre recuerdos.

La bruma se expandía con cada cerrar de ojos.

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Y comprendí que la imagen era tan cambiante como el cuerpo.

Empecé titubeando.

Tan pequeño que La niña pájaro no me escuchaba llamarla.

Era consciente de que mis decisiones correspondían con mi persecución de la niña y, aun así, la sentí más cerca al arrugar el papel,

al visualizar el cuerpo, al recordar las aves.

Miré mis cuatro paredes.

Me sentí abrumada, atrapada, ansiosa.

Justo como mi cuerpo imaginario.

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Medí mis cuatro paredes.

Las que refugiaron los acercamientos a mi ser pájaro.

Las que contuvieron mis gritos en días inestables de confinamiento.

Las que contemplaron cómo ponía a prueba los límites de mi carne.

Y trasladé mi selva brumosa a su tamaño: los mismos dos metros y treinta y tres centímetros de altura que me rodean desde que tengo memoria.

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Mientras trazaba las planeaciones de la bruma la sentí.

Sentí cómo nos enfrentábamos juntas al espacio en blanco.

El cambio de escala me permitió rayar con todo el cuerpo.

La presencia de la acción no sólo priorizó el gesto, sino que hizo de cada línea la réplica de una emoción: un ritual.

Los lienzos se volvieron el punto de encuentro con la niña: la coalición entre el ánima y la carne.

¡Cómo cambia la percepción de los sentires con la escala de los cuerpos!

Descubrí por mis registros que íbamos de aquí a allá, de mancha a línea, de palabra a trino.

Tal como lo sospechaba, al movimiento lo perseguía el sonido. De la misma manera en la que yo persigo a la niña y su instinto animal.

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Ante el más mínimo trazo, mi cuerpo reafirmaba su pulso y los inevitables bisbiseos eran constancia de su naturaleza emplumada.

Qué manía tan grande se volvió consignar los rayones de los lienzos.

Capturar cada día pintado me ayudó a confiar con más ímpetu en los recorridos alados.

A veces me sentía abatida, cuando los trazos parecían lavar el tiempo en vez de consignarlo.

La frustración era inevitable, sabiendo que había pasado horas conversando con la niña y parecían desvanecidas.

Los registros desmesurados fueron indispensables para que entendiera la vida de mis imágenes.

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Su incertidumbre.

Su capacidad de mutación.

Su sometimiento ante el tiempo.

Entendí mi cuerpo como vehículo.

La conexión del ánima con el entorno.

La garganta del pulso.

Las alas de la niña.

Ante su condición viviente, la bruma se expandió por sí misma y fue cada vez más evidente que el refugio de la niña devenía en papel.

Tanto en su connotación de consigna de sentires, como por el deleite de explorar cada pliegue, matiz, forma.

Pintar mi papel de anotaciones se convirtió en un trance que le daba libertad a La niña pájaro de volar mientras que me servía a mí como diario de dibujos de sonidos.

Empecé a organizar los lienzos sobre mis paredes hasta que la bruma verde devino en mi guarida.

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En la habitación que alguna vez fue amparo, mi cuerpo atrapado entre la selva terminó siendo un fantasma:

gritando demandante que no me separara de él.

Pero la sensación de protección primaba, el formato

grande se volvió una excusa para percibir mi propia carne de otra manera y crear a partir de esa percepción.

Podía trazar de a recorridos. Deslizarme entre la bruma.

Conversar con la niña.

La pintura me devolvía al día en que me sentí plena, al día en que inició la metamorfosis, al día en que el alma de un piquetero agonizante se quedó dentro de mí.

Con el tiempo me fui apropiando del ritual de mis lienzos.

Cambiaba a la misma ropa manchada, me dirigía a mi imponente esquina verde y usaba las barras de óleo que duraba horas cociendo en la estufa entre aceite de linaza, cera de abejas y pigmento.

Escribía en mis lienzos con mi óleo casero como si lo tuviera tan interiorizado como respirar.

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La fluidez de los trazos se convirtió en una metodología.

Danzaba entre líneas y manchas, hablando con la niña.

No fui consciente de lo protegida que me sentía entre los trayectos de vuelo de La niña pájaro hasta que fue tiempo de sacar las pinturas a la intemperie.

Me sentí perdida, fría, a la deriva junto a los lienzos mientras encontraban dónde emplazarse.

Apartarlos de mis paredes de doscientos treinta y tres centímetros de alto fue igual a perder la parvada.

No pertenecían.

No encajaban.

No hablaban conmigo.

No fui consciente del refugio que construí mientras pintaba hasta que volví a la realidad de la que forzosamente fui apartada.

Fue como empezar de cero.

De repente ya no me sentía protegida por los lienzos, sino que era yo la que necesitaba protegerlos.

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¡Se veían tan pequeños alejados de las paredes que me han acompañado toda la vida! Ésas que también los vieron nacer.

Cuando finalmente extraje mis pinturas del lugar de

nuestro encierro temporal las vi por lo que realmente son:

un cuerpo, no un lugar.

Pasamos tanto tiempo encerradas en mis cuatro paredes que no me di cuenta de que durante meses hablé, toqué, volé con un ente viviente: La niña pájaro.

Afuera de mis cuatro paredes entendí a la niña como mi refugio.

Aunque sigo sin saber con exactitud cómo se ve, estoy un poco más cerca de estar cara a cara con ella de lo que estaba hace mil cuatrocientos ochenta y siete días.

Entender cómo funcionaba este cuerpo redescubierto sin mis cuatro paredes fue casi tan minucioso como los meses que pasamos resguardadas.

De la misma manera en la que las pinturas me consolaron el encierro, las ayudé a sobrevivir el exterior.

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Les presté mi nombre para pasar desapercibidas.

Les conseguí equilibrio.

Les permití cambiar.

Me pidieron a gritos que las dejara sostenerse por sí solas.

Si ellas eran un cuerpo, podían pararse imponentes en el espacio, a falta de la sobrecogedora seguridad de su escala; peculiaridad que el nuevo emplazamiento les había robado.

No dudé ni por un segundo en concederles el deseo de ponerse en pie, había dudado de su disposición desde el refugio de mis cuatro paredes:

por la estrechez de la habitación fui obligada a

empalmarlas entre sí/sobre sí desde los primeros rayones.

El doblez de las esquinas de mis cuatro paredes creó un nuevo trayecto.

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La perspectiva de la bruma cambió, y debía recorrer los lienzos para introducirme en cada recoveco.

Con la distorsión de los pliegues de los paneles me

sentía dentro de las anotaciones, encima de las manchas, flotando entre la selva.

Recordé a Caballero y a su Cámara del amor:

“Buscaba envolver a la gente en un espacio creado, distinto de la realidad, que proporcionara un mundo inventado dentro del que participa el espectador.

Por eso la tridimensionalidad del políptico. Para Luis Caballero, entonces, entrar en una obra era distinto que verla plana, desde afuera.

Su cuadro es un espacio al que uno accede por las tensiones cromáticas. Un espacio dentro del cual el espectador puede navegar por los colores para participar de un universo”29.

Crear mi propia realidad en la que pudiera habitar con La niña pájaro serenamente fue el inicio de su persecución.

Una prioridad que cambió cuando un aislamiento

29 Subgerencia Cultural del Banco de la República, «La cámara del amor: Luis Caballero | La Red Cultural del Banco de la República», accedido 7 de noviembre de 2021, https://www.banrepcultural.org/biblioteca-virtual/

credencial-historia/numero-111/la-camara-del-amor-luis-caballero.

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